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lunes, 2 de febrero de 2015

Votando al senador José Macías Santana

Iba esta tarde en el coche con mi hijo cuando me preguntó: "Papá, ¿a quién vas a votar?" Y le dije la verdad: que para las elecciones generales aún no lo sabía (para las autonómicas y municipales sí lo tengo claro). Como me pedía ser más concreto, le conté a quién no votaría seguro: al Partido Popular (no le dije que tampoco apoyaría en las urnas a partidos como UPyD o Ciudadanos, o que si pudiera depositar la papeleta en mi Canarias natal o en cualquier otra comunidad periférica tampoco respaldaría a partidos nacionalistas). Le iba a añadir que nunca había votado al PP desde mi debú en los colegios electorales en el referéndum sobre la OTAN de marzo de 1986... ¡cuando me di cuenta de que no era cierto! Una vez lo hice y esa es una curiosa historia que me place ahora rememorar.

Corría el año 1986 en Las Palmas y yo tenía 18 años. A un amigo que estaba a mi lado en la calle le dije en voz alta, al pasar frente a nosotros el político conservador José Macías (la intención era que él lo oyese): "¿Sabes a quién NO voy a votar?: ¡a Alianza Popular!". Macías se dio la vuelta y me dijo con gesto serio pero amable: "Está usted en su derecho, joven". El hombre desactivó con estas palabras mi absurdo odio juvenil dirigido a su persona solo por ser de AP (el partido de Manuel Fraga precursor del PP). Hizo sentirme, con toda justicia, avergonzado de esa lamentable acción: fue una lección en toda regla.

Nueve años más tarde, ya en Madrid, pedí una ayuda al Cabildo de Gran Canaria para los estudios de doctorado en la Universidad Complutense. No se me concedió por razones que ya no recuerdo. Lo que no se me ha olvidado es que le mandé una carta (todavía se estilaban los manuscritos enviados por correo postal, aunque el correo electrónico empezaba a abrirse paso) al entonces nuevo presidente del Cabildo, que no era otro que José Macías, en el que le hablaba de la importancia de la educación para una sociedad y le contaba mi situación en la capital (la verdad es que estaba a dos velas). Días más tarde, el mismísimo Macías llamaba a la casa de mi novia en Aluche para hablar conmigo (le había dejado ese teléfono porque era mucho más fácil encontrarme allí que en mi habitación alquilada en Malasaña). El hombre finalmente hizo gestiones para que pudiera conseguir una pequeña ayuda para ese curso de otra partida presupuestaria de la corporación insular. 

Por supuesto, yo no le dije que nueve años atrás le había increpado de manera tan bochornosa. A Macías nunca se le habría pasado por la cabeza esa curiosa conexión. Ni tampoco que un decenio más tarde (en 1996) aquel mismo chico exaltado que pretendía incomodarle pondría una "x" en la casilla con su nombre de la papeleta al Senado. Esa última vez que voté en Canarias decidí darle mi sufragio por ser una persona honrada y llana que justificaba con creces su cargo: no era para nada el típico senador español que llega a la Cámara Alta para ejercer de funcionario y levantar la mano siguiendo las instrucciones del jefe de bancada, sino alguien realmente preocupado por los problemas de la gente y siempre cercano y dispuesto.

José Macías tiene ahora casi 90 años. Ya jubilado desde hace tiempo de sus quehaceres políticos, preside una fundación contra la leucemia en Canarias. Es justo que lo recuerde hoy y me haría ilusión que le llegase este reconocimiento. Porque, por muy tópico que pueda resultar, por encima de las adscripciones partidistas o ideológicas están las personas.

martes, 16 de diciembre de 2014

La Unión Deportiva Las Palmas y yo (y III)


Hace dos años publiqué sendas entradas (I y II) dedicadas a mi equipo de fútbol: la Unión Deportiva Las Palmas. La tercera entrega estaba pendiente y he decidido que llegue ahora, cerca del ecuador de una temporada que, por fin -esta vez será muy difícil equivocarme, viendo no solo la calidad de jugadores titulares y banquillo sino también la actitud ganadora del plantel amarillo-, llevará al equipo de nuevo a Primera División tras 13 años de ausencia.

