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viernes, 21 de marzo de 2014

Un descubrimiento que nos acerca al origen del Universo

(Lee mejor este artículo de 2016 publicado en RTVE.es, que contiene información actualizada de las ondas gravitacionales)

Los resultados anunciados este lunes en el Harvard-Smithsonian Center de Astrofísica en Massachusetts (a partir de la información recogida por el telescopio de microondas BICEP2 instalado en el Polo Sur) representan, a decir de los entendidos en Física y Cosmología, un gran hito en la historia de la ciencia. De confirmarse en unos meses -lo que parece bastante probable*-, darían un sólido respaldo empírico a la teoría de la inflación cósmica, a la existencia de las ondas gravitacionales predichas por Einstein en su teoría de la relatividad general y también a la naturaleza cuántica de la gravedad (como el resto de las fuerzas conocidas de la Naturaleza: la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil responsable de la radiactividad).

Empecemos por las ondas gravitacionales, que son olas o rizos en el tejido del espacio-tiempo que se propagan como consecuencia del movimiento acelerado de cuerpos con mucha masa. Al igual que las ondas electromagnéticas, que transportan la luz en todo su espectro (desde las ondas de radio hasta los rayos gamma pasando por las microondas, la radiación infrarroja, la luz visible, la radiación ultravioleta y los rayos X, fotones todos ellos de distinta frecuencia y longitud de onda), las gravitacionales también se desplazan a una velocidad de casi 300.000 kilómetros por segundo.

Supongamos que de repente algún desaprensivo sacara al Sol de su ubicación y lo colocara en otra galaxia. Al cabo de ocho minutos, la Tierra no solo dejaría de recibir su luz (con lo que ya siempre sería de noche) sino que saldría disparada de su órbita al dejar de experimentar el campo gravitacional generado por la estrella, que es lo que comba el espacio-tiempo en su entorno y hace que giremos en su derredor. Por supuesto, ambos sucesos serían catastróficos para la vida en el planeta azul. O sea, que durante ocho minutos estaríamos observando el Sol y sintiendo su influjo gravitatorio aunque el astro ya no existiese (de igual modo que por las noches vemos estrellas que pueden haber desaparecido hace cientos de millones de años).

El telescopio BICEP2 ha detectado ondas gravitacionales primordiales (provenientes del Big Bang), manifestadas en muy sutiles distorsiones en el fondo cósmico de microondas que baña todo el Universo. Unos 380.000 años después del Big Bang, el Universo se hizo transparente al juntarse protones (partículas de carga positiva) y electrones (partículas de carga negativa) para formar los primeros átomos: los fotones dejaron de ser rebotados una y otra vez por las partículas cargadas (ahora integradas en átomos neutros) y ya pudieron viajar sin impedimentos a través del espacio. Este es el verdadero Fiat lux ("¡Hágase la luz!") atribuido por el Génesis a Dios, y lo más antiguo del Universo que hasta ahora podíamos observar (¡con las señales detectadas por el BICEP2 nos hemos acercado al mismísimo comienzo, en el que todas las fuerzas estaban unificadas!). Esos fotones ya envejecidos, cuya temperatura ronda ahora los -273º C (el 0 absoluto), de una onda larguísima, una frecuencia muy corta y una energía muy exigua (lo contrario de los rayos gamma, que son superenergéticos, de una onda pequeñisima y una frecuencia elevadísima), son los que componen el fondo cósmico de microondas: una parte de la nieve que se observaba en la pantalla de los antiguos televisores analógicos cuando no había un canal sintonizado es precisamente eso.

El hallazgo de estas ondas gravitacionales primordiales atestiguaría la existencia de fluctuaciones cuánticas al poco tiempo (¡10 elevado a menos 35 segundos!) del nacimiento del Universo, o sea del surgimiento del propio espacio-tiempo. Estas fluctuaciones se producen de manera constante en el mal llamado vacío, que es un auténtico hervidero siempre en ebullición del que brotan partículas de signo contrario que por lo general se aniquilan mutuamente. Hasta ahora, por su carácter tan especial (por ser una expresión de la geometría del espacio-tiempo, solo relevante para objetos muy masivos), la gravedad es la única fuerza que no ha podido ser abordada satisfactoriamente por la mecánica cuántica. Los rizos primordiales en el espacio-tiempo evidenciarían su naturaleza cuántica, por lo que debería existir un bosón o partícula transmisora de la gravedad: el hipotético y fantasmal gravitón, que sería el homólogo del fotón en la fuerza electromagnética.

