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viernes, 11 de octubre de 2024

¿Qué pasa con Philip Goff?


(Lee aquí el artículo de Goff explicando su conversión a un cristianismo herético)

"Debemos encontrar algo que sea más grande que el destino o la fortuna. Nada puede traernos paz", se dice al principio de la película El árbol de la vida. El filósofo inglés Philip Goff parece haberse aplicado esta máxima con su sorprendente conversión a una especie de cristianismo herético que pone el acento en el mensaje ético de Jesús (Yeshua, como gusta más de llamarlo, en hebreo) y es muy escéptico de todos los milagros asociados a su persona... ¡excepto de su resurrección! Y que, además, no considera que el Nuevo Testamento (ni el Antiguo, ni cualquier otro texto sagrado) sea la palabra revelada por Dios.

Exponente del movimiento pampsiquista moderno, a hombros de Russell y Eddington, Goff publicó el año pasado Why, libro en el que defendía una postura a mitad de camino entre el teísmo (que no ofrecería una respuesta apropiada al problema del mal y el sufrimiento) y el ateísmo (que no explicaría el ajuste fino del universo): si Dios existiera, no podría ser omnipotente ni omnisciente. En el post que dediqué a ese ensayo apunté que Goff era un no creyente que iba casi cada semana a misa (en sus palabras, un "agnóstico practicante"): aunque consideraba el cristianismo una ficción, quería ser partícipe de un ejemplo moral tan inspirador y potente como el del predicador nazareno. Ahora ha dado el salto del confesionalismo ficcional al herético, porque su visión de Dios no es la canónica de un ser todopoderoso sino la que proponía como más probable en Why: un ser de poderes limitados que no puede impedir el mal.

Ese giro ha sido recibido con estupefacción en buena parte de la comunidad filosófica. Yo mismo le comentaba en Twitter que daba la impresión de que se estaba forzando a sí mismo a creer en algo grande con una finalidad meramente utilitaria. Lo cual sería legítimo y respetable, por supuesto. No entienden lo mismo los Torquemada de turno, que no han tardado en saltarle a la yugular en las redes sociales. Desde luego, creer en la resurrección de un humano supuestamente divino (aunque Goff piensa que se trata más de un evento visionario colectivo que de una realidad física) no es menos absurdo que creer en Zeus, Odín o David el gnomo. Intuyo que el profesor de la Universidad de Durham ha optado por una suerte de autoengaño en aras de un bien mayor (que, según confiesa a su amigo y antagonista Keith Frankish en su podcast Mindchat, consiste básicamente en el doble reto de disfrutar del momento presente y de orientarse hacia el propósito cósmico en el que deposita su esperanza, no tanto en encontrar plaza libre en el cielo). Me pregunto si ha influido su desafortunada caída hace unos meses, mientras hablaba del multiverso en la terraza de un pub de Durham con el tuitero Disagreeable Me, que lo mantuvo hospitalizado varios días con una fractura de cráneo. Este tipo de sucesos suelen ser transformadores o precipitar reflexiones largo tiempo larvadas.

Goff compra pues la presunta resurrección de Yeshua hace dos milenios y la compara con un salto evolutivo en la historia del universo, obviando dos evidencias que para mí deberían ser totalmente concluyentes a este respecto: la de que los muertos no resucitan (algo tan palmario como que los geranios no hablan arameo y que los gatos no ponen huevos) y la de que los humanos llevamos miles de años inventando ficciones (algunas de las cuales siguen siendo en 2024 verdad revelada para cientos de millones de personas). Un salto evolutivo real, para el que debemos prepararnos espiritualmente, sí que será el que tenemos a las puertas con el advenimiento de una superinteligencia artificial y su hibridación con los humanos. El autor de Why y de El error de Galileo subraya que para tomarse el cristianismo seriamente es necesario asumir esa premisa extraordinaria. Un cristiano puede prescindir de la virginidad de María y otros milagros, pero la resurrección es algo mollar. Recuerdo un sacerdote católico que hace mucho me confesó que su fe no tendría fundamento ni sentido alguno si Jesús no hubiese resucitado, por muy valioso que fuera su mensaje.

Entiendo que hay dos razones por las que sería más gratificante creer (aunque Goff prefiere usar el verbo confiar) en ese cristianismo heterodoxo que ser ateo, agnóstico o acaso admitir la posible existencia de una consciencia universal que quiere conocerse a sí misma desde todas las subjetividades posibles. Esas dos cosas son el componente ético y el sentimiento de comunidad, que nos pueden hacer más empáticos y mejores personas. Goff cuenta en Mindchat que la iglesia anglicana que frecuenta es una comunidad progresista muy implicada en actividades sociales y con un compromiso ecologista, un lugar donde reflexionar y celebrar (desde el paso de las estaciones a los momentos importantes de la vida) en comunión con otros congéneres. He de reconocer que las iglesias anglicanas por las que he pasado delante, empezando por la ya centenaria de mi Las Palmas natal, son lugares abiertos a toda persona sin distinción de sexo, raza, edad, nacionalidad, condición social, ideología o preferencias sexuales: nada que ver con adoctrinamiento, dogmatismo o fanatismo. 

