domingo, 15 de septiembre de 2019

'Years and Years', una verosímil distopía de los años 20 del siglo XXI


AVISO DE SPOILER: no sigas si quieres ver la serie

Me he tragado en apenas tres días Years and Years (Años y años), la renombrada serie de HBO que cuenta en seis capítulos las andanzas de una familia de Manchester desde 2019 hasta 2034. Una familia inglesa extensa (los Lyons), articulada en torno a la carismática abuela, que asiste con vértigo a los cambios de un mundo que se va deshaciendo política, económica y moralmente sin dejar por ello de ofrecer a sus moradores humanos nuevos y espectaculares avances tecnológicos: Internet de las cosas, carne sintética, realidad virtual, robots de uso personal (incluido el sexual), cyborgs, integración mente-máquina-Internet y descarga digital de la mente...

La serie es estremecedora porque se trata de una ciencia/política-ficción nada improbable, de una distopía no inverosímil: el energúmeno de Donald Trump es reelegido en 2020 (y le sucede en 2025 el talibán cristiano Mike Pence, su actual vicepresidente), Ucrania es ocupada militarmente por la Rusia imperial de Putin (quien es invitado a ello por el nuevo Gobierno comunista prorruso -supongo que, al mismo tiempo, baluarte del cristianismo ortodoxo- de Kiev), la ultraderecha populista se hace con el poder en casi toda Europa, el Reino Unido sufre los estragos del Brexit y de la llegada masiva de refugiados (muchos de ellos, ucranianos que huyen de la persecución de disidentes y homosexuales)...

El año pasado escribí una entrada a mi abuelo para explicarle lo que había cambiado el mundo desde su muerte en 1980. Había cosas muy malas, pero también grandes logros. Pero lo que podría venir es espeluznante: ataques con armas nucleares (Trump se despide en 2024 de la presidencia con el lanzamiento de un misil contra una isla artificial china, llevándose por delante 45 mil vidas) y bombas sucias (Leicester y Bristol las sufren en la serie, presuntamente a manos de terroristas islamistas), quiebra del sistema bancario y colapso de la infraestructura de las ciudades, desmoronamiento de la democracia (con campañas cada vez más agresivas de fake news orquestadas por la tramoya nacionalpopulista con el apoyo de Rusia), confirmación del desastre climático (se funde todo el hielo del Ártico, desaparecen muchísimas especies animales y vegetales...), proliferación de epidemias y de bacterias superresistentes (de modo que puedes morir por un rasguño sangrante), reversión de derechos de minorías como los homosexuales, reclusión de los inmigrantes ilegales en campos de concentración y cuasiexterminio... Todo ello, mientras continúa el espectáculo de masas de la telebasura, palanca de lanzamiento de los más infames políticos populistas: entre estos se cuenta una empresaria populachera llamada Vivienne Rook (encarnada por la actriz Emma Thompson), una suerte de mezcla entre Jesús Gil, Belén Esteban y Ana Oramas, que de bufona de la "caja tonta" pasa a diputada y finalmente a residir en el 10 de Downing Street.

Del visionado de Years and Years me quedo con cuatro conclusiones. La primera es la importancia de preservar la ley y el estado de derecho, de no dar por sentada la continuidad de la democracia si no la cuidamos (si pasamos alegremente de ella o la desdeñamos como algo solo formal y sin contenido, lo que suele hacer la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia). La segunda, relacionada con la anterior, es la constatación de que si se quiebra el orden constitucional (ese paripé gracias al cual los portavoces de la autoproclamada izquierda anticapitalista tienen garantizados su integridad física y sus derechos) la gente de la peor calaña no tarda en saltar brutalmente a la palestra. Los mimbres humanos de la Europa del siglo XXI son los mismos que los de la Alemania nazi o la Yugoslavia de 1993: la diferencia es que en 2019, al menos en la Unión Europea (no así en el este de Ucrania, en Transnistria, en Bielorrusia, en Chechenia o en Kosovo), los políticos están sujetos a la ley y la gente más desalmada está más o menos controlada en cuarteles, puertas de discotecas, fondos sur de estadios o gimnasios de full contact.

