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sábado, 21 de octubre de 2023

Los 'malos', siempre ahí desde el principio (y hasta el final)

Cada vez estoy más convencido de que los males de la humanidad son achacables sobre todo a una minoría de psicópatas y sádicos que nos viene acompañando desde el surgimiento de la especie Homo sapiens: la culpa no es de la naturaleza humana sino de la naturaleza de una minoría de humanos. Esa minoría siempre ha estado ahí, distribuida de manera transversal con independencia de edad, sexo, preferencias sexuales, nacionalidad, raza, clase social, nivel educativo, ideología o cualquier otra condición: los alemanes de 1941 o los ruandeses de 1994 no eran en promedio peores que los canadienses o españoles de 2023. Pero no basta con los malos, por eso no les atribuyo toda la culpa: es también necesaria una mayoría buena engañada por cuentos religiosos o pseudorreligiosos (como el nacionalismo, el fascismo o el comunismo), legitimadores de su sumisión y de la represión propia y ajena.

No es aventurado ver en el origen del Estado, hace varios milenios, una maniobra de los menos compasivos y con menos escrúpulos (auxiliados por una corte de violentos guerreros y astutos sacerdotes) para hacerse con el poder y someter a la mayoría mediante la fuerza bruta y la religión. Por supuesto, tenían que darse las circunstancias materiales y geográficas apropiadas: la creación de un excedente no perecedero a corto plazo (almacenado por los jefes), un tamaño poblacional de miles de individuos (en grupos humanos muy pequeños, los malos no pueden salirse fácilmente con la suya) y la ausencia de lugares habitables a los que poder escapar huyendo de la opresión. De ese modo, los hasta entonces cabecillas (líderes respetados y carismáticos, pero sin la capacidad de imponer su voluntad a otras personas) se convirtieron en tiranos. Y aquí seguimos en el siglo XXI con esos sátrapas en no pocos lugares de la Tierra. Por fortuna, la división de poderes, los controles y los contrapesos hacen que en los Estados democráticos modernos esos individuos no puedan actuar a sus anchas aunque lleguen a lo más alto (ahí está el caso de Trump en EE.UU.).

Ya hay estudios que prueban que la psicopatía es una ventaja para medrar socialmente, que la proporción de esa gente sin escrúpulos ni compasión en las altas esferas políticas y económicas (así como en las delincuenciales, que suelen solaparse con las anteriores) es mucho mayor que en el resto de la población. No pretendo sostener que haya congéneres hechos de otra pasta, sino apelar a la variabilidad: así como hay gente más alta, más inteligente o con más pelo que otras, también la hay más compasiva o menos (incluso nada, lo que ya vendría en el equipamiento de serie del individuo). Los datos parecen incontestables: solo un 1% de la población (psicópatas socialmente marginados) explica un muy alto porcentaje de los crímenes violentos cometidos en cualquier sociedad. Los psicópatas integrados (quizá otro 1%) son más hábiles y sutiles que los marginados gracias a su inteligencia social: son más de manipular, disimular, actuar arteramente e instigar la violencia desde posiciones de poder, siempre en beneficio propio y guiados por su inflado ego. Junto a los fanáticos bienintencionados (que no incluyo en el saco de los malvados pese a lo terrible de sus actos), están detrás de todas las persecuciones y guerras. La importancia de la democracia y el Estado de derecho para protegernos de esta gente, de la que nunca podremos librarnos (hay un equilibrio evolutivo que garantiza su existencia), es fundamental. Democracia, justicia y monopolio estatal de la violencia es lo que nos salva de una barbarie como la de Mad Max, la de La carretera de Cormac McCarthy o la de Rusia (Estado mafioso) o Haití (Estado fallido).

Como ya escribí hace tiempo en una entrada sobre el bullying, "cada vez que la autoridad estatal legítima se retira de un espacio (sea un centro escolar, una oficina, una cárcel, un barrio o toda una región o país), este no tarda en ser ocupado a las bravas por los más brutos y con menos escrúpulos: es una especie de principio social bien contrastado (véase el caso de Venezuela) que presenta cierta semejanza inversa con el de Arquímedes. Solo el imperio necesariamente coercitivo de la ley nos libra de la barbarie. Si en un colegio se quebrase completamente la autoridad de su dirección y profesorado y ni siquiera fuese posible recurrir a la policía o la justicia, la muerte de escolares a manos de compañeros malotes sería cuestión de (no mucho) tiempo".

En suma, rebato la idea generalizada de que todos somos capaces de hacer lo mismo que un torturador y asesino de las SS de Hitler porque "en el fondo somos iguales". No digo que la mayoría seamos ángeles: somos capaces de matar y hacer daño en ciertas situaciones (no pocas veces, por ignorancia y estupidez) y podemos comportarnos de manera mezquina y egoísta, pero albergamos una mínima compasión por seres inocentes y no disfrutamos desollando viva a una persona. 

Hace poco vi un interesante documental sobre los Einsatzgruppen, comandos reclutados en Alemania para asesinar en masa judíos de Europa del este (esta tarea les fue comunicada ya desplegados en el terreno, no al principio). Del estudio de uno de esos comandos se llegó a esta evidencia: un tercio de sus miembros se negó a matar (es importante señalar que no había represalias por ello, más allá del escarnio y la burla grupales); otro tercio no soportó la presión de sus superiores y asesinó contra su voluntad, lo que les provocó un gran sufrimiento moral y graves desarreglos psicológicos; pero la otra tercera parte disfrutó a tope de su trabajo criminal. En ese último tercio estaban congregados, haciendo de las suyas, los psicópatas y sádicos de siempre: los Txapote de ETA, los Billy el Niño del franquismo, los torturadores de Rusia y de Ucrania, de Israel y de Gaza. Con ellos hay que estar siempre en guardia y no debemos tener demasiadas contemplaciones: ¡solo se trata de protegernos!

sábado, 9 de noviembre de 2019

La ortodoxia de la corrección política, un insulto a la inteligencia que solo beneficia a los ultras

Hace ya tiempo que escribí contra la nueva Inquisición de la corrección política, que se ha ido adueñando del espacio público con el silencio y la complicidad de la izquierda menos reflexiva. Hoy vuelvo a este mismo asunto, consciente del coste que puede tener para las causas progresistas someterse a sus dictados. Como afirma el tuitero @saldatis, "los populistas solo dicen barbaridades que a nadie se le ocurre decir y verdades que nadie se atreve a decir". "Para luchar contra ellos", seguía @saldatis, "en vez de debatir las primeras -que se anulan solas- los partidos "normales" deberían adelantarse en decir las segundas". Y creo que tiene toda la razón.

Un caso de libro es el de las manadas sexuales. En el debate televisivo de hace unos días, el líder de Vox dijo que el 70% de los integrantes de las manadas eran extranjeros. Los verificadores de El País se lucieron con un desmentido en Twitter en cuya explicación se contradecían a sí mismos: ¡concluían que el dato correcto era del 69%! Para no quedar en ridículo, El País borró el tuit al poco tiempo (aunque demasiado tarde para impedir los pantallazos). Yo nunca votaré a una formación nacionalpopulista y ultra como Vox (ni siquiera a un partido de derechas), pero si Santiago Abascal -o el mismo Stalin- dijera que la Tierra gira en torno al Sol no seré yo quien se lo niegue.
Pues resulta que El País se quita discretamente de en medio, pero la página de verificación Newtral saca un informe en el que insiste en la falsedad del dato del 70%. Y lo hace reconociendo que el 69% son extranjeros... ¡pero solo cuando en las agresiones sexuales grupales la víctima no conoce a sus violadores! ¿Es disparatado suponer que las violaciones en manada se cometen mayoritariamente con desconocidas, porque así es más fácil salir impune? Aun así, no veo por qué la estadística tendría que ser muy diferente cuando la víctima es conocida por sus agresores (no hay datos de esto desagregados por nacionalidad). En cualquier caso, es un despropósito de Newtral relativizar las violaciones en manada de desconocidas diciendo que son solo el 4% del conjunto de todas las agresiones sexuales (20% del 20% en las que la víctima no conoce a sus agresores). Si hablamos de manadas (un tipo de violación agravada, contra la cual se han manifestado en nuestras calles miles de mujeres), ciñámonos a ellas y abstengámonos de usar torpes artimañas aritméticas para llevar el ascua a nuestra sardina.

