Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
Bien que se hizo esperar, ¡por fin!, ¡muchas felicidades!, la placidez durmiendo al poco tiempo de llegar al mundo, ya limpio y bien abrigadito entregado a su madre, ¡qué ojos más grandes!, en la cuna portátil dentro del coche familiar hacia la que será su casa, su habitación decorada con dibujos de animalitos, la cuna de madera recién comprada y con sábanas limpias que huelen a limón, el muñeco perruno Trapito al que pronto se aferra, la primera vez que sonríe, el primer día en la guardería, Nana le cuida allí mucho, las malas noches por la tos con su madre insomne a su lado, el gozo del agua caliente y el de la esponja en la bañera de plástico, el pato de goma amarillo que se tira pedos, la primera vez que se lanza a andar por el pasillo de casa, el cuento personalizado de Los tres cerditos de su padre antes de irse a dormir, el confort de la manta con que le cubre antes de darle un beso en la frente, "qué piel más suave" le dice su madre al acariciarle la cara, primera fiesta de cumpleaños de la que disfruta plenamente, ¡y que cumplas muchos más!, la función en el colegio vestido de ángel, mira lo que te ha dejado el ratoncito Pérez por el diente, la llama de la ilusión en sus ojos, cochecito con el que recorre la mesilla baja del televisor diciendo "bruum bruum", un niño le pegó en el cole, el disgusto a duras penas reprimido que acaba en llanto, el abrazo de consuelo, ese niño es un idiota, el rostro húmedo aliviado, reconfortado hasta lo más hondo, mis padres me quieren incondicionalmente, me dan de comer y me cuidan, las vacaciones en la playa, el gozo de las zambullidas en la piscina, el helado de mango, la ilusión de los Reyes Magos, las casas de los abuelos, sus tíos, sus primos, aprendiendo a nadar en el colegio, jugando a la pelota con los pequeños vecinos de la urbanización, la caída aprendiendo a montar en bicicleta y la nariz magullada, fascinado observando en el mapa de la tablet por dónde va ahora Papá Noel repartiendo regalos, su padre le ha enseñado a jugar al ajedrez, las gafitas que le han puesto para ver bien de lejos (¡mira qué bonitas son!), el primer día que sale solo a la calle a comprar el pan (su padre detrás vigilando disimuladamente si cruza bien la calle), el desconsuelo enorme al enterarse de que no existe el Ratón, se le caen las lágrimas, se viene abajo también la creencia en los Reyes Magos al poco tiempo, las molestias por el aparato corrector en los dientes (¡ya verás qué bien cuando seas mayor!), los partidos de baloncesto de su equipo, los ánimos y aplausos, el orgullo de la canasta en el último segundo, de vuelta a casa en el coche para ducharse y comer y jugar a la Play, las fiestas de cumpleaños con los amigos, el perrito de la prima al que tira la pelota de tenis para que la recoja, le gustan mucho los perros y los gatos, los dibujos animados de la Pantera Rosa y la película de Mister Bean con las que se muere de risa, la ilusión de los viernes por la tarde, los pedidos de pizza a domicilio, la primera salida nocturna con los amigos, la canción del verano, el despertar sexual, los Youtubers que le entretienen, los partidos del Atleti en la tele, me gusta una chica, el primer beso, el agobio de los exámenes, la satisfacción indisimulada por las buenas notas, sus palabras en la fiesta de graduación, el abrazo con sus compañeros vestidos con traje y corbata, los planes para estudiar en la universidad y sacarse el carné de conducir...
El disparo certero en la cabeza (tanta veces acariciada) de un francotirador multimillonario que ha pagado cientos de miles de euros para cobrarse la primera pieza que se le pusiera a tiro ese día desde la azotea, la estampida y la caída al suelo como un guiñapo inerme, el cuerpo rígido y descoyuntado en medio de la sucia acera, las gafas fracturadas a su lado, le quedaban unos días para cumplir 18. Había salido a comprar pan. Sus padres aún tardarán unos minutos en saber que un hombre ha roto lo más amado por ellos en el mundo. Y nunca sabrán que ese mismo tipo está ahora celebrando su gesta risueño, jarra de cerveza en mano, junto a varios colegas en un club privado. Dios aún no sabe lo que ha pasado porque todavía no existe.
El otro día, un gato callejero le dio un buen mordisco en la mano a un amigo mío que estaba acariciándolo en la protectora de animales donde colabora. Se le llegó a infectar la profunda herida y hubo de recurrir a antibióticos.
Este suceso me hizo pensar lo siguiente: si te dedicas a acariciar a todos los gatos o perros con los que te cruzas, acabarás más tarde o más temprano corriendo la misma suerte que mi amigo. Lo suyo sería poner en un lado de la balanza esa dolorosa dentellada, y en el otro la satisfacción obtenida por los cientos de caricias correspondidas con el cariño del animal.