La tercera conclusión es que "derrotar a un monstruo es aguardar al siguiente", como avisa la abuela del clan familiar. Porque Vivienne Rook es derrocada (por cierto, gracias al poder de las mismas redes sociales que la auparon al poder), pero siempre habrá payasos populistas dispuestos a tomar su testigo y, a lomos de la ignorancia y la estupidez de millones de personas, seguir amenazándonos con el infierno. La cuarta conclusión, muy ligada a la anterior, es que somos corresponsables en mayor o menor medida del estado del mundo. La abuela Lyons dice algo en lo que yo no dejo de insistir desde hace años: "Todo lo que ha ido mal ha sido por culpa vuestra. Podemos pasar el día culpando a otros. Culpamos a la economía, a Europa, a la oposición, al clima y al vasto curso de la historia, como si no dependiera de nosotros". Somos culpables, no somos inocentes: también la buena gente (los que no somos unos sádicos o unos psicópatas sin escrúpulos) comete mezquindades y cabronadas, como se ve en el comportamiento de algunos de los miembros de la familia y allegados.

Pese al escenario tan sombrío que nos ofrece la serie, deja un hueco para la esperanza al final del último capítulo que me reafirma en mi creencia (más o menos fundada, aunque no deja de ser una creencia) en que la humanidad aún vive en su infancia moral. El Bien acabará imperando en el universo, aunque eso no será ni en el siglo XXII ni dentro de cien mil años ni acaso dentro de un millón. Pero hay tiempo más que suficiente para la posthumanidad (o para la postmapachidad, la postballenidad o la loqueseaidad) antes de la muerte térmica del cosmos...

miércoles, 15 de mayo de 2019

Contra el nacionalpopulismo y por una unión política en Europa

El principal enemigo político de quienes defienden una Europa libre, abierta, multirracial, laica, igualitaria y tolerante es el nacionalpopulismo. Esto lo tienen claro los liberales (excluyo obviamente a los meapilas españoles -caso de Esperanza Aguirre- que se disfrazan de tales), los socialdemócratas y buena parte de los verdes europeos. No tanto el populismo izquierdista y la izquierda posmoderna, generalmente juntos en el mismo paquete electoral, que consideran no menos nefasto el supuesto neoliberalismo instalado en lo que para ellos y ellas es la "Europa de los mercaderes". Por cierto, los verdes que no están muy seguros al respecto deberían recordar que los nacionalpopulistas son los principales negacionistas del cambio climático.

Pero lo que muchos progresistas de izquierda no acaban de ver es la necesidad de unir fuerzas en el próximo Parlamento Europeo no solo con liberales sino incluso con algunas formaciones europeístas de centro-derecha (caso de la CDU alemana) para hacer frente a ese monstruo nacionalpopulista. La extrema derecha nacionalista y populista ya ha puesto su pica en los ejecutivos de Italia (en coalición con los grotescos populistas de "izquierda" Movimiento 5 Estrellas), Austria (gobernando con los conservadores), Polonia (aquí en su versión más clerical, para delicia de la Iglesia católica local) y Hungría (con un presidente más propio de una república bananera), y es una amenaza creciente en casi todos los países del resto del continente (incluida España). Rusia ya es un Estado nacionalpopulista confesional, con el muy cristiano zar ortodoxo Putin al frente para envidia de sus émulos (excepción hecha de polacos, ucranianos y bálticos, que llevan el odio a rusos y judíos en su ADN) de la internacional ultraderechista europea.