Empecé este artículo con las manadas, pero sigamos tocando otros palos políticamente incómodos... Los datos citados por Newtral en este otro informe desmienten implícita e involuntariamente el mantra oficial del 0.01% de denuncias falsas (ese es el % de las pocas sentencias condenatorias, ya que la Fiscalía solo actúa de oficio en casos de escandalosa falsedad). Con un 33% de archivos y un 7% de absoluciones, el dato real debe ser en buena lógica muy superior. Si las denuncias falsas fueran el 10% del total (una cifra que parece razonable a tenor de los sobreseimientos libres -un 3%- y las absoluciones), la cifra multiplicaría por 1.000 la oficial indiscutible (el mantra del 0.01%). Ciertamente, ese 33% de archivos o sobreseimientos es muy inferior al 86% pregonado por Vox. La realidad parece estar en un punto intermedio entre lo que dice la ortodoxia buenista y lo que cuentan los ultraderechistas.

Lo mismo puede decirse de la sobrerrepresentación de los extranjeros en el ejercicio de la violencia de género. Sigo asombrado de que una persona inteligente y cabal intentara convencerme hace meses de que yo estaba equivocado esgrimiéndome el dato de que el 70% de los agresores a mujeres son españoles... ¡no advirtiendo que me estaba dando implícitamente la razón, ya que un colectivo que representa el 10% de la población explicaría el 30% de las agresiones!

Pasemos ahora a los menas... Un votante de Unidas Podemos que ha trabajado con menores no acompañados en Canarias me confiesa que en torno a un 30% son muy problemáticos (casi todos, magrebíes; el 99% de los subsaharianos son buenos) y que la mitad de estos (o sea, sobre un 15%) son individuos verdaderamente peligrosos. Debemos ayudar a los buenos menas a formarse e integrarse, así como poner firmes a los malos (poniéndolos en un avión de vuelta a su casa, si es posible). Lo lamentable es que, como me explica ese trabajador social, el sistema no premia a los que se portan bien y no pocas veces las deportaciones se ceban con ellos en vez de con los energúmenos.

Es verdad que la extrema derecha utiliza los datos torticeramente (metiendo en el mismo saco a todo un colectivo -inmigrantes- que mayoritariamente es gente honrada), pero flaco favor hacemos desde la izquierda retorciendo la realidad para desautorizar a xenófobos y racistas. Porque seguro que hay nativos de buena voluntad (y, no pocos de ellos, progresistas) que se sienten insultados al escuchar ciertas afirmaciones de Garzones y Colaus sobre manadas, violencia machista, menas, etc. que contradicen lo que ven en sus barrios con sus propios ojos... Y que pueden verse tentados a votar, ya solo por rabia e indignación, a nacionalistas ultras que al menos no tienen miedo al tribunal de la corrección politica.

Esa ultracorrección es la que impide a muchos afirmar (al menos en público) que hay culturas más violentas y machistas que otras, lo que hace que sus miembros sean en promedio (insisto: EN PROMEDIO) más violentos y machistas. La cultura española, por ejemplo, es menos ecologista y más tolerante con el maltrato animal que la cultura escandinava: a nuestros compatriotas (EN PROMEDIO) les preocupa menos el ecologismo y el bienestar animal que a los nórdicos. ¿Alguien se atreve a negarlo?... ¿Y alguien se atreve a negar que hay mujeres (al igual que hombres) mentirosas y malvadas?... Decir estas cosas te hace ingresar, como dice Arturo Pérez-Reverte, en el club de los fusilables: tanto por los hunos como por lxs otrxs.

Un amigo de extrema izquierda me decía ayer mismo, al discutir sobre todo esto, que ve necesario engañar a la gente nativa más sencilla porque cualquier intento de convencerlas con argumentos está condenado al fracaso. O sea, que habría que esconder verdades incómodas (habría que practicar la mentira social piadosa) para evitar que las masas trabajadoras poco ilustradas se lanzaran a la caza del diferente. Huelga añadir que opino todo lo contrario y que no se debe insultar así a la inteligencia de la gente (debe hacerse pedagogía, sin negar la realidad). Porque todo el mundo tiene su orgullo... y más vale no pisarlo si no queremos luego sorpresas muy desagradables en las urnas.

sábado, 15 de octubre de 2016

El acoso escolar más allá del buenismo biempensante

La brutal agresión a una niña de ocho años en Mallorca por parte de chicos de entre doce y catorce ha avivado el debate sobre el acoso en las aulas, sus causas y los modos de prevenirlo y atajarlo. Vuelve a saltar a la palestra la ya tópica letanía de psicólogos y psicopedagogos: que si nuestra sociedad es cada vez más violenta (por culpa supuestamente de la injusticia social -achacable directamente al capitalismo- y también de las películas y videojuegos que "banalizan el mal"), que si el verdugo es una víctima social a la que no se le ha enseñado a respetar al prójimo por una falla de nuestro sistema educativo, que si los medios de comunicación son corresponsables (aunque he de reconocer que flaco favor hacen las típicas teleseries norteamericanas que presentan a los malotes como enrollados y a los chicos formales y estudiosos como pringaos)...

En primer lugar, siguiendo el planteamiento de Steven Pinker, me atrevo a afirmar que probablemente nunca haya habido menos violencia en la escuela -además de en el hogar y en cualquier otro ámbito humano- como en nuestros tiempos. Lo que pasa es que, al igual que con la violencia machista, la racista y la homófoba, los abusos se denuncian ahora con mayor frecuencia y son mucho más mediáticos. Y en segundo lugar apunto lo que casi nadie se atreve a decir en público -mucho menos desde una óptica cristiana o de izquierdas- aunque todo el mundo en el fondo lo intuya: la verdad de que hay niños malvados, de que la hijoputez no es cosa solo de adultos porque también hay pequeños monstruos de doce años, de siete o de cuatro.

¿Cuándo entenderemos de una vez que no somos una hoja en blanco al nacer? ¿Cuándo entenderemos que se nace psicópata, que la ausencia de empatía ya está inscrita en los genes y no se cura (ni siquiera es una enfermedad, incluso podría afirmarse que es un rasgo adaptativo)? (Luego seguirán diciendo algunos que la ciencia no ofrece pista alguna para resolver los problemas sociales). Con un psicópata no valen de nada las dinámicas de grupo, los talleres de educación emocional, la papiroflexia... Por desgracia, no hay reeducación posible con ese 1-2% de la población humana (que algunos estudios elevan hasta el 20% si nos ceñimos a los altos cargos políticos y empresariales de la sociedad): la unica solución efectiva es su neutralización, que en el ámbito escolar va desde el marcaje férreo hasta la expulsión del colegio y, si es menester, el ingreso en un centro penitenciario para menores (llámenlo cárcel de menores si lo prefieren: no tengo problema con esa denominación). No se trata de ninguna venganza social, sino exclusivamente de proteger al resto de la población de individuos evidentemente dañinos y peligrosos. Es inmoral y absurdo que una niña de ocho años tenga que cambiar de colegio tras recibir una paliza porque sus agresores no pueden ser expulsados, que se valore más el supuesto derecho a la reeducación de estos últimos que el derecho a la integridad física y psíquica de la agredida.

Eso en cuanto a los psicópatas, que son bien reconocibles desde pequeños: los niños que matan a pedradas a gatos o perros ya se están retratando inequívocamente como tales. Pero no todos los pequeños acosadores y maltratadores son psicópatas: también están los matones y abusadores normales (o sea, potencialmente compasivos), amparados tanto en su mayor fuerza física como en la ausencia de límites a su conducta (una responsabilidad atribuible principalmente a sus padres). Esos sí que son reeducables, aunque en no pocos casos ello pasa necesariamente por apartarles de unos progenitores instalados en una subcultura de violencia, delincuencia y marginalidad (parece ser el caso de los atacantes de la niña en Mallorca). Por cierto, no creo que sean muy útiles al respecto las dinámicas de grupo, los talleres de educación emocional y la papiroflexia.

Por otro lado está la mayoría silenciosa que en el mejor de los casos calla por miedo y en el peor ríe servil y mezquinamente la gracia al abusador. Sin su inacción o complicidad más o menos dolosa, los acosadores no podrían hacer nada (esto es algo generalizable a todo colectivo humano, desde una empresa hasta un país). Por eso resulta fundamental intervenir sobre ese segmento mayoritario de alumnos, para generar una masa crítica que impida sistemáticamente todo abuso: es la vía más eficaz para cortocircuitar el acoso escolar, sin perjuicio del control permanente por el propio colegio de lo que ocurre en su interior y de la mano dura con los violentos y su eventual aislamiento social.

