lunes, 24 de julio de 2017

Retrocausalidad: ¿cenar hoy sushi puede causar la Peste Negra del siglo XIV?

Repugna a nuestro sentido común que la causalidad no se ejerza desde el pasado hacia el futuro. Que lo que ha de suceder influya de algún modo en lo que ya ha sucedido parece algo totalmente contra natura. ¿Te imaginas que un suceso en el año 2165 estuviese influyendo en la escritura de esta entrada? ¿O que tu decisión de comer sushi esta noche fuera un desencadenante de la Peste Negra del siglo XIV?...

Un rasgo destacado de la física clásica es su simetría temporal: las ecuaciones funcionan igual hacia adelante que hacia atrás en el tiempo. La observación de una secuencia de imágenes proyectadas al revés (por ejemplo, la recomposición de un vaso roto desde el suelo hasta la mesa) es muy ilustrativa a este respecto: lo que vemos es ciertamente raro, pero coherente. La física cuántica es igual de simétrica que la clásica con respecto al tiempo: la ecuación de Schrödinger vale lo mismo hacia adelante que hacia atrás. De hecho, el gran físico Richard Feynman apuntó que las antipartículas son partículas que marchan hacia atrás en el tiempo: un positrón sería un electrón viajando hacia el pasado. Por esa razón, partículas y antipartículas se aniquilan si se encuentran (tan natural como que 1 y -1 sumen 0).

La retrocausalidad, tal como hipotetizan actualmente algunos físicos, sería posible gracias al fenómeno del entrelazamiento cuántico(*ver al final) y también lo explicaría: la manipulación de una de las partículas entrelazadas, que puede estar tan lejos de su compañera como 1 milímetro o 10 mil millones de años-luz, haría que la primera afectara inmediatamente a la segunda por la vía de conectar causalmente -también de manera instantánea- con el momento del pasado en que ambas se crearon e iniciaron sus trayectorias opuestas.

El punto clave es que el pasado, al igual que el futuro, no está determinado: permanece en un nebuloso estado de indeterminación hasta que es observado. Es el momento de convocar a otro grande de la Física: John A. Wheeler. Fue él quien ideó el experimento mental de la elección diferida, que viene a decirnos que la medición de una partícula hoy puede alumbrarnos un pasado remoto hasta ahora indeterminado. Dicho de otro modo, la trayectoria de una partícula que inició su viaje hace mil millones de años solo cristaliza cuando la observas hoy: antes permanece en una especie de limbo misterioso en el que coexisten todas sus posibles trayectorias (¡esto implica que el propio Universo no estaba determinado antes del surgimiento de su primer observador!).

Un detalle fundamental en este asunto es que la física cuántica exhibe simetría temporal siempre y cuando no haya un observador: en este caso, la función de onda (el susodicho limbo misterioso) colapsa y el mundo adopta ese rasgo tan familiar de ir hacia adelante. Pero la flecha del tiempo parece apuntar hacia el futuro solo por un motivo estadístico: hay muchas formas de que se rompa un huevo al caerse, pero solo una de que se recomponga una vez roto en el suelo. No se trata de una ley física sino de una mera cuestión de probabilidades a partir de un estado inicial del Universo altamente ordenado (si lanzamos al aire un mazo ordenado de cartas, ¿alguien apostaría a que se mantendría ese orden en el suelo?).