En este escenario no resulta sorprendente que el PSOE y el partido liberal francés de Macron (La República en Marcha) barajen aliarse en defensa de una Europa abierta sobre la que pende un riesgo realmente existencial. Por desgracia, no se puede contar para ello con la izquierda populista y posmoderna, ese batiburrillo ideológico en el que tienen cabida desde simpatizantes de Castro y Maduro a nacionalistas periféricos, desde magufos y neoinquisidores a judeófobos y feministas islámicas (oxímoron solo superado por "negrura blanca" o "blancura negra"). El problema de esa izquierda, de la que es buen exponente el partido francés del nacionalpopulista madurista Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa), es que se nutre del mismo caladero de votos que el nacionalpopulismo de derechas. De ahí que a veces parezca tener más cosas en común no solo con los bolivarianos latinoamericanos sino también con los Le Pen, Orban y compañía: el permanente halago al "bendito pueblo" (ya dijo Isaac Bashevis Singer: "No creo que adulando a las masas todo el tiempo logremos mucho"), la demonización del proyecto integrador de la Unión Europea, el rechazo sin matices a la globalización (un fenómeno complejo que no solo tiene una cara negativa) y el reforzamiento de las fronteras nacionales ("No hay ejemplo en el mundo de país que haya suprimido una frontera. Esta idea solo existe en algún salón izquierdista o democristiano-liberal", afirma Mélenchon al diario El País). Para ser justos, debo añadir que son antirracistas, laicistas y no tienen problemas con el colectivo LGTB. ¡Ya solo faltaría!

Es verdad que la globalización y la fuerte crisis económica han dejado un escenario socioeconómico polarizado, con ganadores y perdedores. Y que los Estados no han sido capaces de compensar a estos últimos (en parte, por los recortes presupuestarios y el detraimiento de recursos para salvar a la banca), de reparar con suficiente pegamento político las grietas abiertas en sociedades que se precian con razón de ser las más avanzadas del mundo. La UE tampoco ha podido ayudar al respecto, al carecer de suficiente músculo fiscal: pese a haber una moneda única, la unión económica (con un presupuesto único, una unión bancaria y una deuda comunitarizada) sigue siendo una asignatura pendiente. Europa no ha logrado recolocarse satisfactoriamente en el nuevo tablero económico mundial, marcado por la creciente competencia de China, India y otros países emergentes. Esa reubicación, que ha de basarse necesariamente en la economía del conocimiento, es fundamental para mantener un Estado del bienestar que es seña de identidad de los países centrales del continente. Es lógico que haya mucha gente con miedo, temerosa de perder su trabajo, de no llegar a fin de mes, de quedarse desprotegida, de ver esfumada su pensión y desmantelados los servicios públicos... Ante este panorama de incertidumbre, los partidos políticos tradicionales no han ofrecido una respuesta clara y adecuada al electorado. Desde luego, la solución no es menos Europa sino todo lo contrario: avanzar hacia una sólida unión política. Pero esto hay que explicárselo bien a los ciudadanos, como nunca se ha cansado de hacer (y, además, brillantemente) nuestro actual ministro de Exteriores Josep Borrell.

También es cierto que la izquierda ha cometido errores como subestimar todo lo relacionado con la seguridad ciudadana (en España sale gratis hurtar la cartera en el metro o forzar la puerta de tu casa para cambiar la cerradura y quedarse a vivir en ella unos añitos a tu costa, y matar a alguien suele saldarse con menos de un decenio en prisión), no advertir los riesgos del multiculturalismo ingenuo (en países como el Reino Unido, Bélgica, Francia o Suecia se han consolidado auténticos guetos, convertidos en canteras del terrorismo islamista) y doblar la cerviz ante la ultracorrección política en cuestiones relacionadas con la violencia de género o la inmigración (¿por que no se puede hablar de denuncias falsas por agresiones machistas -que en España no son, ni por asomo, el 0,01%- o constatar que hay culturas más violentas que otras?). Eso le ha enajenado muchos apoyos de las clases populares, más inclinadas a votar a nacionalpopulistas (todavía en España es minoritario ese respaldo, no tanto en Gran Bretaña o Francia) que al menos parecen ver lo mismo que ellos y llaman a veces a las cosas por su nombre. Unas clases populares que se han sentido ninguneadas por políticos considerados elitistas, que no hablan su mismo lenguaje y dan la impresión de vivir en otro mundo.

