Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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lunes, 30 de julio de 2018
Naturaleza amoral... pero también moral e inmoral
No es cierto que la Naturaleza sea amoral e indiferente al sufrimiento de sus criaturas: nunca lo será mientras haya un solo ser moral y empático dentro de ella (en el muy improbable caso de que no existiese vida más allá de la Tierra, sabemos al menos con certeza que ha habido y hay muchos entes morales y empáticos -no necesariamente bípedos implumes- habitando en nuestro planeta). Esa visión amoral de la Naturaleza, que hizo tambalear la fe religiosa de Charles Darwin (¿cómo puede un Dios omnipotente y benevolente permitir que los icneumónidos -avispas parasitarias- pongan sus huevos dentro de orugas a las que paralizan para ser luego devoradas vivas lentamente por sus larvas?), parte de un concepto erróneo de lo natural conforme al cual las creaciones de los humanos serían artificiales: desde un coche hasta un código ético pasando por una llave Allen. Pero, por definición, todo es natural en el mundo (¡de otro modo no existiría!): no lo es menos una turbina o Internet que un termitero, un virus o un hipopótamo.
La moral y la empatía son productos naturales de la evolución, seleccionados por haber conferido ventajas reproductivas a sus portadores. Cuando un humano siente compasión de un toro brutalmente asaeteado en una plaza, es la Naturaleza misma (una singular combinación de los mismos electrones y quarks que dan también forma al toro, al torero y a la espada de este último) la que se está conmoviendo. Es igualmente cierto que cuando uno tortura a otro ser es la propia Naturaleza la que está infligiendo un daño... ¡y al mismo tiempo la que lo está padeciendo! Se podría decir que el Bien (la conducta compasiva) y el Mal (la conducta no compasiva, ya sea inmoral o amoral) son productos de la Naturaleza desplegados sobre el espacio-tiempo por haber sido funcionales para la supervivencia y reproducción de sus moradores. ¡Al final van a tener algo de razón los maniqueos al sostener la eterna lucha entre el Bien y el Mal! ¿Y acaso también los defensores del Punto Omega al propugnar el advenimiento de una Singularidad al final del Universo, merced a la cual este se haría plenamente consciente de sí mismo alumbrando una entidad omnisciente y benevolente?
Una visión evolucionista del mundo, maridada con la confianza en el poder transformador de la ciencia, no está reñida con la esperanza en que el Bien acabe imperando en un Universo que consume su autoconsciencia (o sea, que se haga Dios). Llegados a ese punto, por cierto, no debería preocupar demasiado la muerte térmica del Universo.
viernes, 5 de enero de 2018
¿Por qué matar no es malo 'per se'? (por mucho que Kant se revuelva en su tumba)
El imperativo categórico de Kant sostiene que debemos comportarnos de modo que nuestra conducta pueda ser elevada a ley o regla universal. Hacemos el bien cuando ayudamos a un anciano impedido a cruzar la calle porque con ello adoptamos una supuesta ley moral objetiva (la que dice que es bueno ayudar a personas desvalidas) que es vislumbrada y abrazada por nuestra razón. Como esa ley es universal, da igual que el anciano al que auxiliamos sea un criminal de guerra o que pretenda apuñalar a una persona al otro lado de la acera: nuestra acción sería buena en cualquier caso. La del filósofo de Königsberg es una ética absoluta, en la que toda vida humana es un fin en sí mismo (no así la vida animal, que no es moral por ser supuestamente irracional). Y en la que el imperativo categórico, por definición, no puede ser relativizado: sin él, las bases de la ética serían completamente subjetivas y arbitrarias.
Pero lo cierto es que la propia razón práctica nos informa de que no hay ningún mandamiento, ni siquiera el de "no matarás", que pueda ser elevado a ley moral absoluta: matar, robar o mentir no serían malos per se, sino dependiendo de a qué fin moral estén asociados. Cuando uno mata en defensa propia o de terceros inocentes actúa moralmente bien. Cuando uno liquida a un tirano, hace un favor a la humanidad (hasta el propio San Agustín así lo consideraba y la Iglesia católica no le ha desmentido aún). Cuando uno roba para alimentar a su hijo hambriento, realiza un acto moralmente correcto (siempre que la violencia del acto no sea desproporcionada). Cuando uno mata a un animal para alimentarse, porque no tiene otra fuente de sustento, no se le puede oponer ética animalista alguna. Incluso es insostenible afirmar que comer carne humana es intrínsecamente malo: como bien saben los deportistas uruguayos perdidos en los Andes hace casi medio siglo, ingerir la carne de sus amigos fallecidos fue un acto bueno que salvó sus vidas. Por supuesto, mentir es lo correcto cuando están en juego la propia supervivencia y bienestar (por ejemplo, si un miliciano de Estado Islámico te pregunta por tu religión), la felicidad de los seres queridos o cualquier otro activo moral.
Esto nos conduce a proponer como único fin en sí mismo nuestra supervivencia y bienestar personal, así como la de los seres pertenecientes a nuestro círculo empático: familiares, mascotas, amigos, humanos en los que nos reconocemos -no Héctores Salamanca ni criminales neonazis-, orangutanes, elefantes... Para Kant, el fin en sí mismo era solo la vida humana, da igual que fuera la de un filántropo que la de un sádico asesino. Alguien podría argüir con fundamento si este enfoque al que hemos llegado racionalmente no es el mismo que el de un Héctor Salamanca o un neonazi: ellos también tienen un círculo empático, aunque bastante reducido. La diferencia es que su círculo excluye a mucha gente por razones arbitrarias (simplemente por no ser de su familia) y además estúpidas (como el color de la piel, la nacionalidad o las preferencias sexuales), mientras que el nuestro solo excluye a los que excluyen desde la irracionalidad, el odio y la más elemental falta de compasión. Nuestro planteamiento no rebaja la dignidad de un ser vivo atendiendo a cómo es (bípedo o cuadrúpedo, blanco o negro, payo o gitano, hombre o mujer, joven o viejo, homosexual o heterosexual...) sino a cómo actúa: si sus actos amenazan la supervivencia de nuestro círculo empático, es un enemigo al que combatir (revista la forma de paramilitar serbio o croata, de hipopótamo enfurecido, de mosquito Anopheles o de virus VIH)*.
Por supuesto, bajo este enfoque ético todo es cuestión de grado y proporcionalidad: no es lo mismo disparar a un hipopótamo cuando está a punto de aplastarte que hacerlo porque sus gruñidos no te dejan dormir, ni hurtarle incruentamente la cartera a un desconocido de apariencia acomodada para dar de comer a tus hijos hambrientos que matarlo para el mismo fin. Los conflictos de intereses están servidos, pero así es la vida: ¿deberíamos devolverle un sobre perdido con mil dólares dentro a Rupert Murdoch?, ¿deberíamos apretar el gatillo si tenemos a tiro a un tipo que a su vez está a punto de apretar el gatillo para acabar furtivamente con un rinoceronte cuya cabeza lucirá en su casa como un trofeo más?... Una cosa es la esfera moral y otra la legal, que a veces no se solapan. Un código legal moderno y democrático no puede permitir que la gente se tome la justicia por su mano, ni tampoco quebrar el principio de igualdad concediendo menos garantías procesales a un asesino execrable que a un ciudadano de bien. Pero actuar conforme a la legalidad no significa necesariamente actuar de manera moral, así como comportarse moralmente no tiene por qué ser legal. Si se acciona el gatillo del arma que apunta al que apunta al rinoceronte, se está cometiendo un crimen (una ilegalidad) pero con un sólido fundamento moral: impedir la consumación de un grave acto irreversible profundamente injusto. Si no se devuelve el sobre a Murdoch, no se pondría en jaque ni su bienestar ni la continuidad de Fox News (está por ver que sea un acto inicuo contribuir a la caída de ese medio de comunicación) y se podría dar un buen empleo al dinero.
