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miércoles, 9 de marzo de 2022

Sobredeterminacion, subdeterminación, pampsiquismo y libre albedrío

Cuando una persona tira del pomo de una puerta al mismo tiempo que otra empuja desde el otro lado, el resultado es que dicha puerta se abre. La cuestión es: ¿cuál fue la causa de su apertura?... Cualquiera de las dos acciones podría ser reivindicada como causa, ya que por sí solas (aunque actuando de modo diferente: la una, tirando; la otra, empujando) habrían tenido el mismo efecto. Hablamos de sobredeterminación porque observamos varias causas (en este caso, dos) de un efecto, pero una de ellas (cualquiera de las dos) ya es suficiente por sí sola para que se produzca. Ejemplo parecido, pero más macabro, es el del pelotón de fusilamiento. Cuatro fusileros disparan contra una persona, causándole la muerte. Pero cualquiera de los disparos, si van dirigidos a partes vitales, sería por sí mismo suficiente.

Caso contrario sería el de la subdeterminación, cuando hay causas ocultas o desconocidas de un efecto que nos impiden preverlo con certeza: no contamos con la información suficiente. Imagina que sabemos positivamente que alguien se va a gastar justo 100 euros entre comida y bebida en un restaurante cuya carta de precios tenemos a mano. Pero con esa sola información (desembolso total y carta de precios), ¿cómo saber lo que ha consumido?... Hay un cierto número de posibles combinaciones de la carta que arrojarían ese gasto de 100 euros, pero la información de que disponemos no es completa: no nos permite saber qué combinación será la elegida.

Vayamos ahora a un ejemplo más interesante, relacionado con la consciencia. Si un estado físico P ejerce sus poderes causales sobre un estado mental M, que a su vez los ejerce sobre un estado físico P', ¿podríamos concluir que M es suficiente para que se produzca P'?... Si así fuera estaríamos ante un caso de sobredeterminación, porque el poder causal de P no sería necesario (bastaría con M). ¡Pero M es a su vez efecto de P! Los materialistas sustentan en ello su hipótesis de que la mente emana de la materia y carece de poderes causales, aunque así pudiera parecer. 

Mi idea es que la sobredeterminación no existe nunca; a diferencia de la subdeterminación, que está siempre presente en nuestro tránsito por el mundo físico. Tendemos a aceptar la primera por la simplificación extrema del mundo brindada por el cerebro a nuestra mente consciente. En el ejemplo de la puerta, nos limitamos a constatar que se abra o no, cuando lo cierto es que hay infinidad de maneras de abrirse (con más o menos amplitud, rapidez, brusquedad, etc.). O sea, al tirar y empujar al mismo tiempo ninguna de esas dos fuerzas es por sí sola suficiente para el particular efecto consiguiente: ambas coadyuvan y son necesarias. Y además nos encontramos con subdeterminación porque desconocemos otras muchas causas coadyuvantes, desde luego menores (corrientes de aire, fricción de la puerta y del pomo...) pero no por ello irrelevantes para el resultado final. Eso sin contar las causas previas a esas causas, desde una vuelta adelantada del trabajo a casa de una de las personas al deseo de la otra de comprar chuches en el chino de abajo. A su vez causadas por un monumental enfado en la oficina (por una discusión sobre Tolstoi, a su vez erigido en causa) o la previsión de ver una película iraní en Netflix (tras ser informado telefónicamente por un amigo al respecto). Lo mismo es aplicable al pelotón de fusilamiento (hay muchísimas formas de morir fusilado, la mayoría de ellas indistinguibles macroscópicamente) y al caso de la consciencia.