Pero hay asimismo una corresponsabilidad ciudadana, por haberse desentendido de la política creyendo que no le iba nada en ello o que la democracia es algo tan natural como el aire que respiramos, por perder la memoria histórica (hace solo 75 años, Europa era un continente en ruinas), por pensar que podemos seguir viviendo igual pese a la amenaza de infarto ecológico. Acierta Josep Borrell cuando dice que no le puedes pedir a alguien preocupado por llegar a fin de mes que se preocupe de igual modo por el fin del mundo (por la catástrofe medioambiental que avanza sin pausa). Pero cometeríamos un error si creemos que "los de abajo" (usando terminología populista) son del todo inocentes. No es poca la gente de baja extracción social que tiene problemas para llegar a fin de mes por tener que pagar las letras de coches de alta gama, las cuotas del iPhone de más de 1.000 euros o las zapatillas de marca del niño para fardar en el cole. Sin negar la existencia de bolsas de pobreza, en Europa la miseria que más abunda es la cultural asociada al más grosero consumismo de usar y tirar. Hay que cambiar el modo de producir y de consumir. Uno de los grupos constituyentes de los "chalecos amarillos" en Francia son fitipaldis forocochistas soliviantados por la subida del precio del diésel, que encarece sus marchas de fines de semana por las carreteras del país vecino. Háblales del cambio climático... Aprovecho para dejar constancia de mis dudas de que las medidas necesarias para evitar el infarto ecológico sean compatibles con la democracia: sin algún tipo de epistocracia veo imposible parar la catástrofe.

No hay soluciones fáciles a nada en política. Populistas de uno y otro signo venden la idea contraria a sus votantes, empleando la retórica de "los de arriba y los de abajo" o la de "los de aquí y los de fuera". Y recurriendo a la baza del identitarismo, que siempre cotiza al alza en tiempos de crisis. Detrás del nacionalpopulismo de derechas hay gente no muy "de abajo" como Putin, Trump, su exmentor Steve Bannon (ahora empeñado en crear desde Italia una internacional nacionalista -otro curioso oxímoron- en Europa) y los sectores más reaccionarios de la Iglesia católica (conjurados contra el papa Francisco). A base de manipulaciones y mentiras, esta gente ya ha conseguido acceder al poder en varios países europeos, montar el surrealista lío del Brexit y poner a sendos orcos en las presidencias de EE.UU. y Brasil. Vean el interesante documental de abajo para conocer mejor sus ilusionantes proyectos. El fascismo de entreguerras todavía proyecta su sombra sobre estos comienzos del tercer milenio. Ojalá que sean solo fantasmas. Dependerá en buena medida de nuestro voto.




miércoles, 27 de febrero de 2019

Que 8 años no es nada... al menos cuando pasas los 50

Hace más de ocho años que empecé este blog: fue en septiembre de 2010, meses después de presentar en Madrid y Las Palmas mi novela El último dodo. Mi abuela Aurora aún vivía (murió en febrero de 2011). Han transcurrido ocho años, que es toda una E.G.B. Pero huelga decir que el periodo 2010-2018 pasó para mí (para todos los que tienen mi edad, entre los que figura el actual rey de España) muchísimo más rápido que el 1974-1982 de mi educación general básica en el Colegio Claret de Tamaraceite (Gran Canaria). Ya en el noveno año del blog constato que pocos temas de los que me interesan no han sido tocados de algún modo. Y que mi producción ha ido decayendo. Al principio me propuse escribir una entrada a la semana, pero últimamente esa frecuencia pasó a ser quincenal e incluso menor. Hoy he advertido, con cierta desazón, que si no escribía estas líneas el blog iba a tener un espacio en blanco en febrero: sería el primer mes sin un post desde el inicio del cuaderno de bitácora. Todo tiene un principio y un final (quitando el Multiverso, que ha ocupado no pocas de mis reflexiones). ¿Estará este blog tocando a su fin? Espero que todavía le quede cuerda...

