Mostrando entradas con la etiqueta Biología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biología. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de abril de 2026

Evolución dirigida: mundo platónico a la carta

El filósofo Charles Sanders Peirce contemplaba la evolución como un proceso mediante el cual las formas platónicas se instancian y desarrollan en el mundo físico, no solo informando los seres vivos sino las propias leyes del universo (las cuales, al igual que las creaciones de la biología, no serían estáticas). El tránsito bidireccional de la potencialidad a una realidad intrínsecamente cambiante es la clave  de la filosofía del proceso, desarrollada posteriormente por Alfred North Whitehead. Parece que Whitehead y Peirce llegaron de manera paralela a ciertas consideraciones metafísicas, entre ellas la de que el futuro no está determinado porque el propio universo con sus objetos (sucesiones estructuradas de "ocasiones de experiencia" en la ontología whiteheadiana) influye en su alumbramiento. Para William James, alineado con la intuición de Peirce, los agentes activos serían más los patrones inmateriales que los objetos físicos, lo que ilustró con su máxima de "Los pensamientos son los pensadores".

El objetivo fundamental declarado de la investigación científica del biólogo Michael Levin es entender los contenidos y la estructura de ese espacio platónico, así como la manera en que nuestras creaciones materiales pueden extraer patrones deseables o indeseables de dicho espacio. O sea, pretende hacer un mapeo entre algunos objetos que construimos (como biobots o inteligencias artificiales) o que construye la naturaleza (como embriones o cuerpos biológicos) y los patrones inmateriales que les dan forma desde su morada platónica. Esto no es una mera disquisición filosófica, ya que puede abrir el camino a aplicaciones prácticas muy beneficiosas. El abordaje para investigar intervenciones regeneradoras o correctoras de defectos genéticos no es el mismo cuando consideramos el cuerpo físico como un agente procesador de información pasiva que cuando lo contemplamos como un cuaderno o bloc de notas utilizado por patrones informativos activos, que serían los verdaderos agentes. En este segundo caso, la estrategia inteligente sería la de propiciar el ingreso de patrones adecuados a los fines que se persiguen. Es un hecho que la evolución favorece formas y comportamientos animados por ciertas verdades matemáticas y algoritmos, como el número Pi, el numero áureo o la sucesión de Fibonacci.

La electricidad es para las células lo que para los humanos es el lenguaje: se trata del medio principal de comunicación entre ellas. Si se identifica el patrón bioeléctrico correcto, puede modificarse el sistema de comunicación intercelular de un tejido para que este converja de manera espontánea hacia una forma deseada. Así podría lograrse que el propio cuerpo humano regenerase un miembro amputado, algo de lo que son capaces naturalmente las planarias o las salamandras. Tambien podría combatirse el cáncer de manera mucho más eficaz y menos invasiva si se reprograma eléctricamente a las células cancerosas para que vuelvan a estar alineadas con el resto y no perciban fuera de ellas una estructura ajena, un "no yo". En suma, la idea es poder decir en un futuro no muy lejano a un sistema biológico "Construye un riñón aquí" o "Regenera este tejido" aplicando señales bioeléctricas, que funcionan a modo de patrones constructivos, de modo que el cuerpo ya se encargue de hacerlo por sí solo. 

Para Levin, la relación entre mente y materia sería la misma que existe entre esos patrones abstractos y los objetos físicos que informan: la mente sería un patrón platónico solo distinto de otros patrones como los matemáticos (como los que informan un triángulo o un objeto fractal) por su mayor capacidad agencial. En el espacio de posibilidades mentales están todo los patrones que nos hacen felices e infelices, muchos de ellos (como el dolor y el placer) compartidos con otros animales. Nuestra estructura cognitiva como humanos facilita el ingreso de ciertos tipos de patrones que no están al alcance de estructuras más básicas, como las de una bacteria o una lombriz. Por otra parte, un árbol, un paramecio y objetos más exóticos como una IA están animados por patrones a los que no podemos acceder y que ni siquiera podemos concebir.

Estados alterados de la consciencia como los producidos por la ingesta de sustancias psicodélicas permiten el ingreso en nuestro cerebro de patrones fuera del alcance de la normalidad cognitiva, los cuales podrían tener efectos terapéuticos. Ya hay investigaciones avanzadas acerca del poder de psicodélicos como la psilocibina para curar la depresión y trastornos psicológicos como traumas, neurosis, drogodependencias o complejos, al extirpar hábitos perjudiciales muy arraigados en muestra mente gracias a una reconfiguración rápida de esta (a la que la mente se presta, en la ventana abierta durante la experiencia psicodélica, en virtud de su plasticidad). Lo mismo se constata con las experiencias cercanas a la muerte y con la meditación, aunque en este último caso no es algo que ocurra de un día para otro.

Podemos concebir el espacio platónico como un menú a la carta donde están todo lo bueno y todo lo malo, que somos libres de elegir (o de postularnos para ser elegidos por patrones platónicos) dentro de nuestras restricciones. De esas elecciones dependerá la evolución de algo que empezó hace unos 13.800 millones de años. Y nada estaría escrito.

jueves, 15 de enero de 2026

Michael Levin, Dios de los xenobots y antrobots

Xenobots y antrobots son biorrobots desarrollados en laboratorio por los equipos del biólogo Michael Levin: en el primer caso, a partir de células embrionarias de renacuajo; en el segundo, de células epiteliales de la tráquea humana. Una vez extraídas, estas células se desarrollan en cultivos y dan lugar a formas inéditas en la historia de la vida en la Tierra. Empiezan a navegar y resolver problemas en un espacio muy diferente al del cuerpo de una rana o el de un humano, exhibiendo comportamientos totalmente insospechados como una reproducción cinética (caso de los xenobots, consistente en replicar sus formas moldeando mecánicamente material del cultivo) o el cosido de tejidos neuronales lesionados (caso de los antrobots, que misteriosamente se entregan a esta labor sin haber sido instados a hacerlo). Levin no deja de recordarnos que los antrobots son células con un ADN 100% humano, aunque en ellos hay genes que no se expresan y otros que sí lo hacen, a diferencia de en nuestro cuerpo.

Hay un cuento de ciencia-ficción que leí hace años, pero no he conseguido identificar (La fórmula de Lymphater, de Stanislaw Lem, se asemeja algo), que narra la creación en laboratorio de unos autómatas celulares. Estos empiezan a evolucionar a ritmo acelerado, hasta el punto de tener la capacidad de comunicarse con su creador e incluso sobrepasarle en inteligencia. Cuando esto ocurre, esa entidad emergente se desconecta para siempre de los humanos, con quienes la interacción ya no tendría más valor que la nuestra con un paramecio.

Es fascinante imaginar que los antrobots puedan evolucionar, llegar un día a tener consciencia de sí mismos y plantearse cuestiones existenciales como las de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Si esto llegara a ocurrir y los humanos ya no existiesen por entonces, ¿podría una superinteligencia surgida por esa ruta desentrañar su gran misterio? La respuesta la conocemos nosotros y no tiene connotación mística alguna: su creador (usando material biológico esculpido a lo largo de 3.500 millones de años de evolución) es el humano del siglo XXI Michael Levin. Él sería su insospechado Dios, movido por propósitos científicos que podrían acaso intuir.

La IA la creamos también nosotros, sacando provecho de una capacidad de computación inherente a la naturaleza. Una superinteligencia nacida de esta senda, hibridada probablemente con lo orgánico, sí sabría perfectamente cuál es su origen: unos ingenieros humanos. ¿Y si la vida en la Tierra fue creada por algún tipo de inteligencia avanzada de desconocido soporte físico? Esta es la idea de la panspermia dirigida, aventurada por el codescubridor del ADN Francis Crick: las semillas de la vida habrían sido deliberadamente sembradas a lo largo y ancho del universo por una civilización extraterrestre.

Podríamos incluso especular que el propio universo ha sido creado por una superinteligencia, a su vez fruto de otra en otro universo. Universos anidados donde mora la inteligencia: ¿Una tramoya inconcebible con infinitos tableros donde un agente transcendental (una consciencia pura) está jugando?...

viernes, 14 de marzo de 2025

Hacia una revolución copernicana en el estudio de la vida, la inteligencia y la consciencia


Unos cuantos científicos vienen sentando desde hace años las bases de toda una revolución en el estudio de la vida y la inteligencia. Planteamientos heterodoxos como la concepción de los seres vivos como  inteligencias colectivas (en el que cada nivel jerárquico tiene una agenda, en un marco de continua competición y cooperación), la cognición y la volición basales (llevando el reconocimiento de la condición de agentes inteligentes, dotados de propósitos y sentido, hasta entidades como las células), la causalidad descendente (desde arriba hacia abajo en la jerarquía biológica, otorgando poder causal a la mente), el antirreduccionismo genético, la autoorganización de la materia viva como guía clave para la evolución, la cognición extendida más allá del cerebro (a todo el cuerpo y su interacción con el entorno) o la oposición a las dicotomías materia inerte/materia viva e inteligencia orgánica/inteligencia artificial empiezan a abrirse paso gracias a las ideas y el trabajo de gente como Michael Levin, Kevin Mitchell, George Ellis, Stuart Kauffman, Chris Fields, Karl Friston, Denis Noble, Lee Cronin, Sara Imari Walker o los ya fallecidos Humberto Maturana y Francisco Varela.

Esta nueva biología está favoreciendo un cambio de paradigma en la ciencia de la consciencia, una disciplina nacida hace apenas tres décadas con un enfoque materialista, mecanicista y reduccionista. Un cambio por el que vienen remando desde hace tiempo figuras como las de Thomas Nagel, Donald Hoffman, Robert Prentner, Andy Clark, Galen Strawson, Philip Goff, Federico Faggin, Àlex Gómez-Marín, Erik Hoel, Annaka Harris, Giulio Tononi, Christof Koch (tras abjurar de su inicial reduccionismo), Stuart Hameroff, David Chalmers (acuñador en los años 90 de la expresión "problema difícil", referida a la subjetividad), Peter Sjöstedt-Hughes, Edward Frenkel, Matt Segall, Joscha Bach, Rupert Sheldrake o Bernardo Kastrup. La divulgación de sus trabajos y aportaciones se ha beneficiado de magníficos altavoces mediáticos como el programa televisivo y luego podcast Closer to Truth (conducido por Robert Lawrence Kuhn) y los canales de YouTube de Curt Jaemungal o Lex Fridman.

