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viernes, 5 de junio de 2020

Conclusiones (audaces) de 'Entre la nada y el todo: consciencia y evolución en el Multiverso'

(Ir al libro completo)



Dijo el genetista inglés JBS Haldane, el mismo que aseguraba jocosamente que daría su vida por la de dos hermanos u ocho primos, que el universo es más extraño de lo que podemos imaginar. ¡Y qué decir del Multiverso! Por no hablar de conceptos como los de nada o infinito. Si Mario Bros fuera consciente y lograra salirse de su videojuego, sin duda que suscribiría la afirmación de Haldane: lo que se encontraría fuera sería completamente alucinante. Pero es que, por una limitación ontológica insalvable, el pobre Mario jamás podrá salirse de su pantalla (ni su programador podrá nunca sacarlo de ella). Y lo mismo puede decirse de nosotros, prisioneros del espacio y el tiempo. Aunque es cierto que cada vez que soñamos, imaginamos o nos encontramos bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena (¿y acaso también en el trance de morir?) ya transitamos por otro mundo, donde espacio y tiempo dejan de estar presentes y no rigen las leyes de la física.

Adoptemos un esquema materialista o uno dualista, uno determinista u otro donde haya un hueco para el libre albedrío, la consciencia siempre estará ahí presente como un factor clave del puzle de la realidad. Si aceptamos conjuntamente el pampsiquismo, la interpretación cuántica de Wigner y el modelo de destrucción ab toto de Vedral, toda consciencia (desde la más simple -que podría ser la de un electrón- a la más compleja) alumbraría parcial y subjetivamente la realidad haciendo a cada tic de Planck una poda de todas las posibilidades del Multiverso: esto es, haciendo colapsar sucesivamente la función de onda cuántica. De tic a tic, mediante una siega ordenada y coherente del Todo (sujeta a las leyes físicas de un universo y, por tanto, a las reglas de la causalidad a partir de un determinado estado inicial), la consciencia huiría de la nada cobrando una individualidad. Esa consciencia individual sería la ola de un océano de consciencia universal que moraría en la nada. La diferencia con el mar es que en nuestro símil solo las olas habitan en la realidad: el océano sería pura nada, pura consciencia.

La interacción con el Todo (su destrucción ab toto ordenada y coherente con las leyes físicas que correspondan) abriría la puerta para salir de la nada y asomarse a un universo del catálogo del Multiverso bajo algún avatar material más o menos evolucionado y complejo. En ocasiones, a lo sumo como meros átomos y moléculas aglomerados en objetos inertes (una roca, un cigarro, una taza de té...) con escasa información y valor emergente: una cerilla, un canto rodado o una cuchara tendrían tanta consciencia individual (o sea, ninguna) como un charco de agua, una hoja de papel o un típico castell humano catalán, lo que no obsta para que sus componentes (moléculas, átomos y castellers) sí la tengan. En otras ocasiones, encarnada en seres vivos como nosotros de complejidad variable y con una estructura jerárquica de consciencias en su interior (con la consciencia personal emergente en la cúspide).

Vamos a presumir que ese Todo, que tiene una existencia abstracta o platónica y comprende todas las posibilidades del Multiverso (incluidas todas las leyes físicas y las verdades matemáticas), es eterno e inmutable. Se trata de una especie de almacén o repositorio del que se nutre cualquier universo del catálogo multiversal. Unos universos que podrían ser reales o simulados, aunque quizá no haya diferencia y sean indistinguibles. Porque solo se trata de aplicar una receta: un cierto estado inicial y unas ciertas leyes. Asumamos también que la consciencia es consustancial a la energía-materia, de manera que no deja de estar presente desde el Big Bang hasta el final de un universo en todas las escalas y gradaciones posibles. El espacio y el tiempo serían, como dijo Kant, intuiciones o formas a priori necesarias para la experiencia (a la que además condicionan): sin ellos no hay conocimiento posible. Tras Einstein podemos afirmar que existen objetivamente como dimensiones, pero que su percepción es siempre subjetiva (depende del observador). El fluir del tiempo y la percepción local del espacio serían fabricaciones de la consciencia individual que va siguiendo una ruta multiversal, que va labrando su camino por su correspondiente universo. ¡Y solo hay un camino para cada consciencia, solo un universo que comparte jalones con muchos otros! (mi yo de hace meses que no se animó a escribir este libro o mi yo más reciente -de hace solo un par minutos- que no se animó a escribir unas líneas esta misma tarde ya son otros distintos a mí).