Aprovecho para anunciar, a quien le interese, que en breve publicaré la que en realidad fue mi primera novela: HP, escrita en los años 90 pero que aún no ha pasado de estar en un cajón o ser un archivo de Word (al principio, de WordPerfect 5.1). Y que estoy con otro proyecto de ensayo de la índole de R que R desde Alfa hasta Omega: Un ensayo sobre el error, que espero acabar antes de agosto e intentar colocar en alguna editorial (por intentarlo, que no quede). ¡Entrada hecha! ¡Febrero cubierto! ¡Otra primavera en ciernes!

domingo, 27 de enero de 2019

España desde el centro y desde la periferia

Javier Barrientos invitaba hace unos días en Twitter a decir "región" en vez de "comunidad autónoma", con el argumento de que "poco a poco iremos saliendo de ese centrífugo embudo en que se ha ido convirtiendo España". Lo que viene a continuación es una edición compactada de mis comentarios a su tuit, detrás del cual hay una forma de concebir España desde su centro: no tanto un centro geográfico (limitado a Madrid y alrededores) como cultural e histórico (que abarca territorios de tradición castellana aunque no formen parte oficialmente de las dos Castillas políticas, caso de Extremadura, Murcia, La Rioja, Cantabria e incluso Andalucía).

Si la mayoría de vascos y catalanes no comparten esa idea de Barrientos, si solo se la creen madrileños, manchegos, murcianos, extremeños, riojanos o cántabros, veo absurdo el intento: solo sería una invitación a mucha gente a desconectar de España. A mí personalmente me resulta ridículo el término "región" para Canarias (recuerdo que a Ramón Tamames tampoco le gustaba, por sonarle a algo tan frío e impersonal como "hectáreas").

Cada cual ha de sentirse español (o no) a su manera. Pretender que vascos o catalanes no necesariamente nacionalistas se refieran a su tierra como "región" es algo forzado y contraproducente. No se pueden imponer denominaciones ni sentimientos. Otra cosa es la ley, desde luego. Deberíamos tener claro que todo intento de imponer desde el centro una determinada visión de España, sin contar con la periferia, está condenado al fracaso.

Dice Barrientos que esto no tiene nada que ver con los sentimientos. ¡Pero claro que pintan y mucho los sentimientos! Lo cierto es que para al menos el 75% de catalanes y vascos, la denominación "región" (con todas sus connotaciones centralistas y franquistas) no es de recibo, tanto como llamar castellano a un leonés. Decirles que lo suyo es una región es más o menos equivalente a gritarles "¡Pujol, enano, habla en castellano!" o "¡Se dice adiós, no agur!". Pretender arrebatar a País Vasco y Cataluña las competencias en educación (no niego la manipulación nacionalista de la historia en sus escuelas, pero no es mayor que la existente en la España franquista o la que pretende reintroducir la derecha nacionalista española) es enseñarles la puerta de salida y cualquier posibilidad de convivir juntos en un Estado plural.

Llevo en Madrid 25 años y doy fe de que la manera de concebir España es diferente en el centro que en la periferia. Y tengo la impresión de que es difícil que uno del centro se ponga en la piel y entienda a un periférico de "ocho apellidos". Y viceversa. Quiero dejar claro que esto va más allá de la política y trasciende el nacionalismo. Yo mismo soy antinacionalista (detesto todo nacionalismo, incluidos el español y el canario) y defiendo una España unida y solidaria, pero si alguien pretende que lleve todo el día un brazalete con los colores de la bandera rojigualda, pronuncie las ces como en Valladolid y sienta como propia tradiciones tan ajenas como la tauromaquia (culturalmente tan próxima a un canario como una sardana o una ceremonia zulú) me está echando fuera: me está desespañolizando sin quererlo.

martes, 15 de enero de 2019

Alianzas transversales en pos de buenas causas transversales (como el animalismo)

Soy socio de Greenpeace pero no comparto su oposición frontal a los transgénicos, ya que no hay evidencia científica de que supongan un riesgo para la salud (aunque los posibles efectos ecológicos y las cuestiones legales y socioeconómicas -abusos en las patentes y en su comercialización oligopólica- son discutibles y nada desdeñables). Soy socio de Amnistía Internacional pero estoy a favor de la cadena perpetua revisable e incluso no encuentro razones morales (aunque sí estéticas) para oponerme a la pena de muerte en ciertos casos. Me considero un socialdemócrata pacifista, pero ello no obsta para que defienda una política de mano dura contra la delincuencia violenta, el terrorismo y las organizaciones criminales. Y todo ello al tiempo de considerar que la vida de un sádico asesino no vale más que la de un buen perro, ni siquiera que la de una mosca o un abeto. Y de no descartar que estemos viviendo en una especie de simulación creada por alguna inteligencia superior que nos trasciende.

