sábado, 9 de diciembre de 2017

Portadores de información (tú, un roble, una vaca, una bandera o una estrella)

Autor: Amer Shomali

Un árbol con las hojas mustias, una piedra precipitándose desde lo alto de un acantilado, un león durmiendo o una bandera española en un balcón pueden aportar información a toda inteligencia (no solo humana) que los perciba. Una colonia bacteriana es inteligente a su manera, pero no es capaz de percibir la existencia de un león durmiendo -aunque esté poblando el tracto intestinal del felino-, de una piedra cayendo o de un trapo rojigualda al viento porque esas cosas desbordan su ámbito cognitivo (al igual que el mareante trasiego del mundo molecular o el bullicioso espectro electromagnético invisible trascienden el nuestro). La bandera patria colgada de un balcón sí se encuentra dentro de la esfera cognitiva de un cuervo, pero para este tiene tanta significación (ya tenga los colores de España o los de Papúa-Nueva Guinea) como para un humano las feromonas de una abeja o los cantos de una ballena.

El grado de inteligencia, o sea la capacidad de procesamiento de información, es tan importante a este respecto como lo es la posesión de información contextual. Los cuervos no están ni pueden estar al tanto de la situación política (es más, ni siquiera pueden llegar a concebir lo que es una "situación política") en una abstracción humana autoetiquetada con el nombre de "Cataluña": para ellos, una enseña nacional, una estelada o una bandera pirata son simples objetos inertes que ondulan a merced del viento. La rojigualda con toro dentro colgada de un balcón sí podría tener significación para un perro si este constatara una correlación entre dicha enseña y una mayor predisposición al maltrato animal de sus portadores (lo que, por cierto, no me atrevería a descartar).

Como humanos sabemos positivamente que un árbol con las hojas mustias indica falta de agua -y que ello representa una amenaza para la vida del vegetal-, que una piedra en trayectoria descendente acabará cayendo al suelo y haciendo daño a alguien si se cruza en su camino (esto también lo sabe un gato o un hipopótamo, aunque desconozcan los fundamentos teóricos de la fuerza gravitatoria), que un león durmiendo no es una amenaza mientras siga en ese estado (aunque conviene mantener las distancias) y que una bandera española prendida de un balcón cuando no se celebra un título de La Roja delata a votantes del PP, Ciudadanos o la extrema derecha.

Todo, incluidos nosotros mismos, va dejando un reguero de información a su paso por el espacio-tiempo. Solo hay que ser inteligente, y tener los sentidos y medios de observación adecuados, para acceder a esos datos. La ruta de un león puede trazarse siguiendo sus huellas o mediante algún dispositivo de geolocalización. La antigüedad de un árbol recién talado puede conocerse por el número de anillos de su tronco. Las circunstancias y los culpables de un homicidio pueden determinarse gracias a técnicas forenses que incluyen análisis genéticos. Los restos de un dinosaurio o cualquier otro ser vivo del pasado pueden ser fechados gracias al preciso reloj del carbono 14. La expansión del Universo, o sea la separación creciente entre sus galaxias, puede ser constatada por el llamado efecto Doppler (el desplazamiento al rojo de la longitud de onda de la luz procedente de las estrellas más lejanas).

La piedra cayendo desde lo alto del acantilado puede haberse desprendido de manera espontánea o haber sido arrojada voluntariamente por alguien. En el segundo caso puede ser producto de una acción lúdica infantil (a los niños les encanta tirar piedras), de un arrebato de ira de una persona agobiada por a saber qué problemas o de un tipo que busca deliberadamente hacer daño a alguien que está abajo. La interpretación de todo objeto o fenómeno depende de la inteligencia y la información de la que dispone cada agente cognitivo: cuanto menos inteligencia y menos datos posea, más estará sujeto al error (capítulo aparte es la irracionalidad, como la de la persona muy religiosa que cree que un ángel le ha arrojado la piedra a modo de aviso por estar masturbándose abajo).

No obstante, toda realidad se presta a diversas lecturas o interpretaciones igualmente válidas. Así como una bandera es al mismo tiempo un trapo y un símbolo (para los humanos), un libro es también muchas cosas: un contenedor de un mensaje (a su vez sujeto a múltiples interpretaciones de sus lectores), una fuente de alimento para una cabra, un objeto para calzar una mesa o matar un mosquito (como arma letal sirve igual una obra de Borges que un bodrio de Dan Brown), un material combustible para una hoguera... ¿Y si el Universo fuera, además de energía-materia y de un escenario para la consciencia, él mismo un mensaje?...

martes, 28 de noviembre de 2017

¡¡Existen los gnomos!! (y también Osiris y Batman)


La clave de nuestro éxito como especie no es tanto nuestra cultura material como la capacidad de imaginar cosas inexistentes. El historiador Yuval Harari sostiene que gracias a entes ficticios como los dioses o las naciones hemos podido cooperar a gran escala, producir una formidable cultura material y convertirnos así en los reyes del planeta.

