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miércoles, 9 de marzo de 2022

Sobredeterminacion, subdeterminación, pampsiquismo y libre albedrío

Cuando una persona tira del pomo de una puerta al mismo tiempo que otra empuja desde el otro lado, el resultado es que dicha puerta se abre. La cuestión es: ¿cuál fue la causa de su apertura?... Cualquiera de las dos acciones podría ser reivindicada como causa, ya que por sí solas (aunque actuando de modo diferente: la una, tirando; la otra, empujando) habrían tenido el mismo efecto. Hablamos de sobredeterminación porque observamos varias causas (en este caso, dos) de un efecto, pero una de ellas (cualquiera de las dos) ya es suficiente por sí sola para que se produzca. Ejemplo parecido, pero más macabro, es el del pelotón de fusilamiento. Cuatro fusileros disparan contra una persona, causándole la muerte. Pero cualquiera de los disparos, si van dirigidos a partes vitales, sería por sí mismo suficiente.

Caso contrario sería el de la subdeterminación, cuando hay causas ocultas o desconocidas de un efecto que nos impiden preverlo con certeza: no contamos con la información suficiente. Imagina que sabemos positivamente que alguien se va a gastar justo 100 euros entre comida y bebida en un restaurante cuya carta de precios tenemos a mano. Pero con esa sola información (desembolso total y carta de precios), ¿cómo saber lo que ha consumido?... Hay un cierto número de posibles combinaciones de la carta que arrojarían ese gasto de 100 euros, pero la información de que disponemos no es completa: no nos permite saber qué combinación será la elegida.

Vayamos ahora a un ejemplo más interesante, relacionado con la consciencia. Si un estado físico P ejerce sus poderes causales sobre un estado mental M, que a su vez los ejerce sobre un estado físico P', ¿podríamos concluir que M es suficiente para que se produzca P'?... Si así fuera estaríamos ante un caso de sobredeterminación, porque el poder causal de P no sería necesario (bastaría con M). ¡Pero M es a su vez efecto de P! Los materialistas sustentan en ello su hipótesis de que la mente emana de la materia y carece de poderes causales, aunque así pudiera parecer. 

Mi idea es que la sobredeterminación no existe nunca; a diferencia de la subdeterminación, que está siempre presente en nuestro tránsito por el mundo físico. Tendemos a aceptar la primera por la simplificación extrema del mundo brindada por el cerebro a nuestra mente consciente. En el ejemplo de la puerta, nos limitamos a constatar que se abra o no, cuando lo cierto es que hay infinidad de maneras de abrirse (con más o menos amplitud, rapidez, brusquedad, etc.). O sea, al tirar y empujar al mismo tiempo ninguna de esas dos fuerzas es por sí sola suficiente para el particular efecto consiguiente: ambas coadyuvan y son necesarias. Y además nos encontramos con subdeterminación porque desconocemos otras muchas causas coadyuvantes, desde luego menores (corrientes de aire, fricción de la puerta y del pomo...) pero no por ello irrelevantes para el resultado final. Eso sin contar las causas previas a esas causas, desde una vuelta adelantada del trabajo a casa de una de las personas al deseo de la otra de comprar chuches en el chino de abajo. A su vez causadas por un monumental enfado en la oficina (por una discusión sobre Tolstoi, a su vez erigido en causa) o la previsión de ver una película iraní en Netflix (tras ser informado telefónicamente por un amigo al respecto). Lo mismo es aplicable al pelotón de fusilamiento (hay muchísimas formas de morir fusilado, la mayoría de ellas indistinguibles macroscópicamente) y al caso de la consciencia.

Si adoptamos un enfoque monista en el que solo existe la mente-materia, no tiene sentido hablar de M, P, M' o P' sino de MP o MP' (porque mente y materia son dos caras de una misma y única cosa). MP' es pues efecto de MP. Y aquí es donde encaja la hipótesis pampsiquista: la materia es la cara de una moneda cuya cruz es la mente, una moneda que toma decisiones y ejerce una cierta cuota de albedrío (limitada por el albedrío de otras monedas y por las leyes físicas). La subdeterminación obedece a que no podemos saber que hará a cada momento cada moneda de la superred jerárquica de agentes conscientes del universo (desde un electrón hasta quien lee estas líneas): solo manejamos probabilidades. Pero no hay sobredeterminación alguna: el mundo es un producto de la acción combinada de todos esos agentes, cada una de las cuales (cada acción) es estrictamente necesaria amén de no suficiente por sí misma.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Correlaciones nada casuales a la derecha y a la izquierda

