El escritor y conferenciante Borja Vilaseca habló el pasado jueves en su nueva sección en el programa TIPS de La 2 del miedo al cambio. Llevaba razón en buena parte de lo que dijo. Es cierto que abundan las personas que llevan vidas estandarizadas y grises, sumidas en el conformismo y la resignación, por su pereza y su temor a los cambios. Insistió en la importancia del autoconocimiento y el recuestionamiento de creencias para dar giros de timón que a veces son necesarios si no queremos condenarnos a una existencia sin sustancia ni sentido. Erich Fromm trató en su libro El miedo a la libertad esa tendencia humana a delegar en otros -y a subyugarnos a ellos- en vez de tomar las riendas de nuestra propia vida y hacernos responsable de ella, asumiendo el correspondiente precio (porque, obviamente, no sale gratis ejercer la libertad con responsabilidad). Hay adultos que prefieren seguir anclados a su infancia, a esa etapa de la vida en la que no teníamos que preocuparnos de problemas y cosas importantes porque ya eran otros -nuestros padres o abuelos- los que se encargaban de sacar las castañas del fuego.
En cualquier caso, no somos autosuficientes y dependemos en mayor o menor medida tanto del prójimo como del sistema social del que formamos parte. Está muy bien propugnar el cambio personal como motor de transformación de la sociedad, así como dejar atrás el cinismo y una "actitud victimista y reactiva" (Vilaseca dixit). Y es verdad que nuestra postura frente al mundo depende bastante de con qué mirada lo observemos, de nuestro interior anímico (¡incluso en un campo de exterminio se puede mantener el optimismo!). Pero no es menos cierta nuestra dependencia. Muchas veces estamos limitados por problemas económicos, ataduras laborales, situaciones familiares complicadas (como enfermedades o discapacidades de seres queridos)... Y en la vida hay que lidiar con no pocos desaprensivos y desalmados. Más relevante aún es que, por mucho que uno pretenda refugiarse en su burbuja de confianza de familiares y amigos, se encuentra siempre a merced de un orden jurídico o político que en ocasiones no solo no desactiva a desaprensivos y desalmados sino que los protege o premia (véase el caso de Trump, aunque no hay que irse muy lejos para buscar ejemplos). Actuar honradamente y hacer bien tu trabajo no es suficiente, ni siquiera necesario, para medrar y alcanzar metas. Desde luego, no aquí en España.
Por si fuera poco, estamos sometidos también a los designios del azar: no puede negarse que el mundo es un lugar peligroso y que nuestras
vidas penden de finos hilos, que un cascote desprendido de una fachada, un inesperado rayo o un ictus pueden
acabar con cualquiera de ellas -de igual lo rico o pobre, lo bueno o malo, lo emprendedor o pasota que seas- en todo momento y lugar. La suerte es un factor fundamental en todos los ámbitos de la vida, las ventanas de oportunidad se abren y se cierran caprichosamente, y conviene tenerlo presente para no fustigarnos demasiado cuando fracasamos.
Vilaseca apuesta por no tener miedo, pero el miedo no solo es algo natural sino incluso saludable (por supuesto, siempre y cuando no sea paralizante). Lo mismo podría decirse del prejuicio, otro elemento de nuestro sistema defensivo que tiene injustamente muy mala prensa. Miedo y prejuicio han sido seleccionados por la evolución: no en vano, todo lo que tiene culo tiene miedo y se conduce de manera prejuiciosa (si no fuera así, posiblemente ya habría perdido el culo). Si alguien desprovisto de un arma de fuego atisba un león en la calle, lo suyo es tener miedo y tomar alguna decisión en consecuencia: por ejemplo, esconderse o meterse en un coche y arrancar a toda pastilla. Pretender plantarle cara al félido en esas circunstancias sería un acto tan valiente como estúpido y fatal.
Reconozco que no pude evitar torcer el gesto cuando Vilaseca dijo que el cambio
siempre es posible y que podemos hacer con nuestra vida lo que queramos:
ese infundado optimismo new age, esa filosofía ingenua de coaches (perdón por la palabra) y chopráticos, me hace saltar como un resorte. ¡Porque no todo es posible, claro que no!