La presunta retrocausalidad debería hacernos reflexionar acerca del tiempo. Hace ya más de 100 años que Einstein nos desveló un escenario nuevo en el que pasado, presente y futuro son solo una ficción fabricada por la conciencia: todo está ya ahí en el espacio-tiempo absoluto desde siempre (desde tu nacimiento a tu muerte pasando por todos y cada uno de los momentos de tu vida y los de cualquier otro ser). Suele ponerse el ejemplo de dos jóvenes gemelos (uno se queda en la Tierra y otro da un paseo de ida y vuelta al espacio exterior navegando a una velocidad próxima a la de la luz; cuando el segundo regresa al planeta, al cabo de lo que para él han sido unos pocos años, se encuentra con que su hermano... ¡es ya un anciano!) para ilustrar las paradojas del tiempo, pero hay un supuesto que se me antoja más espectacular: el de la simultaneidad a grandes distancias. Imagina un alienígena inteligente que se encuentra a 90 mil millones de años-luz de nosotros. El tipo está sentado desayunando en este mismo instante en que lees mi blog: se encuentra en simultaneidad contigo, en tu misma rebanada de tiempo (solo que al otro extremo del espacio). Pero si de repente se levanta y echa a correr por el pasillo de su casa para despedirse de sus hijos que van al colegio, pasa a estar en simultaneidad -dependiendo de su velocidad- con Napoleón, Calígula o los neandertales. Una vez se detiene, vuelve a situarse en tu misma rebanada temporal. ¿No es fascinante esta implicación de la relatividad especial?...
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*El entrelazamiento cuántico es un fenómeno merced al cual dos partículas creadas simultáneamente conservan las mismas características físicas -la interacción con una afecta inmediatamente a la otra, da igual lo lejos que se encuentren- tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio. Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia", considerada por ellos ilógica, era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica. El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Hay que añadir, por otra parte, que el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo.

jueves, 6 de julio de 2017

Javier Marías versus Joaquín Reyes: la popularidad de lo antiintelectual

Un reciente artículo de Javier Marías en El País alusivo a Gloria Fuertes ha tenido sorprendente réplica días más tarde en el mismo diario: en un tono medio burlón medio condescendiente, el humorista Joaquín Reyes (me confieso un admirador de sus geniales imitaciones de celebridades) le ha afeado su condición de cascarrabias y se ha ofrecido a darle un abrazo antes de invitarle a disfrutar "de las pequeñas cosas de la vida".

El artículo de Marías era tan oportuno como impopular: oportuno por denunciar el tremendo papanatismo alimentado mediáticamente en torno al cine español y la literatura femenina (porque, como en todo, no se puede negar la existencia de "bodrios y mediocridades"); e impopular por considerar, a modo de ejemplo, que la desaparecida Gloria Fuertes "no fue una grandísima poetisa". Esta opinión nada irrespetuosa, amén de respetable y puede que certera (si la obra de Fuertes se limita -lo cual ignoro- a sus graciosas rimas infantiles), se sumaba a sus recientes críticas a Podemos para poner al hijo de Julián Marías en el punto de mira de la muchachada izquierdista en Twitter. Al atacar a una persona tan entrañable y popular como Fuertes (dejemos aparte sus supuestas virtudes literarias), el escritor madrileño se exponía a un más que probable linchamiento en redes sociales. La probabilidad subía al 100% al tratarse encima de una mujer: la condena inapelable por misoginia en el tribunal popular progresista del Twitter estaba cantada.

En su réplica, Reyes juega con la baza antiintelectual para embestir a Marías: sabe que lo intelectual es impopular, que su cosecha de likes siempre será muy inferior a la de algo guay. Por eso insinúa que el escritor no conoce a Grinch, por ser "literatura menor", echándole indirectamente en cara ser un elitista (seguro que Trump, un hombre campechano del pueblo, sí conoce a Grinch y no sabe quién es Coetzee). También le llama "orfebre del despotrique", otra manera de decirle que es un puto amargado (y eso ya sabemos que no es guay, que es de fucking losers). Tan cierto es que la vida se ve diferente según el talante de cada cual como que hay cosas objetivamente desagradables, que no pueden ser negadas si se posee un mínimo de inteligencia, información y sensibilidad. Decir alegremente que en España se vive muy bien porque hay sol, paella y jamoncito, obviando la corrupción generalizada, el mamoneo, la inseguridad jurídica, el incivismo, el bajo capital social y la chapuza diaria, es propio de tontos o/e ignorantes. Aún así, quedas mejor en público esgrimiendo con una sonrisa ese ridículo tópico que sosteniendo que en este país (y no solo aquí, por supuesto) hay unos usos y costumbres bastante mejorables y un montón de cafres que dificultan el disfrute de una vida medianamente civilizada (ante los que más vale, por cierto, estar permanentemente en guardia). 