Lo cierto es que la gente suele asumir una ideología en bloque. Si es de derechas, toma todo el paquete del pensamiento conservador: nacionalismo, religiosidad, patriarcado, escasa o nula preocupación por el bienestar animal, recelo del extranjero y de una sexualidad no ortodoxa, etc. Si es de izquierdas, compra completo un pack progresista que incluye el agnosticismo o ateísmo, el feminismo, la defensa de los derechos de la comunidad LGTB, el internacionalismo (paradójicamente combinado con el nacionalismo si eres de una comunidad periférica), el relativismo moral (el "no hay culturas mejores que otras") y el buenismo (detrás del cual se halla la ignorancia de la naturaleza humana, la creencia de que somos una hoja en blanco al nacer que se puede editar culturamente de arriba abajo), este último también paradójicamente hermanado al maniqueísmo (¡los de arriba, a diferencia de el pueblo, sí que son malos!).

Sin embargo, esa tradicional divisoria izquierda-derecha está siendo zarandeada por la irrupción de megatendencias como el ecologismo (ya felizmente consolidada) y el animalismo, que suponen un desafío ideológico de primer orden para la izquierda. Yo no puedo concebir que una persona progresista simpatice con la tauromaquia, una salvajada impropia de un país civilizado. O que defienda la caza deportiva y se burle de vegetarianos y veganos. Como quizá un progresista genuino de hace 60 años no podría entender que alguien desde la izquierda no asumiera plenamente los derechos de los homosexuales. Por eso estoy totalmente en desacuerdo con el autoproclamado izquierdista Mauricio Schwarz, que considera que esas cuestiones son poco menos que paparruchas feng shui. La ciencia es otro reto para la izquierda, todavía muy anclada a planteamientos académicos desfasados (propios de las "ciencias" sociales tradicionales) o sencillamente grotescos (los propios de la factoría intelectual posmoderna, a la que se adscriben los estudios culturales y de género).

Quizá el significado de la palabra progresista no sea el mismo en una ciudad que en un pueblo, en la Comunidad de Madrid que en la Región de Murcia. Realidades como la homosexualidad no solo han sido aceptadas en los países más civilizados por la derecha moderada, sino también por la extrema derecha (recordemos que el líder ultra holandés Pim Fortuyn, asesinado en 2002, era declaradamente gay). Aunque la actriz Brigitte Bardot milite ahora en el ultraderechista Frente Nacional, no puedo más que compartir su rechazo del especismo o de la tauromaquia: en eso la siento más próxima que un izquierdista andaluz taurino y cazador. Y el ecologismo, aunque ligado inicialmente a la izquierda, empieza a ser ya algo transversal más relacionado con el desarrollo social de una comunidad que con la ideología. En promedio, seguro que un conservador sueco tiene una mayor conciencia ecológica que un socialista almeriense.

En conclusión, que a la hora de forjar alianzas para defender causas justas como el ecologismo o los derechos de los animales, así como la cadena perpetua revisable o el combate implacable a las mafias y el terrorismo, habrá que contar a veces más con enemigos ideológicos que con amigos (también para la defensa de un análisis científico, riguroso y sosegado de la realidad de la violencia de género). Y no es malo que así sea. En eso consiste la democracia, en la convivencia civilizada entre personas con distintas ideas bajo un marco consensuado más allá del cual no puede imponerse nada aunque nos parezca una barbaridad (por ejemplo, que las corridas de toros sean legales). Muchas veces será necesario convencer a algunos amigos haciendo palanca junto a algunos enemigos para incluir o excluir más cosas en ese marco consensuado.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Correlaciones nada casuales a la derecha y a la izquierda

Que la línea dibujada en un plano por los picos de una cordillera se corresponda exactamente con la evolución del precio del tomate frito en Mongolia no significa necesariamente que haya algún tipo de relación causal entre esas dos realidades (las alturas de las montañas y los precios del susodicho alimento). Este es un caso claro de correlación espuria, puesto que no obedece a causalidad alguna (¡podemos poner la mano en el fuego a este respecto!) sino a la mera casualidad.

