Mostrando entradas con la etiqueta Conciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Conciencia. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de septiembre de 2021

Monográfico sobre el pampsiquismo en el 'Journal of Consciousness Studies' (en torno a 'El error de Galileo' de Philip Goff)

(Imagen de David R. Ingham)

Si se me apareciera un gnomo por el campo y me prometiese una respuesta certera a cualquier pregunta profunda, pero solo a una (como la supercomputadora de Guía del autoestopista galáctico), tendría pocas dudas de cuál sería: ¿Qué es la consciencia? La resolución de ese misterio podría arrojar luz sobre otros interrogantes, como por qué existe algo en vez de nada, cuál es el origen y destino del universo, qué es el tiempo o si hay algún hueco para el libre albedrío.

El filósofo inglés Philip Goff vive con pasión su búsqueda de respuestas a ese respecto. Pampsiquista russelliano, Goff propone poner los cimientos de una ciencia de la consciencia posgalileana que atienda a la cara subjetiva e interna del fenómeno: la de la experiencia, que no es cuantificable por tener solo propiedades cualitativas (qualias como la rojez, la aspereza en el tacto, el sabor amargo, el dolor o el placer). Porque Galileo fijó los límites de la naciente ciencia moderna dentro de lo observable y mensurable, dejando deliberadamente fuera a la consciencia, que sería la naturaleza intrínseca de la materia conforme al esquema de Russell y Eddington (un planteamiento monista, ya que mente y materia serían las dos caras -una interna y otra externa- de la misma cosa).

Goff ha convocado a científicos, filósofos y teólogos para una edición especial en octubre de la Journal of Consciousness Studies destinada a debatir sobre su libro El error de Galileo, el pampsiquismo y las posibles bases de esa nueva ciencia de la consciencia: más de la mitad de los 19 ensayos remitidos (redactados por científicos y pensadores tan reputados como Carlo Rovelli, Sean Carroll, Lee Smolin, Anil Seth, Christof Koch, Annaka Harris, Keith Frankish o Galen Strawson) ya pueden leerse online. Lo que sigue son mis comentarios acerca de buena parte de ellos, así como de otros enfoques teóricos no incluidos. Unos comentarios basados en una visión monista pampsiquista no determinista que es la que desde hace un tiempo (yo antes no creía en el libre albedrío) me resulta más convincente.

El "problema difícil" de la consciencia, tal como lo acuñó hace décadas el influyente filósofo australiano David Chalmers, parte de una perplejidad que no deberíamos dar por obvia: ¿por qué habría de existir la consciencia?... Podría haber zombis indistinguibles de nosotros, capaces de hacer lo mismo pero sin albergar dentro esa cosa que todos sentimos tan íntima (nuestra mente), esa subjetividad interior tan innegable que llevó a Descartes a construir sobre ella toda su filosofía. Porque lo único de lo que no podemos dudar es de que tenemos una mente consciente. Que el resto también la tenga (que no sean zombis) parece una suposición muy razonable, pero es imposible de demostrar. Yo solo tengo la certeza de que existo yo: no hay manera de probar que tú (lector) -así como el resto de los seres vivos, incluyendo al propio Descartes- seas un mero autómata o computadora orgánica que ejecuta un programa. Ese escenario solipsista en el que uno es el único agente consciente del universo no es descartable, pero me parece más probable la existencia de una compleja red de agentes conscientes en interacción (es lo que cree Donald Hoffman).

A la hipótesis del zombi filosófico, popularizada por Chalmers, se llega necesariamente cuando nos comparamos con un ordenador, un objeto puramente mecánico que funciona recibiendo unos inputs, procesándolos conforme a un programa y generando unos outputs. ¿Qué necesidad tiene un ordenador de un mundo interior subjetivo? ¿Pero por qué las máquinas no lo tienen y los humanos (entre otros animales) sí?... El argumento de Chris Fields, bajo un enfoque pampsiquista informacional, es que no puede haber zombis porque todo ente material que procesa información es consciente. También lo serían los ordenadores, desde luego. Y las plantas. Y las bacterias. Y las partículas elementales, a su modo. O sea, que la pregunta de por qué habría de existir la consciencia sería la misma que la de por qué habría de existir la materia. ¿Hay algún materialista que hable del "problema difícil" de la materia?... Probablemente, las únicas explicaciones ontológicas al respecto (a por qué hay algo en vez de nada o a por qué existen los qualias y son como son) estén más allá de los límites de la ciencia, en el terreno de la metafísica. Ahí estriba uno de los pocos puntos de desacuerdo de Fields con Goff, al señalar que su aproximación fundamentalmente ontológica (y no tanto funcional) al problema seguramente sea infructuosa.

Como dice Goff, el pampsiquismo resuelve el "problema difícil" a cambio de toparse con el problema de la combinación: cómo se combinan dos entidades conscientes para dar lugar a una superior sin perder su individualidad y de manera que la superior se perciba como unitaria. Giulio Tononi y Christof Koch, artífices de la IIT (Teoría de la Información Integrada), lo resuelven ingeniosamente con su definición de la consciencia como la integración de un máximo irreducible de información en un cierto lugar del espacio. Cuando somos conscientes, nuestra mente se enciende y hace que se apague toda consciencia subyacente. Cuando dejamos de estar conscientes (en sueño profundo o en estado de coma), se vuelven a alumbrar los agentes que se hallan más abajo en el edificio jerárquico de la consciencia. Por ejemplo, nuestro hígado.

Annaka Harris no ve tal problema con la combinación (y coincido con ella), ya que es erróneo hablar de un sujeto de consciencia: lo que hace un Yo es la memoria, como conector de experiencias o qualias. Esta es una idea que parece tomada de Derek Parfit, para quien una persona es ese conector coherente -él lo llama R- a lo largo del tiempo de distintos contenidos conscientes. Para Fields, el problema se solventa si tenemos en cuenta que las experiencias son componenciales, pero no así los agentes que las experimentan: hace una analogía con las máquinas virtuales en una computación que me parece muy sugerente.

Annaka pone como símil una orquesta: el sonido de cada instrumento no pierde su singularidad al ser componente de algo superior como una sinfonía. Volviendo al hígado, nos dice que asumimos que ese órgano no es consciente solo porque no somos conscientes de él: ¡pero es que no lo somos porque nosotros no somos el hígado, sino nuestra mente emergente! La razón por la que la reencarnación me parece un absurdo lógico es la misma: si Zenón de Eleas se encarna en mí ya no es Zenón de Eleas (una cierta configuración de la materia/mente) sino yo (otra configuración). 

Otro problema para el pampsiquismo es el de la causalidad descendente, el que la mente pueda tener poderes causales sobre la materia. Para Sean Carroll, el cierre causal de la física hace que esa causalidad de arriba abajo sea imposible. Sería diferente si asumiéramos un modelo dualista mente-materia en el que la primera influyese de alguna forma sobra la segunda. El dualismo, que es el planteamiento de Descartes y la intuición de raíz religiosa de la mayor parte de la gente, es mucho menos convincente que el materialismo. Pero un modelo materialista no está para nada reñido con el pampsiquismo... ni siquiera con la causalidad descendente: Lee Smolin sostiene que esta última es posible si se ensancha el campo (incluyendo los qualia y su aún desconocida física subyacente) sobre el que rige el cierre causal. Resulta tentador pensar que las emergencias hacen que se amplíe el espacio de posibilidades, permitiendo ese poder causal. Precisamente, Smolin cree que si la consciencia ha favorecido la supervivencia (si tiene un valor evolutivo) es por tener ese poder. Por cierto, Smolin concibe la flecha del tiempo como la dirección de lo indefinido a lo definido. El tiempo no es algo emergente sino un precipitador activo de la realidad que crea con ello la consciencia. 

Carroll hace una enmienda a la totalidad al pampsiquismo, ya que no cree que los aspectos intrínsecos de la mente puedan introducir modificaciones en las leyes físicas que lleven a una reformulación de su muy contrastado marco teórico. Pero lo cierto es que la hipótesis pampsiquista da respuesta al misterio de la emergencia fuerte, a la súbita transición de lo no consciente a lo consciente: no habría tal misterio, porque la consciencia sería consustancial a la materia, no una emergencia de ella. Carroll carga contra Goff al considerar este la carga eléctrica (al igual que cualquier otra propiedad física) como una forma de consciencia. Es cierto que en el pampsiquismo russelliano no hay una relación causal, sino de identidad, entre las propiedades físicas y las mentales. ¿Pero no sería más atinado decir que la carga, la masa y cualquier otra propiedad física son, más que formas de consciencia, parámetros que definen una forma de consciencia?...

Otro duro crítico del pampsiquismo es Anil Seth, que propone dejar de lado el problema difícil y centrarse en lo que él considera el problema real de la consciencia: o sea, ir de los correlatos neuronales (del "esta parte a del cerebro se activa cuando yo siento b") a las explicaciones, a la búsqueda de los mecanismos subyacentes a las experiencias. Para Seth, el cerebro es un agente bayesiano, dedicado a actualizar en todo momento sus expectativas o predicciones a partir de información proveniente tanto de fuera como de dentro del cuerpo. En eso coincide con Carroll, pero Seth postula además que el cerebro fabrica una alucinación controlada dentro de la cual se incluye el propio yo. Las alucinaciones no controladas son aquellas disfuncionales para la supervivencia, caso de las producidas por ciertas drogas o por estados como la esquizofrenia: no son funcionales porque aportan información errónea para manejarse con seguridad por el tablero del mundo (no es buena idea tirarse por la ventana de un décimo piso al ver abajo, fruto de la ingesta de LSD, un mullido lecho de nubes rosas de algodón).