Pero si podemos imaginar tales cosas es porque están de algún modo ahí fuera (del espacio-tiempo) o ahí dentro (de nuestra mente). En cualquier caso, al imaginarlas ya pasarían a tener sustancia y surtir efectos. Esto nos lleva a aceptar que, además de Dios (en realidad, de todos los dioses y demonios), también existen las hadas, los gnomos y los pajaritos preñados, aunque evidentemente no en el ámbito de nuestro mundo físico. ¿Porque alguien acaso niega la existencia de la economía financiera o del madridismo ateniéndose a su evidente inmaterialidad?...

Este es el planteamiento que expone Patrick Harpur en su libro Realidad daimónica. Hace medio siglo, en la misma línea, Carl Jung ya apuntó en Un mito moderno. De cosas que se ven en el cielo que las historias de platillos volantes no eran falsas sino verdaderas aunque no literalmente: los ovnis serían proyecciones del inconsciente colectivo que radica en lo más profundo de la psique humana, al igual que los sueños. ¡Y cuántos sueños o alucinaciones (por ejemplo, las de Juana de Arco) no habrán llevado a actuar y marcar de manera decisiva el devenir del mundo!

Tal visión ampliada de la realidad (porque, insisto, los unicornios, los marcianos verdes con antenas, Thor y las apariciones marianas serían reales en su ámbito, de igual modo que la señorita Escarlata O'Hara, el profesor Walter White, El Vengador Tóxico y Mario Bros) nos sugiere no descartar que nuestro mundo físico, que tan tangible nos parece, sea fruto de alguna inimaginable (al menos por nuestras rudimentarias mentes) imaginación de orden superior.

Como nos cuenta el físico Pseudópodo en una magnífica entrada en su blog, "nadie vive en la realidad entera. El problema es cuando alguien cree que su subespacio es la única realidad y se empeña en negarle dimensiones al mundo. (...) La lección que me enseña la ciencia es que hay más cosas en el cielo y en la tierra de lo que puede soñar nuestra filosofía".

jueves, 9 de noviembre de 2017

Un extraño efecto óptico pone en apuros a Alfonso Ussía

El escritor Alfonso Ussía protagonizó el pasado fin de semana un desagradable incidente en un coto de caza de Hinojosa del Duque (Córdoba) donde tenía lugar una concurrida capea. Debido a un rarísimo efecto óptico tipificado como "efecto traje de baño lumínico" (más conocido entre los científicos de baja extracción social como "efecto bañador lumínico"), fruto de la irregular refracción de la luz a última hora del día, el elegante traje cruzado azul que lucía con corbata a juego, pañuelo bordado granate e insignia del Real Madrid asemejaba a varios metros de distancia una bandera de la extinta Unión Soviética -con su correspondiente hoz y martillo- con el rostro inscrito de Paco Clavel. Varias personas asistentes a la capea expresaron de manera más o menos abierta su malestar con Ussía, desconocedor de lo que le ocurría. El propio guarda del coto llegó a abandonar la parrilla en la que asaba varias piezas de caza para intentar embestir con un pincho, al grito de "maricona podemita", al conocido escritor, que tuvo que ser protegido por un conocido torero y por un costalero a la sazón miembro del consejo de administración de una importante empresa gasística nacional.

Quienes rodeaban al literato no advirtieron semejante aberración cromática, pero sí fueron testigos de excepción de otro suceso igualmente extraño aunque del todo inexplicado (aparentemente relacionado con la alteración óptica), merced al cual las palabras que salían de la boca de Ussía eran inequívocamente catalanas pese a ser proferidas -tal como ha confesado posteriormente el propio escritor- en castellano. "Això és molt lleig, això és molt lleig!", recoge la grabación del móvil de una cantante de copla que figuraba entre los invitados al evento. Lo más llamativo para los investigadores del caso no es tanto la conversión idiomática como que esas palabras en catalán fueron exclamadas en forma de canto y siguiendo el patrón de melodías de la nova cançó. Cuando llegaron policía y personal médico al coto, Ussía se encontraba diciendo "què m'han fet aquests bastards, que m'han fotut la festa" con el esquema melódico del tema Què volen aquesta gent de María del Mar Bonet. La entonación de L'estaca de Lluís Llach, comenzada inmediatamente después con frases como "me les pagareu totes juntes, amb mi no es juga, maleïts cabrons", fue interrumpida tras serle administrado un sedante.