Ya dije en otra entrada del blog que por mucho que yo me proponga correr
los 100 metros lisos por debajo de los 10 segundos en un semestre (o en
un decenio), no hay ninguna posibilidad razonable de que lo logre.
Porque la mera creencia no hace posible lo imposible, ni menos
improbable lo improbable. Todos tenemos nuestras limitaciones, y nos autoengañamos al no asumirlas. Esto no es conformismo sino sano realismo.
Vilaseca termina el programa lanzando una pregunta a los telespectadores: "¿Qué decisiones tomarías si no tuvieras miedo?". Yo le respondería con otra pregunta: ¿Te abalanzarías mejor sobre un león si no tuvieras miedo, Borja?... En fin, que las cosas no son tan fáciles como se presentan en los manuales de coaching, las películas de la factoría Disney o el Twitter de Justin Bieber.
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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miércoles, 18 de enero de 2017
sábado, 22 de octubre de 2016
El 'mal morir' de los creyentes: el caso de Teresa de Calcuta
Un médico que ha sido testigo del adiós a la vida de muchas personas en
estado terminal me confiesa que el
"mal morir" (el hacerlo presa de terrores y sentimientos de culpa) es
más frecuente entre los creyentes que en los ateos o agnósticos. Parece paradójico, aunque en el fondo es coherente:
¿no podría tener algo que ver el miedo al castigo eterno, inoculado por la religión? Pero yo añadiría otra posible explicación: la postrera sospecha de que todo en lo que uno creyó, y conforme
a lo cual fundamentó su vida, pudiera ser un cuento. Quizá eso sea lo
más mortificante de todo.
El otro día supe con enorme sorpresa que Santa Teresa de Calcuta pudo haber muerto siendo atea, ya que en el último tramo de su vida había perdido la fe. En su propio expediente de canonización se apunta esa crisis de fe, que la Iglesia interpreta como una dura prueba reservada por Dios a las almas más grandes (supongo que darían la prueba por superada). Mientras en público afirmaba que "Cristo está en todos los sitios, en nuestros corazones, en los pobres que conocemos, en la sonrisa que damos y recibimos", Teresa rumiaba en su fuero interno un terrible conflicto, incapaz de entender el sentido del sufrimiento y el mal y, sobre todo, de conciliarlo con su religión. "¿Para qué hago esta obra?", se preguntaba en una de las cartas a la que accedió el cura canadiense Brian Kolodiejchuk, encargado por el Vaticano de incoar la causa para su elevación a los altares. "Si no hay Dios, no puede haber alma. Si no hay alma, entonces, Jesús, tú tampoco eres verdadero", razonaba la monja albanomacedonia.
Pues yo creo humildemente que Teresa estaba equivocada. Acaso haya esperanza aunque no exista el alma y todo tenga un fundamento material (por supuesto, lo de que Jesús fuera real o no carece de toda importancia). Siguiendo al físico y cosmólogo Frank Tipler, la esperanza estaría en universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo (necesariamente guiada por la ciencia para alcanzar su propósito). El nuestro sería pues un universo en el que Dios no existe al principio sino al final, como ya intuyeron en su día Pierre Teilhard de Chardin o Henri Bergson. Y como también apunta Yuval Harari en su último libro: Homo Deus. Si es así, podemos morir más o menos tranquilos (otra cosa es que nos lo permita una mala conciencia), relativamente confiados en que esa superinteligencia que está por emerger será benevolente y justa. Aunque, ciertamente, esto no deja de ser una suerte de fe.
El otro día supe con enorme sorpresa que Santa Teresa de Calcuta pudo haber muerto siendo atea, ya que en el último tramo de su vida había perdido la fe. En su propio expediente de canonización se apunta esa crisis de fe, que la Iglesia interpreta como una dura prueba reservada por Dios a las almas más grandes (supongo que darían la prueba por superada). Mientras en público afirmaba que "Cristo está en todos los sitios, en nuestros corazones, en los pobres que conocemos, en la sonrisa que damos y recibimos", Teresa rumiaba en su fuero interno un terrible conflicto, incapaz de entender el sentido del sufrimiento y el mal y, sobre todo, de conciliarlo con su religión. "¿Para qué hago esta obra?", se preguntaba en una de las cartas a la que accedió el cura canadiense Brian Kolodiejchuk, encargado por el Vaticano de incoar la causa para su elevación a los altares. "Si no hay Dios, no puede haber alma. Si no hay alma, entonces, Jesús, tú tampoco eres verdadero", razonaba la monja albanomacedonia.