Aunque nos abonáramos al materialismo más estricto (suponiendo que la consciencia no es consustancial a la materia sino una emergencia de esta), la materia podría ser consecuencia necesaria de la nada. Y la vida podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la materia. Y la inteligencia y la consciencia podrían ser consecuencias necesarias de la evolución de la vida. Y la compasión podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la inteligencia y la consciencia. Y Dios podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la compasión, apareciendo al final del universo identificado con una singularidad  tecnológica. O sea, producto necesario de la materia y en última instancia de la nada (¿a su vez ya Dios o consciencia universal, cerrando el círculo, tal y como elucubramos en un párrafo anterior?...).

En su cuento de ciencia-ficción La última pregunta, Isaac Asimov narra la evolución de una generación de superordenadores (a partir de uno llamado Multivac, que empezó a estar operativo en la segunda mitad del siglo XXI) a los que sucesivas generaciones de humanos no dejan de hacer una pregunta para la cual, dadas sus limitaciones computacionales, no logran encontrar respuesta (aunque ya han dado cuenta de todas las demás, que han resuelto las necesidades materiales de la humanidad). La cuestión de marras es “¿Puede revertirse la muerte térmica del universo?”. Al cabo de billones de años ya se han fusionado todas las mentes humanas existentes (desligadas desde hace mucho tiempo de sus cuerpos) en una sola que sigue haciendo en vano la pregunta al superordenador (ahora instalado en el hiperespacio), con el que acaba también fusionándose. Pasados tres trillones de años desde el Multivac, ya no hay nadie en el universo para formular la pregunta. Pero el superordenador/superconsciencia halla por fin la respuesta y, tras llevarla a la práctica (eliminando toda la entropía del universo), decide transmitirla de la única manera que puede desde el hiperespacio: produciendo un nuevo Big Bang. El trasfondo científico de este cuento de Asimov (al que cabe objetar un comprensible sesgo antropocéntrico) es también compatible con un paradigma materialista. Y, por supuesto, con el evolucionismo y la hipótesis de la singularidad tecnológica.

La evolución comienza tan pronto un universo se materializa, saltando a la palestra en forma embrionaria con todas sus potencialidades a través del vacío cuántico. Este último actuaría como un primer embudo o tamiz destructor/reductor del Todo (¡a saber cómo y por qué lo destruye de un modo y no de otro!), fijando así un estado inicial y un conjunto de leyes físicas. Las consciencias más rudimentarias salen entonces a la luz como actores (ya en la singularidad primigenia habría una consciencia igual de primigenia) y empiezan a interactuar. Sin el concurso del tiempo no hay evolución. Sin evolución no hay cambio ni complejidad (con sus consiguientes emergencias), ni ruta alguna hacia una singularidad tecnológica. La evolución es pilotada por la selección natural, que elimina todo rasgo o conducta incompatible con la supervivencia o pervivencia. Esta siega no solo es aplicable a los seres vivos: rige a todos los niveles, desde las partículas elementales hasta los propios universos (hay universos que no llegan a cuajar, por no ser viables).

En nuestro modelo pampsiquista, todo electrón dentro de un átomo solo tiene dos opciones reales: espín a un lado o a otro. Sus otros números cuánticos (o sea, sus otros parámetros o grados de libertad) ya están determinados por la fuerza electromagnética, así como su libertad para saltar de un orbital a otro o huir del átomo (estos movimientos solo dependerían de su nivel de energía, por lo que no habría opción alguna al respecto). Los animales más inteligentes tenemos muchas más opciones, aunque sin duda menos de las que nuestra consciencia nos hace creer. Porque buena parte de ese espacio de libertad ya está ocupado, a un nivel inferior al de la consciencia personal, por nuestros órganos (sobre todo, el cerebro), células, moléculas e incluso partículas elementales, tal como hemos aventurado.

