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sábado, 9 de noviembre de 2019

La ortodoxia de la corrección política, un insulto a la inteligencia que solo beneficia a los ultras

Hace ya tiempo que escribí contra la nueva Inquisición de la corrección política, que se ha ido adueñando del espacio público con el silencio y la complicidad de la izquierda menos reflexiva. Hoy vuelvo a este mismo asunto, consciente del coste que puede tener para las causas progresistas someterse a sus dictados. Como afirma el tuitero @saldatis, "los populistas solo dicen barbaridades que a nadie se le ocurre decir y verdades que nadie se atreve a decir". "Para luchar contra ellos", seguía @saldatis, "en vez de debatir las primeras -que se anulan solas- los partidos "normales" deberían adelantarse en decir las segundas". Y creo que tiene toda la razón.

Un caso de libro es el de las manadas sexuales. En el debate televisivo de hace unos días, el líder de Vox dijo que el 70% de los integrantes de las manadas eran extranjeros. Los verificadores de El País se lucieron con un desmentido en Twitter en cuya explicación se contradecían a sí mismos: ¡concluían que el dato correcto era del 69%! Para no quedar en ridículo, El País borró el tuit al poco tiempo (aunque demasiado tarde para impedir los pantallazos). Yo nunca votaré a una formación nacionalpopulista y ultra como Vox (ni siquiera a un partido de derechas), pero si Santiago Abascal -o el mismo Stalin- dijera que la Tierra gira en torno al Sol no seré yo quien se lo niegue.
Pues resulta que El País se quita discretamente de en medio, pero la página de verificación Newtral saca un informe en el que insiste en la falsedad del dato del 70%. Y lo hace reconociendo que el 69% son extranjeros... ¡pero solo cuando en las agresiones sexuales grupales la víctima no conoce a sus violadores! ¿Es disparatado suponer que las violaciones en manada se cometen mayoritariamente con desconocidas, porque así es más fácil salir impune? Aun así, no veo por qué la estadística tendría que ser muy diferente cuando la víctima es conocida por sus agresores (no hay datos de esto desagregados por nacionalidad). En cualquier caso, es un despropósito de Newtral relativizar las violaciones en manada de desconocidas diciendo que son solo el 4% del conjunto de todas las agresiones sexuales (20% del 20% en las que la víctima no conoce a sus agresores). Si hablamos de manadas (un tipo de violación agravada, contra la cual se han manifestado en nuestras calles miles de mujeres), ciñámonos a ellas y abstengámonos de usar torpes artimañas aritméticas para llevar el ascua a nuestra sardina.

Empecé este artículo con las manadas, pero sigamos tocando otros palos políticamente incómodos... Los datos citados por Newtral en este otro informe desmienten implícita e involuntariamente el mantra oficial del 0.01% de denuncias falsas (ese es el % de las pocas sentencias condenatorias, ya que la Fiscalía solo actúa de oficio en casos de escandalosa falsedad). Con un 33% de archivos y un 7% de absoluciones, el dato real debe ser en buena lógica muy superior. Si las denuncias falsas fueran el 10% del total (una cifra que parece razonable a tenor de los sobreseimientos libres -un 3%- y las absoluciones), la cifra multiplicaría por 1.000 la oficial indiscutible (el mantra del 0.01%). Ciertamente, ese 33% de archivos o sobreseimientos es muy inferior al 86% pregonado por Vox. La realidad parece estar en un punto intermedio entre lo que dice la ortodoxia buenista y lo que cuentan los ultraderechistas.

Lo mismo puede decirse de la sobrerrepresentación de los extranjeros en el ejercicio de la violencia de género. Sigo asombrado de que una persona inteligente y cabal intentara convencerme hace meses de que yo estaba equivocado esgrimiéndome el dato de que el 70% de los agresores a mujeres son españoles... ¡no advirtiendo que me estaba dando implícitamente la razón, ya que un colectivo que representa el 10% de la población explicaría el 30% de las agresiones!

