lunes, 12 de junio de 2017

Ciencia y religión: agua y aceite


En el Vaticano hay unos tipos intentando desde hace décadas la cuadratura del círculo: conciliar la ciencia con la religión católica (igual de absurdo sería intentarlo con cualquier otra). El argumento de estos expertos, bien financiados por las arcas de la Santa Sede (e indirectamente por quienes en España ponen la x en la casilla de la Iglesia de su declaración del IRPF), es que no hay incompatibilidad entre ciencia y religión porque la primera no puede ofrecer todas las respuestas. No debían estar muy convencidos de esa supuesta compatibilidad los que quemaron en la hoguera a Giordano Bruno, obligaron a retractarse a Galileo ("eppur si muove!") y también redujeron a cenizas a Miguel Servet (en este caso no fueron los católicos sino el fanático Calvino en su cantón talibán protestante de Ginebra). Los mismos que ya en el siglo XIX se burlaron de Charles Darwin, cuando el cristianismo en Europa empezaba a perder su influencia y convertirse en algo meramente folclórico (la gran asignatura pendiente del mundo islámico). La ciencia no puede ofrecer todas las respuestas, pero la religión ni siquiera es capaz de brindar alguna razonable: para elucubrar acerca de lo que de manera provisional -o acaso permanentemente, por una limitación epistemológica- se sitúa más allá del alcance de la ciencia solo cabe una metafísica seria y con fundamento. Sin desdeñar, por supuesto, el eventual acceso por vías como la meditación a profundas realidades inefables y elusivas a la razón.

Es cierto que la ciencia no puede responder a algunas preguntas del tipo de "para qué", como la de cuál es el sentido personal de nuestra vida. La ciencia se limita a constatar una tendencia de la materia a autoorganizarse y evolucionar en complejidad, desplegando emergencias como la vida y la consciencia. Podría haber un sentido cósmico en ello (un Universo que se hace cada vez más consciente de sí mismo), pero la vida propia no posee más sentido para un individuo que el que este se autoadjudique: ya sea el culto a Baal, la filatelia, la Unión Deportiva Las Palmas, el submarinismo, la misma ciencia, la dedicación a los seres queridos o la búsqueda espiritual (no tienen por qué ser sentidos excluyentes, por supuesto). 

No pueden ponerse en el mismo plano ciencia y religión, no puede igualarse la postura del que niega la ciencia porque no encuentra en ella a su Dios con la del que niega a Dios (un ser intervencionista y sospechosamente antropocéntrico como el de las religiones judeocristianas) porque no hay evidencia científica alguna que lo sostenga o incluso por puro sentido común. No hay conciliación razonable -ni lógica- posible a este respecto porque no es lo mismo una verdad contrastada empíricamente que una creencia irracional evidentemente fabricada por nuestros antepasados (un constructo social -¡este sí!- en toda regla). Además, a diferencia de los dogmas religiosos, las verdades científicas son siempre provisionales: cuando se hallan otras con mejor poder explicativo, son adoptadas por el corpus de la ciencia.

Cuando Galileo descubrió que Júpiter tenía lunas girando en su derredor, cuando constató la hipótesis de Copérnico de que la Tierra no era el centro del Universo, los cimientos de la Iglesia empezaron a sacudirse. La teoría aristotélica de las dos esferas (la imperfecta terrenal y la perfecta celestial) ya no era sostenible. Pero el golpe a las creencias religiosas tradicionales propinado por Darwin sería mucho más brutal: ¡somos primos de los chimpancés e incluso las ratas, los insectos y los árboles forman parte de nuestra familia! Luego llegó Freud para decirnos que el subconsciente es mucho más poderoso que el yo consciente. Por si fuera poco, ahora sabemos que el Sol es solo una estrella de entre las más de cien mil millones de la Vía Láctea, a su vez una más de entre el billón de galaxias del Universo observable. Ya en el colmo puede que nuestro mundo sea solo uno más de un vasto Multiverso que comprende todos los universos posibles y en el que podría haber multitud de formas de vida inteligente. ¿Habrá muchas de ellas con creencias parecidas a la de que hay muertos que resucitan al tercer día para salvar a sus congéneres (y solo a ellos, no a perros ni a delfines ni chimpancés)?...

sábado, 3 de junio de 2017

El pasado balompédico de Ojeda D'Artais obstaculiza su elección como nuevo fiscal Anticorrupción

El cada vez más extendido rumor de que el jurista murciano Renato Borja Ojeda D'Artais podría ser el nuevo fiscal Anticorrupción, en sustitución del dimisionario Manuel Moix, ha levantado la crítica en bloque de la oposición. A Ojeda D'Artais se le reprocha su pasado como jugador y entrenador de fútbol fuera de España, que a juicio de PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos le incapacitan para el desempeño de esa responsabilidad.

