domingo, 27 de enero de 2019

España desde el centro y desde la periferia

Javier Barrientos invitaba hace unos días en Twitter a decir "región" en vez de "comunidad autónoma", con el argumento de que "poco a poco iremos saliendo de ese centrífugo embudo en que se ha ido convirtiendo España". Lo que viene a continuación es una edición compactada de mis comentarios a su tuit, detrás del cual hay una forma de concebir España desde su centro: no tanto un centro geográfico (limitado a Madrid y alrededores) como cultural e histórico (que abarca territorios de tradición castellana aunque no formen parte oficialmente de las dos Castillas políticas, caso de Extremadura, Murcia, La Rioja, Cantabria e incluso Andalucía).

Si la mayoría de vascos y catalanes no comparten esa idea de Barrientos, si solo se la creen madrileños, manchegos, murcianos, extremeños, riojanos o cántabros, veo absurdo el intento: solo sería una invitación a mucha gente a desconectar de España. A mí personalmente me resulta ridículo el término "región" para Canarias (recuerdo que a Ramón Tamames tampoco le gustaba, por sonarle a algo tan frío e impersonal como "hectáreas").

Cada cual ha de sentirse español (o no) a su manera. Pretender que vascos o catalanes no necesariamente nacionalistas se refieran a su tierra como "región" es algo forzado y contraproducente. No se pueden imponer denominaciones ni sentimientos. Otra cosa es la ley, desde luego. Deberíamos tener claro que todo intento de imponer desde el centro una determinada visión de España, sin contar con la periferia, está condenado al fracaso.

Dice Barrientos que esto no tiene nada que ver con los sentimientos. ¡Pero claro que pintan y mucho los sentimientos! Lo cierto es que para al menos el 75% de catalanes y vascos, la denominación "región" (con todas sus connotaciones centralistas y franquistas) no es de recibo, tanto como llamar castellano a un leonés. Decirles que lo suyo es una región es más o menos equivalente a gritarles "¡Pujol, enano, habla en castellano!" o "¡Se dice adiós, no agur!". Pretender arrebatar a País Vasco y Cataluña las competencias en educación (no niego la manipulación nacionalista de la historia en sus escuelas, pero no es mayor que la existente en la España franquista o la que pretende reintroducir la derecha nacionalista española) es enseñarles la puerta de salida y cualquier posibilidad de convivir juntos en un Estado plural.

Llevo en Madrid 25 años y doy fe de que la manera de concebir España es diferente en el centro que en la periferia. Y tengo la impresión de que es difícil que uno del centro se ponga en la piel y entienda a un periférico de "ocho apellidos". Y viceversa. Quiero dejar claro que esto va más allá de la política y trasciende el nacionalismo. Yo mismo soy antinacionalista (detesto todo nacionalismo, incluidos el español y el canario) y defiendo una España unida y solidaria, pero si alguien pretende que lleve todo el día un brazalete con los colores de la bandera rojigualda, pronuncie las ces como en Valladolid y sienta como propia tradiciones tan ajenas como la tauromaquia (culturalmente tan próxima a un canario como una sardana o una ceremonia zulú) me está echando fuera: me está desespañolizando sin quererlo.

martes, 15 de enero de 2019

Alianzas transversales en pos de buenas causas transversales (como el animalismo)

Soy socio de Greenpeace pero no comparto su oposición frontal a los transgénicos, ya que no hay evidencia científica de que supongan un riesgo para la salud (aunque los posibles efectos ecológicos y las cuestiones legales y socioeconómicas -abusos en las patentes y en su comercialización oligopólica- son discutibles y nada desdeñables). Soy socio de Amnistía Internacional pero estoy a favor de la cadena perpetua revisable e incluso no encuentro razones morales (aunque sí estéticas) para oponerme a la pena de muerte en ciertos casos. Me considero un socialdemócrata pacifista, pero ello no obsta para que defienda una política de mano dura contra la delincuencia violenta, el terrorismo y las organizaciones criminales. Y todo ello al tiempo de considerar que la vida de un sádico asesino no vale más que la de un buen perro, ni siquiera que la de una mosca o un abeto. Y de no descartar que estemos viviendo en una especie de simulación creada por alguna inteligencia superior que nos trasciende.

