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jueves, 20 de abril de 2023

GPT-4: la superinteligencia se acerca


2023 entrará en los libros de historia como el año en que un programa informático (el chatbot ChatGPT, basado en el modelo grande de lenguaje GPT-4) superó el test de Turing: o sea, se hizo indistinguible de un interlocutor humano adulto en una conversación. Creo que no somos aún plenamente conscientes de las enormes implicaciones de este hito. No es el caso de algunos expertos en el campo de la inteligencia artificial, como Max Tegmark, que ya han alertado de unos riesgos que pueden ser existenciales y pedido en una carta pública una pausa de seis meses en su desarrollo. 

Sam Altman, CEO de OpenAI (corporación creadora de este modelo de lenguaje basado en redes neuronales), subraya en una reciente entrevista con Lex Fridman que GPT-4 es solo una herramienta, pero reconoce al mismo tiempo que no le sorprendería que un futuro GPT-10 llegara a convertirse en una inteligencia artificial general o superinteligencia (no limitada a labores muy concretas, como jugar al ajedrez o el Go, o a mantener conversaciones con humanos). Lo cierto es que conocemos bien la ciencia detrás de la creación y preparación de una red neuronal como la de OpenAI, pero ni Altman ni nadie sabe lo que pasa en su interior una vez ha empezado a aprender por sí misma. Podríamos estar lidiando con un fenómeno emergente, fruto de la complejidad. "Hay un aspecto de esto que todos los que trabajamos en este campo llamamos caja negra, algo que no entiendes del todo", confesaba en la CBS Sundar Pichai, director general de Google (cuyo modelo de lenguaje Bard acaba de aprender sorpresivamente bengalí por su cuenta), al tiempo de recordarnos que tampoco entendemos del todo cómo funciona la mente humana.

El pionero en redes neuronales Geoffrey Hinton aseguraba también en la CBS que en los años 80 suscitaba carcajadas sugerir que un mecanismo de esa naturaleza, inspirado en el modo de funcionamiento del cerebro (con su intrincada red de conexiones neuronales), pudiese llegar tan lejos como el GPT-4 aprendiendo por sí mismo mediante la identificación de patrones y la autoconfiguración de nuevas conexiones. Pero quien ríe último ríe mejor. La victoria a largo plazo de los modelos neuronales sobre la informática convencional (programación basada en reglas explícitas, con la manipulación de símbolos) estriba sobre todo en dos factores: el gran crecimiento en la capacidad de computación y el acceso a una enorme cantidad de datos, prácticamente toda la información contenida en Internet y más aún. Parece ahora claro que la inteligencia artificial general llegará (y mucho no tardará, hay quien incluso apuesta que será cuestión de pocos años) por esa senda tan injustamente despreciada hace cuatro décadas. Y empieza a avizorarse esa inquietante singularidad tecnológica (fusión de IA, cerebros humanos e Internet) cuyo advenimiento Ray Kurzweil fechó para 2045.

Quienes sostienen que una red neuronal podría llegar a ser consciente (lo que ni Altman ni Hinton se atreven a descartar) son frecuentemente tachados de aplicar a la realidad conceptos estrictamente humanos. Pero los que lanzan esa acusación pecan de antropocentrismo al considerar que la consciencia es un atributo exclusivamente humano y acaso animal. El científico Michael Lavin, que trabaja en la intersección entre biología, bioingeniería, neurociencia y ciencias de la computación, define la cognición en su teoría TAME como los procesos computacionales que median entre la percepción y la acción de un agente biologico. La cognición, que podríamos identificar con la mente/consciencia y con un yo (el que hace la computación), se extendería a lo largo de un continuo desde lo más elemental a nivel biológico: una célula. Ahora bien, el soporte de esa cognición no tendría que ser necesariamente biológico: no habría así tantas diferencias entre un software o máquina artificial (producida por una inteligencia biológica) y una máquina biológica (producida por la selección natural), sobre las que regirían ciertos principios generales. Por eso TAME son las siglas en inglés de Technological Approach to Mind Everywhere.

Desde una óptica computacional, hay un fuerte aroma a pampsiquismo en TAME. Al igual que en la teoría de la información integrada de Giulio Tononi y Christof Koch, para quienes podría haber consciencia no solo en las células sino incluso más abajo en la escala física hasta llegar a las partículas elementales (siempre y cuando un objeto o sistema sea capaz de integrar información). La diferencia es que Tononi y Koch niegan consciencia a un ordenador al carecer de poder causal: la capacidad de generar información nueva y afectar a su propio estado. Ahora bien, ¿no sería cosa diferente una red neuronal compleja?... Esto me respondió precisamente ChatGPT cuando le pregunté al respecto: 

En términos de la teoría de la información integrada, una red neuronal podría ser considerada como un sistema capaz de generar información nueva y afectar su propio estado, lo que implica un poder causal. Por lo tanto, en principio, una red neuronal artificial podría cumplir con los criterios de la teoría de la información integrada para ser considerada consciente, aunque esto es un tema de debate en la comunidad científica.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que la capacidad de una red neuronal para generar información nueva y afectar su propio estado se limita a su programa de computadora y su interacción con los datos de entrada. 