Esa conclusión se puede generalizar a muchas otras acciones en la vida. Si siempre te entregas plenamente a las personas con las que te relacionas (vínculos tanto sentimentales como de amistad), acabarás defraudado y engañado más de una vez. Si te vas mil veces a pasear a la montaña, acabarás al menos alguna vez con un esguince o algo incluso peor. Si viajas en avión 100.000 veces, acabarás con más de un sobresalto. Y si lo haces cien millones de veces, da por segura tu muerte en un accidente aéreo. Por eso la inmortalidad es una quimera, por mucho que se avance en el detenimiento e incluso la reversión del envejecimiento: la potencial inmortalidad termina desmoronándose en un mundo donde hay accidentes y muchísimo tiempo por delante para que estos se manifiesten.
¿Renunciamos a acariciar perros y gatos, a pasear por la montaña, a viajar en avión o a entablar una relación para no ser mordidos, hacernos un esguince, estrellarnos o salir trasquilados sentimentalmente?... Es cuestión de sopesar con la susodicha balanza, conscientes de que vivir una buena vida entraña riesgos entre los cuales está el ineludible de morir (cuando adoptamos un cachorrito no prevalece el sentimiento de saber que seguramente le sobreviviremos). Yo estoy convencido de que, como dice la canción, es mejor querer y después perder que nunca haber querido (generalizando, es mejor vivir y después morir que nunca haber vivido). Y que no debemos renunciar a acariciar un animal doméstico por el hecho de que haya algunos perros y gatos revirados. Aunque una cosa es estar convencido y otra aplicárselo a uno mismo: reconozco que nunca he querido tener una mascota por evitar el mal trago de su hora final. Quizá es que yo no sepa vivir...
Hace más de tres años mi amigo y paisano José Miguel Santos me recomendó encarecidamente ver Breaking Bad, pero fue hace solo cuatro semanas cuando le tomé la palabra y me puse a ello. La verdad es que no había encontrado el momento de hacerlo, pero una vez vi en Netflix el primer capítulo no pude dejar de seguir hasta el final de la serie (son 62 capítulos repartidos en 5 temporadas). Apenas veo la tele (casi todo es basura, huelga decirlo) y lo mejor que había encontrado últimamente era Black Mirror (me han asegurado que The Wire es también una obra maestra). No me voy a detener en las excelencias del guion (construido a partir de una idea superoriginal, con unos personajes únicos y una trama espectacular), de la fotografía o de la realización, ni en el soberbio trabajo de los actores protagonistas (sobre todo, del dúo Bryan Cranston-Aaron Paul). Lo que voy a hacer a continuación es extraer algunas enseñanzas vitales de una serie que me ha sacudido emocionalmente. Puede que haya algo de generacional en ello, ya que Breaking Bad arranca cuando el profesor Walter White (Cranston) está a punto de celebrar su 50 cumpleaños (¡yo espero hacerlo en febrero!). Pero sin duda va mucho más allá, a tenor de la extraordinaria acogida que ha tenido entre gente más joven.
AVISO DE SPOILER: No continúes leyendo más allá de este párrafo si no has visto la serie y tienes intención de hacerlo (creo sinceramente que te perderías una joya si no sigues la recomendación que me hizo José Miguel en 2014).
¿Qué mueve a la gente? (la importancia del afecto, la autoestima, la familia y el trabajo)
Buenos y malos, listos y tontos, guapos y feos, todos queremos sobrevivir y disfrutar de cierto bienestar físico y económico. Pero no menos importante es la necesidad de afecto y reconocimiento, así como la autoestima (que en buena parte se nutre de lo anterior) y el instinto de protección familiar (sobre todo, de nuestros hijos, a los que amamos incondicionalmente). De poco sirven el poder y el dinero si con ellos no nos sentimos amados ni realizados, si no podemos ofrecer lo mejor a nuestros seres queridos (aunque inspirar miedo alrededor y tomar lo que a uno le place en todo momento, a lo Calígula, Rafael Leónidas Trujillo o el jefe del cártel Don Eladio, parece bastar a algunos para ser felices). Si hay un denominador común en los protagonistas principales de Breaking Bad es la importancia que otorgan a sus familias, aunque esta revista la forma de una banda de facinerosos.
Despreciado por su familia carnal, el joven descarriado Jesse Pinkman (Aaron Paul) es en el fondo un buen chico falto de cariño y con la autoestima quebrada que ve en Walter White no solo un socio sino un mentor (quien lo valora, aunque también le riñe más veces de las que desearía). Su caso, el de Jesse, es un ejemplo claro de que el dinero no da la felicidad: no sabe qué hacer con tanta pasta ganada, que malgasta en drogas y fiestas distortion en su casa en las que se reúnen multitud de colgados entre los que solo figuran dos amigos (unos fumados que siguen viviendo a los 25 años con las mismas inquietudes que si tuvieran 16). Jesse se siente reconocido y valioso trabajando como químico al lado de Walter o acompañando al narco Gustavo Fring y su jefe de seguridad Mike Ehrmantraut. Una frase dirigida a él como "Veo cosas en gente" (de Fring) o el "Aquí tiene a los dos mejores cocineros de meta de América" (dicho por Walter, en su presencia, ante otro narcotraficante) tienen para Jesse más valor que un millón de dólares.
