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viernes, 24 de febrero de 2023

De guerra, buenos y malos


La película bélica Sin novedad en el frente me ha impactado mucho. Es una obra artística tan bella como terrible, en la estela de Salvar al soldado Ryan al retratar la guerra en su verdadera crudeza (sucia, caótica, repugnante, gore), no como los panfletos propagandísticos del cine clásico hollywoodiense. Y en la que los buenos y los malos están repartidos entre los dos bandos enfrentados, como siempre es el caso (ello no obsta para que a veces la causa de un bando sea la justa y la del otro la injusta, como ocurrió en la II Guerra Mundial y ahora en Ucrania). 

Sigue habiendo no pocos simplones que creen que los combatientes alemanes eran todos malos en la I y II Guerra Mundial, al contrario que los franceses, británicos o norteamericanos (buenos y sanos chicos todos ellos, supuestamente). Que ahora también compran la absurda idea de que los rusos son unos malvados y los ucranianos son seres de luz (o al revés, si eres un simplón alternativo), lo que ha llevado incluso a cancelar manifestaciones culturales y artísticas rusas que forman parte de lo más valioso del patrimonio de la humanidad. La culpa en el fondo es de los políticos y los medios de comunicación de masas, al fijar y reforzar estereotipos simplistas. 

No hay países buenos y malos en una guerra, sino personas buenas y malas bajo circunstancias políticas y sociales difíciles marcadas por ideas tóxicas como el nacionalismo, el comunismo o el integrismo religioso. La maldad es transversal a nacionalidad, etnia, religión, sexo, preferencias sexuales, edad e ideología. La gente de la peor calaña siempre está ahí presente, pero solo cuando el orden legítimo quiebra adquiere un protagonismo que en circunstancias de normalidad democrática le está vedado: es, por poner un ejemplo muy ilustrativo, el salto del fondo sur de un estadio de fútbol al checkpoint paramilitar en una carretera (o, a más alto nivel, desde la dirección de un grupo criminal a un alto cargo público). En guerras, regímenes autoritarios y Estados fallidos (véase Haití o Libia) es cuando los malvados resultan más dañinos por estar más empoderados.

Es muy poco conocido el ponzoñoso papel desempeñado por la Iglesia católica francesa en la I Guerra Mundial animando a los jóvenes de su país a matar alemanes en nombre de Dios. O el hecho de que generales franceses se empeñaran en utilizar miles y miles de reclutas como carne de cañón y ordenaran ejecuciones de desertores. Porque las tintas se cargan solo contra los perdedores de la contienda. En la II Guerra Mundial las cosas están mucho más claras por la existencia del monstruo nazi, pero los alemanes de 1940 no eran peores que los españoles o los británicos de 2023: la diferencia estriba en que, aupada por un régimen y una ideología de lo más siniestro, su peor gente (psicópatas y sádicos) tenía entonces poderes en los ministerios, los cuarteles, las comisarías, las cárceles y los campos de exterminio que la peor gente de España y Gran Bretaña no tiene en nuestros días. Las fichas humanas son las mismas; solo difiere su ubicación en el tablero, a su vez determinada por el ordenamiento político de una sociedad.

Sin novedad en el frente, desde una perspectiva alemana al igual que Das Boot (1981), no solo es una crítica al militarismo germano sino también al francés y a cualquier otro. Así como a la extremada dureza del armisticio, germen de otra guerra mucho peor. Mientras gerifaltes de uno y otro bando comen a cuerpo de rey y se permiten afear a sus inferiores la calidad de un vino o de un croissant, chicos de 18 años de ambos lados son arrastrados por ellos a morir brutal y absurdamente. En Vida y destino, el escritor ucraniano y ruso Vasili Grossman refiere lo mismo en el escenario de la batalla de Stalingrado: "No eran más que niños y en el mundo todo se confabulaba para enviarlos bajo el fuego. (...) Y en el oeste los hombres aguardaban para golpearles, despedazarlos, aplastarlos bajo las orugas de sus tanques". Qué injusto e insoportablemente doloroso, qué sobrecogedor para unos padres, ese derecho otorgado a un hombre desconocido para mandar a la muerte a su querido hijo cuidado desde la cuna. El también ucraniano y ruso Nikolái Gógol narraba con poética emoción en su novela Taras Bulba el pesar de la madre de los dos jóvenes cosacos a los que su padre se disponía a llevar con orgullo al campamento de Zaporiyia (Ucrania): "Acurrucada junto a sus hijos les arreglaba la cabellera, los bañaba con sus lágrimas, los contemplaba sin cesar como quien no puede saciarse". Sin novedad en el frente empieza precisamente con las imágenes de una zorra durmiendo acurrucada junto a sus cachorros dentro de una madriguera.

Esta gran película deberían verla sobre todo los buenos rusos engañados por Putin. Los cuatro amigos alemanes que parten juntos al frente en 1917 son buenos chicos omnibulados por el patriotismo, a cuyo servicio ponen la sana camaradería que los une. En la guerra verán que hay tipejos sin compasión con mando sobre ellos. Y descubrirán que sus homólogos franceses son en el fondo como ellos, unos infelices enviados a la muerte por desaprensivos. Lo más terrible es esa implacable maquinaria social, esas invisibles cadenas de transmisión jerárquica que los empujan inevitablemente a morir en la flor de su vida. Morir en tu juventud matando como una hormiga-soldado a otras personas como tú solo porque lucen distinto uniforme se me antoja un insulto no solo a la vida sino a la inteligencia (bien distinto es apuntar al mercenario que te amenaza, al autócrata que lo manda o al patriarca religioso que lo bendice). Y ya lo más absurdo y desgarrador es matar y morir un minuto antes del final oficial de las hostilidades. Unos tres mil soldados murieron en las horas previas a las 11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918, cuando entró en vigor el armisticio firmado por los alemanes. Esa misma noche, los generales de uno y otro lado volverían a cenar copiosamente.

domingo, 20 de marzo de 2022

Guerra en Ucrania: otra vuelta de tuerca a mi hobbesianismo



Los acontecimientos en España y en el mundo en los últimos años (desde el Brexit y la elección de Trump y Bolsonaro hasta la pandemia covídica y la invasión rusa de Ucrania) han reafirmado no solo mi temor a la peligrosidad de la estupidez humana sino también mi hobbesianismo. Vengo diciendo en este blog desde hace una década que la hijoputez es una constante que hay que asumir (no es algo erradicable) y combatir sin demasiadas contemplaciones: no hay que excluir la cadena perpetua o el eventual envío de algún dron.