En su artículo, Robert Prentner comparte la teoría interfaz de la consciencia de Donald Hoffman (el realismo consciente): el tablero del mundo sería como la interfaz de usuario de un ordenador; y los objetos del universo, sus iconos en la pantalla. No vemos el mundo tal como es, sino del modo que mejor nos sirve para sobrevivir: los iconos están ahí como representaciones que aportan información para la supervivencia. Para Prentner y Hoffman, que al igual que Fields, Tononi y Koch aplican las matemáticas al estudio de la consciencia y toman a esta como punto de partida científico, hay una realidad externa compartida por todos los agentes conscientes (cada uno la percibe a través de su particular interfaz), pero esta no existiría sin la consciencia. O sea, no hay una realidad independiente de la mente. Por eso puede considerarse su teoría como idealista o inmaterialista al modo del obispo Berkeley. Lo que sí está claro es su realismo acerca de la consciencia: esta no sería una ilusión (la autoatribución por el cerebro de una vida privada interna), como creen Keith Frankish y otros. 

Desde una óptica puramente materialista y negadora de la existencia de los qualia, Daniel Dennet considera que algún día la consciencia de un individuo podría ser descargada y almacenada en un soporte no orgánico: lo importante sería la estructura y no el soporte. Pero supongamos que la digitalización de una mente (una tarea que ahora mismo nos parece hercúlea) fuera técnicamente posible: ¿esa mente en un archivo informático sería la misma?... La respuesta de quienes sostienen la idea de la mente corporizada (como Andy Clark, Francisco Varela, Antonio Damasio o el propio Seth) es clara: no, en absoluto. Y esto se debe a que la mente no es solo construida por el cerebro sino también por el resto del cuerpo. De hecho, hay estudios que muestran la influencia en nuestra psique incluso de organismos que viven en nuestro interior como la flora bacteriana del intestino. Y hasta de objetos extracorporales como unas gafas, una prótesis o un mando a distancia: es la llamada mente extendida (homologable al fenotipo extendido de Richard Dawkins en el ámbito de la biología). La consciencia en un hipotético estado incorpóreo podría ser algo irreconocible. Tanto para Dennet como para Michael Gazzaniga, la mente no solo es un fenomeno emergente (no fundamental) sino una confederación de módulos, un fenómeno descentralizado en el que no hay cuartel general y distintas narraciones compiten por imponerse. Esto último no lo veo reñido con una mente que sea fundamental en vez de emergente. 

Para Roger Penrose y Stuart Hammeroff, el cerebro funcionaría como un ordenador cuántico, pero con un componente no algorímico. Ese componente conectaría con una especie de realidad platónica más allá del espacio-tiempo, haciéndonos ver como ciertas algunas verdades que son indemostrables dentro del sistema cerrado del universo. Una inteligencia orgánica sería pues capaz de comprender y ser consciente, a diferencia de una computadora. Ese componente no computacional permitiría a la mente autorreferenciarse, esquivando la limitación impuesta a todo sistema por el teorema de incompletitud de Gödel (que prueba que ni siquiera las matemáticas son completas, al contener verdades no demostrables desde dentro). Porque cuando un ser consciente sabe algo, no solo lo sabe sino que sabe que lo sabe... y así sucesivamente en una regresión infinita. Douglas Hofstadter definió precisamente la consciencia como un "extraño bucle" autorreferencial.

Ferviente antirreduccionista, para Gazzaniga los cerebros son máquinas fabricadas por la selección natural que tienen poderes causales. Y la consciencia es un conjunto de representaciones simbólicas ligadas a esa maquinaria cerebral: en última instancia, un instinto que tienen todos los organismos vivos, ajeno a la inteligencia artificial. En ese último punto disiento de él y de Penrose (John Searle tampoco cree que un ordenador tenga o pueda llegar jamás a tener una mente) y me alineo más con la visión funcionalista de Dennet. Aunque obviamente voy mucho más allá que Dennet, al abrazar los qualia y el pampsiquismo. Un pampsiquismo no determinista a diferencia del defendido por Galen Strawson, que no deja espacio alguno para el libre albedrío.

Si el gnomo campestre diera cumplida respuesta (¡no admitiré como tal un 42!) a mi pregunta, intuyo que aquella podría también aclararnos conceptos como los de nada o infinito. Mejor dicho, aclararme... si acaso yo fuera la única consciencia del universo. ¡Juro que soy consciente!

*En mi libro Entre la nada y el todo: Consciencia y evolución en el Multiverso me he tomado la libertad de incluir una osada elucubración metafísica: que hay una consciencia universal (Brahman) que mora en la nada y percibe la no-nada (el todo) desde todas las perspectivas posibles (Atman) materializándose gracias una gigantesca computación multiversal.

**Sigan en Twitter a Philip Goff (@Philip_Goff) si están interesados en el pampsiquismo. Goff y Keith Frankish (antipampsiquista, pero no por ello menos amigo de Philip) tienen un muy recomendable podcast dedicado a la consciencia: Mind Chat.

martes, 30 de marzo de 2021

Monismo russelliano, fisicalismo, pampsiquismo, panenteísmo, Todo y Nada en el mismo paquete


Keith Frankish y Philip Goff son dos de los filósofos actuales más interesados en el estudio de la naturaleza de la consciencia. Y de vez en cuando interactúan en Twitter (también suelen hacerlo David Papineau, Bernardo Kastrup y Richard Brown), para regocijo de quienes estamos interesados en estos asuntos. Para Frankish, la consciencia (que para él, en línea con Daniel Dennet, no deja de ser una mera ilusión) es "algo que hace la materia". Para Goff, es justo al revés: la materia es "lo que hace la consciencia". En mi humilde opinión, ambos yerran si adoptamos una concepción monista del mundo (conforme a Bertrand Russell) en la que materia y mente serían dos caras de la misma cosa única: la primera de ellas, tal como esa cosa se percibe desde fuera; la segunda, la subjetiva, tal como es sentida desde dentro (la consciencia sería pues "lo que se siente siendo materia"). 

Esta es una concepción en el fondo fisicalista, ya que la cosa única es consciencia materializada (o materia con propiedades mentales, que lo mismo da). Y coincido con Galen Strawson en que ello nos aboca necesariamente al pampsiquismo, que Frankish rechaza y Goff ahora abraza en su variante cosmopsiquista (que considera que el universo es un ser consciente, en el cual están integradas todas las mentes), tras haber coqueteado anteriormente con la micropsiquista (que considera que partículas elementales como electrones y quarks son conscientes) y la protopampsiquista (que sostiene que las partículas elementales no son conscientes, pero constituyen la base para la emergencia de la consciencia). David Chalmers, Giulio Tononi y Donald Hoffman tambien apuestan por algún tipo de pampsiquismo. Este último apunta incluso a la causalidad descendente (un anatema para muchos físicos), desafiando el enfoque ortodoxo reduccionista de la ciencia. 

¿Pero cuál es la naturaleza y origen de ese ente materia/mente?... Ahora viene mi desaforada especulación: no sería más que información obtenida de una computación cuántica a partir de un objeto que podríamos llamar el Todo y podría identificarse con el mito hindú del sueño de Vishnu. Ese sueño de la consciencia pura no materializada (llámala Vihsnu, Brahman, Dios o como te plazca) abarca todo el espacio de posibilidades (¡de hecho, es el espacio de posibilidades!) y, por tanto, todas las posibles historias del universo en cada una de sus escalas. La gigantesca computación permite a toda consciencia materializada navegar, con más o menos márgenes de libertad (determinados por el estado inicial de un multiverso, sus leyes físicas y la interacción con otros agentes conscientes materializados), por esa especie de videojuego multiversal del que se vale la consciencia pura (moradora de la Nada) para percibir el mundo (la no-Nada) desde todas las perspectivas posibles, ya sean elementales o emergentes. La materia sería pues el traje que se embute la consciencia pura para poder hacer un recorrido por un multiverso. Un traje que, conforme a lo antedicho, impone restricciones a quien se lo enfunda: ese constreñimiento, que hace posibles el orden, el raciocinio y el propósito, es el precio a pagar por salirse de la etérea nada.

Esta visión que propongo es panenteísta, ya que supone que la consciencia mora también (en modo puro o inmaterial) más allá del mundo físico que informa (o sea, más allá de todas las posibles manifestaciones del Todo) en una entidad que llamaremos la Nada. Y no es incompatible con el fisicalismo, ya que este sostiene que todo tiene un fundamento físico... ¡pero todo lo que existe (a su vez, un precipitado del Todo), lo cual excluye la Nada! ¿Entonces la consciencia pura NO existe? Parafraseando al infumable Heidegger, digamos que "nadea"...

jueves, 3 de diciembre de 2020

La red de agentes conscientes de Hoffman: un convincente modelo pampsiquista

Creo que Donald Hoffman acierta con su modelo pampsiquista de agentes conscientes integrados en una red dinámica participativa, una propuesta teórica que él llama "realismo consciente". Con ello da respuesta al gran misterio de la aleatoriedad, de por qué suceden cosas sin una razón aparente: yendo a lo más básico, por qué un electrón exhibe un tipo de espín (solo hay dos opciones) al medirlo y no otro, por qué un núcleo atómico se desintegra ahora y no en otro momento cualquiera... 