"Es el colmo", ha dicho esta tarde en Moncloa el presidente Mariano Rajoy aprovechando un hueco en su agenda (la emisión de una tira de anuncios en la previa televisiva de la final de Champions de Cardiff): "Ya solo nos faltaba esto, que por haberse puesto calzón corto y calzado botines con tacos tenga que renunciar a un alto cargo del Estao. No roben mi tiempo y el de los miembros del Gobierno con estas solemnes bobadas".

Tras la reanudación del especial Champions en directo en Antena 3 TV, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ha tomado el testigo de Rajoy para, sin confirmar ni desmentir la posible elección de Ojeda D'Artais, hacer público un informe del catedrático constitucionalista Jaime de Sota Bamberg que no considera incompatible el ejercicio como fiscal Anticorrupción con "cualquier vinculación de naturaleza balompédica previa, ceteris paribus, tanto en territorio nacional como fuera de nuestra jurisdicción". "Solo desde la mala fe", ha añadido la número 2 del Ejecutivo, "se puede negar que al señor Ojeda D'Artais le avalan muchos años como jurista experto en fiscalidad internacional y cooperación transfronteriza".

Ojeda D'Artais jugó varios años en el Caiman Hawks Football (club señero de las islas Caimán), así como en el equipo de casados de Aruba (disputó varios encuentros contra el combinado de solteros de este mismo territorio insular). Participó asimismo en numerosas pachangas durante sus periódicas estancias en Anguila, Bermudas, Dominica, Curaçao y Turcas y Caicos. Por otro lado, fue entrenador de la selección de las Islas Vírgenes británicas y director técnico de la Federación de Fútbol de Antigua y Barbuda. Su rechazo hace unos días de una multimillonaria oferta para entrenar a la selección de San Vicente y las Granadinas parece relacionada con la aceptación de su nueva responsabilidad en la oficina en Madrid de la Fiscalía Anticorrupción.

domingo, 28 de mayo de 2017

Filtrar la mierda en Internet para salvar la civilización

"Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción" (Jorge Luis Borges)

Internet se asemeja algo a la biblioteca de Babel imaginada por Borges, pero sin pasillos, anaqueles ni libros de papel. ¡Qué avances en el pensamiento y la ciencia cosecharíamos si grandes genios del pasado como Demócrito, Spinoza, Newton o Einstein resucitaran y tuvieran acceso a ese vasto océano que ofrece todo el conocimiento humano a golpe de clic! Pero cualquier persona con fundamento que navegue a menudo por la red de redes sabe que sus numerosas -aunque relativamente escasas- perlas flotan en medio de un gigantesco montón de basura (consecuencia de su carácter democrático y universal, conforme al cual todo el mundo puede contribuir en igualdad de condiciones: "lo mismo un burro que un gran profesor", como reza el célebre tango). Encontrar un dato cierto o información valiosa puede ser equiparable, si no contamos con las adecuadas herramientas, a hallar una aguja en un pajar. La principal herramienta es sin duda el buen criterio, fruto de la inteligencia e instrucción de cada persona: este ha de ser cultivado en el sistema educativo, junto con el espíritu crítico, para permitir a los usuarios distinguir el grano de la paja, la verdad de la mentira.

La igualdad en el acceso es especialmente perniciosa en casos como el de Wikipedia, un proyecto enciclopédico extraordinario basado en la cooperación descentralizada que tiene en los troles y los cuñaos a sus mayores enemigos. Para preservar la calidad de sus contenidos (muy inferior en la versión española que en la mayoritaria inglesa, lo que es bastante ilustrativo del nivel cultural y científico del mundo hispano), sus contribuyentes con conocimiento y buena fe han de estar continuamente patrullando. Deshacer troleces y disparates de toda índole supone un derroche de tiempo y energía que podría destinarse a otros fines más productivos.

Por el mundo digital de comienzos del tercer milenio pululan junto a los troles otras especies que a veces se solapan con ellos y entre sí como los chiflados conspiranoicos, los magufos, los coelhista-punsetistas y los analfabetos digitalizados (también hay fastidiosos especímenes no digitalizados como los analfabetos científicos, que desde sus cátedras nada inmateriales presumen tanto de su estéril erudición como de su ignorancia de todo lo ajeno a las humanidades). Pero entre los más peligrosos figuran, además de los delincuentes y los fanáticos religiosos 2.0, quienes se dedican de manera perfectamente organizada a fabricar y difundir noticias falsas con fines oscuros: ya hemos visto en el Reino Unido (con el Brexit) y en EE.UU. (con Trump) lo que pasa cuando personas poderosas con acceso a big data y buen conocimiento de las técnicas de propaganda se aprovechan de la ignorancia y estupidez de muchos congéneres para imponer su agenda política.