La autoestima por el trabajo bien realizado, la búsqueda de la perfección en lo que uno mejor sabe hacer, es fundamental. Walter disfruta estando con sus hijos, acompañado de ellos y de su esposa en el calor de su hogar, pero también goza con su trabajo de profesor de Química (aunque a muchos de sus alumnos les resbale su materia) y, sobre todo, como fabricante de metanfetamina: en esto sabe que roza la excelencia. Ya decía Jesse al principio de la serie que "cocinar es un arte". Walt lo suscribe siempre y cuando se respete a la Química, de la que es casi un adorador religioso: no le vale cualquier ñapa, es un perfeccionista obsesionado con la pureza de su producto.
Diagnosticado de un cáncer de pulmón, ahogado económicamente (tiene que desempeñar un segundo trabajo en un lavacoches para llegar a fin de mes), con un hijo discapacitado y una esposa embarazada, Walter había dado el salto a fabricante de meta para pagar su costoso tratamiento médico y asegurar el futuro de su familia. Garantizar los estudios y el bienestar de sus hijos era su principal móvil. Pero llega un momento en que lo hace sobre todo por sí mismo, por mero gusto a su trabajo, tal como confiesa a su mujer Skyler en su despedida: es su autorrealización, es su autoestima, lo que está en juego. Porque Mr. White tiene una espina clavada: muchos años atrás, recién acabada su carrera universitaria, vendió por 5.000 dólares a dos socios (entonces compañeros de estudios, mucho menos brillantes que él) sus acciones en una empresa que se convertiría en un gran emporio. Sus antiguos amigos Elliot y Gretchen, ahora casados, son multimillonarios y reconocidos empresarios que se pasean por el mundo y los platós televisivos. Mientras tanto, él se afana limpiando las ruedas del deportivo de un alumno pijo llegado al lavacoches con su novia, a la que le hace mucha gracia la escena del azorado profesor agachado y provisto de un cepillo.
El disgusto del policía Hank por descubrir que el temible narco Heisenberg al que perseguía en vano desde hacía meses no era otro que su cuñado (el que en su 50 cumpleaños le parecía, esgrimiendo su pistola reglamentaria, "Keith Richards con un vaso de leche") también tiene mucho más que ver con su autoestima que con otra cosa. Tal como me comentaba muy agudamente mi compañero -y, sin embargo, amigo- Antonio Serrano, lo que más fastidió al agente de la DEA (un echado p'alante, aunque ciertamente valiente y honrado) fue sentirse burlado de ese modo por Walter: aquello era una puñalada a su ego de tipo duro y listillo, bregado en mil batallas, que siempre presumía de mundología ante el cuñado medroso encerrado en su aburrido mundo de pizarras, libros y tubos de ensayo.
De la importancia del trabajo para el equilibrio personal y la autoestima da también muestra el coleccionismo de minerales de Hank cuando está convaleciente del ataque de los bestiales gemelos Salamanca. El hombre se aburre en casa, postrado en la cama, y encuentra en esa afición un sucedáneo a sus labores en la oficina de la DEA. Es un modo de crear rutinas que ordenen su vida y le hagan sentirse útil: el pedir las rocas por Internet, el abrir los pedidos, el clasificar las piedras e investigar sobre ellas... Lo cierto es que no le basta con la compañía de su mujer, lo que no significa que no la quiera, para informar esas semanas de convalecencia: necesita dotar de contenido productivo a sus días para sentirse valioso y preservar su amor propio.
¿Walter White es malo?
Podríamos pensar que White empieza su deriva hacia el mal en el mismo instante en que hace su primer cocinado con Pinkman: porque, claro está, se trata de un producto ilegal con efectos dañinos para la salud si no se administra adecuamente. Pero no creo que Walter tuviese ningún reparo moral a ese respecto, del mismo modo que no los tenía el infortunado Gale Boetticher, un tipo amable y cultivado, libertario y vegano: la fabricación de droga (siempre y cuando se vele por su calidad y seguridad) no es un acto malvado desde la óptica moral de un
abolicionista. En este punto yo no podría estar más de acuerdo con ellos.