El manejo de esos márgenes de actuación no es otra cosa que el libre albedrío. Al ser esclavos de las leyes físicas, los electrones dentro de un átomo (y también los electrones libres, como los que circulan por los cables eléctricos) tienen escaso hueco para ejercitar su teórica libertad. Elegir espín hacia un lado o hacia otro es equiprobable por la misma razón por la que serían equiprobables las caras y las cruces, o los ceros y los unos, si preguntáramos a un grupo de gente por sus preferencias (y no hubiera sesgo alguno en ellas). También es muy estrecha la libertad de las células y tejidos corporales, al estar sujetos a una programación genética: poseen la misma libertad que nosotros si pretendiéramos echar a volar como pájaros. Por eso mismo, un termostato no puede elegir entre encendido o apagado. El orden de las leyes impone su yugo, reduciendo los márgenes de libertad. Cierta pérdida de esta es el precio a pagar por la inteligencia y la consciencia materializada (por cualquier manifestación del orden, lo que incluye también una estrella, un puente, un videojuego o un código de circulación).

Lo cierto es que hay una tupida maraña de hilos, de remotas causas y efectos, que conducen desde el Big Bang hasta tu existencia personal. Todos tus instantes siempre han estado y estarán ahí fuera, en el gran almacén platónico, disponibles para ser recolectados coherentemente en el marco de tu consciencia o de la cualquier otro tú (aunque en propiedad no serías tú) del Multiverso. Todos esos tús, además de todos los otros innumerables yos, serían en el fondo uno solo: o sea, que tú, yo, Mansur al-Hallaj (el místico sufí persa que fue ejecutado por haber gritado en éxtasis “Soy la verdad”) y cualquier otro ser (no necesariamente vivo) procesador de información… ¡somos Dios! Esta película empezó hace más de 13.800 millones de años. Pero está sucediendo en cada una de sus infinitas variantes. ¿Por qué? Quizá porque Dios (la consciencia pura o desencarnada, el morador eterno de la nada) está experimentando lo que es tener traje carnal, lo que significa ser-estar fuera de la atemporal y aespacial nada, en todas y cada una de sus posibilidades. Quizá por diversión, o por curiosidad, o por ambas cosas. O por algo inimaginable. En su libro Los restos de Dios, el escritor de ciencia-ficción y dibujante estadounidense Scott Adams sugiere justo lo contrario: que Dios se habría aniquilado en el Big Bang para saber lo que es no existir (ya conocedor de todas las posibilidades de existir). Nosotros seríamos sus restos, en proceso de reconstrucción gracias a la evolución de la vida inteligente.

En cualquier caso, seamos sus restos o no, ¿cuál sería el sentido de nuestras vidas? Pues el solo hecho de existir, de ser ventanas a disposición de la Consciencia para ser y percibir de manera subjetiva en el espacio-tiempo. Ventanas para gozar, sufrir, amar, odiar, acariciar, dañar, aprender, errar, encontrar sentido y sinsentido, descubrir la bondad y la maldad, la belleza y la fealdad… En suma, para poder desarrollarse espiritualmente en un escenario de permanente incertidumbre y ocasional zozobra donde se despliegan fuerzas antagónicas y la provisionalidad y la pérdida son moneda corriente. Ventanas que podrían cerrarse infinitesimalmente, de manera asintótica con la nada (con la consciencia universal), tal como un día se nos ocurrió a mi amigo Salva y a mí.

¿Y por qué existe ese Dios-consciencia? Acaso porque sí: sería un brute fact. ¿Al igual que el Todo platónico? ¿O este último es un producto de Dios, pergeñado para permitirle salir de la nada de todas las maneras posibles?... ¿Y si Dios fuese una entidad a su vez inscrita en una realidad superior, completamente inabordable por él mismo? En ese supuesto sí que habría que hacer caso a Wittgenstein y, muy a nuestro pesar, callar. Callemos pues, por fin, cediendo la palabra a la poesía.

“Platón o el porqué” (Wislawa Szymborska, poeta polaca):

Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
-para qué con sombra,
si antes no tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas…

sábado, 18 de marzo de 2017

Breve chateo con el escritor y crítico Eduardo L. (con irrupción oral de Samuel R.) sobre la cosecha literaria de 2016

N.F.: -Hablemos de literatura, Eduardo.

