Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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sábado, 5 de noviembre de 2016
Los otros tú del Multiverso
Hay en el Multiverso infinidad de individuos que se parecen a ti, que tus familiares, amigos y conocidos de este universo confundirían contigo si se los topasen (cosa imposible, porque no habría conexión posible entre universos más allá de su hipotética superposición cuántica). Pero no te engañes: ¡ellos son otros! Son otros que se te parecen mucho, que comparten contigo tramos de su pasado -por tanto, numerosos recuerdos- y acaso iguales ilusiones, anhelos y temores, no pocos de cuyos sueños están poblados por los mismos moradores que los de los tuyos. Pero insisto: no son tú, porque tú eres único, tú eres el que está ahora mismo leyendo esta entrada en el móvil, tableta u ordenador, no el que en vez de eso está echando un vistazo a la portada digital de El País o el que se decantó por salir a la calle a tomar un café o el que hace veinte años se mudó a Nueva Zelanda y ahora duerme. Por eso solo tienes conciencia de estar en un universo, ya que los otros tú son diferentes individuos con su propia conciencia. La tuya y la de ellos son compartimentos estancos una vez se han separado: no menos que la tuya y la de tu hijo, que la tuya o la de tu vecino.
En el Multiverso hay una línea sinuosa que representa tu historia, que podría ser reproducida infinitas veces y solo se corresponde con un universo: este que te ha tocado a ti, a mí, a tu hijo y a tu vecino, el mismo del que son parte necesaria Parménides, Spinoza, Stalin, las guerras púnicas y la segunda presidencia de Rajoy. Esa línea está escrita desde siempre (estaba cuando el Big Bang y seguirá estando al final de los tiempos), al modo de la sucesión de fotogramas de una película: solo te cabe recorrerla, ignorante de su rumbo y su final. No lo dudes: eres importante, eres parte necesaria del Cosmos (seas bueno o malvado, rico o pobre, feliz o infeliz, listo o tonto, afortunado o desgraciado). Lo que no sabemos es por qué. Quizá por la misma sencilla razón por la que el seis antecede al cinco y precede al siete. ¿Y por qué tu historia es la que es y no otra? Pues por la misma razón por la que la canción Across the Universe de los Beatles empieza con los acordes Re, Si menor y Fa menor sostenido o el cuento Noches blancas de Dostoievski termina con "¡Dios mío! ¡Solo un instante de bienestar! Pero, ¿acaso no es suficiente para toda una vida humana?": de otro modo no serían ni Across the Universe ni Noches blancas sino otra cosa.
domingo, 25 de agosto de 2013
¿Y quién soy yo? ¿Y quién es él?
Las preguntas más profundas suelen ser aquellas cuyas respuestas nos parecen aparentemente más evidentes, de tal modo que ni siquiera nos molestamos en plantearlas. Una de esas cuestiones es la de quiénes somos. Si sentimos que existimos, si nos vemos como seres individualizados, es gracias a nuestra conciencia: es ella, informada por el cerebro, la que hace que experimentemos un yo. Porque dentro de los confines de nuestro cuerpo no solo hay trillones de células trabajando en su funcionamiento y mantenimiento, sino también miles de millones de otros seres vivos (sobre todo, bacterias) con su propio ADN e intereses no necesariamente convergentes con los de nuestros ladrillos celulares. La conciencia es lo que nos confiere unidad, lo que nos hace sentir entes diferenciados del resto del Universo.
El biólogo Richard Dawkins sugiere que la conciencia podría ser una interfaz entre el cerebro y el cuerpo que lo aloja, una especie de sistema operativo (a lo Windows, pero sin tantos fallos) para hacer un uso fácil de ese órgano tan complejo. Para Dawkins, que no deja de confesarse intrigado, la mente sería una emanación cerebral favorecida por la selección natural. El antedicho Chalmers defiende un dualismo naturalista merced al cual la conciencia emerge de la materia, pero no está sujeta a las leyes físicas tal y como las conocemos. Sería algo parecido a los genes culturales o memes de Dawkins, que emergen de seres materiales -los humanos- pero luego tienen vida propia en ámbitos inmateriales.
Uno de los grandes misterios de la vida es por qué existe -¿por qué habría de existir?- la conciencia. Para que un ser vivo se desempeñe por el mundo no hace falta que posea esa cosa tan difícil de definir pero con la que todos tenemos tanta intimidad. Un ordenador recibe información (inputs) del exterior y, conforme a su programación, la procesa para generar unos outputs. Un animal recibe información a través de sus sentidos y, conforme a su cerebro (una máquina orgánica plástica que no deja de aprender constantemente para corregir sus errores), la procesa para generar unos outputs en forma de acciones (atacar, huir, dirigirse en busca de comida o compañero sexual, etc.). Los animales y los propios humanos podrían ser perfectamente meras computadoras orgánicas, simples zombis sin consciencia ni vida mental. (La hipótesis filosófica del zombi ha sido desarrollada por pensadores como David Chalmers: lo más inquietante es la imposibilidad práctica de descartar con certeza que nuestro interlocutor -o el bloguero que esto escribe- sea un zombi).