Que la línea dibujada en un plano por los picos de una cordillera se corresponda exactamente con la evolución del precio del tomate frito en Mongolia no significa necesariamente que haya algún tipo de relación causal entre esas dos realidades (las alturas de las montañas y los precios del susodicho alimento). Este es un caso claro de correlación espuria, puesto que no obedece a causalidad alguna (¡podemos poner la mano en el fuego a este respecto!) sino a la mera casualidad.

A mis alumnos de la Universidad Carlos III solía ilustrarles la diferencia entre causalidad y correlación con algún ejemplo de esa guisa. Lo del tomate frito en Mongolia me lo he inventado, pero hay curiosas correlaciones de verdad (aunque evidentemente espurias) como la que liga el consumo per cápita de margarita en EE.UU. con los divorcios en el estado de Maine o el número de ahogamientos anuales en piscinas en EE.UU. con las apariciones en películas del actor Nicholas Cage.

Pero la cosa cambia si observamos una correlación entre conservadurismo, nacionalismo, especismo, religiosidad, homofobia, machismo e ignorancia: dicha correlación no puede ser casual, tiene que haber necesariamente algún tipo de causalidad. Ello no quita que uno pueda ser políticamente conservador al tiempo que antinacionalista, animalista, ateo, defensor del colectivo LGTB y una lumbrera intelectual. O animalista y defensor del colectivo LGTB a la par que ultranacionalista y religioso. Aunque, reconozcámoslo, se trata de combinaciones infrecuentes: ¿cuántas personas conocemos que reúnan esas características? Lo habitual es que todo vaya en el mismo paquete, lo que requiere una explicación científica.

Según Lazar Stankov y Jihyun Lee, detrás de esa correlación hay un "síndrome conservador" que hace que la persona afectada dé mucha importancia a cosas como la obediencia, la tradición, la religión, el orden y la pertenencia a un grupo nacional, al tiempo que es menos abierta a desafíos intelectuales (como estudiar, ampliar conocimientos o aceptar opiniones diferentes) y hostil hacia quienes no forman parte de su grupo o se desvían de la normalidad. Eso es lo que explica que nacionalismo, especismo, religiosidad, machismo, homofobia e ignorancia suelan ir juntos (en España podemos añadir la afición a la tauromaquia). Lo cierto es que en un estudio realizado a más de mil aspirantes a entrar en la universidad en EE.UU., Stankov y Lee observaron una correlación negativa entre conservadurismo (definido en los términos anteriores) y habilidades cognitivas.

No quisiera que esto se tomara solo como una mofa de la derecha, ya que también podría haber correlaciones entre izquierdismo, sectarismo, conspiranoia y magufismo, detrás de las cuales puede estar apostado un hipotético "síndrome izquierdista" (causante de que la persona afectada dé escasa importancia a la tradición, la religión, el orden y la pertenencia a un grupo nacional -salvo que sea catalán o vasco-, haciéndola extremadamente desconfiada y recelosa del sistema y menos abierta a revisar dogmas ideológicos tomados como verdades científicas que solo pueden ser negadas desde la ignorancia, la idiotez o la maldad).

El psiquiatra Paco Traver incluso apunta la supuesta correlación entre animalismo, veganismo, infertilidad y anorexia intelectual (aunque, por mucho que me empeño, no logro encontrar referencia alguna de ello en Google). Esto no parece haberse manifestado en un tipo como el físico teórico Brian Greene, vegetariano desde los nueve años y vegano desde hace algún tiempo, lo que no obsta para que tenga una mente prodigiosa (también eran vegetarianos medianías como Leonardo da Vinci, Nikola Tesla o Albert Einstein) y sea padre de dos niños. Pero ya hemos visto que siempre hay excepciones, como la del animalista defensor del colectivo LGTB al tiempo que ultranacionalista e integrista religioso...