El escritor ya ha anunciado que emprenderá acciones penales contra su sastre y contra José Luis Rodríguez Zapatero, quienes han declinado toda responsabilidad al respecto. No consta en la literatura médica patología alguna relacionada con el "efecto traje de baño lumínico", al que jamás se había asociado un caso de aberración sonora como el sufrido por Ussía. Ahora es la ciencia la que debe pronunciarse.

sábado, 28 de octubre de 2017

Más de 500 millones de descargas de la tesis doctoral de Slavoj Zizek

Ya son más de 500 millones de personas en todo el mundo, entre las que se cuentan unos dos millones y medio de catalanes, las que se han descargado de Internet la tesis doctoral del filósofo esloveno Slavoj Zizek: La relevancia teórica y práctica del estructuralismo francés. A lo largo y ancho del planeta, desde pistas de skate hasta locales de tatuajes y piercing pasando por zocos, iglesias evangélicas, carnicerías, baños turcos, castellers y vagones de metro, proliferan acalorados debates entre quienes subrayan la influencia de Lacan en el pensamiento posmoderno y quienes se inclinan más por Deleuze (son menos los que se decantan por Derrida, que sin embargo cuenta con un nutrido club de fans entre los ultras del Girona FC). Uno de los participantes de OT 2017, que ha pedido ocultar su identidad, ha manifestado precisamente su preferencia por Derrida valorando su "deconstrucción dialéctica como potente herramienta de análisis conceptual y contrapeso a la hegemonía del pensamiento líquido". A este le ha salido al paso de manera contundente un concursante de Gran Hermano 18 que igualmente ha preferido ocultar su identidad (aunque ha confesado ser seguidor de Alan Badiou): "Derrida es un exponente involuntario del socialfascismo más regresivo". Las descargas de la tesis de Zizek han desbordado las previsiones más optimistas, eclipsando al también trabajo doctoral del físico Stephen Hawking disponible desde hace unos días (este último ha suscitado encendidas discusiones acerca de las implicaciones para la expansión del universo de las perturbaciones en la curvatura del espacio-tiempo, que en lugares como Karachi, San Pedro Sula o Manila han llevado incluso a enfrentamientos callejeros).

lunes, 23 de octubre de 2017

Izquierdistas que avergüenzan a la izquierda

Muchos supuestos izquierdistas actúan de manera reactiva en Internet y redes sociales contra todo aquello que identifican -o que sus líderes identifican- como el enemigo. Para estos usuarios no existen los matices, todo es blanco o negro, o con nosotros o contra nosotros: no tardan en etiquetar al enemigo de "fascista", "facha" o "neoliberal" y de pasar al ad hominem. Por supuesto que hay muchos más ignorantes y trolls derechistas y apolíticos, pero mi crítica se dirige específicamente a quienes desde la izquierda jamás tienen dudas (y si las tienen, las despejan de inmediato consultando el manual), atribuyen sistemáticamente estupidez o mala fe al adversario, retuitean algo sin haberlo leído, participan en el linchamiento mediático de los enemigos señalados o siguen como borregos a alguien por el mero hecho de tener patente de progresismo. Con todo ello solo logran desprestigiar a la izquierda y al mismo tiempo dañar causas verdaderamente progresistas (no como la independencia a las bravas de Cataluña) como el combate contra la precariedad social, el machismo, el clericalismo, el racismo o el cambio climático.

viernes, 6 de octubre de 2017

Empujados al abismo por la quimera nacionalista catalana: ¿Vale realmente la pena?...

 Foto de Dietmar Rabich.

La convivencia nunca es fácil, ni puede darse por sentada si detrás no se halla el poder disuasorio y coercitivo de la ley. Resulta más sencillo cuando hay más capital social, o sea una mayor confianza mutua entre los ciudadanos (por eso es más cómodo convivir en Dinamarca que en Honduras), pero no basta con ese pegamento integrador para disfrutar de una existencia civilizada. Mal que les pese a anarquistas ilusos y jipis, la naturaleza humana obliga a toda sociedad avanzada a limitar los derechos de los individuos (la libertad de cada uno debe terminar donde empieza la del otro), forjar instituciones reguladoras de la vida social y esforzarse continuamente por apuntalar delicados equilibrios políticos, sociales y territoriales (mediante la división y contrapeso de poderes, la fiscalización de los más poderosos, el diálogo fluido entre los principales agentes sociales, la redistribución personal y territorial de la renta, la protección legal de las minorías, etc.) para asegurar una cierta armonía e impedir que rija la ley de la selva. No podemos confiar en la buena voluntad de los individuos -ni siquiera en la de nuestros gobernantes, por supuesto- porque siempre habrá sinvergüenzas, incumplidores, maltratadores y desalmados.

