sábado, 14 de marzo de 2026

Julian Barbour: los ratios como clave del universo

El inglés Julian Barbour es un físico no vinculado a la academia que lleva casi medio siglo reflexionando, desde su casa renacentista en un pueblecito a las afueras de Oxford, acerca de cuestiones fundamentales como el espacio, el tiempo, la entropía o la complejidad. Hace años tuve conocimiento de él por su propuesta "bit from it", que daba la vuelta al "it from bit" de John Wheeler (yo me he tomado la licencia de fusionar ambas con la de Eugene Wigner en el "it from bit from It by Her").

Barbour se adhiere a un esquema relativista inspirado por Mach y, en última instancia, por Leibniz. Lo que importa en el universo son las relaciones entre sus objetos (bromea con que el lema "Nada más que ratios" sea incrito en su tumba), que a su vez vienen definidos por sus formas. Los tamaños serían tan relativos como el tiempo, que para el físico inglés ni siquiera existiría. Con ello quiere decir que no existen las duraciones sino los instantes de tiempo: formas o configuraciones de partículas ordenadas como los fotogramas en una película.

Impresiona constatar que podría haber hasta 10 elevado a 43 instantes distintos dentro de un solo segundo. Lo cierto es que la consciencia no navega por dichos fotogramas con la misma velocidad en todos los humanos, tal como nos ilustraba hace años Oliver Sacks en su libro El río de la consciencia. Allí nos ponía casos clínicos reales de ralentización (estupor) o aceleración del tiempo. En cualquier caso, los pacientes tenían siempre la sensación subjetiva de percibir el paso del tiempo con normalidad: para ellos, eran los demás quienes estaban abotargados o acelerados. Sacks se refería solo a nuestros congéneres, pero la percepción temporal no es desde luego la misma en los distintos seres vivos.

Volviendo a Barbour, este utiliza para exponernos su teoría el ejemplo más sencillo de forma: un triángulo. En este caso, cada vértice sería como una partícula. El tamaño del triángulo es relativo a su observador (si está más lejos/cerca, lo verá más pequeño/grande), pero no así su forma. El espacio en un universo teórico triangular constaría pues de tres partículas (una por cada vértice) y emergería de las relaciones de distancia entre ellas, expresadas en sus ángulos. El tiempo sería el cambio de esa forma: a partir de la de un triángulo equilátero (estado inicial más uniforme o simétrico), esta podría evolucionar hacia la de uno isósceles. Pero Barbour subraya que tendría que haber una minúscula asimetría en el estado inicial, semilla necesaria de la complejidad.

El universo iría supuestamente sumando entropía (desorden) desde su comienzo, tal como dicta la segunda ley de la termodinámica, pero esto solo regiría si fuera un sistema cerrado. Lo que se constata es que el universo es cada vez más complejo/variado, puesto que no dejan de aparecer en él nuevas estructuras. Es un sistema en expansión, autocontenido y sin límites externos, gobernado por la gravedad. Barbour acuña el término entaxia para referirse a la entropía en un sistema así: en este caso, a diferencia del de una caja cerrada donde está confinado un gas, su valor (el número de estados microscópicos distintos que son macroscópicamente indistinguibles) sería cada vez menor. Por tanto, no sería la muerte térmica lo que le aguardaría al universo en el futuro sino todo lo contrario: un escenario de infinita complejidad (el físico inglés prefiere usar el término 'variedad', tomado de su admirado Leibniz), con la vida como elemento acelerador. Pierre Teilhard de Chardin y Henri Bergson estarían más que satisfechos.

Barbour pone el ejemplo del impacto de una bola de billar sobre otra, en el que no hay una flecha del tiempo porque no puede distinguirse una secuencia hacia delante de otra hacia atrás, para entender la simetría temporal que se observa en el mundo a nivel microscópico. Esa simetría se rompe cuando hay muchas partículas (nos invita para ello a pensar en el golpe inicial de la bola blanca sobre el triángulo de bolas de la mesa de billar), algo necesario para que haya una flecha del tiempo. A ello se añade el requerimiento de un estado inicial muy ordenado: la llamada "hipótesis del pasado". Aquí es donde Barbour saca a colación el punto Jano, cuyo nombre toma de una antigua moneda romana con la inscripción de dos rostros unidos pero dispuestos una a espalda del otro, mirando en direcciones contrarias. Si rebobináramos la película del universo, llegaríamos a ese punto Jano (postulado en vez del Big Bang) casi perfectamente uniforme, que conectaría con otro universo en expansión simétrico al nuestro. El Jano  sería un punto mínimo, o incluso cero, común con el universo que se expande en dirección contraria al nuestro. Barbour atribuye la flecha del tiempo hacia el futuro no al incremento de la entropía sino al aumento de la complejidad desde el punto Jano.

