Los españoles se acercaron anteayer a sus colegios para votar en las elecciones generales. Bueno, mejor dicho, solo lo hizo un 73,2% del censo: más de un cuarto de la población con derecho a voto ni se dignó a ejercer su derecho (yo creo que si algún día se decidiera en referéndum el restablecimiento de la esclavitud, no menos del 20% de nuestro electorado seguiría sin molestarse en ir a votar, más preocupado acaso por lo último de Gran Hermano, Sálvame o Mujeres, Hombres y Viceversa). El dato de la abstención fue aún más vergonzante en lugares como Canarias: ¡casi un tercio! No es casual que en mi tierra natal haya una especial querencia por lo más infecto de la telebasura estatal, sin perjuicio de la autonómica propia.
Antes de conocer el sondeo a pie de urna, y recordando la PPestafa electoral de 2011, se me pasaron por la cabeza dos cosas: primero volví a preguntarme -de vez en cuando lo hago- qué sería en el mundo de los poderosos sin el concurso de los tontos; luego, en un ejercicio de realismo para no llevarme un chasco (las encuestas de Andorra me habían animado), fui nuevamente consciente del riesgo de sobrestimar a los españoles.
Estos pensamientos se afianzaron al día siguiente de las elecciones tras charlar con una compañera que había sido apoderada de Podemos en un colegio electoral de un barrio humilde de la periferia de Madrid. Lo que me contó es buen ejemplo de que la realidad supera muchas veces a la ficción. ¡Y menuda realidad! Estar todo el día en un colegio electoral puede proporcionar información más relevante que todo un trimestre en un máster doble de Sociología y Psicología.
Para empezar, el tipo dominicano de edad media, acompañado de su numerosa prole y vestido como si fuera al templo evangélico, que le dice solemnemente a mi compañera, pese a lucir ella un cartelón de Podemos: "¿La papeleta del señor don Mariano Rajoy, por favor?" (éste es el típico que votaría en EE.UU. a Donald Trump solo por su conservadurismo religioso, aunque en su programa figurase expresamente la expulsión de los inmigrantes latinos). A continuación, el chico de origen ecuatoriano que con amaneramiento extremo pregunta dónde está la papeleta del "guapito". ¿El guapito? "Sí, es que no he encontrado la papeleta con su foto" (hablaba de Albert Rivera, claro).
Pero no seamos injustos con la inmigración: el paisanaje nativo no es un dechado de virtudes. Al parecer, no era infrecuente el votante español de pura cepa de en torno a los 30 años que iba por primera vez a las urnas (ya había tenido, por edad, ocasiones de haberlo hecho varias veces) y no tenía ni puta idea de qué hacer. Algunos de los electores que no venían con el voto de casa cogían la papeleta sepia del Senado y la metían sin más en el sobre... ¡sin marcar las equis correspondientes! Mi compañera sospecha que incluso más de uno cogió la papeleta del Senado y la papeleta de Falange (solo por el hecho de estar justo al lado del montón de las sepias) para meterlas en sus respectivos sobres y volverse a casa muy ufano. Esto ya me parece un tanto exagerado, aunque no hay que perder de vista el analfabetismo funcional que sigue exhibiendo nuestro país. Es algo que sorprende a mucha gente que apenas ha salido de su burbuja de clase media relativamente acomodada. Pero el país real es el representado en la mili de antaño o en ese colegio electoral de anteayer, no en el estrecho círculo de amigos de la Universidad, del trabajo o de la vecindad de barrio bien.
Por si fuera poco, el apoderado del PP era un tipo que no tenía donde caerse muerto, semidependiente de la caridad pública, lo que haría las delicias del tuitero ObreroLiberal (parodia de un obrero de derechas profundamente católico y español que recoge basura de un contenedor, duerme en un cajero automático y come en Cáritas). En suma, un retrato esperpéntico que es fiel reflejo de las carencias de nuestra educación y nos hace dudar de si realmente podemos. Ojalá podamos, porque en esta maltratada España hay mucha gente que se lo merece, pero por desgracia no hay más cera que la que arde. Y hay que ser consciente de ello.
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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martes, 22 de diciembre de 2015
viernes, 20 de febrero de 2015
Sáenz de Santamaría valora muy positivamente el dato de personas que se dejaron la llave en la cerradura por dentro
El número de personas en España que se dejó la llave en la cerradura -por dentro- al cerrar la puerta de su casa desde fuera, con los consiguientes gastos de cerrajero y otros perjuicios de índole personal y laboral, aumentó un 24,7% en enero con respecto al mes de diciembre del año pasado. El dato publicado hoy por el INE ha sido anunciado y celebrado en rueda de prensa en Moncloa por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, ya que representa un crecimiento más bajo que el registrado en el consumo de margarina en el primer trimestre de 1971 en un distrito de la provincia serbia de Vojvodina.
Además, según la número dos del Gobierno, el crecimiento interanual del 24,6% de enero de 2014 a enero de 2015 en estos incidentes refleja una "clara tendencia desestacionalizada a la baja y es muy inferior al porcentaje de puntos obtenido por la Cultural Leonesa en la temporada 1954/55 en la Segunda División de nuestra Liga".
"Está claro que nuestras políticas están funcionando", agregó Santamaría, "y hay que tener mucho cuajo para utilizar torticeramente ese dato positivo contra el Gobierno y no emplazar al señor Monedero a dar respuesta alguna por su responsabilidad". La vicepresidenta no dejó pasar la oportunidad de ironizar sobre el número 3 de Podemos: "Parece que el señor Monedero prefería, mientras tanto, estar reunido con cerrajeros venezolanos en Teherán". Y lanzó una última pulla contra él: "Dicen que vive en un casa con puerta... ¡incluso con cerradura! ¿Será que tiene miedo de que le entren a robar? Ya vemos cómo predican con el ejemplo éstos que van dando por ahí lecciones de moral".
lunes, 22 de diciembre de 2014
La política, ese arte de lo posible
¡Cuánta razón tenía Aristóteles al definir la política como "el arte de lo posible"! Es algo que deberían tener en cuenta quienes creen ingenuamente en utopías (cuya búsqueda suele conducir, paradójicamente, a las más siniestras distopías) y vías rápidas hacia ellas, sobre todo desde la izquierda. Quienes creen que es posible lograr el Cielo en la Tierra a través de la acción política, acaso con la liquidación del capitalismo, el neoliberalismo o la perversa hegemonía estadounidense, pasando por alto nuestra condición humana (con su potencial no solo para lo bueno sino también para lo malo).