Si adoptamos un enfoque monista en el que solo existe la mente-materia, no tiene sentido hablar de M, P, M' o P' sino de MP o MP' (porque mente y materia son dos caras de una misma y única cosa). MP' es pues efecto de MP. Y aquí es donde encaja la hipótesis pampsiquista: la materia es la cara de una moneda cuya cruz es la mente, una moneda que toma decisiones y ejerce una cierta cuota de albedrío (limitada por el albedrío de otras monedas y por las leyes físicas). La subdeterminación obedece a que no podemos saber que hará a cada momento cada moneda de la superred jerárquica de agentes conscientes del universo (desde un electrón hasta quien lee estas líneas): solo manejamos probabilidades. Pero no hay sobredeterminación alguna: el mundo es un producto de la acción combinada de todos esos agentes, cada una de las cuales (cada acción) es estrictamente necesaria amén de no suficiente por sí misma.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Bendita Nada


Aunque beben de las mismas fuentes filosófico-teológicas, budismo e hinduismo difieren en lo que respecta al concepto de nirvana: para el primero, supone la extinción de la consciencia individual, su disolución en la nada; para el segundo, su reintegración en una consciencia cósmica. Pero ambas visiones no son incompatibles: la reintegración de la consciencia individual (Atman) en una consciencia universal (Brahman) podría serlo a su vez con la nada. Algo parecido apuntó en el siglo IX el monje irlandés Juan Escoto Erígena, que coqueteó con el panteísmo y estableció una osada identidad entre la nada y Dios. Siglos atrás, en oposición a Parménides, el también griego Leucipo había sido pionero en considerar a la nada como algo.

La Nada (no el vacío cuántico, siempre en ebullición, sino la pura nada) trasciende el espacio y el tiempo, por lo que para nosotros resulta inconcebible. Podemos imaginárnosla cerrando los ojos, tapándonos los oídos, cegando el resto de nuestros sentidos y sensaciones internas (cenestesia). Quedaría aún la consciencia personal, nuestra sensación de existir individualmente, que habría que borrar para llegar a ese inefable estado en el que sujeto y objeto se confundirían.

En la propuesta metafísica que expongo en mi libro Entre la Nada y el Todo: consciencia y evolución en el Multiverso, la Nada es un elemento clave para la existencia del Todo y de cada una de sus manifestaciones universales. Es una visión panenteísta en la que la consciencia (llámala Dios, si lo prefieres) informa el mundo material (como consciencia materializada) pero mora también más allá de este en la Nada (como consciencia pura).

En este esquema habría pues tres entes ontológicos: la Nada (la consciencia pura), el Todo (un objeto abstracto multiversal de naturaleza platónica, idéntico al espacio de posibilidades) y el Mundo (un objeto físico producto de una computación sobre el Todo informada por la consciencia). La computación, junto a todas las verdades matemáticas, sería un atributo de la consciencia pura. El Mundo estaría habitado por consciencia materializada (desde la de un quark o electrón hasta la tuya emergente personal) cuya raíz sería la consciencia pura. 

El vínculo entre la Nada y el Todo podría expresarse con una bella metáfora: el sueño de Vishnu. La consciencia pura sueña todos los mundos posibles, un revoltijo abstracto sobre el que toda consciencia materializada navega, a modo de un jugador en un videojuego, gracias al espacio y el tiempo. En el caótico totum revolutum del sueño de Vishnu no hay coherencia, propósito ni sentido: estos solo son posibles en un universo con un viaje ordenado de la consciencia a través del tiempo, ese filtro o tamiz del objeto multiversal que impide que todos los sucesos del mismo ocurran a la vez (una feliz ocurrencia del escritor de ciencia-ficción Ray Cummings, adoptada por el gran físico John A. Wheeler).

