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sábado, 5 de mayo de 2018

El gran error de Marx acerca de la naturaleza humana


El filósofo australiano Peter Singer, principal exponente de una moral transhumanista con obras como Liberación animal y Ética práctica, acierta plenamente en un artículo reciente titulado Is Marx still relevant? (hoy mismo se cumplen 200 años del nacimiento del pensador alemán): el mayor error del marxismo fue su falsa visión de la naturaleza humana, al achacar al sistema capitalista los vicios de nuestra especie y creer que algún día, con el socialismo y el supuesto advenimiento de la sociedad comunista sin clases, se alumbraría un hombre nuevo libre de codicia, egoísmo, ansia de poder y afán de ostentación. Porque los mimbres de los que estamos hechos los hombres y las mujeres son los mismos, ya sea bajo el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo o el socialismo. Y la utopía comunista es tan disparatada como inalcanzable.

Negando la naturaleza humana nos daremos de bruces una y otra vez con la realidad y terminaremos abocados a la frustración, al constatar que nunca se erradicarán lacras como la violencia machista, la criminalidad organizada, el acoso escolar o los abusos a menores. Claro que hemos avanzado mucho al respecto, sobre todo en los países más desarrollados, pero solo desde la ingenuidad más pueril o la ignorancia de cómo somos realmente (en parte por estimar que la ciencia no es aplicable al estudio de la conducta humana) podemos llegar a creer que algún día no habrá abusos, violaciones, asesinatos (machistas o no) o cualquier otro acto bárbaro. Y que no harán falta la policía o las cárceles, como sueña cierta izquierda.

Aceptemos de una vez por todas que siempre habrá entre nosotros psicópatas, sádicos y gente malvada. Y también, por fortuna, gente buena y compasiva. Que somos cooperadores, pero también depredadores. ¡Es la variabilidad humana, con lo mejor y lo peor! Por mucha educación y buenas leyes que pongamos en el asador, lo peor de nuestra naturaleza jamás será suprimido; si acaso, minimizado, como ocurre en los Estados más civilizados del mundo (por eso me temo que en España el número de mujeres asesinadas anualmente por sus parejas nunca baje de 40 o 50; en sitios como  África, Latinoamérica, India o el mundo islámico, donde la situación es mucho peor, sí que hay un margen de mejora bastante más amplio).

Ni siquiera la ingeniería social puede alterar la pasta con la que nos ha fabricado la evolución. Mientras sigamos siendo Sapiens, nuestras motivaciones, pulsiones, temores y anhelos serán los mismos (teniendo en cuenta, por supuesto, la susodicha variabilidad en la conducta). Durante la Guerra Fría, los alemanes orientales no eran esencialmente diferentes a los occidentales. Como los rusos de hoy no son en el fondo distintos a los de 1960 o 1915. La película humana es siempre la misma, solo con pequeñas adaptaciones en el guion, pese a los cambios culturales. Aunque, como insiste machaconamente Steven Pinker, nunca la humanidad ha estado mejor que ahora: hay un progreso innegable, atribuible al fortalecimiento de la democracia (últimamente amenazada por una ola nacional-populista), las crecientes interdependencias entre Estados y la extensión de la educación y el cosmopolitismo.

sábado, 17 de marzo de 2018

¿Globalización domesticada?: ¡sí, gracias!


La globalización económica es una de las bestias negras de la izquierda más dogmática, que en este punto coincide plenamente con el nacionalismo populista de extrema derecha. La verdad es que oponerse a ella por principio no parece razonable, ya que no solo tiene una cara negativa (la especulación financiera internacional, el incremento de la desigualdad -hay personas y territorios perdedores que se quedan atrás- o la fuerte presión sobre los recursos naturales -incluidos elefantes y rinocerontes- de los países más pobres) sino otra innegablemente positiva (una creciente integración comercial en el mundo que ha favorecido la inversión y la competencia, permitiendo sacar de la pobreza a millones de personas en los Estados más atrasados y acelerando la innovación de la tecnología y su difusión).