El problema es que, dada la ilegalidad de la droga, cualquier persona normal que quiera dedicarse a esta actividad en plan empresarial tiene que lidiar con una inevitable ristra de indeseables: distribuidores, intermediarios, picapleitos, encargados de la seguridad (o sea, sicarios generalmente simiescos)... Las primeras muertes causadas por Walter son del todo justificadas, amparándonos en el derecho a la defensa propia. El primer caso verdaderamente censurable tiene lugar en el dormitorio de la casa de Jesse, cuando White es testigo de una sobredosis de heroína de su novia y decide no auxiliarla: la razón parece ser la de proteger a su joven socio de una influencia muy negativa que amenaza con mandarlo prematuramente al cementerio... ¡y también privarlo a él de un ayudante necesario para seguir cocinando!
Walter es a lo largo de toda la serie un tipo que pugna por su supervivencia y por la seguridad de sus seres queridos. Pero empiezan a sucederse cosas feas al intentar salvar a toda costa su culo y el de su círculo familiar: la más grave es, sin duda, el asesinato a sangre fría de Gale (un acto cometido por Jesse a instancia suya porque, ciertamente, era elegir entre la muerte del químico -ya escogido por Fring como nuevo cocinero en vez del dúo problemático White-Pinkman- o la de ellos mismos). También es grave el envenenamiento temporal (Walter escogió una dosis de veneno no letal) del hijo de la nueva novia de Jesse para ponerlo de su lado en el enfrentamiento con Fring. Y el asesinato de Mike (quien, por cierto, hubiera hecho lo mismo en su lugar) al no darle los nombres de las nueve personas de su confianza en prisión que podrían cantar. Por no hablar de la posterior ejecución en la cárcel de esos molestos testigos, encargada a la banda neonazi dirigida por el tío de Todd.
Vince Gilligan, creador de la serie, apunta que el momento de mayor maldad de Walter es cuando, tras entregar a Jesse a la banda de neonazis (porque Jesse le ha traicionado, al descubrir que fue el culpable de envenenar al niño), le dice sádicamente que pudo haber salvado la vida de su novia Jane. Eso es más malévolo incluso que haber dejado morir a su chica, porque lo hace con el solo ánimo de dañar; también más pérfido que entregarlo a esos tipejos, una decisión extrema tomada para salvar su propio pellejo. El afecto y el odio presiden la relación entre White y Pinkman, como toda relación intensa entre amantes, familiares o grandes amigos. Pero no debemos olvidar que Walter le salva tres veces la vida a Jesse (incluyo su rescate de una casa ocupada por heroinómanos, de donde solo podía salir muerto por una sobredosis) porque realmente le aprecia. Y que suplica en vano clemencia al tío de Todd para dejar con vida a Hank, que días antes le había dado un par de hostias: "¡Es familia!", dice de su cuñado, herido en el suelo, al que aprecia genuinamente y cuyo asesinato le causa un gran dolor.
En suma, si Mr. White hace cosas malas es sobre todo para salvaguardar sus intereses y, con ellos, los de su familia (al menos así lo entiende). En esto no se diferencia de Gus Fring o de Mike (sí algo de Jesse, como ahora veremos). Pero, ¿cae en el mismo saco que los Salamanca?... Rotundamente no.
¿Todos los homicidios son igual de reprobables? ¿Hay vidas que valen más que otras?
No todas las personas son iguales, por mucho que cristianos consecuentes e izquierdistas biempensantes pretendan autoengañarse y engañarnos: hay vidas más valiosas que otras, aunque ello no figure negro sobre blanco en ley alguna de un Estado democrático. La existencia de los bestiales gemelos Salamanca (por cierto, fieles devotos de la Santa Muerte) y de los no menos brutales Tuco y Héctor ni siquiera es parangonable a la del tarugo de Todd: este es un completo amoral, aunque no
disfruta torturando o asesinando sino que se limita a hacerlo sin cargo alguno de conciencia cuando lo cree oportuno o simplemente se lo ordenan. Por supuesto, los Salamanca y Todd están en un escalón moral inferior al de Mike (aun siendo también un sicario) o Gus (aun degollando personalmente a uno de sus colaboradores), por no hablar de Walter, Jesse o el resto de personas normales.
Escaso consuelo le podría quedar a Gale y su familia de saber que quien le metió un tiro entre ceja y ceja no era realmente mala persona: es más, no dudo que Jesse (que sufrió muchísimo al disparar y cargará ese acto para siempre en su conciencia) es la persona más empática y leal de la serie, cuya integridad moral acaba siendo el factor dinamitador de todo el entramado productivo de Los Pollos Hermanos. El asesinato de Gale es un símbolo de la complejidad de la vida y de la convivencia humana, del tremendo peso de las circunstancias que entretejen nuestra suerte y nos ponen a veces en terribles disyuntivas: como la que lleva a un soldado en una guerra a matar enemigos desconocidos probablemente tan inocentes como él.