Tampoco vas a hacerte popular ni a obtener muchos aplausos si afirmas que buena parte de lo que conocemos como cultura moderna es basura comercial, que no es lo mismo Grinch o Fast and Furious que una película de Rohmer o de Hitchcock; Maluma, Pitbull o Los Gemeliers que Queen o Maurice Jarre (¡por no hablar de Mendelssohn o Schubert!); Dan Brown que Borges... Lo cual no por impopular deja de ser menos cierto. Esto ya lo abordé en su momento al comentar un interesante artículo de Elvira Lindo titulado "La cobra del pueblo". Rajoy sería todavía menos simpático si dijera que se dispone a leer a Zweig en vez de ver un partido de fútbol por la tele: si presume de esto último es porque sabe que beneficia a su imagen. ¡A ver qué político se atreve a afear la conocida querencia de las masas por la telebasura y otros tipos de mierda!

El desprestigio de lo intelectual, debido sobre todo a la democratización-mercantilización de la cultura (sin negar cierta cuota de culpa de no pocos intelectuales tan engreídos como infumables), es un símbolo de estos tiempos en los que 2 más 2 es igual a 5 si así lo decide la mayoría. Ya vengo diciendo desde hace tiempo que este desprestigio, asociado a la quiebra del principio de autoridad, es una amenaza para la democracia y la continuidad de la civilización: una democracia de burros es insostenible y solo puede empujarnos al abismo en estos tiempos en los que está en juego la propia supervivencia de la especie debido a una crisis ambiental que puede calificarse sin exagerar de existencial.

domingo, 25 de junio de 2017

Bendito (y también maldito) orden

"Ángeles y demonios" (M. C. Escher).

El desorden es bastante más frecuente que el orden. Por eso hay muchas más formas de ruido que de música, por eso los textos carentes de información -incluidas las combinaciones aleatorias de letras- son mucho más abundantes que los informativos o coherentes (aplicando el método de Cantor, el número infinito de los primeros sería superior al número infinito de los segundos). Por la misma razón es más fácil desordenar que ordenar, destruir que construir, dañar que curar, ensuciar que limpiar, errar que acertar, cometer una chapuza que desempeñar un buen trabajo, hacer el mal que hacer el bien... Es más probable la mediocridad que la brillantez, la fealdad que la belleza, la estupidez que la inteligencia, la condición inerte que la vital.

El orden, fruto de las leyes físicas (¿producto a su vez de una realidad platónica eterna?), es lo que permite la vida, la conciencia individual y la inteligencia. No hay voluntad ni racionalidad sin orden, sin una cierta organización cerebral o neuronal ya sea para acariciar o para torturar (existen órdenes diabólicos, como el del campo de exterminio o el del matadero municipal). Sin orden no hay complejidad ni evolución ni emergencias. Ni posibilidad alguna de interacción y comunicación. El mundo sería un enorme amasijo informe en el que tú y yo, dinosaurios y superordenadores, Villarrobledo y Vladivostok, grande y pequeño, arriba y abajo, fuera y dentro, antes y después, se confundirían en un indescriptible totum revolutum.

Quizá ese maremágnum sea el estado del mundo de un tic de Planck a otro, entre cada colapso de la función de onda que rige la evolución del Universo o acaso Multiverso. Solo mediante un filtrado sesgado y coherente de todo lo posible, mediante una destrucción ab toto como la que representa el colapso de la función de onda, sería posible tomar conciencia individualizada -necesariamente parcial- de un orden cósmico donde todo sucede simultáneamente y de una vez. Solo así el Brahman puede ser Atman, el mar puede ser ola. Solo así tendría sentido aprender y acaso vivir.

