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lunes, 8 de abril de 2024

Psicodelia, sueños y realidad

 



Hay una forma estrecha de concebir la realidad, limitándola a aquello que se presenta a nuestros sentidos (mejor dicho, que es fabricado por nuestro cerebro a partir de información sensorial) en estado de vigilia y condiciones mentales normales. Ni los sueños ni los estados alterados de consciencia (por sufrir un trastorno como la esquizofrenia o estar bajo los efectos de sustancias psicodélicas) serían reales. Tampoco tendría la consideración de real la realidad virtual, por mucha fidelidad que esta llegase a alcanzar (en su último libro, el filósofo David Chalmers se opone firmemente a esta visión, estimando que toda realidad es genuina en su ámbito).

Para el neurocientífico Anil Seth, lo que llamamos realidad es una alucinación controlada y funcional (útil para sobrevivir), a diferencia de una percepción alterada por alguna droga o trastorno mental. En este último caso no conviene fiarse de lo que vemos y sentimos, ya que nuestra supervivencia correría peligro: podríamos tirarnos por la ventana viendo que abajo hay un mullido lecho de algodón o acaso un ángel presto a sujetarnos. Pero tanto en un caso como en otro se trataría de una fabricación cerebral, al igual que los sueños. Cuando estamos soñando, salvo que se trate de un sueño lúcido, lo que nos pasa es muy real: no somos conscientes de que hay una realidad superior -un individuo durmiendo en su cama- que trasciende al sueño. Solo al despertarnos nos damos cuenta con alivio de haber sufrido una pesadilla, al observarla desde nuestro ámbito físico espacio-temporal supuestamente real. Como dice el psicofisiólogo Stephen LaBerge, el sueño es una percepción no constreñida por los inputs sensoriales mientras que la percepción es un sueño sí constreñido por estos.

Es pues un error considerar que las visiones de Juana de Arco, o las del chamán americano que se ha metido mescalina o ayahuasca, no son reales por ser fruto respectivamente de una esquizofrenia o de una droga alucinógena. Esas alucinaciones son muy reales, aunque no se ajusten fielmente al mundo físico que rodea a quienes las experimentan. ¿Y quién puede descartar que la alucinación controlada correspondiente a lo que consideramos realidad no sea también una especie de sueño o delirio de una realidad que nos trasciende?... Recordemos a Zhuang Zhou, el chino aquel del cuento taoísta que soñaba que era una mariposa revoloteando y, al despertar, no estaba seguro de si era él quien había soñado ser una mariposa o, en cambio, era una mariposa soñando que era él.

Para el científico cognitivo idealista Donald Hoffman, la realidad convencional es una especie de videojuego al que se entrega una entidad consciente transcendente (que mora más allá del espacio y el tiempo) conectada a unos cascos. Los objetos que tan reales y sólidos nos parecen serían como iconos en una interfaz de móvil u ordenador, que no nos muestran la verdadera realidad subyacente sino mera información necesaria para sobrevivir en el juego. Todo agente que se siente un yo sería un avatar de una consciencia pura universal para la cual este videojuego sería solo una posibilidad más de las infinitas a su alcance. 

Por tanto, la espacio-temporal sería solo una más de un infinito espectro de realidades o existencias, independientes o anidadas (como en la película Inception), que ni siquiera somos capaces de imaginar. Hay en esto un cierto aroma neoplatónico, a esas esferas concéntricas de Plotino que emanan de un centro divino (el Uno) y están ordenadas jerárquicamente por su grado de perfección o cercanía a ese núcleo. En ese espectro yo incluiría, como sugiere Chalmers, todo tipo de realidad virtual (aunque la oposición real-virtual acaso no tenga sentido). Y también subjetividades ajenas a la biológica como la de una inteligencia artificial. Como escribí hace tiempo en este blog, que algo se halle en nuestro espacio de posibilidades significa que puede ser sustanciado o traído a la realidad. Sin embargo, su concreción física no es la única posible: eso es lo que nos sugiere el fenómeno de los sueños. Por otra parte, hay posibilidades que nos están vedadas, como está fuera del alcance de un paramecio la contemplación de la Luna. Desde luego, como Shakespeare puso en boca de Hamlet, "hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía".

