sábado, 13 de mayo de 2017

"Cuestión de genes" ("A dangerous idea"): un burdo panfleto negacionista


Hace unos días emitieron en La 2 el documental "A dangerous idea", doblado al español bajo el título de "Cuestión de genes" (puedes verlo en este enlace hasta el día 24 de mayo). Se trata de un panfleto destinado a convencernos de que los genes "no determinan nuestros rasgos" ni tienen demasiada importancia. Y también a desacreditar a científicos de la talla de James Watson (Premio Nobel, codescubridor en 1953 de la estructura en doble hélice del ADN), Edward O. Wilson (padre de la sociobiología), Richard Dawkins (autor de El gen egoísta) e incluso indirectamente al propio Charles Darwin, estableciendo vínculos entre sus hallazgos y cosas tan repugnantes como el supremacismo racial, las esterilizaciones forzadas o los delirios eugenésicos. ¡Como si los nazis hubieran inventado la selección natural y los genes! El documental pretende vendernos la idea de que la heredabilidad de la inteligencia o las diferencias entre hombres y mujeres son "ridiculeces biológicas", que el género es un constructo social sin fundamento biológico (penes, testículos y vaginas tendrían poco que decir al respecto), que la biología molecular se ha convertido en una peligrosa religión con profetas a los que se sigue ciegamente...

Posmodernistas y feministas radicales harán las delicias con un antropólogo llamado Agustín Fuentes que afirma alegremente que "la biología no explica la diferencia de géneros" y que "la idea de que hay una cosa ahí dentro que yo paso a mis hijos y tú a tus hijos (...) no es así, pero es una metáfora muy potente y una historia realmente buena". Los estudios culturales y de género, cada vez más influyentes en las universidades occidentales pese a estar sesgados ideológicamente y teorizar de espaldas a toda evidencia científica, están haciendo un flaco favor al conocimiento de la naturaleza humana. Según cuenta el tuitero @Yeyoza, en la televisión sueca han llegado a afirmar que si las mujeres son más pequeñas que los hombres es por culpa del patriarcado.

Es un disparate negar que tenemos, al igual que cualquier otro ser vivo, una programación genética en nuestras células. Por supuesto, los humanos también contamos con cultura además de genes: de hecho, la clave de nuestro triunfo evolutivo parece estar en ella, en nuestra capacidad para cooperar en masa gracias al lenguaje y los mitos compartidos (que, según el historiador Yuval Harari, no habrían sido inventados sin una mutación genética -¿o quizá una modificación en la expresión de los genes?- que hace 70 mil años permitió a nuestros antepasados el desarrollo de una nueva capacidad cognitiva: la de imaginar cosas inexistentes). Lo que somos es producto de la interacción entre genes y cultura, pero el sustrato genético es fundamental y lo cultural emerge de él.

El genoma del Homo sapiens es el código de instrucciones que hace que seamos humanos y no ardillas, bacterias o robles. Todos los bípedos implumes compartimos la mayor parte de esa programación, pero hay pequeñas diferencias (solo en un 0,1% del ADN) que son las que explican la diversidad individual de la humanidad. Nadie es genéticamente igual a otro, salvo que se trate de gemelos univitelinos: hay personas más listas y más tontas, más altas y más bajas, más pacíficas y más agresivas, con mayor o menor tolerancia a la lactosa o el gluten... Esa variabilidad existe en todos los reinos de la vida y es el repertorio sobre el que actúa la selección natural: no habría selección o criba si todo fuese igual. Constatar que somos diferentes, y en particular que hombres y mujeres son distintos, no significa que no debamos disfrutar de los mismos derechos.

Si la altura, el tipo de cabello o el color de los ojos son rasgos heredados (quiero suponer que esto no lo pone en duda ningún abanderado del posmodernismo o el feminismo radical), ¿por qué no iban a serlo la inteligencia, la agresividad o la empatía? Si los masai son por lo general más altos que los galeses, y los chinos más intolerantes a la lactosa que los suecos, es por una cuestión genética (por supuesto, siempre habrá galeses más altos que masais, suecos intolerantes a la lactosa y chinos que beban leche sin problema). Pero, así como hay individuos más inteligentes que otros, ¿nos atreveríamos a descartar que un pueblo o colectivo X sea en promedio más inteligente que otro Y por una posible ventaja genética? (ya hay quienes sostienen con buenos argumentos que hay culturas superiores a otras, como apunté en otra entrada de este blog)... Reconozco que esto supone entrar en terreno espinoso porque podría dar munición a gentuza racista, que además no suele ser muy inteligente. ¿Debería la verdad abrirse paso siempre, por incómoda que sea?... En cualquier caso, insisto en que las diferencias en las capacidades y aptitudes de los humanos no deben traducirse en distinciones en su dignidad: aquí entra en juego la moral (recordemos que el discurso especista convencional priva a los animales de todo derecho a vivir apelando a su inferior inteligencia).

En "A dangerous idea" se señala que "la idea del ADN como la de un gen todopoderoso (sic)" fue severamente cuestionada cuando se descubrió que el llamado ADN basura es mayoritario, o sea que la mayor parte del genoma no codifica proteínas ni desempeña función conocida alguna. Precisamente, recientes investigaciones científicas (como las de Ewan Birney, coordinador del proyecto ENCODE) apuntan en sentido contrario: todo el genoma sería funcional, de modo que lo que pensábamos que no hacía nada parece estar implicado en la regulación de la expresión de los genes y en la organización de la arquitectura cromosómica. Pero aun suponiendo que existiera el ADN basura (se especulaba que fuese simple material parasitario de acompañamiento), ¿por qué habría de ello derivarse que no estamos fuertemente influidos por los genes?... Otro supuesto golpe a la religión genetista habría sido, según el panfleto, descubrir que el número de genes de los humanos (unos 20.000) era mucho más pequeño que el esperado inicialmente e incluso inferior al de otras especies animales y vegetales. ¿Pero eso acaso significa que no estemos en buena medida determinados genéticamente?... Antes también pensábamos que un cerebro más grande debía ser más inteligente, pero no necesariamente es así. Genoma y cerebro son realidades extremadamente complejas y todavía bastante desconocidas.

