Todo acontecimiento tiene su explicación
conspiranoica: siempre hay iluminados que no tardan en pergeñar y difundir una teoría disparatada, a cuál más estrambótica, remitiendo a algún oscuro motivo. ¿Quién no conoce la historia alternativa del
mortal accidente automovilístico de Lady Di en París, que lo atribuye a un delirante compló urdido por los servicios secretos británicos con el apoyo de la reina Isabel? Otro ejemplo de plena actualidad es la creencia en que los países del norte de la
Unión Europea quieren arruinar a los del sur (yo sigo preguntándome con qué extraña lógica económica y política, como no sea por pura maldad al estilo de
Voldemort). Como decía hace días un polémico
artista conceptual en
Babelia, "la Unión Europea nos quiere como camareros y albañiles con la ciencia prohibida y la cultura de rodillas, sin universidades: pobres, brutos y enfermos" (???).
Tanto los conspiranoicos occidentales de izquierdas como los extremistas no occidentales (entre ellos, los islamistas) suelen ubicar los sanedrines de los conspiradores políticos en Occidente e Israel. Por su parte, los conspiranoicos de extrema derecha tienden a apuntar al supuesto contubernio de rojos, musulmanes y homosexuales instalado en Washington D.C. y los centros de poder de la UE.
No es que yo no crea en conspiraciones, que haberlas haylas desde que el ser humano es tal. Y, por supuesto, considero perfectamente capaces de lo peor a los más poderosos (que no suelen ser trigo limpio, porque hay una
selección negativa que hace que lleguen arriba los menos escrupulosos). Tampoco me trago la
verborrea institucional que trufa los discursos de los grandes gerifaltes: eso de que la justicia es igual para todos (porque está claro que si tienes dinero o amigos bien situados puedes confiar más en ella que si eres un muerto de hambre) y mandangas varias como los "valores y principios compartidos" y la "solidez de nuestro Estado social y democrático de derecho". Pocas dudas tengo de que si quienes cortan el bacalao viesen su existencia amenazada, nuestra democracia (que afortunadamente es real, con sus limitaciones e imperfecciones) tendría sus días contados. Pero de ahí a afirmar, por ejemplo, que los atentados del 11-M fueron obra de los socialistas (como algún periódico español ha hecho creer a tanto incondicional) o de la OTAN (como afirma en
Babelia el susodicho artista conceptual) hay un largo trecho: el que media entre una persona crítica con un saludable nivel de desconfianza y un auténtico mentecato.
No hay que complicarse innecesariamente: basta con explicaciones más sencillas, aplicando la famosa
navaja de Occam y también la
ley de Abundio (¡los derechos de autor me pertenecen!), que sostiene que siempre que dudemos entre maquiavelismo o
estupidez a la hora de interpretar una conducta humana, deberíamos inclinarnos por esta última. Y es que muchas veces vemos una conspiración donde solamente hay una chapuza: por ejemplo, en la muerte hace meses en accidente de tráfico de dos opositores cubanos que tuvieron la desgracia de tener como chófer a un
fitipaldi de Nuevas Generaciones del PP.
Mi conspiranoico favorito,
Alfredo Embid, sostiene entre otros disparates
que el SIDA no está causado por un virus y que los atentados del 11-S no fueron cometidos por Al Qaeda. Lo grave no es lo que diga este chiflado, sino la cantidad de personas que se cree a pie juntillas sus grotescas historias. Las dudas sembradas sobre las vacunas, por ejemplo, ya se han cobrado un precio. En Pakistán, tras propagar el bulo de que son un
arma de Occidente para esterilizar a los musulmanes, los islamistas ya han asesinado a unos cuantos cooperantes que trabajaban en campañas contra la poliomielitis. Sin ir tan lejos, un médico de la sierra de Madrid me contó hace meses que una niña no vacunada de meningitis por culpa de unos padres conspiranoicos estuvo a punto de morirse al contraer esa enfermedad. La locura conspiranoica, además de para partirse de risa (porque verdaderamente tiene su gracia que
Paul McCartney esté muerto y
Elvis Presley vivo), es pues algo para tomarse muy en serio.