Sea como sea, no debemos negarnos a conocer la verdad, por incómoda o políticamente incorrecta que esta resulte. Las verdades estadísticas (como la de que un 30% de los asesinatos machistas de mujeres en España son cometidos por inmigrantes que representan solo el 10% de la población, o la de que el 25% de la población carcelaria femenina en nuestro país se corresponde con un grupo étnico que solo representa el 1,5% del total) son necesarias para diagnosticar un problema y así poder encontrarle una solución razonable, aunque es inevitable que algunos las utilicen torticeramente como arma arrojadiza para fines más o menos oscuros.

lunes, 24 de julio de 2017

Retrocausalidad: ¿cenar hoy sushi puede causar la Peste Negra del siglo XIV?

Repugna a nuestro sentido común que la causalidad no se ejerza desde el pasado hacia el futuro. Que lo que ha de suceder influya de algún modo en lo que ya ha sucedido parece algo totalmente contra natura. ¿Te imaginas que un suceso en el año 2165 estuviese influyendo en la escritura de esta entrada? ¿O que tu decisión de comer sushi esta noche fuera un desencadenante de la Peste Negra del siglo XIV?...

Un rasgo destacado de la física clásica es su simetría temporal: las ecuaciones funcionan igual hacia adelante que hacia atrás en el tiempo. La observación de una secuencia de imágenes proyectadas al revés (por ejemplo, la recomposición de un vaso roto desde el suelo hasta la mesa) es muy ilustrativa a este respecto: lo que vemos es ciertamente raro, pero coherente. La física cuántica es igual de simétrica que la clásica con respecto al tiempo: la ecuación de Schrödinger vale lo mismo hacia adelante que hacia atrás. De hecho, el gran físico Richard Feynman apuntó que las antipartículas son partículas que marchan hacia atrás en el tiempo: un positrón sería un electrón viajando hacia el pasado. Por esa razón, partículas y antipartículas se aniquilan si se encuentran (tan natural como que 1 y -1 sumen 0).

La retrocausalidad, tal como hipotetizan actualmente algunos físicos, sería posible gracias al fenómeno del entrelazamiento cuántico(*ver al final) y también lo explicaría: la manipulación de una de las partículas entrelazadas, que puede estar tan lejos de su compañera como 1 milímetro o 10 mil millones de años-luz, haría que la primera afectara inmediatamente a la segunda por la vía de conectar causalmente -también de manera instantánea- con el momento del pasado en que ambas se crearon e iniciaron sus trayectorias opuestas.

El punto clave es que el pasado, al igual que el futuro, no está determinado: permanece en un nebuloso estado de indeterminación hasta que es observado. Es el momento de convocar a otro grande de la Física: John A. Wheeler. Fue él quien ideó el experimento mental de la elección diferida, que viene a decirnos que la medición de una partícula hoy puede alumbrarnos un pasado remoto hasta ahora indeterminado. Dicho de otro modo, la trayectoria de una partícula que inició su viaje hace mil millones de años solo cristaliza cuando la observas hoy: antes permanece en una especie de limbo misterioso en el que coexisten todas sus posibles trayectorias (¡esto implica que el propio Universo no estaba determinado antes del surgimiento de su primer observador!).

Un detalle fundamental en este asunto es que la física cuántica exhibe simetría temporal siempre y cuando no haya un observador: en este caso, la función de onda (el susodicho limbo misterioso) colapsa y el mundo adopta ese rasgo tan familiar de ir hacia adelante. Pero la flecha del tiempo parece apuntar hacia el futuro solo por un motivo estadístico: hay muchas formas de que se rompa un huevo al caerse, pero solo una de que se recomponga una vez roto en el suelo. No se trata de una ley física sino de una mera cuestión de probabilidades a partir de un estado inicial del Universo altamente ordenado (si lanzamos al aire un mazo ordenado de cartas, ¿alguien apostaría a que se mantendría ese orden en el suelo?).

