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sábado, 20 de diciembre de 2025

Criado amorosamente para acabar abatido como pieza de caza


Bien que se hizo esperar, ¡por fin!, ¡muchas felicidades!, la placidez durmiendo al poco tiempo de llegar al mundo, ya limpio y bien abrigadito entregado a su madre, ¡qué ojos más grandes!, en la cuna portátil dentro del coche familiar hacia la que será su casa, su habitación decorada con dibujos de animalitos, la cuna de madera recién comprada y con sábanas limpias que huelen a limón, el muñeco perruno Trapito al que pronto se aferra, la primera vez que sonríe, el primer día en la guardería, Nana le cuida allí mucho, las malas noches por la tos con su madre insomne a su lado, el gozo del agua caliente y el de la esponja en la bañera de plástico, el pato de goma amarillo que se tira pedos, la primera vez que se lanza a andar por el pasillo de casa, el cuento personalizado de Los tres cerditos de su padre antes de irse a dormir, el confort de la manta con que le cubre antes de darle un beso en la frente, "qué piel más suave" le dice su madre al acariciarle la cara, primera fiesta de cumpleaños de la que disfruta plenamente, ¡y que cumplas muchos más!, la función en el colegio vestido de ángel, mira lo que te ha dejado el ratoncito Pérez por el diente, la llama de la ilusión en sus ojos, cochecito con el que recorre la mesilla baja del televisor diciendo "bruum bruum", un niño le pegó en el cole, el disgusto a duras penas reprimido que acaba en llanto, el abrazo de consuelo, ese niño es un idiota, el rostro húmedo aliviado, reconfortado hasta lo más hondo, mis padres me quieren incondicionalmente, me dan de comer y me cuidan, las vacaciones en la playa, el gozo de las zambullidas en la piscina, el helado de mango, la ilusión de los Reyes Magos, las casas de los abuelos, sus tíos, sus primos, aprendiendo a nadar en el colegio, jugando a la pelota con los pequeños vecinos de la urbanización, la caída aprendiendo a montar en bicicleta y la nariz magullada, fascinado observando en el mapa de la tablet por dónde va ahora Papá Noel repartiendo regalos, su padre le ha enseñado a jugar al ajedrez, las gafitas que le han puesto para ver bien de lejos (¡mira qué bonitas son!), el primer día que sale solo a la calle a comprar el pan (su padre detrás vigilando disimuladamente si cruza bien la calle), el desconsuelo enorme al enterarse de que no existe el Ratón, se le caen las lágrimas, se viene abajo también la creencia en los Reyes Magos al poco tiempo, las molestias por el aparato corrector en los dientes (¡ya verás qué bien cuando seas mayor!), los partidos de baloncesto de su equipo, los ánimos y aplausos, el orgullo de la canasta en el último segundo, de vuelta a casa en el coche para ducharse y comer y jugar a la Play, las fiestas de cumpleaños con los amigos, el perrito de la prima al que tira la pelota de tenis para que la recoja, le gustan mucho los perros y los gatos, los dibujos animados de la Pantera Rosa y la película de Mister Bean con las que se muere de risa, la ilusión de los viernes por la tarde, los pedidos de pizza a domicilio, la primera salida nocturna con los amigos, la canción del verano, el despertar sexual, los Youtubers que le entretienen, los partidos del Atleti en la tele, me gusta una chica, el primer beso, el agobio de los exámenes, la satisfacción indisimulada por las buenas notas, sus palabras en la fiesta de graduación, el abrazo con sus compañeros vestidos con traje y corbata, los planes para estudiar en la universidad y sacarse el carné de conducir...

El disparo certero en la cabeza (tanta veces acariciada) de un francotirador multimillonario que ha pagado cientos de miles de euros para cobrarse la primera pieza que se le pusiera a tiro ese día desde la azotea, la estampida y la caída al suelo como un guiñapo inerme, el cuerpo rígido y descoyuntado en medio de la sucia acera, las gafas fracturadas a su lado, le quedaban unos días para cumplir 18. Había salido a comprar pan. Sus padres aún tardarán unos minutos en saber que un hombre ha roto lo más amado por ellos en el mundo. Y nunca sabrán que ese mismo tipo está ahora celebrando su gesta risueño, jarra de cerveza en mano, junto a varios colegas en un club privado. Dios aún no sabe lo que ha pasado porque todavía no existe.

miércoles, 13 de agosto de 2025

La ilusión en un mundo donde matan a niños de hambre

Autor: Willi Wax

Muchos estaremos siempre agradecidos al gran Bruce Springsteen por su música y sus letras. Pese a ser una persona golpeada recurrentemente por la depresión, no pocas de sus mejores canciones son una invitación a levantarse cada día con ilusión y disfrutar de las cosas realmente importantes en la vida: el amor, la amistad, los pequeños momentos cotidianos de felicidad...

"Dancing in the Dark" es un canto a mantener la ilusión contra viento y marea, a desafiar la monotonía y buscar siempre en el mundo esa chispa sin la cual no puede encenderse un fuego vital que nos es casi tan necesario como el agua. En "All that Heaven Will Allow", al protagonista no le importa tener solo un dólar en el bolsillo o que el portero no le deje entrar a bailar en la discoteca: el saberse querido por su novia, el tener un anhelo compartido con ella, ya le basta. Para ser dichoso, desde luego, no hace falta tener mucho más que algunas pocas cosas que no se venden en el mercado. Y "No Surrender" es un himno a perseverar, a no tirar la toalla y seguir creyendo en nuestros sueños. The Boss nunca se ha rendido a esa depresión que le persigue desde que tenía 32 años. El sólido vínculo con Patti Scialfa (su esposa y compañera de banda) y la música han sido seguramente sus salvadores.

¿Pero es posible la ilusión cuando en ese mismo mundo que es fuente de alegría e inspiración también campan la crueldad, el sufrimiento, la enfermedad, el desamparo y el horror (basta con asomarse a un telediario para ser testigo)? Borges ya dijo con buen criterio que la felicidad es mucho más frecuente que la desdicha, que no hay un día en que al menos en algún instante no estemos en el paraíso. Esto podemos observarlo en los niños pequeños y las mascotas. Y también en los animales salvajes, pese a estar en todo momento expuestos a la necesidad y la depredación. El placer de vivir es por lo general más habitual que el dolor. Nunca se abre un telediario con la noticia de que una pareja anónima se ha besado por primera vez, de que alguien ha disfrutado de la brisa marina tumbado a la sombra en una hamaca o de que otra persona corriente ha disfrutado viendo una película o comiendo una paella en familia.

Sin embargo, es innegable que hay una cara fea, injusta e incluso horrible del mundo. Podemos llegar a asumir la crueldad de una naturaleza de colmillo y garra ensangrentados de la que nos hemos emancipado hace miles de años para hacernos supuestamente civilizados. Podemos -de hecho, solemos- mirar a otro lado cuando hemos cambiado para otros seres sensibles el "colmillo y garra" por la inyección letal o la trituradora de carne. Podemos incluso aceptar que estamos aquí de paso y que la salud, el vigor y la fortuna algún día terminarán por abandonarnos. ¿Pero es posible no caer en el derrotismo o el cinismo viendo que lo peor de la película de la humanidad se repite una y otra vez, que la maldad sigue galopando a lomos de la ignorancia y la estupidez, que las víctimas de genocidas se convierten en genocidas y volvemos a encaminarnos a escenarios sombríos que pensábamos ya superados?

La búlgara María Popova suele hablar mucho de esto en su maravilloso blog, haciéndose eco de lo que nos enseñan pensadores, artistas o simples seres humanos sin más credenciales que su inspiradora experiencia vital. En uno de sus posts nos cita estas palabras escritas por John Steinbeck en una carta a un amigo con motivo de la llegada del nuevo año 1941: "Lo que vemos no es muy bonito… Así que nos adentramos en este feliz año nuevo sabiendo que nuestra especie no ha aprendido nada, que como raza no puede aprender nada; que la experiencia de diez mil años no ha marcado los instintos del millón de años que la precedieron". Pero Steinbeck se resistía a perder la esperanza, consciente de la naturaleza humana dual en la que el bien es tan inerradicable como el mal: "No es que haya perdido la esperanza. Toda la bondad y el heroísmo resurgirán, luego serán aniquilados y resurgirán. No es que el mal gane -nunca lo hará-, sino que no muere". 

Stefan Zweig y su esposa Charlotte Altman sí arrojaron la toalla, suicidándose juntos un año después en su exilio brasileño. Si hubiesen esperado un poco más, habrían asistido al derrumbe del monstruo nazi. Hay que entender que Zweig ya había vivido 25 años antes los horrores de otra guerra mundial: es difícil no perder la esperanza en el género humano cuando has visto ciudades destruidas, reconstruidas y nuevamente destruidas.

Este post se suscitó hace unos días cuando vi unas espantosas imágenes de niños pequeños matados de hambre en Gaza por el Gobierno israelí del ultranacionalista Netanyahu. También supe de un diagnóstico de cáncer a una persona muy joven conocida. Igualmente constaté que ya tengo 57 años y medio, que la vejez empieza inadvertidamente a asomar la patita. Me puse a escuchar varias canciones de Bruce y volví a ver el sublime videoclip "Moving On" de la banda británica James (que descubrí, por cierto, gracias a una entrevista al filósofo Bernardo Kastrup). 

La vida es dura y el mal (tanto el natural como el humano) es perenne, pero no por ello aquella deja de ser bella, como reza la celebre película de Roberto Benigni ambientada en un campo de exterminio nazi. "No hay amor a la vida sin desesperación de vivir", escribió Albert Camus. Si solo fuera una senda de rosas, si no hubiera sinuosidades, daños y pérdidas en el camino, no sería tan hermosa y preciada. ¿Pero cómo contarle esto a quien ha perdido a un hijo en un bombardeo o condenado a la inanición en Gaza? (o a un pollo o un cerdo destinados al matadero, si acaso pudieran entendernos). Intuyo que el terrible dolor por la muerte de un ser querido se multiplica cuando el causante no es una enfermedad o un accidente sino un acto criminal de un congénere.