Hace años dediqué una entrada en este blog al filósofo australiano Peter Singer, un pensador muy polémico por sacar conclusiones incómodas basándose en la más estricta racionalidad. La ética de Singer es utilitarista y transhumanista, ya que coloca en su base las preferencias de los seres sintientes (definición que, obviamente, no incluye en exclusiva a los humanos). Kant fue muy crítico con los iniciales planteamientos utilitaristas de Jeremy Bentham por su condición subjetiva, pero es que no hay base más adecuada para construir un edificio ético -la moral no está inscrita en el firmamento estrellado que tanto impresionaba al filósofo alemán, aunque sí mora germinalmente en nuestro interior al haber sido seleccionada por la evolución- que la constatación de que todo ser vivo pugna por sobrevivir, por abrazar el placer y por huir del dolor. Héctor Salamanca y los criminales nazis comparten esas inclinaciones con los humanos empáticos, las ballenas y los elefantes. Pero la huella de sufrimiento que dejan a su paso es mucho mayor y es nuestro deber moral minimizarla de cualquier modo posible (preferiblemente, aunque no necesariamente, a través de la vía legal) en aras de un mundo mejor. Si alguien puede explicarme racionalmente por qué cree que Mike Ehrmentraut hizo bien en no volar los sesos a Héctor en un capítulo de Better Call Saul, o por qué cree que el asesino del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo cometió un acto malvado apretando el gatillo, soy todo oídos (ojalá que el bueno de Kant también lo fuera desde su tumba).
*El mosquito Anopheles y el virus VIH, a diferencia del paramilitar serbio y el croata, no son agentes morales y tienen tanta culpa -el mosquito ni siquiera es el causante último de la malaria, ya que es utilizado por un microbio como vector- como un niño de seis meses apretando un botón nuclear. Pero esto nos lleva a la inquietante certeza de que un psicópata (no pocos paramilitares de la ex Yugoslavia lo eran) no es culpable de su falta natural de empatía.
domingo, 30 de abril de 2017
El bien, el mal y la selección natural
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| León en Namibia (Kevin Pluck). |
Charles K. Fink recoge en su interesante artículo The predation argument la controvertida tesis del filósofo Steve Sapontzis de que un león hace el mal al matar a sus presas para alimentarse. Aunque, según Sapontzis (a cuyo planteamiento se adhiere Fink), la no condición de agente moral eximiría de culpa al temible félido y a cualquier otro depredador no humano: sería un caso equiparable al de un niño de dos años, que puede hacer cosas malas -por ejemplo, torturar a un gatito hasta la muerte- pero no por ello es malo sino inconsciente de la malignidad de sus actos.
El mal parece algo relativo e imposible de definir sin las anteojeras de la subjetividad humana, pero un enfoque utilitarista puede arrojar luz al fundarse en una verdad irrebatible: la de que toda criatura viva pugna por seguir viviendo, buscar el placer y eludir el dolor (aunque a veces se sacrifique por el bien común, que no dejaría de ser el propio en el caso de un superorganismo como una colmena). Matar o hacer sufrir a un ser vivo, ya sea por perversión o para sobrevivir, sería pues algo malo. La tortura a un gato no deja de ser menos atroz para el minino si quien la ejerce es un niño pequeño inconsciente en vez de un adulto sádico. La muerte de una gacela no deja de ser menos atroz para ella si es por la mordida de una leona -que con su carne alimentará a sus cachorros- o por el balazo de un cazador deportivo. Un acto malo lo es con independencia de la responsabilidad moral de quien lo ejerce. Por supuesto, a veces resulta necesario que un agente moral como el humano inflija daño o muerte, de igual modo que hace un león para sobrevivir, en pos de un bien moral: el ejemplo más claro es la autodefensa, ya sea frente a una bacteria nociva, un mosquito, un león -al que, obviamente, no podemos culpar de intentar darnos caza- o un congénere tóxico.
Por definición, la selección natural nunca se equivoca al segar lo que no es funcional para la supervivencia. No se ocupa de otra cosa ni hace juicio moral o de valor alguno (no podría hacerlo, puesto que carece de toda voluntad o inteligencia): simplemente elimina los rasgos que no favorecen la supervivencia, que desaparecen junto con sus portadores. Y lo cierto es que tanto las conductas bondadosas como las malévolas han sido seleccionadas por aportar ventajas a quienes las exhiben: los grupos cuyos individuos se ayudan mutuamente son más sólidos -en consecuencia, están mejor provistos para favorecer la supervivencia de sus integrantes- que aquellos donde cada uno va solo a lo suyo perjudicando y dañando a sus congéneres; por otro lado, también sabemos que la depredación es funcional, como lo son igualmente el engaño, el escaqueo y otras malas artes cuando logran pasar inadvertidos (que se lo digan si no al pájaro cuco -el que tima a otras aves para sacar adelante su prole- o a Donald Trump).
¿Es la senda humana (mejor dicho, la de los mamíferos más inteligentes) hacia la compasión y el sentimiento moral exclusiva de la vida en la Tierra? Sin salir de nuestro planeta, ¿podría haber dentro de 300.000 años superleones o supermapaches morales que se planteen la maldad de la depredación? Abandonando ahora nuestro hogar planetario, ¿habrá sido seleccionada la compasión en otros mundos con diferentes circunstancias geológicas, climáticas, biológicas o de cualquier otra índole? ¿Puede que tanto la compasión como la crueldad sean rasgos generalizables a cualquier escenario del Universo en el que haya prendido la inteligencia? De ser así, ¿habrá mundos en los que la compasión derrota a la crueldad (o sea, la primera es seleccionada naturalmente por una supuesta ventaja evolutiva sobre la segunda)?, ¿existirá siempre un equilibrio evolutivo entre ambas como el observado en la Tierra?, ¿acaso vencerá el mal en algunos lugares?...
Kent Baldner critica a Sapontzis por considerar que la depredación es inaceptable, ya que ello implica suponer que hay algo moralmente repugnante en la Naturaleza y que nosotros debemos enmendarle la plana (lo que, a su juicio, sería algo tremendamente arrogante). ¿Pero acaso no somos Naturaleza los humanos (o los hipotéticos seres inteligentes morales de otros mundos)?... Ya venimos corrigiendo a la Naturaleza desde hace mucho con los injertos de plantas, la domesticación de animales, la ropa, las vacunas, los antihistamínicos, la anestesia epidural, la calefacción, los anticonceptivos, la ingeniería genética...
No quiero terminar sin anticiparme al posible comentario jocoso de que comer vegetales sería hacer el mal (algunos enemigos del vegetarianismo ético parecen muy preocupados por el bienestar de las plantas). Siendo coherentes con el razonamiento de Sapontzis, por supuesto que lo sería: todo ser vivo, animal o vegetal, pugna por seguir viviendo. Como también sería un acto malo el ir andando por el campo sin mirar el suelo para evitar el aplastamiento de hormigas e incluso de plantas herbáceas. Es aquí cuando hay que traer a colación a Fernando Pessoa: "Un exceso de conciencia inhabilita para la vida". Nosotros no somos responsables de que el estado inicial y las leyes de este universo condujeran a la depredación (es más, ¡hemos sido fruto de esa evolución!). No habríamos nacido de no haber sido por todas las plagas y azotes del pasado, desde el impacto de un meteorito hace 65 millones de años hasta la Segunda Guerra Mundial pasando por el exterminio de los neandertales o la Peste Negra. Somos hijos de la depredación en un camino de perfección moral en el que solo podemos aspirar a reducir razonablemente, de manera compatible con nuestra supervivencia, la inevitable huella de sufrimiento que dejaremos a nuestro paso. Puede que esa misma condición moral acabe siendo disfuncional y llevándonos a la degeneración y la extinción, pero eso ya es competencia de la selección natural: ella, como siempre, dictará una sentencia inapelable.
lunes, 30 de junio de 2014
Cita infausta con un mosquito en el espacio-tiempo
Ayer maté a un mosquito bien grande que se había metido en casa: bastó un golpe seco con una caja de Kleenex. Le dije a mi hijo, mostrándole la base de la caja con el mosquito aplastado, que lo había hecho en defensa propia: para que no nos picase esa noche. El animal tuvo una muerte rápida, instantánea, sin sufrimiento (esto me tranquiliza): vivía y, de pronto, dejó de vivir. Lo que no le dije es que haría lo mismo -aunque tendría que emplear un método más contundente- si fuese un ser humano el que amenazara su vida: me asistiría el ordenamiento jurídico y cualquiera lo entendería, San Agustín inclusive.