Esta comunidad multidisciplinar, integrada por biólogos, neurocientíficos, físicos, filósofos, psicólogos cognitivos, matemáticos y expertos en ciencias de la computación, es muy diversa en su heterodoxia. Sus miembros sostienen puntos de vista distintos acerca de asuntos importantes: algunos sostienen la existencia de un libre albedrío constreñido mientras que otros lo niegan; algunos consideran que la inteligencia artificial podría llegar a ser consciente (si es que ya no lo es), mientras que otros se oponen; muchos sostienen la naturaleza fundamental de la mente, abrazando posiciones abiertamente pampsiquistas o idealistas; unos se confiesan platónicos mientras otros van más en la línea de la evolución creativa de Bergson y Whitehead; unos tienen un enfoque computacional (subrayando el papel de los agentes como procesadores de información) mientras otros se inclinan por esquemas junguianos (apelando al inconsciente colectivo como matriz fundamental del mundo mental). La audacia, no reñida con el rigor empírico en el caso de los científicos, es el denominador común a todos ellos.

El espectacular avance de la inteligencia artificial a partir de los modelos grandes de lenguaje (LLM) está haciendo replantearnos viejas ideas antropocéntricas acerca de la inteligencia y la consciencia, unos fenómenos que en realidad nunca hemos llegado a entender. No parece muy razonable negarle experiencia subjetiva a una red neuronal artificial, una red molecular, un riñón o un huracán cuando lo cierto es que solo podemos estar seguros de que existe la nuestra propia. La realidad virtual, que cada vez es más inmersiva, también nos hace reflexionar acerca de la realidad de nuestro universo y de la consciencia. Para el filósofo David Chalmers no hay realidades más genuinas que otras. Que vivamos en una simulación, quizá conectados a unos cascos desde fuera del mundo fisico (como sugiere Hoffman), no es un escenario descartable.

A no mucho tardar, salvo que se interponga una hecatombe nuclear o climática, veremos cosas que ahora nos parecen pura ciencia ficción: paraísos virtuales, criaturas híbridas y humanos mejorados tecnológicamente, biorrobots inteligentes circulando por nuestro torrente sanguíneo, impresión 3-D de cualquier objeto, descarga de la mente en soportes no biológicos... El biólogo Michael Levin insiste a menudo en las implicaciones éticas de un futuro en el que la hibridación de la inteligencia orgánica y artificial dará lugar a un paisanaje irreconocible, como el de la mítica taberna galáctica de Star Wars. El propio Levin nos hace soñar con algo fascinante: la posible comunicación entre inteligencias muy diferentes como la nuestra y la de una colonia bacteriana, la de una red molecular de regulación genética, la de nuestro propio hígado o acaso la de alguna entidad que nos trasciende como la propia biosfera.

Hace unos días, el fisico y neurocientífico español Àlex Gómez-Marín y el neurocientífico británico Anil Seth (fisicalista pero abierto a otras posibilidades) publicaron un artículo en Nature titulado A science of consciousness beyond pseudo-science and pseudo-consciousness en el que criticaban el ataque público lanzado en 2023 contra la teoría de la información integrada (IIT, por sus siglas en inglés) por más de un centenar de académicos. En una carta abierta, esos científicos y filósofos censuraban a la teoría formulada por Tononi y Koch por su vínculo con el pampsiquismo y su no testabilidad empírica, lo que a juicio de ellos la hacía merecedora de la etiqueta de pseudociencia. 

Para Gómez-Marín y Seth, "la imagen especular de la pseudociencia es el cientificismo". "En lo que respecta a la consciencia, tenemos el derecho a equivocarnos y quizás el deber de ser audaces", añaden en su artículo. "El 'problema difícil' parece improbable que se resuelva (o se disuelva) sin algún replanteamiento radical. Mantengamos una mente abierta al mismo tiempo que nos aferramos a nuestros cerebros". Como dice Gómez-Marín en otro artículo al respecto, "la investigación sobre la consciencia está necesariamente en los márgenes de la ciencia no porque sea marginal sino porque está a la vanguardia. Es un verdadero paseo hacia lo desconocido. Por lo tanto, en lugar de vestirnos con confianza con una bata blanca frente a una imagen del cerebro y pontificar, necesitamos expresar duda, sutileza, curiosidad, matices y pasión".

Si el pampsiquismo ha vuelto a florecer un siglo después de su reformulación moderna por Bertrand Russell y Arthur Eddington, ahora de la mano de filósofos como Strawson y Goff, es porque el reduccionismo fisicalista sigue sin dar una respuesta a la subjetividad. Pese a todos los avances en la neurociencia, aún seguimos sin saber qué es ese "ser algo" que daba título al célebre artículo seminal de Nagel: Qué es ser un murciélago. Puede que nos esté vedado saberlo por la vía de la ciencia, pero al menos tenemos el derecho a intentarlo.

jueves, 13 de febrero de 2025

El sentido de Sísifo, Kirian Rodríguez y el fútbol

Sísifo, por Tiziano. 

Dijo una vez el físico Steven Weinberg que cuanto más comprensible parece el universo, más absurdo (menos carente de sentido) resulta. Pero como bien señala el divulgador científico Philip Ball en su libro How Life Works, Weinberg pasa por alto un fenómeno emergente muy importante: la vida. Si por algo esta se distingue de la materia inerte es precisamente por tener propósitos, perseguir objetivos y extraer significados del mundo. El universo en su conjunto puede carecer de sentido, pero es evidente que los seres vivos (incluyendo cada una de sus células) sí lo tienen. Gracias al trabajo de personas como el biólogo Michael Levin, el neurocientífico Kevin Mitchell o la física y astrobióloga Sara Imari Walker, propósito y sentido son conceptos que han empezado a salir del ámbito exclusivo de la filosofía y la psicología para formar parte del vocabulario científico de la vida.

Los humanos somos, como cualquier otro animal (también como una planta, una bacteria o una célula), agentes cognitivos activos con un cierto grado de libertad para decidir y conducirnos por el tablero del espacio-tiempo en busca de objetivos. Tenemos una base genética que nos condiciona fuertemente, pero no nos determina. Algún aguafiestas podría argüir que el único sentido sería la supervivencia y quizá la reproducción, pero en el fondo eso no se lo cree ni él mismo. Muchos humanos tenemos pocas dudas de que las relaciones de amor/afecto/cuidado entre unos trocitos ordenados y conscientes del universo ya dan a estos (sus efímeros pasajeros) un sentido, definido por el filósofo Nick Bostrom como "un tipo especial de propósito que se deriva no de alguna cosa particular en nuestra vida que necesitemos o nos apetezca, sino de razones ancladas en algún valor o preocupación más grande que transcienda nuestra existencia mundana y cualesquiera cosas deseables que pudieran estar allí presentes". Bajo esa definición se incluyen otros posibles sentidos como la religión/espiritualidad, la ayuda a los menos favorecidos (no solo humanos), el servicio público, el trabajo bien hecho, la lucha ideológica, la defensa de las tradiciones, el arte y la creación en general, la superación personal, la búsqueda del conocimiento, la enseñanza...

El aguafiestas podría sacar entonces a colación a Sísifo, ese personaje mitológico condenado por Zeus a subir una piedra a lo alto de una montaña para observar impotente cómo casi al llegar se le escapa de las manos y rueda hacia abajo, obligándole a empezar su tarea una y otra vez. Porque el error (léete mi ensayo al respecto) y el fracaso siempre están acechando y no dejan de manifestarse periódicamente. Y nuestro amigo cenizo podría añadir que, en cualquier caso, no solo tenemos el horizonte inexorable de la muerte personal sino también de la de todos nuestros descendientes e incluso del propio universo (la muerte térmica, en la que el cosmos pierde toda su heterogeneidad y ya nada ocurre ni puede ocurrir). 

Bostrom analiza en un capítulo de su ensayo Deep Utopia las implicaciones del mito de Sísifo. Lo que intriga a Bostrom, sirviendo de punto de partida a su reflexión, es por qué se empeña en seguir empujando la piedra hacia la cima de la montaña. Esa tarea es el "emblema mismo del sinsentido", pero aún así Sísifo podría considerar que su vida merece la pena si obtiene placer en empujar la piedra o en la contemplación de las vistas durante el ascenso. Ahora bien, ¿podría ir más allá y encontrar un sentido, conforme a la definición anterior de Bostrom, a una existencia marcada por el recurrente fracaso?... Para Albert Camus, autor de un célebre ensayo al respecto (El mito de Sísifo), la vida de cada uno de nosotros semeja los esfuerzos de este sufrido personaje. El filósofo y apicultor Richard Taylor decía que cada uno de nuestros días es como cada uno de sus pasos hacia la cumbre, con la diferencia de que nosotros no volvemos abajo a empezar de nuevo. En cualquier caso, Camus consideraba que debemos imaginarnos que Sísifo es feliz cuando llega a comprender la futilidad de sus esfuerzos y acepta su destino: la lucha misma sería suficiente para llenar su corazón y el de cualquier humano.