Los vínculos con el prójimo, sobre todo con nuestros seres queridos, son los que dan sentido a la existencia más allá de lo que poco o mucho que esta dure. Y la gente más feliz es la que más da de sí misma a otras personas, no necesariamente humanas. ¿Pero es suficiente saber esto para levantarse cada mañana con alegría cuando uno al mismo tiempo es consciente de la fragilidad y fugacidad de nuestra condición, siempre a merced de un posible suceso fatal o de un zarpazo de la maldad o estupidez humanas? Popova tiene un post dedicado a la pérdida en sentido amplio, incluyendo no solo la muerte sino las rupturas de pareja, los fracasos personales, los desengaños vitales, los peajes cobrados por el paso del tiempo... Allí dice: "La medida de la vida, su significado, puede ser precisamente lo que hacemos con nuestras pérdidas: cómo convertimos el polvo de la decepción y la disolución en arcilla para la creación y la autocreación, cómo hacemos de la pérdida una razón para amar más plenamente y vivir más profundamente". 

Para Nietzche, la única solución digna ante la adversidad y la pérdida es bailar, aceptando la existencia con todo su fondo trágico sin autoengañarse. Por el contrario, William James propone la esperanza religiosa como llave para encontrar un sentido y acceder a profundas y valiosas experiencias vedadas a quienes, atados por un pensamiento racionalista, no dan el salto de fe. Philip Goff lo dio no hace mucho al convertirse a lo que él etiqueta como un "cristianismo herético". "La vida es corta y hay muchas cosas inciertas. Todos tenemos que dar nuestro salto de fe, ya sea por un humanismo secular, una de las religiones o simplemente una vaga convicción de que existe una realidad más grande. Al decidir, es importante reflexionar sobre lo que probablemente sea cierto, pero también sobre lo que probablemente traerá felicidad y plenitud", escribe el filósofo inglés. Unos pocos, como Ray Kurzweil, depositan toda su esperanza en una singularidad tecnológica que libere a la humanidad de todos sus males, incluida la muerte. Cada uno debe encontrar su camino, no necesariamente el mismo.

Las canciones, las palabras y el testimonio de artistas, creadores y pensadores como Springsteen, la banda James, Steinbeck (ya desaparecido, pero no su obra), Popova o Goff son un aliento, un consuelo, una semilla para la reflexión. Su existencia no es menos necesaria que la de un panadero, un fontanero o un electricista: no es cosa menor contribuir a preservar la ilusión en un mundo donde, entre otras atrocidades, se sigue matando a niños de hambre.

viernes, 24 de febrero de 2023

De guerra, buenos y malos


La película bélica Sin novedad en el frente me ha impactado mucho. Es una obra artística tan bella como terrible, en la estela de Salvar al soldado Ryan al retratar la guerra en su verdadera crudeza (sucia, caótica, repugnante, gore), no como los panfletos propagandísticos del cine clásico hollywoodiense. Y en la que los buenos y los malos están repartidos entre los dos bandos enfrentados, como siempre es el caso (ello no obsta para que a veces la causa de un bando sea la justa y la del otro la injusta, como ocurrió en la II Guerra Mundial y ahora en Ucrania). 

Sigue habiendo no pocos simplones que creen que los combatientes alemanes eran todos malos en la I y II Guerra Mundial, al contrario que los franceses, británicos o norteamericanos (buenos y sanos chicos todos ellos, supuestamente). Que ahora también compran la absurda idea de que los rusos son unos malvados y los ucranianos son seres de luz (o al revés, si eres un simplón alternativo), lo que ha llevado incluso a cancelar manifestaciones culturales y artísticas rusas que forman parte de lo más valioso del patrimonio de la humanidad. La culpa en el fondo es de los políticos y los medios de comunicación de masas, al fijar y reforzar estereotipos simplistas. 

No hay países buenos y malos en una guerra, sino personas buenas y malas bajo circunstancias políticas y sociales difíciles marcadas por ideas tóxicas como el nacionalismo, el comunismo o el integrismo religioso. La maldad es transversal a nacionalidad, etnia, religión, sexo, preferencias sexuales, edad e ideología. La gente de la peor calaña siempre está ahí presente, pero solo cuando el orden legítimo quiebra adquiere un protagonismo que en circunstancias de normalidad democrática le está vedado: es, por poner un ejemplo muy ilustrativo, el salto del fondo sur de un estadio de fútbol al checkpoint paramilitar en una carretera (o, a más alto nivel, desde la dirección de un grupo criminal a un alto cargo público). En guerras, regímenes autoritarios y Estados fallidos (véase Haití o Libia) es cuando los malvados resultan más dañinos por estar más empoderados.

Es muy poco conocido el ponzoñoso papel desempeñado por la Iglesia católica francesa en la I Guerra Mundial animando a los jóvenes de su país a matar alemanes en nombre de Dios. O el hecho de que generales franceses se empeñaran en utilizar miles y miles de reclutas como carne de cañón y ordenaran ejecuciones de desertores. Porque las tintas se cargan solo contra los perdedores de la contienda. En la II Guerra Mundial las cosas están mucho más claras por la existencia del monstruo nazi, pero los alemanes de 1940 no eran peores que los españoles o los británicos de 2023: la diferencia estriba en que, aupada por un régimen y una ideología de lo más siniestro, su peor gente (psicópatas y sádicos) tenía entonces poderes en los ministerios, los cuarteles, las comisarías, las cárceles y los campos de exterminio que la peor gente de España y Gran Bretaña no tiene en nuestros días. Las fichas humanas son las mismas; solo difiere su ubicación en el tablero, a su vez determinada por el ordenamiento político de una sociedad.

Sin novedad en el frente, desde una perspectiva alemana al igual que Das Boot (1981), no solo es una crítica al militarismo germano sino también al francés y a cualquier otro. Así como a la extremada dureza del armisticio, germen de otra guerra mucho peor. Mientras gerifaltes de uno y otro bando comen a cuerpo de rey y se permiten afear a sus inferiores la calidad de un vino o de un croissant, chicos de 18 años de ambos lados son arrastrados por ellos a morir brutal y absurdamente. En Vida y destino, el escritor ucraniano y ruso Vasili Grossman refiere lo mismo en el escenario de la batalla de Stalingrado: "No eran más que niños y en el mundo todo se confabulaba para enviarlos bajo el fuego. (...) Y en el oeste los hombres aguardaban para golpearles, despedazarlos, aplastarlos bajo las orugas de sus tanques". Qué injusto e insoportablemente doloroso, qué sobrecogedor para unos padres, ese derecho otorgado a un hombre desconocido para mandar a la muerte a su querido hijo cuidado desde la cuna. El también ucraniano y ruso Nikolái Gógol narraba con poética emoción en su novela Taras Bulba el pesar de la madre de los dos jóvenes cosacos a los que su padre se disponía a llevar con orgullo al campamento de Zaporiyia (Ucrania): "Acurrucada junto a sus hijos les arreglaba la cabellera, los bañaba con sus lágrimas, los contemplaba sin cesar como quien no puede saciarse". Sin novedad en el frente empieza precisamente con las imágenes de una zorra durmiendo acurrucada junto a sus cachorros dentro de una madriguera.

Esta gran película deberían verla sobre todo los buenos rusos engañados por Putin. Los cuatro amigos alemanes que parten juntos al frente en 1917 son buenos chicos omnibulados por el patriotismo, a cuyo servicio ponen la sana camaradería que los une. En la guerra verán que hay tipejos sin compasión con mando sobre ellos. Y descubrirán que sus homólogos franceses son en el fondo como ellos, unos infelices enviados a la muerte por desaprensivos. Lo más terrible es esa implacable maquinaria social, esas invisibles cadenas de transmisión jerárquica que los empujan inevitablemente a morir en la flor de su vida. Morir en tu juventud matando como una hormiga-soldado a otras personas como tú solo porque lucen distinto uniforme se me antoja un insulto no solo a la vida sino a la inteligencia (bien distinto es apuntar al mercenario que te amenaza, al autócrata que lo manda o al patriarca religioso que lo bendice). Y ya lo más absurdo y desgarrador es matar y morir un minuto antes del final oficial de las hostilidades. Unos tres mil soldados murieron en las horas previas a las 11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918, cuando entró en vigor el armisticio firmado por los alemanes. Esa misma noche, los generales de uno y otro lado volverían a cenar copiosamente.

sábado, 23 de noviembre de 2019

El diablo de al lado... ¿diablo?


Terminé de ver en Netflix El diablo de al lado, serie documental sobre el presunto criminal nazi John Demjanjuk (identificado por algunos como el infausto Iván el Terrible del campo de exterminio de Treblinka, en Polonia). Más allá del saludable ejercicio de recordarnos el Holocausto, la serie nos asoma a una galería de personajes "normales" (incluyo a Demjanjuk, tal y como luego explicaré) que exhiben las mismas zonas de sombra y pequeñas miserias que casi todos nosotros. Retratar a la gente "normal" con trazos gruesos y de manera maniquea no parece lo más inteligente para acercarse a la verdad: siempre es necesario usar una paleta de grises que recoja la peor cara del presunto bueno y la mejor del presunto malo (insisto en excluir a las bestias pardas, que caerían dentro del saco de la anormalidad). El diablo de al lado no solo es interesante por la historia del personaje central sino también por los perfiles psicológicos de los protagonistas secundarios de la trama: familiares, supuestas víctimas suyas, su abogado, el fiscal...

Demjanjuk era un joven de procedencia ucraniana que emigró a EEUU años después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. En América encontró un trabajo como obrero en Ford y una esposa con la que formó una familia: reunió, en suma, los mimbres para llevar una vida digna, honrada y sencilla. Y al cabo de muchos años se jubiló, habiéndose ganado el respeto de sus compañeros de trabajo y sin apenas una tacha a su conducta: ni un escándalo vecinal, ni una multa por exceso de velocidad... Un trabajador ejemplar y un amoroso padre y abuelo, amable con todos, fiel a su cita semanal en la Iglesia católica ucraniana de Cleveland.

