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sábado, 20 de diciembre de 2025

Criado amorosamente para acabar abatido como pieza de caza


Bien que se hizo esperar, ¡por fin!, ¡muchas felicidades!, la placidez durmiendo al poco tiempo de llegar al mundo, ya limpio y bien abrigadito entregado a su madre, ¡qué ojos más grandes!, en la cuna portátil dentro del coche familiar hacia la que será su casa, su habitación decorada con dibujos de animalitos, la cuna de madera recién comprada y con sábanas limpias que huelen a limón, el muñeco perruno Trapito al que pronto se aferra, la primera vez que sonríe, el primer día en la guardería, Nana le cuida allí mucho, las malas noches por la tos con su madre insomne a su lado, el gozo del agua caliente y el de la esponja en la bañera de plástico, el pato de goma amarillo que se tira pedos, la primera vez que se lanza a andar por el pasillo de casa, el cuento personalizado de Los tres cerditos de su padre antes de irse a dormir, el confort de la manta con que le cubre antes de darle un beso en la frente, "qué piel más suave" le dice su madre al acariciarle la cara, primera fiesta de cumpleaños de la que disfruta plenamente, ¡y que cumplas muchos más!, la función en el colegio vestido de ángel, mira lo que te ha dejado el ratoncito Pérez por el diente, la llama de la ilusión en sus ojos, cochecito con el que recorre la mesilla baja del televisor diciendo "bruum bruum", un niño le pegó en el cole, el disgusto a duras penas reprimido que acaba en llanto, el abrazo de consuelo, ese niño es un idiota, el rostro húmedo aliviado, reconfortado hasta lo más hondo, mis padres me quieren incondicionalmente, me dan de comer y me cuidan, las vacaciones en la playa, el gozo de las zambullidas en la piscina, el helado de mango, la ilusión de los Reyes Magos, las casas de los abuelos, sus tíos, sus primos, aprendiendo a nadar en el colegio, jugando a la pelota con los pequeños vecinos de la urbanización, la caída aprendiendo a montar en bicicleta y la nariz magullada, fascinado observando en el mapa de la tablet por dónde va ahora Papá Noel repartiendo regalos, su padre le ha enseñado a jugar al ajedrez, las gafitas que le han puesto para ver bien de lejos (¡mira qué bonitas son!), el primer día que sale solo a la calle a comprar el pan (su padre detrás vigilando disimuladamente si cruza bien la calle), el desconsuelo enorme al enterarse de que no existe el Ratón, se le caen las lágrimas, se viene abajo también la creencia en los Reyes Magos al poco tiempo, las molestias por el aparato corrector en los dientes (¡ya verás qué bien cuando seas mayor!), los partidos de baloncesto de su equipo, los ánimos y aplausos, el orgullo de la canasta en el último segundo, de vuelta a casa en el coche para ducharse y comer y jugar a la Play, las fiestas de cumpleaños con los amigos, el perrito de la prima al que tira la pelota de tenis para que la recoja, le gustan mucho los perros y los gatos, los dibujos animados de la Pantera Rosa y la película de Mister Bean con las que se muere de risa, la ilusión de los viernes por la tarde, los pedidos de pizza a domicilio, la primera salida nocturna con los amigos, la canción del verano, el despertar sexual, los Youtubers que le entretienen, los partidos del Atleti en la tele, me gusta una chica, el primer beso, el agobio de los exámenes, la satisfacción indisimulada por las buenas notas, sus palabras en la fiesta de graduación, el abrazo con sus compañeros vestidos con traje y corbata, los planes para estudiar en la universidad y sacarse el carné de conducir...

El disparo certero en la cabeza (tanta veces acariciada) de un francotirador multimillonario que ha pagado cientos de miles de euros para cobrarse la primera pieza que se le pusiera a tiro ese día desde la azotea, la estampida y la caída al suelo como un guiñapo inerme, el cuerpo rígido y descoyuntado en medio de la sucia acera, las gafas fracturadas a su lado, le quedaban unos días para cumplir 18. Había salido a comprar pan. Sus padres aún tardarán unos minutos en saber que un hombre ha roto lo más amado por ellos en el mundo. Y nunca sabrán que ese mismo tipo está ahora celebrando su gesta risueño, jarra de cerveza en mano, junto a varios colegas en un club privado. Dios aún no sabe lo que ha pasado porque todavía no existe.

lunes, 31 de octubre de 2022

Las matemáticas, Dios y el problema del mal

La naturaleza de las matemáticas sigue siendo un misterio. Me inclino a pensar que aciertan quienes consideran que no son un invento humano sino un descubrimiento de algo que está ahí fuera (mas allá del espacio-tiempo, en un ámbito abstracto), como creía Platón. ¿Pero cómo puede un ser inscrito en el espacio-tiempo aprehender algo que lo trasciende? Para el filósofo griego, esto es posible gracias a la razón, que tiende un puente entre el mundo físico y el orbe eterno de las ideas. Ello implica que la razón está dentro de nosotros y también fuera. Para mí, ese nosotros es cualquier criatura inteligente, no necesariamente humana ni moradora de nuestro planeta.

El físico platónico Max Tegmark cree que nuestro universo y todo lo existente dentro del mismo, así como en cualquier otro universo del Multiverso (del que es un firme proponente), son objetos matemáticos. ¿Lo sería también la consciencia?... No es de extrañar que los seres conscientes podamos concebir los números y tengamos una estructura lógica, conforme a la cual jamás podremos aceptar que 2+2=5, si fuésemos manifestaciones de una consciencia pura subyacente que tiene una naturaleza lógico-matemática (las matemáticas son una extensión de la lógica, como apuntaban Frege y Russell). 

De ahí llegamos a la idea de Dios, pero de un Dios/Consciencia pura muy rebajado con respecto a la creencia judeocristiana. Tan disminuido que no solo no sería omnisciente ni omnipotente, sino un absoluto ignorante de todo lo que desborde su naturaleza matemática (de saber intimamente, entre otras cosas, que 2+2=4 y que los ángulos de un triángulo suman 180 grados): ignorante del bien, el mal, el placer, el dolor, la noche, el día, el chocolate, las montañas o El Quijote.

Su ignorancia del bien y del mal haría que ni siquiera fuese benevolente (tampoco malvado): no sabe lo que es la empatía y la moral, que descubriría en el mundo fisico (junto a la angustia, la injusticia, el sonido del agua corriendo o los amaneceres) bajo algunos de sus avatares materiales conscientes. Este planteamiento implica que no hay una moral objetiva, ya que no está escrito en ninguna expresión matemática que torturar a un ser inocente sea algo deplorable. Ahora bien, es innegable que la compasión (también la crueldad) puebla el espacio de posibilidades y que es abrazada por seres conscientes inteligentes, avatares materiales de la consciencia pura. Todo lo que es posible se manifiesta en al menos algún universo (así como lo necesario -las verdades lógicas y matemáticas- está presente en todo el Multiverso), y la moral como posibilidad ha sido seleccionada por la consciencia en este universo. O sea, por ti; o sea, por Dios. Dicho en términos darwinistas, algunos seres conscientes han sido seleccionados evolutivamente por portar valores morales que han resultado ser adaptativos. ¿Habrá algo en la razón pura, en la raíz de la consciencia, que de algún modo empuje hacia la compasión?...

Puede que la moral acabe inscrita de manera indeleble en los mimbres de un cosmos seleccionado por la consciencia bajo la guía de la razón. En ese sentido podría considerarse de algún modo objetiva, pero no a priori sino a posteriori: en un mundo donde la consciencia materializada sí que se ha hecho omnipotente (¿acaso también omnisciente?) a la par que benevolente. Ese otro Dios, esculpido a partir de una consciencia pura exclusivamente lógico-matemática, estaría en construcción. Nosotros somos sus constructores.

viernes, 5 de enero de 2018

¿Por qué matar no es malo 'per se'? (por mucho que Kant se revuelva en su tumba)


El imperativo categórico de Kant sostiene que debemos comportarnos de modo que nuestra conducta pueda ser elevada a ley o regla universal. Hacemos el bien cuando ayudamos a un anciano impedido a cruzar la calle porque con ello adoptamos una supuesta ley moral objetiva (la que dice que es bueno ayudar a personas desvalidas) que es vislumbrada y abrazada por nuestra razón. Como esa ley es universal, da igual que el anciano al que auxiliamos sea un criminal de guerra o que pretenda apuñalar a una persona al otro lado de la acera: nuestra acción sería buena en cualquier caso. La del filósofo de Königsberg es una ética absoluta, en la que toda vida humana es un fin en sí mismo (no así la vida animal, que no es moral por ser supuestamente irracional). Y en la que el imperativo categórico, por definición, no puede ser relativizado: sin él, las bases de la ética serían completamente subjetivas y arbitrarias.

Pero lo cierto es que la propia razón práctica nos informa de que no hay ningún mandamiento, ni siquiera el de "no matarás", que pueda ser elevado a ley moral absoluta: matar, robar o mentir no serían malos per se, sino dependiendo de a qué fin moral estén asociados. Cuando uno mata en defensa propia o de terceros inocentes actúa moralmente bien. Cuando uno liquida a un tirano, hace un favor a la humanidad (hasta el propio San Agustín así lo consideraba y la Iglesia católica no le ha desmentido aún). Cuando uno roba para alimentar a su hijo hambriento, realiza un acto moralmente correcto (siempre que la violencia del acto no sea desproporcionada). Cuando uno mata a un animal para alimentarse, porque no tiene otra fuente de sustento, no se le puede oponer ética animalista alguna. Incluso es insostenible afirmar que comer carne humana es intrínsecamente malo: como bien saben los deportistas uruguayos perdidos en los Andes hace casi medio siglo, ingerir la carne de sus amigos fallecidos fue un acto bueno que salvó sus vidas. Por supuesto, mentir es lo correcto cuando están en juego la propia supervivencia y bienestar (por ejemplo, si un miliciano de Estado Islámico te pregunta por tu religión), la felicidad de los seres queridos o cualquier otro activo moral.