Para el veterano físico inglés, que va camino de los 90 años con una lucidez asombrosa, bastaría pues con el marco de la mecánica newtoniana para explicar la flecha del tiempo. Y también para dar cuenta del principio cosmológico (la homogeneidad a gran escala del universo) sin necesidad de recurrir a teorías como la inflación. Barbour forma parte del club de los físicos y matematicos platónicos, que consideran que todas las formas y estructuras posibles existen eternamente en un ámbito no físico conectado de algún modo con nuestro mundo. Allí estan todos los "ahoras" desde siempre y para siempre, como también creía Einstein. Allí nunca han dejado de estar un bebé inglés recién nacido en 1937 y acaso una lápida que reza "Nada más que ratios". 

jueves, 12 de febrero de 2026

El tarot de Italo Calvino como modelo de un universo informacional y participativo


En su libro de 2010 Decoding Reality, el físico teórico Vlatko Vedral nos trae a colación una narración de Italo Calvino (El castillo de los destinos cruzados) para ilustrar su modelo informacional-participativo del universo, en línea con el it from bit propugnado hace décadas por el también físico John Wheeler.

Vedral sostiene que la información es un elemento fundamental del cosmos, subyacente a materia/energía, espacio y tiempo. Pero no lo limita al ámbito de la física, ya que regiría a todas las escalas: química, biológica, social... Además, tendría una capacidad única: la de poder surgir ex nihilo (de la nada). La información se genera cuando un observador (o sea, el universo contemplándose a sí mismo), mediante el mero acto de observar, lleva a cabo una reducción ab toto (sobre la totalidad) del espacio de posibilidades. Esa reducción, que implicaría una disminución de la incertidumbre (en ello se basa el concepto de información de Claude Shannon), se asemejaría al trabajo de un escultor con su cincel: la realidad sería esculpida a partir de un molde en bruto que representaría la potencialidad del universo. A medida que la realidad se decanta, a medida que se va generando más información, ese molde en bruto se conforma de un modo que excluye ya de manera irreversible muchas posibilidades: estas nunca se materializarán, jamás cruzarán el unbral de lo real desde su estado potencial. Porque cuando un escultor empieza a tallar una cabeza humana, ya está reduciendo la incertidumbre: está excluyendo la posibilidad de que el objeto de su cincelado sea un pie, una butaca, un murciélago o un paraguas.  

El universo es ciertamente una realidad abierta en la que no dejan de emerger nuevos niveles y categorías, con el consiguiente aumento de su contenido informativo: humedad, temperatura, visión, depredación, dolor, amor, espiritualidad... Estos conceptos emergentes solo tienen aplicación en su escala correspondiente. Un átomo no tiene temperatura, como una molécula no siente dolor ni una célula alberga inquietudes espirituales. La duda es si el espacio de posibilidades es también dinámico, si el molde en bruto no es estático, si incluso los objetos abstractos (los mentales y los matemáticos) podrían evolucionar al interactuar con los observadores: la visión del mundo como proceso, desarrollada hace un siglo por Alfred North Whitehead, es la que sostienen actualmente pensadores y científicos como el filósofo Matt Segall o el biólogo Michael Levin.

La idea de la novela de Calvino (¡no confundir con el fanático religioso que quemó a Miguel Servet en la hoguera!) se inspira en Wheeler: la realidad no está determinada y es construida activamente por los observadores de una manera coherente. Wheeler apela al juego de salón de las 20 preguntas, en el que un jugador entra en una sala donde hay 20 personas a las que va haciendo sucesivamente preguntas binarias para adivinar un objeto. Estas personas han acordado responder "sí" o "no" como les venga en gana, pero de una manera coherente con las respuestas dadas anteriormente. Así se va alumbrando un objeto que ni el jugador ni las 20 personas que le responden puede prever al principio. La primera pregunta podría ser "¿Es azul?", y su respuesta "No". La segunda, "¿Es un animal?", y su respuesta "Sí".  La tercera, "¿Vuela?", y su respuesta "No".  La cuarta, "¿Es grande?", y su respuesta "Sí".  La quinta, "¿Vive en Europa?", y su respuesta "No". La sexta, "¿Come hierba?", y su respuesta "Sí". La séptima, "¿Tiene un gran cuerno?", y su respuesta "No"... Este hilo de preguntas/respuestas tiene toda la pinta de llevarnos a un hipopótamo. Cada respuesta añade un bit de información.

Por su parte, Calvino nos presenta un juego en el que cada participante intenta contar su vida a los demás utilizando cartas del tarot (no pueden decir una sola palabra, ya que se han quedado mudos). Hay una incertidumbre intrínseca, ya que las cartas pueden ser interpretadas de manera diferente (incluso radicalmente distinta a la intención del emisor del mensaje) por cada uno de los participantes. Y esa interpretación depende también de las otras cartas exhibidas junto a ella. Principios de la mecánica cuántica como la incertidumbre o la contextualidad son pues aplicables a este juego planteado por el escritor italiano, en el que cada carta implica un átomo indivisible de información o bit. En la naturaleza, sin embargo, no hay cartas (no hay variables ocultas locales): las cartas las creamos los observadores con nuestras observaciones.