La presunta retrocausalidad debería hacernos reflexionar acerca del tiempo. Hace ya más de 100 años que Einstein nos desveló un escenario nuevo en el que pasado, presente y futuro son solo una ficción fabricada por la conciencia: todo está ya ahí en el espacio-tiempo absoluto desde siempre (desde tu nacimiento a tu muerte pasando por todos y cada uno de los momentos de tu vida y los de cualquier otro ser). Suele ponerse el ejemplo de dos jóvenes gemelos (uno se queda en la Tierra y otro da un paseo de ida y vuelta al espacio exterior navegando a una velocidad próxima a la de la luz; cuando el segundo regresa al planeta, al cabo de lo que para él han sido unos pocos años, se encuentra con que su hermano... ¡es ya un anciano!) para ilustrar las paradojas del tiempo, pero hay un supuesto que se me antoja más espectacular: el de la simultaneidad a grandes distancias. Imagina un alienígena inteligente que se encuentra a 90 mil millones de años-luz de nosotros. El tipo está sentado desayunando en este mismo instante en que lees mi blog: se encuentra en simultaneidad contigo, en tu misma rebanada de tiempo (solo que al otro extremo del espacio). Pero si de repente se levanta y echa a correr por el pasillo de su casa para despedirse de sus hijos que van al colegio, pasa a estar en simultaneidad -dependiendo de su velocidad- con Napoleón, Calígula o los neandertales. Una vez se detiene, vuelve a situarse en tu misma rebanada temporal. ¿No es fascinante esta implicación de la relatividad especial?...
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*El entrelazamiento cuántico es un fenómeno merced al cual dos partículas creadas simultáneamente conservan las mismas características físicas -la interacción con una afecta inmediatamente a la otra, da igual lo lejos que se encuentren- tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio. Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia", considerada por ellos ilógica, era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica. El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Hay que añadir, por otra parte, que el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo.

viernes, 11 de diciembre de 2015

No existe la casualidad, ni siquiera la causalidad

Imagen de la película Match Point. El anillo acabará rebotando en la barandilla y cayendo al suelo.

La casualidad no existe. Es una ilusión fruto de nuestra ignorancia, del desconocimiento de la mareante concatenación de causas que hay detrás de cualquier suceso aparentemente fortuito. Todo parece estar determinado, no solo en nuestro ámbito macroscópico sino también a escala cuántica: la ecuación de Schrödinger que describe la función de onda no deja hueco alguno al azar. Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que, determinista o no (con libre albedrío o sin él), el mundo es intrínsicamente impredecible y solo podemos anticipar su evolución mediante el manejo de probabilidades. Nunca podremos saber con certeza el resultado de tirar una moneda al aire: salvo que la moneda esté trucada, siempre habremos de conformarnos con la probabilidad del 50% para la cara y el 50% para la cruz. Podemos afirmar con fundamento que si tiramos diez mil monedas, en torno a cinco mil arrojarán cara y otras tantas arrojarán cruz, pero jamás seremos capaces de atinar con certeza absoluta un resultado concreto.

Pero es que quizá la causalidad tampoco exista: el que las cosas se nos presenten como causas y efectos unas de otras sería otro espejismo, esta vez debido al aparente fluir del tiempo. Imaginemos el Universo como un cuadro que pasa por una troqueladora para ser convertido en puzle, con multitud de piezas que encajan perfectamente en una única disposición. Luego tiramos las piezas sobre una mesa o sobre el suelo de cualquier manera. Todas las piezas tienen sus propias marcas, determinadas conjunta y simultáneamente por la troqueladora. Que unas piezas se junten luego con otras por acción de las leyes físicas no es fruto de ningún fenómeno causa-efecto, puesto que ya vienen de fábrica configuradas para ensamblarse de ese modo (¡y solo de ese modo!).

El físico israelí residente en Oxford David Deutsch nos habla de esto y de otras cosas igual de profundas en su ambicioso libro de 1997 La estructura de la realidad (más reciente, de 2011, es su El principio del infinito). Deutsch es uno de los numerosos científicos de alto nivel que se adhieren al concepto de Multiverso por su potencia explicativa para dar respuesta a enigmas como la interpretación de la mecánica cuántica (lo que subyace a la teoría): no habría nada misterioso en que el resultado de una tirada sea cara y no cruz (o viceversa), ya que en la mitad de universos que se alumbran tras el lanzamiento de la moneda sale lo primero y en la otra mitad sale lo segundo. Tan sencillo como eso, nada casual... ¡ni causal!

domingo, 29 de marzo de 2015

¿Libre albedrío?

Un enigma con implicaciones muy profundas para nuestra existencia es el del libre albedrío: ¿somos realmente libres para conducir nuestras vidas conforme a una supuesta voluntad autónoma, independiente del mundo físico?, ¿nos limitamos a ejecutar inconscientemente un guion predeterminado?

