domingo, 17 de junio de 2018

¿Selección artificial de humanos?


Ya escribí en este blog que los perros son en promedio mejores que los humanos, lo que paradójicamente ha sido posible gracias a la acción de nuestros congéneres. La clave ha sido la selección artificial: a partir del lobo hemos esculpido seres como el labrador retriever que nos aventajan con creces en apacibilidad, fidelidad, bondad y nobleza. Si podemos convertir a los lobos en perros y a las pequeñas y ácidas manzanas silvestres en frutos mucho más carnosos y sabrosos, ¿por qué no guiar la evolución de la humanidad?

La presencia entre nosotros de psicópatas y sádicos violentos se explica porque la selección natural ha premiado estos rasgos, al ofrecer indudables ventajas evolutivas (la carencia de empatía y escrúpulos hace más fácil la propagación de los genes). Pero es cierto que también los rasgos cooperativos y empáticos han sido seleccionados naturalmente por ser ventajosos para la supervivencia. Existe pues un delicado equilibrio evolutivo merced al cual siempre hay buenos y malos: la selección natural asegura la pervivencia de unos y otros.

¿Y si recurrimos a la selección artificial para mejorar conductualmente al Homo sapiens? De entrada, la idea tiene resonancias siniestras: todos los intentos de ingeniería social siempre han acabado en un infierno. Pero no deja de ser una propuesta teóricamente factible que acaso en medio milenio (unas veinte generaciones) ya podría arrojar sus frutos en forma de humanos mejorados: cooperativos, leales, empáticos, menos violentos... Ahora bien, ¿quién haría de seleccionador? Si es un humano o grupo de humanos el que decide, nos exponemos a un sesgo seguro y a resultados del todo indeseables (más allá del límite razonable de una mejora conductual). Confiar la tarea a una inteligencia artificial podría ser más fiable, pero no pueden descartarse efectos igualmente dantescos. Quizá solo una inteligencia extraterrestre muy superior a la nuestra (tanto tecnológica como éticamente) afrontaría este reto con garantías de éxito.

Para seleccionar no haría falta matar (aunque la ejecución en frío de brutales asesinos y torturadores a mí no me plantea dudas morales sino estéticas: no está bien solo porque queda feo). Bastaría con esterilizar y así impedir la replicación de genes indeseables. O con manipular genéticamente las células germinales, lo que permitiría acortar el tiempo de mejora de la especie. Hacer esto sin coacción y violencia sería imposible, de ahí que afrontase tanta resistencia social como la epistocracia (todo intento de restringir el sufragio universal para que solo vote la gente medianamente informada sería combatido a muerte por los partidos populistas, con el apoyo indignado de buena parte de las masas*). Aunque, ¿acaso no es necesaria la coacción para llevar a un delincuente ante un juez y luego a la celda de una prisión?

También hay un problema técnico no menor: la pleiotropía, merced a la cual rasgos físicos y mentales no relacionados son expresados por un mismo gen. Por ejemplo, los perros más apacibles y nobles tienen las orejas caídas (las escasas experiencias de domesticación de zorros arrojan resultados similares). Eliminar los genes de la propensión a la agresividad (por cierto, dudo que esta sea mala en pequeñas dosis) podría afectar a otros rasgos beneficiosos y condenarnos a la extinción a largo plazo: la ciega selección natural se acabaría imponiendo a la artificial.

En suma, que la fuerte oposición social y los elevados riesgos asociados (sobre todo, esto último) hacen que aquí sea aplicable el dicho de "experimentos con gaseosa". Parece que lo más razonable es asumir la existencia de la maldad y acostumbrarnos a convivir con ella; eso sí, teniéndola bien controlada con leyes, educación e instituciones sólidas para evitar paraísos de psicópatas, imbéciles morales y fanáticos.