Podríamos definir al gen como cualquier trozo del genoma (el genoma humano tiene más de 3 mil millones de caracteres extraídos de un alfabeto de cinco letras -A, G, C, T y U- que son las bases nitrogenadas) que determina algún rasgo de un organismo vivo y se transmite a través de la herencia de generación en generación. Desde luego que no existe un gen del terrorismo o un gen de la creencia en Dios, pero sí que hay una mayor o menor predisposición genética a la agresividad, la impulsividad o la racionalidad que hace que algunas personas estén más inclinadas -la educación y la cultura dan el empujoncito- al ejercicio del terrorismo o la creencia en Dios (o a las dos cosas al mismo tiempo). Claro que no hay un gen de la inteligencia, puesto que se trata de un rasgo multifactorial definido por diferentes genes. Y por supuesto que el entorno influye, ya que el sustrato genético puede ser potenciado o inhibido culturalmente. Una propensión genética a una alta inteligencia puede verse truncada si quien la porta sufre malnutrición, no recibe adecuados cuidados médicos o no es estimulado intelectual y afectivamente en los primeros años de su vida. Eso explica que los tests de inteligencia realizados a individuos de los colectivos sociales más desfavorecidos suelan arrojar malos resultados. O sea, la pobreza perjudica a la inteligencia por la misma razón por la que el bienestar económico y social la favorece. Pero eso no debe hacernos olvidar que la inteligencia potencial viene de serie al nacer.

El experto en relaciones entre ciencia y religión Robert Pollack alerta de que no hemos aprendido nada de la capacidad humana para hacer el mal al nacido diferente, una capacidad supuestamente alimentada por ideas relacionadas con la genética. Ignora que esa propensión genocida está precisamente inscrita en nuestros genes y, por desgracia -¡aunque sin ella no estaríamos aquí!-, ha informado nuestra historia evolutiva. Quizá también desconozca que nuestros buenos instintos están igualmente impresos en nuestro genoma. Desde luego, ignorando la naturaleza humana (que es tanto cooperativa como egoísta y malvada) no aprenderemos demasiado y seguiremos tropezando con la misma piedra. Al final del programa se dice que es "muy liberador" descubrir que los genes no pintan mucho, ya que ello significa que a través de la educación podremos un día erradicar la violencia y el mal y alcanzar una Arcadia feliz e igualitaria: ¡todos seríamos compañeros y compañeras cooperadores y cooperadoras! Pero es falso que seamos hojas en blanco al nacer y que la educación pueda redimir a toda la humanidad (la psicopatía, que tiene un fundamento genético, es incorregible). Como bien dice Watson, "no podemos ser lo que queramos"... salvo que modifiquemos nuestra programación genética. Y es mejor saberlo para no llamarnos a engaño con quimeras irrealizables (unos sueños utópicos que, paradójicamente, nos han conducido a algunas de las más siniestras distopías).

En su ataque a los profetas del gen, los autores del documental han tenido la mala fe de poner inmediatamente después de un plano de Richard Dawkins hablando desde un estrado la imagen de un cartel de Monsanto, uno de los patrocinadores del acto en que participaba. El mensaje subliminal es evidente: "Ya veis los intereses espurios que hay detrás de estos fanáticos del gen". Es la guinda de un panfleto pseudocientífico que de manera singularmente grotesca, aunque con la mejor de las intenciones (poner freno a las idioteces supremacistas en la sociedad estadounidense), pretende hacer pasar como pseudociencia tanto a la genética como a la biología y la psicología evolucionarias.

(Mi agradecimiento al biólogo Antonio José Osuna Mascaró, autor de El error del pavo inglés, por su atenta lectura del texto y sus valiosas sugerencias)

domingo, 30 de abril de 2017

El bien, el mal y la selección natural

León en Namibia (Kevin Pluck).

Charles K. Fink recoge en su interesante artículo The predation argument la controvertida tesis del filósofo Steve Sapontzis de que un león hace el mal al matar a sus presas para alimentarse. Aunque, según Sapontzis (a cuyo planteamiento se adhiere Fink), la no condición de agente moral eximiría de culpa al temible félido y a cualquier otro depredador no humano: sería un caso equiparable al de un niño de dos años, que puede hacer cosas malas -por ejemplo, torturar a un gatito hasta la muerte- pero no por ello es malo sino inconsciente de la malignidad de sus actos.

El mal parece algo relativo e imposible de definir sin las anteojeras de la subjetividad humana, pero un enfoque utilitarista puede arrojar luz al fundarse en una verdad irrebatible: la de que toda criatura viva pugna por seguir viviendo, buscar el placer y eludir el dolor (aunque a veces se sacrifique por el bien común, que no dejaría de ser el propio en el caso de un superorganismo como una colmena). Matar o hacer sufrir a un ser vivo, ya sea por perversión o para sobrevivir, sería pues algo malo. La tortura a un gato no deja de ser menos atroz para el minino si quien la ejerce es un niño pequeño inconsciente en vez de un adulto sádico. La muerte de una gacela no deja de ser menos atroz para ella si es por la mordida de una leona -que con su carne alimentará a sus cachorros- o por el balazo de un cazador deportivo. Un acto malo lo es con independencia de la responsabilidad moral de quien lo ejerce. Por supuesto, a veces resulta necesario que un agente moral como el humano inflija daño o muerte, de igual modo que hace un león para sobrevivir, en pos de un bien moral: el ejemplo más claro es la autodefensa, ya sea frente a una bacteria nociva, un mosquito, un león -al que, obviamente, no podemos culpar de intentar darnos caza- o un congénere tóxico.