Una solución al problema del ruido en Internet sería su segmentación (ya es en parte un hecho), con un área de pago de calidad y otra gratuita donde se quede toda la porquería. La zona de pago estaría limpia y además eximiría a sus usuarios de soportar irritantes anuncios. Pero esto podría tener consecuencias muy indeseables, no tanto por obligar a los usuarios a pagar (seguramente les valga la pena si se lo pueden permitir) como por excluir a personas con pocos recursos pero inteligentes y potencialmente talentosas. Si la Wikipedia y otros contenidos culturales de Internet se convierten en un coto privado, ¿adónde acudirán para aprender y crecer intelectualmente el chico o chica de extracción humilde, pero listo y con inquietudes, de Karachi, Nairobi o Tegucigalpa?... El gran logro de Internet es haber puesto todo el saber humano -además de la mierda- a disposición de todo el mundo (otra cosa es que haya muchos humanos coprófagos a los que el saber les importe un pimiento).

Otra solución, a mi juicio mucho mejor, sería crear agencias independientes internacionales (preferiblemente públicas, integradas por expertos en todos los ámbitos del saber) dedicadas a calificar los contenidos con criterios objetivos de calidad. Esa labor de filtrado podría brindar un gran servicio a la sociedad, poniendo freno a las pseudociencias, la manipulación informativa, los abusos políticos y empresariales y el papanatismo (suponiendo que la gente se dejase guiar por las calificaciones, lo que yo no daría por descontado). El funcionamiento de estas agencias debería ser a su vez supervisado por otros organismos para asegurar su plena independencia y objetividad. Creo que no somos suficientemente conscientes de que el creciente desfase entre el desarrollo cientifico-tecnológico y el cultural-educativo es una grave amenaza no solo para la democracia sino para la pervivencia de nuestra civilización.

sábado, 13 de mayo de 2017

"Cuestión de genes" ("A dangerous idea"): un burdo panfleto negacionista


Hace unos días emitieron en La 2 el documental "A dangerous idea", doblado al español bajo el título de "Cuestión de genes" (puedes verlo en este enlace). Se trata de un panfleto destinado a convencernos de que los genes "no determinan nuestros rasgos" ni tienen demasiada importancia. Y también a desacreditar a científicos de la talla de James Watson (Premio Nobel, codescubridor en 1953 de la estructura en doble hélice del ADN), Edward O. Wilson (padre de la sociobiología), Richard Dawkins (autor de El gen egoísta) e incluso indirectamente al propio Charles Darwin, estableciendo vínculos entre sus hallazgos y cosas tan repugnantes como el supremacismo racial, las esterilizaciones forzadas o los delirios eugenésicos. ¡Como si los nazis hubieran inventado la selección natural y los genes! El documental pretende vendernos la idea de que la heredabilidad de la inteligencia o las diferencias entre hombres y mujeres son "ridiculeces biológicas", que el género es un constructo social sin fundamento biológico (penes, testículos y vaginas tendrían poco que decir al respecto), que la biología molecular se ha convertido en una peligrosa religión con profetas a los que se sigue ciegamente...

Posmodernistas y feministas radicales harán las delicias con un antropólogo llamado Agustín Fuentes que afirma alegremente que "la biología no explica la diferencia de géneros" y que "la idea de que hay una cosa ahí dentro que yo paso a mis hijos y tú a tus hijos (...) no es así, pero es una metáfora muy potente y una historia realmente buena". Los estudios culturales y de género, cada vez más influyentes en las universidades occidentales pese a estar sesgados ideológicamente y teorizar de espaldas a toda evidencia científica, están haciendo un flaco favor al conocimiento de la naturaleza humana. Según cuenta el tuitero @Yeyoza, en la televisión sueca han llegado a afirmar que si las mujeres son más pequeñas que los hombres es por culpa del patriarcado.

Es un disparate negar que tenemos, al igual que cualquier otro ser vivo, una programación genética en nuestras células. Por supuesto, los humanos también contamos con cultura además de genes: de hecho, la clave de nuestro triunfo evolutivo parece estar en ella, en nuestra capacidad para cooperar en masa gracias al lenguaje y los mitos compartidos (que, según el historiador Yuval Harari, no habrían sido inventados sin una mutación genética -¿o quizá una modificación en la expresión de los genes?- que hace 70 mil años permitió a nuestros antepasados el desarrollo de una nueva capacidad cognitiva: la de imaginar cosas inexistentes). Lo que somos es producto de la interacción entre genes y cultura, pero el sustrato genético es fundamental y lo cultural emerge de él.

El genoma del Homo sapiens es el código de instrucciones que hace que seamos humanos y no ardillas, bacterias o robles. Todos los bípedos implumes compartimos la mayor parte de esa programación, pero hay pequeñas diferencias (solo en un 0,1% del ADN) que son las que explican la diversidad individual de la humanidad. Nadie es genéticamente igual a otro, salvo que se trate de gemelos univitelinos: hay personas más listas y más tontas, más altas y más bajas, más pacíficas y más agresivas, con mayor o menor tolerancia a la lactosa o el gluten... Esa variabilidad existe en todos los reinos de la vida y es el repertorio sobre el que actúa la selección natural: no habría selección o criba si todo fuese igual. Constatar que somos diferentes, y en particular que hombres y mujeres son distintos, no significa que no debamos disfrutar de los mismos derechos.