Por otra parte, sus aspectos menos amables no son achacables al fenómeno globalizador en sí sino a instituciones y legislaciones nacionales deficientes que no son debidamente contrarrestadas a nivel supranacional: en el caso del tráfico de marfil, a una perversa combinación de pseudociencia y burricie novorriquista en China y de debilidad institucional en África; en el caso de la desigualdad, a una respuesta no adecuada a la misma (sobre todo, por la vía de la fiscalidad) en el ámbito nacional. También es cierto que difícilmente se pueden corregir las desigualdades de renta en una democracia cuando los más débiles económicamente votan a los que -como Trump o el PP- defienden de manera más o menos descarada a los más ricos.

Además, la globalización va más allá de lo meramente económico: el Tribunal Penal Internacional, Internet, la televisión por satélite, el software libre, la cooperación policial entre los Estados o los tratados sobre el cambio climático y la protección de la fauna son también manifestaciones suyas, incluso las protestas organizadas en su contra a escala internacional. Porque nos olvidamos de que no solo se globaliza el mundo empresarial (legal o ilegal, caso del narcotráfico o el tráfico de personas) sino también el gubernamental y el activista de cualquier etiqueta: sindicatos, partidos políticos, organizaciones ecologistas, de derechos humanos o animalistas... Los marcos nacionales y regionales cada vez son menos relevantes a la hora de actuar, puesto que los retos de la humanidad del siglo XXI son globales.

Por cierto, el drama de las migraciones descontroladas no es atribuible directamente a la globalización sino a las guerras, la falta de libertades en los países de origen y el efecto llamada (a través de las imágenes televisivas) de las zonas más ricas del mundo sobre muchos ciudadanos de las menos favorecidas. Nuestras puertas deben seguir abiertas a la inmigración (aunque siempre vigilantes del mantenimiento de valores laicos y democráticos que tanto nos costó conquistar, para no precipitarnos en un indeseable multiINculturalismo) no solo por una cuestión moral sino también por nuestro propio interés, para asegurar el futuro de la economía y la viabilidad de sistemas de bienestar social como las pensiones.

Podemos contemplar la globalización económica como un caballo salvaje ante el que tenemos tres opciones: liquidarla (creo que sería un grave error replegarnos a la tribu a estas alturas), dejar que galope libremente a su aire (es lo que proponen con una ingenuidad pasmosa neoliberales de pacotilla) o domesticarla con leyes, tratados e instituciones (es lo que han hecho con el capitalismo los Estados socialmente más avanzados del mundo). La especulación financiera campa a sus anchas debido a una insuficiente regulación a escala internacional, una falta de armonización del tratamiento a los capitales extranjeros cuya manifestación más extrema son los paraísos fiscales. Una gobernanza fiscal internacional solo puede empezar a construirse a partir de grandes bloques como la Unión Europea, con suficiente fortaleza económica y poder negociador para imponer un cambio global junto a otros actores como EE.UU. o China. La propia dinámica del mercado podría incluso por sí misma poner coto a prácticas empresariales detestables, como la explotación laboral o ambiental en los países más pobres, si los consumidores más concienciados de los países ricos dejaran de comprar productos fabricados en condiciones de cuasiesclavitud o con un alto coste para la naturaleza (caso del aceite de palma, también costoso para la salud). Conviene recordar que somos corresponsables, a la hora de comprar o de votar (por eso hay que poner también en valor la democracia como herramienta de transformación), del estado de nuestro país y del mundo.

El día en que cierta izquierda entienda que globalización no es sinónimo de neoliberalismo o capitalismo habremos dado un paso más para intentar gobernarla y lograr así un mundo más habitable. Observar el caso de Chile, un país que ha avanzado espectacularmente en los últimos lustros (tanto en lo económico como en lo social), podría ser muy instructivo. Seguro que más de uno y más de una en nuestra izquierda tiene el cuajo de llamar "neoliberal" a Ricardo Lagos y Michelle Bachelet por haber apostado (como todo el arco político chileno, a excepción de los comunistas) por la internacionalización de la economía del país andino, lo que lo ha llevado a ser líder mundial en la firma de tratados comerciales. Ya dijo Kant que la paz entre las naciones se construye a través del comercio (las apelaciones navideñas a la paz del Papa son tan útiles como sus rezos o los de cualquier otro congénere).

martes, 5 de septiembre de 2017

¡A sus marcas, consumidores!


