martes, 27 de octubre de 2015

Juanjo, agente cultural: "Lío porritos a mis colegas"

Hola, soy el Juanjo, aquí del barrio. Soy artista y hago cultura: lío porritos para fumarlos con los colegas, y en eso soy un monstruo que lo flipas. Mis coleguitas son también artistas del mundo de la cultura, como el Pepo (cocinero del bar de la esquina: menudos torreznazos los suyos, y hay que ver cómo corta el jamón con ese cuchillaco que acojona), la Toñi (modelo, vecina de el Tori, que está mazo buena y ya tiene publicado un fotobook en Internet y está haciendo un módulo en Estilismo a distancia) y el Bola (noviete de la Toñi, un maquinón que te cagas en el Mortal Kombat y el PC Liga). Cuando nos reunimos para hacer botellón, aquello es como la Academia de San Fernando de Henares, cada uno con las bellas artes culturales de cada cual: la gastronomía, la moda, los videojuegos y el liar (mi pasión).

No os creáis que liar un puto porro es fácil, hay que tener los rudimentos artísticos y mucha sensibilidad. Lo primero es saber hacer bien una O con un canuto, de lo que todo el mundo no puede presumir: es una auténtica movida, aunque no lo parezca. Desde luego, a mí no me salió ni a la primera ni a la segunda: os confieso que a la quinta, como el carné de conducir (por cierto, a ver si me pillo pronto un X1, la entrada de 16.000 euros y el resto en 36 meses). Otros se quedan en el camino: aprenden a hacer la puta O pero no siguen la ruta cultural que ha seguido este menda lerenda, aunque a veces os pueda parecer un empanado.

Mirar, hay que quemar el pedrolo en su punto con el mechero, luego meterlo bien y juntarlo con el tabaco en el papelillo, todo bien apelmazadito para hacer ya la O con el canutillo. Cada uno tiene su estilo, el mío es muy personal e intransferible: el secreto está en el salivazo. Porque cada creador tiene su librillo y su escuela... ¡y ahí está la belleza, troncos! El Tori quiere aprender, él también quiere ser artista y cultural (bueno, ya lo es en parte porque tiene cinturón naranja de kick boxing, pero quiere dar un jodido salto computativo). A ver si lo veo este finde para juntar a mi bull terrier con su perra de una puta vez, que no encontramos el momento. Aunque también podría mamar del arte del Pepo, de la Toñi o del Bola...

Bueno, que soy artista y cultural pero no vivo de eso: es más una afición que otra cosa. Yo curro de comercial telefónico en una empresa desde hace un mes y ya me he convertido en el puto amo. Me estoy juntando más de 1.500 pavos al mes, y a partir de noviembre 2.000 y hasta 3.000. ¡Mazo de llamadas todo el día haciendo clientes!... El otro día solo trabajé de once a una y media, el jefe me dejó irme porque soy la polla bueno. El Bola no se lo cree, el hijoputa. El mes que viene le voy a pasar la nómina por toda la ñota. Capaz que a la Toñi la ha dicho que me estoy tirando el moco. Ya verán en la próxima reunión de la Academia, lo que viene siendo nuestro puto botellón artístico... ¡Apostad por la cultura, troncos!

martes, 20 de octubre de 2015

¿Vida inteligente a 1.500 años-luz?

Anillos de Dyson, por Arnero

En los últimos 30 años se han descubierto casi dos mil planetas fuera de nuestro Sistema Solar. Los llamados exoplanetas han podido ser detectados, pese a ser tan pequeños (en comparación con las estrellas), estar tan lejanos y no emitir luz visible, gracias a los muy pequeños cambios que producen en la luminosidad de las estrellas que orbitan al ponerse delante de ellas (y frente a los ojos del telescopio espacial Kepler).

De las cien mil millones de estrellas de la Vía Láctea (nuestra galaxia, que es una de las cien mil millones que hay en el Universo observable) hay una casi el doble de grande que nuestro Sol, a unos 1.500 años-luz de distancia, a la que hemos bautizado como KIC 8462852. En torno a ella se han detectado esos cambios de luminosidad que indican la presencia de cuerpos planetarios, pero dichas alteraciones son de tales características -carentes de regularidad y mucho más intensas, llegando a reducir el 20% del brillo de la estrella- que apuntan a otra causa.

Al tratarse de un sol adulto, está descartado que el motivo de ese oscurecimiento sean los discos protoplanetarios de materia: éstos solo existen al comienzo de la vida de la estrella, cuando sus planetas están aún en formación y son meras nubes giratorias de polvo. La explicación podría estar en los escombros producto de una gran colisión planetaria. O en un grupo de exocometas, procedentes del espacio exterior.

La hipótesis menos probable, pero sin duda más excitante, es la presencia de macroestructuras alrededor de la estrella, fabricadas por alguna civilización inteligente para captar su energía de la manera más eficiente (las "esferas de Dyson", teorizadas por el físico anglo-norteamericano Freeman Dyson). Si esto se confirmara (los radiotelescopios del SETI ya se disponen a apuntar a KIC 8462852 en busca de señales artificiales de radio), se trataría no ya del mayor hallazgo en la historia de la ciencia sino de la noticia más impactante de toda la historia de la humanidad (solo superada por una invasión alienígena inesperada, una manifestación divina explícita -a lo grande, sin complejos- o un algo menos improbable aviso parpadeante en el cielo -por ejemplo, un "Game Over"- escrito por un supuesto programador del Universo). 