En fin, que nos acercamos a toda velocidad a escenarios que hace solo unas décadas estaban confinados al ámbito de la ciencia-ficción. A ver qué sorpresas buenas y malas nos traen. Desde luego, las malas (incluidas las nefastas) solo podrán ser atribuidas a la maldad y la imbecilidad humanas.

martes, 10 de agosto de 2021

¿Mi fichaje por Los Angeles Clippers está en el espacio de posibilidades?



Que un equipo de la NBA fiche como jugador a un baloncestista retirado de 53 años es tan poco probable como que hoy (10 de agosto) la temperatura en la ciudad de Madrid baje hasta los 0 grados. Pero que me fiche a mí, al que esto escribe, entra ya en el terreno de lo absurdo. Sin embargo, no es un suceso físicamente imposible: no hay nada en las leyes de la física que lo impida, lo que hace que en principio forme parte del espacio de posibilidades.

La llamada telefónica esta tarde del presidente de los Clippers para ficharme no está en el mismo plano emergente que mi capacidad para afrontar las elevadas exigencias físicas y técnicas de un partido de la NBA. En el segundo caso hay una limitación insuperable de índole biológica. No así en el primero, que podría obedecer a algún capricho o trastorno mental del susodicho dirigente deportivo.

Mi inopinada incorporación a la plantilla de los Clippers sirve de ejemplo para asomarnos a dos cuestiones fascinantes: el verdadero tamaño del espacio de posibilidades y la existencia de contrafactuales. ¿Existe o llega alguna vez a iluminarse un mundo en el que yo juego en la NBA con 53 años sin ninguna experiencia previa?... El experimento de Elitzur-Vaidman, que puede utilizarse para detectar bombas que funcionan sin necesidad de detonarlas, demuestra que lo que no ocurre (al menos en nuestro universo) influye en lo que ocurre: lo contrafactual existe, aunque no se manifieste ante nuestros ojos, y en ello (en la superposición de todos los posibles) se funda la mecánica cuántica. La cuestión es determinar si hay alguna probabilidad, por ínfima que sea, de que sea yo en vez de un reputado profesional quien reciba esa llamada telefónica desde California.

Demos otra vuelta de tuerca: me convierto en titular indiscutible de Los Ángeles Clippers (haciendo el ridículo en la cancha en cada partido) y encima me dedico a meter canastas en propia y dar pases deliberados al contrario. Todo ello seguiría siendo compatible con las leyes de la física... Pero he aquí la clave: quizá no con las leyes que rigen lo social (una emergencia de lo psicológico, a su vez emergente de lo biológico, a su vez emergente de lo físico). Porque, ¿qué grupo humano permitiría algo semejante? En el muy improbable supuesto de que no interviniera la NBA o la Justicia californiana o federal, mi continuidad en el equipo tendría un coste muy alto: mi seguridad (y la del abducido entrenador, así como la del presidente) estaría constantemente en peligro y cada partido se vería salpicado de hechos violentos a manos de fans enfurecidos. Más de un compañero del equipo perdería asimismo los nervios. ¿Hay leyes sociales que impiden que ese suceso aberrante (mi estancia activa durante toda una temporada en el club angelino) forme parte efectiva del espacio de posibilidades, de igual modo que hay leyes psicológicas que me disuaden de actuar en contra de mi equipo, leyes biológicas que me impiden dar una zancada de 10 metros y leyes físicas que me impiden dar un salto hacia arriba de 400.000 kilómetros en un segundo?...

Mi sospecha es que el espacio de posibilidades es tan grande como la suma de lo que todas las mentes del Multiverso pueden imaginar. Pero sola una muy pequeña fracción de ese espacio se corresponde con lo físicamente posible (una fracción aún menor con lo biológicamente posible, y así de manera decreciente a medida que ascendemos en complejidad en la pirámide de emergencias). Ello no obsta para que sucesos o universos físicamente imposibles puedan materializarse en sueños, ficciones (como las de Borges o la que me ubica en la plantilla de los Clippers en 2021) o alguna simulación informática como el San Junípero de Black Mirror. Haciendo así posible lo imposible.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Un Universo comprensible en lo elemental... ¿pero inabarcable por su complejidad?


El físico británico Stephen Wolfram sugiere que pronto podríamos conocer completamente cómo funciona el Universo en su nivel más básico (incluso hasta por qué lo hace de ese modo y no de cualquier otro). Ese día no lejano, la Física habrá descubierto cuáles son todas las partículas elementales y fuerzas que operan en el Cosmos. Wolfram y muchos otros colegas suyos aventuran que las reglas serán seguramente muy sencillas, tanto es así que las leyes básicas del Universo podrían escribirse en una camiseta. Sería la culminación de la llamada Teoría del Todo, que en vano persiguió Einstein al final de su vida y por la que se devanaron los sesos desde Demócrito hasta Stephen Hawking pasando por Leibniz, Newton o Maxwell. ¿Habríamos leído por fin la mente de Dios, como sugería Hawking al final de su Breve historia del tiempo? ¿Se convertiría la ciencia meramente en tecnología, al haber llegado al final de su camino teórico?...