Todo el mundo debería saber que unas buenas gafas de sol no tienen por qué costar más de 25 euros: es lo que dice cualquier profesional de la oftalmología. Esto mismo es aplicable a una crema hidratante, unos pantalones vaqueros, unos zapatos, un móvil, una botella de vino, una pelota de baloncesto o un coche. Por encima de un precio razonable solo hay un valor de marca. Si hay alguien dispuesto a desembolsar 150 o 400 euros por unas gafas de sol, no está pagando solamente por un producto para proteger sus ojos de la radiación solar sino tambien por un diseño glamuroso o sencillamente una marca de prestigio para codearse y darse el pisto.

La publicidad ya se encarga de convencernos de que lucir una determinada marca es cool, que no hacerlo es propio de pringados o fracasados. ¡Y a fe que lo consigue! El efecto de los anuncios es particularmente nocivo entre los más jovenes, los más necesitados de la aceptación de sus pares. La promoción de marcas blancas permitiría un notable ahorro a los consumidores y contribuiría a un mundo más sostenible, pero choca con un muro cultural en una sociedad en la que los que están arriba quieren distinguirse y los que están abajo no tienen intención alguna de transformarla sino de colocarse arriba. Un izquierdista de manual diría que la culpa es de un sistema capitalista que ha emponzoñado a la buena gente, pero yo creo que el canalla no es otro que la propia naturaleza humana.

La responsabilidad de los famosos a este respecto es muy importante. ¿Pero qué ejemplo pueden dar muchos deportistas o cantantes (no precisamente de ópera) cuya vida gira en torno al lujo y la más grosera ostentación? Flaco favor hacen también muchas de esas celebridades que solo persiguen hacer caja, aunque ya anden sobrados de dinero, anunciando cualquier cosa sin el menor rubor. Me pregunto si El Rubius (el youtuber más conocido de España) es consciente del daño social de anunciar una conocida bebida azucarada. O si Rafa Nadal o Pau Gasol tuvieron algún reparo moral por promocionar en su día sendas bebidas alcohólicas.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Infarto ecológico-social: solo caben soluciones drásticas (y quizá reñidas con la democracia)


"Estamos en tiempo de descuento", afirmaba categóricamente el ecólogo Jorge Riechmann en un vídeo dirigido a los asistentes a las I Jornadas del Foro de Economía Progresista celebradas el pasado mes de octubre en Madrid. Ante académicos, periodistas y políticos de la izquierda española (del PSOE, Podemos e IU) allí reunidos, Riechmann recordaba que el cambio climático, el agotamiento de los combustibles fósiles y la destrucción de los ecosistemas y la diversidad biológica están conduciendo al choque del modo de vivir y producir de la humanidad con los límites biofísicos de la Tierra. Más tarde, el arquitecto y urbanista Fernando Prats insistía en que el riesgo de desbordamiento del planeta, con una población humana creciente y una lógica de desarrollo económico absolutamente insostenible, es algo muy real contra lo que hay que actuar sin más dilación.

Por supuesto, ninguno de ellos descubría la pólvora a los asistentes al advertir que está en juego incluso nuestra supervivencia como especie (supongo que en el encuentro no había ningún negacionista climático, creacionista o criatura homologable). Como posteriormente apuntó el economista Óscar Carpintero, de poco sirve mejorar la ecoeficiencia si esta va siempre acompañada de incrementos en el consumo: por ejemplo, es tan cierto que los coches modernos contaminan bastante menos como que cada día hay muchos más coches en nuestras calles y carreteras. Hace falta un cambio global en los patrones de producción y consumo, es necesario reformular la economía planetaria y adoptar un nuevo paradigma civilizatorio. Carpintero también desmintió el tópico de la inmaterialidad de la economía digital: la creciente fabricación de circuitos integrados, móviles, tabletas y otros gadgets tecnológicos requiere de metales, consume energía y genera residuos (algunos de los cuales son peligrosos). Esto no puede seguir así. Por si aún no ha quedado claro, volveré a repetirlo en voz alta: ¡Se nos acaba el tiempo!

