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jueves, 12 de febrero de 2026

El tarot de Italo Calvino como modelo de un universo informacional y participativo


En su libro de 2010 Decoding Reality, el físico teórico Vlatko Vedral nos trae a colación una narración de Italo Calvino (El castillo de los destinos cruzados) para ilustrar su modelo informacional-participativo del universo, en línea con el it from bit propugnado hace décadas por el también físico John Wheeler.

Vedral sostiene que la información es un elemento fundamental del cosmos, subyacente a materia/energía, espacio y tiempo. Pero no lo limita al ámbito de la física, ya que regiría a todas las escalas: química, biológica, social... Además, tendría una capacidad única: la de poder surgir ex nihilo (de la nada). La información se genera cuando un observador (o sea, el universo contemplándose a sí mismo), mediante el mero acto de observar, lleva a cabo una reducción ab toto (sobre la totalidad) del espacio de posibilidades. Esa reducción, que implicaría una disminución de la incertidumbre (en ello se basa el concepto de información de Claude Shannon), se asemejaría al trabajo de un escultor con su cincel: la realidad sería esculpida a partir de un molde en bruto que representaría la potencialidad del universo. A medida que la realidad se decanta, a medida que se va generando más información, ese molde en bruto se conforma de un modo que excluye ya de manera irreversible muchas posibilidades: estas nunca se materializarán, jamás cruzarán el unbral de lo real desde su estado potencial. Porque cuando un escultor empieza a tallar una cabeza humana, ya está reduciendo la incertidumbre: está excluyendo la posibilidad de que el objeto de su cincelado sea un pie, una butaca, un murciélago o un paraguas.  

El universo es ciertamente una realidad abierta en la que no dejan de emerger nuevos niveles y categorías, con el consiguiente aumento de su contenido informativo: humedad, temperatura, visión, depredación, dolor, amor, espiritualidad... Estos conceptos emergentes solo tienen aplicación en su escala correspondiente. Un átomo no tiene temperatura, como una molécula no siente dolor ni una célula alberga inquietudes espirituales. La duda es si el espacio de posibilidades es también dinámico, si el molde en bruto no es estático, si incluso los objetos abstractos (los mentales y los matemáticos) podrían evolucionar al interactuar con los observadores: la visión del mundo como proceso, desarrollada hace un siglo por Alfred North Whitehead, es la que sostienen actualmente pensadores y científicos como el filósofo Matt Segall o el biólogo Michael Levin.

La idea de la novela de Calvino (¡no confundir con el fanático religioso que quemó a Miguel Servet en la hoguera!) se inspira en Wheeler: la realidad no está determinada y es construida activamente por los observadores de una manera coherente. Wheeler apela al juego de salón de las 20 preguntas, en el que un jugador entra en una sala donde hay 20 personas a las que va haciendo sucesivamente preguntas binarias para adivinar un objeto. Estas personas han acordado responder "sí" o "no" como les venga en gana, pero de una manera coherente con las respuestas dadas anteriormente. Así se va alumbrando un objeto que ni el jugador ni las 20 personas que le responden puede prever al principio. La primera pregunta podría ser "¿Es azul?", y su respuesta "No". La segunda, "¿Es un animal?", y su respuesta "Sí".  La tercera, "¿Vuela?", y su respuesta "No".  La cuarta, "¿Es grande?", y su respuesta "Sí".  La quinta, "¿Vive en Europa?", y su respuesta "No". La sexta, "¿Come hierba?", y su respuesta "Sí". La séptima, "¿Tiene un gran cuerno?", y su respuesta "No"... Este hilo de preguntas/respuestas tiene toda la pinta de llevarnos a un hipopótamo. Cada respuesta añade un bit de información.

Por su parte, Calvino nos presenta un juego en el que cada participante intenta contar su vida a los demás utilizando cartas del tarot (no pueden decir una sola palabra, ya que se han quedado mudos). Hay una incertidumbre intrínseca, ya que las cartas pueden ser interpretadas de manera diferente (incluso radicalmente distinta a la intención del emisor del mensaje) por cada uno de los participantes. Y esa interpretación depende también de las otras cartas exhibidas junto a ella. Principios de la mecánica cuántica como la incertidumbre o la contextualidad son pues aplicables a este juego planteado por el escritor italiano, en el que cada carta implica un átomo indivisible de información o bit. En la naturaleza, sin embargo, no hay cartas (no hay variables ocultas locales): las cartas las creamos los observadores con nuestras observaciones.