Uno no puede estar seguro en el tarot de Calvino del mensaje transmitido hasta que se exhibe la última carta, que puede suponer una reinterpretación radical de la historia (en el ejemplo que puse de Wheeler, este último bit podría ser el que descartara al elefante y confirmase al hipopótamo). Vedral nos recuerda al respecto las palabras de Sócrates: "Nadie debería ser considerado feliz hasta que muere". Puede que en nuestro último suspiro sea cuando realmente lo sepamos, cuando hagamos la interpretación definitiva, da igual lo felices o infelices que hayamos sido hasta entonces. En la novela de Calvino, al igual que en la realidad, ignoramos por qué empezó el juego y quién invitó a los jugadores. Ese misterio nos acompañará también hasta la muerte. ¿Será desvelado entonces?...

jueves, 15 de enero de 2026

Michael Levin, Dios de los xenobots y antrobots

Xenobots y antrobots son biorrobots desarrollados en laboratorio por los equipos del biólogo Michael Levin: en el primer caso, a partir de células embrionarias de renacuajo; en el segundo, de células epiteliales de la tráquea humana. Una vez extraídas, estas células se desarrollan en cultivos y dan lugar a formas inéditas en la historia de la vida en la Tierra. Empiezan a navegar y resolver problemas en un espacio muy diferente al del cuerpo de una rana o el de un humano, exhibiendo comportamientos totalmente insospechados como una reproducción cinética (caso de los xenobots, consistente en replicar sus formas moldeando mecánicamente material del cultivo) o el cosido de tejidos neuronales lesionados (caso de los antrobots, que misteriosamente se entregan a esta labor sin haber sido instados a hacerlo). Levin no deja de recordarnos que los antrobots son células con un ADN 100% humano, aunque en ellos hay genes que no se expresan y otros que sí lo hacen, a diferencia de en nuestro cuerpo.

Hay un cuento de ciencia-ficción que leí hace años, pero no he conseguido identificar (La fórmula de Lymphater, de Stanislaw Lem, se asemeja algo), que narra la creación en laboratorio de unos autómatas celulares. Estos empiezan a evolucionar a ritmo acelerado, hasta el punto de tener la capacidad de comunicarse con su creador e incluso sobrepasarle en inteligencia. Cuando esto ocurre, esa entidad emergente se desconecta para siempre de los humanos, con quienes la interacción ya no tendría más valor que la nuestra con un paramecio.

Es fascinante imaginar que los antrobots puedan evolucionar, llegar un día a tener consciencia de sí mismos y plantearse cuestiones existenciales como las de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Si esto llegara a ocurrir y los humanos ya no existiesen por entonces, ¿podría una superinteligencia surgida por esa ruta desentrañar su gran misterio? La respuesta la conocemos nosotros y no tiene connotación mística alguna: su creador (usando material biológico esculpido a lo largo de 3.500 millones de años de evolución) es el humano del siglo XXI Michael Levin. Él sería su insospechado Dios, movido por propósitos científicos que podrían acaso intuir.

La IA la creamos también nosotros, sacando provecho de una capacidad de computación inherente a la naturaleza. Una superinteligencia nacida de esta senda, hibridada probablemente con lo orgánico, sí sabría perfectamente cuál es su origen: unos ingenieros humanos. ¿Y si la vida en la Tierra fue creada por algún tipo de inteligencia avanzada de desconocido soporte físico? Esta es la idea de la panspermia dirigida, aventurada por el codescubridor del ADN Francis Crick: las semillas de la vida habrían sido deliberadamente sembradas a lo largo y ancho del universo por una civilización extraterrestre.

Podríamos incluso especular que el propio universo ha sido creado por una superinteligencia, a su vez fruto de otra en otro universo. Universos anidados donde mora la inteligencia: ¿Una tramoya inconcebible con infinitos tableros donde un agente transcendental (una consciencia pura) está jugando?...