Por definición, la selección natural nunca se equivoca al segar lo que no es funcional para la supervivencia. No se ocupa de otra cosa ni hace juicio moral o de valor alguno (no podría hacerlo, puesto que carece de toda voluntad o inteligencia): simplemente elimina los rasgos que no favorecen la supervivencia, que desaparecen junto con sus portadores. Y lo cierto es que tanto las conductas bondadosas como las malévolas han sido seleccionadas por aportar ventajas a quienes las exhiben: los grupos cuyos individuos se ayudan mutuamente son más sólidos -en consecuencia, están mejor provistos para favorecer la supervivencia de sus integrantes- que aquellos donde cada uno va solo a lo suyo perjudicando y dañando a sus congéneres; por otro lado, también sabemos que la depredación es funcional, como lo son igualmente el engaño, el escaqueo y otras malas artes cuando logran pasar inadvertidos (que se lo digan si no al pájaro cuco -el que tima a otras aves para sacar adelante su prole- o a Donald Trump).

¿Es la senda humana (mejor dicho, la de los mamíferos más inteligentes) hacia la compasión y el sentimiento moral exclusiva de la vida en la Tierra? Sin salir de nuestro planeta, ¿podría haber dentro de 300.000 años superleones o supermapaches morales que se planteen la maldad de la depredación? Abandonando ahora nuestro hogar planetario, ¿habrá sido seleccionada la compasión en otros mundos con diferentes circunstancias geológicas, climáticas, biológicas o de cualquier otra índole? ¿Puede que tanto la compasión como la crueldad sean rasgos generalizables a cualquier escenario del Universo en el que haya prendido la inteligencia? De ser así, ¿habrá mundos en los que la compasión derrota a la crueldad (o sea, la primera es seleccionada naturalmente por una supuesta ventaja evolutiva sobre la segunda)?, ¿existirá siempre un equilibrio evolutivo entre ambas como el observado en la Tierra?, ¿acaso vencerá el mal en algunos lugares?...

Kent Baldner critica a Sapontzis por considerar que la depredación es inaceptable, ya que ello implica suponer que hay algo moralmente repugnante en la Naturaleza y que nosotros debemos enmendarle la plana (lo que, a su juicio, sería algo tremendamente arrogante). ¿Pero acaso no somos Naturaleza los humanos (o los hipotéticos seres inteligentes morales de otros mundos)?... Ya venimos corrigiendo a la Naturaleza desde hace mucho con los injertos de plantas, la domesticación de animales, la ropa, las vacunas, los antihistamínicos, la anestesia epidural, la calefacción, los anticonceptivos, la ingeniería genética...

No quiero terminar sin anticiparme al posible comentario jocoso de que comer vegetales sería hacer el mal (algunos enemigos del vegetarianismo ético parecen muy preocupados por el bienestar de las plantas). Siendo coherentes con el razonamiento de Sapontzis, por supuesto que lo sería: todo ser vivo, animal o vegetal, pugna por seguir viviendo. Como también sería un acto malo el ir andando por el campo sin mirar el suelo para evitar el aplastamiento de hormigas e incluso de plantas herbáceas. Es aquí cuando hay que traer a colación a Fernando Pessoa: "Un exceso de conciencia inhabilita para la vida". Nosotros no somos responsables de que el estado inicial y las leyes de este universo condujeran a la depredación (es más, ¡hemos sido fruto de esa evolución!). No habríamos nacido de no haber sido por todas las plagas y azotes del pasado, desde el impacto de un meteorito hace 65 millones de años hasta la Segunda Guerra Mundial pasando por el exterminio de los neandertales o la Peste Negra. Somos hijos de la depredación en un camino de perfección moral en el que solo podemos aspirar a reducir razonablemente, de manera compatible con nuestra supervivencia, la inevitable huella de sufrimiento que dejaremos a nuestro paso. Puede que esa misma condición moral acabe siendo disfuncional y llevándonos a la degeneración y la extinción, pero eso ya es competencia de la selección natural: ella, como siempre, dictará una sentencia inapelable.

lunes, 17 de abril de 2017

Un viaje hacia la perfección (acaso desde la nada) gracias a la selección natural

Flor de la camelia, por trishhartmann

Todo lo que existe en el reino de los seres vivos ha superado la criba de la selección natural o es una inadaptación condenada a desaparecer a corto plazo. Lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo feo, lo adorable y lo odioso, lo compasivo y lo cruel, están ahí porque han sido funcionales para la supervivencia de sus portadores (salvo que se trate de inadaptaciones, efímeras por su propia naturaleza, tal como antes apunté). O sea, porque han permitido la adaptación de los organismos vivos a la evolución del Universo, a su vez determinada por su estado inicial y sus leyes. Fenómenos emergentes como la inteligencia, la consciencia y la moral se cuentan entre las grandes obras de una selección natural ciega, inconsciente y amoral que funciona simplemente por eliminación: las mutaciones no adaptativas son podadas sin piedad.

De esa manera tan sencilla e incluso tosca, mediante una constante e inmisericorde poda de mutaciones aparentemente aleatorias, la vida avanza en complejidad. Y digo "aparentemente" porque podría ser que no existiese la aleatoriedad y todo estuviera completamente determinado conforme a un estado inicial y unas ciertas leyes. En ese caso nada sería contingente sino necesario, fruto de la materialización de las únicas posibilidades permitidas. Porque el Universo no permite cualquier cosa (sí lo haría, por definición, un hipotético Multiverso constituido por todos los universos posibles).