Esto nos conduce a proponer como único fin en sí mismo nuestra supervivencia y bienestar personal, así como la de los seres pertenecientes a nuestro círculo empático: familiares, mascotas, amigos, humanos en los que nos reconocemos -no Héctores Salamanca ni criminales neonazis-, orangutanes, elefantes... Para Kant, el fin en sí mismo era solo la vida humana, da igual que fuera la de un filántropo que la de un sádico asesino. Alguien podría argüir con fundamento si este enfoque al que hemos llegado racionalmente no es el mismo que el de un Héctor Salamanca o un neonazi: ellos también tienen un círculo empático, aunque bastante reducido. La diferencia es que su círculo excluye a mucha gente por razones arbitrarias (simplemente por no ser de su familia) y además estúpidas (como el color de la piel, la nacionalidad o las preferencias sexuales), mientras que el nuestro solo excluye a los que excluyen desde la irracionalidad, el odio y la más elemental falta de compasión. Nuestro planteamiento no rebaja la dignidad de un ser vivo atendiendo a cómo es (bípedo o cuadrúpedo, blanco o negro, payo o gitano, hombre o mujer, joven o viejo, homosexual o heterosexual...) sino a cómo actúa: si sus actos amenazan la supervivencia de nuestro círculo empático, es un enemigo al que combatir (revista la forma de paramilitar serbio o croata, de hipopótamo enfurecido, de mosquito Anopheles o de virus VIH)*.

Por supuesto, bajo este enfoque ético todo es cuestión de grado y proporcionalidad: no es lo mismo  disparar a un hipopótamo cuando está a punto de aplastarte que hacerlo porque sus gruñidos no te dejan dormir, ni hurtarle incruentamente la cartera a un desconocido de apariencia acomodada para dar de comer a tus hijos hambrientos que matarlo para el mismo fin. Los conflictos de intereses están servidos, pero así es la vida: ¿deberíamos devolverle un sobre perdido con mil dólares dentro a Rupert Murdoch?, ¿deberíamos apretar el gatillo si tenemos a tiro a un tipo que a su vez está a punto de apretar el gatillo para acabar furtivamente con un rinoceronte cuya cabeza lucirá en su casa como un trofeo más?... Una cosa es la esfera moral y otra la legal, que a veces no se solapan. Un código legal moderno y democrático no puede permitir que la gente se tome la justicia por su mano, ni tampoco quebrar el principio de igualdad concediendo menos garantías procesales a un asesino execrable que a un ciudadano de bien. Pero actuar conforme a la legalidad no significa necesariamente actuar de manera moral, así como comportarse moralmente no tiene por qué ser legal. Si se acciona el gatillo del arma que apunta al que apunta al rinoceronte, se está cometiendo un crimen (una ilegalidad) pero con un sólido fundamento moral: impedir la consumación de un grave acto irreversible profundamente injusto. Si no se devuelve el sobre a Murdoch, no se pondría en jaque ni su bienestar ni la continuidad de Fox News (está por ver que sea un acto inicuo contribuir a la caída de ese medio de comunicación) y se podría dar un buen empleo al dinero.

Hace años dediqué una entrada en este blog al filósofo australiano Peter Singer, un pensador muy polémico por sacar conclusiones incómodas basándose en la más estricta racionalidad. La ética de Singer es utilitarista y transhumanista, ya que coloca en su base las preferencias de los seres sintientes (definición que, obviamente, no incluye en exclusiva a los humanos). Kant fue muy crítico con los iniciales planteamientos utilitaristas de Jeremy Bentham por su condición subjetiva, pero es que no hay base más adecuada para construir un edificio ético -la moral no está inscrita en el firmamento estrellado que tanto impresionaba al filósofo alemán, aunque sí mora germinalmente en nuestro interior al haber sido seleccionada por la evolución- que la constatación de que todo ser vivo pugna por sobrevivir, por abrazar el placer y por huir del dolor. Héctor Salamanca y los criminales nazis comparten esas inclinaciones con los humanos empáticos, las ballenas y los elefantes. Pero la huella de sufrimiento que dejan a su paso es mucho mayor y es nuestro deber moral minimizarla de cualquier modo posible (preferiblemente, aunque no necesariamente, a través de la vía legal) en aras de un mundo mejor. Si alguien puede explicarme racionalmente por qué cree que Mike Ehrmentraut hizo bien en no volar los sesos a Héctor en un capítulo de Better Call Saul, o por qué cree que el asesino del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo cometió un acto malvado apretando el gatillo, soy todo oídos (ojalá que el bueno de Kant también lo fuera desde su tumba).

*El mosquito Anopheles y el virus VIH, a diferencia del paramilitar serbio y el croata, no son agentes morales y tienen tanta culpa -el mosquito ni siquiera es el causante último de la malaria, ya que es utilizado por un microbio como vector- como un niño de seis meses apretando un botón nuclear. Pero esto nos lleva a la inquietante certeza de que un psicópata (no pocos paramilitares de la ex Yugoslavia lo eran) no es culpable de su falta natural de empatía.

martes, 19 de diciembre de 2017

Reflexiones en torno a 'Breaking Bad', mucho más que una sublime serie de TV



Hace más de tres años mi amigo y paisano José Miguel Santos me recomendó encarecidamente ver Breaking Bad, pero fue hace solo cuatro semanas cuando le tomé la palabra y me puse a ello. La verdad es que no había encontrado el momento de hacerlo, pero una vez vi en Netflix el primer capítulo no pude dejar de seguir hasta el final de la serie (son 62 capítulos repartidos en 5 temporadas). Apenas veo la tele (casi todo es basura, huelga decirlo) y lo mejor que había encontrado últimamente era Black Mirror (me han asegurado que The Wire es también una obra maestra). No me voy a detener en las excelencias del guion (construido a partir de una idea superoriginal, con unos personajes únicos y una trama espectacular), de la fotografía o de la realización, ni en el soberbio trabajo de los actores protagonistas (sobre todo, del dúo Bryan Cranston-Aaron Paul). Lo que voy a hacer a continuación es extraer algunas enseñanzas vitales de una serie que me ha sacudido emocionalmente. Puede que haya algo de generacional en ello, ya que Breaking Bad arranca cuando el profesor Walter White (Cranston) está a punto de celebrar su 50 cumpleaños (¡yo espero hacerlo en febrero!). Pero sin duda va mucho más allá, a tenor de la extraordinaria acogida que ha tenido entre gente más joven.



AVISO DE SPOILER: No continúes leyendo más allá de este párrafo si no has visto la serie y tienes intención de hacerlo (creo sinceramente que te perderías una joya si no sigues la recomendación que me hizo José Miguel en 2014).

¿Qué mueve a la gente? (la importancia del afecto, la autoestima, la familia y el trabajo)

Buenos y malos, listos y tontos, guapos y feos, todos queremos sobrevivir y disfrutar de cierto bienestar físico y económico. Pero no menos importante es la necesidad de afecto y reconocimiento, así como la autoestima (que en buena parte se nutre de lo anterior) y el instinto de protección familiar (sobre todo, de nuestros hijos, a los que amamos incondicionalmente). De poco sirven el poder y el dinero si con ellos no nos sentimos amados ni realizados, si no podemos ofrecer lo mejor a nuestros seres queridos (aunque inspirar miedo alrededor y tomar lo que a uno le place en todo momento, a lo Calígula, Rafael Leónidas Trujillo o el jefe del cártel Don Eladio, parece bastar a algunos para ser felices). Si hay un denominador común en los protagonistas principales de Breaking Bad es la importancia que otorgan a sus familias, aunque esta revista la forma de una banda de facinerosos.

Despreciado por su familia carnal, el joven descarriado Jesse Pinkman (Aaron Paul) es en el fondo un buen chico falto de cariño y con la autoestima quebrada que ve en Walter White no solo un socio sino un mentor (quien lo valora, aunque también le riñe más veces de las que desearía). Su caso, el de Jesse, es un ejemplo claro de que el dinero no da la felicidad: no sabe qué hacer con tanta pasta ganada, que malgasta en drogas y fiestas distortion en su casa en las que se reúnen multitud de colgados entre los que solo figuran dos amigos (unos fumados que siguen viviendo a los 25 años con las mismas inquietudes que si tuvieran 16). Jesse se siente reconocido y valioso trabajando como químico al lado de Walter o acompañando al narco Gustavo Fring y su jefe de seguridad Mike Ehrmantraut. Una frase dirigida a él como "Veo cosas en gente" (de Fring) o el "Aquí tiene a los dos mejores cocineros de meta de América" (dicho por Walter, en su presencia, ante otro narcotraficante) tienen para Jesse más valor que un millón de dólares.

La autoestima por el trabajo bien realizado, la búsqueda de la perfección en lo que uno mejor sabe hacer, es fundamental. Walter disfruta estando con sus hijos, acompañado de ellos y de su esposa en el calor de su hogar, pero también goza con su trabajo de profesor de Química (aunque a muchos de sus alumnos les resbale su materia) y, sobre todo, como fabricante de metanfetamina: en esto sabe que roza la excelencia. Ya decía Jesse al principio de la serie que "cocinar es un arte". Walt lo suscribe siempre y cuando se respete a la Química, de la que es casi un adorador religioso: no le vale cualquier ñapa, es un perfeccionista obsesionado con la pureza de su producto.

Diagnosticado de un cáncer de pulmón, ahogado económicamente (tiene que desempeñar un segundo trabajo en un lavacoches para llegar a fin de mes), con un hijo discapacitado y una esposa embarazada, Walter había dado el salto a fabricante de meta para pagar su costoso tratamiento médico y asegurar el futuro de su familia. Garantizar los estudios y el bienestar de sus hijos era su principal móvil. Pero llega un momento en que lo hace sobre todo por sí mismo, por mero gusto a su trabajo, tal como confiesa a su mujer Skyler en su despedida: es su autorrealización, es su autoestima, lo que está en juego. Porque Mr. White tiene una espina clavada: muchos años atrás, recién acabada su carrera universitaria, vendió por 5.000 dólares a dos socios (entonces compañeros de estudios, mucho menos brillantes que él) sus acciones en una empresa que se convertiría en un gran emporio. Sus antiguos amigos Elliot y Gretchen, ahora casados, son multimillonarios y reconocidos empresarios que se pasean por el mundo y los platós televisivos. Mientras tanto, él se afana limpiando las ruedas del deportivo de un alumno pijo llegado al lavacoches con su novia, a la que le hace mucha gracia la escena del azorado profesor agachado y provisto de un cepillo.

El disgusto del policía Hank por descubrir que el temible narco Heisenberg al que perseguía en vano desde hacía meses no era otro que su cuñado (el que en su 50 cumpleaños le parecía, esgrimiendo su pistola reglamentaria, "Keith Richards con un vaso de leche") también tiene mucho más que ver con su autoestima que con otra cosa. Tal como me comentaba muy agudamente mi compañero -y, sin embargo, amigo- Antonio Serrano, lo que más fastidió al agente de la DEA (un echado p'alante, aunque ciertamente valiente y honrado) fue sentirse burlado de ese modo por Walter: aquello era una puñalada a su ego de tipo duro y listillo, bregado en mil batallas, que siempre presumía de mundología ante el cuñado medroso encerrado en su aburrido mundo de pizarras, libros y tubos de ensayo.