lunes, 12 de junio de 2017

Ciencia y religión: agua y aceite


En el Vaticano hay unos tipos intentando desde hace décadas la cuadratura del círculo: conciliar la ciencia con la religión católica (igual de absurdo sería intentarlo con cualquier otra). El argumento de estos expertos, bien financiados por las arcas de la Santa Sede (e indirectamente por quienes en España ponen la x en la casilla de la Iglesia de su declaración del IRPF), es que no hay incompatibilidad entre ciencia y religión porque la primera no puede ofrecer todas las respuestas. No debían estar muy convencidos de esa supuesta compatibilidad los que quemaron en la hoguera a Giordano Bruno, obligaron a retractarse a Galileo ("eppur si muove!") y también redujeron a cenizas a Miguel Servet (en este caso no fueron los católicos sino el fanático Calvino en su cantón talibán protestante de Ginebra). Los mismos que ya en el siglo XIX se burlaron de Charles Darwin, cuando el cristianismo en Europa empezaba a perder su influencia y convertirse en algo meramente folclórico (la gran asignatura pendiente del mundo islámico). La ciencia no puede ofrecer todas las respuestas, pero la religión ni siquiera es capaz de brindar alguna razonable: para elucubrar acerca de lo que de manera provisional -o acaso permanentemente, por una limitación epistemológica- se sitúa más allá del alcance de la ciencia solo cabe una metafísica seria y con fundamento. Sin desdeñar, por supuesto, el eventual acceso por vías como la meditación a profundas realidades inefables y elusivas a la razón.

Es cierto que la ciencia no puede responder a algunas preguntas del tipo de "para qué", como la de cuál es el sentido personal de nuestra vida. La ciencia se limita a constatar una tendencia de la materia a autoorganizarse y evolucionar en complejidad, desplegando emergencias como la vida y la consciencia. Podría haber un sentido cósmico en ello (un Universo que se hace cada vez más consciente de sí mismo), pero la vida propia no posee más sentido para un individuo que el que este se autoadjudique: ya sea el culto a Baal, la filatelia, la Unión Deportiva Las Palmas, el submarinismo, la misma ciencia, la dedicación a los seres queridos o la búsqueda espiritual (no tienen por qué ser sentidos excluyentes, por supuesto). 

No pueden ponerse en el mismo plano ciencia y religión, no puede igualarse la postura del que niega la ciencia porque no encuentra en ella a su Dios con la del que niega a Dios (un ser intervencionista y sospechosamente antropocéntrico como el de las religiones judeocristianas) porque no hay evidencia científica alguna que lo sostenga o incluso por puro sentido común. No hay conciliación razonable -ni lógica- posible a este respecto porque no es lo mismo una verdad contrastada empíricamente que una creencia irracional evidentemente fabricada por nuestros antepasados (un constructo social -¡este sí!- en toda regla). Además, a diferencia de los dogmas religiosos, las verdades científicas son siempre provisionales: cuando se hallan otras con mejor poder explicativo, son adoptadas por el corpus de la ciencia.

Cuando Galileo descubrió que Júpiter tenía lunas girando en su derredor, cuando constató la hipótesis de Copérnico de que la Tierra no era el centro del Universo, los cimientos de la Iglesia empezaron a sacudirse. La teoría aristotélica de las dos esferas (la imperfecta terrenal y la perfecta celestial) ya no era sostenible. Pero el golpe a las creencias religiosas tradicionales propinado por Darwin sería mucho más brutal: ¡somos primos de los chimpancés e incluso las ratas, los insectos y los árboles forman parte de nuestra familia! Luego llegó Freud para decirnos que el subconsciente es mucho más poderoso que el yo consciente. Por si fuera poco, ahora sabemos que el Sol es solo una estrella de entre las más de cien mil millones de la Vía Láctea, a su vez una más de entre el billón de galaxias del Universo observable. Ya en el colmo puede que nuestro mundo sea solo uno más de un vasto Multiverso que comprende todos los universos posibles y en el que podría haber multitud de formas de vida inteligente. ¿Habrá muchas de ellas con creencias parecidas a la de que hay muertos que resucitan al tercer día para salvar a sus congéneres (y solo a ellos, no a perros ni a delfines ni chimpancés)?...

sábado, 3 de junio de 2017

El pasado balompédico de Ojeda D'Artais obstaculiza su elección como nuevo fiscal Anticorrupción

El cada vez más extendido rumor de que el jurista murciano Renato Borja Ojeda D'Artais podría ser el nuevo fiscal Anticorrupción, en sustitución del dimisionario Manuel Moix, ha levantado la crítica en bloque de la oposición. A Ojeda D'Artais se le reprocha su pasado como jugador y entrenador de fútbol fuera de España, que a juicio de PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos le incapacitan para el desempeño de esa responsabilidad.