Con los mosquitos no hay negociación posible para evitar sus picaduras: no vale el "te dejo vivir pero a cambio no me atacarás", sobre todo porque es igual de imposible transmitirle esta información como recibir una respuesta de su parte. El mosquito necesita picar para alimentarse de sangre, de la que depende su supervivencia. Por tanto, en el alucinante supuesto de que le llegase el mensaje, se aviniera a un acuerdo y pudiese comunicárnoslo, es muy probable que no cumpliese finalmente con su palabra: la mentira es una estrategia seleccionada por la evolución, que pervive precisamente gracias a su utilidad (al igual que la maldad).
La picadura de este mosquito no iba a causarnos la muerte, ni siquiera alguna fastidiosa enfermedad como la malaria. Así pues, en un lado de la balanza utilitarista puse el malestar (relativamente leve) de mi familia por las eventuales picaduras; en el otro, la vida del insecto. Y no tardé mucho en tomar la decisión de acabar con él. Reconozco que ello me produce una pizca de inquietud (¡un jainista consecuente no lo hubiera hecho!), pero hay que ser consciente de que es imposible vivir sin dejar una huella de sufrimiento: todo lo que tiene culo no solo tiene miedo sino que también hace daño. Todos somos culpables, todos somos (más o menos) egoístas. No nos engañemos pensando lo contrario.
Aunque bien es cierto que ningún humano ni cualquier otro ser vivo hizo las reglas de este juego: ya nos han venido dadas. La causalidad del Universo me fijó una cita con este mosquito en un instante de su historia, él y yo atrapados por la necesidad (cada uno conforme a su constitución genética e información ambiental) y sujetos a las mismas leyes físicas. Y me puso a mí en ventaja en inteligencia y fuerza. Posiblemente yo ni siquiera haya tenido opción de decidir: quizá ya estuviese determinado y volví a autoengañarme pensando que actuaba mi libre albedrío...
Una diferencia entre mi víctima y yo es que, en virtud de mi inteligencia humana, tengo curiosidad por saber de qué va este extraño juego en el espacio-tiempo. Por saber si algún físico hacker adolescente con granos diseñó todo esto en un garaje, y si se trata de un malvado, un imbécil moral o un simple ignorante (¡no en Ciencias o Informática, desde luego!). Por saber si la materia inteligente consciente de sí misma será capaz algún día de llegar a entender todo (entre otras cosas, por qué la depredación y el sufrimiento tenían necesariamente que aparecer en escena en el Cosmos). Por saber si el Bien y la Justicia tienen una existencia real más allá de nuestras tan limitadas mentes.
viernes, 24 de mayo de 2013
Los frutos de la ignorancia científica
Hace casi tres años, en los inicios de este blog, escribí una entrada dedicada a los humanistas incultos, esos eruditos que no solo no tienen pajolera idea de ciencia sino que incluso llegan a presumir alegremente de esa ignorancia. Más adelante me metí con la filosofía, que en buena parte se ha convertido en mera palabrería al haberse desvinculado de los saberes científicos (lo viene diciendo Stephen Hawking desde hace tiempo).
Acabo de leerme un libro estupendo: Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares. Con independencia de sus valores literarios, he reparado en dos errores de Llamazares que pasarían por alto a todo aquel que no esté algo interesado en la Física o la Cosmología: en primer lugar, las estrellas fugaces no son estrellas (como se dice varias veces en el texto) sino muy pequeños fragmentos de meteoritos que penetran en la atmósfera terrestre y se encienden a su paso; por otra parte, el tiempo no es infinito, ya que tuvo un inicio (en el big bang) y tendrá un final (presuntamente, en la muerte térmica del Universo). Obviamente, esto carece de importancia porque se trata de detalles accesorios en una hermosa novela -recomiendo mucho su lectura- que reflexiona en tono intimista acerca de la cortedad de la vida y la extrañeza ante el paso del tiempo.
Sí que es grave la ignorancia científica cuando se filosofa (o se pretende filosofar). Hace días me leí una entrevista a Adela Cortina en Babelia que me ha vuelto a presentar como acuciante la necesidad de conjugar humanidades y ciencia para hacer un buen trabajo en ese ámbito. ¿Cómo se puede ser un buen epistemólogo sin tener nociones de Neurociencia? ¿Cómo se puede escribir sobre Ética sin saber algo de Biología? (para tener una cierta comprensión de lo que es la vida -no solo la humana- y constatar, entre otras cosas, que nuestro sistema nervioso no difiere del de los cerdos u otros mamíferos) ¿Cómo se pueden aventurar hipótesis metafísicas sin la más remota noción de Cosmología moderna? Dice Cortina, especialista en Ética, que los chimpancés solo son "maximizadores racionales" (los seres humanos seríamos, a diferencia de esos simios, "fundamentalmente cooperativos y reciprocadores"). ¿De dónde se ha sacado eso? ¿Esta mujer no ha visto nunca un documental de animales de La 2 (ya no le pido que se lea a Frans de Waal)?... La entrevista está salpicada de obviedades y lugares comunes ("Hemos de construir solidariamente un mundo justo", "cambiar a mejor es posible"...) e incluso contiene algún disparate: "El individualismo es falso. Es una abstracción, una creación" (acuérdense de esta frase cada vez que se pillen un dedo en una puerta). Si leemos a Fernando Savater o a José Antonio Marina nos encontraremos con más de lo mismo, aunque por lo menos hay que agradecerles -también a Cortina- su buena sintaxis (otros ni siquiera pueden escribir un párrafo legible).
Acabo de leerme un libro estupendo: Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares. Con independencia de sus valores literarios, he reparado en dos errores de Llamazares que pasarían por alto a todo aquel que no esté algo interesado en la Física o la Cosmología: en primer lugar, las estrellas fugaces no son estrellas (como se dice varias veces en el texto) sino muy pequeños fragmentos de meteoritos que penetran en la atmósfera terrestre y se encienden a su paso; por otra parte, el tiempo no es infinito, ya que tuvo un inicio (en el big bang) y tendrá un final (presuntamente, en la muerte térmica del Universo). Obviamente, esto carece de importancia porque se trata de detalles accesorios en una hermosa novela -recomiendo mucho su lectura- que reflexiona en tono intimista acerca de la cortedad de la vida y la extrañeza ante el paso del tiempo.
Sí que es grave la ignorancia científica cuando se filosofa (o se pretende filosofar). Hace días me leí una entrevista a Adela Cortina en Babelia que me ha vuelto a presentar como acuciante la necesidad de conjugar humanidades y ciencia para hacer un buen trabajo en ese ámbito. ¿Cómo se puede ser un buen epistemólogo sin tener nociones de Neurociencia? ¿Cómo se puede escribir sobre Ética sin saber algo de Biología? (para tener una cierta comprensión de lo que es la vida -no solo la humana- y constatar, entre otras cosas, que nuestro sistema nervioso no difiere del de los cerdos u otros mamíferos) ¿Cómo se pueden aventurar hipótesis metafísicas sin la más remota noción de Cosmología moderna? Dice Cortina, especialista en Ética, que los chimpancés solo son "maximizadores racionales" (los seres humanos seríamos, a diferencia de esos simios, "fundamentalmente cooperativos y reciprocadores"). ¿De dónde se ha sacado eso? ¿Esta mujer no ha visto nunca un documental de animales de La 2 (ya no le pido que se lea a Frans de Waal)?... La entrevista está salpicada de obviedades y lugares comunes ("Hemos de construir solidariamente un mundo justo", "cambiar a mejor es posible"...) e incluso contiene algún disparate: "El individualismo es falso. Es una abstracción, una creación" (acuérdense de esta frase cada vez que se pillen un dedo en una puerta). Si leemos a Fernando Savater o a José Antonio Marina nos encontraremos con más de lo mismo, aunque por lo menos hay que agradecerles -también a Cortina- su buena sintaxis (otros ni siquiera pueden escribir un párrafo legible).
