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miércoles, 15 de mayo de 2019

Contra el nacionalpopulismo y por una unión política en Europa

El principal enemigo político de quienes defienden una Europa libre, abierta, multirracial, laica, igualitaria y tolerante es el nacionalpopulismo. Esto lo tienen claro los liberales (excluyo obviamente a los meapilas españoles -caso de Esperanza Aguirre- que se disfrazan de tales), los socialdemócratas y buena parte de los verdes europeos. No tanto el populismo izquierdista y la izquierda posmoderna, generalmente juntos en el mismo paquete electoral, que consideran no menos nefasto el supuesto neoliberalismo instalado en lo que para ellos y ellas es la "Europa de los mercaderes". Por cierto, los verdes que no están muy seguros al respecto deberían recordar que los nacionalpopulistas son los principales negacionistas del cambio climático.

Pero lo que muchos progresistas de izquierda no acaban de ver es la necesidad de unir fuerzas en el próximo Parlamento Europeo no solo con liberales sino incluso con algunas formaciones europeístas de centro-derecha (caso de la CDU alemana) para hacer frente a ese monstruo nacionalpopulista. La extrema derecha nacionalista y populista ya ha puesto su pica en los ejecutivos de Italia (en coalición con los grotescos populistas de "izquierda" Movimiento 5 Estrellas), Austria (gobernando con los conservadores), Polonia (aquí en su versión más clerical, para delicia de la Iglesia católica local) y Hungría (con un presidente más propio de una república bananera), y es una amenaza creciente en casi todos los países del resto del continente (incluida España). Rusia ya es un Estado nacionalpopulista confesional, con el muy cristiano zar ortodoxo Putin al frente para envidia de sus émulos (excepción hecha de polacos, ucranianos y bálticos, que llevan el odio a rusos y judíos en su ADN) de la internacional ultraderechista europea.

En este escenario no resulta sorprendente que el PSOE y el partido liberal francés de Macron (La República en Marcha) barajen aliarse en defensa de una Europa abierta sobre la que pende un riesgo realmente existencial. Por desgracia, no se puede contar para ello con la izquierda populista y posmoderna, ese batiburrillo ideológico en el que tienen cabida desde simpatizantes de Castro y Maduro a nacionalistas periféricos, desde magufos y neoinquisidores a judeófobos y feministas islámicas (oxímoron solo superado por "negrura blanca" o "blancura negra"). El problema de esa izquierda, de la que es buen exponente el partido francés del nacionalpopulista madurista Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa), es que se nutre del mismo caladero de votos que el nacionalpopulismo de derechas. De ahí que a veces parezca tener más cosas en común no solo con los bolivarianos latinoamericanos sino también con los Le Pen, Orban y compañía: el permanente halago al "bendito pueblo" (ya dijo Isaac Bashevis Singer: "No creo que adulando a las masas todo el tiempo logremos mucho"), la demonización del proyecto integrador de la Unión Europea, el rechazo sin matices a la globalización (un fenómeno complejo que no solo tiene una cara negativa) y el reforzamiento de las fronteras nacionales ("No hay ejemplo en el mundo de país que haya suprimido una frontera. Esta idea solo existe en algún salón izquierdista o democristiano-liberal", afirma Mélenchon al diario El País). Para ser justos, debo añadir que son antirracistas, laicistas y no tienen problemas con el colectivo LGTB. ¡Ya solo faltaría!