Hasta que un día le identificaron como el susodicho Iván el Terrible (un monstruo que no se limitaba a empujar a los judíos hacia las cámaras de gas sino que disfrutaba cometiendo múltiples atrocidades que no le habían sido ordenadas: entre ellas, cortar pechos y narices con una espada). Demjanjuk fue deportado en 1988 a Israel, donde le aguardaba un juicio que pintaba muy feo para él: todo apuntaba a que correría la misma suerte (la ejecución en la horca) que el nazi Adolf Eichmann tres décadas atrás. Desde luego, Eichmann era solo un "imbécil moral" (así lo retrató la filósofa Hanna Arendt, que encontró en su persona una vulgar encarnación de la "banalidad del mal") que se limitaba a hacer su rutinario trabajo funcionarial (redactar las listas de judíos condenados a morir) y a obedecer órdenes sin rechistar. Podríamos considerarlo un tipo "normal" (eso no le exime de su gravísima responsabilidad, por supuesto), a diferencia de Iván el Terrible: este último era un psicópata y un vil sádico, un tipejo a todas luces exterminable. Si el viejo John era el tal Iván el Terrible, yo no habría tenido nada que oponer a su ejecución de cualquier modo o manera (incluso a su ejecución sumaria, para qué ocultarlo). Pero lo que me enganchó a la serie fueron precisamente las dudas a ese respecto. Escrutar su rostro y sus gestos, procurando adivinar si podían corresponderse a tamaño monstruo, me resultaba muy intrigante.

Un personaje muy interesante es su abogado, un judío israelí excéntrico y echado palante que se gana la inquina de la mayoría de sus compatriotas al asumir la defensa judicial de Demjanjuk. El abogado, al que acompaña cierta fama de chulería y mala reputación, está convencido de que su defendido no es Iván el Terrible y remueve cielo y tierra en busca de pruebas exculpatorias. Su empeño tendrá un coste: será víctima de un ataque con ácido que casi le causa ceguera. No consigue impedir la condena a muerte, pero acaba triunfando con su apelación al Tribunal Supremo de Israel. Tras cinco años en prisión, Demjanjuk es liberado sin cargos al no haber evidencias claras de su paso por Treblinka. Uno de los testigos que afirmaba reconocerlo exhibía una evidente senilidad: llegó a decir que había viajado de Israel a Florida en tren y no recordaba el nombre de uno de sus dos hijos muertos en Treblinka. Otro testigo parecía estar mintiendo: aseguró entre aspavientos que era él sin duda, tras verle de cerca sin gafas, pero luego se descubrió un texto por él escrito al final de la guerra en el que aseguraba que habían matado entre varios a Iván el Terrible en un motín.

Hay que tener en cuenta que el juicio fue televisado en directo en Israel, un país obviamente muy sensibilizado con el Holocausto. El abogado de John estaba seguro de que ese último testigo había advertido en el cara a cara que no estaba frente al monstruo de Treblinka. Pero, sometido a una tremenda presión ambiental, optó por mentir. ¿Se imaginan que hubiese reconocido su error?: "Ah, pues no es él, me confundí, lo siento...". En la serie se habla de algo poco conocido fuera de Israel: el sentimiento de culpa de muchos supervivientes judíos del Holocausto, sobre los que se cernía un halo de sospecha (¿qué hicieron para salvarse?) en el naciente Estado hebreo. A saber qué pesados fardos psicológicos cargaba ese testigo... Si mintió, estaba poniendo la soga en el cuello a un inocente: la víctima estaba comportándose como un malvado.

Las cuitas judiciales de Demjanjuk no acabaron con su absolución en 1993. Tres lustros después, ya casi nonagenario, volvió a ser deportado: esta vez a Alemania, acusado de haber trabajado en el campo de exterminio nazi de Sobibor (Polonia). Él y su familia intentaron engañar a las autoridades para frenar la extradición (haciéndole pasar por una persona impedida), ¡pero quién podría echárselo en cara! ¿Hubiese hecho cualquiera de nosotros otra cosa?... Fue condenado a cinco años de cárcel (sin más prueba que la de haber estado en Sobibor) y murió en un geriátrico en suelo germano antes de que se resolviera su apelación. 

Al final de la serie, un nieto de Demjanjuk nos ofrece algunas conclusiones acerca de él. Intuyo que acierta al reconocer implícitamente que su abuelo veinteañero decidió colaborar con los alemanes de las SS para salvar el pellejo (como soldado del Ejército Rojo había sido capturado por los de Hitler y estaba en un campo de concentración de prisioneros de guerra), lo que le condujo a ser parte del engranaje criminal nazi. Lo hizo por mero instinto de supervivencia, pero no era un psicópata ni un sádico (de serlo, se habría manifestado como tal durante toda su vida). "Sé que no era un mal hombre, sé que no era Iván el Terrible", afirma su nieto en el documental. 

Los héroes no abundan. Y Demjanjuk no lo era, desde luego: pudo haber elegido el camino menos cómodo de no colaborar. Pero me pregunto cuántos de nosotros (personas "normales") hubiesen hecho algo diferente en una situación parecida. Por otra parte, es una indignidad y un insulto a la inteligencia hacer pasar al ucraniano como un supervillano y al científico alemán Wernher von Braun (al que perdonaron en EEUU su pasado como criminal nazi -diseñó las bombas incendiarias V2 que arrasaron Inglaterra- por ser el artífice del programa espacial estadounidense) como un gran hombre. Von Braun no fue el único nazi que se había ido de rositas tras la guerra, por cierto. 

miércoles, 7 de noviembre de 2018

El irritante culto de Pérez-Reverte al tip(ej)o duro


De entrada quiero decir que Arturo Pérez-Reverte me cae bien (lo cierto es que me resulta igual de simpático su odiado -el sentimiento es recíproco- Iñaki Anasagasti). Coincido con él en que los perros son generalmente mejores que los humanos, en que reyes y curas han tenido mucho que ver con el retraso de España y en que aquí hay bastante cabrón (aunque ni más ni menos que en cualquier otro lado), mucho ignorante y demasiado mamoneo. También suscribo su indignación por la corrección política llevada a extremos estúpidos, un trastorno que aqueja a cierta izquierda. Ya de paso, me gustó mucho su novela El pintor de batallas.

Pero no comulgo con el escritor cartagenero en su visión hidalgo-rancia de la vida, en esa preocupación a mi juicio ridícula por la "clase", el buen vestir y las apariencias (tuve hace unos años un choque con él en Twitter a cuenta de un artículo suyo sobre ir en chanclas al Parlamento). Y lo que más me irrita de su pensamiento es la declarada admiración por los hijos de puta listillos a la par que valientes, descarados y encantadores del tipo de Falcó, el protagonista de su última serie de novelas, un chulo de manual que va precisamente como un pincel y se conduce con la soltura y elegancia de todo un "señor" por la convulsa España y Europa de los años 30.

Falcó es un personaje literario, pero Pérez-Reverte reconoce que le atrae ese tipo humano. Los asesinos a sueldo, los buscavidas sin escrúpulos, los desaprensivos de toda condición, sobran en este mundo (mejor dicho, sobran más allá de las cuatro paredes de una cárcel). Por mucha simpatía y humor que exhiban, por mucho encanto y dotes de seducción que desplieguen ante hombres y mujeres, por muy bien que cuiden la raya del pelo y la del pantalón. Falcó no es un sádico, ya que no disfruta matando, pero sí un psicópata o al menos un tipejo con la empatía en suspenso: mata sin escrúpulos sencillamente porque ese es su trabajo. Dice Pérez-Reverte en una entrevista con Pepa Fernández que esta gente no tiene problemas para justificarse. En eso consiste ser un psicópata: en no sentir compasión alguna por tus víctimas y dormir de un tirón sin cargo de conciencia, como un niño pequeño.

A Falcó le importa un huevo la política, carece de ideología, le da igual unos que otros: lo que quiere saber es a quién hay que matar para seguir cobrando. Podría trabajar igual al servicio de la República que para Franco, a sueldo de Hitler o de Stalin, de chetnik o de ustacha, matando blancos en Zimbabue o negros en la Sudáfrica del apartheid. Por mucho glamour de malote que posea, este personaje no tiene maldita gracia más allá de las páginas de una novela (ahí sí puede ser muy divertido, no lo niego). Desde luego, yo no seré quien ría las ocurrencias en el mundo real a los Falcós. Porque tipos "duros" como ese, así como los que los utilizan y quienes los admiran, los justifican o callan ante sus excesos, son responsables o corresponsables de buena parte del dolor de la humanidad desde que empezamos a ser algo más que monos (aunque lleva razón Arturo al afirmar que quienes suelen sacar las castañas del fuego en situaciones extremas son también esos individuos, no los epistemólogos, medievalistas o profesores de griego antiguo). Muchos nos quedamos con las buenas personas (intuyo que Pérez-Reverte lo es). Aunque estas sean menos glamurosas, lleven los pantalones caídos o vayan en chanclas a un parlamento.

domingo, 17 de junio de 2018

¿Selección artificial de humanos?


Ya escribí en este blog que los perros son en promedio mejores que los humanos, lo que paradójicamente ha sido posible gracias a la acción de nuestros congéneres. La clave ha sido la selección artificial: a partir del lobo hemos esculpido seres como el labrador retriever que nos aventajan con creces en apacibilidad, fidelidad, bondad y nobleza. Si podemos convertir a los lobos en perros y a las pequeñas y ácidas manzanas silvestres en frutos mucho más carnosos y sabrosos, ¿por qué no guiar la evolución de la humanidad?

La presencia entre nosotros de psicópatas y sádicos violentos se explica porque la selección natural ha premiado estos rasgos, al ofrecer indudables ventajas evolutivas (la carencia de empatía y escrúpulos hace más fácil la propagación de los genes). Pero es cierto que también los rasgos cooperativos y empáticos han sido seleccionados naturalmente por ser ventajosos para la supervivencia. Existe pues un delicado equilibrio evolutivo merced al cual siempre hay buenos y malos: la selección natural asegura la pervivencia de unos y otros.