Pues yo creo humildemente que Teresa estaba equivocada. Acaso haya esperanza aunque no exista el alma y todo tenga un fundamento material (por supuesto, lo de que Jesús fuera real o no carece de toda importancia). Siguiendo al físico y cosmólogo Frank Tipler, la esperanza estaría en universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo (necesariamente guiada por la ciencia para alcanzar su propósito). El nuestro sería pues un universo en el que Dios no existe al principio sino al final, como ya intuyeron en su día Pierre Teilhard de Chardin o Henri Bergson. Y como también apunta Yuval Harari en su último libro: Homo Deus. Si es así, podemos morir más o menos tranquilos (otra cosa es que nos lo permita una mala conciencia), relativamente confiados en que esa superinteligencia que está por emerger será benevolente y justa. Aunque, ciertamente, esto no deja de ser una suerte de fe.
sábado, 16 de junio de 2012
Miedo
(Fragmento de Viaje de ida)
A la marcha de Esteban sucedió una inesperada pesadilla en estado de vigilia. Todo empezó por un pensamiento sobre la inmensidad del Cosmos, suscitado por la observación del estrellado cielo nocturno. Y es que nuestro ya de por sí inabarcable Universo puede que solo sea uno entre billones de billones de un Multiverso de dimensiones inimaginables. Avanzando en la oscuridad entre altos árboles, un escalofrío me sacudió de la cabeza a los pies. Aceleré el paso, pero antes de llegar a casa ese escalofrío ya había devenido en terrorífico vértigo: era como si en el suelo que pisaba se hubiese abierto una trampilla hacia el centro del gran secreto cósmico. Tanto buscarlo y ahora temía verme transportado a un escenario de espanto, lleno de frío y soledad, terriblemente silencioso y eterno, sin rastro alguno de formas conocidas. No quería mirar más allá del brumoso umbral que intuía cercano. No quería conocer: era mejor volver a la vida prosaica, al sabor de las cerezas y las galletas de chocolate, al contacto con el agua matutina de la ducha, al sonido familiar de la radio, al rico aire fresco que esas noches de verano solía acompañarme cuando me dirigía al contenedor de la basura a tirar mi bolsa. Entré en casa temblando y bañado en sudor. No me atreví a mirarme en el espejo del salón. Me tiré en el sofá y quedé allí encogido hasta que el sueño me rescató de aquella inopinada crisis de miedo.
A la marcha de Esteban sucedió una inesperada pesadilla en estado de vigilia. Todo empezó por un pensamiento sobre la inmensidad del Cosmos, suscitado por la observación del estrellado cielo nocturno. Y es que nuestro ya de por sí inabarcable Universo puede que solo sea uno entre billones de billones de un Multiverso de dimensiones inimaginables. Avanzando en la oscuridad entre altos árboles, un escalofrío me sacudió de la cabeza a los pies. Aceleré el paso, pero antes de llegar a casa ese escalofrío ya había devenido en terrorífico vértigo: era como si en el suelo que pisaba se hubiese abierto una trampilla hacia el centro del gran secreto cósmico. Tanto buscarlo y ahora temía verme transportado a un escenario de espanto, lleno de frío y soledad, terriblemente silencioso y eterno, sin rastro alguno de formas conocidas. No quería mirar más allá del brumoso umbral que intuía cercano. No quería conocer: era mejor volver a la vida prosaica, al sabor de las cerezas y las galletas de chocolate, al contacto con el agua matutina de la ducha, al sonido familiar de la radio, al rico aire fresco que esas noches de verano solía acompañarme cuando me dirigía al contenedor de la basura a tirar mi bolsa. Entré en casa temblando y bañado en sudor. No me atreví a mirarme en el espejo del salón. Me tiré en el sofá y quedé allí encogido hasta que el sueño me rescató de aquella inopinada crisis de miedo.
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