No voy a decir sobre Ucrania nada sustancialmente diferente a lo que ya comenté sobre dramas como el de los refugiados sirios o el de los elefantes masacrados. Los componentes del juego siempre son los mismos: codicia, ignorancia, estupidez, maldad y, en este caso, también fanatismo nacionalista (por fortuna, como contrapunto que hace que vivir valga la pena, también están la integridad, la compasión y el altruismo). Y siempre pasa igual: desde tipejos que extorsionan, engañan o maltratan a los refugiados ucranianos (como otros ya hacían con los sirios) hasta mercenarios llegados al escenario bélico para hacer de las suyas (a todo mercenario -alguien que cobra por ir a matar- solo se le puede desear la muerte, para así proteger a personas, animales, plantas y cosas) pasando por gentuza que en todas las escalas sociales pretende obtener ganancias a río revuelto.

Cuando estalla una guerra es la gran hora de psicópatas ramboides como el grupo armado ruso Wagner o el batallón neonazi ucraniano Azov. Gente de la peor ralea abandona el gimnasio, la puerta de la discoteca y el fondo del estadio de fútbol para ir a pasárselo bien, a diferencia de los pobres chicos reclutados a la fuerza o de los militares profesionales con principios. Siempre me opondré a esa visión del "todos podemos ser unos monstruos" sostenida por no pocas personas inteligentes y con conocimiento, desde Pablo Malo a Arturo Pérez Reverte. Muchos no somos unos santos e incluso podríamos llegar a ser muy dañinos, presa de alguna enajenación mental o de la rabia desatada frente a un asesino. Pero de ahí a regodearse torturando y acabando con la vida de un inocente hay un abismo. Huelga señalar que un niño de cuatro años o una persona normal de cualquier edad (con todos sus defectos y pequeñas o medianas mezquindades) son inocentes y que Franco, Stalin, Gaddafi o Sadam Hussein son culpables (de hecho, todos ellos llegaron arriba gracias a la ventaja conferida por su psicopatía), tanto como ejecutores secuaces de la calaña de Billy el Niño, la torturadora norteamericana en Irak Lindie England o el cortacabezas ceutí de Estado Islámico.

Insisto: tenemos que neutralizar con todos los medios a nuestro alcance, algunos de ellos necesariamente letales, a quienes disfrutan causando sufrimiento al prójimo (también a quienes lo hacen por puro interés o por una convicción ideológica o religiosa, aunque en este último caso se trate de agentes morales). Y a quienes los instrumentalizan en las altas esferas para ejecutar sus planes criminales. Y protegernos de los imbéciles, inconscientes y desaprensivos que les dan cobertura, ya sea en un púlpito religioso, en una emisora de radio o en un colegio electoral a la hora de votar. Poniendo el ejemplo de Ruanda 1994, hay que arrebatar el machete al asesino (si no hay otra opción, a tiro limpio) y mandar a La Haya al político y al agente mediático (Radio de las Mil Colinas) que lo instiga. Y ya de paso implantar una epistocracia, aunque ese es otro debate (Trumps, Dutertes, Johnsons y Bolsonaros jamás llegarían al poder en democracias con voto cualificado)...

Ya dije que en Ucrania el esquema es el mismo que en el caso de los elefantes. Los imbéciles o inconscientes que demandan marfil son en Ucrania los ultranacionalistas que quieren erradicar la lengua rusa; y en Rusia, quienes apoyan en las urnas a un sátrapa. Los desaprensivos que ofertan marfil son quienes en Ucrania intentan aprovecharse de los refugiados y desprecian a los inmigrantes subsaharianos, y quienes en Rusia son cómplices de las atrocidades de Putin. Los más bestias son los que disparan a los paquidermos y los que masacran a gente haciendo cola por el pan (no creo que Putin dé órdenes de hacer eso, no porque le preocupen esas vidas sino porque no le conviene mediáticamente). Como siempre, mueren los elefantes y muchos humanos inocentes: Homo homini lupus (Homo hijoputensis y Homo fanaticus, para ser más rigurosos, ya que malvados y fanáticos siempre han sido una minoría; los estúpidos que les dan cobertura sí que son más numerosos).

Vuelvo a repetirlo nuevamente, por si no quedó claro: un mercenario de Wagner o un francotirador de Sarajevo son CULPABLES. Así pues, una misma bala es moralmente ambivalente: es mala cuando es disparada desde un balcón contra un transeúnte inocente en la capital bosnia; es buena cuando es disparada hacia ese mismo balcón contra quien se dedica a matar indiscriminadamente (algo propio de un psicópata o un sádico).  

Pérez Reverte ha visto muchas cosas feas y conocido la cara humana de algunos  matarifes (Hitler también era cariñoso con sus perros), pero no llegó a estar en un campo de concentración nazi como Viktor Frankl. Recordemos sus palabras al respecto:

"Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: "raza" de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero, asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración".


sábado, 26 de febrero de 2022

Cisnes negros y Ucrania


Mi abuelo Nicolás, fallecido en 1980, jamás podría haber imaginado un titular de la guisa de "Rusia ataca Ucrania": hace 40 años eso solo podría ser concebido por un escritor de ciencia-ficción y ucronías distópicas como Philip K. Dick. Pero el mundo es caótico e imprevisible, no deja de haber cisnes negros y sorpresas (me pregunto si hubiese considerado más disparatado el hecho de que un desconocido equipo de Tercera -el Villarreal- se quedara a un paso de la final de la Copa de Europa en 2006).