Esos mismos que echan pestes de la Transición política en España, pilotada con gran habilidad y suerte por Adolfo Suárez, ignorando que las libertades y el relativo bienestar de que gozamos se fundamentan en la Constitución consensuada de 1978. Y que en aquel momento no era posible nada mejor, dado el equilibrio de fuerzas existente (el haberlo pretendido hubiese tensado tanto la cuerda que podría haberla roto -incluso no yendo más allá, tuvimos el desagradable episodio del 23-F- y llevarnos a una lamentable involución). Esto lo entendieron en su día políticos inteligentes como Santiago Carrillo o Josep Tarradellas, quizá marcados por su amarga experiencia en la Guerra Civil y el exilio.
Porque la clave de la política es intentar mejorar la vida de la gente, pero siendo consciente de limitaciones de toda índole: culturales, históricas, socioeconómicas, geopolíticas... Se trata de avanzar con firmeza, de no dar un imprudente paso en falso hacia adelante para luego tener que dar dos hacia atrás (dejando ánimo y efectivos en el camino). Y ello requiere pelear democráticamente con el adversario, pero también negociar con él (y, a veces, ceder), apostar por los consensos cuando son necesarios, mantener delicados equilibrios y manejarse con astucia y mucha mano izquierda.
Es un suicidio pretender una transformación económica o social profunda si no se dispone de apoyos suficientes o no hay una sólida masa crítica detrás. Si los más poderosos te identifican como una amenaza existencial, no dudarán en aplastarte como a una cucaracha. Ya pasó en España en 1936 y en Chile en 1973. Claro está, siempre queda la opción de hacer las cosas a las bravas, de intentar derrocar a "los de arriba" por la fuerza como en 1917 en Rusia. La resistencia armada puede tener justificación, e incluso servir a una noble causa, como en la Sudáfrica del apartheid (con Nelson Mandela en la oposición). ¿Pero tiene algún sentido en la España o la Europa de 2015? Porque, por imperfecta que sea nuestra democracia (corroída por la corrupción, con el modelo constitucional del 78 evidentemente agotado), es todavía la base de una convivencia relativamente civilizada. Nuestra libertad no es gratuita ni se debe dar por descontada. O sea, que tenemos bastante que perder, por mucho que algunos se empeñen en decirnos lo contrario.
Esto no es cobardía ni conformismo, sino sano e inteligente realismo. Nadie con dos dedos de frente tildaría de cobarde, por ejemplo, dejar para mejor ocasión la legalización de las bodas homosexuales en Afganistán. Lo sensato es apostar por la educación en un país estragado por el analfabetismo (y, consiguientemente, muy apegado a la tradición y la religión). Dentro de unas décadas, con una población alfabetizada y mucho más libre del yugo religioso, acaso llegue el momento de plantear esa cuestión. ¿Pragmatismo? ¡Cómo si no! ¿De qué sirve una política que no sea pragmática, reducida a un mero ejercicio intelectual de salón?
Barack Obama es otro de las bestias negras de estos esencialistas, que seguramente desconozcan estas palabras de Salvador Allende en 1971 a los jóvenes chilenos, alertándoles del infantilismo izquierdista: "Una revolución política no se puede hacer en un día. Una revolución social no la ha hecho ningún pueblo jamás en un día, ni un año, sino en muchos años". Y estas otras palabras del mismísimo Lenin en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo: "La política se parece más al álgebra que a la aritmética y todavía más a las matemáticas superiores que a las matemáticas simples".
Se achaca a Obama no haber hecho prácticamente nada bueno, obviando que acaso se justifique su presidencia solo con sacar adelante su justa reforma sanitaria, regularizar a millones de inmigrantes ilegales y sentar las bases de la reconciliación con Cuba. Eso sin contar el enorme valor simbólico, tan importante para una población afroamericana esclavizada hace 150 años y aún segregada hace solo 50, de ser el primer ciudadano negro inquilino de la Casa Blanca. Él debía saber, al tomar posesión en enero de 2009, que no podría conseguir mucho más, habida cuenta del peso de los grupos de presión en Washington y de los inevitables peajes para llegar a la presidencia de ese país (para lo que hace falta reunir mucho dinero y apoyos, con los consiguientes compromisos). Pero quizá sus ochos años habrán valido la pena solo con lo antedicho.
En España, estos mismos izquierdistas infantilizados (junto a muchos otros ingenuos desideologizados) exigirán a Podemos, si este partido gana las elecciones en 2015, mucho más de lo que el político mejor informado e intencionado podría jamás conseguir: desde acabar con el paro y la corrupción (un fenómeno de raíces profundas que no se elimina de la noche al día) hasta hacer que todos los españoles ganen al menos 1.500 euros al mes trabajando menos horas y se jubilen a los 60 años con el 100% del sueldo. Pero eso es sencillamente imposible, más si cabe en un mundo tan interconectado como el nuestro del siglo XXI. Hay que reconocer que el propio Pablo Iglesias asegura, con muy buen tino, que solo pretende conseguir un país "un poquito más decente". Lo cual ya sería bastante, desde luego que sí. Para exigir mucho más habría que apelar a la magia o a la religión en vez de a la política.
lunes, 8 de diciembre de 2014
Un informe jurídico alerta del "gravísimo peligro" de una victoria de Podemos
El catedrático constitucionalista Jaime de Sota Bamberg ha alertado, en un informe jurídico presentado esta tarde en una capea en Gerindote (Toledo), del "gravísimo peligro" de una eventual llegada a Moncloa de Podemos. En su trabajo, encargado hace meses por la Fiscalía, el Canal 13 TV y el diario La Razón, Sota sostiene que "tras la denominación aparentemente inocua de Podemos se esconde una potentísima bomba constitucionalicida"
Al parecer, la clave está en la propia denominación del partido (primera persona del plural del verbo poder), que según el prestigioso jurista "conferiría a limine un mandato irrestricto, ad libitum, para hacer lo que le venga en gana al depositario del sufragio una vez sustanciado su acceso a la presidencia del Ejecutivo". "Sería un ejemplo palmario de ejercicio ciudadano de ad voluntatem alicuius de efectos derogatorios sobre la totalidad del corpus iuris", señala Sota. "Strictu sensu, supondría otorgar un poder uno ictu para legislar y gobernar arbitrariamente contra natura en cualquier orden y materia".
