Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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sábado, 17 de marzo de 2018
¿Globalización domesticada?: ¡sí, gracias!
La globalización económica es una de las bestias negras de la izquierda más dogmática, que en este punto coincide plenamente con el nacionalismo populista de extrema derecha. La verdad es que oponerse a ella por principio no parece razonable, ya que no solo tiene una cara negativa (la especulación financiera internacional, el incremento de la desigualdad -hay personas y territorios perdedores que se quedan atrás- o la fuerte presión sobre los recursos naturales -incluidos elefantes y rinocerontes- de los países más pobres) sino otra innegablemente positiva (una creciente integración comercial en el mundo que ha favorecido la inversión y la competencia, permitiendo sacar de la pobreza a millones de personas en los Estados más atrasados y acelerando la innovación de la tecnología y su difusión).
Por otra parte, sus aspectos menos amables no son achacables al fenómeno globalizador en sí sino a instituciones y legislaciones nacionales deficientes que no son debidamente contrarrestadas a nivel supranacional: en el caso del tráfico de marfil, a una perversa combinación de pseudociencia y burricie novorriquista en China y de debilidad institucional en África; en el caso de la desigualdad, a una respuesta no adecuada a la misma (sobre todo, por la vía de la fiscalidad) en el ámbito nacional. También es cierto que difícilmente se pueden corregir las desigualdades de renta en una democracia cuando los más débiles económicamente votan a los que -como Trump o el PP- defienden de manera más o menos descarada a los más ricos.
Además, la globalización va más allá de lo meramente económico: el Tribunal Penal Internacional, Internet, la televisión por satélite, el software libre, la cooperación policial entre los Estados o los tratados sobre el cambio climático y la protección de la fauna son también manifestaciones suyas, incluso las protestas organizadas en su contra a escala internacional. Porque nos olvidamos de que no solo se globaliza el mundo empresarial (legal o ilegal, caso del narcotráfico o el tráfico de personas) sino también el gubernamental y el activista de cualquier etiqueta: sindicatos, partidos políticos, organizaciones ecologistas, de derechos humanos o animalistas... Los marcos nacionales y regionales cada vez son menos relevantes a la hora de actuar, puesto que los retos de la humanidad del siglo XXI son globales.
Por cierto, el drama de las migraciones descontroladas no es atribuible directamente a la globalización sino a las guerras, la falta de libertades en los países de origen y el efecto llamada (a través de las imágenes televisivas) de las zonas más ricas del mundo sobre muchos ciudadanos de las menos favorecidas. Nuestras puertas deben seguir abiertas a la inmigración (aunque siempre vigilantes del mantenimiento de valores laicos y democráticos que tanto nos costó conquistar, para no precipitarnos en un indeseable multiINculturalismo) no solo por una cuestión moral sino también por nuestro propio interés, para asegurar el futuro de la economía y la viabilidad de sistemas de bienestar social como las pensiones.
Podemos contemplar la globalización económica como un caballo salvaje ante el que tenemos tres opciones: liquidarla (creo que sería un grave error replegarnos a la tribu a estas alturas), dejar que galope libremente a su aire (es lo que proponen con una ingenuidad pasmosa neoliberales de pacotilla) o domesticarla con leyes, tratados e instituciones (es lo que han hecho con el capitalismo los Estados socialmente más avanzados del mundo). La especulación financiera campa a sus anchas debido a una insuficiente regulación a escala internacional, una falta de armonización del tratamiento a los capitales extranjeros cuya manifestación más extrema son los paraísos fiscales. Una gobernanza fiscal internacional solo puede empezar a construirse a partir de grandes bloques como la Unión Europea, con suficiente fortaleza económica y poder negociador para imponer un cambio global junto a otros actores como EE.UU. o China. La propia dinámica del mercado podría incluso por sí misma poner coto a prácticas empresariales detestables, como la explotación laboral o ambiental en los países más pobres, si los consumidores más concienciados de los países ricos dejaran de comprar productos fabricados en condiciones de cuasiesclavitud o con un alto coste para la naturaleza (caso del aceite de palma, también costoso para la salud). Conviene recordar que somos corresponsables, a la hora de comprar o de votar (por eso hay que poner también en valor la democracia como herramienta de transformación), del estado de nuestro país y del mundo.