De la importancia del trabajo para el equilibrio personal y la autoestima da también muestra el coleccionismo de minerales de Hank cuando está convaleciente del ataque de los bestiales gemelos Salamanca. El hombre se aburre en casa, postrado en la cama, y encuentra en esa afición un sucedáneo a sus labores en la oficina de la DEA. Es un modo de crear rutinas que ordenen su vida y le hagan sentirse útil: el pedir las rocas por Internet, el abrir los pedidos, el clasificar las piedras e investigar sobre ellas... Lo cierto es que no le basta con la compañía de su mujer, lo que no significa que no la quiera, para informar esas semanas de convalecencia: necesita dotar de contenido productivo a sus días para sentirse valioso y preservar su amor propio.

¿Walter White es malo?

Podríamos pensar que White empieza su deriva hacia el mal en el mismo instante en que hace su primer cocinado con Pinkman: porque, claro está, se trata de un producto ilegal con efectos dañinos para la salud si no se administra adecuamente. Pero no creo que Walter tuviese ningún reparo moral a ese respecto, del mismo modo que no los tenía el infortunado Gale Boetticher, un tipo amable y cultivado, libertario y vegano: la fabricación de droga (siempre y cuando se vele por su calidad y seguridad) no es un acto malvado desde la óptica moral de un abolicionista. En este punto yo no podría estar más de acuerdo con ellos.

El problema es que, dada la ilegalidad de la droga, cualquier persona normal que quiera dedicarse a esta actividad en plan empresarial tiene que lidiar con una inevitable ristra de indeseables: distribuidores, intermediarios, picapleitos, encargados de la seguridad (o sea, sicarios generalmente simiescos)... Las primeras muertes causadas por Walter son del todo justificadas, amparándonos en el derecho a la defensa propia. El primer caso verdaderamente censurable tiene lugar en el dormitorio de la casa de Jesse, cuando White es testigo de una sobredosis de heroína de su novia y decide no auxiliarla: la razón parece ser la de proteger a su joven socio de una influencia muy negativa que amenaza con mandarlo prematuramente al cementerio... ¡y también privarlo a él de un ayudante necesario para seguir cocinando!

Walter es a lo largo de toda la serie un tipo que pugna por su supervivencia y por la seguridad de sus seres queridos. Pero empiezan a sucederse cosas feas al intentar salvar a toda costa su culo y el de su círculo familiar: la más grave es, sin duda, el asesinato a sangre fría de Gale (un acto cometido por Jesse a instancia suya porque, ciertamente, era elegir entre la muerte del químico -ya escogido por Fring como nuevo cocinero en vez del dúo problemático White-Pinkman- o la de ellos mismos). También es grave el envenenamiento temporal (Walter escogió una dosis de veneno no letal) del hijo de la nueva novia de Jesse para ponerlo de su lado en el enfrentamiento con Fring. Y el asesinato de Mike (quien, por cierto, hubiera hecho lo mismo en su lugar) al no darle los nombres de las nueve personas de su confianza en prisión que podrían cantar. Por no hablar de la posterior ejecución en la cárcel de esos molestos testigos, encargada a la banda neonazi dirigida por el tío de Todd.

Vince Gilligan, creador de la serie, apunta que el momento de mayor maldad de Walter es cuando, tras entregar a Jesse a la banda de neonazis (porque Jesse le ha traicionado, al descubrir que fue el culpable de envenenar al niño), le dice sádicamente que pudo haber salvado la vida de su novia Jane. Eso es más malévolo incluso que haber dejado morir a su chica, porque lo hace con el solo ánimo de dañar; también más pérfido que entregarlo a esos tipejos, una decisión extrema tomada para salvar su propio pellejo. El afecto y el odio presiden la relación entre White y Pinkman, como toda relación intensa entre amantes, familiares o grandes amigos. Pero no debemos olvidar que Walter le salva tres veces la vida a Jesse (incluyo su rescate de una casa ocupada por heroinómanos, de donde solo podía salir muerto por una sobredosis) porque realmente le aprecia. Y que suplica en vano clemencia al tío de Todd para dejar con vida a Hank, que días antes le había dado un par de hostias: "¡Es familia!", dice de su cuñado, herido en el suelo, al que aprecia genuinamente y cuyo asesinato le causa un gran dolor.

En suma, si Mr. White hace cosas malas es sobre todo para salvaguardar sus intereses y, con ellos, los de su familia (al menos así lo entiende). En esto no se diferencia de Gus Fring o de Mike (sí algo de Jesse, como ahora veremos). Pero, ¿cae en el mismo saco que los Salamanca?... Rotundamente no.

¿Todos los homicidios son igual de reprobables? ¿Hay vidas que valen más que otras?

No todas las personas son iguales, por mucho que cristianos consecuentes e izquierdistas biempensantes pretendan autoengañarse y engañarnos: hay vidas más valiosas que otras, aunque ello no figure negro sobre blanco en ley alguna de un Estado democrático. La existencia de los bestiales gemelos Salamanca (por cierto, fieles devotos de la Santa Muerte) y de los no menos brutales Tuco y Héctor ni siquiera es parangonable a la del tarugo de Todd: este es un completo amoral, aunque no disfruta torturando o asesinando sino que se limita a hacerlo sin cargo alguno de conciencia cuando lo cree oportuno o simplemente se lo ordenan. Por supuesto, los Salamanca y Todd están en un escalón moral inferior al de Mike (aun siendo también un sicario) o Gus (aun degollando personalmente a uno de sus colaboradores), por no hablar de Walter, Jesse o el resto de personas normales.

Escaso consuelo le podría quedar a Gale y su familia de saber que quien le metió un tiro entre ceja y ceja no era realmente mala persona: es más, no dudo que Jesse (que sufrió muchísimo al disparar y cargará ese acto para siempre en su conciencia) es la persona más empática y leal de la serie, cuya integridad moral acaba siendo el factor dinamitador de todo el entramado productivo de Los Pollos Hermanos. El asesinato de Gale es un símbolo de la complejidad de la vida y de la convivencia humana, del tremendo peso de las circunstancias que entretejen nuestra suerte y nos ponen a veces en terribles disyuntivas: como la que lleva a un soldado en una guerra a matar enemigos desconocidos probablemente tan inocentes como él.

Los Salamanca son una panda de sádicos viciosos (Tuco es además un ser irracional, una personalidad muy violenta que lo hace impredecible y poco de fiar), sin empatía alguna por nadie ajeno a su familia: da igual que sea un niño, una abuelita desvalida, un inocente... Fring tiene sentimientos empáticos, pero sabe que en su puesto no se puede andar con muchas contemplaciones. Lo cierto es que en el fondo desprecia profundamente a los sicarios: llega a decirse a sí mismo "¡Animales!" en referencia a los gemelos. Él es un hombre culto y refinado, amable, muy racional, un profesional como la copa de un pino. ¡Igual que Walter! Pero si percibe una amenaza, no duda en recurrir a la brutalidad (si la considera necesaria, como cuando degüella a su sicario Víctor o amenaza a la familia de Walter), aunque exenta de sadismo: capítulo aparte es su comportamiento sádico ante Héctor Salamanca, que hunde sus raíces en el brutal asesinato a sangre fría de su presunto novio Max en la piscina de Don Eladio. Si Fring se hubiera dedicado solo a la restauración, con su cadena de restaurantes Los Pollos Hermanos, no habría sido un empresario peor que muchos legales de éxito: es más, dada su profesionalidad y buen trato con clientes y empleados, aventuro que estaría por encima de la media. Su problema, así como el de White, es la ilegalidad de su actividad.

Los Walter, Jesse, Mike, Saul Goodman (singular picapleitos en torno al cual se desarrolla una precuela de Breaking Bad llamada Better Call Saul) e incluso Fring (aunque este quizá ya ha ido demasiado lejos para dar marcha atrás) son personas potencialmente recuperables por la sociedad: gente que ha tomado o se ha visto empujada a tomar un camino enrevesado y acaso erróneo, pero que puede enderezar sus pasos y aportar más beneficios al prójimo (reconozco que ya aportan algunos en su entorno, que no todo son perjuicios y estragos por su parte).

No es el caso de los Salamanca, de Todd o de su tío, como no lo es el de cualquier psicópata y/o sádico: por el bien de las personas, animales y plantas, estos están mejor en la cárcel (por no decir en el infierno, ya que en prisión también pueden hacer daño a personas valiosas). Aunque insisto en que Todd es un malvado menos malo que los Salamanca o su propio tío: si hubiera un Dios bondadoso que puntuara al respecto, creo que Todd sacaría un 1 frente al 0 de su tío y de Héctor (en ambos casos, ciertamente un "muy deficiente"). Fring quizá tendría un 2,5. Y Mike, un 4,75. No me cabe duda de que Jesse aprobaría y Walter sacaría otro 4,75 (no sé cómo se las gastará Dios, pero yo nunca suspendí a un alumno mío con esa nota). Aunque siempre queda la duda inquietante: ¿tiene Todd la culpa de carecer de empatía, de ser un psicópata, si es algo que forma parte de su equipamiento de serie (de su ADN) al nacer?, ¿es culpable de algo si no existe el libre albedrío?...

Aupado por sus triunfos y golpes de suerte, Walter se viene arriba al cabo de varias temporadas (es natural: la tentación del poder es muy grande) y confirma solemnemente a un narcotraficante que él es el legendario Heisenberg: "You're Goddamn right!". Mr. White quiere levantar un "imperio", pero esta escena será un punto de inflexión: presionado por Skyler, que ya es cómplice de sus negocios, pronto se dará cuenta de que ni él ni Jesse podrán convertirse jamás en grandes narcos. Hay una selección negativa merced a la cual solo llegan arriba en este tipo de negocios los más hijos de puta, los que tienen menos escrúpulos. Ahí no puede competir con tanto psicópata (o con gente con la empatía en suspenso, caso de Gustavo Fring), y por eso termina retirándose. Si hubiese continuado, se habría convertido inevitablemente en un Fring y quizá traspasado la línea de no retorno del lado oscuro. Ya había ganado más que suficiente, desde luego, para vivir ahora una existencia tranquila centrada en su familia...

