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lunes, 28 de septiembre de 2020

Un mundo más grande de lo que incluso podemos soñar


Hace unos días, caminando por el campo, me asaltó una idea: que el espacio abstracto de posibilidades físicas (todo lo que es físicamente posible en algún universo del Multiverso) es un subconjunto de un espacio de posibilidades mucho mayor que incluye también las ensoñaciones lúcidas, las alucinaciones y los sueños. Estos tienen el soporte físico de un cerebro incrustado en el espacio-tiempo, pero en ellos no rigen las leyes físicas ni hay propiamente espacio-tiempo.

De este modo, el mundo se ensancha mucho más allá de lo meramente material. Y se hace necesario reconocer la existencia de hadas, gnomos, Dumbos voladores, Dorian Gray, Miguel Strogoff, dioses y demonios, así como de relaciones sexuales entre tú y Rita Hayworth (o Errol Flynn, o ambos en trío). Esto significa que existe todo lo que nuestra imaginación, tanto dormidos como en estado de vigilia, puede abarcar. Y más allá incluso: hay cosas que, debido a nuestras limitaciones cognitivas, nunca podremos siquiera imaginar.

Que algo se encuentre en el espacio de posibilidades significa que puede ser sustanciado o traído a la realidad. ¡Pero su concreción física no es la única posible! Eso es lo que nos sugiere el fenómeno de los sueños. La realidad física es alumbrada por la consciencia materializada merced a una destrucción ab toto ordenada y coherente (una observación o medición cuántica) del espacio de posibilidades, restringida por el estado inicial del universo y sus leyes. Nuestro cerebro, inserto en el espacio-tiempo, interacciona con un objeto ya moldeado desde el mismo Big Bang que no permite cualquier cosa: la cascada de causas y efectos iniciada hace 13.800 millones de años, a la que mis decisiones en los últimos 52 años han contribuido a forjar, me tiene ahora sentado en el sofá de mi casa en la Comunidad de Madrid; en mi siguiente instante, con una probabilidad de prácticamente el 100%, no voy a estar nadando en una playa del Atlántico o volando a pelo en la atmósfera de Júpiter. El mundo onírico no está sujeto a esa limitación fisica (ni tampoco a las ataduras sociales): puedes pasar sin solución de continuidad de volar sobre una alfombra mágica sobre Mordor a impartir una conferencia en papiamento en calzoncillos en Harvard y reencontrarte en alguna ciudad inexistente con una persona ya fallecida. 

Cuando estamos dormidos bajamos algunos pisos en el ascensor de la consciencia, abrazando el sueño y acercándonos a un sótano donde ya ni siquiera soñamos y somos literalmente nada (o sea, consciencia pura). Habría pues cuatro vías para que la consciencia individual materializada retornara a la nada, identificada con la consciencia universal pura subyacente: el dormir profundo, la meditación profunda, la iluminación súbita y la muerte (el doctor Salvador Casado y yo elucubramos hace años una aproximación asintótica a la nada de la consciencia que se apaga).

La realidad física puede ser representada virtualmente (perdiendo, por tanto, resolución) en un cuadro, una fotografía, un vídeo, un simulador de vuelo... Pero la imaginaria también puede ser simulada físicamente en un cuadro, una sinfonía, una novela, una película o una experiencia de realidad virtual (dentro de la cual no habría constricciones físicas). Hay entornos virtuales que no podrían ser físicos (por no ser compatibles con las leyes de la naturaleza), pero ello no obsta para que sus usuarios puedan llegar a experimentarlos con la misma finura sensorial que lo que consideramos la vida real. Ahí tenemos el San Junípero de Black Mirror, un paraíso virtual indistinguible del mundo real en el que eres siempre joven y no existen ni el accidente (enfermedad inclusive) ni la muerte: una realidad virtual con el necesario soporte físico de una máquina o servidor informático, trascendente al contenido de la simulación, cuyo apagado llevaría inmediatamente a negro a sus usuarios. Lo cierto es que San Junípero (la inmortalidad digital) podría ser tecnológicamente posible en unas pocas décadas. 

Y así como hablamos de paraísos virtuales, habría que admitir igualmente la posibilidad de infiernos virtuales... ¡Al final resultará que sí existen el cielo y el infierno, cada uno de ellos en sus múltiples variantes! Sin duda, la inteligencia (o sea, la consciencia materializada) tendrá un día el poder para convertir en real todo lo posible... y deseable. Para hacer realidad todos sus sueños fuera de la inefable nada. Es un motivo para albergar esperanza.

domingo, 2 de abril de 2017

¿Es nuestro universo una simulación?