¿Y si recurrimos a la selección artificial para mejorar conductualmente al Homo sapiens? De entrada, la idea tiene resonancias siniestras: todos los intentos de ingeniería social siempre han acabado en un infierno. Pero no deja de ser una propuesta teóricamente factible que acaso en medio milenio (unas veinte generaciones) ya podría arrojar sus frutos en forma de humanos mejorados: cooperativos, leales, empáticos, menos violentos... Ahora bien, ¿quién haría de seleccionador? Si es un humano o grupo de humanos el que decide, nos exponemos a un sesgo seguro y a resultados del todo indeseables (más allá del límite razonable de una mejora conductual). Confiar la tarea a una inteligencia artificial podría ser más fiable, pero no pueden descartarse efectos igualmente dantescos. Quizá solo una inteligencia extraterrestre muy superior a la nuestra (tanto tecnológica como éticamente) afrontaría este reto con garantías de éxito.

Para seleccionar no haría falta matar (aunque la ejecución en frío de brutales asesinos y torturadores a mí no me plantea dudas morales sino estéticas: no está bien solo porque queda feo). Bastaría con esterilizar y así impedir la replicación de genes indeseables. O con manipular genéticamente las células germinales, lo que permitiría acortar el tiempo de mejora de la especie. Hacer esto sin coacción y violencia sería imposible, de ahí que afrontase tanta resistencia social como la epistocracia (todo intento de restringir el sufragio universal para que solo vote la gente medianamente informada sería combatido a muerte por los partidos populistas, con el apoyo indignado de buena parte de las masas*). Aunque, ¿acaso no es necesaria la coacción para llevar a un delincuente ante un juez y luego a la celda de una prisión?

También hay un problema técnico no menor: la pleiotropía, merced a la cual rasgos físicos y mentales no relacionados son expresados por un mismo gen. Por ejemplo, los perros más apacibles y nobles tienen las orejas caídas (las escasas experiencias de domesticación de zorros arrojan resultados similares). Eliminar los genes de la propensión a la agresividad (por cierto, dudo que esta sea mala en pequeñas dosis) podría afectar a otros rasgos beneficiosos y condenarnos a la extinción a largo plazo: la ciega selección natural se acabaría imponiendo a la artificial.

En suma, que la fuerte oposición social y los elevados riesgos asociados (sobre todo, esto último) hacen que aquí sea aplicable el dicho de "experimentos con gaseosa". Parece que lo más razonable es asumir la existencia de la maldad y acostumbrarnos a convivir con ella; eso sí, teniéndola bien controlada con leyes, educación e instituciones sólidas para evitar paraísos de psicópatas, imbéciles morales y fanáticos.

*Otra buena parte de las masas ni se inmutaría: le importaría un bledo mientras estuviera bien abastecida de basura televisiva y digital.

martes, 17 de abril de 2018

¿Ignorante, idiota... o acaso malvado?


En mi libro R que R desde Alfa hasta Omega: Un ensayo sobre el error menciono varias veces a Kathryn Schulz, autora de En defensa del error: Un ensayo sobre el arte de equivocarse.
En un párrafo de mi obra se lee lo siguiente:

Schulz nos alerta de que estar convencido de tener la razón en algo puede ser muy peligroso. El pensar que nuestras creencias reflejan perfectamente la realidad nos lleva a chocar con los que no lo ven así. En primera instancia atribuimos esa discrepancia a la ignorancia del prójimo (sesgo cognitivo de atribución), quien supuestamente suscribiría nuestras ideas de tener acceso a la información adecuada. Aun así, puede ocurrir que este siga empeñado en disentir: entonces tendemos a etiquetarlo como un idiota. Pero si resulta que el tipo maneja la misma información que nosotros y tenemos acreditado que se trata de una persona inteligente, Schulz introduce un tercer supuesto: nos convencemos de estar lidiando con un ser malvado, que conoce la verdad pero la distorsiona deliberadamente con aviesas intenciones. De ahí a deshumanizarlo solo hay un paso. Suele ocurrir en el mundo de la política cuando nos dejamos llevar por el forofismo y el trazo grueso. 

Imputar en principio ignorancia, luego idiotez y finalmente maldad cuando alguien disiente de nuestras ideas es típico de la izquierda más dogmática e intransigente (también de la derecha, pero hablo de la izquierda porque es la que me interesa y la conozco bien: ¡yo mismo he llegado a pensar así!). Intelectuales como Albert Camus, Octavio Paz, Jorge Luis Borges o Alexander Solzhenitzyn, y más recientemente Francis Fukuyama, Samuel Huntington, Fernando Savater o Mario Vargas Llosa, se cuentan entre las personas sometidas a este proceder por la izquierda menos tolerante; además de no pocos políticos, desde Adolfo Suárez a Albert Rivera pasando por Joaquín Leguina, por centrarnos solo en España. Eso no quita que a menudo sí estemos lidiando con ignorantes (Savater, al igual que muchos otros humanistas, es un lego en ciencias), idiotas o gente realmente malévola: por ejemplo, cuando nos encontramos con muchos de los votantes de Trump, con él mismo o con compatriotas nuestros que hablan de indemnizaciones en diferido en forma de simulación.


Podemos no estar de acuerdo con muchos planteamientos de Fukuyama, pero ese tipo no es ningún botarate: es un pensador de ideas diferentes a las nuestras pero igual de legítimas y bienintencionadas (por cierto, la idea del "fin de la historia" es originariamente de Marx, aunque para él la estación final era la sociedad comunista sin clases y no la democracia liberal). Podemos disentir de Vargas Llosa, pero eso no lo convierte en un mentecato o un tipo artero que escribe con fines espurios (ya puestos, ni siquiera es un conservador sino un liberal genuino). Como tampoco eran ignorantes, necios o necesariamente malvados Solhzenitzyn (pese a profesar su peculiar nacionalismo místico ortodoxo ruso), Paz, Borges o Camus. Ya hay más dudas acerca de quienes, como Sartre, justificaban las atrocidades del régimen soviético y al mismo tiempo disfrutaban plenamente de las mieles de las democracias liberales.

El caso de Huntington es especialmente sangrante, ya que se le acusa poco menos que del choque de civilizaciones adelantado en su libro de 1996 El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial: es como si alguien alertara del riesgo de las superbacterias resistentes y luego se le culpara, al confirmarse su advertencia, de los daños causados por esos microorganismos. Huntington preveía un choque de culturas, pero no le parecía que eso fuera algo bueno o deseable: todo lo contrario. Sin embargo, la marca "Huntington" es para muchos izquierdistas intransigentes de manual un sinónimo de neoconservadurismo imperialista (al igual que la marca "Adam Smith" es sinónimo injustamente de egoísmo y perversidad capitalista). Es lo que pasa cuando alguien habla de un libro sin haberlo leído, o se dedica a retuitear acríticamente, dejándose llevar por los creadores de opinión de su bandería. La izquierda, que siempre se ha preciado de ser autocrítica, deja de merecer su nombre si queda reducida a una suerte de secta o religión. Y si no es inclusiva, está condenada a la irrelevancia.

viernes, 5 de enero de 2018

¿Por qué matar no es malo 'per se'? (por mucho que Kant se revuelva en su tumba)


El imperativo categórico de Kant sostiene que debemos comportarnos de modo que nuestra conducta pueda ser elevada a ley o regla universal. Hacemos el bien cuando ayudamos a un anciano impedido a cruzar la calle porque con ello adoptamos una supuesta ley moral objetiva (la que dice que es bueno ayudar a personas desvalidas) que es vislumbrada y abrazada por nuestra razón. Como esa ley es universal, da igual que el anciano al que auxiliamos sea un criminal de guerra o que pretenda apuñalar a una persona al otro lado de la acera: nuestra acción sería buena en cualquier caso. La del filósofo de Königsberg es una ética absoluta, en la que toda vida humana es un fin en sí mismo (no así la vida animal, que no es moral por ser supuestamente irracional). Y en la que el imperativo categórico, por definición, no puede ser relativizado: sin él, las bases de la ética serían completamente subjetivas y arbitrarias.

Pero lo cierto es que la propia razón práctica nos informa de que no hay ningún mandamiento, ni siquiera el de "no matarás", que pueda ser elevado a ley moral absoluta: matar, robar o mentir no serían malos per se, sino dependiendo de a qué fin moral estén asociados. Cuando uno mata en defensa propia o de terceros inocentes actúa moralmente bien. Cuando uno liquida a un tirano, hace un favor a la humanidad (hasta el propio San Agustín así lo consideraba y la Iglesia católica no le ha desmentido aún). Cuando uno roba para alimentar a su hijo hambriento, realiza un acto moralmente correcto (siempre que la violencia del acto no sea desproporcionada). Cuando uno mata a un animal para alimentarse, porque no tiene otra fuente de sustento, no se le puede oponer ética animalista alguna. Incluso es insostenible afirmar que comer carne humana es intrínsecamente malo: como bien saben los deportistas uruguayos perdidos en los Andes hace casi medio siglo, ingerir la carne de sus amigos fallecidos fue un acto bueno que salvó sus vidas. Por supuesto, mentir es lo correcto cuando están en juego la propia supervivencia y bienestar (por ejemplo, si un miliciano de Estado Islámico te pregunta por tu religión), la felicidad de los seres queridos o cualquier otro activo moral.

Esto nos conduce a proponer como único fin en sí mismo nuestra supervivencia y bienestar personal, así como la de los seres pertenecientes a nuestro círculo empático: familiares, mascotas, amigos, humanos en los que nos reconocemos -no Héctores Salamanca ni criminales neonazis-, orangutanes, elefantes... Para Kant, el fin en sí mismo era solo la vida humana, da igual que fuera la de un filántropo que la de un sádico asesino. Alguien podría argüir con fundamento si este enfoque al que hemos llegado racionalmente no es el mismo que el de un Héctor Salamanca o un neonazi: ellos también tienen un círculo empático, aunque bastante reducido. La diferencia es que su círculo excluye a mucha gente por razones arbitrarias (simplemente por no ser de su familia) y además estúpidas (como el color de la piel, la nacionalidad o las preferencias sexuales), mientras que el nuestro solo excluye a los que excluyen desde la irracionalidad, el odio y la más elemental falta de compasión. Nuestro planteamiento no rebaja la dignidad de un ser vivo atendiendo a cómo es (bípedo o cuadrúpedo, blanco o negro, payo o gitano, hombre o mujer, joven o viejo, homosexual o heterosexual...) sino a cómo actúa: si sus actos amenazan la supervivencia de nuestro círculo empático, es un enemigo al que combatir (revista la forma de paramilitar serbio o croata, de hipopótamo enfurecido, de mosquito Anopheles o de virus VIH)*.