Pasemos ahora a los menas... Un votante de Unidas Podemos que ha trabajado con menores no acompañados en Canarias me confiesa que en torno a un 30% son muy problemáticos (casi todos, magrebíes; el 99% de los subsaharianos son buenos) y que la mitad de estos (o sea, sobre un 15%) son individuos verdaderamente peligrosos. Debemos ayudar a los buenos menas a formarse e integrarse, así como poner firmes a los malos (poniéndolos en un avión de vuelta a su casa, si es posible). Lo lamentable es que, como me explica ese trabajador social, el sistema no premia a los que se portan bien y no pocas veces las deportaciones se ceban con ellos en vez de con los energúmenos.

Es verdad que la extrema derecha utiliza los datos torticeramente (metiendo en el mismo saco a todo un colectivo -inmigrantes- que mayoritariamente es gente honrada), pero flaco favor hacemos desde la izquierda retorciendo la realidad para desautorizar a xenófobos y racistas. Porque seguro que hay nativos de buena voluntad (y, no pocos de ellos, progresistas) que se sienten insultados al escuchar ciertas afirmaciones de Garzones y Colaus sobre manadas, violencia machista, menas, etc. que contradicen lo que ven en sus barrios con sus propios ojos... Y que pueden verse tentados a votar, ya solo por rabia e indignación, a nacionalistas ultras que al menos no tienen miedo al tribunal de la corrección politica.

Esa ultracorrección es la que impide a muchos afirmar (al menos en público) que hay culturas más violentas y machistas que otras, lo que hace que sus miembros sean en promedio (insisto: EN PROMEDIO) más violentos y machistas. La cultura española, por ejemplo, es menos ecologista y más tolerante con el maltrato animal que la cultura escandinava: a nuestros compatriotas (EN PROMEDIO) les preocupa menos el ecologismo y el bienestar animal que a los nórdicos. ¿Alguien se atreve a negarlo?... ¿Y alguien se atreve a negar que hay mujeres (al igual que hombres) mentirosas y malvadas?... Decir estas cosas te hace ingresar, como dice Arturo Pérez-Reverte, en el club de los fusilables: tanto por los hunos como por lxs otrxs.

Un amigo de extrema izquierda me decía ayer mismo, al discutir sobre todo esto, que ve necesario engañar a la gente nativa más sencilla porque cualquier intento de convencerlas con argumentos está condenado al fracaso. O sea, que habría que esconder verdades incómodas (habría que practicar la mentira social piadosa) para evitar que las masas trabajadoras poco ilustradas se lanzaran a la caza del diferente. Huelga añadir que opino todo lo contrario y que no se debe insultar así a la inteligencia de la gente (debe hacerse pedagogía, sin negar la realidad). Porque todo el mundo tiene su orgullo... y más vale no pisarlo si no queremos luego sorpresas muy desagradables en las urnas.

sábado, 9 de enero de 2016

Lección de Colonia: No todos los inmigrantes son buenos (¿y alguien esperaba que lo fueran?)

La última Nochevieja en Colonia sigue en el candelero: la policía alemana ya ha identificado a algunos de los cientos de salvajes que agredieron sexualmente -se incluyen dos casos de violaciones- a mujeres aprovechándose de las celebraciones callejeras de fin de año en esa ciudad. Aunque se llegó a decir que casi todos los atacantes eran sirios, lo cierto es que más de la mitad de los 31 energúmenos identificados son magrebíes (de Marruecos y Argelia) y solo cuatro proceden de Siria. De ellos, 18 habían solicitado asilo en suelo germano.

Estos sucesos han dado alas a xenófobos y racistas de toda Europa. Empezando por los de la propia Alemania, el país más generoso -junto a Suecia- con los migrantes sirios. El mensaje es: "Ya véis a quienes habéis dejado entrar, a estos musulmanes que quieren destruir desde dentro nuestros propios países". La otra cara de esta derecha y ultraderecha cerril y populista que sostiene que los inmigrantes vienen a robar, violar y ponernos bombas es una izquierda cándida y políticamente correcta que defenestra a cualquiera que ose afirmar, en un ejercicio del más puro sentido común, que entre tantos refugiados tiene que haber necesariamente ovejas negras.