El día en que cierta izquierda entienda que globalización no es sinónimo de neoliberalismo o capitalismo habremos dado un paso más para intentar gobernarla y lograr así un mundo más habitable. Observar el caso de Chile, un país que ha avanzado espectacularmente en los últimos lustros (tanto en lo económico como en lo social), podría ser muy instructivo. Seguro que más de uno y más de una en nuestra izquierda tiene el cuajo de llamar "neoliberal" a Ricardo Lagos y Michelle Bachelet por haber apostado (como todo el arco político chileno, a excepción de los comunistas) por la internacionalización de la economía del país andino, lo que lo ha llevado a ser líder mundial en la firma de tratados comerciales. Ya dijo Kant que la paz entre las naciones se construye a través del comercio (las apelaciones navideñas a la paz del Papa son tan útiles como sus rezos o los de cualquier otro congénere).
viernes, 20 de diciembre de 2013
¡No todo es culpa del capitalismo, compañer@s de la izquierda!
El pensamiento izquierdista ortodoxo achaca todos nuestros males al capitalismo (a veces presentado como neoliberalismo e incluso, en un caso extremo de falta de rigor, como liberalismo). Si la gente se muere de hambre en África, si hay guerras y cruentos golpes de Estado, miseria, narcotráfico, brutal explotación laboral y migrantes cruzando desesperados en pateras el Mediterráneo o a nado el río Grande, la culpa solo es atribuible a ese monstruoso engendro sin alma opuesto a una naturaleza humana concebida únicamente como cooperativa y solidaria, enemigo de los hombres y mujeres de bien (el llamado "pueblo", por definición noble) y de las naciones (también nobles por definición, salvo EE.UU., Israel y acaso España), enfrentado a ancestrales usos y tradiciones que se presumen siempre de mejor pasta.
Aclaremos primero los términos para saber de qué estamos hablando. El capitalismo es un sistema socioeconómico fundado en la economía de mercado (la supuestamente libre concurrencia de oferta y demanda para determinar los precios) y la propiedad privada de los medios de producción, así como en unas relaciones laborales contractuales merced a las cuales unas personas prestan libremente su trabajo a otras a cambio de un salario. Ya dijo Marx en su día, presa de su determinismo histórico de raíz hegeliana, que se trataba de un estadio superior al feudalismo e inferior al socialismo: o sea, de un paso necesario en el tránsito desde el régimen feudal a la quimérica sociedad comunista sin clases (esa a la que ya debería estar apuntando la ejemplar democracia popular socialista de Corea del Norte).
Ahora bien, una cosa es el capitalismo en el plano teórico y otra en la realidad. La economía neoclásica está construida sobre premisas ideales muy discutibles, por no decir falsas, como el comportamiento racional de los agentes económicos (lo cierto es que muchas veces la gente actúa irracionalmente), la información perfecta (no es así, aparte de que hay personas más informadas que otras) o la igualdad ante los mercados (solo hay que tener un poco de sentido común para advertir que no es igual el poder negociador de un trabajador que el de un empresario que lo contrata)*. Las interferencias en el libre mercado, tanto por manejos de las propias empresas (cárteles, oligopolios, etc.) como de los poderes públicos (ayudas, licitaciones, regulaciones...), hacen que la competencia perfecta tenga solo una existencia platónica.
El capitalismo es un gran generador de riqueza material pero también de desigualdad, un sistema potencialmente muy dañino tanto para el medio natural como para la felicidad humana (al dar valor solo a aquello que lo tiene en el mercado). Ahí es donde está el Estado -y entidades supranacionales como la UE- para corregirlo, ponerle límites y determinar qué bienes y servicios pueden ser comprados y vendidos (hay un amplio consenso, por ejemplo, en que no debe haber carne humana para el consumo en los supermercados). Es precisamente la existencia del Estado como agente político regulador, y también como sujeto económico, lo que hace que lo que entendemos por capitalismo no sea ni por asomo parecido en Suecia que en El Salvador, en Canadá que en Somalia. Por otro lado, a nadie se le esconde que el poder y la influencia de los Estados Unidos en el concierto económico y político mundial no es el mismo que el de Timor oriental: por desgracia, sus relaciones nunca serán de igual a igual, pero ni con el capitalismo ni con ningún otro sistema.