viernes, 8 de marzo de 2013
Los costes de pensar por libre (reflexión a cuenta de Peter Singer)
Ser un librepensador bien vale la pena, tanto por el placer de pensar por uno mismo como por la libertad de espíritu (aunque te encuentres encerrado detrás de unos barrotes o en un gulag). Sin embargo, no sale gratis. Pensar por tu cuenta supone un esfuerzo y requiere valentía, ya que trae consigo salirse del cálido espacio de confort del pensamiento convencional (de lo que te dijeron de pequeño en casa, en la escuela y en la iglesia y nunca te atreviste a cuestionar) para asomarse a caminos bacheados sin señalización y abismos vertiginosos. Por otro lado está el coste social, cuando osas transmitir tus ideas o reflexiones a tus congéneres. Porque muchas personas no te van a entender e incluso te van a tomar como un chiflado. Eso no es lo peor, ya que incluso puedes ser linchado socialmente por tanto cabestro incapaz de advertir los matices, de poner las cosas en su contexto, de diferenciar un aserto de una valoración, de comprender (en el sentido más amplio de la palabra). Steven Pinker refiere algunos ejemplos a este respecto en su libro La tabla rasa, como los ataques -en este caso, de izquierdistas biempensantes y feministas radicales- a quienes sostienen que la violación no solo es violencia sino también sexo. Estoy dando además por descontado que vivimos en una democracia: no hablemos ya de dictaduras o regímenes teocráticos, en los que te jugarías literalmente el pellejo.
Lo cierto es que uno puede hablar con la cabeza perfectamente amueblada de cuestiones como la liberación animal, el vegetarianismo ético, el Multiverso o incluso la posibilidad de que el Cosmos sea una simulación computada (una hipótesis metafísica no desdeñable). Bien diferente es llenarse la boca de chakras, reiki, tarot, chemtrails, alimentación en función del tipo sanguíneo o majaderías conspiranoicas. Ahí es donde están el criterio y la información de cada uno para saber distinguir una audaz conjetura o un pensamiento heterodoxo bien construido de simples gilipolleces sin más fundamento que el ratón Pérez o las apariciones marianas en El Escorial.
El filósofo australiano Peter Singer es un magnífico ejemplo de librepensador contemporáneo. Con la sola armadura de la razón y la intuición (que no deja de ser un modo ultrarrápido de razonamiento), nos desmonta tópicos, plantea contradicciones e ilumina nuevos caminos para su especialidad: la Ética. No va por sendas trilladas y siempre anda un paso por delante de pensadores como Savater (quizá por haberse molestado en leer textos de Biología y Etología para hacer reflexiones de índole moral), lo que le ha granjeado toda suerte de oprobios entre los cuales el ser considerado un monstruo quizá no sea el más desagradable.
En su polémico (¡cómo si no!) libro Ética práctica, Singer tiene un capítulo llamado "¿Por qué es malo matar?". Parece algo obvio para casi todo el mundo -salvo que las víctimas no sean humanas y se sirvan en la mesa con ensalada y papas fritas-, pero no lo es tanto si indagamos en el asunto sin condicionamientos doctrinarios previos y solo auxiliados por la razón. Singer nos invita a imaginarnos un caso muy especial: una persona sin familia ni nadie que le pueda echar de menos en el mundo está durmiendo en un paraje donde no hay nadie observando; de pronto, alguien le causa la muerte, sin sufrimiento alguno para la víctima (el fallecimiento es instantáneo) y sin que esta llegue a ser consciente en ningún momento de la amenaza sobre su existencia; el cadáver de esta persona nunca aparecerá y jamás se descubrirá lo ocurrido.
En este supuesto, la aniquilación de una vida no va aparejada a sufrimiento alguno (ni de la propia víctima, ni de sus familiares, ni de eventuales testigos del crimen ni de la sociedad en su conjunto). Se podría objetar que se le ha arrebatado a la víctima la posibilidad de seguir viviendo, que se le han truncado sus proyectos vitales, sus eventuales momentos de felicidad en el futuro... Pero esa objeción es absolutamente desacertada, porque el asesinado no echará de menos lo que podría haber hecho y ya nunca hará. Llegados a este punto, considero necesario recordar que se trata de un mero ejercicio teórico: no significa que esté bien matar a alguien en esas circunstancias ni que Singer lo justifique o aliente de algún modo. Solo es un supuesto para hacernos reflexionar acerca de las raíces de la moral.
Una de las conclusiones principales de este libro es que el concepto de persona -cuyos intereses habrían de ser debidamente tenidos en cuenta- debe ensancharse para incluir a individuos no humanos (grandes simios y otros mamíferos inteligentes como delfines, ballenas, elefantes, etc.). Algo que filósofos católicos no dudan en despachar con esta contundencia: "Grotesca de suyo, no requiere más comentario" (sinceramente, a mí se me antoja mucho menos grotesca que la creencia en la virginidad de una madre). Desde luego, si por persona entendemos un individuo autónomo y consciente de sí mismo, que puede sufrir y gozar y se ve como una entidad diferenciada con un pasado y un futuro, no parece de recibo limitar el concepto a nuestra especie: eso sería especismo del más burdo (tan endeble de sostener como el racismo o el sexismo, hasta hace no mucho considerados como lo más natural por la mayor parte de la gente).
Esto que cuenta Singer es muy difícil de tragar para mucha gente, condicionada por sus creencias religiosas (o laicas) y los convencionalismos sociales. Intentar compartirlo entraña el riesgo ya apuntado al comienzo de este texto. En cierto modo sería como contarle a un amigo funcionario conservador con cuatro hijos que se ha casado por la Iglesia con su novia formal de toda la vida que vas a contraer nupcias por el rito balinés con tu amante bisexual de Taiwán para establecerte como corredor de apuestas en Oregón: lo más probable es que el amigo te mire con recelo (detrás del cual, por cierto, acaso se encuentre agazapada una insana envidia).
Una de las grandes ventajas de las redes sociales, tal como coincidía este lunes con mi amigo Salvador Casado en un memorable paseo-charla nada virtual por las sendas nevadas de La Barranca (al pie de La Maliciosa), es que te ofrece la oportunidad de conectar con personas de todo el mundo que están en tu misma onda. La misma ventaja que tienen, a su vez, quienes comparten afición por los chakras, el reiki, el tarot, los chemtrails o las majaderías conspiranoicas. Porque alienta mucho saberse acompañado y entendido por tanta gente de ahí fuera (aunque sean pocos relativamente).
Una de las grandes ventajas de las redes sociales, tal como coincidía este lunes con mi amigo Salvador Casado en un memorable paseo-charla nada virtual por las sendas nevadas de La Barranca (al pie de La Maliciosa), es que te ofrece la oportunidad de conectar con personas de todo el mundo que están en tu misma onda. La misma ventaja que tienen, a su vez, quienes comparten afición por los chakras, el reiki, el tarot, los chemtrails o las majaderías conspiranoicas. Porque alienta mucho saberse acompañado y entendido por tanta gente de ahí fuera (aunque sean pocos relativamente).
sábado, 15 de septiembre de 2012
Vegetarianismo, línea de no retorno
(Una interesante conversación con mi amigo Luis González Artiles suscitó este post)
En el camino de la vida hay líneas que al atravesarlas te marcan para siempre, especie de metas volantes que encienden algo dentro de ti y te cambian de manera irreversible: ya nada será igual después de haberlas franqueado, no hay retorno posible y uno es perfectamente consciente de ello. Un ejemplo de estas metas volantes es el descubrimiento de quiénes son los Reyes Magos. Otra, la toma de conciencia del horror cotidiano que subyace a nuestra alimentación y modo de vivir (incluidos los ritos religiosos). Parece una cosa evidente, pero muchas veces no nos damos cuenta de lo que tenemos realmente delante de nuestras narices -preferimos no pensar, no dudar-, sea un solomillo, un bocadillo de chorizo o una tarrina de foie-gras.