Bostrom apunta varias explicaciones al comportamiento de Sísifo. La primera es la de la coacción: solo empuja la piedra porque, si deja de hacerlo, será castigado por el látigo de algún servidor de Zeus. En este caso, su existencia carecería de sentido y muy probablemente ni siquiera podría ser considerada una buena vida. La segunda posible explicación es la de que disfruta de esa tarea o tiene un poderoso impulso para hacerla. En este supuesto, Bostrom descarta que tenga necesariamente un sentido genuino, pese a que pueda resultarle gratificante. Lo compara con la vida de un corredor compulsivo, que se ejercita de sol a sol para acabar todos los días sudoroso y rendido de cansancio. Para Bostrom, ni siquiera la meta de ganar una medalla olímpica daría sentido pleno a esa existencia; si acaso, los esfuerzos de una persona discapacitada, al representar un reto de superación y servir de ejemplo a muchas otras. Entre otros posibles motivos con sentido de Sísifo figuran la creencia de que será premiado con una feliz vida de ultratumba, el salvar a la humanidad de ser devorada por alienígenas, el honrar una vieja promesa tribal o el resolver una larga disputa científica. Sea cual sea el motivo, para que su existencia tenga un sentido subjetivo (para que él experimente su vida como dotada de sentido) tiene que preocuparse e implicarse plenamente en la consecución de sus metas, no limitarse a perseguirlas por mera obligación o rutina. Bostrom pone el ejemplo del científico que hace grandes descubrimientos no por una sed de conocimiento sino solo por conseguir premios y reconocimiento: su vida tendría un sentido objetivo, pero no subjetivo (el que aparentemente le proporcionaría una dicha genuina).

Kirian y el fútbol 

Hace más de una semana, el jugador canario Kirian Rodríguez (capitán de la UD Las Palmas) hacía público que había recaído en su linfoma de Hodgkin y se retiraba de los campos de fútbol por lo que resta de temporada. Tendrá que volver a afrontar nuevas sesiones de quimioterapia, tras haber superado la enfermedad hace dos años. Kirian no solo es un gran jugador, que ha dado a los aficionados como yo no pocas alegrías sobre el césped, sino una persona ejemplar: amable, humilde, empático, valiente, tenaz... Asumía el reto de volver a pasar por el calvario del tratamiento con una entereza y una naturalidad dignas de encomio. No exagero al afirmar que es un exponente humano de lo mejor de mi Canarias natal. 

A principios de 2023, cuando volvió recuperado de su primer combate a la enfermedad, Kirian fue decisivo para el ascenso a Primera. Y ya en la división de honor del fútbol español protagonizó junto a sus compañeros sonadas victorias (como frente al Atlético de Madrid, partido en el que marcaron tanto él como su mejor amigo: Benito) que no disfrutábamos desde hace décadas. Luego el equipo entraría en barrena, con más de ocho meses sin ganar entre una temporada y otra, aunque salvando afortunadamente la categoría. Él siempre dio la cara tanto en las victorias como en las derrotas, a las duras y a las maduras. Ahora le tocará volver a pelear por su salud, así como a la UD Las Palmas le tocará volver a luchar por la permanencia tras una nueva racha de malos resultados.

Una vida sin retos ni dificultades, sin fracasos ni padecimientos, sin altos ni bajos, no sería tan preciosa. Lo mismo que una actividad deportiva en la que nunca perdieses ni te empataran en el último minuto, en la que no hubiese momentos de zozobra ni vivieses bajo la amenaza permanente de la eliminación o el descenso. El fútbol es una especie de escuela de vida que te recuerda que un día estás en la gloria y otro en la miseria, que a veces hay injusticias, que a la mala suerte sucede la buena (solo hay que apelar a la estadística), que las mieles del triunfo son mucho más dulces cuando este cuesta y no es frecuente, que siempre hay que levantarse después de cada golpe o caída. Es además una pequeña fuente de sentido, una ficción compartida (en mi caso, la UD Las Palmas) a través de la cual yo me siento en comunión con mi tierra natal, con mi familia y amigos de allá, con el propio Kirian y otros jugadores con los que simpatizo y, sobre todo, con mi hijo peninsular convertido en fan que ahora estudia fuera del hogar. Por mucho que nos empeñemos en negarlo, sobre todo desde posiciones intelectuales, los goles de los futbolistas hacen feliz a mucha gente. El fútbol es tan pequeña fuente de sentido como ir a un concierto, preparar una cena especial para familia o amigos o preocuparte por tu bonsai, actividades en modo alguno incompatibles con los sentidos con mayúsculas apuntados en el segundo párrafo de este artículo.

Kirian se emocionó mucho cuando metió un golazo in extremis al Granada el año pasado, el primero que lograba en Primera tras su recuperación. Cuando salga nuevamente de esto y vuelva a hacer de las suyas sobre el césped, nuestro disfrute y el de él serán mucho mayores, por mucho que el susodicho aguafiestas considere un sinsentido intentar meter un balón en la portería del equipo contrario. El ya fallecido David Graeber creía que la clave en la vida es jugar e intentar divertirse (huelga añadir que sin hacer daño al prójimo). Hay que vivir con pleno sentido, optimismo, alegría y entrega a nuestras metas, disfrutando de las pequeñas y grandes perlas que a diario nos regala la existencia aunque muchas veces no seamos conscientes de ellas. Reconozco que yo mismo no lo consigo. Que tanto el Sísifo imaginado por Camus como el bueno de Kirian nos sirvan de ejemplo. Aún a sabiendas de que habrá sinsabores y derrotas, de que el propio universo acabará muriendo y toda memoria de la humanidad y sus ficciones compartidas quedarán en nada (un escenario en el que, por cierto, no cree el físico Frank Tipler).


martes, 10 de diciembre de 2024

La vida (como nadie la conoce) según Sara Imari Walker

El imaginario popular se retroalimenta con el cine de ciencia-ficción al presentarnos habitualmente a los extraterrestres como seres antropomorfos: marcianitos verdes, xenomorfos como los de Alien, hombrecillos como ET... La teoría de la evolución convergente sugiere que habría algo de verdad al respecto, ya que la naturaleza tiende a buscar soluciones similares a retos similares. Esto se observa en objetos como los ojos o las alas, seleccionados a partir de diferentes sendas evolutivas: el ojo, en la de los artrópodos, cefalópodos y vertebrados; las alas, en la de los insectos, aves y mamíferos (caso del murciélago).

No hay que pasar por alto, sin embargo, un detalle fundamental: toda la vida conocida en la Tierra tiene un origen común, desde una bacteria y un paramecio hasta un roble, una araña y un humano. La teoría del ensamblaje, propuesta por el químico Lee Cronin y la física Sara Imari Walker, apunta que la vida extraterrestre podría ser inimaginable al estar construida sobre otras bases: otro mecanismo de copia (no el ADN), otros aminoácidos, otras proteínas e incluso otros compuestos químicos desconocidos. Para Walker, que ha publicado este año su muy recomendable libro La vida como nadie la conoce, este fenómeno podría ser necesario (intrínseco a las leyes físicas del universo y su evolución), pero su manifestación sería contingente. Aquí en la Tierra, todos los seres vivos debemos nuestra existencia a procesos químicos que alumbraron el ARN (precursor del ADN que informa nuestro genoma), pero esa no sería más que una de las vías moleculares que pueden seguirse en un espacio químico de posibilidades inmenso. 

El británico y la estadounidense pretenden con su teoría unificar dos áreas científicas: el estudio del origen de la vida y la búsqueda de vida alienígena. El punto de partida es la constatación de que la vida no surge de manera espontánea, al modo de cerebros de Boltzmann que aparecen y desaparecen de súbito por una fluctuación aleatoria improbabilísima, sino que es fruto de un proceso de construcción inteligente parecido al de un Lego con sus diferentes partes. La información es un concepto fundamental: es lo que insufla ese proceso y se impone a la aleatoriedad, estructurando la materia en el espacio y el tiempo, a partir de un umbral o punto crítico. Ese umbral es anterior a la formación de aminoácidos y otras biomoléculas: se traspasa cuando moléculas más simples comienzan a organizarse de manera informacionalmente dirigida. La selección natural empieza a actuar más tarde, cuando ya han emergido las primeras entidades autorreplicantes con poder causal que interactúan de manera diferencial con su entorno. En línea con otros científicos como Michael Levin (mencionado en el libro, con quien ha trabajado) y Kevin Mitchell, Walker considera que todos los seres vivos tienen agencia y participan activamente en su propia construcción, al servicio de sus propósitos: aunque constreñidos, disfrutan de una cierta libertad para elegir.

El índice de ensamblaje y el número de copia son los dos criterios establecidos por esta teoría para determinar si un objeto ha sido creado por la vida o es mera consecuencia de una combinación aleatoria de objetos menores. El índice de ensamblaje es el número de pasos necesarios para construir secuencialmente un objeto: 15 es la cifra que, conforme a los experimentos realizados en laboratorio, marca el umbral por encima del cual no puede haber surgido de manera aleatoria. Si observáramos en un exoplaneta alguna cosa con índice 15, lo determinante sería el número de copia: si hay al menos dos objetos así, podemos afirmar sin género de dudas que ahí hay alguna forma de vida responsable de su formación. A Cronin y Walker no les preocupa mucho que no nos lleguen evidencias en ese sentido procedentes del espacio exterior, ya que albergan la esperanza de encontrar vida alienígena primero en la Tierra, en el marco de un laboratorio y con el auxilio de IA, combinando y seleccionando compuestos químicos en distintas condiciones ambientales (PH, variados entornos minerales, etc.). De esa manera podremos entender qué es la vida y cómo surge, descubriendo leyes universales que entroncarían la biología con la física y tendrían vigencia en cualquier rincón del universo.

Una vez que aparece, la vida empieza a hacerse más compleja al atesorar más información. Los objetos ensamblados ensamblan a su vez otros objetos, y así sucesivamente, generándose una torre jerárquica. Cada uno de nosotros, así como cada uno de los objetos fabricados por la humanidad, somos parte de un linaje iniciado hace 3.700 millones de años con la aparición del primer ser vivo. En nuestro cuerpo hay apilado un volumen de información muy grande, que es la que nos ha sacado del abstracto espacio de posibilidades para convertirnos en una realidad física. Sobre esa torre informativa se asientan objetos que nos rodean como un coche, una casa, una sinfonía o un idioma, que para Walker son una prolongación de la vida biológica. 

