jueves, 23 de abril de 2026

Evolución dirigida: mundo platónico a la carta

El filósofo Charles Sanders Peirce contemplaba la evolución como un proceso mediante el cual las formas platónicas se instancian y desarrollan en el mundo físico, no solo informando los seres vivos sino las propias leyes del universo (las cuales, al igual que las creaciones de la biología, no serían estáticas). El tránsito bidireccional de la potencialidad a una realidad intrínsecamente cambiante es la clave  de la filosofía del proceso, desarrollada posteriormente por Alfred North Whitehead. Parece que Whitehead y Peirce llegaron de manera paralela a ciertas consideraciones metafísicas, entre ellas la de que el futuro no está determinado porque el propio universo con sus objetos (sucesiones estructuradas de "ocasiones de experiencia" en la ontología whiteheadiana) influye en su alumbramiento. Para William James, alineado con la intuición de Peirce, los agentes activos serían más los patrones inmateriales que los objetos físicos, lo que ilustró con su máxima de "Los pensamientos son los pensadores".

El objetivo fundamental declarado de la investigación científica del biólogo Michael Levin es entender los contenidos y la estructura de ese espacio platónico, así como la manera en que nuestras creaciones materiales pueden extraer patrones deseables o indeseables de dicho espacio. O sea, pretende hacer un mapeo entre algunos objetos que construimos (como biobots o inteligencias artificiales) o que construye la naturaleza (como embriones o cuerpos biológicos) y los patrones inmateriales que les dan forma desde su morada platónica. Esto no es una mera disquisición filosófica, ya que puede abrir el camino a aplicaciones prácticas muy beneficiosas. El abordaje para investigar intervenciones regeneradoras o correctoras de defectos genéticos no es el mismo cuando consideramos el cuerpo físico como un agente procesador de información pasiva que cuando lo contemplamos como un cuaderno o bloc de notas utilizado por patrones informativos activos, que serían los verdaderos agentes. En este segundo caso, la estrategia inteligente sería la de propiciar el ingreso de patrones adecuados a los fines que se persiguen. Es un hecho que la evolución favorece formas y comportamientos animados por ciertas verdades matemáticas y algoritmos, como el número Pi, el numero áureo o la sucesión de Fibonacci.

La electricidad es para las células lo que para los humanos es el lenguaje: se trata del medio principal de comunicación entre ellas. Si se identifica el patrón bioeléctrico correcto, puede modificarse el sistema de comunicación intercelular de un tejido para que este converja de manera espontánea hacia una forma deseada. Así podría lograrse que el propio cuerpo humano regenerase un miembro amputado, algo de lo que son capaces naturalmente las planarias o las salamandras. Tambien podría combatirse el cáncer de manera mucho más eficaz y menos invasiva si se reprograma eléctricamente a las células cancerosas para que vuelvan a estar alineadas con el resto y no perciban fuera de ellas una estructura ajena, un "no yo". En suma, la idea es poder decir en un futuro no muy lejano a un sistema biológico "Construye un riñón aquí" o "Regenera este tejido" aplicando señales bioeléctricas, que funcionan a modo de patrones constructivos, de modo que el cuerpo ya se encargue de hacerlo por sí solo. 

Para Levin, la relación entre mente y materia sería la misma que existe entre esos patrones abstractos y los objetos físicos que informan: la mente sería un patrón platónico solo distinto de otros patrones como los matemáticos (como los que informan un triángulo o un objeto fractal) por su mayor capacidad agencial. En el espacio de posibilidades mentales están todo los patrones que nos hacen felices e infelices, muchos de ellos (como el dolor y el placer) compartidos con otros animales. Nuestra estructura cognitiva como humanos facilita el ingreso de ciertos tipos de patrones que no están al alcance de estructuras más básicas, como las de una bacteria o una lombriz. Por otra parte, un árbol, un paramecio y objetos más exóticos como una IA están animados por patrones a los que no podemos acceder y que ni siquiera podemos concebir.

Estados alterados de la consciencia como los producidos por la ingesta de sustancias psicodélicas permiten el ingreso en nuestro cerebro de patrones fuera del alcance de la normalidad cognitiva, los cuales podrían tener efectos terapéuticos. Ya hay investigaciones avanzadas acerca del poder de psicodélicos como la psilocibina para curar la depresión y trastornos psicológicos como traumas, neurosis, drogodependencias o complejos, al extirpar hábitos perjudiciales muy arraigados en muestra mente gracias a una reconfiguración rápida de esta (a la que la mente se presta, en la ventana abierta durante la experiencia psicodélica, en virtud de su plasticidad). Lo mismo se constata con las experiencias cercanas a la muerte y con la meditación, aunque en este último caso no es algo que ocurra de un día para otro.