Uno no puede estar seguro en el tarot de Calvino del mensaje transmitido hasta que se exhibe la última carta, que puede suponer una reinterpretación radical de la historia (en el ejemplo que puse de Wheeler, este último bit podría ser el que descartara al elefante y confirmase al hipopótamo). Vedral nos recuerda al respecto las palabras de Sócrates: "Nadie debería ser considerado feliz hasta que muere". Puede que en nuestro último suspiro sea cuando realmente lo sepamos, cuando hagamos la interpretación definitiva, da igual lo felices o infelices que hayamos sido hasta entonces. En la novela de Calvino, al igual que en la realidad, ignoramos por qué empezó el juego y quién invitó a los jugadores. Ese misterio nos acompañará también hasta la muerte. ¿Será desvelado entonces?...

viernes, 24 de octubre de 2025

La inteligencia como agente cincelador en un universo computacional


La inteligencia consiste en encontrar racional y creativamente atajos para obtener soluciones u objetos de otro modo muy improbables, ya que tardarían una eternidad en salir del limbo de lo posible confiándolo todo a la aleatoriedad. Un ejemplo es el cubo de Rubik: hay modos inteligentes de completarlo que no requieren, a diferencia de una manera estúpida o puramente azarosa, de un tiempo infinito. 

Eso sí, hay un número mínimo de pasos para llegar a la solución del cubo de Rubik. Como también hay un mínimo ineludible de pasos para construir una nevera, montar un mueble, llegar al final de un videojuego o hacer un café expreso, o para viajar a Estocolmo o alcanzar las 23:00 horas de mañana aquí en la Comunidad de Madrid (en este último caso solo sería cuestión de esperar, confiando en que sigamos vivos). Aquí salta a la palestra el concepto de irreducibilidad computacional de Stephen Wolfram, para quien todo lo que ocurre en el universo es fruto de alguna computación: ninguna inteligencia puede adelantarse a la ejecución de un programa si este es no trivial; o sea, distinto a uno que generase, por ejemplo, el resultado recurrente 010101010101... Ello impide resolver el cubo de Rubik de manera instantánea, así como saber qué va a ocurrir en el partido de fútbol de esta noche (goles, oportunidades, lesiones, expulsiones...) o saltarse el tiempo que media hasta mañana a las 23:00. Para llegar al resultado de una computación hay que esperar necesariamente a su ejecución. 

Sin embargo, a nivel macroscópico hay bolsas de reducibilidad que permiten a una inteligencia como la nuestra, ubicada en un espacio intermedio entre la escala más pequeña y la más grande del universo, tomar decisiones cabales y hacer predicciones probabilísticas, como el signo del susodicho partido (caso de que un equipo sea mucho mejor que otro), el tiempo que hará en Soria dentro de 24 horas o la afirmación de que mañana volverá a amanecer con casi absoluta certeza. Las proyecciones de grano grueso, que no precisan de un conocimiento detallado de la dinámica microscópica de un sistema, permiten no solo tomar decisiones cotidianas como cambiar de acera si vemos a un tipo armado con un hacha (no hace falta una información celular, molecular o atómica del sujeto) sino incluso pronosticar el clima en la Tierra dentro de 500 millones de años.

Toda computación es una sucesión de pasos conforme a un algoritmo o serie de reglas. El tiempo, para Wolfram, sería nada más y nada menos que eso: la ejecución de una computación. La vida, única forma de inteligencia que conocíamos antes de la llegada de los ordenadores, es un proceso computacional en espacios de posibilidades como el molecular, el morfológico (el espacio platónico en el que están todos las bioformas o posibles configuraciones anatómicas), el fisiológico o el 3-D en que nos movemos los individuos. Es un elemento ordenador del universo, superpuesto a las leyes físicas que le sirven de soporte. Conforme a su concepción de todo ser vivo como una inteligencia colectiva jerárquica, Michael Levin prefiere hablar de policomputación conjunta anidada en todos esos espacios, desde la transcripción de genes y los procesos metabólicos hasta la conducta del yo superior jerárquico.