sábado, 20 de diciembre de 2025

Criado amorosamente para acabar abatido como pieza de caza


Bien que se hizo esperar, ¡por fin!, ¡muchas felicidades!, la placidez durmiendo al poco tiempo de llegar al mundo, ya limpio y bien abrigadito entregado a su madre, ¡qué ojos más grandes!, en la cuna portátil dentro del coche familiar hacia la que será su casa, su habitación decorada con dibujos de animalitos, la cuna de madera recién comprada y con sábanas limpias que huelen a limón, el muñeco perruno Trapito al que pronto se aferra, la primera vez que sonríe, el primer día en la guardería, Nana le cuida allí mucho, las malas noches por la tos con su madre insomne a su lado, el gozo del agua caliente y el de la esponja en la bañera de plástico, el pato de goma amarillo que se tira pedos, la primera vez que se lanza a andar por el pasillo de casa, el cuento personalizado de Los tres cerditos de su padre antes de irse a dormir, el confort de la manta con que le cubre antes de darle un beso en la frente, "qué piel más suave" le dice su madre al acariciarle la cara, primera fiesta de cumpleaños de la que disfruta plenamente, ¡y que cumplas muchos más!, la función en el colegio vestido de ángel, mira lo que te ha dejado el ratoncito Pérez por el diente, la llama de la ilusión en sus ojos, cochecito con el que recorre la mesilla baja del televisor diciendo "bruum bruum", un niño le pegó en el cole, el disgusto a duras penas reprimido que acaba en llanto, el abrazo de consuelo, ese niño es un idiota, el rostro húmedo aliviado, reconfortado hasta lo más hondo, mis padres me quieren incondicionalmente, me dan de comer y me cuidan, las vacaciones en la playa, el gozo de las zambullidas en la piscina, el helado de mango, la ilusión de los Reyes Magos, las casas de los abuelos, sus tíos, sus primos, aprendiendo a nadar en el colegio, jugando a la pelota con los pequeños vecinos de la urbanización, la caída aprendiendo a montar en bicicleta y la nariz magullada, fascinado observando en el mapa de la tablet por dónde va ahora Papá Noel repartiendo regalos, su padre le ha enseñado a jugar al ajedrez, las gafitas que le han puesto para ver bien de lejos (¡mira qué bonitas son!), el primer día que sale solo a la calle a comprar el pan (su padre detrás vigilando disimuladamente si cruza bien la calle), el desconsuelo enorme al enterarse de que no existe el Ratón, se le caen las lágrimas, se viene abajo también la creencia en los Reyes Magos al poco tiempo, las molestias por el aparato corrector en los dientes (¡ya verás qué bien cuando seas mayor!), los partidos de baloncesto de su equipo, los ánimos y aplausos, el orgullo de la canasta en el último segundo, de vuelta a casa en el coche para ducharse y comer y jugar a la Play, las fiestas de cumpleaños con los amigos, el perrito de la prima al que tira la pelota de tenis para que la recoja, le gustan mucho los perros y los gatos, los dibujos animados de la Pantera Rosa y la película de Mister Bean con las que se muere de risa, la ilusión de los viernes por la tarde, los pedidos de pizza a domicilio, la primera salida nocturna con los amigos, la canción del verano, el despertar sexual, los Youtubers que le entretienen, los partidos del Atleti en la tele, me gusta una chica, el primer beso, el agobio de los exámenes, la satisfacción indisimulada por las buenas notas, sus palabras en la fiesta de graduación, el abrazo con sus compañeros vestidos con traje y corbata, los planes para estudiar en la universidad y sacarse el carné de conducir...

El disparo certero en la cabeza (tanta veces acariciada) de un francotirador multimillonario que ha pagado cientos de miles de euros para cobrarse la primera pieza que se le pusiera a tiro ese día desde la azotea, la estampida y la caída al suelo como un guiñapo inerme, el cuerpo rígido y descoyuntado en medio de la sucia acera, las gafas fracturadas a su lado, le quedaban unos días para cumplir 18. Había salido a comprar pan. Sus padres aún tardarán unos minutos en saber que un hombre ha roto lo más amado por ellos en el mundo. Y nunca sabrán que ese mismo tipo está ahora celebrando su gesta risueño, jarra de cerveza en mano, junto a varios colegas en un club privado. Dios aún no sabe lo que ha pasado porque todavía no existe.

domingo, 23 de noviembre de 2025

La inquisición cientificista como lastre a la ciencia y el conocimiento


Hace un año critiqué en este blog la soberbia intelectual del cientificismo por pretender que la ciencia es la única fuente válida de conocimiento. Fue en una entrada en la que traía a colación a Federico Faggin y Àlex Gómez-Marín, dos personas que no solo comparten formación científica sino también haber tenido una experiencia paranormal (mística, en el caso de Faggin; cercana a la muerte, en el de Gómez-Marín) y cambiado su campo de actividad profesional (la ingeniería eléctrica y la física, respectivamente) por el estudio de la consciencia, en el que se han destacado por sostener enfoques heterodoxos.