Autor: EEIM

Un artículo del filósofo Jesús Zamora Bonilla en Mapping Ignorance, en el que despacha como absurda la hipótesis de que nuestro universo pueda ser una simulación informática, me ha tenido dándole vueltas a la mollera unos cuantos días (¡y él lo sabe!). Su colega sueco Nick Bostrom es el formulador del argumento de la simulación, lo que no significa que se posicione en favor de su existencia: lo que sostiene es que si una civilización superinteligente alcanza en el futuro un estadio de desarrollo tecnológico que permita hacer simulaciones de sus ancestros, existe interés en hacerlas y no hay tabú o reparo moral alguno que las frene, lo más probable es que estemos viviendo en una de esas simulaciones. ¿Por qué? Pues por una razón meramente estadística, ya que habría muchos más universos simulados que reales: bastaría una sola simulación de nuestro universo para que la probabilidad de estar viviendo en ella fuese del 50%, ya no hablemos de si fueran miles o millones...

Desde luego, si el Universo es un objeto digital (granulado, construido a partir de ceros y de unos como un ordenador) podría ser teóricamente computable. Otra cosa es que resulte físicamente imposible computarlo y ejecutarlo, al menos desde dentro de nuestro universo (por una limitación gödeliana), por mucha tecnología que se posea. También es posible que una civilización inteligente nunca llegue a adquirir los conocimientos y la tecnología suficientes al caer víctima de una supuesta "maldición de la inteligencia": un inevitable desfase entre desarrollo económico-tecnológico y educativo-cultural que la conduciría inexorablemente a su autodestrucción (por ejemplo, mediante una hecatombe nuclear). Sam Harris alerta precisamente en El fin de la fe de la siniestra combinación de creencias religiosas antiguas con armas de destrucción masiva modernas.

Un mapa no es el territorio, una foto del paisaje no es el paisaje, la maqueta de una casa no es la casa, la representación mental de un ábaco no es un ábaco: hay una relación isomórfica entre unos y otros que podríamos etiquetar como una representación virtual (por cierto, gracias a ella obtenemos un valioso conocimiento del mundo). ¿Pero y si no hubiera diferencias entre universos reales y simulados? Para hacer un simulador de vuelo no hace falta (ni siquiera es deseable, por razones de coste) que la precisión sea absoluta: lo ideal sería que fuese indistinguible de una situación real, pero sin el riesgo de resultar herido o muerto por estrellarte contra el suelo. Sin embargo, para simular un universo podría ser necesario reproducir exactamente todos y cada uno de sus rasgos.

Parece una labor titánica programar todo un universo paso a paso, pero no es necesario ser tan intervencionista: solo habría que establecer un estado inicial y unas pocas y simples reglas básicas para que evolucione (si ello fuera posible, tal como apunté dos párrafos atrás, ya que habría que comprimir una ingente cantidad de matería-energía en un punto microscópico). Dicho de otro modo, no hace falta computar la complejidad: esta emerge luego por añadidura, fruto de la simplicidad. Pongamos que disponemos de un catálogo infinito de universos en el Multiverso, una lista fija en la que la vida inteligente solo aparece en un número relativamente muy pequeño de universos (una cifra que, no obstante, seguiría siendo infinita). Reproduciendo su estado inicial y sus reglas, un determinado universo podría ser alumbrado una y otra vez. Carecería de sentido hablar de universos reales y simulados porque no habría diferencia alguna entre ellos: como no la hay entre un electrón producido naturalmente (por ejemplo, en una desintegración radiactiva o en el choque de un rayo cósmico con la atmósfera terrestre) y otro generado artificialmente en un acelerador de partículas. En cualquier caso, real o simulado, todo universo tendría que ser computable (en el Multiverso habría pues un conjunto de universos no computables que, debido precisamente a este rasgo, jamás llegarían a ser sustanciados físicamente: entre ellos figuran los que el físico israelí David Deutsch -autor de La estructura de la realidad- llama entornos CantGoTu, en homenaje a Cantor, Gödel y Turing). La principal dificultad estribaría en determinar cuáles son los sencillos parámetros exactos del universo concreto que queremos replicar.