Es imposible que un ser vivo complejo surja aleatoriamente o de golpe, como un cerebro de Boltzman, saltándose un largo proceso evolutivo. Una bacteria, un rinoceronte o un humano son objetos contingentes muy improbables si no hay una inteligencia que guíe, constreñida por el inapelable tribunal de la selección natural, su alumbramiento. Por eso Sara Imari Walker dice que los organismos vivos tienen una gran profundidad causal: requieren numerosos pasos para ser ensamblados inteligentemente por la naturaleza (por patrones platónicos, según creen Levin y George Ellis). Todo humano y todo objeto fabricado por nosotros, ya sea material o abstracto, es parte de un linaje profundo surgido hace unos 3.800 millones de años con el primer ser vivo. 

La teoría del ensamblaje desarrollada por Lee Cronin y Walker define el índice de ensamblaje como el número de pasos necesarios para construir de manera secuencial un objeto. Los experimentos realizados con moléculas en laboratorio apuntan que 15 es el umbral por encima del cual un objeto no puede haber surgido aleatoriamente. Si halláramos al menos dos ejemplares del mismo tipo, todo indicaría que se trata o bien de alguna forma de vida o de algún producto creado por esta, como para nosotros lo son los teléfonos móviles, las bicicletas o los tortellini. 

El objeto abstracto más complejo cincelado por nuestra especie es el lenguaje, que además ha sido fundamental para nuestra evolución. Los modelos grandes de lenguaje (LLMs) como ChatGPT navegan en ese espacio insondable que ha conformado nuestra mente pese a afectar solo a su parte más superficial: la consciente. Por el contrario, el lenguaje humano (expresado en sus numerosos idiomas) representa todo para un LLM: no hay aparentemente otra cosa en su mundo. Hasta la llegada de las modernas redes neuronales, la inteligencia artificial operaba de manera determinista, sin contar con grado alguno de libertad. Ya empieza a ser diferente gracias a haber heredado de nuestro linaje el enorme poder generativo de la manipulación de símbolos propia de una gramática avanzada.

Las lenguas humanas no existían al comienzo del universo, como tampoco estaban en el momento 0 del Big Bang el oro, el amoniaco, los planetas, los crustáceos o los riñones. Son una emergencia más, a la que se añadirían posteriormente la música barroca, el acero, el teléfono, Facebook, los LLMs o los xenobots. Todos estos últimos ya son consecuencia de la condición de agentes causales inteligentes de los humanos.

Para Erik Hoel, emergencia y poder causal están estrechamente relacionados. A nivel microscópico atómico hay demasiada aleatoriedad para que pueda haber causalidad genuina. Es a nivel macroscópico, en el cual se manifiestan las emergencias, donde la causalidad es lo suficientemente sólida, ya que puede corregirse el ruido aleatorio inherente a la base del sistema: la efectividad causal no depende de una determinada configuración de los átomos, ya que es compatible con muchas de ellas (múltiple realizabilidad). Por eso, en esta escala macroscópica en la que se mueven los seres vivos -Levin añade cada una de sus células y las redes moleculares de regulación genética- es donde únicamente puede hablarse de propósito y sentido.

La causalidad se ejerce pues principalmente de arriba hacia abajo, lo que se observa claramente en todo sistema biológico (por ejemplo, los yoes emergentes alteran sus tejidos musculares con sus movimientos voluntarios) o informático (los programas alteran la dinámica de los electrones al abrir o cerrar puertas lógicas). La múltiple realizabilidad evita depender de un estado microscópico en particular: el objetivo de subir la temperatura de este salón a 21 grados, activando el termostato del sistema de calefacción, es compatible con un número enorme de estados microscópicos.

Es en suma la inteligencia en cualquiera de sus manifestaciones (¿quizá un agente transcendental multiavatar?) la que esculpe la realidad en su navegación por un espacio platónico con un potencial creativo infinito. Y lo hace gracias a la información, moneda de la complejidad, que permite estructurar la materia en el espacio y el tiempo imponiéndose a la aleatoriedad. 

sábado, 9 de diciembre de 2017

Portadores de información (tú, un roble, una vaca, una bandera o una estrella)