"Es el colmo", ha dicho esta tarde en Moncloa el presidente Mariano Rajoy aprovechando un hueco en su agenda (la emisión de una tira de anuncios en la previa televisiva de la final de Champions de Cardiff): "Ya solo nos faltaba esto, que por haberse puesto calzón corto y calzado botines con tacos tenga que renunciar a un alto cargo del Estao. No roben mi tiempo y el de los miembros del Gobierno con estas solemnes bobadas".

Tras la reanudación del especial Champions en directo en Antena 3 TV, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ha tomado el testigo de Rajoy para, sin confirmar ni desmentir la posible elección de Ojeda D'Artais, hacer público un informe del catedrático constitucionalista Jaime de Sota Bamberg que no considera incompatible el ejercicio como fiscal Anticorrupción con "cualquier vinculación de naturaleza balompédica previa, ceteris paribus, tanto en territorio nacional como fuera de nuestra jurisdicción". "Solo desde la mala fe", ha añadido la número 2 del Ejecutivo, "se puede negar que al señor Ojeda D'Artais le avalan muchos años como jurista experto en fiscalidad internacional y cooperación transfronteriza".

Ojeda D'Artais jugó varios años en el Caiman Hawks Football (club señero de las islas Caimán), así como en el equipo de casados de Aruba (disputó varios encuentros contra el combinado de solteros de este mismo territorio insular). Participó asimismo en numerosas pachangas durante sus periódicas estancias en Anguila, Bermudas, Dominica, Curaçao y Turcas y Caicos. Por otro lado, fue entrenador de la selección de las Islas Vírgenes británicas y director técnico de la Federación de Fútbol de Antigua y Barbuda. Su rechazo hace unos días de una multimillonaria oferta para entrenar a la selección de San Vicente y las Granadinas parece relacionada con la aceptación de su nueva responsabilidad en la oficina en Madrid de la Fiscalía Anticorrupción.

domingo, 28 de mayo de 2017

Filtrar la mierda en Internet para salvar la civilización

"Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción" (Jorge Luis Borges)

Internet se asemeja algo a la biblioteca de Babel imaginada por Borges, pero sin pasillos, anaqueles ni libros de papel. ¡Qué avances en el pensamiento y la ciencia cosecharíamos si grandes genios del pasado como Demócrito, Spinoza, Newton o Einstein resucitaran y tuvieran acceso a ese vasto océano que ofrece todo el conocimiento humano a golpe de clic! Pero cualquier persona con fundamento que navegue a menudo por la red de redes sabe que sus numerosas -aunque relativamente escasas- perlas flotan en medio de un gigantesco montón de basura (consecuencia de su carácter democrático y universal, conforme al cual todo el mundo puede contribuir en igualdad de condiciones: "lo mismo un burro que un gran profesor", como reza el célebre tango). Encontrar un dato cierto o información valiosa puede ser equiparable, si no contamos con las adecuadas herramientas, a hallar una aguja en un pajar. La principal herramienta es sin duda el buen criterio, fruto de la inteligencia e instrucción de cada persona: este ha de ser cultivado en el sistema educativo, junto con el espíritu crítico, para permitir a los usuarios distinguir el grano de la paja, la verdad de la mentira.

La igualdad en el acceso es especialmente perniciosa en casos como el de Wikipedia, un proyecto enciclopédico extraordinario basado en la cooperación descentralizada que tiene en los troles y los cuñaos a sus mayores enemigos. Para preservar la calidad de sus contenidos (muy inferior en la versión española que en la mayoritaria inglesa, lo que es bastante ilustrativo del nivel cultural y científico del mundo hispano), sus contribuyentes con conocimiento y buena fe han de estar continuamente patrullando. Deshacer troleces y disparates de toda índole supone un derroche de tiempo y energía que podría destinarse a otros fines más productivos.

