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viernes, 11 de julio de 2025

¿La muerte como fracaso de la inteligencia?

El biólogo Theodosius Dobzhansky acuñó el siglo pasado una célebre frase: "Nada en biología tiene sentido excepto a la luz de la evolución". Décadas más tarde, el tambien biólogo Michael Levin propone corregir esta máxima, reemplazando evolución por teleología. Porque es evidente que los seres vivos (también subentidades como las células y las redes moleculares, y quizá entes más exóticos como una IA) tienen propósitos y actúan en consecuencia. 

Según Levin, cada ser vivo es una inteligencia colectiva jerárquica en la que todos sus niveles, desde el personal superior (nuestro yo) hasta el molecular-celular basal, conspiran para mantener la supervivencia y perseguir otros objetivos. Una inteligencia que opera en distintos espacios (el transcripcional genético, el fisiológico o metabólico, el anatómico, el tan familiar para nosotros 3-D...), con mecanismos de corrección de errores y reparación de daños que hacen posible el milagro de seguir viviendo cada día. Hasta que llega la fatídica hora de morir.

¿Es la muerte un fracaso de esa inteligencia colectiva, derrotada por un azaroso accidente irreparable, el zarpazo de otra inteligencia depredadora o parasitaria, un error o desalineación interna (caso del cáncer), un envejecimiento que acumula daños en el cuerpo que este ya no es capaz de afrontar?... ¿Puede la inteligencia en la cima de la pirámide jerárquica resolver ese fallo y sobreponerse a la selección natural?... ¿Podremos ser los humanos como las hidras o las planarias, pequeños animales acuáticos cuasi inmortales por tener la capacidad de regenerarse indefinidamente?... 

El conocido gerontólogo Aubrey de Grey confía en la medicina regenerativa o de mantenimiento para lograr ese sueño quimérico de la inmortalidad, aunque nadie estaría nunca a salvo de un accidente o asesinato. La idea clave es no interferir en el proceso mediante el cual el complejo fenómeno del metabolismo causa los daños en el organismo, ni en el subsiguiente proceso merced al cual estos causan las enfermedades, sino limitarse a reparar los desperfectos como hace un mecánico con un automóvil. La materia encontró hace unos 4.000 millones de años una forma de ordenarse, replicarse y avanzar en complejidad sobre unas bases más o menos firmes. ¿No estaremos a las puertas de otro hito de esa materia ya viva, ahora guiada por una especie humana auxiliada por -o acaso hibridada con- una inteligencia artificial?...

Según el ingeniero y futurólogo venezolano José Luis Cordeiro, no solo el envejecimiento y la muerte son un error sino también nuestro propio diseño. En una conferencia pronunciada en Panamá en 2015, Cordeiro dijo a los asistentes: “Todos ustedes aquí están por error. Ustedes forman parte de la última generación humana que no ha sido diseñada. En el futuro vamos a diseñar a nuestros hijos como queramos, con los genes que queramos”. En esa misma línea transhumanista se encuentra el gurú de la Singularidad Ray Kurzweil, que aspira a escapar de la muerte por envejecimiento y a descargar su propia mente en un soporte computacional más a prueba de accidentes que el orgánico. Deposita para ello sus esperanzas en el advenimiento de la Singularidad, fusión de cerebros humanos, inteligencia artificial e Internet que ya predijo hace dos décadas.

¿Pero podemos considerar a la muerte como un error o fracaso?... Para un individuo claramente lo es, ya que representa su desaparición física. La muerte es el final de todos los placeres (grandes y pequeños), anhelos, ilusiones y propósitos, aunque también de los padeceres. ¿Quién querría morir, salvo que su vida fuese un infierno? Pero si todos los organismos vivos se hicieran inmortales, la selección natural sería borrada de un plumazo. ¡No habría nada que seleccionar! Parece que sin muerte, sin una fuerte presión selectiva, la vida compleja e inteligente no habría surgido en nuestro planeta y no estaríamos aquí para contarlo. Ya no es que impalas o leones correrían mucho menos y serían menos listos y ágiles, sino que -al igual que nosotros- ni siquiera habrían llegado a existir. Desde este punto de vista biológico global, en un escenario de escasez de recursos, la mortalidad de los individuos sería un acierto para el avance de la vida en complejidad.

El biólogo Richard Dawkins diría que desde la óptica del gen también es un fracaso la muerte de los individuos fértiles, ya que al gen solo le interesa su replicación: cuantos más individuos con capacidad reproductiva, más contenedores para replicarse. Pero el esquema del gen egoísta de Dawkins empieza a ser impugnado por científicos como Levin, que considera el genoma más como un borrador o repositorio a disposición de agentes inteligentes (no es el caso de un gen, sí el de una red molecular o una célula) que como un plano constructivo ya determinado a semejanza del de una casa o una obra ingenieril.

La vida sería pues un combate perenne de la inteligencia contra la segunda ley de la termodinámica, que empuja todo hacia el desorden. Esa creciente entropía es lo que hace que las cosas tiendan a desordenarse y a estropearse o romperse a medida que pasa el tiempo: las casas, los coches, los libros, los ordenadores, los cuerpos… La vida actúa precisamente en sentido contrario (no es un fenómeno entrópico sino neguentrópico): consiste en la creación y mantenimiento de islotes de orden, en permanente batalla para no disolverse en un entorno cada vez más desordenado. O sea, para no estar en equilibrio energético con este, lo que es sinónimo de muerte. Vivir solo es posible manteniendo gradientes: en humanos, por ejemplo, la diferencia entre los 36ºC y los 50º si estamos en el desierto del Sahara a mediodía en verano o entre los 36º y los -50º si estamos en Siberia a medianoche en invierno. Sin otros dos gradientes térmicos, nuestro planeta ni siquiera habría alumbrado la vida: el que hay entre el interior caliente de la Tierra y su superficie y, sobre todo, el existente entre el ardiente Sol y su entorno planetario.

Quizá estemos equivocados al asumir la muerte como algo insoslayable, impuesto por la dictadura de la segunda ley. Los avances científicos y tecnológicos que se esperan en un futuro próximo hacen albergar esperanzas a los transhumanistas. Kurzweil critica "racionalizar la tragedia de la muerte como una buena cosa", algo que hacen no solo las religiones sino también humanistas enfrentados a lo que consideran (el transhumanismo) una amenaza directa a nuestra propia esencia como Homo sapiens. ¿Pero acaso existen esencias fijas, no dinámicas? Si hay una verdad universal irrebatible, esa es el cambio: nada permanece igual, todo se transforma. 

El temor a que la erradicación de la muerte prive de sentido y valor a nuestras vidas tiene un fundamento. Pero no parece muy deseable vivir a merced de un "accidente sin sentido", como dice Kurzweil. Ni de graves infecciones o enfermedades degenerativas que nos empujen a la tumba tras un sufrimiento indecible. Un mundo sin muerte podría permitirnos una existencia más serena y espiritual, ensanchando el abanico y la profundidad de nuestras experiencias. Aunque no dejo de preguntarme: ¿Podríamos sentir tanta compasión por seres inmortales que por humildes mortales condenados a una existencia efímera? ¿Podríamos sufrir un terrible aburrimiento?...

Algunos cosmólogos aventuran que la muerte térmica del universo puede ser también evitable gracias a la vida inteligente (¡valga la redundancia!), que podría impedir de algún modo ese temido estado final de máxima dispersión y entropía (con una temperatura homogénea de -273ºC en todas las regiones del cosmos) en el que ya nada sucedería porque el tiempo mismo se habría detenido. ¿Vamos, en cambio, camino del Punto Omega soñado por el cura, científico y filósofo Pierre Teilhard de Chardin?...

Al final de El origen de las especies, Charles Darwin escribía: "Hay grandiosidad en esta visión de la vida". Se refería a la asombrosa diversidad de especies fruto de la acumulación gradual de pequeños cambios seleccionados por la evolución a lo largo de millones de años. Contemplar la vida como una navegación inteligente y creadora de la materia (¿pilotada por un agente trascendental?) a través del universo, para acaso acabar tomando sus riendas, es mucho más grandioso si cabe. 

miércoles, 30 de abril de 2025

Jugando a ser Dios: ¿Y por qué no?


Ray Kurzweil, gurú transhumanista y apóstol de la singularidad tecnológica, quiere vivir indefinidamente sin sufrimiento (revirtiendo incluso su envejecimiento) y volver a hablar con su padre ya fallecido. Deposita para ello sus esperanzas en la ciencia (en el fondo, en la inteligencia humana), no en religión alguna. En su último libro, La singularidad está más cerca, se muestra confiado en llegar a tiempo de lograrlo: ahora tiene 77 años.

El físico y neurocientífico Àlex Gómez-Marín representa la postura opuesta a Kurzweil, la que ve en sus sueños utópicos una amenaza distópica producto de la soberbia humana. Esa prevención contra el transhumanismo se inscribe en la misma lógica que la del relato bíblico de la torre de Babel, cuya construcción se contemplaba como una afrenta a Dios. El jugar a ser Dios es uno de los mayores pecados que se le achacan a la humanidad moderna. Pretender acabar con el dolor y la muerte, hibridando la vida con tecnologías como la IA, nos asomaría supuestamente a escenarios de pesadilla, socavando nuestra condición humana y privando de sentido a nuestra existencia.

¿Pero es acaso un acto de soberbia querer reducir el sufrimiento en un mundo donde es moneda corriente? ¿Lo fue empezar a operar con anestesia o erradicar la viruela? ¿Es contra natura manipular el genoma para evitar una enfermedad congénita o devolver la vista a un ciego con un implante neuronal? ¿Debemos aceptar como necesario el peaje de vivir siempre a merced de una desgraciada mutación genética, de un error celular, de un accidente orgánico?... Como bien dice el biólogo Michael Levin, los humanos actuales no somos una "forma ideal, creada y elegida". Todos los seres vivos son producto de la evolución, que nunca es perfecta sino simplemente funcional. Y también somos hijos de la depredación, de la "naturaleza roja en colmillo y garra" de la que se hacía eco amargamente el gran poeta Tennyson. ¿Enmendar la plana a la naturaleza o a Dios (yo creo que no dejamos de ser tanto naturaleza como Dios/Consciencia) es realmente algo deplorable?...