El poderoso principio de la selección natural se puede generalizar a ámbitos prebióticos, anteriores a la vida (también a fenómenos emergentes de orden superior como las culturas y los memes): los agregados moleculares con capacidad para reproducirse fueron seleccionados, por razones obvias, en detrimento del resto. El principio se podría aplicar incluso a los universos: solo los universos autoconsistentes sobreviven, se expanden y permiten así el surgimiento de la vida, la inteligencia y lo que acaso pudiera venir después. Si así fuera, ya no solo seríamos la muestra viviente de tres mil millones de años de evolución sino también de una muy exigente selección previa de universos del infinito catálogo del Multiverso. Una carrera ciega, inconsciente y amoral hacia la perfección (¿inclusive la moral?), acaso desde la nada.

domingo, 2 de abril de 2017

¿Es nuestro universo una simulación?

Autor: EEIM

Un artículo del filósofo Jesús Zamora Bonilla en Mapping Ignorance, en el que despacha como absurda la hipótesis de que nuestro universo pueda ser una simulación informática, me ha tenido dándole vueltas a la mollera unos cuantos días (¡y él lo sabe!). Su colega sueco Nick Bostrom es el formulador del argumento de la simulación, lo que no significa que se posicione en favor de su existencia: lo que sostiene es que si una civilización superinteligente alcanza en el futuro un estadio de desarrollo tecnológico que permita hacer simulaciones de sus ancestros, existe interés en hacerlas y no hay tabú o reparo moral alguno que las frene, lo más probable es que estemos viviendo en una de esas simulaciones. ¿Por qué? Pues por una razón meramente estadística, ya que habría muchos más universos simulados que reales: bastaría una sola simulación de nuestro universo para que la probabilidad de estar viviendo en ella fuese del 50%, ya no hablemos de si fueran miles o millones...

Desde luego, si el Universo es un objeto digital (granulado, construido a partir de ceros y de unos como un ordenador) podría ser teóricamente computable. Otra cosa es que resulte físicamente imposible computarlo y ejecutarlo, al menos desde dentro de nuestro universo (por una limitación gödeliana), por mucha tecnología que se posea. También es posible que una civilización inteligente nunca llegue a adquirir los conocimientos y la tecnología suficientes al caer víctima de una supuesta "maldición de la inteligencia": un inevitable desfase entre desarrollo económico-tecnológico y educativo-cultural que la conduciría inexorablemente a su autodestrucción (por ejemplo, mediante una hecatombe nuclear). Sam Harris alerta precisamente en El fin de la fe de la siniestra combinación de creencias religiosas antiguas con armas de destrucción masiva modernas.

Un mapa no es el territorio, una foto del paisaje no es el paisaje, la maqueta de una casa no es la casa, la representación mental de un ábaco no es un ábaco: hay una relación isomórfica entre unos y otros que podríamos etiquetar como una representación virtual (por cierto, gracias a ella obtenemos un valioso conocimiento del mundo). ¿Pero y si no hubiera diferencias entre universos reales y simulados? Para hacer un simulador de vuelo no hace falta (ni siquiera es deseable, por razones de coste) que la precisión sea absoluta: lo ideal sería que fuese indistinguible de una situación real, pero sin el riesgo de resultar herido o muerto por estrellarte contra el suelo. Sin embargo, para simular un universo podría ser necesario reproducir exactamente todos y cada uno de sus rasgos.

Parece una labor titánica programar todo un universo paso a paso, pero no es necesario ser tan intervencionista: solo habría que establecer un estado inicial y unas pocas y simples reglas básicas para que evolucione (si ello fuera posible, tal como apunté dos párrafos atrás, ya que habría que comprimir una ingente cantidad de matería-energía en un punto microscópico). Dicho de otro modo, no hace falta computar la complejidad: esta emerge luego por añadidura, fruto de la simplicidad. Pongamos que disponemos de un catálogo infinito de universos en el Multiverso, una lista fija en la que la vida inteligente solo aparece en un número relativamente muy pequeño de universos (una cifra que, no obstante, seguiría siendo infinita). Reproduciendo su estado inicial y sus reglas, un determinado universo podría ser alumbrado una y otra vez. Carecería de sentido hablar de universos reales y simulados porque no habría diferencia alguna entre ellos: como no la hay entre un electrón producido naturalmente (por ejemplo, en una desintegración radiactiva o en el choque de un rayo cósmico con la atmósfera terrestre) y otro generado artificialmente en un acelerador de partículas. En cualquier caso, real o simulado, todo universo tendría que ser computable (en el Multiverso habría pues un conjunto de universos no computables que, debido precisamente a este rasgo, jamás llegarían a ser sustanciados físicamente: entre ellos figuran los que el físico israelí David Deutsch -autor de La estructura de la realidad- llama entornos CantGoTu, en homenaje a Cantor, Gödel y Turing). La principal dificultad estribaría en determinar cuáles son los sencillos parámetros exactos del universo concreto que queremos replicar.

El experto en ciencias de la computación Jürgen Schmidhuber apunta que sería más fácil programar un ordenador para producir todos los posibles universos computables que programarlo para irlos creando uno a uno (lo cuenta Brian Greene en La realidad oculta: Universos paralelos y las profundas leyes del Cosmos). Cada universo concreto por separado requeriría especificar previamente en el ordenador una cantidad enorme de datos, para a través de un complejo proceso de cálculo intentar extraer de la inmensa duna del espacio de fases el diminuto grano de arena correspondiente al estado inicial y reglas de ese particular universo y no de cualquier otro. La alternativa sería dejar que se ejecutase un programa maestro que incluyera todas las posibles variables: más tarde o más temprano aparecerían todos los universos posibles, entre ellos el o los deseados por el programador.