Si la altura, el tipo de cabello o el color de los ojos son rasgos heredados (quiero suponer que esto no lo pone en duda ningún abanderado del posmodernismo o el feminismo radical), ¿por qué no iban a serlo la inteligencia, la agresividad o la empatía? Si los masai son por lo general más altos que los galeses, y los chinos más intolerantes a la lactosa que los suecos, es por una cuestión genética (por supuesto, siempre habrá galeses más altos que masais, suecos intolerantes a la lactosa y chinos que beban leche sin problema). Pero, así como hay individuos más inteligentes que otros, ¿nos atreveríamos a descartar que un pueblo o colectivo X sea en promedio más inteligente que otro Y por una posible ventaja genética? (ya hay quienes sostienen con buenos argumentos que hay culturas superiores a otras, como apunté en otra entrada de este blog)... Reconozco que esto supone entrar en terreno espinoso porque podría dar munición a gentuza racista, que además no suele ser muy inteligente. ¿Debería la verdad abrirse paso siempre, por incómoda que sea?... En cualquier caso, insisto en que las diferencias en las capacidades y aptitudes de los humanos no deben traducirse en distinciones en su dignidad: aquí entra en juego la moral (recordemos que el discurso especista convencional priva a los animales de todo derecho a vivir apelando a su inferior inteligencia).

En "A dangerous idea" se señala que "la idea del ADN como la de un gen todopoderoso (sic)" fue severamente cuestionada cuando se descubrió que el llamado ADN basura es mayoritario, o sea que la mayor parte del genoma no codifica proteínas ni desempeña función conocida alguna. Precisamente, recientes investigaciones científicas (como las de Ewan Birney, coordinador del proyecto ENCODE) apuntan en sentido contrario: todo el genoma sería funcional, de modo que lo que pensábamos que no hacía nada parece estar implicado en la regulación de la expresión de los genes y en la organización de la arquitectura cromosómica. Pero aun suponiendo que existiera el ADN basura (se especulaba que fuese simple material parasitario de acompañamiento), ¿por qué habría de ello derivarse que no estamos fuertemente influidos por los genes?... Otro supuesto golpe a la religión genetista habría sido, según el panfleto, descubrir que el número de genes de los humanos (unos 20.000) era mucho más pequeño que el esperado inicialmente e incluso inferior al de otras especies animales y vegetales. ¿Pero eso acaso significa que no estemos en buena medida determinados genéticamente?... Antes también pensábamos que un cerebro más grande debía ser más inteligente, pero no necesariamente es así. Genoma y cerebro son realidades extremadamente complejas y todavía bastante desconocidas.

Podríamos definir al gen como cualquier trozo del genoma (el genoma humano tiene más de 3 mil millones de caracteres extraídos de un alfabeto de cinco letras -A, G, C, T y U- que son las bases nitrogenadas) que determina algún rasgo de un organismo vivo y se transmite a través de la herencia de generación en generación. Desde luego que no existe un gen del terrorismo o un gen de la creencia en Dios, pero sí que hay una mayor o menor predisposición genética a la agresividad, la impulsividad o la racionalidad que hace que algunas personas estén más inclinadas -la educación y la cultura dan el empujoncito- al ejercicio del terrorismo o la creencia en Dios (o a las dos cosas al mismo tiempo). Claro que no hay un gen de la inteligencia, puesto que se trata de un rasgo multifactorial definido por diferentes genes. Y por supuesto que el entorno influye, ya que el sustrato genético puede ser potenciado o inhibido culturalmente. Una propensión genética a una alta inteligencia puede verse truncada si quien la porta sufre malnutrición, no recibe adecuados cuidados médicos o no es estimulado intelectual y afectivamente en los primeros años de su vida. Eso explica que los tests de inteligencia realizados a individuos de los colectivos sociales más desfavorecidos suelan arrojar malos resultados. O sea, la pobreza perjudica a la inteligencia por la misma razón por la que el bienestar económico y social la favorece. Pero eso no debe hacernos olvidar que la inteligencia potencial viene de serie al nacer.