Según Hoffman, al quitarse el agente trascendental los cascos de nuestro juego (o sea, al morirnos) sabremos realmente quiénes somos: una única mente en el fondo. El filósofo igualmente idealista Bernardo Kastrup ha consumido drogas psicodélicas (el LSD es la más conocida y accesible) como parte de su investigación de la consciencia. Y ha llegado a la conclusión de que el estado mental asociado a ese consumo se asemejaría al de una persona en trance de morir: en una primera fase, cuando se inicia la disolución del yo personal, se experimenta miedo e incluso pánico; en una segunda fase, la consciencia se hace mucho más vívida y se produce una aceptación que resulta ser muy gozosa. La consciencia individual quedaría diluida en una consciencia pura de fondo. Algo parecido ocurriría en estados de meditación muy profundos.

Otro confeso consumidor de drogas con fines experimentales fue el escritor Aldous Huxley, quien siguiendo la estela de Henri Bergson concluyó que nuestro cerebro es una especie de válvula reguladora del flujo de consciencia. Cuanto más se abra esa válvula (por ejemplo, tomando psicodélicos), nuestra experiencia será más rica al emerger contenidos mentales inconscientes. Gracias al filtrado de toda la realidad (una entidad inabarcable, inimaginable, inefable) es posible la subjetividad. Si "las puertas de la percepción" (palabras de William Blake que dan título a un ensayo de Huxley) se abrieran de par en par, sabríamos qué es ser una consciencia universal, en la que sujeto y objeto se funden en una sola cosa y la única mente del universo deja de estar disociada en múltiples avatares.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Un mundo más grande de lo que incluso podemos soñar


Hace unos días, caminando por el campo, me asaltó una idea: que el espacio abstracto de posibilidades físicas (todo lo que es físicamente posible en algún universo del Multiverso) es un subconjunto de un espacio de posibilidades mucho mayor que incluye también las ensoñaciones lúcidas, las alucinaciones y los sueños. Estos tienen el soporte físico de un cerebro incrustado en el espacio-tiempo, pero en ellos no rigen las leyes físicas ni hay propiamente espacio-tiempo.

De este modo, el mundo se ensancha mucho más allá de lo meramente material. Y se hace necesario reconocer la existencia de hadas, gnomos, Dumbos voladores, Dorian Gray, Miguel Strogoff, dioses y demonios, así como de relaciones sexuales entre tú y Rita Hayworth (o Errol Flynn, o ambos en trío). Esto significa que existe todo lo que nuestra imaginación, tanto dormidos como en estado de vigilia, puede abarcar. Y más allá incluso: hay cosas que, debido a nuestras limitaciones cognitivas, nunca podremos siquiera imaginar.

Que algo se encuentre en el espacio de posibilidades significa que puede ser sustanciado o traído a la realidad. ¡Pero su concreción física no es la única posible! Eso es lo que nos sugiere el fenómeno de los sueños. La realidad física es alumbrada por la consciencia materializada merced a una destrucción ab toto ordenada y coherente (una observación o medición cuántica) del espacio de posibilidades, restringida por el estado inicial del universo y sus leyes. Nuestro cerebro, inserto en el espacio-tiempo, interacciona con un objeto ya moldeado desde el mismo Big Bang que no permite cualquier cosa: la cascada de causas y efectos iniciada hace 13.800 millones de años, a la que mis decisiones en los últimos 52 años han contribuido a forjar, me tiene ahora sentado en el sofá de mi casa en la Comunidad de Madrid; en mi siguiente instante, con una probabilidad de prácticamente el 100%, no voy a estar nadando en una playa del Atlántico o volando a pelo en la atmósfera de Júpiter. El mundo onírico no está sujeto a esa limitación fisica (ni tampoco a las ataduras sociales): puedes pasar sin solución de continuidad de volar sobre una alfombra mágica sobre Mordor a impartir una conferencia en papiamento en calzoncillos en Harvard y reencontrarte en alguna ciudad inexistente con una persona ya fallecida. 

Cuando estamos dormidos bajamos algunos pisos en el ascensor de la consciencia, abrazando el sueño y acercándonos a un sótano donde ya ni siquiera soñamos y somos literalmente nada (o sea, consciencia pura). Habría pues cuatro vías para que la consciencia individual materializada retornara a la nada, identificada con la consciencia universal pura subyacente: el dormir profundo, la meditación profunda, la iluminación súbita y la muerte (el doctor Salvador Casado y yo elucubramos hace años una aproximación asintótica a la nada de la consciencia que se apaga).