E.L.: -Ya sabes que yo soy mucho de Stephan Zweig, Philippe Roth, José Luis Borges y Virginia Wolf.

N.F.: -Orgullo respectivo de Eslovaquia, Escocia, Uruguay y Bélgica, ciertamente... Pues a mí este último año me han cautivado Gyor Husanyi, Dyson Torricelli, Pascal Degrelle, Hugh T. Barks, Olujimi Magamo y Keiko Tagasaki.

E.L.: -No están mal. Aunque te olvidas de Patxi Amurrio, Jordi Samarcanda, Xosé Escalivada, Martín Afeira, Jacinto Tallarín y Luis P.

N.F.: -Bueno, eso en lo tocante a la literatura patria. En cuanto a latinoamericanos, destacaría al paraguayo Guido Dacosta, el dominicano Fenowsky Ríos y el peruano Toño Minamoto... sin olvidarnos de dos grandes promesas brasileñas: Orlando Kleber y Tancredo Marinetti.

E.L.: -Tancredo Marinetti es un must. Me gustó especialmente su Brújulas desnortadas, con prólogo de Mauricio Estuart Millás.

N.F.: -La llevó al cine magistralmente el chileno Eduardo Wilczek. No confundir con su hermano, el artista conceptual René Wilczek, autor de la performance "Arauconvoy Express con sacarina".

E.L.: -Sí, en el ensayo Una generación eximida, Braulio Napalm, en un demoledor epílogo, ensalza el trabajo de los Wilczek. Léelo.

N.F.: -A las tertulias en casa de los Wilczek a principios del milenio iban músicos, pintores, exégetas, epistemólogos, polígrafos... São Paulo era una fiesta, como ilustra el cuadro ya icónico de Darsy Gonçalves (curiosamente, un carioca entre tanto paulista)... Por cierto, Eduardo, apenas hemos hablado de mujeres. Del otro lado del charco quizá haya que apuntar a la chilena Joanna Basterreche (prestigiosa antropóloga, por otra parte) y la mexicana Lía Jaramillo. Y en nuestro país sería injusto no mentar a plumas femeninas prometedoras como Alexandra Riesco, Mafalda Campmany, Olga Carrio (poeta de moda en lengua asturiana) y, por qué no, mi paisana tinerfeña Jero Betancor (que además presenta un programa literario en el prime time de la televisión autonómica canaria)... ¿Eduardo?... ¿Te has ido?...

S.R.: (su voz sale a través del Amazon Echo) -Buenas tardes, soy Samuel R. y me gustaría matizar vuestros comentarios. ¿Tancredo un must?... Lamento no compartir ese punto de vista. A mí me parece más bien un bluf. Pongo sobre la mesa a Roberto Marinoswky, injustamente olvidado. En una de mis visitas a esas entrañables casetas de la Cuesta de Moya, escuché a Andrés Trampiello nombrarlo entre susurros, apenas tuve el tiempo justo de arrebatarle la pieza. Un tronco del que sacar muchas astillas. Y qué decir de Yeray Panero, el último de la saga, una última aparición del destello de la familia en Agaete, aún no se sabe quién fue realmente el padre. ¡Aaaamigooo!... Seguro que eso no se lo esperaban...

N.F.: Yeray Panero: ¡olvido imperdonable el mío! Creo que hiciste una crítica de su Vomitando que es gerundio en tu espacio radiofónico.

S.R.: Potando que es gerundio.

N.F.: ¿Es verosímil el rumor de que su padre podría ser el alicatador de El Goro Johnatan Panero?

S.R.: Se cree que es hijo de una camarera ebria del parque San Telmo.

(se corta la conexión)

sábado, 15 de marzo de 2014

¿Elogio de la erudición vana?

En el programa del Ciudadano García en RNE, el escritor Luis Alberto de Cuenca recomendaba este jueves la lectura de Elogio del libro de papel de Antonio Barnés. Ya su título da una pista de que podríamos encontrarnos ante una invectiva contra el libro digital (nada más que un formato cuyo contenido es exactamente el mismo que en papel), y algo de eso hay aunque su propio autor lo niegue.