El jurista no quiso quedarse en la generalización y puso varios ejemplos de lo que podría ocurrir en nuestro país tras una victoria del partido de Pablo Iglesias. Para empezar, tendríamos la liberación inmediata de todos los etarras en prisión. Precisamente, el diario ABC ya adelantaba hoy mismo que los presos de ETA proponían el voto a Podemos y no a Amaiur en las próximas elecciones generales. Pero Sota ha ido mucho más allá: "Se abre la puerta a cualquier otra utilización nefanda del verbo poder en primera persona: no es solo Podemos liberar a asesinos etarras sino Podemos permitir el matrimonio entre tres personas o entre dos personas y un animal o entre una mujer y un cactus, tal como vienen demandando últimamente los activos movimientos queer y bisexuales". "Incluso Podemos oficializar el bable en Asturias o Podemos implantar la sharía en Andalucía", añadió ante los cientos de personas (políticos, tertulianos, cantantes de copla, promotores inmobiliarios, guardeses, auxiliares de montería, taxidermistas y presidentes de equipos de fútbol) reunidas ad hoc en la vasta finca toledana del marqués de la Esterlitzia.
Al final de su presentación, el experto en política internacional de Nuevas Generaciones del PP Borja Bartolo Santesmases Huidobro preguntó a Sota si solo sería posible un empleo políticamente nefando de la primera persona del plural del susodicho verbo identificador del partido de Iglesias. Sota fue muy claro a este respecto: "No cabe esperar otro uso, no cabe esperar un Podemos prohibir el divorcio o Podemos encarcelar a las mujeres que aborten o Podemos someter a adecuado tratamiento a los queer y bisexuales en centros privados concertados o Podemos cazar en libertad en parques nacionales o Podemos construir libremente hoteles y apartamentos a orillas del mar o Podemos conducir a 200 km/h en las carreteras o Podemos tomarnos unas copitas en un piano-bar antes de conducir porque controlamos o Podemos sancionar severamente a los cultivadores de marihuana. Y esto es así por una razón muy clara y evidente: los cabellos del señor Pablo Iglesias". Sota trajo a colación un pasaje de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1 Corintios 11:14) que a su juicio es "inapelable para ese señor con coleta": "La naturaleza misma, ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?".
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha declarado desde el sofá de Moncloa en que se encontraba viendo un partido de fútbol de Canal Plus que se toma muy en serio las conclusiones del informe. Rajoy ha subrayado la profesionalidad de Sota Bamberg: "De hecho, es medio amigo de mi primo el científico. Y, además del Madrid, jeje".
Al parecer, la clave está en la propia denominación del partido (primera persona del plural del verbo poder), que según el prestigioso jurista "conferiría a limine un mandato irrestricto, ad libitum, para hacer lo que le venga en gana al depositario del sufragio una vez sustanciado su acceso a la presidencia del Ejecutivo". "Sería un ejemplo palmario de ejercicio ciudadano de ad voluntatem alicuius de efectos derogatorios sobre la totalidad del corpus iuris", señala Sota. "Strictu sensu, supondría otorgar un poder uno ictu para legislar y gobernar arbitrariamente contra natura en cualquier orden y materia".
El jurista no quiso quedarse en la generalización y puso varios ejemplos de lo que podría ocurrir en nuestro país tras una victoria del partido de Pablo Iglesias. Para empezar, tendríamos la liberación inmediata de todos los etarras en prisión. Precisamente, el diario ABC ya adelantaba hoy mismo que los presos de ETA proponían el voto a Podemos y no a Amaiur en las próximas elecciones generales. Pero Sota ha ido mucho más allá: "Se abre la puerta a cualquier otra utilización nefanda del verbo poder en primera persona: no es solo Podemos liberar a asesinos etarras sino Podemos permitir el matrimonio entre tres personas o entre dos personas y un animal o entre una mujer y un cactus, tal como vienen demandando últimamente los activos movimientos queer y bisexuales". "Incluso Podemos oficializar el bable en Asturias o Podemos implantar la sharía en Andalucía", añadió ante los cientos de personas (políticos, tertulianos, cantantes de copla, promotores inmobiliarios, guardeses, auxiliares de montería, taxidermistas y presidentes de equipos de fútbol) reunidas ad hoc en la vasta finca toledana del marqués de la Esterlitzia.
Al final de su presentación, el experto en política internacional de Nuevas Generaciones del PP Borja Bartolo Santesmases Huidobro preguntó a Sota si solo sería posible un empleo políticamente nefando de la primera persona del plural del susodicho verbo identificador del partido de Iglesias. Sota fue muy claro a este respecto: "No cabe esperar otro uso, no cabe esperar un Podemos prohibir el divorcio o Podemos encarcelar a las mujeres que aborten o Podemos someter a adecuado tratamiento a los queer y bisexuales en centros privados concertados o Podemos cazar en libertad en parques nacionales o Podemos construir libremente hoteles y apartamentos a orillas del mar o Podemos conducir a 200 km/h en las carreteras o Podemos tomarnos unas copitas en un piano-bar antes de conducir porque controlamos o Podemos sancionar severamente a los cultivadores de marihuana. Y esto es así por una razón muy clara y evidente: los cabellos del señor Pablo Iglesias". Sota trajo a colación un pasaje de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1 Corintios 11:14) que a su juicio es "inapelable para ese señor con coleta": "La naturaleza misma, ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?".