Por supuesto, bajo este enfoque ético todo es cuestión de grado y proporcionalidad: no es lo mismo  disparar a un hipopótamo cuando está a punto de aplastarte que hacerlo porque sus gruñidos no te dejan dormir, ni hurtarle incruentamente la cartera a un desconocido de apariencia acomodada para dar de comer a tus hijos hambrientos que matarlo para el mismo fin. Los conflictos de intereses están servidos, pero así es la vida: ¿deberíamos devolverle un sobre perdido con mil dólares dentro a Rupert Murdoch?, ¿deberíamos apretar el gatillo si tenemos a tiro a un tipo que a su vez está a punto de apretar el gatillo para acabar furtivamente con un rinoceronte cuya cabeza lucirá en su casa como un trofeo más?... Una cosa es la esfera moral y otra la legal, que a veces no se solapan. Un código legal moderno y democrático no puede permitir que la gente se tome la justicia por su mano, ni tampoco quebrar el principio de igualdad concediendo menos garantías procesales a un asesino execrable que a un ciudadano de bien. Pero actuar conforme a la legalidad no significa necesariamente actuar de manera moral, así como comportarse moralmente no tiene por qué ser legal. Si se acciona el gatillo del arma que apunta al que apunta al rinoceronte, se está cometiendo un crimen (una ilegalidad) pero con un sólido fundamento moral: impedir la consumación de un grave acto irreversible profundamente injusto. Si no se devuelve el sobre a Murdoch, no se pondría en jaque ni su bienestar ni la continuidad de Fox News (está por ver que sea un acto inicuo contribuir a la caída de ese medio de comunicación) y se podría dar un buen empleo al dinero.

Hace años dediqué una entrada en este blog al filósofo australiano Peter Singer, un pensador muy polémico por sacar conclusiones incómodas basándose en la más estricta racionalidad. La ética de Singer es utilitarista y transhumanista, ya que coloca en su base las preferencias de los seres sintientes (definición que, obviamente, no incluye en exclusiva a los humanos). Kant fue muy crítico con los iniciales planteamientos utilitaristas de Jeremy Bentham por su condición subjetiva, pero es que no hay base más adecuada para construir un edificio ético -la moral no está inscrita en el firmamento estrellado que tanto impresionaba al filósofo alemán, aunque sí mora germinalmente en nuestro interior al haber sido seleccionada por la evolución- que la constatación de que todo ser vivo pugna por sobrevivir, por abrazar el placer y por huir del dolor. Héctor Salamanca y los criminales nazis comparten esas inclinaciones con los humanos empáticos, las ballenas y los elefantes. Pero la huella de sufrimiento que dejan a su paso es mucho mayor y es nuestro deber moral minimizarla de cualquier modo posible (preferiblemente, aunque no necesariamente, a través de la vía legal) en aras de un mundo mejor. Si alguien puede explicarme racionalmente por qué cree que Mike Ehrmentraut hizo bien en no volar los sesos a Héctor en un capítulo de Better Call Saul, o por qué cree que el asesino del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo cometió un acto malvado apretando el gatillo, soy todo oídos (ojalá que el bueno de Kant también lo fuera desde su tumba).

*El mosquito Anopheles y el virus VIH, a diferencia del paramilitar serbio y el croata, no son agentes morales y tienen tanta culpa -el mosquito ni siquiera es el causante último de la malaria, ya que es utilizado por un microbio como vector- como un niño de seis meses apretando un botón nuclear. Pero esto nos lleva a la inquietante certeza de que un psicópata (no pocos paramilitares de la ex Yugoslavia lo eran) no es culpable de su falta natural de empatía.

martes, 19 de diciembre de 2017

Reflexiones en torno a 'Breaking Bad', mucho más que una sublime serie de TV



Hace más de tres años mi amigo y paisano José Miguel Santos me recomendó encarecidamente ver Breaking Bad, pero fue hace solo cuatro semanas cuando le tomé la palabra y me puse a ello. La verdad es que no había encontrado el momento de hacerlo, pero una vez vi en Netflix el primer capítulo no pude dejar de seguir hasta el final de la serie (son 62 capítulos repartidos en 5 temporadas). Apenas veo la tele (casi todo es basura, huelga decirlo) y lo mejor que había encontrado últimamente era Black Mirror (me han asegurado que The Wire es también una obra maestra). No me voy a detener en las excelencias del guion (construido a partir de una idea superoriginal, con unos personajes únicos y una trama espectacular), de la fotografía o de la realización, ni en el soberbio trabajo de los actores protagonistas (sobre todo, del dúo Bryan Cranston-Aaron Paul). Lo que voy a hacer a continuación es extraer algunas enseñanzas vitales de una serie que me ha sacudido emocionalmente. Puede que haya algo de generacional en ello, ya que Breaking Bad arranca cuando el profesor Walter White (Cranston) está a punto de celebrar su 50 cumpleaños (¡yo espero hacerlo en febrero!). Pero sin duda va mucho más allá, a tenor de la extraordinaria acogida que ha tenido entre gente más joven.



AVISO DE SPOILER: No continúes leyendo más allá de este párrafo si no has visto la serie y tienes intención de hacerlo (creo sinceramente que te perderías una joya si no sigues la recomendación que me hizo José Miguel en 2014).

¿Qué mueve a la gente? (la importancia del afecto, la autoestima, la familia y el trabajo)

Buenos y malos, listos y tontos, guapos y feos, todos queremos sobrevivir y disfrutar de cierto bienestar físico y económico. Pero no menos importante es la necesidad de afecto y reconocimiento, así como la autoestima (que en buena parte se nutre de lo anterior) y el instinto de protección familiar (sobre todo, de nuestros hijos, a los que amamos incondicionalmente). De poco sirven el poder y el dinero si con ellos no nos sentimos amados ni realizados, si no podemos ofrecer lo mejor a nuestros seres queridos (aunque inspirar miedo alrededor y tomar lo que a uno le place en todo momento, a lo Calígula, Rafael Leónidas Trujillo o el jefe del cártel Don Eladio, parece bastar a algunos para ser felices). Si hay un denominador común en los protagonistas principales de Breaking Bad es la importancia que otorgan a sus familias, aunque esta revista la forma de una banda de facinerosos.

Despreciado por su familia carnal, el joven descarriado Jesse Pinkman (Aaron Paul) es en el fondo un buen chico falto de cariño y con la autoestima quebrada que ve en Walter White no solo un socio sino un mentor (quien lo valora, aunque también le riñe más veces de las que desearía). Su caso, el de Jesse, es un ejemplo claro de que el dinero no da la felicidad: no sabe qué hacer con tanta pasta ganada, que malgasta en drogas y fiestas distortion en su casa en las que se reúnen multitud de colgados entre los que solo figuran dos amigos (unos fumados que siguen viviendo a los 25 años con las mismas inquietudes que si tuvieran 16). Jesse se siente reconocido y valioso trabajando como químico al lado de Walter o acompañando al narco Gustavo Fring y su jefe de seguridad Mike Ehrmantraut. Una frase dirigida a él como "Veo cosas en gente" (de Fring) o el "Aquí tiene a los dos mejores cocineros de meta de América" (dicho por Walter, en su presencia, ante otro narcotraficante) tienen para Jesse más valor que un millón de dólares.

La autoestima por el trabajo bien realizado, la búsqueda de la perfección en lo que uno mejor sabe hacer, es fundamental. Walter disfruta estando con sus hijos, acompañado de ellos y de su esposa en el calor de su hogar, pero también goza con su trabajo de profesor de Química (aunque a muchos de sus alumnos les resbale su materia) y, sobre todo, como fabricante de metanfetamina: en esto sabe que roza la excelencia. Ya decía Jesse al principio de la serie que "cocinar es un arte". Walt lo suscribe siempre y cuando se respete a la Química, de la que es casi un adorador religioso: no le vale cualquier ñapa, es un perfeccionista obsesionado con la pureza de su producto.

Diagnosticado de un cáncer de pulmón, ahogado económicamente (tiene que desempeñar un segundo trabajo en un lavacoches para llegar a fin de mes), con un hijo discapacitado y una esposa embarazada, Walter había dado el salto a fabricante de meta para pagar su costoso tratamiento médico y asegurar el futuro de su familia. Garantizar los estudios y el bienestar de sus hijos era su principal móvil. Pero llega un momento en que lo hace sobre todo por sí mismo, por mero gusto a su trabajo, tal como confiesa a su mujer Skyler en su despedida: es su autorrealización, es su autoestima, lo que está en juego. Porque Mr. White tiene una espina clavada: muchos años atrás, recién acabada su carrera universitaria, vendió por 5.000 dólares a dos socios (entonces compañeros de estudios, mucho menos brillantes que él) sus acciones en una empresa que se convertiría en un gran emporio. Sus antiguos amigos Elliot y Gretchen, ahora casados, son multimillonarios y reconocidos empresarios que se pasean por el mundo y los platós televisivos. Mientras tanto, él se afana limpiando las ruedas del deportivo de un alumno pijo llegado al lavacoches con su novia, a la que le hace mucha gracia la escena del azorado profesor agachado y provisto de un cepillo.

El disgusto del policía Hank por descubrir que el temible narco Heisenberg al que perseguía en vano desde hacía meses no era otro que su cuñado (el que en su 50 cumpleaños le parecía, esgrimiendo su pistola reglamentaria, "Keith Richards con un vaso de leche") también tiene mucho más que ver con su autoestima que con otra cosa. Tal como me comentaba muy agudamente mi compañero -y, sin embargo, amigo- Antonio Serrano, lo que más fastidió al agente de la DEA (un echado p'alante, aunque ciertamente valiente y honrado) fue sentirse burlado de ese modo por Walter: aquello era una puñalada a su ego de tipo duro y listillo, bregado en mil batallas, que siempre presumía de mundología ante el cuñado medroso encerrado en su aburrido mundo de pizarras, libros y tubos de ensayo.