Cuando cerré el segundo post, el equipo encaraba un final de temporada 2012/13 en la que el Almería nos terminaría robando el sueño de ascender (en la semifinal de la promoción). Fue un disgusto, pero lo peor estaba por llegar al año siguiente (temporada 2013/14), cuando se registró el que posiblemente haya sido el peor día en la historia de la Unión Deportiva: perder en casa un ascenso casi en el último segundo, en la final de la promoción contra el Córdoba, por culpa de una panda de desalmados (los cuatro mataos de siempre jodiendo la pavana) que interrumpieron el partido en el tiempo extra y desconcentraron a los jugadores, con sonrojantes incidentes posteriores que serían portada en todos los medios de comunicación españoles.
Asdrúbal desolado el 22 de junio de 2014 tras el ascenso perdido. Foto: Quique Curbelo

Pero de ese tremendo mazazo, del que fui testigo atónito en directo desde el sofá de mi casa madrileña, muchos hemos extraído una enseñanza que va bastante más allá del fútbol: que no hay que rendirse nunca, que no hay que tirar la toalla cuando tienes fe en lo que haces y lo estás haciendo bien, que la Tierra sigue girando y la vida continúa dando oportunidades. Hay que reconocer a este respecto la loable tenacidad del presidente del club por volver a intentarlo de nuevo desde cero, contra viento y marea (el destino sería juguetón al emparejarnos en la primera jornada de esta temporada con el recién ascendido Llagostera, mientras que el Córdoba visitaba al Real Madrid en el Estadio Bernabéu).

Asdrúbal el 6 de diciembre de 2014 tras el gol de la victoria en el min. 90 ante el Leganés
Lo cierto es que la U.D. se ha rehecho de manera ejemplar -insisto en subrayar el mérito, ya que el varapalo de ver todo el trabajo de un año tirado por la borda en el último suspiro fue brutal- y seis meses después estamos todos sus aficionados disfrutando de los pepinazos inesperados a las mallas de Araújo y Asdrúbal, los golazos de falta de Nauzet Alemán, los pases perfectos de Valerón (aunque cada vez juegue menos por su edad), los carrerones por la banda de David Simón, la clase de Momo, Vicente Gómez, Hernán Santana, David García, Ángel, los gemelos Javi y Dani Castellano, Aythami Artiles, Roque Mesa... De un equipo integrado mayoritariamente por canteranos, por gente de la tierra (no solo de Gran Canaria, sino del resto de Canarias) que al saltar al campo con la camiseta amarilla siente algo especial: es más que un trabajo por cuenta ajena, es más que un Cristiano Ronaldo metiendo un gol para el Madrid o un Messi haciendo lo propio para el Barça.

Y ya no podemos dejar de imaginarnos a Valerón, el gran icono moral de nuestro equipo y acaso del fútbol español, llorando de emoción el momento exacto en que conquistemos el ascenso en la primavera de 2015. Y la plaza de España (la antigua plaza de la Victoria) de Las Palmas abarrotada como en mayo del 2000 (¡eso lo viví allí!), cuando volvimos a Primera tras doce años. Es fútbol, nada más que fútbol. Pero como dice mi amigo salmantino y colchonero Santi Riesco, se trata de "la cosa más importante de las menos importantes". Y para los canarios será una inyección de autoestima: no solo una cuestión de orgullo colectivo sino un recordatorio de que podemos hacer bien las cosas (incluidas las que son mucho más importantes que el balompié) cuando nos lo proponemos. Así pues, solo me queda decir: ¡¡Arriba d'ellos!! ¡¡Pío, pío!!

FELIZ POSDATA: El 21 de junio de 2015, después de 13 años, la Unión Deportiva Las Palmas regresó a Primera División tras una emocionante victoria por 2-0 en su estadio sobre el Real Zaragoza.

viernes, 13 de junio de 2014

¡Es el orgullo, Butch, es el orgullo!

El orgullo puede ser algo muy poderoso, tanto como para cambiar el curso de la Historia (lo que casa muy mal con el reduccionismo economicista de los marxistas). Esta reflexión tiene su origen en un post futbolero del compañero, y sin embargo amigo, Óscar López Canencia acerca de la reciente final de la Copa de Europa en Lisboa entre Real Madrid y Atlético.