Si hubiese vida inteligente en el sistema solar de KIC 8462852, ¿deberíamos comunicarnos con ellos? Ya existe un protocolo del SETI a este respecto. En cualquier caso, nuestro mensaje les llegaría dentro de 1.500 años y su eventual respuesta sería recibida -en el mejor de los casos- en el año 5015. Por cierto, si nos estuviesen observando ahora mismo (mientras escribo estas líneas), lo que verían sería el mundo del año 500: ostrogodos, vándalos, suevos y compañía (la tarjeta de presentación de la humanidad no sería, desde luego, mucho mejor que la de 2015). Es lo que tiene estar tan lejos, aunque solo sean 1.500 años-luz en un Universo observable con un diámetro de... ¡90.000 millones de años-luz!

Las implicaciones filosóficas y éticas de este descubrimiento serían muy profundas. ¿Qué dirían las religiones?: ¿serían hijos de Dios igual de dignos que nosotros, con un alma, hechos a su imagen y semejanza?... ¿Y si hubiesen descubierto la inexistencia de Dios (no me refiero al de Einstein, por supuesto)? ¿Y si nos trataran a nosotros, en caso de un encuentro físico, como nosotros tratamos a los cerdos o los toros de lidia? Quizá seria peor (¿o acaso mejor?) si el trato que nos dispensaran fuera la relativa indiferencia que profesamos a las hormigas o los paramecios.

sábado, 10 de octubre de 2015

Conciencia Urbana, el (supuesto) azar y la alegría



La puerta se cerró justo cuando la había traspasado: apenas un segundo más tarde no hubiera podido entrar. Dos paradas después, al renovarse la carga humana del vagón, vi a mi derecha de nuevo a Adán: ¡Otra vez en la línea 6 del metro de Madrid (la circular) volvía a encontrarme con el dúo de paisanos canarios de Conciencia Urbana! Porque la última vez había sido solo dos días antes, en las escaleras de O'Donnell (hablamos del partidazo de la U.D. Las Palmas contra el Celta). Y la previa, una semana atrás en el propio vagón, cuando fui de nuevo testigo de uno de sus espectaculares sesiones de improvisación. En esta última ocasión, antes de empezar su show, hablamos un poco del destino de mi viaje (la sierra de Madrid) y de El Hierro, la isla del guitarrista Pedro. Nos despedimos deseándonos suerte. No les faltó: su interpretación en el siguiente vagón fue premiada con una cerrada salva de aplausos.

Pensaba yo media hora después, sentado en la guagua (o sea, el autobús), que si me hubiera retrasado solo un instante en el metro no les habría visto. Eso significaría que no estaría ahora escribiendo esta entrada: quizá andaría pergeñando otra o, acaso, ninguna. Y me reafirmé en mi intuición de que el azar no existe, de que seguimos el único camino que nos está marcado de antemano. Y de una cosa pasé a otra: recordé a mi amigo Salva (el doctor Casado de Twitter), empeñado en su cruzada por el optimismo y la alegría para cuidar la salud de sus pacientes reales y potenciales. Los de Conciencia Urbana están embarcados en esa misma causa: la de cultivar y arrancar la sonrisa que cura, que alivia, que previene la enfermedad. En el guion del Universo está escrita la existencia de un Partido de la Alegría (todo un fin en sí mismo) y ellos forman parte de él.

El bueno de Rafael Hidalgo es otro prominente miembro del Partido de la Alegría (aunque nos hable de Schopenhauer).

Al igual que tantas otras personas, a su modo y manera: en su trabajo, en la calle o en cualquier lugar donde se crucen con el prójimo (no necesariamente humano). Como el humilde obispo católico Pedro Casaldáliga, el prelado más pobre del mundo (con poco más que sus libros y sus escasas ropas -solo tiene tres camisas- como pertenencias). Él me ha ayudado involuntariamente a terminar esta entrada con sus palabras el otro día al compañero y amigo Santi Riesco, haciendo balance de sus muchísimos años como misionero en el corazón del Mato Grosso de Brasil: "Mereció la pena... y la alegría". Por cierto, qué alegría la de las hijas de Santi por el regreso de su padre ayer (y la de su padre al ser devorado a besos y abrazos por ellas).

viernes, 2 de octubre de 2015

¿Bailan los electrones? (¡A jugar!)


Hace un par de años, mi buen amigo y paisano canario José Miguel Santos me recomendó la lectura de un muy sugerente e interesante artículo: What’s the Point If We Can’t Have Fun?, del antropólogo y anarquista estadounidense David Graeber. Éste sostiene que lo que impulsa no solo a todos los seres vivos sino también a objetos inanimados autoorganizados (como un copo de nieve o un huracán) e incluso a las propias partículas elementales (como un electrón) es tan simple como jugar: se trata de un principio que regiría en todas las escalas de la realidad física, homologable al elan (o ímpetu) vital de Henri Bergson o al Wille de Schopenhauer, y que explicaría por qué un electrón gira (sencillamente, porque juega y se divierte -al igual que un copo de nieve, un gusano, un caballo o un bípedo implume-, todo un fin en sí mismo). Por eso Graeber llega a preguntarse si bailan los electrones.

Si esto fuera cierto, deberíamos tomarnos la vida de manera mucho más relajada y lúdica. Al fin y al cabo, se trata de divertirse... pero no solamente eso: sabemos que al menos en una de las escalas de ese gran juego, en el tablero donde interactuamos con nuestros congéneres humanos, los toros y los elefantes, mora la compasión. ¿Qué relación existiría entre ésta (madre de la Ética) y el elan lúdico graeberiano? Yo barrunto que la compasión debe ser, junto a la maldad, una de las hijas de este último.

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