Es verdad que la globalización y la fuerte crisis económica han dejado un escenario socioeconómico polarizado, con ganadores y perdedores. Y que los Estados no han sido capaces de compensar a estos últimos (en parte, por los recortes presupuestarios y el detraimiento de recursos para salvar a la banca), de reparar con suficiente pegamento político las grietas abiertas en sociedades que se precian con razón de ser las más avanzadas del mundo. La UE tampoco ha podido ayudar al respecto, al carecer de suficiente músculo fiscal: pese a haber una moneda única, la unión económica (con un presupuesto único, una unión bancaria y una deuda comunitarizada) sigue siendo una asignatura pendiente. Europa no ha logrado recolocarse satisfactoriamente en el nuevo tablero económico mundial, marcado por la creciente competencia de China, India y otros países emergentes. Esa reubicación, que ha de basarse necesariamente en la economía del conocimiento, es fundamental para mantener un Estado del bienestar que es seña de identidad de los países centrales del continente. Es lógico que haya mucha gente con miedo, temerosa de perder su trabajo, de no llegar a fin de mes, de quedarse desprotegida, de ver esfumada su pensión y desmantelados los servicios públicos... Ante este panorama de incertidumbre, los partidos políticos tradicionales no han ofrecido una respuesta clara y adecuada al electorado. Desde luego, la solución no es menos Europa sino todo lo contrario: avanzar hacia una sólida unión política. Pero esto hay que explicárselo bien a los ciudadanos, como nunca se ha cansado de hacer (y, además, brillantemente) nuestro actual ministro de Exteriores Josep Borrell.

También es cierto que la izquierda ha cometido errores como subestimar todo lo relacionado con la seguridad ciudadana (en España sale gratis hurtar la cartera en el metro o forzar la puerta de tu casa para cambiar la cerradura y quedarse a vivir en ella unos añitos a tu costa, y matar a alguien suele saldarse con menos de un decenio en prisión), no advertir los riesgos del multiculturalismo ingenuo (en países como el Reino Unido, Bélgica, Francia o Suecia se han consolidado auténticos guetos, convertidos en canteras del terrorismo islamista) y doblar la cerviz ante la ultracorrección política en cuestiones relacionadas con la violencia de género o la inmigración (¿por que no se puede hablar de denuncias falsas por agresiones machistas -que en España no son, ni por asomo, el 0,01%- o constatar que hay culturas más violentas que otras?). Eso le ha enajenado muchos apoyos de las clases populares, más inclinadas a votar a nacionalpopulistas (todavía en España es minoritario ese respaldo, no tanto en Gran Bretaña o Francia) que al menos parecen ver lo mismo que ellos y llaman a veces a las cosas por su nombre. Unas clases populares que se han sentido ninguneadas por políticos considerados elitistas, que no hablan su mismo lenguaje y dan la impresión de vivir en otro mundo.

Pero hay asimismo una corresponsabilidad ciudadana, por haberse desentendido de la política creyendo que no le iba nada en ello o que la democracia es algo tan natural como el aire que respiramos, por perder la memoria histórica (hace solo 75 años, Europa era un continente en ruinas), por pensar que podemos seguir viviendo igual pese a la amenaza de infarto ecológico. Acierta Josep Borrell cuando dice que no le puedes pedir a alguien preocupado por llegar a fin de mes que se preocupe de igual modo por el fin del mundo (por la catástrofe medioambiental que avanza sin pausa). Pero cometeríamos un error si creemos que "los de abajo" (usando terminología populista) son del todo inocentes. No es poca la gente de baja extracción social que tiene problemas para llegar a fin de mes por tener que pagar las letras de coches de alta gama, las cuotas del iPhone de más de 1.000 euros o las zapatillas de marca del niño para fardar en el cole. Sin negar la existencia de bolsas de pobreza, en Europa la miseria que más abunda es la cultural asociada al más grosero consumismo de usar y tirar. Hay que cambiar el modo de producir y de consumir. Uno de los grupos constituyentes de los "chalecos amarillos" en Francia son fitipaldis forocochistas soliviantados por la subida del precio del diésel, que encarece sus marchas de fines de semana por las carreteras del país vecino. Háblales del cambio climático... Aprovecho para dejar constancia de mis dudas de que las medidas necesarias para evitar el infarto ecológico sean compatibles con la democracia: sin algún tipo de epistocracia veo imposible parar la catástrofe.