El experto en relaciones entre ciencia y religión Robert Pollack alerta de que no hemos aprendido nada de la capacidad humana para hacer el mal al nacido diferente, una capacidad supuestamente alimentada por ideas relacionadas con la genética. Ignora que esa propensión genocida está precisamente inscrita en nuestros genes y, por desgracia -¡aunque sin ella no estaríamos aquí!-, ha informado nuestra historia evolutiva. Quizá también desconozca que nuestros buenos instintos están igualmente impresos en nuestro genoma. Desde luego, ignorando la naturaleza humana (que es tanto cooperativa como egoísta y malvada) no aprenderemos demasiado y seguiremos tropezando con la misma piedra. Al final del programa se dice que es "muy liberador" descubrir que los genes no pintan mucho, ya que ello significa que a través de la educación podremos un día erradicar la violencia y el mal y alcanzar una Arcadia feliz e igualitaria: ¡todos seríamos compañeros y compañeras cooperadores y cooperadoras! Pero es falso que seamos hojas en blanco al nacer y que la educación pueda redimir a toda la humanidad (la psicopatía, que tiene un fundamento genético, es incorregible). Como bien dice Watson, "no podemos ser lo que queramos"... salvo que modifiquemos nuestra programación genética. Y es mejor saberlo para no llamarnos a engaño con quimeras irrealizables (unos sueños utópicos que, paradójicamente, nos han conducido a algunas de las más siniestras distopías).

En su ataque a los profetas del gen, los autores del documental han tenido la mala fe de poner inmediatamente después de un plano de Richard Dawkins hablando desde un estrado la imagen de un cartel de Monsanto, uno de los patrocinadores del acto en que participaba. El mensaje subliminal es evidente: "Ya veis los intereses espurios que hay detrás de estos fanáticos del gen". Es la guinda de un panfleto pseudocientífico que de manera singularmente grotesca, aunque con la mejor de las intenciones (poner freno a las idioteces supremacistas en la sociedad estadounidense), pretende hacer pasar como pseudociencia tanto a la genética como a la biología y la psicología evolucionarias.

(Mi agradecimiento al biólogo Antonio José Osuna Mascaró, autor de El error del pavo inglés, por su atenta lectura del texto y sus valiosas sugerencias)

domingo, 30 de abril de 2017

El bien, el mal y la selección natural

León en Namibia (Kevin Pluck).

Charles K. Fink recoge en su interesante artículo The predation argument la controvertida tesis del filósofo Steve Sapontzis de que un león hace el mal al matar a sus presas para alimentarse. Aunque, según Sapontzis (a cuyo planteamiento se adhiere Fink), la no condición de agente moral eximiría de culpa al temible félido y a cualquier otro depredador no humano: sería un caso equiparable al de un niño de dos años, que puede hacer cosas malas -por ejemplo, torturar a un gatito hasta la muerte- pero no por ello es malo sino inconsciente de la malignidad de sus actos.

El mal parece algo relativo e imposible de definir sin las anteojeras de la subjetividad humana, pero un enfoque utilitarista puede arrojar luz al fundarse en una verdad irrebatible: la de que toda criatura viva pugna por seguir viviendo, buscar el placer y eludir el dolor (aunque a veces se sacrifique por el bien común, que no dejaría de ser el propio en el caso de un superorganismo como una colmena). Matar o hacer sufrir a un ser vivo, ya sea por perversión o para sobrevivir, sería pues algo malo. La tortura a un gato no deja de ser menos atroz para el minino si quien la ejerce es un niño pequeño inconsciente en vez de un adulto sádico. La muerte de una gacela no deja de ser menos atroz para ella si es por la mordida de una leona -que con su carne alimentará a sus cachorros- o por el balazo de un cazador deportivo. Un acto malo lo es con independencia de la responsabilidad moral de quien lo ejerce. Por supuesto, a veces resulta necesario que un agente moral como el humano inflija daño o muerte, de igual modo que hace un león para sobrevivir, en pos de un bien moral: el ejemplo más claro es la autodefensa, ya sea frente a una bacteria nociva, un mosquito, un león -al que, obviamente, no podemos culpar de intentar darnos caza- o un congénere tóxico.

Por definición, la selección natural nunca se equivoca al segar lo que no es funcional para la supervivencia. No se ocupa de otra cosa ni hace juicio moral o de valor alguno (no podría hacerlo, puesto que carece de toda voluntad o inteligencia): simplemente elimina los rasgos que no favorecen la supervivencia, que desaparecen junto con sus portadores. Y lo cierto es que tanto las conductas bondadosas como las malévolas han sido seleccionadas por aportar ventajas a quienes las exhiben: los grupos cuyos individuos se ayudan mutuamente son más sólidos -en consecuencia, están mejor provistos para favorecer la supervivencia de sus integrantes- que aquellos donde cada uno va solo a lo suyo perjudicando y dañando a sus congéneres; por otro lado, también sabemos que la depredación es funcional, como lo son igualmente el engaño, el escaqueo y otras malas artes cuando logran pasar inadvertidos (que se lo digan si no al pájaro cuco -el que tima a otras aves para sacar adelante su prole- o a Donald Trump).

