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sábado, 19 de noviembre de 2011

La mayoría son otros

Acierta la derecha cuando afirma que el movimiento 15-M no representa a la mayoría social de este país, que son más los españoles que no salen a la calle a protestar ni se movilizan de alguna manera contra la situación política y económica que nos ha tocado. Acierta por desgracia, porque es un drama -para los poderosos, un motivo de tranquilidad- que los cómplices de la crisis, los reacios a toda transformación (conservadores en el peor sentido), los engañados, los silenciosos y los indiferentes sean mayoritarios. Y esto es así, hay que reconocerlo para no llevarse un chasco. Como el de quienes pensaban que los tunecinos progresistas, esos hombres y mujeres jóvenes de clase media urbana y bien educados que hicieron caer a la dictadura de Ben Alí, eran mayoría en su país y serían artífices del primer estado laico democrático del mundo árabe.

Queda el consuelo de saber que los cambios sociales siempre empiezan con una minoría activa y que las conquistas a veces llegan tras tortuosas sendas, como la que los tunecinos tienen por delante (de color verde) y la que los españoles nos aprestamos a recorrer (de color azul gaviota).

domingo, 3 de julio de 2011

15-M: ¿Qué hay de lo mío?

Un amigo que está participando en el movimiento 15-M en Canarias, una persona honesta e inteligente, me confesaba hace días algunas inquietudes. Para empezar, le incomodaba la descalificación sin matices de todos los políticos -el "todos son iguales"- que se ha convertido en uno de los tópicos del movimiento. Porque, como bien dice mi amigo, no todos los políticos -ni los partidos- son iguales. Más inquietante aún es el denuesto de la política, como si esta fuese una actividad  prescindible. La manida frase "Soy apolítico" es una gran sandez, ya que todo es política: desde cómo deben repartirse los impuestos a cómo deben gastarse, desde a qué velocidad máxima se puede circular por la autopista hasta si debe permitirse torturar salvajemente a un toro en público. Si los ciudadanos no se comprometen políticamente, los poderosos -los que siempre detentan el poder, ya que no están obligados a hacer una reválida cada cuatro años- tendrán más margen para hacer lo que les dé la gana. Eso es algo que muchos siguen sin entender.

Pero lo que más le descorazonaba a mi amigo era la constatación de que algunas de las personas que se manifiestan bajo la bandera del 15-M lo hacen no tanto por la defensa de unos ideales o un ejercicio de solidaridad como por un exclusivo interés personal. Gente que no quiere cambiar Canarias, España o el mundo sino que solamente pretende que resuelvan su problema: el no tener un trabajo bien pagado como años atrás en pleno boom de la construcción. Gente que hace cinco años no hubiera tenido la ocurrencia de salir a la calle por tener resuelta su situación económica (generalmente, sin ningún esfuerzo educativo detrás) y bien surtido el depósito de gasolina de su coche.

Como si hace cinco años no hubiese suficientes motivos para manifestarse contra la corrupción a toda costa (nunca mejor dicho), los abusos de la banca, la degradación del sistema educativo, el ahogo de la investigación y la ciencia, el drama del mileurismo en los titulados universitarios, el despilfarro y enchufismo en las Administración y las empresas públicas, la inmundicia en la televisión, el cinismo de nuestros ministros de Exteriores, el grosero y atroz consumismo, la agresión al medio natural, la especulación financiera, la pobreza y la injusticia en el mundo... Pero, claro, qué mas daba si uno se llevaba un buen dinerito -muchas veces en negro- a final de mes.

viernes, 27 de mayo de 2011

Después del 22-M

Conozco a gente supuestamente informada y con criterio que llegó a creer que algo importante iba a ocurrir en las urnas el pasado 22-M, que el pueblo unido acudiría en tropel a expresar con firmeza su insatisfacción con el estado político, económico y moral del país. Se equivocaron, obviamente: volvieron a cometer el incorregible error de creer que la sociedad se reduce a los círculos en que se mueven ellos.

Porque la gente que protestaba pacíficamente en las plazas españolas no representa, por desgracia, a la mayoría social. Como tampoco la representan fielmente la audiencia de la última película de Kiarostami, la de esa cosa llamada La Gaceta o la del último partido de fútbol Melilla-Alavés, solo por citar tres casos muy dispares. Lo mejor para hacerse una idea aproximada de la España real es sacar el coche del garaje y meterse en la carretera: ahí sí que tenemos un retrato relativamente certero de nuestro paisaje social y de su calidad.

Con respecto al movimiento ciudadano 15-M, no puedo estar más de acuerdo con casi todo lo que dice en su blog Alejandro Martín Navarro (además, yo no lo habría escrito mejor). Parecemos estar necesitados de utopías, de creernos cada cierto tiempo que un mundo maravilloso es posible sobre esta sufrida Tierra, que existe un sistema aún no aplicado capaz de surtir de felicidad a todos y cada uno de los integrantes de la humanidad. Cuando de lo que se trata es simplemente de asentar un orden político y socio-económico que haga posible una convivencia civilizada y una existencia materialmente digna, que a su vez permita a cada cual buscar libremente su felicidad (si acaso ese es su deseo). Es muy comprensible recelar de las utopías, porque los mayores infiernos sociales (el fascismo, el comunismo, los fundamentalismos religiosos...) han sido hijos de ellas.

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