Me conmueve escuchar a Goff decir que, aparte de frecuentar su iglesia, medita por las mañanas y reza por las noches. Me lo imagino en pijama rezando (charlando con Dios acerca de sus preocupaciones por sus seres queridos), con una vela encendida, mientras su esposa y sus hijos ya duermen al calor de su hogar y la Tierra no deja de girar, atrapados todos ellos -todos nosotros- entre dos abismos insondables: el cuántico y el cósmico. Apelando a The Will to Believe de William James, Philip asume en su charla con Keith el "gran riesgo" de creer en algo aparentemente implausible porque a cambio puede haber un "gran premio". El razonamiento de James era que adoptar una creencia irracional puede ser una opción perfectamente racional si nos hace entrar en una senda donde encontrar un significado y un sentido a los que de otro modo no hubiésemos podido acceder. 

El filósofo inglés reconoce que se siente un poco "tonto" al hablar de esta conversión religiosa con sus pares, al tiempo de insistir en que sigue abierto a cambiar de opinión si su razón le guía por otro camino que estime más convincente y probable. Porque para él es una cuestión de confianza (una confianza mesurable cuantitativamente) más que de creencia ciega. De hecho, estima que la probabilidad de que su creencia cristiana herética (compatible con su Dios de poderes limitados) sea cierta ronda entre el 30 y el 50%, frente a un 25% que asigna al ateísmo. ¿Podemos imaginarnos a un creyente convencional -¡ya no hablemos de un fanático!- diciendo algo parecido?... 

Tiene razón Keith Frankish cuando afirma que todos tenemos nuestros sesgos, que se engaña quien cree moverse exclusivamente por motivos racionales. Todos somos testigos de la provisionalidad, la pérdida, el sufrimiento, el sinsentido. Y también de que el amor existe y es la fuerza motriz de la vida. Los físicos Carlo Rovelli y Brian Greene son dos ateos confesos, pero el primero reconoce hablar con los árboles y el segundo con su padre muerto. Goff es un ejemplo de honestidad y tolerancia, así como de búsqueda infatigable de la verdad (incisivo con el contrincante intelectual, pero siempre respetuoso). "La vida es corta y hay muchas cosas inciertas. Todos tenemos que dar nuestro salto de fe, ya sea por un humanismo secular, una de las religiones o simplemente una vaga convicción de que existe una realidad más grande. Al decidir, es importante reflexionar sobre lo que probablemente sea cierto, pero también sobre lo que probablemente traerá felicidad y plenitud", escribe en el artículo enlazado al principio de esta publicación. Cada persona forja su propio camino, y este es el suyo personal para mantener la tranquilidad y buscar la merecida dicha en un atribulado mundo del que todavía ignoramos tantas cosas.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Teísmo abierto: ¿es el Multiverso el salón recreativo de Dios?

Diagrama de Kircher de los nombres de Dios.

Imagínate que diseñas un videojuego en el que pueden interactuar tres jugadores. Como creador del videojuego, conoces todos sus escenarios y líneas posibles: o sea, conoces el multiverso del juego. Pero lo que no puedes saber es qué líneas y escenarios son los que se materializarán una vez que empiezan a jugar los tres competidores: eso dependerá de la interacción de tres agentes volitivos  cuya conducta te resultará completamente imposible de anticipar. Conoces todas las partidas, pero no sabes cuál de ellas se va a concretar cada vez que se juega. Eres solo parcialmente omnisciente porque resulta imposible, por mucha tecnología que poseas, meterse en el pellejo de cada jugador para saber cómo actuará a cada paso.

Este caso puede extrapolarse al de un Cosmos supuestamente creado por un presunto Dios no omnisciente, trayendo con ello a colación dos conceptos físicos clave: el hipotético Multiverso y la incertidumbre de la mecánica cuántica (sobre la cual se erigiría el libre albedrío). Existen todos los universos posibles (Multiverso) y Dios los conoce, pero no es capaz de saber qué universo se acabará fraguando en una partida iniciada con su correspondiente Big Bang. Y no es capaz de saber qué decisión tomarás tú o yo porque ni siquiera lo es de adivinar si una moneda caerá de cara o de cruz o si la desintegración radiactiva de un átomo se producirá ahora o dentro de un minuto o dentro de 500 millones de años. Ni el mismísimo Dios podría sortear la naturaleza intrínsicamente aleatoria del mundo.

A modo de un programador cuántico, Dios crearía el Multiverso con unas leyes simples (que al evolucionar en cada uno de los universos compatibles con la inteligencia darían lugar a una gran complejidad), las cuales impondrían un orden sobre un inefable fondo caótico que escaparía a su control. Pero dicho orden no conseguiría subyugar del todo la indeterminación cuántica inherente a ese fondo: solo lo moldearía de una manera inteligible (por eso son posibles el conocimiento y la ciencia, por eso las matemáticas funcionan como un guante para entender el mundo físico), pero sin eliminar la permanente agitación cuántica subyacente. De ese modo habría un hueco para que ejercitasen el libre albedrío los seres vivos más complejos (y supongo que también un termitero o una comunidad bacteriana).