Como decía ayer en la tele el exministro de Defensa Eduardo Serra, mucha gente se ha creído que la guerra en Europa es necesariamente cosa del pasado. La paz nunca es un estado natural de los asuntos humanos o una conquista definitiva: hay que esforzarse siempre en mantenerla (como los equipos se esfuerzan por no bajar a Segunda) con las instituciones adecuadas, algunas de ellas de naturaleza coercitiva. El problema es que en Europa occidental, tras la Segunda Guerra Mundial, nos hemos acostumbrado tanto a la paz que hemos llegado a creer que esta es irreversible. Y no lo es, insisto.

Sin perder de vista el sentimiento imperante en Rusia (no del todo infundado) de que Occidente les ha acorralado y faltado al respeto tras la caída de la URSS, el principal culpable de esta guerra es el nacionalismo. Para no variar. Un nacionalismo instrumentalizado en este caso por un sátrapa sin escrúpulos, con vocación de zar, que al menos puede presumir de haber devuelto el orden y cierta prosperidad a un país destrozado moral, económica y socialmente hace 20 años.

Esta invasión ha sido perfectamente calculada por Putin (no es un agente irracional, como ha dicho nuestro ministro de Exteriores) para dar un golpe en la mesa y devolver a Rusia el rol de superpotencia a la que no se puede chulear o ningunear. Está claro que el camino de Ucrania hacia la OTAN era una línea roja para él y mucha gente en Rusia. Y esto es comprensible. Pero otra cosa es invadir el país con tamaña brutalidad para imponer su neutralidad y de paso anexionarse un buen tajo, dentro de su plan de revivir la Unión Soviética en clave nacionalista rusa y cristiano-ortodoxa.

Una enseñanza que hay que sacar de lo ocurrido es que Europa tiene que unirse políticamente y dotarse de un ejército común coordinado con la OTAN, una pieza insustituible ahora misma de nuestra defensa y de la seguridad colectiva mundial.

Otra es que no se debe partir en dos una sociedad compleja, con al menos dos almas dentro (una de ellas, rusa), con una decisión divisiva como la de acercarse a la OTAN. Eso solo alimenta nacionalismos antagónicos. El caso de Ucrania tiene ahí semejanzas con Cataluña, donde la convocatoria de un referéndum por la independencia fue el acto divisivo que alimentó nacionalismos encontrados. Por fortuna, en nuestro país la cosa no fue a mayores (amén de no tener potenciales efectos globales).

Un incierto futuro se abre ante la aterrorizada Ucrania, con las inevitables implicaciones (sobre todo en términos de refugiados y desplazados) en su vecindad. Pero mi gran temor es que el agente racional (aunque sin escrúpulos) Putin cometa el error de creer que una pequeña escaramuza intimidatoria en Finlandia o Suecia, para frenar un posible ingreso exprés en la OTAN (ya se lo plantean allí con buenas razones), no le saldría muy cara al no estar estos dos paises bajo el paraguas defensivo de la Alianza: eso sería un 1 de septiembre de 1939. Esperemos que el cisne negro de una Tercera Guerra Mundial no salga del espacio imaginario de las ucronías distópicas.


viernes, 8 de abril de 2016

Cara y cruz del 'Homo sapiens'

Me encontraba de pie, apoyado en la puerta del vagón del metro, leyendo un libro apasionante: Sapiensdel historiador israelí Yuval Noah Harari (para más información, ateo, vegano y residente con su novio en un moshav o granja cooperativa). Dentro del vagón, dos hermanas de cinco o seis años llevaban un tiempo haciendo carrerillas en círculo bajo la atenta mirada de su madre. Estaban a punto de apearse en su parada cuando una de las niñas me miró y dijo: "¡Hola, señor!". La madre reconvino a las niñas con un gesto a medio camino entre el embarazo y la ternura: "Chicas, no molestéis a la gente del metro que no conocéis". "¡Es que son nuestros amigos!", repuso con una conmovedora naturalidad la misma hermana que me había saludado. Su madre y yo intercambiamos una sonrisa antes de que la puerta se cerrara y las tres siguieran su rumbo por Madrid.

Recordé entonces un pasaje del libro de Harari que había leído esta misma mañana también en el metro, en el que cuenta cómo se deshacían hasta no hace mucho los indios aché de Paraguay de las ancianas que se convertían en una pesada carga para la comunidad:
Uno de los hombres jóvenes se colocaba a hurtadillas detrás de ella y la mataba con un golpe de hacha en la cabeza. Un hombre aché contaba a los inquisitivos antropólogos los relatos de sus años de juventud en la jungla. "Yo solía matar a las mujeres viejas. Maté a mis tías. […] Las mujeres me tenían miedo. […] Ahora, aquí con los blancos, me he vuelto débil". 

También me vino a la cabeza el Ochéntame de ayer en TVE dedicado a nuestros veteranos reporteros de guerra, en el que éstos narraban las atrocidades de las que habían sido testigos pero también gestos nobles de personas anónimas que representan lo mejor de la humanidad. Carmen Sarmiento contaba el caso de una anciana pobre que se le acercó una vez en Beirut, al verla sentada y desolada sobre un montículo de escombros, con un vaso de agua en su mano temblorosa. Arturo Pérez Reverte relataba su encuentro con un perro con la pata rota en el campo de refugiados palestinos de Shatila (Líbano) tras la carnicería cometida en 1982 por ultraderechistas cristianos con la venia del Ejército israelí. El autor de El pintor de batallas confiesa seguir recordando a ese perro y sentirse "removido por dentro" por no haber podido ayudarle (ya no era posible hacerlo con los más de dos mil palestinos masacrados tanto allí como en la vecina Sabra): "Me produce mucho más remordimiento que muchas cosas que he visto".