A mis alumnos de la Universidad Carlos III solía ilustrarles la diferencia entre causalidad y correlación con algún ejemplo de esa guisa. Lo del tomate frito en Mongolia me lo he inventado, pero hay curiosas correlaciones de verdad (aunque evidentemente espurias) como la que liga el consumo per cápita de margarita en EE.UU. con los divorcios en el estado de Maine o el número de ahogamientos anuales en piscinas en EE.UU. con las apariciones en películas del actor Nicholas Cage.

Pero la cosa cambia si observamos una correlación entre conservadurismo, nacionalismo, especismo, religiosidad, homofobia, machismo e ignorancia: dicha correlación no puede ser casual, tiene que haber necesariamente algún tipo de causalidad. Ello no quita que uno pueda ser políticamente conservador al tiempo que antinacionalista, animalista, ateo, defensor del colectivo LGTB y una lumbrera intelectual. O animalista y defensor del colectivo LGTB a la par que ultranacionalista y religioso. Aunque, reconozcámoslo, se trata de combinaciones infrecuentes: ¿cuántas personas conocemos que reúnan esas características? Lo habitual es que todo vaya en el mismo paquete, lo que requiere una explicación científica.

Según Lazar Stankov y Jihyun Lee, detrás de esa correlación hay un "síndrome conservador" que hace que la persona afectada dé mucha importancia a cosas como la obediencia, la tradición, la religión, el orden y la pertenencia a un grupo nacional, al tiempo que es menos abierta a desafíos intelectuales (como estudiar, ampliar conocimientos o aceptar opiniones diferentes) y hostil hacia quienes no forman parte de su grupo o se desvían de la normalidad. Eso es lo que explica que nacionalismo, especismo, religiosidad, machismo, homofobia e ignorancia suelan ir juntos (en España podemos añadir la afición a la tauromaquia). Lo cierto es que en un estudio realizado a más de mil aspirantes a entrar en la universidad en EE.UU., Stankov y Lee observaron una correlación negativa entre conservadurismo (definido en los términos anteriores) y habilidades cognitivas.

No quisiera que esto se tomara solo como una mofa de la derecha, ya que también podría haber correlaciones entre izquierdismo, sectarismo, conspiranoia y magufismo, detrás de las cuales puede estar apostado un hipotético "síndrome izquierdista" (causante de que la persona afectada dé escasa importancia a la tradición, la religión, el orden y la pertenencia a un grupo nacional -salvo que sea catalán o vasco-, haciéndola extremadamente desconfiada y recelosa del sistema y menos abierta a revisar dogmas ideológicos tomados como verdades científicas que solo pueden ser negadas desde la ignorancia, la idiotez o la maldad).

El psiquiatra Paco Traver incluso apunta la supuesta correlación entre animalismo, veganismo, infertilidad y anorexia intelectual (aunque, por mucho que me empeño, no logro encontrar referencia alguna de ello en Google). Esto no parece haberse manifestado en un tipo como el físico teórico Brian Greene, vegetariano desde los nueve años y vegano desde hace algún tiempo, lo que no obsta para que tenga una mente prodigiosa (también eran vegetarianos medianías como Leonardo da Vinci, Nikola Tesla o Albert Einstein) y sea padre de dos niños. Pero ya hemos visto que siempre hay excepciones, como la del animalista defensor del colectivo LGTB al tiempo que ultranacionalista e integrista religioso...