La parcial omnisciencia de Dios es lo que propugnan algunos teóricos del teísmo abierto, el planteamiento teológico más razonable con el que me he topado (un argumento que, por cierto, habría llevado hace pocos siglos a una piadosa hoguera cristiana a sus proponentes). ¿Entonces Dios (nombre que le damos al creador del juego o simulación, que bien podría ser -como dice el físico Brian Greene- un adolescente tetradimensional con granos frente a su ordenador cuántico, él a su vez fruto de otra creación de orden superior) se dedica a observar a las criaturas emergentes de su creación?... ¿Pero y si Dios fuese el participante en su propio juego, adoptando todas las formas posibles de interacción consciente con la realidad?: desde Anna Frank hasta el destripador de Londres, desde una ardilla hasta una termita y una bacteria, desde ti hasta David Hasselhoff... ¿Y si el Multiverso fuese el salón recreativo de Dios, acaso su jardín de desarrollo espiritual? ¿Y si el maremágnum cuántico de fondo fuese su tumultuoso, amorfo y eterno sueño, con cuyos mimbres se construye la realidad?...

Traeré de nuevo a este blog los versos de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska:

PLATÓN O EL PORQUÉ
Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
-para qué con sombra,
si antes no tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas...

domingo, 14 de octubre de 2018

¿Hay sentidos vitales espurios?


Para acabar en una secta no hay que ser necesariamente un necio, aunque este sea el tipo humano mayoritario en su seno. Uno puede ser también inteligente, tal como vemos en la magnífica serie documental Wild Wild Country, producida por Netflix, que cuenta la historia de la multitudinaria comunidad establecida en torno al carismático gurú indio Osho o Bhagwan. Buen ejemplo de ello es el estadounidense Philip J. Toelkes (Swami Prem Niren), que fue abogado del líder espiritual y también integrante de su grupo religioso, quien pasados los años rememora con sincera emoción el genuino sentimiento de amor comunitario que experimentó tras llegar a la secta a finales de los años 60, hastiado de las mentiras sobre la guerra de Vietnam y de la grosera cultura materialista instalada en su país. No puede negarse que muchos de los que seguían a Osho eran realmente felices con sus vidas alternativas: su espiritualismo materialista no represor del sexo, sus risas flojas, sus estridentes terapias comunitarias new age... Por eso es inevitable preguntarse: ¿qué más da que sus creencias fueran falsas o estúpidas (qué mas da que Osho fuese solo un espabilado enjoyado subido a un Rolls Royce) si eso les hacía dichosos?... Probablemente Niren llegase a esta misma conclusión. Todas las religiones (o sea, las sectas con más solera) se fundan igualmente en falsedades no menos esperpénticas. Aunque amargan la existencia a no poca gente, informan también la vida de muchas y las hace incluso felices.

Nuestra vida no tiene más sentido que el que nosotros mismos, unos trocitos ordenados y conscientes del Universo, le demos. Seguramente no haya un Dios (aunque puede que acabe habiéndolo en un futuro remotísimo, fruto de la evolución inteligente del Cosmos) y le importemos un bledo a ese Universo del que nos hemos singularizado por tan breve tiempo. Pero como actores de nuestra propia existencia podemos darle un sentido a esta, el que queramos, y dicho sentido nunca será espurio si informa nuestro paso por la Tierra y nos hace dichosos. Por tanto, sería igual de válido al efecto adoptar como sentido vital el catolicismo o el ateísmo militante, el liberalismo o el comunismo, la independencia de Flandes o la unidad de Bélgica, el Real Betis o el Sevilla FC. Y cualquiera de esas causas no tendría por qué ser menos auténtica o funcional para el logro de la autorrealización o felicidad que las de la creación artística, el crecimiento espiritual, la ciencia o un hijo.

Dicho de otro modo, que uno puede encontrar tanto sentido en una mentira o en una tontería (incluso en el ejercicio más descarnado de la maldad) como en el amor u otra gran verdad. Eso sí, hay que creer firmemente en la causa (por eso muchos nunca seremos "religiosos" en un sentido amplio, lo que abarca también al comunismo, el nacionalismo o el sevillismo). O, al menos, en que algún elevado fin justifica la causa por muy estrafalaria que esta sea. Y no funciona el autoengaño salvo que sea inconsciente. No me gustaría estar en el pellejo de quien un día se despierta y descubre súbitamente que toda su vida se ha basado en una falsedad: el riesgo de no volver a levantarse es enorme.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Izquierda, nacionalismo y religión (a dos días del aquelarre nacionalista del 1-O en Cataluña)