Es muy importante recordar que cada vez que la autoridad estatal legítima se retira de un espacio (sea un centro escolar, una oficina, una cárcel, un barrio o toda una región o país), este no tarda en ser ocupado a las bravas por los más brutos y con menos escrúpulos: es una especie de principio social bien contrastado (véase el caso de Venezuela) que presenta cierta semejanza inversa con el de Arquímedes. Solo el imperio necesariamente coercitivo de la ley nos libra de la barbarie. Si en un colegio se quebrase completamente la autoridad de su dirección y profesorado y ni siquiera fuese posible recurrir a la policía o la justicia, la muerte de escolares a manos de compañeros malotes sería cuestión de (no mucho) tiempo. ¿Alguien lo duda?

martes, 7 de junio de 2016

La violencia salvaje en Venezuela que el manual izquierdista ortodoxo no puede explicar

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela en 1999, la tasa de asesinatos anuales en ese país era de 19 personas por cada 100.000 habitantes. Desde entonces, la cifra se ha casi quintuplicado (90 en 2015, según el independiente Observatorio Venezolano de la Violencia), hasta el punto de hacer de Caracas la capital más peligrosa del mundo. La oposición venezolana culpa de esta situación al Gobierno bolivariano, llegando incluso a atribuirle directamente los asesinatos cometidos por delincuentes (como si Nicolás Maduro se dedicara a dar órdenes, desde su palacio presidencial, de matar gente para robarles la cartera o un teléfono móvil).

Ya expuse en abril de 2013 en este mismo blog mi creencia de que la izquierda ortodoxa se equivoca al confundir pobreza con predisposición a delinquir. Entonces escribí lo siguiente:

Ante la violencia bestial que azota México y Centroamérica, el izquierdista biempensante recurre al comodín de la miseria y las desigualdades sociales (por cierto, el número de homicidios per cápita es bastante más bajo en India, donde mucha gente malvive hacinada en slums infectos y también hay no pocos ricos). Luego observa el caso de Venezuela y no acaba de entender cómo se disparan los asesinatos si, con datos de la propia ONU, se ha reducido la pobreza y se han atenuado las desigualdades. Nuestro ingenuo pensador no deja de tomar a los mareros y sicarios, además de como verdugos, como supuestas víctimas de un orden económicamente injusto, gentes que no tuvieron otra oportunidad para salir adelante. Se le pasa por alto que buena parte de los jóvenes más pobres de esos países no solo no son criminales sino que además conforman el grueso de sus víctimas (dejando a un lado los ajustes de cuentas). Está claro que la delincuencia pandillera se ceba sobre todo con los pobres, con quienes están cerca de los malandros y no disponen de los medios para protegerse -alarmas, alambradas, altos muros e incluso guardaespaldas- que están al alcance de la clase media y los ricos.

Se entiende que alguien que no sea un psicópata -incluso puede que un buen chico en una situación difícil- se haga pandillero, pero para medrar ahí dentro solo se puede ser un redomado hijo de puta: hay un proceso de selección negativa que hace que solo los psicópatas más inteligentes, precisamente por esa doble condición (por su astucia, habilidades sociales y absoluta falta de escrúpulos y empatía), lleguen a ser los generales de las bandas. Este fenómeno siempre ocurre cuando no hay un poder estatal (el Leviatán hobbesiano) que detente eficazmente el monopolio de la violencia en un territorio. Un ejemplo lo tenemos en la película Gangs of New York, ambientada en el Manhattan de mediados del siglo XIX. Otro, en la ficticia La carretera de Cormac McCarthy. Siempre que falte el poder coercitivo del Estado estará el camino expedito para psicópatas y tipejos sin escrúpulos, que lo tienen más complicado en un marco democrático civilizado (aunque no por ello dejen de medrar en empresas, partidos políticos, clubes de fútbol, etc.). Y esto no es cosa de un pasado o de unas latitudes más o menos remotas, como tuvimos oportunidad de comprobar en las guerras yugoslavas de finales del siglo XX.

Volvamos a Venezuela. Los Gobiernos bolivarianos de Chávez y Maduro han subestimado la importancia de la seguridad ciudadana, conforme al paradigma izquierdista que considera la delincuencia un producto del capitalismo destinado a desaparecer en un Estado socialista con justicia social. Preocuparse por la seguridad sería una frivolidad propia de políticos reaccionarios solo pendientes del bienestar de los ricos (¡cuando lo cierto es que el 80% de los asesinados en Venezuela son pobres!).

El Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV) atribuye el aumento de la violencia a la "ausencia y exceso de Estado". Al parecer, en Venezuela ha habido en los últimos lustros un debilitamiento de la policía -sobre todo, la regional y municipal-, que ha visto reducidos sus efectivos y sufrido una fuerte desmoralización por la falta de apoyo y la creciente politización de los ascensos internos. El control de barriadas populares por grupos parapoliciales progubernamentales (caso de los tupamaros) ha favorecido la proliferación de armas y restado autoridad a las fuerzas policiales, cuya retirada de algunas zonas del territorio nacional ha permitido el asentamiento y florecimiento de bandas criminales que campan a sus anchas. A ello se suma un sistema judicial completamente desbordado, incapaz de hacer frente a montañas de causas penales, lo que ha propiciado una impunidad generalizada y que algunos se tomen la justicia por su mano (con linchamientos o ejecuciones extrajudiciales). Esto en cuanto a la "ausencia de Estado".

Por lo que respecta al "exceso de Estado", no hay que desdeñar el daño de políticas económicas bienintencionadas (seamos generosos suponiendo que no se han arbitrado con fines clientelares) que han alentado la corrupción y la delincuencia: por ejemplo, las regulaciones de precios destinadas presuntamente a proteger a los más desfavorecidos han hecho de la frontera con Colombia un coladero contrabandista, vaciando los estantes de los supermercados fronterizos venezolanos en beneficio de grupos criminales conchabados con funcionarios corrompidos.

El Gobierno de Maduro ha tomado mayor conciencia del problema de la seguridad en los últimos tiempos, sobre todo a raíz del asesinato en enero de 2014 de una famosa reina de belleza en una carretera. Pero echando la culpa de la situación no a la quiebra del imperio de la ley sino a los "antivalores" propagados por los medios de comunicación e incluso a la mala influencia en los chicos de series como Spiderman. Y respondiendo a la desesperada con acciones represivas "aparatosas y "contraproducentes", según el OVV.

"Consideramos que la destrucción institucional que continúa padeciendo el país es el factor explicativo más relevante del incremento sostenido de la violencia y el delito", dice el OVV en su informe anual de 2015. "La institucionalidad de la sociedad, en tanto vida social basada en la confianza y regida por normas y leyes, se diluye cada vez más ante la arbitrariedad del poder y el predominio de las relaciones sociales basados en el uso de la fuerza y las armas". O sea, como en las ya mentadas Gangs of New York o La carretera. Ya va siendo hora de que la izquierda entienda que la seguridad es un derecho fundamental (no un privilegio burgués) sin el cual no hay libertad ni es posible una vida civilizada para nadie: ni para ricos ni para pobres.

martes, 18 de agosto de 2015

¿Feminicidio en España? (ya será menos...)

Cada vez que un bestia mata a su novia o esposa vuelve la cantinela a los medios de comunicación y a la calle: "¡Cómo está el país! ¡Esto es un feminicidio que se nos va de las manos!..". Creo de verdad que la alarma social creada por estos crímenes machistas es exagerada. En absoluto me propongo restarle importancia al terrible drama de 24 mujeres asesinadas por hombres en lo que va de 2015 (por cierto, la tendencia es decreciente en los últimos años): solo procuro ponderarlo apelando a unas pocas cifras y al sentido común.