Tal vez la conciencia pura quiera salir de la Nada para saber lo que es ser algo en todas las formas posibles. Para descubrir el mal, el sufrimiento, el odio y el sinsentido, pero también el bien, el placer, el amor y el propósito.

martes, 30 de marzo de 2021

Monismo russelliano, fisicalismo, pampsiquismo, panenteísmo, Todo y Nada en el mismo paquete


Keith Frankish y Philip Goff son dos de los filósofos actuales más interesados en el estudio de la naturaleza de la consciencia. Y de vez en cuando interactúan en Twitter (también suelen hacerlo David Papineau, Bernardo Kastrup y Richard Brown), para regocijo de quienes estamos interesados en estos asuntos. Para Frankish, la consciencia (que para él, en línea con Daniel Dennet, no deja de ser una mera ilusión) es "algo que hace la materia". Para Goff, es justo al revés: la materia es "lo que hace la consciencia". En mi humilde opinión, ambos yerran si adoptamos una concepción monista del mundo (conforme a Bertrand Russell) en la que materia y mente serían dos caras de la misma cosa única: la primera de ellas, tal como esa cosa se percibe desde fuera; la segunda, la subjetiva, tal como es sentida desde dentro (la consciencia sería pues "lo que se siente siendo materia"). 

Esta es una concepción en el fondo fisicalista, ya que la cosa única es consciencia materializada (o materia con propiedades mentales, que lo mismo da). Y coincido con Galen Strawson en que ello nos aboca necesariamente al pampsiquismo, que Frankish rechaza y Goff ahora abraza en su variante cosmopsiquista (que considera que el universo es un ser consciente, en el cual están integradas todas las mentes), tras haber coqueteado anteriormente con la micropsiquista (que considera que partículas elementales como electrones y quarks son conscientes) y la protopampsiquista (que sostiene que las partículas elementales no son conscientes, pero constituyen la base para la emergencia de la consciencia). David Chalmers, Giulio Tononi y Donald Hoffman tambien apuestan por algún tipo de pampsiquismo. Este último apunta incluso a la causalidad descendente (un anatema para muchos físicos), desafiando el enfoque ortodoxo reduccionista de la ciencia. 

¿Pero cuál es la naturaleza y origen de ese ente materia/mente?... Ahora viene mi desaforada especulación: no sería más que información obtenida de una computación cuántica a partir de un objeto que podríamos llamar el Todo y podría identificarse con el mito hindú del sueño de Vishnu. Ese sueño de la consciencia pura no materializada (llámala Vihsnu, Brahman, Dios o como te plazca) abarca todo el espacio de posibilidades (¡de hecho, es el espacio de posibilidades!) y, por tanto, todas las posibles historias del universo en cada una de sus escalas. La gigantesca computación permite a toda consciencia materializada navegar, con más o menos márgenes de libertad (determinados por el estado inicial de un multiverso, sus leyes físicas y la interacción con otros agentes conscientes materializados), por esa especie de videojuego multiversal del que se vale la consciencia pura (moradora de la Nada) para percibir el mundo (la no-Nada) desde todas las perspectivas posibles, ya sean elementales o emergentes. La materia sería pues el traje que se embute la consciencia pura para poder hacer un recorrido por un multiverso. Un traje que, conforme a lo antedicho, impone restricciones a quien se lo enfunda: ese constreñimiento, que hace posibles el orden, el raciocinio y el propósito, es el precio a pagar por salirse de la etérea nada.

Esta visión que propongo es panenteísta, ya que supone que la consciencia mora también (en modo puro o inmaterial) más allá del mundo físico que informa (o sea, más allá de todas las posibles manifestaciones del Todo) en una entidad que llamaremos la Nada. Y no es incompatible con el fisicalismo, ya que este sostiene que todo tiene un fundamento físico... ¡pero todo lo que existe (a su vez, un precipitado del Todo), lo cual excluye la Nada! ¿Entonces la consciencia pura NO existe? Parafraseando al infumable Heidegger, digamos que "nadea"...

lunes, 14 de diciembre de 2020

Nominalismo versus realismo platónico, ¿y por qué no ambos?


"No hay nada general salvo los nombres", dijo el filósofo John Stuart Mill. Es obvio que el concepto universal 'gato' no existe en el espacio-tiempo, solo los gatos individuales (cada uno de ellos, con sus peculiares características). Pero para los nominalistas como Mill, 'gato' ni siquiera tendría una existencia ideal -tal como proponía Platón- en algún hipotético ámbito más allá del espacio y el tiempo. Las generalizaciones como gato, mesa o humanidad serían meras abstracciones como la amabilidad, la felicidad o el número 8, no así los particulares que engloban (este gato, aquella mesa o este humano, todos ellos muy tangibles). 