Además de burdo y simplista, el nacionalismo es una ideología tóxica por su naturaleza excluyente que enfrenta inevitablemente a unos humanos con otros. Lo mismo puede decirse de la religión, con la que está frecuentemente hermanado (a su vez, deformadora de mentes infantiles, generadora de fobias, miedos y traumas, verdugo del conocimiento y la felicidad propia y ajena). No sorprende pues el nacionalcatolicismo (ideología oficial del franquismo) de algunos de nuestros obispos, que salvo en la bandera esgrimida no se distingue demasiado del de las iglesias de Cataluña (donde abundan los prelados y curas que abogan por levantar nuevas fronteras, abrazando el independentismo como una extensión del cuarto mandamiento), País Vasco (donde no son pocos los religiosos que simpatizan con nacionalistas e incluso lo hicieron con ETA), Irlanda (ídem, pero sustituyendo ETA por IRA) o Croacia (donde en la Segunda Guerra Mundial hubo incluso monjes dedicados a degollar a mansalva a serbios, judíos y gitanos). Y no olvidemos a Rusia, cristiana pero no católica, donde la jerarquía ortodoxa se ha convertido en un firme aliado del autócrata Putin por defender la gran nación eslava y poner firmes a homosexuales, librepensadores y zorras.

La izquierda democrática del siglo XXI, si quiere ser fiel a su condición de progresista, no debe estar jamás alineada con nacionalistas ni reírles gracia alguna. Ni, claro está, con enemigos del laicismo (esto no quiere decir que no tolere a unos y otros dentro de los límites de una democracia civilizada), sean de nuestra religión patria o de cualquier otra supuestamente de paz. Nacionalismo izquierdista es un oxímoron, lo mismo que izquierdismo confesional. No es de izquierdas un caudillo populista como el nicaragüense Daniel Ortega que, para congraciarse con la jerarquía católica más rancia de su país, prohíbe abortar a niñas violadas aun cuando peligren sus vidas por seguir con el embarazo. No son de izquierdas quienes como ERC -por cierto, Oriol Junqueras es católico practicante- o Bildu anteponen supuestos derechos sagrados de territorios a los derechos de la gente (en el caso de Bildu no ha pasado mucho desde cuando jaleaban a quienes daban tiros en la nuca y ponían coche-bomba). Y si acaso fueran de izquierda, y si también lo fuese una formación extremista -en el peor sentido de la palabra- como la CUP, entonces quizá habrá que ir buscando otra etiqueta para la izquierda democrática, tolerante, laica, sensata e internacionalista del tercer milenio.

sábado, 26 de agosto de 2017

Arriba y abajo (tras el Juicio Final)


Si existiera el Dios judeocristiano y tuviera que mandar a unos humanos al cielo y a otros al infierno -dejemos el limbo para otra entrada-, ¿qué características deberían reunir ambos lugares?, ¿cómo serían, si lo que se pretende es impartir justicia del mejor modo posible, el gran premio y el gran castigo?

Un sitio apestoso con un clima infernal y torturas a diario durante toda la eternidad sería ciertamente apropiado para los malvados (vamos a tomarnos la licencia de suponer que Dios actúa racionalmente y solo considera como tales a los tiranos, asesinos y psicópatas dañinos, no a quienes no creen en él, ven pelis porno, son homosexuales, se divorcian o reciben una transfusión sanguínea), aunque solo en el improbable supuesto de que exista el libre albedrío: de otro modo, ¿cómo culpar o responsabilizar a nadie de hacer lo que ya estaba predeterminado que hiciese?

También está la opción de vivir eternamente apartado de Dios, por la que parece inclinarse la Iglesia católica del siglo XXI. Habría que ver el verdadero significado de esto, ya que semejante existencia eterna sin Dios pero rodeado de ciertas tentaciones terrenales podría resultar no tan terrible...

Una tercera vía sería directamente la aniquilación tras suspender el examen del juicio final. Bien visto, podría ser hasta un premio para los malos: toda tu vida puteando al prójimo y simplemente te acabas sin más... No soy muy partidario, la verdad (aunque Dios sabrá, desde luego).

Lo más inquietante, sin embargo, es la suerte reservada a los buenos. Vivir para siempre en la Tierra en cuerpo y alma (es lo que creen literalistas bíblicos como los Testigos de Jehová) quizá no sea lo mejor si tu muerte acontece a los 100 años en vez de a los 20: ¡serías un centenario inmortal! Pero podría ser una condena en cualquier caso (aun en el dudoso supuesto de que todos resucitáramos como veinteañeros y en el mucho más improbable -a tenor de lo escrito en los textos sagrados- de que siguieran existiendo placeres mundanos como los carnales). Estoy seguro de que mucha gente, tras unas décadas o siglos de euforia, se acabaría aburriendo y deprimiendo. Más de uno envidiaría incluso el destino de los malos aniquilados, que para los budistas es curiosamente (puede que no anden desencaminados) el de la genuina liberación. Una alternativa razonable sería la integración espiritual con Dios, la disolución de nuestro yo individual en la divinidad.