Lo cierto es que ya venimos corrigiendo a la naturaleza desde tiempos inmemoriales con los injertos de plantas, la domesticación de animales (el perro es una creación nuestra) o la ropa (lo natural sería estar desnudos). Y, más recientemente, con los embalses, las vacunas, los aviones, la calefacción central o los anticonceptivos. Pero algunos propugnan ir mucho más allá: por ejemplo, resucitando especies extintas como el dodo. Un caso extremo es el del filósofo Steve Sapontzis, que aboga por acabar con la depredación (no solo la humana) siempre y cuando esto no ocasionase más sufrimiento del que ahorrara. Para Sapontzis, un león hace algo malo al matar a sus presas para alimentarse, aunque no ser un agente moral le eximiría de culpa (como a un niño muy pequeño que maltrata a un gato). Parece razonable suponer que el agotamiento del caldo nutritivo primigenio fue lo que nos llevó a la "naturaleza roja en colmillo y garra". 

El acelerado desarrollo tecnológico nos obliga a plantearnos cuestiones que a día de hoy pueden parecernos ridículas o más propias de una película de ciencia-ficción. Michael Levin no solo es estandarte de una nueva biología (basada en la concepción de los seres vivos como inteligencias colectivas en las que cada nivel jerárquico, hasta abajo del todo -células y moléculas-, tiene agencia), sino también pionero en adelantar las implicaciones éticas de un mundo en el que seres orgánicos normales, otros mejorados tecnológicamente, inteligencias artificiales, criaturas híbridas y quimeras convivirán a no mucho tardar. Un mundo en el que acaso la muerte sea opcional y pueda ser desterrada si alguien tiene la voluntad de seguir viviendo en un sustrato orgánico o digital. Quizá hemos normalizado erróneamente el envejecimiento y la muerte como fenómenos inevitables, cuando lo cierto es que una medicina regenerativa personalizada, con el auxilio de la IA, podría brindarnos en unos años las herramientas necesarias para prolongar indefinidamente la vida. Las planarias (pequeños gusanos acuáticos) ya han encontrado la forma de hacerlo sin recurrir a la ciencia, explotando la plasticidad de sus células madre en un abigarrado genoma gracias a su inteligencia colectiva.

La elucubración más osada a este respecto la pone el físico Frank Tipler, quien apunta a una muy remota singularidad cósmica: cuando la vida inteligente cope toda la materia del universo, forzará su colapso gravitatorio haciendo infinita su capacidad computacional. Podría así emularse todo universo posible, lo que permitirá cualquier cosa... ¡como resucitar a los muertos! (esta afirmación le ha granjeado a Tipler una injusta fama de chiflado). Si vivimos en un universo computacional, la posibilidad de simular universos abre la puerta a paraísos virtuales sin el corsé de las leyes físicas, solo limitados por la imaginación. ¿Deberíamos hacer allí posible todo lo que consideremos bueno y justo? ¿Deberíamos desterrar todo lo que consideremos malo e injusto?...

Es un hecho que la vida a todas las escalas tiene propósitos y avanza en complejidad (va ganando "profundidad causal", en términos de la teoría del ensamblaje de Cronin y Walker). Puede que la historia del cosmos no sea más que la historia de la evolución de la inteligencia, alumbrando nuevas emergencias y espacios de posibilidades en su tortuoso camino desde una singularidad inicial como la del Big Bang. En esa senda, una estirpe de la que somos eslabones necesarios (como lo fueron LUCA, la primera célula eucariota, el primer organismo multicelular o el primer mamífero) podría acabar domando y dirigiendo el universo con una guía moral. Una estirpe en la que nuestros sucesores (que ya no serán humanos sino algo distinto e inimaginable) estén quizá llamados a superar la depredación, el sufrimiento y la muerte que han definido la vida en esta etapa infantil en la que aún se encuentra. Porque solo han pasado apenas cuatro mil millones de años.

martes, 19 de noviembre de 2024

El sueño de Ray Kurzweil de volver a hablar con su padre: ¿La Singularidad está más cerca?


Solo somos plenamente conscientes de las conversaciones que quedaron pendientes con nuestros deudos cuando estos ya se han ido para siempre. Ray Kurzweil, ingeniero de Google y gurú del transhumanismo y la Singularidad, quería volver a hablar con su querido padre ya muerto. Y se le ocurrió una forma posible de hacerlo: alimentando una red neuronal con todos los textos escritos por su progenitor. Así podría interactuar, tener una charla, saber lo que su padre opinaría de cosas que nunca llegó a ver. Y finalmente pudo interactuar con él. Entre otras cosas, le preguntó por el sentido de la vida, a lo que respondió: "El amor".

Un conmovedor episodio de Black Mirror, titulado "Ahora mismo vuelvo", cuenta una historia parecida en un futuro con una tecnología capaz de hacer realidad de la manera más inmersiva el sueño de Kurzweil: una mujer que pierde a su novio en un accidente de tráfico recibe en un paquete una fiel réplica física (un androide) de su pareja alimentada con toda la información recopilada sobre él gracias a los testimonios de ella misma y otras personas que lo conocieron, así como a sus datos en Internet y redes sociales (vídeos, audios, publicaciones escritas...). El androide, que no necesita dormir ni comer ni beber, puede tener con ella conversaciones con los mismos registros idiosincráticos (humor, ocurrencias, recuerdos comunes...) de su difunto novio. ¡E incluso relaciones sexuales! Lo único que precisa es recargar su batería conectándose a un enchufe.

Kurzweil abraza la esperanza, pese a su edad actual de 76 años, de subirse a la que llama curva de velocidad de escape de la longevidad (o sea, de escapar de la muerte por envejecimiento) para poder disfrutar, entre otras cosas, de la compañía virtual de su padre durante mucho tiempo. Más aún, confía en llegar a descargar su propia mente en un soporte computacional y así alcanzar una inmortalidad más a prueba de accidentes. Son algunas de las promesas depositadas en el advenimiento de la Singularidad, una fusión de cerebros humanos, inteligencia artificial e Internet que ya predijo hace dos décadas para 2045 en su libro La Singularidad está cerca. En 2024, a caballo de los espectaculares avances en el campo de la IA, ha publicado La Singularidad está más cerca, donde se ratifica en sus predicciones.

Si se alcanzara una Inteligencia Artificial General (AGI) a finales de esta década, se lograse un mapeo completo del cerebro humano (acaba de hacerse con el de una mosca), la genética, la biotecnología y la nanotecnología siguieran progresando de manera espectacular, la impresión en 3D se generalizara a todas las escalas, la realidad virtual (un campo todavía relativamente rezagado) llegara a ser totalmente inmersiva, se avanzase en la robotización/automatización y se solucionara el reto del abastecimiento barato de energía (solo aprovechamos una parte muy pequeña de la radiación solar que llega a la Tierra), muchas de las cosas que salen en la futurista Black Mirror podrían hacerse realidad. Estamos hablando de medicina regenerativa personalizada (con nanorrobots circulando por nuestro torrente sanguíneo), de impresión casera en 3D de casi cualquier objeto (por ejemplo, ropa y zapatos a medida y módulos habitacionales) o de paraísos virtuales a la carta. Y de palabras mayores como inmortalidad o consciencia ampliada (semejante a la que una persona sorda de nacimiento experimentaría al poder escuchar una pieza de Mozart), al conectar nuestros cerebros a una superinteligencia artificial con acceso a una gigantesca nube de datos.

Kurzweil insiste en que todo el mundo podrá beneficiarse de estos avances, de igual modo que casi todos los humanos tienen hoy en su mano un pequeño ordenador millones de veces más potente que el que guió el viaje a la Luna en 1969. La capacidad de computación es cada vez mayor, y su procesamiento cada vez más rápido y barato. El abaratamiento que ya se ha producido en bienes o servicios como los libros, la música o las telecomunicaciones (en 2024 es gratis escuchar música en Spotify, leer los titulares de la prensa digital, consultar cualquier cosa en la Wikipedia o ChatGPT o hacer una videoconferencia por WhatsApp o FaceTime con alguien que esté al otro lado del mundo) se extenderá a otros ámbitos como el de la producción de alimentos, ropa, menaje y herramientas, así como a la construcción de viviendas.

Pero Kurzweil no es ingenuo: en su último libro alerta del riesgo que presentan las políticas tóxicas. Conviene recordar que las maravillosas interacciones con ChatGPT y otros lujos tecnológicos de nuestros días son coetáneos a la existencia de Trump, Putin, Netanyahu, Maduro y Jamenei, la difusión de noticias falsas, los discursos de odio, las muertes de migrantes en el mar, la caída de bombas en Ucrania, Gaza y Líbano... "Si logramos acertar en estos desafíos políticos", asegura el profeta de la Singularidad, "la vida humana se transformará por completo. Históricamente, hemos tenido que competir para satisfacer las necesidades físicas de la vida. Pero a medida que entramos en una era de abundancia, y la disponibilidad de las necesidades materiales se hace universal -al tiempo que muchos trabajos tradicionales desaparecen-, nuestra principal lucha será por el propósito y el sentido". Uno de los retos será el de la transición de un mundo a otro, en la que humanos que se sintieran excluidos podrían recurrir a la violencia. Kurzweil no encuentra un problema en la limitación de recursos naturales no renovables, aventurando que casi cualquier objeto físico (desde un vestido o una herramienta a un órgano biónico o un plato de comida) podrá ser sintetizado por nanorrobots a partir de su formulación atómica.