De la importancia del trabajo para el equilibrio personal y la autoestima da también muestra el coleccionismo de minerales de Hank cuando está convaleciente del ataque de los bestiales gemelos Salamanca. El hombre se aburre en casa, postrado en la cama, y encuentra en esa afición un sucedáneo a sus labores en la oficina de la DEA. Es un modo de crear rutinas que ordenen su vida y le hagan sentirse útil: el pedir las rocas por Internet, el abrir los pedidos, el clasificar las piedras e investigar sobre ellas... Lo cierto es que no le basta con la compañía de su mujer, lo que no significa que no la quiera, para informar esas semanas de convalecencia: necesita dotar de contenido productivo a sus días para sentirse valioso y preservar su amor propio.

¿Walter White es malo?

Podríamos pensar que White empieza su deriva hacia el mal en el mismo instante en que hace su primer cocinado con Pinkman: porque, claro está, se trata de un producto ilegal con efectos dañinos para la salud si no se administra adecuamente. Pero no creo que Walter tuviese ningún reparo moral a ese respecto, del mismo modo que no los tenía el infortunado Gale Boetticher, un tipo amable y cultivado, libertario y vegano: la fabricación de droga (siempre y cuando se vele por su calidad y seguridad) no es un acto malvado desde la óptica moral de un abolicionista. En este punto yo no podría estar más de acuerdo con ellos.

El problema es que, dada la ilegalidad de la droga, cualquier persona normal que quiera dedicarse a esta actividad en plan empresarial tiene que lidiar con una inevitable ristra de indeseables: distribuidores, intermediarios, picapleitos, encargados de la seguridad (o sea, sicarios generalmente simiescos)... Las primeras muertes causadas por Walter son del todo justificadas, amparándonos en el derecho a la defensa propia. El primer caso verdaderamente censurable tiene lugar en el dormitorio de la casa de Jesse, cuando White es testigo de una sobredosis de heroína de su novia y decide no auxiliarla: la razón parece ser la de proteger a su joven socio de una influencia muy negativa que amenaza con mandarlo prematuramente al cementerio... ¡y también privarlo a él de un ayudante necesario para seguir cocinando!

Walter es a lo largo de toda la serie un tipo que pugna por su supervivencia y por la seguridad de sus seres queridos. Pero empiezan a sucederse cosas feas al intentar salvar a toda costa su culo y el de su círculo familiar: la más grave es, sin duda, el asesinato a sangre fría de Gale (un acto cometido por Jesse a instancia suya porque, ciertamente, era elegir entre la muerte del químico -ya escogido por Fring como nuevo cocinero en vez del dúo problemático White-Pinkman- o la de ellos mismos). También es grave el envenenamiento temporal (Walter escogió una dosis de veneno no letal) del hijo de la nueva novia de Jesse para ponerlo de su lado en el enfrentamiento con Fring. Y el asesinato de Mike (quien, por cierto, hubiera hecho lo mismo en su lugar) al no darle los nombres de las nueve personas de su confianza en prisión que podrían cantar. Por no hablar de la posterior ejecución en la cárcel de esos molestos testigos, encargada a la banda neonazi dirigida por el tío de Todd.

Vince Gilligan, creador de la serie, apunta que el momento de mayor maldad de Walter es cuando, tras entregar a Jesse a la banda de neonazis (porque Jesse le ha traicionado, al descubrir que fue el culpable de envenenar al niño), le dice sádicamente que pudo haber salvado la vida de su novia Jane. Eso es más malévolo incluso que haber dejado morir a su chica, porque lo hace con el solo ánimo de dañar; también más pérfido que entregarlo a esos tipejos, una decisión extrema tomada para salvar su propio pellejo. El afecto y el odio presiden la relación entre White y Pinkman, como toda relación intensa entre amantes, familiares o grandes amigos. Pero no debemos olvidar que Walter le salva tres veces la vida a Jesse (incluyo su rescate de una casa ocupada por heroinómanos, de donde solo podía salir muerto por una sobredosis) porque realmente le aprecia. Y que suplica en vano clemencia al tío de Todd para dejar con vida a Hank, que días antes le había dado un par de hostias: "¡Es familia!", dice de su cuñado, herido en el suelo, al que aprecia genuinamente y cuyo asesinato le causa un gran dolor.

En suma, si Mr. White hace cosas malas es sobre todo para salvaguardar sus intereses y, con ellos, los de su familia (al menos así lo entiende). En esto no se diferencia de Gus Fring o de Mike (sí algo de Jesse, como ahora veremos). Pero, ¿cae en el mismo saco que los Salamanca?... Rotundamente no.

¿Todos los homicidios son igual de reprobables? ¿Hay vidas que valen más que otras?

No todas las personas son iguales, por mucho que cristianos consecuentes e izquierdistas biempensantes pretendan autoengañarse y engañarnos: hay vidas más valiosas que otras, aunque ello no figure negro sobre blanco en ley alguna de un Estado democrático. La existencia de los bestiales gemelos Salamanca (por cierto, fieles devotos de la Santa Muerte) y de los no menos brutales Tuco y Héctor ni siquiera es parangonable a la del tarugo de Todd: este es un completo amoral, aunque no disfruta torturando o asesinando sino que se limita a hacerlo sin cargo alguno de conciencia cuando lo cree oportuno o simplemente se lo ordenan. Por supuesto, los Salamanca y Todd están en un escalón moral inferior al de Mike (aun siendo también un sicario) o Gus (aun degollando personalmente a uno de sus colaboradores), por no hablar de Walter, Jesse o el resto de personas normales.

Escaso consuelo le podría quedar a Gale y su familia de saber que quien le metió un tiro entre ceja y ceja no era realmente mala persona: es más, no dudo que Jesse (que sufrió muchísimo al disparar y cargará ese acto para siempre en su conciencia) es la persona más empática y leal de la serie, cuya integridad moral acaba siendo el factor dinamitador de todo el entramado productivo de Los Pollos Hermanos. El asesinato de Gale es un símbolo de la complejidad de la vida y de la convivencia humana, del tremendo peso de las circunstancias que entretejen nuestra suerte y nos ponen a veces en terribles disyuntivas: como la que lleva a un soldado en una guerra a matar enemigos desconocidos probablemente tan inocentes como él.

Los Salamanca son una panda de sádicos viciosos (Tuco es además un ser irracional, una personalidad muy violenta que lo hace impredecible y poco de fiar), sin empatía alguna por nadie ajeno a su familia: da igual que sea un niño, una abuelita desvalida, un inocente... Fring tiene sentimientos empáticos, pero sabe que en su puesto no se puede andar con muchas contemplaciones. Lo cierto es que en el fondo desprecia profundamente a los sicarios: llega a decirse a sí mismo "¡Animales!" en referencia a los gemelos. Él es un hombre culto y refinado, amable, muy racional, un profesional como la copa de un pino. ¡Igual que Walter! Pero si percibe una amenaza, no duda en recurrir a la brutalidad (si la considera necesaria, como cuando degüella a su sicario Víctor o amenaza a la familia de Walter), aunque exenta de sadismo: capítulo aparte es su comportamiento sádico ante Héctor Salamanca, que hunde sus raíces en el brutal asesinato a sangre fría de su presunto novio Max en la piscina de Don Eladio. Si Fring se hubiera dedicado solo a la restauración, con su cadena de restaurantes Los Pollos Hermanos, no habría sido un empresario peor que muchos legales de éxito: es más, dada su profesionalidad y buen trato con clientes y empleados, aventuro que estaría por encima de la media. Su problema, así como el de White, es la ilegalidad de su actividad.

Los Walter, Jesse, Mike, Saul Goodman (singular picapleitos en torno al cual se desarrolla una precuela de Breaking Bad llamada Better Call Saul) e incluso Fring (aunque este quizá ya ha ido demasiado lejos para dar marcha atrás) son personas potencialmente recuperables por la sociedad: gente que ha tomado o se ha visto empujada a tomar un camino enrevesado y acaso erróneo, pero que puede enderezar sus pasos y aportar más beneficios al prójimo (reconozco que ya aportan algunos en su entorno, que no todo son perjuicios y estragos por su parte).

No es el caso de los Salamanca, de Todd o de su tío, como no lo es el de cualquier psicópata y/o sádico: por el bien de las personas, animales y plantas, estos están mejor en la cárcel (por no decir en el infierno, ya que en prisión también pueden hacer daño a personas valiosas). Aunque insisto en que Todd es un malvado menos malo que los Salamanca o su propio tío: si hubiera un Dios bondadoso que puntuara al respecto, creo que Todd sacaría un 1 frente al 0 de su tío y de Héctor (en ambos casos, ciertamente un "muy deficiente"). Fring quizá tendría un 2,5. Y Mike, un 4,75. No me cabe duda de que Jesse aprobaría y Walter sacaría otro 4,75 (no sé cómo se las gastará Dios, pero yo nunca suspendí a un alumno mío con esa nota). Aunque siempre queda la duda inquietante: ¿tiene Todd la culpa de carecer de empatía, de ser un psicópata, si es algo que forma parte de su equipamiento de serie (de su ADN) al nacer?, ¿es culpable de algo si no existe el libre albedrío?...

Aupado por sus triunfos y golpes de suerte, Walter se viene arriba al cabo de varias temporadas (es natural: la tentación del poder es muy grande) y confirma solemnemente a un narcotraficante que él es el legendario Heisenberg: "You're Goddamn right!". Mr. White quiere levantar un "imperio", pero esta escena será un punto de inflexión: presionado por Skyler, que ya es cómplice de sus negocios, pronto se dará cuenta de que ni él ni Jesse podrán convertirse jamás en grandes narcos. Hay una selección negativa merced a la cual solo llegan arriba en este tipo de negocios los más hijos de puta, los que tienen menos escrúpulos. Ahí no puede competir con tanto psicópata (o con gente con la empatía en suspenso, caso de Gustavo Fring), y por eso termina retirándose. Si hubiese continuado, se habría convertido inevitablemente en un Fring y quizá traspasado la línea de no retorno del lado oscuro. Ya había ganado más que suficiente, desde luego, para vivir ahora una existencia tranquila centrada en su familia...