El sentido común nos sugiere que el planteamiento nominalista es el correcto, pero... Una persona como el biólogo Richard Dawkins, tan poco sospechoso de simpatizar con un modelo del mundo no materialista, propugna en su libro El relojero ciego que todas las posibles formas biológicas están 'ahí fuera' en una especie de hiperespacio platónico continuo. Si todas las formas biológicas tienen una existencia ideal, ¿por qué no también todas las mesas, melodías, novelas, colores o montañas posibles?...

¿Podrían nominalismo y realismo platónico ser compatibles? Asumamos que todo lo que existe debería estar en ese ámbito platónico. Los universales serían recortes convencionales (por ejemplo, gato, mesa o rojez) realizados por nosotros en el mapa de ese espacio platónico continuo, o sea en el espacio total de posibilidades. Desde luego, son cortes arbitrarios (en ese sentido son simples nombres). No encontrarás cosas genéricas como gato, mesa o rojo en el espacio de posibilidades, sino un continuo recortado que podrías acuñar (arbitrariamente, insisto) como 'gato', 'mesa' o 'rojo'. Podrías hacer otros cortes como felino, mobiliario o púrpura. Por supuesto, la evolución ha influido en nosotros para categorizar de una manera u otra, con objeto de sobrevivir y prosperar.

El filósofo Simon Blackburn reconoce a Robert L. Kuhn que las cosas abstractas inalterables como los números (a diferencia de las formas biológicas) sí podrían tener, dada su naturaleza inmutable, una existencia platónica. ¡Pero el número 8 es tan inmutable como tu yo en este mismísimo tic de Plank! Tu yo en este tic de Planck y tu yo en el siguiente son tan continuos en el espacio de posibilidades como el 8 lo es con respecto al 9, o como algún tipo de azul lo es con respecto a otro azul más próximo al violeta.

viernes, 5 de enero de 2018

¿Por qué matar no es malo 'per se'? (por mucho que Kant se revuelva en su tumba)


El imperativo categórico de Kant sostiene que debemos comportarnos de modo que nuestra conducta pueda ser elevada a ley o regla universal. Hacemos el bien cuando ayudamos a un anciano impedido a cruzar la calle porque con ello adoptamos una supuesta ley moral objetiva (la que dice que es bueno ayudar a personas desvalidas) que es vislumbrada y abrazada por nuestra razón. Como esa ley es universal, da igual que el anciano al que auxiliamos sea un criminal de guerra o que pretenda apuñalar a una persona al otro lado de la acera: nuestra acción sería buena en cualquier caso. La del filósofo de Königsberg es una ética absoluta, en la que toda vida humana es un fin en sí mismo (no así la vida animal, que no es moral por ser supuestamente irracional). Y en la que el imperativo categórico, por definición, no puede ser relativizado: sin él, las bases de la ética serían completamente subjetivas y arbitrarias.

Pero lo cierto es que la propia razón práctica nos informa de que no hay ningún mandamiento, ni siquiera el de "no matarás", que pueda ser elevado a ley moral absoluta: matar, robar o mentir no serían malos per se, sino dependiendo de a qué fin moral estén asociados. Cuando uno mata en defensa propia o de terceros inocentes actúa moralmente bien. Cuando uno liquida a un tirano, hace un favor a la humanidad (hasta el propio San Agustín así lo consideraba y la Iglesia católica no le ha desmentido aún). Cuando uno roba para alimentar a su hijo hambriento, realiza un acto moralmente correcto (siempre que la violencia del acto no sea desproporcionada). Cuando uno mata a un animal para alimentarse, porque no tiene otra fuente de sustento, no se le puede oponer ética animalista alguna. Incluso es insostenible afirmar que comer carne humana es intrínsecamente malo: como bien saben los deportistas uruguayos perdidos en los Andes hace casi medio siglo, ingerir la carne de sus amigos fallecidos fue un acto bueno que salvó sus vidas. Por supuesto, mentir es lo correcto cuando están en juego la propia supervivencia y bienestar (por ejemplo, si un miliciano de Estado Islámico te pregunta por tu religión), la felicidad de los seres queridos o cualquier otro activo moral.

