El 12 de marzo de 1986, con 18 años casi recién cumplidos, debuté en las urnas como votante. La cita era muy especial: el referéndum sobre la permanencia en la OTAN convocado por el Gobierno del PSOE de Felipe González (el mismo partido que en 1981 daba sonora respuesta en la calle al ingreso en la organización militar acordado por el presidente Calvo Sotelo, y en cuyo programa de 1982 proponía explícitamente su abandono). Finalmente voté no a la permanencia en la Alianza Atlántica, pero reconozco que estuve a punto de ser convencido por la intensa campaña oficial desplegada por los socialistas reconvertidos en otanistas tras su llegada al poder (por cierto, la Alianza Popular de Manuel Fraga optó irresponsablemente por la abstención en un lamentable y fallido intento de hacer descarrilar al Gobierno).
Han pasado casi 30 años y creo que me equivoqué. De hecho, ahora mismo votaría "Sí" con pocas dudas. Han entendido ustedes bien: un claro sí a la OTAN, dicho por una persona que se considera progresista y de izquierda (de una izquierda democrática y con los pies en el suelo, no de izquierdas ilusas y/o liberticidas). Más si cabe en momentos de convulsión como los que vivimos en Europa, África y Oriente Medio. En los párrafos que siguen procuraré argumentar mi postura de la mejor manera que pueda. Juro que no soy un agente del imperialismo yanqui ni un fascista disfrazado de socialdemócrata ni un tipo al servicio del sionismo internacional (conforme al pensamiento izquierdista más burdo y simplón, solo queda la posibilidad de que sea un tonto del culo: serán ustedes los que juzguen si es así).
Nadie en su sano juicio -salvo anarquistas y pacifistas dogmáticos fuera de la realidad- pone en duda la necesaria existencia de la policía para asegurar una convivencia civilizada en un colectivo humano numeroso. No podemos confiar exclusivamente la paz social a la buena voluntad de los ciudadanos, ya que siempre habrá gente que incumpla las normas y pretenda hacer daño al prójimo: aquí, en Honduras o en Suecia. Es la naturaleza humana, nos guste o no. La policía es necesaria para ejercer el monopolio estatal interno de la violencia, pero para garantizar una convivencia civilizada debe estar al servicio de la legalidad democrática y no ser una partida de facinerosos a sueldo de un cacique o una rama uniformada del crimen organizado. Por eso no es lo mismo el cuerpo policial de un país centroamericano que el de uno escandinavo.
Lo dicho de la policía es igualmente aplicable al ejército. El mundo no es Disneylandia, siempre ha sido un lugar inseguro y peligroso (aunque se nos haya olvidado a las últimas generaciones de occidentales, aislados en nuestra burbuja de paz y relativo bienestar que ahora parece derrumbarse con la amenaza terrorista islamista). Por cierto, Occidente tiene una corresponsabilidad a este respecto, pero no es el único culpable: presentarlo como el malo de la película es de una simpleza extraordinaria. A lo que vamos: no es lo mismo un ejército al servicio de la legalidad democrática que otro a las órdenes de una dictadura o erigido en amo y señor de un país.
Y de los ejércitos nacionales pasamos a la esfera internacional. Tras 70 años de existencia de Naciones Unidas, sigue sin haber una policía mundial, un cuerpo internacional permanente con capacidad y legitimidad para intervenir si hace falta por la fuerza donde sea menester (los "cascos azules" no responden a esa definición): por ejemplo, en la Ruanda de 1994 para evitar el brutal genocidio ejecutado a base de machetes. Las reglas de Naciones Unidas, un club con algunos socios con derecho a veto y en el que conviven en pie de igualdad Estados democráticos, tiranías religiosas (como Arabia Saudí) y una monarquía comunista como la de Corea del Norte, hacen imposible fraguar una policía mundial plenamente operativa de consenso. A falta de ésta, tenemos en nuestra vecindad la OTAN o el músculo militar en solitario de EE.UU. No es lo ideal, pero en la vida no existe la perfección. No creo que a los kurdos de Rojava (norte de Siria) les importe mucho la procedencia del apoyo aéreo recibido para combatir al Estado Islámico: es la aviación de EE.UU. la que les está echando un cable, pero lo mismo lo agradecerían si fuera Rusia, Turquía (harto improbable), Madagascar o el mismísimo Monstruo del Spaghetti Volador.
Una organización de defensa colectiva como la OTAN (con EE.UU. dentro) es pues necesaria, llámese como se llame, en un mundo donde no hay una policía global. Por supuesto que habría que remozarla y ponerla claramente al servicio de nuestras democracias (de esas libertades tildadas de "formales" por cierta izquierda y que consisten, por ejemplo, en poder vivir tranquila y dignamente siendo opositor, ateo, mujer u homosexual): eso ya depende de nuestros Gobiernos, que a su vez dependen del voto de los ciudadanos. Renovemos la OTAN, transformémosla, ampliemos sus fronteras (incluyendo a una Rusia democrática) e incluso cambiémosle de nombre. Pongámosla bajo el paraguas legal de la Unión Europea o de alguna otra organización supranacional integrada solo por democracias. Pero no cometamos el error de suprimirla y precipitarnos al vacío, cegados por buenismos estúpidos con tanto fundamento como Papá Noël: como esa mandanga de que las flores, y no las armas, sirven para protegernos de los terroristas.
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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lunes, 23 de noviembre de 2015
viernes, 13 de julio de 2012
Unión Europea, ¡sí, por favor!