El efecto mariposa: el mundo como un todo interrelacionado

Hank siente ganas de ir al baño en una amena celebración familiar en casa de sus cuñados y descubre, sentado en la taza del váter, un ejemplar de Hojas de hierba de Walt Whitman dedicado por un tal G. B. a un tal W.W. Su asombro es mayúsculo, no se lo puede creer: de pronto todo cobra sentido y encajan las piezas del puzle que tanto le había obsesionado en los últimos tiempos. Walter llevaba meses retirado de su peligrosa industria y la calma había retornado a su hogar (incluso se había permitido un viaje romántico a Europa con su esposa Skyler, ya mucho más serena después de que su marido colgase el delantal). Si Hank no hubiese tenido ese apretón, probablemente hubiera sobrevivido a Walter (que recaerá pronto en su enfermedad). Este último habría fallecido rodeado del cariño de los suyos, incluido Hank, y con el silencio cómplice de su mujer. No se habría destapado nada y Walter Junior recordaría siempre a su padre como un buen hombre.

Las ganas de cagar de Hank desatan una cascada de acontecimientos que no solo acaban con la muerte del propio policía y de Walter (aunque no en una cama, que era lo previsible) sino también con la de la intermediaria Lydia (esa pija neurótica tan escrupulosa, salvo en el ámbito moral), la de Mike, la de sus nueve hombres en prisión, la de Todd y toda su panda de facinerosos... Y que arrasa con la normalidad de la familia White: sus bienes son embargados, su casa es precintada (qué vanos y patéticos los esfuerzos de Walter al principio de la serie por hacer arreglos en la vivienda con los primeros ingresos de su actividad irregular) y encima Skyler habrá de afrontar un juicio.

Ya en la tercera temporada, la decisión de Walter de no auxiliar a la novia de Jesse tira de un hilo que conducirá a un terrible accidente de aviación, dado que el padre de la chica es un controlador aéreo al que se le va la pinza por culpa del estrés acumulado. Que la suerte de una persona que viaja en un avión dependa de la decisión de un desconocido de dejar morir a una heroinómana igualmente desconocida (una decisión fruto, a su vez, de múltiples circunstancias) nos invita a ver el mundo como un todo interrelacionado, a adoptar un enfoque holístico de la realidad. Todos nuestros actos, por nimios que parezcan, tienen causas y consecuencias. Por mucho que los pensadores de raíz marxista se revuelvan en sus sillones o cátedras, soy de los que creen que si un frutero no se hubiera inmolado en 2011 en Túnez, seguramente Gadafi seguiría en el poder en Libia y no hubiese habido guerra en Siria y Yemen. Si la teoría del caos funciona en la naturaleza, no veo por qué no habría de hacerlo en la historia humana.

¿Tiene sentido la vida?

Walter muere aparentemente solo, privado del amor de su familia: el de su esposa (a la que siempre fue fiel) y el de su querido hijo discapacitado; su adorada hijita de año y medio ni lo recordará. Ni siquiera hay un abrazo final de Jesse, su otro hijo, aunque su ambivalente gesto de despedida parece contener un mensaje de agradecimiento. Podríamos decir que lo ha perdido todo y es consciente de ello en sus momentos finales, pero le queda la satisfacción del trabajo bien hecho (incluida la traca final de la ametralladora instalada en el capó y accionada a distancia para acabar con los subhumanos de Todd y compañía) y de la liberación de Jesse, que viene de algún modo a redimirle. Aunque, pensándolo bien, es una tontería decir que lo perdió todo: se lleva los momentos de felicidad y de aprendizaje de su vida, eso no se lo quita nadie (eso no nos lo quitará nadie en nuestros últimos instantes), que ya bastan para dar por bueno su paseo por el espacio-tiempo. Y quien esté libre de toda culpa, que tire ahora la primera piedra contra Walter White (espero que quien lo haga no tenga la desfachatez de ser cazador deportivo, defensor de la tauromaquia o consumidor de productos cárnicos)...

sábado, 15 de octubre de 2016

El acoso escolar más allá del buenismo biempensante

La brutal agresión a una niña de ocho años en Mallorca por parte de chicos de entre doce y catorce ha avivado el debate sobre el acoso en las aulas, sus causas y los modos de prevenirlo y atajarlo. Vuelve a saltar a la palestra la ya tópica letanía de psicólogos y psicopedagogos: que si nuestra sociedad es cada vez más violenta (por culpa supuestamente de la injusticia social -achacable directamente al capitalismo- y también de las películas y videojuegos que "banalizan el mal"), que si el verdugo es una víctima social a la que no se le ha enseñado a respetar al prójimo por una falla de nuestro sistema educativo, que si los medios de comunicación son corresponsables (aunque he de reconocer que flaco favor hacen las típicas teleseries norteamericanas que presentan a los malotes como enrollados y a los chicos formales y estudiosos como pringaos)...

En primer lugar, siguiendo el planteamiento de Steven Pinker, me atrevo a afirmar que probablemente nunca haya habido menos violencia en la escuela -además de en el hogar y en cualquier otro ámbito humano- como en nuestros tiempos. Lo que pasa es que, al igual que con la violencia machista, la racista y la homófoba, los abusos se denuncian ahora con mayor frecuencia y son mucho más mediáticos. Y en segundo lugar apunto lo que casi nadie se atreve a decir en público -mucho menos desde una óptica cristiana o de izquierdas- aunque todo el mundo en el fondo lo intuya: la verdad de que hay niños malvados, de que la hijoputez no es cosa solo de adultos porque también hay pequeños monstruos de doce años, de siete o de cuatro.

¿Cuándo entenderemos de una vez que no somos una hoja en blanco al nacer? ¿Cuándo entenderemos que se nace psicópata, que la ausencia de empatía ya está inscrita en los genes y no se cura (ni siquiera es una enfermedad, incluso podría afirmarse que es un rasgo adaptativo)? (Luego seguirán diciendo algunos que la ciencia no ofrece pista alguna para resolver los problemas sociales). Con un psicópata no valen de nada las dinámicas de grupo, los talleres de educación emocional, la papiroflexia... Por desgracia, no hay reeducación posible con ese 1-2% de la población humana (que algunos estudios elevan hasta el 20% si nos ceñimos a los altos cargos políticos y empresariales de la sociedad): la unica solución efectiva es su neutralización, que en el ámbito escolar va desde el marcaje férreo hasta la expulsión del colegio y, si es menester, el ingreso en un centro penitenciario para menores (llámenlo cárcel de menores si lo prefieren: no tengo problema con esa denominación). No se trata de ninguna venganza social, sino exclusivamente de proteger al resto de la población de individuos evidentemente dañinos y peligrosos. Es inmoral y absurdo que una niña de ocho años tenga que cambiar de colegio tras recibir una paliza porque sus agresores no pueden ser expulsados, que se valore más el supuesto derecho a la reeducación de estos últimos que el derecho a la integridad física y psíquica de la agredida.

Eso en cuanto a los psicópatas, que son bien reconocibles desde pequeños: los niños que matan a pedradas a gatos o perros ya se están retratando inequívocamente como tales. Pero no todos los pequeños acosadores y maltratadores son psicópatas: también están los matones y abusadores normales (o sea, potencialmente compasivos), amparados tanto en su mayor fuerza física como en la ausencia de límites a su conducta (una responsabilidad atribuible principalmente a sus padres). Esos sí que son reeducables, aunque en no pocos casos ello pasa necesariamente por apartarles de unos progenitores instalados en una subcultura de violencia, delincuencia y marginalidad (parece ser el caso de los atacantes de la niña en Mallorca). Por cierto, no creo que sean muy útiles al respecto las dinámicas de grupo, los talleres de educación emocional y la papiroflexia.

Por otro lado está la mayoría silenciosa que en el mejor de los casos calla por miedo y en el peor ríe servil y mezquinamente la gracia al abusador. Sin su inacción o complicidad más o menos dolosa, los acosadores no podrían hacer nada (esto es algo generalizable a todo colectivo humano, desde una empresa hasta un país). Por eso resulta fundamental intervenir sobre ese segmento mayoritario de alumnos, para generar una masa crítica que impida sistemáticamente todo abuso: es la vía más eficaz para cortocircuitar el acoso escolar, sin perjuicio del control permanente por el propio colegio de lo que ocurre en su interior y de la mano dura con los violentos y su eventual aislamiento social.

Es muy importante recordar que cada vez que la autoridad estatal legítima se retira de un espacio (sea un centro escolar, una oficina, una cárcel, un barrio o toda una región o país), este no tarda en ser ocupado a las bravas por los más brutos y con menos escrúpulos: es una especie de principio social bien contrastado (véase el caso de Venezuela) que presenta cierta semejanza inversa con el de Arquímedes. Solo el imperio necesariamente coercitivo de la ley nos libra de la barbarie. Si en un colegio se quebrase completamente la autoridad de su dirección y profesorado y ni siquiera fuese posible recurrir a la policía o la justicia, la muerte de escolares a manos de compañeros malotes sería cuestión de (no mucho) tiempo. ¿Alguien lo duda?

sábado, 9 de enero de 2016

Lección de Colonia: No todos los inmigrantes son buenos (¿y alguien esperaba que lo fueran?)

La última Nochevieja en Colonia sigue en el candelero: la policía alemana ya ha identificado a algunos de los cientos de salvajes que agredieron sexualmente -se incluyen dos casos de violaciones- a mujeres aprovechándose de las celebraciones callejeras de fin de año en esa ciudad. Aunque se llegó a decir que casi todos los atacantes eran sirios, lo cierto es que más de la mitad de los 31 energúmenos identificados son magrebíes (de Marruecos y Argelia) y solo cuatro proceden de Siria. De ellos, 18 habían solicitado asilo en suelo germano.