Algunos piensan que un mundo sin muerte como el soñado por Kurzweil podría ser un escenario distópico al quitar sentido a nuestras vidas: sería precisamente su condición efímera lo que hace que sean tan valiosos nuestros propósitos, así como los vínculos con los seres queridos. Vivir eternamente de manera incorpórea podría privar de significado a nuestra existencia, convertirla en una pesadilla, hacer que perdamos todo rastro de humanidad asomándonos a una realidad tan desconocida como inquietante: la de la fusión humano-máquina. Aunque Kurzweil aclara: "Tu cerebro biológico permanecería, solo que ahora con una inteligencia añadida". En su reciente aparición en el podcast Brain Inspired, el físico y neurocientífico español Àlex Gómez-Marín es muy crítico con la eventual Singularidad y con un transhumanismo tras el que atisba un peligroso culto pseudorreligioso. Podemos compartir esa crítica en un plano teórico, pero cuando la muerte nos toca directamente llevándose a una persona amada nos resulta imposible pensar lo mismo. Vivir a merced de un "accidente sin sentido", como dice Kurzweil en su libro, no parece lo más deseable. Para el gurú estadounidense, argumentos como el de mi compatriota Àlex no dejan de ser un intento de "racionalizar la tragedia de la muerte como una buena cosa". Que conste que no estoy seguro de quién lleva razón a este respecto. 

Otra critica que suele hacerse al transhumanismo es la de pretender enmendar la plana a la naturaleza, pero eso es algo que llevamos haciendo desde que hace miles de años empezamos a cultivar la tierra y domesticar animales. Como dice el biólogo Michael Levin en un maravilloso artículo: “la hibridación de la vida con la tecnología es aterradora cuando no puedes deshacerte del sentimiento infantil de que los humanos actuales son de alguna manera una forma ideal, creada y elegida (incluyendo el dolor lumbar, la susceptibilidad a infecciones y enfermedades degenerativas del cerebro, el astigmatismo, la esperanza de vida limitada, el coeficiente intelectual, etc.)". Si algún día pudiéramos cambiar las leyes del universo en aras de un bien superior, ¿por qué habríamos de renunciar a ello?... Es probable que pronto asistamos a cosas tan increíbles como las que el humanoide Roy Batty de Blade Runner vio más allá de Orión. ¿Quizá a una réplica exacta de Kurzweil charlando con una réplica exacta de su padre acerca del amor en tiempos de la superinteligencia en un salón de actos de un paraíso virtual como el San Junípero de Black Mirror?...


viernes, 21 de octubre de 2022

El precio por vivir una buena vida


El otro día, un gato callejero le dio un buen mordisco en la mano a un amigo mío que estaba acariciándolo en la protectora de animales donde colabora. Se le llegó a infectar la profunda herida y hubo de recurrir a antibióticos.

Este suceso me hizo pensar lo siguiente: si te dedicas a acariciar a todos los gatos o perros con los que te cruzas, acabarás más tarde o más temprano corriendo la misma suerte que mi amigo. Lo suyo sería poner en un lado de la balanza esa dolorosa dentellada, y en el otro la satisfacción obtenida por los cientos de caricias correspondidas con el cariño del animal.

Esa conclusión se puede generalizar a muchas otras acciones en la vida. Si siempre te entregas plenamente a las personas con las que te relacionas (vínculos tanto sentimentales como de amistad), acabarás defraudado y engañado más de una vez. Si te vas mil veces a pasear a la montaña, acabarás al menos alguna vez con un esguince o algo incluso peor. Si viajas en avión 100.000 veces, acabarás con más de un sobresalto. Y si lo haces cien millones de veces, da por segura tu muerte en un accidente aéreo. Por eso la inmortalidad es una quimera, por mucho que se avance en el detenimiento e incluso la reversión del envejecimiento: la potencial inmortalidad termina desmoronándose en un mundo donde hay accidentes y muchísimo tiempo por delante para que estos se manifiesten.

¿Renunciamos a acariciar perros y gatos, a pasear por la montaña, a viajar en avión o a entablar una relación para no ser mordidos, hacernos un esguince, estrellarnos o salir trasquilados sentimentalmente?... Es cuestión de sopesar con la susodicha balanza, conscientes de que vivir una buena vida entraña riesgos entre los cuales está el ineludible de morir (cuando adoptamos un cachorrito no prevalece el sentimiento de saber que seguramente le sobreviviremos). Yo estoy convencido de que, como dice la canción, es mejor querer y después perder que nunca haber querido (generalizando, es mejor vivir y después morir que nunca haber vivido). Y que no debemos renunciar a acariciar un animal doméstico por el hecho de que haya algunos perros y gatos revirados. Aunque una cosa es estar convencido y otra aplicárselo a uno mismo: reconozco que nunca he querido tener una mascota por evitar el mal trago de su hora final. Quizá es que yo no sepa vivir...

viernes, 22 de abril de 2022

La hipótesis Casado-Fabelo: la muerte como asíntota

Hace ya unos años, durante una caminata campestre en compañía de mi amigo Salva (el conocido médico bloguero Salvador Casado), fue pergeñada la que me tomaré la licencia de acuñar como hipótesis Casado-Fabelo: la aplicación del concepto de relatividad a la fase final de toda consciencia individual.

La hipótesis sostiene que la muerte de un ser vivo podría suponer el inicio del acercamiento asintótico de su consciencia a una singularidad, una vez traspasado el horizonte de sucesos de esta (horizonte del que la consciencia individual, en proceso de extinción por la muerte de su cuerpo físico, ya no tendría posibilidad de salir). Al aproximarse a esa singularidad, el tiempo de esa consciencia jerárquicamente superior (la que se siente a sí misma como un yo) se curvaría cada vez más, como lo hace la luz al acercarse a un agujero negro. Esto alargaría su tiempo interior subjetivo de un modo que permitiría repasar toda una vida conclusa en un tiempo infinito que, a ojos de un observador externo, serían unos pocos segundos. Todo lo vivido podría pasar ante los ojos de la consciencia en ese viaje asintótico rumbo a... ¿la nada?, ¿una consciencia pura universal?, ¿ambas cosas, que serían lo mismo?...

sábado, 3 de febrero de 2018

La vida como carrera o película (que carece de sentido sin su final)


Dentro de muy poco cumpliré 50 años. He concluido recientemente que si tuviera la oportunidad de volver a los 20, o a cualquier otra fecha del pasado, no lo haría. Esto lo tengo muy claro si se tratara de viajar instantáneamente a febrero de 1988 para en ese punto retomar mi yo veinteañero y volver a seguir el mismo camino que me ha traído al día en que esto escribo, pero con la diferencia de saber por anticipado todo lo que (para bien y para mal) me va a ocurrir. Vivir sabiendo lo que nos deparará el futuro no solo privaría de emoción y sentido a nuestra existencia sino que podría convertirla en una auténtica pesadilla.

Pero también tengo pocas dudas de que sería estúpido optar por repetir ese camino aunque desconociera lo que vendrá, como si fuera la primera vez. ¿Por qué? Porque ya lo he recorrido, lo conozco bien y forma parte de mi historia, de lo que soy a día de hoy. 30 años más tarde me encontraría de nuevo aquí en la misma situación: sería como estar corriendo los 100 m lisos y retroceder, cuando ya has hecho la mitad, a la cota de los 20 metros. Más tarde o más temprano llegaremos al final de la carrera, al final de la película. ¿Es razonable estar viendo en bucle solo la primera mitad de una película, sin adentrarnos en su desenlace?...

Habría una tercera opción, consistente en volver a febrero de 1988 para luego tomar cualquier otro camino del Multiverso. En ese caso, treinta años después no estaría aquí escribiendo esta entrada. Pero no solo eso, ya que no existiría mi hijo ni conocería a muchas de las personas con las que me he cruzado en estas tres últimas décadas (algunas de ellas, a diferencia de en este universo, no habrían llegado vivas a 2018; otras, por el contrario, seguirían viviendo). Mi historia sería otra distinta, y alcanzada la edad de 50 años -si no hubiese perecido antes- podría plantearme lo mismo que ahora en este blog... o acaso no. Puede que nuestras vidas ya se hayan repetido infinitas veces en sus infinitas variantes. Aunque, para ser estrictos, mi vida solo se corresponde con una de esas variantes (en las demás no soy yo).

"Pronto sabré quién soy", escribía algo ilusionado, sintiendo la proximidad de su muerte, Jorge Luis Borges. Quizá la cuestión sea no solo vivir sino repasar toda nuestra existencia al final para encontrar en ella algún sentido o enseñanza. Un repaso que para un observador externo de nuestro yo físico recién muerto duraría aparentemente unos segundos, pero que en el etéreo espacio interior subjetivo de nuestra conciencia podría alargarse asintóticamente hasta el infinito.

martes, 19 de diciembre de 2017

Reflexiones en torno a 'Breaking Bad', mucho más que una sublime serie de TV



Hace más de tres años mi amigo y paisano José Miguel Santos me recomendó encarecidamente ver Breaking Bad, pero fue hace solo cuatro semanas cuando le tomé la palabra y me puse a ello. La verdad es que no había encontrado el momento de hacerlo, pero una vez vi en Netflix el primer capítulo no pude dejar de seguir hasta el final de la serie (son 62 capítulos repartidos en 5 temporadas). Apenas veo la tele (casi todo es basura, huelga decirlo) y lo mejor que había encontrado últimamente era Black Mirror (me han asegurado que The Wire es también una obra maestra). No me voy a detener en las excelencias del guion (construido a partir de una idea superoriginal, con unos personajes únicos y una trama espectacular), de la fotografía o de la realización, ni en el soberbio trabajo de los actores protagonistas (sobre todo, del dúo Bryan Cranston-Aaron Paul). Lo que voy a hacer a continuación es extraer algunas enseñanzas vitales de una serie que me ha sacudido emocionalmente. Puede que haya algo de generacional en ello, ya que Breaking Bad arranca cuando el profesor Walter White (Cranston) está a punto de celebrar su 50 cumpleaños (¡yo espero hacerlo en febrero!). Pero sin duda va mucho más allá, a tenor de la extraordinaria acogida que ha tenido entre gente más joven.



AVISO DE SPOILER: No continúes leyendo más allá de este párrafo si no has visto la serie y tienes intención de hacerlo (creo sinceramente que te perderías una joya si no sigues la recomendación que me hizo José Miguel en 2014).