La realidad física puede ser representada virtualmente (perdiendo, por tanto, resolución) en un cuadro, una fotografía, un vídeo, un simulador de vuelo... Pero la imaginaria también puede ser simulada físicamente en un cuadro, una sinfonía, una novela, una película o una experiencia de realidad virtual (dentro de la cual no habría constricciones físicas). Hay entornos virtuales que no podrían ser físicos (por no ser compatibles con las leyes de la naturaleza), pero ello no obsta para que sus usuarios puedan llegar a experimentarlos con la misma finura sensorial que lo que consideramos la vida real. Ahí tenemos el San Junípero de Black Mirror, un paraíso virtual indistinguible del mundo real en el que eres siempre joven y no existen ni el accidente (enfermedad inclusive) ni la muerte: una realidad virtual con el necesario soporte físico de una máquina o servidor informático, trascendente al contenido de la simulación, cuyo apagado llevaría inmediatamente a negro a sus usuarios. Lo cierto es que San Junípero (la inmortalidad digital) podría ser tecnológicamente posible en unas pocas décadas. 

Y así como hablamos de paraísos virtuales, habría que admitir igualmente la posibilidad de infiernos virtuales... ¡Al final resultará que sí existen el cielo y el infierno, cada uno de ellos en sus múltiples variantes! Sin duda, la inteligencia (o sea, la consciencia materializada) tendrá un día el poder para convertir en real todo lo posible... y deseable. Para hacer realidad todos sus sueños fuera de la inefable nada. Es un motivo para albergar esperanza.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Portadores de información (tú, un roble, una vaca, una bandera o una estrella)

Autor: Amer Shomali

Un árbol con las hojas mustias, una piedra precipitándose desde lo alto de un acantilado, un león durmiendo o una bandera española en un balcón pueden aportar información a toda inteligencia (no solo humana) que los perciba. Una colonia bacteriana es inteligente a su manera, pero no es capaz de percibir la existencia de un león durmiendo -aunque esté poblando el tracto intestinal del felino-, de una piedra cayendo o de un trapo rojigualda al viento porque esas cosas desbordan su ámbito cognitivo (al igual que el mareante trasiego del mundo molecular o el bullicioso espectro electromagnético invisible trascienden el nuestro). La bandera patria colgada de un balcón sí se encuentra dentro de la esfera cognitiva de un cuervo, pero para este tiene tanta significación (ya tenga los colores de España o los de Papúa-Nueva Guinea) como para un humano las feromonas de una abeja o los cantos de una ballena.

El grado de inteligencia, o sea la capacidad de procesamiento de información, es tan importante a este respecto como lo es la posesión de información contextual. Los cuervos no están ni pueden estar al tanto de la situación política (es más, ni siquiera pueden llegar a concebir lo que es una "situación política") en una abstracción humana autoetiquetada con el nombre de "Cataluña": para ellos, una enseña nacional, una estelada o una bandera pirata son simples objetos inertes que ondulan a merced del viento. La rojigualda con toro dentro colgada de un balcón sí podría tener significación para un perro si este constatara una correlación entre dicha enseña y una mayor predisposición al maltrato animal de sus portadores (lo que, por cierto, no me atrevería a descartar).

Como humanos sabemos positivamente que un árbol con las hojas mustias indica falta de agua -y que ello representa una amenaza para la vida del vegetal-, que una piedra en trayectoria descendente acabará cayendo al suelo y haciendo daño a alguien si se cruza en su camino (esto también lo sabe un gato o un hipopótamo, aunque desconozcan los fundamentos teóricos de la fuerza gravitatoria), que un león durmiendo no es una amenaza mientras siga en ese estado (aunque conviene mantener las distancias) y que una bandera española prendida de un balcón cuando no se celebra un título de La Roja delata a votantes del PP, Ciudadanos o la extrema derecha.

Todo, incluidos nosotros mismos, va dejando un reguero de información a su paso por el espacio-tiempo. Solo hay que ser inteligente, y tener los sentidos y medios de observación adecuados, para acceder a esos datos. La ruta de un león puede trazarse siguiendo sus huellas o mediante algún dispositivo de geolocalización. La antigüedad de un árbol recién talado puede conocerse por el número de anillos de su tronco. Las circunstancias y los culpables de un homicidio pueden determinarse gracias a técnicas forenses que incluyen análisis genéticos. Los restos de un dinosaurio o cualquier otro ser vivo del pasado pueden ser fechados gracias al preciso reloj del carbono 14. La expansión del Universo, o sea la separación creciente entre sus galaxias, puede ser constatada por el llamado efecto Doppler (el desplazamiento al rojo de la longitud de onda de la luz procedente de las estrellas más lejanas).