Si ha llegado más de un millón de inmigrantes sirios a Alemania, lo normal (véase una sencilla "campana de Gauss") es que no menos de 20.000 sean psicópatas y no menos de 100.000 se correspondan con tipejos poco recomendables. Esto es lo que hay, lo anormal es que no fuese así: ellos son igual de humanos que nosotros, para bien y para mal. ¿Acaso es un disparate decir que en España hay como mínimo 900.000 psicópatas? ¿O que pululan al menos cinco millones de personas a las que no comprarías un coche usado ni confiarías el cuidado de tu hijo?... Es la condición humana. Por eso es estúpido creer que, por mucha educación y buenas políticas que se apliquen, algún día se erradicará por completo la violencia machista o la delincuencia en general.

Además del factor delincuencial, hay un claro componente cultural en el caso de Colonia. Tengamos en cuenta que buena parte de estos migrantes son hombres jóvenes que vienen de una zona del mundo con una gran represión sexual y en la que las mujeres siguen siendo consideradas seres inferiores, lo cual tiene que ver con una mayor observancia de la religión y la tradición. Es innegable que el mundo árabe y musulmán -aunque también Latinoamérica, la India y el África subsahariana- deja mucho que desear en el trato dispensado a las mujeres. No es menos verdad que Siria era antes de la guerra un país con un cierto desarrollo económico y social en el que las féminas tenían reconocida su igualdad legal, pero con toda seguridad los cuatro agresores sirios identificados en Colonia -recordemos de nuevo que la mayoría de sospechosos son norteafricanos- no formaban parte de la clase acomodada o media urbana en cuyo seno las mujeres podían sentirse relativamente libres sino más bien del lumpen suburbano (al igual que los chiquillajes marroquíes que andaban hasta hace unos años por Lavapiés atacando impunemente a todo el mundo) o del atrasado medio rural, los segmentos sociales más atados a la incultura, la tradición y los clérigos. Si eres un joven que ha mamado desde pequeño misoginia y represión, tienes ahora la suerte de vivir en una sociedad abierta -en la que ha calado la creencia de que los delincuentes son todos víctimas sociales, por lo que hay que ser benevolente con ellos- y eres un canalla (esto último es condición necesaria), no es de extrañar lo ocurrido en Colonia.

martes, 22 de septiembre de 2015

El Viacrucis de los refugiados sirios: una típica película protagonizada por humanos

Europa vive una crisis migratoria sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Dicho de una manera más concreta y personalizada, decenas de miles de sirios (pero también iraquíes, afganos, eritreos y otros) están embarcados en un largo, caro y peligroso viaje hacia el núcleo próspero de la Unión Europea, forzados a abandonar su país por la guerra y/o la persecución política: un periplo de miles de kilómetros marcado por la angustia, el frío, el hambre, la sed, el cansancio y, a veces, la muerte (ya se han convertido en cotidianas las terribles imágenes de niños ahogados en aguas del Mediterráneo), a expensas de traficantes sin escrúpulos y de otros desalmados que en ocasiones -dentro y fuera de la UE- llevan uniforme.

Para analizar este drama utilizaré el mismo modelo aplicado al tráfico ilegal de marfil en una entrada anterior titulada "La pena por el elefante". Porque, como escribí allí, "se trata de la típica película real protagonizada por humanos, con todo lo que conlleva: egoísmo, ignorancia, estupidez, maldad... Al igual que en las pelis de ficción también hay, por supuesto, cosas buenas como la gente que se indigna e incluso se rebela arriesgando su pellejo. El modelo explicativo aplicable es siempre el mismo, hablemos de tráfico de marfil, de peletería, de diamantes, de industria cárnica o de esclavismo". Y, claro está, de inmigración masiva...