Los Salamanca son una panda de sádicos viciosos (Tuco es además un ser irracional, una personalidad muy violenta que lo hace impredecible y poco de fiar), sin empatía alguna por nadie ajeno a su familia: da igual que sea un niño, una abuelita desvalida, un inocente... Fring tiene sentimientos empáticos, pero sabe que en su puesto no se puede andar con muchas contemplaciones. Lo cierto es que en el fondo desprecia profundamente a los sicarios: llega a decirse a sí mismo "¡Animales!" en referencia a los gemelos. Él es un hombre culto y refinado, amable, muy racional, un profesional como la copa de un pino. ¡Igual que Walter! Pero si percibe una amenaza, no duda en recurrir a la brutalidad (si la considera necesaria, como cuando degüella a su sicario Víctor o amenaza a la familia de Walter), aunque exenta de sadismo: capítulo aparte es su comportamiento sádico ante Héctor Salamanca, que hunde sus raíces en el brutal asesinato a sangre fría de su presunto novio Max en la piscina de Don Eladio. Si Fring se hubiera dedicado solo a la restauración, con su cadena de restaurantes Los Pollos Hermanos, no habría sido un empresario peor que muchos legales de éxito: es más, dada su profesionalidad y buen trato con clientes y empleados, aventuro que estaría por encima de la media. Su problema, así como el de White, es la ilegalidad de su actividad.
Los Walter, Jesse, Mike, Saul Goodman (singular picapleitos en torno al cual se desarrolla una precuela de Breaking Bad llamada Better Call Saul) e incluso Fring (aunque este quizá ya ha ido demasiado lejos para dar marcha atrás) son personas potencialmente recuperables por la sociedad: gente que ha tomado o se ha visto empujada a tomar un camino enrevesado y acaso erróneo, pero que puede enderezar sus pasos y aportar más beneficios al prójimo (reconozco que ya aportan algunos en su entorno, que no todo son perjuicios y estragos por su parte).
No es el caso de los Salamanca, de Todd o de su tío, como no lo es el de cualquier psicópata y/o sádico: por el bien de las personas, animales y plantas, estos están mejor en la cárcel (por no decir en el infierno, ya que en prisión también pueden hacer daño a personas valiosas). Aunque insisto en que Todd es un malvado menos malo que los Salamanca o su propio tío: si hubiera un Dios bondadoso que puntuara al respecto, creo que Todd sacaría un 1 frente al 0 de su tío y de Héctor (en ambos casos, ciertamente un "muy deficiente"). Fring quizá tendría un 2,5. Y Mike, un 4,75. No me cabe duda de que Jesse aprobaría y Walter sacaría otro 4,75 (no sé cómo se las gastará Dios, pero yo nunca suspendí a un alumno mío con esa nota). Aunque siempre queda la duda inquietante: ¿tiene Todd la culpa de carecer de empatía, de ser un psicópata, si es algo que forma parte de su equipamiento de serie (de su ADN) al nacer?, ¿es culpable de algo si no existe el libre albedrío?...
Aupado por sus triunfos y golpes de suerte, Walter se viene arriba al cabo de varias temporadas (es natural: la tentación del poder es muy grande) y confirma solemnemente a un narcotraficante que él es el legendario Heisenberg: "You're Goddamn right!". Mr. White quiere levantar un "imperio", pero esta escena será un punto de inflexión: presionado por Skyler, que ya es cómplice de sus negocios, pronto se dará cuenta de que ni él ni Jesse podrán convertirse jamás en grandes narcos. Hay una selección negativa merced a la cual solo llegan arriba en este tipo de negocios los más hijos de puta, los que tienen menos escrúpulos. Ahí no puede competir con tanto psicópata (o con gente con la empatía en suspenso, caso de Gustavo Fring), y por eso termina retirándose. Si hubiese continuado, se habría convertido inevitablemente en un Fring y quizá traspasado la línea de no retorno del lado oscuro. Ya había ganado más que suficiente, desde luego, para vivir ahora una existencia tranquila centrada en su familia...
El efecto mariposa: el mundo como un todo interrelacionado
Hank siente ganas de ir al baño en una amena celebración familiar en casa de sus cuñados y descubre, sentado en la taza del váter, un ejemplar de Hojas de hierba de Walt Whitman dedicado por un tal G. B. a un tal W.W. Su asombro es mayúsculo, no se lo puede creer: de pronto todo cobra sentido y encajan las piezas del puzle que tanto le había obsesionado en los últimos tiempos. Walter llevaba meses retirado de su peligrosa industria y la calma había retornado a su hogar (incluso se había permitido un viaje romántico a Europa con su esposa Skyler, ya mucho más serena después de que su marido colgase el delantal). Si Hank no hubiese tenido ese apretón, probablemente hubiera sobrevivido a Walter (que recaerá pronto en su enfermedad). Este último habría fallecido rodeado del cariño de los suyos, incluido Hank, y con el silencio cómplice de su mujer. No se habría destapado nada y Walter Junior recordaría siempre a su padre como un buen hombre.