La piedra cayendo desde lo alto del acantilado puede haberse desprendido de manera espontánea o haber sido arrojada voluntariamente por alguien. En el segundo caso puede ser producto de una acción lúdica infantil (a los niños les encanta tirar piedras), de un arrebato de ira de una persona agobiada por a saber qué problemas o de un tipo que busca deliberadamente hacer daño a alguien que está abajo. La interpretación de todo objeto o fenómeno depende de la inteligencia y la información de la que dispone cada agente cognitivo: cuanto menos inteligencia y menos datos posea, más estará sujeto al error (capítulo aparte es la irracionalidad, como la de la persona muy religiosa que cree que un ángel le ha arrojado la piedra a modo de aviso por estar masturbándose abajo).

No obstante, toda realidad se presta a diversas lecturas o interpretaciones igualmente válidas. Así como una bandera es al mismo tiempo un trapo y un símbolo (para los humanos), un libro es también muchas cosas: un contenedor de un mensaje (a su vez sujeto a múltiples interpretaciones de sus lectores), una fuente de alimento para una cabra, un objeto para calzar una mesa o matar un mosquito (como arma letal sirve igual una obra de Borges que un bodrio de Dan Brown), un material combustible para una hoguera... ¿Y si el Universo fuera, además de energía-materia y de un escenario para la consciencia, él mismo un mensaje?...

martes, 28 de noviembre de 2017

¡¡Existen los gnomos!! (y también Osiris y Batman)


La clave de nuestro éxito como especie no es tanto nuestra cultura material como la capacidad de imaginar cosas inexistentes. El historiador Yuval Harari sostiene que gracias a entes ficticios como los dioses o las naciones hemos podido cooperar a gran escala, producir una formidable cultura material y convertirnos así en los reyes del planeta.

Pero si podemos imaginar tales cosas es porque están de algún modo ahí fuera (del espacio-tiempo) o ahí dentro (de nuestra mente). En cualquier caso, al imaginarlas ya pasarían a tener sustancia y surtir efectos. Esto nos lleva a aceptar que, además de Dios (en realidad, de todos los dioses y demonios), también existen las hadas, los gnomos y los pajaritos preñados, aunque evidentemente no en el ámbito de nuestro mundo físico. ¿Porque alguien acaso niega la existencia de la economía financiera o del madridismo ateniéndose a su evidente inmaterialidad?...

Este es el planteamiento que expone Patrick Harpur en su libro Realidad daimónica. Hace medio siglo, en la misma línea, Carl Jung ya apuntó en Un mito moderno. De cosas que se ven en el cielo que las historias de platillos volantes no eran falsas sino verdaderas aunque no literalmente: los ovnis serían proyecciones del inconsciente colectivo que radica en lo más profundo de la psique humana, al igual que los sueños. ¡Y cuántos sueños o alucinaciones (por ejemplo, las de Juana de Arco) no habrán llevado a actuar y marcar de manera decisiva el devenir del mundo!

Tal visión ampliada de la realidad (porque, insisto, los unicornios, los marcianos verdes con antenas, Thor y las apariciones marianas serían reales en su ámbito, de igual modo que la señorita Escarlata O'Hara, el profesor Walter White, El Vengador Tóxico y Mario Bros) nos sugiere no descartar que nuestro mundo físico, que tan tangible nos parece, sea fruto de alguna inimaginable (al menos por nuestras rudimentarias mentes) imaginación de orden superior.

Como nos cuenta el físico Pseudópodo en una magnífica entrada en su blog, "nadie vive en la realidad entera. El problema es cuando alguien cree que su subespacio es la única realidad y se empeña en negarle dimensiones al mundo. (...) La lección que me enseña la ciencia es que hay más cosas en el cielo y en la tierra de lo que puede soñar nuestra filosofía".

domingo, 2 de abril de 2017

¿Es nuestro universo una simulación?

