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martes, 21 de julio de 2026

Consciencia y tiempo apuntando a Dios


La persistencia de la memoria (Dalí)

Ni el ajuste fino del Universo (sus parámetros tienen los valores exactos -ni una milmillonésima más ni una menos- para hacerlo posible), ni su altamente improbable comienzo en un estado muy ordenado, ni la existencia de objetos abstractos y atemporales como los matemáticos: el indicio más convincente para apuntalar una explicación teísta o deísta del mundo podría ser la mera existencia de la consciencia.

No hay ni habrá nunca una explicación fisicalista para ese algo subjetivo, irreducible, intransferible e inefable, pero tan evidente y familiar para todo sujeto al que informa. Pero es que la física tampoco explica qué es la materia, sino lo que hace: se trata de una ciencia conductual. Ni el más acérrimo materialista sabe pues qué es siquiera la materia, por mucho que se empeñe en lo contrario. Si los idealistas llevaran razón, el mundo físico sería una manifestación de la consciencia, no al revés. Y si los pampsiquistas tuviesen razón, esa consciencia fundamental informaría todos los objetos físicos desde los más elementales: un electrón, un quark, un fotón... Consciencia y materia serían respectivamente la cara subjetiva privada y la objetiva pública de una misma cosa. Tanto para idealistas como para pampsiquistas, todo el mundo físico se levantaría sobre un océano de consciencia en el que cada sujeto consciente sería una mirada o perspectiva diferente: una ola o remolino distinguibles solo por unos instantes (por toda una vida) del mar del que forman parte y con el que comparten sustancia.

La consciencia solo se manifiesta en singular y carece de extensión (no tiene dimensiones espaciales como cualquier objeto físico), pero resulta imposible de concebir sin tiempo: solo una consciencia pura, inimaginable para agentes conscientes incrustados en el mundo físico, sería atemporal. El tiempo es otro gran misterio sin el cual no habría propósitos, metas, ilusiones, logros, fracasos, comienzos, finales, memoria y, en suma, sentido. La existencia del tiempo es otra pista para apuntar al teísmo o deísmo, pero también para respaldar la posibilidad de que el mundo físico sea producto de una gigantesca computación. Porque el tiempo es simplemente, como dice el científico Stephen Wolfram, la sucesión de pasos en una computación, un proceso para el que no hay atajos: para asistir al resultado de la computación hay que seguir necesariamente todos y cada uno de sus pasos.

Imaginemos que una hipotética consciencia pura quisiera materializarse en el mundo físico. Hay para ello un artefacto llamado función de onda cuántica: solo requiere de un observador/agente para ir decantando la realidad coherentemente a cada paso, a cada instante de tiempo, haciendo que lo potencial (el espacio compuesto por todo lo posible, un megasueño como el del dios hindú Vishnu) se convierta en real. El tiempo es lo que impide que todos los sucesos del universo ocurran a la vez. Solo así puede haber propósito y sentido. Quizá de esto vaya la película de la existencia. Otra cuestión es saber el motivo para darle al play...

lunes, 31 de octubre de 2022

Las matemáticas, Dios y el problema del mal

La naturaleza de las matemáticas sigue siendo un misterio. Me inclino a pensar que aciertan quienes consideran que no son un invento humano sino un descubrimiento de algo que está ahí fuera (mas allá del espacio-tiempo, en un ámbito abstracto), como creía Platón. ¿Pero cómo puede un ser inscrito en el espacio-tiempo aprehender algo que lo trasciende? Para el filósofo griego, esto es posible gracias a la razón, que tiende un puente entre el mundo físico y el orbe eterno de las ideas. Ello implica que la razón está dentro de nosotros y también fuera. Para mí, ese nosotros es cualquier criatura inteligente, no necesariamente humana ni moradora de nuestro planeta.