He de reconocer que una seria objeción a la posibilidad de estar viviendo en una simulación es que hay detalles de nuestro universo que no se explicarían, por ser innecesarios, si se tratase de una simulación: esta parece, contra toda lógica, demasiado perfecta y costosa. Pero esta pega se desvanece si no hubiese distinción entre universos reales y simulados. Quizá todo sea necesario en un universo y no haya lugar para la contingencia. No es contigente que yo me apellide Fabelo y esté ahora tecleando esto en mi portátil, ni lo es que el teclado exhiba ahora mismo una mota de polvo sobre la letra J: de otro modo, no sería el yo de este universo. En un universo simulado todo sería también necesario, desde un cuásar a una brizna de hierba pasando por un golazo de Tana con la Unión Deportiva La Palmas en el Santiago Bernabéu.

Aunque no parece físicamente posible la interacción del programador con su universo replicado (ni siquiera sería capaz de observarlo cual entomólogo a un insectario, al proyectarse ese universo en una región espaciotemporal desgajada de la suya en forma de burbuja independiente), ello no obsta para que la simulación tenga un propósito lúdico. Según el físico ruso Andrei Linde, uno de los teóricos del universo inflacionario, el simple hecho de jugar a Dios (aunque fuese un creador ausente e ignorante de la evolución de su creación) ya sería por sí mismo irresistible. Y aunque no pudiéramos contemplar un universo, su creación marcaría un hito científico ante el cual quedarían empequeñecidas hazañas como descifrar el ADN, pisar Marte o entablar contacto con alienígenas.

Bajemos ahora algunos peldaños desde el hipotético pedestal de simuladores de universos completos (en los que, a su debido tiempo, emergen criaturas conscientes como nosotros). ¿Serían posibles simulaciones personalizadas, paraísos virtuales sin alcance cósmico como el San Junípero de la serie Black Mirror, aunque con el potencial no menos modesto de esquivar a la muerte? Para acceder a estas simulaciones más de andar por casa habría que conectar el cerebro de sus participantes a un ordenador, que permitiría la interacción con el mundo simulado aunque su cuerpo estuviera postrado en una cama. Ni siquiera haría falta un interfaz cerebro-ordenador si la mente del participante pudiese ser descargada y almacenada directamente en la computadora (en La conciencia explicada, el filósofo materialista Daniel Dennet no lo considera un imposible): en ese caso podría prescindirse de su cuerpo, lo que equivale a decir que podría morir en el espacio-tiempo pero seguir vivo en la simulación. Al no estar constreñido por la realidad física (aunque la simulación colgaría de un hardware o servidor en el mundo real del que dependería su continuidad), el usuario tendría la oportunidad de asomarse a mundos etéreos con unicornios, gnomos, huríes, cielos verdosos, nubes amarillas o lagos de Mirinda; mundos imaginarios necesariamente computables, aunque tan irreproducibles en el espacio-tiempo como las andanzas de Mario Bros. Esas mentes digitalizadas podrían luego ser conectadas a otras simulaciones e incluso transferidas a un cuerpo de diseño en el mundo físico. No podemos descartar que nosotros mismos seamos habitantes virtuales de una simulación de este tipo, "cerebros en una cubeta".

Para cerrar con el mismo tono abiertamente especulativo, nada mejor que convocar a Michio Kaku: el físico y cosmólogo californiano sugiere que quizá en un futuro lejano puedan empalmarse a voluntad líneas de tiempo de distintos universos, de modo que la recreación de la vida de una persona del pasado abandone una senda multiversal para tomar otra (por ejemplo, matriculándose a los 18 años en la universidad para estudiar Física en vez de Economía, o casándose con Perica en vez de con Mengana, con lo que su futuro sería diferente). En ese caso no tendría sentido que el manipulador de las líneas de tiempo no fuera también un observador externo de las andanzas de su elegido. Quién sabe...

Volviendo al artículo de Zamora Bonilla, este escribe con razón que por cada idea loca que luego ha resultado ser correcta (por ejemplo, el origen común de las especies, el giro de la Tierra en torno al Sol o la composición atómica de la materia) hay miles de ellas que han pasado a la historia como estupideces o tonterías. Claro que el escepticismo es sano y necesario, pero sin ideas audaces aparentemente disparatadas como las anteriores (y también como la de que el tiempo se detiene a la velocidad de la luz, la de que espacio y tiempo forman un único tejido que está curvado o la de que todo proviene de una singularidad microscópica en la que estaba condensada la materia-energía del Universo) no avanza la ciencia.

sábado, 18 de marzo de 2017

Breve chateo con el escritor y crítico Eduardo L. (con irrupción oral de Samuel R.) sobre la cosecha literaria de 2016

N.F.: -Hablemos de literatura, Eduardo.

E.L.: -Ya sabes que yo soy mucho de Stephan Zweig, Philippe Roth, José Luis Borges y Virginia Wolf.

N.F.: -Orgullo respectivo de Eslovaquia, Escocia, Uruguay y Bélgica, ciertamente... Pues a mí este último año me han cautivado Gyor Husanyi, Dyson Torricelli, Pascal Degrelle, Hugh T. Barks, Olujimi Magamo y Keiko Tagasaki.

E.L.: -No están mal. Aunque te olvidas de Patxi Amurrio, Jordi Samarcanda, Xosé Escalivada, Martín Afeira, Jacinto Tallarín y Luis P.

N.F.: -Bueno, eso en lo tocante a la literatura patria. En cuanto a latinoamericanos, destacaría al paraguayo Guido Dacosta, el dominicano Fenowsky Ríos y el peruano Toño Minamoto... sin olvidarnos de dos grandes promesas brasileñas: Orlando Kleber y Tancredo Marinetti.

E.L.: -Tancredo Marinetti es un must. Me gustó especialmente su Brújulas desnortadas, con prólogo de Mauricio Estuart Millás.

N.F.: -La llevó al cine magistralmente el chileno Eduardo Wilczek. No confundir con su hermano, el artista conceptual René Wilczek, autor de la performance "Arauconvoy Express con sacarina".