En fin, que el improbable Juicio Final de las grandes religiones monoteístas nos coja al menos confesados a los buenos (permítanme la inmodestia de incluirme en este grupo, aunque por razones obvias no crea en absoluto en semejante cuento). Eso sí, muchísimo más probable veo el Juicio Final a manos de alguna Singularidad acaso no lejana.

lunes, 12 de junio de 2017

Ciencia y religión: agua y aceite


En el Vaticano hay unos tipos intentando desde hace décadas la cuadratura del círculo: conciliar la ciencia con la religión católica (igual de absurdo sería intentarlo con cualquier otra). El argumento de estos expertos, bien financiados por las arcas de la Santa Sede (e indirectamente por quienes en España ponen la x en la casilla de la Iglesia de su declaración del IRPF), es que no hay incompatibilidad entre ciencia y religión porque la primera no puede ofrecer todas las respuestas. No debían estar muy convencidos de esa supuesta compatibilidad los que quemaron en la hoguera a Giordano Bruno, obligaron a retractarse a Galileo ("eppur si muove!") y también redujeron a cenizas a Miguel Servet (en este caso no fueron los católicos sino el fanático Calvino en su cantón talibán protestante de Ginebra). Los mismos que ya en el siglo XIX se burlaron de Charles Darwin, cuando el cristianismo en Europa empezaba a perder su influencia y convertirse en algo meramente folclórico (la gran asignatura pendiente del mundo islámico). La ciencia no puede ofrecer todas las respuestas, pero la religión ni siquiera es capaz de brindar alguna razonable: para elucubrar acerca de lo que de manera provisional -o acaso permanentemente, por una limitación epistemológica- se sitúa más allá del alcance de la ciencia solo cabe una metafísica seria y con fundamento. Sin desdeñar, por supuesto, el eventual acceso por vías como la meditación a profundas realidades inefables y elusivas a la razón.

Es cierto que la ciencia no puede responder a algunas preguntas del tipo de "para qué", como la de cuál es el sentido personal de nuestra vida. La ciencia se limita a constatar una tendencia de la materia a autoorganizarse y evolucionar en complejidad, desplegando emergencias como la vida y la consciencia. Podría haber un sentido cósmico en ello (un Universo que se hace cada vez más consciente de sí mismo), pero la vida propia no posee más sentido para un individuo que el que este se autoadjudique: ya sea el culto a Baal, la filatelia, la Unión Deportiva Las Palmas, el submarinismo, la misma ciencia, la dedicación a los seres queridos o la búsqueda espiritual (no tienen por qué ser sentidos excluyentes, por supuesto). 

No pueden ponerse en el mismo plano ciencia y religión, no puede igualarse la postura del que niega la ciencia porque no encuentra en ella a su Dios con la del que niega a Dios (un ser intervencionista y sospechosamente antropocéntrico como el de las religiones judeocristianas) porque no hay evidencia científica alguna que lo sostenga o incluso por puro sentido común. No hay conciliación razonable -ni lógica- posible a este respecto porque no es lo mismo una verdad contrastada empíricamente que una creencia irracional evidentemente fabricada por nuestros antepasados (un constructo social -¡este sí!- en toda regla). Además, a diferencia de los dogmas religiosos, las verdades científicas son siempre provisionales: cuando se hallan otras con mejor poder explicativo, son adoptadas por el corpus de la ciencia.

Cuando Galileo descubrió que Júpiter tenía lunas girando en su derredor, cuando constató la hipótesis de Copérnico de que la Tierra no era el centro del Universo, los cimientos de la Iglesia empezaron a sacudirse. La teoría aristotélica de las dos esferas (la imperfecta terrenal y la perfecta celestial) ya no era sostenible. Pero el golpe a las creencias religiosas tradicionales propinado por Darwin sería mucho más brutal: ¡somos primos de los chimpancés e incluso las ratas, los insectos y los árboles forman parte de nuestra familia! Luego llegó Freud para decirnos que el subconsciente es mucho más poderoso que el yo consciente. Por si fuera poco, ahora sabemos que el Sol es solo una estrella de entre las más de cien mil millones de la Vía Láctea, a su vez una más de entre el billón de galaxias del Universo observable. Ya en el colmo puede que nuestro mundo sea solo uno más de un vasto Multiverso que comprende todos los universos posibles y en el que podría haber multitud de formas de vida inteligente. ¿Habrá muchas de ellas con creencias parecidas a la de que hay muertos que resucitan al tercer día para salvar a sus congéneres (y solo a ellos, no a perros ni a delfines ni chimpancés)?...

viernes, 28 de octubre de 2016

De muerte, paraísos virtuales y sandeces vaticanas


El sábado pasado, horas después de publicar mi última entrada en el blog (en la que apuntaba la esperanza en "universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo" y mi confianza en que esa superinteligencia que está por emerger sería "benevolente y justa" con las pequeñas conciencias alumbradas antes que ella), tuve casualmente el gusto de ver uno de los capítulos de la tercera temporada de Black Mirror: "San Junípero" (AVISO: no pinches en el enlace ni sigas leyendo si aún no has visto el episodio).

La ficción televisiva guardaba relación con lo que había publicado por la mañana, aunque yo me refería a una superinteligencia transhumana infinitamente superior a la de una civilización de tipo III según la escala de Kardashev (capaz de aprovechar toda la energía disponible de una galaxia): o sea, en mi artículo aludía a una hipotética civilización de tipo IV con la capacidad de manipular la totalidad del espacio-tiempo para crear universos -reales o virtuales- a su antojo del infinito catálogo del Multiverso. Algo que podría materializarse dentro de cientos o quizá miles de millones de años.