Podemos concebir el espacio platónico como un menú a la carta donde están todo lo bueno y todo lo malo, que somos libres de elegir (o de postularnos para ser elegidos por patrones platónicos) dentro de nuestras restricciones. De esas elecciones dependerá la evolución de algo que empezó hace unos 13.800 millones de años. Y nada estaría escrito.

sábado, 14 de marzo de 2026

Julian Barbour: los ratios como clave del universo

El inglés Julian Barbour es un físico no vinculado a la academia que lleva casi medio siglo reflexionando, desde su casa renacentista en un pueblecito a las afueras de Oxford, acerca de cuestiones fundamentales como el espacio, el tiempo, la entropía o la complejidad. Hace años tuve conocimiento de él por su propuesta "bit from it", que daba la vuelta al "it from bit" de John Wheeler (yo me he tomado la licencia de fusionar ambas con la de Eugene Wigner en el "it from bit from It by Her").

Barbour se adhiere a un esquema relativista inspirado por Mach y, en última instancia, por Leibniz. Lo que importa en el universo son las relaciones entre sus objetos (bromea con que el lema "Nada más que ratios" sea incrito en su tumba), que a su vez vienen definidos por sus formas. Los tamaños serían tan relativos como el tiempo, que para el físico inglés ni siquiera existiría. Con ello quiere decir que no existen las duraciones sino los instantes de tiempo: formas o configuraciones de partículas ordenadas como los fotogramas en una película.

Impresiona constatar que podría haber hasta 10 elevado a 43 instantes distintos dentro de un solo segundo. Lo cierto es que la consciencia no navega por dichos fotogramas con la misma velocidad en todos los humanos, tal como nos ilustraba hace años Oliver Sacks en su libro El río de la consciencia. Allí nos ponía casos clínicos reales de ralentización (estupor) o aceleración del tiempo. En cualquier caso, los pacientes tenían siempre la sensación subjetiva de percibir el paso del tiempo con normalidad: para ellos, eran los demás quienes estaban abotargados o acelerados. Sacks se refería solo a nuestros congéneres, pero la percepción temporal no es desde luego la misma en los distintos seres vivos.

Volviendo a Barbour, este utiliza para exponernos su teoría el ejemplo más sencillo de forma: un triángulo. En este caso, cada vértice sería como una partícula. El tamaño del triángulo es relativo a su observador (si está más lejos/cerca, lo verá más pequeño/grande), pero no así su forma. El espacio en un universo teórico triangular constaría pues de tres partículas (una por cada vértice) y emergería de las relaciones de distancia entre ellas, expresadas en sus ángulos. El tiempo sería el cambio de esa forma: a partir de la de un triángulo equilátero (estado inicial más uniforme o simétrico), esta podría evolucionar hacia la de uno isósceles. Pero Barbour subraya que tendría que haber una minúscula asimetría en el estado inicial, semilla necesaria de la complejidad.

El universo iría supuestamente sumando entropía (desorden) desde su comienzo, tal como dicta la segunda ley de la termodinámica, pero esto solo regiría si fuera un sistema cerrado. Lo que se constata es que el universo es cada vez más complejo/variado, puesto que no dejan de aparecer en él nuevas estructuras. Es un sistema en expansión, autocontenido y sin límites externos, gobernado por la gravedad. Barbour acuña el término entaxia para referirse a la entropía en un sistema así: en este caso, a diferencia del de una caja cerrada donde está confinado un gas, su valor (el número de estados microscópicos distintos que son macroscópicamente indistinguibles) sería cada vez menor. Por tanto, no sería la muerte térmica lo que le aguardaría al universo en el futuro sino todo lo contrario: un escenario de infinita complejidad (el físico inglés prefiere usar el término 'variedad', tomado de su admirado Leibniz), con la vida como elemento acelerador. Pierre Teilhard de Chardin y Henri Bergson estarían más que satisfechos.