En el camino de la vida hay líneas que al atravesarlas te marcan para siempre, especie de metas volantes que encienden algo dentro de ti y te cambian de manera irreversible: ya nada será igual después de haberlas franqueado, no hay retorno posible y uno es perfectamente consciente de ello. Un ejemplo de estas metas volantes es el descubrimiento de quiénes son los Reyes Magos. Otra, la toma de conciencia del horror cotidiano que subyace a nuestra alimentación y modo de vivir (incluidos los ritos religiosos). Parece una cosa evidente, pero muchas veces no nos damos cuenta de lo que tenemos realmente delante de nuestras narices -preferimos no pensar, no dudar-, sea un solomillo, un bocadillo de chorizo o una tarrina de foie-gras.
Toda ética debe estar fundada en la razón, en el conocimiento de las consecuencias de nuestros actos. Y no hay mejor auxilio que la ciencia para evaluar dichas consecuencias. Por ejemplo, detrás del triste cadáver troceado de un pollo en un mercado sabemos positivamente que había un animal joven sensitivo -con sistema nervioso y, por tanto, capacidad para sufrir- con el que compartíamos antepasados y hecho de la misma materia que nosotros, un ser vivo criado en condiciones penosas y matado solo para servirnos de alimento. Reseño lo de positivamente, porque se trata de una proposición irrefutable racionalmente, solo impugnable desde la negación de la teoría de la evolución y de las evidencias de la neurociencia. Uno puede creer que el pollo ha sido puesto en la Tierra por un supuesto Creador para servirnos de sustento, pero eso es ya una creencia y no un conocimiento. Por cierto, una creencia tan digna como la de que existen los Reyes Magos, la de que la U.D. Las Palmas ganará esta temporada la Liga BBVA (pese al pequeño inconveniente de no militar en Primera División) o la de que en un cinturón de asteroides extrasolar puede leerse la inscripción "¡W.A.S.P. es heavy pastel!".
Lo que a mí me turba es que ese horror aún sea invisible para la mayor parte de la gente, que parece observarlo con la misma naturalidad con que abre una puerta, hace una cama, compra el pan o riega una planta. Procuro entonces pensar en mí mismo o en algunos amigos que han atravesado también el rubicón del vegetarianismo. Reconozco que yo me desentendía de este espanto a sabiendas -¿acaso hay algún adulto que sospeche algo muy diferente a lo que se ve en este vídeo?- hasta hace relativamente poco tiempo (solo desde septiembre del año pasado, 43 años después de venir al mundo, soy casi ovolactovegetariano). Darle vueltas a ciertas cosas es un engorro, una complicación aparentemente innecesaria añadida a nuestras ya numerosas preocupaciones cotidianas, de modo que nuestra voz interior más práctica nos invita casi siempre a aplazar esa reflexión o a rechazarla sin más. Las decisiones a este respecto tienen un coste económico e incluso social: no solo hay que estar más atento a la alimentación -con todo lo que conlleva de tiempo y dinero- sino también afrontar molestas sonrisitas entre condescendientes y burlonas, cuando no caretos de auténtica incomprensión y estupor ("¡Este se ha vuelto chiflado!", parece leer uno a veces en la mente de su interlocutor).
Pese a ello, cada vez más personas acabamos cruzando la raya. Se trata de un proceso de concienciación gradual, como la maduración de un fruto en un árbol: el paso de la meta volante coincide justamente con la caída del fruto, ya maduro, por su propio peso. Y la clave creo que está tanto en la apertura de mente -la que hace posible desconfiar sanamente de todo lo aprendido- como en la valentía de salir de los cómodos convencionalismos entre cuyos muros nos refugiamos de la fría e insondable negrura de ahí fuera. La inteligencia, unida a la compasión, es pues una condición necesaria pero no suficiente.
Quiero subrayar que con estos párrafos no pretendo convencer a nadie (nunca he tenido esa intención, de veras). Y mucho menos busco colocarme una etiqueta de ser moralmente superior. Solo quiero aclarar una cuestión que me intriga y desazona: la capacidad humana de ser feliz -de disfrutar de una conversación, contar chistes o jugar cariñosamente con los hijos- en medio de un montón de despojos de seres sensitivos*. Mi sospecha es que la respuesta puede estar en la selección natural: los humanos que no son capaces de bailar alegres en medio de este horror tienden a desaparecer. Aunque no sea precisamente un consuelo, la aclaración ya es en sí misma una satisfacción. Así como la esperanza, quizá ilusa, en que la selección natural termine premiando en el futuro a los humanos empáticos con sus compañeros de viaje.
*Leones, tiburones o lobos no llegan a plantearse la moralidad de sus acciones -¿felizmente para ellos?-porque su inteligencia no les alcanza. Además, a diferencia de los humanos, por su propia naturaleza no tienen alternativas a la depredación.
Pese a ello, cada vez más personas acabamos cruzando la raya. Se trata de un proceso de concienciación gradual, como la maduración de un fruto en un árbol: el paso de la meta volante coincide justamente con la caída del fruto, ya maduro, por su propio peso. Y la clave creo que está tanto en la apertura de mente -la que hace posible desconfiar sanamente de todo lo aprendido- como en la valentía de salir de los cómodos convencionalismos entre cuyos muros nos refugiamos de la fría e insondable negrura de ahí fuera. La inteligencia, unida a la compasión, es pues una condición necesaria pero no suficiente.
Quiero subrayar que con estos párrafos no pretendo convencer a nadie (nunca he tenido esa intención, de veras). Y mucho menos busco colocarme una etiqueta de ser moralmente superior. Solo quiero aclarar una cuestión que me intriga y desazona: la capacidad humana de ser feliz -de disfrutar de una conversación, contar chistes o jugar cariñosamente con los hijos- en medio de un montón de despojos de seres sensitivos*. Mi sospecha es que la respuesta puede estar en la selección natural: los humanos que no son capaces de bailar alegres en medio de este horror tienden a desaparecer. Aunque no sea precisamente un consuelo, la aclaración ya es en sí misma una satisfacción. Así como la esperanza, quizá ilusa, en que la selección natural termine premiando en el futuro a los humanos empáticos con sus compañeros de viaje.
*Leones, tiburones o lobos no llegan a plantearse la moralidad de sus acciones -¿felizmente para ellos?-porque su inteligencia no les alcanza. Además, a diferencia de los humanos, por su propia naturaleza no tienen alternativas a la depredación.
domingo, 31 de julio de 2011
Surtidores de sangre en el océano
Moby Dick es un libro duro. Los relatos de caza de ballenas de Herman Melville son tan buenos literariamente como turbadores: gigantes marinos paralizados de terror al verse acosados por los barcos humanos, coletazos desesperados con el cuerpo asaeteado por afilados arpones, surtidores que echan sangre coagulada en vez de agua, tiburones arracimados en torno a cetáceos fatalmente heridos para despedazarlos vivos a dentelladas en medio de un mar teñido de rojo... Y todo para alumbrar con el aceite de los animales muertos iglesias donde la gente reza, como dice el escritor norteamericano.
Si las ballenas supieran que muchos de quienes las persiguen desde hace siglos no solo se consideran los hijos de un supuesto Dios que los ha creado a su imagen y semejanza -en el colmo de la estupidez, algunos hasta creen que su tribu es la elegida entre todas-, sino que encima abrigan la esperanza de vivir eternamente tras su muerte en este mundo del que se precian de ser dueños y señores. Esto es tan ridículo que un alienígena de inteligencia muy superior a la humana se troncharía si no fuera por su patetismo (el extraterrestre seguramente se conmovería no solo de las ballenas sino también de sus verdugos humanos) y dramatismo (es una tragedia vivir en un Universo como este, sometidos a leyes físicas implacables y ajenas a todo sentimiento o valor moral).