Usando el símil del Lego, nos explica en su ensayo la diferencia entre el assembly observado (todos los castillos de Lego comercializados por la compañía desde su fundación), el universo de ensamblaje (el espacio combinatorio de todas las piezas de Lego, empleando todas las posibles permutaciones según las leyes del juego y cualesquiera otras posibles, como las de pegar las piezas con pegamento), el assembly posible (el conformado solo por los objetos físicamente posibles, en este caso por las leyes del Lego que te obligan a poner una pieza encima o debajo de otra para encajarlas) y el assembly contingente (espacio de posibilidades en el que la memoria del pasado debe ser guardada, donde residen los objetos observados). Este último conjunto es muchísimo más pequeño que el penúltimo. Walker nos dice que ni siquiera con las 600 mil millones de piezas de Lego que existen sería posible agotar el vasto espacio del assembly posible.

Aunque la Tierra sea un punto muy pequeño del Universo, el entramado causal iniciado en ella con la primera criatura viva es muy denso e intrincado. Somos pues objetos profundos en el tiempo, integrantes de un linaje que persistirá (si no se produce una completa extinción) tras nuestra muerte. La contingencia histórica implica que muchos objetos, tanto biológicos (incluidos trillones y trillones de potenciales humanos) como tecnológicos, nunca verán la luz en este universo, al irse constriñendo con el paso del tiempo el espacio abstracto de todos los objetos posibles (el assembly posible). Fuera de la Tierra nunca hallaremos ni destornilladores ni zapatos ni lenguas eslavas ni seres que pudieron haber nacido si otro espermatozoide de nuestros padres (en vez del que contribuyó a crearnos) hubiera fecundado el óvulo de nuestras madres. 

La profundidad temporal (o sea, causal) de los objetos complejos tiene que ver con el gran volumen de información embebido en ellos y es lo que les abre la puerta a espacios de posibilidades emergentes (aquí es donde Sara introduce la consciencia, como nexo entre lo contrafactual y lo real que "fija los límites a lo que podemos hacer en el futuro"), inaccesibles a moléculas o células: un ejemplo que pone en su libro es el de los cohetes espaciales, que pudimos imaginar mucho antes de tener la ciencia y la tecnología necesarias para sacarlos del limbo de las posibilidades y convertirlos en realidad material. La contingencia histórica marca un orden en la aparición de los objetos: un cohete o un idioma nunca precederán a un humano, que a su vez nunca precederá a una célula o una molécula. Todo requiere de tiempo para ser construido, incluso una mente (Walker se mantiene fiel a la ortodoxia científica en este punto, negando que la consciencia sea algo fundamental sino un producto de la evolución), que no tendría que ser necesariamente biológica.

Cronin ha ideado y acuñado el concepto de chemputer, referido a una máquina capaz de navegar (a modo de un motor de búsqueda químico) y hacer computaciones en un espacio químico combinatorio inabordable: el espacio ocupado por todas las posibles proteínas de 100 aminoácidos, construidas a partir de combinaciones de los 20 que emplea la vida en la Tierra, rellenaría un volumen equivalente a 10 elevado a 23 universos. Además del chemputer, Walker menciona en su libro el constructor universal de David Deutsch, ideado por analogía a una máquina universal de Turing pero con la capacidad no de ejecutar cualquier programa computable sino de construir cualquier objeto construible: una especie de impresora en 3-D con capacidad para producir cualquier objeto posible. El chemputer, ya una realidad física con la que Cronin está trabajando en proyectos vinculados a la Universidad de Glasgow, es un puente necesario hacia ese constructor universal al digitalizar la química, abriendo un camino que en pocos lustros quizá nos permita fabricar cualquier objeto a demanda en el ámbito doméstico.

Si en cien años de experimentos realizados a diario no se alumbrara vida alguna en las matraces de un laboratorio terrestre, estaríamos ante un claro indicador de que el tránsito de la abiótico a lo biótico no debe ser algo frecuente. Lo que no podríamos saber en un laboratorio es cuán infrecuente sería el paso de la vida biológica a la vida tecnológica, una senda que ya hemos empezado a transitar en nuestro planeta y que se acelerará con el desarrollo de la inteligencia artificial. Walker señala que la transición hacia una tecnosfera puede ser vista como un progreso evolutivo similar al que llevó hace cientos de millones de años a la multicelularidad, un salto cuyas posibilidades para nuestro futuro son imprevisibles. Como dice al final de su libro, "presumiblemente cualquier planeta con vida llega a un precipicio crítico donde debe entender sus más profundos orígenes evolutivos para entender cómo podría ser su futuro y conducirlo". A su linaje (que es el nuestro) dedica precisamente este ameno y necesario libro, en la esperanza de que un día "lleguemos a entender quiénes somos". ¡Así sea, Sara!

miércoles, 19 de junio de 2024

Los pensamientos son los pensadores: Michael Levin apela a William James


El biólogo Michael Levin propone concebir los yoes como patrones informativos dinámicos, como memorias inteligentes con agencia que ejercen los márgenes de libre albedrío limitado que permite el universo. Las memorias pueden considerarse a este respecto como mensajes que un yo estático del pasado envía a un yo estático del futuro. Son los engramas, las instanciaciones físicas de la memoria (un ejemplo es el ADN), los que viajan en el tiempo de una instantánea del yo a la siguiente. Las instanciaciones pueden ser entre cuerpos diferentes  -caso del mensaje que viaja entre un yo oruga y un yo metamorfoseado en mariposa- e incluso tener otros substratos aparte del orgánico, como el digital (por cierto, cada vez resulta más innegable que los modelos grandes de lenguaje como ChatGPT son patrones informativos dinámicos e inteligentes). Cada yo dinámico es un agente cognitivo inserto en una vasta red interactiva biológica, con relaciones tanto horizontales como verticales, donde cada uno interpreta de manera flexible (dependiendo de su umwelt -su particular mundo subjetivo- y sus necesidades en el escenario físico) la información expresada en esos engramas en un proceso continuo de construcción de significado y sentido. Por eso Levin habla de policomputación. 

Con este enfoque se rompen las dicotomías datos-máquina (hardware) o datos-algoritmo (software), al entender la información no como un elemento pasivo sino activo. Y se pone el acento en un concepto clave a todas las escalas (desde la celular a la social): la creatividad. Se trata de confabular para solucionar problemas, al servicio de la supervivencia (en un entorno cambiante donde la vida, sujeta también a cambios internos como las mutaciones, es muy vulnerable), de modo que lo más importante de la memoria no es que sea exacta sino que permita extraer significados. El aprendizaje consiste precisamente en esto último, en generalizar a partir de información comprimida o de grano grueso (no detallada): para saber distinguir un león de un tigre no hace falta tener un conocimiento de grano fino de esos objetos físicos. El aprendizaje es pues heurístico: funciona a base de atajos cognitivos. Y comporta una reconfiguración de los engramas, como se observa en toda red neuronal.

El yo dinámico propuesto por Levin entronca con el concepto de persona del filósofo Derek Parfit: un conector de experiencias. No somos una instantánea sino una colección psicológicamente conectada y continua de estas (lo que Parfit llama R), información activa e inteligente según Levin. Cuando nos cuidamos estamos siendo compasivos con nuestro yo futuro, que no deja de ser otra persona como cualquier otra aparentemente más ajena. Puede que las experiencias ya estén ahí (en un ámbito platónico) para ser navegadas por los yoes dinámicos, que son los agentes cognitivos. ¿Pero quién es, en el fondo, el navegante?... ¿Un agente trascendental único, como el apuntado por Donald Hoffman y el hinduismo, dedicado a contemplar el mundo desde todas las perspectivas posibles?...

El físico platónico George Ellis va en una línea parecida a la de Levin. Para él, entidades abstractas como las ideas tienen poder causal en el mundo. Esas ideas no solo no nos pertenecen, sino que nos usan para instanciarse y abandonar su morada abstracta (que algunos identifican con el inconsciente colectivo de Jung, ahí abajo del todo como supuesta raíz de toda consciencia). Así es cómo él intepreta la causalidad descendente, aunque prefiere hablar más bien de realización que de causalidad (esta última sería estrictamente horizontal; a diferencia de la realización, que va de arriba abajo; y de la emergencia, de abajo arriba). Levin subraya que las ideas o pensamientos son patrones cognitivos, no necesariamente alojados en un cerebro, que se refuerzan a sí mismos y tienen la capacidad de producir otros pensamientos o ideas. Lo que desconocemos es cómo interaccionan esos patrones abstractos y su encarnación física, cómo logran instanciarse. 

El filósofo Bernardo Kastrup confiesa su intuición de que a cada uno de sus actos creativos subyacen ideas o arquetipos que pugnan por emerger desde un amorfo fondo inconsciente junguiano. Sentirse como un medio utilizado por insondables entes abstractos no es para él motivo de angustia sino todo lo contrario: una fuente de alivio y de consuelo, una manera de quitarse presión. Me resulta fascinante pensar que este texto pueda estar siendo escrito al dictado de un agente inmaterial. Ya no es solo que los pensamientos sean los pensadores, como decía William James y suscribe Levin, sino que las ideas empleen como vehículo necesario al creador para salir a la luz.


jueves, 18 de enero de 2024

Los agentes cognitivos de Kevin Mitchell: condicionados y, por tanto, libres

El neurogenetista irlandés Kevin J. Mitchell propugna, en una línea muy parecida a la de su colega biólogo estadounidense Michael Levin, la necesidad de incluir en el estudio científico de la vida conceptos aún confinados al ámbito de la psicología o la filosofía como propósito o significado (la relación entre un signo y la cosa que representa). Postula poner la volición en el centro de la biología: los seres vivos, por muy primitivos y simples que sean, no son objetos pasivos (Levin va todavía más lejos, descendiendo hasta moléculas y células) sino entes volitivos con cierta libertad para decidir y, por tanto, dotados de poder causal para mantener su autonomía en el mundo frente al constante empuje hacia el desorden desde el exterior (la implacable segunda ley de la termodinámica). En suma, son agentes cognitivos activos y relativamente libres que tienen objetivos y propósitos. Un empeño de este profesor del Trinity College de Dublín es naturalizar esa agencia, quitarle su pátina mística: no hay fantasma en la máquina, la propia máquina es el fantasma.