I Jornadas del Foro de Economía Progresista.

Si pocas o ninguna duda hay con respecto al diagnóstico, otra cosa bien distinta es cómo afrontar el gran problema. Ahí está realmente el meollo del asunto, en torno al cual giraban principalmente las jornadas: no tanto en las medidas a tomar (sabemos más o menos qué es lo que hay que hacer) sino en cómo construir relatos políticos alternativos convincentes y llevarlos a la práctica por la vía democrática. Es dramático que, como dijo Carpintero, las empresas más exitosas sean precisamente las que más costes repercuten (¿serán por eso mismo las más exitosas?) sobre la sociedad que compra sus productos. Peor aún es que los políticos más infames, los demagogos y populistas más impresentables, sean los más premiados en las urnas. La economía del bien común, de la que apenas se habló en las jornadas, ya tiene una propuesta tangible para poner firmes a las empresas: se trata de incentivar a las buenas y desincentivar a las malas. Sin embargo, al igual que otras iniciativas como la llamada economía colaborativa, no parece suficiente para afrontar el reto a corto plazo: la razón es que no hay todavía masa crítica ciudadana para hacer palanca.

Centrémonos ahora en la actividad política. Hay que tomar medidas contundentes (quizá hasta sea necesario plantearse un decrecimiento económico), pero en una democracia dependemos de los votantes. Si el electorado no ejerce suficiente presión sobre los políticos, seguiremos instalados en un círculo vicioso: el desinterés de los ciudadanos impide que se incluya el problema en la agenda de los políticos (ellos saben que proponer medidas impopulares no les llevará al Gobierno), quienes harán poco o nada y no serán por ello castigados en las urnas (sí lo serán por otras cosas como abrir las puertas a la inmigración) por unos electores más preocupados por el fútbol o la telebasura. Es necesario empoderar a la gente a través del voto y el consumo, las dos grandes armas que tiene todo ciudadano en una democracia. Pero quizá ya no haya tiempo para ese empoderamiento, porque la educación, el espíritu crítico y la concienciación necesarias no arrojan frutos a corto plazo. Hay que reconocer con pesar que no las hemos cultivado suficientemente, no solo en España sino en el resto del mundo. ¿Y entonces qué?...

Ante la gravedad de la situación, creo que hay que adoptar medidas excepcionales a nivel global, implicando al menos a Estados Unidos, la Unión Europea, China, Rusia, India y Japón: debe constituirse una especie de gabinete mundial de crisis, bajo el paraguas de Naciones Unidas, para sortear un peligro que ya es existencial. Por desgracia, sospecho que la solución está reñida con más democracia, al contrario de lo que sostiene el discurso izquierdista biempensante (¡recordemos que el Brexit, Trump, Erdogan, Putin, Daniel Ortega, Le Pen y el presidente filipino de turno son frutos de la democracia!). Para salvar no solo a la humanidad sino a la propia democracia, quizá haya que replanteársela en la línea propuesta por la epistocracia. Sé que lo que digo resulta difícil de tragar para mucha gente progresista, pero yo sinceramente no veo otra salida.