*Otra buena parte de las masas ni se inmutaría: le importaría un bledo mientras estuviera bien abastecida de telebasura.

domingo, 27 de mayo de 2018

Megaconglomerados bacterianos racionales y con ropa (y a veces también irracionales)


Leyendo a Lynn Margulis, eminente bióloga que además fue esposa de Carl Sagan, uno experimenta un vértigo inquietante a la par que fascinante. Es inevitable ser presa del asombro al saber que bacterias libres de hace dos mil millones de años parecen ser los ancestros de todas nuestras células, que otras bacterias independientes fotosintéticas de hace varios cientos de millones de años pueden ser los antepasados de las mitocondrias alojadas dentro de nuestros ladrillos celulares (así como de los cloroplastos de las células vegetales) y que las espiroquetas (bacterias con flagelo) podrían estar en el origen de todas nuestras células musculares, espermatozoides y neuronas.

Esto va mucho más allá de constatatar que nuestros abuelos de hace seis millones de años son los mismos que los de los actuales chimpancés, que los de hace 60 millones de años son los mismos que los de los actuales lémures o que los de hace 600 millones de años son los mismos que los de las actuales plantas y hongos. Es una conexión remota y a la vez íntima con un mundo microscópico que no solo permite que existamos sino que además es parte activa de nuestra vida (hablo de nuestro propio cuerpo, ya que las bacterias simbióticas que pueblan su interior -por ejemplo, el intestino grueso- son un interesante capítulo aparte).

Pensamientos y sentimientos humanos serían pues producto de una red neuronal de origen bacteriano (hay estudios científicos que incluyen también a las bacterias intestinales simbióticas en la fábrica de nuestra psique, al influir en nuestro estado de ánimo), por lo que los principios básicos de funcionamiento de la mente humana (de cualquier inteligencia animal) podrían no ser muy distintos a los de una comunidad bacteriana desarrollada en una manzana podrida o en la placa de Petri de un laboratorio. Una diferencia es el tipo de información recogida y procesada por la red: en el caso de las comunidades bacterianas y de los vegetales, solo señales químicas (feromonas) o eléctricas y datos ambientales rudimentarios (acidez, humedad, temperatura, luz...); en el caso de los animales, datos sensoriales mucho más profusos con los que se construye la visión, la audición, el olfato, el gusto, el tacto, la inteligencia social... Otra diferencia es el modelo centralizado en nuestro caso animal (con el cerebro como centro de control) y el descentralizado en el de bacterias y plantas. Por supuesto, lo más importante es el nivel de complejidad de la red (el número de conexiones entre nuestras neuronas es gigantesco, lo que nos permite el estudio de agujeros negros o de ondas gravitacionales).

Ya nos dice la ciencia que el lenguaje no es necesario para tener un pensamiento racional: animales humanos y no humanos actúan racionalmente (por la cuenta que les trae, ya que la selección natural no perdona) y también a veces irracionalmente (así como los humanos tenemos religiones, los no humanos también exhiben prácticas supersticiosas y absurdas mientras estas sean funcionales -la religión lo ha sido- o al menos no disfuncionales para la supervivencia). ¿Y si las bacterias también se condujesen racionalmente, a modo de ordenadores que, conforme a un determinado programa, generan outputs a partir de una serie de inputs?... ¿Y si el conjunto de la biosfera, identificado con el Gaia autorregulado de Lovelock, fuese un agente racional?... ¿Y si bacterias y Gaia también pudiesen comportarse irracionalmente?...

sábado, 19 de mayo de 2018

Presentan un programa para reconstruir una contabilidad B mediante indemnizaciones en diferido

El empresario ruso Vasili Jetagurov ha presentado en España, en el Foro de Emprendimiento Trincando que es Gerundio, un programa informático que permite reconstruir la contabilidad B de una empresa mediante una indemnización en diferido en forma efectivamente de simulación o de lo que hubiera sido en diferido en partes de una, de lo que antes era un premio gordo del sorteo de la lotería de Navidad, con la retención correspondiente a la Seguridad Social. A efectos legales, la reconstrucción contable es completamente involuntaria y ya tal.