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha declarado desde el sofá de Moncloa en que se encontraba viendo un partido de fútbol de Canal Plus que se toma muy en serio las conclusiones del informe. Rajoy ha subrayado la profesionalidad de Sota Bamberg: "De hecho, es medio amigo de mi primo el científico. Y, además del Madrid, jeje".
lunes, 1 de diciembre de 2014
La gran paradoja de Podemos: lograr una mayoría de izquierda con potenciales votos de ultraderecha
Ya se ha escrito mucho sobre Podemos (recomiendo este artículo de Ignacio Torreblanca por la agudeza y claridad de su bien informado análisis), pero nadie ha puesto suficiente énfasis en lo que considero más curioso de este fenómeno político: que puede (y, es más, ¡solo puede!) llegar al poder gracias al apoyo de mucha gente desideologizada que jamás ha simpatizado con la izquierda y siempre le ha traído al pairo la política como si nada le fuese en ella.
Y con esos mimbres no se puede pedir mucho (ya reflexioné sobre ello tras la campanada en las elecciones europeas). Si esto fuera Islandia, yo estaría ilusionado ante una victoria de Podemos (ya solo por el necesario impulso regenerador, más allá de la inconcreción y contradicciones de su programa y de la contrastada tendencia de quienes están a la izquierda de la socialdemocracia a salvarnos sin nuestro permiso y a encontrar "enemigos del pueblo" hasta debajo de las piedras). Pero esto es España: solo hay que observar la conducción en sus carreteras, el estado de limpieza de las cunetas, la importancia dada a la educación y la cultura, la forma de hacer una cola, el interior de los contenedores destinados al reciclaje, las audiencias de la telebasura, la manera de trabajar -¡y de no hacerlo!- en las empresas (privadas y públicas) y la Administración, el trato a los animales...
Muchos de los futuros votantes de Pablo Iglesias serán pues los mismos que ya fueron víctimas del timo electoral del PP en noviembre de 2011. Los mismos que se creyeron las evidentes mentiras de Rajoy hace tres años piensan ahora que El Coletas (¡un preparao!) es quien les va a sacar de ésta, en la doble ignorancia -compartida con los genuinos votantes de izquierda del partido- de que se puede enmendar el modelo socioeconómico haciendo política solo en Moncloa y de que vicios muy arraigados en nuestro ADN cultural (incivismo, clientelismo, complacencia con la corrupción, etc.) se pueden erradicar solo a través de la acción de un Gobierno.
Los sensatos intentos de repudiar parte de la deuda y acabar con las políticas de austericidio, de lograr que los ricos paguen más impuestos y meter en cintura a los especuladores financieros, no pueden hacerse solo a nivel estatal: estas medidas, para no llevarnos al suicidio y ser eficaces, tienen que ser consensuadas y establecidas al menos en el marco más global de la Unión Europea. Por otra parte, de nada sirve que un Gobierno lo haga bien (suponiendo que así fuera en el caso de Podemos) si la base social del país no está en línea con sus esfuerzos. Por ejemplo, de qué sirve apostar decididamente desde el poder político por una economía sostenible si la gente sigue usando el coche para ir hasta la esquina, no apaga las luces del trabajo al irse a casa o sigue derrochando alegremente el agua. La culpa de estas cosas no es, desde luego, ni del capitalismo ni del neoliberalismo: es directamente nuestra, de los ciudadanos.
El siguiente paso electoral de esos votantes intercambiables sin ideología, al ver que no hay soluciones milagrosas y que incluso se hacen cosas que les disgustan (Podemos ha prometido suprimir la tauromaquia, cosa que deseo fervientemente), sería dar su apoyo a un ultraderechista dinámico y guapo que les convenza de que los extranjeros nos roban. Eso sería mucho más coherente con su condición apolítica y desinformada que el voto a Pablo Iglesias. Y también mucho más inquietante, sinceramente.
O sea, que una buena parte del electorado potencial del partido de Pablo Iglesias -una vez descontados los minoritarios simpatizantes de izquierda concienciados y no pocos socialistas desencantados- es el mismo que el de una formación populista de ultraderecha. Algo que, por supuesto, Iglesias sabe perfectamente. Pero todos los votos valen igual en democracia y sirven para aupar al poder. Y una fuerza política con vocación transformadora ha de tener la ambición de poner la pica en Moncloa, de ir más allá de la vara de mando en unos pocos municipios pequeños y los breves discursos dentro del grupo mixto del Parlamento ante un auditorio medio vacío.
Hugo Chávez no usó el término socialismo hasta que estuvo consolidado en el poder. Para llegar a la presidencia en un país como Venezuela no servían lecturas comentadas de Engels ni rancias proclamas leninistas: era mucho más eficaz apelar a Cristo, ponerse una gorra de béisbol y hacer guiños campechanos al pueblo llano en la televisión. Al igual que en Venezuela, y salvando las distancias (el perfil intelectual de Iglesias no es, desde luego, el mismo que el de Chávez), el éxito de Podemos en España debe mucho no solo a la desesperación de la gente por la crisis económica y al desencanto generalizado con la clase política sino también a la proyección mediática de su líder, convertido en un personaje popular gracias a sus brillantes intervenciones en las tertulias del TDT Party. ¡Qué ironía que la derechona mediática española, al servirse de él para dar un aire de pluralidad a sus programas, haya terminado catapultándolo a la fama!
La cuestión clave es que, aunque Podemos ganase en 2015 las elecciones, me temo que la mayoría social de este país no está verdaderamente por un cambio de modelo económico superador del capitalismo de casino, el desarrollismo ecológicamente insostenible, el grosero consumismo y el corrupto-clientelismo (este último, producto de la Marca España); muchos de sus potenciales votantes solo quieren que les den una solución a su problema: el de haberse quedado en paro y no poder seguir consumiendo a lo grande ni quemando gasofa con el coche de alta cilindrada comprado a crédito, como antes de la crisis.