A bote pronto, la respuesta razonable sería otra pregunta: ¿Y por qué habríamos de tenerlo (el susodicho libre albedrío)? ¿Acaso se trata de una propiedad emergente de los agregados de electrones y quarks más complejos (tal es nuestro caso, a diferencia de otros seres vivos como una bacteria o de objetos inertes como una bombilla), fruto precisamente de esa misma complejidad? En el juego de la vida de Conway no ocurre que, al cabo de tropecientas generaciones, un objeto complejo comience a decidir por libre: sigue la programación fijada originariamente, cuando todo era tremendamente simple (aunque pueda llegar a parecer, dado el nivel de complejidad alcanzado, que está realmente decidiendo).

Hay quienes sostienen, aun asumiendo que quizá no exista el libre albedrío, que su negación nos lleva a un indeseable fatalismo y a la consiguiente inacción. Pero hay una falla lógica en este planteamiento: conforme a un enfoque determinista, si un ser humano decide dejarse llevar por la inercia en la creencia de que todo ya está determinado, y que no vale la pena molestarse en tomar decisiones, es precisamente porque ya estaba predeterminado que así se comportase. Igualmente, ya estaría fijado que alguien le recriminara su fatalismo. Y que yo dejara constancia por escrito de ello aquí y ahora. Esto es lo que se llama superdeterminismo, cuya existencia no ha podido ser desmentida por la ciencia.*(ver apéndice al final)

Haya o no haya libre albedrío, lo cierto es que desconocemos lo que nos depara el futuro. Por tanto, la emoción está siempre asegurada. Si todo ya está predeterminado, no tiene sentido estar lamentándonos por decisiones o inacciones pasadas: la senda que seguimos es la única que podemos seguir, nos guste o no. Pero supongamos que existe el multiverso cuántico y hay libre albedrío, de modo que cada elección nuestra nos lleva por la senda de un universo o de otro. En este caso, también sería absurdo mortificarse por decisiones u omisiones (estas últimas son las más dolorosas: ¡ay, esa persona a la que nunca le hiciste saber lo que sentías por ella!) del pasado: queda el consuelo de saber que en otros universos acabaremos tomando (por cierto, infinitas veces) todos y cada uno de los caminos posibles. 

Así pues, tal y como acaso estaba predeterminado (no sabemos si con información originaria de algún orden subyacente o trascendente al Universo), pongo fin a esta entrada en esta hermosa mañana de primavera que ya estaba presuntamente inscrita en aquella primigenia singularidad que hizo bang hace más o menos 13.700 millones de años.

*APÉNDICE:
Muy incómodo con la incertidumbre introducida en la Física por la mecánica cuántica, que no ofrece certezas sino probabilidades, Albert Einstein llegó a afirmar que "Dios no juega a los dados" (obviamente, su idea de Dios no tenía nada que ver con la de cualquier creyente al uso). Pensaba que la mecánica cuántica era incompleta, que había variables ocultas que no contemplaba, cuyo conocimiento permitiría arrumbar las probabilidades para volver a las luminosas certezas. Además, para él el mundo existía -era real- con independencia de que fuese observado o no (de acuerdo a la interpretación de Copenhague, esgrimida por Niels Bohr, la Luna no existiría cuando nadie la estuviese contemplando). Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación del entrelazamiento cuántico (fenómeno merced al cual dos partículas conservan las mismas características físicas tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio) que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia" -considerada por ellos ilógica- era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica,

El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Por último, y es lo que viene más a cuento en esta entrada, el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo. El propio científico irlandés reconocía ante Paul Davies, en una entrevista en 1985 en la BBC:

"Hay una manera de escapar a la conclusión de las velocidades superlumínicas y de la acción fantasmal a distancia. Pero implica un absoluto determinismo en el Universo, la completa ausencia de libre albedrío. Suponiendo que el mundo es superdeterminista, no solo con una Naturaleza inanimada funcionando de acuerdo a un mecanismo de relojería entre bastidores, sino también con nuestra conducta, incluida nuestra creencia en que somos libres para elegir hacer un experimento en vez de otro, absolutamente predeterminado, incluyendo la "decisión" por el experimentador de llevar a cabo una serie de medidas en vez de otras, la dificultad desaparece". 