El efecto mariposa: el mundo como un todo interrelacionado

Hank siente ganas de ir al baño en una amena celebración familiar en casa de sus cuñados y descubre, sentado en la taza del váter, un ejemplar de Hojas de hierba de Walt Whitman dedicado por un tal G. B. a un tal W.W. Su asombro es mayúsculo, no se lo puede creer: de pronto todo cobra sentido y encajan las piezas del puzle que tanto le había obsesionado en los últimos tiempos. Walter llevaba meses retirado de su peligrosa industria y la calma había retornado a su hogar (incluso se había permitido un viaje romántico a Europa con su esposa Skyler, ya mucho más serena después de que su marido colgase el delantal). Si Hank no hubiese tenido ese apretón, probablemente hubiera sobrevivido a Walter (que recaerá pronto en su enfermedad). Este último habría fallecido rodeado del cariño de los suyos, incluido Hank, y con el silencio cómplice de su mujer. No se habría destapado nada y Walter Junior recordaría siempre a su padre como un buen hombre.

Las ganas de cagar de Hank desatan una cascada de acontecimientos que no solo acaban con la muerte del propio policía y de Walter (aunque no en una cama, que era lo previsible) sino también con la de la intermediaria Lydia (esa pija neurótica tan escrupulosa, salvo en el ámbito moral), la de Mike, la de sus nueve hombres en prisión, la de Todd y toda su panda de facinerosos... Y que arrasa con la normalidad de la familia White: sus bienes son embargados, su casa es precintada (qué vanos y patéticos los esfuerzos de Walter al principio de la serie por hacer arreglos en la vivienda con los primeros ingresos de su actividad irregular) y encima Skyler habrá de afrontar un juicio.

Ya en la tercera temporada, la decisión de Walter de no auxiliar a la novia de Jesse tira de un hilo que conducirá a un terrible accidente de aviación, dado que el padre de la chica es un controlador aéreo al que se le va la pinza por culpa del estrés acumulado. Que la suerte de una persona que viaja en un avión dependa de la decisión de un desconocido de dejar morir a una heroinómana igualmente desconocida (una decisión fruto, a su vez, de múltiples circunstancias) nos invita a ver el mundo como un todo interrelacionado, a adoptar un enfoque holístico de la realidad. Todos nuestros actos, por nimios que parezcan, tienen causas y consecuencias. Por mucho que los pensadores de raíz marxista se revuelvan en sus sillones o cátedras, soy de los que creen que si un frutero no se hubiera inmolado en 2011 en Túnez, seguramente Gadafi seguiría en el poder en Libia y no hubiese habido guerra en Siria y Yemen. Si la teoría del caos funciona en la naturaleza, no veo por qué no habría de hacerlo en la historia humana.

¿Tiene sentido la vida?

Walter muere aparentemente solo, privado del amor de su familia: el de su esposa (a la que siempre fue fiel) y el de su querido hijo discapacitado; su adorada hijita de año y medio ni lo recordará. Ni siquiera hay un abrazo final de Jesse, su otro hijo, aunque su ambivalente gesto de despedida parece contener un mensaje de agradecimiento. Podríamos decir que lo ha perdido todo y es consciente de ello en sus momentos finales, pero le queda la satisfacción del trabajo bien hecho (incluida la traca final de la ametralladora instalada en el capó y accionada a distancia para acabar con los subhumanos de Todd y compañía) y de la liberación de Jesse, que viene de algún modo a redimirle. Aunque, pensándolo bien, es una tontería decir que lo perdió todo: se lleva los momentos de felicidad y de aprendizaje de su vida, eso no se lo quita nadie (eso no nos lo quitará nadie en nuestros últimos instantes), que ya bastan para dar por bueno su paseo por el espacio-tiempo. Y quien esté libre de toda culpa, que tire ahora la primera piedra contra Walter White (espero que quien lo haga no tenga la desfachatez de ser cazador deportivo, defensor de la tauromaquia o consumidor de productos cárnicos)...

domingo, 30 de abril de 2017

El bien, el mal y la selección natural

León en Namibia (Kevin Pluck).

Charles K. Fink recoge en su interesante artículo The predation argument la controvertida tesis del filósofo Steve Sapontzis de que un león hace el mal al matar a sus presas para alimentarse. Aunque, según Sapontzis (a cuyo planteamiento se adhiere Fink), la no condición de agente moral eximiría de culpa al temible félido y a cualquier otro depredador no humano: sería un caso equiparable al de un niño de dos años, que puede hacer cosas malas -por ejemplo, torturar a un gatito hasta la muerte- pero no por ello es malo sino inconsciente de la malignidad de sus actos.

El mal parece algo relativo e imposible de definir sin las anteojeras de la subjetividad humana, pero un enfoque utilitarista puede arrojar luz al fundarse en una verdad irrebatible: la de que toda criatura viva pugna por seguir viviendo, buscar el placer y eludir el dolor (aunque a veces se sacrifique por el bien común, que no dejaría de ser el propio en el caso de un superorganismo como una colmena). Matar o hacer sufrir a un ser vivo, ya sea por perversión o para sobrevivir, sería pues algo malo. La tortura a un gato no deja de ser menos atroz para el minino si quien la ejerce es un niño pequeño inconsciente en vez de un adulto sádico. La muerte de una gacela no deja de ser menos atroz para ella si es por la mordida de una leona -que con su carne alimentará a sus cachorros- o por el balazo de un cazador deportivo. Un acto malo lo es con independencia de la responsabilidad moral de quien lo ejerce. Por supuesto, a veces resulta necesario que un agente moral como el humano inflija daño o muerte, de igual modo que hace un león para sobrevivir, en pos de un bien moral: el ejemplo más claro es la autodefensa, ya sea frente a una bacteria nociva, un mosquito, un león -al que, obviamente, no podemos culpar de intentar darnos caza- o un congénere tóxico.

Por definición, la selección natural nunca se equivoca al segar lo que no es funcional para la supervivencia. No se ocupa de otra cosa ni hace juicio moral o de valor alguno (no podría hacerlo, puesto que carece de toda voluntad o inteligencia): simplemente elimina los rasgos que no favorecen la supervivencia, que desaparecen junto con sus portadores. Y lo cierto es que tanto las conductas bondadosas como las malévolas han sido seleccionadas por aportar ventajas a quienes las exhiben: los grupos cuyos individuos se ayudan mutuamente son más sólidos -en consecuencia, están mejor provistos para favorecer la supervivencia de sus integrantes- que aquellos donde cada uno va solo a lo suyo perjudicando y dañando a sus congéneres; por otro lado, también sabemos que la depredación es funcional, como lo son igualmente el engaño, el escaqueo y otras malas artes cuando logran pasar inadvertidos (que se lo digan si no al pájaro cuco -el que tima a otras aves para sacar adelante su prole- o a Donald Trump).

¿Es la senda humana (mejor dicho, la de los mamíferos más inteligentes) hacia la compasión y el sentimiento moral exclusiva de la vida en la Tierra? Sin salir de nuestro planeta, ¿podría haber dentro de 300.000 años superleones o supermapaches morales que se planteen la maldad de la depredación? Abandonando ahora nuestro hogar planetario, ¿habrá sido seleccionada la compasión en otros mundos con diferentes circunstancias geológicas, climáticas, biológicas o de cualquier otra índole? ¿Puede que tanto la compasión como la crueldad sean rasgos generalizables a cualquier escenario del Universo en el que haya prendido la inteligencia? De ser así, ¿habrá mundos en los que la compasión derrota a la crueldad (o sea, la primera es seleccionada naturalmente por una supuesta ventaja evolutiva sobre la segunda)?, ¿existirá siempre un equilibrio evolutivo entre ambas como el observado en la Tierra?, ¿acaso vencerá el mal en algunos lugares?...

Kent Baldner critica a Sapontzis por considerar que la depredación es inaceptable, ya que ello implica suponer que hay algo moralmente repugnante en la Naturaleza y que nosotros debemos enmendarle la plana (lo que, a su juicio, sería algo tremendamente arrogante). ¿Pero acaso no somos Naturaleza los humanos (o los hipotéticos seres inteligentes morales de otros mundos)?... Ya venimos corrigiendo a la Naturaleza desde hace mucho con los injertos de plantas, la domesticación de animales, la ropa, las vacunas, los antihistamínicos, la anestesia epidural, la calefacción, los anticonceptivos, la ingeniería genética...

No quiero terminar sin anticiparme al posible comentario jocoso de que comer vegetales sería hacer el mal (algunos enemigos del vegetarianismo ético parecen muy preocupados por el bienestar de las plantas). Siendo coherentes con el razonamiento de Sapontzis, por supuesto que lo sería: todo ser vivo, animal o vegetal, pugna por seguir viviendo. Como también sería un acto malo el ir andando por el campo sin mirar el suelo para evitar el aplastamiento de hormigas e incluso de plantas herbáceas. Es aquí cuando hay que traer a colación a Fernando Pessoa: "Un exceso de conciencia inhabilita para la vida". Nosotros no somos responsables de que el estado inicial y las leyes de este universo condujeran a la depredación (es más, ¡hemos sido fruto de esa evolución!). No habríamos nacido de no haber sido por todas las plagas y azotes del pasado, desde el impacto de un meteorito hace 65 millones de años hasta la Segunda Guerra Mundial pasando por el exterminio de los neandertales o la Peste Negra. Somos hijos de la depredación en un camino de perfección moral en el que solo podemos aspirar a reducir razonablemente, de manera compatible con nuestra supervivencia, la inevitable huella de sufrimiento que dejaremos a nuestro paso. Puede que esa misma condición moral acabe siendo disfuncional y llevándonos a la degeneración y la extinción, pero eso ya es competencia de la selección natural: ella, como siempre, dictará una sentencia inapelable.

viernes, 8 de abril de 2016

Cara y cruz del 'Homo sapiens'

Me encontraba de pie, apoyado en la puerta del vagón del metro, leyendo un libro apasionante: Sapiensdel historiador israelí Yuval Noah Harari (para más información, ateo, vegano y residente con su novio en un moshav o granja cooperativa). Dentro del vagón, dos hermanas de cinco o seis años llevaban un tiempo haciendo carrerillas en círculo bajo la atenta mirada de su madre. Estaban a punto de apearse en su parada cuando una de las niñas me miró y dijo: "¡Hola, señor!". La madre reconvino a las niñas con un gesto a medio camino entre el embarazo y la ternura: "Chicas, no molestéis a la gente del metro que no conocéis". "¡Es que son nuestros amigos!", repuso con una conmovedora naturalidad la misma hermana que me había saludado. Su madre y yo intercambiamos una sonrisa antes de que la puerta se cerrara y las tres siguieran su rumbo por Madrid.