¿Es la senda humana (mejor dicho, la de los mamíferos más inteligentes) hacia la compasión y el sentimiento moral exclusiva de la vida en la Tierra? Sin salir de nuestro planeta, ¿podría haber dentro de 300.000 años superleones o supermapaches morales que se planteen la maldad de la depredación? Abandonando ahora nuestro hogar planetario, ¿habrá sido seleccionada la compasión en otros mundos con diferentes circunstancias geológicas, climáticas, biológicas o de cualquier otra índole? ¿Puede que tanto la compasión como la crueldad sean rasgos generalizables a cualquier escenario del Universo en el que haya prendido la inteligencia? De ser así, ¿habrá mundos en los que la compasión derrota a la crueldad (o sea, la primera es seleccionada naturalmente por una supuesta ventaja evolutiva sobre la segunda)?, ¿existirá siempre un equilibrio evolutivo entre ambas como el observado en la Tierra?, ¿acaso vencerá el mal en algunos lugares?...

Kent Baldner critica a Sapontzis por considerar que la depredación es inaceptable, ya que ello implica suponer que hay algo moralmente repugnante en la Naturaleza y que nosotros debemos enmendarle la plana (lo que, a su juicio, sería algo tremendamente arrogante). ¿Pero acaso no somos Naturaleza los humanos (o los hipotéticos seres inteligentes morales de otros mundos)?... Ya venimos corrigiendo a la Naturaleza desde hace mucho con los injertos de plantas, la domesticación de animales, la ropa, las vacunas, los antihistamínicos, la anestesia epidural, la calefacción, los anticonceptivos, la ingeniería genética...

No quiero terminar sin anticiparme al posible comentario jocoso de que comer vegetales sería hacer el mal (algunos enemigos del vegetarianismo ético parecen muy preocupados por el bienestar de las plantas). Siendo coherentes con el razonamiento de Sapontzis, por supuesto que lo sería: todo ser vivo, animal o vegetal, pugna por seguir viviendo. Como también sería un acto malo el ir andando por el campo sin mirar el suelo para evitar el aplastamiento de hormigas e incluso de plantas herbáceas. Es aquí cuando hay que traer a colación a Fernando Pessoa: "Un exceso de conciencia inhabilita para la vida". Nosotros no somos responsables de que el estado inicial y las leyes de este universo condujeran a la depredación (es más, ¡hemos sido fruto de esa evolución!). No habríamos nacido de no haber sido por todas las plagas y azotes del pasado, desde el impacto de un meteorito hace 65 millones de años hasta la Segunda Guerra Mundial pasando por el exterminio de los neandertales o la Peste Negra. Somos hijos de la depredación en un camino de perfección moral en el que solo podemos aspirar a reducir razonablemente, de manera compatible con nuestra supervivencia, la inevitable huella de sufrimiento que dejaremos a nuestro paso. Puede que esa misma condición moral acabe siendo disfuncional y llevándonos a la degeneración y la extinción, pero eso ya es competencia de la selección natural: ella, como siempre, dictará una sentencia inapelable.

lunes, 17 de abril de 2017

Un viaje hacia la perfección (acaso desde la nada) gracias a la selección natural

Flor de la camelia, por trishhartmann

Todo lo que existe en el reino de los seres vivos ha superado la criba de la selección natural o es una inadaptación condenada a desaparecer a corto plazo. Lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo feo, lo adorable y lo odioso, lo compasivo y lo cruel, están ahí porque han sido funcionales para la supervivencia de sus portadores (salvo que se trate de inadaptaciones, efímeras por su propia naturaleza, tal como antes apunté). O sea, porque han permitido la adaptación de los organismos vivos a la evolución del Universo, a su vez determinada por su estado inicial y sus leyes. Fenómenos emergentes como la inteligencia, la consciencia y la moral se cuentan entre las grandes obras de una selección natural ciega, inconsciente y amoral que funciona simplemente por eliminación: las mutaciones no adaptativas son podadas sin piedad.

De esa manera tan sencilla e incluso tosca, mediante una constante e inmisericorde poda de mutaciones aparentemente aleatorias, la vida avanza en complejidad. Y digo "aparentemente" porque podría ser que no existiese la aleatoriedad y todo estuviera completamente determinado conforme a un estado inicial y unas ciertas leyes. En ese caso nada sería contingente sino necesario, fruto de la materialización de las únicas posibilidades permitidas. Porque el Universo no permite cualquier cosa (sí lo haría, por definición, un hipotético Multiverso constituido por todos los universos posibles).

El poderoso principio de la selección natural se puede generalizar a ámbitos prebióticos, anteriores a la vida (también a fenómenos emergentes de orden superior como las culturas y los memes): los agregados moleculares con capacidad para reproducirse fueron seleccionados, por razones obvias, en detrimento del resto. El principio se podría aplicar incluso a los universos: solo los universos autoconsistentes sobreviven, se expanden y permiten así el surgimiento de la vida, la inteligencia y lo que acaso pudiera venir después. Si así fuera, ya no solo seríamos la muestra viviente de tres mil millones de años de evolución sino también de una muy exigente selección previa de universos del infinito catálogo del Multiverso. Una carrera ciega, inconsciente y amoral hacia la perfección (¿inclusive la moral?), acaso desde la nada.

domingo, 2 de abril de 2017

¿Es nuestro universo una simulación?