Pese a las apariencias, la gravedad es la fuerza más débil del Universo: cada vez que un pequeño imán atrae (mediante la fuerza electromagnética) unas llaves del suelo le está ganando un pulso a todo el influjo gravitatorio de la Tierra. Hay quienes, dentro de la teoría de cuerdas, atribuyen esta relativa debilidad a la fuga de gravitones a dimensiones extra no desplegadas en nuestro Universo (que se sumarían a las tres dimensiones espaciales y una temporal sí desplegadas, con las que estamos tan familiarizados). El habernos acercado tanto con el BICEP2 al Big Bang promete futuros avances espectaculares en el estudio de la gravedad. Una teoría cuántica de la gravedad nos permitiría conocer el aspecto del espacio-tiempo (¿espumoso?) a la escala de Planck (en torno a los 0,00000000000000000000000000000000001 metros y los 0,00000000000000000000000000000000000000000001 segundos), por debajo de la cual el espacio y el tiempo dejan de tener significado.

La confirmación de la expansión superlumínica

La teoría de la inflación cósmica, propuesta originariamente en 1980 por Alan Guth y luego modificada por Andrei Linde (mira aquí cómo se enteró del hallazgo del BICEP2), señala que el Universo experimentó una expansión acelerada muy poco tiempo después del Big Bang, duplicando sucesivamente su tamaño decenas de veces. Duplicar 30 veces el tamaño puede parecer algo poco impresionante, pero si empezamos a aplicar la serie 1-2-4-8-16-32... el término trigésimo sería el número ¡536.870.912! Es como si un objeto de solo un milímetro de diámetro pasara a tener casi 537 kilómetros en muchísimo menos tiempo que un nanosegundo. Si en vez de 30 duplicaciones fueran 40, ese diámetro pasaría a ser de 549.000 kilómetros (algo menos que un viaje de ida y vuelta a la Luna).

Cuando la expansión superlumínica (el límite de 300.000 km/s es para todo lo que se mueve dentro del espacio, no para el propio espacio) se detuvo, la energía que se liberó fue la que creó toda la materia del Universo: es lo que se llama el Big Bang caliente, posterior a la detonación que desató -a causa de una fuerza repulsiva cualitativamente similar a la desconocida energía oscura- la expansión acelerada. Desde entonces, el Universo ha seguido expandiéndose, pero de una manera muchísimo más pausada (aunque con una aceleración creciente).
Representación gráfica del fondo cósmico de microondas

Las ondas gravitacionales primordiales presuntamente detectadas en el Polo Sur confirman el modelo de la inflación cósmica, que explica por qué el Universo es plano y tan homogéneo a gran escala. Suele ponerse el símil de un globo sin inflar con sus pequeñas arrugas (semejantes a las inhomogeneidades a escala microscópica producto de la agitación cuántica): al inflar el globo, las arrugas se van alisando hasta el punto de hacer difícil su apreciación. Las pequeñas diferencias de temperatura (expresadas gráficamente en diferentes colores) en el fondo cósmico de microondas reflejan precisamente esas pequeñas inhomogeneidades iniciales. Por cierto, sin ellas (y sin una pequeñísima discrepancia entre las cantidades originales de materia y antimateria, que al tener signo contrario se autodestruyen) no se hubieran formado las galaxias, las estrellas y la vida: todo lo que vemos, incluidos nosotros mismos, debe su existencia a una minúscula asimetría de partida.

El poder asombroso de las Matemáticas

El físico y magnífico divulgador Brian Greene, especialista en teoría de cuerdas que dice que las galaxias son "pinceladas en el firmamento de la incertidumbre cuántica", señala que los resultados ofrecidos por el equipo investigador de Harvard afirman el "poder asombroso" de las Matemáticas para acceder hasta los más remotos rincones del espacio y el tiempo. Desde luego, que las Matemáticas sean un guante para la comprensión del Universo es un fuerte indicio de que éste podría ser una estructura matemática. Es lo que creen grandes físicos como Roger Penrose o Max Tegmark (¡y lo que ya creía Pitágoras hace 2.500 años!).