Esto nos conduce a proponer como único fin en sí mismo nuestra supervivencia y bienestar personal, así como la de los seres pertenecientes a nuestro círculo empático: familiares, mascotas, amigos, humanos en los que nos reconocemos -no Héctores Salamanca ni criminales neonazis-, orangutanes, elefantes... Para Kant, el fin en sí mismo era solo la vida humana, da igual que fuera la de un filántropo que la de un sádico asesino. Alguien podría argüir con fundamento si este enfoque al que hemos llegado racionalmente no es el mismo que el de un Héctor Salamanca o un neonazi: ellos también tienen un círculo empático, aunque bastante reducido. La diferencia es que su círculo excluye a mucha gente por razones arbitrarias (simplemente por no ser de su familia) y además estúpidas (como el color de la piel, la nacionalidad o las preferencias sexuales), mientras que el nuestro solo excluye a los que excluyen desde la irracionalidad, el odio y la más elemental falta de compasión. Nuestro planteamiento no rebaja la dignidad de un ser vivo atendiendo a cómo es (bípedo o cuadrúpedo, blanco o negro, payo o gitano, hombre o mujer, joven o viejo, homosexual o heterosexual...) sino a cómo actúa: si sus actos amenazan la supervivencia de nuestro círculo empático, es un enemigo al que combatir (revista la forma de paramilitar serbio o croata, de hipopótamo enfurecido, de mosquito Anopheles o de virus VIH)*.

Por supuesto, bajo este enfoque ético todo es cuestión de grado y proporcionalidad: no es lo mismo  disparar a un hipopótamo cuando está a punto de aplastarte que hacerlo porque sus gruñidos no te dejan dormir, ni hurtarle incruentamente la cartera a un desconocido de apariencia acomodada para dar de comer a tus hijos hambrientos que matarlo para el mismo fin. Los conflictos de intereses están servidos, pero así es la vida: ¿deberíamos devolverle un sobre perdido con mil dólares dentro a Rupert Murdoch?, ¿deberíamos apretar el gatillo si tenemos a tiro a un tipo que a su vez está a punto de apretar el gatillo para acabar furtivamente con un rinoceronte cuya cabeza lucirá en su casa como un trofeo más?... Una cosa es la esfera moral y otra la legal, que a veces no se solapan. Un código legal moderno y democrático no puede permitir que la gente se tome la justicia por su mano, ni tampoco quebrar el principio de igualdad concediendo menos garantías procesales a un asesino execrable que a un ciudadano de bien. Pero actuar conforme a la legalidad no significa necesariamente actuar de manera moral, así como comportarse moralmente no tiene por qué ser legal. Si se acciona el gatillo del arma que apunta al que apunta al rinoceronte, se está cometiendo un crimen (una ilegalidad) pero con un sólido fundamento moral: impedir la consumación de un grave acto irreversible profundamente injusto. Si no se devuelve el sobre a Murdoch, no se pondría en jaque ni su bienestar ni la continuidad de Fox News (está por ver que sea un acto inicuo contribuir a la caída de ese medio de comunicación) y se podría dar un buen empleo al dinero.