El cientificismo conlleva una mirada estrecha del mundo y suele imbuir a quienes lo profesan de un espíritu inquisitorial contra cualquier intento de salirse un milímetro de su marco. La metafísica seria y la experiencia mística son objeto de su desprecio, metiéndolas en el mismo saco que el de la superchería y la pseudociencia. Hay que reconocer que la frontera de estas con aquellas es a veces tenue, pero no menos que la que separa lo cursi de lo sublime. Ahí está el buen criterio de cada cual para distinguir lo uno de lo otro. El cientificista considera que si la ciencia no puede dar respuesta a algún misterio, no habría respuesta posible a este desde cualquier otro ámbito. Además, toda pregunta al respecto carecería de sentido. Entre estas preguntas figuran las de por qué existe algo en vez de nada, qué es la materia/energía, qué son las verdades matemáticas, qué significado tiene el infinito o en qué etéreo espacio moran los sueños. 

El cientificismo obvia que la ciencia moderna tiene fundacionalmente unos límites, marcados en el siglo XVII por Galileo: solo puede referirse a la faceta objetiva del mundo, la mensurable que puede ser expresada lógica y matemáticamente. Pero la faceta subjetiva está fuera de su alcance por mucho que pretenda lo contrario. La neurocientífica Mary (estrella del olimpo de los experimentos mentales), que siempre ha vivido en un mundo en blanco y negro, puede tener un conocimiento objetivo completo de lo que es el color rojo (en términos físicos de longitudes de onda electromagnética), pero no sabe íntimamente lo que es la rojez hasta que un día sale de su mundo para entrar en un universo en color. Ese conocimiento íntimo no viene de su saber científico sino de su subjetividad, de su consciencia, de su "qué es ser la neurocientífica Mary".

Precursor del positivismo lógico, Ludwig Wittgenstein nos invitó a "callar" acerca de "lo que no se puede hablar", pero la curiosidad está inscrita en nuestra naturaleza (realmente, en la de todo ser vivo). No hay palabras para describir el acceso a un nivel inefable de la realidad, pero ello no quita que sea una realidad genuina e innegable (incluso hiperreal) para quien la experimenta. Pese a los espectaculares avances en el ámbito de la neurociencia, seguimos sin saber qué es la subjetividad. Solo una ciencia de la consciencia que integre la cara subjetiva del mundo en su marco analítico podría lograrlo, aunque está por ver que eso sea posible ya que la consciencia es el punto ciego de la ciencia. Todo nuestro conocimiento científico se canaliza a través de la consciencia, de modo que la pretensión sería la de tener un conocimiento de aquello merced a lo cual tenemos precisamente conocimiento. Como dice Erik Hoel, "las dificultades para crear una ciencia de la conciencia pueden significar que la propia ciencia es incompleta debido a la autorreferencia, de manera similar a como las matemáticas son incompletas, conforme a lo que demostró Gödel".

Gómez-Marín propone una mirada científica amplia que no descarte que la mente vaya más allá del cerebro (en línea con Henri Bergson, considera que el cerebro podría ser más una antena o filtro que un productor de contenidos). Y que tenga la audacia de acercarse al estudio de experiencias en los lindes de la normalidad, como las cercanas a la muerte o las místicas, y de fenómenos paranormales como la percepción extrasensorial. "No deberíamos frenar el progreso científico arrojando estigma sobre el enigma", dice el físico y neurocientífico español. "Tales anomalías son un regalo invaluable porque sugieren que nuestras actuales teorías son demasiado limitadas". Este planteamiento ya le ha supuesto ser linchado por una parte de la comunidad científica. Quizá no exagere Gómez-Marín al sostener que el cientificismo es la peor pseudociencia, por tratarse de un ejercicio de dogmatismo en el nombre mismo de la ciencia. Sin amplitud de miras, mucha imaginación y audacia, el estudio de la consciencia seguirá empantanado.


viernes, 24 de octubre de 2025

La inteligencia como agente cincelador en un universo computacional


La inteligencia consiste en encontrar racional y creativamente atajos para obtener soluciones u objetos de otro modo muy improbables, ya que tardarían una eternidad en salir del limbo de lo posible confiándolo todo a la aleatoriedad. Un ejemplo es el cubo de Rubik: hay modos inteligentes de completarlo que no requieren, a diferencia de una manera estúpida o puramente azarosa, de un tiempo infinito. 

Eso sí, hay un número mínimo de pasos para llegar a la solución del cubo de Rubik. Como también hay un mínimo ineludible de pasos para construir una nevera, montar un mueble, llegar al final de un videojuego o hacer un café expreso, o para viajar a Estocolmo o alcanzar las 23:00 horas de mañana aquí en la Comunidad de Madrid (en este último caso solo sería cuestión de esperar, confiando en que sigamos vivos). Aquí salta a la palestra el concepto de irreducibilidad computacional de Stephen Wolfram, para quien todo lo que ocurre en el universo es fruto de alguna computación: ninguna inteligencia puede adelantarse a la ejecución de un programa si este es no trivial; o sea, distinto a uno que generase, por ejemplo, el resultado recurrente 010101010101... Ello impide resolver el cubo de Rubik de manera instantánea, así como saber qué va a ocurrir en el partido de fútbol de esta noche (goles, oportunidades, lesiones, expulsiones...) o saltarse el tiempo que media hasta mañana a las 23:00. Para llegar al resultado de una computación hay que esperar necesariamente a su ejecución. 