¿Qué mueve a la gente? (la importancia del afecto, la autoestima, la familia y el trabajo)

Buenos y malos, listos y tontos, guapos y feos, todos queremos sobrevivir y disfrutar de cierto bienestar físico y económico. Pero no menos importante es la necesidad de afecto y reconocimiento, así como la autoestima (que en buena parte se nutre de lo anterior) y el instinto de protección familiar (sobre todo, de nuestros hijos, a los que amamos incondicionalmente). De poco sirven el poder y el dinero si con ellos no nos sentimos amados ni realizados, si no podemos ofrecer lo mejor a nuestros seres queridos (aunque inspirar miedo alrededor y tomar lo que a uno le place en todo momento, a lo Calígula, Rafael Leónidas Trujillo o el jefe del cártel Don Eladio, parece bastar a algunos para ser felices). Si hay un denominador común en los protagonistas principales de Breaking Bad es la importancia que otorgan a sus familias, aunque esta revista la forma de una banda de facinerosos.

Despreciado por su familia carnal, el joven descarriado Jesse Pinkman (Aaron Paul) es en el fondo un buen chico falto de cariño y con la autoestima quebrada que ve en Walter White no solo un socio sino un mentor (quien lo valora, aunque también le riñe más veces de las que desearía). Su caso, el de Jesse, es un ejemplo claro de que el dinero no da la felicidad: no sabe qué hacer con tanta pasta ganada, que malgasta en drogas y fiestas distortion en su casa en las que se reúnen multitud de colgados entre los que solo figuran dos amigos (unos fumados que siguen viviendo a los 25 años con las mismas inquietudes que si tuvieran 16). Jesse se siente reconocido y valioso trabajando como químico al lado de Walter o acompañando al narco Gustavo Fring y su jefe de seguridad Mike Ehrmantraut. Una frase dirigida a él como "Veo cosas en gente" (de Fring) o el "Aquí tiene a los dos mejores cocineros de meta de América" (dicho por Walter, en su presencia, ante otro narcotraficante) tienen para Jesse más valor que un millón de dólares.

La autoestima por el trabajo bien realizado, la búsqueda de la perfección en lo que uno mejor sabe hacer, es fundamental. Walter disfruta estando con sus hijos, acompañado de ellos y de su esposa en el calor de su hogar, pero también goza con su trabajo de profesor de Química (aunque a muchos de sus alumnos les resbale su materia) y, sobre todo, como fabricante de metanfetamina: en esto sabe que roza la excelencia. Ya decía Jesse al principio de la serie que "cocinar es un arte". Walt lo suscribe siempre y cuando se respete a la Química, de la que es casi un adorador religioso: no le vale cualquier ñapa, es un perfeccionista obsesionado con la pureza de su producto.

Diagnosticado de un cáncer de pulmón, ahogado económicamente (tiene que desempeñar un segundo trabajo en un lavacoches para llegar a fin de mes), con un hijo discapacitado y una esposa embarazada, Walter había dado el salto a fabricante de meta para pagar su costoso tratamiento médico y asegurar el futuro de su familia. Garantizar los estudios y el bienestar de sus hijos era su principal móvil. Pero llega un momento en que lo hace sobre todo por sí mismo, por mero gusto a su trabajo, tal como confiesa a su mujer Skyler en su despedida: es su autorrealización, es su autoestima, lo que está en juego. Porque Mr. White tiene una espina clavada: muchos años atrás, recién acabada su carrera universitaria, vendió por 5.000 dólares a dos socios (entonces compañeros de estudios, mucho menos brillantes que él) sus acciones en una empresa que se convertiría en un gran emporio. Sus antiguos amigos Elliot y Gretchen, ahora casados, son multimillonarios y reconocidos empresarios que se pasean por el mundo y los platós televisivos. Mientras tanto, él se afana limpiando las ruedas del deportivo de un alumno pijo llegado al lavacoches con su novia, a la que le hace mucha gracia la escena del azorado profesor agachado y provisto de un cepillo.

El disgusto del policía Hank por descubrir que el temible narco Heisenberg al que perseguía en vano desde hacía meses no era otro que su cuñado (el que en su 50 cumpleaños le parecía, esgrimiendo su pistola reglamentaria, "Keith Richards con un vaso de leche") también tiene mucho más que ver con su autoestima que con otra cosa. Tal como me comentaba muy agudamente mi compañero -y, sin embargo, amigo- Antonio Serrano, lo que más fastidió al agente de la DEA (un echado p'alante, aunque ciertamente valiente y honrado) fue sentirse burlado de ese modo por Walter: aquello era una puñalada a su ego de tipo duro y listillo, bregado en mil batallas, que siempre presumía de mundología ante el cuñado medroso encerrado en su aburrido mundo de pizarras, libros y tubos de ensayo.

De la importancia del trabajo para el equilibrio personal y la autoestima da también muestra el coleccionismo de minerales de Hank cuando está convaleciente del ataque de los bestiales gemelos Salamanca. El hombre se aburre en casa, postrado en la cama, y encuentra en esa afición un sucedáneo a sus labores en la oficina de la DEA. Es un modo de crear rutinas que ordenen su vida y le hagan sentirse útil: el pedir las rocas por Internet, el abrir los pedidos, el clasificar las piedras e investigar sobre ellas... Lo cierto es que no le basta con la compañía de su mujer, lo que no significa que no la quiera, para informar esas semanas de convalecencia: necesita dotar de contenido productivo a sus días para sentirse valioso y preservar su amor propio.

¿Walter White es malo?

Podríamos pensar que White empieza su deriva hacia el mal en el mismo instante en que hace su primer cocinado con Pinkman: porque, claro está, se trata de un producto ilegal con efectos dañinos para la salud si no se administra adecuamente. Pero no creo que Walter tuviese ningún reparo moral a ese respecto, del mismo modo que no los tenía el infortunado Gale Boetticher, un tipo amable y cultivado, libertario y vegano: la fabricación de droga (siempre y cuando se vele por su calidad y seguridad) no es un acto malvado desde la óptica moral de un abolicionista. En este punto yo no podría estar más de acuerdo con ellos.

El problema es que, dada la ilegalidad de la droga, cualquier persona normal que quiera dedicarse a esta actividad en plan empresarial tiene que lidiar con una inevitable ristra de indeseables: distribuidores, intermediarios, picapleitos, encargados de la seguridad (o sea, sicarios generalmente simiescos)... Las primeras muertes causadas por Walter son del todo justificadas, amparándonos en el derecho a la defensa propia. El primer caso verdaderamente censurable tiene lugar en el dormitorio de la casa de Jesse, cuando White es testigo de una sobredosis de heroína de su novia y decide no auxiliarla: la razón parece ser la de proteger a su joven socio de una influencia muy negativa que amenaza con mandarlo prematuramente al cementerio... ¡y también privarlo a él de un ayudante necesario para seguir cocinando!

Walter es a lo largo de toda la serie un tipo que pugna por su supervivencia y por la seguridad de sus seres queridos. Pero empiezan a sucederse cosas feas al intentar salvar a toda costa su culo y el de su círculo familiar: la más grave es, sin duda, el asesinato a sangre fría de Gale (un acto cometido por Jesse a instancia suya porque, ciertamente, era elegir entre la muerte del químico -ya escogido por Fring como nuevo cocinero en vez del dúo problemático White-Pinkman- o la de ellos mismos). También es grave el envenenamiento temporal (Walter escogió una dosis de veneno no letal) del hijo de la nueva novia de Jesse para ponerlo de su lado en el enfrentamiento con Fring. Y el asesinato de Mike (quien, por cierto, hubiera hecho lo mismo en su lugar) al no darle los nombres de las nueve personas de su confianza en prisión que podrían cantar. Por no hablar de la posterior ejecución en la cárcel de esos molestos testigos, encargada a la banda neonazi dirigida por el tío de Todd.

Vince Gilligan, creador de la serie, apunta que el momento de mayor maldad de Walter es cuando, tras entregar a Jesse a la banda de neonazis (porque Jesse le ha traicionado, al descubrir que fue el culpable de envenenar al niño), le dice sádicamente que pudo haber salvado la vida de su novia Jane. Eso es más malévolo incluso que haber dejado morir a su chica, porque lo hace con el solo ánimo de dañar; también más pérfido que entregarlo a esos tipejos, una decisión extrema tomada para salvar su propio pellejo. El afecto y el odio presiden la relación entre White y Pinkman, como toda relación intensa entre amantes, familiares o grandes amigos. Pero no debemos olvidar que Walter le salva tres veces la vida a Jesse (incluyo su rescate de una casa ocupada por heroinómanos, de donde solo podía salir muerto por una sobredosis) porque realmente le aprecia. Y que suplica en vano clemencia al tío de Todd para dejar con vida a Hank, que días antes le había dado un par de hostias: "¡Es familia!", dice de su cuñado, herido en el suelo, al que aprecia genuinamente y cuyo asesinato le causa un gran dolor.

En suma, si Mr. White hace cosas malas es sobre todo para salvaguardar sus intereses y, con ellos, los de su familia (al menos así lo entiende). En esto no se diferencia de Gus Fring o de Mike (sí algo de Jesse, como ahora veremos). Pero, ¿cae en el mismo saco que los Salamanca?... Rotundamente no.

¿Todos los homicidios son igual de reprobables? ¿Hay vidas que valen más que otras?

No todas las personas son iguales, por mucho que cristianos consecuentes e izquierdistas biempensantes pretendan autoengañarse y engañarnos: hay vidas más valiosas que otras, aunque ello no figure negro sobre blanco en ley alguna de un Estado democrático. La existencia de los bestiales gemelos Salamanca (por cierto, fieles devotos de la Santa Muerte) y de los no menos brutales Tuco y Héctor ni siquiera es parangonable a la del tarugo de Todd: este es un completo amoral, aunque no disfruta torturando o asesinando sino que se limita a hacerlo sin cargo alguno de conciencia cuando lo cree oportuno o simplemente se lo ordenan. Por supuesto, los Salamanca y Todd están en un escalón moral inferior al de Mike (aun siendo también un sicario) o Gus (aun degollando personalmente a uno de sus colaboradores), por no hablar de Walter, Jesse o el resto de personas normales.