Autor: Amer Shomali

Un árbol con las hojas mustias, una piedra precipitándose desde lo alto de un acantilado, un león durmiendo o una bandera española en un balcón pueden aportar información a toda inteligencia (no solo humana) que los perciba. Una colonia bacteriana es inteligente a su manera, pero no es capaz de percibir la existencia de un león durmiendo -aunque esté poblando el tracto intestinal del felino-, de una piedra cayendo o de un trapo rojigualda al viento porque esas cosas desbordan su ámbito cognitivo (al igual que el mareante trasiego del mundo molecular o el bullicioso espectro electromagnético invisible trascienden el nuestro). La bandera patria colgada de un balcón sí se encuentra dentro de la esfera cognitiva de un cuervo, pero para este tiene tanta significación (ya tenga los colores de España o los de Papúa-Nueva Guinea) como para un humano las feromonas de una abeja o los cantos de una ballena.

El grado de inteligencia, o sea la capacidad de procesamiento de información, es tan importante a este respecto como lo es la posesión de información contextual. Los cuervos no están ni pueden estar al tanto de la situación política (es más, ni siquiera pueden llegar a concebir lo que es una "situación política") en una abstracción humana autoetiquetada con el nombre de "Cataluña": para ellos, una enseña nacional, una estelada o una bandera pirata son simples objetos inertes que ondulan a merced del viento. La rojigualda con toro dentro colgada de un balcón sí podría tener significación para un perro si este constatara una correlación entre dicha enseña y una mayor predisposición al maltrato animal de sus portadores (lo que, por cierto, no me atrevería a descartar).

Como humanos sabemos positivamente que un árbol con las hojas mustias indica falta de agua -y que ello representa una amenaza para la vida del vegetal-, que una piedra en trayectoria descendente acabará cayendo al suelo y haciendo daño a alguien si se cruza en su camino (esto también lo sabe un gato o un hipopótamo, aunque desconozcan los fundamentos teóricos de la fuerza gravitatoria), que un león durmiendo no es una amenaza mientras siga en ese estado (aunque conviene mantener las distancias) y que una bandera española prendida de un balcón cuando no se celebra un título de La Roja delata a votantes del PP, Ciudadanos o la extrema derecha.

Todo, incluidos nosotros mismos, va dejando un reguero de información a su paso por el espacio-tiempo. Solo hay que ser inteligente, y tener los sentidos y medios de observación adecuados, para acceder a esos datos. La ruta de un león puede trazarse siguiendo sus huellas o mediante algún dispositivo de geolocalización. La antigüedad de un árbol recién talado puede conocerse por el número de anillos de su tronco. Las circunstancias y los culpables de un homicidio pueden determinarse gracias a técnicas forenses que incluyen análisis genéticos. Los restos de un dinosaurio o cualquier otro ser vivo del pasado pueden ser fechados gracias al preciso reloj del carbono 14. La expansión del Universo, o sea la separación creciente entre sus galaxias, puede ser constatada por el llamado efecto Doppler (el desplazamiento al rojo de la longitud de onda de la luz procedente de las estrellas más lejanas).

La piedra cayendo desde lo alto del acantilado puede haberse desprendido de manera espontánea o haber sido arrojada voluntariamente por alguien. En el segundo caso puede ser producto de una acción lúdica infantil (a los niños les encanta tirar piedras), de un arrebato de ira de una persona agobiada por a saber qué problemas o de un tipo que busca deliberadamente hacer daño a alguien que está abajo. La interpretación de todo objeto o fenómeno depende de la inteligencia y la información de la que dispone cada agente cognitivo: cuanto menos inteligencia y menos datos posea, más estará sujeto al error (capítulo aparte es la irracionalidad, como la de la persona muy religiosa que cree que un ángel le ha arrojado la piedra a modo de aviso por estar masturbándose abajo).

No obstante, toda realidad se presta a diversas lecturas o interpretaciones igualmente válidas. Así como una bandera es al mismo tiempo un trapo y un símbolo (para los humanos), un libro es también muchas cosas: un contenedor de un mensaje (a su vez sujeto a múltiples interpretaciones de sus lectores), una fuente de alimento para una cabra, un objeto para calzar una mesa o matar un mosquito (como arma letal sirve igual una obra de Borges que un bodrio de Dan Brown), un material combustible para una hoguera... ¿Y si el Universo fuera, además de energía-materia y de un escenario para la consciencia, él mismo un mensaje?...

domingo, 25 de junio de 2017

Bendito (y también maldito) orden

"Ángeles y demonios" (M. C. Escher).