Cautivados por los cantos de sirena y las abiertas mentiras de sus nacionalistas, muchos catalanes no han advertido la complejidad y las interdependencias intrínsecas a toda sociedad democrática moderna. Hay que ser muy incauto, o haber sido groseramente manipulado por demagogos de la peor especie, para creer que una sociedad compleja como la catalana (por su bilingüismo, su peculiar historia, sus relaciones con España, su propia diversidad cultural) pueda romper a las bravas -y de manera tan chapucera- con los demás españoles sin graves consecuencias de toda índole: políticas, económicas, afectivas... Como si esto fuera un divorcio exprés de una pareja sin hijos que se resuelve con un par de firmas y un "buena suerte". Reventar de este modo un sistema como el constitucional, criticable pero fruto de un amplio consenso y delicados compromisos, tiene inevitablemente un muy alto precio. Es mejor hacer los experimentos sociales con gaseosa, sobre todo cuando se vive relativamente bien, en paz, con una amplísima autonomía y sin ninguna bota encima (aunque, desde luego, siempre habrá gente más rica y poderosa que otras, ya sea en Cataluña, en España, en Venezuela o en Papúa, así como poderes fácticos internos y externos).

¿Cómo iba a ser fácil la convivencia entre la gente y entre los pueblos si ni siquiera lo es en el marco de una familia o una pareja? En el caso español, la armonía territorial pende desde la llegada de la democracia de hilos más frágiles de lo que pensamos. La democracia no hubiera sido posible en nuestro país de haber reconocido inicialmente a algunos territorios como "naciones" (o de haber revestido la forma de república): el entonces influyente Ejército, aún con el recuerdo fresco de Franco, no lo hubiera permitido. Pese a ello, se ha podido construir un Estado de las autonomías bastante descentralizado. Uno de los componentes de ese pacto constitucional es el cupo vasco y navarro (ansiado estos últimos años por Cataluña), cuya pervivencia es una de las claves del encaje de estas dos comunidades en España. Lo mismo puede decirse del régimen especial de Canarias, dada su insularidad y ultraperificidad. España es, nos guste o no, una realidad plural y compleja. Podemos cambiar las cosas mediante el diálogo y la negociación, pero romper destemplada y unilateralmente la baraja es una insensatez que nos afecta negativamente a todos.

Desinformados y emponzoñados por políticos irresponsables y mendaces, muchos catalanes no se han parado a pensar en que no había necesidad alguna de fracturar su ciudadanía de esta forma y ponernos a catalanes y españoles (y de rebote a la Unión Europea) al borde del abismo solo para dejar de contribuir a las arcas de España, desembarazarse de la bandera rojigualda y poder presumir de Estado independiente (aunque sea un Estado fallido, como aventuran casi todos los expertos). Mi amigo kurdo Kamran Matin (míralo aquí hablando hace un par de días en Al Jazeera acerca del referéndum en el Kurdistán iraquí) me trasladaba esta semana su perplejidad ante este "nacionalismo del rico", él que procede de un pueblo pobre y verdaderamente oprimido que ha visto a su gente culturalmente ninguneada (hasta hace bien poco en Turquía) e incluso gaseada y salvajemente bombardeada (en el Irak de Sadam Hussein y en la misma Turquía del islamista Erdogan).

No me valen aquí las apelaciones a un supuesto derecho sagrado a la autodeterminación, ya que el mío pretende ser un análisis racional y pragmático (a diferencia del enfoque nacionalista, basado en las emociones y la visceralidad, amén de en la mentira). Cada cual es libre de sentirse como le plazca: solo catalán, más catalán que español, igual de catalán que español, más español que catalán... Y de enarbolar la bandera que le dé la gana. Pero es una temeridad ampararse solo en lo sentimental para dar lo que sería un verdadero salto al vacío, dadas las estrechas interdependencias entre Cataluña y España y la oposición a la aventura independentista de casi la mitad de los catalanes. La culpa es del nacionalismo, una ideología tóxica por su naturaleza excluyente, que ha sido bien abonado en las tierras del Principat en las últimas décadas (no niego también la cuota de responsabilidad de los nacionalistas separadores del otro bando, de los que ahora insultan a Piqué y antes chillaban "Pujol enano, habla en castellano", gente convencida de que solo se puede ser español a su manera).