miércoles, 11 de febrero de 2015

Endosimbiosis: de aquellos polvos, estos lodos mitocondriales

Hace unos 1.500 millones de años, aquí en la Tierra, se produjo un evento aparentemente trivial (entonces no había inteligencia alguna conocida para observarlo y juzgarlo) cuyas consecuencias se proyectan hasta nuestros días no solo felizmente (¡no estaríamos aquí para contarlo!) sino también de manera trágica. Lo que ocurrió fue que una célula eucariota (con núcleo) engulló a una bacteria con capacidad de hacer la fotosíntesis en un episodio acuñado por la bióloga Lynn Margulis (esposa de Carl Sagan) como endosimbiosis. La bacteria engullida no fue destruida y siguió viviendo dentro de la célula eucariota, con la que estableció una relación mutuamente beneficiosa al convertirse en su central energética y tener en ella una morada más segura (gracias a la muralla de las paredes celulares).

Las mitocondrias de nuestras células, que atesoran el único ADN que está fuera de los núcleos (y que heredamos de nuestras madres, al estar dentro del óvulo fecundado), son vivo testimonio de aquel remotísimo episodio endosimbiótico. La cara trágica de ese suceso son las enfermedades mitocondriales, causadas por errores en su ADN: se trata de patologías muy graves (daños cerebrales, cardíacos, hepáticos, etc.), cuyos pacientes no suelen superar el año de vida.

Hace unos días se autorizó precisamente en el Parlamento británico el uso de una técnica de manipulación genética que permitirá erradicar todas las enfermedades mitocondriales (no la curación de quienes ya las sufren, sino su evitación en futuras concepciones). Consiste en extraer el núcleo del óvulo de una mujer donante para insertar en su lugar el de un óvulo de la madre (que se fertiliza posteriormente con un espermatozoide del padre y se implanta en su útero), con lo que se elimina por completo el ADN mitocondrial defectuoso (¡las mitocondrias ya no son las de la madre principal!). Hablar de tres padres resulta muy exagerado, puesto que el ADN mitocondrial de la segunda madre representa muy poco para el futuro bebé (solo el 0,18% del total de su genoma o mapa genético) y no tiene un reflejo fenotípico: no se traduce en rasgos externos o internos como la altura, el color de los ojos, la apacibilidad de carácter, el tipo sanguíneo o la pigmentación de la piel.

Así pues, no hay objeción razonable alguna -las de religiosos ignorantes no son, por supuesto, razonables- a este avance científico que promete reducir el sufrimiento causado por las ciegas mutaciones genéticas a las que, por otra parte, también debemos nuestra existencia.

domingo, 17 de julio de 2011

¿Por qué un 5 ahora?

Uno de los grandes misterios del Universo, que la mecánica cuántica solo ha podido constatar con impotencia, es este: ¿por qué las cosas suceden exactamente del modo en que suceden? ¿Por qué sale un cinco, y no otro número, si tiro un dado (no trucado) en este mismo instante? ¿Por qué se produce una desintegración radiactiva espontánea justo ahora y no dentro de una diezmilésima de segundo? La cuestión es verdaderamente profunda, aunque muchos podrían despacharla como una tontería recurriendo al sentido común: "Sale un cinco porque tiene que salir algún número".

Vale, sabemos que hay un 16,66666% de probabilidades de que salga un cinco, pero la cuestión es: ¿por qué un cinco ahora?... Quizá porque la gigantesca cadena de causas y efectos iniciada con el big bang tenía necesariamente que llevar a ese cinco a las 11.45 del domingo 17 de julio de 2011 en una casa de un pueblo de la sierra madrileña. O porque, a lo mejor, todo es fruto de una enorme computación al estilo de la película Matrix, tal como barajaba el insigne físico John A. Wheeler. O porque en este mundo sale el cinco, pero en otros salen el uno, el dos, el tres, el cuatro y el seis, alumbrándose así cinco universos paralelos que irán ramificándose infinitamente (como apuntaba el también físico Hugh Everett, cuyo director de tesis fue precisamente Wheeler).

"La puerta es la que elige, no el hombre": esta es una de las frases memorables de Jorge Luis Borges, de la que -a diferencia de otras cosas que escribió- nunca renegó.

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