El experto en ciencias de la computación Jürgen Schmidhuber apunta que sería más fácil programar un ordenador para producir todos los posibles universos computables que programarlo para irlos creando uno a uno (lo cuenta Brian Greene en La realidad oculta: Universos paralelos y las profundas leyes del Cosmos). Cada universo concreto por separado requeriría especificar previamente en el ordenador una cantidad enorme de datos, para a través de un complejo proceso de cálculo intentar extraer de la inmensa duna del espacio de fases el diminuto grano de arena correspondiente al estado inicial y reglas de ese particular universo y no de cualquier otro. La alternativa sería dejar que se ejecutase un programa maestro que incluyera todas las posibles variables: más tarde o más temprano aparecerían todos los universos posibles, entre ellos el o los deseados por el programador.

He de reconocer que una seria objeción a la posibilidad de estar viviendo en una simulación es que hay detalles de nuestro universo que no se explicarían, por ser innecesarios, si se tratase de una simulación: esta parece, contra toda lógica, demasiado perfecta y costosa. Pero esta pega se desvanece si no hubiese distinción entre universos reales y simulados. Quizá todo sea necesario en un universo y no haya lugar para la contingencia. No es contigente que yo me apellide Fabelo y esté ahora tecleando esto en mi portátil, ni lo es que el teclado exhiba ahora mismo una mota de polvo sobre la letra J: de otro modo, no sería el yo de este universo. En un universo simulado todo sería también necesario, desde un cuásar a una brizna de hierba pasando por un golazo de Tana con la Unión Deportiva La Palmas en el Santiago Bernabéu.

Aunque no parece físicamente posible la interacción del programador con su universo replicado (ni siquiera sería capaz de observarlo cual entomólogo a un insectario, al proyectarse ese universo en una región espaciotemporal desgajada de la suya en forma de burbuja independiente), ello no obsta para que la simulación tenga un propósito lúdico. Según el físico ruso Andrei Linde, uno de los teóricos del universo inflacionario, el simple hecho de jugar a Dios (aunque fuese un creador ausente e ignorante de la evolución de su creación) ya sería por sí mismo irresistible. Y aunque no pudiéramos contemplar un universo, su creación marcaría un hito científico ante el cual quedarían empequeñecidas hazañas como descifrar el ADN, pisar Marte o entablar contacto con alienígenas.

Bajemos ahora algunos peldaños desde el hipotético pedestal de simuladores de universos completos (en los que, a su debido tiempo, emergen criaturas conscientes como nosotros). ¿Serían posibles simulaciones personalizadas, paraísos virtuales sin alcance cósmico como el San Junípero de la serie Black Mirror, aunque con el potencial no menos modesto de esquivar a la muerte? Para acceder a estas simulaciones más de andar por casa habría que conectar el cerebro de sus participantes a un ordenador, que permitiría la interacción con el mundo simulado aunque su cuerpo estuviera postrado en una cama. Ni siquiera haría falta un interfaz cerebro-ordenador si la mente del participante pudiese ser descargada y almacenada directamente en la computadora (en La conciencia explicada, el filósofo materialista Daniel Dennet no lo considera un imposible): en ese caso podría prescindirse de su cuerpo, lo que equivale a decir que podría morir en el espacio-tiempo pero seguir vivo en la simulación. Al no estar constreñido por la realidad física (aunque la simulación colgaría de un hardware o servidor en el mundo real del que dependería su continuidad), el usuario tendría la oportunidad de asomarse a mundos etéreos con unicornios, gnomos, huríes, cielos verdosos, nubes amarillas o lagos de Mirinda; mundos imaginarios necesariamente computables, aunque tan irreproducibles en el espacio-tiempo como las andanzas de Mario Bros. Esas mentes digitalizadas podrían luego ser conectadas a otras simulaciones e incluso transferidas a un cuerpo de diseño en el mundo físico. No podemos descartar que nosotros mismos seamos habitantes virtuales de una simulación de este tipo, "cerebros en una cubeta".

Para cerrar con el mismo tono abiertamente especulativo, nada mejor que convocar a Michio Kaku: el físico y cosmólogo californiano sugiere que quizá en un futuro lejano puedan empalmarse a voluntad líneas de tiempo de distintos universos, de modo que la recreación de la vida de una persona del pasado abandone una senda multiversal para tomar otra (por ejemplo, matriculándose a los 18 años en la universidad para estudiar Física en vez de Economía, o casándose con Perica en vez de con Mengana, con lo que su futuro sería diferente). En ese caso no tendría sentido que el manipulador de las líneas de tiempo no fuera también un observador externo de las andanzas de su elegido. Quién sabe...