El también físico y cosmólogo Lawrence Krauss considera que para algunas personas sería "terrorífica" la posibilidad de que las leyes de la física pudiesen llegar a alumbrar la creación de nuestro Universo sin necesidad de apelar a una intervención sobrenatural o a algún propósito. Para Krauss, el anuncio del lunes 17 de marzo puede haber abierto una nueva era en la que incluso podrían ser accesibles a la experimentación cuestiones que hasta ahora quedaban dentro del dominio de la metafísica. ¿La propia existencia de Dios, por ejemplo?...

Probablemente Krauss se pase de optimista, ya que el misterio de la conciencia (de la que no sabemos prácticamente nada) quizá sea mucho más profundo que el del origen del Universo. La Física y la Biología apuntan a que la conciencia es un fruto de la evolución del Universo; al contrario que las cosmogonías orientales, que sostienen que es ella (la conciencia) la creadora del Universo. Si lo cierto fuera lo primero, a la luz de la mecánica cuántica cabría preguntarse por la realidad del Universo anterior a la aparición de sus primeros observadores conscientes. Conforme a la interpretación de Copenhague, la realidad solo se alumbra cuando es observada, permaneciendo en una especie de limbo cuántico (en el que coexisten misteriosamente todas las posibilidades) en caso contrario.

No sería pues disparatado pensar que, antes de ser percibido, el Universo tuviese una existencia meramente virtual. Lo que nos impediría descartar que se tratase de una gigantesca computación (como sugería John A. Wheeler), acaso de un holograma (como sostienen algunos desarrollos de la teoría de cuerdas a partir de una idea de Gerard't Hooft). Sin olvidarnos de la hipótesis del Multiverso, que ha ganado verosimilitud tras el gran descubrimiento anunciado en Harvard.

*Por desgracia, este descubrimiento no superó la revisión científica -el excesivo polvo galáctico contaminó los resultados- y quedó en suspenso en febrero de 2015.

domingo, 16 de febrero de 2014

La vuelta al mundo de la ciencia en 16 entrevistas de Punset en 'Redes'



http://www.rtve.es/television/20140216/vuelta-mundo-ciencia-entrevistas-eduard-punset-redes/863020.shtml

Quienes me siguen saben que Punset no es santo de mi devoción. Cuando digo esto me refiero solo a su faceta de divulgador científico, ya que no pongo en duda que sea una persona encantadora (parece un buen tipo y a mí me cae bien). El problema es que no es un buen divulgador, algo de lo que es plenamente consciente la gente que sabe de verdad de ciencia (no yo, por supuesto, que solo soy un simple aficionado) y también quienes intentan aprender (¡ahí sí que me encuentro desde hace unos años!). Pero solo por la existencia de su programa Redes y sus entrevistas -mejor o peor llevadas- a grandes personalidades mundiales de la ciencia hay que estar en deuda con este hombre. Más si cabe en un país con un nivel cultural y educativo tan lamentable -comparado con sus vecinos del norte de Europa- como España.

Hoy se ha publicado este artículo mío en RTVE.es que pretende ser un amplio recorrido por los principales ámbitos de la ciencia a través de 16 entrevistas seleccionadas de Redes, que inició su andadura en 1996 y se despidió el verano pasado de La 2 de TVE. Me lo encargó hace semanas, con gran satisfacción por mi parte, mi nuevo jefe Alberto. Me gustaría que lo leyese gente que nunca ha estado interesada por la ciencia -y mucho menos por la Física- por considerarla un peñazo y algo ajeno a nuestras vidas. Creo que están profundamente equivocados, porque la ciencia no solo nos ofrece la mejor explicación de cómo es el mundo -y nosotros mismos- sino también una guía moral para conducirnos por él (nos dice, por ejemplo, que el sistema nervioso de los mamíferos -o sea, su capacidad de gozar y sufrir- es prácticamente el mismo: que cada uno extraiga conclusiones y actúe en consecuencia). Y sus implicaciones son mucho más emocionantes que las de la religión más imaginativa (con la diferencia de que, además, ¡son ciertas!).

