domingo, 6 de agosto de 2017

¿Cómo fabrica la Naturaleza un cerebro?


Es prácticamente imposible que un fenómeno complejo como la vida o la inteligencia surja sin evolución y la consiguiente selección natural. La única forma de prescindir del concurso de la evolución (un proceso lento y gradual por definición) para obtener cerebros, ciudades, sinfonías o códigos morales sería apelando al azar, tal como aventuró hace más de un siglo Ludwig Boltzmann (en cuya lápida en un cementerio de Viena está inscrita, por cierto, la fórmula de la entropía: S = k x log w). Según el físico austríaco, el Universo asistirá a la creación espontánea de cerebros, fruto de fluctuaciones aleatorias (al fin y al cabo, aquellos son solo combinaciones de un gran número de partículas), si tiene a su disposición un tiempo infinito: son los llamados cerebros de Boltzmann, desprovistos de cuerpo pero con toda la información y recuerdos de algún cerebro humano en algún momento de su existencia, que flotarían en la inmensidad del Cosmos tras su súbita y extremadamente improbable aparición de entre el caos.

Conseguir vida e inteligencia sin evolución sería mucho más improbable que redactar íntegramente El Quijote encomendando a un mono inmortal la tarea de darle sin parar a las teclas de un ordenador de manera aleatoria. O haciendo que cada letra de la novela de Cervantes, desde la primera a la última en perfecto orden, se corresponda con lo dispuesto por una gigantesca tirada de dados no sesgados de 27 lados (uno por cada carácter). Desde el big bang no ha habido tiempo suficiente en el Universo para que ocurran semejantes cosas... ¡pero terminan ocurriendo si el tiempo es ilimitado!

Para que haya evolución-selección también se necesita tiempo, aunque muchísimo menos gracias al poder autoorganizativo del orden (o sea, de la entropía negativa o neguentropía). No recuerdo quién dijo que el tiempo es lo que hace que la conciencia no perciba instantáneamente -cual mente omnisciente- todos los sucesos del Universo. Seríamos Dios si fuéramos omniscientes, pero nuestra vida como individuos quedaría desprovista de todo sentido o propósito: conceptos que no son ajenos a nadie con traje carnal como bondad, maldad, belleza, arte, amor, aprendizaje, placer, sufrimiento, ilusión, progreso, esperanza o felicidad (todos ellos, por cierto, alojados en el cerebro) se disolverían por completo.

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