Volviendo al artículo de Zamora Bonilla, este escribe con razón que por cada idea loca que luego ha resultado ser correcta (por ejemplo, el origen común de las especies, el giro de la Tierra en torno al Sol o la composición atómica de la materia) hay miles de ellas que han pasado a la historia como estupideces o tonterías. Claro que el escepticismo es sano y necesario, pero sin ideas audaces aparentemente disparatadas como las anteriores (y también como la de que el tiempo se detiene a la velocidad de la luz, la de que espacio y tiempo forman un único tejido que está curvado o la de que todo proviene de una singularidad microscópica en la que estaba condensada la materia-energía del Universo) no avanza la ciencia.

viernes, 27 de mayo de 2016

Representaciones virtuales: algo más profundo de lo que sospechabas


Si fuera posible una completa descripción de cualquier estado o instantánea del mundo, ésta daría cuenta de hasta el más mínimo detalle microscópico: en vez de “En medio del prado se levanta una encina, sobre un fondo recortado de montañas nevadas” habría que escribir trillones de trillones de páginas describiendo con la mayor minuciosidad (que, por otro lado, nunca podría ser completa) la encina, todas y cada una de las hierbas del prado y su disposición, la presencia no solo de insectos sino de formas de vida microscópicas como bacterias o virus, la exacta composición y disposición molecular del cielo y las nubes, las particularidades del fondo montañoso... todo ello con un detalle a escala muchísimo menor que la de un nanómetro. Eso sin tener en cuenta la inmensa parte invisible, representada por ondas de sonido, ondas electromagnéticas y partículas como los neutrinos (decenas de miles de millones atraviesan nuestro cuerpo cada segundo). En realidad, la descripción no tendría por qué estar acotada espacialmente (dentro de nuestro horizonte sensorial), sino que podría extenderse a toda una rebanada del Universo entero.

Una fotografía podría dar más o menos la misma información básica que la expresión lingüística “En medio del prado se levanta una encina, sobre un fondo recortado de montañas nevadas”, aunque en otro formato. La resolución de la foto podría ser todo lo alta que la tecnología permitiese, pero aún así no recogería el componente invisible del escenario: ondas sonoras (que sí podrían ser registradas por un vídeo), ondas electromagnéticas infrarrojas y ultravioletas, neutrinos, partículas ionizantes… En cualquier caso, solo una pequeña información es suficiente para tomar decisiones en el tablero espacio-temporal. El elemento informativo “encina” puede bastar para que se acerque un jabalí testigo de ese instante. Si cambiamos “encina” por “leona”, también sería suficiente para que -sin necesidad de más información detallada- el mismo jabalí decidiese alejarse del bucólico paraje.

Hemos llegado a un asunto de hondo calado: el isomorfismo o relación de semejanza estructural entre el lenguaje y el mundo es la misma propiedad que permite simulaciones de realidad virtual como la que podría representar -siempre con una fidelidad imperfecta, pero indistinguible de la potencial por nuestro cerebro- esa escena campestre… o toda una vida... ¡o todo un Universo! David Deutsch aborda esta cuestión en su libro La estructura de la realidad. Para el físico británico de origen israelí, las propias leyes abstractas de la ciencia deben ser susceptibles de representación en realidad virtual para ser comprensibles. “Las leyes de la Física”, dice, “condicionan su propia comprensibilidad”. Y ello es posible gracias a las fuertes relaciones de semejanza existentes en la estructura de la realidad: las que hay entre un mapa y un territorio, entre una partitura y una sinfonía, entre una representación de realidad virtual (incluida la película fabricada continuamente por el cerebro) y la realidad última, entre una expresión matemática y una ley física abstracta. Sin esa relación de semejanza no existirían ni el conocimiento ni la consciencia; ni siquiera sería posible la evolución.

Vuelvo a insistir en que toda representación en realidad virtual es imperfecta. De hecho, no haría falta que fuese perfecta y ni siquiera sería deseable que lo fuera (de ser posible). Esto es así al haber una relación directa entre la exactitud y coste de una computación, por lo que la obtención de respuestas más ajustadas y rigurosas requiere una mayor utilización de memoria y un consumo más elevado de energía del ordenador. El programador debe escoger una combinación adecuada de precisión-coste, de modo que la primera sea suficiente y el segundo sea razonable. Todo dependerá, claro está, del propósito de la computación: no será lo mismo para un videojuego (que no requeriría ajustar hasta 10 decimales) que para el seguimiento de un satélite o la simulación de todo un Universo.

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