Lo primero, tengamos en cuenta que en España hay 46 millones de personas. Es un disparate hablar de feminicidio porque cada año asesinan a medio centenar de mujeres (lo cual, INSISTO, es un espanto) de las 20 millones que pisan nuestro suelo: ¡es una sobre 400.000! Otra cosa es el maltrato físico y/o psicológico, mucho más cotidiano. No olvidemos que estamos abordando el comportamiento de unos primates autoetiquetados como Homo sapiens sapiens, entre cuyos machos -y también hembras- siempre hay y habrá individuos infames. La brutalidad y la excesiva inclinación a la violencia es intrínseca a no pocos congéneres, y para constatarlo no hace falta ser un sociólogo. Se estima en torno a un 2-3% el porcentaje de psicópatas, de gente sin empatía ni escrúpulos, en la población humana total. Por otra parte, el terreno está más abonado para la violencia de género en España que en otros países más avanzados. Aquí sigue bien arraigado el machismo, sobre todo en las clases bajas y entre la gente más conservadora y rancia de las clases medias y altas: no es de extrañar, dado el peso de la tradición y de la Iglesia católica.

Todavía hay amplio recorrido para concienciar a nuestros niños y jóvenes -el resto de la población infectada por el machismo es ya culturalmente irrecuperable- de que hombres y mujeres han de ser iguales en dignidad y derechos, de que todo tipo de maltrato o abuso es intolerable. Y seguramente haya que reforzar las leyes contra la violencia machista y aumentar la protección de las mujeres amenazadas, sin por ello incurrir en una legislación que, como su propio artífice (mi paisano socialista Juan Fernando López Aguilar) pudo constatar en sus carnes, puede llegar a arruinar la vida de alguien con una simple denuncia falsa o sin fundamento. Esa ley de 2004 está siendo utilizada torticeramente como un arma de la madre contra el padre para hacerse con la custodia de los hijos en procesos de separación o divorcio.

Pero, por muy bien que lo hagan las autoridades y la sociedad civil, es imposible erradicar esta plaga (en España o en cualquier otro sitio). ¿Alguien se rasga las vestiduras por el hecho de que siga habiendo asesinos, estafadores, violadores y otros delincuentes, de que las cárceles sigan siendo -y nunca dejen de serlo- necesarias? ¿Acaso han desaparecido esos tipejos de algún país del mundo, por muy avanzado que sea? ¿De veras podemos creernos que por mucho "pacto político, institucional y social para luchar contra el machismo criminal" (PSOE dixit) no va a haber siempre algún energúmeno por ahí que mate a su esposa? Una importante función de las leyes es intentar prevenir el delito, pero pretender que éste desaparecerá completamente alguna vez de la faz de la Tierra es de una ingenuidad demencial.

En cualquier caso, no perdamos la perspectiva. Según el psicólogo evolutivo canadiense Steven Pinker, en contra de lo que podríamos pensar viendo un telediario, los humanos nunca hemos sido menos violentos como ahora. Pinker sostiene esta tesis en su libro Los ángeles que llevamos dentro, apoyado por un gran arsenal de datos estadísticos. No tengo información al respecto, pero pongo la mano en el fuego a que nunca ha habido menos víctimas de violencia machista en España como en la actualidad. ¿Se imaginan cómo debía ser el panorama en 1915, por no hablar de 1815, 1715 o antes?

Por cierto, en los telediarios solo sale lo noticiable (como el asesinato de una mujer a manos de su pareja), que es una muy pequeña parte de la realidad cotidiana de un país relativamente desarrollado y en paz. Por desgracia, el maltrato físico es mucho más frecuente (una de cada ocho mujeres afirma haberlo sufrido). Pero, por fortuna, en materia de violencia machista España está muy alejada de regiones como Latinoamérica, la India, África o el mundo islámico (véase aquí un informe del estado mundial del problema). No pretendo ser complaciente sino ponderado y realista. Hay que proseguir con la concienciación social y las medidas de protección de las víctimas, hacer recaer todo el peso de la ley sobre el maltratador (ni más ni menos que sobre cualquier otro delincuente violento) y asumir de una vez por todas que siempre habrá bestias entre nosotros.

domingo, 9 de febrero de 2014

El drama de la violencia en África


En 1990 conocimos unos amigos canarios y yo, durante una parada vacacional en Madrid, a un tanzano que asistía a un congreso mundial de Sociología en la capital de España. Tuvimos una breve conversación de la que solo recuerdo una afirmación suya memorable: "La religión de África es el amor". Una enorme sandez no ya impropia de un estudioso, sino de cualquier persona con algo de mundología y sentido común. Porque todos los seres humanos están hechos de la misma pasta con independencia de su raza, color, nacionalidad, sexo (en este caso hay alguna pequeña diferencia) y, por descontado, del continente donde nazcan o vivan. Solo nos distingue, y no demasiado, el contexto cultural. Y los tipos humanos (entre los que se incluyen el malvado y el bondadoso, el violento y el tranquilo, el atroz y el compasivo) están distribuidos de igual modo en 2014 que en el año 200 a.C., en Níger que en Canarias o en Nebraska. Eso sí, con diferentes ropajes y otros detalles meramente folclóricos como los culinarios y festivos. En fin, que el amor -y también el odio- no solo es cosa de africanos (¡no hace falta un doctorado en Sociología para darse cuenta!).

En Europa no somos ni peores ni mejores que en África. Eso no quita que Europa y la América criolla -y también el mundo árabe- tengan una impagable deuda con África por el terrible crimen de la esclavitud. Aunque los culpables fueron nuestros antepasados, nosotros hemos sido beneficiarios de esa inmoralidad mayúscula que la Iglesia católica no condenó hasta bien entrado el siglo XIX. A mediados de los 90 asistí a una genial charla de Ferran Iniesta en la Facultad de Ciencias Políticas de Somosaguas en la que subrayó el tremendo, y nunca bien ponderado, impacto económico y psicológico de la esclavitud para el continente (una trata de la que fueron cómplices, por cierto, los jefes tribales africanos). Aquellas sociedades fueron destrozadas, al ser arrancada de ellas su gente más joven para alimentar las calderas de la economía occidental. Luego vino el imperialismo europeo y toda su sarta de bestialidades, entre las cuales la del Estado Libre del Congo del muy católico rey belga Leopoldo II tiene un merecido lugar en la historia universal de la infamia. Superar semejante trauma no podía ser tarea fácil.

Tras la descolonización iniciada en los años 60 del siglo pasado, muchos pensaron que el futuro del África negra sería brillante por el mero hecho de autogobernarse, de librarse del malvado dominador europeo. Quizá más de un incauto se creía eso de la "religión del amor". Lo cierto es que buena parte de África siguió siendo expoliada por Occidente, pero ahora con la abierta complicidad -y beneficio- de sus corruptos gobernantes locales. Y otra parte del continente, la supuestamente rebelde, se puso en brazos de la Unión Soviética para iniciar lo que prometía ser un ilusionante camino a la verdadera independencia y al desarrollo. Una vez desaparecido el bloque comunista se pudo descubrir la verdadera naturaleza de gobernantes como Mugabe en Zimbabue o Dos Santos en Angola: autócratas sin escrúpulos, dedicados a esquilmar a su pueblo, ahora reciclados al capitalismo y con el sostén económico y político de la muy socialista China.

La violencia extrema en África, actualidad candente ahora mismo en lugares como la República Centroafricana y Sudán del sur (en el este de la República Democrática del Congo ya ni siquiera es noticia), puede llevarnos a equívocos. Sin necesidad de irme más allá de 100 metros a la redonda de donde escribo, aquí en la sierra de Madrid (valdría cualquier otro lugar del mundo donde hubiese una alta densidad humana), seguro que encuentro a alguien dispuesto a cometer las peores atrocidades: si no las hace es por el poder coercitivo del Estado y el imperio de la ley, por imperfecto que sea en estas latitudes del sur de Europa. Ya vimos lo que pasó en la ex Yugoslavia cuando se quebró la legalidad y los hooligans y porteros de discoteca se pusieron uniforme paramilitar.

Si hay linchamientos y masacres en África es por la debilidad institucional y la prevalencia del tribalismo, lo que a su vez tiene mucho que ver con el excesivo peso social de la tradición (en cuyo corazón está apostada la religión-superstición). Detrás de esta, sustentada en la falta de educación y utilizada como arma política por las elites, están cosas tan feas como la brujería y la caza de albinos, el odio étnico y religioso, el canibalismo ritual o el acoso a los homosexuales. Desde luego, el resto del mundo -incluido el desarrollado- no está para presumir al respecto. La religión también está detrás de la homofobia en Europa, Latinoamérica y Rusia, de la ridícula enseñanza del creacionismo en escuelas de EE.UU., de la discriminación de la mujer en la India y el mundo islámico, de la sexofobia, de la oposición al aborto de fetos inviables aun cuando peligre la vida de la madre en El Salvador o Nicaragua, de las estúpidas cortapisas a la ciencia (por ejemplo, a la investigación y uso de embriones con fines terapéuticos)...