Para empezar, hay que remontarse al año 2003, cuando el mendaz y escasamente cualificado presidente estadounidense George W. Bush (votado y respaldado por no pocos compatriotas ignorantes e imbéciles) conduce a su país y a algunos de sus aliados a una guerra desastrosa y contraproducente en Irak (que servirá para divertirse a seres de la calaña de la señorita England), creando un caos y un vacío político que años más tarde será llenado -tanto en Irak como en la vecina Siria- por fanáticos religiosos (en el mejor de los casos, ignorantes y estúpidos; en el peor, simples bestias) bien financiados por correligionarios adinerados del golfo Pérsico con cuentas en Suiza y cuasiesclavos asiáticos a su servicio. Estos fanáticos (musulmanes sunníes nativos y extranjeros venidos expresamente de otros países de la región, de África o de Europa) se hacen con el control de un vasto territorio a caballo entre Irak y Siria y siembran el terror entre cristianos, musulmanes chiíes, kurdos y todo aquel que desafíe a su autoproclamado Estado Islámico. En Siria les harán frente el Ejército del dictador Asad (apoyado por la milicia chií libanesa proiraní Hezbolá), las milicias laicas kurdas del norte (en un territorio independizado de facto de Damasco) y otras milicias laicas e incluso islamistas (como el grupo Al Nusra, cercano a Al Qaeda), a su vez enemigas del régimen de Asad. La población civil, atrapada entre varios fuegos y sometida a bombardeos indiscriminados, es desplazada masivamente de sus pueblos y ciudades y empujada al exilio.

Miles de personas, muchas de ellas junto a toda su familia, se ponen camino de la rica y tolerante Europa, donde nadie les va a echar bombas de barril ni a rebanar el pescuezo y podrán encontrar un trabajo del que vivir decentemente. Por supuesto, no todos son trigo limpio: sería absurdo (un bofetón a la estadística) que así lo fuera. Como tampoco eran buenos todos los republicanos que abandonaron España a finales de la Guerra Civil o todos los judíos que estaban en los campos de concentración y exterminio nazis (algunos de ellos colaboraron con los nazis y fueron tan crueles con sus hermanos hebreos como aquellos, tal como nos contó Victor Frankl en El hombre en busca de sentido) o todos los soldados aliados que felizmente derrotaron a Hitler hace 70 años. Como tampoco eran malos, por otra parte, todos los soldados de la Alemania nazi (muchos de ellos, como un primo hermano de mi madre, eran jóvenes obligados a servir).

Volvamos al siglo XXI. En su recorrido, los sirios bienintencionados -y también los otros- habrán de toparse con buena gente, pero también con imbéciles o inconscientes, con desaprensivos y con bestias (humanas). A casi todos los traficantes de personas podemos repartirlos entre estos dos últimos grupos: al primero (los desaprensivos) se adscriben los que pretenden sacar a los migrantes el mayor dinero posible y no se preocupan demasiado por su seguridad; el segundo está integrado por los que los estafan y son capaces de hundirles la balsa en medio del mar, causando directamente su muerte. Si llegan a suelo europeo, los sufridos migrantes se encontrarán de nuevo con gente que les ayudará (simples ciudadanos, voluntarios y no pocos empleados públicos y policías empáticos), pero también con gentuza racista que les pondrá la zancadilla o los mirará con recelo (entre ellos, no pocos policías que les inflarían a gusto a hostias si les autorizaran): una gentuza que está detrás de políticos xenófobos y nacionalistas como el presidente húngaro cristiano Viktor Orban (él bien sabe que está en el poder gracias en parte a esos votos que se disputa con los neofascistas de Jobbik).

Ya llegados a su destino (Alemania y Suecia suelen ser sus países favoritos para establecerse), los refugiados encontrarán otra mucha gente que se solidarizará con ellos y les apoyará, pero también otra legión de imbéciles o inconscientes (que se creerán que vienen a quitarles su trabajo o a robarles y votarán a quienes prometan echarlos), de desaprensivos y, por supuesto, de bestias. Y al mando, nuestros políticos tan denostados, temerosos de perder votos (hay que quitarse el sombrero ante la valentía de Angela Merkel, aunque es cierto que a Alemania -en general, a Europa- le interesa una inmigración cualificada para sostener su economía en el futuro) por ser demasiado generosos con los inmigrantes: mezquinamente temerosos de la mezquindad de muchos de los votantes a los que se deben (y también de su miedo al otro, alimentado por el auge del radicalismo islámico en las comunidades ya establecidas en Europa, lo que a su vez sirve de pasto a la extrema derecha nacionalista y xenófoba).