Black Mirror no va tan lejos, solo apenas una generación hacia adelante: en "San Junípero" se presupone que hacia el año 2040 la humanidad cuenta con tecnología suficiente como para detener el envejecimiento y prolongar la vida indefinidamente (no anda desencaminado el guionista, aunque quizá ese logro se demore algunas décadas más; por otra parte, Aubrey de Grey nos diría que el envejecimiento puede ser incluso revertido, lo que no parece ser el caso del mundo real del capítulo). Pero lo más relevante es que la humanidad de ese 2040 tiene a su alcance la posibilidad de vivir existencias virtuales, tanto a tiempo parcial (unas horitas a la semana) como eternamente (tras morir) mediante algún tipo de descarga de la información física y mental de cada persona. Eso hace que el envejecimiento y la decrepitud no sean tan dramáticos, ya que al pasar al mundo virtual los individuos viven plena e intensamente en un cuerpo joven.

Al final del capítulo se ven los enormes servidores informáticos de la empresa proveedora del servicio post mortem de paraísos virtuales (aunque tan reales como el nuestro gracias a la calidad de la computación). Puesto que todo software necesita ejecutarse en un hardware, los usuarios muertos de los microuniversos virtuales de "San Junípero" nunca pueden estar del todo seguros de la continuidad de su nueva vida eterna como jóvenes (¡en la recreación no hay viejos!): un cataclismo o un ataque que destruya los macroservidores acabaría ipso facto con su paraíso. En esas existencias virtuales (aunque, insisto, completamente reales para sus usuarios) cada uno elegiría vivir para siempre con quien quisiera y podría entregarse a todo tipo de placeres sin freno. Pero no es oro todo lo que reluce: nadie podría obligar a un ser querido a elegir estar en su propio paraíso, con lo que jamás volvería a verlo, y la eternidad podría mutarse en infierno inescapable pese a la ausencia de enfermedad o sufrimiento físico (en el mundo virtual no existe la muerte). Los universos reales o virtuales fabricados por una superinteligencia transhumana del más remoto futuro no tendrían necesariamente que ver con las preferencias de sus habitantes conscientes y darían más juego al ser mucho más dinámicos y complejos, solo acotados por los límites cósmicos. De hecho, podríamos estar viviendo en alguno de ellos (en ese caso, nuestro universo no estaría concebido como un paraíso para sus moradores sino más bien como un experimento social o un juego).

Poniendo el contrapunto religioso a las hondas e interesantes implicaciones filosóficas de "San Junípero", el Vaticano se descolgaba anteayer con una de las mayores sandeces del año: la advertencia a sus fieles de que con las cenizas de sus seres queridos incinerados no puede hacerse cualquier cosa tal como arrojarlas al mar o devolverlas a otro espacio de la Naturaleza (¡Vade retro, panteísmo!). Alguien en la cúpula de la Iglesia debería ya saber que las cenizas de un ser querido son solo un puñado de minerales (sobre todo fosfatos, calcio y sulfatos), así como que todo individuo vivo -o muerto u objeto inerte- está compuesto de átomos y que lo realmente importante es la estructura o conjunto de relaciones entre ellos. De hecho, los átomos de nuestro cuerpo de hoy no son los mismos que los de hace unos años. Por cierto, todos tenemos siempre al menos algún átomo que formó parte de Sócrates, Cleopatra, Giordano Bruno (reducido a cenizas en una hoguera encendida en 1600 por la Iglesia católica), el mar Rojo, el Everest o cualquiera de los elefantes que cruzaron los Alpes con Aníbal. La clave es la información, el modo en que se ordena la materia viva. En fin, no le pidamos peras al olmo: es lo que tiene guiarse por cuentos en vez de por la ciencia.

sábado, 22 de octubre de 2016

El 'mal morir' de los creyentes: el caso de Teresa de Calcuta

Un médico que ha sido testigo del adiós a la vida de muchas personas en estado terminal me confiesa que el "mal morir" (el hacerlo presa de terrores y sentimientos de culpa) es más frecuente entre los creyentes que en los ateos o agnósticos. Parece paradójico, aunque en el fondo es coherente: ¿no podría tener algo que ver el miedo al castigo eterno, inoculado por la religión? Pero yo añadiría otra posible explicación: la postrera sospecha de que todo en lo que uno creyó, y conforme a lo cual fundamentó su vida, pudiera ser un cuento. Quizá eso sea lo más mortificante de todo.

El otro día supe con enorme sorpresa que Santa Teresa de Calcuta pudo haber muerto siendo atea, ya que en el último tramo de su vida había perdido la fe. En su propio expediente de canonización se apunta esa crisis de fe, que la Iglesia interpreta como una dura prueba reservada por Dios a las almas más grandes (supongo que darían la prueba por superada). Mientras en público afirmaba que "Cristo está en todos los sitios, en nuestros corazones, en los pobres que conocemos, en la sonrisa que damos y recibimos", Teresa rumiaba en su fuero interno un terrible conflicto, incapaz de entender el sentido del sufrimiento y el mal y, sobre todo, de conciliarlo con su religión. "¿Para qué hago esta obra?", se preguntaba en una de las cartas a la que accedió el cura canadiense Brian Kolodiejchuk, encargado por el Vaticano de incoar la causa para su elevación a los altares. "Si no hay Dios, no puede haber alma. Si no hay alma, entonces, Jesús, tú tampoco eres verdadero", razonaba la monja albanomacedonia.