La mecánica cuántica nos da una respuesta extraordinariamente precisa, pero solo en términos de probabilidades: no es capaz de predecir, porque es intrínsecamente imposible, qué espín (up o down) exhibirá un determinado electrón. Por eso está vedado conocer el futuro, por mucha tecnología o información que tengamos al alcance. Einstein se negaba a aceptar esa imposibilidad, culpando a la mecánica cuántica de ser una teoría incompleta que no tenía en cuenta variables ocultas: o sea, alguna especie de programación que determina secretamente el comportamiento de las partículas elementales. Lo cierto es que el teorema de Bell descartó posteriormente toda programación oculta, al menos local: dejaba abierta la puerta a variables ocultas no locales, a una visión holística del universo en la que podría haber conexiones instantáneas como las del entrelazamiento cuántico. 

Para Hoffman, un electrón "decide" su espín, ejerciendo así un libre albedrío de lo más básico (al igual que otras partículas elementales): una decisión binaria entre dos experiencias conscientes, de un bit de información, que condiciona las decisiones de entes superiores (de dos bits), que a su vez condicionan las decisiones de entes superiores (de cuatro bits)... Y así hasta llegar a nosotros, a nuestra consciencia personal emergente que tiene muchas más opciones a su alcance que un electrón, un fotón o un quark. Pero que está constreñida por las decisiones tomadas por debajo de esa pirámide jerárquica. 

En el modelo de Hoffman, los agentes de un nivel influyen en los que están por encima pero también ejercen un poder causal descendente no reducible (por ejemplo, estamos muy condicionados por nuestras moléculas y células, pero asimismo somos capaces de alterarlos con decisiones/acciones como la de drogarnos o suicidarnos). Esto significa que a medida que se alumbran nuevas emergencias se obtienen nuevos grados de libertad, descartándose así una visión determinista y reduccionista conforme a la cual nuestro libre albedrío sería nulo por ser el mero resultado necesario de la evolución de las partículas elementales de acuerdo a las leyes físicas (del mismo modo que en el juego de Conway las figuras emergentes son el fruto necesario de la evolución de sus autómatas celulares). 

La aleatoriedad no existiría: sería solo el nombre que le damos a nuestra ignorancia de qué va a hacer cada agente consciente cada vez que interacciona con el universo (algo inescrutable para cualquier otro agente, incluso para un hipotético Dios). Por supuesto, esa red consciente no se agota en los humanos u otros animales superiores: la generación de emergencias podría ser ilimitada, conduciéndonos a una singularidad tecnológica o, por qué no, a un ser cuasidivino. 

En suma, Hoffman resuelve el misterio de la aleatoriedad y el también relacionado del libre albedrío (somos libres, pero nuestra libertad está condicionada por el resto de agentes conscientes), apuntando a la consciencia como un fenómeno fundamental del que se derivan tanto la materia como el espacio-tiempo.

Ver vídeo de Hoffman.

viernes, 5 de junio de 2020

Conclusiones (audaces) de 'Entre la nada y el todo: consciencia y evolución en el Multiverso'

(Ir al libro completo)



Dijo el genetista inglés JBS Haldane, el mismo que aseguraba jocosamente que daría su vida por la de dos hermanos u ocho primos, que el universo es más extraño de lo que podemos imaginar. ¡Y qué decir del Multiverso! Por no hablar de conceptos como los de nada o infinito. Si Mario Bros fuera consciente y lograra salirse de su videojuego, sin duda que suscribiría la afirmación de Haldane: lo que se encontraría fuera sería completamente alucinante. Pero es que, por una limitación ontológica insalvable, el pobre Mario jamás podrá salirse de su pantalla (ni su programador podrá nunca sacarlo de ella). Y lo mismo puede decirse de nosotros, prisioneros del espacio y el tiempo. Aunque es cierto que cada vez que soñamos, imaginamos o nos encontramos bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena (¿y acaso también en el trance de morir?) ya transitamos por otro mundo, donde espacio y tiempo dejan de estar presentes y no rigen las leyes de la física.

Adoptemos un esquema materialista o uno dualista, uno determinista u otro donde haya un hueco para el libre albedrío, la consciencia siempre estará ahí presente como un factor clave del puzle de la realidad. Si aceptamos conjuntamente el pampsiquismo, la interpretación cuántica de Wigner y el modelo de destrucción ab toto de Vedral, toda consciencia (desde la más simple -que podría ser la de un electrón- a la más compleja) alumbraría parcial y subjetivamente la realidad haciendo a cada tic de Planck una poda de todas las posibilidades del Multiverso: esto es, haciendo colapsar sucesivamente la función de onda cuántica. De tic a tic, mediante una siega ordenada y coherente del Todo (sujeta a las leyes físicas de un universo y, por tanto, a las reglas de la causalidad a partir de un determinado estado inicial), la consciencia huiría de la nada cobrando una individualidad. Esa consciencia individual sería la ola de un océano de consciencia universal que moraría en la nada. La diferencia con el mar es que en nuestro símil solo las olas habitan en la realidad: el océano sería pura nada, pura consciencia.

La interacción con el Todo (su destrucción ab toto ordenada y coherente con las leyes físicas que correspondan) abriría la puerta para salir de la nada y asomarse a un universo del catálogo del Multiverso bajo algún avatar material más o menos evolucionado y complejo. En ocasiones, a lo sumo como meros átomos y moléculas aglomerados en objetos inertes (una roca, un cigarro, una taza de té...) con escasa información y valor emergente: una cerilla, un canto rodado o una cuchara tendrían tanta consciencia individual (o sea, ninguna) como un charco de agua, una hoja de papel o un típico castell humano catalán, lo que no obsta para que sus componentes (moléculas, átomos y castellers) sí la tengan. En otras ocasiones, encarnada en seres vivos como nosotros de complejidad variable y con una estructura jerárquica de consciencias en su interior (con la consciencia personal emergente en la cúspide).

Vamos a presumir que ese Todo, que tiene una existencia abstracta o platónica y comprende todas las posibilidades del Multiverso (incluidas todas las leyes físicas y las verdades matemáticas), es eterno e inmutable. Se trata de una especie de almacén o repositorio del que se nutre cualquier universo del catálogo multiversal. Unos universos que podrían ser reales o simulados, aunque quizá no haya diferencia y sean indistinguibles. Porque solo se trata de aplicar una receta: un cierto estado inicial y unas ciertas leyes. Asumamos también que la consciencia es consustancial a la energía-materia, de manera que no deja de estar presente desde el Big Bang hasta el final de un universo en todas las escalas y gradaciones posibles. El espacio y el tiempo serían, como dijo Kant, intuiciones o formas a priori necesarias para la experiencia (a la que además condicionan): sin ellos no hay conocimiento posible. Tras Einstein podemos afirmar que existen objetivamente como dimensiones, pero que su percepción es siempre subjetiva (depende del observador). El fluir del tiempo y la percepción local del espacio serían fabricaciones de la consciencia individual que va siguiendo una ruta multiversal, que va labrando su camino por su correspondiente universo. ¡Y solo hay un camino para cada consciencia, solo un universo que comparte jalones con muchos otros! (mi yo de hace meses que no se animó a escribir este libro o mi yo más reciente -de hace solo un par minutos- que no se animó a escribir unas líneas esta misma tarde ya son otros distintos a mí).

Aunque nos abonáramos al materialismo más estricto (suponiendo que la consciencia no es consustancial a la materia sino una emergencia de esta), la materia podría ser consecuencia necesaria de la nada. Y la vida podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la materia. Y la inteligencia y la consciencia podrían ser consecuencias necesarias de la evolución de la vida. Y la compasión podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la inteligencia y la consciencia. Y Dios podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la compasión, apareciendo al final del universo identificado con una singularidad  tecnológica. O sea, producto necesario de la materia y en última instancia de la nada (¿a su vez ya Dios o consciencia universal, cerrando el círculo, tal y como elucubramos en un párrafo anterior?...).

En su cuento de ciencia-ficción La última pregunta, Isaac Asimov narra la evolución de una generación de superordenadores (a partir de uno llamado Multivac, que empezó a estar operativo en la segunda mitad del siglo XXI) a los que sucesivas generaciones de humanos no dejan de hacer una pregunta para la cual, dadas sus limitaciones computacionales, no logran encontrar respuesta (aunque ya han dado cuenta de todas las demás, que han resuelto las necesidades materiales de la humanidad). La cuestión de marras es “¿Puede revertirse la muerte térmica del universo?”. Al cabo de billones de años ya se han fusionado todas las mentes humanas existentes (desligadas desde hace mucho tiempo de sus cuerpos) en una sola que sigue haciendo en vano la pregunta al superordenador (ahora instalado en el hiperespacio), con el que acaba también fusionándose. Pasados tres trillones de años desde el Multivac, ya no hay nadie en el universo para formular la pregunta. Pero el superordenador/superconsciencia halla por fin la respuesta y, tras llevarla a la práctica (eliminando toda la entropía del universo), decide transmitirla de la única manera que puede desde el hiperespacio: produciendo un nuevo Big Bang. El trasfondo científico de este cuento de Asimov (al que cabe objetar un comprensible sesgo antropocéntrico) es también compatible con un paradigma materialista. Y, por supuesto, con el evolucionismo y la hipótesis de la singularidad tecnológica.