Hace unos meses pagué con la tarjeta en una gasolinera los tres euros correspondientes al lavado de mi coche. Al primer intento me dijo el empleado que no había funcionado la máquina, por lo que volvió a pasar la tarjeta. Al llegar a casa advertí (desde hace mucho sigo el lema de "desconfía y acertarás", que no suele fallar en España) que me habían hecho dos cargos de tres euros en la cuenta. Volví a la gasolinera, donde un especimen nacional bien identificado -malencarado, grosero, vicioso y sucio- me negó la mayor de malos modos. Tuve que darles la brasa en una nueva visita días más tarde, bien informado por mi oficina bancaria, provisto de extractos y con la amenaza de denunciarles. El tipo, asumiendo su derrota, me arrojó tres euros al mostrador. Era poco dinero, pero no estaba dispuesto a dejarlo pasar por una cuestión de mero orgullo, aunque el tiempo y las molestias invertidas en recuperarlo valían seguramente más de tres euros. Por supuesto, no he vuelto a esa gasolinera ni pienso hacerlo jamás.

Algo parecido me ocurrió hace años cuando una compañía telefónica felizmente desaparecida pretendía cargarme una factura improcedente: la cuantía era pequeña, pero no me dio la gana pagarles y empecé a recibir llamadas y cartas de empresas de cobro que solo sirvieron para reafirmarme en mi decisión.

Sentirte asistido por la verdad te da mucha fuerza, pero esta se multiplica si alguien te la niega y encima de malas maneras. Es lo que ocurre con las prospecciones petrolíferas en Canarias. Consideras, siempre con una duda razonable (quien no duda es un fanático), que no son beneficiosas para el archipiélago. Pero esa falta de certeza tiende a ser aparcada cuando te topas con defensores de las prospecciones que te están tomando el pelo y a los que se les ve claramente el rejo PPolítico: cuando entras en esta web y ves este vídeo o, ya en el colmo, ves este otro vergonzante del verde Esteban González Pons. Luego, además, te dices: "No vuelvo a pisar una gasolinera de Repsol". Te das cuenta de que es una faena, porque cerca de tu casa hay tres gasolineras de Repsol (una ya eliminada, por ser el escenario del antedicho incidente de los tres euros), pero ya no hay vuelta de hoja: volver a repostar bajo ese logo sería una indignidad contigo mismo.

¡Cuántos levantamientos o revoluciones no habrán empezado avivados por un sentimiento de humillación, por sentirse la gente violentada, ninguneada o estafada! Sin duda, el orgullo está detrás de las revoluciones americana, francesa y rusa, de tan honda repercusión histórica. Y también del alzamiento judío contra los nazis en el gueto de Varsovia y la posterior creación por supervivientes del Holocausto del Estado de Israel. Y, sin irnos tan atrás, de sucesos como la revolución tunecina de los jazmines o la sublevación de civiles armados contra narcoprimates en el estado mexicano de Michoacan. ¡Es el orgullo, Butch, es el orgullo!

miércoles, 14 de mayo de 2014

Vacaciones de verano en las islas de las Canarias (o Gran Canarias)


Este verano cambiamos de plan: nos vamos mi señora, mis nietos y yo a las islas de las Canarias (también conocidas como de las Gran Canarias o, a secas, Tenerife). Un anuncio televisivo nos ha convencido esta vez (ya habrá ocasión de repetir Benidorm y Rivera Amaya). Va ser una experiencia inolvidable, la idea es alojarnos en alguna posada del pueblo de Palma de Canarias y hacer excursiones desde allí en barquito a las islas vecinas. Debe ser muy barato y encima te dan zumos durante el agradable viaje sobre las tranquilas aguas del Mediterráneo, mientras los barqueros te cantan y narran viejas historias de su tierra.