Y con esos mimbres no se puede pedir mucho (ya reflexioné sobre ello tras la campanada en las elecciones europeas). Si esto fuera Islandia, yo estaría ilusionado ante una victoria de Podemos (ya solo por el necesario impulso regenerador, más allá de la inconcreción y contradicciones de su programa y de la contrastada tendencia de quienes están a la izquierda de la socialdemocracia a salvarnos sin nuestro permiso y a encontrar "enemigos del pueblo" hasta debajo de las piedras). Pero esto es España: solo hay que observar la conducción en sus carreteras, el estado de limpieza de las cunetas, la importancia dada a la educación y la cultura, la forma de hacer una cola, el interior de los contenedores destinados al reciclaje, las audiencias de la telebasura, la manera de trabajar -¡y de no hacerlo!- en las empresas (privadas y públicas) y la Administración, el trato a los animales...
Muchos de los futuros votantes de Pablo Iglesias serán pues los mismos que ya fueron víctimas del timo electoral del PP en noviembre de 2011. Los mismos que se creyeron las evidentes mentiras de Rajoy hace tres años piensan ahora que El Coletas (¡un preparao!) es quien les va a sacar de ésta, en la doble ignorancia -compartida con los genuinos votantes de izquierda del partido- de que se puede enmendar el modelo socioeconómico haciendo política solo en Moncloa y de que vicios muy arraigados en nuestro ADN cultural (incivismo, clientelismo, complacencia con la corrupción, etc.) se pueden erradicar solo a través de la acción de un Gobierno.
Los sensatos intentos de repudiar parte de la deuda y acabar con las políticas de austericidio, de lograr que los ricos paguen más impuestos y meter en cintura a los especuladores financieros, no pueden hacerse solo a nivel estatal: estas medidas, para no llevarnos al suicidio y ser eficaces, tienen que ser consensuadas y establecidas al menos en el marco más global de la Unión Europea. Por otra parte, de nada sirve que un Gobierno lo haga bien (suponiendo que así fuera en el caso de Podemos) si la base social del país no está en línea con sus esfuerzos. Por ejemplo, de qué sirve apostar decididamente desde el poder político por una economía sostenible si la gente sigue usando el coche para ir hasta la esquina, no apaga las luces del trabajo al irse a casa o sigue derrochando alegremente el agua. La culpa de estas cosas no es, desde luego, ni del capitalismo ni del neoliberalismo: es directamente nuestra, de los ciudadanos.
El siguiente paso electoral de esos votantes intercambiables sin ideología, al ver que no hay soluciones milagrosas y que incluso se hacen cosas que les disgustan (Podemos ha prometido suprimir la tauromaquia, cosa que deseo fervientemente), sería dar su apoyo a un ultraderechista dinámico y guapo que les convenza de que los extranjeros nos roban. Eso sería mucho más coherente con su condición apolítica y desinformada que el voto a Pablo Iglesias. Y también mucho más inquietante, sinceramente.
viernes, 31 de octubre de 2014
Alerta de seguridad nacional en torno al "Hawai Bombay" de Mecano
Gengis Borjigin, catedrático de Estética de la Universidad Estatal de Mongolia, abandonó el pasado 14 de septiembre Ulan Bator (capital de ese país asiático) con el declarado propósito -conforme a lo publicado en lengua mongola en su cuenta de Twitter- de "buscar y ajustar cuentas con el letrista de la canción "Hawai Bombay"". Así consta en un informe confidencial del CNI hallado encima de un contenedor de papel de Torrelodones por un agente de limpieza de ese ayuntamiento madrileño, filtrado esta mañana a los medios de comunicación.
Al parecer, Borjigin estaba tomando una copa con unos amigos en un pub de moda de Ulan Bator tras haberse examinado por la mañana de lengua española en el Nuevo Instituto Gobi. Fue en aquel local nocturno donde escuchó la famosa canción de Mecano, cuya autoría no supo atribuir en ese momento. El catedrático mongol abandonó el local intempestivamente, con signos de gran agitación según consta en el informe del CNI, y no tardó en publicar el tuit que sería inmediatamente interceptado por agentes de guardia de nuestros servicios secretos.
Una vez activada una alerta de seguridad nacional Alfa, comenzó el seguimiento al ciudadano mongol. Mediante imágenes obtenidas a través de un satélite secreto, funcionarios del CNI pudieron observar la mañana siguiente al catedrático abandonar su casa a lomos de un corcel negro y provisto de un sable, en dirección oeste. Borjigin ya conocía su objetivo por haberse conectado esa misma madrugada a Internet y hecho la búsqueda en Google "Hawai Bombay kien lo ase". Los servicios de inteligencia optaron por no comunicar el asunto a José María Cano, compositor de la canción, para no generar una preocupación y angustia innecesarias. Tampoco se notificó a su hermano Nacho ni a la cantante Ana Torroja. El seguimiento vía satélite del ciudadano mongol fue permanente desde entonces.
Hace una semana, Borjigin cruzó a lomos de su caballo la frontera franco-española por el túnel oscense de Somport. Permaneció retenido tres días en la ciudad de Huesca, al implicarse a fondo en una intensa y polémica asamblea de Podemos acerca de "si son galgos o podencos" (a su juicio eran galgos, razón por la que terminó sableando mortalmente a dos podenquistas antes de proseguir su camino). Ya en Molina de Aragón (Guadalajara), aconsejado por un gastrónomo burgalés, asesinó con su sable a un comercial lucense para comprobar si era cierto, tal como señalaba aquél, que su carne debía de maridar a la perfección con un tinto Reserva Pata Negra de Valdepeñas (era cierto, tal como comentó en Twitter con su móvil). Controlado en todo momento por el CNI y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, Borjigin y su caballo entraron en Madrid por la autopista A-2 el pasado viernes 24 de octubre, siempre según el informe confidencial. El documento hallado en el contenedor de Torrelodones está fechado justo al día siguiente.