El físico platónico Max Tegmark cree que nuestro universo y todo lo existente dentro del mismo, así como en cualquier otro universo del Multiverso (del que es un firme proponente), son objetos matemáticos. ¿Lo sería también la consciencia?... No es de extrañar que los seres conscientes podamos concebir los números y tengamos una estructura lógica, conforme a la cual jamás podremos aceptar que 2+2=5, si fuésemos manifestaciones de una consciencia pura subyacente que tiene una naturaleza lógico-matemática (las matemáticas son una extensión de la lógica, como apuntaban Frege y Russell). 

De ahí llegamos a la idea de Dios, pero de un Dios/Consciencia pura muy rebajado con respecto a la creencia judeocristiana. Tan disminuido que no solo no sería omnisciente ni omnipotente, sino un absoluto ignorante de todo lo que desborde su naturaleza matemática (de saber intimamente, entre otras cosas, que 2+2=4 y que los ángulos de un triángulo suman 180 grados): ignorante del bien, el mal, el placer, el dolor, la noche, el día, el chocolate, las montañas o El Quijote.

Su ignorancia del bien y del mal haría que ni siquiera fuese benevolente (tampoco malvado): no sabe lo que es la empatía y la moral, que descubriría en el mundo fisico (junto a la angustia, la injusticia, el sonido del agua corriendo o los amaneceres) bajo algunos de sus avatares materiales conscientes. Este planteamiento implica que no hay una moral objetiva, ya que no está escrito en ninguna expresión matemática que torturar a un ser inocente sea algo deplorable. Ahora bien, es innegable que la compasión (también la crueldad) puebla el espacio de posibilidades y que es abrazada por seres conscientes inteligentes, avatares materiales de la consciencia pura. Todo lo que es posible se manifiesta en al menos algún universo (así como lo necesario -las verdades lógicas y matemáticas- está presente en todo el Multiverso), y la moral como posibilidad ha sido seleccionada por la consciencia en este universo. O sea, por ti; o sea, por Dios. Dicho en términos darwinistas, algunos seres conscientes han sido seleccionados evolutivamente por portar valores morales que han resultado ser adaptativos. ¿Habrá algo en la razón pura, en la raíz de la consciencia, que de algún modo empuje hacia la compasión?...

Puede que la moral acabe inscrita de manera indeleble en los mimbres de un cosmos seleccionado por la consciencia bajo la guía de la razón. En ese sentido podría considerarse de algún modo objetiva, pero no a priori sino a posteriori: en un mundo donde la consciencia materializada sí que se ha hecho omnipotente (¿acaso también omnisciente?) a la par que benevolente. Ese otro Dios, esculpido a partir de una consciencia pura exclusivamente lógico-matemática, estaría en construcción. Nosotros somos sus constructores.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Teísmo abierto: ¿es el Multiverso el salón recreativo de Dios?

Diagrama de Kircher de los nombres de Dios.

Imagínate que diseñas un videojuego en el que pueden interactuar tres jugadores. Como creador del videojuego, conoces todos sus escenarios y líneas posibles: o sea, conoces el multiverso del juego. Pero lo que no puedes saber es qué líneas y escenarios son los que se materializarán una vez que empiezan a jugar los tres competidores: eso dependerá de la interacción de tres agentes volitivos  cuya conducta te resultará completamente imposible de anticipar. Conoces todas las partidas, pero no sabes cuál de ellas se va a concretar cada vez que se juega. Eres solo parcialmente omnisciente porque resulta imposible, por mucha tecnología que poseas, meterse en el pellejo de cada jugador para saber cómo actuará a cada paso.

Este caso puede extrapolarse al de un Cosmos supuestamente creado por un presunto Dios no omnisciente, trayendo con ello a colación dos conceptos físicos clave: el hipotético Multiverso y la incertidumbre de la mecánica cuántica (sobre la cual se erigiría el libre albedrío). Existen todos los universos posibles (Multiverso) y Dios los conoce, pero no es capaz de saber qué universo se acabará fraguando en una partida iniciada con su correspondiente Big Bang. Y no es capaz de saber qué decisión tomarás tú o yo porque ni siquiera lo es de adivinar si una moneda caerá de cara o de cruz o si la desintegración radiactiva de un átomo se producirá ahora o dentro de un minuto o dentro de 500 millones de años. Ni el mismísimo Dios podría sortear la naturaleza intrínsicamente aleatoria del mundo.