Lo que está en juego ya no es tanto la unidad de España, algo que sinceramente no me quita el sueño, como el bienestar y la convivencia pacífica de los españoles con independencia de sus distintas ideas o sentimientos identitarios. Los nacionalistas catalanes están dispuestos a tener su Estado a cualquier precio, por alto que este sea; aunque suponga la salida del euro y de la Unión Europea (de hecho, eso es lo que quieren los extremistas de la CUP, dentro de su hoja de ruta hacia una demencial república popular sin patriarcado). Pero lo peor es que el nacionalismo amenaza con romper la paz social en Cataluña y el resto del Estado, donde el nacionalismo españolista de infausto recuerdo está despertando y retroalimentándose con el catalán. Los parecidos con la Yugoslavia de 1990 y 1991 empiezan a ser muy preocupantes. Además del ineludible peaje sangriento, este conflicto podría desatar una nueva crisis de la deuda soberana en los países del sur de Europa con suficiente potencial como para dinamitar el euro y la propia UE, cada vez más asediada por ultranacionalistas y populistas (por no hablar del probable efecto imitación en sitios como el País Vasco o Flandes). Y si la UE desaparece, no tengan ninguna duda de que no pasará una generación antes de que vuelvan a arder sus pueblos y ciudades como hace más de 70 años. ¡Menudo panorama! ¿Vale sinceramente la pena?... La culpa, como casi siempre, será nuestra: de quienes votamos a los políticos que gobiernan en España y, sobre todo, en Cataluña.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Izquierda, nacionalismo y religión (a dos días del aquelarre nacionalista del 1-O en Cataluña)


Además de burdo y simplista, el nacionalismo es una ideología tóxica por su naturaleza excluyente que enfrenta inevitablemente a unos humanos con otros. Lo mismo puede decirse de la religión, con la que está frecuentemente hermanado (a su vez, deformadora de mentes infantiles, generadora de fobias, miedos y traumas, verdugo del conocimiento y la felicidad propia y ajena). No sorprende pues el nacionalcatolicismo (ideología oficial del franquismo) de algunos de nuestros obispos, que salvo en la bandera esgrimida no se distingue demasiado del de las iglesias de Cataluña (donde abundan los prelados y curas que abogan por levantar nuevas fronteras, abrazando el independentismo como una extensión del cuarto mandamiento), País Vasco (donde no son pocos los religiosos que simpatizan con nacionalistas e incluso lo hicieron con ETA), Irlanda (ídem, pero sustituyendo ETA por IRA) o Croacia (donde en la Segunda Guerra Mundial hubo incluso monjes dedicados a degollar a mansalva a serbios, judíos y gitanos). Y no olvidemos a Rusia, cristiana pero no católica, donde la jerarquía ortodoxa se ha convertido en un firme aliado del autócrata Putin por defender la gran nación eslava y poner firmes a homosexuales, librepensadores y zorras.

La izquierda democrática del siglo XXI, si quiere ser fiel a su condición de progresista, no debe estar jamás alineada con nacionalistas ni reírles gracia alguna. Ni, claro está, con enemigos del laicismo (esto no quiere decir que no tolere a unos y otros dentro de los límites de una democracia civilizada), sean de nuestra religión patria o de cualquier otra supuestamente de paz. Nacionalismo izquierdista es un oxímoron, lo mismo que izquierdismo confesional. No es de izquierdas un caudillo populista como el nicaragüense Daniel Ortega que, para congraciarse con la jerarquía católica más rancia de su país, prohíbe abortar a niñas violadas aun cuando peligren sus vidas por seguir con el embarazo. No son de izquierdas quienes como ERC -por cierto, Oriol Junqueras es católico practicante- o Bildu anteponen supuestos derechos sagrados de territorios a los derechos de la gente (en el caso de Bildu no ha pasado mucho desde cuando jaleaban a quienes daban tiros en la nuca y ponían coche-bomba). Y si acaso fueran de izquierda, y si también lo fuese una formación extremista -en el peor sentido de la palabra- como la CUP, entonces quizá habrá que ir buscando otra etiqueta para la izquierda democrática, tolerante, laica, sensata e internacionalista del tercer milenio.

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