Puede que la justicia no exista en el Cosmos, que sea solo una invención nuestra. Ahora bien, si hubiese algo que se le aproximase, no me cabe duda alguna de que un sumario universal de la infamia se debe estar instruyendo desde que el primer ser vivo consciente ejerce (aparentemente) su libertad. Y, desde luego, las matanzas de ballenas estarán ahí recogidas. Quizá nos salve nuestra inconsciencia, de igual modo que la justicia humana exonera de responsabilidad penal a los menores y a los incapacitados mentales.
Si las ballenas supieran que muchos de quienes las persiguen desde hace siglos no solo se consideran los hijos de un supuesto Dios que los ha creado a su imagen y semejanza -en el colmo de la estupidez, algunos hasta creen que su tribu es la elegida entre todas-, sino que encima abrigan la esperanza de vivir eternamente tras su muerte en este mundo del que se precian de ser dueños y señores. Esto es tan ridículo que un alienígena de inteligencia muy superior a la humana se troncharía si no fuera por su patetismo (el extraterrestre seguramente se conmovería no solo de las ballenas sino también de sus verdugos humanos) y dramatismo (es una tragedia vivir en un Universo como este, sometidos a leyes físicas implacables y ajenas a todo sentimiento o valor moral).
Puede que la justicia no exista en el Cosmos, que sea solo una invención nuestra. Ahora bien, si hubiese algo que se le aproximase, no me cabe duda alguna de que un sumario universal de la infamia se debe estar instruyendo desde que el primer ser vivo consciente ejerce (aparentemente) su libertad. Y, desde luego, las matanzas de ballenas estarán ahí recogidas. Quizá nos salve nuestra inconsciencia, de igual modo que la justicia humana exonera de responsabilidad penal a los menores y a los incapacitados mentales.
domingo, 24 de abril de 2011
El bien en el Cosmos
¿Por qué nos conmueve e indigna hasta la médula que un cauchero de la Amazonia peruana ahogase con sus propias manos a los hijos pequeños de los indígenas a su servicio, como leemos en El sueño del celta (Vargas Llosa), en castigo por la comisión de una falta (la impotencia desgarradora del padre viendo el cabeceo angustioso de su hijito bajo el agua, las pequeñas manos chapoteando compulsivamente, su frágil cuello sujetado por las viles manos asesinas)? ¿O el abandono de una niña china de cuatro años en una gran ciudad por sus padres, que preferían haber tenido un varón (la noche cerniéndose amenazadora sobre ese pobre ser indefenso ahogado en lágrimas y lleno de miedo)? ¿Y por qué nos enternecen profundamente las palabras antes de acostarse de la hija pequeña de Rafael ("Papá, como soy la más pequeña me moriré la última. Cuando esté solita, ¿quién me tapará?")?
¿De dónde proceden nuestra compasión por los demás y nuestro sentimiento de horror ante la barbarie y la injusticia? ¿Es todo ello fruto de la educación? ¿De lo que mamamos en casa? ¿De los valores religiosos inculcados en la niñez? ¿Se trata de algo innato? ¿O es algo adquirido y seleccionado naturalmente en la larga senda de la evolución?... Porque la simpatía hacia los congéneres, en particular hacia los niños (los llamados a sucedernos) y los familiares o miembros del clan, es claramente funcional para la especie. No así, en principio, la bondad para con los seres de otras especies. Por eso tiene una explicación biológica el amor de los padres a sus hijos. Por eso se explica que los seres no tengan (aparentemente) compasión al predar sobre otros de los que obtienen su sustento. Pero, ¿y la simpatía entre especies diferentes?... Procurar no pisar bichitos al andar ni ingerirlos involuntariamente al respirar, como hacen los jainistas practicantes, no es nada funcional para la conservación de la especie que lo hace: es más bien un engorro que complica bastante la vida. Sin llegar a ese extremo, acoger a un perro abandonado o movilizarse contra la caza de las ballenas también entraña complicaciones sin otros beneficios personales que los meramente emocionales.
Dice el filósofo José Antonio Marina que la dignidad y los derechos son un fruto de la inteligencia humana. Yo ampliaría su alcance quitando lo de "humana": son producto de una inteligencia relativamente superior (en relación con lo que conocemos en la Tierra, aunque quizá muy inferior a la que pueda haber en otros lugares habitados del Cosmos) que permite empatizar con otros seres sintientes no solo humanos. ¿Está fijada esa dignidad en las leyes del Universo? ¿Está escrito en el cielo estrellado que es malo matar, hacer daño, humillar? Al contrario, todo parece estar permitido para sobrevivir y perpetuar los genes propios: para hacerse con el poder que confiere sexo y los mejores alimentos (en los humanos, también prestigio y las mejores casas, vehículos y vestidos). "No existe una moral natural, en el sentido de un código de conducta y de buenos sentimientos arraigado en nuestra naturaleza. La naturaleza no conoce autolimitaciones", afirma Alejandro Martín Navarro, quien también apunta que la idea de derecho es un invento de la inteligencia del hombre como "medio para su mejor autoconservación". Sin duda, pero, ¿no puede haber algo más detrás?...
Pseudópodo asegura que el mero hecho de albergar sentimientos nobles, de conmovernos por el prójimo (o incluso por una simple papa), dice algo importante de nosotros. "Si mis sentimientos no tienen valor, mi vida tampoco lo tiene. Y como quiero que sí lo tenga, elijo conceder valor a mis sentimientos. Porque así lo quiero, como un axioma de razón práctica". Yo le repliqué en su blog calificando ese "axioma de razón práctica" como una forma elegante de decir "autoengaño". Días después apuntó en un comentario a otra persona algo que me hizo ver la cuestión de otra manera: "Para que el concepto de “dignidad” fuera eficaz, uno debería estar convencido de que lo descubre, en vez de pensar que lo inventa. Ahí está el meollo del asunto, por lo menos desde el punto de vista práctico. Ahí es donde yo elijo creer que lo descubrimos". Pero, ¿puede descubrirse esa dignidad de igual modo que se descubre que 2 más 2 es igual a 4?, ¿tiene algún lugar en el andamiaje del Cosmos?...
Desde una óptica científica, la vida parece ser una consecuencia necesaria de la evolución de la materia; la conciencia parece ser una consecuencia necesaria de la evolución de la vida; la compasión y el amor parecen ser una consecuencia necesaria de la evolución de la conciencia. Si esto es así, hay una señal de que la materia tiende a la compasión. Este razonamiento no requiere abandonar una visión materialista del Cosmos. ¿No resulta asombroso que de la misma información presente en la singularidad previa al Big Bang (porque la materia-energía es información que se transforma sin dejar de conservarse) emane nuestra compasión por los niños ahogados por el vil cauchero, por la niña china abandonada por sus padres o por la hija de Rafael? Ello hace albergar la sospecha de que el Bien esté incrustado en las profundidades del Universo como lo está la Matemática, que está ahí esperando a que lo descubramos con nuestra conciencia. Y es que a lo mejor Bien y Matemática son formas diferentes de llamar a la misma cosa.
Pero, ¿y el mal? Puede que San Agustín tuviese razón al negar sustantividad al mal, que sería simplemente la ausencia del bien. Una elevada conciencia (o sea, una elevada inteligencia) parece una condición necesaria pero no suficiente -pesa mucho un pasado de casi tres mil millones de años de depredación y lucha por la vida; somos presa de la ignorancia, el embrutecimiento y muchísimos atavismos- para descubrir el Bien de la misma manera que se advierte que 2 más 2 es igual a 4. No le podemos pedir a un león que deje de matar a los cachorros ajenos para así trajinarse a su madre: no sería capaz de entenderlo. Y mucho menos le podríamos demandar que dejase de matar para comer, porque esto ya supondría condenarlo a muerte. Por la misma razón, tampoco le podemos exigir (¿o acaso sí?) al humano medio de comienzos del siglo XXI que deje de comer animales, de usar pieles de foca o de visón o de participar en espectáculos aberrantes como la tauromaquia: no lo entendería, en buena medida por culpa de la hegemonía de unos sistemas de creencias que determinan que los animales han sido creados para servirnos.