Autor: EEIM

Un artículo del filósofo Jesús Zamora Bonilla en Mapping Ignorance, en el que despacha como absurda la hipótesis de que nuestro universo pueda ser una simulación informática, me ha tenido dándole vueltas a la mollera unos cuantos días (¡y él lo sabe!). Su colega sueco Nick Bostrom es el formulador del argumento de la simulación, lo que no significa que se posicione en favor de su existencia: lo que sostiene es que si una civilización superinteligente alcanza en el futuro un estadio de desarrollo tecnológico que permita hacer simulaciones de sus ancestros, existe interés en hacerlas y no hay tabú o reparo moral alguno que las frene, lo más probable es que estemos viviendo en una de esas simulaciones. ¿Por qué? Pues por una razón meramente estadística, ya que habría muchos más universos simulados que reales: bastaría una sola simulación de nuestro universo para que la probabilidad de estar viviendo en ella fuese del 50%, ya no hablemos de si fueran miles o millones...

Desde luego, si el Universo es un objeto digital (granulado, construido a partir de ceros y de unos como un ordenador) podría ser teóricamente computable. Otra cosa es que resulte físicamente imposible computarlo y ejecutarlo, al menos desde dentro de nuestro universo (por una limitación gödeliana), por mucha tecnología que se posea. También es posible que una civilización inteligente nunca llegue a adquirir los conocimientos y la tecnología suficientes al caer víctima de una supuesta "maldición de la inteligencia": un inevitable desfase entre desarrollo económico-tecnológico y educativo-cultural que la conduciría inexorablemente a su autodestrucción (por ejemplo, mediante una hecatombe nuclear). Sam Harris alerta precisamente en El fin de la fe de la siniestra combinación de creencias religiosas antiguas con armas de destrucción masiva modernas.

Un mapa no es el territorio, una foto del paisaje no es el paisaje, la maqueta de una casa no es la casa, la representación mental de un ábaco no es un ábaco: hay una relación isomórfica entre unos y otros que podríamos etiquetar como una representación virtual (por cierto, gracias a ella obtenemos un valioso conocimiento del mundo). ¿Pero y si no hubiera diferencias entre universos reales y simulados? Para hacer un simulador de vuelo no hace falta (ni siquiera es deseable, por razones de coste) que la precisión sea absoluta: lo ideal sería que fuese indistinguible de una situación real, pero sin el riesgo de resultar herido o muerto por estrellarte contra el suelo. Sin embargo, para simular un universo podría ser necesario reproducir exactamente todos y cada uno de sus rasgos.

Parece una labor titánica programar todo un universo paso a paso, pero no es necesario ser tan intervencionista: solo habría que establecer un estado inicial y unas pocas y simples reglas básicas para que evolucione (si ello fuera posible, tal como apunté dos párrafos atrás, ya que habría que comprimir una ingente cantidad de matería-energía en un punto microscópico). Dicho de otro modo, no hace falta computar la complejidad: esta emerge luego por añadidura, fruto de la simplicidad. Pongamos que disponemos de un catálogo infinito de universos en el Multiverso, una lista fija en la que la vida inteligente solo aparece en un número relativamente muy pequeño de universos (una cifra que, no obstante, seguiría siendo infinita). Reproduciendo su estado inicial y sus reglas, un determinado universo podría ser alumbrado una y otra vez. Carecería de sentido hablar de universos reales y simulados porque no habría diferencia alguna entre ellos: como no la hay entre un electrón producido naturalmente (por ejemplo, en una desintegración radiactiva o en el choque de un rayo cósmico con la atmósfera terrestre) y otro generado artificialmente en un acelerador de partículas. En cualquier caso, real o simulado, todo universo tendría que ser computable (en el Multiverso habría pues un conjunto de universos no computables que, debido precisamente a este rasgo, jamás llegarían a ser sustanciados físicamente: entre ellos figuran los que el físico israelí David Deutsch -autor de La estructura de la realidad- llama entornos CantGoTu, en homenaje a Cantor, Gödel y Turing). La principal dificultad estribaría en determinar cuáles son los sencillos parámetros exactos del universo concreto que queremos replicar.