El físico Paul Davies sostiene en Dios y la nueva física que la ciencia proporciona incluso un camino más seguro que las religiones para llegar a Dios (desde luego, un Dios que no tiene nada que ver con el convencional). El propio concepto del Multiverso debería hacernos ver el mundo de una manera muy diferente: a mí, desde luego, me hace albergar una insospechada esperanza razonable de inmortalidad.

martes, 14 de enero de 2014

'Un Universo de la nada' versus "No puede aver basio (sic)"



Una genial conferencia del físico y cosmólogo estadounidense Lawrence Krauss, celebrada en 2009 a instancias de la Fundación Richard Dawkins en el marco de la Atheist Alliance International, daría pie a la redacción de un libro que ya ha llegado a nuestras librerías en su traducción española: Un universo de la nada. Cuando mi amigo el doctor Salvador Casado me informó hace unos días de la existencia de esta obra, no tardé en buscar información de ella (lo primero, ver si ya estaba en versión digital). Y descubrí en Internet la charla íntegra en inglés de Krauss (la tienes justo encima de este párrafo), con subtítulos en español.

La conferencia de más de una hora, prologada por el propio Dawkins y cerrada con interesantes preguntas del público, fue tan sobresaliente como lamentable la traducción al español de quien subió el vídeo subtitulado a YouTube, lo que me hizo volver a reflexionar acerca de la mala calidad de muchos de los contenidos alojados en Internet (sobre todo en su ámbito hispano). Y eso que todavía no había leído los comentarios al vídeo, de los que aquí abajo hay un pantallazo muy ilustrativo.


No es la primera vez que saco a los trolls a colación en este blog. También he hablado de chiflados conspiranoicos, de punseteces y de analfabetos digitalizados 2.0, sin olvidar a los analfabetos científicos que todavía van por ahí presumiendo tanto de su estéril erudición como de su ignorancia de todo lo ajeno a las humanidades. Son elementos perfectamente reconocibles en el paisanaje de este mundo del siglo XXI.

La verdad es que el contraste es brutal: la fundada hipótesis de que nuestro Universo puede haber sido producto de una fluctuación cuántica en el vacío frente al "no puede aver basio, algo debe existir (sic)" del comentarista de turno; la alusión a la belleza matemática de un universo plano (en el que la energía sería nula) frente al emplazamiento de un simplón conspiranoico a Krauss para que explique por qué una "rasgadura artificial en la línea de tiempo" (??) ha llevado al cierre del acelerador del CERN ("Qué pasó"); las profundas implicaciones de un universo infinito y plano (en el que todos los sucesos volverían a repetirse infinitamente) frente al docto apunte crítico que tilda al cosmólogo de "fantasioso", señala que la luz viaja a 600.000 km por segundo y finaliza con la sutil perla metafísica de que "a tenido que haber un ser que haya existido siempre y ese es DIOS como dice el guste o no (sic)". No pasemos por alto, por cierto, el perfil religioso de estos comentaristas: no se trata de algo casual.

Inteligencia y estulticia, conocimiento e ignorancia, siempre han cabalgado juntos en nuestra especie. Y sin duda lo seguirán haciendo mientras seamos humanos, desmintiendo a aquellos viejos ilustrados del siglo XVIII que soñaban con un mundo de ciudadanos cultos gobernados por la razón. Si Voltaire levantara la cabeza en este tercer milenio, se quedaría asombrado de la quiebra del prestigio intelectual (cualquiera de los comentaristas del vídeo de Krauss podría tener más seguidores en Twitter que él), un fenómeno ligado a la democratización-mercantilización de la cultura y el arte cuyas funestas consecuencias están aún por ver en toda su extensión.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Tú, yo y todos: únicos, repetibles e imborrables

Hace semanas que me asalta una profunda intuición, la de que todos nosotros (cualquier ser vivo con conciencia, por primitiva que sea) somos al mismo tiempo únicos, repetibles e imborrables. Algo así como una obra musical, pongamos que como el concierto de viola en Do menor de Johann Christian Bach.
Tengamos primero en cuenta que lo que conocemos como nuestro yo físico en cada momento (porque el yo físico de hace un segundo no es el mismo que el de dentro de un segundo) es una combinación gigantesca de partículas físicas (electrones y quarks) dispuestas en el tablero del espacio-tiempo. Los estados de conciencia están asociados a estas combinaciones. El flujo del pasado al futuro de los sucesivos estados de conciencia es lo que hemos dado en llamar el yo.