Recordé entonces un pasaje del libro de Harari que había leído esta misma mañana también en el metro, en el que cuenta cómo se deshacían hasta no hace mucho los indios aché de Paraguay de las ancianas que se convertían en una pesada carga para la comunidad:
Uno de los hombres jóvenes se colocaba a hurtadillas detrás de ella y la mataba con un golpe de hacha en la cabeza. Un hombre aché contaba a los inquisitivos antropólogos los relatos de sus años de juventud en la jungla. "Yo solía matar a las mujeres viejas. Maté a mis tías. […] Las mujeres me tenían miedo. […] Ahora, aquí con los blancos, me he vuelto débil". 

También me vino a la cabeza el Ochéntame de ayer en TVE dedicado a nuestros veteranos reporteros de guerra, en el que éstos narraban las atrocidades de las que habían sido testigos pero también gestos nobles de personas anónimas que representan lo mejor de la humanidad. Carmen Sarmiento contaba el caso de una anciana pobre que se le acercó una vez en Beirut, al verla sentada y desolada sobre un montículo de escombros, con un vaso de agua en su mano temblorosa. Arturo Pérez Reverte relataba su encuentro con un perro con la pata rota en el campo de refugiados palestinos de Shatila (Líbano) tras la carnicería cometida en 1982 por ultraderechistas cristianos con la venia del Ejército israelí. El autor de El pintor de batallas confiesa seguir recordando a ese perro y sentirse "removido por dentro" por no haber podido ayudarle (ya no era posible hacerlo con los más de dos mil palestinos masacrados tanto allí como en la vecina Sabra): "Me produce mucho más remordimiento que muchas cosas que he visto".


Los humanos somos una cosa y la otra: buenos y malos, compasivos y despiadados. Nuestra especie ha sobrevivido no solo por su condición de terrible depredador sino también por haber cultivado la amabilidad, la cooperación y los cuidados -no solo el recelo y el odio- entre sus miembros. Harari sostiene que no somos ni ángeles ni demonios sino simplemente humanos (o sea, animales). Pero yo no dejo de pensar -y constatar- que hay buenas y malas personas en este mundo, incluso algunas muy buenas y algunas muy malas. El joven mataviejas aché no era un individuo típico: en su tribu no todo el mundo hubiese sido capaz de realizar su siniestra labor, ya que para eso hace falta mucha brutalidad y ausencia de compasión. Él sí, por supuesto, al igual que el vulgar capo del campo nazi, que el cortacabezas de Estado Islámico, que el hooligan serbio (o croata) convertido en paramilitar, que la señorita Lynndie England en Irak... No es cierto eso de que cualquiera en el lugar de ellos hubiera hecho lo mismo. Por desgracia, esos personajes seguirán existiendo hasta que llegue el Homo neosapiens, nuestra gran esperanza (al menos dentro del linaje humano).

domingo, 12 de julio de 2015

Justicia y retribución en el Cosmos

Una de las cosas que más desasosiegan a un ser humano medianamente sensible (supongo que a toda inteligencia al menos equiparable, aquí en la Tierra como hipotéticamente fuera de ella) no es tanto la existencia del mal como la posible inexistencia de una justicia universal que retribuya de algún modo a aquél: mientras que el mal es algo constatable y omnipresente, no hay indicios razonables -los cuentos religiosos son un aparte- de que la Naturaleza se preocupe lo más mínimo al respecto. O sea, que no está escrito en el firmamento ni en los insondables espacios subatómicos que torturar y matar a una criatura inocente por pura diversión tenga un precio, más allá del legal y penitenciario si acaso es pillado al asesino (y si la víctima es también humana, no una vaquilla). Y no está claro que los responsables de Auschwitz, convertidos ya casi todos en polvo, hayan contraído alguna deuda con el Cosmos por ello. Dentro de miles de años nadie se acordará siquiera de esa infamia (ni de lo de Camboya, Guatemala, Ruanda, Srebrenica o Estado Islámico) y seguirá, como siempre, saliendo y poniéndose el Sol: ¿acaso se ha alterado el Universo por las inimaginables masacres cometidas por nuestra especie desde que andamos a dos patas?

La maldad parece haber sido incluso premiada por la selección natural por su utilidad para la supervivencia: la psicopatía en los humanos no es una patología sino una mera adaptación evolutiva. De hecho, somos hijos de la depredación: no estaríamos aquí si nuestros antepasados hubiesen sido veganos (el desarrollo de nuestro cerebro debe mucho a una dieta carnívora), animalistas y pacifistas. Pero la evolución también ha hecho que alberguemos en nuestro código genético sentimientos de empatía y conceptos como el de justicia. Parejos a este último se encuentran la indignación ante la injusticia y, para repararla, la inclinación al castigo o la venganza. Esto no parece exclusivo de la humanidad, ya que los etólogos aseguran que ocurre más o menos igual en el resto de los mamíferos. El deseo de venganza es algo muy natural, un intento de restablecer cierto orden en el mundo ante lo que se juzga como un inaceptable atropello a la justicia: desde la percepción de una falta de respeto, un agravio o un insulto a la dignidad personal o colectiva hasta una atrocidad en toda regla.

Claro que andaba en lo cierto Buda -quizá el mayor sabio de la Historia- al afirmar que la venganza es tóxica para quien la ejerce por cuanto supone de apego a lo que se odia. Desde luego que no puede ser sana, pero eso no quita que sea una forma reconfortante de retribución (¡si fuera posible preguntarle a este pobre toro embolado!). El budismo cree precisamente en una suerte de justicia cósmica en torno al concepto de karma, conforme al cual todo acto de un individuo genera consecuencias que van más allá de su vida en este mundo. Pero si no existiera el libre albedrío (y parece razonable que no haya tal cosa), nadie sería culpable de sus actos y sería tan absurda la búsqueda de venganza como la retribución kármica.

Que en una amalgama ordenada de polvo de estrellas (nuestro cuerpo y la mente que emerge de él) se hayan alumbrado sentimientos como el amor y la compasión es algo verdaderamente sublime, mucho más asombroso y conmovedor que cualquier cosmovisión religiosa. Y quizá ahí estribe la esperanza: en que la justicia y el bien imperen finalmente en el Cosmos porque una superinteligencia -fruto de la vida, a su vez producto de la evolución del Universo- acabe tomando sus riendas (de acuerdo a un esquema determinista, porque cumpla sin saberlo -como hacemos todo nosotros con nuestras vidas- un misterioso guion ya escrito con una finalidad desconocida y seguramente inimaginable).

domingo, 6 de julio de 2014

Por una positividad realista... y un puntito desconfiada


El otro día escuché a Richard Vaughan diciendo en su emisora de radio que hay que ser positivos en la vida, que la negatividad es una apuesta segura para acabar formando parte del "club internacional de los fracasados". En EE.UU. están obsesionados con esta última palabra (loser): si no triunfas en la vida, la culpa siempre será tuya, en la estúpida creencia -híbrida de pasteleo new age y de psicología barata de escuela de negocios- de que cualquier sueño es posible si luchas duro por él.

Es cierto que tu visión del mundo depende en buena medida de la actitud con que lo observes. Pero, para empezar, hay que asumir -¡que no aceptar!- que la injusticia y la maldad estarán siempre entre nosotros. Ello no tiene por qué amargarnos una salida o una puesta de Sol, una mañana campestre de domingo, una agradable comida, un beso, un abrazo o una reparadora siesta. Es necesario asumirlo como hacemos con la inevitabilidad de la muerte o con la fuerza de la gravedad, para pisar suelo firme y no engañarnos tontamente. Lo siguiente es buscar espacios -los hay, y son numerosos- para disfrutar de lo mucho bueno que tiene la vida, procurando mantenernos apartados de las cosas y personas indeseables.

Por supuesto, al vivir en sociedad debemos aceptar un peaje inevitable: siempre nos encontraremos con personas desagradables porque hay ámbitos en los que no elegimos a los congéneres con los que tenemos que interactuar: escogemos por afinidad o simpatía a nuestros amigos reales o virtuales, pero no a nuestros vecinos, conciudadanos, compañeros de trabajo o usuarios simultáneos de la carretera. La convivencia con Homo sapiens -o con cualquier otro animal- nos obliga a ciertas prevenciones: debemos protegernos y eventualmente defendernos (preferiblemente, dentro de los cauces del Estado de derecho). Esto no es negatividad sino realismo. Si una gacela estima en algo su pellejo, no puede salir paseando tranquila y despreocupadamente por la sabana para disfrutar de la brisa. Como tampoco debería ninguno de nosotros atreverse a dar un paseo romántico nocturno por las calles de San Pedro Sula (Honduras). Y mucho menos alardear de su homosexualidad en público en Mosul, entre tanta gente piadosa.

El mundo está lleno de peligros: no solo por terremotos, maremotos, huracanes, aludes o el imponderable coco que te puede caer en la cabeza, sino sobre todo por la presencia de seres más o menos inteligentes (desde virus y bacterias hasta humanos pasando por viudas negras y cobras) que andan pululando por ahí. Esto es lo que hay, así que debemos actuar con inteligencia y prudencia. Si yo me hubiera fiado de todo quisque en el viaje en solitario que hice en el verano de 1990 en tren desde Madrid hasta Atenas (ida y vuelta), habría terminado literalmente desplumado y sodomizado (sin consentimiento). En ese viaje con Interrail por toda Europa, a mis 22 años, me topé con mucha buena gente pero también con auténticos tipejos que pudieron haberme arruinado la experiencia: desde el quinqui sevillano que iba camino de un centro de desintoxicación en Vitoria y le robó el equipaje a una turista francesa (ella lo descubrió pasmada ya en Hendaya; yo no perdí jamás de vista el mío, pese a la charla de buen rollito con el tipo) hasta el dueño del pub de Atenas que pretendió en vano tangarme en su local (valiéndose de los encantos de una joven compinche de buen ver) pasando por otros cafres del más variado pelaje.