Los humanos somos una cosa y la otra: buenos y malos, compasivos y despiadados. Nuestra especie ha sobrevivido no solo por su condición de terrible depredador sino también por haber cultivado la amabilidad, la cooperación y los cuidados -no solo el recelo y el odio- entre sus miembros. Harari sostiene que no somos ni ángeles ni demonios sino simplemente humanos (o sea, animales). Pero yo no dejo de pensar -y constatar- que hay buenas y malas personas en este mundo, incluso algunas muy buenas y algunas muy malas. El joven mataviejas aché no era un individuo típico: en su tribu no todo el mundo hubiese sido capaz de realizar su siniestra labor, ya que para eso hace falta mucha brutalidad y ausencia de compasión. Él sí, por supuesto, al igual que el vulgar capo del campo nazi, que el cortacabezas de Estado Islámico, que el hooligan serbio (o croata) convertido en paramilitar, que la señorita Lynndie England en Irak... No es cierto eso de que cualquiera en el lugar de ellos hubiera hecho lo mismo. Por desgracia, esos personajes seguirán existiendo hasta que llegue el Homo neosapiens, nuestra gran esperanza (al menos dentro del linaje humano).

lunes, 23 de noviembre de 2015

Otanismo de izquierdas, ¿por qué no?

El 12 de marzo de 1986, con 18 años casi recién cumplidos, debuté en las urnas como votante. La cita era muy especial: el referéndum sobre la permanencia en la OTAN convocado por el Gobierno del PSOE de Felipe González (el mismo partido que en 1981 daba sonora respuesta en la calle al ingreso en la organización militar acordado por el presidente Calvo Sotelo, y en cuyo programa de 1982 proponía explícitamente su abandono). Finalmente voté no a la permanencia en la Alianza Atlántica, pero reconozco que estuve a punto de ser convencido por la intensa campaña oficial desplegada por los socialistas reconvertidos en otanistas tras su llegada al poder (por cierto, la Alianza Popular de Manuel Fraga optó irresponsablemente por la abstención en un lamentable y fallido intento de hacer descarrilar al Gobierno).

Han pasado casi 30 años y creo que me equivoqué. De hecho, ahora mismo votaría "Sí" con pocas dudas. Han entendido ustedes bien: un claro sí a la OTAN, dicho por una persona que se considera progresista y de izquierda (de una izquierda democrática y con los pies en el suelo, no de izquierdas ilusas y/o liberticidas). Más si cabe en momentos de convulsión como los que vivimos en Europa, África y Oriente Medio. En los párrafos que siguen procuraré argumentar mi postura de la mejor manera que pueda. Juro que no soy un agente del imperialismo yanqui ni un fascista disfrazado de socialdemócrata ni un tipo al servicio del sionismo internacional (conforme al pensamiento izquierdista más burdo y simplón, solo queda la posibilidad de que sea un tonto del culo: serán ustedes los que juzguen si es así).

Nadie en su sano juicio -salvo anarquistas y pacifistas dogmáticos fuera de la realidad- pone en duda la necesaria existencia de la policía para asegurar una convivencia civilizada en un colectivo humano numeroso. No podemos confiar exclusivamente la paz social a la buena voluntad de los ciudadanos, ya que siempre habrá gente que incumpla las normas y pretenda hacer daño al prójimo: aquí, en Honduras o en Suecia. Es la naturaleza humana, nos guste o no. La policía es necesaria para ejercer el monopolio estatal interno de la violencia, pero para garantizar una convivencia civilizada debe estar al servicio de la legalidad democrática y no ser una partida de facinerosos a sueldo de un cacique o una rama uniformada del crimen organizado. Por eso no es lo mismo el cuerpo policial de un país centroamericano que el de uno escandinavo.

Lo dicho de la policía es igualmente aplicable al ejército. El mundo no es Disneylandia, siempre ha sido un lugar inseguro y peligroso (aunque se nos haya olvidado a las últimas generaciones de occidentales, aislados en nuestra burbuja de paz y relativo bienestar que ahora parece derrumbarse con la amenaza terrorista islamista). Por cierto, Occidente tiene una corresponsabilidad a este respecto, pero no es el único culpable: presentarlo como el malo de la película es de una simpleza extraordinaria. A lo que vamos: no es lo mismo un ejército al servicio de la legalidad democrática que otro a las órdenes de una dictadura o erigido en amo y señor de un país.

Y de los ejércitos nacionales pasamos a la esfera internacional. Tras 70 años de existencia de Naciones Unidas, sigue sin haber una policía mundial, un cuerpo internacional permanente con capacidad y legitimidad para intervenir si hace falta por la fuerza donde sea menester (los "cascos azules" no responden a esa definición): por ejemplo, en la Ruanda de 1994 para evitar el brutal genocidio ejecutado a base de machetes. Las reglas de Naciones Unidas, un club con algunos socios con derecho a veto y en el que conviven en pie de igualdad Estados democráticos, tiranías religiosas (como Arabia Saudí) y una monarquía comunista como la de Corea del Norte, hacen imposible fraguar una policía mundial plenamente operativa de consenso. A falta de ésta, tenemos en nuestra vecindad la OTAN o el músculo militar en solitario de EE.UU. No es lo ideal, pero en la vida no existe la perfección. No creo que a los kurdos de Rojava (norte de Siria) les importe mucho la procedencia del apoyo aéreo recibido para combatir al Estado Islámico: es la aviación de EE.UU. la que les está echando un cable, pero lo mismo lo agradecerían si fuera Rusia, Turquía (harto improbable), Madagascar o el mismísimo Monstruo del Spaghetti Volador.

Una organización de defensa colectiva como la OTAN (con EE.UU. dentro) es pues necesaria, llámese como se llame, en un mundo donde no hay una policía global. Por supuesto que habría que remozarla y ponerla claramente al servicio de nuestras democracias (de esas libertades tildadas de "formales" por cierta izquierda y que consisten, por ejemplo, en poder vivir tranquila y dignamente siendo opositor, ateo, mujer u homosexual): eso ya depende de nuestros Gobiernos, que a su vez dependen del voto de los ciudadanos. Renovemos la OTAN, transformémosla, ampliemos sus fronteras (incluyendo a una Rusia democrática) e incluso cambiémosle de nombre. Pongámosla bajo el paraguas legal de la Unión Europea o de alguna otra organización supranacional integrada solo por democracias. Pero no cometamos el error de suprimirla y precipitarnos al vacío, cegados por buenismos estúpidos con tanto fundamento como Papá Noël: como esa mandanga de que las flores, y no las armas, sirven para protegernos de los terroristas.
 

martes, 22 de septiembre de 2015

El Viacrucis de los refugiados sirios: una típica película protagonizada por humanos

Europa vive una crisis migratoria sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Dicho de una manera más concreta y personalizada, decenas de miles de sirios (pero también iraquíes, afganos, eritreos y otros) están embarcados en un largo, caro y peligroso viaje hacia el núcleo próspero de la Unión Europea, forzados a abandonar su país por la guerra y/o la persecución política: un periplo de miles de kilómetros marcado por la angustia, el frío, el hambre, la sed, el cansancio y, a veces, la muerte (ya se han convertido en cotidianas las terribles imágenes de niños ahogados en aguas del Mediterráneo), a expensas de traficantes sin escrúpulos y de otros desalmados que en ocasiones -dentro y fuera de la UE- llevan uniforme.