Barbour pone el ejemplo del impacto de una bola de billar sobre otra, en el que no hay una flecha del tiempo porque no puede distinguirse una secuencia hacia delante de otra hacia atrás, para entender la simetría temporal que se observa en el mundo a nivel microscópico. Esa simetría se rompe cuando hay muchas partículas (nos invita para ello a pensar en el golpe inicial de la bola blanca sobre el triángulo de bolas de la mesa de billar), algo necesario para que haya una flecha del tiempo. A ello se añade el requerimiento de un estado inicial muy ordenado: la llamada "hipótesis del pasado". Aquí es donde Barbour saca a colación el punto Jano, cuyo nombre toma de una antigua moneda romana con la inscripción de dos rostros unidos pero dispuestos una a espalda del otro, mirando en direcciones contrarias. Si rebobináramos la película del universo, llegaríamos a ese punto Jano (postulado en vez del Big Bang) casi perfectamente uniforme, que conectaría con otro universo en expansión simétrico al nuestro. El Jano  sería un punto mínimo, o incluso cero, común con el universo que se expande en dirección contraria al nuestro. Barbour atribuye la flecha del tiempo hacia el futuro no al incremento de la entropía sino al aumento de la complejidad desde el punto Jano.

Para el veterano físico inglés, que va camino de los 90 años con una lucidez asombrosa, bastaría pues con el marco de la mecánica newtoniana para explicar la flecha del tiempo. Y también para dar cuenta del principio cosmológico (la homogeneidad a gran escala del universo) sin necesidad de recurrir a teorías como la inflación. Barbour forma parte del club de los físicos y matematicos platónicos, que consideran que todas las formas y estructuras posibles existen eternamente en un ámbito no físico conectado de algún modo con nuestro mundo. Allí estan todos los "ahoras" desde siempre y para siempre, como también creía Einstein. Allí nunca han dejado de estar un bebé inglés recién nacido en 1937 y acaso una lápida que reza "Nada más que ratios". 

jueves, 12 de febrero de 2026

El tarot de Italo Calvino como modelo de un universo informacional y participativo


En su libro de 2010 Decoding Reality, el físico teórico Vlatko Vedral nos trae a colación una narración de Italo Calvino (El castillo de los destinos cruzados) para ilustrar su modelo informacional-participativo del universo, en línea con el it from bit propugnado hace décadas por el también físico John Wheeler.

Vedral sostiene que la información es un elemento fundamental del cosmos, subyacente a materia/energía, espacio y tiempo. Pero no lo limita al ámbito de la física, ya que regiría a todas las escalas: química, biológica, social... Además, tendría una capacidad única: la de poder surgir ex nihilo (de la nada). La información se genera cuando un observador (o sea, el universo contemplándose a sí mismo), mediante el mero acto de observar, lleva a cabo una reducción ab toto (sobre la totalidad) del espacio de posibilidades. Esa reducción, que implicaría una disminución de la incertidumbre (en ello se basa el concepto de información de Claude Shannon), se asemejaría al trabajo de un escultor con su cincel: la realidad sería esculpida a partir de un molde en bruto que representaría la potencialidad del universo. A medida que la realidad se decanta, a medida que se va generando más información, ese molde en bruto se conforma de un modo que excluye ya de manera irreversible muchas posibilidades: estas nunca se materializarán, jamás cruzarán el unbral de lo real desde su estado potencial. Porque cuando un escultor empieza a tallar una cabeza humana, ya está reduciendo la incertidumbre: está excluyendo la posibilidad de que el objeto de su cincelado sea un pie, una butaca, un murciélago o un paraguas.  

El universo es ciertamente una realidad abierta en la que no dejan de emerger nuevos niveles y categorías, con el consiguiente aumento de su contenido informativo: humedad, temperatura, visión, depredación, dolor, amor, espiritualidad... Estos conceptos emergentes solo tienen aplicación en su escala correspondiente. Un átomo no tiene temperatura, como una molécula no siente dolor ni una célula alberga inquietudes espirituales. La duda es si el espacio de posibilidades es también dinámico, si el molde en bruto no es estático, si incluso los objetos abstractos (los mentales y los matemáticos) podrían evolucionar al interactuar con los observadores: la visión del mundo como proceso, desarrollada hace un siglo por Alfred North Whitehead, es la que sostienen actualmente pensadores y científicos como el filósofo Matt Segall o el biólogo Michael Levin.