El neoliberalismo es una corriente ideológica sacralizadora del capitalismo que desde principios de los años 80 del siglo pasado (con los derechistas Reagan y Thatcher en el Gobierno de sus respectivos países) pretende minimizar la intervención estatal en la economía, adelgazar el sector público, desregular los mercados de trabajo y liberalizar los flujos de bienes y capitales (no así el de personas, que se mantiene a raya mediante altos muros y vallas con concertinas). Sus defensores suelen ser tan liberales en lo económico como conservadores en lo social y moral (les preocupa sobre todo la moral sexual: no les hablen de derechos humanos y mucho menos de ecología o derechos de los animales).
Resulta esperpéntica la apropiación del liberalismo, una de las ideologías más nobles que ha alumbrado la humanidad, por meapilas opusinos o teapartistas que quieren sacar a Darwin de las escuelas, abominan de los homosexuales, desean convertir a las mujeres en conejas dedicadas solo a sus labores, se oponen a legalizar las drogas y ya en el colmo sufren la enfermedad del nacionalismo. Los auténticos liberales, lo más alejado de esos tipos de la FAES o el Tea Party, representaban la izquierda en el Siglo de las Luces. Tanto es así que en EE.UU. el término liberal, a diferencia de en Europa, sigue siendo sinónimo de izquierdista. La verdad es que se me ocurren pocas cosas más progresistas que la defensa de la libertad (para hacer con tu vida lo que quieras con el único límite del respeto al prójimo), la igualdad ante la ley (con independencia de raza, sexo, religión o no, etc.), la laicidad (para liberar de la opresión religiosa a quienes no quieran doblar la cerviz ante el sumo sacerdote de turno) o la legalidad democrática (lo contrario de la arbitrariedad y el abuso a manos de los más poderosos).
Uno de los errores de bulto de la izquierda tradicional es considerar que la democracia y sus libertades -nada formales, desde luego- son la otra cara necesaria del capitalismo, que forman parte con este del mismo paquete. Quienes estamos a disgusto con el capitalismo de casino y su grosero materialismo (ya no solo por una cuestión ética y estética, sino porque nos estamos jugando la supervivencia de la especie) tenemos en la democracia -por muy imperfecta que sea- una vía para impugnarlo y superarlo. No nos confundamos: la democracia no es un regalo sino una concesión de los más poderosos arrancada por la presión de las luchas obreras que tanta sangre derramaron en los dos últimos siglos. Yo no quiero perder la democracia pretendiendo acabar con el capitalismo, sino superar el capitalismo a través de la democracia (claro está, con el concurso de la mayoría: si la gente no desea ese cambio, no pretendamos salvarla contra su voluntad de comer mierda a gusto).
Otro error de esa izquierda más dogmática es su diagnóstico de los problemas, que suele caer en lo tópico e incluso lo pueril. Y con diagnósticos incorrectos no se solucionan las cosas. Por ejemplo, la gente solo se muere de hambre cuando sus regiones o países son azotados por guerras o desastres naturales (sequías, inundaciones, etc.) que destruyen las cosechas y la economía local e impiden la distribución de alimentos. Más allá de esas situaciones, lamentablemente no infrecuentes en el llamado Tercer Mundo, nadie perece por inanición (esto no significa negar problemas de malnutrición que siguen siendo un insulto a la dignidad humana). Dicho de otro modo, la muerte por hambre en el mundo tiene mucho menos que ver con el capitalismo o el neoliberalismo que con la fragilidad institucional de Estados dominados por elites corruptas que se venden al mejor postor occidental o chino. Lo que a su vez es posible gracias al adormecimiento o idiotización de las masas locales por la religión, el espíritu de la etnia y las (malditas) tradiciones. Y a la indiferencia de los ciudadanos de Occidente, que no castigan en las urnas o en la cesta de la compra a sus políticos y empresas cómplices (¿conocen a alguien que no reposte gasolina en Shell por destruir el delta del Níger o en Texaco por sostener la dictadura de Guinea Ecuatorial?).