Solo nos hemos vacunado contra la malaria, en la agencia de viajes le dijeron a mi señora que no hacían falta otras vacunas; de todas formas, llevaremos antibióticos por si alguno se coge allá un catarrazo (nunca se sabe si las farmacias de las islas, tan lejanas de la civilización, estarán bien provistas). Queremos que sea un viaje dedicado sobre todo a observar la naturaleza, porque a mis nietos les encantan los animales. Nos han dicho que la flora no tiene mucho interés (salvo que te gusten los cactus, no es mi caso), pero que la fauna es verdaderamente espectacular: así que aprovecharemos nuestro desplazamiento a la vecina isla de Santa Cruz de Las Palmas para visitar de una tacada el Loro Park, los Palmitos Park, Reptilandia e Hiperdino. Nos habría encantado hacer una inmersión en las aguas del lago Martínez en Fuertementera -dicen que es lo mejor para el buceo en las islas-, pero por desgracia no tenemos licencia de submarinismo y los chavales son aún pequeños.

Lo que no queremos perdernos bajo ningún concepto es el volcán humeante de Carajonales y la Gruta del Verde en Palmas de Menorca, la isla por la que tanto hizo el ilustre artista local Cesario Menroco: por lo que he leído en La Gaceta, su legado está en unas carreteras, unas salas de fiestas y unos centros comerciales que son homologables a cualquier otro no ya de nuestra nación sino de toda Europa.

Habrá también espacio para la cultura, eso espero, para que los nietos se vayan familiarizando también con esas cosas. Así que iremos a algún tablado de Palma a escuchar un buen fandango o bulería. Al parecer, la música de las islas se fundamenta en el flamenco, pero con la distancia (¡daos cuenta de que son diez mil kilómetros hasta las costas españolas!) éste ha tomado un cariz especial, con mezcla de música latina (muchos canarios emigraron a Centroamérica e incluso trabajaron allí en las plantaciones de cebada) y africana (África está muy cerca, tanto que desde la isla de Conejera se ve en días claros el estrecho de Gibraltar, tan majestuoso desde que lo construyeran hace tres mil años los cartagineses).

Le hablaré a mis nietos de los guanchos, esos indios que habitaban las islas antes de que llegaran los españoles hace dos mil años. Al parecer eran pelirrojos, altísimos y de ojos grises (se dice que podrían haber sido descendientes de los soldados que el galo Carlos Magno envió para destronar al rey Salomé de Nubia), pero todos murieron de hambre, enfermedades y pena tras la conquista. Supongo que influyó que los conquistadores destruyesen sus cosechas de gofrío (ya os hablaré luego de esto) y talaran los eucaliptos y araucarias que les daban sombra en las áridas montañas.

Habrá que coger el teleférico desde Corraleja hasta el Monte Terde (en la isla de Chinija, el segundo pico más alto de nuestra nación -tras el Oneto- con sus 5.678 metros), desde donde cuenta la leyenda que se arrojó el vacío el héroe guancho Don Rama. Hay una jarcha muy hermosa que dice algo así como: "Juro por Alcaraván (el Dios guancho), dijo Don Rama gritando, antes morir peleando, que ver a mi Ramadán (nombre guancho de Chinija), sin Ronartemi reinando". En la famosa fiesta de Don Rama se rememora cada 31 de junio este episodio épico. Por su parte, en la isla de Palmas de Menorca se celebran las fiestas lustrales de los Germanos, en las que cada ocho años se saca en procesión a la Virgen del Candelabro (la patrona de las islas de las Canarias o Gran Canarias).

Lo que antes os decía: el gofrío es un cereal cultivado en estas queridas islas tinerfeñas ya desde la era terciaria. Es de muy mala calidad, dada la pobreza de nutrientes de la tierra volcánica, pero mezclado con leche de burra (en guancho, burra se dice baílefa o baílefita) es muy nutritivo. Cuentan que todavía hoy en día no hay casa de canario o tinerfeño -de cualquiera de las seis islas, que aquí no hacen distingos- en la que no te encuentres una despensa llena de gofrío para preparar las tortas con leche de baílefa o baílefita y los sancochos con mijo (esta leguminosa no se cultiva en las islas: la traen los coreanos establecidos aquí hace cientos de años, cuando montaron el primer gimnasio de jiujitsu fuera de la península indochina).