La evolución comienza tan pronto un universo se materializa, saltando a la palestra en forma embrionaria con todas sus potencialidades a través del vacío cuántico. Este último actuaría como un primer embudo o tamiz destructor/reductor del Todo (¡a saber cómo y por qué lo destruye de un modo y no de otro!), fijando así un estado inicial y un conjunto de leyes físicas. Las consciencias más rudimentarias salen entonces a la luz como actores (ya en la singularidad primigenia habría una consciencia igual de primigenia) y empiezan a interactuar. Sin el concurso del tiempo no hay evolución. Sin evolución no hay cambio ni complejidad (con sus consiguientes emergencias), ni ruta alguna hacia una singularidad tecnológica. La evolución es pilotada por la selección natural, que elimina todo rasgo o conducta incompatible con la supervivencia o pervivencia. Esta siega no solo es aplicable a los seres vivos: rige a todos los niveles, desde las partículas elementales hasta los propios universos (hay universos que no llegan a cuajar, por no ser viables).

En nuestro modelo pampsiquista, todo electrón dentro de un átomo solo tiene dos opciones reales: espín a un lado o a otro. Sus otros números cuánticos (o sea, sus otros parámetros o grados de libertad) ya están determinados por la fuerza electromagnética, así como su libertad para saltar de un orbital a otro o huir del átomo (estos movimientos solo dependerían de su nivel de energía, por lo que no habría opción alguna al respecto). Los animales más inteligentes tenemos muchas más opciones, aunque sin duda menos de las que nuestra consciencia nos hace creer. Porque buena parte de ese espacio de libertad ya está ocupado, a un nivel inferior al de la consciencia personal, por nuestros órganos (sobre todo, el cerebro), células, moléculas e incluso partículas elementales, tal como hemos aventurado.

El manejo de esos márgenes de actuación no es otra cosa que el libre albedrío. Al ser esclavos de las leyes físicas, los electrones dentro de un átomo (y también los electrones libres, como los que circulan por los cables eléctricos) tienen escaso hueco para ejercitar su teórica libertad. Elegir espín hacia un lado o hacia otro es equiprobable por la misma razón por la que serían equiprobables las caras y las cruces, o los ceros y los unos, si preguntáramos a un grupo de gente por sus preferencias (y no hubiera sesgo alguno en ellas). También es muy estrecha la libertad de las células y tejidos corporales, al estar sujetos a una programación genética: poseen la misma libertad que nosotros si pretendiéramos echar a volar como pájaros. Por eso mismo, un termostato no puede elegir entre encendido o apagado. El orden de las leyes impone su yugo, reduciendo los márgenes de libertad. Cierta pérdida de esta es el precio a pagar por la inteligencia y la consciencia materializada (por cualquier manifestación del orden, lo que incluye también una estrella, un puente, un videojuego o un código de circulación).

Lo cierto es que hay una tupida maraña de hilos, de remotas causas y efectos, que conducen desde el Big Bang hasta tu existencia personal. Todos tus instantes siempre han estado y estarán ahí fuera, en el gran almacén platónico, disponibles para ser recolectados coherentemente en el marco de tu consciencia o de la cualquier otro tú (aunque en propiedad no serías tú) del Multiverso. Todos esos tús, además de todos los otros innumerables yos, serían en el fondo uno solo: o sea, que tú, yo, Mansur al-Hallaj (el místico sufí persa que fue ejecutado por haber gritado en éxtasis “Soy la verdad”) y cualquier otro ser (no necesariamente vivo) procesador de información… ¡somos Dios! Esta película empezó hace más de 13.800 millones de años. Pero está sucediendo en cada una de sus infinitas variantes. ¿Por qué? Quizá porque Dios (la consciencia pura o desencarnada, el morador eterno de la nada) está experimentando lo que es tener traje carnal, lo que significa ser-estar fuera de la atemporal y aespacial nada, en todas y cada una de sus posibilidades. Quizá por diversión, o por curiosidad, o por ambas cosas. O por algo inimaginable. En su libro Los restos de Dios, el escritor de ciencia-ficción y dibujante estadounidense Scott Adams sugiere justo lo contrario: que Dios se habría aniquilado en el Big Bang para saber lo que es no existir (ya conocedor de todas las posibilidades de existir). Nosotros seríamos sus restos, en proceso de reconstrucción gracias a la evolución de la vida inteligente.

En cualquier caso, seamos sus restos o no, ¿cuál sería el sentido de nuestras vidas? Pues el solo hecho de existir, de ser ventanas a disposición de la Consciencia para ser y percibir de manera subjetiva en el espacio-tiempo. Ventanas para gozar, sufrir, amar, odiar, acariciar, dañar, aprender, errar, encontrar sentido y sinsentido, descubrir la bondad y la maldad, la belleza y la fealdad… En suma, para poder desarrollarse espiritualmente en un escenario de permanente incertidumbre y ocasional zozobra donde se despliegan fuerzas antagónicas y la provisionalidad y la pérdida son moneda corriente. Ventanas que podrían cerrarse infinitesimalmente, de manera asintótica con la nada (con la consciencia universal), tal como un día se nos ocurrió a mi amigo Salva y a mí.

¿Y por qué existe ese Dios-consciencia? Acaso porque sí: sería un brute fact. ¿Al igual que el Todo platónico? ¿O este último es un producto de Dios, pergeñado para permitirle salir de la nada de todas las maneras posibles?... ¿Y si Dios fuese una entidad a su vez inscrita en una realidad superior, completamente inabordable por él mismo? En ese supuesto sí que habría que hacer caso a Wittgenstein y, muy a nuestro pesar, callar. Callemos pues, por fin, cediendo la palabra a la poesía.

“Platón o el porqué” (Wislawa Szymborska, poeta polaca):

Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
-para qué con sombra,
si antes no tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas…

domingo, 27 de mayo de 2018

Megaconglomerados bacterianos racionales y con ropa (y a veces también irracionales)


Leyendo a Lynn Margulis, eminente bióloga que además fue esposa de Carl Sagan, uno experimenta un vértigo inquietante a la par que fascinante. Es inevitable ser presa del asombro al saber que bacterias libres de hace dos mil millones de años parecen ser los ancestros de todas nuestras células, que otras bacterias independientes fotosintéticas de hace varios cientos de millones de años pueden ser los antepasados de las mitocondrias alojadas dentro de nuestros ladrillos celulares (así como de los cloroplastos de las células vegetales) y que las espiroquetas (bacterias con flagelo) podrían estar en el origen de todas nuestras células musculares, espermatozoides y neuronas.

Esto va mucho más allá de constatatar que nuestros abuelos de hace seis millones de años son los mismos que los de los actuales chimpancés, que los de hace 60 millones de años son los mismos que los de los actuales lémures o que los de hace 600 millones de años son los mismos que los de las actuales plantas y hongos. Es una conexión remota y a la vez íntima con un mundo microscópico que no solo permite que existamos sino que además es parte activa de nuestra vida (hablo de nuestro propio cuerpo, ya que las bacterias simbióticas que pueblan su interior -por ejemplo, el intestino grueso- son un interesante capítulo aparte).

Pensamientos y sentimientos humanos serían pues producto de una red neuronal de origen bacteriano (hay estudios científicos que incluyen también a las bacterias intestinales simbióticas en la fábrica de nuestra psique, al influir en nuestro estado de ánimo), por lo que los principios básicos de funcionamiento de la mente humana (de cualquier inteligencia animal) podrían no ser muy distintos a los de una comunidad bacteriana desarrollada en una manzana podrida o en la placa de Petri de un laboratorio. Una diferencia es el tipo de información recogida y procesada por la red: en el caso de las comunidades bacterianas y de los vegetales, solo señales químicas (feromonas) o eléctricas y datos ambientales rudimentarios (acidez, humedad, temperatura, luz...); en el caso de los animales, datos sensoriales mucho más profusos con los que se construye la visión, la audición, el olfato, el gusto, el tacto, la inteligencia social... Otra diferencia es el modelo centralizado en nuestro caso animal (con el cerebro como centro de control) y el descentralizado en el de bacterias y plantas. Por supuesto, lo más importante es el nivel de complejidad de la red (el número de conexiones entre nuestras neuronas es gigantesco, lo que nos permite el estudio de agujeros negros o de ondas gravitacionales).

Ya nos dice la ciencia que el lenguaje no es necesario para tener un pensamiento racional: animales humanos y no humanos actúan racionalmente (por la cuenta que les trae, ya que la selección natural no perdona) y también a veces irracionalmente (así como los humanos tenemos religiones, los no humanos también exhiben prácticas supersticiosas y absurdas mientras estas sean funcionales -la religión lo ha sido- o al menos no disfuncionales para la supervivencia). ¿Y si las bacterias también se condujesen racionalmente, a modo de ordenadores que, conforme a un determinado programa, generan outputs a partir de una serie de inputs?... ¿Y si el conjunto de la biosfera, identificado con el Gaia autorregulado de Lovelock, fuese un agente racional?... ¿Y si bacterias y Gaia también pudiesen comportarse irracionalmente?...

sábado, 3 de febrero de 2018

La vida como carrera o película (que carece de sentido sin su final)


Dentro de muy poco cumpliré 50 años. He concluido recientemente que si tuviera la oportunidad de volver a los 20, o a cualquier otra fecha del pasado, no lo haría. Esto lo tengo muy claro si se tratara de viajar instantáneamente a febrero de 1988 para en ese punto retomar mi yo veinteañero y volver a seguir el mismo camino que me ha traído al día en que esto escribo, pero con la diferencia de saber por anticipado todo lo que (para bien y para mal) me va a ocurrir. Vivir sabiendo lo que nos deparará el futuro no solo privaría de emoción y sentido a nuestra existencia sino que podría convertirla en una auténtica pesadilla.