La idea de la novela de Calvino (¡no confundir con el fanático religioso que quemó a Miguel Servet en la hoguera!) se inspira en Wheeler: la realidad no está determinada y es construida activamente por los observadores de una manera coherente. Wheeler apela al juego de salón de las 20 preguntas, en el que un jugador entra en una sala donde hay 20 personas a las que va haciendo sucesivamente preguntas binarias para adivinar un objeto. Estas personas han acordado responder "sí" o "no" como les venga en gana, pero de una manera coherente con las respuestas dadas anteriormente. Así se va alumbrando un objeto que ni el jugador ni las 20 personas que le responden puede prever al principio. La primera pregunta podría ser "¿Es azul?", y su respuesta "No". La segunda, "¿Es un animal?", y su respuesta "Sí".  La tercera, "¿Vuela?", y su respuesta "No".  La cuarta, "¿Es grande?", y su respuesta "Sí".  La quinta, "¿Vive en Europa?", y su respuesta "No". La sexta, "¿Come hierba?", y su respuesta "Sí". La séptima, "¿Tiene un gran cuerno?", y su respuesta "No"... Este hilo de preguntas/respuestas tiene toda la pinta de llevarnos a un hipopótamo. Cada respuesta añade un bit de información.

Por su parte, Calvino nos presenta un juego en el que cada participante intenta contar su vida a los demás utilizando cartas del tarot (no pueden decir una sola palabra, ya que se han quedado mudos). Hay una incertidumbre intrínseca, ya que las cartas pueden ser interpretadas de manera diferente (incluso radicalmente distinta a la intención del emisor del mensaje) por cada uno de los participantes. Y esa interpretación depende también de las otras cartas exhibidas junto a ella. Principios de la mecánica cuántica como la incertidumbre o la contextualidad son pues aplicables a este juego planteado por el escritor italiano, en el que cada carta implica un átomo indivisible de información o bit. En la naturaleza, sin embargo, no hay cartas (no hay variables ocultas locales): las cartas las creamos los observadores con nuestras observaciones.

Uno no puede estar seguro en el tarot de Calvino del mensaje transmitido hasta que se exhibe la última carta, que puede suponer una reinterpretación radical de la historia (en el ejemplo que puse de Wheeler, este último bit podría ser el que descartara al elefante y confirmase al hipopótamo). Vedral nos recuerda al respecto las palabras de Sócrates: "Nadie debería ser considerado feliz hasta que muere". Puede que en nuestro último suspiro sea cuando realmente lo sepamos, cuando hagamos la interpretación definitiva, da igual lo felices o infelices que hayamos sido hasta entonces. En la novela de Calvino, al igual que en la realidad, ignoramos por qué empezó el juego y quién invitó a los jugadores. Ese misterio nos acompañará también hasta la muerte. ¿Será desvelado entonces?...

jueves, 15 de enero de 2026

Michael Levin, Dios de los xenobots y antrobots

Xenobots y antrobots son biorrobots desarrollados en laboratorio por los equipos del biólogo Michael Levin: en el primer caso, a partir de células embrionarias de renacuajo; en el segundo, de células epiteliales de la tráquea humana. Una vez extraídas, estas células se desarrollan en cultivos y dan lugar a formas inéditas en la historia de la vida en la Tierra. Empiezan a navegar y resolver problemas en un espacio muy diferente al del cuerpo de una rana o el de un humano, exhibiendo comportamientos totalmente insospechados como una reproducción cinética (caso de los xenobots, consistente en replicar sus formas moldeando mecánicamente material del cultivo) o el cosido de tejidos neuronales lesionados (caso de los antrobots, que misteriosamente se entregan a esta labor sin haber sido instados a hacerlo). Levin no deja de recordarnos que los antrobots son células con un ADN 100% humano, aunque en ellos hay genes que no se expresan y otros que sí lo hacen, a diferencia de en nuestro cuerpo.

Hay un cuento de ciencia-ficción que leí hace años, pero no he conseguido identificar (La fórmula de Lymphater, de Stanislaw Lem, se asemeja algo), que narra la creación en laboratorio de unos autómatas celulares. Estos empiezan a evolucionar a ritmo acelerado, hasta el punto de tener la capacidad de comunicarse con su creador e incluso sobrepasarle en inteligencia. Cuando esto ocurre, esa entidad emergente se desconecta para siempre de los humanos, con quienes la interacción ya no tendría más valor que la nuestra con un paramecio.