Lo cierto es que la gente suele asumir una ideología en bloque. Si es de derechas, toma todo el paquete del pensamiento conservador: nacionalismo, religiosidad, patriarcado, escasa o nula preocupación por el bienestar animal, recelo del extranjero y de una sexualidad no ortodoxa, etc. Si es de izquierdas, compra completo un pack progresista que incluye el agnosticismo o ateísmo, el feminismo, la defensa de los derechos de la comunidad LGTB, el internacionalismo (paradójicamente combinado con el nacionalismo si eres de una comunidad periférica), el relativismo moral (el "no hay culturas mejores que otras") y el buenismo (detrás del cual se halla la ignorancia de la naturaleza humana, la creencia de que somos una hoja en blanco al nacer que se puede editar culturamente de arriba abajo), este último también paradójicamente hermanado al maniqueísmo (¡los de arriba, a diferencia de el pueblo, sí que son malos!).

Sin embargo, esa tradicional divisoria izquierda-derecha está siendo zarandeada por la irrupción de megatendencias como el ecologismo (ya felizmente consolidada) y el animalismo, que suponen un desafío ideológico de primer orden para la izquierda. Yo no puedo concebir que una persona progresista simpatice con la tauromaquia, una salvajada impropia de un país civilizado. O que defienda la caza deportiva y se burle de vegetarianos y veganos. Como quizá un progresista genuino de hace 60 años no podría entender que alguien desde la izquierda no asumiera plenamente los derechos de los homosexuales. Por eso estoy totalmente en desacuerdo con el autoproclamado izquierdista Mauricio Schwarz, que considera que esas cuestiones son poco menos que paparruchas feng shui. La ciencia es otro reto para la izquierda, todavía muy anclada a planteamientos académicos desfasados (propios de las "ciencias" sociales tradicionales) o sencillamente grotescos (los propios de la factoría intelectual posmoderna, a la que se adscriben los estudios culturales y de género).

Quizá el significado de la palabra progresista no sea el mismo en una ciudad que en un pueblo, en la Comunidad de Madrid que en la Región de Murcia. Realidades como la homosexualidad no solo han sido aceptadas en los países más civilizados por la derecha moderada, sino también por la extrema derecha (recordemos que el líder ultra holandés Pim Fortuyn, asesinado en 2002, era declaradamente gay). Aunque la actriz Brigitte Bardot milite ahora en el ultraderechista Frente Nacional, no puedo más que compartir su rechazo del especismo o de la tauromaquia: en eso la siento más próxima que un izquierdista andaluz taurino y cazador. Y el ecologismo, aunque ligado inicialmente a la izquierda, empieza a ser ya algo transversal más relacionado con el desarrollo social de una comunidad que con la ideología. En promedio, seguro que un conservador sueco tiene una mayor conciencia ecológica que un socialista almeriense.

En conclusión, que a la hora de forjar alianzas para defender causas justas como el ecologismo o los derechos de los animales, así como la cadena perpetua revisable o el combate implacable a las mafias y el terrorismo, habrá que contar a veces más con enemigos ideológicos que con amigos (también para la defensa de un análisis científico, riguroso y sosegado de la realidad de la violencia de género). Y no es malo que así sea. En eso consiste la democracia, en la convivencia civilizada entre personas con distintas ideas bajo un marco consensuado más allá del cual no puede imponerse nada aunque nos parezca una barbaridad (por ejemplo, que las corridas de toros sean legales). Muchas veces será necesario convencer a algunos amigos haciendo palanca junto a algunos enemigos para incluir o excluir más cosas en ese marco consensuado.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Correlaciones nada casuales a la derecha y a la izquierda

Que la línea dibujada en un plano por los picos de una cordillera se corresponda exactamente con la evolución del precio del tomate frito en Mongolia no significa necesariamente que haya algún tipo de relación causal entre esas dos realidades (las alturas de las montañas y los precios del susodicho alimento). Este es un caso claro de correlación espuria, puesto que no obedece a causalidad alguna (¡podemos poner la mano en el fuego a este respecto!) sino a la mera casualidad.