Precisamente el pasado sábado, el canódromo de la capital de España fue escenario de un insólito incidente, al irrumpir en medio de una de las carreras de galgos un hombre a caballo, con un sable en una mano y un altavoz en la otra, al grito de "¿Donde ase Cano, coño?". Tras dar dos vueltas a la pista, salió del recinto antes de la llegada de efectivos de la Policía. Todos los indicios apuntan ahora a que se trataba del catedrático mongol. Por otra parte, en un extraño movimiento que ha generado muchas suspicacias, José María Cano hacía este martes una declaración jurada ante notario en español, inglés, mongol y ruso que atribuía la composición de "Hawai Bombay" al músico vasco Fermin Muguruza. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, calificaba esta misma tarde de falsificación el supuesto informe del CNI, al tiempo de asegurar que el seguimiento al ciudadano mongol Borjigin ha sido "impecable", que ya ha sido devuelto a su país, que la seguridad de los españoles "siempre ha estado garantizada" y que, "de hecho, mire usted, esa persona no existe y todo es falso".
Al parecer, Borjigin estaba tomando una copa con unos amigos en un pub de moda de Ulan Bator tras haberse examinado por la mañana de lengua española en el Nuevo Instituto Gobi. Fue en aquel local nocturno donde escuchó la famosa canción de Mecano, cuya autoría no supo atribuir en ese momento. El catedrático mongol abandonó el local intempestivamente, con signos de gran agitación según consta en el informe del CNI, y no tardó en publicar el tuit que sería inmediatamente interceptado por agentes de guardia de nuestros servicios secretos.
Una vez activada una alerta de seguridad nacional Alfa, comenzó el seguimiento al ciudadano mongol. Mediante imágenes obtenidas a través de un satélite secreto, funcionarios del CNI pudieron observar la mañana siguiente al catedrático abandonar su casa a lomos de un corcel negro y provisto de un sable, en dirección oeste. Borjigin ya conocía su objetivo por haberse conectado esa misma madrugada a Internet y hecho la búsqueda en Google "Hawai Bombay kien lo ase". Los servicios de inteligencia optaron por no comunicar el asunto a José María Cano, compositor de la canción, para no generar una preocupación y angustia innecesarias. Tampoco se notificó a su hermano Nacho ni a la cantante Ana Torroja. El seguimiento vía satélite del ciudadano mongol fue permanente desde entonces.
Precisamente el pasado sábado, el canódromo de la capital de España fue escenario de un insólito incidente, al irrumpir en medio de una de las carreras de galgos un hombre a caballo, con un sable en una mano y un altavoz en la otra, al grito de "¿Donde ase Cano, coño?". Tras dar dos vueltas a la pista, salió del recinto antes de la llegada de efectivos de la Policía. Todos los indicios apuntan ahora a que se trataba del catedrático mongol. Por otra parte, en un extraño movimiento que ha generado muchas suspicacias, José María Cano hacía este martes una declaración jurada ante notario en español, inglés, mongol y ruso que atribuía la composición de "Hawai Bombay" al músico vasco Fermin Muguruza. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, calificaba esta misma tarde de falsificación el supuesto informe del CNI, al tiempo de asegurar que el seguimiento al ciudadano mongol Borjigin ha sido "impecable", que ya ha sido devuelto a su país, que la seguridad de los españoles "siempre ha estado garantizada" y que, "de hecho, mire usted, esa persona no existe y todo es falso".
viernes, 30 de mayo de 2014
¿Podemos?
La campanada del Podemos de Pablo Iglesias en las elecciones europeas ha puesto nerviosos a ciertos políticos, al tiempo que ilusionado a muchos ciudadanos que creen abierto el camino hacia una nueva transición política. ¿Pero hay razones para ser optimista y soñar con un país más habitable y digno? ¿Y con una Unión Europea y un mundo mejores?
Lo primero es mirar fuera de España, donde partidos populistas, ultraderechistas (más o menos racistas y xenófobos) e incluso declaradamente neonazis han sido premiados por los electores europeos. La victoria en Francia de la hija de Le Pen, aupada por el voto de obreros y lumpen nativo blanco, ha sido uno de los toques de atención más preocupantes. La UE está cada vez más extraviada, inerme ante el drama en la vecina Ucrania (con toda la pinta de una nueva guerra a la yugoslava), desconectada del sentir de los ciudadanos (que en sitios como el Reino Unido la toman como un gigante burocrático contrario a sus tradiciones y en otros como España e Italia ni preocupa, por no saber siquiera lo que es).
Dentro de la UE los ciudadanos viven con zozobra la crisis económica, los recortes y el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar, lo que les hace prestar oídos a las respuestas simplonas de populistas y extremistas que apuntan al otro, por lo general al extranjero, como el culpable. En tiempos de tribulaciones cotizan al alza el nacionalismo y el integrismo religioso, que en realidad forman parte del mismo paquete: los neofascistas de países como Francia, Hungría o Croacia son tan ultranacionalistas y xenófobos como fieles católicos.
Es innegable que el multiculturalismo mal entendido -lo que yo prefiero llamar multiinculturalismo- ha dado alas a los ultras ante el silencio biempensante de la izquierda e incluso de la derecha moderada en los países donde impera una mayor corrección política (que son, por cierto, los más civilizados): ese silencio consiste en no plantear la problemática inserción por razones culturales y/o religiosas de algunas comunidades de inmigrantes. Los rumanos de etnia gitana que vienen a España, Italia o Francia suelen ser fuente de conflictividad en los barrios donde se establecen (quien lo niegue o es un ignorante o está mintiendo, dejando el discurso en bandeja a los ultraderechistas), en los que no viven precisamente pijos o hipsters. Y las comunidades de inmigrantes musulmanes no han terminado de integrarse al portar consigo valores que entran en conflicto con el ideario político de la Unión Europea: laicidad, igualdad de la mujer y tolerancia con las preferencias sexuales de cada uno (dentro de la UE ya sabemos que hay diferencias, sobre todo en los países donde la religión tiene aún cierta importancia como Polonia, España o Italia).