En fin, ya os contaré en mi blog nuestras andanzas por esas islas tan hermosas -¡y acaso desconocidas!- de nuestra amada España tan rica en su simpar diversidad y unicidad. Por si os interesa, Borja Bartolo Santesmases es mi sobrino: sí, el chaval que le cantó las cuarenta a domicilio a la mismísima alemanota de Merkel. Si me estás leyendo, Borja Bartolo, que sepas que no me olvido de la muñequita flamenca canaria que me has pedido como souvenir. Con una frase muy canaria os despido a todos hasta entonces: "¡Arrójate un mijo, muyango!".

martes, 28 de enero de 2014

Ataque nudista gabacho a finales de los 70

Un recuerdo bochornoso de mi infancia tiene como escenario la playa del Inglés, en mi isla natal de Gran Canaria. Tendría yo 10 u 11 años, por lo que el suceso debió de ocurrir en el verano de 1978 o en el de 1979. Fue al principio de la playa, cerca de la gran escalera de lajas de piedra por la que bajaba la gente, allí donde empezaban los chiringuitos. Por aquel entonces, aquella era una zona de familias veraneantes de la isla (desconozco si seguirá siendo así). Y ya existía, a unos cuantos kilómetros de distancia por la orilla, a caballo entre la playa del Inglés y la de Maspalomas, una de las primeras zonas nudistas reguladas en España: hace 35 años eran sobre todo extranjeros los que se despelotaban en esa mítica Punta por la que se podía pasear y ser testigo de esa novedad de la rampante España posfranquista.

Pues resulta que entre padres, niños, bebés, abuelos, tuppers, bocadillos de tortilla y de pata e incluso pucheros humeantes (los canarios que iban a pasar el día a las playas del sur eran conocidos como los rusos) se colaron inopinadamente dos intrusos que no podían pasar desapercibidos por un detalle fundamental: estaban completamente desnudos. Se trataba de una pareja francesa de mediana edad (el turismo francés en Canarias siempre ha sido muy minoritario, por cierto). El estupor de los rusos fue tremendo: airados gritos de "sinvergüenzas", de "aquí hay niños", de "¡por Dios!"... El típico padre de familia de orden, con bañador-slip apretado y seguramente bigotillo, les conminó a vestirse sin éxito. Los turistas parecían tan desubicados como Rabindranath Tagore en el plató de Sálvame o en una etapa del Camel Trophy. No quedó otra que avisar a las fuerzas del orden: al cabo de unos minutos, en medio de una salva de aplausos, se presentaron dos policías municipales que se llevaron al hombre y la mujer sin muchas contemplaciones. "¡¡Muy bien, muy bien, así, así!!", gritaba la gente. Recuerdo vagamente las sonrisas algo amargas del hombre y la mujer, con los agentes uniformados tirándoles del brazo, unas sonrisas en las que adivinaba un rastro de desprecio hacia la ñoñez nativa.

Este quizá sea el primer episodio reconocible de vergüenza ajena en mi vida. Sentí mucha rabia de que esos franceses se llevaran una imagen tan lamentable de nuestro paisanaje. Lo cierto es que Canarias (sobre todo la rural, así como la urbana de clase media y acomodada) era una sociedad conservadora y pacata (en las elecciones generales de octubre de 1982 ganó en mi barrio Alianza Popular por mayoría absoluta; aún tengo en casa de mis padres una copia del acta del colegio electoral, que arranqué días después de los comicios de la propia puerta del colegio para conservarla como recuerdo). Ya con 14 años, yo soñaba con vivir en un país diferente, en un lugar moderno y civilizado donde la gente no se preocupara de esas estupideces y sí de cosas importantes como la educación, la justicia social, la ciencia o el cuidado del entorno natural (tan maltratado en mi tierra). Pero esa España negra estaba allí, aún muy visible (como hoy, aunque ahora con maquillaje del siglo XXI), junto a la otra España moderna que empezaba a sorprender al mundo y tendría su apoteosis en las olimpíadas de Barcelona '92.

viernes, 7 de junio de 2013

Canarias

La isla de Lobos, entre Fuerteventura y Lanzarote (Foto: Víctor Aguado)