Autor: EEIM

Un artículo del filósofo Jesús Zamora Bonilla en Mapping Ignorance, en el que despacha como absurda la hipótesis de que nuestro universo pueda ser una simulación informática, me ha tenido dándole vueltas a la mollera unos cuantos días (¡y él lo sabe!). Su colega sueco Nick Bostrom es el formulador del argumento de la simulación, lo que no significa que se posicione en favor de su existencia: lo que sostiene es que si una civilización superinteligente alcanza en el futuro un estadio de desarrollo tecnológico que permita hacer simulaciones de sus ancestros, existe interés en hacerlas y no hay tabú o reparo moral alguno que las frene, lo más probable es que estemos viviendo en una de esas simulaciones. ¿Por qué? Pues por una razón meramente estadística, ya que habría muchos más universos simulados que reales: bastaría una sola simulación de nuestro universo para que la probabilidad de estar viviendo en ella fuese del 50%, ya no hablemos de si fueran miles o millones...

Desde luego, si el Universo es un objeto digital (granulado, construido a partir de ceros y de unos como un ordenador) podría ser teóricamente computable. Otra cosa es que resulte físicamente imposible computarlo y ejecutarlo, al menos desde dentro de nuestro universo (por una limitación gödeliana), por mucha tecnología que se posea. También es posible que una civilización inteligente nunca llegue a adquirir los conocimientos y la tecnología suficientes al caer víctima de una supuesta "maldición de la inteligencia": un inevitable desfase entre desarrollo económico-tecnológico y educativo-cultural que la conduciría inexorablemente a su autodestrucción (por ejemplo, mediante una hecatombe nuclear). Sam Harris alerta precisamente en El fin de la fe de la siniestra combinación de creencias religiosas antiguas con armas de destrucción masiva modernas.

Un mapa no es el territorio, una foto del paisaje no es el paisaje, la maqueta de una casa no es la casa, la representación mental de un ábaco no es un ábaco: hay una relación isomórfica entre unos y otros que podríamos etiquetar como una representación virtual (por cierto, gracias a ella obtenemos un valioso conocimiento del mundo). ¿Pero y si no hubiera diferencias entre universos reales y simulados? Para hacer un simulador de vuelo no hace falta (ni siquiera es deseable, por razones de coste) que la precisión sea absoluta: lo ideal sería que fuese indistinguible de una situación real, pero sin el riesgo de resultar herido o muerto por estrellarte contra el suelo. Sin embargo, para simular un universo podría ser necesario reproducir exactamente todos y cada uno de sus rasgos.

Parece una labor titánica programar todo un universo paso a paso, pero no es necesario ser tan intervencionista: solo habría que establecer un estado inicial y unas pocas y simples reglas básicas para que evolucione (si ello fuera posible, tal como apunté dos párrafos atrás, ya que habría que comprimir una ingente cantidad de matería-energía en un punto microscópico). Dicho de otro modo, no hace falta computar la complejidad: esta emerge luego por añadidura, fruto de la simplicidad. Pongamos que disponemos de un catálogo infinito de universos en el Multiverso, una lista fija en la que la vida inteligente solo aparece en un número relativamente muy pequeño de universos (una cifra que, no obstante, seguiría siendo infinita). Reproduciendo su estado inicial y sus reglas, un determinado universo podría ser alumbrado una y otra vez. Carecería de sentido hablar de universos reales y simulados porque no habría diferencia alguna entre ellos: como no la hay entre un electrón producido naturalmente (por ejemplo, en una desintegración radiactiva o en el choque de un rayo cósmico con la atmósfera terrestre) y otro generado artificialmente en un acelerador de partículas. En cualquier caso, real o simulado, todo universo tendría que ser computable (en el Multiverso habría pues un conjunto de universos no computables que, debido precisamente a este rasgo, jamás llegarían a ser sustanciados físicamente: entre ellos figuran los que el físico israelí David Deutsch -autor de La estructura de la realidad- llama entornos CantGoTu, en homenaje a Cantor, Gödel y Turing). La principal dificultad estribaría en determinar cuáles son los sencillos parámetros exactos del universo concreto que queremos replicar.

El experto en ciencias de la computación Jürgen Schmidhuber apunta que sería más fácil programar un ordenador para producir todos los posibles universos computables que programarlo para irlos creando uno a uno (lo cuenta Brian Greene en La realidad oculta: Universos paralelos y las profundas leyes del Cosmos). Cada universo concreto por separado requeriría especificar previamente en el ordenador una cantidad enorme de datos, para a través de un complejo proceso de cálculo intentar extraer de la inmensa duna del espacio de fases el diminuto grano de arena correspondiente al estado inicial y reglas de ese particular universo y no de cualquier otro. La alternativa sería dejar que se ejecutase un programa maestro que incluyera todas las posibles variables: más tarde o más temprano aparecerían todos los universos posibles, entre ellos el o los deseados por el programador.