Hace años dediqué una entrada en este blog al filósofo australiano Peter Singer, un pensador muy polémico por sacar conclusiones incómodas basándose en la más estricta racionalidad. La ética de Singer es utilitarista y transhumanista, ya que coloca en su base las preferencias de los seres sintientes (definición que, obviamente, no incluye en exclusiva a los humanos). Kant fue muy crítico con los iniciales planteamientos utilitaristas de Jeremy Bentham por su condición subjetiva, pero es que no hay base más adecuada para construir un edificio ético -la moral no está inscrita en el firmamento estrellado que tanto impresionaba al filósofo alemán, aunque sí mora germinalmente en nuestro interior al haber sido seleccionada por la evolución- que la constatación de que todo ser vivo pugna por sobrevivir, por abrazar el placer y por huir del dolor. Héctor Salamanca y los criminales nazis comparten esas inclinaciones con los humanos empáticos, las ballenas y los elefantes. Pero la huella de sufrimiento que dejan a su paso es mucho mayor y es nuestro deber moral minimizarla de cualquier modo posible (preferiblemente, aunque no necesariamente, a través de la vía legal) en aras de un mundo mejor. Si alguien puede explicarme racionalmente por qué cree que Mike Ehrmentraut hizo bien en no volar los sesos a Héctor en un capítulo de Better Call Saul, o por qué cree que el asesino del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo cometió un acto malvado apretando el gatillo, soy todo oídos (ojalá que el bueno de Kant también lo fuera desde su tumba).

*El mosquito Anopheles y el virus VIH, a diferencia del paramilitar serbio y el croata, no son agentes morales y tienen tanta culpa -el mosquito ni siquiera es el causante último de la malaria, ya que es utilizado por un microbio como vector- como un niño de seis meses apretando un botón nuclear. Pero esto nos lleva a la inquietante certeza de que un psicópata (no pocos paramilitares de la ex Yugoslavia lo eran) no es culpable de su falta natural de empatía.

sábado, 28 de octubre de 2017

Más de 500 millones de descargas de la tesis doctoral de Slavoj Zizek

Ya son más de 500 millones de personas en todo el mundo, entre las que se cuentan unos dos millones y medio de catalanes, las que se han descargado de Internet la tesis doctoral del filósofo esloveno Slavoj Zizek: La relevancia teórica y práctica del estructuralismo francés. A lo largo y ancho del planeta, desde pistas de skate hasta locales de tatuajes y piercing pasando por zocos, iglesias evangélicas, carnicerías, baños turcos, castellers y vagones de metro, proliferan acalorados debates entre quienes subrayan la influencia de Lacan en el pensamiento posmoderno y quienes se inclinan más por Deleuze (son menos los que se decantan por Derrida, que sin embargo cuenta con un nutrido club de fans entre los ultras del Girona FC). Uno de los participantes de OT 2017, que ha pedido ocultar su identidad, ha manifestado precisamente su preferencia por Derrida valorando su "deconstrucción dialéctica como potente herramienta de análisis conceptual y contrapeso a la hegemonía del pensamiento líquido". A este le ha salido al paso de manera contundente un concursante de Gran Hermano 18 que igualmente ha preferido ocultar su identidad (aunque ha confesado ser seguidor de Alan Badiou): "Derrida es un exponente involuntario del socialfascismo más regresivo". Las descargas de la tesis de Zizek han desbordado las previsiones más optimistas, eclipsando al también trabajo doctoral del físico Stephen Hawking disponible desde hace unos días (este último ha suscitado encendidas discusiones acerca de las implicaciones para la expansión del universo de las perturbaciones en la curvatura del espacio-tiempo, que en lugares como Karachi, San Pedro Sula o Manila han llevado incluso a enfrentamientos callejeros).

sábado, 1 de octubre de 2016

El mito de Gustavo Bueno (y también el del "reduccionismo cientificista")


Con este tuit me despaché con el pensamiento de Gustavo Bueno a los pocos días de su fallecimiento este verano. Lo cierto es que lo mastiqué mucho antes de lanzarlo, pues no estaba muy seguro de su tono y oportunidad: es verdad que no le faltaba personalmente al respeto, pero el tuit era una dura (aunque legítima) enmienda a la totalidad a su filosofía en pleno duelo por su muerte. Mis dudas se despejaron cuando recordé que Bueno había tildado en 1996 de "mediocre" al profesor José Luis López Aranguren cuando éste aún se hallaba en su capilla ardiente. "Quien dice 'Aranguren nos enseñó a pensar' no está definiendo a Aranguren, sino a su propio y mediocre nivel de pensamiento", escribió hace veinte años en el artículo antes enlazado, asaeteando tanto al difunto como a sus seguidores. En fin, invito a tomar mi tuit y esta entrada solo como lo que pretenden ser: una crítica a sus ideas.