El experto en ciencias de la computación Jürgen Schmidhuber apunta que sería más fácil programar un ordenador para producir todos los posibles universos computables que programarlo para irlos creando uno a uno (lo cuenta Brian Greene en La realidad oculta: Universos paralelos y las profundas leyes del Cosmos). Cada universo concreto por separado requeriría especificar previamente en el ordenador una cantidad enorme de datos, para a través de un complejo proceso de cálculo intentar extraer de la inmensa duna del espacio de fases el diminuto grano de arena correspondiente al estado inicial y reglas de ese particular universo y no de cualquier otro. La alternativa sería dejar que se ejecutase un programa maestro que incluyera todas las posibles variables: más tarde o más temprano aparecerían todos los universos posibles, entre ellos el o los deseados por el programador.

He de reconocer que una seria objeción a la posibilidad de estar viviendo en una simulación es que hay detalles de nuestro universo que no se explicarían, por ser innecesarios, si se tratase de una simulación: esta parece, contra toda lógica, demasiado perfecta y costosa. Pero esta pega se desvanece si no hubiese distinción entre universos reales y simulados. Quizá todo sea necesario en un universo y no haya lugar para la contingencia. No es contigente que yo me apellide Fabelo y esté ahora tecleando esto en mi portátil, ni lo es que el teclado exhiba ahora mismo una mota de polvo sobre la letra J: de otro modo, no sería el yo de este universo. En un universo simulado todo sería también necesario, desde un cuásar a una brizna de hierba pasando por un golazo de Tana con la Unión Deportiva La Palmas en el Santiago Bernabéu.

Aunque no parece físicamente posible la interacción del programador con su universo replicado (ni siquiera sería capaz de observarlo cual entomólogo a un insectario, al proyectarse ese universo en una región espaciotemporal desgajada de la suya en forma de burbuja independiente), ello no obsta para que la simulación tenga un propósito lúdico. Según el físico ruso Andrei Linde, uno de los teóricos del universo inflacionario, el simple hecho de jugar a Dios (aunque fuese un creador ausente e ignorante de la evolución de su creación) ya sería por sí mismo irresistible. Y aunque no pudiéramos contemplar un universo, su creación marcaría un hito científico ante el cual quedarían empequeñecidas hazañas como descifrar el ADN, pisar Marte o entablar contacto con alienígenas.

Bajemos ahora algunos peldaños desde el hipotético pedestal de simuladores de universos completos (en los que, a su debido tiempo, emergen criaturas conscientes como nosotros). ¿Serían posibles simulaciones personalizadas, paraísos virtuales sin alcance cósmico como el San Junípero de la serie Black Mirror, aunque con el potencial no menos modesto de esquivar a la muerte? Para acceder a estas simulaciones más de andar por casa habría que conectar el cerebro de sus participantes a un ordenador, que permitiría la interacción con el mundo simulado aunque su cuerpo estuviera postrado en una cama. Ni siquiera haría falta un interfaz cerebro-ordenador si la mente del participante pudiese ser descargada y almacenada directamente en la computadora (en La conciencia explicada, el filósofo materialista Daniel Dennet no lo considera un imposible): en ese caso podría prescindirse de su cuerpo, lo que equivale a decir que podría morir en el espacio-tiempo pero seguir vivo en la simulación. Al no estar constreñido por la realidad física (aunque la simulación colgaría de un hardware o servidor en el mundo real del que dependería su continuidad), el usuario tendría la oportunidad de asomarse a mundos etéreos con unicornios, gnomos, huríes, cielos verdosos, nubes amarillas o lagos de Mirinda; mundos imaginarios necesariamente computables, aunque tan irreproducibles en el espacio-tiempo como las andanzas de Mario Bros. Esas mentes digitalizadas podrían luego ser conectadas a otras simulaciones e incluso transferidas a un cuerpo de diseño en el mundo físico. No podemos descartar que nosotros mismos seamos habitantes virtuales de una simulación de este tipo, "cerebros en una cubeta".

Para cerrar con el mismo tono abiertamente especulativo, nada mejor que convocar a Michio Kaku: el físico y cosmólogo californiano sugiere que quizá en un futuro lejano puedan empalmarse a voluntad líneas de tiempo de distintos universos, de modo que la recreación de la vida de una persona del pasado abandone una senda multiversal para tomar otra (por ejemplo, matriculándose a los 18 años en la universidad para estudiar Física en vez de Economía, o casándose con Perica en vez de con Mengana, con lo que su futuro sería diferente). En ese caso no tendría sentido que el manipulador de las líneas de tiempo no fuera también un observador externo de las andanzas de su elegido. Quién sabe...

