Nos dice Carl Sagan en Los dragones del edén que el número de estados mentales que puede alcanzar el ser humano, suponiendo que el cerebro contiene 10 elevado a 13 sinapsis (conexiones entre neuronas) y que cada sinapsis es un bit de información, es de alrededor de 2 elevado a 10 elevado a 13. Es un número ingente que supera en mucho a la cantidad de partículas elementales existentes en el Universo. Esta es la razón por la que cada individuo humano es distinto (ni siquiera son iguales los hermanos gemelos univitelinos criados juntos, ya que el factor ambiental -las experiencias- ensancha muchísimo la base genética) y por la que la diversidad mental de nuestra especie no se agotaría en toda la historia del Cosmos. Tengamos en cuenta que ese número crecería a medida que lo hiciera el número de sinapsis cerebrales en el futuro, alumbrando así nuevos estados por ahora inaccesibles.
Si incluyéramos en este cálculo de Sagan todos los estados mentales de cualquier ser vivo de la Tierra (pasado, presente y futuro), la cifra sería aún más mareante. Incluyendo la hipotética vida extraterrestre, tendríamos material más que suficiente para rellenar todas las historias de un también hipotético Multiverso: todas las formas de percibir subjetivamente, dentro del espacio-tiempo, el mundo de ahí fuera.
¿A alguien se le ocurre mejor tablero de juego para una presunta Conciencia Universal (llamémosla Sustancia, Brahman, Ser, Dios o como queramos)?: poder ser desde un adenovirus hasta Dolores de Cospedal pasando por un estreptococo, un olivo, el caracol que aplastaste involuntariamente ayer por la mañana, Gengis Khan, Albert Einstein, un rinoceronte blanco o un alienigena. Cada uno de nosotros consistiría en una colección de ese cuasinfinito catálogo de estados mentales, uno de los modos que tendría el Cosmos de percibirse a sí mismo.
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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domingo, 9 de octubre de 2016
domingo, 10 de agosto de 2014
Mirada al infinito
Mirada clavada en el horizonte,
trazando una línea fantasmal hasta un punto en el infinito
donde podría adivinar la nuca del cuello en que se asienta.
Uno de los modos del Ser de percibirse a sí mismo,
embutido en el espacio y el tiempo,
con traje de carne, sangre y huesos,
perplejo en su autoimpuesta ignorancia.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Desde el infinito y hasta más allá
Sostiene el teorema de los infinitos monos que si un simio se dedicara a pulsar caracteres al azar en un ordenador -en la formulación original de 1913, de Émile Borel, se hablaba obviamente de una máquina de escribir- durante un periodo de tiempo infinito, terminaría por redactar sin quererlo toda la obra escrita por la humanidad: desde Homero hasta J.J. Benítez pasando por Shakespeare, Cervantes, Tolstoi, Borges, Dan Brown y el negro de Ana Rosa. Solo es una cuestión de tiempo, y hay suficiente para aburrirse si lo ampliamos hasta el infinito. Igual pasaría si al mono le diera por apuntar aleatoriamente notas musicales: saldrían más tarde o más temprano todas las composiciones musicales de nuestra especie (y de cualquier otra a la que le diera por hacer música): desde Mozart hasta Oasis pasando por Chimo Bayo. Y con la pintura, más de lo mismo.
Por supuesto, esto va más allá de la producción escrita, musical o artística: habría tiempo para que cualquiera de nosotros convertido en inmortal hiciera, mientras no le pillase la muerte térmica del Universo (que acaecerá de manera impepinable), cualquier cosa: meter un gol milimétricamente igual al del barcelonista Ronaldo al Compostela en 1996, salir elegido presidente de Turkmenistán (si este Estado fuese imperecedero) en unos comicios libres, escalar el Everest (si este monte fuese imperecedero) haciendo exactamente los mismos movimientos de Edmund Hillary cuando lo coronó en 1953 o ser líder de audiencia presentando un programa cultural de La 2 (si esta cadena fuese imperecedera).
Esta cuestión, que puede parecer una tontería (¡y no lo es!), tiene unas implicaciones muy profundas que apuntan al cogollo mismo de la tramoya cósmica. Para empezar, la sexta sinfonía de Beethoven, "El almuerzo sobre la hierba" de Manet o El Quijote serían descubrimientos hechos respectivamente por el compositor alemán, el pintor francés y el escritor español, en ningún modo creaciones suyas. Dicho de otra manera, esas obras serían fruto de la pesca practicada por la conciencia de sus autores en el insondable océano de los sucesos reales o imaginarios.
Aunque, en vez de reales o imaginarios, sería más correcto hablar de sucesos observados o no observados, estos últimos por no haber salido de su limbo para presentarse a nuestros sentidos. De un limbo como el apuntado por la mecánica cuántica, que no tiene nada que ver con la morada de los niños muertos sin bautizar (que también existiría en algún lugar ideal o platónico, por descontado, al igual que los unicornios y los pajaritos preñados). Porque lo que nos va pasando a cada instante parece ser fruto de una nebulosa superposición lineal compleja (¡intervienen los números complejos!) que se va decantando -va colapsando, como dicen los físicos adheridos a la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica- ininterrumpidamente de una manera en apariencia aleatoria.