El desorden es bastante más frecuente que el orden. Por eso hay muchas más formas de ruido que de música, por eso los textos carentes de información -incluidas las combinaciones aleatorias de letras- son mucho más abundantes que los informativos o coherentes (aplicando el método de Cantor, el número infinito de los primeros sería superior al número infinito de los segundos). Por la misma razón es más fácil desordenar que ordenar, destruir que construir, dañar que curar, ensuciar que limpiar, errar que acertar, cometer una chapuza que desempeñar un buen trabajo, hacer el mal que hacer el bien... Es más probable la mediocridad que la brillantez, la fealdad que la belleza, la estupidez que la inteligencia, la condición inerte que la vital.

El orden, fruto de las leyes físicas (¿producto a su vez de una realidad platónica eterna?), es lo que permite la vida, la conciencia individual y la inteligencia. No hay voluntad ni racionalidad sin orden, sin una cierta organización cerebral o neuronal ya sea para acariciar o para torturar (existen órdenes diabólicos, como el del campo de exterminio o el del matadero municipal). Sin orden no hay complejidad ni evolución ni emergencias. Ni posibilidad alguna de interacción y comunicación. El mundo sería un enorme amasijo informe en el que tú y yo, dinosaurios y superordenadores, Villarrobledo y Vladivostok, grande y pequeño, arriba y abajo, fuera y dentro, antes y después, se confundirían en un indescriptible totum revolutum.

Quizá ese maremágnum sea el estado del mundo de un tic de Planck a otro, entre cada colapso de la función de onda que rige la evolución del Universo o acaso Multiverso. Solo mediante un filtrado sesgado y coherente de todo lo posible, mediante una destrucción ab toto como la que representa el colapso de la función de onda, sería posible tomar conciencia individualizada -necesariamente parcial- de un orden cósmico donde todo sucede simultáneamente y de una vez. Solo así el Brahman puede ser Atman, el mar puede ser ola. Solo así tendría sentido aprender y acaso vivir.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Inteligencia Artificial, ¿una inteligencia no inteligente?


Cada vez que alguien consigue que un ordenador o robot desempeñe o resuelva una nueva tarea o problema, mucha gente sale al paso recordándonos que la actividad de la máquina no es inteligencia genuina (o sea, supuestamente como la nuestra): se trataría de una simple computación realizada gracias a la capacidad humana de programar algo que no deja de ser un cacharro de silicio, chapa y cables. Esto se llama "efecto Inteligencia Artificial" y está muy extendido. Da igual la gesta conseguida por la máquina: si ésta derrota al ajedrez a un campeón mundial, pues se despacha nada más que como una computación (notable, eso sí, pero nada ver con la inteligencia de verdad). No admitimos que haya inteligencia con mayúsculas mientras nosotros entendamos cómo funciona la máquina para hacer una cosa o dar respuesta a un problema. Ya no hablemos de atribuirle conciencia a un superordenador o de suponer que este podría llegar a sufrir enfermedades mentales (sería lo suyo si tuviera una mente).

Curiosamente, ocurre algo parecido cuando se juzga la conducta de los animales. Cada vez que se descubre en una especie alguna proeza cognitiva que se nos había pasado por alto, muchos legos en ciencia lo atribuyen al puro instinto: porque, faltaría más, los animales no tendrían inteligencia... ¡y ni por asomo conciencia! Es tan improbable que un humanista inculto (de esos que pueden recitar de memoria a Góngora pero creen que los toros no sufren en la plaza y no conciben que 0,11 sea menor que 0,2) diga "cultura animal" como que un torero exclame "¡Disonancia cognitiva!" en medio de una faena en Las Ventas. Aunque, le guste o no a Savater o al académico más lustroso, la cultura también existe en los animales.

La tesis de la Inteligencia Artificial (IA) fuerte, a la que se adscriben filósofos y neurocientíficos como el estadounidense Daniel Dennet, sostiene que si un ordenador desarrolla acciones inteligentes (relacionarse con el medio, razonar, resolver problemas, planear, aprender, comunicar, etc.) puede ser considerado a todos los efectos inteligente. La diferencia entre la inteligencia de una máquina y la de un humano sería solo de grado. Nuestros ordenadores siguen siendo menos inteligentes que nuestros cerebros, pero eso no significa que algún día acaso no lejano puedan alcanzarnos y, en el camino, cobrar así conciencia.