Hace unos meses me sorprendió gratamente, leyendo el Diario de invierno de Paul Auster, una mención del escritor norteamericano a un útil consejo que le había dado su padre: "Conduce siempre a la defensiva; procede en el supuesto de que todos los que están en la carretera están locos y son idiotas; no des nada por sentado". ¡Ese es también mi lema, qué casualidad! Si te fías del prójimo en la carretera pensando que actuará racionalmente, date por muerto más temprano que tarde. Fuera de las carreteras es también recomendable una cierta dosis de desconfianza, siempre que esta no sea agresiva con los demás ni paralizante para quien desconfía (a veces no tenemos más remedio que fiarnos por adelantado, por ejemplo cuando nos encomendamos a un médico o apostamos por una relación amorosa). No se trata de prejuzgar a la gente, sino de actuar con prudencia y abrir las compuertas de tu confianza solo a quienes se hagan merecedores de ella o a quienes tu olfato o intuición te dicen que pueden serlo.

Constatar la estupidez e hijoputez humanas no tiene por qué llevarnos al cinismo ni está reñido con la felicidad y la alegría de vivir. Claro que es imposible no sentir pena e incluso una intensa rabia ante tanta injusticia y barbarie, ante la interminable sucesión de atrocidades cometidas por seres humanos (moneda corriente desde que el hombre es hombre, aunque afortunadamente cada vez menos frecuente). Claro que es imposible que no se te revuelva el estómago ante asesinatos como el de tres jóvenes israelíes a manos de escoria palestina o el de un joven palestino a manos de escoria israelí (escoria religiosa en ambos casos). O ante el impune maltrato generalizado de los animales y su brutal matanza a escala industrial. Pero las salidas y puestas de Sol seguirán ahí -para nosotros y para nuestros descendientes-, así como las mañanas campestres de domingo, las agradables comidas, los besos, los abrazos y las reparadoras siestas.

lunes, 30 de junio de 2014

Cita infausta con un mosquito en el espacio-tiempo


Ayer maté a un mosquito bien grande que se había metido en casa: bastó un golpe seco con una caja de Kleenex. Le dije a mi hijo, mostrándole la base de la caja con el mosquito aplastado, que lo había hecho en defensa propia: para que no nos picase esa noche. El animal tuvo una muerte rápida, instantánea, sin sufrimiento (esto me tranquiliza): vivía y, de pronto, dejó de vivir. Lo que no le dije es que haría lo mismo -aunque tendría que emplear un método más contundente- si fuese un ser humano el que amenazara su vida: me asistiría el ordenamiento jurídico y cualquiera lo entendería, San Agustín inclusive.

Con los mosquitos no hay negociación posible para evitar sus picaduras: no vale el "te dejo vivir pero a cambio no me atacarás", sobre todo porque es igual de imposible transmitirle esta información como recibir una respuesta de su parte. El mosquito necesita picar para alimentarse de sangre, de la que depende su supervivencia. Por tanto, en el alucinante supuesto de que le llegase el mensaje, se aviniera a un acuerdo y pudiese comunicárnoslo, es muy probable que no cumpliese finalmente con su palabra: la mentira es una estrategia seleccionada por la evolución, que pervive precisamente gracias a su utilidad (al igual que la maldad).

La picadura de este mosquito no iba a causarnos la muerte, ni siquiera alguna fastidiosa enfermedad como la malaria. Así pues, en un lado de la balanza utilitarista puse el malestar (relativamente leve) de mi familia por las eventuales picaduras; en el otro, la vida del insecto. Y no tardé mucho en tomar la decisión de acabar con él. Reconozco que ello me produce una pizca de inquietud (¡un jainista consecuente no lo hubiera hecho!), pero hay que ser consciente de que es imposible vivir sin dejar una huella de sufrimiento: todo lo que tiene culo no solo tiene miedo sino que también hace daño. Todos somos culpables, todos somos (más o menos) egoístas. No nos engañemos pensando lo contrario.

Aunque bien es cierto que ningún humano ni cualquier otro ser vivo hizo las reglas de este juego: ya nos han venido dadas. La causalidad del Universo me fijó una cita con este mosquito en un instante de su historia, él y yo atrapados por la necesidad (cada uno conforme a su constitución genética e información ambiental) y sujetos a las mismas leyes físicas. Y me puso a mí en ventaja en inteligencia y fuerza. Posiblemente yo ni siquiera haya tenido opción de decidir: quizá ya estuviese determinado y volví a autoengañarme pensando que actuaba mi libre albedrío...

Una diferencia entre mi víctima y yo es que, en virtud de mi inteligencia humana, tengo curiosidad por saber de qué va este extraño juego en el espacio-tiempo. Por saber si algún físico hacker adolescente con granos diseñó todo esto en un garaje, y si se trata de un malvado, un imbécil moral o un simple ignorante (¡no en Ciencias o Informática, desde luego!). Por saber si la materia inteligente consciente de sí misma será capaz algún día de llegar a entender todo (entre otras cosas, por qué la depredación y el sufrimiento tenían necesariamente que aparecer en escena en el Cosmos). Por saber si el Bien y la Justicia tienen una existencia real más allá de nuestras tan limitadas mentes.

sábado, 19 de octubre de 2013

Humo de Auschwitz

Una columna de humo gris brota a borbotones de una sucia chimenea en un amanecer neblinoso de otoño, serpentea sobre los campos alfombrados de escarcha que seguirán encontrándose con los anocheceres y las primaveras, indiferentes a la infamia grabada a fuego, la noche anterior, en el tejido cósmico. Un hollín humano haciéndose jirones, tan desprovisto de sentido como el pedrusco huérfano en el llano o los recuerdos olvidados. Un alarido roto que se propaga por el espacio y el tiempo, apenas amortiguado por las leguas y los siglos, elevando una pregunta grave sin más respuesta que el Sol ardiente, el viento, las nubes, los mares y el cielo estrellado.

(Tras haber leído Si esto es un hombre, de Primo Levi).

viernes, 20 de septiembre de 2013

La naturaleza del mal


Este sábado, La noche temática de TVE está dedicada a abordar la naturaleza del mal. Hace dos años escribí en este blog el post "Una explicación biológica del mal", meses después de otra entrada titulada "El bien en el cosmos". Es obvio -bien lo saben quienes me conocen- que este asunto me interesa mucho. Una vez le preguntaron a Jon Sistiaga por qué le fascinaban las guerras, a lo que el periodista vasco respondió que en ellas buscaba saciar una curiosidad intelectual acerca del fenómeno del mal. Comparto esa inquietud, aunque carezco del valor para meterme en los berenjenales que frecuenta Sistiaga.

Como ya he apuntado en mis entradas anteriores al respecto, para la empresa de entender el mal es necesario conocer bien de dónde venimos y quiénes somos. Y las respuestas más certeras a esas preguntas las da la ciencia, no la literatura ni el arte (por supuesto, ni por asomo la religión y otras supersticiones no homologadas). Lo primero de todo es no negar la naturaleza humana, por mucho que nos disguste aceptarla: es como la gravedad o la fuerza electromagnética, que existen nos plazcan o no. Una condición humana que, tengámoslo siempre presente, es fruto de la misma selección natural que ha modelado la conducta de las hormigas, los tigres, los virus y las plantas carnívoras. Lo cierto es que estamos muy condicionados por nuestro equipamiento genético, que explica buena parte de nuestros comportamientos.

Es muy revelador observar lo más objetivamente posible tanto nuestra conducta como la del prójimo. Al fin y al cabo, todo colectivo humano de cierto tamaño es una muestra significativa de la especie en su conjunto. Estafadores, maltratadores, violadores y asesinos en potencia están entre nosotros (en el vagón del metro, en los centros escolares, en el trabajo, en la calle, en el bar...) antes de pasar de la potencia al acto (e incluso después, amparados por la impunidad, caso de muchos maltratadores y de los torturadores del franquismo). Los asesinos de Srebrenica, por ejemplo, no eran unos diablos con cuernos ni unos extraterrestres de color verdoso (aunque iban vestidos de verde caqui, lo cual no es un detalle anecdótico). Todos tenemos pulsiones violentas y sádicas, pero por fortuna la mayoría consigue domarlas o sublimarlas de manera civilizada. No estoy de acuerdo con quienes sostienen que cualquiera sería capaz de infligir las mayores atrocidades: además de psicópatas, hay personas normales más violentas, primitivas y sádicas que otras; y, por otra parte, están los fanáticos (entre los que se cuentan algunas buenas personas con el cerebro arrasado por nacionalismos y fundamentalismos).

El siguiente paso en nuestra aproximación al mal es darnos cuenta de que lo que la mayoría de los humanos entiende por tal es una versión antropocéntrica muy acotada. Convendría preguntarnos, cada vez que nos sentemos a la mesa a comer (particularmente si osamos bendecir los alimentos por considerarnos personas religiosas), de dónde vienen las cosas puestas encima del plato. Así, quizá empecemos a vislumbrar que nuestra cotidianeidad se funda sobre un horror (muy natural, eso no lo niego), cuyo conocimiento acaso nos obligue moralmente a tomar ciertas decisiones. Hace siglos, ya una minoría vislumbraba e incluso veía con meridiana claridad la terrible inmoralidad de la esclavitud.

Yo creo en la "banalidad del mal" tal como la formuló Hannah Arendt, con el nazi Adolf Eichmann como muestra. Este concepto se aplica al imbécil moral más que al psicópata, que tiene el eximente de venir averiado de serie (no siente ni puede sentir empatía) -una avería premiada, por cierto, por la selección natural- y ser por ello incorregible. Imbéciles morales como Eichmann son con certeza muchos de los participantes en el concurso televisivo El juego de la muerte: los que creían que al apretar un botón, instados por la presentadora, estaban causando descargas eléctricas reales a personas que veían en una pantalla. El imbécil moral sí es capaz de sentir más o menos compasión por el prójimo, pero comete acciones malévolas por su mezquindad, alienación, sumisión, pereza intelectual o pocas luces. Muchos miembros de las SS eran psicópatas; muchos votantes del Partido Nazi, simples imbéciles morales; muchos de sus líderes, peligrosos fanáticos convencidos (mezclados con no pocos oportunistas).

La teoría de juegos (o sea, las matemáticas aplicadas, no la hermenéutica ni el hebreo antiguo) nos hace ver que no es posible una humanidad poblada solo por buenos, porque los que no lo fuesen prosperarían con el engaño a costa de los primeros. Por otra parte, tampoco sería sostenible un mundo lleno de canallas, porque habría margen para que quienes no lo fuesen cooperasen y prosperaran en detrimento de aquellos. La situación evolutivamente estable sería aquella en la que coexistiesen unos y otros en ciertas proporciones. Dicho de otro modo, que siempre habrá mala gente en la sociedad, que esto es algo no erradicable (da igual lo mucho o bien que invirtamos en educación o en políticas sociales) que tenemos que asumir como lo hacemos con la gravedad o la inevitabilidad de la muerte. Muy pocos dudan de la necesidad de apartar de la sociedad a quienes con sus actos -¡ojo!: no con sus inclinaciones- ponen en peligro al prójimo: esto, llámese justicia, profilaxis o como se quiera, no debe ser tomado como una tragedia.