Este análisis no es incompatible con sesudos estudios académicos que ponen el acento en la crisis de la democracia partidista y el Estado del Bienestar en Europa, los riesgos del multiculturalismo y el choque de civilizaciones, la amenaza demográfica y ecológica global, el fracaso del Estado moderno y el secularismo en Oriente Medio, la artificialidad de las fronteras allí trazadas tras la caída del imperio otomano, el impacto geoestratégico de la emergencia en la segunda mitad del siglo XX de las petromonarquías del Golfo o la quiebra de las relaciones de dominación capitalista a nivel mundial (signifique lo que signifique esto). Pero tengamos en cuenta que en todo estudio social son los humanos -no solo los líderes sino los ciudadanos de a pie- los protagonistas. Y las motivaciones humanas son siempre las mismas, al igual que los tipos humanos: ahora, hace mil años y seguramente dentro de mil años (aunque, en ese lejano escenario futuro, la hipotética integración hombre-máquina alumbrando seres biónicos interconectados podría quizá depararnos alguna sorpresa).

**Este artículo de Arturo Pérez-Reverte ofrece un panorama no muy luminoso sobre el futuro de Europa a la luz de esta crisis migratoria. Creo que no le falta razón.

"Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: "raza" de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero, asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración" (Viktor Frankl, 1946)

viernes, 30 de mayo de 2014

¿Podemos?

La campanada del Podemos de Pablo Iglesias en las elecciones europeas ha puesto nerviosos a ciertos políticos, al tiempo que ilusionado a muchos ciudadanos que creen abierto el camino hacia una nueva transición política. ¿Pero hay razones para ser optimista y soñar con un país más habitable y digno? ¿Y con una Unión Europea y un mundo mejores?

Lo primero es mirar fuera de España, donde partidos populistas, ultraderechistas (más o menos racistas y xenófobos) e incluso declaradamente neonazis han sido premiados por los electores europeos. La victoria en Francia de la hija de Le Pen, aupada por el voto de obreros y lumpen nativo blanco, ha sido uno de los toques de atención más preocupantes. La UE está cada vez más extraviada, inerme ante el drama en la vecina Ucrania (con toda la pinta de una nueva guerra a la yugoslava), desconectada del sentir de los ciudadanos (que en sitios como el Reino Unido la toman como un gigante burocrático contrario a sus tradiciones y en otros como España e Italia ni preocupa, por no saber siquiera lo que es).

Dentro de la UE los ciudadanos viven con zozobra la crisis económica, los recortes y el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar, lo que les hace prestar oídos a las respuestas simplonas de populistas y extremistas que apuntan al otro, por lo general al extranjero, como el culpable. En tiempos de tribulaciones cotizan al alza el nacionalismo y el integrismo religioso, que en realidad forman parte del mismo paquete: los neofascistas de países como Francia, Hungría o Croacia son tan ultranacionalistas y xenófobos como fieles católicos.

Es innegable que el multiculturalismo mal entendido -lo que yo prefiero llamar multiinculturalismo- ha dado alas a los ultras ante el silencio biempensante de la izquierda e incluso de la derecha moderada en los países donde impera una mayor corrección política (que son, por cierto, los más civilizados): ese silencio consiste en no plantear la problemática inserción por razones culturales y/o religiosas de algunas comunidades de inmigrantes. Los rumanos de etnia gitana que vienen a España, Italia o Francia suelen ser fuente de conflictividad en los barrios donde se establecen (quien lo niegue o es un ignorante o está mintiendo, dejando el discurso en bandeja a los ultraderechistas), en los que no viven precisamente pijos o hipsters. Y las comunidades de inmigrantes musulmanes no han terminado de integrarse al portar consigo valores que entran en conflicto con el ideario político de la Unión Europea: laicidad, igualdad de la mujer y tolerancia con las preferencias sexuales de cada uno (dentro de la UE ya sabemos que hay diferencias, sobre todo en los países donde la religión tiene aún cierta importancia como Polonia, España o Italia).