El filósofo John Searle ideó un curioso experimento mental, llamado la "habitación china", para refutar el planteamiento de la IA fuerte. Imaginémonos que él está encerrado en una habitación y no tiene la más remota idea de lengua china, pero cuenta con una serie de reglas en inglés (diccionarios, libros de gramática, etc.) que le permiten poner en correspondencia un conjunto de símbolos formales con otro (en este caso, los caracteres chinos) y así responder correctamente en chino a preguntas formuladas en esa lengua desde fuera -por ejemplo, intercambiando hojas por debajo de la puerta o a través de una ranura- por sinohablantes. De esa manera, estos últimos quedan convencidos erróneamente de que la habitación china (en realidad, el oculto Searle) entiende ese idioma asiático. Estableciendo una analogía, Searle concluye que un programa no puede otorgar comprensión o conciencia a un ordenador con independencia de lo inteligentemente que pueda hacer que se comporte.

Como explica Dennet en su libro La conciencia explicada, el argumento de Searle para demostrar que la habitación china no es en absoluto consciente ignora un factor clave: la complejidad. Un programa informático puede ser extraordinariamente flexible, con múltiples niveles, y poseer una amplísima información del mundo (lo que incluiría, según Dennet, "metaconocimiento y (...) metametaconocimiento sobre sus propias respuestas, las posibles respuestas de su interlocutor, sus propias motivaciones, las 'motivaciones' de su interlocutor y mucho, mucho más"). Si una computación compleja permite capturar y representar la misma organización o estructura abstracta de un sistema de procesamiento de información (por ejemplo, la mente emanada de un cerebro), si su entramado de conexiones o "topología causal" es similar, ¿por qué no habría de compartir sus propiedades psicológicas, como sostiene el filósofo australiano David Chalmers? ¿Por qué la conciencia habría necesariamente de tener un soporte orgánico y no de silicio o cualquier otro material? Si una conciencia es producto de la interacción de un trillón de neuronas, según el australiano no habría nada absurdo en la idea de que la interacción de un trillón de chips de silicio pudiese hacer lo mismo.

¿Y por qué la conciencia, a diferencia de la inteligencia, habría de ser una cuestión de todo o nada? Chalmers no descarta que todo objeto procesador de información (o sea, reductor de la incertidumbre, conforme a la definición de Claude Shannon) pueda ser consciente a su manera, empezando por un modesto termostato de conducta binaria: apagado-encendido, cero-uno, sí-no... Aunque pueda parecer contraintuitivo, lo cierto es que el pampsiquismo hace menos misterioso el fenómeno de la conciencia y es perfectamente compatible con una visión materialista del mundo.

viernes, 22 de mayo de 2015

Destrucción 'ab toto', no creación 'ex nihilo': una metáfora escultórica de la realidad física


Imaginémonos un bloque esférico de piedra (sin irregularidades, liso y macizo) y un escultor dispuesto a trabajar sobre él. Ante sí tiene un material en bruto perfectamente simétrico y muy ordenado (o sea, con muy baja entropía y, por tanto, muy escasa información), que merced a su oficio artístico podrá convertirse en cualquier forma imaginable (también ordenada o con baja entropía, como cualquier creación o ser vivo -desde un tigre hasta una novela pasando por una nevera y una flor-, pero con menor orden, mayor contenido informativo y menor simetría que el bruto inicial).

Es pertinente señalar que la imaginación del escultor está limitada por lo que éste ha visto: podrá esculpir un elefante con patas de canario y orejas de burro, pero porque ya sabe lo que es un elefante, un canario y un burro. La imaginación consiste en jugar de manera más o menos audaz o traviesa con la información que ya tienes de algo, pero su ejercicio es imposible con lo que nunca has visto. Ningún humano puede imaginarse un tistallu, hipotética criatura de la constelación de Orión. Yo solo he podido imaginar su nombre y su procedencia porque he jugado con las letras de un alfabeto que conozco y con un objeto celeste que sé positivamente que existe. En cualquier caso, un tistallu también estaría dentro del bloque de piedra, al igual que un elefante, un burro o un canario.