Para analizar este drama utilizaré el mismo modelo aplicado al tráfico ilegal de marfil en una entrada anterior titulada "La pena por el elefante". Porque, como escribí allí, "se trata de la típica película real protagonizada por humanos, con todo lo que conlleva: egoísmo, ignorancia, estupidez, maldad... Al igual que en las pelis de ficción también hay, por supuesto, cosas buenas como la gente que se indigna e incluso se rebela arriesgando su pellejo. El modelo explicativo aplicable es siempre el mismo, hablemos de tráfico de marfil, de peletería, de diamantes, de industria cárnica o de esclavismo". Y, claro está, de inmigración masiva...

Para empezar, hay que remontarse al año 2003, cuando el mendaz y escasamente cualificado presidente estadounidense George W. Bush (votado y respaldado por no pocos compatriotas ignorantes e imbéciles) conduce a su país y a algunos de sus aliados a una guerra desastrosa y contraproducente en Irak (que servirá para divertirse a seres de la calaña de la señorita England), creando un caos y un vacío político que años más tarde será llenado -tanto en Irak como en la vecina Siria- por fanáticos religiosos (en el mejor de los casos, ignorantes y estúpidos; en el peor, simples bestias) bien financiados por correligionarios adinerados del golfo Pérsico con cuentas en Suiza y cuasiesclavos asiáticos a su servicio. Estos fanáticos (musulmanes sunníes nativos y extranjeros venidos expresamente de otros países de la región, de África o de Europa) se hacen con el control de un vasto territorio a caballo entre Irak y Siria y siembran el terror entre cristianos, musulmanes chiíes, kurdos y todo aquel que desafíe a su autoproclamado Estado Islámico. En Siria les harán frente el Ejército del dictador Asad (apoyado por la milicia chií libanesa proiraní Hezbolá), las milicias laicas kurdas del norte (en un territorio independizado de facto de Damasco) y otras milicias laicas e incluso islamistas (como el grupo Al Nusra, cercano a Al Qaeda), a su vez enemigas del régimen de Asad. La población civil, atrapada entre varios fuegos y sometida a bombardeos indiscriminados, es desplazada masivamente de sus pueblos y ciudades y empujada al exilio.

Miles de personas, muchas de ellas junto a toda su familia, se ponen camino de la rica y tolerante Europa, donde nadie les va a echar bombas de barril ni a rebanar el pescuezo y podrán encontrar un trabajo del que vivir decentemente. Por supuesto, no todos son trigo limpio: sería absurdo (un bofetón a la estadística) que así lo fuera. Como tampoco eran buenos todos los republicanos que abandonaron España a finales de la Guerra Civil o todos los judíos que estaban en los campos de concentración y exterminio nazis (algunos de ellos colaboraron con los nazis y fueron tan crueles con sus hermanos hebreos como aquellos, tal como nos contó Victor Frankl en El hombre en busca de sentido) o todos los soldados aliados que felizmente derrotaron a Hitler hace 70 años. Como tampoco eran malos, por otra parte, todos los soldados de la Alemania nazi (muchos de ellos, como un primo hermano de mi madre, eran jóvenes obligados a servir).

Volvamos al siglo XXI. En su recorrido, los sirios bienintencionados -y también los otros- habrán de toparse con buena gente, pero también con imbéciles o inconscientes, con desaprensivos y con bestias (humanas). A casi todos los traficantes de personas podemos repartirlos entre estos dos últimos grupos: al primero (los desaprensivos) se adscriben los que pretenden sacar a los migrantes el mayor dinero posible y no se preocupan demasiado por su seguridad; el segundo está integrado por los que los estafan y son capaces de hundirles la balsa en medio del mar, causando directamente su muerte. Si llegan a suelo europeo, los sufridos migrantes se encontrarán de nuevo con gente que les ayudará (simples ciudadanos, voluntarios y no pocos empleados públicos y policías empáticos), pero también con gentuza racista que les pondrá la zancadilla o los mirará con recelo (entre ellos, no pocos policías que les inflarían a gusto a hostias si les autorizaran): una gentuza que está detrás de políticos xenófobos y nacionalistas como el presidente húngaro cristiano Viktor Orban (él bien sabe que está en el poder gracias en parte a esos votos que se disputa con los neofascistas de Jobbik).

Ya llegados a su destino (Alemania y Suecia suelen ser sus países favoritos para establecerse), los refugiados encontrarán otra mucha gente que se solidarizará con ellos y les apoyará, pero también otra legión de imbéciles o inconscientes (que se creerán que vienen a quitarles su trabajo o a robarles y votarán a quienes prometan echarlos), de desaprensivos y, por supuesto, de bestias. Y al mando, nuestros políticos tan denostados, temerosos de perder votos (hay que quitarse el sombrero ante la valentía de Angela Merkel, aunque es cierto que a Alemania -en general, a Europa- le interesa una inmigración cualificada para sostener su economía en el futuro) por ser demasiado generosos con los inmigrantes: mezquinamente temerosos de la mezquindad de muchos de los votantes a los que se deben (y también de su miedo al otro, alimentado por el auge del radicalismo islámico en las comunidades ya establecidas en Europa, lo que a su vez sirve de pasto a la extrema derecha nacionalista y xenófoba).