En resumen, que el mal tiene un fundamento genético (como dice Richard Dawkins, todos los seres vivos son máquinas de las que se valen los ciegos e implacables genes para replicarse), que nuestra concepción del mal es limitada y cambiante (hace algo más de un siglo no era mala la esclavitud en EE.UU.), que tenemos que acostumbrarnos a convivir con él y que más nos vale tenerlo controlado -con leyes, educación e instituciones sólidas- para evitar paraísos de psicópatas, imbéciles morales y fanáticos como el fascismo o el estalinismo.

viernes, 27 de julio de 2012

¡Y tan natural!

Por definición, todo lo que existe -lo percibamos o no, lo conozcamos o no- es natural. Y tan natural es una roca como un ojo, un plástico o una turbina. Estos dos últimos son producto de la acción transformadora de unos agentes naturales inteligentes autollamados seres humanos, mientras que los primeros son resultado de la compleja evolución de la materia inerte y de la viva conforme a patrones compatibles con las leyes físicas. En última instancia, la roca, el ojo, el plástico y la turbina son agregados de quarks y electrones que solo difieren en su disposición interna. Por otra parte, la maldad no es menos natural que la bondad, al igual que la destrucción no lo es menos que la creación ni la violencia que la paz.

El arraigo de la dicotomía aristotélica, después de tantos siglos, es lo que hace que sigamos distinguiendo entre cosas naturales y artificiales. Por eso no es raro que quienes solo han estudiado en el seminario catecismo, teología y filosofía escolástica, que quienes no tienen la más mínima idea de ciencia (ni ganas tienen de tenerla), prosigan con esa mandanga de la antinaturalidad. Por supuesto, una antinaturalidad estigmatizada como maligna y contraria a los planes del supuesto Creador. Como si todo lo natural (desde los huracanes hasta la Amanita phalloides pasando por los virus y las caídas libres desde una altura de doce pisos) fuera benigno, agradable, bueno, merecedor de ser protegido. Como si todo lo artificial (desde la calefacción hasta los fármacos antibióticos pasando por las lentillas, los aviones y los saxofones) fuera maligno, desagradable y despreciable.

La homosexualidad -inclinación no exclusivamente humana, singularmente frecuente entre los primates- no es antinatural. Podríamos decir que no es normal en el sentido de que no es mayoritaria. Pero la campana de Gauss es aplicable a todas las cosas: medir más de dos metros no es normal, pero no por ello antinatural; tener la inteligencia de Einstein tampoco es normal, pero a nadie se le ocurriría afirmar que está reñido con la naturalidad. Es obvio que la división sexual es consecuencia de la evolución y sirve al propósito de la reproducción de las especies (la humana inclusive, por supuesto), porque en caso contrario no hubiese pervivido. Una pareja homosexual es estéril a este respecto, y si todo el mundo fuese homosexual, si desapareciese el trato carnal entre hombres y mujeres -y no fuera reemplazado por masivas fecundaciones in vitro-, se terminaría la especie.

Pero una cosa es el origen de algo y otra bien distinta su uso posterior más o menos inteligente. Nuestro cerebro no se ha forjado en la larga historia de la evolución para que hagamos poesías o demostremos teoremas matemáticos, sino exclusivamente para permitirnos sobrevivir en un mundo de continuas y cambiantes asechanzas. Nuestras manos no se han liberado de su función locomotora para permitirnos jugar al balonmano o al dominó. Nuestro oído no se ha desarrollado para que podamos disfrutar de la música de Belle&Sebastian o aborrecer la de Madonna. Nuestros ojos no están ahí para que podamos ver diariamente en la tele a Belén Esteban. El sexo no existe para que nos solacemos estérilmente con él en sus múltiples variantes, sino solo para que nos reproduzcamos... Ahí es donde interviene la inteligencia, para servirnos de lo que tenemos -cerebro, manos, oídos, ojos, sexo- con propósitos diferentes a aquellos por los que nos ha sido legado por la Naturaleza. ¡Y tan natural!

lunes, 4 de junio de 2012

Horror en el supermercado

Que tus hijos mueran achicharrados en un incendio, ahogados en un estanque, envenenados por alguna sustancia letal. Peor aún: que les arranquen la vida unos animales salvajes o unos congéneres asesinos. Estos son horrores espantosos, pero por fortuna muy poco habituales para los humanos, al menos en nuestro mundo desarrollado del siglo XXI. Menos infrecuentes en nuestras latitudes son otras desgracias, como contraer una enfermedad muy grave, estrellarse en la carretera o verse abocado a un desahucio.

Ahora bien, hay un horror muchísimo menos evidente pero más inquietante: el que no nos horroriza, el cotidiano que se manifiesta a diario en el supermercado, en el bar, en la cena o en la ropa que llevamos puesta. En las granjas de pollos, las plazas de toros, los mataderos, los camiones atestados de cerdos camino de la degollina... Ese horror no deja de ser terriblemente natural, es parte de una naturaleza que no entiende en absoluto de moral, donde hay avispas (icneumónidos) que paralizan a orugas para que sirvan con su cuerpo de pasto vivo a sus larvas, donde hay leones que matan a crías indefensas solo para aparearse con su madre, donde hay plantas que atrapan a insectos para absorber sus jugos y desintegrarlos, donde los cachorros humanos juegan haciendo atrocidades con los gatos y estos hacen lo mismo con los ratones. Donde, en suma, la depredación es regla y el pez grande se come al chico.

Ese horror cotidiano y doméstico no lo llega a percibir la mayor parte de la gente, a fuerza de costumbre y de borreguil sumisión a la tradición y el pensamiento dominante. De hecho, te expones a pasar por un iluminado si lo expresas delante de un cordero asado o un bocata de foie-gras (qué curioso que no pocos de quienes te tomarían por un chiflado no tengan dudas en la resurrección de los muertos, la virginidad de una madre y otras sutilezas sagradas).

Bueno, ¿y por qué deberíamos comportarnos de una manera diferente a los icneumónidos? Al fin y al cabo, nosotros somos integrantes de esa naturaleza amoral. Y la moral solo es un invento nuestro, creado exclusivamente para atender a nuestros intereses. Pero quizá haya que aplicar aquí ese dicho de que nobleza obliga: nuestra (relativamente) elevada conciencia lleva consigo una exigencia moral, al menos es lo que algunas personas -cada vez más- creemos y sentimos.

Vivir pretendiendo no mancharse ni manchar es imposible, ya que desde que nacemos causamos un inevitable sufrimiento en nuestro entorno. Se trataría de procurar minimizar ese sufrimiento. No parece un disparate construir toda una moral sobre esa premisa, como propone el filósofo australiano Peter Singer para disgusto de su homólogo español que presenta libros de Ética en plazas de toros. Aunque, llevado a un extremo, ese planteamiento sería inviable: nadie, salvo un puñado de jainistas estrictos, anda pendiente de que sus pasos no vayan aplastando a las hormigas del suelo. Esa despreocupación te hace, desde luego, algo corresponsable del sufrimiento en el mundo. Pero es obvio que no sería posible vivir con semejante integridad: como decía Pessoa, un exceso de conciencia inhabilita para la vida. Lo que sí es posible es tomar decisiones como dejar de cazar por placer, dejar de comer animales si no hay necesidad o dejar de torturar a animales sintientes por mera diversión. Eso es progreso moral y el tiempo se encargará de demostrarlo: cada vez son menos quienes niegan que la esclavitud, la discriminación de la mujer o la persecución de los homosexuales son una barbaridad, lo que hace siglo y medio solo sostenían unos pocos excéntricos.

Lo cierto es que en nuestro interior -en unos más que en otros- anida la compasión, tanto con nuestros congéneres como con otros seres. No importa que esa compasión sea un mero subproducto de la evolución o que se trate de la manifestación de algo desconocido que podríamos identificar con una hipotética alma universal. Lo relevante es que todos los seres vivos inteligentes -no solo los humanos- la albergamos en potencia, y que con ella podemos hacer más digna la existencia en este extraño entorno cuyas reglas nosotros no hemos fijado. Incluso podríamos transformar el propio Universo si quisiéramos -¡y pudiésemos!- algún día. Porque quizá debiéramos...

martes, 13 de septiembre de 2011

Una explicación biológica del mal

Quienes buscan acercarse a la naturaleza del mal a través de la razón (no de la religión) cometen quizá el error de recurrir más a la Filosofía que a la Biología, una ciencia que podría aportar pistas más valiosas. Dicho de otro modo, puede ser más útil a este respecto leer a Darwin que a Savater (¡por no hablar de Santo Tomás de Aquino!).

La Biología nos dice que los seres vivos depredan en este planeta para obtener su sustento desde hace al menos unos 2.700 millones de años, cuando unas bacterias empezaron a fagocitar a otras al agotarse el caldo primigenio de moléculas que había en el mar. Hace más de 500 millones de años apareció el primer asesino macrófago: quizá un platelminto (gusano plano) marino que envenenó y digirió a alguna otra criatura marina. Así es la Naturaleza que conocemos, en la que no abunda la compasión y rige la ley del más fuerte o del más listo. O sea, el pez grande se come al pez chico. No debe ser muy diferente en otros lugares donde haya prendido la vida.

Lo que entendemos por mal es la depredación aplicada entre seres humanos, no tanto para sobrevivir como para disfrutar con el sometimiento o humillación de otros o saciar a su costa nuestro hambre de poder, sexo o dinero. Mal también sería la violencia ejercida contra los animales que hemos decidido convencionalmente excluir de nuestro círculo depredador, caso de las mascotas. Porque matar a palos a un galgo no cuenta con la misma consideración moral que decapitar a un cerdo en una matanza. Al igual que matar a un congénere no tiene la misma calificación moral que abatir a un ciervo en una montería. Esto es así puesto que la moral es una mera invención humana para su mejor autoconservación. Aunque disparar a un ciervo por entretenimiento no deja de ser un crimen monstruoso para un nivel alto de conciencia.