A mis alumnos de la Universidad Carlos III solía ilustrarles la diferencia entre causalidad y correlación con algún ejemplo de esa guisa. Lo del tomate frito en Mongolia me lo he inventado, pero hay curiosas correlaciones de verdad (aunque evidentemente espurias) como la que liga el consumo per cápita de margarita en EE.UU. con los divorcios en el estado de Maine o el número de ahogamientos anuales en piscinas en EE.UU. con las apariciones en películas del actor Nicholas Cage.

Pero la cosa cambia si observamos una correlación entre conservadurismo, nacionalismo, especismo, religiosidad, homofobia, machismo e ignorancia: dicha correlación no puede ser casual, tiene que haber necesariamente algún tipo de causalidad. Ello no quita que uno pueda ser políticamente conservador al tiempo que antinacionalista, animalista, ateo, defensor del colectivo LGTB y una lumbrera intelectual. O animalista y defensor del colectivo LGTB a la par que ultranacionalista y religioso. Aunque, reconozcámoslo, se trata de combinaciones infrecuentes: ¿cuántas personas conocemos que reúnan esas características? Lo habitual es que todo vaya en el mismo paquete, lo que requiere una explicación científica.

Según Lazar Stankov y Jihyun Lee, detrás de esa correlación hay un "síndrome conservador" que hace que la persona afectada dé mucha importancia a cosas como la obediencia, la tradición, la religión, el orden y la pertenencia a un grupo nacional, al tiempo que es menos abierta a desafíos intelectuales (como estudiar, ampliar conocimientos o aceptar opiniones diferentes) y hostil hacia quienes no forman parte de su grupo o se desvían de la normalidad. Eso es lo que explica que nacionalismo, especismo, religiosidad, machismo, homofobia e ignorancia suelan ir juntos (en España podemos añadir la afición a la tauromaquia). Lo cierto es que en un estudio realizado a más de mil aspirantes a entrar en la universidad en EE.UU., Stankov y Lee observaron una correlación negativa entre conservadurismo (definido en los términos anteriores) y habilidades cognitivas.

No quisiera que esto se tomara solo como una mofa de la derecha, ya que también podría haber correlaciones entre izquierdismo, sectarismo, conspiranoia y magufismo, detrás de las cuales puede estar apostado un hipotético "síndrome izquierdista" (causante de que la persona afectada dé escasa importancia a la tradición, la religión, el orden y la pertenencia a un grupo nacional -salvo que sea catalán o vasco-, haciéndola extremadamente desconfiada y recelosa del sistema y menos abierta a revisar dogmas ideológicos tomados como verdades científicas que solo pueden ser negadas desde la ignorancia, la idiotez o la maldad).

El psiquiatra Paco Traver incluso apunta la supuesta correlación entre animalismo, veganismo, infertilidad y anorexia intelectual (aunque, por mucho que me empeño, no logro encontrar referencia alguna de ello en Google). Esto no parece haberse manifestado en un tipo como el físico teórico Brian Greene, vegetariano desde los nueve años y vegano desde hace algún tiempo, lo que no obsta para que tenga una mente prodigiosa (también eran vegetarianos medianías como Leonardo da Vinci, Nikola Tesla o Albert Einstein) y sea padre de dos niños. Pero ya hemos visto que siempre hay excepciones, como la del animalista defensor del colectivo LGTB al tiempo que ultranacionalista e integrista religioso...

Sea como sea, no debemos negarnos a conocer la verdad, por incómoda o políticamente incorrecta que esta resulte. Las verdades estadísticas (como la de que un 30% de los asesinatos machistas de mujeres en España son cometidos por inmigrantes que representan solo el 10% de la población, o la de que el 25% de la población carcelaria femenina en nuestro país se corresponde con un grupo étnico que solo representa el 1,5% del total) son necesarias para diagnosticar un problema y así poder encontrarle una solución razonable, aunque es inevitable que algunos las utilicen torticeramente como arma arrojadiza para fines más o menos oscuros.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Teísmo abierto: ¿es el Multiverso el salón recreativo de Dios?

Diagrama de Kircher de los nombres de Dios.

Imagínate que diseñas un videojuego en el que pueden interactuar tres jugadores. Como creador del videojuego, conoces todos sus escenarios y líneas posibles: o sea, conoces el multiverso del juego. Pero lo que no puedes saber es qué líneas y escenarios son los que se materializarán una vez que empiezan a jugar los tres competidores: eso dependerá de la interacción de tres agentes volitivos  cuya conducta te resultará completamente imposible de anticipar. Conoces todas las partidas, pero no sabes cuál de ellas se va a concretar cada vez que se juega. Eres solo parcialmente omnisciente porque resulta imposible, por mucha tecnología que poseas, meterse en el pellejo de cada jugador para saber cómo actuará a cada paso.