La Unión Europea (UE) se ha convertido en blanco de las críticas de la ciudadanía menos informada del viejo continente, manipulada por demagogos y populistas de diversa especie empeñados en convencerla de que sus problemas (paro, estancamiento económico, pérdida de derechos sociales, etc.) son atribuibles a las instituciones comunitarias. Cuando lo cierto es que la UE no representa el problema sino la vía para la solución: para afrontar la actual crisis e intentar reformular nuestro modelo de vida con inteligencia y sensatez -en aras del equilibrio medioambiental y territorial, del bienestar social y de la paz- es necesario actuar a nivel comunitario. Lo que hay que hacer es dar un salto en la construcción europea para avanzar hacia una unión política plena, hacia una federación con unos poderes legislativo y ejecutivo equiparables a los de cualquier Estado democrático. Luego, la Unión será lo que sus habitantes queramos que sea, expresándonos no solo en las urnas sino también a la hora de consumir o protestar: no se puede pretender que su calidad, como la de cualquier otra institución humana, sea mayor que la de los ciudadanos que la componen.
La UE no es solo, como se empeña pertinazmente en subrayar la izquierda más tradicional, la "Europa de los mercaderes". Su creación obedeció sobre todo a un objetivo político muy claro: enterrar definitivamente el hacha de la guerra en Europa, impedir que la rivalidad económica entre las grandes potencias del viejo continente llevase de nuevo a un masivo derramamiento de sangre. Obviamente, el proyecto recibió el respaldo de Estados Unidos por significar un cortafuegos a la expansión del comunismo soviético. Y, por supuesto, no era incompatible con la economía de mercado y el mantenimiento de un sistema en el que los más poderosos económicamente siempre ejercen más influencia que los menos fuertes (¿existe acaso otro donde esto sea diferente?). Un sistema que, por otra parte, brinda instrumentos para favorecer la integración de los sectores más vulnerables de la población y de los países menos desarrollados de dentro y fuera de la UE (¿acaso no ha sido una bendición para España su pertenencia a la UE?), para poder corregir tanto las desigualdades personales como las regionales.
El truco de la integración europea, la clave de su éxito (hasta ahora), fue la creación de una sólida comunidad de intereses, de una amistad forjada con lazos económicos que ha demostrado ser la forma más eficaz -mucho más que los inútiles llamamientos a la paz del Papa de turno- de conjurar la guerra. Porque, ¿quién tira piedras contra su propio tejado? Se trataba del concepto de"paz perpetua" a través del comercio que ya había apuntado Kant dos siglos atrás. Seis décadas más tarde podemos dar fe de ello. Y hay que ser muy ciego para negar, pese a todos los defectos y vicios de la UE (burocracia, inacción en política exterior, componendas impresentables, contemporización con sátrapas, puertas giratorias entre lo público y lo privado...), que Europa ha avanzado mucho económica y socialmente desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay además otras cosas que suelen pasar desapercibidas, como el papel de la UE como contrapeso a los abusos de las grandes empresas y como garante de la estabilidad en su entorno geográfico cercano.
En fin, que si queremos cambiar el mundo, si pretendemos superar este capitalismo de casino, cometeríamos un grave error en tomar como enemigo al proceso iniciado en 1951 con la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). Me temo que si la UE fuese dinamitada, no pasaría más de una generación antes de que Europa volviese a conocer la tragedia de la guerra. Estoy seguro de que mi admirado Stefan Zweig, europeísta confeso al que le tocó ser coetáneo del horror de las dos guerras mundiales, pensaría lo mismo de estar vivo.
La UE no es solo, como se empeña pertinazmente en subrayar la izquierda más tradicional, la "Europa de los mercaderes". Su creación obedeció sobre todo a un objetivo político muy claro: enterrar definitivamente el hacha de la guerra en Europa, impedir que la rivalidad económica entre las grandes potencias del viejo continente llevase de nuevo a un masivo derramamiento de sangre. Obviamente, el proyecto recibió el respaldo de Estados Unidos por significar un cortafuegos a la expansión del comunismo soviético. Y, por supuesto, no era incompatible con la economía de mercado y el mantenimiento de un sistema en el que los más poderosos económicamente siempre ejercen más influencia que los menos fuertes (¿existe acaso otro donde esto sea diferente?). Un sistema que, por otra parte, brinda instrumentos para favorecer la integración de los sectores más vulnerables de la población y de los países menos desarrollados de dentro y fuera de la UE (¿acaso no ha sido una bendición para España su pertenencia a la UE?), para poder corregir tanto las desigualdades personales como las regionales.
El truco de la integración europea, la clave de su éxito (hasta ahora), fue la creación de una sólida comunidad de intereses, de una amistad forjada con lazos económicos que ha demostrado ser la forma más eficaz -mucho más que los inútiles llamamientos a la paz del Papa de turno- de conjurar la guerra. Porque, ¿quién tira piedras contra su propio tejado? Se trataba del concepto de"paz perpetua" a través del comercio que ya había apuntado Kant dos siglos atrás. Seis décadas más tarde podemos dar fe de ello. Y hay que ser muy ciego para negar, pese a todos los defectos y vicios de la UE (burocracia, inacción en política exterior, componendas impresentables, contemporización con sátrapas, puertas giratorias entre lo público y lo privado...), que Europa ha avanzado mucho económica y socialmente desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay además otras cosas que suelen pasar desapercibidas, como el papel de la UE como contrapeso a los abusos de las grandes empresas y como garante de la estabilidad en su entorno geográfico cercano.
En fin, que si queremos cambiar el mundo, si pretendemos superar este capitalismo de casino, cometeríamos un grave error en tomar como enemigo al proceso iniciado en 1951 con la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). Me temo que si la UE fuese dinamitada, no pasaría más de una generación antes de que Europa volviese a conocer la tragedia de la guerra. Estoy seguro de que mi admirado Stefan Zweig, europeísta confeso al que le tocó ser coetáneo del horror de las dos guerras mundiales, pensaría lo mismo de estar vivo.
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