Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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lunes, 25 de septiembre de 2017
'R que R desde Alfa hasta Omega: Un ensayo sobre el error', ya a la venta en Amazon
Una entrada en noviembre de 2015 en este blog con un nombre parecido ("Naturaleza física del error") ha sido la semilla del libro que ahora ve la luz. El ensayo también se ha alimentado de algunas otras reflexiones publicadas en este cuaderno de bitácora desde que lo abrí en septiembre de 2010. He podido terminarlo en ratos libres robados a tardes y fines de semana gracias a mi constancia y perseverancia, aunque ha sido un esfuerzo gustoso porque me interesa mucho el asunto: el error con sus profundas implicaciones, un concepto que toca palos tan diversos y fundamentales como la vida, la enfermedad, la muerte, el azar, el libre albedrío, la maldad, la evolución, la felicidad, la ignorancia, la estupidez... (pocas cosas de las realmente importantes quedan fuera de su alcance). Pero este libro no hubiera sido posible sin el aliento inicial de Samuel A. Pilar, que fue quien me sugirió la idea de escribir algún ensayo de este tipo y me transmitió su confianza en que yo podría hacerlo bien. Y también debe parte de su existencia a las conversaciones campestres en la sierra de Guadarrama con Salvador Casado (@DoctorCasado). A ellos, a Antonio Rincón Córcoles y a mi paisano canario José Miguel Santos confié la lectura del texto antes de su publicación. ¡Muchas gracias, amigos!
Este capítulo de agradecimientos estaría incompleto si no incluyera a dos científicos tuiteros que, sin saberlo, me han dado muchas pistas con su interesantísima actividad en Twitter: @BioTay (el biólogo Antonio J. Osuna Mascaró) y @pitiklinov (el psiquiatra Pablo Malo).
Puedes comprar el libro aquí por solo 2 euros
Este es el índice de contenidos del ensayo:
-Un día (como cualquier otro) en el error
-Introducción
-El error en la historia del pensamiento
-Error: actores y escalas
-Causas y manifestaciones del error
-Cometiendo errores… y evitándolos para sobrevivir
-El error social más caro: Rapa Nui como aviso
-Engaño y error: el mal sale a escena
-Error, lenguaje y realidad virtual
-Error y aprendizaje individual y social. La ciencia
-Historia humana: ¿un error para la felicidad del individuo?
-Error y azar: la estadística al rescate
-Cuando la inteligencia colectiva fracasa: el error en las organizaciones y su prevención
-Error y complejidad. Tecnología y economía
-Las razones últimas del error: ¡entramos en la Física!
-Error y perfección: ¿hacia un mundo sin error?… ¿y sin muerte?
-Verdad y error
-El error de escribir un libro sobre el error: un mundo de asombrosas emergencias
-Bibliografía
-Sobre el autor
domingo, 20 de abril de 2014
Mensaje extraño
Sucesión desigual de caracteres (se identifican más de treinta) agrupados en su mayoría en segmentos de entre uno y diez (predominan los segmentos de uno o pocos caracteres, algunos de los cuales parecen tener una función conectiva). No hay evidencia de simetría, aunque se advierten claramente determinadas pautas (los caracteres detrás del carácter '.' son siempre de un tipo más alto; detrás de un '¡' y un '¿' -aunque nunca inmediatamente después- jamás se repiten dichos caracteres sino que aparecen sus aparentes inversos '!' y '?', etc.). Descartada una generación puramente aleatoria, todo parece apuntar a un mensaje codificado elaborado deliberadamente por alguna inteligencia. No puede desdeñarse la posibilidad de que se trate del registro de un Universo, pero es improbable dada su gran -e innecesaria- complejidad así como su evidente falta de elegancia matemática. El enigmático encabezamiento con caracteres de tamaño relativamente grande ("Cien años de soledad") podría dar pistas de la naturaleza del mensaje -o acaso Universo- si aquél pudiera ser descodificado.
sábado, 15 de marzo de 2014
¿Elogio de la erudición vana?
En el programa del Ciudadano García en RNE, el escritor Luis Alberto de Cuenca recomendaba este jueves la lectura de Elogio del libro de papel de Antonio Barnés. Ya su título da una pista de que podríamos encontrarnos ante una invectiva contra el libro digital (nada más que un formato cuyo contenido es exactamente el mismo que en papel), y algo de eso hay aunque su propio autor lo niegue.