Seríamos únicos en el sentido de que la combinación que nos define solo se correspondería con nosotros (y no con cualquier otro objeto del Universo). Seríamos repetibles en la medida en que esa combinación podría ser reproducida infinitas veces en un hipotético Multiverso. Seríamos imborrables porque nuestra fórmula estaría inscrita de manera indeleble -¿y acaso necesaria?- en el tejido del Cosmos. La partitura del concierto de viola de Johann C. Bach es también única, repetible e imborrable. Aunque destruyésemos el original y todas sus copias y reproducciones, la exacta combinación de sonidos que expresan seguiría intacta en un almacén platónico más allá del espacio y el tiempo. Nada menos que el gran Richard Dawkins, el tipo menos sospechoso de ser un cantamañanas o de decir chopradas, sostiene en El relojero ciego que todas las formas biológicas posibles están ahí fuera en una especie de hiperespacio platónico a disposición de la evolución. ¿Y por qué no también, en sus respectivos hiperespacios ideales, el concierto de viola en Do menor y tu propio yo mental o conciencia?

Este guiño a Platón nos aboca a una especie de predestinación calvinista: ¿Por qué hemos tenido la suerte de ser humanos y no almejas o paramecios? ¿Por qué hemos tenido la suerte de ser nosotros y no Carlos Floriano? ¿Por qué hemos tenido la desgracia de ser nosotros y no Brad Pitt o Einstein? ¿Por qué no hemos tenido que pasar (¡toquemos madera!) por un campo de exterminio?: ¿acaso somos mejores que la guapa, encantadora e inteligente niña de tres años que Primo Levi vio en el tren camino de su bárbaro fin prematuro en Auschwitz?... Pero sería como si en el número 23.175 el dígito 2 se lamentase de ser más bajo que el 3 o anhelase estar en el puesto del 7. O como si el polo norte se planteara por qué no es el polo sur. O como si una nota del concierto de Johann C. Bach pretendiese colocarse en otro lugar de la obra o escaparse de ella. Somos irrevocablemente lo que somos, por la misma razón por la que el dígito 5 es el último del número 23.175. Y cada vez que se alumbre una conciencia con nuestra precisa fórmula en cualquier Universo, seremos nosotros los convocados, como uno de los modos que tiene el Cosmos de percibirse parcialmente a sí mismo a través del espacio y el tiempo.

Ahora bien, el concepto de yo se emborrona en el Multiverso cuántico porque toda alternativa (ir por un camino a la izquierda o a la derecha) se ramificaría infinitamente llevándonos a individuos parecidos pero con diferentes historias y, por tanto, yoes ligeramente distintos tras cada ramificación. Mi yo que no volvió a España en febrero de 1994, porque se quedó a vivir en Inglaterra, sería ahora, al cabo de casi 20 años, algo diferente al que vive en Madrid y esto escribe. Así pues, ese que se estableció en Londres, ¿podría ser considerado yo? Desde luego, no estaría más lejos que mi yo de 1982 en Canarias...

domingo, 7 de octubre de 2012

Hijos de la imperfección capaces de imaginar la perfección

Es evidente que el mundo no es perfecto: existen la enfermedad degenerativa, el fallo mecánico, el error de cálculo, la imprecisión lingüística, la pérdida de memoria, el deterioro y rotura de las cosas, la incompletitud de las Matemáticas... El diccionario define perfecto como aquello que tiene "el mayor grado posible de bondad o calidad en su línea", que está "en buenas condiciones, sin mella ni defecto". La perfección requiere orden y simetría. Y los seres vivos no son perfectos, aunque mantengan un cierto orden (luchando continuamente, hasta su muerte, contra la tendencia al desorden de todo lo que existe) y su estructura siga unos patrones. Lo mismo puede decirse de cualquier objeto inanimado, desde un bolígrafo hasta una estrella pasando por una roca (¡ni siquiera un diamante es completamente perfecto!) o un tarro de mermelada; aunque, a diferencia de un ser vivo, ninguno de estos objetos puede pelear contra el desorden.