Es fascinante imaginar que los antrobots puedan evolucionar, llegar un día a tener consciencia de sí mismos y plantearse cuestiones existenciales como las de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Si esto llegara a ocurrir y los humanos ya no existiesen por entonces, ¿podría una superinteligencia surgida por esa ruta desentrañar su gran misterio? La respuesta la conocemos nosotros y no tiene connotación mística alguna: su creador (usando material biológico esculpido a lo largo de 3.500 millones de años de evolución) es el humano del siglo XXI Michael Levin. Él sería su insospechado Dios, movido por propósitos científicos que podrían acaso intuir.

La IA la creamos también nosotros, sacando provecho de una capacidad de computación inherente a la naturaleza. Una superinteligencia nacida de esta senda, hibridada probablemente con lo orgánico, sí sabría perfectamente cuál es su origen: unos ingenieros humanos. ¿Y si la vida en la Tierra fue creada por algún tipo de inteligencia avanzada de desconocido soporte físico? Esta es la idea de la panspermia dirigida, aventurada por el codescubridor del ADN Francis Crick: las semillas de la vida habrían sido deliberadamente sembradas a lo largo y ancho del universo por una civilización extraterrestre.

Podríamos incluso especular que el propio universo ha sido creado por una superinteligencia, a su vez fruto de otra en otro universo. Universos anidados donde mora la inteligencia: ¿Una tramoya inconcebible con infinitos tableros donde un agente transcendental (una consciencia pura) está jugando?...

sábado, 20 de diciembre de 2025

Criado amorosamente para acabar abatido como pieza de caza


Bien que se hizo esperar, ¡por fin!, ¡muchas felicidades!, la placidez durmiendo al poco tiempo de llegar al mundo, ya limpio y bien abrigadito entregado a su madre, ¡qué ojos más grandes!, en la cuna portátil dentro del coche familiar hacia la que será su casa, su habitación decorada con dibujos de animalitos, la cuna de madera recién comprada y con sábanas limpias que huelen a limón, el muñeco perruno Trapito al que pronto se aferra, la primera vez que sonríe, el primer día en la guardería, Nana le cuida allí mucho, las malas noches por la tos con su madre insomne a su lado, el gozo del agua caliente y el de la esponja en la bañera de plástico, el pato de goma amarillo que se tira pedos, la primera vez que se lanza a andar por el pasillo de casa, el cuento personalizado de Los tres cerditos de su padre antes de irse a dormir, el confort de la manta con que le cubre antes de darle un beso en la frente, "qué piel más suave" le dice su madre al acariciarle la cara, primera fiesta de cumpleaños de la que disfruta plenamente, ¡y que cumplas muchos más!, la función en el colegio vestido de ángel, mira lo que te ha dejado el ratoncito Pérez por el diente, la llama de la ilusión en sus ojos, cochecito con el que recorre la mesilla baja del televisor diciendo "bruum bruum", un niño le pegó en el cole, el disgusto a duras penas reprimido que acaba en llanto, el abrazo de consuelo, ese niño es un idiota, el rostro húmedo aliviado, reconfortado hasta lo más hondo, mis padres me quieren incondicionalmente, me dan de comer y me cuidan, las vacaciones en la playa, el gozo de las zambullidas en la piscina, el helado de mango, la ilusión de los Reyes Magos, las casas de los abuelos, sus tíos, sus primos, aprendiendo a nadar en el colegio, jugando a la pelota con los pequeños vecinos de la urbanización, la caída aprendiendo a montar en bicicleta y la nariz magullada, fascinado observando en el mapa de la tablet por dónde va ahora Papá Noel repartiendo regalos, su padre le ha enseñado a jugar al ajedrez, las gafitas que le han puesto para ver bien de lejos (¡mira qué bonitas son!), el primer día que sale solo a la calle a comprar el pan (su padre detrás vigilando disimuladamente si cruza bien la calle), el desconsuelo enorme al enterarse de que no existe el Ratón, se le caen las lágrimas, se viene abajo también la creencia en los Reyes Magos al poco tiempo, las molestias por el aparato corrector en los dientes (¡ya verás qué bien cuando seas mayor!), los partidos de baloncesto de su equipo, los ánimos y aplausos, el orgullo de la canasta en el último segundo, de vuelta a casa en el coche para ducharse y comer y jugar a la Play, las fiestas de cumpleaños con los amigos, el perrito de la prima al que tira la pelota de tenis para que la recoja, le gustan mucho los perros y los gatos, los dibujos animados de la Pantera Rosa y la película de Mister Bean con las que se muere de risa, la ilusión de los viernes por la tarde, los pedidos de pizza a domicilio, la primera salida nocturna con los amigos, la canción del verano, el despertar sexual, los Youtubers que le entretienen, los partidos del Atleti en la tele, me gusta una chica, el primer beso, el agobio de los exámenes, la satisfacción indisimulada por las buenas notas, sus palabras en la fiesta de graduación, el abrazo con sus compañeros vestidos con traje y corbata, los planes para estudiar en la universidad y sacarse el carné de conducir...