Sea como sea, no debemos negarnos a conocer la verdad, por incómoda o políticamente incorrecta que esta resulte. Las verdades estadísticas (como la de que un 30% de los asesinatos machistas de mujeres en España son cometidos por inmigrantes que representan solo el 10% de la población, o la de que el 25% de la población carcelaria femenina en nuestro país se corresponde con un grupo étnico que solo representa el 1,5% del total) son necesarias para diagnosticar un problema y así poder encontrarle una solución razonable, aunque es inevitable que algunos las utilicen torticeramente como arma arrojadiza para fines más o menos oscuros.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Teísmo abierto: ¿es el Multiverso el salón recreativo de Dios?

Diagrama de Kircher de los nombres de Dios.

Imagínate que diseñas un videojuego en el que pueden interactuar tres jugadores. Como creador del videojuego, conoces todos sus escenarios y líneas posibles: o sea, conoces el multiverso del juego. Pero lo que no puedes saber es qué líneas y escenarios son los que se materializarán una vez que empiezan a jugar los tres competidores: eso dependerá de la interacción de tres agentes volitivos  cuya conducta te resultará completamente imposible de anticipar. Conoces todas las partidas, pero no sabes cuál de ellas se va a concretar cada vez que se juega. Eres solo parcialmente omnisciente porque resulta imposible, por mucha tecnología que poseas, meterse en el pellejo de cada jugador para saber cómo actuará a cada paso.

Este caso puede extrapolarse al de un Cosmos supuestamente creado por un presunto Dios no omnisciente, trayendo con ello a colación dos conceptos físicos clave: el hipotético Multiverso y la incertidumbre de la mecánica cuántica (sobre la cual se erigiría el libre albedrío). Existen todos los universos posibles (Multiverso) y Dios los conoce, pero no es capaz de saber qué universo se acabará fraguando en una partida iniciada con su correspondiente Big Bang. Y no es capaz de saber qué decisión tomarás tú o yo porque ni siquiera lo es de adivinar si una moneda caerá de cara o de cruz o si la desintegración radiactiva de un átomo se producirá ahora o dentro de un minuto o dentro de 500 millones de años. Ni el mismísimo Dios podría sortear la naturaleza intrínsicamente aleatoria del mundo.

A modo de un programador cuántico, Dios crearía el Multiverso con unas leyes simples (que al evolucionar en cada uno de los universos compatibles con la inteligencia darían lugar a una gran complejidad), las cuales impondrían un orden sobre un inefable fondo caótico que escaparía a su control. Pero dicho orden no conseguiría subyugar del todo la indeterminación cuántica inherente a ese fondo: solo lo moldearía de una manera inteligible (por eso son posibles el conocimiento y la ciencia, por eso las matemáticas funcionan como un guante para entender el mundo físico), pero sin eliminar la permanente agitación cuántica subyacente. De ese modo habría un hueco para que ejercitasen el libre albedrío los seres vivos más complejos (y supongo que también un termitero o una comunidad bacteriana).

La parcial omnisciencia de Dios es lo que propugnan algunos teóricos del teísmo abierto, el planteamiento teológico más razonable con el que me he topado (un argumento que, por cierto, habría llevado hace pocos siglos a una piadosa hoguera cristiana a sus proponentes). ¿Entonces Dios (nombre que le damos al creador del juego o simulación, que bien podría ser -como dice el físico Brian Greene- un adolescente tetradimensional con granos frente a su ordenador cuántico, él a su vez fruto de otra creación de orden superior) se dedica a observar a las criaturas emergentes de su creación?... ¿Pero y si Dios fuese el participante en su propio juego, adoptando todas las formas posibles de interacción consciente con la realidad?: desde Anna Frank hasta el destripador de Londres, desde una ardilla hasta una termita y una bacteria, desde ti hasta David Hasselhoff... ¿Y si el Multiverso fuese el salón recreativo de Dios, acaso su jardín de desarrollo espiritual? ¿Y si el maremágnum cuántico de fondo fuese su tumultuoso, amorfo y eterno sueño, con cuyos mimbres se construye la realidad?...

Traeré de nuevo a este blog los versos de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska:

PLATÓN O EL PORQUÉ
Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
-para qué con sombra,
si antes no tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas...

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