Este caso puede extrapolarse al de un Cosmos supuestamente creado por un presunto Dios no omnisciente, trayendo con ello a colación dos conceptos físicos clave: el hipotético Multiverso y la incertidumbre de la mecánica cuántica (sobre la cual se erigiría el libre albedrío). Existen todos los universos posibles (Multiverso) y Dios los conoce, pero no es capaz de saber qué universo se acabará fraguando en una partida iniciada con su correspondiente Big Bang. Y no es capaz de saber qué decisión tomarás tú o yo porque ni siquiera lo es de adivinar si una moneda caerá de cara o de cruz o si la desintegración radiactiva de un átomo se producirá ahora o dentro de un minuto o dentro de 500 millones de años. Ni el mismísimo Dios podría sortear la naturaleza intrínsicamente aleatoria del mundo.

A modo de un programador cuántico, Dios crearía el Multiverso con unas leyes simples (que al evolucionar en cada uno de los universos compatibles con la inteligencia darían lugar a una gran complejidad), las cuales impondrían un orden sobre un inefable fondo caótico que escaparía a su control. Pero dicho orden no conseguiría subyugar del todo la indeterminación cuántica inherente a ese fondo: solo lo moldearía de una manera inteligible (por eso son posibles el conocimiento y la ciencia, por eso las matemáticas funcionan como un guante para entender el mundo físico), pero sin eliminar la permanente agitación cuántica subyacente. De ese modo habría un hueco para que ejercitasen el libre albedrío los seres vivos más complejos (y supongo que también un termitero o una comunidad bacteriana).

La parcial omnisciencia de Dios es lo que propugnan algunos teóricos del teísmo abierto, el planteamiento teológico más razonable con el que me he topado (un argumento que, por cierto, habría llevado hace pocos siglos a una piadosa hoguera cristiana a sus proponentes). ¿Entonces Dios (nombre que le damos al creador del juego o simulación, que bien podría ser -como dice el físico Brian Greene- un adolescente tetradimensional con granos frente a su ordenador cuántico, él a su vez fruto de otra creación de orden superior) se dedica a observar a las criaturas emergentes de su creación?... ¿Pero y si Dios fuese el participante en su propio juego, adoptando todas las formas posibles de interacción consciente con la realidad?: desde Anna Frank hasta el destripador de Londres, desde una ardilla hasta una termita y una bacteria, desde ti hasta David Hasselhoff... ¿Y si el Multiverso fuese el salón recreativo de Dios, acaso su jardín de desarrollo espiritual? ¿Y si el maremágnum cuántico de fondo fuese su tumultuoso, amorfo y eterno sueño, con cuyos mimbres se construye la realidad?...

Traeré de nuevo a este blog los versos de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska:

PLATÓN O EL PORQUÉ
Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
-para qué con sombra,
si antes no tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas...

sábado, 17 de noviembre de 2018

Reggaetón, trap, machismo y cultura subyacente


No hay nada que haga más daño a la lucha contra el machismo que el videoclip de un primate enjoyado cantando reggaetón o trap en medio de un montón de chicas ligeras de ropa. Lo mismo pasa con las campañas de tráfico o antitabaco: basta una película en la que el actor guapo y famoso vaya a toda hostia con el coche o fume con gesto de tipo duro interesante para dinamitar cualquier intento de concienciar a los más jóvenes del riesgo de los accidentes de circulación o de los nefastos efectos del tabaco. Todo el dinero público invertido termina únicamente beneficiando a las agencias publicitarias encargadas de hacer los impactantes anuncios televisivos de turno. Todo el esfuerzo de comunidad educativa, sociedad civil y familias cae en saco roto.