El disparo certero en la cabeza (tanta veces acariciada) de un francotirador multimillonario que ha pagado cientos de miles de euros para cobrarse la primera pieza que se le pusiera a tiro ese día desde la azotea, la estampida y la caída al suelo como un guiñapo inerme, el cuerpo rígido y descoyuntado en medio de la sucia acera, las gafas fracturadas a su lado, le quedaban unos días para cumplir 18. Había salido a comprar pan. Sus padres aún tardarán unos minutos en saber que un hombre ha roto lo más amado por ellos en el mundo. Y nunca sabrán que ese mismo tipo está ahora celebrando su gesta risueño, jarra de cerveza en mano, junto a varios colegas en un club privado. Dios aún no sabe lo que ha pasado porque todavía no existe.

domingo, 23 de noviembre de 2025

La inquisición cientificista como lastre a la ciencia y el conocimiento


Hace un año critiqué en este blog la soberbia intelectual del cientificismo por pretender que la ciencia es la única fuente válida de conocimiento. Fue en una entrada en la que traía a colación a Federico Faggin y Àlex Gómez-Marín, dos personas que no solo comparten formación científica sino también haber tenido una experiencia paranormal (mística, en el caso de Faggin; cercana a la muerte, en el de Gómez-Marín) y cambiado su campo de actividad profesional (la ingeniería eléctrica y la física, respectivamente) por el estudio de la consciencia, en el que se han destacado por sostener enfoques heterodoxos.

El cientificismo conlleva una mirada estrecha del mundo y suele imbuir a quienes lo profesan de un espíritu inquisitorial contra cualquier intento de salirse un milímetro de su marco. La metafísica seria y la experiencia mística son objeto de su desprecio, metiéndolas en el mismo saco que el de la superchería y la pseudociencia. Hay que reconocer que la frontera de estas con aquellas es a veces tenue, pero no menos que la que separa lo cursi de lo sublime. Ahí está el buen criterio de cada cual para distinguir lo uno de lo otro. El cientificista considera que si la ciencia no puede dar respuesta a algún misterio, no habría respuesta posible a este desde cualquier otro ámbito. Además, toda pregunta al respecto carecería de sentido. Entre estas preguntas figuran las de por qué existe algo en vez de nada, qué es la materia/energía, qué son las verdades matemáticas, qué significado tiene el infinito o en qué etéreo espacio moran los sueños. 

El cientificismo obvia que la ciencia moderna tiene fundacionalmente unos límites, marcados en el siglo XVII por Galileo: solo puede referirse a la faceta objetiva del mundo, la mensurable que puede ser expresada lógica y matemáticamente. Pero la faceta subjetiva está fuera de su alcance por mucho que pretenda lo contrario. La neurocientífica Mary (estrella del olimpo de los experimentos mentales), que siempre ha vivido en un mundo en blanco y negro, puede tener un conocimiento objetivo completo de lo que es el color rojo (en términos físicos de longitudes de onda electromagnética), pero no sabe íntimamente lo que es la rojez hasta que un día sale de su mundo para entrar en un universo en color. Ese conocimiento íntimo no viene de su saber científico sino de su subjetividad, de su consciencia, de su "qué es ser la neurocientífica Mary".

Precursor del positivismo lógico, Ludwig Wittgenstein nos invitó a "callar" acerca de "lo que no se puede hablar", pero la curiosidad está inscrita en nuestra naturaleza (realmente, en la de todo ser vivo). No hay palabras para describir el acceso a un nivel inefable de la realidad, pero ello no quita que sea una realidad genuina e innegable (incluso hiperreal) para quien la experimenta. Pese a los espectaculares avances en el ámbito de la neurociencia, seguimos sin saber qué es la subjetividad. Solo una ciencia de la consciencia que integre la cara subjetiva del mundo en su marco analítico podría lograrlo, aunque está por ver que eso sea posible ya que la consciencia es el punto ciego de la ciencia. Todo nuestro conocimiento científico se canaliza a través de la consciencia, de modo que la pretensión sería la de tener un conocimiento de aquello merced a lo cual tenemos precisamente conocimiento. Como dice Erik Hoel, "las dificultades para crear una ciencia de la conciencia pueden significar que la propia ciencia es incompleta debido a la autorreferencia, de manera similar a como las matemáticas son incompletas, conforme a lo que demostró Gödel".