Hay quienes piensan, sin embargo, que a partir de un determinado nivel de complejidad incluso los ordenadores se harían necesariamente conscientes (¿por qué el silicio habría de ser menos válido que el carbono a este respecto?). Por otro lado, hay quienes sostienen que hasta un simple termostato es consciente de algún modo. Y, ya en el extremo, las religiones orientales (hinduismo, sintoísmo, budismo...) se fundan en el pampsiquismo, en la creencia en que la conciencia mora en todo objeto del mundo aunque sea una piedra, un papel o un tornillo.
Hay quienes piensan, sin embargo, que a partir de un determinado nivel de complejidad incluso los ordenadores se harían necesariamente conscientes (¿por qué el silicio habría de ser menos válido que el carbono a este respecto?). Por otro lado, hay quienes sostienen que hasta un simple termostato es consciente de algún modo. Y, ya en el extremo, las religiones orientales (hinduismo, sintoísmo, budismo...) se fundan en el pampsiquismo, en la creencia en que la conciencia mora en todo objeto del mundo aunque sea una piedra, un papel o un tornillo.
El biólogo Richard Dawkins sugiere que la conciencia podría ser una interfaz entre el cerebro y el cuerpo que lo aloja, una especie de sistema operativo (a lo Windows, pero sin tantos fallos) para hacer un uso fácil de ese órgano tan complejo. Para Dawkins, que no deja de confesarse intrigado, la mente sería una emanación cerebral favorecida por la selección natural. El antedicho Chalmers defiende un dualismo naturalista merced al cual la conciencia emerge de la materia, pero no está sujeta a las leyes físicas tal y como las conocemos. Sería algo parecido a los genes culturales o memes de Dawkins, que emergen de seres materiales -los humanos- pero luego tienen vida propia en ámbitos inmateriales.
Una respuesta a la pregunta de ¿Quién soy yo? puede ser la que nos ofrece el célebre fisico Erwin Schrödinger en su librito ¿Qué es la vida?: "Analizándolo minuciosamente, se verá que no es más que una colección de datos aislados (experiencias y recuerdos), o sea, el marco en el cual están recogidos. En una introspección detenida, se encontrará que lo que en realidad se quiere decir con ‘Yo’ es ese material de fondo sobre el cual están coleccionados". Para Schrödinger, inspirado en el hinduismo, solo habría pues un Yo universal con multitud de avatares ilusorios (la pluralidad de conciencias).
Pese a ser un ateo confeso, el filósofo y estudioso de la mente Daniel Dennet reconoce que si nuestra conciencia fuese un software ejecutado por el cerebro, podría ser grabada de algún modo -no dejaría de ser información susceptible de registro con la adecuada tecnología- y así inmortalizada. Lo que Dennet pasa por alto es que, debido al íntimo y complejo entrelazamiento -tanto en el espacio como en el tiempo- entre las partículas del Universo, acaso nuestro registro personal no pueda ser reproducido si no es reproduciendo la totalidad del Universo. En una película se pueden ver los fotogramas hacia adelante o hacia atrás, pero no es posible -además de que no tendría sentido- ver solo los fotogramas en los que aparece un determinado protagonista. Ese registro personal podría estar inscrito de modo indeleble en el Universo, imbricado en el complejísimo entramado cósmico. Por lo que quizá tuviese razón Borges cuando escribió: "Sé que una cosa no hay: es el olvido. Sé que en la oscuridad perdura y arde lo mucho y lo precioso que he perdido: Esa fragua, esa luna, y esa tarde".
sábado, 9 de junio de 2012
Teleportación cuántica e identidad de Rajoy
La teleportación cuántica consiste en reproducir a distancia la información de una partícula para obtener otra exactamente igual. No sería correcto hablar de copia, pues ambas serían completamente indistinguibles e intercambiables.
A modo de ejemplo muy burdo, sería como si yo escribiese con un Bic azul en un determinado lugar de un folio en blanco Guarro los caracteres 'HILILLOSH', con un determinado tamaño y forma. Una vez escrito, se lo comunicaría por teléfono (o por fax, e-mail, Skype, Facebook, etc.) a un amigo que está aguardando en Pelotas (Brasil) con su folio en blanco Guarro y el mismo Bic azul. Este colega ubicado en Rio Grande do Sul escribiría en su hoja los mismos caracteres en el mismo lugar y con la misma forma: su hoja sería indistinguible de la mía (insisto en que el ejemplo es muy burdo, porque la hoja no sería exactamente igual, ni la tinta del Bic ni el pulso de quien escribe 'HILILLOSH').