Pero también tengo pocas dudas de que sería estúpido optar por repetir ese camino aunque desconociera lo que vendrá, como si fuera la primera vez. ¿Por qué? Porque ya lo he recorrido, lo conozco bien y forma parte de mi historia, de lo que soy a día de hoy. 30 años más tarde me encontraría de nuevo aquí en la misma situación: sería como estar corriendo los 100 m lisos y retroceder, cuando ya has hecho la mitad, a la cota de los 20 metros. Más tarde o más temprano llegaremos al final de la carrera, al final de la película. ¿Es razonable estar viendo en bucle solo la primera mitad de una película, sin adentrarnos en su desenlace?...

Habría una tercera opción, consistente en volver a febrero de 1988 para luego tomar cualquier otro camino del Multiverso. En ese caso, treinta años después no estaría aquí escribiendo esta entrada. Pero no solo eso, ya que no existiría mi hijo ni conocería a muchas de las personas con las que me he cruzado en estas tres últimas décadas (algunas de ellas, a diferencia de en este universo, no habrían llegado vivas a 2018; otras, por el contrario, seguirían viviendo). Mi historia sería otra distinta, y alcanzada la edad de 50 años -si no hubiese perecido antes- podría plantearme lo mismo que ahora en este blog... o acaso no. Puede que nuestras vidas ya se hayan repetido infinitas veces en sus infinitas variantes. Aunque, para ser estrictos, mi vida solo se corresponde con una de esas variantes (en las demás no soy yo).

"Pronto sabré quién soy", escribía algo ilusionado, sintiendo la proximidad de su muerte, Jorge Luis Borges. Quizá la cuestión sea no solo vivir sino repasar toda nuestra existencia al final para encontrar en ella algún sentido o enseñanza. Un repaso que para un observador externo de nuestro yo físico recién muerto duraría aparentemente unos segundos, pero que en el etéreo espacio interior subjetivo de nuestra conciencia podría alargarse asintóticamente hasta el infinito.

domingo, 25 de junio de 2017

Bendito (y también maldito) orden

"Ángeles y demonios" (M. C. Escher).

El desorden es bastante más frecuente que el orden. Por eso hay muchas más formas de ruido que de música, por eso los textos carentes de información -incluidas las combinaciones aleatorias de letras- son mucho más abundantes que los informativos o coherentes (aplicando el método de Cantor, el número infinito de los primeros sería superior al número infinito de los segundos). Por la misma razón es más fácil desordenar que ordenar, destruir que construir, dañar que curar, ensuciar que limpiar, errar que acertar, cometer una chapuza que desempeñar un buen trabajo, hacer el mal que hacer el bien... Es más probable la mediocridad que la brillantez, la fealdad que la belleza, la estupidez que la inteligencia, la condición inerte que la vital.

El orden, fruto de las leyes físicas (¿producto a su vez de una realidad platónica eterna?), es lo que permite la vida, la conciencia individual y la inteligencia. No hay voluntad ni racionalidad sin orden, sin una cierta organización cerebral o neuronal ya sea para acariciar o para torturar (existen órdenes diabólicos, como el del campo de exterminio o el del matadero municipal). Sin orden no hay complejidad ni evolución ni emergencias. Ni posibilidad alguna de interacción y comunicación. El mundo sería un enorme amasijo informe en el que tú y yo, dinosaurios y superordenadores, Villarrobledo y Vladivostok, grande y pequeño, arriba y abajo, fuera y dentro, antes y después, se confundirían en un indescriptible totum revolutum.

Quizá ese maremágnum sea el estado del mundo de un tic de Planck a otro, entre cada colapso de la función de onda que rige la evolución del Universo o acaso Multiverso. Solo mediante un filtrado sesgado y coherente de todo lo posible, mediante una destrucción ab toto como la que representa el colapso de la función de onda, sería posible tomar conciencia individualizada -necesariamente parcial- de un orden cósmico donde todo sucede simultáneamente y de una vez. Solo así el Brahman puede ser Atman, el mar puede ser ola. Solo así tendría sentido aprender y acaso vivir.

sábado, 25 de febrero de 2017

En torno al misterio de los tres mundos de Roger Penrose



El físico, matemático y cosmólogo británico Roger Penrose se confiesa desde hace tiempo profundamente intrigado por la relación existente entre tres ámbitos muy distintos de la realidad: el matemático, el físico y el mental. Fruto de esa inquietud intelectual fue su libro de 2004 El camino a la realidad: Una guía completa a las leyes del Universo.

El punto de partida de la perplejidad de Penrose es el siguiente: las Matemáticas se ajustan como un guante a la Física, pero esta solo necesita una pequeña parte de aquella para ser perfectamente descrita. Dicho de otro modo, la mayoría de las construcciones matemáticas no parece tener relación alguna con el mundo físico: no hacen falta para explicarlo, al menos hasta donde conocemos. La cosa sería diferente si la realidad física se extendiera más allá de nuestro universo y de las cuatro dimensiones -tres espaciales y una temporal- con las que estamos familiarizados. La teoría de cuerdas se fundamenta en la existencia de dimensiones ocultas no desplegadas, que nuestro cerebro no puede concebir pero que son perfectamente manejables matemáticamente. Por otra parte, cuando se descubrieron -¡nadie los inventó!- los números complejos se desconocía que tuvieran alguna aplicación física y fueron considerados un simple artificio o rareza matemática. Ahora sabemos que sin los números complejos, construidos a partir de la aparentemente ilógica raíz cuadrada de -1, no es posible explicar la mecánica cuántica: desempeñan un papel fundamental en la descripción de nuestro mundo (un universo generado a partir de la superposición compleja de todos sus posibles estados en el inimaginable espacio infinito multidimensional de Hilbert donde mora la llamada función de onda). Podría ser que todo el mundo matemático se sustanciara en algún tipo de realidad física, buena parte de la cual nos desbordaría (por ejemplo, un Universo de 11 dimensiones como el de la teoría M de cuerdas), de modo que no hubiera región alguna de la Matemática sin un correlato físico. Pero también es posible que existan ámbitos matemáticos etéreos, sin correspondencia física alguna.

El tercer ámbito de la realidad es la conciencia, que parece un fenómeno minoritario dentro del mundo físico del que emerge; siempre y cuando no adoptemos un enfoque neopampsiquista como el sugerido por el filósofo australiano David Chalmers, conforme al cual toda entidad física procesadora de información -lo que incluiría un sencillo termostato y acaso toda partícula elemental- tendría conciencia. La posible correspondencia entre mundo físico y conciencia bajo un paradigma pampsiquista sería iluminadora a este respecto: toda realidad física tendría un correlato mental (por muy primario que fuese), así como toda realidad matemática podría tener un correlato físico.

Triángulo imposible de Penrose.


Cerrando el triángulo de manera paradójica (como el famoso triángulo inspirado por Escher), la Matemática solo representa una pequeña parte del fenómeno de la conciencia: esta va descubriendo a aquella, apartando velos e iluminando terra incognita en ese ámbito, pero es mucho más amplia. Penrose aventura un hipotético componente no algorítmico en nuestra mente, una especie de conexión directa al mundo matemático que nos hace ver como ciertas verdades indemostrables internamente y supuestamente vedadas a toda inteligencia artificial (IA): solo la inteligencia orgánica tendría ese don de la intuición que permite saber cuándo una partida de ajedrez está casi ganada o entender el carácter infinito de los números naturales; solo la inteligencia orgánica, y no una basada en una mera computación o cálculo algorítmico, sería capaz de comprender y ser consciente (aquí choca Penrose con la tesis de la IA fuerte, que no ve obstáculo a que una máquina adquiera conciencia). Ese presunto componente no computacional de la mente permitiría a esta autorreferenciarse, sorteando así la limitacion impuesta a todo sistema por el teorema de incompletitud de Gödel (que prueba que ni siquiera las matemáticas son completas, al contener verdades no demostrables desde dentro). Porque cuando un ser consciente sabe algo, no solo lo sabe sino que sabe que lo sabe. Y sabe que sabe que lo sabe... y así sucesivamente en una regresión infinita.