Tampoco parece que el capitalismo o el neoliberalismo sean muy culpables de la pobreza en países como Marruecos, Afganistán o India. Supongo que algo tendrá que ver que Marruecos cuente cerca de un tercio de su población como analfabeta (porcentaje muy superior si solo consideramos a las mujeres). Supongo que alguna mala influencia habrá en las tradiciones tribales afganas o en el sistema de castas indio. Finlandia y Grecia son países capitalistas, pero eso no parece marcar la diferencia: habrá que ver otros factores culturales e institucionales (los que impiden a un médico de la Seguridad Social de Helsinki, a diferencia de uno de Atenas, recibir de sus pacientes sobres con dinero para asegurar una buena asistencia). Estados Unidos y España también son países capitalistas, pero yo compraría confiado un coche usado allá y me cuidaría mucho de hacerlo aquí (no es que los estadounidenses sean más honrados, sino que saben que caería sobre ellos -y con prontitud- todo el peso de la ley). En suma, que la calidad de la democracia y sus instituciones es mucho más determinante al respecto que la simple etiqueta de capitalista. A todo esto, ¿es China un país capitalista?...
Pero donde más yerra el izquierdismo convencional es sin duda en su visión buenista del ser humano (explotadores capitalistas aparte), ignorando que el egoísmo y la maldad son mucho más antiguos que el capitalismo y deben ser tomados en cuenta en todo sistema u organización en el que estén implicados bípedos implumes. Idolatrar al mercado como hacen los neoliberales -aunque en países como el nuestro no duden en trincar al mismo tiempo de lo público- es una estupidez, pero también lo es ignorar ciertos principios económicos básicos (como hace a golpe de decreto el Gobierno de Maduro en Venezuela) creyendo que así puede acabarse de manera sostenible con la pobreza. Desde luego, si uno espera que la mayoría de la gente haga algo diferente a perseguir su propio interés, es mejor que aguarde sentado y a la sombra (ya dijo Adam Smith que no es "la benevolencia del cervecero o el panadero" lo que hace que podamos disfrutar de la cerveza o el pan).
La monja progre-nacionalista-conspiranoica Teresa Forcades nos cuenta que no hay que tener miedo a que "la lucha organizada por una alternativa al capitalismo nos pueda conducir a una situación peor que la que tenemos". Pues yo he de reconocer que temo a esta gente que quiere salvarme llevándome con diagnósticos infantiles a escenarios tan inquietantes como una eventual independencia traumática de Cataluña. Porque sé cómo somos y porque el mañana no tiene por qué ser mejor que el ayer (aunque Hegel y Marx se empeñasen en sostener lo contrario). Por cierto, me considero de izquierda y no creo que esto esté reñido -¡todo lo contrario!- con sentirse liberal.
*Vaya mi desprecio a esos economistas del siglo XXI creyentes -en un sentido religioso- en "manos invisibles", que pretenden entender el mundo solo con su arsenal de curvas y derivadas matemáticas sin saber nada de Historia, Geografía, Psicología y otras humanidades.
Ahora bien, una cosa es el capitalismo en el plano teórico y otra en la realidad. La economía neoclásica está construida sobre premisas ideales muy discutibles, por no decir falsas, como el comportamiento racional de los agentes económicos (lo cierto es que muchas veces la gente actúa irracionalmente), la información perfecta (no es así, aparte de que hay personas más informadas que otras) o la igualdad ante los mercados (solo hay que tener un poco de sentido común para advertir que no es igual el poder negociador de un trabajador que el de un empresario que lo contrata)*. Las interferencias en el libre mercado, tanto por manejos de las propias empresas (cárteles, oligopolios, etc.) como de los poderes públicos (ayudas, licitaciones, regulaciones...), hacen que la competencia perfecta tenga solo una existencia platónica.