Escaso consuelo le podría quedar a Gale y su familia de saber que quien le metió un tiro entre ceja y ceja no era realmente mala persona: es más, no dudo que Jesse (que sufrió muchísimo al disparar y cargará ese acto para siempre en su conciencia) es la persona más empática y leal de la serie, cuya integridad moral acaba siendo el factor dinamitador de todo el entramado productivo de Los Pollos Hermanos. El asesinato de Gale es un símbolo de la complejidad de la vida y de la convivencia humana, del tremendo peso de las circunstancias que entretejen nuestra suerte y nos ponen a veces en terribles disyuntivas: como la que lleva a un soldado en una guerra a matar enemigos desconocidos probablemente tan inocentes como él.

Los Salamanca son una panda de sádicos viciosos (Tuco es además un ser irracional, una personalidad muy violenta que lo hace impredecible y poco de fiar), sin empatía alguna por nadie ajeno a su familia: da igual que sea un niño, una abuelita desvalida, un inocente... Fring tiene sentimientos empáticos, pero sabe que en su puesto no se puede andar con muchas contemplaciones. Lo cierto es que en el fondo desprecia profundamente a los sicarios: llega a decirse a sí mismo "¡Animales!" en referencia a los gemelos. Él es un hombre culto y refinado, amable, muy racional, un profesional como la copa de un pino. ¡Igual que Walter! Pero si percibe una amenaza, no duda en recurrir a la brutalidad (si la considera necesaria, como cuando degüella a su sicario Víctor o amenaza a la familia de Walter), aunque exenta de sadismo: capítulo aparte es su comportamiento sádico ante Héctor Salamanca, que hunde sus raíces en el brutal asesinato a sangre fría de su presunto novio Max en la piscina de Don Eladio. Si Fring se hubiera dedicado solo a la restauración, con su cadena de restaurantes Los Pollos Hermanos, no habría sido un empresario peor que muchos legales de éxito: es más, dada su profesionalidad y buen trato con clientes y empleados, aventuro que estaría por encima de la media. Su problema, así como el de White, es la ilegalidad de su actividad.

Los Walter, Jesse, Mike, Saul Goodman (singular picapleitos en torno al cual se desarrolla una precuela de Breaking Bad llamada Better Call Saul) e incluso Fring (aunque este quizá ya ha ido demasiado lejos para dar marcha atrás) son personas potencialmente recuperables por la sociedad: gente que ha tomado o se ha visto empujada a tomar un camino enrevesado y acaso erróneo, pero que puede enderezar sus pasos y aportar más beneficios al prójimo (reconozco que ya aportan algunos en su entorno, que no todo son perjuicios y estragos por su parte).

No es el caso de los Salamanca, de Todd o de su tío, como no lo es el de cualquier psicópata y/o sádico: por el bien de las personas, animales y plantas, estos están mejor en la cárcel (por no decir en el infierno, ya que en prisión también pueden hacer daño a personas valiosas). Aunque insisto en que Todd es un malvado menos malo que los Salamanca o su propio tío: si hubiera un Dios bondadoso que puntuara al respecto, creo que Todd sacaría un 1 frente al 0 de su tío y de Héctor (en ambos casos, ciertamente un "muy deficiente"). Fring quizá tendría un 2,5. Y Mike, un 4,75. No me cabe duda de que Jesse aprobaría y Walter sacaría otro 4,75 (no sé cómo se las gastará Dios, pero yo nunca suspendí a un alumno mío con esa nota). Aunque siempre queda la duda inquietante: ¿tiene Todd la culpa de carecer de empatía, de ser un psicópata, si es algo que forma parte de su equipamiento de serie (de su ADN) al nacer?, ¿es culpable de algo si no existe el libre albedrío?...

Aupado por sus triunfos y golpes de suerte, Walter se viene arriba al cabo de varias temporadas (es natural: la tentación del poder es muy grande) y confirma solemnemente a un narcotraficante que él es el legendario Heisenberg: "You're Goddamn right!". Mr. White quiere levantar un "imperio", pero esta escena será un punto de inflexión: presionado por Skyler, que ya es cómplice de sus negocios, pronto se dará cuenta de que ni él ni Jesse podrán convertirse jamás en grandes narcos. Hay una selección negativa merced a la cual solo llegan arriba en este tipo de negocios los más hijos de puta, los que tienen menos escrúpulos. Ahí no puede competir con tanto psicópata (o con gente con la empatía en suspenso, caso de Gustavo Fring), y por eso termina retirándose. Si hubiese continuado, se habría convertido inevitablemente en un Fring y quizá traspasado la línea de no retorno del lado oscuro. Ya había ganado más que suficiente, desde luego, para vivir ahora una existencia tranquila centrada en su familia...

El efecto mariposa: el mundo como un todo interrelacionado

Hank siente ganas de ir al baño en una amena celebración familiar en casa de sus cuñados y descubre, sentado en la taza del váter, un ejemplar de Hojas de hierba de Walt Whitman dedicado por un tal G. B. a un tal W.W. Su asombro es mayúsculo, no se lo puede creer: de pronto todo cobra sentido y encajan las piezas del puzle que tanto le había obsesionado en los últimos tiempos. Walter llevaba meses retirado de su peligrosa industria y la calma había retornado a su hogar (incluso se había permitido un viaje romántico a Europa con su esposa Skyler, ya mucho más serena después de que su marido colgase el delantal). Si Hank no hubiese tenido ese apretón, probablemente hubiera sobrevivido a Walter (que recaerá pronto en su enfermedad). Este último habría fallecido rodeado del cariño de los suyos, incluido Hank, y con el silencio cómplice de su mujer. No se habría destapado nada y Walter Junior recordaría siempre a su padre como un buen hombre.

Las ganas de cagar de Hank desatan una cascada de acontecimientos que no solo acaban con la muerte del propio policía y de Walter (aunque no en una cama, que era lo previsible) sino también con la de la intermediaria Lydia (esa pija neurótica tan escrupulosa, salvo en el ámbito moral), la de Mike, la de sus nueve hombres en prisión, la de Todd y toda su panda de facinerosos... Y que arrasa con la normalidad de la familia White: sus bienes son embargados, su casa es precintada (qué vanos y patéticos los esfuerzos de Walter al principio de la serie por hacer arreglos en la vivienda con los primeros ingresos de su actividad irregular) y encima Skyler habrá de afrontar un juicio.

Ya en la tercera temporada, la decisión de Walter de no auxiliar a la novia de Jesse tira de un hilo que conducirá a un terrible accidente de aviación, dado que el padre de la chica es un controlador aéreo al que se le va la pinza por culpa del estrés acumulado. Que la suerte de una persona que viaja en un avión dependa de la decisión de un desconocido de dejar morir a una heroinómana igualmente desconocida (una decisión fruto, a su vez, de múltiples circunstancias) nos invita a ver el mundo como un todo interrelacionado, a adoptar un enfoque holístico de la realidad. Todos nuestros actos, por nimios que parezcan, tienen causas y consecuencias. Por mucho que los pensadores de raíz marxista se revuelvan en sus sillones o cátedras, soy de los que creen que si un frutero no se hubiera inmolado en 2011 en Túnez, seguramente Gadafi seguiría en el poder en Libia y no hubiese habido guerra en Siria y Yemen. Si la teoría del caos funciona en la naturaleza, no veo por qué no habría de hacerlo en la historia humana.

¿Tiene sentido la vida?

Walter muere aparentemente solo, privado del amor de su familia: el de su esposa (a la que siempre fue fiel) y el de su querido hijo discapacitado; su adorada hijita de año y medio ni lo recordará. Ni siquiera hay un abrazo final de Jesse, su otro hijo, aunque su ambivalente gesto de despedida parece contener un mensaje de agradecimiento. Podríamos decir que lo ha perdido todo y es consciente de ello en sus momentos finales, pero le queda la satisfacción del trabajo bien hecho (incluida la traca final de la ametralladora instalada en el capó y accionada a distancia para acabar con los subhumanos de Todd y compañía) y de la liberación de Jesse, que viene de algún modo a redimirle. Aunque, pensándolo bien, es una tontería decir que lo perdió todo: se lleva los momentos de felicidad y de aprendizaje de su vida, eso no se lo quita nadie (eso no nos lo quitará nadie en nuestros últimos instantes), que ya bastan para dar por bueno su paseo por el espacio-tiempo. Y quien esté libre de toda culpa, que tire ahora la primera piedra contra Walter White (espero que quien lo haga no tenga la desfachatez de ser cazador deportivo, defensor de la tauromaquia o consumidor de productos cárnicos)...

sábado, 26 de agosto de 2017

Arriba y abajo (tras el Juicio Final)


Si existiera el Dios judeocristiano y tuviera que mandar a unos humanos al cielo y a otros al infierno -dejemos el limbo para otra entrada-, ¿qué características deberían reunir ambos lugares?, ¿cómo serían, si lo que se pretende es impartir justicia del mejor modo posible, el gran premio y el gran castigo?

Un sitio apestoso con un clima infernal y torturas a diario durante toda la eternidad sería ciertamente apropiado para los malvados (vamos a tomarnos la licencia de suponer que Dios actúa racionalmente y solo considera como tales a los tiranos, asesinos y psicópatas dañinos, no a quienes no creen en él, ven pelis porno, son homosexuales, se divorcian o reciben una transfusión sanguínea), aunque solo en el improbable supuesto de que exista el libre albedrío: de otro modo, ¿cómo culpar o responsabilizar a nadie de hacer lo que ya estaba predeterminado que hiciese?

También está la opción de vivir eternamente apartado de Dios, por la que parece inclinarse la Iglesia católica del siglo XXI. Habría que ver el verdadero significado de esto, ya que semejante existencia eterna sin Dios pero rodeado de ciertas tentaciones terrenales podría resultar no tan terrible...