Gómez-Marín propone una mirada científica amplia que no descarte que la mente vaya más allá del cerebro (en línea con Henri Bergson, considera que el cerebro podría ser más una antena o filtro que un productor de contenidos). Y que tenga la audacia de acercarse al estudio de experiencias en los lindes de la normalidad, como las cercanas a la muerte o las místicas, y de fenómenos paranormales como la percepción extrasensorial. "No deberíamos frenar el progreso científico arrojando estigma sobre el enigma", dice el físico y neurocientífico español. "Tales anomalías son un regalo invaluable porque sugieren que nuestras actuales teorías son demasiado limitadas". Este planteamiento ya le ha supuesto ser linchado por una parte de la comunidad científica. Quizá no exagere Gómez-Marín al sostener que el cientificismo es la peor pseudociencia, por tratarse de un ejercicio de dogmatismo en el nombre mismo de la ciencia. Sin amplitud de miras, mucha imaginación y audacia, el estudio de la consciencia seguirá empantanado.


viernes, 24 de octubre de 2025

La inteligencia como agente cincelador en un universo computacional


La inteligencia consiste en encontrar racional y creativamente atajos para obtener soluciones u objetos de otro modo muy improbables, ya que tardarían una eternidad en salir del limbo de lo posible confiándolo todo a la aleatoriedad. Un ejemplo es el cubo de Rubik: hay modos inteligentes de completarlo que no requieren, a diferencia de una manera estúpida o puramente azarosa, de un tiempo infinito. 

Eso sí, hay un número mínimo de pasos para llegar a la solución del cubo de Rubik. Como también hay un mínimo ineludible de pasos para construir una nevera, montar un mueble, llegar al final de un videojuego o hacer un café expreso, o para viajar a Estocolmo o alcanzar las 23:00 horas de mañana aquí en la Comunidad de Madrid (en este último caso solo sería cuestión de esperar, confiando en que sigamos vivos). Aquí salta a la palestra el concepto de irreducibilidad computacional de Stephen Wolfram, para quien todo lo que ocurre en el universo es fruto de alguna computación: ninguna inteligencia puede adelantarse a la ejecución de un programa si este es no trivial; o sea, distinto a uno que generase, por ejemplo, el resultado recurrente 010101010101... Ello impide resolver el cubo de Rubik de manera instantánea, así como saber qué va a ocurrir en el partido de fútbol de esta noche (goles, oportunidades, lesiones, expulsiones...) o saltarse el tiempo que media hasta mañana a las 23:00. Para llegar al resultado de una computación hay que esperar necesariamente a su ejecución. 

Sin embargo, a nivel macroscópico hay bolsas de reducibilidad que permiten a una inteligencia como la nuestra, ubicada en un espacio intermedio entre la escala más pequeña y la más grande del universo, tomar decisiones cabales y hacer predicciones probabilísticas, como el signo del susodicho partido (caso de que un equipo sea mucho mejor que otro), el tiempo que hará en Soria dentro de 24 horas o la afirmación de que mañana volverá a amanecer con casi absoluta certeza. Las proyecciones de grano grueso, que no precisan de un conocimiento detallado de la dinámica microscópica de un sistema, permiten no solo tomar decisiones cotidianas como cambiar de acera si vemos a un tipo armado con un hacha (no hace falta una información celular, molecular o atómica del sujeto) sino incluso pronosticar el clima en la Tierra dentro de 500 millones de años.

Toda computación es una sucesión de pasos conforme a un algoritmo o serie de reglas. El tiempo, para Wolfram, sería nada más y nada menos que eso: la ejecución de una computación. La vida, única forma de inteligencia que conocíamos antes de la llegada de los ordenadores, es un proceso computacional en espacios de posibilidades como el molecular, el morfológico (el espacio platónico en el que están todos las bioformas o posibles configuraciones anatómicas), el fisiológico o el 3-D en que nos movemos los individuos. Es un elemento ordenador del universo, superpuesto a las leyes físicas que le sirven de soporte. Conforme a su concepción de todo ser vivo como una inteligencia colectiva jerárquica, Michael Levin prefiere hablar de policomputación conjunta anidada en todos esos espacios, desde la transcripción de genes y los procesos metabólicos hasta la conducta del yo superior jerárquico.

