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lunes, 8 de abril de 2024

Psicodelia, sueños y realidad

 



Hay una forma estrecha de concebir la realidad, limitándola a aquello que se presenta a nuestros sentidos (mejor dicho, que es fabricado por nuestro cerebro a partir de información sensorial) en estado de vigilia y condiciones mentales normales. Ni los sueños ni los estados alterados de consciencia (por sufrir un trastorno como la esquizofrenia o estar bajo los efectos de sustancias psicodélicas) serían reales. Tampoco tendría la consideración de real la realidad virtual, por mucha fidelidad que esta llegase a alcanzar (en su último libro, el filósofo David Chalmers se opone firmemente a esta visión, estimando que toda realidad es genuina en su ámbito).

Para el neurocientífico Anil Seth, lo que llamamos realidad es una alucinación controlada y funcional (útil para sobrevivir), a diferencia de una percepción alterada por alguna droga o trastorno mental. En este último caso no conviene fiarse de lo que vemos y sentimos, ya que nuestra supervivencia correría peligro: podríamos tirarnos por la ventana viendo que abajo hay un mullido lecho de algodón o acaso un ángel presto a sujetarnos. Pero tanto en un caso como en otro se trataría de una fabricación cerebral, al igual que los sueños. Cuando estamos soñando, salvo que se trate de un sueño lúcido, lo que nos pasa es muy real: no somos conscientes de que hay una realidad superior -un individuo durmiendo en su cama- que trasciende al sueño. Solo al despertarnos nos damos cuenta con alivio de haber sufrido una pesadilla, al observarla desde nuestro ámbito físico espacio-temporal supuestamente real. Como dice el psicofisiólogo Stephen LaBerge, el sueño es una percepción no constreñida por los inputs sensoriales mientras que la percepción es un sueño sí constreñido por estos.

Es pues un error considerar que las visiones de Juana de Arco, o las del chamán americano que se ha metido mescalina o ayahuasca, no son reales por ser fruto respectivamente de una esquizofrenia o de una droga alucinógena. Esas alucinaciones son muy reales, aunque no se ajusten fielmente al mundo físico que rodea a quienes las experimentan. ¿Y quién puede descartar que la alucinación controlada correspondiente a lo que consideramos realidad no sea también una especie de sueño o delirio de una realidad que nos trasciende?... Recordemos a Zhuang Zhou, el chino aquel del cuento taoísta que soñaba que era una mariposa revoloteando y, al despertar, no estaba seguro de si era él quien había soñado ser una mariposa o, en cambio, era una mariposa soñando que era él.

Para el científico cognitivo idealista Donald Hoffman, la realidad convencional es una especie de videojuego al que se entrega una entidad consciente transcendente (que mora más allá del espacio y el tiempo) conectada a unos cascos. Los objetos que tan reales y sólidos nos parecen serían como iconos en una interfaz de móvil u ordenador, que no nos muestran la verdadera realidad subyacente sino mera información necesaria para sobrevivir en el juego. Todo agente que se siente un yo sería un avatar de una consciencia pura universal para la cual este videojuego sería solo una posibilidad más de las infinitas a su alcance. 

Por tanto, la espacio-temporal sería solo una más de un infinito espectro de realidades o existencias, independientes o anidadas (como en la película Inception), que ni siquiera somos capaces de imaginar. Hay en esto un cierto aroma neoplatónico, a esas esferas concéntricas de Plotino que emanan de un centro divino (el Uno) y están ordenadas jerárquicamente por su grado de perfección o cercanía a ese núcleo. En ese espectro yo incluiría, como sugiere Chalmers, todo tipo de realidad virtual (aunque la oposición real-virtual acaso no tenga sentido). Y también subjetividades ajenas a la biológica como la de una inteligencia artificial. Como escribí hace tiempo en este blog, que algo se halle en nuestro espacio de posibilidades significa que puede ser sustanciado o traído a la realidad. Sin embargo, su concreción física no es la única posible: eso es lo que nos sugiere el fenómeno de los sueños. Por otra parte, hay posibilidades que nos están vedadas, como está fuera del alcance de un paramecio la contemplación de la Luna. Desde luego, como Shakespeare puso en boca de Hamlet, "hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía".