El siguiente símil es políticamente muy incorrecto, pero bastante ilustrativo: cuando un matrimonio con tres niños pequeños viaja en coche a algún lugar distante, es uno de los padres el que está al volante y son solo ambos quienes deciden la ruta y dónde repostar o comer. Poner al volante a un niño de seis años porque ha obtenido tres votos (el suyo y el de sus hermanitos menores) contra los dos de sus padres no parece muy razonable. Es muy triste que millones de personas en Estados Unidos nieguen el cambio climático, ya sea porque lo han oído en Fox News o a la salida de la iglesia o porque lo han leído en el Facebook de sus amigos, pero mucho más penoso es que a resultas de ello salga elegido un presidente como Donald Trump que puede comprometer el futuro del mundo entero. La democracia es una idea muy noble. Sin embargo, asociada con la burricie en una situación extrema como la que nos acecha, puede empujarnos definitivamente al abismo.


lunes, 8 de septiembre de 2014

Alegato anticonsumista de pringado (en España)

No es posible superar el capitalismo sin una honda transformación cultural que haga mucho más sencillas y austeras (y, con ello, más ricas) nuestras vidas, al tiempo de convertirnos en ciudadanos con mayúsculas: educados, bien informados y muy exigentes con los políticos y las empresas. No sirve de nada esgrimir las maldades del neoliberalismo cuando la inmensa mayoría de la población, y no solo en los países desarrollados, está atrapada a gusto en las redes del más grosero consumismo y materialismo. 

Solo estaremos en el buen camino (casi diría que en el camino de la supervivencia de la especie) cuando no demos tanta importancia a las marcas de ropa y cosmética, los teléfonos inteligentes, los coches de alta gama y otros juguetitos de lujo. Cuando veamos menos telebasura y más documentales. Cuando vayamos en bicicleta al trabajo o circulemos por la autopista por debajo de 120 km/h sin temor a que nos cuelguen la etiqueta de pringado. 

De hecho, esta es la tendencia en los países cultural y socialmente más avanzados del mundo. Si vas en cochazo al trabajo (ya no digamos si te lleva un chófer con gorra, como es el caso de un catedrático español de universidad pública afecto al anarcocapitalismo y el Tea Party) o te compras glamurosos bolsos de piel de diseño, en la rica Noruega quedas como un palurdo y un hortera.

Al igual que en Berlín o en la bahía de San Francisco (donde ir al trabajo en chanclas es cool porque se valora la profesionalidad y no la marca del traje), lugares donde ya hay suficiente masa crítica de ciudadanos para impulsar una nueva manera de vivir más austera, equilibrada, sana, feliz y amable con el medio ambiente. No es casual que en estos sitios haya mucha gente que se desplaza en bici y es vegetariana. Y también, por otra parte, que se muestra abierta a la inmigración (siempre y cuando no porte valores reñidos con una convivencia civilizada) y acepta con naturalidad la homosexualidad. No es casual que en ellos no se coma una rosca la derecha, haya una alta preocupación por los animales, tenga tanto predicamento la comida orgánica y no vaya a misa ni el Tato.

Esa es la meta, ese es el camino para superar inteligentemente el capitalismo sin grandes alharacas ni proclamas solemnes. La desgracia es que en España, pese a haber avanzado, seguimos siendo unos cafres. El otro día me encontré en la parada del bus a un chico que trabaja en mi empresa de limpiador. Siempre le había visto dentro con ropa de faena. En la calle pude advertir que lucía una ropa y unas zapatillas supercaras, además de un smartphone de varios cientos de euros. Yo, que quizá gane el doble que él, llevaba un polo de hace cinco años, unos vaqueros normales y unas zapatillas de 5 euros del Alcampo, así como el móvil cutre que me regaló mi compañía a cambio de seguir con ella. Y nada de relojes u oro. En este país abundan los curritos como ese, que se ventilan buena parte del sueldo en trapos, quincalla y juguetitos. Y en coches potentes con los que ir a toda pastilla.