De la primera decisión del escultor (por ejemplo, cortar con una motosierra una sección de la esfera para hacerla horizontal por un lado) dependerá el devenir de su obra, al iniciar una secuencia irreversible de causas y efectos. Si la esfera ha quedado reducida a un objeto con cabeza y cuatro extremidades, ya sabemos que nunca será un pistón, una teja, un piano o el programa electoral del PP. El escultor ha podado mucho el objeto original, pero aún así sigue habiendo infinidad de posibilidades a su alcance. Si su cincel alumbra posteriormente el retrato a cuerpo completo de David Hasselhoff, las posibilidades se habrán recortado bastante (ya nunca será Franco Battiato ni Jorge Luis Borges ni Borja Bartolo Santesmases Huidobro), pero continuará habiendo un amplio abanico a disposición del artista: Hasselhoff vestido de vigilante de la playa, Hasselhoff de drag queen, Hasselhoff con el traje de marinero de su primera comunión...

La información que porta la escultura a medida que avanza el tiempo será cada vez mayor, pero siempre muy inferior a la resultante de una obra absolutamente caótica (por ejemplo, un truño diarreico de Esther Ferrazcona). Para entender esto podemos recurrir al ejemplo de una baraja. El mazo de cartas perfectamente ordenado sobre la mesa (con una carta encima de otra, el as de oros al principio y el rey de bastos al final) tiene una entropía muy baja y poca información porque solo hay una manera de disponerla así. Si sacamos los cuatro ases, los ponemos juntos en una fila (el de oros a la izquierda, seguido del de copas, el de espadas y el de bastos) y tiramos el resto de las cartas de cualquier forma sobre la mesa, nuestra disposición tendrá más entropía (menos orden), menos simetría y más información. Y si arrojamos directamente todo el mazo sobre la mesa de cualquier modo, tendremos como resultado un estado con mucha entropía (poco orden), ninguna simetría y mucha más información: hay muchas maneras de que las cartas se dispongan desordenadamente, de modo que nos harían falta muchos más bits para computar específicamente ese estado (que, en consecuencia, ocuparía más memoria en un ordenador) y no otro.



Lo cierto es que el tipo de desorden no es distinguible macroscópicamente, ya que hay muchísimos estados desordenados posibles (por el contrario, solo hay uno ordenado perfectamente). Un teórico silencio absoluto en el patio de butacas abarrotado de un teatro se corresponde con un único estado en el que todos los espectadores están callados. Sin embargo, nadie podría distinguir un murmullo generalizado de otro, porque para ello tendría que disponer de una amplísima información sobre todos los espectadores: en algunos murmullos participan unos espectadores (además, con distinta intensidad) y en otros no. Solo hay un tipo de orden perfecto, mientras que existen multitud de desórdenes diferentes (aunque aparentemente iguales macroscópicamente).

De la metáfora a la realidad

Ha llegado el momento de dar el salto de lo metafórico a lo real. Para el físico serbio Vlatko Vedral, la realidad espacio-temporal sería fruto precisamente de esculpir la totalidad, de podar o reducir todas las posibilidades que ofrece el Cosmos: no se trataría de una creación ex nihilo (desde la nada) sino de una destrucción ab toto (desde el todo), a semejanza de nuestro escultor. Este último podría ser un ordenador cuántico que ejecuta un programa llamado "leyes del Universo". Un programa con el que se cincela una ruta coherente internamente, o sea matemáticamente consistente, por el espacio-tiempo. Pero habría otros programas (otras leyes), que alumbrarían rutas diferentes y, por tanto, distintos universos. Para Vedral, la información es el componente fundamental de nuestra realidad, en conformidad con el it from bit sostenido por John Wheeler. Materia y energía serían en el fondo dígitos binarios (ceros o unos), información que se va generando a cada instante al cribar la realidad total y última. Sin embargo, como apunta Julian Barbour, quizá sería más atinado hablar de bit from it (siendo it la realidad total y última). O sea, nuestra realidad (el it inmediato) es alumbrada por información (bit) generada por la interacción con la cosa en sí o noumeno (el it último u objeto multiversal).