A modo de un programador cuántico, Dios crearía el Multiverso con unas leyes simples (que al evolucionar en cada uno de los universos compatibles con la inteligencia darían lugar a una gran complejidad), las cuales impondrían un orden sobre un inefable fondo caótico que escaparía a su control. Pero dicho orden no conseguiría subyugar del todo la indeterminación cuántica inherente a ese fondo: solo lo moldearía de una manera inteligible (por eso son posibles el conocimiento y la ciencia, por eso las matemáticas funcionan como un guante para entender el mundo físico), pero sin eliminar la permanente agitación cuántica subyacente. De ese modo habría un hueco para que ejercitasen el libre albedrío los seres vivos más complejos (y supongo que también un termitero o una comunidad bacteriana).

La parcial omnisciencia de Dios es lo que propugnan algunos teóricos del teísmo abierto, el planteamiento teológico más razonable con el que me he topado (un argumento que, por cierto, habría llevado hace pocos siglos a una piadosa hoguera cristiana a sus proponentes). ¿Entonces Dios (nombre que le damos al creador del juego o simulación, que bien podría ser -como dice el físico Brian Greene- un adolescente tetradimensional con granos frente a su ordenador cuántico, él a su vez fruto de otra creación de orden superior) se dedica a observar a las criaturas emergentes de su creación?... ¿Pero y si Dios fuese el participante en su propio juego, adoptando todas las formas posibles de interacción consciente con la realidad?: desde Anna Frank hasta el destripador de Londres, desde una ardilla hasta una termita y una bacteria, desde ti hasta David Hasselhoff... ¿Y si el Multiverso fuese el salón recreativo de Dios, acaso su jardín de desarrollo espiritual? ¿Y si el maremágnum cuántico de fondo fuese su tumultuoso, amorfo y eterno sueño, con cuyos mimbres se construye la realidad?...

Traeré de nuevo a este blog los versos de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska:

PLATÓN O EL PORQUÉ
Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
-para qué con sombra,
si antes no tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas...

sábado, 26 de agosto de 2017

Arriba y abajo (tras el Juicio Final)


Si existiera el Dios judeocristiano y tuviera que mandar a unos humanos al cielo y a otros al infierno -dejemos el limbo para otra entrada-, ¿qué características deberían reunir ambos lugares?, ¿cómo serían, si lo que se pretende es impartir justicia del mejor modo posible, el gran premio y el gran castigo?

Un sitio apestoso con un clima infernal y torturas a diario durante toda la eternidad sería ciertamente apropiado para los malvados (vamos a tomarnos la licencia de suponer que Dios actúa racionalmente y solo considera como tales a los tiranos, asesinos y psicópatas dañinos, no a quienes no creen en él, ven pelis porno, son homosexuales, se divorcian o reciben una transfusión sanguínea), aunque solo en el improbable supuesto de que exista el libre albedrío: de otro modo, ¿cómo culpar o responsabilizar a nadie de hacer lo que ya estaba predeterminado que hiciese?

También está la opción de vivir eternamente apartado de Dios, por la que parece inclinarse la Iglesia católica del siglo XXI. Habría que ver el verdadero significado de esto, ya que semejante existencia eterna sin Dios pero rodeado de ciertas tentaciones terrenales podría resultar no tan terrible...

Una tercera vía sería directamente la aniquilación tras suspender el examen del juicio final. Bien visto, podría ser hasta un premio para los malos: toda tu vida puteando al prójimo y simplemente te acabas sin más... No soy muy partidario, la verdad (aunque Dios sabrá, desde luego).