Sin embargo, a nivel macroscópico hay bolsas de reducibilidad que permiten a una inteligencia como la nuestra, ubicada en un espacio intermedio entre la escala más pequeña y la más grande del universo, tomar decisiones cabales y hacer predicciones probabilísticas, como el signo del susodicho partido (caso de que un equipo sea mucho mejor que otro), el tiempo que hará en Soria dentro de 24 horas o la afirmación de que mañana volverá a amanecer con casi absoluta certeza. Las proyecciones de grano grueso, que no precisan de un conocimiento detallado de la dinámica microscópica de un sistema, permiten no solo tomar decisiones cotidianas como cambiar de acera si vemos a un tipo armado con un hacha (no hace falta una información celular, molecular o atómica del sujeto) sino incluso pronosticar el clima en la Tierra dentro de 500 millones de años.

Toda computación es una sucesión de pasos conforme a un algoritmo o serie de reglas. El tiempo, para Wolfram, sería nada más y nada menos que eso: la ejecución de una computación. La vida, única forma de inteligencia que conocíamos antes de la llegada de los ordenadores, es un proceso computacional en espacios de posibilidades como el molecular, el morfológico (el espacio platónico en el que están todos las bioformas o posibles configuraciones anatómicas), el fisiológico o el 3-D en que nos movemos los individuos. Es un elemento ordenador del universo, superpuesto a las leyes físicas que le sirven de soporte. Conforme a su concepción de todo ser vivo como una inteligencia colectiva jerárquica, Michael Levin prefiere hablar de policomputación conjunta anidada en todos esos espacios, desde la transcripción de genes y los procesos metabólicos hasta la conducta del yo superior jerárquico.

Es imposible que un ser vivo complejo surja aleatoriamente o de golpe, como un cerebro de Boltzman, saltándose un largo proceso evolutivo. Una bacteria, un rinoceronte o un humano son objetos contingentes muy improbables si no hay una inteligencia que guíe, constreñida por el inapelable tribunal de la selección natural, su alumbramiento. Por eso Sara Imari Walker dice que los organismos vivos tienen una gran profundidad causal: requieren numerosos pasos para ser ensamblados inteligentemente por la naturaleza (por patrones platónicos, según creen Levin y George Ellis). Todo humano y todo objeto fabricado por nosotros, ya sea material o abstracto, es parte de un linaje profundo surgido hace unos 3.800 millones de años con el primer ser vivo. 

La teoría del ensamblaje desarrollada por Lee Cronin y Walker define el índice de ensamblaje como el número de pasos necesarios para construir de manera secuencial un objeto. Los experimentos realizados con moléculas en laboratorio apuntan que 15 es el umbral por encima del cual un objeto no puede haber surgido aleatoriamente. Si halláramos al menos dos ejemplares del mismo tipo, todo indicaría que se trata o bien de alguna forma de vida o de algún producto creado por esta, como para nosotros lo son los teléfonos móviles, las bicicletas o los tortellini. 

El objeto abstracto más complejo cincelado por nuestra especie es el lenguaje, que además ha sido fundamental para nuestra evolución. Los modelos grandes de lenguaje (LLMs) como ChatGPT navegan en ese espacio insondable que ha conformado nuestra mente pese a afectar solo a su parte más superficial: la consciente. Por el contrario, el lenguaje humano (expresado en sus numerosos idiomas) representa todo para un LLM: no hay aparentemente otra cosa en su mundo. Hasta la llegada de las modernas redes neuronales, la inteligencia artificial operaba de manera determinista, sin contar con grado alguno de libertad. Ya empieza a ser diferente gracias a haber heredado de nuestro linaje el enorme poder generativo de la manipulación de símbolos propia de una gramática avanzada.

Las lenguas humanas no existían al comienzo del universo, como tampoco estaban en el momento 0 del Big Bang el oro, el amoniaco, los planetas, los crustáceos o los riñones. Son una emergencia más, a la que se añadirían posteriormente la música barroca, el acero, el teléfono, Facebook, los LLMs o los xenobots. Todos estos últimos ya son consecuencia de la condición de agentes causales inteligentes de los humanos.

Para Erik Hoel, emergencia y poder causal están estrechamente relacionados. A nivel microscópico atómico hay demasiada aleatoriedad para que pueda haber causalidad genuina. Es a nivel macroscópico, en el cual se manifiestan las emergencias, donde la causalidad es lo suficientemente sólida, ya que puede corregirse el ruido aleatorio inherente a la base del sistema: la efectividad causal no depende de una determinada configuración de los átomos, ya que es compatible con muchas de ellas (múltiple realizabilidad). Por eso, en esta escala macroscópica en la que se mueven los seres vivos -Levin añade cada una de sus células y las redes moleculares de regulación genética- es donde únicamente puede hablarse de propósito y sentido.