No hay soluciones fáciles a nada en política. Populistas de uno y otro signo venden la idea contraria a sus votantes, empleando la retórica de "los de arriba y los de abajo" o la de "los de aquí y los de fuera". Y recurriendo a la baza del identitarismo, que siempre cotiza al alza en tiempos de crisis. Detrás del nacionalpopulismo de derechas hay gente no muy "de abajo" como Putin, Trump, su exmentor Steve Bannon (ahora empeñado en crear desde Italia una internacional nacionalista -otro curioso oxímoron- en Europa) y los sectores más reaccionarios de la Iglesia católica (conjurados contra el papa Francisco). A base de manipulaciones y mentiras, esta gente ya ha conseguido acceder al poder en varios países europeos, montar el surrealista lío del Brexit y poner a sendos orcos en las presidencias de EE.UU. y Brasil. Vean el interesante documental de abajo para conocer mejor sus ilusionantes proyectos. El fascismo de entreguerras todavía proyecta su sombra sobre estos comienzos del tercer milenio. Ojalá que sean solo fantasmas. Dependerá en buena medida de nuestro voto.




viernes, 30 de mayo de 2014

¿Podemos?

La campanada del Podemos de Pablo Iglesias en las elecciones europeas ha puesto nerviosos a ciertos políticos, al tiempo que ilusionado a muchos ciudadanos que creen abierto el camino hacia una nueva transición política. ¿Pero hay razones para ser optimista y soñar con un país más habitable y digno? ¿Y con una Unión Europea y un mundo mejores?

Lo primero es mirar fuera de España, donde partidos populistas, ultraderechistas (más o menos racistas y xenófobos) e incluso declaradamente neonazis han sido premiados por los electores europeos. La victoria en Francia de la hija de Le Pen, aupada por el voto de obreros y lumpen nativo blanco, ha sido uno de los toques de atención más preocupantes. La UE está cada vez más extraviada, inerme ante el drama en la vecina Ucrania (con toda la pinta de una nueva guerra a la yugoslava), desconectada del sentir de los ciudadanos (que en sitios como el Reino Unido la toman como un gigante burocrático contrario a sus tradiciones y en otros como España e Italia ni preocupa, por no saber siquiera lo que es).

Dentro de la UE los ciudadanos viven con zozobra la crisis económica, los recortes y el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar, lo que les hace prestar oídos a las respuestas simplonas de populistas y extremistas que apuntan al otro, por lo general al extranjero, como el culpable. En tiempos de tribulaciones cotizan al alza el nacionalismo y el integrismo religioso, que en realidad forman parte del mismo paquete: los neofascistas de países como Francia, Hungría o Croacia son tan ultranacionalistas y xenófobos como fieles católicos.

Es innegable que el multiculturalismo mal entendido -lo que yo prefiero llamar multiinculturalismo- ha dado alas a los ultras ante el silencio biempensante de la izquierda e incluso de la derecha moderada en los países donde impera una mayor corrección política (que son, por cierto, los más civilizados): ese silencio consiste en no plantear la problemática inserción por razones culturales y/o religiosas de algunas comunidades de inmigrantes. Los rumanos de etnia gitana que vienen a España, Italia o Francia suelen ser fuente de conflictividad en los barrios donde se establecen (quien lo niegue o es un ignorante o está mintiendo, dejando el discurso en bandeja a los ultraderechistas), en los que no viven precisamente pijos o hipsters. Y las comunidades de inmigrantes musulmanes no han terminado de integrarse al portar consigo valores que entran en conflicto con el ideario político de la Unión Europea: laicidad, igualdad de la mujer y tolerancia con las preferencias sexuales de cada uno (dentro de la UE ya sabemos que hay diferencias, sobre todo en los países donde la religión tiene aún cierta importancia como Polonia, España o Italia).

Las instituciones deben buscar una solución integradora, pero eso no quita que los propios rumanos gitanos tengan que hacer algo por sí mismos (para empezar, permitir la educación de sus hijos e hijas y dejar de casar a éstas con trece años) y que todos los inmigrantes extraeuropeos asuman como innegociables la laicidad de los Estados, la igualdad de las mujeres (y su derecho a no ser mutiladas genitalmente en la infancia, como es tradición en algunos países africanos) y los derechos de los homosexuales. Si no encontramos un remedio inteligente a esto, si solo nos quedamos en la ilusa visión beatífica de la inmigración, solo estaremos reforzando a los fundamentalistas religiosos de un extremo y a los ultraderechistas del otro. Lo viene diciendo la somalí Ayaan Hirsi Ali desde hace años: conviene escuchar a esta admirable mujer, que se ha convertido en una pensadora incómoda para la izquierda más tradicional, ortodoxa e incluso simplona.