Lo cierto es que en 1997 se llevó a cabo la primera teleportación exitosa de un fotón. Aunque se teleportó a una pequeña distancia, el experimento hubiera funcionado a miles de kilómetros (incluso lo haría a miles de millones de años-luz, aunque en ese caso habría que esperar miles de millones de años -el tiempo necesario para que llegue la información transmitida de un lado a otro- para ser coetáneos de su realización).
Lo que algunos físicos se han planteado es la posibilidad de teleportar agregados de partículas, como son los átomos, las moléculas o los propios seres vivos (humanos inclusive). Si teleportar un fotón es complejo, podemos imaginarnos lo que sería intentarlo con una molécula. Y ya resulta inimaginable la complejidad técnica de teleportar toda la información de un humano, un agregado de cuatrillones de partículas. Ahora bien, se trata de una limitación tecnológica pero no física: una civilización superinteligente -la nuestra dentro de miles de años o quizá una evolucionada a partir de las bacterias terrestres actuales dentro de siete mil millones de años- podría disponer de las herramientas para llevarlo a cabo. Si así fuera, se plantearía una turbadora duda metafísica: ¿dónde está la identidad del individuo teleportado?... ¿Solo en el original?, ¿en su copia?, ¿en ambos al mismo tiempo?
Por ejemplo, imaginemos que la información que define al agregado de partículas 'Mariano Rajoy', ubicado en su despacho de Moncloa, fuese reproducida en la High Street de Gibraltar, en el desierto de Gobi y en un planeta extrasolar (o exoplaneta) ubicado a 14 años-luz de la Tierra. Si hiciéramos la teleportación esta misma tarde, un tipo exactamente igual a Rajoy (insisto: lo correcto sería decir otro Rajoy, no menos auténtico que el de Madrid) empezaría inmediatamente a andar por las calles del Peñón y por las dunas del desierto centroasiático para asombro de llanitos, mongoles y, sobre todo, del propio don Mariano. En el momento 0, los Rajoy de Gibraltar y Mongolia tendrían exactamente la misma configuración física y mental, los mismos gustos, recuerdos y complejos, que el de Moncloa. A partir de ahí, cada uno empezaría a recolectar distintas experiencias, a seguir diferentes caminos que harían que su estado físico y mental fuese divergiendo. Quizá el de Mongolia se hiciera budista tras un encuentro con un monje zen en el desierto, quizá el de Gibraltar empezase a hablar con acento andaluz al cabo de los años (si estableciera su domicilio en la colonia británica)...
Más desconcertante sería el caso del Rajoy de un exoplaneta, al que llamaremos Ivano-MMXII y supondremos adscrito a un sistema solar binario. Dentro de 14 años llegaría a nuestro interlocutor de allí (un extraterrestre inteligente, obviamente) la información necesaria para reproducir a nuestro presidente, de tal modo que don Mariano aparecería súbitamente en lo que para nosotros sería el año 2026 con el aspecto físico y el bagaje de experiencias del 9 de junio de 2012. Con la mente agitada por el rescate de la banca española y el inminente debut de la Roja contra Italia en la Eurocopa, Rajoy se vería a sí mismo rodeado de extraños seres en un planeta no menos extraño con dos soles en el horizonte. En el momento 0 en Ivano-MMXII estaría igual que sus homólogos en Madrid, la Roca y las arenas de Gobi el 9 de junio de 2012, pero no tardaría en empezar a recibir nuevos y sorprendentes estímulos. Advirtamos además que en ese momento 0 sería coetáneo de los Rajoy terrestres de 2026.
Volviendo a lo anterior: ¿quién es Mariano Rajoy?, ¿se trata solo de una singular disposición de partículas, de un mero paquete de información expresada en el espacio-tiempo? Si el Rajoy presidente en Madrid pereciese por la ingestión de unos chuches envenenados introducidos por Esperanza Aguirre en la cocina de Moncloa, ¿sería correcto decir que don Mariano ya no existe?... Y, olvidándonos ahora de la teleportación, ¿si existiesen infinitas copias de él -y de todos nosotros- en el multiverso, con sus correspondientes mentes?...