Jetagurov desembarcó hace ya seis años en nuestro país con su original modelo de negocio: el selling on detracted. Hace unos meses se reunió en Moncloa con el presidente Mariano Rajoy, quien junto a él y ante los reporteros gráficos alabó su espíritu emprendedor ("Vasili es un emprendedor puro y una gran nación") para a continuación, preguntado por una supuesta investigación de su entramado empresarial por el FBI, asegurar que "confío plenamente en el Estado de Derecho, no tengo constancia de la existencia de ese tal señor Jetagurov, al cual por cierto apenas conozco, y espero que Benzema recupere pronto la confianza de cara al gol, que falta nos hace".

El Foro de Emprendimiento Trincando que es Gerundio se integra dentro del Master en Administración y Emprendimiento 3.0 de la Universidad de Berkeley, que se celebró el pasado fin de semana en Sigüenza (Guadalajara).

sábado, 5 de mayo de 2018

El gran error de Marx acerca de la naturaleza humana


El filósofo australiano Peter Singer, principal exponente de una moral transhumanista con obras como Liberación animal y Ética práctica, acierta plenamente en un artículo reciente titulado Is Marx still relevant? (hoy mismo se cumplen 200 años del nacimiento del pensador alemán): el mayor error del marxismo fue su falsa visión de la naturaleza humana, al achacar al sistema capitalista los vicios de nuestra especie y creer que algún día, con el socialismo y el supuesto advenimiento de la sociedad comunista sin clases, se alumbraría un hombre nuevo libre de codicia, egoísmo, ansia de poder y afán de ostentación. Porque los mimbres de los que estamos hechos los hombres y las mujeres son los mismos, ya sea bajo el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo o el socialismo. Y la utopía comunista es tan disparatada como inalcanzable.

Negando la naturaleza humana nos daremos de bruces una y otra vez con la realidad y terminaremos abocados a la frustración, al constatar que nunca se erradicarán lacras como la violencia machista, la criminalidad organizada, el acoso escolar o los abusos a menores. Claro que hemos avanzado mucho al respecto, sobre todo en los países más desarrollados, pero solo desde la ingenuidad más pueril o la ignorancia de cómo somos realmente (en parte por estimar que la ciencia no es aplicable al estudio de la conducta humana) podemos llegar a creer que algún día no habrá abusos, violaciones, asesinatos (machistas o no) o cualquier otro acto bárbaro. Y que no harán falta la policía o las cárceles, como sueña cierta izquierda.

Aceptemos de una vez por todas que siempre habrá entre nosotros psicópatas, sádicos y gente malvada. Y también, por fortuna, gente buena y compasiva. Que somos cooperadores, pero también depredadores. ¡Es la variabilidad humana, con lo mejor y lo peor! Por mucha educación y buenas leyes que pongamos en el asador, lo peor de nuestra naturaleza jamás será suprimido; si acaso, minimizado, como ocurre en los Estados más civilizados del mundo (por eso me temo que en España el número de mujeres asesinadas anualmente por sus parejas nunca baje de 40 o 50; en sitios como  África, Latinoamérica, India o el mundo islámico, donde la situación es mucho peor, sí que hay un margen de mejora bastante más amplio).

Ni siquiera la ingeniería social puede alterar la pasta con la que nos ha fabricado la evolución. Mientras sigamos siendo Sapiens, nuestras motivaciones, pulsiones, temores y anhelos serán los mismos (teniendo en cuenta, por supuesto, la susodicha variabilidad en la conducta). Durante la Guerra Fría, los alemanes orientales no eran esencialmente diferentes a los occidentales. Como los rusos de hoy no son en el fondo distintos a los de 1960 o 1915. La película humana es siempre la misma, solo con pequeñas adaptaciones en el guion, pese a los cambios culturales. Aunque, como insiste machaconamente Steven Pinker, nunca la humanidad ha estado mejor que ahora: hay un progreso innegable, atribuible al fortalecimiento de la democracia (últimamente amenazada por una ola nacional-populista), las crecientes interdependencias entre Estados y la extensión de la educación y el cosmopolitismo.

martes, 17 de abril de 2018

¿Ignorante, idiota... o acaso malvado?