Una tercera vía sería directamente la aniquilación tras suspender el examen del juicio final. Bien visto, podría ser hasta un premio para los malos: toda tu vida puteando al prójimo y simplemente te acabas sin más... No soy muy partidario, la verdad (aunque Dios sabrá, desde luego).

Lo más inquietante, sin embargo, es la suerte reservada a los buenos. Vivir para siempre en la Tierra en cuerpo y alma (es lo que creen literalistas bíblicos como los Testigos de Jehová) quizá no sea lo mejor si tu muerte acontece a los 100 años en vez de a los 20: ¡serías un centenario inmortal! Pero podría ser una condena en cualquier caso (aun en el dudoso supuesto de que todos resucitáramos como veinteañeros y en el mucho más improbable -a tenor de lo escrito en los textos sagrados- de que siguieran existiendo placeres mundanos como los carnales). Estoy seguro de que mucha gente, tras unas décadas o siglos de euforia, se acabaría aburriendo y deprimiendo. Más de uno envidiaría incluso el destino de los malos aniquilados, que para los budistas es curiosamente (puede que no anden desencaminados) el de la genuina liberación. Una alternativa razonable sería la integración espiritual con Dios, la disolución de nuestro yo individual en la divinidad.

En fin, que el improbable Juicio Final de las grandes religiones monoteístas nos coja al menos confesados a los buenos (permítanme la inmodestia de incluirme en este grupo, aunque por razones obvias no crea en absoluto en semejante cuento). Eso sí, muchísimo más probable veo el Juicio Final a manos de alguna Singularidad acaso no lejana.

sábado, 22 de octubre de 2016

El 'mal morir' de los creyentes: el caso de Teresa de Calcuta

Un médico que ha sido testigo del adiós a la vida de muchas personas en estado terminal me confiesa que el "mal morir" (el hacerlo presa de terrores y sentimientos de culpa) es más frecuente entre los creyentes que en los ateos o agnósticos. Parece paradójico, aunque en el fondo es coherente: ¿no podría tener algo que ver el miedo al castigo eterno, inoculado por la religión? Pero yo añadiría otra posible explicación: la postrera sospecha de que todo en lo que uno creyó, y conforme a lo cual fundamentó su vida, pudiera ser un cuento. Quizá eso sea lo más mortificante de todo.

El otro día supe con enorme sorpresa que Santa Teresa de Calcuta pudo haber muerto siendo atea, ya que en el último tramo de su vida había perdido la fe. En su propio expediente de canonización se apunta esa crisis de fe, que la Iglesia interpreta como una dura prueba reservada por Dios a las almas más grandes (supongo que darían la prueba por superada). Mientras en público afirmaba que "Cristo está en todos los sitios, en nuestros corazones, en los pobres que conocemos, en la sonrisa que damos y recibimos", Teresa rumiaba en su fuero interno un terrible conflicto, incapaz de entender el sentido del sufrimiento y el mal y, sobre todo, de conciliarlo con su religión. "¿Para qué hago esta obra?", se preguntaba en una de las cartas a la que accedió el cura canadiense Brian Kolodiejchuk, encargado por el Vaticano de incoar la causa para su elevación a los altares. "Si no hay Dios, no puede haber alma. Si no hay alma, entonces, Jesús, tú tampoco eres verdadero", razonaba la monja albanomacedonia.

Pues yo creo humildemente que Teresa estaba equivocada. Acaso haya esperanza aunque no exista el alma y todo tenga un fundamento material (por supuesto, lo de que Jesús fuera real o no carece de toda importancia). Siguiendo al físico y cosmólogo Frank Tipler, la esperanza estaría en universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo (necesariamente guiada por la ciencia para alcanzar su propósito). El nuestro sería pues un universo en el que Dios no existe al principio sino al final, como ya intuyeron en su día Pierre Teilhard de Chardin o Henri Bergson. Y como también apunta Yuval Harari en su último libro: Homo Deus. Si es así, podemos morir más o menos tranquilos (otra cosa es que nos lo permita una mala conciencia), relativamente confiados en que esa superinteligencia que está por emerger será benevolente y justa. Aunque, ciertamente, esto no deja de ser una suerte de fe.

viernes, 22 de enero de 2016

Multiverso continuo, Universo discreto y algunas implicaciones para todos

Según el físico David Deutsch, nuestro universo -como cualquier otro- es discreto o granular, mientras que el Multiverso o conjunto de todos los universos sería continuo. Para ilustrarlo, Deutsch usa como símil un mazo de cartas. El mazo completo sería el Multiverso, dentro del cual estaría todo y fuera del cual no habría nada (al tratarse de un objeto autocontenido). Cada carta sería una serie de universos muy parecidos entre sí; un conjunto infinito, dado que en el pequeño grosor de cada una de ellas cabrían infinitos universos (correspondientes a secciones o rebanadas horizontales infinitesimalmente planas). A diferencia de una baraja convencional, el mazo multiversal estaría completamente lleno, sin solución de continuidad entre una carta y la siguiente, entre un universo y otro.

Esto explicaría por qué la función de onda cuántica es continua, pero no así los valores del espacio-tiempo y de las fuerzas físicas: éstos son discretos*, lo que hace que el universo que poblamos -cualquier universo- sea un objeto digital (un conjunto de bits o respuestas binarias del tipo 0-1, abierto-cerrado, sí/no) y, por tanto, computable (o sea, teóricamente programable y reproducible en un ordenador). Si ha sido imposible conciliar la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica es porque la primera de ellas (como teoría clásica de la gravedad) trata el espacio-tiempo como un continuo.

Si hiciéramos un imposible viaje hacia lo más pequeño, llegaríamos a la escala de Planck (en torno a los 10 elevado a menos 35 metros y los 10 elevado a menos 44 segundos), por debajo de la cual desaparecen el espacio, el tiempo y las fuerzas físicas conocidas. Dicho de otra manera, no existe una distancia inferior a los 10 elevado a menos 35 metros ni un lapso de tiempo inferior a los 10 elevado a menos 44 segundos. Por debajo de ese umbral, el universo empezaría a pixelarse. Por el contrario, ese mismo viaje hacia lo diminuto en el mazo del Multiverso no tendría fin.

Si se confirma la hipótesis de la inflación cósmica, podrían estar creándose constantemente nuevos universos en una expansión sin fin. La dinámica de un universo depende solo de dos cosas: un estado inicial y unas leyes físicas que determinan su evolución a partir de aquél. Desconocemos la razón por la que en nuestro universo el estado inicial y las leyes son éstas y no otras (por ejemplo, ¿por qué los valores de la carga del electrón o de la constante gravitatoria son los que son?), pero la explicación puede ser tan simple como que existen todos los posibles estados iniciales y leyes: un accidente (una fluctuación cuántica aparentemente aleatoria) en la génesis de cada universo podría ser el determinante de ambos factores. Sin embargo, el Multiverso ya sería suficientemente exuberante si solo incluimos los universos paralelos cuánticos, los que se alumbran cada vez que una partícula -o un agregado macroscópico de partículas como el que esto escribe- toma una senda de entre al menos dos posibles que se le presentan.

Lo cierto es que si se dispone de un tiempo infinito, todos los universos posibles acaban materializándose: es más, todos los universos posibles (este mismo en el que ahora estás leyendo este texto) acaban repitiéndose infinitas veces. El también físico Brian Greene nos ofrece otro símil muy gráfico al respecto: una sucesión infinita de tableros de ajedrez en el que se están disputando partidas de manera ininterrumpida. En el escenario de este juego hay 64 escaques, un estado inicial y unas reglas que arrojan la suma mareante de 10 elevado a 18.900 posibles partidas. El alfil derecho blanco, por ejemplo, acabará estando en todas las posibles configuraciones del tablero -eso sí, siempre en una casilla blanca conforme a las reglas- en las que no haya sido comido.

Más de uno, si ha llegado hasta aquí, se estará preguntando: ¿A mí esto en qué me afecta? Pues mucho. Y ya no hablo de la satisfacción de acercarse algo a la comprensión de la realidad, muy gratificante para quien esté interesado en los más profundos enigmas de la existencia. ¿Si te digo que la muerte personal no existe más que como una instantánea o foto fija? ¿Si te digo que el estar aquí significa que todos somos parte necesaria del Multiverso? De un segmento del Multiverso relativamente ínfimo, pero gigantesco en términos absolutos (¡y tanto, por ser infinito!). En una parte de esos universos, Georg Cantor perdió el juicio -de hecho, sigue perdiéndolo- devanándose los sesos por las repercusiones metafísicas de su descubrimiento de que hay infinitos mayores que otros. Tú eres tan necesario -¡para nada contingente!- como ese alfil derecho blanco del ajedrez: la diferencia es que esa ficha se alumbra siempre que empieza una partida de ajedrez, mientras que tú -tu yo multiversal, una identidad/constelación de límites difusos- solo lo haces al cabo de miles de millones de años y en una pequeña parte de las partidas (universos) del Multiverso: desde luego, mucho más que en una sola vida como la que ahora estás recorriendo. ¿Por qué y para qué? Si me sigues, ya sabes que intuyo que se trata de un juego.

*Los valores de las fuerzas físicas son discretos con certeza. Sin embargo, el carácter discreto del espacio-tiempo es aún una hipótesis, sostenida por la teoría de la gravedad cuántica de bucles.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Pasado eterno

Finca de San José y Cementerio de Vegueta, 1890-1895
Hay algo en esta foto que me impresiona. Cuando se tomó, hace más de 120 años, ese lugar estaba en las afueras de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. El fotógrafo que retrató el pequeño cementerio nunca podría haber imaginado el aspecto actual de su entorno, totalmente urbanizado e integrado en una bulliciosa ciudad de 400 mil habitantes. Al hacer el ejercicio de transportarme con la imaginación a ese instante, para ver en color esas nubes, esas palmeras, ese mar (para sentir incluso su brisa), constato que Benito Pérez Galdós seguía vivo en la lejana Madrid, que Hitler y Franco eran unos niños muy pequeños (el primero en Austria, el segundo en Galicia), que la Primera Guerra Mundial se acercaba al Viejo Continente sin prisa pero sin tregua y, sobre todo, que quedaban por nacer personas (entre ellas, dos de mis abuelos) cuyos cuerpos acabarían siendo depositados entre esos muros blancos. El momento capturado por la foto invita a pensar en la naturaleza del espacio-tiempo. ¿Cómo podemos afirmar, encerrados en la cárcel de los sentidos con nuestro muy limitado entendimiento, que ese instante en el que no había rastro alguno de nuestras vidas ya no existe?

viernes, 7 de diciembre de 2012

¿Quién hizo el lazo?