Este análisis no es incompatible con sesudos estudios académicos que ponen el acento en la crisis de la democracia partidista y el Estado del Bienestar en Europa, los riesgos del multiculturalismo y el choque de civilizaciones, la amenaza demográfica y ecológica global, el fracaso del Estado moderno y el secularismo en Oriente Medio, la artificialidad de las fronteras allí trazadas tras la caída del imperio otomano, el impacto geoestratégico de la emergencia en la segunda mitad del siglo XX de las petromonarquías del Golfo o la quiebra de las relaciones de dominación capitalista a nivel mundial (signifique lo que signifique esto). Pero tengamos en cuenta que en todo estudio social son los humanos -no solo los líderes sino los ciudadanos de a pie- los protagonistas. Y las motivaciones humanas son siempre las mismas, al igual que los tipos humanos: ahora, hace mil años y seguramente dentro de mil años (aunque, en ese lejano escenario futuro, la hipotética integración hombre-máquina alumbrando seres biónicos interconectados podría quizá depararnos alguna sorpresa).

**Este artículo de Arturo Pérez-Reverte ofrece un panorama no muy luminoso sobre el futuro de Europa a la luz de esta crisis migratoria. Creo que no le falta razón.

"Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: "raza" de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero, asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración" (Viktor Frankl, 1946)

sábado, 26 de abril de 2014

¿Tercera guerra mundial?

Los sucesos en Ucrania recuerdan mucho al comienzo de las guerras en la ex Yugoslavia en 1991: la aparición de milicias armadas con lo mejor de cada casa (neonazis ucranianos, bacalas rusófonos, cosacos asilvestrados, radicales serbios prorrusos...), la exacerbación nacionalista (agresivo nacionalismo ucraniano católico versus agresivo nacionalismo ruso ortodoxo), la retórica victimista manipuladora de las masas (para un lado, el enemigo son rusos opresores antieuropeos que quieren reconstruir la URSS; para el otro, ucranianos fascistas al servicio del perverso Occidente que quiere hundir a Rusia).

Los recientes acontecimientos en el este del país (lo de Crimea parece por ahora un asunto cerrado, tras el triunfo del órdago ruso de los hechos consumados) son mucho más inquietantes que los de la ex Yugoslavia porque implican a una potencia nuclear como Rusia y a una importante alianza militar como la OTAN, que se da por aludida pese a no estar ligada a compromiso alguno de defender a Ucrania por no ser ésta miembro del club (pero que ya ha tragado bastante con la anexión de Crimea).

El primer ministro de Ucrania ha llegado a ventilar la posibilidad de estar a las puertas de una Tercera Guerra Mundial. Podría parecer una boutade, una salida de tono de un Gobierno desesperado por el desgarro territorial del país, pero viene a cuento recordar que nadie pudo prever hace justo un siglo el estallido de un brutal conflicto armado de cuatro años que se cobraría la vida de más de diez millones de personas (la Primera Guerra Mundial fue un perfecto "cisne negro", como la descomposición de la URSS, los atentados del 11-S o la primavera árabe: según Nassim Taleb, sucesos sorprendentes de gran impacto y absolutamente imprevisibles -por su naturaleza caótica- que solo a posteriori son racionalizados como fruto inevitable de determinados factores económicos, políticos, etc.).

Hay quienes dicen que no habrá guerra entre Estados -ni por asomo una delirante Tercera Guerra Mundial- porque seria un suicidio económico para Rusia, Ucrania y la propia Unión Europea. Esta última es muy dependiente del gas ruso, que en buena parte circula por gasoductos en suelo ucraniano. Además, los oligarcas rusos tienen mucho dinero invertido en la City londinense y otros negocios en Occidente. A nadie le interesaría -ni siquiera a una China que, en su carrera hacia la hegemonía mundial, podría sentirse tentada a sacar partido- desbaratar la incipiente recuperación económica en Europa con un choque armado de semejante potencial destructivo. 

El problema de ese análisis es que peca de economicista (muy típico del pensamiento marxista) y excesivamente racional, desdeñando la importancia de los factores culturales e identitarios (lo que un marxista llamaría elementos superestructurales) e incluso de la irracionalidad en la conducta de las personas y los Gobiernos. Muchas veces las cosas se salen de madre y acaban desbordando los límites previstos por sus protagonistas (ojo, por cierto, al conflicto que se avizora en Cataluña cara al intento de consulta popular en noviembre). Cuando siembras un viento nunca sabes si este acabará convertido en tempestad que terminará sepultándote.

Lo cierto es que Rusia es un país a la defensiva en el que se ha instalado el sentimiento paranoico de ser víctima de una conspiración de Occidente (ese pérfido engendro católico y protestante enemigo de la genuina civilización cristiana: la ortodoxa). Un ruso de a pie percibe que, desde la disolución de la URSS, su país ha ido retrocediendo geopolíticamente en beneficio de unos EE.UU. que han alentado el ingreso de los Estados bálticos y de Ucrania en la OTAN y llegado a plantar bases militares en Asia central. Si el ejército ucraniano acaba matando civiles en el este del país, Putin estaría obligado moral y políticamente -el nacionalismo ruso que profesan él y muchos de sus compatriotas no le dejaría opción- a ordenar una entrada de sus tanques en Ucrania. En ese caso, la OTAN podría estar obligada a dar un paso adelante: la credibilidad de una organización armada es fundamental y se pone precisamente en juego en momentos como éste. Y entonces, a saber... ¡Que el GADU nos coja confesados! 

PD: Siempre le aconsejo a mi hijo que si algún día se viese inmerso en una guerra no dude en huir o desertar (si tiene la oportunidad). La vida es muy corta para dedicarse a matar a desconocidos (para eso están los guerreros, si hace falta) y arriesgar el pellejo en el intento. Llámenme antipatriota, pero yo nunca derramaría una sola gota de mi sangre ni por España ni por Canarias (o lo que podría estar apostado tras sus respectivas banderas).

viernes, 7 de diciembre de 2012

¿Quién hizo el lazo?