Las ganas de cagar de Hank desatan una cascada de acontecimientos que no solo acaban con la muerte del propio policía y de Walter (aunque no en una cama, que era lo previsible) sino también con la de la intermediaria Lydia (esa pija neurótica tan escrupulosa, salvo en el ámbito moral), la de Mike, la de sus nueve hombres en prisión, la de Todd y toda su panda de facinerosos... Y que arrasa con la normalidad de la familia White: sus bienes son embargados, su casa es precintada (qué vanos y patéticos los esfuerzos de Walter al principio de la serie por hacer arreglos en la vivienda con los primeros ingresos de su actividad irregular) y encima Skyler habrá de afrontar un juicio.
Ya en la tercera temporada, la decisión de Walter de no auxiliar a la novia de Jesse tira de un hilo que conducirá a un terrible accidente de aviación, dado que el padre de la chica es un controlador aéreo al que se le va la pinza por culpa del estrés acumulado. Que la suerte de una persona que viaja en un avión dependa de la decisión de un desconocido de dejar morir a una heroinómana igualmente desconocida (una decisión fruto, a su vez, de múltiples circunstancias) nos invita a ver el mundo como un todo interrelacionado, a adoptar un enfoque holístico de la realidad. Todos nuestros actos, por nimios que parezcan, tienen causas y consecuencias. Por mucho que los pensadores de raíz marxista se revuelvan en sus sillones o cátedras, soy de los que creen que si un frutero no se hubiera inmolado en 2011 en Túnez, seguramente Gadafi seguiría en el poder en Libia y no hubiese habido guerra en Siria y Yemen. Si la teoría del caos funciona en la naturaleza, no veo por qué no habría de hacerlo en la historia humana.
¿Tiene sentido la vida?
Walter muere
aparentemente solo, privado del amor de su familia: el de su esposa (a
la que siempre fue fiel) y el de su querido hijo discapacitado; su
adorada hijita de año y medio ni lo recordará. Ni siquiera hay
un abrazo final de Jesse, su otro hijo, aunque su ambivalente gesto de despedida
parece contener un mensaje de agradecimiento. Podríamos decir que lo ha
perdido todo y es consciente de ello en sus momentos finales, pero le
queda la satisfacción del trabajo bien hecho (incluida la traca final de
la ametralladora instalada en el capó y accionada a distancia para
acabar con los subhumanos de Todd y compañía) y de la liberación de Jesse, que viene de algún modo a redimirle. Aunque,
pensándolo bien, es una tontería decir que lo perdió todo: se lleva los
momentos de felicidad y de aprendizaje de su vida, eso no se lo quita nadie (eso no nos
lo quitará nadie en nuestros últimos instantes), que ya bastan para dar por bueno su paseo por el espacio-tiempo. Y quien esté libre de toda culpa, que tire ahora la primera piedra contra Walter White (espero que quien lo haga no tenga la desfachatez de ser cazador deportivo, defensor de la tauromaquia o consumidor de productos cárnicos)...
En la tarde-noche del día de Año Nuevo, solo en casa, tuve la ocasión de ver de una tacada la aclamada trilogía Before de Richard Linklater, protagonizada por Julie Delpy y Ethan Hawke: Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer(2004) y Antes de la medianoche (2013), esta última (Before Midnight en la versión original) traducida oficialmente en España como Antes del anochecer por el lumbrera de turno.
Sentado en mi mullido sillón frente al ordenador, fue un placer asistir a este hermoso experimento artístico de Linklater, que nos invita a dar saltos reales en el tiempo (como en la también muy celebrada Boyhood de 2014) a través de una historia de amor y complicidad desplegada a lo largo de casi veinte años: desde la primera entrega en Viena, con unos protagonistas veinteañeros (como yo entonces), hasta la segunda en París ya en la treintena y la última en el Peloponeso griego de cuarentones con hijos (como yo ahora). Ya me había desacostumbrado al buen cine de autor, entregado en los diez últimos años solo a películas infantiles (esto mismo, la asunción de tareas familiares en detrimento del ocio personal y el cultivo de uno mismo -¡qué gran demoledor de relaciones!-, es abordado precisamente en la última parte de la trilogía).
Prácticamente las más de cuatro horas y media de Before son una ininterrumpida conversación entre Jesse (Ethan Hawke) y Céline (Julie Delpy) sobre la vida, la muerte, el amor, el sexo, la felicidad, Dios, las relaciones de pareja, el compromiso, los sentimientos de culpa, el azar, la identidad, la condición humana, la paternidad o las diferencias de género: andando por la calle, en un pub, en una cafetería, sobre un barquito en el Sena, en una terraza junto al mar Jónico, en un hotel griego... Esos diálogos, particularmente los de la tercera película, son un fiel reflejo de la distinta manera en que hombres y mujeres conciben el amor, el sexo, las relaciones sentimentales y la compatibilidad de éstas con sus carreras profesionales o el cuidado de los niños (las mujeres suelen estar más preocupadas -o, al menos, obsesionadas- con esto último, lo que tiene una explicación cultural pero también genética). Y en sus jugosos cruces de palabras se adivinan las razones que hay detrás de la frustración, el hastío, el desamor y la ruptura de tantos matrimonios: por encima de todo, la incomunicación.