Es cierto que, como escribe Barnés, "el formato influye en la lectura": tanto es así que gracias a mi Kindle puedo leer mucho más cómodamente tumbado en la cama o dentro del coche cuando se hace de noche; aunque, por otro lado, he de reconocer que se hace más incómodo ir a una página anterior y que la batería limita (como también condiciona el peso y envergadura de un libro de papel muy gordo, o su letra muy pequeña, o su lectura de noche dentro de un coche o una tienda de campaña). Todo tiene sus pros y sus contras, pero la obra leída en formato electrónico es -¡insisto!- exactamente la misma, con todas sus comas y sus puntos, que la versión convencional en papel: aquí no es aplicable la máxima macluhaniana de que "el medio es el mensaje". Una cosa es la literatura y otra bien distinta la bibliofilia, una afición muy respetable pero que tiene más relación con la filatelia o el coleccionismo de latas de cerveza que con el mundo de la cultura y las letras.
Además de prevenirnos contra el e-book (la Fundeu me llamaría a capítulo por no escribirlo en español, pero lo hago porque no soy nacionalista y, sobre todo, porque me da la gana), Barnés propina una colleja a "la rastrera reducción de lo humano a lo numérico". "La razón y las palabras no deben ceder al tubo de ensayo", se lee en el libro de este autor, al que se le escapa que en los tubos de ensayo solo se someten a experimentación hipótesis pergeñadas por la razón (no verdades absolutas más o menos pintorescas). Lo más gracioso es que, por mucho que les pese a quienes tienen aversión a la ciencia o la desdeñan, hay indicios de que el Universo podría ser mera Matemática (y esto no haría, por cierto, que nuestros sentimientos y pasiones perdiesen un ápice de su valor).
De Cuenca, que incurre en el manido tópico de confundir cultura con inteligencia (hay personas tan inteligentes como incultas y también lo contrario: gente culta pero poco inteligente), sostiene en RNE que "la gente va perdiendo el pensamiento abstracto" y lo atribuye a las nuevas tecnologías (hace medio siglo, por no decir 200 años, España debía ser todo un dechado de pensamiento abstracto). Por lo que afirma, evidencia ignorar que se puede leer perfectamente -aunque quizá no sea lo mejor para los ojos- un buen libro o un artículo sesudo en un iPad. Es muy probable que nunca haya visto -o, al menos, reconocido- un iPad de esos a los que se refiere en su charla radiofónica con el Ciudadano García y mi excompañero de la web de RTVE David Sierra.
Volviendo a Barnés, éste acierta de pleno al considerar que la acumulación de conocimientos no constituye la sabiduría. Y no puedo estar más de acuerdo con él cuando afirma que "para surcar el cuasi infinito almacén de datos del océano virtual hacen falta nuevas brújulas y mapas, si se pretende arribar a destinos de conocimiento". En Internet hay mucha paja y poco grano (¡aunque muy bueno!), pero en papel también ha habido siempre mucha basura (y cada vez más, dado que la producción de la industria editorial se asemeja crecientemente a la de cualquier otro bien, sea éste un tornillo, un termostato o un bote de tomate frito, aunque con unos estándares de calidad mucho más bajos por culpa de una demanda de mercado poco exigente). Y claro que hay, además de analfabetos digitales, analfabetos digitalizados. Pero la culpa no es (particularmente en España) de Internet, sino de un sistema educativo bastante deficiente y un nivel cultural aún peor.
El autor del Elogio del libro de papel parece limitar la acumulación estéril de saberes al ámbito científico y tecnológico, cuando hay un montón de morralla humanística cuyo conocimiento solo sirve para jugar al Trivial y, en el mejor de los casos, ir a concursar a Saber y ganar y llevarse un pellizco, no aportando nada más que un ridículo barniz de la más superficial erudición. ¿Tiene alguna importancia saberse de memoria los nombres de todos los reyes godos o recitar párrafos enteros del Cantar del Mío Cid o de José María Pemán? Por el contrario, sí que me resulta bastante lamentable la ignorancia científica de la que ciertos humanistas (entre los que se cuentan algunos que ni siquiera saben escribir correctamente), en un osado ejercicio de engreimiento y estupidez, incluso se enorgullecen.
Es cierto que, como escribe Barnés, "el formato influye en la lectura": tanto es así que gracias a mi Kindle puedo leer mucho más cómodamente tumbado en la cama o dentro del coche cuando se hace de noche; aunque, por otro lado, he de reconocer que se hace más incómodo ir a una página anterior y que la batería limita (como también condiciona el peso y envergadura de un libro de papel muy gordo, o su letra muy pequeña, o su lectura de noche dentro de un coche o una tienda de campaña). Todo tiene sus pros y sus contras, pero la obra leída en formato electrónico es -¡insisto!- exactamente la misma, con todas sus comas y sus puntos, que la versión convencional en papel: aquí no es aplicable la máxima macluhaniana de que "el medio es el mensaje". Una cosa es la literatura y otra bien distinta la bibliofilia, una afición muy respetable pero que tiene más relación con la filatelia o el coleccionismo de latas de cerveza que con el mundo de la cultura y las letras.