Es cierto que, como escribe Barnés, "el formato influye en la lectura": tanto es así que gracias a mi Kindle puedo leer mucho más cómodamente tumbado en la cama o dentro del coche cuando se hace de noche; aunque, por otro lado, he de reconocer que se hace más incómodo ir a una página anterior y que la batería limita (como también condiciona el peso y envergadura de un libro de papel muy gordo, o su letra muy pequeña, o su lectura de noche dentro de un coche o una tienda de campaña). Todo tiene sus pros y sus contras, pero la obra leída en formato electrónico es -¡insisto!- exactamente la misma, con todas sus comas y sus puntos, que la versión convencional en papel: aquí no es aplicable la máxima macluhaniana de que "el medio es el mensaje". Una cosa es la literatura y otra bien distinta la bibliofilia, una afición muy respetable pero que tiene más relación con la filatelia o el coleccionismo de latas de cerveza que con el mundo de la cultura y las letras.

Además de prevenirnos contra el e-book (la Fundeu me llamaría a capítulo por no escribirlo en español, pero lo hago porque no soy nacionalista y, sobre todo, porque me da la gana), Barnés propina una colleja a "la rastrera reducción de lo humano a lo numérico". "La razón y las palabras no deben ceder al tubo de ensayo", se lee en el libro de este autor, al que se le escapa que en los tubos de ensayo solo se someten a experimentación hipótesis pergeñadas por la razón (no verdades absolutas más o menos pintorescas). Lo más gracioso es que, por mucho que les pese a quienes tienen aversión a la ciencia o la desdeñan, hay indicios de que el Universo podría ser mera Matemática (y esto no haría, por cierto, que nuestros sentimientos y pasiones perdiesen un ápice de su valor).

De Cuenca, que incurre en el manido tópico de confundir cultura con inteligencia (hay personas tan inteligentes como incultas y también lo contrario: gente culta pero poco inteligente), sostiene en RNE que "la gente va perdiendo el pensamiento abstracto" y lo atribuye a las nuevas tecnologías (hace medio siglo, por no decir 200 años, España debía ser todo un dechado de pensamiento abstracto). Por lo que afirma, evidencia ignorar que se puede leer perfectamente -aunque quizá no sea lo mejor para los ojos- un buen libro o un artículo sesudo en un iPad. Es muy probable que nunca haya visto -o, al menos, reconocido- un iPad de esos a los que se refiere en su charla radiofónica con el Ciudadano García y mi excompañero de la web de RTVE David Sierra.

Volviendo a Barnés, éste acierta de pleno al considerar que la acumulación de conocimientos no constituye la sabiduría. Y no puedo estar más de acuerdo con él cuando afirma que "para surcar el cuasi infinito almacén de datos del océano virtual hacen falta nuevas brújulas y mapas, si se pretende arribar a destinos de conocimiento". En Internet hay mucha paja y poco grano (¡aunque muy bueno!), pero en papel también ha habido siempre mucha basura (y cada vez más, dado que la producción de la industria editorial se asemeja crecientemente a la de cualquier otro bien, sea éste un tornillo, un termostato o un bote de tomate frito, aunque con unos estándares de calidad mucho más bajos por culpa de una demanda de mercado poco exigente). Y claro que hay, además de analfabetos digitales, analfabetos digitalizados. Pero la culpa no es (particularmente en España) de Internet, sino de un sistema educativo bastante deficiente y un nivel cultural aún peor.

El autor del Elogio del libro de papel parece limitar la acumulación estéril de saberes al ámbito científico y tecnológico, cuando hay un montón de morralla humanística cuyo conocimiento solo sirve para jugar al Trivial y, en el mejor de los casos, ir a concursar a Saber y ganar y llevarse un pellizcono aportando nada más que un ridículo barniz de la más superficial erudición. ¿Tiene alguna importancia saberse de memoria los nombres de todos los reyes godos o recitar párrafos enteros del Cantar del Mío Cid o de José María Pemán? Por el contrario, sí que me resulta bastante lamentable la ignorancia científica de la que ciertos humanistas (entre los que se cuentan algunos que ni siquiera saben escribir correctamente), en un osado ejercicio de engreimiento y estupidez, incluso se enorgullecen.

viernes, 20 de mayo de 2011

Ubrique Garcimendia, la estrella más rutilante de la subcontrata editorial

-Y el premio es para... ¡don Genaro Ubrique Garcimendia!