Es imposible que un ser vivo complejo surja aleatoriamente o de golpe, como un cerebro de Boltzman, saltándose un largo proceso evolutivo. Una bacteria, un rinoceronte o un humano son objetos contingentes muy improbables si no hay una inteligencia que guíe, constreñida por el inapelable tribunal de la selección natural, su alumbramiento. Por eso Sara Imari Walker dice que los organismos vivos tienen una gran profundidad causal: requieren numerosos pasos para ser ensamblados inteligentemente por la naturaleza (por patrones platónicos, según creen Levin y George Ellis). Todo humano y todo objeto fabricado por nosotros, ya sea material o abstracto, es parte de un linaje profundo surgido hace unos 3.800 millones de años con el primer ser vivo. 

La teoría del ensamblaje desarrollada por Lee Cronin y Walker define el índice de ensamblaje como el número de pasos necesarios para construir de manera secuencial un objeto. Los experimentos realizados con moléculas en laboratorio apuntan que 15 es el umbral por encima del cual un objeto no puede haber surgido aleatoriamente. Si halláramos al menos dos ejemplares del mismo tipo, todo indicaría que se trata o bien de alguna forma de vida o de algún producto creado por esta, como para nosotros lo son los teléfonos móviles, las bicicletas o los tortellini. 

El objeto abstracto más complejo cincelado por nuestra especie es el lenguaje, que además ha sido fundamental para nuestra evolución. Los modelos grandes de lenguaje (LLMs) como ChatGPT navegan en ese espacio insondable que ha conformado nuestra mente pese a afectar solo a su parte más superficial: la consciente. Por el contrario, el lenguaje humano (expresado en sus numerosos idiomas) representa todo para un LLM: no hay aparentemente otra cosa en su mundo. Hasta la llegada de las modernas redes neuronales, la inteligencia artificial operaba de manera determinista, sin contar con grado alguno de libertad. Ya empieza a ser diferente gracias a haber heredado de nuestro linaje el enorme poder generativo de la manipulación de símbolos propia de una gramática avanzada.

Las lenguas humanas no existían al comienzo del universo, como tampoco estaban en el momento 0 del Big Bang el oro, el amoniaco, los planetas, los crustáceos o los riñones. Son una emergencia más, a la que se añadirían posteriormente la música barroca, el acero, el teléfono, Facebook, los LLMs o los xenobots. Todos estos últimos ya son consecuencia de la condición de agentes causales inteligentes de los humanos.

Para Erik Hoel, emergencia y poder causal están estrechamente relacionados. A nivel microscópico atómico hay demasiada aleatoriedad para que pueda haber causalidad genuina. Es a nivel macroscópico, en el cual se manifiestan las emergencias, donde la causalidad es lo suficientemente sólida, ya que puede corregirse el ruido aleatorio inherente a la base del sistema: la efectividad causal no depende de una determinada configuración de los átomos, ya que es compatible con muchas de ellas (múltiple realizabilidad). Por eso, en esta escala macroscópica en la que se mueven los seres vivos -Levin añade cada una de sus células y las redes moleculares de regulación genética- es donde únicamente puede hablarse de propósito y sentido.

La causalidad se ejerce pues principalmente de arriba hacia abajo, lo que se observa claramente en todo sistema biológico (por ejemplo, los yoes emergentes alteran sus tejidos musculares con sus movimientos voluntarios) o informático (los programas alteran la dinámica de los electrones al abrir o cerrar puertas lógicas). La múltiple realizabilidad evita depender de un estado microscópico en particular: el objetivo de subir la temperatura de este salón a 21 grados, activando el termostato del sistema de calefacción, es compatible con un número enorme de estados microscópicos.

Es en suma la inteligencia en cualquiera de sus manifestaciones (¿quizá un agente transcendental multiavatar?) la que esculpe la realidad en su navegación por un espacio platónico con un potencial creativo infinito. Y lo hace gracias a la información, moneda de la complejidad, que permite estructurar la materia en el espacio y el tiempo imponiéndose a la aleatoriedad. 

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