¿Cuál es la solución a este rompecabezas? ¿Hay algo subyacente a esos tres mundos que desconocemos? Lo que Penrose tiene claro es que la Matemática es una verdad objetiva eterna previa tanto a la realidad física como a la mental: la suya es una visión platónica. Hace 12 mil millones de años no había conciencia alguna en este universo nuestro, y antes del Big Bang (lo pongo en cursiva porque es absurdo utilizar un adverbio de tiempo cuando no existe el tiempo) ni siquiera había mundo físico. Pero la Matemática es una realidad intemporal que está ahí (lo pongo también en cursiva porque es absurdo utilizar un adverbio de lugar cuando no existe el espacio). La interpretación canónica de la mecánica cuántica sostiene que la realidad no se alumbra, o sea que no colapsa la función de onda en alguna de sus posibilidades (por ejemplo, en la cara o la cruz de una moneda), a menos que un observador consciente interactúe con ella. Entonces, ¿se podría decir que el Universo no existía -que solo estaba en una nebulosa superposición de todas sus posibilidades- antes de la emergencia de su primer observador?... Una alternativa es asumir que la conciencia es fundamental (no emergente, ya presente en el Big Bang), tiene una naturaleza matemática (¡es un objeto matemático eterno!) y genera el mundo físico.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Los otros tú del Multiverso


Hay en el Multiverso infinidad de individuos que se parecen a ti, que tus familiares, amigos y conocidos de este universo confundirían contigo si se los topasen (cosa imposible, porque no habría conexión posible entre universos más allá de su hipotética superposición cuántica). Pero no te engañes: ¡ellos son otros! Son otros que se te parecen mucho, que comparten contigo tramos de su pasado -por tanto, numerosos recuerdos- y acaso iguales ilusiones, anhelos y temores, no pocos de cuyos sueños están poblados por los mismos moradores que los de los tuyos. Pero insisto: no son tú, porque tú eres único, tú eres el que está ahora mismo leyendo esta entrada en el móvil, tableta u ordenador, no el que en vez de eso está echando un vistazo a la portada digital de El País o el que se decantó por salir a la calle a tomar un café o el que hace veinte años se mudó a Nueva Zelanda y ahora duerme. Por eso solo tienes conciencia de estar en un universo, ya que los otros tú son diferentes individuos con su propia conciencia. La tuya y la de ellos son compartimentos estancos una vez se han separado: no menos que la tuya y la de tu hijo, que la tuya o la de tu vecino.

En el Multiverso hay una línea sinuosa que representa tu historia, que podría ser reproducida infinitas veces y solo se corresponde con un universo: este que te ha tocado a ti, a mí, a tu hijo y a tu vecino, el mismo del que son parte necesaria Parménides, Spinoza, Stalin, las guerras púnicas y la segunda presidencia de Rajoy. Esa línea está escrita desde siempre (estaba cuando el Big Bang y seguirá estando al final de los tiempos), al modo de la sucesión de fotogramas de una película: solo te cabe recorrerla, ignorante de su rumbo y su final. No lo dudes: eres importante, eres parte necesaria del Cosmos (seas bueno o malvado, rico o pobre, feliz o infeliz, listo o tonto, afortunado o desgraciado). Lo que no sabemos es por qué. Quizá por la misma sencilla razón por la que el seis antecede al cinco y precede al siete. ¿Y por qué tu historia es la que es y no otra? Pues por la misma razón por la que la canción Across the Universe de los Beatles empieza con los acordes Re, Si menor y Fa menor sostenido o el cuento Noches blancas de Dostoievski termina con "¡Dios mío! ¡Solo un instante de bienestar! Pero, ¿acaso no es suficiente para toda una vida humana?": de otro modo no serían ni Across the Universe ni Noches blancas sino otra cosa.

viernes, 28 de octubre de 2016

De muerte, paraísos virtuales y sandeces vaticanas


El sábado pasado, horas después de publicar mi última entrada en el blog (en la que apuntaba la esperanza en "universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo" y mi confianza en que esa superinteligencia que está por emerger sería "benevolente y justa" con las pequeñas conciencias alumbradas antes que ella), tuve casualmente el gusto de ver uno de los capítulos de la tercera temporada de Black Mirror: "San Junípero" (AVISO: no pinches en el enlace ni sigas leyendo si aún no has visto el episodio).

La ficción televisiva guardaba relación con lo que había publicado por la mañana, aunque yo me refería a una superinteligencia transhumana infinitamente superior a la de una civilización de tipo III según la escala de Kardashev (capaz de aprovechar toda la energía disponible de una galaxia): o sea, en mi artículo aludía a una hipotética civilización de tipo IV con la capacidad de manipular la totalidad del espacio-tiempo para crear universos -reales o virtuales- a su antojo del infinito catálogo del Multiverso. Algo que podría materializarse dentro de cientos o quizá miles de millones de años.

Black Mirror no va tan lejos, solo apenas una generación hacia adelante: en "San Junípero" se presupone que hacia el año 2040 la humanidad cuenta con tecnología suficiente como para detener el envejecimiento y prolongar la vida indefinidamente (no anda desencaminado el guionista, aunque quizá ese logro se demore algunas décadas más; por otra parte, Aubrey de Grey nos diría que el envejecimiento puede ser incluso revertido, lo que no parece ser el caso del mundo real del capítulo). Pero lo más relevante es que la humanidad de ese 2040 tiene a su alcance la posibilidad de vivir existencias virtuales, tanto a tiempo parcial (unas horitas a la semana) como eternamente (tras morir) mediante algún tipo de descarga de la información física y mental de cada persona. Eso hace que el envejecimiento y la decrepitud no sean tan dramáticos, ya que al pasar al mundo virtual los individuos viven plena e intensamente en un cuerpo joven.

Al final del capítulo se ven los enormes servidores informáticos de la empresa proveedora del servicio post mortem de paraísos virtuales (aunque tan reales como el nuestro gracias a la calidad de la computación). Puesto que todo software necesita ejecutarse en un hardware, los usuarios muertos de los microuniversos virtuales de "San Junípero" nunca pueden estar del todo seguros de la continuidad de su nueva vida eterna como jóvenes (¡en la recreación no hay viejos!): un cataclismo o un ataque que destruya los macroservidores acabaría ipso facto con su paraíso. En esas existencias virtuales (aunque, insisto, completamente reales para sus usuarios) cada uno elegiría vivir para siempre con quien quisiera y podría entregarse a todo tipo de placeres sin freno. Pero no es oro todo lo que reluce: nadie podría obligar a un ser querido a elegir estar en su propio paraíso, con lo que jamás volvería a verlo, y la eternidad podría mutarse en infierno inescapable pese a la ausencia de enfermedad o sufrimiento físico (en el mundo virtual no existe la muerte). Los universos reales o virtuales fabricados por una superinteligencia transhumana del más remoto futuro no tendrían necesariamente que ver con las preferencias de sus habitantes conscientes y darían más juego al ser mucho más dinámicos y complejos, solo acotados por los límites cósmicos. De hecho, podríamos estar viviendo en alguno de ellos (en ese caso, nuestro universo no estaría concebido como un paraíso para sus moradores sino más bien como un experimento social o un juego).

Poniendo el contrapunto religioso a las hondas e interesantes implicaciones filosóficas de "San Junípero", el Vaticano se descolgaba anteayer con una de las mayores sandeces del año: la advertencia a sus fieles de que con las cenizas de sus seres queridos incinerados no puede hacerse cualquier cosa tal como arrojarlas al mar o devolverlas a otro espacio de la Naturaleza (¡Vade retro, panteísmo!). Alguien en la cúpula de la Iglesia debería ya saber que las cenizas de un ser querido son solo un puñado de minerales (sobre todo fosfatos, calcio y sulfatos), así como que todo individuo vivo -o muerto u objeto inerte- está compuesto de átomos y que lo realmente importante es la estructura o conjunto de relaciones entre ellos. De hecho, los átomos de nuestro cuerpo de hoy no son los mismos que los de hace unos años. Por cierto, todos tenemos siempre al menos algún átomo que formó parte de Sócrates, Cleopatra, Giordano Bruno (reducido a cenizas en una hoguera encendida en 1600 por la Iglesia católica), el mar Rojo, el Everest o cualquiera de los elefantes que cruzaron los Alpes con Aníbal. La clave es la información, el modo en que se ordena la materia viva. En fin, no le pidamos peras al olmo: es lo que tiene guiarse por cuentos en vez de por la ciencia.

domingo, 9 de octubre de 2016

Las infinitas formas de ser y percibir

Nos dice Carl Sagan en Los dragones del edén que el número de estados mentales que puede alcanzar el ser humano, suponiendo que el cerebro contiene 10 elevado a 13 sinapsis (conexiones entre neuronas) y que cada sinapsis es un bit de información, es de alrededor de 2 elevado a 10 elevado a 13. Es un número ingente que supera en mucho a la cantidad de partículas elementales existentes en el Universo. Esta es la razón por la que cada individuo humano es distinto (ni siquiera son iguales los hermanos gemelos univitelinos criados juntos, ya que el factor ambiental -las experiencias- ensancha muchísimo la base genética) y por la que la diversidad mental de nuestra especie no se agotaría en toda la historia del Cosmos. Tengamos en cuenta que ese número crecería a medida que lo hiciera el número de sinapsis cerebrales en el futuro, alumbrando así nuevos estados por ahora inaccesibles.

Si incluyéramos en este cálculo de Sagan todos los estados mentales de cualquier ser vivo de la Tierra (pasado, presente y futuro), la cifra sería aún más mareante. Incluyendo la hipotética vida extraterrestre, tendríamos material más que suficiente para rellenar todas las historias de un también hipotético Multiverso: todas las formas de percibir subjetivamente, dentro del espacio-tiempo, el mundo de ahí fuera.

¿A alguien se le ocurre mejor tablero de juego para una presunta Conciencia Universal (llamémosla Sustancia, Brahman, Ser, Dios o como queramos)?: poder ser desde un adenovirus hasta Dolores de Cospedal pasando por un estreptococo, un olivo, el caracol que aplastaste involuntariamente ayer por la mañana, Gengis Khan, Albert Einstein, un rinoceronte blanco o un alienigena. Cada uno de nosotros consistiría en una colección de ese cuasinfinito catálogo de estados mentales, uno de los modos que tendría el Cosmos de percibirse a sí mismo.

viernes, 4 de marzo de 2016

Inteligencia artificial: ¿un Buda?