Conmueve ver a los mismos personajes del verano de 1994 en Viena en el verano de 2013 en el sur de Grecia. El tiempo se ha cobrado un peaje en sus rostros y sus cuerpos, acaso también en el brillo de sus miradas (aunque ella me sigue pareciendo igual de atractiva), pero ambos han cosechado sus frutos (las novelas de Jesse, el trabajo de Céline y, sobre todo, sus hijos), aprendido no pocas cosas de la vida y estrechado gracias a su fluida comunicación bien engrasada por el humor y el sexo -pese al natural desgaste de la relación, con sus inevitables desencuentros y ristras de reproches (muchas a cuenta del hogar y los niños)- la complicidad forjada nada más conocerse en un ya lejano viaje en tren desde Budapest a Viena.
Eso no quita que a veces sigan, a estas alturas de la existencia, con la desazonadora sensación de estar desorientados y no saber realmente nada. Pero, como reconoce Céline, "no saber no está tan mal (...), la cuestión es seguir observando, buscando". Y Jesse acaba convenciéndola de que la perfección no existe. "He venido a salvarte de que te ofusquen las pequeñas tonterías de la vida", llega a decirle al final. Entonces resuena en el espectador la pregunta que ella le había hecho 18 años atrás, tumbados sobre la hierba de un parque vienés momentos antes de echar su primer polvo: "¿Por qué nos complicamos tanto la vida?". Como también decía Céline en la primera película (véase el vídeo de arriba), "si hay algún tipo de magia en este mundo, debe estar en el intento de entender a alguien compartiendo algo. Sé que es casi imposible de conseguir (...), pero la respuesta debe estar en el intento".
Linklater no descarta una cuarta película con Jesse y Céline ya instalados en la cincuentena. Lo más grande del cine es que esta historia (basada originariamente en un encuentro real del director en 1989 con una chica en Filadelfia, cuando iba camino de Nueva York) seguirá ahí siempre, mientras se conserve en algún formato físico y pueda reproducirse en algún dispositivo, como un vívido testimonio de imagen y sonido del amor y las tribulaciones de dos seres humanos que vivieron a caballo entre los siglos XX y XXI. ¿Ficción?... Claro, pero no menos real para quienes se acerquen a ella que una historia acaecida sin el concurso de actores, cámaras, decorados o equipos de sonido e iluminación.
Por cierto, tal como reconocí al principio, muy poco puedo hablar yo de cine (aunque me he prometido ponerme más o menos al día de tantas buenas películas de los últimos 10 años que me he perdido). Pero mi hermano Raúl sí: él tiene un fantástico y reconocido blog al respecto, macguffin007.com, que no puedo dejar de recomendarte encarecidamente si te apasiona el séptimo arte.
Los almendros habían empezado a florecer. El aire tibio le acariciaba la cara y el cuello, alborotaba ligero sus cabellos, besaba sus ojos con mimo. El cielo era de un azul limpísimo. Era joven y estaba con ella en esa tarde tan plácida que se deshojaba en minutos interminables, junto al arroyo de aguas mansas que capturaba su alegría para llevársela multiplicada hasta el río y el mar, para llenar con ella los océanos y proyectarla a toda la tierra y el techo celeste y derramarla a velocidades hiperlumínicas hacia todos los confines del frío y negro espacio infinito. Cerraba los ojos agarrado a su mano, sintiendo el arrullo del agua y el zumbido de los abejorros, abarcando el universo entero y sacudido por un estremecimiento que se atrevía a llamar felicidad. Esa misma noche, con los almendros ya en tinieblas, ella le dijo que todo debía acabar entre ellos.
En lo alto de la colina, por debajo de los jirones de nubes y sobre la tierra húmeda, se levantan una casita y un robusto ciruelo. Allí, sobre las frescas sábanas del catre de una habitación luminosa, él quiere saciarse de la carne de su compañera. Para luego, mientras ella dormita con las ventanas abiertas, tomar el camino serpenteante que baja al valle, otear el brumoso horizonte y constatar con gozo la finitud de esta línea, mordiendo una ciruela, feliz prisionero del espacio y el tiempo.
Mi amigo Adolfo publicó hace días en su blog una entrada que llega hondo, ilustrada con una hermosa foto muy a propósito (la reproduzco aquí abajo). Hablaba del amparo, lo contrario de esa sensación que debe embargar a quien intenta buscarse la vida en solitario, con los bolsillos vacíos, en un país lejano donde nadie le espera para cenar o dormir. Donde es un completo desconocido que nadie echará de menos al caer la noche. Ese desamparo que nuestros hijos pequeños -todavía bajo el reconfortante manto de nuestra protección- no han tenido oportunidad de experimentar, por fortuna para ellos. La angustia de saber que no hay una puerta donde tocar, un teléfono al que llamar, alguien en quien confiar si se pone la cosa fea. Peor aún, la dolorosa certeza de que ya nunca habrá unos padres que te cubran con una manta al acostarte, que te traigan un vasito de agua por la noche si tienes sed o que ahuyenten con su sola presencia a los fantasmas nocturnos.