Las instituciones deben buscar una solución integradora, pero eso no quita que los propios rumanos gitanos tengan que hacer algo por sí mismos (para empezar, permitir la educación de sus hijos e hijas y dejar de casar a éstas con trece años) y que todos los inmigrantes extraeuropeos asuman como innegociables la laicidad de los Estados, la igualdad de las mujeres (y su derecho a no ser mutiladas genitalmente en la infancia, como es tradición en algunos países africanos) y los derechos de los homosexuales. Si no encontramos un remedio inteligente a esto, si solo nos quedamos en la ilusa visión beatífica de la inmigración, solo estaremos reforzando a los fundamentalistas religiosos de un extremo y a los ultraderechistas del otro. Lo viene diciendo la somalí Ayaan Hirsi Ali desde hace años: conviene escuchar a esta admirable mujer, que se ha convertido en una pensadora incómoda para la izquierda más tradicional, ortodoxa e incluso simplona.

Hay un factor que nadie contempla y considero importante: el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial ya casi no existe, puesto que los testigos más jóvenes que la vivieron con uso de razón tienen ahora al menos 80 años. Se ha perdido la memoria, el primer paso para volver a repetir los errores del pasado. Si no cuidamos bien nuestra casa europea y dejamos que se pudra la democracia en cada uno de sus países (por imperfecta que ésta sea), cualquier escenario siniestro es posible. Recordémoslo siempre: ¡somos primates, no ángeles! Y no hay conquistas sociales o políticas definitivas: todo se puede derrumbar como un castillo de naipes, destruir es mucho más fácil que construir.

Si miramos ahora dentro de España, el panorama no es mejor. El mismo día de las elecciones en las que cosechó cinco eurodiputados, Iglesias dijo algo que tenia un inquietante tufo populista y nacionalista: "No queremos ser una colonia de Alemania". Alimentaba con ello esa ridícula sospecha popular, con fondo conspiranoico, de que los alemanes son culpables de nuestra desgracia. Sin negar los efectos de la crisis financiera internacional, debemos reconocer que nosotros mismos somos en buena medida responsables por haber permitido la brutal especulación inmobiliaria -e incluso habernos beneficiado de ella, unos más que otros- y el consiguiente destrozo salvaje de nuestros paisajes. Somos culpables por votar a corruptos, incompetentes e impresentables, por entregarnos hasta el estallido de la burbuja al consumismo y el derroche más obscenos, por primar el amiguismo sobre el mérito y la telebasura sobre la educación, por escaquearnos diariamente en el curro (no pocas veces fruto de un enchufe en alguna administración pública) o salir al paso con una chapuza, por conducir como desalmados y arrojar botes de refresco desde el coche en marcha (anteayer fui testigo de ello), por no apagar las luces del baño de la oficina tras usarlo y no pisar nunca un Punto Limpio, por decir que el hotel de El Algarrobico está muy bien porque "allí solo hay jarimoña, esparto, alacranes y serpientes (...) ¿qué ecosistema: na' más que ese?)". Nuestra culpa tiene mucho que ver con nuestra cultura, valores e instituciones, con ese sórdido mosaico neofranquista que tan bien retrata Rafael Chirbes en su novela En la orilla. Hagamos más autocrítica y no echemos balones fuera: que si el capitalismo, que si el neoliberalismo...

Dentro de España, por si fuera poco, tenemos la inminente amenaza secesionista de Cataluña. La eventual independencia catalana es algo que muchos analistas descartan irresponsablemente, pero -al margen de que ésta sea políticamente viable o no, económicamente disparatada o no- es una posibilidad no descartable dado el clima político instalado en el Principado. Va a ser difícil que los nacionalistas más esencialistas -los más extremistas y menos pragmáticos (ERC)- se bajen ahora alegremente del burro de la secesión: la fecha de 2015 se cierne sobre nosotros con muchas más sombras e incógnitas de las que algunos quieren ver.