Si no fuera por eso, el reggaetón (denominación insultante para el reggae, que debe tener a Bob Marley retorciéndose en su tumba) y el trap serían solo meras manifestaciones de la ingente basura cultural de nuestro tiempo: como la telebasura de Belén Esteban y Jorge Javier, los telefilmes de serie B de las sobremesas del fin de semana en Antena 3, las instalaciones artísticas de Damian Hirst, la abundante literatura barata de masas o la inconmesurable mierda de Internet. Pero, más allá de representar un insulto a la inteligencia y a la estética (así como de invitar a perrear a la chavalería, a lo que no tengo nada que oponer), se trata de algo muy serio: es basura tóxica que, además de llenar de oro los cuerpos y las cuentas corrientes de algunos simplones alfa, perpetúa el machismo en sociedades tan necesitadas de librarse de esta lacra como las latinoamericanas y dificulta su erradicación en otras como la española (donde, pese a haber mucha gente rancia, hemos avanzado bastante en las últimas décadas).

Es innegable que el machismo suele venir en el mismo paquete cultural que la homofobia, la ignorancia, la religiosidad y el nacionalismo. Por eso no deja de ser, en lo que respecta al ámbito geográfico de raíz cultural ibérica, una de las caras de un poliedro con muchos otros lados: infames políticos populistas embutidos en el chándal de su selección nacional, grotescos culebrones infestados de la más ñoña moralina católica, concursos de belleza femenina que afrentan la dignidad de la mujer, clasismo y racismo vergonzantes de una plutocracia hortera hasta decir basta, pandilleros cuasihumanos tatuados hasta el prepucio, histriónicos predicadores evangélicos, maltrato animal, santería y Santa Muerte, persecuciones de maricos a manos de puromachos, embarazos no deseados de adolescentes, corrupción generalizada... Si el reggaetón tiene un amplio mercado es porque, dejando aparte que a los jóvenes les gusta divertirse y perrear (como a todo el mundo que no reniegue de su naturaleza animal), hay una cultura subyacente bastante mejorable: al otro lado del charco y también a este lado.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

El irritante culto de Pérez-Reverte al tip(ej)o duro


De entrada quiero decir que Arturo Pérez-Reverte me cae bien (lo cierto es que me resulta igual de simpático su odiado -el sentimiento es recíproco- Iñaki Anasagasti). Coincido con él en que los perros son generalmente mejores que los humanos, en que reyes y curas han tenido mucho que ver con el retraso de España y en que aquí hay bastante cabrón (aunque ni más menos que en cualquier otro lado), mucho ignorante y demasiado mamoneo. También suscribo su indignación por la corrección política llevada a extremos estúpidos, un trastorno que aqueja a cierta izquierda. Ya de paso, me gustó mucho su novela El pintor de batallas.

Pero no comulgo con el escritor cartagenero en su visión hidalgo-rancia de la vida, en esa preocupación a mi juicio ridícula por la "clase", el buen vestir y las apariencias (tuve hace unos años un choque con él en Twitter a cuenta de un artículo suyo sobre ir en chanclas al Parlamento). Y lo que más me irrita de su pensamiento es la declarada admiración por los hijos de puta listillos a la par que valientes, descarados y encantadores del tipo de Falcó, el protagonista de su última serie de novelas, un chulo de manual que va precisamente como un pincel y se conduce con la soltura y elegancia de todo un "señor" por la convulsa España y Europa de los años 30.

Falcó es un personaje literario, pero Pérez-Reverte reconoce que le atrae ese tipo humano. Los asesinos a sueldo, los buscavidas sin escrúpulos, los desaprensivos de toda condición, sobran en este mundo (mejor dicho, sobran más allá de las cuatro paredes de una cárcel). Por mucha simpatía y humor que exhiban, por mucho encanto y dotes de seducción que desplieguen ante hombres y mujeres, por muy bien que cuiden la raya del pelo y la del pantalón. Falcó no es un sádico, ya que no disfruta matando, pero sí un psicópata o al menos un tipejo con la empatía en suspenso: mata sin escrúpulos sencillamente porque ese es su trabajo. Dice Pérez-Reverte en una entrevista con Pepa Fernández que esta gente no tiene problemas para justificarse. En eso consiste ser un psicópata: en no sentir compasión alguna por tus víctimas y dormir de un tirón sin cargo de conciencia, como un niño pequeño.