Pues yo creo humildemente que Teresa estaba equivocada. Acaso haya esperanza aunque no exista el alma y todo tenga un fundamento material (por supuesto, lo de que Jesús fuera real o no carece de toda importancia). Siguiendo al físico y cosmólogo Frank Tipler, la esperanza estaría en universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo (necesariamente guiada por la ciencia para alcanzar su propósito). El nuestro sería pues un universo en el que Dios no existe al principio sino al final, como ya intuyeron en su día Pierre Teilhard de Chardin o Henri Bergson. Y como también apunta Yuval Harari en su último libro: Homo Deus. Si es así, podemos morir más o menos tranquilos (otra cosa es que nos lo permita una mala conciencia), relativamente confiados en que esa superinteligencia que está por emerger será benevolente y justa. Aunque, ciertamente, esto no deja de ser una suerte de fe.

sábado, 30 de julio de 2016

Estupidez y culturas

El biólogo evolutivo David Krakauer, investigador y presidente del Instituto de Santa Fe (centro multidisciplinar dedicado al estudio de la complejidad), nos brinda una definición de la estupidez relacionada con la resolución de tareas o problemas: una solución estúpida es la que hace que tardemos en llegar al objetivo o resultado –¡si acaso llegamos!- al menos tanto como si nos hubiéramos encomendado al puro azar. Tomemos el ejemplo de un cubo de Rubik. Las soluciones inteligentes nos llevarían a dejar el cubo con todas sus caras igualadas en un tiempo relativamente breve, que podrían ser minutos u horas, siguiendo unas reglas o pautas racionales. Es verdad que si dispusiéramos de un tiempo infinito acabaríamos terminando el cubo más tarde o más temprano (quizá en dos millones de años o acaso en treinta mil millones), manipulándolo como nos viniese en gana en todo momento sin pauta ni razonamiento alguno. Pero una solución manifiestamente estúpida como la de limitarnos a rotar el cubo, sin alterar la disposición de sus 27 componentes, ni siquiera llegaría a ser efectiva aunque empeñáramos en ella toda la eternidad. Toda persona estúpida tiende a hacer estupideces como esa, pero no todas ellas son cometidas por individuos estrictamente estúpidos (privados del uso de la razón): los hay también obcecados, ignorantes, mal informados y fanáticos (que anteponen su veneno ideológico a la razón).
Krakauer distingue entre dos tipos de artefactos culturales por su efecto en nuestra cognición: los complementarios y los competidores. Los primeros potencian nuestras habilidades cognitivas y nos hacen, por tanto, más listos. Entre ellos figuran los mapas, los ábacos y las lenguas. No solo cumplen con la función para la que fueron diseñados sino que, instalados en modo virtual en nuestro cerebro (a cuyo cableado contribuyen), potencian diversas capacidades. El uso para el cálculo del ábaco, por ejemplo, favorece tanto la comprensión espacial como la lingüística. Por su parte, los artefactos culturales que compiten con nuestra cognición son los que ejecutan mucho mejor y en menos tiempo que un humano tareas que ya sabíamos hacer. Un ejemplo típico es la calculadora electrónica, que tan buenos servicios nos ha prestado a todos aunque al precio de hacer olvidar a más de uno cómo multiplicar o dividir números grandes. El riesgo de estos artefactos competidores, entre los que también se incluyen los procesadores de texto, es que nos entontecen y podrían dejarnos en un estado peor que cuando los inventamos (no es improbable que en unos pocos decenios casi ningún humano sepa ya multiplicar o dividir manualmente, o incluso escribir a mano con lápiz o bolígrafo) si un día desaparecieran. Por lo que, evidentemente, sería un error depender demasiado de ellos.

Por cierto, ¿cabe hablar de culturas estúpidas o, al menos, de algunas más estúpidas que otras? ¿Incluso de culturas que hagan estúpidos a los individuos?... Si consideramos la cultura como un potenciador de la inteligencia, hay que reconocer la existencia de objetos culturales más eficaces que otros. Los números romanos eran un buen invento para contar (siempre y cuando las cifras no fueran demasiado altas), pero no para hacer operaciones aritméticas. Para sumar, restar, multiplicar y dividir (¡ya no hablemos de álgebra!), el sistema de numeración indo-arábigo es infinitamente mejor. No es pues de extrañar que los europeos medievales estuvieran tan atrasados en matemáticas con respecto al mundo islámico. Una cultura sin matemáticas avanzadas nunca habría logrado poner a un hombre en la Luna ni descifrar nuestro genoma. Lo mismo puede decirse de una cultura ágrafa. Desde luego, la ciencia no sería posible sin matemáticas ni escritura. Y sin ellas, el universo cognitivo de sus individuos sería mucho más pobre.