En fin, que más allá de un escenario electoral diferente como el que parece apuntarse tras el 25-M, estamos necesitados de un cambio cultural profundo: tanto aquí como en toda Europa y el resto del mundo. No basta con transformar o regenerar las instituciones, no basta con frenar los excesos del capitalismo (poniendo firmes a las empresas y poderosos con loables iniciativas como la economía del bien común) o incluso plantarle cara (una tarea que solo puede emprenderse con posibilidades de éxito a nivel internacional). Hay que superar nacionalismos y localismos, liberar la conciencia del yugo religioso (esta asignatura la tenemos casi aprobada en Europa), ser más austeros y respetuosos con el medio ambiente y nuestros compañeros de viaje no humanos, ser más cooperativos que competitivos, valorar más el silencio reflexivo, el tiempo libre y las relaciones personales y menos las posesiones materiales... Pero esos cambios no se fraguan en el corto plazo: lo que cosechemos ahora no lo recogeremos hasta dentro de un tiempo. Lo peor no es ese retardo, ya que me temo que dichas transformaciones no se pondrán en marcha hasta que nos llegue finalmente el agua al cuello (algo que con el cambio climático es una posibilidad nada metafórica). Más vale que nos vayamos preparando. Y perdón por aguarles -¡nunca mejor dicho!- la fiesta.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Dos mil pesetas en la frente

Ocurrió hace casi 18 años. A los pocos meses de establecerme en Madrid, y después de quedarme sin una peseta, probé un día como comercial del Círculo de Lectores. No era precisamente el trabajo con el que soñaba, pero la cruda realidad obligaba. Vestido con chaqueta y corbata, debía acompañar en su ruta para ganar nuevos socios a uno de los vendedores de la empresa: sería una jornada de aprendizaje, para ver cómo se actuaba "a puerta fría".

Me tocó ir con un tipo rubio, de estatura media, ojos muy azules y anchas espaldas, cuyas simpatías políticas no tardó en revelarme: era neonazi. Me lo confesó tras hacer diversos comentarios impresentables que no desaprobé externamente (aunque en mi fuero interno no dejaba de decirme: "He aquí un soberano hijo de puta"). Uno de ellos estaba dedicado a una gitana que salía en la portada del Interviú: aseguró que le ponía muy cachondo pese a merecerle el más profundo desprecio por su etnia. El seguirle la corriente me hizo ganar su confianza, me permitió observarle atentamente en su salsa como haría un entomólogo con un escarabajo en un terrario. Ya había superado la treintena, así que tenía unos cuantos años más que yo. Me confesó que tenía un hijo y que ya no estaba para ir dando golpes a "gentuza" con bates de beisbol: no por un reparo moral sobrevenido, sino por no meterse en líos con la Justicia más propios ya de jovenzuelos. Me reconoció con orgullo y cierta nostalgia haber dado buenas hostias en sus tiempos mozos.

Nos tocó trabajar en Torrejón de Ardoz, que ya en aquel lejano 1994 era una población con una presencia significativa de inmigrantes. En la primera puerta a la que tocó nos abrió una dominicana negra. Desplegando todas sus habilidades como charlatán de feria, exhibiendo una sonrisa más falsa que Judas, intentó convencer a la mujer de sumarse al Círculo. No he olvidado cuando le inquirió por sus hijos con un brillo maléfico en sus ojos líquidos: "¿Tienes pitufines?... Pues hay muchas cosas que les podrían interesar de nuestro catálogo". En el vestíbulo, detrás de sus faldas, se escondían tímidamente unos niños mulatos tan pequeños como indefensos.

No convenció finalmente a la dominicana. Ni a ella ni a ninguna otra persona en todo la mañana de pateo por Torrejón. También tocamos en la casa de un magrebí y en la de un individuo muy amanerado ("un mariconazo"). Después de comer un menú del día volvimos a la carga, con igual resultado. Nos dirigimos a su coche cansados y con sensación de derrota. "Alguna vez pasa esto, ¿sabes?". Entonces, cuando le pregunté si le incomodaba tener que vérselas con gente a la que odiaba o despreciaba, me transmitió la enseñanza del día: "Cuando tengo delante a una guarra como la de esta mañana, me imagino que tiene escrito 'Dos mil pesetas' en la frente". Eso es lo que ganaba por cada nuevo socio. En su fría mirada de resentimiento advertí un fondo de amargura, de insatisfacción, de infelicidad. Regresamos a Madrid y le despedí para siempre con un falso "hasta mañana".

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