La educación reduce la ignorancia y la credulidad, pero no afecta a la maldad, que debe ser tomada como una constante en toda ecuación social (que reduzca la ignorancia ya es mucho, puesto que los malvados suelen apoyarse en ella). Y contra la maldad, no solo fruto de la psicopatía sino también de la natural tendencia humana al egoísmo, solo sirve la fortaleza institucional (democracia sólida, contrapeso de poderes, imperio de la ley, jueces independientes, prensa libre, ejército sometido a la legalidad, policía bien formada y controlada, etc.), que es precisamente de lo que adolece África (con contadas excepciones como la de Botswana).

Desde Europa podemos ayudar mucho al continente negro no tanto con la cooperación al desarrollo como siendo intransigentes con nuestras empresas y bancos que cometen abusos allá (basta con no dejarles ni un céntimo en el supermercado o en la cuenta) y con nuestros políticos que en el mejor de los casos miran para otro lado y, en el peor, incluso se lucran gracias a esos abusos (basta con no votarles). Qué importante sería, por ejemplo, suprimir los paraísos fiscales que sirven de cajas fuertes al latrocinio de los dictadores africanos. Pero África también tiene que poner de su parte extendiendo la educación, el laicismo y el cosmopolitismo en detrimento de la ignorancia, el clericalismo y el tribalismo. El luminoso ejemplo del gran Nelson Mandela debería ser un motivo para la esperanza.

sábado, 27 de abril de 2013

Psicópatas y macarras en el manual biempensante de izquierdas

Ya estoy harto de leer o escuchar que si nunca hemos estado tan deshumanizados como con este sistema capitalista (el feudalismo y el esclavismo, por no mencionar el comunismo real, debían de ser paraísos terrenales), que si el pueblo es noble por naturaleza (recomiendo al respecto estas interesantes lecturas de Pérez Reverte y Elvira Lindo sobre la hijoputez de las turbas humanas), que si los indígenas son pacíficos ecologistas que han preservado su pureza moral a diferencia de los pérfidos y corruptos occidentales, que si la culpa de nuestros males es solo de políticos que la gente no se merece (aunque curiosamente no deje de votarles a sabiendas de que son unos chorizos), que si todas las cosas se consiguen con el diálogo y la violencia es detestable siempre...

No es la primera vez que abordo este asunto, pero la relectura de este post (con sus comentarios) del muy recomendable blog de Cristina me ha alentado a volver al ataque. El error de partida es confundir pobreza con predisposición a delinquir. Ante la violencia bestial que azota México y Centroamérica, el izquierdista biempensante recurre al comodín de la miseria y las desigualdades sociales (por cierto, el número de homicidios per cápita es bastante más bajo en India, donde mucha gente malvive hacinada en slums infectos y también hay no pocos ricos). Luego observa el caso de Venezuela y no acaba de entender cómo se disparan los asesinatos si, con datos de la propia ONU, se ha reducido la pobreza y se han atenuado las desigualdades. Nuestro ingenuo pensador no deja de tomar a los mareros y sicarios, además de como verdugos, como supuestas víctimas de un orden económicamente injusto, gentes que no tuvieron otra oportunidad para salir adelante. Se le pasa por alto que buena parte de los jóvenes más pobres de esos países no solo no son criminales sino que además conforman el grueso de sus víctimas (dejando a un lado los ajustes de cuentas). Está claro que la delincuencia pandillera se ceba sobre todo con los pobres, con quienes están cerca de los malandros y no disponen de los medios para protegerse -alarmas, alambradas, altos muros e incluso guardaespaldas- que están al alcance de la clase media y los ricos.

Se entiende que alguien que no sea un psicópata -incluso puede que un buen chico en una situación difícil- se haga pandillero, pero para medrar ahí dentro solo se puede ser un redomado hijo de puta: hay un proceso de selección negativa que hace que solo los psicópatas más inteligentes, precisamente por esa doble condición (por su astucia, habilidades sociales y absoluta falta de escrúpulos y empatía), lleguen a ser los generales de las bandas. Este fenómeno siempre ocurre cuando no hay un poder estatal (el Leviatán hobbesiano) que detente eficazmente el monopolio de la violencia en un territorio. Un ejemplo lo tenemos en la película Gangs of New York, ambientada en el Manhattan de mediados del siglo XIX. Otro, en la ficticia La carretera de Cormac McCarthy. Siempre que falte el poder coercitivo del Estado estará el camino expedito para psicópatas y tipejos sin escrúpulos, que lo tienen más complicado en un marco democrático civilizado (aunque no por ello dejen de medrar en empresas, partidos políticos, clubes de fútbol, etc.). Y esto no es cosa de un pasado o de unas latitudes más o menos remotas, como tuvimos oportunidad de comprobar en las guerras yugoslavas de finales del siglo XX.

No hay que olvidar que en torno a un 2-3% de la población son psicópatas (muchos pasan por vulgares cabroncetes, ya que no van por ahí con una sierra eléctrica o un cuchillo afilado a lo Norman Bates). A esta gente hay que neutralizarla, porque la psicopatía no se cura y puede ser muy dañina para el prójimo. La neutralización pasa muchas veces por marcar límites o mantener distancias (en el colegio o el trabajo), pero en ocasiones se hace necesario recurrir a medidas más contundentes: sinceramente, con un sicario o un oficial de las SS se me antoja inútil -incluso contraproducente- el diálogo. Lo civilizado es que sea el Estado (o, dentro de un colegio, las autoridades docentes), con su aparato de disuasión, el que mantenga a raya a estas personas.

También los macarras

El mismo discurso biempensante explicativo de la delincuencia violenta es aplicable a los problemas de convivencia en los centros de enseñanza, confundiendo en este caso pobreza con macarrismo. Los canis (bakalas, chandaleros, coyotes, pokeros, etc.) son precisamente los mayores enemigos de los chicos y chicas de condición humilde que quieren estudiar y acceder a una vida mejor, ya que cuales perros del hortelano ni comen ni dejan comer (una auténtica desgracia es cuando el cani o choni convertido en padre o madre malea a sus propios hijos y les impide beneficiarse de la educación pública). El sistema educativo tiene que defender a quienes quieren aprender y progresar de quienes -por las razones que sea- solo pretenden reventar las clases y fastidiar a los demás (perjudicándose de paso, aunque involuntariamente, a sí mismos). No todos los pobres son unos canis. Y no todos los canis son miserables económicamente (aunque sí culturalmente): no pocas veces, con sus chapuzas y trapicheos, ganan más dinero que un ciudadano normal de clase media, para luego gastárselo en sus cadenas de oro, tatuajes, tetas de silicona, gimnasios, motos y coches tuneados. 

Por supuesto, en las raíces del fenómeno están la marginación y la desigualdad social, con el abono de la miseria cultural y moral de nuestro tiempo (solo hay que asomarse un poco a la televisión o a Twitter). Pero por debajo de esas raíces hay un sustrato profundo que es la propia condición humana: más allá de la cuestión psicopática ya comentada, siempre hay gente que prefiere tomar el camino más fácil en vez de esforzarse e incluso rebelarse contra sus condicionamientos, siempre hay tipos y tipas con pocas luces y/o escrúpulos que gustan de comer mierda y se guían por lemas como "No sin mi oro" o "Antes muerta que sencilla". Lo mejor que podemos hacer por los buenos Johnatan y Jennifer que menciona Cristina en su blog es darles una educación pública de calidad y protegerlos de quienes, por chulería, egoísmo, ignorancia y/o estupidez, no quieren mejorar la sociedad sino solo intentar situarse lo más arriba posible para pisotear al resto y exhibir así su power

Que no se nos olvide que los toletes que salen en Gandía Shore no son víctimas sociales sino personas que han medrado precisamente gracias a su condición de canis. Aunque muchos no nos cambiaríamos por ellos, es indudable que han triunfado: ganan dinero, hacen lo que les gusta, ligan entre ellos y encima salen en la tele. Y, por supuesto, se burlan de los chicos y chicas de condición humilde que quieren estudiar y acceder a una vida mejor y diferente (“pringaos y peleles”). A mí, sinceramente, solo me preocupan estos últimos. Al igual que solo me importan los pandilleros reciclables, y no los sicarios profesionales o los narcos con las manos manchadas de sangre que conducen coches de alta gama y se bañan en jacuzzis de oro macizo.

domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Por qué? (Pinker te responde)

¿Por qué ocurren las enfermedades y los desastres naturales? ¿Por qué existen el dolor, el sufrimiento y la injusticia? ¿Por qué los seres humanos se matan entre sí? ¿Por qué hay hombres que violan a mujeres?...