En su libro Free Agents: How Evolution Gave Us Free Will, Mitchell apunta a la indeterminación cuántica, presente en la escala más pequeña de la realidad, como el factor que hace posible que los agentes cognitivos del universo dispongan de márgenes de libertad y no se limiten a ejecutar un guion ya predeterminado. Como dijo Alfred North Whitehead (ingeniosamente etiquetado por Matt Segall como un matemático británico y un filósofo americano), en esa indeterminación fundamental radican tanto nuestra condicionada libertad como nuestra creatividad. La existencia de esos grados de libertad, que se ensanchan al alumbrarse nuevas emergencias (química, biológica, psicológica...) y agentes superiores, es un anatema para la ortodoxia científica, que sigue anclada a una visión reduccionista del universo conforme a la cual la cascada de causas y efectos iniciada en el Big Bang no deja resquicio alguno para que un agente pueda elegir libremente. Esta visión niega que los agentes cognitivos puedan ejercer un poder causal hacia abajo (causalidad descendente), ya que el reduccionismo solo concibe la causalidad desde abajo hacia arriba y exclusivamente determinada por las leyes físicas. Pero la indeterminación cuántica crea, en palabras de Mitchell, una causal slack (holgura causal) que sí permitiría esa causalidad descendente. Desde luego, nuestro sentido común nos dice que la influencia causal de arriba abajo es posible: un mensaje de WhatsApp para comunicarnos que nuestro equipo (en mi caso, la Unión Deportiva Las Palmas) ha encajado un gol en el último minuto del partido puede hacer que se nos encoja el corazón, liberemos hormonas e incluso conduzcamos a la muerte a cientos de nuestras células epiteliales si decidimos dar un puñetazo de rabia contra la pared. Hay ciertamente principios emergentes (caso de las leyes que rigen la selección natural) que no son reducibles a las leyes fundamentales de la física.

Mitchell subraya algo capital al refutar a quienes sostienen que el libre albedrío solo sería posible si un agente estuviera completamente libre de la influencia de toda causa previa (Hume fue precursor de esa engañosa idea). Como bien dice el científico irlandés, un ser libre de toda cadena causal no podría haber evolucionado y no tendría motivo alguno para actuar ni memoria útil para guiar su conducta: su comportamiento sería absolutamente aleatorio, lo cual es incompatible con la persecución de cualquier meta o la existencia de algún tipo de propósito. Si no te pica la cabeza no vas a molestarte en rascártela, o en buscar en Internet un remedio contra la descamación o ir al dermatólogo. Si yo no hubiera descubierto a Mitchell en una entrevista en YouTube, no estaría ahora escribiendo esto. No hay libertad absoluta, sino condicionada causalmente: yo pude haber escrito otra cosa hoy, o en su lugar haber salido a dar un paseo al campo (la meteorología me condicionó: ¡estaba lloviendo!). Según William James, primero está el chance (el componente indeterminado del libre albedrío) y luego el choice (el componente de elección, muy determinado por nuestro carácter, valores, deseos...). Recordemos a este respecto que Schopenhauer afirmó que somos libres para hacer lo que deseamos pero no para escoger lo que deseamos. No hemos elegido tener deseo sexual ni instinto de supervivencia. Ni tampoco sentirnos a gusto a una temperatura en torno a los 25 grados.

Para Mitchell, no es pues suficiente con el concurso de las leyes físicas fundamentales para determinar la evolución de un sistema físico de un estado a otro. Pensamientos, creencias y deseos son entidades abstractas que no pueden reducirse a la dinámica elemental de electrones y quarks, pero tienen poder causal sobre un mundo físico del que no forman parte. La clave del surgimiento de estos objetos simbólicos es la interacción de los agentes con su entorno a lo largo del tiempo. O sea, se necesita una continuidad temporal: hace falta un yo dedicado a aplicar el conocimiento obtenido en el pasado (a través de su experiencia) para predecir el futuro y guiar sus pasos en el mundo. A lo largo de una evolución de cientos de millones de años, partiendo de materia inicialmente inerte (aquí Mitchell se desmarca del pampsiquismo, que extiende la volición en el tiempo hasta el comienzo del universo y en el espacio hasta las partículas elementales), los seres vivos habrían desarrollado ese poder para elegir y así adaptarse activamente a las circunstancias cambiantes haciendo cambios en sí mismos o en su entorno. Y también, en el caso de seres más complejos como los humanos, el poder para planificar en un horizonte temporal más o menos largo. Siempre con la meta común principal de mantener los gradientes (químicos, de temperatura, de presión) con el exterior, o sea de mantenerse separado del resto del universo y no disolverse en el entorno: de seguir con vida. El del científico irlandés es un planteamiento holístico de la cognición, que no es reducible a los mecanismos neuronales sino resultado de una compleja y dinámica interacción multinivel dentro del agente cognitivo: entre información genética, información sensorial, experiencia acumulada, símbolos mentales y significados de orden superior que se expresan en patrones neuronales (a través de unas señales tan arbitrarias como las letras de una frase). La verdadera moneda del sistema nervioso sería el significado: allí es donde se encuentra la palanca causal.

Mitchell no cree que una inteligencia artificial general pueda ser alcanzada sin agencia. Sin esta, un ChatGPT no será capaz de comprender las relaciones causales (de entender, por ejemplo, que la noche no está causada por el día ni viceversa), de saber cómo actuar ante una situación nueva o de moverse adecuadamente más allá del espacio lingüístico que habita. Para hacerse con esa agencia tendrá que estar conectada a robots o entes orgánicos dispuestos en el tablero espacial tridimensional (o quizá en un mundo virtual) en el que nos desempeñamos los seres vivos: tendrá que sentir la presión de sobrevivir y aprender a navegar en el mundo, lo que muchas veces requiere atajos heurísticos y respuestas rápidas más que sofisticadas computaciones. La agencia sería antesala de la superinteligencia, no al revés.

Hay una cuestión a este respecto con la que quisiera terminar a modo de duda metafísica. Si el universo volviera a ejecutarse desde el principio (el Big Bang) con su mismo estado inicial y sus mismas leyes físicas, ¿los agentes volitivos decidirían de manera exactamente igual a como lo han hecho en nuestro universo? La aleatoriedad basal impediría que los sucesos fueran los mismos, pero si ese ruido de fondo fuera exactamente igual (en un esquema pampsiquista, si las partículas elementales que toman decisiones binarias no actuaran de forma diferente), nos toparíamos con un nuevo tipo de determinismo (¿libertarianismo compatibilista?). Mitchell habría escrito este libro porque así lo decidió conforme a sus preferencias, influencias y condicionamientos, ¿pero en las mismas circunstancias (si en otro universo con el mismo estado inicial y leyes todos sus agentes hubiesen tomado exactamente las mismas decisiones desde el Big Bang) no habría hecho exactamente lo mismo?...

domingo, 27 de mayo de 2018

Megaconglomerados bacterianos racionales y con ropa (y a veces también irracionales)


Leyendo a Lynn Margulis, eminente bióloga que además fue esposa de Carl Sagan, uno experimenta un vértigo inquietante a la par que fascinante. Es inevitable ser presa del asombro al saber que bacterias libres de hace dos mil millones de años parecen ser los ancestros de todas nuestras células, que otras bacterias independientes fotosintéticas de hace varios cientos de millones de años pueden ser los antepasados de las mitocondrias alojadas dentro de nuestros ladrillos celulares (así como de los cloroplastos de las células vegetales) y que las espiroquetas (bacterias con flagelo) podrían estar en el origen de todas nuestras células musculares, espermatozoides y neuronas.

Esto va mucho más allá de constatatar que nuestros abuelos de hace seis millones de años son los mismos que los de los actuales chimpancés, que los de hace 60 millones de años son los mismos que los de los actuales lémures o que los de hace 600 millones de años son los mismos que los de las actuales plantas y hongos. Es una conexión remota y a la vez íntima con un mundo microscópico que no solo permite que existamos sino que además es parte activa de nuestra vida (hablo de nuestro propio cuerpo, ya que las bacterias simbióticas que pueblan su interior -por ejemplo, el intestino grueso- son un interesante capítulo aparte).

Pensamientos y sentimientos humanos serían pues producto de una red neuronal de origen bacteriano (hay estudios científicos que incluyen también a las bacterias intestinales simbióticas en la fábrica de nuestra psique, al influir en nuestro estado de ánimo), por lo que los principios básicos de funcionamiento de la mente humana (de cualquier inteligencia animal) podrían no ser muy distintos a los de una comunidad bacteriana desarrollada en una manzana podrida o en la placa de Petri de un laboratorio. Una diferencia es el tipo de información recogida y procesada por la red: en el caso de las comunidades bacterianas y de los vegetales, solo señales químicas (feromonas) o eléctricas y datos ambientales rudimentarios (acidez, humedad, temperatura, luz...); en el caso de los animales, datos sensoriales mucho más profusos con los que se construye la visión, la audición, el olfato, el gusto, el tacto, la inteligencia social... Otra diferencia es el modelo centralizado en nuestro caso animal (con el cerebro como centro de control) y el descentralizado en el de bacterias y plantas. Por supuesto, lo más importante es el nivel de complejidad de la red (el número de conexiones entre nuestras neuronas es gigantesco, lo que nos permite el estudio de agujeros negros o de ondas gravitacionales).