En mi libro R que R desde Alfa hasta Omega: Un ensayo sobre el error menciono varias veces a Kathryn Schulz, autora de En defensa del error: Un ensayo sobre el arte de equivocarse.
En un párrafo de mi obra se lee lo siguiente:

Schulz nos alerta de que estar convencido de tener la razón en algo puede ser muy peligroso. El pensar que nuestras creencias reflejan perfectamente la realidad nos lleva a chocar con los que no lo ven así. En primera instancia atribuimos esa discrepancia a la ignorancia del prójimo (sesgo cognitivo de atribución), quien supuestamente suscribiría nuestras ideas de tener acceso a la información adecuada. Aun así, puede ocurrir que este siga empeñado en disentir: entonces tendemos a etiquetarlo como un idiota. Pero si resulta que el tipo maneja la misma información que nosotros y tenemos acreditado que se trata de una persona inteligente, Schulz introduce un tercer supuesto: nos convencemos de estar lidiando con un ser malvado, que conoce la verdad pero la distorsiona deliberadamente con aviesas intenciones. De ahí a deshumanizarlo solo hay un paso. Suele ocurrir en el mundo de la política cuando nos dejamos llevar por el forofismo y el trazo grueso. 

Imputar en principio ignorancia, luego idiotez y finalmente maldad cuando alguien disiente de nuestras ideas es típico de la izquierda más dogmática e intransigente (también de la derecha, pero hablo de la izquierda porque es la que me interesa y la conozco bien: ¡yo mismo he llegado a pensar así!). Intelectuales como Albert Camus, Octavio Paz, Jorge Luis Borges o Alexander Solzhenitzyn, y más recientemente Francis Fukuyama, Samuel Huntington, Fernando Savater o Mario Vargas Llosa, se cuentan entre las personas sometidas a este proceder por la izquierda menos tolerante; además de no pocos políticos, desde Adolfo Suárez a Albert Rivera pasando por Joaquín Leguina, por centrarnos solo en España. Eso no quita que a menudo sí estemos lidiando con ignorantes (Savater, al igual que muchos otros humanistas, es un lego en ciencias), idiotas o gente realmente malévola: por ejemplo, cuando nos encontramos con muchos de los votantes de Trump, con él mismo o con compatriotas nuestros que hablan de indemnizaciones en diferido en forma de simulación.


Podemos no estar de acuerdo con muchos planteamientos de Fukuyama, pero ese tipo no es ningún botarate: es un pensador de ideas diferentes a las nuestras pero igual de legítimas y bienintencionadas (por cierto, la idea del "fin de la historia" es originariamente de Marx, aunque para él la estación final era la sociedad comunista sin clases y no la democracia liberal). Podemos disentir de Vargas Llosa, pero eso no lo convierte en un mentecato o un tipo artero que escribe con fines espurios (ya puestos, ni siquiera es un conservador sino un liberal genuino). Como tampoco eran ignorantes, necios o necesariamente malvados Solhzenitzyn (pese a profesar su peculiar nacionalismo místico ortodoxo ruso), Paz, Borges o Camus. Ya hay más dudas acerca de quienes, como Sartre, justificaban las atrocidades del régimen soviético y al mismo tiempo disfrutaban plenamente de las mieles de las democracias liberales.