E.L.: -Sí, en el ensayo Una generación eximida, Braulio Napalm, en un demoledor epílogo, ensalza el trabajo de los Wilczek. Léelo.

N.F.: -A las tertulias en casa de los Wilczek a principios del milenio iban músicos, pintores, exégetas, epistemólogos, polígrafos... São Paulo era una fiesta, como ilustra el cuadro ya icónico de Darsy Gonçalves (curiosamente, un carioca entre tanto paulista)... Por cierto, Eduardo, apenas hemos hablado de mujeres. Del otro lado del charco quizá haya que apuntar a la chilena Joanna Basterreche (prestigiosa antropóloga, por otra parte) y la mexicana Lía Jaramillo. Y en nuestro país sería injusto no mentar a plumas femeninas prometedoras como Alexandra Riesco, Mafalda Campmany, Olga Carrio (poeta de moda en lengua asturiana) y, por qué no, mi paisana tinerfeña Jero Betancor (que además presenta un programa literario en el prime time de la televisión autonómica canaria)... ¿Eduardo?... ¿Te has ido?...

S.R.: (su voz sale a través del Amazon Echo) -Buenas tardes, soy Samuel R. y me gustaría matizar vuestros comentarios. ¿Tancredo un must?... Lamento no compartir ese punto de vista. A mí me parece más bien un bluf. Pongo sobre la mesa a Roberto Marinoswky, injustamente olvidado. En una de mis visitas a esas entrañables casetas de la Cuesta de Moya, escuché a Andrés Trampiello nombrarlo entre susurros, apenas tuve el tiempo justo de arrebatarle la pieza. Un tronco del que sacar muchas astillas. Y qué decir de Yeray Panero, el último de la saga, una última aparición del destello de la familia en Agaete, aún no se sabe quién fue realmente el padre. ¡Aaaamigooo!... Seguro que eso no se lo esperaban...

N.F.: Yeray Panero: ¡olvido imperdonable el mío! Creo que hiciste una crítica de su Vomitando que es gerundio en tu espacio radiofónico.

S.R.: Potando que es gerundio.

N.F.: ¿Es verosímil el rumor de que su padre podría ser el alicatador de El Goro Johnatan Panero?

S.R.: Se cree que es hijo de una camarera ebria del parque San Telmo.

(se corta la conexión)

martes, 7 de marzo de 2017

Enseñanzas vitales del fútbol (a través de mi Unión Deportiva Las Palmas)


El fútbol profesional es un deporte que en demasiadas ocasiones no se caracteriza precisamente por su ejemplaridad: tenemos jugadores chulescos solo interesados en coleccionar coches deportivos y mujeres-modelo (de pasarela, no de conducta), presidentes de dudosa moralidad implicados en turbios asuntos económicos, gamberros y descerebrados que encuentran una causa para el ejercicio de la violencia... Se me hace difícil proponer a mi hijo como ejemplo de comportamiento a alguien de este mundillo. Pero, como en todo lo relativo al ser humano, también hay una cara amable e incluso modélica.

Como seguidor desde niño de la Unión Deportiva Las Palmas, puedo afirmar que el fútbol me ha dado a través de las andanzas de mi equipo valiosas lecciones y ejemplos. Sobre todo, en los últimos años. Empezando por un grande como Juan Carlos Valerón, un tipo al que confiarías el cuidado de un ser querido o comprarías un coche usado sin dudarlo. Que en sus más de 20 años de carrera nunca fuese expulsado de un campo de juego y estuviese siete años sin ver una tarjeta amarilla -por cierto, fue un error del árbitro enseñársela- dice mucho de la deportividad de este futbolista por otro lado extraordinario en el manejo del balón y el pase: todo un fenómeno que pasó de jugar a la pelota en las playas de Arguineguín a disputar un Mundial con la selección española, para acabar finalmente colgando las botas en el club de su tierra. Sin dobleces, con la misma humildad y simpatía en todo momento, tenga enfrente al paisano de su pueblo natal o al rey de España.

Del caso de Valerón podemos extraer varias enseñanzas muy útiles. La primera es que estamos siempre al albur de gente mediocre que puede truncar una trayectoria profesional con su necedad y poco criterio. Un entrenador local de medio pelo de cuyo nombre es imposible acordarse llegó a decir de Juan Carlos cuando era un adolescente: "Este chico no vale para el fútbol". La autoconfianza, que se alimenta sobre todo de la confianza de los demás, es fundamental. Viene ahora a cuento el curioso sesgo cognitivo de Dunning-Kruger, merced al cual las personas incompetentes sobrestiman mucho sus habilidades mientras que las competentes subestiman las suyas. La segunda enseñanza es que si el bueno de Valerón hubiera tenido un carácter más agresivo en su juego (caso de su paisano Silva, que se bregó en el rocoso Éibar) quizá hubiese llegado más alto, al Olimpo del balompié donde moran los Pelé, Maradona, Cruyff o Messi. Pero hay una tercera enseñanza relacionada con esta segunda: lo más importante es disfrutar, pasarlo bien haciendo lo que te gusta, llegues o no a lo más alto. Y Valerón ha disfrutado -y hecho disfrutar a los aficionados de los equipos en los que ha militado- de lo lindo.

Es obvio que la felicidad no la proporciona el dinero, ni siquiera la victoria o el convertirse en el número uno: es mucho más importante sentirte valorado y querido. Que se lo digan si no al germano-ghanés Kevin Prince Boateng, que ha encontrado en la isla el equilibrio personal que le faltaba y ha vuelto a gozar como un niño con un balón sobre el campo. Y también al exmadridista Jesé Rodríguez, que ha preferido cobrar mucho menos a cambio de defender en medio del calor de sus paisanos el escudo amarillo que nunca había lucido (el Real Madrid se lo llevó a la capital a la edad de 14 años, cuando jugaba en el equipo de barrio Huracán). El arraigo, la buena convivencia y el estar a gusto con lo que uno hace son ingredientes mucho más decisivos para el bienestar personal que un puñado de dólares/euros o una larga hilera de trofeos.