Estoy convencido de que hay gente que no entiende mi indiferencia a este respecto, o que acaso la tome como una pose o incluso un berrinche (¿quizá por no poder permitírmelo?). Sinceramente, no pueden importarme menos esas cosas: ya tengo suficiente con mi coche de hace 12 años, mi bicicleta de 100 euros, mi Kindle, mis zapatillas deportivas desgastadas para patear por el campo, mi móvil gratuito y mi ordenador conectado a Internet para informarme y escribir estas líneas. A ojos tanto del limpiador mileurista de mi curro como del conductor pepero de un 4x4 (comprado solo para ir a llevar y recoger sobre asfalto al niño al cole privado) con banderita de España en el salpicadero -un tipo humano abundante en la sierra de Madrid-, yo sería un pringado por ese desdén hacia lo material y las modas. Me importa poco que lo piensen. Tengo además la suerte de relacionarme con gente que comparte mi neohippismo y mi desprecio hacia esos tipos (sobre todo a los segundos -los del 4x4-, a cuenta de los cuales nos echamos frecuentes y saludables risas).

Uno no puede ser excesivamente optimista aquí, dada nuestra falla educativa y cultural. ¡Y qué decir del resto del mundo, por ejemplo de China (paraíso del consumismo más inmundo)! Pero aunque el cambio no fuera posible a nivel español o global, nosotros podemos hacerlo realidad en nuestro ámbito personal sin necesidad de votar con los pies (o sea, de irnos a vivir a Noruega, San Francisco o Berlín). Nadie nos obliga a comprar o consumir productos innecesarios -e incluso inmorales por lo que hay detrás de su fabricación-, ni a estar todo el día viendo anuncios y demás mierda en la tele. Desde luego que podemos, porque es algo que solo depende de nosotros. Y que da una enorme libertad.

viernes, 20 de diciembre de 2013

¡No todo es culpa del capitalismo, compañer@s de la izquierda!

El pensamiento izquierdista ortodoxo achaca todos nuestros males al capitalismo (a veces presentado como neoliberalismo e incluso, en un caso extremo de falta de rigor, como liberalismo). Si la gente se muere de hambre en África, si hay guerras y cruentos golpes de Estado, miseria, narcotráfico, brutal explotación laboral y migrantes cruzando desesperados en pateras el Mediterráneo o a nado el río Grande, la culpa solo es atribuible a ese monstruoso engendro sin alma opuesto a una naturaleza humana concebida únicamente como cooperativa y solidaria, enemigo de los hombres y mujeres de bien (el llamado "pueblo", por definición noble) y de las naciones (también nobles por definición, salvo EE.UU., Israel y acaso España), enfrentado a ancestrales usos y tradiciones que se presumen siempre de mejor pasta.

Aclaremos primero los términos para saber de qué estamos hablando. El capitalismo es un sistema socioeconómico fundado en la economía de mercado (la supuestamente libre concurrencia de oferta y demanda para determinar los precios) y la propiedad privada de los medios de producción, así como en unas relaciones laborales contractuales merced a las cuales unas personas prestan libremente su trabajo a otras a cambio de un salario. Ya dijo Marx en su día, presa de su determinismo histórico de raíz hegeliana, que se trataba de un estadio superior al feudalismo e inferior al socialismo: o sea, de un paso necesario en el tránsito desde el régimen feudal a la quimérica sociedad comunista sin clases (esa a la que ya debería estar apuntando la ejemplar democracia popular socialista de Corea del Norte).

Ahora bien, una cosa es el capitalismo en el plano teórico y otra en la realidad. La economía neoclásica está construida sobre premisas ideales muy discutibles, por no decir falsas, como el comportamiento racional de los agentes económicos (lo cierto es que muchas veces la gente actúa irracionalmente), la información perfecta (no es así, aparte de que hay personas más informadas que otras) o la igualdad ante los mercados (solo hay que tener un poco de sentido común para advertir que no es igual el poder negociador de un trabajador que el de un empresario que lo contrata)*. Las interferencias en el libre mercado, tanto por manejos de las propias empresas (cárteles, oligopolios, etc.) como de los poderes públicos (ayudas, licitaciones, regulaciones...), hacen que la competencia perfecta tenga solo una existencia platónica.