Ya nos dice la ciencia que el lenguaje no es necesario para tener un pensamiento racional: animales humanos y no humanos actúan racionalmente (por la cuenta que les trae, ya que la selección natural no perdona) y también a veces irracionalmente (así como los humanos tenemos religiones, los no humanos también exhiben prácticas supersticiosas y absurdas mientras estas sean funcionales -la religión lo ha sido- o al menos no disfuncionales para la supervivencia). ¿Y si las bacterias también se condujesen racionalmente, a modo de ordenadores que, conforme a un determinado programa, generan outputs a partir de una serie de inputs?... ¿Y si el conjunto de la biosfera, identificado con el Gaia autorregulado de Lovelock, fuese un agente racional?... ¿Y si bacterias y Gaia también pudiesen comportarse irracionalmente?...

sábado, 13 de mayo de 2017

"Cuestión de genes" ("A dangerous idea"): un burdo panfleto negacionista


Hace unos días emitieron en La 2 el documental "A dangerous idea", doblado al español bajo el título de "Cuestión de genes" (puedes verlo en este enlace). Se trata de un panfleto destinado a convencernos de que los genes "no determinan nuestros rasgos" ni tienen demasiada importancia. Y también a desacreditar a científicos de la talla de James Watson (Premio Nobel, codescubridor en 1953 de la estructura en doble hélice del ADN), Edward O. Wilson (padre de la sociobiología), Richard Dawkins (autor de El gen egoísta) e incluso indirectamente al propio Charles Darwin, estableciendo vínculos entre sus hallazgos y cosas tan repugnantes como el supremacismo racial, las esterilizaciones forzadas o los delirios eugenésicos. ¡Como si los nazis hubieran inventado la selección natural y los genes! El documental pretende vendernos la idea de que la heredabilidad de la inteligencia o las diferencias entre hombres y mujeres son "ridiculeces biológicas", que el género es un constructo social sin fundamento biológico (penes, testículos y vaginas tendrían poco que decir al respecto), que la biología molecular se ha convertido en una peligrosa religión con profetas a los que se sigue ciegamente...

Posmodernistas y feministas radicales harán las delicias con un antropólogo llamado Agustín Fuentes que afirma alegremente que "la biología no explica la diferencia de géneros" y que "la idea de que hay una cosa ahí dentro que yo paso a mis hijos y tú a tus hijos (...) no es así, pero es una metáfora muy potente y una historia realmente buena". Los estudios culturales y de género, cada vez más influyentes en las universidades occidentales pese a estar sesgados ideológicamente y teorizar de espaldas a toda evidencia científica, están haciendo un flaco favor al conocimiento de la naturaleza humana. Según cuenta el tuitero @Yeyoza, en la televisión sueca han llegado a afirmar que si las mujeres son más pequeñas que los hombres es por culpa del patriarcado.

Es un disparate negar que tenemos, al igual que cualquier otro ser vivo, una programación genética en nuestras células. Por supuesto, los humanos también contamos con cultura además de genes: de hecho, la clave de nuestro triunfo evolutivo parece estar en ella, en nuestra capacidad para cooperar en masa gracias al lenguaje y los mitos compartidos (que, según el historiador Yuval Harari, no habrían sido inventados sin una mutación genética -¿o quizá una modificación en la expresión de los genes?- que hace 70 mil años permitió a nuestros antepasados el desarrollo de una nueva capacidad cognitiva: la de imaginar cosas inexistentes). Lo que somos es producto de la interacción entre genes y cultura, pero el sustrato genético es fundamental y lo cultural emerge de él.

El genoma del Homo sapiens es el código de instrucciones que hace que seamos humanos y no ardillas, bacterias o robles. Todos los bípedos implumes compartimos la mayor parte de esa programación, pero hay pequeñas diferencias (solo en un 0,1% del ADN) que son las que explican la diversidad individual de la humanidad. Nadie es genéticamente igual a otro, salvo que se trate de gemelos univitelinos: hay personas más listas y más tontas, más altas y más bajas, más pacíficas y más agresivas, con mayor o menor tolerancia a la lactosa o el gluten... Esa variabilidad existe en todos los reinos de la vida y es el repertorio sobre el que actúa la selección natural: no habría selección o criba si todo fuese igual. Constatar que somos diferentes, y en particular que hombres y mujeres son distintos, no significa que no debamos disfrutar de los mismos derechos.

Si la altura, el tipo de cabello o el color de los ojos son rasgos heredados (quiero suponer que esto no lo pone en duda ningún abanderado del posmodernismo o el feminismo radical), ¿por qué no iban a serlo la inteligencia, la agresividad o la empatía? Si los masai son por lo general más altos que los galeses, y los chinos más intolerantes a la lactosa que los suecos, es por una cuestión genética (por supuesto, siempre habrá galeses más altos que masais, suecos intolerantes a la lactosa y chinos que beban leche sin problema). Pero, así como hay individuos más inteligentes que otros, ¿nos atreveríamos a descartar que un pueblo o colectivo X sea en promedio más inteligente que otro Y por una posible ventaja genética? (ya hay quienes sostienen con buenos argumentos que hay culturas superiores a otras, como apunté en otra entrada de este blog)... Reconozco que esto supone entrar en terreno espinoso porque podría dar munición a gentuza racista, que además no suele ser muy inteligente. ¿Debería la verdad abrirse paso siempre, por incómoda que sea?... En cualquier caso, insisto en que las diferencias en las capacidades y aptitudes de los humanos no deben traducirse en distinciones en su dignidad: aquí entra en juego la moral (recordemos que el discurso especista convencional priva a los animales de todo derecho a vivir apelando a su inferior inteligencia).

En "A dangerous idea" se señala que "la idea del ADN como la de un gen todopoderoso (sic)" fue severamente cuestionada cuando se descubrió que el llamado ADN basura es mayoritario, o sea que la mayor parte del genoma no codifica proteínas ni desempeña función conocida alguna. Precisamente, recientes investigaciones científicas (como las de Ewan Birney, coordinador del proyecto ENCODE) apuntan en sentido contrario: todo el genoma sería funcional, de modo que lo que pensábamos que no hacía nada parece estar implicado en la regulación de la expresión de los genes y en la organización de la arquitectura cromosómica. Pero aun suponiendo que existiera el ADN basura (se especulaba que fuese simple material parasitario de acompañamiento), ¿por qué habría de ello derivarse que no estamos fuertemente influidos por los genes?... Otro supuesto golpe a la religión genetista habría sido, según el panfleto, descubrir que el número de genes de los humanos (unos 20.000) era mucho más pequeño que el esperado inicialmente e incluso inferior al de otras especies animales y vegetales. ¿Pero eso acaso significa que no estemos en buena medida determinados genéticamente?... Antes también pensábamos que un cerebro más grande debía ser más inteligente, pero no necesariamente es así. Genoma y cerebro son realidades extremadamente complejas y todavía bastante desconocidas.

Podríamos definir al gen como cualquier trozo del genoma (el genoma humano tiene más de 3 mil millones de caracteres extraídos de un alfabeto de cinco letras -A, G, C, T y U- que son las bases nitrogenadas) que determina algún rasgo de un organismo vivo y se transmite a través de la herencia de generación en generación. Desde luego que no existe un gen del terrorismo o un gen de la creencia en Dios, pero sí que hay una mayor o menor predisposición genética a la agresividad, la impulsividad o la racionalidad que hace que algunas personas estén más inclinadas -la educación y la cultura dan el empujoncito- al ejercicio del terrorismo o la creencia en Dios (o a las dos cosas al mismo tiempo). Claro que no hay un gen de la inteligencia, puesto que se trata de un rasgo multifactorial definido por diferentes genes. Y por supuesto que el entorno influye, ya que el sustrato genético puede ser potenciado o inhibido culturalmente. Una propensión genética a una alta inteligencia puede verse truncada si quien la porta sufre malnutrición, no recibe adecuados cuidados médicos o no es estimulado intelectual y afectivamente en los primeros años de su vida. Eso explica que los tests de inteligencia realizados a individuos de los colectivos sociales más desfavorecidos suelan arrojar malos resultados. O sea, la pobreza perjudica a la inteligencia por la misma razón por la que el bienestar económico y social la favorece. Pero eso no debe hacernos olvidar que la inteligencia potencial viene de serie al nacer.

El experto en relaciones entre ciencia y religión Robert Pollack alerta de que no hemos aprendido nada de la capacidad humana para hacer el mal al nacido diferente, una capacidad supuestamente alimentada por ideas relacionadas con la genética. Ignora que esa propensión genocida está precisamente inscrita en nuestros genes y, por desgracia -¡aunque sin ella no estaríamos aquí!-, ha informado nuestra historia evolutiva. Quizá también desconozca que nuestros buenos instintos están igualmente impresos en nuestro genoma. Desde luego, ignorando la naturaleza humana (que es tanto cooperativa como egoísta y malvada) no aprenderemos demasiado y seguiremos tropezando con la misma piedra. Al final del programa se dice que es "muy liberador" descubrir que los genes no pintan mucho, ya que ello significa que a través de la educación podremos un día erradicar la violencia y el mal y alcanzar una Arcadia feliz e igualitaria: ¡todos seríamos compañeros y compañeras cooperadores y cooperadoras! Pero es falso que seamos hojas en blanco al nacer y que la educación pueda redimir a toda la humanidad (la psicopatía, que tiene un fundamento genético, es incorregible). Como bien dice Watson, "no podemos ser lo que queramos"... salvo que modifiquemos nuestra programación genética. Y es mejor saberlo para no llamarnos a engaño con quimeras irrealizables (unos sueños utópicos que, paradójicamente, nos han conducido a algunas de las más siniestras distopías).

En su ataque a los profetas del gen, los autores del documental han tenido la mala fe de poner inmediatamente después de un plano de Richard Dawkins hablando desde un estrado la imagen de un cartel de Monsanto, uno de los patrocinadores del acto en que participaba. El mensaje subliminal es evidente: "Ya veis los intereses espurios que hay detrás de estos fanáticos del gen". Es la guinda de un panfleto pseudocientífico que de manera singularmente grotesca, aunque con la mejor de las intenciones (poner freno a las idioteces supremacistas en la sociedad estadounidense), pretende hacer pasar como pseudociencia tanto a la genética como a la biología y la psicología evolucionarias.

(Mi agradecimiento al biólogo Antonio José Osuna Mascaró, autor de El error del pavo inglés, por su atenta lectura del texto y sus valiosas sugerencias)

domingo, 30 de abril de 2017

El bien, el mal y la selección natural

León en Namibia (Kevin Pluck).

Charles K. Fink recoge en su interesante artículo The predation argument la controvertida tesis del filósofo Steve Sapontzis de que un león hace el mal al matar a sus presas para alimentarse. Aunque, según Sapontzis (a cuyo planteamiento se adhiere Fink), la no condición de agente moral eximiría de culpa al temible félido y a cualquier otro depredador no humano: sería un caso equiparable al de un niño de dos años, que puede hacer cosas malas -por ejemplo, torturar a un gatito hasta la muerte- pero no por ello es malo sino inconsciente de la malignidad de sus actos.