En cambio, una superconciencia (o sea, una superinteligencia), que habría tenido que emerger tras una larga y oscura etapa de depredación, percibiría el Bien de una manera cristalina y actuaría en conformidad con éste (su tecnología lo permitiría). Esto no deja de ser una creencia, pero fundada en la evidencia de que la materia consciente de sí misma tiende a la compasión y, también, a librarse de la dictadura genética para imponer su propia lógica. Otra creencia es la de que se llegará algún día (no necesariamente desde el linaje evolutivo del Homo sapiens) a esa superconciencia. Quizá eso ya haya ocurrido en algún rincón del Cosmos. Y puede que sus artífices acaben siendo -¡incluso ya lo estén siendo!- nuestros verdaderos redentores.
¿De dónde proceden nuestra compasión por los demás y nuestro sentimiento de horror ante la barbarie y la injusticia? ¿Es todo ello fruto de la educación? ¿De lo que mamamos en casa? ¿De los valores religiosos inculcados en la niñez? ¿Se trata de algo innato? ¿O es algo adquirido y seleccionado naturalmente en la larga senda de la evolución?... Porque la simpatía hacia los congéneres, en particular hacia los niños (los llamados a sucedernos) y los familiares o miembros del clan, es claramente funcional para la especie. No así, en principio, la bondad para con los seres de otras especies. Por eso tiene una explicación biológica el amor de los padres a sus hijos. Por eso se explica que los seres no tengan (aparentemente) compasión al predar sobre otros de los que obtienen su sustento. Pero, ¿y la simpatía entre especies diferentes?... Procurar no pisar bichitos al andar ni ingerirlos involuntariamente al respirar, como hacen los jainistas practicantes, no es nada funcional para la conservación de la especie que lo hace: es más bien un engorro que complica bastante la vida. Sin llegar a ese extremo, acoger a un perro abandonado o movilizarse contra la caza de las ballenas también entraña complicaciones sin otros beneficios personales que los meramente emocionales.
Dice el filósofo José Antonio Marina que la dignidad y los derechos son un fruto de la inteligencia humana. Yo ampliaría su alcance quitando lo de "humana": son producto de una inteligencia relativamente superior (en relación con lo que conocemos en la Tierra, aunque quizá muy inferior a la que pueda haber en otros lugares habitados del Cosmos) que permite empatizar con otros seres sintientes no solo humanos. ¿Está fijada esa dignidad en las leyes del Universo? ¿Está escrito en el cielo estrellado que es malo matar, hacer daño, humillar? Al contrario, todo parece estar permitido para sobrevivir y perpetuar los genes propios: para hacerse con el poder que confiere sexo y los mejores alimentos (en los humanos, también prestigio y las mejores casas, vehículos y vestidos). "No existe una moral natural, en el sentido de un código de conducta y de buenos sentimientos arraigado en nuestra naturaleza. La naturaleza no conoce autolimitaciones", afirma Alejandro Martín Navarro, quien también apunta que la idea de derecho es un invento de la inteligencia del hombre como "medio para su mejor autoconservación". Sin duda, pero, ¿no puede haber algo más detrás?...
Pseudópodo asegura que el mero hecho de albergar sentimientos nobles, de conmovernos por el prójimo (o incluso por una simple papa), dice algo importante de nosotros. "Si mis sentimientos no tienen valor, mi vida tampoco lo tiene. Y como quiero que sí lo tenga, elijo conceder valor a mis sentimientos. Porque así lo quiero, como un axioma de razón práctica". Yo le repliqué en su blog calificando ese "axioma de razón práctica" como una forma elegante de decir "autoengaño". Días después apuntó en un comentario a otra persona algo que me hizo ver la cuestión de otra manera: "Para que el concepto de “dignidad” fuera eficaz, uno debería estar convencido de que lo descubre, en vez de pensar que lo inventa. Ahí está el meollo del asunto, por lo menos desde el punto de vista práctico. Ahí es donde yo elijo creer que lo descubrimos". Pero, ¿puede descubrirse esa dignidad de igual modo que se descubre que 2 más 2 es igual a 4?, ¿tiene algún lugar en el andamiaje del Cosmos?...
Desde una óptica científica, la vida parece ser una consecuencia necesaria de la evolución de la materia; la conciencia parece ser una consecuencia necesaria de la evolución de la vida; la compasión y el amor parecen ser una consecuencia necesaria de la evolución de la conciencia. Si esto es así, hay una señal de que la materia tiende a la compasión. Este razonamiento no requiere abandonar una visión materialista del Cosmos. ¿No resulta asombroso que de la misma información presente en la singularidad previa al Big Bang (porque la materia-energía es información que se transforma sin dejar de conservarse) emane nuestra compasión por los niños ahogados por el vil cauchero, por la niña china abandonada por sus padres o por la hija de Rafael? Ello hace albergar la sospecha de que el Bien esté incrustado en las profundidades del Universo como lo está la Matemática, que está ahí esperando a que lo descubramos con nuestra conciencia. Y es que a lo mejor Bien y Matemática son formas diferentes de llamar a la misma cosa.
Pero, ¿y el mal? Puede que San Agustín tuviese razón al negar sustantividad al mal, que sería simplemente la ausencia del bien. Una elevada conciencia (o sea, una elevada inteligencia) parece una condición necesaria pero no suficiente -pesa mucho un pasado de casi tres mil millones de años de depredación y lucha por la vida; somos presa de la ignorancia, el embrutecimiento y muchísimos atavismos- para descubrir el Bien de la misma manera que se advierte que 2 más 2 es igual a 4. No le podemos pedir a un león que deje de matar a los cachorros ajenos para así trajinarse a su madre: no sería capaz de entenderlo. Y mucho menos le podríamos demandar que dejase de matar para comer, porque esto ya supondría condenarlo a muerte. Por la misma razón, tampoco le podemos exigir (¿o acaso sí?) al humano medio de comienzos del siglo XXI que deje de comer animales, de usar pieles de foca o de visón o de participar en espectáculos aberrantes como la tauromaquia: no lo entendería, en buena medida por culpa de la hegemonía de unos sistemas de creencias que determinan que los animales han sido creados para servirnos.
En cambio, una superconciencia (o sea, una superinteligencia), que habría tenido que emerger tras una larga y oscura etapa de depredación, percibiría el Bien de una manera cristalina y actuaría en conformidad con éste (su tecnología lo permitiría). Esto no deja de ser una creencia, pero fundada en la evidencia de que la materia consciente de sí misma tiende a la compasión y, también, a librarse de la dictadura genética para imponer su propia lógica. Otra creencia es la de que se llegará algún día (no necesariamente desde el linaje evolutivo del Homo sapiens) a esa superconciencia. Quizá eso ya haya ocurrido en algún rincón del Cosmos. Y puede que sus artífices acaben siendo -¡incluso ya lo estén siendo!- nuestros verdaderos redentores.
jueves, 17 de marzo de 2011
Animales
Que si queríamos alguno de los diez cachorros de husky siberiano. Para evitar que los sacrifiquen. Los van a matar, pequeños, cachorros, con esa dócil mirada perruna que sirve de fachada a una incipiente conciencia llamada a truncarse prematuramente. Los sacrificarán personas normales, educadas en nuestra cultura cristiana: algunas incluso irán a misa todos los domingos. Quizá sientan algo de pena, pero nada más: son animales, no son como nosotros que fuimos creados por Dios a su imagen y semejanza. Unos seres vivos sanos recién llegados a este mundo por la concatenación de un número inconcebible de sucesos cósmicos van a ser exterminados por otros seres vivos (algo) más inteligentes. Menos mal que no es pecado.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Nación moderna y solidaria, bótox, galgos ahorcados y... ¡¡¡goooool!!!