Hay un encendido debate acerca de los riesgos de la todavía muy incipiente inteligencia artificial (IA), que algunos científicos como Stephen Hawking apuntan como una posible amenaza para la humanidad. El filósofo sueco Nick Bostrom (el mismo formulador del argumento de que nuestro Universo podría ser una simulación informática) ha abordado ampliamente este asunto en su reciente libro Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies.

El temor de Hawking es que la IA imponga su propia agenda, que no tendría por qué casar con los intereses humanos. En efecto, tal como señala Bostrom en su obra, un agente superinteligente podría tener como único fin o propósito resolver la hipótesis de Riemann (una célebre conjetura matemática aún irresuelta) utilizando instrumentalmente nuestro planeta como mera “materia programable” al servicio de dicho cálculo. En la hilarante novela de ciencia-ficción Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, la Tierra es precisamente un superordenador diseñado para encontrar la pregunta a la “Respuesta a la Vida, el Universo y Todo” (¡que es -la respuesta- 42!).

Si para esa superinteligencia (la entregada a la conjetura de Riemann) el fin justifica los medios, se opondría con todas sus fuerzas a cualquier intento exterior de entorpecer o dificultar su agenda. Podemos entenderlo mejor, aplicando nuestras motivaciones humanas, con el símil del ganadero que cría corderos -destinados al matadero y, luego, al mercado- para ganarse la vida: el cordero es un medio del que se vale el bípedo implume para cubrir las necesidades (alimento, ropa, cobijo, transporte, ocio, vicios...) de su familia. Si viniera un lobo a atacar a su ganado ovino, sería probablemente recibido a tiros. Si quien se acercase es un congénere animalista decidido a liberar a los animales, es posible que corriese la misma suerte… si no fuera por el ordenamiento legal que castiga el homicidio. Lobos y animalistas estarían amenazando el medio del que se vale este individuo para obtener sus fines.

Frente a los temores apocalípticos a una superinteligencia artificial malvada (o, al menos, ajena a los intereses humanos), hay un razonamiento de peso para ser optimistas: la mente de la IA podría ser la de un Buda, ya que una máquina está libre del pesado fardo genético que portan los seres vivos como consecuencia de cientos de millones de años de evolución buscando presas y parejas sexuales, huyendo de predadores y sorteando multitud de peligros inherentes al espacio-tiempo (vertiginosos barrancos, cauces torrenciales de agua, ventiscas, aludes, calores y fríos extremos...). Una mente libre de ese estrés y esa angustia vitales parece, en principio, más propensa al conocimiento desapegado y a la compasión. En cualquier caso, quizá algunos de nosotros -o nuestros hijos- lleguen a verlo.

Lee también: "Superconciencia, emergencia pendiente".

jueves, 10 de septiembre de 2015

Superconciencia, ¿emergencia pendiente?

(tras otro agradable paseo campestre con el doctor Salvador Casado)

La conciencia, esa cosa tan íntima y familiar a la par que misteriosa, es -mejor dicho, parece ser- una propiedad emergente de la materia que mora en ámbitos etéreos. Inmaterial e inalienable, no puede percibirse más allá de los confines de su dueño e incluso es imposible saber con certeza si éste realmente la posee o no (no puede descartarse que todos menos tú sean zombis, meros autómatas sin vida interior). Además, ignoramos a partir de qué punto estamos en presencia de ella: ¿Hay conciencia en un embrión, en una comunidad bacteriana, en un árbol?, ¿y por qué no en un termostato o en la propia Biosfera autorregulada (la Gaia de James Lovelock)?...

El espacio y el tiempo probablemente sean también propiedades emergentes, de fundamento aún desconocido (ya sabemos que la masa lo es, fruto del acomplamiento con un campo de Higgs). Como lo son con certeza la vida, la economía, un huracán, una bandada de pájaros o un embotellamiento de tráfico. Los insospechados fenómenos emergentes de orden más elevado que estarían esperándonos en el futuro, si continúa nuestra línea evolutiva y no se trunca nuestro exponencial desarrollo científico y tecnológico, nos llenarían sin duda de asombro. ¿Por qué no podría la conciencia, llevada a cierto punto crítico (semejante a los 0º C en los que el hielo pasa a ser agua líquida o a los 100º en los que se vuelve gaseosa), ser generadora de otros ámbitos o reinos autónomos?

La conexión en red entre cerebros humanos e inteligencia artificial, en una especie de Superinternet biónica, alumbraría seguramente una singularidad tecnológica como la prevista por Ray Kurzweil. Se abriría con ello la válvula reductora cerebral que, según Henri Bergson, limita la cantidad de Realidad que entra en la conciencia: ésta se ensancharía, por tanto, de manera inimaginable. Tras la singularidad, ya nada sería igual. Incluso es muy probable que nuestras motivaciones -humanas y, por tanto, animales- ya no fuesen las mismas.

Quizá el futuro de la vida inteligente sea una amorfa nube consciente (como la novelada por Fred Hoyle en La nube negra), capaz de habitar en idílicas recreaciones virtuales donde no existe el sufrimiento o la maldad, donde todo es amor y compasión: en rincones del florido Multiverso que podríamos identificar con el Cielo o el Paraíso, lejos del Infierno (que debe existir ahí fuera en todas sus modalidades), de vulgares universos defectuosos como el nuestro y de la mera Nada* (que, según Robert Nozick, también tendría su hueco en el Multiverso).


*Nada en sentido estricto, no en la acepción de vacío cuántico que permea todo nuestro Universo.

domingo, 10 de mayo de 2015

Solo hay un electrón en el Universo... ¿y si solo hubiera una persona?

Patrón de difracción de un electrón obtenido con un átomo de berilio.

El gran físico John Wheeler (que acuñó el it from bit para expresar el supuesto carácter computable del Universo, además de dar nombre a los agujeros negros) llamó un día por teléfono a su colega no menos eminente Richard Feynman (artífice de la versión de las múltiples historias de la mecánica cuántica, que considera que una partícula sigue todos los caminos posibles para ir de un lugar a otro) para decirle que había llegado a la conclusión de que en el Universo solo había un electrón. No era una broma, no era una chifladura, no era una afirmación fruto de la ingesta desordenada de alcohol o de alguna sustancia alucinógena. Wheeler, uno de los físicos más originales y perspicaces -junto al propio Feynman- del siglo XX, había concebido la idea de que solo existen los campos, de que las partículas son epifenómenos de dichos campos, meros rizos, fluctuaciones o excitaciones en ellos. La audaz conclusión no se limitaba, por tanto, al electrón: en el Universo solo existiría un quark, solo existiría un fotón, solo existiría un neutrino...

En su célebre llamada telefónica, Wheeler también expresaba a Feynman su visión de las antipartículas como partículas que viajan hacia atrás en el tiempo. Un positrón es una partícula exactamente igual a un electrón salvo en su carga (positiva para el positrón; negativa para el electrón): por ello se trata de la antipartícula del electrón, con la que se aniquila en caso de encuentro (produciendo, como resultado de la colisión, rayos gamma). Según Wheeler, electrón y positrón serían la misma cosa (el rizo o excitación de un campo, como ya vimos antes), que se manifiesta como partícula o como antipartícula dependiendo de si viaja hacia el futuro o hacia el pasado. O sea, que las partículas pueden ir hacia atrás en el tiempo (las leyes de la Física son indiferentes a la flecha del tiempo: funcionan igual hacia adelante que hacia atrás, lo que desafía nuestra percepción macroscópica de que el tiempo corre siempre hacia el futuro).

Para tener una idea de lo que sería el campo del electrón o el de cualquier otra partícula, imaginémonos una gigantesca cuadrícula (el espacio-tiempo) con bombillas colocadas en cada uno de sus cuadraditos. La cuadrícula es tetradimensional (tres dimensiones espaciales y una temporal), pero tendremos que hacer el ejercicio mental en 3-D puesto que nuestro cerebro no es capaz de concebir una cuarta dimensión. En un determinado instante habría un montón de bombillas encendidas -con mayor o menor intensidad- y otro montón apagadas (en el siguiente momento, algunas seguirían encendidas -con mayor o menor intensidad-, otras se apagarían y otras antes apagadas se encenderían).

Cada bombilla encendida es un electrón que se desplaza por el espacio-tiempo hacia el futuro (o, visto de otro modo, un positrón que se desplaza por el espacio-tiempo hacia el pasado). Cada bombilla apagada indica la ausencia en ese cuadradito de un electrón (el valor nulo en ese punto del campo del electrón). Puede que allí se manifieste otra partícula, al tomar un valor no nulo algún otro campo como el electromagnético (cuya partícula es el fotón). O puede que no se manifieste ninguna, de modo que el cuadradito estaría vacío (lo pongo en cursiva porque la Física nos enseña que el vacío no es nada sino algoinestable y en permanente ebullición, que permea todo el espacio-tiempo).

Electrón y positrón seguirían pues una ruta jalonada de bombillas encendidas con distinta intensidad: cuanto más luminosa la bombilla, mayor energía (o sea, mayor impulso o momento físico, más cantidad de paquetitos energéticos de Planck) tendría la partícula en ese instante. Por cierto, cabría considerar si las partículas realmente se mueven, porque nuestras metafóricas bombillas no lo hacen: se limitan a encenderse, a crecer o decrecer en luminosidad o a apagarse. ¿Y acaso se mueven los fotogramas de una película?...