Neoliberalismo, liberalismo y errores de la izquierda
El neoliberalismo es una corriente ideológica sacralizadora del capitalismo que desde principios de los años 80 del siglo pasado (con los derechistas Reagan y Thatcher en el Gobierno de sus respectivos países) pretende minimizar la intervención estatal en la economía, adelgazar el sector público, desregular los mercados de trabajo y liberalizar los flujos de bienes y capitales (no así el de personas, que se mantiene a raya mediante altos muros y vallas con concertinas). Sus defensores suelen ser tan liberales en lo económico como conservadores en lo social y moral (les preocupa sobre todo la moral sexual: no les hablen de derechos humanos y mucho menos de ecología o derechos de los animales).
Resulta esperpéntica la apropiación del liberalismo, una de las ideologías más nobles que ha alumbrado la humanidad, por meapilas opusinos o teapartistas que quieren sacar a Darwin de las escuelas, abominan de los homosexuales, desean convertir a las mujeres en conejas dedicadas solo a sus labores, se oponen a legalizar las drogas y ya en el colmo sufren la enfermedad del nacionalismo. Los auténticos liberales, lo más alejado de esos tipos de la FAES o el Tea Party, representaban la izquierda en el Siglo de las Luces. Tanto es así que en EE.UU. el término liberal, a diferencia de en Europa, sigue siendo sinónimo de izquierdista. La verdad es que se me ocurren pocas cosas más progresistas que la defensa de la libertad (para hacer con tu vida lo que quieras con el único límite del respeto al prójimo), la igualdad ante la ley (con independencia de raza, sexo, religión o no, etc.), la laicidad (para liberar de la opresión religiosa a quienes no quieran doblar la cerviz ante el sumo sacerdote de turno) o la legalidad democrática (lo contrario de la arbitrariedad y el abuso a manos de los más poderosos).
Uno de los errores de bulto de la izquierda tradicional es considerar que la democracia y sus libertades -nada formales, desde luego- son la otra cara necesaria del capitalismo, que forman parte con este del mismo paquete. Quienes estamos a disgusto con el capitalismo de casino y su grosero materialismo (ya no solo por una cuestión ética y estética, sino porque nos estamos jugando la supervivencia de la especie) tenemos en la democracia -por muy imperfecta que sea- una vía para impugnarlo y superarlo. No nos confundamos: la democracia no es un regalo sino una concesión de los más poderosos arrancada por la presión de las luchas obreras que tanta sangre derramaron en los dos últimos siglos. Yo no quiero perder la democracia pretendiendo acabar con el capitalismo, sino superar el capitalismo a través de la democracia (claro está, con el concurso de la mayoría: si la gente no desea ese cambio, no pretendamos salvarla contra su voluntad de comer mierda a gusto).
Otro error de esa izquierda más dogmática es su diagnóstico de los problemas, que suele caer en lo tópico e incluso lo pueril. Y con diagnósticos incorrectos no se solucionan las cosas. Por ejemplo, la gente solo se muere de hambre cuando sus regiones o países son azotados por guerras o desastres naturales (sequías, inundaciones, etc.) que destruyen las cosechas y la economía local e impiden la distribución de alimentos. Más allá de esas situaciones, lamentablemente no infrecuentes en el llamado Tercer Mundo, nadie perece por inanición (esto no significa negar problemas de malnutrición que siguen siendo un insulto a la dignidad humana). Dicho de otro modo, la muerte por hambre en el mundo tiene mucho menos que ver con el capitalismo o el neoliberalismo que con la fragilidad institucional de Estados dominados por elites corruptas que se venden al mejor postor occidental o chino. Lo que a su vez es posible gracias al adormecimiento o idiotización de las masas locales por la religión, el espíritu de la etnia y las (malditas) tradiciones. Y a la indiferencia de los ciudadanos de Occidente, que no castigan en las urnas o en la cesta de la compra a sus políticos y empresas cómplices (¿conocen a alguien que no reposte gasolina en Shell por destruir el delta del Níger o en Texaco por sostener la dictadura de Guinea Ecuatorial?).