Para responder a estos interrogantes podemos elegir entre acudir a la razón o a la superchería (dentro de la cual debe incluirse, por supuesto, a la religión), ese vistoso manto con que suele adornarse la tradición. Podemos echarle la culpa de todos nuestros males al pecado original, los albinos, las brujas, el mal de ojo, el gato negro, Satanás, la voluntad insondable de un supuesto Creador... Pero por esa vía nunca llegaremos a comprender y quedaremos siempre a merced de la frustración y la impotencia (salvo que optemos por el autoengaño -como Unamuno- o seamos estúpidos). La ciencia es la mejor herramienta para procurar entender no solo el funcionamiento del Universo y el comportamiento de sus objetos, sino también nuestra propia naturaleza y conducta. Para responder incluso a preguntas menos solemnes como por qué la gente tiende a ser altruista con su entorno familiar y egoísta más allá de su círculo afectivo, por qué hay tanto imbécil presumiendo de coche, ropa y smartphone, por qué los hombres tienden a ser más infieles que las mujeres o por qué las top-models y los empresarios muy adinerados se atraen mutuamente.

Si queremos combatir o erradicar algo, necesitamos conocerlo bien. Ninguna medicación funcionará, por muy eficaz que sea, si no está asociada a un diagnóstico correcto (y es irrelevante que este nos guste o no). De nada sirve aplicar quimioterapia para aliviar un catarro, de nada sirve tomarse una aspirina para curar un cáncer. Si no comprendemos bien nuestra naturaleza humana estaremos dando palos de ciego en la lucha contra lacras a ella asociadas como la violencia o el machismo.

Eso es lo que sostiene el brillante psicólogo evolutivo canadiense Steven Pinker, autor entre otras obras de La tabla rasa y de Los ángeles que llevamos dentro. En la primera de ellas, La tabla rasa, Pinker desmonta tres mitos muy arraigados en nuestro pensamiento y en la ortodoxia académica de las ciencias sociales y las humanidades: el de la tabla rasa (porque no somos una hoja en blanco al nacer, ya que venimos equipados genéticamente con un hardware y un software de serie), el del buen salvaje (porque no es cierto que nazcamos buenos y el entorno luego nos corrompa) y el del fantasma en la máquina (porque la mente es un producto del cerebro, a su vez modelado por la selección natural).

Por supuesto, para comprender hay que tener en cuenta los diferentes niveles de análisis de la realidad. Como dice el propio Pinker, es absurdo analizar las causas de la Primera Guerra Mundial atendiendo a la dinámica de electrones y quarks. En este caso habría que hacer un análisis en el plano social (sociología-economía-historia), sin perder de vista el plano individual (psicológico) del que este emerge. Y conscientes de que este plano individual es a su vez deudor del genético, que a su vez lo es del químico y en última instancia -hasta donde conocemos- del físico. Obviamente, siempre diferenciando la causalidad próxima de la causalidad última. Los seres humanos se enamoran porque les hace felices (causa próxima), aunque en el fondo haya una inclinación genética (causa última): ello no tiene por qué quitarle valor al amor u otros sentimientos, insiste Pinker.

El científico canadiense afirma que el ejercicio de la violencia tiene un fundamento racional, aunque a veces sea consecuencia de cálculos erróneos. Somos máquinas de supervivencia informadas genéticamente, y el conflicto de intereses entre máquinas de supervivencia -y entre agregados de máquinas de supervivencia como los clanes o los Estados- es inevitable. Para minimizar la violencia, por tanto, hay que desactivar sus fundamentos: esa es la única manera efectiva. No se frena la violencia apelando a la paz, del mismo modo que no se elimina una inclinación al maltrato doméstico haciendo seminarios de igualdad de género o cursos de papiroflexia.

Se socava la violencia prohibiendo su ejercicio individual para convertirla en monopolio del Estado (el Leviatán del que hablaba Hobbes) y creando una comunidad de intereses a través del comercio (una idea brillante que se remonta a Kant y sobre la que se fundó la Unión Europea), además de fomentando el cosmopolitismo y la extensión de la educación. Por eso Pinker afirma en su último libro, respaldado por una amplísima munición estadística, que nunca la humanidad fue menos violenta que ahora. "Con la violencia, como con otras muchas preocupaciones", se lee en La tabla rasa, "el problema es la naturaleza humana, pero, al mismo tiempo, la naturaleza humana es la solución".

En suma, que venimos al mundo con un equipamiento mental de serie, que no nacemos buenos (los niños menores de dos años matarían a diestro y siniestro si tuvieran armas a su alcance) y que el alma como artefacto separado del cuerpo es tan real como el vaporoso éter del que hablaban los antiguos. Pero, para Pinker, esto no tiene por qué ser tomado como una desgracia: "Nada impide que el proceso amoral de selección natural desarrolle un cerebro con unos auténticos sentimientos de generosidad. Se dice que aquellos a quienes gustan las leyes y las salchichas no deberían ver cómo se hacen. Lo mismo ocurre con los sentimientos humanos". Conclusiones las suyas, fruto de la razón, mucho más atinadas que la superchería para acercarse al entendimiento de la realidad y poder actuar en consecuencia.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Chago el hijo de puta

El bocadillo de sardinas asciende unos segundos, impulsado por la mano malévola, antes de rendirse a la gravedad terrestre y precipitarse aceleradamente hacia el suelo empedrado. Allí queda reventado, convertido en una aceitosa masa amorfa. Una sardina ha sido desplazada a un metro del bocadillo: ella misma no lo sabe porque lleva muerta varias semanas. Chago y los de su panda se ríen. El resto de los alumnos observa la escena en silencio. Bermúdez, humillado, está poseído por una rabia impotente que enrojece su rostro. Su madre ignora en casa la suerte del bocata que ha preparado con tanto esmero. La merienda de su niño. Para que aguante hasta la hora de la cena. Porque tiene clase de tenis después del cole. Las sardinas tienen muchas proteínas, son buenas para el crecimiento. "¡Chago, eres un hijo de puta!", le grito. "Pero si es un niño", me parece oír. "¡Pues eres un niño hijo de puta!", le suelto en la cara, pero no me escucha porque se lo digo desde el futuro. "¡Y seguro que lo sigues siendo, maldita basura!". Chago se gira hacia mí, pero no debe verme: treinta años es suficiente distancia. Echa un escupitajo a ese aire húmedo ya olvidado que nos envolvió aquella tarde en Tamaraceite. Un pobre cachorro perruno le está esperando desde el comienzo del Universo para que lo lapide esa misma noche junto a un muro. Yo no puedo evitarlo, nadie puede evitarlo, está escrito en el guion cósmico que quede reducido a un amasijo sanguinolento que un tipo tirará luego a un contenedor de la basura. "Todo lo que tiene culo tiene miedo", me dice desde una distancia de veinte años un viejo carpintero de ribera de Vegueta. Su hijo adulto deficiente, su único hijo, nos observa a un lado del taller. Huele dentro a serrín. Fuera, los vivos de entonces (los muertos, no) sienten el abrazo de la brisa marina: uno de ellos se está burlando con sus amigotes del hijo del carpintero. Otra vez el hijo de puta de Chago, con su risa de hiena. Cierro el puño para darle una trompada con todas mis fuerzas, pero solo consigo agitar el aire a mi alrededor.


miércoles, 28 de diciembre de 2011

Dos mil pesetas en la frente

Ocurrió hace casi 18 años. A los pocos meses de establecerme en Madrid, y después de quedarme sin una peseta, probé un día como comercial del Círculo de Lectores. No era precisamente el trabajo con el que soñaba, pero la cruda realidad obligaba. Vestido con chaqueta y corbata, debía acompañar en su ruta para ganar nuevos socios a uno de los vendedores de la empresa: sería una jornada de aprendizaje, para ver cómo se actuaba "a puerta fría".