Volviendo al título de esta entrada, hay que tener cuidado para no incurrir en pseudociencia o mentecuanteces al buscar una respuesta a la pregunta de si la conciencia podría ser también un campo cuyos rizos o partículas serían las conciencias individuales: la mía, la tuya, la de un koala, la de una bacteria... ¿Y si solo hubiera una persona en el Universo?... Una metafísica seria (como la formulada por el filósofo australiano con pinta de músico heavy David Chalmers: ver este magnífico vídeo suyo) podría darnos, siempre en forma de hipótesis bien construidas, valiosas pistas al respecto.

domingo, 29 de marzo de 2015

¿Libre albedrío?

Un enigma con implicaciones muy profundas para nuestra existencia es el del libre albedrío: ¿somos realmente libres para conducir nuestras vidas conforme a una supuesta voluntad autónoma, independiente del mundo físico?, ¿nos limitamos a ejecutar inconscientemente un guion predeterminado?

A bote pronto, la respuesta razonable sería otra pregunta: ¿Y por qué habríamos de tenerlo (el susodicho libre albedrío)? ¿Acaso se trata de una propiedad emergente de los agregados de electrones y quarks más complejos (tal es nuestro caso, a diferencia de otros seres vivos como una bacteria o de objetos inertes como una bombilla), fruto precisamente de esa misma complejidad? En el juego de la vida de Conway no ocurre que, al cabo de tropecientas generaciones, un objeto complejo comience a decidir por libre: sigue la programación fijada originariamente, cuando todo era tremendamente simple (aunque pueda llegar a parecer, dado el nivel de complejidad alcanzado, que está realmente decidiendo).

Hay quienes sostienen, aun asumiendo que quizá no exista el libre albedrío, que su negación nos lleva a un indeseable fatalismo y a la consiguiente inacción. Pero hay una falla lógica en este planteamiento: conforme a un enfoque determinista, si un ser humano decide dejarse llevar por la inercia en la creencia de que todo ya está determinado, y que no vale la pena molestarse en tomar decisiones, es precisamente porque ya estaba predeterminado que así se comportase. Igualmente, ya estaría fijado que alguien le recriminara su fatalismo. Y que yo dejara constancia por escrito de ello aquí y ahora. Esto es lo que se llama superdeterminismo, cuya existencia no ha podido ser desmentida por la ciencia.*(ver apéndice al final)

Haya o no haya libre albedrío, lo cierto es que desconocemos lo que nos depara el futuro. Por tanto, la emoción está siempre asegurada. Si todo ya está predeterminado, no tiene sentido estar lamentándonos por decisiones o inacciones pasadas: la senda que seguimos es la única que podemos seguir, nos guste o no. Pero supongamos que existe el multiverso cuántico y hay libre albedrío, de modo que cada elección nuestra nos lleva por la senda de un universo o de otro. En este caso, también sería absurdo mortificarse por decisiones u omisiones (estas últimas son las más dolorosas: ¡ay, esa persona a la que nunca le hiciste saber lo que sentías por ella!) del pasado: queda el consuelo de saber que en otros universos acabaremos tomando (por cierto, infinitas veces) todos y cada uno de los caminos posibles. 

Así pues, tal y como acaso estaba predeterminado (no sabemos si con información originaria de algún orden subyacente o trascendente al Universo), pongo fin a esta entrada en esta hermosa mañana de primavera que ya estaba presuntamente inscrita en aquella primigenia singularidad que hizo bang hace más o menos 13.700 millones de años.

*APÉNDICE:
Muy incómodo con la incertidumbre introducida en la Física por la mecánica cuántica, que no ofrece certezas sino probabilidades, Albert Einstein llegó a afirmar que "Dios no juega a los dados" (obviamente, su idea de Dios no tenía nada que ver con la de cualquier creyente al uso). Pensaba que la mecánica cuántica era incompleta, que había variables ocultas que no contemplaba, cuyo conocimiento permitiría arrumbar las probabilidades para volver a las luminosas certezas. Además, para él el mundo existía -era real- con independencia de que fuese observado o no (de acuerdo a la interpretación de Copenhague, esgrimida por Niels Bohr, la Luna no existiría cuando nadie la estuviese contemplando). Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación del entrelazamiento cuántico (fenómeno merced al cual dos partículas conservan las mismas características físicas tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio) que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia" -considerada por ellos ilógica- era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica,

El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Por último, y es lo que viene más a cuento en esta entrada, el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo. El propio científico irlandés reconocía ante Paul Davies, en una entrevista en 1985 en la BBC:

"Hay una manera de escapar a la conclusión de las velocidades superlumínicas y de la acción fantasmal a distancia. Pero implica un absoluto determinismo en el Universo, la completa ausencia de libre albedrío. Suponiendo que el mundo es superdeterminista, no solo con una Naturaleza inanimada funcionando de acuerdo a un mecanismo de relojería entre bastidores, sino también con nuestra conducta, incluida nuestra creencia en que somos libres para elegir hacer un experimento en vez de otro, absolutamente predeterminado, incluyendo la "decisión" por el experimentador de llevar a cabo una serie de medidas en vez de otras, la dificultad desaparece". 

sábado, 3 de mayo de 2014

La metafísica seria tiene futuro

¿Y si resultara que nuestro Universo es obra de algún dios menor (ni omnipotente ni omnisciente, con sus propias debilidades, defectos y manías), movido por algún afán lúdico, experimental... o a saber por qué diablos?... Esta sospecha no es privativa de colgados o mentecuánticos: es también una intuición fundada en la ciencia.

El físico ruso Andrei Linde, uno de los artífices -sin olvidar al precursor Alan Guth- de la teoría de la inflación cósmica, afirma en esta apasionante entrevista: "¿Inteligencias superiores? ¿Por qué no? Si te refieres a que no sea un dios, sino algo más... normal. Puede ser". Eso sí, matiza, "cuando se dice que el Universo fue creado por Dios solo para que nosotros pudiéramos vivir en él, la primera pega es: ¿por qué se preocuparía Dios de un tipo concreto de mono?".

Esto último podemos descartarlo por puro sentido común, ciertamente, pero no la posibilidad de que detrás del Universo haya un "físico hacker", como aventura el científico ruso (principal favorito al próximo Nobel de física junto a Guth). Un hacker que quizá crease el Universo con el mismo propósito de quien concibe a un hijo: para tener algo suyo que le perviviese. Y que, según Linde, pudo haber dejado un mensaje en él, una impronta en sus leyes y constantes físicas que algún día -antes de la muerte térmica del Universo, que es un plazo innegociable- podría ser descifrada por seres inteligentes como los humanos (o los descendientes de los actuales delfines, elefantes o musarañas, o extraterrestres de algún remoto exoplaneta).

"La física me ayuda a abordar cuestiones que antes eran solo metafísicas", reconoce Linde. Esta afirmación es muy importante, por cuanto de ella se desprende que la metafísica bien fundada (la anclada en los conocimientos de la física y otras ciencias como la biología o la neurociencia, no en pajas mentales escolásticas, hegelianas o posmodernas) tiene futuro. De dónde venimos, adónde vamos, qué somos (qué es la conciencia de cualquier ser vivo, no solo la nuestra humana), en qué podemos convertirnos, dónde estamos, qué hay (si acaso hay algo y esta pregunta tiene sentido) ahí fuera...

La frontera de la ciencia con la metafísica es móvil, desplazada por el progreso de la primera. Por eso hay cuestiones, como las de por qué empezó el Universo y por qué comenzó la vida, que podrían tener una respuesta falsable (sujeta a la experimentación) desde el ámbito de la ciencia en un plazo no muy lejano. Por eso mismo siempre habrá preguntas fundamentales cuya respuesta provisional se encontrará más allá de dicha línea fronteriza, dentro de la elucubración metafísica. E incluso algunas que nunca podrán ser sometidas a experimentación, cuya única respuesta no metafísica solo podría ser brindada por la matemática (ese guante que tan elegantemente se ajusta a la mano de la física, que nos permite formalizar espacios de más de tres dimensiones inconcebibles por nuestra mente).

Linde es, por cierto, uno de los abanderados del Multiverso (no está solo, ya que una mayoría de físicos y cosmólogos -entre ellos Stephen Hawking, Brian Greene, Steven Weinberg y Max Tegmark- lo sostienen). Cuando le refieres el Multiverso a gente poco familiarizada con este concepto te miran raro -algo así como si les dijeras que eres vegano o vegetariano-, como un caso perdido camino de la quinta de reposo. Ya no hablemos de si apuntas la posibilidad de estar viviendo en una simulación a lo Matrix, conforme a la concepción del Universo como una gigantesca computación (el it from bit del gran John Wheeler que suscribe Vlatko Vedral: dicho en español y con más palabras, que las unidades inmateriales de información son las creadoras de la realidad).

Pero en un Universo tan extraño (con su espacio y tiempo maleables, su superposición cuántica de todos los estados posibles, su entrelazamiento instantáneo de partículas que pueden estar separadas por distancias abismales, sus singularidades gravitacionales, sus seis dimensiones extra no desplegadas, etc.), no hay que cerrar las puertas a explicaciones que podrían oler a pamplinas, magia o disparate. Pero que no dejan de ser suposiciones con fundamento científico más o menos audaces, nada que ver con morralla escolástica, hegeliana o posmoderna más o menos infumable (ni, por descontado, con creencias irracionales más o menos infantiles y estúpidas).

Archivo del blog