Volviendo al artículo de Zamora Bonilla, este escribe con razón que por cada idea loca que luego ha resultado ser correcta (por ejemplo, el origen común de las especies, el giro de la Tierra en torno al Sol o la composición atómica de la materia) hay miles de ellas que han pasado a la historia como estupideces o tonterías. Claro que el escepticismo es sano y necesario, pero sin ideas audaces aparentemente disparatadas como las anteriores (y también como la de que el tiempo se detiene a la velocidad de la luz, la de que espacio y tiempo forman un único tejido que está curvado o la de que todo proviene de una singularidad microscópica en la que estaba condensada la materia-energía del Universo) no avanza la ciencia.

viernes, 27 de mayo de 2016

Representaciones virtuales: algo más profundo de lo que sospechabas


Si fuera posible una completa descripción de cualquier estado o instantánea del mundo, ésta daría cuenta de hasta el más mínimo detalle microscópico: en vez de “En medio del prado se levanta una encina, sobre un fondo recortado de montañas nevadas” habría que escribir trillones de trillones de páginas describiendo con la mayor minuciosidad (que, por otro lado, nunca podría ser completa) la encina, todas y cada una de las hierbas del prado y su disposición, la presencia no solo de insectos sino de formas de vida microscópicas como bacterias o virus, la exacta composición y disposición molecular del cielo y las nubes, las particularidades del fondo montañoso... todo ello con un detalle a escala muchísimo menor que la de un nanómetro. Eso sin tener en cuenta la inmensa parte invisible, representada por ondas de sonido, ondas electromagnéticas y partículas como los neutrinos (decenas de miles de millones atraviesan nuestro cuerpo cada segundo). En realidad, la descripción no tendría por qué estar acotada espacialmente (dentro de nuestro horizonte sensorial), sino que podría extenderse a toda una rebanada del Universo entero.

Una fotografía podría dar más o menos la misma información básica que la expresión lingüística “En medio del prado se levanta una encina, sobre un fondo recortado de montañas nevadas”, aunque en otro formato. La resolución de la foto podría ser todo lo alta que la tecnología permitiese, pero aún así no recogería el componente invisible del escenario: ondas sonoras (que sí podrían ser registradas por un vídeo), ondas electromagnéticas infrarrojas y ultravioletas, neutrinos, partículas ionizantes… En cualquier caso, solo una pequeña información es suficiente para tomar decisiones en el tablero espacio-temporal. El elemento informativo “encina” puede bastar para que se acerque un jabalí testigo de ese instante. Si cambiamos “encina” por “leona”, también sería suficiente para que -sin necesidad de más información detallada- el mismo jabalí decidiese alejarse del bucólico paraje.

Hemos llegado a un asunto de hondo calado: el isomorfismo o relación de semejanza estructural entre el lenguaje y el mundo es la misma propiedad que permite simulaciones de realidad virtual como la que podría representar -siempre con una fidelidad imperfecta, pero indistinguible de la potencial por nuestro cerebro- esa escena campestre… o toda una vida... ¡o todo un Universo! David Deutsch aborda esta cuestión en su libro La estructura de la realidad. Para el físico británico de origen israelí, las propias leyes abstractas de la ciencia deben ser susceptibles de representación en realidad virtual para ser comprensibles. “Las leyes de la Física”, dice, “condicionan su propia comprensibilidad”. Y ello es posible gracias a las fuertes relaciones de semejanza existentes en la estructura de la realidad: las que hay entre un mapa y un territorio, entre una partitura y una sinfonía, entre una representación de realidad virtual (incluida la película fabricada continuamente por el cerebro) y la realidad última, entre una expresión matemática y una ley física abstracta. Sin esa relación de semejanza no existirían ni el conocimiento ni la consciencia; ni siquiera sería posible la evolución.