El caso de Huntington es especialmente sangrante, ya que se le acusa poco menos que del choque de civilizaciones adelantado en su libro de 1996 El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial: es como si alguien alertara del riesgo de las superbacterias resistentes y luego se le culpara, al confirmarse su advertencia, de los daños causados por esos microorganismos. Huntington preveía un choque de culturas, pero no le parecía que eso fuera algo bueno o deseable: todo lo contrario. Sin embargo, la marca "Huntington" es para muchos izquierdistas intransigentes de manual un sinónimo de neoconservadurismo imperialista (al igual que la marca "Adam Smith" es sinónimo injustamente de egoísmo y perversidad capitalista). Es lo que pasa cuando alguien habla de un libro sin haberlo leído, o se dedica a retuitear acríticamente, dejándose llevar por los creadores de opinión de su bandería. La izquierda, que siempre se ha preciado de ser autocrítica, deja de merecer su nombre si queda reducida a una suerte de secta o religión. Y si no es inclusiva, está condenada a la irrelevancia.

lunes, 2 de abril de 2018

Por qué lo de Cataluña es un problema (nada que ver con unidades de destino en lo universal)


El procés soberanista en Cataluña es un problema porque amenaza la convivencia civilizada entre catalanes, así como entre los habitantes de ese país y el resto de españoles, al pretender imponer la independencia con el apoyo de la mitad de la población y la oposición de la otra mitad. La unidad de España no es un fin en sí mismo (esa sería la visión de un nacionalista), pero sí lo es el binomio democracia-paz social. No perdamos de vista que aquí los actores no son distintos a los de la ex Yugoslavia, ya que el modelo es generalizable: algunos dirigentes fanáticos o sin escrúpulos (tanto en Barcelona como en Madrid), un montón de gente engañada o desinformada (tanto allá como aquí) dentro del que se incluye una legión de imbéciles morales (cuya mezquindad, alienación, sumisión, pereza intelectual o pocas luces son una fuente inagotable de acciones e inacciones malévolas) y una reserva constante de peligrosos psicópatas y sádicos (ni mayor ni menor que en cualquier otro sitio, listos para infligir sufrimiento con cualquier excusa si se ofrece la ocasión). Cuando se quiebran el orden y la legalidad, estos últimos siempre saltan a la palestra para convertir la vida ajena en un infierno. Además, se multiplican los efectos dañinos de los imbéciles morales, ya presentes en una situación de normalidad social. Los más vapuleados en estas circunstancias suelen ser los más o menos informados que no son fanáticos ni imbéciles morales ni psicópatas ni sádicos (sean de izquierdas o de derechas, independentistas -una opción legítima- o unionistas, del Barça o del Madrid). Ellos son los primeros que ponen pies en polvorosa cuando se levanta la veda para psicópatas y sádicos envueltos en trapos de colores, caso de la España de 1936, la Alemania nazi o la Yugoslavia de 1991.

No dudo que Junqueras o Puigdemont sean buena gente, ciudadanos civilizados y empáticos a los que uno puede tranquilamente comprar un coche usado, darles una nevera para que la entreguen en el punto limpio (no en el fondo de un barranco) o confiar el cuidado de un ser querido. ¡A ver quién preferiría de compañero de celda, en vez de a ellos, a algún Chicle, Carcaño o Rafita de la vida! Pero su fanatismo les ha inducido a manipular, mentir (acaso engañándose también a sí mismos) y prevaricar, unas acciones con gran potencial destructivo por empujar a las masas al choque con el enemigo. Indalecio Prieto o José Antonio Primo de Rivera también eran educados y civilizados (menos mentirosos, seguramente, que Junqueras o Puigdemont), pero no así las milicias incontroladas (dentro de las cuales psicópatas y sádicos se movían, junto a los fanáticos, como peces en el agua) de anarquistas, socialistas, comunistas o falangistas que sembraron el terror en el Madrid de 1936. No todos los líderes tenían entonces, ni tienen ahora, ese perfil civilizado: ahí está el caso de generales franquistas como Queipo de Llano, quizá el mayor criminal de guerra español del siglo XX. A las órdenes de este golpista (como premio, sus restos reposan en la basílica sevillana de La Macarena), la selección más granada de psicópatas y sádicos del norte de Marruecos violó, mutiló y mató a gusto durante unos años en tierras cristianas.