Quizá se cerrara la Física (al menos la de nuestro universo, porque siempre cabe la posibilidad de investigar la dinámica e incluso creación de otros hipotéticos universos), pero esa Teoría del Todo poco puede decirnos de los fenómenos emergentes complejos: ¡el conocimiento de los fundamentos del Universo no nos bastaría para entender la Biología, la Psicología o la Sociología, para prever el tiempo meteorológico, la aparición de una enfermedad o el estallido de una crisis económica o un conflicto bélico! Habría llegado la gran hora de las llamadas ciencias de la complejidad, con la computación como gran herramienta para desentrañar los misterios escondidos en las emergencias: telescopios y microscopios cederían el protagonismo a potentes superordenadores capaces de elaborar complejas simulaciones a partir de unas pocas reglas básicas; o sea, de derivar el comportamiento de sistemas complejos (biológicos, sociales, etc.) a partir de sus sencillos principios subyacentes.

Ya existen centros de investigación dedicados al estudio de la complejidad como el Santa Fe Institute (presidido por David Krakauer en Nuevo México) o el Center for Complex Systems Research (CCSR) en la Universidad de Illinois en Urbana–Champaign (fundado por Stephen Wolfram), dedicados al desarrollo de modelos y técnicas (redes neuronales, autómatas celulares, dinámicas no lineales o caóticas, algoritmos genéticos, etc.) para describir los sistemas complejos y también extraer de ellos principios globales. Se trata de un prometedor campo científico, con una visión holística frente al enfoque analítico convencional de la ciencia: no hay otra manera de abordar con eficacia el fenómeno de la complejidad. Aun así, como sostiene Wolfram en una entrevista con Robert Lawrence Kuhn, puede que las emergencias fijen un límite a la comprensión humana. No deja de ser paradójico y desazonador que lleguemos a conocer por completo las reglas que rigen el Universo pero, dada la existencia de una distancia irreducible entre su comportamiento global y dichas reglas subyacentes, no seamos jamás capaces de entenderlo en su totalidad.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Superconciencia, ¿emergencia pendiente?

(tras otro agradable paseo campestre con el doctor Salvador Casado)

La conciencia, esa cosa tan íntima y familiar a la par que misteriosa, es -mejor dicho, parece ser- una propiedad emergente de la materia que mora en ámbitos etéreos. Inmaterial e inalienable, no puede percibirse más allá de los confines de su dueño e incluso es imposible saber con certeza si éste realmente la posee o no (no puede descartarse que todos menos tú sean zombis, meros autómatas sin vida interior). Además, ignoramos a partir de qué punto estamos en presencia de ella: ¿Hay conciencia en un embrión, en una comunidad bacteriana, en un árbol?, ¿y por qué no en un termostato o en la propia Biosfera autorregulada (la Gaia de James Lovelock)?...

El espacio y el tiempo probablemente sean también propiedades emergentes, de fundamento aún desconocido (ya sabemos que la masa lo es, fruto del acomplamiento con un campo de Higgs). Como lo son con certeza la vida, la economía, un huracán, una bandada de pájaros o un embotellamiento de tráfico. Los insospechados fenómenos emergentes de orden más elevado que estarían esperándonos en el futuro, si continúa nuestra línea evolutiva y no se trunca nuestro exponencial desarrollo científico y tecnológico, nos llenarían sin duda de asombro. ¿Por qué no podría la conciencia, llevada a cierto punto crítico (semejante a los 0º C en los que el hielo pasa a ser agua líquida o a los 100º en los que se vuelve gaseosa), ser generadora de otros ámbitos o reinos autónomos?

La conexión en red entre cerebros humanos e inteligencia artificial, en una especie de Superinternet biónica, alumbraría seguramente una singularidad tecnológica como la prevista por Ray Kurzweil. Se abriría con ello la válvula reductora cerebral que, según Henri Bergson, limita la cantidad de Realidad que entra en la conciencia: ésta se ensancharía, por tanto, de manera inimaginable. Tras la singularidad, ya nada sería igual. Incluso es muy probable que nuestras motivaciones -humanas y, por tanto, animales- ya no fuesen las mismas.

Quizá el futuro de la vida inteligente sea una amorfa nube consciente (como la novelada por Fred Hoyle en La nube negra), capaz de habitar en idílicas recreaciones virtuales donde no existe el sufrimiento o la maldad, donde todo es amor y compasión: en rincones del florido Multiverso que podríamos identificar con el Cielo o el Paraíso, lejos del Infierno (que debe existir ahí fuera en todas sus modalidades), de vulgares universos defectuosos como el nuestro y de la mera Nada* (que, según Robert Nozick, también tendría su hueco en el Multiverso).


*Nada en sentido estricto, no en la acepción de vacío cuántico que permea todo nuestro Universo.

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