El mentado, santo y seña en el mundillo de la subcontratación de productos enciclopédicos y obras de consulta, subió al estrado y agradeció a todos, con un repertorio de ensayados aspavientos, el conmovedor reconocimiento –acordado contractualmente en su día- a la edición en 10 volúmenes de la Historia Universal Vereda, producto estrella de una labor de auxilio a la industria editorial extendida a lo largo de más de cuatro décadas. Atrás quedaban los repetidos abrazos del escáner de su empresa a los tomos de la enciclopedia Brousse, a la Historia General de la Pintura Equilar, a la Historia del Mundo Bajoan, a la Enciclopedia Temática Urneta, al consultor didáctico Peralta, a las diapositivas de Viarres -de uso injustamente limitado al ámbito escolar-, al Atlas Histórico Maránica, a las inestimables fotos de los numerosos viajes por el orbe realizados con sus ahorros por el corrector de textos Martínez... "Abogamos por un nuevo concepto de los servicios de edición, fundado en la interlocución directa con nuestros clientes", leía Ubrique Garcimendia en el pedazo de papel redactado ad hoc por el chapero del último fin de semana, recién egresado de un dinámico curso de marketing-mix impartido por un cocainómano californiano en una estación de montaña de los Apeninos. "Ahí está nuestra fortaleza, en la adecuada interpretación de las necesidades on line de cada usuario".

Mientras así se expresaba el conocido subcontratista, sus becarios refritaban sin excesiva pericia en un sector de su oficina madrileña -a una temperatura de 31,4 grados Celsius a la sombra- diversos textos de la revolución francesa procedentes de un pack de revistas de historia y de la mismísima Enciclopedia Britannica; del pack se encargaban los becarios licenciados en Farmacia, mientras que de la Britannica daban cuenta los becarios traductores de lenguas eslavas (en particular, conforme a las indicaciones del recepcionista, los que tenían el italiano como segunda lengua*).

Más allá, casi al fondo de la oficina -a una temperatura de 33,6 grados Celsius, en permanente penumbra por la rotura de los tubos fluorescentes del techo (a la espera de la prometida reparación por parte del editor-jefe)-, la chica de la limpieza se afanaba en la redacción de los pies de fotos, que posteriormente serían revisados por la encargada de recursos humanos, luego por su cuñado y finalmente por el recepcionista. A todo esto, el corrector de textos Martínez revisaba las nóminas, los partes de entrada y de salida y los libros contables en la planta de arriba, a una temperatura algo inferior -29,1 grados- pero con un horrendo tufo a coliflores podridas (el director comercial no se había dignado aún a practicar la pertinente reparación en el bajante).

Por su parte, tras eyacular en su oficina frente a una lámina de Murillo, el director de contenidos principiaba un soneto para su novia de 14 años –"Si dos luseros fuesen tus hojos, que me topace yo en mi largo caminar..."-, y el contable cogía las llamadas telefónicas mientras fotocopiaba las pautas de redacción para externos elaboradas por la hijita menor de la responsable de recursos humanos en colaboración con un amiguito de su colegio llamado Borja del Mar; todo ello, por supuesto, sin descuidar a los dos candidatos al puesto de revisor médico -ambos titulados en decoración de interiores-, que aguardaban pacientemente en la recepción para entrevistarse con el penúltimo chapero del jefe (un avezado lanzador de jabalina con una amplia experiencia como repoblador de eucaliptos).

"Que no se me olvide mandar un ejemplar de la Historia Universal Vereda a sus autores, para que vean de qué va la obra", reflexionaba entretanto, sentado en la taza del W.C. y con los ampulosos títulos de crédito –con referencias a catedráticos e investigadores tanto reales como ficticios (aunque sin adscripción a uno u otro bloque, en contra del criterio de la encargada de recursos humanos)- frente a sus narices, el cuñado de la jefa de personal.

* Los eslavoparlantes con flamenco como segunda lengua descansaban tras haberse encargado de la titánica redacción de la H. U. Vereda.

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