La raíz del mal habría que buscarla pues en nuestras profundidades genéticas, en la pasta de la que estamos hechos: el mal está ya latente en los primeros organismos vivos, programados para reproducirse a toda costa. No es culpa de la humanidad ni del resto de los seres vivos estar hechos de esa pasta, o que el agotamiento del caldo nutritivo primigenio llevase un día a las criaturas a la depredación: podríamos decir que allí radica el pecado original (justificado, por cierto, porque no les quedaba otra). Además, si la humanidad sobrevivió posteriormente como especie fue no solo por su faceta social cooperativa sino también por haber matado a diestro y siniestro a sus predadores, presas y competidores. Es innegable que la depredación siempre ha sido premiada evolutivamente.

Por tanto, detrás de un torturador, un violador o un asesino no solo hay un sádico, un estúpido, un inconsciente o un psicópata, sino millones de años de depredación y violencia. Es imposible desprenderse de ese componente depredador -¡hasta ahora tan funcional!-, incrustado en lo más profundo de nuestro ser. Que se manifieste en unos individuos más que en otros depende de su predisposición genética y de factores ambientales como el entorno familiar y social, su educación, su historia personal, etc. Por otra parte, es cierto que en nuestra herencia genética también anida el bien. Y que la compasión ha arraigado no solo en los humanos sino en otros seres vivos inteligentes. Está en nuestras manos cultivarla.

Por último, ¿por qué el mundo tendría que estar siempre regido por las leyes de la depredación? ¿Por qué no podríamos nosotros, con nuestra inteligencia, intentar cambiar sus reglas? Quizá alguna civilización extraterrestre mucho más inteligente ya lo haya hecho en su ámbito. Contra natura, por supuesto. Como debe ser.

viernes, 6 de mayo de 2011

¿Seremos como la flora intestinal de Bin Laden?

Dos sucesos recientes absolutamente dispares e inconexos -la lectura de la última entrada en el blog de Retiario y la ejecución de Osama Bin Laden- me han permitido alumbrar este post que hará dudar a más de uno de mi salud mental (si es así, no es el tipo de lector curioso y carente de prejuicios que deseo). Porque me quedé pensando lo siguiente: la flora bacteriana en el sistema digestivo del líder de Al Qaeda ha tenido necesariamente que perecer con su muerte. Menudo pensamiento aparentemente más absurdo, ¿no?... Pero tiene su miga la cosa, como ahora les cuento.

Miles de millones de bacterias que mantenían una relación simbiótica con el cuerpo del finado pasarán a mejor vida (¿existe el cielo bacteriano?) al cabo de unos días por culpa de las actividades poco recomendables de ese individuo, unas actividades que las susodichas bacterias ignoraban por completo: su rudimentaria inteligencia hacía imposible que las conociesen y valoraran moralmente, ya que ni tan siquiera podían concebir la existencia de una superestructura alta, delgada y barbada nacida en Arabia que respondia al nombre de Osama. Una superestructura que les daba de comer y a cuya protección y bienestar contribuían involuntariamente con el ejercicio de sus funciones vitales estos miles de millones de anodinos seres anónimos.

Entonces, yo me pregunto: ¿Y si resulta que nuestro Universo se halla alojado, como elemento funcional, en una entidad superior dotada de inteligencia y voluntad propia y dedicada al ejercicio del mal? O sea, ¿y si somos piezas de un tejido u órgano de un auténtico malote cósmico? ¿Y si dicha entidad estuviese a punto de ser eliminada por la voluntad de otra de igual rango pero identificada con el bien? ¿Nos mereceríamos nosotros, pobres seres vivos moradores de este extraño Universo, ser liquidados en el mismo paquete? ¿Sería un acto moralmente válido si lo supiera el enemigo del malote: el justiciero buenote?...

domingo, 24 de abril de 2011

El bien en el Cosmos

¿Por qué nos conmueve e indigna hasta la médula que un cauchero de la Amazonia peruana ahogase con sus propias manos a los hijos pequeños de los indígenas a su servicio, como leemos en El sueño del celta (Vargas Llosa), en castigo por la comisión de una falta (la impotencia desgarradora del padre viendo el cabeceo angustioso de su hijito bajo el agua, las pequeñas manos chapoteando compulsivamente, su frágil cuello sujetado por las viles manos asesinas)? ¿O el abandono de una niña china de cuatro años en una gran ciudad por sus padres, que preferían haber tenido un varón (la noche cerniéndose amenazadora sobre ese pobre ser indefenso ahogado en lágrimas y lleno de miedo)? ¿Y por qué nos enternecen profundamente las palabras antes de acostarse de la hija pequeña de Rafael ("Papá, como soy la más pequeña me moriré la última. Cuando esté solita, ¿quién me tapará?")?

¿De dónde proceden nuestra compasión por los demás y nuestro sentimiento de horror ante la barbarie y la injusticia? ¿Es todo ello fruto de la educación? ¿De lo que mamamos en casa? ¿De los valores religiosos inculcados en la niñez? ¿Se trata de algo innato? ¿O es algo adquirido y seleccionado naturalmente en la larga senda de la evolución?... Porque la simpatía hacia los congéneres, en particular hacia los niños (los llamados a sucedernos) y los familiares o miembros del clan, es claramente funcional para la especie. No así, en principio, la bondad para con los seres de otras especies. Por eso tiene una explicación biológica el amor de los padres a sus hijos. Por eso se explica que los seres no tengan (aparentemente) compasión al predar sobre otros de los que obtienen su sustento. Pero, ¿y la simpatía entre especies diferentes?... Procurar no pisar bichitos al andar ni ingerirlos involuntariamente al respirar, como hacen los jainistas practicantes, no es nada funcional para la conservación de la especie que lo hace: es más bien un engorro que complica bastante la vida. Sin llegar a ese extremo, acoger a un perro abandonado o movilizarse contra la caza de las ballenas también entraña complicaciones sin otros beneficios personales que los meramente emocionales.

Dice el filósofo José Antonio Marina que la dignidad y los derechos son un fruto de la inteligencia humana. Yo ampliaría su alcance quitando lo de "humana": son producto de una inteligencia relativamente superior (en relación con lo que conocemos en la Tierra, aunque quizá muy inferior a la que pueda haber en otros lugares habitados del Cosmos) que permite empatizar con otros seres sintientes no solo humanos. ¿Está fijada esa dignidad en las leyes del Universo? ¿Está escrito en el cielo estrellado que es malo matar, hacer daño, humillar? Al contrario, todo parece estar permitido para sobrevivir y perpetuar los genes propios: para hacerse con el poder que confiere sexo y los mejores alimentos (en los humanos, también prestigio y las mejores casas, vehículos y vestidos). "No existe una moral natural, en el sentido de un código de conducta y de buenos sentimientos arraigado en nuestra naturaleza. La naturaleza no conoce autolimitaciones", afirma Alejandro Martín Navarro, quien también apunta que la idea de derecho es un invento de la inteligencia del hombre como "medio para su mejor autoconservación". Sin duda, pero, ¿no puede haber algo más detrás?...

Pseudópodo asegura que el mero hecho de albergar sentimientos nobles, de conmovernos por el prójimo (o incluso por una simple papa), dice algo importante de nosotros. "Si mis sentimientos no tienen valor, mi vida tampoco lo tiene. Y como quiero que sí lo tenga, elijo conceder valor a mis sentimientos. Porque así lo quiero, como un axioma de razón práctica". Yo le repliqué en su blog calificando ese "axioma de razón práctica" como una forma elegante de decir "autoengaño". Días después apuntó en un comentario a otra persona algo que me hizo ver la cuestión de otra manera: "Para que el concepto de “dignidad” fuera eficaz, uno debería estar convencido de que lo descubre, en vez de pensar que lo inventa. Ahí está el meollo del asunto, por lo menos desde el punto de vista práctico. Ahí es donde yo elijo creer que lo descubrimos". Pero, ¿puede descubrirse esa dignidad de igual modo que se descubre que 2 más 2 es igual a 4?, ¿tiene algún lugar en el andamiaje del Cosmos?...

Desde una óptica científica, la vida parece ser una consecuencia necesaria de la evolución de la materia; la conciencia parece ser una consecuencia necesaria de la evolución de la vida; la compasión y el amor parecen ser una consecuencia necesaria de la evolución de la conciencia. Si esto es así, hay una señal de que la materia tiende a la compasión. Este razonamiento no requiere abandonar una visión materialista del Cosmos. ¿No resulta asombroso que de la misma información presente en la singularidad previa al Big Bang (porque la materia-energía es información que se transforma sin dejar de conservarse) emane nuestra compasión por los niños ahogados por el vil cauchero, por la niña china abandonada por sus padres o por la hija de Rafael? Ello hace albergar la sospecha de que el Bien esté incrustado en las profundidades del Universo como lo está la Matemática, que está ahí esperando a que lo descubramos con nuestra conciencia. Y es que a lo mejor Bien y Matemática son formas diferentes de llamar a la misma cosa.

Pero, ¿y el mal? Puede que San Agustín tuviese razón al negar sustantividad al mal, que sería simplemente la ausencia del bien. Una elevada conciencia (o sea, una elevada inteligencia) parece una condición necesaria pero no suficiente -pesa mucho un pasado de casi tres mil millones de años de depredación y lucha por la vida; somos presa de la ignorancia, el embrutecimiento y muchísimos atavismos- para descubrir el Bien de la misma manera que se advierte que 2 más 2 es igual a 4. No le podemos pedir a un león que deje de matar a los cachorros ajenos para así trajinarse a su madre: no sería capaz de entenderlo. Y mucho menos le podríamos demandar que dejase de matar para comer, porque esto ya supondría condenarlo a muerte. Por la misma razón, tampoco le podemos exigir (¿o acaso sí?) al humano medio de comienzos del siglo XXI que deje de comer animales, de usar pieles de foca o de visón o de participar en espectáculos aberrantes como la tauromaquia: no lo entendería, en buena medida por culpa de la hegemonía de unos sistemas de creencias que determinan que los animales han sido creados para servirnos.

En cambio, una superconciencia (o sea, una superinteligencia), que habría tenido que emerger tras una larga y oscura etapa de depredación, percibiría el Bien de una manera cristalina y actuaría en conformidad con éste (su tecnología lo permitiría). Esto no deja de ser una creencia, pero fundada en la evidencia de que la materia consciente de sí misma tiende a la compasión y, también, a librarse de la dictadura genética para imponer su propia lógica. Otra creencia es la de que se llegará algún día (no necesariamente desde el linaje evolutivo del Homo sapiens) a esa superconciencia. Quizá eso ya haya ocurrido en algún rincón del Cosmos. Y puede que sus artífices acaben siendo -¡incluso ya lo estén siendo!- nuestros verdaderos redentores.

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