Además de prevenirnos contra el e-book (la Fundeu me llamaría a capítulo por no escribirlo en español, pero lo hago porque no soy nacionalista y, sobre todo, porque me da la gana), Barnés propina una colleja a "la rastrera reducción de lo humano a lo numérico". "La razón y las palabras no deben ceder al tubo de ensayo", se lee en el libro de este autor, al que se le escapa que en los tubos de ensayo solo se someten a experimentación hipótesis pergeñadas por la razón (no verdades absolutas más o menos pintorescas). Lo más gracioso es que, por mucho que les pese a quienes tienen aversión a la ciencia o la desdeñan, hay indicios de que el Universo podría ser mera Matemática (y esto no haría, por cierto, que nuestros sentimientos y pasiones perdiesen un ápice de su valor).
De Cuenca, que incurre en el manido tópico de confundir cultura con inteligencia (hay personas tan inteligentes como incultas y también lo contrario: gente culta pero poco inteligente), sostiene en RNE que "la gente va perdiendo el pensamiento abstracto" y lo atribuye a las nuevas tecnologías (hace medio siglo, por no decir 200 años, España debía ser todo un dechado de pensamiento abstracto). Por lo que afirma, evidencia ignorar que se puede leer perfectamente -aunque quizá no sea lo mejor para los ojos- un buen libro o un artículo sesudo en un iPad. Es muy probable que nunca haya visto -o, al menos, reconocido- un iPad de esos a los que se refiere en su charla radiofónica con el Ciudadano García y mi excompañero de la web de RTVE David Sierra.
Volviendo a Barnés, éste acierta de pleno al considerar que la acumulación de conocimientos no constituye la sabiduría. Y no puedo estar más de acuerdo con él cuando afirma que "para surcar el cuasi infinito almacén de datos del océano virtual hacen falta nuevas brújulas y mapas, si se pretende arribar a destinos de conocimiento". En Internet hay mucha paja y poco grano (¡aunque muy bueno!), pero en papel también ha habido siempre mucha basura (y cada vez más, dado que la producción de la industria editorial se asemeja crecientemente a la de cualquier otro bien, sea éste un tornillo, un termostato o un bote de tomate frito, aunque con unos estándares de calidad mucho más bajos por culpa de una demanda de mercado poco exigente). Y claro que hay, además de analfabetos digitales, analfabetos digitalizados. Pero la culpa no es (particularmente en España) de Internet, sino de un sistema educativo bastante deficiente y un nivel cultural aún peor.
El autor del Elogio del libro de papel parece limitar la acumulación estéril de saberes al ámbito científico y tecnológico, cuando hay un montón de morralla humanística cuyo conocimiento solo sirve para jugar al Trivial y, en el mejor de los casos, ir a concursar a Saber y ganar y llevarse un pellizco, no aportando nada más que un ridículo barniz de la más superficial erudición. ¿Tiene alguna importancia saberse de memoria los nombres de todos los reyes godos o recitar párrafos enteros del Cantar del Mío Cid o de José María Pemán? Por el contrario, sí que me resulta bastante lamentable la ignorancia científica de la que ciertos humanistas (entre los que se cuentan algunos que ni siquiera saben escribir correctamente), en un osado ejercicio de engreimiento y estupidez, incluso se enorgullecen.
lunes, 13 de septiembre de 2010
¡Es el contenido, estúpido!
Hace unos meses tuve la oportunidad de conocer a Alfonso Guerra (como diría Borges, el hermano de Juan), quien nos recibió en su despacho en el Congreso para hablar de la Transición. Al final, el hombre se empeñó en que viéramos un vídeo en su ordenador. No podía evitar troncharse con la exposición de las magníficas prestaciones de un Dispositivo de Conocimiento Bioóptico Organizado, también llamado Book: o sea, lo que todos conocemos con el nombre vulgar de 'libro'. El vídeo, bastante ingenioso, pretendía ser una crítica irónica del libro electrónico. Pero también, sin pretenderlo, es el reflejo de una incapacidad de la intelectualidad (o presunta intelectualidad) más rancia para entender que una cosa es el formato o soporte de una obra creativa y otra bien distinta su contenido.