La causalidad se ejerce pues principalmente de arriba hacia abajo, lo que se observa claramente en todo sistema biológico (por ejemplo, los yoes emergentes alteran sus tejidos musculares con sus movimientos voluntarios) o informático (los programas alteran la dinámica de los electrones al abrir o cerrar puertas lógicas). La múltiple realizabilidad evita depender de un estado microscópico en particular: el objetivo de subir la temperatura de este salón a 21 grados, activando el termostato del sistema de calefacción, es compatible con un número enorme de estados microscópicos.

Es en suma la inteligencia en cualquiera de sus manifestaciones (¿quizá un agente transcendental multiavatar?) la que esculpe la realidad en su navegación por un espacio platónico con un potencial creativo infinito. Y lo hace gracias a la información, moneda de la complejidad, que permite estructurar la materia en el espacio y el tiempo imponiéndose a la aleatoriedad. 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Adiós a la democracia?


La democracia peligra en Occidente. No es una sorpresa para toda persona medianamente informada. Desde hace años se vienen sucediendo señales y síntomas de que el sistema de libertades que gozamos, cuya conquista costó tanta sangre, sudor y lágrimas a nuestros antepasados, podría estar al borde del abismo. Y, por desgracia, no hay muchas razones para ser optimista. 

En su libro Síndrome 1933, el italiano de origen judeo-turco Siegmund Ginzberg constata de manera muy inquietante las semejanzas entre nuestro mundo actual y el de los primeros años 30 del siglo pasado: el deterioro de las instituciones, el desprestigio de la actividad política, la polarización ideológica, el antiintelectualismo grosero, la deshumanización del adversario, el creciente recurso a la violencia política... La memoria histórica, que había funcionado eficazmente como vacuna para conjurar siniestros fantasmas del pasado, empieza además a evaporarse: en España, no pocos veinteañeros apenas saben quién era Franco y qué hizo; en Alemania, los jóvenes vuelven a sentirse atraídos por los herederos ideológicos de quienes destruyeron su país y casi toda Europa hace 80 años.

En su ensayo Nexus, el historiador israelí Yuval Harari apunta el nocivo efecto de las redes sociales sobre la verdad, la convivencia y la propia democracia, por culpa en parte de algoritmos que priman la viralidad por encima de cualquier otra cosa. Un ejemplo terrible es el de las matanzas de la minoría rohingya en 2016 y 2017 en Birmania, instigadas involuntariamente por un algoritmo de Facebook empeñado en presentar a los usuarios birmanos vídeos muy virales incitadores del odio. Facebook y X (el Twitter rebautizado por Elon Musk) también ha sido utilizados exitosamente para interferir de manera deliberada en procesos electorales, como el que condujo el año pasado a la segunda presidencia de Trump. El propio dueño de X se ha convertido en un propagador y alentador de mentiras y discursos de odio en su plataforma.

Un elemento característico de nuestras sociedades es la desinformación generalizada. Antes de Internet y las redes sociales, la mayoría de la gente pasaba ampliamente de la política y había mucha ignorancia a ese respecto. La democracia y sus libertades se daban y se siguen dando erróneamente por sentadas, tanto como el aire que respiramos. El problema ahora no es tanto la ignorancia como la desinformación, muy relacionada con la infoxicación: la permanente exposición a un torrente no filtrado de información, buena parte de la cual es errónea o falsa. Todo el maravilloso saber humano está a nuestra disposición a golpe de clic, pero contenido en un gigantesco estercolero donde hay que saber buscar.

Las redes sociales nos han conectado mucho más, pero al precio de potenciar la desinformación, polarizarnos políticamente, promover trastornos psicológicos (como la anorexia) en los más jóvenes y empoderar a cualquier necio o ignorante que sepa al menos abrir un blog, subir un vídeo a YouTube o poner un tuit o un tiktok. La democratización de la producción de contenidos informativos, culturales y de entretenimiento (antes había que pasar el filtro de una editorial, un consejo de expertos o una productora) ha supuesto la quiebra del principio de autoridad, abriendo la puerta a una legión de influencers que antes de la era de Internet solo podían aspirar a jugar en la liga de los cuñados y ahora sientan cátedra en nutrición, epidemiología, dermatología, gestión forestal, meteorología o relaciones internacionales. Que cualquiera pueda publicar lo que le plazca sin ningún control de calidad y veracidad, compartiéndolo fácilmente sin cortapisa alguna, no podía salirnos gratis: lo vimos en la pandemia de Covid (con los movimientos antivacunas) y lo seguimos viendo con el negacionismo del cambio climático, así como en modas disparatadas como el sunburning (tomar el sol sin protección), la ingesta de carne cruda o la pigmentación del iris para cambiar el color de los ojos. Episodios políticos como el Brexit o las victorias en las urnas de ultras populistas no habrían sido posibles sin este clima de desinformación, al que también ha contribuido cierta prensa amarilla.