En este blog apenas he escrito sobre Canarias, la tierra en la que nací y viví hasta casi los 26 años: que yo recuerde, solo dos posts dedicados al equipo de fútbol (la U.D. Las Palmas) con el que sufro y me llevo alguna que otra alegría puntual desde que tengo uso de razón. La semana pasada fue el día de Canarias y reparé en dicha laguna. Hoy hablaré pues de ese país atlántico geográficamente al lado de África pero que ha estado cultural y económicamente a caballo entre Europa y América desde su conquista castellana hace medio milenio. Unas islas tan poco conocidas fuera y dentro. Porque, por ejemplo, ¿cuántos canarios saben que los gomeros más viejos siguen usando el vosotros en vez del ustedes (una tradición que, por desgracia, se está perdiendo)? Cada isla es un mundo diferente, pero incluso dentro de las islas mayores (Tenerife y Gran Canaria) hay muchas Canarias bien distintas: la urbana, la rural, la turística, la del norte, la del sur, la de medianías... En el Hierro, la gente no aspira las eses finales. En La Laguna y Las Palmas hay menos días de sol anuales que en Madrid. En las noches invernales de Vilaflor o Tejeda (incluso en cotas más bajas, como en San Mateo o La Laguna) se puede pasar más frío que en el centro de España. Son cosas que no dejan de sorprender a muchos peninsulares, incluso a quienes han estado allá pero no se han aventurado por el interior.
Nieve en la cumbre de Gran Canaria (foto sacada por mí en enero de 1994)

Cuando estaba en el colegio se nos contaba que los guanches habían desaparecido tras la conquista, cuando lo cierto es que se fusionaron con los conquistadores. También se nos hablaba de nuestros antepasados españoles, cuando no pocos canarios tienen asimismo ascendencia portuguesa (el mío es un apellido de origen luso), italiana, flamenca (Artiles, por ejemplo, proviene de Flandes), francesa, inglesa, irlandesa... Y también sangre negra (en los ingenios azucareros de Gran Canaria trabajaron esclavos africanos), judía (tras la expulsión en 1492 de la península, algunos hebreos se establecieron en las islas) y morisca (personas trasladadas a las islas orientales tras su apresamiento en razias realizadas en la costa africana). A Canarias vinieron incluso malteses (como atestigua el nombre de una calle de Las Palmas) y esclavos indios de América. Y no podemos pasar por alto a las comunidades de India y Corea, muy arraigadas desde su desembarco en las islas el siglo pasado. Ni a los canarios fruto de matrimonios mixtos con extranjeros llegados tras el boom turístico de los años 60 (alemanes, ingleses, escandinavos...). Esta mezcolanza racial se manifiesta de muchas formas, desde la diversidad de apellidos hasta la singularidad del vocabulario (los nombres de alimentos, plantas o animales suelen ser diferentes a los de la Península). En el este de Gran Canaria llegó a haber en el siglo XIV una efímera presencia de misioneros mallorquines, a raíz de la cual algunos aborígenes fueron llevados a Mallorca, bautizados y convertidos en bilingües catalán-guanche. Sorprendente, ¿no?

Es una gran verdad eso de que en todos sitios cuecen habas: en todas partes hay gente buena, regular y mala, ya que se trata de algo transversal a nacionalidad, edad, sexo, preferencias sexuales o cualquier otra condición. Enemigo como soy de los tópicos, he de reconocer que a veces se aproximan a la realidad (si no fuese así, no habrían aparecido ni se hubiesen consolidado). Con los riesgos que tiene toda generalización, y con la autoridad que me confiere ser canario y conocer aquella tierra (sobre todo, mi isla: Gran Canaria), puedo apuntar ciertos defectos y virtudes de mis paisanos.

Entre las virtudes figuran la cordialidad en el trato y la tranquilidad (aunque es cuestión de grado, ya que Las Palmas parece tener un ritmo frenético en comparación con el mundo rural e incluso con Santa Cruz de Tenerife). Cualquiera que haya conducido en Canarias y en la península (particularmente, en Madrid) puede apreciar que allá los conductores son por lo general más prudentes y menos alocados. Por estos lares mesetarios, el conductor típico se asemeja más en carretera al del sur de Italia o al de Turquía. Lo de la tranquilidad se manifiesta en otras cosas buenas como la menor propensión al ejercicio del fanatismo o la intolerancia (aunque haya fanáticos e intolerantes, como en todas partes) y la mayor paciencia ante las dificultades, pero también en una cierta indolencia o aplatanamiento que dificulta el asociacionismo y las luchas sociales.