Hay un factor que nadie contempla y considero importante: el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial ya casi no existe, puesto que los testigos más jóvenes que la vivieron con uso de razón tienen ahora al menos 80 años. Se ha perdido la memoria, el primer paso para volver a repetir los errores del pasado. Si no cuidamos bien nuestra casa europea y dejamos que se pudra la democracia en cada uno de sus países (por imperfecta que ésta sea), cualquier escenario siniestro es posible. Recordémoslo siempre: ¡somos primates, no ángeles! Y no hay conquistas sociales o políticas definitivas: todo se puede derrumbar como un castillo de naipes, destruir es mucho más fácil que construir.

Si miramos ahora dentro de España, el panorama no es mejor. El mismo día de las elecciones en las que cosechó cinco eurodiputados, Iglesias dijo algo que tenia un inquietante tufo populista y nacionalista: "No queremos ser una colonia de Alemania". Alimentaba con ello esa ridícula sospecha popular, con fondo conspiranoico, de que los alemanes son culpables de nuestra desgracia. Sin negar los efectos de la crisis financiera internacional, debemos reconocer que nosotros mismos somos en buena medida responsables por haber permitido la brutal especulación inmobiliaria -e incluso habernos beneficiado de ella, unos más que otros- y el consiguiente destrozo salvaje de nuestros paisajes. Somos culpables por votar a corruptos, incompetentes e impresentables, por entregarnos hasta el estallido de la burbuja al consumismo y el derroche más obscenos, por primar el amiguismo sobre el mérito y la telebasura sobre la educación, por escaquearnos diariamente en el curro (no pocas veces fruto de un enchufe en alguna administración pública) o salir al paso con una chapuza, por conducir como desalmados y arrojar botes de refresco desde el coche en marcha (anteayer fui testigo de ello), por no apagar las luces del baño de la oficina tras usarlo y no pisar nunca un Punto Limpio, por decir que el hotel de El Algarrobico está muy bien porque "allí solo hay jarimoña, esparto, alacranes y serpientes (...) ¿qué ecosistema: na' más que ese?)". Nuestra culpa tiene mucho que ver con nuestra cultura, valores e instituciones, con ese sórdido mosaico neofranquista que tan bien retrata Rafael Chirbes en su novela En la orilla. Hagamos más autocrítica y no echemos balones fuera: que si el capitalismo, que si el neoliberalismo...

Dentro de España, por si fuera poco, tenemos la inminente amenaza secesionista de Cataluña. La eventual independencia catalana es algo que muchos analistas descartan irresponsablemente, pero -al margen de que ésta sea políticamente viable o no, económicamente disparatada o no- es una posibilidad no descartable dado el clima político instalado en el Principado. Va a ser difícil que los nacionalistas más esencialistas -los más extremistas y menos pragmáticos (ERC)- se bajen ahora alegremente del burro de la secesión: la fecha de 2015 se cierne sobre nosotros con muchas más sombras e incógnitas de las que algunos quieren ver.

En fin, que más allá de un escenario electoral diferente como el que parece apuntarse tras el 25-M, estamos necesitados de un cambio cultural profundo: tanto aquí como en toda Europa y el resto del mundo. No basta con transformar o regenerar las instituciones, no basta con frenar los excesos del capitalismo (poniendo firmes a las empresas y poderosos con loables iniciativas como la economía del bien común) o incluso plantarle cara (una tarea que solo puede emprenderse con posibilidades de éxito a nivel internacional). Hay que superar nacionalismos y localismos, liberar la conciencia del yugo religioso (esta asignatura la tenemos casi aprobada en Europa), ser más austeros y respetuosos con el medio ambiente y nuestros compañeros de viaje no humanos, ser más cooperativos que competitivos, valorar más el silencio reflexivo, el tiempo libre y las relaciones personales y menos las posesiones materiales... Pero esos cambios no se fraguan en el corto plazo: lo que cosechemos ahora no lo recogeremos hasta dentro de un tiempo. Lo peor no es ese retardo, ya que me temo que dichas transformaciones no se pondrán en marcha hasta que nos llegue finalmente el agua al cuello (algo que con el cambio climático es una posibilidad nada metafórica). Más vale que nos vayamos preparando. Y perdón por aguarles -¡nunca mejor dicho!- la fiesta.

viernes, 13 de julio de 2012

Unión Europea, ¡sí, por favor!