Tampoco parece que el capitalismo o el neoliberalismo sean muy culpables de la pobreza en países como Marruecos, Afganistán o India. Supongo que algo tendrá que ver que Marruecos cuente cerca de un tercio de su población como analfabeta (porcentaje muy superior si solo consideramos a las mujeres). Supongo que alguna mala influencia habrá en las tradiciones tribales afganas o en el sistema de castas indio. Finlandia y Grecia son países capitalistas, pero eso no parece marcar la diferencia: habrá que ver otros factores culturales e institucionales (los que impiden a un médico de la Seguridad Social de Helsinki, a diferencia de uno de Atenas, recibir de sus pacientes sobres con dinero para asegurar una buena asistencia). Estados Unidos y España también son países capitalistas, pero yo compraría confiado un coche usado allá y me cuidaría mucho de hacerlo aquí (no es que los estadounidenses sean más honrados, sino que saben que caería sobre ellos -y con prontitud- todo el peso de la ley). En suma, que la calidad de la democracia y sus instituciones es mucho más determinante al respecto que la simple etiqueta de capitalista. A todo esto, ¿es China un país capitalista?...
Pero donde más yerra el izquierdismo convencional es sin duda en su visión buenista del ser humano (explotadores capitalistas aparte), ignorando que el egoísmo y la maldad son mucho más antiguos que el capitalismo y deben ser tomados en cuenta en todo sistema u organización en el que estén implicados bípedos implumes. Idolatrar al mercado como hacen los neoliberales -aunque en países como el nuestro no duden en trincar al mismo tiempo de lo público- es una estupidez, pero también lo es ignorar ciertos principios económicos básicos (como hace a golpe de decreto el Gobierno de Maduro en Venezuela) creyendo que así puede acabarse de manera sostenible con la pobreza. Desde luego, si uno espera que la mayoría de la gente haga algo diferente a perseguir su propio interés, es mejor que aguarde sentado y a la sombra (ya dijo Adam Smith que no es "la benevolencia del cervecero o el panadero" lo que hace que podamos disfrutar de la cerveza o el pan).
La monja progre-nacionalista-conspiranoica Teresa Forcades nos cuenta que no hay que tener miedo a que "la lucha organizada por una alternativa al capitalismo nos pueda conducir a una situación peor que la que tenemos". Pues yo he de reconocer que temo a esta gente que quiere salvarme llevándome con diagnósticos infantiles a escenarios tan inquietantes como una eventual independencia traumática de Cataluña. Porque sé cómo somos y porque el mañana no tiene por qué ser mejor que el ayer (aunque Hegel y Marx se empeñasen en sostener lo contrario). Por cierto, me considero de izquierda y no creo que esto esté reñido -¡todo lo contrario!- con sentirse liberal.
*Vaya mi desprecio a esos economistas del siglo XXI creyentes -en un sentido religioso- en "manos invisibles", que pretenden entender el mundo solo con su arsenal de curvas y derivadas matemáticas sin saber nada de Historia, Geografía, Psicología y otras humanidades.
lunes, 29 de agosto de 2011
La culpa es del neoliberalismo
¿Desahuciado por no pagar el alquiler?, ¿atropellado por un conductor borracho?, ¿estafado por un quinqui?, ¿problemas de erección?... Ya se sabe: el culpable es el neoliberalismo. Sí, ese perverso sistema que supuestamente ha maleado a los seres humanos, que antaño debían ser unos dechados de virtud, amor y solidaridad.