Precisamente hoy, Diego Manrique publica en 'El País' una 'Guía del rock para idiotas' en la que se burla con razón del cliché que reza "Yo sólo escucho música en vinilo". Manrique dice: "Derivar el énfasis hacia el soporte revela inclinaciones fetichistas". Lo cierto es que yo prefiero leer en formato digital -¡en cualquiera de ellos!- las "Cartas de una desconocida" (Zweig) que degustar en papel las "Cartas a un joven español" (Aznar) o el listín telefónico de Zamora, por muy bonitas y cuidadas que sean las ediciones de estos dos últimos textos. Como no soy un coleccionista ni Naomi Campbell, me interesan las obras escritas mucho más por su contenido que por el soporte en que se presentan.
No niego las magníficas prestaciones de un libro en comparación con una tablilla de arcilla, un rollo de papiro o un pergamino; sobre todo, por la comodidad para leerlo. Pero es que el libro electrónico tiene también muchas ventajas que pueden convertirlo en pocos años en el formato dominante. Estando en casa, la lectura de un e-book en un Kindle o un iPad no me parece más incómoda que la de un libro de papel. Además, en gadgets como el de Steve Jobs -empeñado en vestir como un estudiante de Biología a diferencia de verdaderos emprendedores de punta en blanco como César Alierta- puedes almacenar cientos de obras y acceder rápidamente a cualquier pasaje de cualquiera de ellas que te apetezca. Encima, hay un ahorro en el uso de papel. Eso sí, dependes de una batería; pero para leer un libro convencional también hace falta luz cuando se hace de noche y no tienes a tu lado al autor de "Cartas a un joven español".
Este rechazo al e-book es parte de la aversión a la informática todavía presente en algunos escritores e intelectuales (supuestos), que deben pensar que la literatura creada en un ordenador es per se inferior a la elaborada con máquina de escribir, lápiz o bolígrafo, por no hablar de la realizada con pluma de ganso y tintero. Hay quienes aún abominan, más por desconocimiento que por estupidez, de cualquier cosa que tenga que ver con Internet como los blogs o las redes sociales. El 90% (puede que incluso más) de lo que hay en Internet es basura, pero eso no es culpa de la fantástica red de redes sino de los generadores y consumidores de contenidos basura.
Precisamente hoy, Diego Manrique publica en 'El País' una 'Guía del rock para idiotas' en la que se burla con razón del cliché que reza "Yo sólo escucho música en vinilo". Manrique dice: "Derivar el énfasis hacia el soporte revela inclinaciones fetichistas". Lo cierto es que yo prefiero leer en formato digital -¡en cualquiera de ellos!- las "Cartas de una desconocida" (Zweig) que degustar en papel las "Cartas a un joven español" (Aznar) o el listín telefónico de Zamora, por muy bonitas y cuidadas que sean las ediciones de estos dos últimos textos. Como no soy un coleccionista ni Naomi Campbell, me interesan las obras escritas mucho más por su contenido que por el soporte en que se presentan.
No niego las magníficas prestaciones de un libro en comparación con una tablilla de arcilla, un rollo de papiro o un pergamino; sobre todo, por la comodidad para leerlo. Pero es que el libro electrónico tiene también muchas ventajas que pueden convertirlo en pocos años en el formato dominante. Estando en casa, la lectura de un e-book en un Kindle o un iPad no me parece más incómoda que la de un libro de papel. Además, en gadgets como el de Steve Jobs -empeñado en vestir como un estudiante de Biología a diferencia de verdaderos emprendedores de punta en blanco como César Alierta- puedes almacenar cientos de obras y acceder rápidamente a cualquier pasaje de cualquiera de ellas que te apetezca. Encima, hay un ahorro en el uso de papel. Eso sí, dependes de una batería; pero para leer un libro convencional también hace falta luz cuando se hace de noche y no tienes a tu lado al autor de "Cartas a un joven español".
Este rechazo al e-book es parte de la aversión a la informática todavía presente en algunos escritores e intelectuales (supuestos), que deben pensar que la literatura creada en un ordenador es per se inferior a la elaborada con máquina de escribir, lápiz o bolígrafo, por no hablar de la realizada con pluma de ganso y tintero. Hay quienes aún abominan, más por desconocimiento que por estupidez, de cualquier cosa que tenga que ver con Internet como los blogs o las redes sociales. El 90% (puede que incluso más) de lo que hay en Internet es basura, pero eso no es culpa de la fantástica red de redes sino de los generadores y consumidores de contenidos basura.
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