Las instituciones deben buscar una solución integradora, pero eso no quita que los propios rumanos gitanos tengan que hacer algo por sí mismos (para empezar, permitir la educación de sus hijos e hijas y dejar de casar a éstas con trece años) y que todos los inmigrantes extraeuropeos asuman como innegociables la laicidad de los Estados, la igualdad de las mujeres (y su derecho a no ser mutiladas genitalmente en la infancia, como es tradición en algunos países africanos) y los derechos de los homosexuales. Si no encontramos un remedio inteligente a esto, si solo nos quedamos en la ilusa visión beatífica de la inmigración, solo estaremos reforzando a los fundamentalistas religiosos de un extremo y a los ultraderechistas del otro. Lo viene diciendo la somalí Ayaan Hirsi Ali desde hace años: conviene escuchar a esta admirable mujer, que se ha convertido en una pensadora incómoda para la izquierda más tradicional, ortodoxa e incluso simplona.
Hay un factor que nadie contempla y considero importante: el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial ya casi no existe, puesto que los testigos más jóvenes que la vivieron con uso de razón tienen ahora al menos 80 años. Se ha perdido la memoria, el primer paso para volver a repetir los errores del pasado. Si no cuidamos bien nuestra casa europea y dejamos que se pudra la democracia en cada uno de sus países (por imperfecta que ésta sea), cualquier escenario siniestro es posible. Recordémoslo siempre: ¡somos primates, no ángeles! Y no hay conquistas sociales o políticas definitivas: todo se puede derrumbar como un castillo de naipes, destruir es mucho más fácil que construir.
Si miramos ahora dentro de España, el panorama no es mejor. El mismo día de las elecciones en las que cosechó cinco eurodiputados, Iglesias dijo algo que tenia un inquietante tufo populista y nacionalista: "No queremos ser una colonia de Alemania". Alimentaba con ello esa ridícula sospecha popular, con fondo conspiranoico, de que los alemanes son culpables de nuestra desgracia. Sin negar los efectos de la crisis financiera internacional, debemos reconocer que nosotros mismos somos en buena medida responsables por haber permitido la brutal especulación inmobiliaria -e incluso habernos beneficiado de ella, unos más que otros- y el consiguiente destrozo salvaje de nuestros paisajes. Somos culpables por votar a corruptos, incompetentes e impresentables, por entregarnos hasta el estallido de la burbuja al consumismo y el derroche más obscenos, por primar el amiguismo sobre el mérito y la telebasura sobre la educación, por escaquearnos diariamente en el curro (no pocas veces fruto de un enchufe en alguna administración pública) o salir al paso con una chapuza, por conducir como desalmados y arrojar botes de refresco desde el coche en marcha (anteayer fui testigo de ello), por no apagar las luces del baño de la oficina tras usarlo y no pisar nunca un Punto Limpio, por decir que el hotel de El Algarrobico está muy bien porque "allí solo hay jarimoña, esparto, alacranes y serpientes (...) ¿qué ecosistema: na' más que ese?)". Nuestra culpa tiene mucho que ver con nuestra cultura, valores e instituciones, con ese sórdido mosaico neofranquista que tan bien retrata Rafael Chirbes en su novela En la orilla. Hagamos más autocrítica y no echemos balones fuera: que si el capitalismo, que si el neoliberalismo...
Dentro de España, por si fuera poco, tenemos la inminente amenaza secesionista de Cataluña. La eventual independencia catalana es algo que muchos analistas descartan irresponsablemente, pero -al margen de que ésta sea políticamente viable o no, económicamente disparatada o no- es una posibilidad no descartable dado el clima político instalado en el Principado. Va a ser difícil que los nacionalistas más esencialistas -los más extremistas y menos pragmáticos (ERC)- se bajen ahora alegremente del burro de la secesión: la fecha de 2015 se cierne sobre nosotros con muchas más sombras e incógnitas de las que algunos quieren ver.
En fin, que más allá de un escenario electoral diferente como el que parece apuntarse tras el 25-M, estamos necesitados de un cambio cultural profundo: tanto aquí como en toda Europa y el resto del mundo. No basta con transformar o regenerar las instituciones, no basta con frenar los excesos del capitalismo (poniendo firmes a las empresas y poderosos con loables iniciativas como la economía del bien común) o incluso plantarle cara (una tarea que solo puede emprenderse con posibilidades de éxito a nivel internacional). Hay que superar nacionalismos y localismos, liberar la conciencia del yugo religioso (esta asignatura la tenemos casi aprobada en Europa), ser más austeros y respetuosos con el medio ambiente y nuestros compañeros de viaje no humanos, ser más cooperativos que competitivos, valorar más el silencio reflexivo, el tiempo libre y las relaciones personales y menos las posesiones materiales... Pero esos cambios no se fraguan en el corto plazo: lo que cosechemos ahora no lo recogeremos hasta dentro de un tiempo. Lo peor no es ese retardo, ya que me temo que dichas transformaciones no se pondrán en marcha hasta que nos llegue finalmente el agua al cuello (algo que con el cambio climático es una posibilidad nada metafórica). Más vale que nos vayamos preparando. Y perdón por aguarles -¡nunca mejor dicho!- la fiesta.
Dentro de la UE los ciudadanos viven con zozobra la crisis económica, los recortes y el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar, lo que les hace prestar oídos a las respuestas simplonas de populistas y extremistas que apuntan al otro, por lo general al extranjero, como el culpable. En tiempos de tribulaciones cotizan al alza el nacionalismo y el integrismo religioso, que en realidad forman parte del mismo paquete: los neofascistas de países como Francia, Hungría o Croacia son tan ultranacionalistas y xenófobos como fieles católicos.