Me tocó ir con un tipo rubio, de estatura media, ojos muy azules y anchas espaldas, cuyas simpatías políticas no tardó en revelarme: era neonazi. Me lo confesó tras hacer diversos comentarios impresentables que no desaprobé externamente (aunque en mi fuero interno no dejaba de decirme: "He aquí un soberano hijo de puta"). Uno de ellos estaba dedicado a una gitana que salía en la portada del Interviú: aseguró que le ponía muy cachondo pese a merecerle el más profundo desprecio por su etnia. El seguirle la corriente me hizo ganar su confianza, me permitió observarle atentamente en su salsa como haría un entomólogo con un escarabajo en un terrario. Ya había superado la treintena, así que tenía unos cuantos años más que yo. Me confesó que tenía un hijo y que ya no estaba para ir dando golpes a "gentuza" con bates de beisbol: no por un reparo moral sobrevenido, sino por no meterse en líos con la Justicia más propios ya de jovenzuelos. Me reconoció con orgullo y cierta nostalgia haber dado buenas hostias en sus tiempos mozos.

Nos tocó trabajar en Torrejón de Ardoz, que ya en aquel lejano 1994 era una población con una presencia significativa de inmigrantes. En la primera puerta a la que tocó nos abrió una dominicana negra. Desplegando todas sus habilidades como charlatán de feria, exhibiendo una sonrisa más falsa que Judas, intentó convencer a la mujer de sumarse al Círculo. No he olvidado cuando le inquirió por sus hijos con un brillo maléfico en sus ojos líquidos: "¿Tienes pitufines?... Pues hay muchas cosas que les podrían interesar de nuestro catálogo". En el vestíbulo, detrás de sus faldas, se escondían tímidamente unos niños mulatos tan pequeños como indefensos.

No convenció finalmente a la dominicana. Ni a ella ni a ninguna otra persona en todo la mañana de pateo por Torrejón. También tocamos en la casa de un magrebí y en la de un individuo muy amanerado ("un mariconazo"). Después de comer un menú del día volvimos a la carga, con igual resultado. Nos dirigimos a su coche cansados y con sensación de derrota. "Alguna vez pasa esto, ¿sabes?". Entonces, cuando le pregunté si le incomodaba tener que vérselas con gente a la que odiaba o despreciaba, me transmitió la enseñanza del día: "Cuando tengo delante a una guarra como la de esta mañana, me imagino que tiene escrito 'Dos mil pesetas' en la frente". Eso es lo que ganaba por cada nuevo socio. En su fría mirada de resentimiento advertí un fondo de amargura, de insatisfacción, de infelicidad. Regresamos a Madrid y le despedí para siempre con un falso "hasta mañana".

miércoles, 12 de octubre de 2011

Cosas de guerreros

Siempre que veo a militares desfilando me da la impresión de estar contemplando a un montón de primates ceñudos con ropa. A veces me viene incluso a la mente la inquietante imagen de hormigas-soldado (¿no será nuestra sociedad en el fondo un gigantesco hormiguero?). Soy incapaz de emocionarme ante lo que me parece un grotesco despliegue de virilidad confesional, donde se juntan -en el caso español- cabras, vírgenes, trapitos de colores, pechos de lobo, capellanes sobrealimentados y próceres de dudosa moralidad. Esa incapacidad debe ser algo bueno, ya que prueba que no soy ni un sensiblero (la sensiblería no tiene nada que ver con la sensibilidad) ni un hortera ni un facha.

Lo que más me choca es cuando se rinde tributo a los caídos por la patria. Entre los nuestros se cuentan esos pobres campesinos analfabetos utilizados como carne de cañón en las ya lejanas guerras de África, en defensa de una causa tan ajena a ellos como de interés para quienes allí les enviaban. Casi niños arrancados de sus madres para ser destripados en los años 10 y 20 del siglo pasado en las montañas rifeñas a manos de los más salvajes del lugar (antepasados de quienes se trajo Franco en 1936 para fumar hachís, rebanar cuellos y violar mujeres por Dios y por España).

Ojo: el mío no es un antimilitarismo simplón de manual izquierdista. Soy consciente de que tiene que haber ejércitos -como tiene que haber porteros de discoteca- por el mero hecho de que hay otros ejércitos (regulares o no) y un montón de idiotas en el exterior que estarían dispuestos a atacarnos si recibiesen la orden de sus correspondientes machos-alfa (por supuesto, en beneficio exclusivo de estos últimos). Lo cual es una garantía para los fabricantes de armas y los intermediarios y comisionistas que viven de tan boyante negocio. También soy consciente de que las fuerzas armadas desarrollan tareas importantes de protección civil. Y que se hacen necesarias en procesos de reconstrucción como, por ejemplo, el de Haití. Si los marines estadounidenses no estuviesen allí para proteger a la población de sí misma (de sus propios matones), aquello sería un infierno mucho peor de lo que ya es.

Por supuesto, en los ejércitos hay buena y mala gente, como en todas partes. Aunque pocos me negarán que en sus escalafones más bajos hay más personas dispuestas a partirte la cara por una nadería y menos propensas a leer a Schopenhauer que en otros colectivos sociales. En fin, las cosas de los guerreros.

martes, 13 de septiembre de 2011

Una explicación biológica del mal

Quienes buscan acercarse a la naturaleza del mal a través de la razón (no de la religión) cometen quizá el error de recurrir más a la Filosofía que a la Biología, una ciencia que podría aportar pistas más valiosas. Dicho de otro modo, puede ser más útil a este respecto leer a Darwin que a Savater (¡por no hablar de Santo Tomás de Aquino!).

La Biología nos dice que los seres vivos depredan en este planeta para obtener su sustento desde hace al menos unos 2.700 millones de años, cuando unas bacterias empezaron a fagocitar a otras al agotarse el caldo primigenio de moléculas que había en el mar. Hace más de 500 millones de años apareció el primer asesino macrófago: quizá un platelminto (gusano plano) marino que envenenó y digirió a alguna otra criatura marina. Así es la Naturaleza que conocemos, en la que no abunda la compasión y rige la ley del más fuerte o del más listo. O sea, el pez grande se come al pez chico. No debe ser muy diferente en otros lugares donde haya prendido la vida.

Lo que entendemos por mal es la depredación aplicada entre seres humanos, no tanto para sobrevivir como para disfrutar con el sometimiento o humillación de otros o saciar a su costa nuestro hambre de poder, sexo o dinero. Mal también sería la violencia ejercida contra los animales que hemos decidido convencionalmente excluir de nuestro círculo depredador, caso de las mascotas. Porque matar a palos a un galgo no cuenta con la misma consideración moral que decapitar a un cerdo en una matanza. Al igual que matar a un congénere no tiene la misma calificación moral que abatir a un ciervo en una montería. Esto es así puesto que la moral es una mera invención humana para su mejor autoconservación. Aunque disparar a un ciervo por entretenimiento no deja de ser un crimen monstruoso para un nivel alto de conciencia.

La raíz del mal habría que buscarla pues en nuestras profundidades genéticas, en la pasta de la que estamos hechos: el mal está ya latente en los primeros organismos vivos, programados para reproducirse a toda costa. No es culpa de la humanidad ni del resto de los seres vivos estar hechos de esa pasta, o que el agotamiento del caldo nutritivo primigenio llevase un día a las criaturas a la depredación: podríamos decir que allí radica el pecado original (justificado, por cierto, porque no les quedaba otra). Además, si la humanidad sobrevivió posteriormente como especie fue no solo por su faceta social cooperativa sino también por haber matado a diestro y siniestro a sus predadores, presas y competidores. Es innegable que la depredación siempre ha sido premiada evolutivamente.

Por tanto, detrás de un torturador, un violador o un asesino no solo hay un sádico, un estúpido, un inconsciente o un psicópata, sino millones de años de depredación y violencia. Es imposible desprenderse de ese componente depredador -¡hasta ahora tan funcional!-, incrustado en lo más profundo de nuestro ser. Que se manifieste en unos individuos más que en otros depende de su predisposición genética y de factores ambientales como el entorno familiar y social, su educación, su historia personal, etc. Por otra parte, es cierto que en nuestra herencia genética también anida el bien. Y que la compasión ha arraigado no solo en los humanos sino en otros seres vivos inteligentes. Está en nuestras manos cultivarla.