"Las mismas ciudades de Galitzia que yo había conocido en ruinas en 1915 se levantaban nuevas y resplandecientes; me di cuenta de que diez años, que en la vida de un individuo constituyen un período de tiempo considerable, en la vida de un pueblo no son más que un abrir y cerrar de ojos. En Varsovia no se veía ninguna huella de que la hubiesen atravesado dos, tres o cuatro veces ejércitos victoriosos o vencidos. Los cafés resplandecían de mujeres elegantes. Los oficiales que se paseaban por las calles, esbeltos y con uniformes a medida, parecían más bien consumados actores de la corte que interpretaban el papel de soldado. En todas partes se advertía actividad y se respiraba confianza y orgullo, un orgullo justificado por el hecho de que la República de Polonia se alzaba con tanto vigor sobre los escombros de los siglos" (El mundo de ayer, Stefan Zweig).

La historia se repetiría: en septiembre de 1939, catorce años más tarde, Polonia era invadida por el ejército alemán desde el oeste y por el soviético desde el este, conforme al Pacto Ribbentrop-Molotov suscrito entre Hitler y Stalin. En la masacre de Katyn, ya en la primavera de 1940, fueron ejecutados en masa por el Ejército Rojo más de veinte mil polacos, buena parte de ellos militares pero también civiles. Muchos de esos oficiales que se paseaban ufanos en 1925 por las calles de Varsovia terminaron su vida arrojados a fosas comunes. Cada día ejecutaban de un tiro en la nuca a una media de 250, puesto que el ritmo inicial de liquidación -casi 400 diarios- se hacía muy duro para los soviéticos.

Uno de esos oficiales podría ser el esqueleto uniformado de la foto de abajo. ¿Con quién bailaría en Varsovia en 1925? ¿Quién sería su madre (¡y cómo hubiese podido vivir si alguien le hubiera puesto delante de los ojos, cuando su hijo era un recién nacido, esa espantosa imagen del futuro!)?... Las manos atadas de la imagen de arriba también podrían pertenecer a otro de esos militares. Por cierto, ¿quién le haría el nudo con que fue conducido a la fosa? ¿Qué estaría haciendo quince años atrás en Rusia el que apretó esos lazos? ¿Era un canalla o simplemente se limitaba a cumplir una orden odiosa para no correr la misma suerte a manos de sus camaradas?...
Quizá nos equivoquemos creyendo que la información -por trivial que parezca- se pierde, que la memoria se disuelve. Esa puede ser otra burla del tiempo, esa genial aplicación para surfear por el espacio e impedir que todos los sucesos del Universo sean percibidos simultáneamente.

viernes, 13 de julio de 2012

Unión Europea, ¡sí, por favor!

La Unión Europea (UE) se ha convertido en blanco de las críticas de la ciudadanía menos informada del viejo continente, manipulada por demagogos y populistas de diversa especie empeñados en convencerla de que sus problemas (paro, estancamiento económico, pérdida de derechos sociales, etc.) son atribuibles a las instituciones comunitarias. Cuando lo cierto es que la UE no representa el problema sino la vía para la solución: para afrontar la actual crisis e intentar reformular nuestro modelo de vida con inteligencia y sensatez -en aras del equilibrio medioambiental y territorial, del bienestar social y de la paz- es necesario actuar a nivel comunitario. Lo que hay que hacer es dar un salto en la construcción europea para avanzar hacia una unión política plena, hacia una federación con unos poderes legislativo y ejecutivo equiparables a los de cualquier Estado democrático. Luego, la Unión será lo que sus habitantes queramos que sea, expresándonos no solo en las urnas sino también a la hora de consumir o protestar: no se puede pretender que su calidad, como la de cualquier otra institución humana, sea mayor que la de los ciudadanos que la componen.

La UE no es solo, como se empeña pertinazmente en subrayar la izquierda más tradicional, la "Europa de los mercaderes". Su creación obedeció sobre todo a un objetivo político muy claro: enterrar definitivamente el hacha de la guerra en Europa, impedir que la rivalidad económica entre las grandes potencias del viejo continente llevase de nuevo a un masivo derramamiento de sangre. Obviamente, el proyecto recibió el respaldo de Estados Unidos por significar un cortafuegos a la expansión del comunismo soviético. Y, por supuesto, no era incompatible con la economía de mercado y el mantenimiento de un sistema en el que los más poderosos económicamente siempre ejercen más influencia que los menos fuertes (¿existe acaso otro donde esto sea diferente?). Un sistema que, por otra parte, brinda instrumentos para favorecer la integración de los sectores más vulnerables de la población y de los países menos desarrollados de dentro y fuera de la UE (¿acaso no ha sido una bendición para España su pertenencia a la UE?), para poder corregir tanto las desigualdades personales como las regionales.

El truco de la integración europea, la clave de su éxito (hasta ahora), fue la creación de una sólida comunidad de intereses, de una amistad forjada con lazos económicos que ha demostrado ser la forma más eficaz -mucho más que los inútiles llamamientos a la paz del Papa de turno- de conjurar la guerra. Porque, ¿quién tira piedras contra su propio tejado? Se trataba del concepto de"paz perpetua" a través del comercio que ya había apuntado Kant dos siglos atrás. Seis décadas más tarde podemos dar fe de ello. Y hay que ser muy ciego para negar, pese a todos los defectos y vicios de la UE (burocracia, inacción en política exterior, componendas impresentables, contemporización con sátrapas, puertas giratorias entre lo público y lo privado...), que Europa ha avanzado mucho económica y socialmente desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay además otras cosas que suelen pasar desapercibidas, como el papel de la UE como contrapeso a los abusos de las grandes empresas y como garante de la estabilidad en su entorno geográfico cercano.