Entre los defectos se encuentran el ombliguismo (la creencia ridícula en que lo de uno es lo mejor del mundo, sostenida sobre todo por quienes menos han viajado), la susceptibilidad (los canarios soportan mal las críticas o bromas sobre su tierra), la tendencia al desánimo (esto se observa claramente en un partido de fútbol, cuando las cosas se ponen feas) y cierto complejo de inferioridad (aunque cada vez menos). Esto último hace que algunos mentecatos se inclinen servilmente ante el del fuera rico al tiempo de ensoberbecerse ante el de fuera pobre. Porque, no nos engañemos, hay canarios xenófobos y racistas (aunque muy probablemente menos que en el resto de España), en particular con los moros y los africanos negros.  Lo cual es una vergüenza teniendo en cuenta nuestro perfil multirracial y el que las islas hayan sido históricamente una gran fuente de emigrantes (hacia la Luisiana, Texas, Uruguay, Venezuela, Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico...). También incluiría entre los defectos -aunque algunos lo consideren una virtud- ese espíritu fenicio de querer ganar dinero a costa de lo que sea. Nuestros paisajes han sufrido las consecuencias de ese mercantilismo grosero.

Los ricos canarios quizá se parezcan más a sus homólogos latinoamericanos que a los peninsulares (que tampoco es que sean un dechado de virtudes). Son por lo general gente poco cultivada, que ha amasado dinero no tanto por su espíritu emprendedor o su habilidad empresarial sino por haber recibido una sustanciosa herencia, dado algún pelotazo inmobiliario, ser un contratista o distribuidor bien relacionado con la clase política o haberse hecho con la importación exclusiva de un producto. Tipos que creen ocultar su incompetencia detrás de un buen traje y una corbata, que incluso fuerzan su acento para hablar como los peninsulares del centro (manifestación del antedicho complejo de inferioridad). Entre los niños pijos canarios suele haber bastantes impresentables, de lo que dan fe peninsulares que conozco que los han padecido en colegios mayores. Lo cierto es que Canarias sigue siendo una sociedad muy clasista, con un índice de desigualdad social más propio de Latinoamérica que de Europa occidental.

En el ámbito de la cultura no podría yo explicar las cosas mejor que el escritor tinerfeño residente en Madrid Rafael José Díaz (léanse esta entrada y esta otra). El localismo y la mediocridad campan a sus anchas para tranquilidad de los mandarines bien relacionados y de sus paniaguados. Rafa apunta "el gregarismo, el sectarismo, la endogamia y la tendencia a las capillitas y grupúsculos en busca del reparto de la magra tarta cultural isleña". Supongo que se trata de algo habitual en lugares pequeños donde mucho tuerto suele ejercer como rey. Desde luego, Canarias tiene un serio problema educativo: no extraña pues que seamos junto a los andaluces los que nutramos los reality shows más vergonzantes de la telebasura estatal. La subcultura del coyote (figura homóloga al cani peninsular) está muy extendida en los barrios. Si no estuviéramos en España, el panorama político y social canario no sería muy diferente al de El Salvador (y si España no estuviera en la Unión Europea, el panorama político y social español no sería muy diferente al de Turquía en los años 80).

Hasta hace unos decenios, el canario siempre fue muy españolista aunque a su modo, con un fuerte apego a su terruño y sus tradiciones (en las fiestas de muchos pueblos siguen viéndose banderas españolas junto a las tricolores canarias). Debe ser algo parecido al actual sentimiento mayoritario en comunidades como Asturias o Aragón, donde casi nadie duda de su españolidad pero solo a través de su condición de asturianos o aragoneses. Una vez, cuando yo tenia 16 años (presa entonces de un sarampión nacionalista-independentista que por fortuna me duró poco), le pedí intencionadamente al señor del estanco un sello "para España". El hombre, ya mayor, me dijo medio mosqueado: "¡En España estamos!". La sola insinuación de que Canarias no fuese España resultaba ofensiva para muchos. Creo que esto ha cambiado, probablemente para bien (porque denota una mayor autoestima de un pueblo acostumbrado a doblar la cerviz). El otro día, un compañero de trabajo me preguntó, aunque sin mala intención, si un evento era en hora canaria o española. Lejos de molestarme, incluso me hizo algo de gracia. Ya he escrito que abomino del nacionalismo, que me parece una ideología infantil y nefasta, pero eso no me impide afirmar que yo sería un convencido independentista si el nivel de civismo de Canarias fuese el de Islandia (sería una estupidez no serlo, conociendo España, y lamento tener que decir esto). Pero al igual que el resto de España y del mundo hispano, no dejamos de ser astilla del mismo palo.