El capitalismo es un gran generador de riqueza material pero también de desigualdad, un sistema potencialmente muy dañino tanto para el medio natural como para la felicidad humana (al dar valor solo a aquello que lo tiene en el mercado). Ahí es donde está el Estado -y entidades supranacionales como la UE- para corregirlo, ponerle límites y determinar qué bienes y servicios pueden ser comprados y vendidos (hay un amplio consenso, por ejemplo, en que no debe haber carne humana para el consumo en los supermercados). Es precisamente la existencia del Estado como agente político regulador, y también como sujeto económico, lo que hace que lo que entendemos por capitalismo no sea ni por asomo parecido en Suecia que en El Salvador, en Canadá que en Somalia. Por otro lado, a nadie se le esconde que el poder y la influencia de los Estados Unidos en el concierto económico y político mundial no es el mismo que el de Timor oriental: por desgracia, sus relaciones nunca serán de igual a igual, pero ni con el capitalismo ni con ningún otro sistema.

Neoliberalismo, liberalismo y errores de la izquierda

El neoliberalismo es una corriente ideológica sacralizadora del capitalismo que desde principios de los años 80 del siglo pasado (con los derechistas Reagan y Thatcher en el Gobierno de sus respectivos países) pretende minimizar la intervención estatal en la economía, adelgazar el sector público, desregular los mercados de trabajo y liberalizar los flujos de bienes y capitales (no así el de personas, que se mantiene a raya mediante altos muros y vallas con concertinas). Sus defensores suelen ser tan liberales en lo económico como conservadores en lo social y moral (les preocupa sobre todo la moral sexual: no les hablen de derechos humanos y mucho menos de ecología o derechos de los animales).

Resulta esperpéntica la apropiación del liberalismo, una de las ideologías más nobles que ha alumbrado la humanidad, por meapilas opusinos o teapartistas que quieren sacar a Darwin de las escuelas, abominan de los homosexuales, desean convertir a las mujeres en conejas dedicadas solo a sus labores, se oponen a legalizar las drogas y ya en el colmo sufren la enfermedad del nacionalismo. Los auténticos liberales, lo más alejado de esos tipos de la FAES o el Tea Party, representaban la izquierda en el Siglo de las Luces. Tanto es así que en EE.UU. el término liberal, a diferencia de en Europa, sigue siendo sinónimo de izquierdista. La verdad es que se me ocurren pocas cosas más progresistas que la defensa de la libertad (para hacer con tu vida lo que quieras con el único límite del respeto al prójimo), la igualdad ante la ley (con independencia de raza, sexo, religión o no, etc.), la laicidad (para liberar de la opresión religiosa a quienes no quieran doblar la cerviz ante el sumo sacerdote de turno) o la legalidad democrática (lo contrario de la arbitrariedad y el abuso a manos de los más poderosos).

Uno de los errores de bulto de la izquierda tradicional es considerar que la democracia y sus libertades -nada formales, desde luego- son la otra cara necesaria del capitalismo, que forman parte con este del mismo paquete. Quienes estamos a disgusto con el capitalismo de casino y su grosero materialismo (ya no solo por una cuestión ética y estética, sino porque nos estamos jugando la supervivencia de la especie) tenemos en la democracia -por muy imperfecta que sea- una vía para impugnarlo y superarlo. No nos confundamos: la democracia no es un regalo sino una concesión de los más poderosos arrancada por la presión de las luchas obreras que tanta sangre derramaron en los dos últimos siglos. Yo no quiero perder la democracia pretendiendo acabar con el capitalismo, sino superar el capitalismo a través de la democracia (claro está, con el concurso de la mayoría: si la gente no desea ese cambio, no pretendamos salvarla contra su voluntad de comer mierda a gusto).