Por último, ¿por qué el mundo tendría que estar siempre regido por las leyes de la depredación? ¿Por qué no podríamos nosotros, con nuestra inteligencia, intentar cambiar sus reglas? Quizá alguna civilización extraterrestre mucho más inteligente ya lo haya hecho en su ámbito. Contra natura, por supuesto. Como debe ser.

jueves, 11 de agosto de 2011

Gamberros, multi-inculturalismo y 'siniestrona'

Los recientes sucesos en Inglaterra han permitido retratar no solo a unas hordas de jóvenes sin escrúpulos crecidos a la sombra de unos padres irresponsables y de un sistema de protección social demasiado generoso con ellos, sino también a la izquierda más simplona a la par que extrema e intolerante (la siniestrona), que quiere ver en los violentos ataques de esos chandaleros descerebrados las manos de un noble pueblo alzado contra la injusticia.

La violencia en los barrios ingleses obedece, a mi juicio, a la conjunción de cuatro factores: 1) Un salvaje consumismo alimentado desde hace décadas por los medios de comunicación de masas (desde la publicidad hasta las series para adolescentes pasando por la pura telebasura), que ha metido firmemente en la cabeza de mucha gente lo de "tanto tienes (a cualquier precio), tanto eres"; 2) Un grave deterioro de la educación y de los valores tradicionales de honradez, respeto y disciplina (algo que se garantizaba más o menos cuando la religión no era algo en retirada -¡por fortuna lo es, todo sea dicho!-, como ahora entre los occidentales); 3) Un sentimiento de humillación e inferioridad de algunos nativos pobres, perdedores de la globalización y pasto de partidos xenófobos como el British National Party (BNP) en Inglaterra o el Frente Nacional en Francia; 4) Un sentimiento de humillación e inferioridad de algunos inmigrantes o hijos de la inmigración que no han terminado de integrarse (o de ser aceptados) adecuadamente en las sociedades europeas, desgarrados internamente por el conflicto entre las leyes y costumbres de sus países de acogida y las tradiciones de sus países de origen (que suelen encadenarlos al castrante yugo del patriarcado y la religión), quienes a su vez son pasto de movimientos extremistas identitarios. 

No hace falta señalar que los nativos pobres inclinados a la xenofobia y los inmigrantes humillados inclinados al extremismo identitario están llamados a colisionar más tarde o más temprano: es la tendencia natural de lo que algunos llaman multiculturalismo (término tan querido por la ya mentada siniestrona), que yo prefiero etiquetar como multi-inculturalismo para ser más exactos. Incluso los distintos grupos de inmigrantes inadaptados tienden a chocar entre sí.

Esos idiotas que salen de noche para destruir sin ton ni son no pretenden cambiar el capitalismo, sino su posición en la escala social. La sociedad de consumo les encanta. Lo único que quieren es colocarse ellos arriba del todo para pisar a los demás: quieren ser como sus idolatrados raperos, vestidos con caras ropas y zapatillas de marca, luciendo cadenas de oro, joyas y los últimos gadgets tecnológicos y pisando a fondo el acelerador de coches de lujo para fardar ante sus novias, amigos y vecinos. Lo curioso es que, a diferencia de sus homólogos en España (los que más temprano que tarde saldrán a las calles de nuestro país a hacer lo mismo), estos jóvenes disfrutan de los beneficios de un sistema de protección social todavía muy generoso -mucho más que el español, desde luego- pese a los recortes de la era Thatcher. 

En fin, estas son cosas que pasan lustros después de que unos energúmenos se hayan convertido en padres y madres dentro de un sistema con tanta desigualdad social que descuida la educación sin dejar de alentar la competitividad, el consumismo y la más grosera ostentación. Y cuando algunos (sobre todo en la siniestrona) siguen creyendo tanto en la supuesta bondad natural de los pobres por el simple hecho de serlo como en la intrínseca maldad de los ricos.

Hooligans, multi-inculturalism, and 'siniestrona'

Recent events in England have portrayed not only a ruthless hordes of young people raised in the shadow of some irresponsible parents and a social protection system too generous with them, but also a political left the most simplistic, extreme and intolerant (the siniestrona), pretending that those violent attacks by mindless rioters are the rising of a noble people against injustice.
 

Violence in the English suburbs is due, in my opinion, to the combination of four elements: 1) A wild consumerism fueled for decades by mass media (from advertising to TV series for teenagers going through pure junk TV), who has firmly stuck in the minds of many people this idea: "the more you own (at any price), the more you are", 2) A serious deterioration of education and traditional values ​​of honesty, respect and discipline (which was guaranteed more or less when religion was not something in retreat- fortunately, I must say! - as now in the West), 3) A sense of humiliation and inferiority of some poor natives, losers of globalization and prone to xenophobic parties like the British National Party (BNP) in England or the Front National in France, 4) A sense of humiliation and inferiority of some immigrants (or people with immigration background) that have not been fully integrated (or accepted) in European societies, torn internally by the conflict between the laws and customs of their host countries and traditions of their origin countries (that often chain them to the emasculating yoke of patriarchy and religion), who in turn are prone to extremist identitarian movements.

It goes without saying that poor natives prone to xenophobia and humiliated immigrants inclined to identitarian extremism are called to collide sooner or later: the natural tendency of what some people call multiculturalism (a term so dear to the siniestrona), that I prefer to label as multi-inculturalism to be more accurate. Even the various immigrant misfit groups tend to collide one to another.
 

These idiots who go out at night to loot and destroy do not intend to change capitalism, but only their position in the social scale. They really do love the consumer society. All they want is to place themselves above all to step on others: they want to be like their idolized rappers, dressed in expensive clothes and branded shoes, wearing gold chains, jewelry and the latest gadgets and stepping on the accelerator of luxury cars to show off in front of their girlfriends, friends and neighbours. Curiously, unlike their counterparts in Spain (that sooner or later will hit the streets of our country to do so), these young people enjoy the benefits of a still very generous social protection system -much more than the Spanish, of course- despite the cuts of Thatcher's era.
 

In short, these are things that happen decades after some hooligans have become parents within a system with a high social inequality that neglects education at the same time of encouraging competition, consumerism, and the rudest ostentation. And when some (especially in the siniestrona) still believe in both the natural goodness of the poor people (for the mere fact of being so) and the intrinsic evil of the rich.

domingo, 31 de julio de 2011

Surtidores de sangre en el océano

Moby Dick es un libro duro. Los relatos de caza de ballenas de Herman Melville son tan buenos literariamente como turbadores: gigantes marinos paralizados de terror al verse acosados por los barcos humanos, coletazos desesperados con el cuerpo asaeteado por afilados arpones, surtidores que echan sangre coagulada en vez de agua, tiburones arracimados en torno a cetáceos fatalmente heridos para despedazarlos vivos a dentelladas en medio de un mar teñido de rojo... Y todo para alumbrar con el aceite de los animales muertos iglesias donde la gente reza, como dice el escritor norteamericano.

Si las ballenas supieran que muchos de quienes las persiguen desde hace siglos no solo se consideran los hijos de un supuesto Dios que los ha creado a su imagen y semejanza -en el colmo de la estupidez, algunos hasta creen que su tribu es la elegida entre todas-, sino que encima abrigan la esperanza de vivir eternamente tras su muerte en este mundo del que se precian de ser dueños y señores. Esto es tan ridículo que un alienígena de inteligencia muy superior a la humana se troncharía si no fuera por su patetismo (el extraterrestre seguramente se conmovería no solo de las ballenas sino también de sus verdugos humanos) y dramatismo (es una tragedia vivir en un Universo como este, sometidos a leyes físicas implacables y ajenas a todo sentimiento o valor moral).

Puede que la justicia no exista en el Cosmos, que sea solo una invención nuestra. Ahora bien, si hubiese algo que se le aproximase, no me cabe duda alguna de que un sumario universal de la infamia se debe estar instruyendo desde que el primer ser vivo consciente ejerce (aparentemente) su libertad. Y, desde luego, las matanzas de ballenas estarán ahí recogidas. Quizá nos salve nuestra inconsciencia, de igual modo que la justicia humana exonera de responsabilidad penal a los menores y a los incapacitados mentales.

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