La historia del club amarillo ilustra a la perfección que la vida da muchas vueltas, que hoy estás arriba pero mañana puedes estar casi abajo del todo. Estuvimos 19 años seguidos en Primera, nos fuimos a Segunda y más tarde a Segunda B. Volveríamos a Primera, pero el caprichoso destino nos tenía reservado un nuevo descenso a Segunda y a Segunda B antes de retornar en 2015. Fue un año después de lo previsto, porque nadie pudo imaginarse el gol del Córdoba en los últimos segundos de aquel partido para olvidar -el de la invasión de campo y los disturbios posteriores- que llevó a los andaluces a Primera en detrimento de los nuestros. Estas vueltas no solo se dan en los equipos sino en los jugadores: Roque Mesa estuvo a punto de dejar el fútbol tras quedarse sin equipo en 2008, Johnatan Viera parecía condenado a la mediocridad tras su discreto paso por Valencia y Rayo Vallecano y su lánguida etapa en un equipo de una liga menor (el Standard de Lieja belga), Tana no veía la oportunidad de demostrar su enorme calidad (se la dio Quique Setién al sacarlo del banquillo), a sus 25 años parecía que David Simón nunca saltaría al primer equipo desde el filial...

Clave importante: perseverar en la pelea por lo que quieres. Es lo que hizo la directiva de la Unión Deportiva -hay que reconocer el tesón del presidente Miguel Ángel Ramirez- tras el varapalo del Córdoba: había que seguir intentándolo y lo conseguimos al año siguiente. Es lo que hizo Roque Mesa a pesar de las circunstancias adversas, que parecían invitarle a dedicarse a otra cosa. Hay que aprender de las derrotas y nunca rendirse si creemos en lo que hacemos. Y es mejor cosechar los éxitos paso a paso y no mediante atajos: el Córdoba solo estuvo un año en Primera y ahora -con la Unión Deportiva por fin entre los grandes tras tanto sufrimiento- se debate para no bajar a la Segunda B. Todo requiere de una preparación, un tiempo de cocción, una fase de asentamiento... Pasito a pasito, sin prisa pero sin pausa, madurando y ganando confianza progresivamente.

Otra enseñanza tiene que ver con la suerte, que por definición no puede ser siempre adversa. Si haces algo bien y perseveras, la suerte acabará por sonreírte. No es filosofía barata de coaching sino una mera constatación estadística: la mala suerte tiende a compensarse a la larga con la buena, es improbabilísimo que te salgan cinco cruces seguidas en el lanzamiento de una moneda al aire. Por supuesto, es fundamental que se te abra una ventana de oportunidad, como las que permitieron colarse en el once amarillo a Tana, Roque Mesa o David Simón. Detrás del ascenso a Primera en 2015 de la Unión Deportiva (un año después de la desgracia frente al Córdoba) parece estar la misma ley de compensación de la injusticia que empujó al Deportivo a ganar la Liga en 2000 (seis años después de haberla perdido en el último segundo por un penalti fallido) y que hará que el Girona suba este año a Primera (tras varios reveses sucesivos) y el Atlético de Madrid se alce por fin con su ansiada Copa de Europa. El tópico de "La vida me debe una" parece encerrar una verdad, no solo en el ámbito del fútbol.

La siguiente lección es que hay que ser fiel a uno mismo. Lo contrario es una apuesta condenada al fracaso. Esto es algo que siempre ha tenido muy claro el entrenador Quique Setién. Nuestro fútbol es de toque y control, de ir ganando metros y buscando espacios. Intentar jugar al pelotazo no está inscrito en el ADN del futbolista canario y nunca ha sido del gusto de nuestro público, sería casi como ir contra natura. Una seña de identidad de la Unión Deportiva Las Palmas es su apuesta por la cantera. Este club perdería su alma si  algún día su plantilla no estuviera compuesta en su mayoría por jugadores de las islas. Aquí quiero sacar a colación un libro del filósofo y psicólogo danés Svend Brinkmann, Stand Firm: Resisting the Self-Improvement Craze, que a contracorriente aboga por autoaceptarnos tal cual somos y mantenernos firmes en nuestro carácter en lugar de estar reinventándonos y buscando luz en nuestro interior constantemente (uno de los mandamientos de la religión coach promovida por la industria editorial de la autoayuda).

Otra cosa que he aprendido con el balompié es que nadie está en posesión de toda la verdad. Basta haber visto cualquier partido y escuchar o leer luego los comentarios de uno y otro lado. Los relatos son muy diferentes, frecuentemente opuestos. Por desgracia, abundan los periodistas cuyo forofismo les hace ver conspiraciones arbitrales inexistentes. Sus palabras pueden ser muy nocivas, al transmitir a la gente una paranoia injustificada que no pocas veces se traduce en hostilidad y violencia. Es cierto que los árbitros han perjudicado a la Unión Deportiva esta temporada en algunos partidos muy concretos (todo el mundo se equivoca), pero es absurdo inferir complós o mala fe sistemática en nuestra contra. Algún trencilla puede estar predipuesto por algún motivo personal (acaso un grancanario le robó la novia) contra la Unión Deportiva o alguno de sus jugadores, pero no se puede generalizar a partir de algo puntual.