"Las mismas ciudades de Galitzia que yo había conocido en ruinas en 1915 se levantaban nuevas y resplandecientes; me di cuenta de que diez años, que en la vida de un individuo constituyen un período de tiempo considerable, en la vida de un pueblo no son más que un abrir y cerrar de ojos. En Varsovia no se veía ninguna huella de que la hubiesen atravesado dos, tres o cuatro veces ejércitos victoriosos o vencidos. Los cafés resplandecían de mujeres elegantes. Los oficiales que se paseaban por las calles, esbeltos y con uniformes a medida, parecían más bien consumados actores de la corte que interpretaban el papel de soldado. En todas partes se advertía actividad y se respiraba confianza y orgullo, un orgullo justificado por el hecho de que la República de Polonia se alzaba con tanto vigor sobre los escombros de los siglos" (El mundo de ayer, Stefan Zweig).

La historia se repetiría: en septiembre de 1939, catorce años más tarde, Polonia era invadida por el ejército alemán desde el oeste y por el soviético desde el este, conforme al Pacto Ribbentrop-Molotov suscrito entre Hitler y Stalin. En la masacre de Katyn, ya en la primavera de 1940, fueron ejecutados en masa por el Ejército Rojo más de veinte mil polacos, buena parte de ellos militares pero también civiles. Muchos de esos oficiales que se paseaban ufanos en 1925 por las calles de Varsovia terminaron su vida arrojados a fosas comunes. Cada día ejecutaban de un tiro en la nuca a una media de 250, puesto que el ritmo inicial de liquidación -casi 400 diarios- se hacía muy duro para los soviéticos.

Uno de esos oficiales podría ser el esqueleto uniformado de la foto de abajo. ¿Con quién bailaría en Varsovia en 1925? ¿Quién sería su madre (¡y cómo hubiese podido vivir si alguien le hubiera puesto delante de los ojos, cuando su hijo era un recién nacido, esa espantosa imagen del futuro!)?... Las manos atadas de la imagen de arriba también podrían pertenecer a otro de esos militares. Por cierto, ¿quién le haría el nudo con que fue conducido a la fosa? ¿Qué estaría haciendo quince años atrás en Rusia el que apretó esos lazos? ¿Era un canalla o simplemente se limitaba a cumplir una orden odiosa para no correr la misma suerte a manos de sus camaradas?...
Quizá nos equivoquemos creyendo que la información -por trivial que parezca- se pierde, que la memoria se disuelve. Esa puede ser otra burla del tiempo, esa genial aplicación para surfear por el espacio e impedir que todos los sucesos del Universo sean percibidos simultáneamente.

lunes, 30 de abril de 2012

El choque

(Fragmento de Viaje de ida)

Unos segundos antes de la embestida del coche de mis padres con el camión que había invadido su carril, sus cuerpos, desconocedores de la inminencia, debían desempeñar sus funciones con normalidad: latidos cardíacos para bombear sangre al organismo, inspiración y espiración para tomar oxígeno y despedir dióxido de carbono, digestión de alimentos y generación de heces, transporte de nutrientes a las células a través del torrente sanguíneo, actividad renal para depurar la sangre... Un segundo es apenas un suspiro para nuestra escala del tiempo, pero no deja de ser 1,855 x 10 elevado a 43 tics de Planck. En el segundo anterior al choque transcurrió una cantidad enorme de sucesos, con el consiguiente trasiego de un número inimaginable de partículas subatómicas: neutrinos fantasmales que atraviesan el cuerpo, electrones que descienden a orbitales inferiores -generando fotones entrelazados- o que son arrancados de sus átomos por partículas ionizantes, núcleos de carbono-14 que se desintegran... Hierros retorcidos, cristales astillados, neumáticos descuajeringados, órganos rotos, sangre, aceite y gasolina derramadas... Y la radio emitiendo música, sin dejar de recibir invisibles ondas que reptan por el espacio ajenas a todo bien o mal. Electrones, protones, neutrones...: todos ellos, ilesos e impasibles tras el brutal impacto del camión con el coche de mis tan queridos padres.

domingo, 22 de abril de 2012

En el fondo del mar

El barco se hunde con sus pasajeros vestidos y calzados, arrastrado por el corazón de la Tierra, camino del profundo fondo arenoso que le espera desde el inicio de su viaje en un futuro de silencio, óxido, fango, huesos, peces abisales y olvido.

Las arenas se remueven nublando las frías aguas del fondo que aguardan a quienes toman café, bailan, se besan y se hacen alegres promesas.

Las arenas siguen removiéndose junto al viejo esqueleto de hierro roído mientras todo continúa precipitándose en todas partes hacia el desorden y el olvido, mientras los cangrejos se arrancan unos a otros las pinzas y los humanos se vuelan unos a otros los sesos camino de la inexorable muerte gélida del Universo.

viernes, 16 de marzo de 2012

A la deriva

Cientos de estrellas tiemblan sobre él, colgadas del firmamento más profundo que han visto nunca sus ojos cansados. Sus luces viejas iluminan débilmente la función de la que es actor protagonista. El viento recorre su nuca y riza las aguas oscuras que mecen su cuerpo. Por un momento se siente protegido por el denso manto marino, abrigado por esta postrera noche en la que solo se escucha el leve chapoteo de las aguas. Hasta que siente la punzada de la sed, y la certeza aún más mortificante de que este líquido no podrá calmarla. Hasta que siente el desgarro de la soledad, y la certeza de que ya no volverá a ver a nadie.



Ha dejado una estela de sufrimiento desde que nació. Ha matado animales para comer, hecho llorar a su madre, traicionado a su mejor amigo, mentido a su esposa. Pero también ha amado, construido una casa con sus propias manos, salvado a un hombre, dejado en tierra tres hijos. En cualquier caso, ¿hay alguien que lo sepa por debajo de la superficie en la que flota y por encima de ella hasta las honduras del Universo? Ahora añora tierra firme, el calor de una hoguera, el cuerpo de su mujer, la contemplación de sus hijos. Su voluntad se resiste a entregarlo al océano, a devolverlo al mundo del que se despegó al ser concebido. Los rayos estelares impresionan sus ojos con indiferencia, desde su insultante atemporalidad. Ya está agotado. No tenía que haberse arrojado por la borda. No tenía que haberse rendido. Ahora quiere vivir.

sábado, 25 de febrero de 2012

Hasta mañana, hasta siempre (comentario a un libro de Eduardo Laporte)

Mi amigo Julio pasó hace unos días por clase de yoga para recoger el regalo del "amigo invisible" que habían organizado. Le tocó obsequiar a un compañero con quien había hecho buenas migas en los últimos meses, un tipo de 60 años. Fue el hijo de este quien se llevó finalmente el regalo, tras liquidar cuentas con el gimnasio. El compañero de Julio hubo de ausentarse necesariamente: ya estaba enterrado tras su fallecimiento inesperado dos días antes.

La última vez que habló con mi amigo le había contado las ganas que tenía de jubilarse y sus planes para mudarse a Canarias. Estaba muy ilusionado con ese traslado, desconocedor de su cita con la muerte no muchas horas después. Lo hubiera sabido de disponer de un superordenador con toda la información acerca del Universo desde el momento mismo del big bang, porque su fallecimiento justo ese día no era un suceso menos predecible que la formación de un agujero negro en el centro de la Vía Láctea o la colisión del cometa Shoemaker-Levy 9 con el planeta Júpiter el 16 de julio de 1994. Con todos los datos del Universo y de sus leyes se podría haber predicho igualmente desde la extinción de los dinosaurios hasta la imputación judicial de Iñaki Urdangarin pasando por el asesinato de Esopo o el soplamocos de Ruiz-Mateos a Boyer en 1989.

De ese despedirnos para siempre sin saberlo con un "hasta mañana" nos habla, entre otras cosas, el escritor pamplonés Eduardo Laporte en su hermosa novela corta Luz de noviembre, por la tarde. Laporte hubo de probar el amarguísimo trago de la pérdida de sus padres en 2000, en un plazo de solo nueve meses, a causa de la misma enfermedad: un cáncer. Lo cierto es que empezó acompañado de los dos ese año de resonancias míticas -el lejano y promisorio 2000 de mi infancia- para despedirlo y entrar en el siglo XXI ya huérfano de ambos. El día antes de morirse su madre, ella le dijo: "Mañana más". "Y lo que hubo mañana fue ya verla en la caja del tanatorio", se lee en el libro publicado por Demipage.

Las pinceladas de los últimos momentos con su madre y su padre -se detiene mucho más en este, cuya agonía fue más larga- conmueven por la sinceridad que desprenden, por la autenticidad de sentimientos a veces encontrados. Porque quien escribe no es un espíritu celeste sino un ser humano, presa de complejas emociones contradictorias. Junto al profundo afecto, por sus páginas desfilan la incomodidad, la rebeldía, el rencor y la punzante culpa. Incomodidad por haber reñido a su padre enfermo, rebeldía y rencor ante lo que interpreta como un menosprecio de su madre enferma, culpa por haberla castigado cinco días con su desdén. También expresa la no menos mortificante certeza de la irreversibilidad: "Hablé poco con mi padre, o me contó poco, de tantas cosas". Y la angustia por el acercamiento al presumible final fatal, cuando certificase un "No tengo padres", aunque atemperada por el feliz consuelo de ese "tiempo de prórroga, un periodo indefinido en el que aún estaría él, en la cama, cuando yo llegara borracho de las calles"

El autor se desnuda con una prosa limpia y sobria, alejada de todo asomo de sensiblería y empalago (algo que hubiese arruinado su relato), con la que se acerca a la verdad en toda su crudeza por doloroso que resulte. Y acierta con su apuesta: ya en el prólogo reconoce "la límpida sensación que trae el acercarse a la verdad". Nunca el autoengaño, por mucho que nos desagrade: "(...) abrir el grifo de la verdad. Descender a las brasas del infierno, Lucifer se llama Lucidez, hasta que el fuego comience a deshacernos la piel, para volver a la superficie en ese preciso instante". Obviamente, el no engañarse es posterior a la muerte de sus progenitores: antes era imposible no agarrarse a cualquier clavo ardiendo. Hasta la misma muerte de su padre, el 5 de diciembre, el escritor pamplonés reconoce haber albergado la esperanza de una milagrosa curación, de un diagnóstico erróneo. Solo esa mañana "aceptaría su rigor, la inapelable verdad científica".