Viajemos hasta el principio: todo se remonta a una singularidad, a una ínfima y muy ordenada -aunque no del todo uniforme- pepita originaria, probablemente fruto de una aberrante fluctuación cuántica en el vacío (muchísimo menos probable que una tirada de dados en la que saliera cien mil veces seguidas el mismo número). La no completa uniformidad de esa pepita (por efecto de la permanente agitación cuántica), amplificada descomunalmente en un brevísimo periodo de tiempo (10 elevado a menos 32 segundos) por la inflación cósmica, explica la distribución no homogénea de la materia y de la radiación en el Cosmos, sin la cual no se hubiesen formado las galaxias, las estrellas y la propia vida. Sin gradientes, sin diferencias en densidad, temperatura y presión entre las diferentes regiones del Universo, no estaríamos nosotros aquí. Ni tampoco habría agujeros negros, ni tormentas, ni terremotos, ni mañanas...

Por tanto, somos producto de la heterogeneidad (¡de la imperfección!), achacable tanto a las pequeñas perturbaciones cuánticas en la pepita originaria como a la ruptura de simetrías en los primeros momentos del Universo. La flecha del tiempo (que este corra hacia el futuro), el predominio de la materia sobre la antimateria (no se conoce lugar alguno del Universo hecho de esta última) y la tridimensionalidad del espacio son algunas manifestaciones de esas asimetrías. Lo primero, porque el tiempo no tendría por qué correr solamente hacia adelante. Lo segundo, porque si la cantidad de materia y de antimateria hubiesen sido exactamente iguales al principio, ambas se habrían aniquilado mutuamente dejando tras de sí tan solo un enorme torrente de rayos gamma. Lo tercero, porque parece haber dimensiones extra no desplegadas como las tres con las que estamos tan familiarizados.

Lo curioso es que seamos capaces de imaginarnos la perfección -por ejemplo, un círculo perfecto- aunque esta no exista en el mundo físico y seamos hijos de la imperfección. Podríamos pensar que el círculo perfecto, un objeto geométrico de infinitos lados (si no fuera así, no sería perfecto), solo existe en nuestras mentes. Pero el hecho de estar allí alojado nos lleva a la sospecha de que pueda existir permanentemente en algún otro lugar, en alguna especie de morada eterna de ideas platónicas conectada de algún modo a esa mente anclada al mundo físico, a esa mente que emerge de un sustrato material de miles de millones de neuronas. Incluso esa morada platónica podría ser la raíz, o al menos la guía, de ese extraño árbol que llamamos mundo físico. Al igual que de las Matemáticas, la Estética o la Moral.

lunes, 22 de agosto de 2011

Billar en la Wii y jugadores 'ahí fuera'

Jugando al billar en la Wii, advertí una obviedad: todos los posibles movimientos en el juego están ya programados, mediante algoritmos, por sus creadores de Nintendo. El que se manifiesten unos movimientos y no otros depende de las elecciones realizadas por los jugadores con sus mandos: o sea, de la dirección e impulso de los golpeos de las bolas.

Si dentro de la pantalla de la tele hubiese un ser consciente bidimensional observando las evoluciones sobre la mesa de billar virtual, ¿podría sospechar que detrás del movimiento de los tacos virtuales se hallan unos tipos fuera de su mundo? Unos tipos cuyas acciones dependen a su vez de lo que sucede en su realidad tetradimensional (las tres dimensiones espaciales más la temporal), en la que -tal como nos enseña la mecánica cuántica- todos los sucesos posibles están presentes de algún modo en un misterioso estado de superposición lineal que se va decantando de manera aparentemente aleatoria (¿o quizá en función de las elecciones realizadas por desconocidos jugadores con sus desconocidos mandos?).