Esos pequeños pies desnudos de la derecha pertenecen a seres que dependen sobre todo de sus progenitores para cobijarse, alimentarse, abrigarse, asearse y protegerse de la enfermedad o cualquier otra contingencia. Que sin sus cuidadores se verían abocados al frío, el hambre, la suciedad, la soledad y la desesperación. Ese edredón que cubre sus cuerpos es el último eslabón de una cadena de cuidados que se remonta a cientos de millones de años. Una cadena intergeneracional que ha hecho posible que estemos ahora aquí. Y que si no se trunca podría hacer posible cualquier cosa en el futuro.
¿Desahuciado por no pagar el alquiler?, ¿atropellado por un conductor borracho?, ¿estafado por un quinqui?, ¿problemas de erección?... Ya se sabe: el culpable es el neoliberalismo. Sí, ese perverso sistema que supuestamente ha maleado a los seres humanos, que antaño debían ser unos dechados de virtud, amor y solidaridad.
Las torres de cráneos que dejaban los mongoles a la entrada de las aldeas que saqueaban son expresivos monumentos de esa bucólica etapa preneoliberal que no tuvimos el gusto de conocer. Como tampoco llegamos a conocer las fraternas visitas de los vikingos allende sus tierras, los sacrificios humanos preneoliberales de los aztecas, los cuerpos carbonizados -con la bendición de las iglesias cristianas- de medio millón de supuestas brujas europeas, las matanzas de hugonotes, los pogromos contra los judíos, el infanticidio selectivo en Esparta, la quema de viudas hindúes en la pira... Todos ellos, sucesos de cuando el hombre era al parecer un ser bueno y virginal, no mancillado moralmente por este corruptor neoliberalismo.
Aunque aún nos quedan algunas reliquias preneoliberales, como la extirpación del clítoris y la caza de albinos en África, los crímenes de honor en Anatolia, el infanticidio femenino en China, los linchamientos comunitarios en Centroamérica, los palizones de los yanomamos a sus mujeres... O quizá me confunda, porque, ¿no serán estas también expresiones del dichoso neoliberalismo? Ahora recuerdo lo que nos dijo en el verano de 1990 un profesor tanzano de paso por Madrid (como nosotros, entonces estudiantes canarios) para asistir a un congreso mundial de Sociología: "La religión de África es el amor". Ya se ve. Díganselo a un albino tanzano.
Que nadie confunda los párrafos anteriores con una defensa del neoliberalismo, entendido como una corriente ideológica que propugna minimizar dogmáticamente la intervención estatal en la economía, encomendarse por completo a los mercados (obviando, por ejemplo, que el poder de negociación de un empresario no es el mismo que el de un empleado) y liberalizar el comercio internacional (algo que, por cierto, me parece razonable). Y mucho menos que se tome como una muestra de simpatía por quienes lo sostienen, que en su mayoría no dejan de ser -como la señora Esperanza Aguirre- unos adinerados ultraconservadores librecambistas (y, a veces, ni esto último). Pero achacarle todos nuestros males al neoliberalismo -incluso al capitalismo- supone un desconocimiento tanto de la historia de la humanidad como de nuestra propia naturaleza.
Mi coche avanza por la autovía. Decenas de faros resplandecientes vienen a mi encuentro, desfilan veloces ante mis ojos para luego perderse rumbo a la gran ciudad; detrás de esas luces pueblan seres desconocidos, ajenos a mí, que no llorarán mi muerte. Jirones de nubes rosadas coronan perfiles montañosos que ya empiezan a difuminarse, a ser tragados nuevamente por la noche (me dispongo a conocer otra: ya son más de 15 mil). Estoy solo. La radio está encendida. Mi coche se mueve. La Tierra gira. El Universo se expande. Voy dejando atrás edificios de oficinas vacíos, oscuros solares poblados por matojos que no existirán el año próximo, trozos de asfalto que algún día fueron vida, tristes farolas oxidadas, piedras abandonadas a su suerte desde hace millones de años, fríos rótulos luminosos que no sienten ni padecen, árboles fijados al mismo suelo en que nacieron y morirán. En algunas casas hay ventanas iluminadas, gente que también desconoce mi existencia...
... Una línea de luz se dibuja en el suelo. Hay un rumor al otro lado. Abro la puerta y veo a mi hijo sentado en el salón, llevándose a la boca un trocito de fruta. Veo en sus gestos algo de mí. Él sí lloraría mi muerte. Ya estoy en casa.