He de reconocer que una seria objeción a la posibilidad de estar viviendo en una simulación es que hay detalles de nuestro universo que no se explicarían, por ser innecesarios, si se tratase de una simulación: esta parece, contra toda lógica, demasiado perfecta y costosa. Pero esta pega se desvanece si no hubiese distinción entre universos reales y simulados. Quizá todo sea necesario en un universo y no haya lugar para la contingencia. No es contigente que yo me apellide Fabelo y esté ahora tecleando esto en mi portátil, ni lo es que el teclado exhiba ahora mismo una mota de polvo sobre la letra J: de otro modo, no sería el yo de este universo. En un universo simulado todo sería también necesario, desde un cuásar a una brizna de hierba pasando por un golazo de Tana con la Unión Deportiva La Palmas en el Santiago Bernabéu.

Aunque no parece físicamente posible la interacción del programador con su universo replicado (ni siquiera sería capaz de observarlo cual entomólogo a un insectario, al proyectarse ese universo en una región espaciotemporal desgajada de la suya en forma de burbuja independiente), ello no obsta para que la simulación tenga un propósito lúdico. Según el físico ruso Andrei Linde, uno de los teóricos del universo inflacionario, el simple hecho de jugar a Dios (aunque fuese un creador ausente e ignorante de la evolución de su creación) ya sería por sí mismo irresistible. Y aunque no pudiéramos contemplar un universo, su creación marcaría un hito científico ante el cual quedarían empequeñecidas hazañas como descifrar el ADN, pisar Marte o entablar contacto con alienígenas.

Bajemos ahora algunos peldaños desde el hipotético pedestal de simuladores de universos completos (en los que, a su debido tiempo, emergen criaturas conscientes como nosotros). ¿Serían posibles simulaciones personalizadas, paraísos virtuales sin alcance cósmico como el San Junípero de la serie Black Mirror, aunque con el potencial no menos modesto de esquivar a la muerte? Para acceder a estas simulaciones más de andar por casa habría que conectar el cerebro de sus participantes a un ordenador, que permitiría la interacción con el mundo simulado aunque su cuerpo estuviera postrado en una cama. Ni siquiera haría falta un interfaz cerebro-ordenador si la mente del participante pudiese ser descargada y almacenada directamente en la computadora (en La conciencia explicada, el filósofo materialista Daniel Dennet no lo considera un imposible): en ese caso podría prescindirse de su cuerpo, lo que equivale a decir que podría morir en el espacio-tiempo pero seguir vivo en la simulación. Al no estar constreñido por la realidad física (aunque la simulación colgaría de un hardware o servidor en el mundo real del que dependería su continuidad), el usuario tendría la oportunidad de asomarse a mundos etéreos con unicornios, gnomos, huríes, cielos verdosos, nubes amarillas o lagos de Mirinda; mundos imaginarios necesariamente computables, aunque tan irreproducibles en el espacio-tiempo como las andanzas de Mario Bros. Esas mentes digitalizadas podrían luego ser conectadas a otras simulaciones e incluso transferidas a un cuerpo de diseño en el mundo físico. No podemos descartar que nosotros mismos seamos habitantes virtuales de una simulación de este tipo, "cerebros en una cubeta".

Para cerrar con el mismo tono abiertamente especulativo, nada mejor que convocar a Michio Kaku: el físico y cosmólogo californiano sugiere que quizá en un futuro lejano puedan empalmarse a voluntad líneas de tiempo de distintos universos, de modo que la recreación de la vida de una persona del pasado abandone una senda multiversal para tomar otra (por ejemplo, matriculándose a los 18 años en la universidad para estudiar Física en vez de Economía, o casándose con Perica en vez de con Mengana, con lo que su futuro sería diferente). En ese caso no tendría sentido que el manipulador de las líneas de tiempo no fuera también un observador externo de las andanzas de su elegido. Quién sabe...

Volviendo al artículo de Zamora Bonilla, este escribe con razón que por cada idea loca que luego ha resultado ser correcta (por ejemplo, el origen común de las especies, el giro de la Tierra en torno al Sol o la composición atómica de la materia) hay miles de ellas que han pasado a la historia como estupideces o tonterías. Claro que el escepticismo es sano y necesario, pero sin ideas audaces aparentemente disparatadas como las anteriores (y también como la de que el tiempo se detiene a la velocidad de la luz, la de que espacio y tiempo forman un único tejido que está curvado o la de que todo proviene de una singularidad microscópica en la que estaba condensada la materia-energía del Universo) no avanza la ciencia.

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