En nuestro mundo tetradimensional, algunos individuos sí que sospechan que detrás de sus movimientos podrían estar unos tipos de fuera del mundo... ¿jugando?, ¿trabajando?, ¿cumpliendo alguna misión?... ¿Y si al final el bueno de Jámblico (pensador neoplatónico) tuviese razón y estuviéramos en un Cosmos poblado por dioses, ángeles, demonios, héroes y simples mortales ubicados en distintos niveles a cual más alejado de la mónada primordial?

martes, 25 de enero de 2011

Extraterrestres a un milímetro

Quizá haya criaturas extraterrestres tan cerca de nosotros como a un milímetro de distancia. Puede que nuestro universo comparta puntos del espacio-tiempo con otros desplegados en otras dimensiones y de los que nos separarían finísimos tabiques sólo franqueables por los gravitones (las partículas mensajeras de la gravedad). Otros cosmos pegados al nuestro, al que acompañan fantasmalmente desde quién sabe cuándo. Nuestros rostros enfrentados, casi piel con piel, a los de los habitantes de esos inimaginables universos. Seres incapaces de percibirse mutuamente, teorizando los unos sobre los otros, desconocedores de esa cercanía íntima y a la vez abismal. Acaso sufriendo por su finitud y rezando a un creador que los hizo a su imagen y semejanza.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Ley moral, sinfonía cósmica y encuentros rutinarios en el metro

Kant decía que había dos cosas que le maravillaban: "el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí". Esa expresión da por sentado que hay una frontera entre el dentro y el fuera, algo que resulta obvio para cualquier ser vivo consciente: como dice el escritor canario Rafael-José Díaz, estamos "rodeados de lo que no somos, irremediablemente encerrados en aquello que somos".

Pero la Física nos enseña que estamos hechos de los mismos materiales que las estrellas, que no dejamos de ser polvo estelar consciente de sí mismo y autónomo durante un periodo de tiempo relativamente efímero: o sea, que nuestros cuerpos y la ley moral que sentía Kant -y que podemos sentir el lector de estas líneas y yo- tienen los mismos mimbres que el cielo estrellado que veían los ojos del filósofo alemán, al igual que una flor, un cocodrilo, una persiana o un meteorito.

Acaso esa ley moral sea una consecuencia necesaria de la evolución del Universo conforme a las constantes que lo rigen desde el big bang, como también lo sean todas las hojas, los sueños, los hipopótamos o los cometas. O puede que esa ley sea un principio latente en las fuerzas físicas que operan en el Cosmos. Incluso podríamos identificarla con la gran sinfonía cósmica, fruto de la vibración conjunta de las finísimas pero inmensas cuerdas que según algunos físicos informan el Universo. Toda castaña, nutria, planeta, poema o canción no dejaría de ser una variación de esa sinfonía cósmica infinita. ¿Serán pues todas las cosas meras notas de esa invisible y misteriosa ley moral, esa música del Universo a la que también podríamos llamar Matemática, Brahman o Dios?...

A veces pienso que todos y cada uno de los fresnos, de los osos polares, de las nubes y de los ciclones siempre han existido y no dejarán de hacerlo: hay que ir a encontrarlos en recovecos de la espuma de sucesos del espacio-tiempo. Igual ocurre con todos los sueños, los pensamientos y los momentos; incluso los más triviales, los que parecen acabar disolviéndose como azucarillos en las aguas agitadas del tiempo, esos encuentros rutinarios en el metro con desconocidos de los que nunca te acordarás (de ellos habla Txe Peligro en su blog). Lo cierto es que nada de eso se borra porque siempre ha estado ahí eternamente, antes y después de desfilar ante nuestra conciencia.
 
Así que en algún lugar del Universo, o del Multiverso, deben estar íntegramente (no dañados ni destruidos por el olvido) nuestro sexto cumpleaños, aquel sueño infantil en el que volábamos como pájaros sobre la ciudad, nuestros pensamientos del 7 de noviembre de 1987 o aquella fugaz mirada en el tren a un extraño el 20 de septiembre de 1998. Lo que pasa es que no podemos volver a ellos con nuestra conciencia individual, condenada a seguir la flecha del tiempo con una mochila llena de frágiles recuerdos a sus espaldas. Pero, ¿existirá una conciencia cósmica (ley moral en estado puro) que sí lo permita?...

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