Desafiando toda corrección política, el filósofo y neurocientífico Sam Harris afirma que una cultura que justifique los crímenes de honor o la discriminación de las mujeres es objetivamente inferior a otra democrática y tolerante. Siguiendo el planteamiento de Krakauer, una cultura de esa índole (fundada en la tradición-religión y no en la razón) haría a sus individuos no solo moralmente peores sino también menos inteligentes, al dejar desde su más tierna infancia en sus conexiones neuronales una impronta de odio e irracionalidad. Así como los números romanos son inferiores a los indo-arábigos, la cultura talibán (paradigma extremo de integrismo religioso) sería inferior a la de una sociedad civilizada democrática. Entre otras cosas, dice Harris, por promover la comisión por personas psicológicamente normales de actos que en una sociedad democrática solo podrían ser atribuidos a psicópatas. Es difícil rebatírselo... racionalmente.

viernes, 10 de abril de 2015

Religión versus espiritualidad

El Universo es tan asombroso que no hay que descartar hipótesis aparentemente descabelladas como la de que sea una simulación informática creada por algún dios-programador ahí fuera (ya he escrito en este blog que la metafísica seria tiene futuro). Ante lo maravilloso de su existencia, y lo más alucinante aún de la nuestra (viviéndolo y pensándolo, aunque sea efímeramente), es inevitable la perplejidad y, en ocasiones, el sentirse embargado por un sentimiento de pertenencia (llamémoslo espiritualidad) a algo grande y misterioso. "Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes cuanto más reiterada y persistentemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado que está sobre mí y la ley moral que hay en mi interior", decía Kant.

Albert Einstein llegó a afirmar que "la ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega". Pero su religión no era una colección de dogmas, fantasías, prohibiciones y ritos a cuál más pintoresco y absurdo, un artefacto cultural heredado de los padres por el mero accidente de haber nacido en un sitio u otro, aceptado acríticamente y concebido como un recurso fácil para dar sentido a la vida frente a la injusticia, el mal, el sufrimiento y la inevitabilidad de la muerte. Eso no tiene nada que ver con la espiritualidad de Einstein y otros ilustres científicos como Schrödinger, Planck o Bohm (o, yendo más atrás, de un gigante de la filosofía como Spinoza). "Detrás de todas las concatenaciones discernibles, queda algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración de esta fuerza más allá de lo que podemos comprender es mi religión", sostenía el artífice de la teoría de la relatividad.

La religión tal como la entiende la mayoría de la gente es también muy distinta a la búsqueda de un equilibrio interior y una conexión íntima con el Cosmos a través de la contemplación y la meditación, como hacen el budismo genuino (el despojado de sus creencias supersticiosas y de la adoración de estatuillas) y otras corrientes místicas como el sufismo. Al maestro sufí persa Mansur al-Hallaj se le atribuyen frases, fruto de estados extáticos, como "Vi a mi Señor con el ojo del corazón y le pregunté: ¿Quién eres tú? Y él respondió: Tú", "No hay nada envuelto en mi turbante salvo Dios" y "Yo soy la verdad". Por esas palabras fue descuartizado y luego quemado en el año 922, conforme a las órdenes del califa de turno.

Aun reconociendo su función social cohesiva y su carácter ordenador y balsámico para muchas personas que no pueden vivir sin Dios (exista o no), la religión convencional suele ser un deformador de mentes infantiles, un generador de fobias, miedos y traumas, un verdugo del conocimiento y de la felicidad (propia y ajena) que por su condición excluyente -como el nacionalismo, con el que está frecuentemente hermanada- sigue enfrentando a unos humanos contra otros. Sam Harris tuvo el acierto de señalar que la moderación religiosa es un resultado de la moralidad secular y la ignorancia religiosa: ¡esa es justo la clave! Cuanto más conocedor y fiel a la letra de una religión eres, tanto más integrista y, en consecuencia, mayor peligro tienes. Por eso la mayor parte de los creyentes, los que no se lo toman ni literalmente ni muy a pecho, son inofensivos. Cuánta razón lleva también el físico Steven Weinberg: "Con o sin religión, siempre habrá gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que la gente buena haga el mal, hace falta la religión".

martes, 25 de enero de 2011

Extraterrestres a un milímetro

Quizá haya criaturas extraterrestres tan cerca de nosotros como a un milímetro de distancia. Puede que nuestro universo comparta puntos del espacio-tiempo con otros desplegados en otras dimensiones y de los que nos separarían finísimos tabiques sólo franqueables por los gravitones (las partículas mensajeras de la gravedad). Otros cosmos pegados al nuestro, al que acompañan fantasmalmente desde quién sabe cuándo. Nuestros rostros enfrentados, casi piel con piel, a los de los habitantes de esos inimaginables universos. Seres incapaces de percibirse mutuamente, teorizando los unos sobre los otros, desconocedores de esa cercanía íntima y a la vez abismal. Acaso sufriendo por su finitud y rezando a un creador que los hizo a su imagen y semejanza.

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