Las torres de cráneos que dejaban los mongoles a la entrada de las aldeas que saqueaban son expresivos monumentos de esa bucólica etapa preneoliberal que no tuvimos el gusto de conocer. Como tampoco llegamos a conocer las fraternas visitas de los vikingos allende sus tierras, los sacrificios humanos preneoliberales de los aztecas, los cuerpos carbonizados -con la bendición de las iglesias cristianas- de medio millón de supuestas brujas europeas, las matanzas de hugonotes, los pogromos contra los judíos, el infanticidio selectivo en Esparta, la quema de viudas hindúes en la pira... Todos ellos, sucesos de cuando el hombre era al parecer un ser bueno y virginal, no mancillado moralmente por este corruptor neoliberalismo.
Aunque aún nos quedan algunas reliquias preneoliberales, como la extirpación del clítoris y la caza de albinos en África, los crímenes de honor en Anatolia, el infanticidio femenino en China, los linchamientos comunitarios en Centroamérica, los palizones de los yanomamos a sus mujeres... O quizá me confunda, porque, ¿no serán estas también expresiones del dichoso neoliberalismo? Ahora recuerdo lo que nos dijo en el verano de 1990 un profesor tanzano de paso por Madrid (como nosotros, entonces estudiantes canarios) para asistir a un congreso mundial de Sociología: "La religión de África es el amor". Ya se ve. Díganselo a un albino tanzano.
Que nadie confunda los párrafos anteriores con una defensa del neoliberalismo, entendido como una corriente ideológica que propugna minimizar dogmáticamente la intervención estatal en la economía, encomendarse por completo a los mercados (obviando, por ejemplo, que el poder de negociación de un empresario no es el mismo que el de un empleado) y liberalizar el comercio internacional (algo que, por cierto, me parece razonable). Y mucho menos que se tome como una muestra de simpatía por quienes lo sostienen, que en su mayoría no dejan de ser -como la señora Esperanza Aguirre- unos adinerados ultraconservadores librecambistas (y, a veces, ni esto último). Pero achacarle todos nuestros males al neoliberalismo -incluso al capitalismo- supone un desconocimiento tanto de la historia de la humanidad como de nuestra propia naturaleza.
Las torres de cráneos que dejaban los mongoles a la entrada de las aldeas que saqueaban son expresivos monumentos de esa bucólica etapa preneoliberal que no tuvimos el gusto de conocer. Como tampoco llegamos a conocer las fraternas visitas de los vikingos allende sus tierras, los sacrificios humanos preneoliberales de los aztecas, los cuerpos carbonizados -con la bendición de las iglesias cristianas- de medio millón de supuestas brujas europeas, las matanzas de hugonotes, los pogromos contra los judíos, el infanticidio selectivo en Esparta, la quema de viudas hindúes en la pira... Todos ellos, sucesos de cuando el hombre era al parecer un ser bueno y virginal, no mancillado moralmente por este corruptor neoliberalismo.
Aunque aún nos quedan algunas reliquias preneoliberales, como la extirpación del clítoris y la caza de albinos en África, los crímenes de honor en Anatolia, el infanticidio femenino en China, los linchamientos comunitarios en Centroamérica, los palizones de los yanomamos a sus mujeres... O quizá me confunda, porque, ¿no serán estas también expresiones del dichoso neoliberalismo? Ahora recuerdo lo que nos dijo en el verano de 1990 un profesor tanzano de paso por Madrid (como nosotros, entonces estudiantes canarios) para asistir a un congreso mundial de Sociología: "La religión de África es el amor". Ya se ve. Díganselo a un albino tanzano.
Que nadie confunda los párrafos anteriores con una defensa del neoliberalismo, entendido como una corriente ideológica que propugna minimizar dogmáticamente la intervención estatal en la economía, encomendarse por completo a los mercados (obviando, por ejemplo, que el poder de negociación de un empresario no es el mismo que el de un empleado) y liberalizar el comercio internacional (algo que, por cierto, me parece razonable). Y mucho menos que se tome como una muestra de simpatía por quienes lo sostienen, que en su mayoría no dejan de ser -como la señora Esperanza Aguirre- unos adinerados ultraconservadores librecambistas (y, a veces, ni esto último). Pero achacarle todos nuestros males al neoliberalismo -incluso al capitalismo- supone un desconocimiento tanto de la historia de la humanidad como de nuestra propia naturaleza.
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