A Falcó le importa un huevo la política, carece de ideología, le da igual unos que otros: lo que quiere saber es a quién hay que matar para seguir cobrando. Podría trabajar igual al servicio de la República que para Franco, a sueldo de Hitler o de Stalin, de chetnik o de ustacha, matando blancos en Zimbabue o negros en la Sudáfrica del apartheid. Por mucho glamour de malote que posea, este personaje no tiene maldita gracia más allá de las páginas de una novela (ahí sí puede ser muy divertido, no lo niego). Desde luego, yo no seré quien ría las ocurrencias en el mundo real a los Falcós. Porque tipos "duros" como ese, así como los que los utilizan y quienes los admiran, los justifican o callan ante sus excesos, son responsables o corresponsables de buena parte del dolor de la humanidad desde que empezamos a ser algo más que monos (aunque lleva razón Arturo al afirmar que quienes suelen sacar las castañas del fuego en situaciones extremas son también esos individuos, no los epistemólogos, medievalistas o profesores de griego antiguo). Muchos nos quedamos con las buenas personas (intuyo que Pérez-Reverte lo es). Aunque estas sean menos glamurosas, lleven los pantalones caídos o vayan en chanclas a un parlamento.

domingo, 14 de octubre de 2018

¿Hay sentidos vitales espurios?


Para acabar en una secta no hay que ser necesariamente un necio, aunque este sea el tipo humano mayoritario en su seno. Uno puede ser también inteligente, tal como vemos en la magnífica serie documental Wild Wild Country, producida por Netflix, que cuenta la historia de la multitudinaria comunidad establecida en torno al carismático gurú indio Osho o Bhagwan. Buen ejemplo de ello es el estadounidense Philip J. Toelkes (Swami Prem Niren), que fue abogado del líder espiritual y también integrante de su grupo religioso, quien pasados los años rememora con sincera emoción el genuino sentimiento de amor comunitario que experimentó tras llegar a la secta a finales de los años 60, hastiado de las mentiras sobre la guerra de Vietnam y de la grosera cultura materialista instalada en su país. No puede negarse que muchos de los que seguían a Osho eran realmente felices con sus vidas alternativas: su espiritualismo materialista no represor del sexo, sus risas flojas, sus estridentes terapias comunitarias new age... Por eso es inevitable preguntarse: ¿qué más da que sus creencias fueran falsas o estúpidas (qué mas da que Osho fuese solo un espabilado enjoyado subido a un Rolls Royce) si eso les hacía dichosos?... Probablemente Niren llegase a esta misma conclusión. Todas las religiones (o sea, las sectas con más solera) se fundan igualmente en falsedades no menos esperpénticas. Aunque amargan la existencia a no poca gente, informan también la vida de muchas y las hace incluso felices.

Nuestra vida no tiene más sentido que el que nosotros mismos, unos trocitos ordenados y conscientes del Universo, le demos. Seguramente no haya un Dios (aunque puede que acabe habiéndolo en un futuro remotísimo, fruto de la evolución inteligente del Cosmos) y le importemos un bledo a ese Universo del que nos hemos singularizado por tan breve tiempo. Pero como actores de nuestra propia existencia podemos darle un sentido a esta, el que queramos, y dicho sentido nunca será espurio si informa nuestro paso por la Tierra y nos hace dichosos. Por tanto, sería igual de válido al efecto adoptar como sentido vital el catolicismo o el ateísmo militante, el liberalismo o el comunismo, la independencia de Flandes o la unidad de Bélgica, el Real Betis o el Sevilla FC. Y cualquiera de esas causas no tendría por qué ser menos auténtica o funcional para el logro de la autorrealización o felicidad que las de la creación artística, el crecimiento espiritual, la ciencia o un hijo.

Dicho de otro modo, que uno puede encontrar tanto sentido en una mentira o en una tontería (incluso en el ejercicio más descarnado de la maldad) como en el amor u otra gran verdad. Eso sí, hay que creer firmemente en la causa (por eso muchos nunca seremos "religiosos" en un sentido amplio, lo que abarca también al comunismo, el nacionalismo o el sevillismo). O, al menos, en que algún elevado fin justifica la causa por muy estrafalaria que esta sea. Y no funciona el autoengaño salvo que sea inconsciente. No me gustaría estar en el pellejo de quien un día se despierta y descubre súbitamente que toda su vida se ha basado en una falsedad: el riesgo de no volver a levantarse es enorme.

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