En su ejercicio introspectivo, Laporte rememora pasajes de su infancia, de una niñez feliz en el seno de una familia de clase media acomodada de Pamplona, con sus periódicas escapadas a San Juan de Luz. "Nadie me avisó entonces de que los días sin clase son siempre felices, quizá los únicos, y que ser mayor era esto, alejarse sin clemencia de ese domingo extra de verano en octubre, en la playa suave y francesa, con mis padres, mis hermanos". El Eduardo adulto deja constancia del final de ese periodo de gracia con ese "dios abstracto" al que su madre expresaba su gratitud todas las noches por "ser tan afortunados y porque las cosas nos iban bien". Qué conmovedora es esa imagen de la madre en la oscuridad de su habitación, atrapada con su familia y el resto de los vivos entre dos infinitos (el del microcosmos y el del macrocosmos) atrozmente indiferentes a su suerte.

El libro no solo retrata el desgarro de la pérdida de sus padres sino también la vocación literaria de su autor, su desorientación, esa incomprensión que sufren quienes como él han hecho una apuesta por la literatura. "No admiten que el proyecto de vida de cada uno es cosa individual, no aceptan que la puta mierda que nos ofrecen no nos interesa en absoluto". Por supuesto, porque él concibe la escritura como un "oficio de vivir". "No entienden que el resto es vagabundeo, arrastrar los pies pesados por las ásperas moquetas de las oficinas kafkianas". ¡Cómo te comprendo, amigo!

La verdad es que no resulta difícil identificarse con Eduardo. Yo he de reconocer mi asombro ante el grado de sintonía con sus palabras. Esa comunión con quien ha juntado las letras que desfilan ante tus ojos es el mejor premio de quien escribe, y el propio autor lo reconoce en una entrevista a RTVE.es: "Y yo quisiera ser también amigo de la gente que me lee. Me gustaría que los que leen lo que escribo quisieran darme un abrazo o invitarme a una caña tras leer mis libros". Le daré ese abrazo, le invitaré a una caña, claro que sí.

Otro hallazgo de la lectura de Luz de noviembre... es la obsesión de Laporte -que además comparto- con cosas o cifras aparentemente triviales que interpreta como ocultas señales acaso divinas. Curiosamente, yo empecé a leerme su libro un 17 de febrero, el mismo día que falleció su madre. Y un par de días más tarde descubrí casualmente que la primera de las Cartas a un joven poeta de Rilke está fechada también un 17 de febrero. Encima, yo conocí personalmente a Eduardo en el número 20 de la calle Luchana de Madrid, solo unos metros por debajo de la primera cama en la que dormí cuando me establecí en Madrid en febrero de 1994. Todos ellos, como ya apunté al principio, sucesos potencialmente predecibles desde aquel remoto -al menos para nuestra escala humana- big bang, ese polvo primigenio del que provienen todos estos lodos en forma de galaxias, cerebros, misiles, encuentros o palabras. Sucesos y cosas necesarias, como la luz de noviembre de 2005 (cuando escribió el texto) por la tarde en Madrid. A saber para qué...

sábado, 19 de febrero de 2011

Adiós, abuela Aurora

Mi abuela, Aurora Cabrera Muñoz, hacia 1919-1920. A la izquierda, con su madre Agustina Muñoz Calderín. 
Cuando un ser querido ronda los 95 años, sabemos que está en el tiempo de descuento de la vida y vamos ya asumiendo con resignación la cercanía de su inevitable muerte. Sin embargo, no deja de sorprendernos e impactarnos profundamente cuando al fin le llega la hora a esa persona.

Lo cierto es que todos los días muere mucha gente en el mundo. Casi todos son adioses de personas anónimas, a las que no se recordará en los telediarios o en las páginas necrológicas de los periódicos, gentes a las que solo llorarán sus familiares y amigos. Parafraseando a Isaac Bashevis Singer, yo no puedo dejar de preguntarme ahora mismo: ¿existe en algún lugar del Universo una placa recordatoria en la que conste que desde 1916 hasta 2011 vivió en Gran Canaria una buena mujer llamada Aurora Cabrera Muñoz, hija de Francisco Cabrera Benítez y Agustina Muñoz Calderín, la mayor de siete hermanos, a la que le gustaban la playa, los carnavales (que disfrutó antes de que los prohibiese la ridícula dictadura franquista), las plantas, gastar bromas el día de los Inocentes, la papaya y el aguacate con pan, que se casó con Nicolás González Macías, tuvo una hija, tres nietos y dos bisnietos, fue esmerada ama de casa y vigorosa protectora de sus deudos (¡cuántas veces nos llegó a decir a mis hermanos y a mí "ten cuidado al cruzar" o "no tomes agua fría sudando"!), solo una vez viajó fuera de la isla (a la vecina Tenerife) y murió en una cama de hospital antes del amanecer del 19 de febrero de 2011?. Gracias por todo, abuela.

jueves, 18 de noviembre de 2010

De vuelta

Mi coche avanza por la autovía. Decenas de faros resplandecientes vienen a mi encuentro, desfilan veloces ante mis ojos para luego perderse rumbo a la gran ciudad; detrás de esas luces pueblan seres desconocidos, ajenos a mí, que no llorarán mi muerte. Jirones de nubes rosadas coronan perfiles montañosos que ya empiezan a difuminarse, a ser tragados nuevamente por la noche (me dispongo a conocer otra: ya son más de 15 mil). Estoy solo. La radio está encendida. Mi coche se mueve. La Tierra gira. El Universo se expande. Voy dejando atrás edificios de oficinas vacíos, oscuros solares poblados por matojos que no existirán el año próximo, trozos de asfalto que algún día fueron vida, tristes farolas oxidadas, piedras abandonadas a su suerte desde hace millones de años, fríos rótulos luminosos que no sienten ni padecen, árboles fijados al mismo suelo en que nacieron y morirán. En algunas casas hay ventanas iluminadas, gente que también desconoce mi existencia...

... Una línea de luz se dibuja en el suelo. Hay un rumor al otro lado. Abro la puerta y veo a mi hijo sentado en el salón, llevándose a la boca un trocito de fruta. Veo en sus gestos algo de mí. Él sí lloraría mi muerte. Ya estoy en casa.

viernes, 15 de octubre de 2010

Ante el dolor y la muerte

Al final nos espera la muerte, esa es una realidad impepinable. Y el dolor siempre está acechándonos aunque nos dé tregua de vez en cuando. Lo cierto es que solo muere quien vive, por lo que no debemos considerar la muerte como una derrota. Es como cuando vas al cine: ¿es una derrota que al final termine la película y salgan los títulos de crédito?... Con el sufrimiento, igual: está ahí por el mero hecho de vivir con apego a uno mismo y a los seres queridos en un escenario donde hay necesidad (de comer, beber, protegerse del frío...), riesgo (de que te cortes con un cuchillo, te caiga un rayo, ingieras una ameba...), pelea (con nuestros congéneres y, cada vez menos, con otros animales) e incertidumbre (nunca sabes con certeza lo que te aguarda el mañana).

Hay que ser siempre conscientes de que el final de la vida propia llegará algún día, y de que el sufrimiento no dejará de golpearnos periódicamente para reaparecer probablemente con su mayor virulencia en los últimos instantes. Ante ello caben varias opciones: el no pensar (tipo 1), el autoengaño (tipo 2) o el intento de entender (tipo 3). Creo que lo primero y lo segundo son un error, porque no te pillan preparados para los momentos malos cuando estos llegan.

La mejor preparación consiste, a mi juicio, en intentar comprender dónde estamos, quiénes somos, cómo somos, de dónde venimos y adónde vamos; en procurar arrojar algo de luz sobre esos enigmas con el auxilio de la razón, de la experiencia (propia y ajena) y de la intuición, confiando en la ciencia sin desdeñar el poder iluminador de la meditación, la contemplación e incluso el arte. Y en hacerlo ya desde la juventud, sin esperar a la llegada de la edad madura.

Pienso que no se trata de "dar sentido o tratar de explicar el valor que ese sufrimiento puede tener" (Agus Alonso-G. dixit), sino de asumirlo totalmente como algo propio de un mundo físico hecho con estos mimbres y de acercarse a su comprensión objetiva con las herramientas antes señaladas. Eso sí, siendo conscientes de que la tarea no llegará seguramente a completarse; lo que no debe desalentarnos, puesto que el solo hecho de caminar por la senda del conocimiento -y al mismo tiempo de la aceptación del mundo, empezando por la de uno mismo- ya es una fuente de satisfacción y consuelo. El budismo, en su concepción más intelectual (dejando aparte el folclore de estatuillas, reencarnaciones y supersticiones varias), parece tener mucho que ver con esta senda.

Lo cierto es que la religiosidad suele ser casi siempre del tipo 2, generalmente asociada al cómodo tipo 1: una buena muestra del infantilismo humano y de la fuerza del miedo (poderoso caballero). No obstante, hay también casos (minoritarios, desde luego) de religiosidad del tipo 3, y no sólo en el budismo genuino sino también en otras confesiones: para ellos prefiero usar la etiqueta nada infantil de espiritualidad. Ahí es donde creo que Agus y yo, andando desde direcciones diferentes, ya nos hemos encontrado.

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