Creo que nos equivocamos si pensamos que dentro de la población catalana y española del siglo XXI no hay queipodellanos, chequistas (algún dirigente joven de ERC da el perfil) ni individuos equiparables a los matarifes moros de la Guerra Civil. ¿Acaso somos mejores que los exyugoslavos (con sus Milosevic, Tudjman, Karadzic, Mladic, Praljak, Gotovina, Arkan, Haradinaj o Thaçi)?... Como ya he escrito en este blog, "siempre que falte el poder coercitivo del Estado estará el camino expedito para psicópatas y tipejos sin escrúpulos, que lo tienen más complicado en un marco democrático civilizado (aunque no por ello dejen de medrar en empresas, partidos políticos, clubes de fútbol, etc.)". La convivencia pacífica entre las personas no puede darse por sentada en ninguna parte, ni siquiera en la avanzada Escandinavia, y se basa en el monopolio estatal de la violencia bajo un orden democrático con sólidos contrapesos institucionales. Eso es lo que está en juego en Cataluña por una necia aventura secesionista sin suficiente respaldo social y a cualquier precio (incluso el del Estado fallido), ignorando lo que ello supuso para el País Vasco hasta hace pocos años. Aunque en Cataluña aún no han matado a nadie, sería muy necio negar que se está creando el caldo de cultivo para ello: ya hay señales inquietantes en forma de amenazas. La principal esperanza es que en 2018 la mayor parte de los catalanes independentistas no está dispuesta a sacrificar su paz y relativo bienestar económico y social por presumir de asiento en la ONU. Pero la historia nunca ha sido escrita por las mayorías, sino por minorías bien organizadas que no pocas veces se comportan irracionalmente.

Dos apuntes finales:

1) Si el apoyo a la independencia estuviera muy extendido en Cataluña (pongamos que fuera de un 70%), poco habría que objetar -si hay que cambiar la Constitución, se cambia- a la celebración de un referéndum de autodeterminación y la apertura de negociaciones para un divorcio acordado a la checoslovaca (aunque, siguiendo la misma lógica, toda comarca catalana debería tener el derecho a permanecer en España si en las urnas se opusiera al plan secesionista).

2) El Gobierno español debería tener la generosidad de indultar tras su juicio a todos los encausados del procés (hasta ahora no ha habido, por fortuna, ningún Txapote) si se comprometieran a no volver a las andadas, para así dar un carpetazo a este insidioso asunto. Sería un insulto a la inteligencia, además de un terrible fracaso social, que Junqueras, Puigdemont y compañía pasaran más tiempo en prisión que Chicles, Carcaños o Anajulias.

sábado, 17 de marzo de 2018

¿Globalización domesticada?: ¡sí, gracias!


La globalización económica es una de las bestias negras de la izquierda más dogmática, que en este punto coincide plenamente con el nacionalismo populista de extrema derecha. La verdad es que oponerse a ella por principio no parece razonable, ya que no solo tiene una cara negativa (la especulación financiera internacional, el incremento de la desigualdad -hay personas y territorios perdedores que se quedan atrás- o la fuerte presión sobre los recursos naturales -incluidos elefantes y rinocerontes- de los países más pobres) sino otra innegablemente positiva (una creciente integración comercial en el mundo que ha favorecido la inversión y la competencia, permitiendo sacar de la pobreza a millones de personas en los Estados más atrasados y acelerando la innovación de la tecnología y su difusión).

Por otra parte, sus aspectos menos amables no son achacables al fenómeno globalizador en sí sino a instituciones y legislaciones nacionales deficientes que no son debidamente contrarrestadas a nivel supranacional: en el caso del tráfico de marfil, a una perversa combinación de pseudociencia y burricie novorriquista en China y de debilidad institucional en África; en el caso de la desigualdad, a una respuesta no adecuada a la misma (sobre todo, por la vía de la fiscalidad) en el ámbito nacional. También es cierto que difícilmente se pueden corregir las desigualdades de renta en una democracia cuando los más débiles económicamente votan a los que -como Trump o el PP- defienden de manera más o menos descarada a los más ricos.