La enseñanza más grata la he dejado para el final: es la de que si te propones metas realizables puedes alcanzarlas aunque parezcan inicialmente una quimera. ¿Alguien hubiera dicho en 2005, con el equipo en Segunda B y casi arruinado, que doce años más tarde estaríamos a punto de ganar en el estadio Santiago Bernabéu (una de nuestras asignaturas pendientes), bailando al Real Madrid con un equipo con ocho canarios sobre el campo? Íbamos venciendo 1-3 a falta de tres minutos, casi lo conseguimos... Hubimos de conformarnos con un empate, pero ya conseguiremos asaltar ese estadio más tarde o más temprano. Y por qué no, si seguimos haciendo bien las cosas en el plano económico y deportivo, aspirar a metas más altas que ahora suenan irrealizables (yo siempre he soñado con un título e intuyo que llegaré a verlo). Porque la humildad no está reñida con la sana ambición. En fin, ¡pío, pío!

sábado, 25 de febrero de 2017

En torno al misterio de los tres mundos de Roger Penrose



El físico, matemático y cosmólogo británico Roger Penrose se confiesa desde hace tiempo profundamente intrigado por la relación existente entre tres ámbitos muy distintos de la realidad: el matemático, el físico y el mental. Fruto de esa inquietud intelectual fue su libro de 2004 El camino a la realidad: Una guía completa a las leyes del Universo.

El punto de partida de la perplejidad de Penrose es el siguiente: las Matemáticas se ajustan como un guante a la Física, pero esta solo necesita una pequeña parte de aquella para ser perfectamente descrita. Dicho de otro modo, la mayoría de las construcciones matemáticas no parece tener relación alguna con el mundo físico: no hacen falta para explicarlo, al menos hasta donde conocemos. La cosa sería diferente si la realidad física se extendiera más allá de nuestro universo y de las cuatro dimensiones -tres espaciales y una temporal- con las que estamos familiarizados. La teoría de cuerdas se fundamenta en la existencia de dimensiones ocultas no desplegadas, que nuestro cerebro no puede concebir pero que son perfectamente manejables matemáticamente. Por otra parte, cuando se descubrieron -¡nadie los inventó!- los números complejos se desconocía que tuvieran alguna aplicación física y fueron considerados un simple artificio o rareza matemática. Ahora sabemos que sin los números complejos, construidos a partir de la aparentemente ilógica raíz cuadrada de -1, no es posible explicar la mecánica cuántica: desempeñan un papel fundamental en la descripción de nuestro mundo (un universo generado a partir de la superposición compleja de todos sus posibles estados en el inimaginable espacio infinito multidimensional de Hilbert donde mora la llamada función de onda). Podría ser que todo el mundo matemático se sustanciara en algún tipo de realidad física, buena parte de la cual nos desbordaría (por ejemplo, un Universo de 11 dimensiones como el de la teoría M de cuerdas), de modo que no hubiera región alguna de la Matemática sin un correlato físico. Pero también es posible que existan ámbitos matemáticos etéreos, sin correspondencia física alguna.

El tercer ámbito de la realidad es la conciencia, que parece un fenómeno minoritario dentro del mundo físico del que emerge; siempre y cuando no adoptemos un enfoque neopampsiquista como el sugerido por el filósofo australiano David Chalmers, conforme al cual toda entidad física procesadora de información -lo que incluiría un sencillo termostato y acaso toda partícula elemental- tendría conciencia. La posible correspondencia entre mundo físico y conciencia bajo un paradigma pampsiquista sería iluminadora a este respecto: toda realidad física tendría un correlato mental (por muy primario que fuese), así como toda realidad matemática podría tener un correlato físico.

Triángulo imposible de Escher.


Cerrando el triángulo de manera paradójica (como el famoso triángulo de Escher), la Matemática solo representa una pequeña parte del fenómeno de la conciencia: esta va descubriendo a aquella, apartando velos e iluminando terra incognita en ese ámbito, pero es mucho más amplia. Penrose aventura un hipotético componente no algorítmico en nuestra mente, una especie de conexión directa al mundo matemático que nos hace ver como ciertas verdades indemostrables internamente y supuestamente vedadas a toda inteligencia artificial (IA): solo la inteligencia orgánica tendría ese don de la intuición que permite saber cuándo una partida de ajedrez está casi ganada o entender el carácter infinito de los números naturales; solo la inteligencia orgánica, y no una basada en una mera computación o cálculo algorítmico, sería capaz de comprender y ser consciente (aquí choca Penrose con la tesis de la IA fuerte, que no ve obstáculo a que una máquina adquiera conciencia). Ese presunto componente no computacional de la mente permitiría a esta autorreferenciarse, sorteando así la limitacion impuesta a todo sistema por el teorema de incompletitud de Gödel (que prueba que ni siquiera las matemáticas son completas, al contener verdades no demostrables desde dentro). Porque cuando un ser consciente sabe algo, no solo lo sabe sino que sabe que lo sabe. Y sabe que sabe que lo sabe... y así sucesivamente en una regresión infinita.

¿Cuál es la solución a este rompecabezas? ¿Hay algo subyacente a esos tres mundos que desconocemos? Lo que Penrose tiene claro es que la Matemática es una verdad objetiva eterna previa tanto a la realidad física como a la mental: la suya es una visión platónica. Hace 12 mil millones de años no había conciencia alguna en este universo nuestro, y antes del Big Bang (lo pongo en cursiva porque es absurdo utilizar un adverbio de tiempo cuando no existe el tiempo) ni siquiera había mundo físico. Pero la Matemática es una realidad intemporal que está ahí (lo pongo también en cursiva porque es absurdo utilizar un adverbio de lugar cuando no existe el espacio). La interpretación canónica de la mecánica cuántica sostiene que la realidad no se alumbra, o sea que no colapsa la función de onda en alguna de sus posibilidades (por ejemplo, en la cara o la cruz de una moneda), a menos que un observador consciente interactúe con ella. Entonces, ¿se podría decir que el Universo no existía -que solo estaba en una nebulosa superposición de todas sus posibilidades- antes de la emergencia de su primer observador?...

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