El mal parece algo relativo e imposible de definir sin las anteojeras de la subjetividad humana, pero un enfoque utilitarista puede arrojar luz al fundarse en una verdad irrebatible: la de que toda criatura viva pugna por seguir viviendo, buscar el placer y eludir el dolor (aunque a veces se sacrifique por el bien común, que no dejaría de ser el propio en el caso de un superorganismo como una colmena). Matar o hacer sufrir a un ser vivo, ya sea por perversión o para sobrevivir, sería pues algo malo. La tortura a un gato no deja de ser menos atroz para el minino si quien la ejerce es un niño pequeño inconsciente en vez de un adulto sádico. La muerte de una gacela no deja de ser menos atroz para ella si es por la mordida de una leona -que con su carne alimentará a sus cachorros- o por el balazo de un cazador deportivo. Un acto malo lo es con independencia de la responsabilidad moral de quien lo ejerce. Por supuesto, a veces resulta necesario que un agente moral como el humano inflija daño o muerte, de igual modo que hace un león para sobrevivir, en pos de un bien moral: el ejemplo más claro es la autodefensa, ya sea frente a una bacteria nociva, un mosquito, un león -al que, obviamente, no podemos culpar de intentar darnos caza- o un congénere tóxico.

Por definición, la selección natural nunca se equivoca al segar lo que no es funcional para la supervivencia. No se ocupa de otra cosa ni hace juicio moral o de valor alguno (no podría hacerlo, puesto que carece de toda voluntad o inteligencia): simplemente elimina los rasgos que no favorecen la supervivencia, que desaparecen junto con sus portadores. Y lo cierto es que tanto las conductas bondadosas como las malévolas han sido seleccionadas por aportar ventajas a quienes las exhiben: los grupos cuyos individuos se ayudan mutuamente son más sólidos -en consecuencia, están mejor provistos para favorecer la supervivencia de sus integrantes- que aquellos donde cada uno va solo a lo suyo perjudicando y dañando a sus congéneres; por otro lado, también sabemos que la depredación es funcional, como lo son igualmente el engaño, el escaqueo y otras malas artes cuando logran pasar inadvertidos (que se lo digan si no al pájaro cuco -el que tima a otras aves para sacar adelante su prole- o a Donald Trump).

¿Es la senda humana (mejor dicho, la de los mamíferos más inteligentes) hacia la compasión y el sentimiento moral exclusiva de la vida en la Tierra? Sin salir de nuestro planeta, ¿podría haber dentro de 300.000 años superleones o supermapaches morales que se planteen la maldad de la depredación? Abandonando ahora nuestro hogar planetario, ¿habrá sido seleccionada la compasión en otros mundos con diferentes circunstancias geológicas, climáticas, biológicas o de cualquier otra índole? ¿Puede que tanto la compasión como la crueldad sean rasgos generalizables a cualquier escenario del Universo en el que haya prendido la inteligencia? De ser así, ¿habrá mundos en los que la compasión derrota a la crueldad (o sea, la primera es seleccionada naturalmente por una supuesta ventaja evolutiva sobre la segunda)?, ¿existirá siempre un equilibrio evolutivo entre ambas como el observado en la Tierra?, ¿acaso vencerá el mal en algunos lugares?...

Kent Baldner critica a Sapontzis por considerar que la depredación es inaceptable, ya que ello implica suponer que hay algo moralmente repugnante en la Naturaleza y que nosotros debemos enmendarle la plana (lo que, a su juicio, sería algo tremendamente arrogante). ¿Pero acaso no somos Naturaleza los humanos (o los hipotéticos seres inteligentes morales de otros mundos)?... Ya venimos corrigiendo a la Naturaleza desde hace mucho con los injertos de plantas, la domesticación de animales, la ropa, las vacunas, los antihistamínicos, la anestesia epidural, la calefacción, los anticonceptivos, la ingeniería genética...

No quiero terminar sin anticiparme al posible comentario jocoso de que comer vegetales sería hacer el mal (algunos enemigos del vegetarianismo ético parecen muy preocupados por el bienestar de las plantas). Siendo coherentes con el razonamiento de Sapontzis, por supuesto que lo sería: todo ser vivo, animal o vegetal, pugna por seguir viviendo. Como también sería un acto malo el ir andando por el campo sin mirar el suelo para evitar el aplastamiento de hormigas e incluso de plantas herbáceas. Es aquí cuando hay que traer a colación a Fernando Pessoa: "Un exceso de conciencia inhabilita para la vida". Nosotros no somos responsables de que el estado inicial y las leyes de este universo condujeran a la depredación (es más, ¡hemos sido fruto de esa evolución!). No habríamos nacido de no haber sido por todas las plagas y azotes del pasado, desde el impacto de un meteorito hace 65 millones de años hasta la Segunda Guerra Mundial pasando por el exterminio de los neandertales o la Peste Negra. Somos hijos de la depredación en un camino de perfección moral en el que solo podemos aspirar a reducir razonablemente, de manera compatible con nuestra supervivencia, la inevitable huella de sufrimiento que dejaremos a nuestro paso. Puede que esa misma condición moral acabe siendo disfuncional y llevándonos a la degeneración y la extinción, pero eso ya es competencia de la selección natural: ella, como siempre, dictará una sentencia inapelable.

lunes, 17 de abril de 2017

Un viaje hacia la perfección (acaso desde la nada) gracias a la selección natural

Flor de la camelia, por trishhartmann

Todo lo que existe en el reino de los seres vivos ha superado la criba de la selección natural o es una inadaptación condenada a desaparecer a corto plazo. Lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo feo, lo adorable y lo odioso, lo compasivo y lo cruel, están ahí porque han sido funcionales para la supervivencia de sus portadores (salvo que se trate de inadaptaciones, efímeras por su propia naturaleza, tal como antes apunté). O sea, porque han permitido la adaptación de los organismos vivos a la evolución del Universo, a su vez determinada por su estado inicial y sus leyes. Fenómenos emergentes como la inteligencia, la consciencia y la moral se cuentan entre las grandes obras de una selección natural ciega, inconsciente y amoral que funciona simplemente por eliminación: las mutaciones no adaptativas son podadas sin piedad.

De esa manera tan sencilla e incluso tosca, mediante una constante e inmisericorde poda de mutaciones aparentemente aleatorias, la vida avanza en complejidad. Y digo "aparentemente" porque podría ser que no existiese la aleatoriedad y todo estuviera completamente determinado conforme a un estado inicial y unas ciertas leyes. En ese caso nada sería contingente sino necesario, fruto de la materialización de las únicas posibilidades permitidas. Porque el Universo no permite cualquier cosa (sí lo haría, por definición, un hipotético Multiverso constituido por todos los universos posibles).

El poderoso principio de la selección natural se puede generalizar a ámbitos prebióticos, anteriores a la vida (también a fenómenos emergentes de orden superior como las culturas y los memes): los agregados moleculares con capacidad para reproducirse fueron seleccionados, por razones obvias, en detrimento del resto. El principio se podría aplicar incluso a los universos: solo los universos autoconsistentes sobreviven, se expanden y permiten así el surgimiento de la vida, la inteligencia y lo que acaso pudiera venir después. Si así fuera, ya no solo seríamos la muestra viviente de tres mil millones de años de evolución sino también de una muy exigente selección previa de universos del infinito catálogo del Multiverso. Una carrera ciega, inconsciente y amoral hacia la perfección (¿inclusive la moral?), acaso desde la nada.

domingo, 9 de octubre de 2016

Las infinitas formas de ser y percibir

Nos dice Carl Sagan en Los dragones del edén que el número de estados mentales que puede alcanzar el ser humano, suponiendo que el cerebro contiene 10 elevado a 13 sinapsis (conexiones entre neuronas) y que cada sinapsis es un bit de información, es de alrededor de 2 elevado a 10 elevado a 13. Es un número ingente que supera en mucho a la cantidad de partículas elementales existentes en el Universo. Esta es la razón por la que cada individuo humano es distinto (ni siquiera son iguales los hermanos gemelos univitelinos criados juntos, ya que el factor ambiental -las experiencias- ensancha muchísimo la base genética) y por la que la diversidad mental de nuestra especie no se agotaría en toda la historia del Cosmos. Tengamos en cuenta que ese número crecería a medida que lo hiciera el número de sinapsis cerebrales en el futuro, alumbrando así nuevos estados por ahora inaccesibles.

Si incluyéramos en este cálculo de Sagan todos los estados mentales de cualquier ser vivo de la Tierra (pasado, presente y futuro), la cifra sería aún más mareante. Incluyendo la hipotética vida extraterrestre, tendríamos material más que suficiente para rellenar todas las historias de un también hipotético Multiverso: todas las formas de percibir subjetivamente, dentro del espacio-tiempo, el mundo de ahí fuera.

¿A alguien se le ocurre mejor tablero de juego para una presunta Conciencia Universal (llamémosla Sustancia, Brahman, Ser, Dios o como queramos)?: poder ser desde un adenovirus hasta Dolores de Cospedal pasando por un estreptococo, un olivo, el caracol que aplastaste involuntariamente ayer por la mañana, Gengis Khan, Albert Einstein, un rinoceronte blanco o un alienigena. Cada uno de nosotros consistiría en una colección de ese cuasinfinito catálogo de estados mentales, uno de los modos que tendría el Cosmos de percibirse a sí mismo.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Güntürkün y la evolución convergente: aquí en la Tierra como fuera de ella


El neurocientífico germano-turco Onur Güntürkün, intrigado por las extraordinarias habilidades cognitivas de los córvidos (comparables a las de los chimpancés), se puso hace más de un decenio a investigar las diferencias entre el cerebro de las aves y el de los mamíferos. Sus conclusiones, magníficamente expuestas en el vídeo de arriba, corroboran la existencia de diversos caminos para la inteligencia y apuntalan la hipótesis más general de la evolución convergente de los seres vivos: la de que formas y estructuras diferentes conducen a resultados parecidos al dar respuesta a los mismos problemas.