Es innegable que el multiculturalismo mal entendido -lo que yo prefiero llamar multiinculturalismo- ha dado alas a los ultras ante el silencio biempensante de la izquierda e incluso de la derecha moderada en los países donde impera una mayor corrección política (que son, por cierto, los más civilizados): ese silencio consiste en no plantear la problemática inserción por razones culturales y/o religiosas de algunas comunidades de inmigrantes. Los rumanos de etnia gitana que vienen a España, Italia o Francia suelen ser fuente de conflictividad en los barrios donde se establecen (quien lo niegue o es un ignorante o está mintiendo, dejando el discurso en bandeja a los ultraderechistas), en los que no viven precisamente pijos o hipsters. Y las comunidades de inmigrantes musulmanes no han terminado de integrarse al portar consigo valores que entran en conflicto con el ideario político de la Unión Europea: laicidad, igualdad de la mujer y tolerancia con las preferencias sexuales de cada uno (dentro de la UE ya sabemos que hay diferencias, sobre todo en los países donde la religión tiene aún cierta importancia como Polonia, España o Italia).
Las instituciones deben buscar una solución integradora, pero eso no quita que los propios rumanos gitanos tengan que hacer algo por sí mismos (para empezar, permitir la educación de sus hijos e hijas y dejar de casar a éstas con trece años) y que todos los inmigrantes extraeuropeos asuman como innegociables la laicidad de los Estados, la igualdad de las mujeres (y su derecho a no ser mutiladas genitalmente en la infancia, como es tradición en algunos países africanos) y los derechos de los homosexuales. Si no encontramos un remedio inteligente a esto, si solo nos quedamos en la ilusa visión beatífica de la inmigración, solo estaremos reforzando a los fundamentalistas religiosos de un extremo y a los ultraderechistas del otro. Lo viene diciendo la somalí Ayaan Hirsi Ali desde hace años: conviene escuchar a esta admirable mujer, que se ha convertido en una pensadora incómoda para la izquierda más tradicional, ortodoxa e incluso simplona.
Hay un factor que nadie contempla y considero importante: el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial ya casi no existe, puesto que los testigos más jóvenes que la vivieron con uso de razón tienen ahora al menos 80 años. Se ha perdido la memoria, el primer paso para volver a repetir los errores del pasado. Si no cuidamos bien nuestra casa europea y dejamos que se pudra la democracia en cada uno de sus países (por imperfecta que ésta sea), cualquier escenario siniestro es posible. Recordémoslo siempre: ¡somos primates, no ángeles! Y no hay conquistas sociales o políticas definitivas: todo se puede derrumbar como un castillo de naipes, destruir es mucho más fácil que construir.
Si miramos ahora dentro de España, el panorama no es mejor. El mismo día de las elecciones en las que cosechó cinco eurodiputados, Iglesias dijo algo que tenia un inquietante tufo populista y nacionalista: "No queremos ser una colonia de Alemania". Alimentaba con ello esa ridícula sospecha popular, con fondo conspiranoico, de que los alemanes son culpables de nuestra desgracia. Sin negar los efectos de la crisis financiera internacional, debemos reconocer que nosotros mismos somos en buena medida responsables por haber permitido la brutal especulación inmobiliaria -e incluso habernos beneficiado de ella, unos más que otros- y el consiguiente destrozo salvaje de nuestros paisajes. Somos culpables por votar a corruptos, incompetentes e impresentables, por entregarnos hasta el estallido de la burbuja al consumismo y el derroche más obscenos, por primar el amiguismo sobre el mérito y la telebasura sobre la educación, por escaquearnos diariamente en el curro (no pocas veces fruto de un enchufe en alguna administración pública) o salir al paso con una chapuza, por conducir como desalmados y arrojar botes de refresco desde el coche en marcha (anteayer fui testigo de ello), por no apagar las luces del baño de la oficina tras usarlo y no pisar nunca un Punto Limpio, por decir que el hotel de El Algarrobico está muy bien porque "allí solo hay jarimoña, esparto, alacranes y serpientes (...) ¿qué ecosistema: na' más que ese?)". Nuestra culpa tiene mucho que ver con nuestra cultura, valores e instituciones, con ese sórdido mosaico neofranquista que tan bien retrata Rafael Chirbes en su novela En la orilla. Hagamos más autocrítica y no echemos balones fuera: que si el capitalismo, que si el neoliberalismo...
Dentro de España, por si fuera poco, tenemos la inminente amenaza secesionista de Cataluña. La eventual independencia catalana es algo que muchos analistas descartan irresponsablemente, pero -al margen de que ésta sea políticamente viable o no, económicamente disparatada o no- es una posibilidad no descartable dado el clima político instalado en el Principado. Va a ser difícil que los nacionalistas más esencialistas -los más extremistas y menos pragmáticos (ERC)- se bajen ahora alegremente del burro de la secesión: la fecha de 2015 se cierne sobre nosotros con muchas más sombras e incógnitas de las que algunos quieren ver.
En fin, que más allá de un escenario electoral diferente como el que parece apuntarse tras el 25-M, estamos necesitados de un cambio cultural profundo: tanto aquí como en toda Europa y el resto del mundo. No basta con transformar o regenerar las instituciones, no basta con frenar los excesos del capitalismo (poniendo firmes a las empresas y poderosos con loables iniciativas como la economía del bien común) o incluso plantarle cara (una tarea que solo puede emprenderse con posibilidades de éxito a nivel internacional). Hay que superar nacionalismos y localismos, liberar la conciencia del yugo religioso (esta asignatura la tenemos casi aprobada en Europa), ser más austeros y respetuosos con el medio ambiente y nuestros compañeros de viaje no humanos, ser más cooperativos que competitivos, valorar más el silencio reflexivo, el tiempo libre y las relaciones personales y menos las posesiones materiales... Pero esos cambios no se fraguan en el corto plazo: lo que cosechemos ahora no lo recogeremos hasta dentro de un tiempo. Lo peor no es ese retardo, ya que me temo que dichas transformaciones no se pondrán en marcha hasta que nos llegue finalmente el agua al cuello (algo que con el cambio climático es una posibilidad nada metafórica). Más vale que nos vayamos preparando. Y perdón por aguarles -¡nunca mejor dicho!- la fiesta.
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