Demos una vuelta de tuerca a la elucubración metafísica. Imaginémonos un fractal (como un diamante) perfectamente simétrico y ordenado, pero con once dimensiones (tal como sostiene la teoría M de supercuerdas) y una existencia abstracta, ideal o platónica. Un objeto así es inconcebible por nuestra mente, que no puede siquiera intuir espacios de más de tres dimensiones. Dentro de él estarían ya inscritos (al modo en que lo están un elefante, un canario y un burro en nuestra esfera de piedra) todos los universos posibles y todos los eventos de cada uno de ellos: los que para nosotros ya han sucedido, los que ahora nos están sucediendo, los que nos sucederán en lo que llamamos futuro, los que nos habrían sucedido en otros universos, los que nunca nos sucederán... Estaría representado el completo catálogo del Multiverso, absolutamente todo -¡y solo todo!- lo que puede existir: de hecho, se trataría del propio Multiverso.

Supongamos ahora que la única manera de que dicho objeto perfecto pudiera materializarse fuese colocándose sobre la parrilla cuántica, ese vacío no vacío en permanente ebullición que hay debajo de nuestra realidad inmediata en su escala más pequeña, donde tiempo y espacio pierden su significado. Sometido a sus salvajes y frenéticos embates, ese objeto resultaría ligeramente alterado, lo que rompería su orden y simetría. Ese accidente determinaría el estado inicial de un universo, además de generar sus leyes y los valores de sus parámetros físicos (la Matemática podría ser lo único común en todos los universos).

Recurramos a otro símil: un saco repleto de tierra que ponemos al alcance de un gorila balanceándose con una cuchilla de afeitar en la mano. Dependiendo de dónde y cómo impacte la cuchilla, saldrá la tierra del saco por un lado u otro y con mayor o menor intensidad. En este caso, la ley de la gravedad se encarga de determinar cómo será el vaciado del saco. En nuestro supuesto cósmico, la ley sería generada automáticamente por la forma en que quedase el objeto en el instante 0 (el de la cuchillada).

En este universo en el que escribo se habrían plegado siete de las 11 dimensiones, con lo que solo se habrían expandido cuatro -tres de ellas espaciales y una cuarta temporal- con la gigantesca inflación cósmica posterior. Y las constantes físicas (constante gravitacional, masa del protón y del electrón, etc.) son las que son, pero podían haber tomado otros valores de haber sido ligeramente diferente el accidente. De hecho, toman otros valores en otros universos (unos viables y otros no, por no ser internamente consistentes) del infinito catálogo del Multiverso. ¿Y por qué un tipo de accidente y no cualquier otro?, ¿por qué el objeto abstracto perfecto es zarandeado de una cierta manera y no de otra? Pues se trataría de algo aparentemente aleatorio, pero como el azar no existe cabría imaginar la existencia de un generador de números aleatorios (¿a su vez autogenerado?) allí abajo del todo.

En cada punto del espacio-tiempo quedaría incrustada una forma de Calabi-Yau en la que estarían compactadas las dimensiones espaciales no desplegadas (existe un número mareante de modalidades de Calabi-Yau, dependiendo de cómo sea esa compactación), una forma resultante del accidente sufrido por el original perfecto. Dentro de cada universo, la forma correspondiente de Calabi-Yau sería siempre la misma en todos sus puntos o átomos espacio-temporales: algo así como su ADN. El modo en que están allí compactadas o enrolladas las dimensiones ocultas marca la dinámica de un universo: sus leyes y sus constantes físicas.


Todo esto que planteo, a riesgo de llevarme una buena colleja (¡no me consuela pensar que se tratará de simples ceros y unos!) de quienes de verdad saben de Física, es fruto de mezclar osadamente la mecánica cuántica, la teoría de cuerdas, el universo inflacionario, las leyes de la termodinámica y el Multiverso (por cierto, es compatible con una supuesta computación simulada del Universo como la planteada por Nick Bostrom). En el último capítulo de su libro Decoding Reality, Vedral concluye que la información se explica por sí misma: sería un fenómeno autogenerado y autosostenible. Y me pregunto, ya para cerrar: ¿Por qué no considerar que ese presunto objeto multiversal siempre ha existido (en su ámbito platónico inmaterial), como sostenía el griego Parménides? ¿Y el vacío cuántico, esa parrilla o hervidero siempre fluctuante? ¿Cómo se pone a tostar allí el Objeto con mayúsculas?... Pues mira, yo qué sé...

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