A modo de ejemplo muy burdo, sería como si yo escribiese con un Bic azul en un determinado lugar de un folio en blanco Guarro los caracteres 'HILILLOSH', con un determinado tamaño y forma. Una vez escrito, se lo comunicaría por teléfono (o por fax, e-mail, Skype, Facebook, etc.) a un amigo que está aguardando en Pelotas (Brasil) con su folio en blanco Guarro y el mismo Bic azul. Este colega ubicado en Rio Grande do Sul escribiría en su hoja los mismos caracteres en el mismo lugar y con la misma forma: su hoja sería indistinguible de la mía (insisto en que el ejemplo es muy burdo, porque la hoja no sería exactamente igual, ni la tinta del Bic ni el pulso de quien escribe 'HILILLOSH').
Lo cierto es que en 1997 se llevó a cabo la primera teleportación exitosa de un fotón. Aunque se teleportó a una pequeña distancia, el experimento hubiera funcionado a miles de kilómetros (incluso lo haría a miles de millones de años-luz, aunque en ese caso habría que esperar miles de millones de años -el tiempo necesario para que llegue la información transmitida de un lado a otro- para ser coetáneos de su realización).
Lo que algunos físicos se han planteado es la posibilidad de teleportar agregados de partículas, como son los átomos, las moléculas o los propios seres vivos (humanos inclusive). Si teleportar un fotón es complejo, podemos imaginarnos lo que sería intentarlo con una molécula. Y ya resulta inimaginable la complejidad técnica de teleportar toda la información de un humano, un agregado de cuatrillones de partículas. Ahora bien, se trata de una limitación tecnológica pero no física: una civilización superinteligente -la nuestra dentro de miles de años o quizá una evolucionada a partir de las bacterias terrestres actuales dentro de siete mil millones de años- podría disponer de las herramientas para llevarlo a cabo. Si así fuera, se plantearía una turbadora duda metafísica: ¿dónde está la identidad del individuo teleportado?... ¿Solo en el original?, ¿en su copia?, ¿en ambos al mismo tiempo?
Por ejemplo, imaginemos que la información que define al agregado de partículas 'Mariano Rajoy', ubicado en su despacho de Moncloa, fuese reproducida en la High Street de Gibraltar, en el desierto de Gobi y en un planeta extrasolar (o exoplaneta) ubicado a 14 años-luz de la Tierra. Si hiciéramos la teleportación esta misma tarde, un tipo exactamente igual a Rajoy (insisto: lo correcto sería decir otro Rajoy, no menos auténtico que el de Madrid) empezaría inmediatamente a andar por las calles del Peñón y por las dunas del desierto centroasiático para asombro de llanitos, mongoles y, sobre todo, del propio don Mariano. En el momento 0, los Rajoy de Gibraltar y Mongolia tendrían exactamente la misma configuración física y mental, los mismos gustos, recuerdos y complejos, que el de Moncloa. A partir de ahí, cada uno empezaría a recolectar distintas experiencias, a seguir diferentes caminos que harían que su estado físico y mental fuese divergiendo. Quizá el de Mongolia se hiciera budista tras un encuentro con un monje zen en el desierto, quizá el de Gibraltar empezase a hablar con acento andaluz al cabo de los años (si estableciera su domicilio en la colonia británica)...
Más desconcertante sería el caso del Rajoy de un exoplaneta, al que llamaremos Ivano-MMXII y supondremos adscrito a un sistema solar binario. Dentro de 14 años llegaría a nuestro interlocutor de allí (un extraterrestre inteligente, obviamente) la información necesaria para reproducir a nuestro presidente, de tal modo que don Mariano aparecería súbitamente en lo que para nosotros sería el año 2026 con el aspecto físico y el bagaje de experiencias del 9 de junio de 2012. Con la mente agitada por el rescate de la banca española y el inminente debut de la Roja contra Italia en la Eurocopa, Rajoy se vería a sí mismo rodeado de extraños seres en un planeta no menos extraño con dos soles en el horizonte. En el momento 0 en Ivano-MMXII estaría igual que sus homólogos en Madrid, la Roca y las arenas de Gobi el 9 de junio de 2012, pero no tardaría en empezar a recibir nuevos y sorprendentes estímulos. Advirtamos además que en ese momento 0 sería coetáneo de los Rajoy terrestres de 2026.
Volviendo a lo anterior: ¿quién es Mariano Rajoy?, ¿se trata solo de una singular disposición de partículas, de un mero paquete de información expresada en el espacio-tiempo? Si el Rajoy presidente en Madrid pereciese por la ingestión de unos chuches envenenados introducidos por Esperanza Aguirre en la cocina de Moncloa, ¿sería correcto decir que don Mariano ya no existe?... Y, olvidándonos ahora de la teleportación, ¿si existiesen infinitas copias de él -y de todos nosotros- en el multiverso, con sus correspondientes mentes?...
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