Ha quedado bien claro que este no es un discurso autocomplaciente de folleto turístico: para quedarme en los lugares comunes y las cursilerías de siempre ("pueblo de hombres nobles", "vergel de belleza simpar", etc,) no hubiese hecho el esfuerzo de escribir estos párrafos. Ha llegado pues el momento de decir que Canarias es un país con una naturaleza espectacular, con un clima envidiable y un rico patrimonio biológico, con algo mágico muy difícil de explicar si no se va para allá a descubrirlo. Y aprovecho para confesar mi debilidad por El Hierro, la más remota y occidental de las islas. Cosas que se están haciendo allí y en otras partes del archipiélago como el municipio grancanario de Agüimes me devuelven la confianza en que otra Canarias (y otra España) sea posible.

viernes, 13 de abril de 2012

El nefasto influjo de las minorías étnicas de Kazajstán sobre un detective bilbilitano

Rogelio Ontiveros Echevarría parecía un hombre fuera de toda sospecha. Así lo creía su esposa, Matilde Casanova Morales, tras un ágape en el Círculo Mercantil de Las Palmas y dos meses de noviazgo que precedieron a una pomposa boda en la catedral y un atractivo viaje organizado por las localidades más importantes de Kazajstán. Sería en la simpar Almaty donde se pusieran los cimientos de la tragedia. Un extraño brebaje de origen coreano ingerido en un oscuro establecimiento fue el causante de la súbita enajenación de Ontiveros: dotado por semejante licor de un insólito furor, no tardó más de dos minutos en entrar en la habitación del hotel, donde Matilde descansaba al amparo de un ventilador, despojar abruptamente a su esposa de sus escasas prendas y someterla a una sesión continuada de sexo hasta el amanecer. Los hechos no deberían revestir demasiada notoriedad si Matilde no fuese la delegada insular en Gran Canaria del Comité 'Sexo No, Gracias', entidad de creciente implantación en el tejido social del país; y, sobre todo, si Rogelio Ontiveros Echevarría no fuese tal sino Cincinato Fernández Fernández, alias El Pufi, uno de los estafadores más cualificados y polivalentes del oriente de Andalucía. A esta sorprendente conclusión llegó Ernesto Gutiérrez del Monte, reputado detective bilbilitano y hombre de confianza del padre de Matilde, a su vez modélico empresario del sector de la restauración y personaje clave en la cámara de comercio local. Gutiérrez, enviado a la república centroasiática con el propósito de arrojar algo de luz sobre el extraño comportamiento de El Pufi, inmediatamente comunicado por una indignada Matilde a un señor Casanova tocado en su orgullo, estaba lejos de sospechar que sus días culminarían en aquel país de cuya existencia solo supo minutos antes de su marcha. "Das ist für Sie", fueron las últimas palabras que escuchó el infeliz, que se disponía a tomar un taxi rumbo al aeropuerto, antes de venírsele encima un gigantesco pedrusco arrojado desde un paso elevado de peatones por unos alborozados niños rubios y de ojos azules. Vía Moscú y Madrid, el cadáver de Gutiérrez del Monte fue conducido a Calatayud, donde recibió cristiana sepultura ante la congoja de sus allegados. Matilde volvería a Canarias, donde, tras la anulación eclesiástica de su matrimonio, contraería segundas nupcias en el mismo templo catedralicio con un importante industrial del cartón. Fernández Fernández marcharía a la República de Chechenia, donde, a instancias del expendedor de licor coreano, acabaría siendo asesor del ministro del Interior. Por su parte, Casanova sería elegido años más tarde presidente de la Cámara de Comercio de Las Palmas. Presentaría poco tiempo después su candidatura al Senado por el Partido del Pueblo Canario (PPC), formación política nacionalista moderada de inspiración democristiano-liberal.

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