Otro error de esa izquierda más dogmática es su diagnóstico de los problemas, que suele caer en lo tópico e incluso lo pueril. Y con diagnósticos incorrectos no se solucionan las cosas. Por ejemplo, la gente solo se muere de hambre cuando sus regiones o países son azotados por guerras o desastres naturales (sequías, inundaciones, etc.) que destruyen las cosechas y la economía local e impiden la distribución de alimentos. Más allá de esas situaciones, lamentablemente no infrecuentes en el llamado Tercer Mundo, nadie perece por inanición (esto no significa negar problemas de malnutrición que siguen siendo un insulto a la dignidad humana). Dicho de otro modo, la muerte por hambre en el mundo tiene mucho menos que ver con el capitalismo o el neoliberalismo que con la fragilidad institucional de Estados dominados por elites corruptas que se venden al mejor postor occidental o chino. Lo que a su vez es posible gracias al adormecimiento o idiotización de las masas locales por la religión, el espíritu de la etnia y las (malditas) tradiciones. Y a la indiferencia de los ciudadanos de Occidente, que no castigan en las urnas o en la cesta de la compra a sus políticos y empresas cómplices (¿conocen a alguien que no reposte gasolina en Shell por destruir el delta del Níger o en Texaco por sostener la dictadura de Guinea Ecuatorial?).

Tampoco parece que el capitalismo o el neoliberalismo sean muy culpables de la pobreza en países como Marruecos, Afganistán o India. Supongo que algo tendrá que ver que Marruecos cuente cerca de un tercio de su población como analfabeta (porcentaje muy superior si solo consideramos a las mujeres). Supongo que alguna mala influencia habrá en las tradiciones tribales afganas o en el sistema de castas indio. Finlandia y Grecia son países capitalistas, pero eso no parece marcar la diferencia: habrá que ver otros factores culturales e institucionales (los que impiden a un médico de la Seguridad Social de Helsinki, a diferencia de uno de Atenas, recibir de sus pacientes sobres con dinero para asegurar una buena asistencia). Estados Unidos y España también son países capitalistas, pero yo compraría confiado un coche usado allá y me cuidaría mucho de hacerlo aquí (no es que los estadounidenses sean más honrados, sino que saben que caería sobre ellos -y con prontitud- todo el peso de la ley). En suma, que la calidad de la democracia y sus instituciones es mucho más determinante al respecto que la simple etiqueta de capitalista. A todo esto, ¿es China un país capitalista?...

Pero donde más yerra el izquierdismo convencional es sin duda en su visión buenista del ser humano (explotadores capitalistas aparte), ignorando que el egoísmo y la maldad son mucho más antiguos que el capitalismo y deben ser tomados en cuenta en todo sistema u organización en el que estén implicados bípedos implumes. Idolatrar al mercado como hacen los neoliberales -aunque en países como el nuestro no duden en trincar al mismo tiempo de lo público- es una estupidez, pero también lo es ignorar ciertos principios económicos básicos (como hace a golpe de decreto el Gobierno de Maduro en Venezuela) creyendo que así puede acabarse de manera sostenible con la pobreza. Desde luego, si uno espera que la mayoría de la gente haga algo diferente a perseguir su propio interés, es mejor que aguarde sentado y a la sombra (ya dijo Adam Smith que no es "la benevolencia del cervecero o el panadero" lo que hace que podamos disfrutar de la cerveza o el pan).

La monja progre-nacionalista-conspiranoica Teresa Forcades nos cuenta que no hay que tener miedo a que "la lucha organizada por una alternativa al capitalismo nos pueda conducir a una situación peor que la que tenemos". Pues yo he de reconocer que temo a esta gente que quiere salvarme llevándome con diagnósticos infantiles a escenarios tan inquietantes como una eventual independencia traumática de Cataluña. Porque sé cómo somos y porque el mañana no tiene por qué ser mejor que el ayer (aunque Hegel y Marx se empeñasen en sostener lo contrario). Por cierto, me considero de izquierda y no creo que esto esté reñido -¡todo lo contrario!- con sentirse liberal.

*Vaya mi desprecio a esos economistas del siglo XXI creyentes -en un sentido religioso- en "manos invisibles", que pretenden entender el mundo solo con su arsenal de curvas y derivadas matemáticas sin saber nada de Historia, Geografía, Psicología y otras humanidades.

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