El ejemplo más sencillo lo tenemos cuando un electrón o un fotón se enfrenta a dos rendijas paralelas próximas, de modo que solo lo veremos pasar por una: su paso se materializará o por la de la izquierda o por la de la derecha. Pero la mecánica cuántica nos lleva a considerar que en realidad el electrón o el fotón atraviesa al mismo tiempo ambas rendijas en una superposición lineal de las dos opciones que se le presentan -que podrían ser un billón si ese fuese el número de rendijas-, un limbo que no se deshace hasta que alguien lo observa forzando su decantación o colapso (siempre conforme a la interpretación de Copenhague, ya que según los defensores del Multiverso nada colapsa: el fotón iría en un universo por la izquierda y en otro por la derecha).
Lo que percibimos no es, por tanto, la Realidad sino su materialización subjetiva y necesariamente parcial en el mundo físico del que formamos parte (¿estará nuestra mente exclusivamente anclada a ese mundo físico?). La Realidad, algo mucho más rico por no estar constreñido al espacio-tiempo y sus leyes, podría ser la fuente de ese hipotético Multiverso compuesto por todos los infinitos Universos posibles que no pocos cosmólogos y físicos cuánticos consideran verosímil. La pregunta del Googolplex es: ¿De qué coño va esto? 42 no parece una respuesta satisfactoria.
Por supuesto, esto va más allá de la producción escrita, musical o artística: habría tiempo para que cualquiera de nosotros convertido en inmortal hiciera, mientras no le pillase la muerte térmica del Universo (que acaecerá de manera impepinable), cualquier cosa: meter un gol milimétricamente igual al del barcelonista Ronaldo al Compostela en 1996, salir elegido presidente de Turkmenistán (si este Estado fuese imperecedero) en unos comicios libres, escalar el Everest (si este monte fuese imperecedero) haciendo exactamente los mismos movimientos de Edmund Hillary cuando lo coronó en 1953 o ser líder de audiencia presentando un programa cultural de La 2 (si esta cadena fuese imperecedera).
Esta cuestión, que puede parecer una tontería (¡y no lo es!), tiene unas implicaciones muy profundas que apuntan al cogollo mismo de la tramoya cósmica. Para empezar, la sexta sinfonía de Beethoven, "El almuerzo sobre la hierba" de Manet o El Quijote serían descubrimientos hechos respectivamente por el compositor alemán, el pintor francés y el escritor español, en ningún modo creaciones suyas. Dicho de otra manera, esas obras serían fruto de la pesca practicada por la conciencia de sus autores en el insondable océano de los sucesos reales o imaginarios.
Aunque, en vez de reales o imaginarios, sería más correcto hablar de sucesos observados o no observados, estos últimos por no haber salido de su limbo para presentarse a nuestros sentidos. De un limbo como el apuntado por la mecánica cuántica, que no tiene nada que ver con la morada de los niños muertos sin bautizar (que también existiría en algún lugar ideal o platónico, por descontado, al igual que los unicornios y los pajaritos preñados). Porque lo que nos va pasando a cada instante parece ser fruto de una nebulosa superposición lineal compleja (¡intervienen los números complejos!) que se va decantando -va colapsando, como dicen los físicos adheridos a la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica- ininterrumpidamente de una manera en apariencia aleatoria.
El ejemplo más sencillo lo tenemos cuando un electrón o un fotón se enfrenta a dos rendijas paralelas próximas, de modo que solo lo veremos pasar por una: su paso se materializará o por la de la izquierda o por la de la derecha. Pero la mecánica cuántica nos lleva a considerar que en realidad el electrón o el fotón atraviesa al mismo tiempo ambas rendijas en una superposición lineal de las dos opciones que se le presentan -que podrían ser un billón si ese fuese el número de rendijas-, un limbo que no se deshace hasta que alguien lo observa forzando su decantación o colapso (siempre conforme a la interpretación de Copenhague, ya que según los defensores del Multiverso nada colapsa: el fotón iría en un universo por la izquierda y en otro por la derecha).
Lo que percibimos no es, por tanto, la Realidad sino su materialización subjetiva y necesariamente parcial en el mundo físico del que formamos parte (¿estará nuestra mente exclusivamente anclada a ese mundo físico?). La Realidad, algo mucho más rico por no estar constreñido al espacio-tiempo y sus leyes, podría ser la fuente de ese hipotético Multiverso compuesto por todos los infinitos Universos posibles que no pocos cosmólogos y físicos cuánticos consideran verosímil. La pregunta del Googolplex es: ¿De qué coño va esto? 42 no parece una respuesta satisfactoria.
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