Lo más inquietante, sin embargo, es la suerte reservada a los buenos. Vivir para siempre en la Tierra en cuerpo y alma (es lo que creen literalistas bíblicos como los Testigos de Jehová) quizá no sea lo mejor si tu muerte acontece a los 100 años en vez de a los 20: ¡serías un centenario inmortal! Pero podría ser una condena en cualquier caso (aun en el dudoso supuesto de que todos resucitáramos como veinteañeros y en el mucho más improbable -a tenor de lo escrito en los textos sagrados- de que siguieran existiendo placeres mundanos como los carnales). Estoy seguro de que mucha gente, tras unas décadas o siglos de euforia, se acabaría aburriendo y deprimiendo. Más de uno envidiaría incluso el destino de los malos aniquilados, que para los budistas es curiosamente (puede que no anden desencaminados) el de la genuina liberación. Una alternativa razonable sería la integración espiritual con Dios, la disolución de nuestro yo individual en la divinidad.

En fin, que el improbable Juicio Final de las grandes religiones monoteístas nos coja al menos confesados a los buenos (permítanme la inmodestia de incluirme en este grupo, aunque por razones obvias no crea en absoluto en semejante cuento). Eso sí, muchísimo más probable veo el Juicio Final a manos de alguna Singularidad acaso no lejana.

domingo, 10 de agosto de 2014

Mirada al infinito



Mirada clavada en el horizonte,
trazando una línea fantasmal hasta un punto en el infinito
donde podría adivinar la nuca del cuello en que se asienta.

Uno de los modos del Ser de percibirse a sí mismo,
embutido en el espacio y el tiempo,
con traje de carne, sangre y huesos,
perplejo en su autoimpuesta ignorancia.

sábado, 3 de mayo de 2014

La metafísica seria tiene futuro

¿Y si resultara que nuestro Universo es obra de algún dios menor (ni omnipotente ni omnisciente, con sus propias debilidades, defectos y manías), movido por algún afán lúdico, experimental... o a saber por qué diablos?... Esta sospecha no es privativa de colgados o mentecuánticos: es también una intuición fundada en la ciencia.

El físico ruso Andrei Linde, uno de los artífices -sin olvidar al precursor Alan Guth- de la teoría de la inflación cósmica, afirma en esta apasionante entrevista: "¿Inteligencias superiores? ¿Por qué no? Si te refieres a que no sea un dios, sino algo más... normal. Puede ser". Eso sí, matiza, "cuando se dice que el Universo fue creado por Dios solo para que nosotros pudiéramos vivir en él, la primera pega es: ¿por qué se preocuparía Dios de un tipo concreto de mono?".

Esto último podemos descartarlo por puro sentido común, ciertamente, pero no la posibilidad de que detrás del Universo haya un "físico hacker", como aventura el científico ruso (principal favorito al próximo Nobel de física junto a Guth). Un hacker que quizá crease el Universo con el mismo propósito de quien concibe a un hijo: para tener algo suyo que le perviviese. Y que, según Linde, pudo haber dejado un mensaje en él, una impronta en sus leyes y constantes físicas que algún día -antes de la muerte térmica del Universo, que es un plazo innegociable- podría ser descifrada por seres inteligentes como los humanos (o los descendientes de los actuales delfines, elefantes o musarañas, o extraterrestres de algún remoto exoplaneta).

"La física me ayuda a abordar cuestiones que antes eran solo metafísicas", reconoce Linde. Esta afirmación es muy importante, por cuanto de ella se desprende que la metafísica bien fundada (la anclada en los conocimientos de la física y otras ciencias como la biología o la neurociencia, no en pajas mentales escolásticas, hegelianas o posmodernas) tiene futuro. De dónde venimos, adónde vamos, qué somos (qué es la conciencia de cualquier ser vivo, no solo la nuestra humana), en qué podemos convertirnos, dónde estamos, qué hay (si acaso hay algo y esta pregunta tiene sentido) ahí fuera...