Además, la globalización va más allá de lo meramente económico: el Tribunal Penal Internacional, Internet, la televisión por satélite, el software libre, la cooperación policial entre los Estados o los tratados sobre el cambio climático y la protección de la fauna son también manifestaciones suyas, incluso las protestas organizadas en su contra a escala internacional. Porque nos olvidamos de que no solo se globaliza el mundo empresarial (legal o ilegal, caso del narcotráfico o el tráfico de personas) sino también el gubernamental y el activista de cualquier etiqueta: sindicatos, partidos políticos, organizaciones ecologistas, de derechos humanos o animalistas... Los marcos nacionales y regionales cada vez son menos relevantes a la hora de actuar, puesto que los retos de la humanidad del siglo XXI son globales.

Por cierto, el drama de las migraciones descontroladas no es atribuible directamente a la globalización sino a las guerras, la falta de libertades en los países de origen y el efecto llamada (a través de las imágenes televisivas) de las zonas más ricas del mundo sobre muchos ciudadanos de las menos favorecidas. Nuestras puertas deben seguir abiertas a la inmigración (aunque siempre vigilantes del mantenimiento de valores laicos y democráticos que tanto nos costó conquistar, para no precipitarnos en un indeseable multiINculturalismo) no solo por una cuestión moral sino también por nuestro propio interés, para asegurar el futuro de la economía y la viabilidad de sistemas de bienestar social como las pensiones.

Podemos contemplar la globalización económica como un caballo salvaje ante el que tenemos tres opciones: liquidarla (creo que sería un grave error replegarnos a la tribu a estas alturas), dejar que galope libremente a su aire (es lo que proponen con una ingenuidad pasmosa neoliberales de pacotilla) o domesticarla con leyes, tratados e instituciones (es lo que han hecho con el capitalismo los Estados socialmente más avanzados del mundo). La especulación financiera campa a sus anchas debido a una insuficiente regulación a escala internacional, una falta de armonización del tratamiento a los capitales extranjeros cuya manifestación más extrema son los paraísos fiscales. Una gobernanza fiscal internacional solo puede empezar a construirse a partir de grandes bloques como la Unión Europea, con suficiente fortaleza económica y poder negociador para imponer un cambio global junto a otros actores como EE.UU. o China. La propia dinámica del mercado podría incluso por sí misma poner coto a prácticas empresariales detestables, como la explotación laboral o ambiental en los países más pobres, si los consumidores más concienciados de los países ricos dejaran de comprar productos fabricados en condiciones de cuasiesclavitud o con un alto coste para la naturaleza (caso del aceite de palma, también costoso para la salud). Conviene recordar que somos corresponsables, a la hora de comprar o de votar (por eso hay que poner también en valor la democracia como herramienta de transformación), del estado de nuestro país y del mundo.

El día en que cierta izquierda entienda que globalización no es sinónimo de neoliberalismo o capitalismo habremos dado un paso más para intentar gobernarla y lograr así un mundo más habitable. Observar el caso de Chile, un país que ha avanzado espectacularmente en los últimos lustros (tanto en lo económico como en lo social), podría ser muy instructivo. Seguro que más de uno y más de una en nuestra izquierda tiene el cuajo de llamar "neoliberal" a Ricardo Lagos y Michelle Bachelet por haber apostado (como todo el arco político chileno, a excepción de los comunistas) por la internacionalización de la economía del país andino, lo que lo ha llevado a ser líder mundial en la firma de tratados comerciales. Ya dijo Kant que la paz entre las naciones se construye a través del comercio (las apelaciones navideñas a la paz del Papa son tan útiles como sus rezos o los de cualquier otro congénere).

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