Estos sucesos han dado alas a xenófobos y racistas de toda Europa. Empezando por los de la propia Alemania, el país más generoso -junto a Suecia- con los migrantes sirios. El mensaje es: "Ya véis a quienes habéis dejado entrar, a estos musulmanes que quieren destruir desde dentro nuestros propios países". La otra cara de esta derecha y ultraderecha cerril y populista que sostiene que los inmigrantes vienen a robar, violar y ponernos bombas es una izquierda cándida y políticamente correcta que defenestra a cualquiera que ose afirmar, en un ejercicio del más puro sentido común, que entre tantos refugiados tiene que haber necesariamente ovejas negras.

Si ha llegado más de un millón de inmigrantes sirios a Alemania, lo normal (véase una sencilla "campana de Gauss") es que no menos de 20.000 sean psicópatas y no menos de 100.000 se correspondan con tipejos poco recomendables. Esto es lo que hay, lo anormal es que no fuese así: ellos son igual de humanos que nosotros, para bien y para mal. ¿Acaso es un disparate decir que en España hay como mínimo 900.000 psicópatas? ¿O que pululan al menos cinco millones de personas a las que no comprarías un coche usado ni confiarías el cuidado de tu hijo?... Es la condición humana. Por eso es estúpido creer que, por mucha educación y buenas políticas que se apliquen, algún día se erradicará por completo la violencia machista o la delincuencia en general.

Además del factor delincuencial, hay un claro componente cultural en el caso de Colonia. Tengamos en cuenta que buena parte de estos migrantes son hombres jóvenes que vienen de una zona del mundo con una gran represión sexual y en la que las mujeres siguen siendo consideradas seres inferiores, lo cual tiene que ver con una mayor observancia de la religión y la tradición. Es innegable que el mundo árabe y musulmán -aunque también Latinoamérica, la India y el África subsahariana- deja mucho que desear en el trato dispensado a las mujeres. No es menos verdad que Siria era antes de la guerra un país con un cierto desarrollo económico y social en el que las féminas tenían reconocida su igualdad legal, pero con toda seguridad los cuatro agresores sirios identificados en Colonia -recordemos de nuevo que la mayoría de sospechosos son norteafricanos- no formaban parte de la clase acomodada o media urbana en cuyo seno las mujeres podían sentirse relativamente libres sino más bien del lumpen suburbano (al igual que los chiquillajes marroquíes que andaban hasta hace unos años por Lavapiés atacando impunemente a todo el mundo) o del atrasado medio rural, los segmentos sociales más atados a la incultura, la tradición y los clérigos. Si eres un joven que ha mamado desde pequeño misoginia y represión, tienes ahora la suerte de vivir en una sociedad abierta -en la que ha calado la creencia de que los delincuentes son todos víctimas sociales, por lo que hay que ser benevolente con ellos- y eres un canalla (esto último es condición necesaria), no es de extrañar lo ocurrido en Colonia.

martes, 22 de septiembre de 2015

El Viacrucis de los refugiados sirios: una típica película protagonizada por humanos

Europa vive una crisis migratoria sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Dicho de una manera más concreta y personalizada, decenas de miles de sirios (pero también iraquíes, afganos, eritreos y otros) están embarcados en un largo, caro y peligroso viaje hacia el núcleo próspero de la Unión Europea, forzados a abandonar su país por la guerra y/o la persecución política: un periplo de miles de kilómetros marcado por la angustia, el frío, el hambre, la sed, el cansancio y, a veces, la muerte (ya se han convertido en cotidianas las terribles imágenes de niños ahogados en aguas del Mediterráneo), a expensas de traficantes sin escrúpulos y de otros desalmados que en ocasiones -dentro y fuera de la UE- llevan uniforme.

Para analizar este drama utilizaré el mismo modelo aplicado al tráfico ilegal de marfil en una entrada anterior titulada "La pena por el elefante". Porque, como escribí allí, "se trata de la típica película real protagonizada por humanos, con todo lo que conlleva: egoísmo, ignorancia, estupidez, maldad... Al igual que en las pelis de ficción también hay, por supuesto, cosas buenas como la gente que se indigna e incluso se rebela arriesgando su pellejo. El modelo explicativo aplicable es siempre el mismo, hablemos de tráfico de marfil, de peletería, de diamantes, de industria cárnica o de esclavismo". Y, claro está, de inmigración masiva...

Para empezar, hay que remontarse al año 2003, cuando el mendaz y escasamente cualificado presidente estadounidense George W. Bush (votado y respaldado por no pocos compatriotas ignorantes e imbéciles) conduce a su país y a algunos de sus aliados a una guerra desastrosa y contraproducente en Irak (que servirá para divertirse a seres de la calaña de la señorita England), creando un caos y un vacío político que años más tarde será llenado -tanto en Irak como en la vecina Siria- por fanáticos religiosos (en el mejor de los casos, ignorantes y estúpidos; en el peor, simples bestias) bien financiados por correligionarios adinerados del golfo Pérsico con cuentas en Suiza y cuasiesclavos asiáticos a su servicio. Estos fanáticos (musulmanes sunníes nativos y extranjeros venidos expresamente de otros países de la región, de África o de Europa) se hacen con el control de un vasto territorio a caballo entre Irak y Siria y siembran el terror entre cristianos, musulmanes chiíes, kurdos y todo aquel que desafíe a su autoproclamado Estado Islámico. En Siria les harán frente el Ejército del dictador Asad (apoyado por la milicia chií libanesa proiraní Hezbolá), las milicias laicas kurdas del norte (en un territorio independizado de facto de Damasco) y otras milicias laicas e incluso islamistas (como el grupo Al Nusra, cercano a Al Qaeda), a su vez enemigas del régimen de Asad. La población civil, atrapada entre varios fuegos y sometida a bombardeos indiscriminados, es desplazada masivamente de sus pueblos y ciudades y empujada al exilio.

Miles de personas, muchas de ellas junto a toda su familia, se ponen camino de la rica y tolerante Europa, donde nadie les va a echar bombas de barril ni a rebanar el pescuezo y podrán encontrar un trabajo del que vivir decentemente. Por supuesto, no todos son trigo limpio: sería absurdo (un bofetón a la estadística) que así lo fuera. Como tampoco eran buenos todos los republicanos que abandonaron España a finales de la Guerra Civil o todos los judíos que estaban en los campos de concentración y exterminio nazis (algunos de ellos colaboraron con los nazis y fueron tan crueles con sus hermanos hebreos como aquellos, tal como nos contó Victor Frankl en El hombre en busca de sentido) o todos los soldados aliados que felizmente derrotaron a Hitler hace 70 años. Como tampoco eran malos, por otra parte, todos los soldados de la Alemania nazi (muchos de ellos, como un primo hermano de mi madre, eran jóvenes obligados a servir).

Volvamos al siglo XXI. En su recorrido, los sirios bienintencionados -y también los otros- habrán de toparse con buena gente, pero también con imbéciles o inconscientes, con desaprensivos y con bestias (humanas). A casi todos los traficantes de personas podemos repartirlos entre estos dos últimos grupos: al primero (los desaprensivos) se adscriben los que pretenden sacar a los migrantes el mayor dinero posible y no se preocupan demasiado por su seguridad; el segundo está integrado por los que los estafan y son capaces de hundirles la balsa en medio del mar, causando directamente su muerte. Si llegan a suelo europeo, los sufridos migrantes se encontrarán de nuevo con gente que les ayudará (simples ciudadanos, voluntarios y no pocos empleados públicos y policías empáticos), pero también con gentuza racista que les pondrá la zancadilla o los mirará con recelo (entre ellos, no pocos policías que les inflarían a gusto a hostias si les autorizaran): una gentuza que está detrás de políticos xenófobos y nacionalistas como el presidente húngaro cristiano Viktor Orban (él bien sabe que está en el poder gracias en parte a esos votos que se disputa con los neofascistas de Jobbik).

Ya llegados a su destino (Alemania y Suecia suelen ser sus países favoritos para establecerse), los refugiados encontrarán otra mucha gente que se solidarizará con ellos y les apoyará, pero también otra legión de imbéciles o inconscientes (que se creerán que vienen a quitarles su trabajo o a robarles y votarán a quienes prometan echarlos), de desaprensivos y, por supuesto, de bestias. Y al mando, nuestros políticos tan denostados, temerosos de perder votos (hay que quitarse el sombrero ante la valentía de Angela Merkel, aunque es cierto que a Alemania -en general, a Europa- le interesa una inmigración cualificada para sostener su economía en el futuro) por ser demasiado generosos con los inmigrantes: mezquinamente temerosos de la mezquindad de muchos de los votantes a los que se deben (y también de su miedo al otro, alimentado por el auge del radicalismo islámico en las comunidades ya establecidas en Europa, lo que a su vez sirve de pasto a la extrema derecha nacionalista y xenófoba).

Este análisis no es incompatible con sesudos estudios académicos que ponen el acento en la crisis de la democracia partidista y el Estado del Bienestar en Europa, los riesgos del multiculturalismo y el choque de civilizaciones, la amenaza demográfica y ecológica global, el fracaso del Estado moderno y el secularismo en Oriente Medio, la artificialidad de las fronteras allí trazadas tras la caída del imperio otomano, el impacto geoestratégico de la emergencia en la segunda mitad del siglo XX de las petromonarquías del Golfo o la quiebra de las relaciones de dominación capitalista a nivel mundial (signifique lo que signifique esto). Pero tengamos en cuenta que en todo estudio social son los humanos -no solo los líderes sino los ciudadanos de a pie- los protagonistas. Y las motivaciones humanas son siempre las mismas, al igual que los tipos humanos: ahora, hace mil años y seguramente dentro de mil años (aunque, en ese lejano escenario futuro, la hipotética integración hombre-máquina alumbrando seres biónicos interconectados podría quizá depararnos alguna sorpresa).

**Este artículo de Arturo Pérez-Reverte ofrece un panorama no muy luminoso sobre el futuro de Europa a la luz de esta crisis migratoria. Creo que no le falta razón.

"Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: "raza" de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero, asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración" (Viktor Frankl, 1946)

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