En fin, que si queremos cambiar el mundo, si pretendemos superar este capitalismo de casino, cometeríamos un grave error en tomar como enemigo al proceso iniciado en 1951 con la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). Me temo que si la UE fuese dinamitada, no pasaría más de una generación antes de que Europa volviese a conocer la tragedia de la guerra. Estoy seguro de que mi admirado Stefan Zweig, europeísta confeso al que le tocó ser coetáneo del horror de las dos guerras mundiales, pensaría lo mismo de estar vivo.

martes, 10 de abril de 2012

20 años de la guerra en Bosnia: aviso para navegantes

Se acaban de cumplir dos decenios del estallido de la guerra en Bosnia-Herzegovina, iniciada con el brutal asedio de los nacionalistas serbios a Sarajevo. Todo acabó tres años después (1995), con un saldo de casi 100.000 muertos, gracias a una intervención militar de la OTAN que obligó a los líderes de las tres comunidades enfrentadas (serbios, croatas y bosnio-musulmanes) a firmar un acuerdo de paz bajo presión de Estados Unidos. El pasado sábado emitieron en Informe semanal un reportaje recordatorio de esta tragedia que revuelve las tripas y la conciencia por su extremada dureza (así son todas las guerras, por otra parte): esas imágenes me han impulsado a escribir este post.

En el verano de 1990, justo un año antes de que se reavivaran en Eslovenia (solo durante diez días) y Croacia los fuegos balcánicos apagados tras la Segunda Guerra Mundial, yo recorrí en tren de norte a sur la todavía Federación Yugoslava rumbo a Grecia. Tuve la oportunidad de charlar con un nacionalista croata en una plaza de Zagreb llena de mesas con propaganda independentista, y al día siguiente con un nacionalista serbio ya en el tren camino de Belgrado. El croata me habló del supuesto salvajismo secular de los serbios, a quienes se empeñaba en asociar con los turcos. La verdad es que no recuerdo mucho más de esa conversación. Sí tengo algo más fresca la que sostuve con el serbio, que se dedicó a relatarme el brutal genocidio cometido contra su etnia durante la Segunda Guerra Mundial por los fascistas croatas (ustacha) bendecidos por Hitler y Pío XII (algunos monjes franciscanos llegaron a participar de manera entusiasta en el degüello masivo de adultos y niños). Y aún tengo en la memoria el recuerdo de un simpático campesino de Sisak (no sé si serbio o croata), acompañado de su esposa e hijos, al que conocí también en el mismo tren. A veces me acuerdo de ese hombre, a saber qué le pasaría a él y su familia durante la guerra librada en territorio croata.

El detonante del desastre en la ex Yugoslavia fue sin duda el hundimiento de la economía -tomemos nota en España-, lo que alimentó los nacionalismos y aupó al poder, con la complicidad ignorante o interesada de buena parte de su población, a gobernantes fanáticos y sin escrúpulos como los ya fallecidos Slobodan Milosevic (quien por fortuna se despidió de la vida en una celda de La Haya) y Franjo Tudjman (quien por desgracia murió en la cama de un hospital croata y no en otra celda del Tribunal Penal Internacional). Un escenario de descomposición económica con unos políticos desalmados, un montón de gente embaucada a través de la televisión y las sacristías por esos líderes y sus homólogos religiosos, una memoria colectiva plagada de atrocidades y agravios étnicos, una comunidad internacional incapaz de intervenir con firmeza (con cada potencia defendiendo exclusivamente sus intereses) y, por supuesto, una reserva de hijos de puta (esos tipos que están siempre listos para torturar y matar por cualquier causa a quien sea) ni mayor ni menor que en España u otro país cualquiera del mundo: el cóctel yugoslavo contenía los ingredientes suficientes, bien engrasados por el nacionalismo (esa estúpida ideología inflamable abrazada por tantos partidos de nuestro país, incluidos los españolistas), para convertir aquello en un infierno. Y así fue. Más nos vale que por estos lares hayamos extraído alguna lección de aquella pesadilla, no sea que el futuro nos tenga deparada alguna sorpresa muy desagradable que no me atrevería a descartar conociendo la calidad de nuestro paisanaje.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Cosas de guerreros

Siempre que veo a militares desfilando me da la impresión de estar contemplando a un montón de primates ceñudos con ropa. A veces me viene incluso a la mente la inquietante imagen de hormigas-soldado (¿no será nuestra sociedad en el fondo un gigantesco hormiguero?). Soy incapaz de emocionarme ante lo que me parece un grotesco despliegue de virilidad confesional, donde se juntan -en el caso español- cabras, vírgenes, trapitos de colores, pechos de lobo, capellanes sobrealimentados y próceres de dudosa moralidad. Esa incapacidad debe ser algo bueno, ya que prueba que no soy ni un sensiblero (la sensiblería no tiene nada que ver con la sensibilidad) ni un hortera ni un facha.

Lo que más me choca es cuando se rinde tributo a los caídos por la patria. Entre los nuestros se cuentan esos pobres campesinos analfabetos utilizados como carne de cañón en las ya lejanas guerras de África, en defensa de una causa tan ajena a ellos como de interés para quienes allí les enviaban. Casi niños arrancados de sus madres para ser destripados en los años 10 y 20 del siglo pasado en las montañas rifeñas a manos de los más salvajes del lugar (antepasados de quienes se trajo Franco en 1936 para fumar hachís, rebanar cuellos y violar mujeres por Dios y por España).

Ojo: el mío no es un antimilitarismo simplón de manual izquierdista. Soy consciente de que tiene que haber ejércitos -como tiene que haber porteros de discoteca- por el mero hecho de que hay otros ejércitos (regulares o no) y un montón de idiotas en el exterior que estarían dispuestos a atacarnos si recibiesen la orden de sus correspondientes machos-alfa (por supuesto, en beneficio exclusivo de estos últimos). Lo cual es una garantía para los fabricantes de armas y los intermediarios y comisionistas que viven de tan boyante negocio. También soy consciente de que las fuerzas armadas desarrollan tareas importantes de protección civil. Y que se hacen necesarias en procesos de reconstrucción como, por ejemplo, el de Haití. Si los marines estadounidenses no estuviesen allí para proteger a la población de sí misma (de sus propios matones), aquello sería un infierno mucho peor de lo que ya es.

Por supuesto, en los ejércitos hay buena y mala gente, como en todas partes. Aunque pocos me negarán que en sus escalafones más bajos hay más personas dispuestas a partirte la cara por una nadería y menos propensas a leer a Schopenhauer que en otros colectivos sociales. En fin, las cosas de los guerreros.

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