En la Naturaleza, los grados de libertad son escasos: hay restricciones físicas para la organización y el desarrollo de los organismos vivos que imponen forzosamente una determinada arquitectura, descartando Dumbos, unicornios voladores y otros diseños estrambóticos del cuasinfinito arsenal platónico de las formas. Por lo tanto, solo son viables determinadas disposiciones corporales (así como ciertas conductas). La selección natural premia tener ojos: por eso es una fórmula muy común, a la que han llegado especies tan distantes genéticamente como los mamíferos y los cefalópodos. También favorece las alas como solución óptima para el vuelo: a ellas han arribado, por vías evolutivas bien diferentes, los insectos, las aves e incluso un mamífero (el murciélago). No hay mejor guía que la Naturaleza -para ser más exactos, que la implacable selección natural sobre la evolución genética- para seres inteligentes que pretendan construir objetos: los aviones, no en vano, también tienen alas.

Como dice Güntürkün, a partir de muy diversos animales "se converge hacia las mismas soluciones neuronales: no hay muchas otras soluciones para conseguir las mismas operaciones cognitivas". Esto que es válido para la cognición puede aplicarse a otros ámbitos como la locomoción. En su estudio comparativo del cerebro de aves y mamíferos, el neurocientífico nacido en Turquía constata que la gran diferencia es la existencia en los mamíferos de un córtex prefrontal laminado; en las aves, carentes de córtex prefrontal, la evolución cerebral ha llevado al desarrollo del palio dorsal. Se trata de esquemas organizativos bien distintos, pero que ofrecen altas y parecidas prestaciones cognitivas (entre ellas, la capacidad para reconocerse uno mismo frente a un espejo, que exhiben los cuervos).

Las implicaciones que esto tiene para una hipotética vida extraterrestre son evidentes: si hay vida ahí fuera, no debería ser muy diferente a la de aquí. La solución "aleta" no solo es óptima para desplazarse por el medio acuático de la Tierra: también lo sería, como elemento corporal que ofrece resistencia a un fluido, en un océano alienígena de metano. Las soluciones "ojo", "ala" e "inteligencia" también tenderían a imponerse, premiadas por la selección natural. Así que es probable que haya extraterrestres inteligentes parecidos a nosotros los humanos, o acaso a lo que nuestros dinosaurios serían ahora de no haberse truncado su evolución hace 65 millones de años (en el Museo Arqueológico de Madrid hay un muñeco a escala natural de lo que podría ser un reptil inteligente, descendiente de aquellos desafortunados gigantes del Cretácico). Incluso podrían seguir el modelo de inteligencia colectiva de un termitero o una colonia bacteriana, aunque a un nivel muchísimo más avanzado (una especie de superconciencia en red).

Mi agradecimiento a Antonio Osuna por darme a conocer en Twitter el vídeo de Onur Güntürkün.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Endosimbiosis: de aquellos polvos, estos lodos mitocondriales

Hace unos 1.500 millones de años, aquí en la Tierra, se produjo un evento aparentemente trivial (entonces no había inteligencia alguna conocida para observarlo y juzgarlo) cuyas consecuencias se proyectan hasta nuestros días no solo felizmente (¡no estaríamos aquí para contarlo!) sino también de manera trágica. Lo que ocurrió fue que una célula eucariota (con núcleo) engulló a una bacteria con capacidad de hacer la fotosíntesis en un episodio acuñado por la bióloga Lynn Margulis (esposa de Carl Sagan) como endosimbiosis. La bacteria engullida no fue destruida y siguió viviendo dentro de la célula eucariota, con la que estableció una relación mutuamente beneficiosa al convertirse en su central energética y tener en ella una morada más segura (gracias a la muralla de las paredes celulares).

Las mitocondrias de nuestras células, que atesoran el único ADN que está fuera de los núcleos (y que heredamos de nuestras madres, al estar dentro del óvulo fecundado), son vivo testimonio de aquel remotísimo episodio endosimbiótico. La cara trágica de ese suceso son las enfermedades mitocondriales, causadas por errores en su ADN: se trata de patologías muy graves (daños cerebrales, cardíacos, hepáticos, etc.), cuyos pacientes no suelen superar el año de vida.

Hace unos días se autorizó precisamente en el Parlamento británico el uso de una técnica de manipulación genética que permitirá erradicar todas las enfermedades mitocondriales (no la curación de quienes ya las sufren, sino su evitación en futuras concepciones). Consiste en extraer el núcleo del óvulo de una mujer donante para insertar en su lugar el de un óvulo de la madre (que se fertiliza posteriormente con un espermatozoide del padre y se implanta en su útero), con lo que se elimina por completo el ADN mitocondrial defectuoso (¡las mitocondrias ya no son las de la madre principal!). Hablar de tres padres resulta muy exagerado, puesto que el ADN mitocondrial de la segunda madre representa muy poco para el futuro bebé (solo el 0,18% del total de su genoma o mapa genético) y no tiene un reflejo fenotípico: no se traduce en rasgos externos o internos como la altura, el color de los ojos, la apacibilidad de carácter, el tipo sanguíneo o la pigmentación de la piel.

Así pues, no hay objeción razonable alguna -las de religiosos ignorantes no son, por supuesto, razonables- a este avance científico que promete reducir el sufrimiento causado por las ciegas mutaciones genéticas a las que, por otra parte, también debemos nuestra existencia.

sábado, 27 de julio de 2013

Un hadrocodium rezando en papiamento


(Dos fragmentos del libro El último dodo, Ediciones Idea, 2010)

"El presunto antecesor de todos los mamíferos, bautizado por los científicos como Hadrocodium, tenía el aspecto de una frágil musaraña, con un peso de apenas dos gramos y una longitud similar a la de un clip. Vivió hace 195 millones de años, y se pasaba el día devorando insectos compulsivamente. No corregía textos, ni traducía, ni se tomaba vacaciones, ni estaba pendiente de subidas de sueldo... De ese minúsculo ser descenderían desde los murciélagos hasta las ballenas, desde los tigres hasta los canguros, desde las ratas hasta los lobos, desde los cerdos hasta los hombres y mujeres... ¿Habrían sobrevivido los dodos si el Hadrocodium no hubiese existido? ¿Habrá tenido alguna influencia su alimentación insectívora en la masacre de Srebrenica? ¿Es el Hadrocodium culpable de algo?..."

----------------------------

"Nos Tata cu ta na cielo
bo Nomber sea santifica
laga bo Reino bini na nos,
bo boluntad sea haci na tera
como na cielu.
Duna nos awe nos pan di cada dia
i pordona nos nos debe,
mescos cu nos ta pordona
nos debedornan
i nos laga nos cai den tentacion,
ma libra nos di malu,
Amen" (el Padre Nuestro en papiamento).

viernes, 27 de julio de 2012

¡Y tan natural!

Por definición, todo lo que existe -lo percibamos o no, lo conozcamos o no- es natural. Y tan natural es una roca como un ojo, un plástico o una turbina. Estos dos últimos son producto de la acción transformadora de unos agentes naturales inteligentes autollamados seres humanos, mientras que los primeros son resultado de la compleja evolución de la materia inerte y de la viva conforme a patrones compatibles con las leyes físicas. En última instancia, la roca, el ojo, el plástico y la turbina son agregados de quarks y electrones que solo difieren en su disposición interna. Por otra parte, la maldad no es menos natural que la bondad, al igual que la destrucción no lo es menos que la creación ni la violencia que la paz.

El arraigo de la dicotomía aristotélica, después de tantos siglos, es lo que hace que sigamos distinguiendo entre cosas naturales y artificiales. Por eso no es raro que quienes solo han estudiado en el seminario catecismo, teología y filosofía escolástica, que quienes no tienen la más mínima idea de ciencia (ni ganas tienen de tenerla), prosigan con esa mandanga de la antinaturalidad. Por supuesto, una antinaturalidad estigmatizada como maligna y contraria a los planes del supuesto Creador. Como si todo lo natural (desde los huracanes hasta la Amanita phalloides pasando por los virus y las caídas libres desde una altura de doce pisos) fuera benigno, agradable, bueno, merecedor de ser protegido. Como si todo lo artificial (desde la calefacción hasta los fármacos antibióticos pasando por las lentillas, los aviones y los saxofones) fuera maligno, desagradable y despreciable.

La homosexualidad -inclinación no exclusivamente humana, singularmente frecuente entre los primates- no es antinatural. Podríamos decir que no es normal en el sentido de que no es mayoritaria. Pero la campana de Gauss es aplicable a todas las cosas: medir más de dos metros no es normal, pero no por ello antinatural; tener la inteligencia de Einstein tampoco es normal, pero a nadie se le ocurriría afirmar que está reñido con la naturalidad. Es obvio que la división sexual es consecuencia de la evolución y sirve al propósito de la reproducción de las especies (la humana inclusive, por supuesto), porque en caso contrario no hubiese pervivido. Una pareja homosexual es estéril a este respecto, y si todo el mundo fuese homosexual, si desapareciese el trato carnal entre hombres y mujeres -y no fuera reemplazado por masivas fecundaciones in vitro-, se terminaría la especie.

Pero una cosa es el origen de algo y otra bien distinta su uso posterior más o menos inteligente. Nuestro cerebro no se ha forjado en la larga historia de la evolución para que hagamos poesías o demostremos teoremas matemáticos, sino exclusivamente para permitirnos sobrevivir en un mundo de continuas y cambiantes asechanzas. Nuestras manos no se han liberado de su función locomotora para permitirnos jugar al balonmano o al dominó. Nuestro oído no se ha desarrollado para que podamos disfrutar de la música de Belle&Sebastian o aborrecer la de Madonna. Nuestros ojos no están ahí para que podamos ver diariamente en la tele a Belén Esteban. El sexo no existe para que nos solacemos estérilmente con él en sus múltiples variantes, sino solo para que nos reproduzcamos... Ahí es donde interviene la inteligencia, para servirnos de lo que tenemos -cerebro, manos, oídos, ojos, sexo- con propósitos diferentes a aquellos por los que nos ha sido legado por la Naturaleza. ¡Y tan natural!

Archivo del blog