Por el mundo digital de comienzos del tercer milenio pululan junto a los troles otras especies que a veces se solapan con ellos y entre sí como los chiflados conspiranoicos, los magufos, los coelhista-punsetistas y los analfabetos digitalizados (también hay fastidiosos especímenes no digitalizados como los analfabetos científicos, que desde sus cátedras nada inmateriales presumen tanto de su estéril erudición como de su ignorancia de todo lo ajeno a las humanidades). Pero entre los más peligrosos figuran, además de los delincuentes y los fanáticos religiosos 2.0, quienes se dedican de manera perfectamente organizada a fabricar y difundir noticias falsas con fines oscuros: ya hemos visto en el Reino Unido (con el Brexit) y en EE.UU. (con Trump) lo que pasa cuando personas poderosas con acceso a big data y buen conocimiento de las técnicas de propaganda se aprovechan de la ignorancia y estupidez de muchos congéneres para imponer su agenda política.

Una solución al problema del ruido en Internet sería su segmentación (ya es en parte un hecho), con un área de pago de calidad y otra gratuita donde se quede toda la porquería. La zona de pago estaría limpia y además eximiría a sus usuarios de soportar irritantes anuncios. Pero esto podría tener consecuencias muy indeseables, no tanto por obligar a los usuarios a pagar (seguramente les valga la pena si se lo pueden permitir) como por excluir a personas con pocos recursos pero inteligentes y potencialmente talentosas. Si la Wikipedia y otros contenidos culturales de Internet se convierten en un coto privado, ¿adónde acudirán para aprender y crecer intelectualmente el chico o chica de extracción humilde, pero listo y con inquietudes, de Karachi, Nairobi o Tegucigalpa?... El gran logro de Internet es haber puesto todo el saber humano -además de la mierda- a disposición de todo el mundo (otra cosa es que haya muchos humanos coprófagos a los que el saber les importe un pimiento).

Otra solución, a mi juicio mucho mejor, sería crear agencias independientes internacionales (preferiblemente públicas, integradas por expertos en todos los ámbitos del saber) dedicadas a calificar los contenidos con criterios objetivos de calidad. Esa labor de filtrado podría brindar un gran servicio a la sociedad, poniendo freno a las pseudociencias, la manipulación informativa, los abusos políticos y empresariales y el papanatismo (suponiendo que la gente se dejase guiar por las calificaciones, lo que yo no daría por descontado). El funcionamiento de estas agencias debería ser a su vez supervisado por otros organismos para asegurar su plena independencia y objetividad. Creo que no somos suficientemente conscientes de que el creciente desfase entre el desarrollo cientifico-tecnológico y el cultural-educativo es una grave amenaza no solo para la democracia sino para la pervivencia de nuestra civilización.

sábado, 13 de mayo de 2017

"Cuestión de genes" ("A dangerous idea"): un burdo panfleto negacionista


Hace unos días emitieron en La 2 el documental "A dangerous idea", doblado al español bajo el título de "Cuestión de genes" (puedes verlo en este enlace). Se trata de un panfleto destinado a convencernos de que los genes "no determinan nuestros rasgos" ni tienen demasiada importancia. Y también a desacreditar a científicos de la talla de James Watson (Premio Nobel, codescubridor en 1953 de la estructura en doble hélice del ADN), Edward O. Wilson (padre de la sociobiología), Richard Dawkins (autor de El gen egoísta) e incluso indirectamente al propio Charles Darwin, estableciendo vínculos entre sus hallazgos y cosas tan repugnantes como el supremacismo racial, las esterilizaciones forzadas o los delirios eugenésicos. ¡Como si los nazis hubieran inventado la selección natural y los genes! El documental pretende vendernos la idea de que la heredabilidad de la inteligencia o las diferencias entre hombres y mujeres son "ridiculeces biológicas", que el género es un constructo social sin fundamento biológico (penes, testículos y vaginas tendrían poco que decir al respecto), que la biología molecular se ha convertido en una peligrosa religión con profetas a los que se sigue ciegamente...