Todo esto se enmarca en un escenario socioeconómico problemático, en el que hay perdedores de la globalización que afrontan con mucha inseguridad el futuro. La creciente población inmigrante, cuya integración no suele ser fácil y que en ocasiones prospera a ojos de los nativos empobrecidos, se convierte en el chivo expiatorio propicio. El populismo se nutre de ese malestar social, de la frustración por no encontrar trabajo o tener una ocupación muy mal pagada, de no poder permitirse una vivienda digna o una sanidad de calidad, de los problemas de inseguridad en las calles asociados a una inmigración descontrolada, del rencor de algunos hombres hacia mujeres más preparadas y mejor pagadas que ellos, del sentimiento de agravio de las clases más bajas ante élites económicas y culturales que supuestamente las desprecian y ningunean. Y los populistas aprovechan las redes sociales como potentes altavoces multiplicadores de su ideología divisiva y tóxica, presumiendo de ser pueblo y hablar el lenguaje del pueblo (aunque sus líderes sean habitualmente multimillonarios).

A las redes sociales se ha sumado como potencial amenaza una IA puesta al servicio de gobernantes con vocación de autócratas. No obstante, Harari explica que un sistema democrático es más resistente a sucumbir a una IA maligna que una autocracia, al incluir en su red una oposición política, una justicia independiente y medios de comunicación libres. Si el tirano ya está establecido, si se ha deshecho de esos obstáculos (en ello están Orban, Erdogan o Trump, siguiendo la estela de Putin), el riesgo de una superinteligencia en sus manos es el de una dictadura totalitaria perfecta como la de 1984 de Orwell.

El autor de Síndrome 1933 considera que, a la vista de la experiencia de la Alemania de entreguerras, "las elecciones libres son la sal de la democracia. Sin embargo, en exceso no le hacen ningún bien. De hecho, existe el riesgo de que la maten". "El caso de Weimar representa un clamoroso ejemplo de cómo se puede llegar a la catástrofe no por el desapego, sino por una mayor implicación del electorado", añade más adelante. Otro de los parecidos con la Europa prebélica de 1933 es el sorpasso de la derecha populista a la tradicional, como ya ha ocurrido en Francia e Italia y amenaza con suceder en otros lugares como España o Alemania. La izquierda socialdemócrata también ha sido superada en varios países por la izquierda radical. El mapa político de la Europa de 2025 ya poco tiene que ver con el surgido tras la II Guerra Mundial, con democristianos, liberales y socialdemócratas como fuerzas hegemónicas moderadas en torno al centro.

La epistocracia (una democracia restringida a quienes acrediten ciertos conocimientos de lo que están votando) es la idea que plantea Contra la democracia, un provocador ensayo de 2016 del norteamericano Jason Brennan que la presenta como el posible remedio para salvar a la democracia de la ignorancia y necedad del electorado. No creo que ande muy equivocado, a la vista de muchos resultados recientes en las urnas. Aunque todo político con aspiraciones siempre dirá que el pueblo es sabio y nunca se equivoca, lo cierto es que son mayoría los que Brennan etiqueta como hobbits (totalmente indiferentes a la política) y hooligans (votantes irracionales y sesgados), muy vulnerables a la desinformación. 

Por si fuera poco, tenemos en Europa la amenaza militar de Rusia, donde un autócrata nacionalpopulista ha erigido, con el apoyo de buena parte de su pueblo, un régimen neozarista (que pone una vela a los zares y otra a Stalin) por el que suspiran todas las ultraderechas de Occidente. Ello no es incompatible con tener unas excelentes relaciones con el régimen chino, la monarquía norcoreana o sátrapas populistas de izquierda como Maduro u Ortega. La amenaza rusa coincide con una Unión Europea inane y asediada por los populismos. Y con unos EEUU en una marcada senda autoritaria e incluso guerracivilista, con Donald Trump como epítome del triunfo de la mentira, la ignorancia, la brutalidad y la grosería.

Desde luego, si perdemos la democracia será en buena medida por nuestra culpa. Los ciudadanos seremos los principales responsables porque somos los que llevamos a populistas al poder y les reímos las gracias, los que no hacemos el esfuerzo de contrastar las noticias que nos llegan por las redes sociales, los que damos pábulo a voceros magufos y conspiranoicos. Ya dijo proféticamente Carl Sagan que sin pensamiento crítico estaríamos a merced del primer charlatán que nos pasase por delante. Uno de esos charlatanes ya tiene a su alcance el botón rojo nuclear de EEUU. No es para estar precisamente tranquilos.

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