Según Hoffman, al quitarse el agente trascendental los cascos de nuestro juego (o sea, al morirnos) sabremos realmente quiénes somos: una única mente en el fondo. El filósofo igualmente idealista Bernardo Kastrup ha consumido drogas psicodélicas (el LSD es la más conocida y accesible) como parte de su investigación de la consciencia. Y ha llegado a la conclusión de que el estado mental asociado a ese consumo se asemejaría al de una persona en trance de morir: en una primera fase, cuando se inicia la disolución del yo personal, se experimenta miedo e incluso pánico; en una segunda fase, la consciencia se hace mucho más vívida y se produce una aceptación que resulta ser muy gozosa. La consciencia individual quedaría diluida en una consciencia pura de fondo. Algo parecido ocurriría en estados de meditación muy profundos.

Otro confeso consumidor de drogas con fines experimentales fue el escritor Aldous Huxley, quien siguiendo la estela de Henri Bergson concluyó que nuestro cerebro es una especie de válvula reguladora del flujo de consciencia. Cuanto más se abra esa válvula (por ejemplo, tomando psicodélicos), nuestra experiencia será más rica al emerger contenidos mentales inconscientes. Gracias al filtrado de toda la realidad (una entidad inabarcable, inimaginable, inefable) es posible la subjetividad. Si "las puertas de la percepción" (palabras de William Blake que dan título a un ensayo de Huxley) se abrieran de par en par, sabríamos qué es ser una consciencia universal, en la que sujeto y objeto se funden en una sola cosa y la única mente del universo deja de estar disociada en múltiples avatares.

sábado, 30 de noviembre de 2013

No todo es posible (aunque lo digan Paulo Coelho y Justin Bieber)

(Este post es fruto de una de esas inolvidables conversaciones con mi querido amigo José Miguel Santos, una de las mentes más lúcidas de Canarias)

¿Quién no ha oído alguna vez eso de que "todo es posible si crees en ello o confías en ti"? Lo que sí es casi imposible es no encontrarse recurrentemente en Internet con frases de ese estilo, escritas sobre el fondo de hermosos paisajes o imágenes kitsch a cuál más cursi. ¡Hasta Justin Bieber (desde su ingenuidad) lo dice! 


No es ser un aguafiestas afirmar que se trata de una gran mentira, que no todo es posible por mucho que uno crea que lo es (la mera creencia no hace posible lo imposible, ni menos improbable lo improbable). En primer lugar, porque todos estamos condicionados: hay condicionamientos generales (ningún ser humano puede dar un salto a pelo de 50 metros o concebir mentalmente un espacio tetradimensional) y otros personales, muchos de los cuales son igual de impepinables que los primeros.

Por mucho que yo ahora me proponga correr los 100 metros lisos por debajo de los 10 segundos en un semestre (o en un decenio), no hay ninguna posibilidad razonable de que lo logre: a diferencia de Usain Bolt, tengo -¡no solo yo!- un condicionamiento o limitación personal a ese respecto (seguro que tampoco lo habría conseguido aunque mis padres se hubiesen empeñado en que lo lograse desde mi más tierna infancia). Algunos de estos condicionamientos personales son sobrevenidos, fruto de las circunstancias y el azar: si en agosto de 2004 hubiesen venido acompañando a mi querido hijo otros tres hermanitos gemelos, es muy probable que yo no hubiese abierto jamás este blog (y que, por ende, estuviese ingresado en un sanatorio mental sujeto a una camisa de fuerza).

Por otra parte, todos tenemos caracteres diferentes (innatos en buena medida, por cierto). Hay gente más extrovertida, más optimista, más emprendedora, más resistente al dolor y la adversidad, con mayor capacidad de previsión y organización... Sobrevivir a un campo de concentración, como hizo Primo Levi en Auschwitz, no estaba al alcance de todo el mundo: había que tener ciertas cualidades. Podemos modular nuestro carácter con la práctica y la experiencia, pero el peso de lo innato siempre será muy grande.

La madurez es la que te hace ser consciente tanto de tus habilidades como de tus limitaciones, la que te permite determinar si algo es un sueño razonable o una quimera disparatada. Constatar que uno no vale para el baloncesto, la pintura o la escritura no ha de ser una tragedia: el drama está en creer erróneamente lo contrario y derrochar energías -y acumular frustraciones- en la persecución de metas irrealizables.



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