En su libro de 2010 Decoding Reality, el físico teórico Vlatko Vedral nos trae a colación una narración de Italo Calvino (El castillo de los destinos cruzados) para ilustrar su modelo informacional-participativo del universo, en línea con el it from bit propugnado hace décadas por el también físico John Wheeler.
Vedral sostiene que la información es un elemento fundamental del cosmos, subyacente a materia/energía, espacio y tiempo. Pero no lo limita al ámbito de la física, ya que regiría a todas las escalas: química, biológica, social... Además, tendría una capacidad única: la de poder surgir ex nihilo (de la nada). La información se genera cuando un observador (o sea, el universo contemplándose a sí mismo), mediante el mero acto de observar, lleva a cabo una reducción ab toto (sobre la totalidad) del espacio de posibilidades. Esa reducción, que implicaría una disminución de la incertidumbre (en ello se basa el concepto de información de Claude Shannon), se asemejaría al trabajo de un escultor con su cincel: la realidad sería esculpida a partir de un molde en bruto que representaría la potencialidad del universo. A medida que la realidad se decanta, a medida que se va generando más información, ese molde en bruto se conforma de un modo que excluye ya de manera irreversible muchas posibilidades: estas nunca se materializarán, jamás cruzarán el unbral de lo real desde su estado potencial. Porque cuando un escultor empieza a tallar una cabeza humana, ya está reduciendo la incertidumbre: está excluyendo la posibilidad de que el objeto de su cincelado sea un pie, una butaca, un murciélago o un paraguas.
El universo es ciertamente una realidad abierta en la que no dejan de emerger nuevos niveles y categorías, con el consiguiente aumento de su contenido informativo: humedad, temperatura, visión, depredación, dolor, amor, espiritualidad... Estos conceptos emergentes solo tienen aplicación en su escala correspondiente. Un átomo no tiene temperatura, como una molécula no siente dolor ni una célula alberga inquietudes espirituales. La duda es si el espacio de posibilidades es también dinámico, si el molde en bruto no es estático, si incluso los objetos abstractos (los mentales y los matemáticos) podrían evolucionar al interactuar con los observadores: la visión del mundo como proceso, desarrollada hace un siglo por Alfred North Whitehead, es la que sostienen actualmente pensadores y científicos como el filósofo Matt Segall o el biólogo Michael Levin.
La idea de la novela de Calvino (¡no confundir con el fanático religioso que quemó a Miguel Servet en la hoguera!) se inspira en Wheeler: la realidad no está determinada y es construida activamente por los observadores de una manera coherente. Wheeler apela al juego de salón de las 20 preguntas, en el que un jugador entra en una sala donde hay 20 personas a las que va haciendo sucesivamente preguntas binarias para adivinar un objeto. Estas personas han acordado responder "sí" o "no" como les venga en gana, pero de una manera coherente con las respuestas dadas anteriormente. Así se va alumbrando un objeto que ni el jugador ni las 20 personas que le responden puede prever al principio. La primera pregunta podría ser "¿Es azul?", y su respuesta "No". La segunda, "¿Es un animal?", y su respuesta "Sí". La tercera, "¿Vuela?", y su respuesta "No". La cuarta, "¿Es grande?", y su respuesta "Sí". La quinta, "¿Vive en Europa?", y su respuesta "No". La sexta, "¿Come hierba?", y su respuesta "Sí". La séptima, "¿Tiene un gran cuerno?", y su respuesta "No"... Este hilo de preguntas/respuestas tiene toda la pinta de llevarnos a un hipopótamo. Cada respuesta añade un bit de información.
Por su parte, Calvino nos presenta un juego en el que cada participante intenta contar su vida a los demás utilizando cartas del tarot (no pueden decir una sola palabra, ya que se han quedado mudos). Hay una incertidumbre intrínseca, ya que las cartas pueden ser interpretadas de manera diferente (incluso radicalmente distinta a la intención del emisor del mensaje) por cada uno de los participantes. Y esa interpretación depende también de las otras cartas exhibidas junto a ella. Principios de la mecánica cuántica como la incertidumbre o la contextualidad son pues aplicables a este juego planteado por el escritor italiano, en el que cada carta implica un átomo indivisible de información o bit. En la naturaleza, sin embargo, no hay cartas (no hay variables ocultas locales): las cartas las creamos los observadores con nuestras observaciones.
Uno no puede estar seguro en el tarot de Calvino del mensaje transmitido hasta que se exhibe la última carta, que puede suponer una reinterpretación radical de la historia (en el ejemplo que puse de Wheeler, este último bit podría ser el que descartara al elefante y confirmase al hipopótamo). Vedral nos recuerda al respecto las palabras de Sócrates: "Nadie debería ser considerado feliz hasta que muere". Puede que en nuestro último suspiro sea cuando realmente lo sepamos, cuando hagamos la interpretación definitiva, da igual lo felices o infelices que hayamos sido hasta entonces. En la novela de Calvino, al igual que en la realidad, ignoramos por qué empezó el juego y quién invitó a los jugadores. Ese misterio nos acompañará también hasta la muerte. ¿Será desvelado entonces?...