La frontera de la ciencia con la metafísica es móvil, desplazada por el progreso de la primera. Por eso hay cuestiones, como las de por qué empezó el Universo y por qué comenzó la vida, que podrían tener una respuesta falsable (sujeta a la experimentación) desde el ámbito de la ciencia en un plazo no muy lejano. Por eso mismo siempre habrá preguntas fundamentales cuya respuesta provisional se encontrará más allá de dicha línea fronteriza, dentro de la elucubración metafísica. E incluso algunas que nunca podrán ser sometidas a experimentación, cuya única respuesta no metafísica solo podría ser brindada por la matemática (ese guante que tan elegantemente se ajusta a la mano de la física, que nos permite formalizar espacios de más de tres dimensiones inconcebibles por nuestra mente).

Linde es, por cierto, uno de los abanderados del Multiverso (no está solo, ya que una mayoría de físicos y cosmólogos -entre ellos Stephen Hawking, Brian Greene, Steven Weinberg y Max Tegmark- lo sostienen). Cuando le refieres el Multiverso a gente poco familiarizada con este concepto te miran raro -algo así como si les dijeras que eres vegano o vegetariano-, como un caso perdido camino de la quinta de reposo. Ya no hablemos de si apuntas la posibilidad de estar viviendo en una simulación a lo Matrix, conforme a la concepción del Universo como una gigantesca computación (el it from bit del gran John Wheeler que suscribe Vlatko Vedral: dicho en español y con más palabras, que las unidades inmateriales de información son las creadoras de la realidad).

Pero en un Universo tan extraño (con su espacio y tiempo maleables, su superposición cuántica de todos los estados posibles, su entrelazamiento instantáneo de partículas que pueden estar separadas por distancias abismales, sus singularidades gravitacionales, sus seis dimensiones extra no desplegadas, etc.), no hay que cerrar las puertas a explicaciones que podrían oler a pamplinas, magia o disparate. Pero que no dejan de ser suposiciones con fundamento científico más o menos audaces, nada que ver con morralla escolástica, hegeliana o posmoderna más o menos infumable (ni, por descontado, con creencias irracionales más o menos infantiles y estúpidas).

domingo, 31 de julio de 2011

Surtidores de sangre en el océano

Moby Dick es un libro duro. Los relatos de caza de ballenas de Herman Melville son tan buenos literariamente como turbadores: gigantes marinos paralizados de terror al verse acosados por los barcos humanos, coletazos desesperados con el cuerpo asaeteado por afilados arpones, surtidores que echan sangre coagulada en vez de agua, tiburones arracimados en torno a cetáceos fatalmente heridos para despedazarlos vivos a dentelladas en medio de un mar teñido de rojo... Y todo para alumbrar con el aceite de los animales muertos iglesias donde la gente reza, como dice el escritor norteamericano.

Si las ballenas supieran que muchos de quienes las persiguen desde hace siglos no solo se consideran los hijos de un supuesto Dios que los ha creado a su imagen y semejanza -en el colmo de la estupidez, algunos hasta creen que su tribu es la elegida entre todas-, sino que encima abrigan la esperanza de vivir eternamente tras su muerte en este mundo del que se precian de ser dueños y señores. Esto es tan ridículo que un alienígena de inteligencia muy superior a la humana se troncharía si no fuera por su patetismo (el extraterrestre seguramente se conmovería no solo de las ballenas sino también de sus verdugos humanos) y dramatismo (es una tragedia vivir en un Universo como este, sometidos a leyes físicas implacables y ajenas a todo sentimiento o valor moral).

Puede que la justicia no exista en el Cosmos, que sea solo una invención nuestra. Ahora bien, si hubiese algo que se le aproximase, no me cabe duda alguna de que un sumario universal de la infamia se debe estar instruyendo desde que el primer ser vivo consciente ejerce (aparentemente) su libertad. Y, desde luego, las matanzas de ballenas estarán ahí recogidas. Quizá nos salve nuestra inconsciencia, de igual modo que la justicia humana exonera de responsabilidad penal a los menores y a los incapacitados mentales.

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