La Unión Europea (UE) se ha convertido en blanco de las críticas de la ciudadanía menos informada del viejo continente, manipulada por demagogos y populistas de diversa especie empeñados en convencerla de que sus problemas (paro, estancamiento económico, pérdida de derechos sociales, etc.) son atribuibles a las instituciones comunitarias. Cuando lo cierto es que la UE no representa el problema sino la vía para la solución: para afrontar la actual crisis e intentar reformular nuestro modelo de vida con inteligencia y sensatez -en aras del equilibrio medioambiental y territorial, del bienestar social y de la paz- es necesario actuar a nivel comunitario. Lo que hay que hacer es dar un salto en la construcción europea para avanzar hacia una unión política plena, hacia una federación con unos poderes legislativo y ejecutivo equiparables a los de cualquier Estado democrático. Luego, la Unión será lo que sus habitantes queramos que sea, expresándonos no solo en las urnas sino también a la hora de consumir o protestar: no se puede pretender que su calidad, como la de cualquier otra institución humana, sea mayor que la de los ciudadanos que la componen.

La UE no es solo, como se empeña pertinazmente en subrayar la izquierda más tradicional, la "Europa de los mercaderes". Su creación obedeció sobre todo a un objetivo político muy claro: enterrar definitivamente el hacha de la guerra en Europa, impedir que la rivalidad económica entre las grandes potencias del viejo continente llevase de nuevo a un masivo derramamiento de sangre. Obviamente, el proyecto recibió el respaldo de Estados Unidos por significar un cortafuegos a la expansión del comunismo soviético. Y, por supuesto, no era incompatible con la economía de mercado y el mantenimiento de un sistema en el que los más poderosos económicamente siempre ejercen más influencia que los menos fuertes (¿existe acaso otro donde esto sea diferente?). Un sistema que, por otra parte, brinda instrumentos para favorecer la integración de los sectores más vulnerables de la población y de los países menos desarrollados de dentro y fuera de la UE (¿acaso no ha sido una bendición para España su pertenencia a la UE?), para poder corregir tanto las desigualdades personales como las regionales.

El truco de la integración europea, la clave de su éxito (hasta ahora), fue la creación de una sólida comunidad de intereses, de una amistad forjada con lazos económicos que ha demostrado ser la forma más eficaz -mucho más que los inútiles llamamientos a la paz del Papa de turno- de conjurar la guerra. Porque, ¿quién tira piedras contra su propio tejado? Se trataba del concepto de"paz perpetua" a través del comercio que ya había apuntado Kant dos siglos atrás. Seis décadas más tarde podemos dar fe de ello. Y hay que ser muy ciego para negar, pese a todos los defectos y vicios de la UE (burocracia, inacción en política exterior, componendas impresentables, contemporización con sátrapas, puertas giratorias entre lo público y lo privado...), que Europa ha avanzado mucho económica y socialmente desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay además otras cosas que suelen pasar desapercibidas, como el papel de la UE como contrapeso a los abusos de las grandes empresas y como garante de la estabilidad en su entorno geográfico cercano.

En fin, que si queremos cambiar el mundo, si pretendemos superar este capitalismo de casino, cometeríamos un grave error en tomar como enemigo al proceso iniciado en 1951 con la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). Me temo que si la UE fuese dinamitada, no pasaría más de una generación antes de que Europa volviese a conocer la tragedia de la guerra. Estoy seguro de que mi admirado Stefan Zweig, europeísta confeso al que le tocó ser coetáneo del horror de las dos guerras mundiales, pensaría lo mismo de estar vivo.

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