Vuelvo a insistir en que toda representación en realidad virtual es imperfecta. De hecho, no haría falta que fuese perfecta y ni siquiera sería deseable que lo fuera (de ser posible). Esto es así al haber una relación directa entre la exactitud y coste de una computación, por lo que la obtención de respuestas más ajustadas y rigurosas requiere una mayor utilización de memoria y un consumo más elevado de energía del ordenador. El programador debe escoger una combinación adecuada de precisión-coste, de modo que la primera sea suficiente y el segundo sea razonable. Todo dependerá, claro está, del propósito de la computación: no será lo mismo para un videojuego (que no requeriría ajustar hasta 10 decimales) que para el seguimiento de un satélite o la simulación de todo un Universo.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Desde el infinito y hasta más allá

Sostiene el teorema de los infinitos monos que si un simio se dedicara a pulsar caracteres al azar en un ordenador -en la formulación original de 1913, de Émile Borel, se hablaba obviamente de una máquina de escribir- durante un periodo de tiempo infinito, terminaría por redactar sin quererlo toda la obra escrita por la humanidad: desde Homero hasta J.J. Benítez pasando por Shakespeare, Cervantes, Tolstoi, Borges, Dan Brown y el negro de Ana Rosa. Solo es una cuestión de tiempo, y hay suficiente para aburrirse si lo ampliamos hasta el infinito. Igual pasaría si al mono le diera por apuntar aleatoriamente notas musicales: saldrían más tarde o más temprano todas las composiciones musicales de nuestra especie (y de cualquier otra a la que le diera por hacer música): desde Mozart hasta Oasis pasando por Chimo Bayo. Y con la pintura, más de lo mismo.

Por supuesto, esto va más allá de la producción escrita, musical o artística: habría tiempo para que cualquiera de nosotros convertido en inmortal hiciera, mientras no le pillase la muerte térmica del Universo (que acaecerá de manera impepinable), cualquier cosa: meter un gol milimétricamente igual al del barcelonista Ronaldo al Compostela en 1996, salir elegido presidente de Turkmenistán (si este Estado fuese imperecedero) en unos comicios libres, escalar el Everest (si este monte fuese imperecedero) haciendo exactamente los mismos movimientos de Edmund Hillary cuando lo coronó en 1953 o ser líder de audiencia presentando un programa cultural de La 2 (si esta cadena fuese imperecedera).

Esta cuestión, que puede parecer una tontería (¡y no lo es!), tiene unas implicaciones muy profundas que apuntan al cogollo mismo de la tramoya cósmica. Para empezar, la sexta sinfonía de Beethoven, "El almuerzo sobre la hierba" de Manet o El Quijote serían descubrimientos hechos respectivamente por el compositor alemán, el pintor francés y el escritor español, en ningún modo creaciones suyas. Dicho de otra manera, esas obras serían fruto de la pesca practicada por la conciencia de sus autores en el insondable océano de los sucesos reales o imaginarios.

Aunque, en vez de reales o imaginarios, sería más correcto hablar de sucesos observados o no observados, estos últimos por no haber salido de su limbo para presentarse a nuestros sentidos. De un limbo como el apuntado por la mecánica cuántica, que no tiene nada que ver con la morada de los niños muertos sin bautizar (que también existiría en algún lugar ideal o platónico, por descontado, al igual que los unicornios y los pajaritos preñados). Porque lo que nos va pasando a cada instante parece ser fruto de una nebulosa superposición lineal compleja (¡intervienen los números complejos!) que se va decantando -va colapsando, como dicen los físicos adheridos a la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica- ininterrumpidamente de una manera en apariencia aleatoria.

El ejemplo más sencillo lo tenemos cuando un electrón o un fotón se enfrenta a dos rendijas paralelas próximas, de modo que solo lo veremos pasar por una: su paso se materializará o por la de la izquierda o por la de la derecha. Pero la mecánica cuántica nos lleva a considerar que en realidad el electrón o el fotón atraviesa al mismo tiempo ambas rendijas en una superposición lineal de las dos opciones que se le presentan -que podrían ser un billón si ese fuese el número de rendijas-, un limbo que no se deshace hasta que alguien lo observa forzando su decantación o colapso (siempre conforme a la interpretación de Copenhague, ya que según los defensores del Multiverso nada colapsa: el fotón iría en un universo por la izquierda y en otro por la derecha).

Lo que percibimos no es, por tanto, la Realidad sino su materialización subjetiva y necesariamente parcial en el mundo físico del que formamos parte (¿estará nuestra mente exclusivamente anclada a ese mundo físico?). La Realidad, algo mucho más rico por no estar constreñido al espacio-tiempo y sus leyes, podría ser la fuente de ese hipotético Multiverso compuesto por todos los infinitos Universos posibles que no pocos cosmólogos y físicos cuánticos consideran verosímil. La pregunta del Googolplex es: ¿De qué coño va esto? 42 no parece una respuesta satisfactoria.

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