Posmodernistas y feministas radicales harán las delicias con un antropólogo llamado Agustín Fuentes que afirma alegremente que "la biología no explica la diferencia de géneros" y que "la idea de que hay una cosa ahí dentro que yo paso a mis hijos y tú a tus hijos (...) no es así, pero es una metáfora muy potente y una historia realmente buena". Los estudios culturales y de género, cada vez más influyentes en las universidades occidentales pese a estar sesgados ideológicamente y teorizar de espaldas a toda evidencia científica, están haciendo un flaco favor al conocimiento de la naturaleza humana. Según cuenta el tuitero @Yeyoza, en la televisión sueca han llegado a afirmar que si las mujeres son más pequeñas que los hombres es por culpa del patriarcado.

Es un disparate negar que tenemos, al igual que cualquier otro ser vivo, una programación genética en nuestras células. Por supuesto, los humanos también contamos con cultura además de genes: de hecho, la clave de nuestro triunfo evolutivo parece estar en ella, en nuestra capacidad para cooperar en masa gracias al lenguaje y los mitos compartidos (que, según el historiador Yuval Harari, no habrían sido inventados sin una mutación genética -¿o quizá una modificación en la expresión de los genes?- que hace 70 mil años permitió a nuestros antepasados el desarrollo de una nueva capacidad cognitiva: la de imaginar cosas inexistentes). Lo que somos es producto de la interacción entre genes y cultura, pero el sustrato genético es fundamental y lo cultural emerge de él.

El genoma del Homo sapiens es el código de instrucciones que hace que seamos humanos y no ardillas, bacterias o robles. Todos los bípedos implumes compartimos la mayor parte de esa programación, pero hay pequeñas diferencias (solo en un 0,1% del ADN) que son las que explican la diversidad individual de la humanidad. Nadie es genéticamente igual a otro, salvo que se trate de gemelos univitelinos: hay personas más listas y más tontas, más altas y más bajas, más pacíficas y más agresivas, con mayor o menor tolerancia a la lactosa o el gluten... Esa variabilidad existe en todos los reinos de la vida y es el repertorio sobre el que actúa la selección natural: no habría selección o criba si todo fuese igual. Constatar que somos diferentes, y en particular que hombres y mujeres son distintos, no significa que no debamos disfrutar de los mismos derechos.

Si la altura, el tipo de cabello o el color de los ojos son rasgos heredados (quiero suponer que esto no lo pone en duda ningún abanderado del posmodernismo o el feminismo radical), ¿por qué no iban a serlo la inteligencia, la agresividad o la empatía? Si los masai son por lo general más altos que los galeses, y los chinos más intolerantes a la lactosa que los suecos, es por una cuestión genética (por supuesto, siempre habrá galeses más altos que masais, suecos intolerantes a la lactosa y chinos que beban leche sin problema). Pero, así como hay individuos más inteligentes que otros, ¿nos atreveríamos a descartar que un pueblo o colectivo X sea en promedio más inteligente que otro Y por una posible ventaja genética? (ya hay quienes sostienen con buenos argumentos que hay culturas superiores a otras, como apunté en otra entrada de este blog)... Reconozco que esto supone entrar en terreno espinoso porque podría dar munición a gentuza racista, que además no suele ser muy inteligente. ¿Debería la verdad abrirse paso siempre, por incómoda que sea?... En cualquier caso, insisto en que las diferencias en las capacidades y aptitudes de los humanos no deben traducirse en distinciones en su dignidad: aquí entra en juego la moral (recordemos que el discurso especista convencional priva a los animales de todo derecho a vivir apelando a su inferior inteligencia).

En "A dangerous idea" se señala que "la idea del ADN como la de un gen todopoderoso (sic)" fue severamente cuestionada cuando se descubrió que el llamado ADN basura es mayoritario, o sea que la mayor parte del genoma no codifica proteínas ni desempeña función conocida alguna. Precisamente, recientes investigaciones científicas (como las de Ewan Birney, coordinador del proyecto ENCODE) apuntan en sentido contrario: todo el genoma sería funcional, de modo que lo que pensábamos que no hacía nada parece estar implicado en la regulación de la expresión de los genes y en la organización de la arquitectura cromosómica. Pero aun suponiendo que existiera el ADN basura (se especulaba que fuese simple material parasitario de acompañamiento), ¿por qué habría de ello derivarse que no estamos fuertemente influidos por los genes?... Otro supuesto golpe a la religión genetista habría sido, según el panfleto, descubrir que el número de genes de los humanos (unos 20.000) era mucho más pequeño que el esperado inicialmente e incluso inferior al de otras especies animales y vegetales. ¿Pero eso acaso significa que no estemos en buena medida determinados genéticamente?... Antes también pensábamos que un cerebro más grande debía ser más inteligente, pero no necesariamente es así. Genoma y cerebro son realidades extremadamente complejas y todavía bastante desconocidas.