(Dedicado a Julian Assange)
El monarca, de espaldas al telón, pronuncia otro discurso inflamado de retórica escrito por plumíferos a sueldo. Otra vez lo mismo: "nación moderna, unida y solidaria", "valores y principios que compartimos", "solidez de nuestras instituciones", bla, bla, bla... La escogida audiencia escucha entre reverente y somnolienta: unos pocos imbéciles incluso se creen lo que están escuchando. Desde sus casas, conectados a la tele, son muchos más los que se lo tragan. "¡Y qué guapo está el príncipe!". "¡Y qué vestido más mono lleva la reina!"...
Detrás del telón maniobran banqueros y siniestros neocaciques podridos de dinero, políticos hipócritas y corruptos, empresarios con chófer privado, mayordomo y dinero en paraísos fiscales que mandan a sus trabajadores al FOGASA, jueces con amistades peligrosas, leguleyos indecentes, intermediarios sin escrúpulos instalados en los arrabales del poder, brokers capaces de hacer un swap sobre sus madres, catedráticos casposos y fatuos, periodistas falsarios y de un engreimiento irrisorio, engañabobos "proactivos" y "asertivos" que se ganan la vida llamando al recreo "segmento de ocio", bufones del más variado pelaje dedicados a distraer a la chusma, 'hijos-de', 'hermanos-de', 'nietos-de' y 'otros-de' bien enchufados, chorizos infames (narcos, traficantes de personas, tratantes de armas...) convertidos en nuevos ricos, ex compañeros de pupitre y amiguetes del alma de los poderosos, 'señoras-de' multioperadas y cargadas de joyas y pellejos muertos, modelos descerebradas seducidas por chequeras potentes... Bótox, viagra, caviar y angulas de verdad (¡nada de vulgares sucedáneos!), pádel, coches de alta gama, par de golf, palco en el estadio, capeas y batidas de caza mayor, trajes a medida, cocaína de la buena, colegios de élite, putas de lujo en hoteles, costaleros VIPs en Semana Santa, abstinentes que hacen el sacrificio de comer marisco el Viernes Santo, crucifijos de oro (ya se sabe: bienaventurados los ricos porque ellos heredarán el reino de los cielos), "lo que hay que hacer es trabajar más y cobrar menos", "amáñame el concurso ese", "generamos sinergias para un monitoreo multidisciplinar de conflictos", "los calcetines dicen mucho de la clase de una persona"...
Y, mientras tanto, un montón de bobos pendientes sobre todo de las patadas a un balón del macarra semianalfabeto de turno: seres incívicos, fieles servidores de la tradición resumida en un trapo con colorines (da igual cuál de ellos), un torito atravesado por una espada (o con antorchas en los cuernos) y una estampa kitsch del santo patrón o de Jean-Claude Van Damme, indiferentes a la rapiña, la miseria ajena y la destrucción del entorno, devotos del capitalismo mientras éste les dé pan y circo. Carajillos, bollería industrial, asiento sucio en el fondo del estadio, colillas con carmín pisoteadas en el suelo, galgos ahorcados en un campo lleno de plomo, coches de alta cilindrada para fardar ante el vecino, visitas a putas baratas, lavadoras viejas tiradas al barranco, gritos de tertulianos rosas animando la cena, cadenitas de oro y tatuajes en caracteres chinos, cine B o incluso C, golpes de Thai-boxing en el gimnasio, insultos a la madre del árbitro que pita en el partido del niño, amenazas al profesor que lo suspende en el colegio público cada vez más convertido en gueto, "el trabajo, primero para los españoles", "corre por la banda derecha y pásale al negro, cabrón", "vas pisando huevos, pringao"... Hombres-niño nunca responsables de sus vidas, ignorantes por vocación y con gusto, que se creen que la democracia es un regalo; los mismos que serían utilizados como carne de cañón por los políticos hipócritas y corruptos para defender los intereses de los banqueros y siniestros neocaciques podridos de dinero y su grotesca legión de cortesanos. ¡Que viva España y la virgen del Pilar, coño! ¡¡Goooooool.....!!
El monarca, de espaldas al telón, pronuncia otro discurso inflamado de retórica escrito por plumíferos a sueldo. Otra vez lo mismo: "nación moderna, unida y solidaria", "valores y principios que compartimos", "solidez de nuestras instituciones", bla, bla, bla... La escogida audiencia escucha entre reverente y somnolienta: unos pocos imbéciles incluso se creen lo que están escuchando. Desde sus casas, conectados a la tele, son muchos más los que se lo tragan. "¡Y qué guapo está el príncipe!". "¡Y qué vestido más mono lleva la reina!"...
Detrás del telón maniobran banqueros y siniestros neocaciques podridos de dinero, políticos hipócritas y corruptos, empresarios con chófer privado, mayordomo y dinero en paraísos fiscales que mandan a sus trabajadores al FOGASA, jueces con amistades peligrosas, leguleyos indecentes, intermediarios sin escrúpulos instalados en los arrabales del poder, brokers capaces de hacer un swap sobre sus madres, catedráticos casposos y fatuos, periodistas falsarios y de un engreimiento irrisorio, engañabobos "proactivos" y "asertivos" que se ganan la vida llamando al recreo "segmento de ocio", bufones del más variado pelaje dedicados a distraer a la chusma, 'hijos-de', 'hermanos-de', 'nietos-de' y 'otros-de' bien enchufados, chorizos infames (narcos, traficantes de personas, tratantes de armas...) convertidos en nuevos ricos, ex compañeros de pupitre y amiguetes del alma de los poderosos, 'señoras-de' multioperadas y cargadas de joyas y pellejos muertos, modelos descerebradas seducidas por chequeras potentes... Bótox, viagra, caviar y angulas de verdad (¡nada de vulgares sucedáneos!), pádel, coches de alta gama, par de golf, palco en el estadio, capeas y batidas de caza mayor, trajes a medida, cocaína de la buena, colegios de élite, putas de lujo en hoteles, costaleros VIPs en Semana Santa, abstinentes que hacen el sacrificio de comer marisco el Viernes Santo, crucifijos de oro (ya se sabe: bienaventurados los ricos porque ellos heredarán el reino de los cielos), "lo que hay que hacer es trabajar más y cobrar menos", "amáñame el concurso ese", "generamos sinergias para un monitoreo multidisciplinar de conflictos", "los calcetines dicen mucho de la clase de una persona"...
Y, mientras tanto, un montón de bobos pendientes sobre todo de las patadas a un balón del macarra semianalfabeto de turno: seres incívicos, fieles servidores de la tradición resumida en un trapo con colorines (da igual cuál de ellos), un torito atravesado por una espada (o con antorchas en los cuernos) y una estampa kitsch del santo patrón o de Jean-Claude Van Damme, indiferentes a la rapiña, la miseria ajena y la destrucción del entorno, devotos del capitalismo mientras éste les dé pan y circo. Carajillos, bollería industrial, asiento sucio en el fondo del estadio, colillas con carmín pisoteadas en el suelo, galgos ahorcados en un campo lleno de plomo, coches de alta cilindrada para fardar ante el vecino, visitas a putas baratas, lavadoras viejas tiradas al barranco, gritos de tertulianos rosas animando la cena, cadenitas de oro y tatuajes en caracteres chinos, cine B o incluso C, golpes de Thai-boxing en el gimnasio, insultos a la madre del árbitro que pita en el partido del niño, amenazas al profesor que lo suspende en el colegio público cada vez más convertido en gueto, "el trabajo, primero para los españoles", "corre por la banda derecha y pásale al negro, cabrón", "vas pisando huevos, pringao"... Hombres-niño nunca responsables de sus vidas, ignorantes por vocación y con gusto, que se creen que la democracia es un regalo; los mismos que serían utilizados como carne de cañón por los políticos hipócritas y corruptos para defender los intereses de los banqueros y siniestros neocaciques podridos de dinero y su grotesca legión de cortesanos. ¡Que viva España y la virgen del Pilar, coño! ¡¡Goooooool.....!!
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