Podríamos definir al gen como cualquier trozo del genoma (el genoma humano tiene más de 3 mil millones de caracteres extraídos de un alfabeto de cinco letras -A, G, C, T y U- que son las bases nitrogenadas) que determina algún rasgo de un organismo vivo y se transmite a través de la herencia de generación en generación. Desde luego que no existe un gen del terrorismo o un gen de la creencia en Dios, pero sí que hay una mayor o menor predisposición genética a la agresividad, la impulsividad o la racionalidad que hace que algunas personas estén más inclinadas -la educación y la cultura dan el empujoncito- al ejercicio del terrorismo o la creencia en Dios (o a las dos cosas al mismo tiempo). Claro que no hay un gen de la inteligencia, puesto que se trata de un rasgo multifactorial definido por diferentes genes. Y por supuesto que el entorno influye, ya que el sustrato genético puede ser potenciado o inhibido culturalmente. Una propensión genética a una alta inteligencia puede verse truncada si quien la porta sufre malnutrición, no recibe adecuados cuidados médicos o no es estimulado intelectual y afectivamente en los primeros años de su vida. Eso explica que los tests de inteligencia realizados a individuos de los colectivos sociales más desfavorecidos suelan arrojar malos resultados. O sea, la pobreza perjudica a la inteligencia por la misma razón por la que el bienestar económico y social la favorece. Pero eso no debe hacernos olvidar que la inteligencia potencial viene de serie al nacer.

El experto en relaciones entre ciencia y religión Robert Pollack alerta de que no hemos aprendido nada de la capacidad humana para hacer el mal al nacido diferente, una capacidad supuestamente alimentada por ideas relacionadas con la genética. Ignora que esa propensión genocida está precisamente inscrita en nuestros genes y, por desgracia -¡aunque sin ella no estaríamos aquí!-, ha informado nuestra historia evolutiva. Quizá también desconozca que nuestros buenos instintos están igualmente impresos en nuestro genoma. Desde luego, ignorando la naturaleza humana (que es tanto cooperativa como egoísta y malvada) no aprenderemos demasiado y seguiremos tropezando con la misma piedra. Al final del programa se dice que es "muy liberador" descubrir que los genes no pintan mucho, ya que ello significa que a través de la educación podremos un día erradicar la violencia y el mal y alcanzar una Arcadia feliz e igualitaria: ¡todos seríamos compañeros y compañeras cooperadores y cooperadoras! Pero es falso que seamos hojas en blanco al nacer y que la educación pueda redimir a toda la humanidad (la psicopatía, que tiene un fundamento genético, es incorregible). Como bien dice Watson, "no podemos ser lo que queramos"... salvo que modifiquemos nuestra programación genética. Y es mejor saberlo para no llamarnos a engaño con quimeras irrealizables (unos sueños utópicos que, paradójicamente, nos han conducido a algunas de las más siniestras distopías).

En su ataque a los profetas del gen, los autores del documental han tenido la mala fe de poner inmediatamente después de un plano de Richard Dawkins hablando desde un estrado la imagen de un cartel de Monsanto, uno de los patrocinadores del acto en que participaba. El mensaje subliminal es evidente: "Ya veis los intereses espurios que hay detrás de estos fanáticos del gen". Es la guinda de un panfleto pseudocientífico que de manera singularmente grotesca, aunque con la mejor de las intenciones (poner freno a las idioteces supremacistas en la sociedad estadounidense), pretende hacer pasar como pseudociencia tanto a la genética como a la biología y la psicología evolucionarias.

(Mi agradecimiento al biólogo Antonio José Osuna Mascaró, autor de El error del pavo inglés, por su atenta lectura del texto y sus valiosas sugerencias)

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