El principal motivo que me impulsó a condensar en 140 caracteres mi opinión acerca del trabajo filosófico de Bueno fueron las alabanzas desproporcionadas en prensa y redes sociales, muchas de ellas a manos de quienes seguramente jamás habían leído alguna línea suya (habitual por estos lares, desde luego). Tras su fallecimiento he sido testigo de desmesuras sonrojantes, incluyendo comparaciones a pensadores como Platón o Kant. Todo ello contrasta vivamente con mi impresión de lo leído y escuchado del propio Bueno, que no hace honor a su apellido: sobre todo, porque los textos de este hombre son ininteligibles, un desordenado -y, encima, presuntuoso- potaje de filosofía escolástica, hegelianismo de la peor especie, categorizaciones improcedentes y conceptos científicos tomados de manera impropia (en la ignorancia de lo que significan).

En el fondo, Bueno no deja ser una víctima de Hegel (ese "soplagaitas", según Schopenhauer) y su pensamiento. Si Hegel desarrolló su idealismo dialéctico y Marx hizo lo propio con su materialismo dialéctico, don Gustavo no podía ser menos: acuñó y formuló su propio sistema, el llamado "materialismo filosófico", una pomposidad que fuera de España (donde tantos filósofos conocen a Bueno como a El Fary) suscitaría estupor y risa floja a más de uno. Para tener una idea de qué va el "materialismo filosófico" (véase aquí una explicación más completa de su sistema), valga el siguiente texto de Bueno:

"El dualismo Hombre/Mundo, considerado desde los principios del materialismo filosófico, debe ser disuelto, o triturado, en cuanto reliquia de una visión teológica de la realidad. El procedimiento de disolución habrá de desarrollarse en dos frentes: la disolución de la Idea de Hombre como unidad metafísica, y la disolución de la Idea de Mundo (o, más modestamente, de Gaia) propia del monismo armonista. Por lo que se refiere al «Genero humano»: será preciso tener en cuenta que no cabe hablar, desde el punto de vista antropológico, de un único «género» semejante. Desde un punto de vista taxonómico-primatológico se distinguen por lo menos tres o cuatro géneros de homínidas: australopitécidos, pitecantrópidos, neandertalienses y cromagnones. El Mundo, por su parte, tampoco es una unidad sustantiva; el Mundo, como unidad, ha de ir referida al conjunto de los fenómenos con significado «organoléptico».

La doctrina del dualismo del Hombre y el Mundo se sustituye, en el materialismo filosófico, por la doctrina del espacio antropológico, que se organiza según tres ejes: el eje circular, el eje radial y el eje angular. Desde el punto de vista político el hombre habrá de ser considerado ante todo en el eje circular. Es aquí donde el materialismo histórico tiene sus principales efectos. Pero los contenidos incluidos en los ejes radial y angular no son en modo alguno homogéneos, ni susceptibles de ser pensados mediante categorías armonistas. Una biocenosis puede ser el mejor ejemplo del significado de esa tan admirada «unidad» de la Naturaleza: una biocenosis implica poblaciones de especies diversas conviviendo en una «armonía» más o menos estable, pero que implica la «explotación» y aún la muerte de los organismos que sean necesarios para la subsistencia de otros organismos heterótrofos. Desde el punto de vista político la concepción dialéctica y no armonista de la Naturaleza tiene un alcance de radio muy amplio, a la hora de formular programas y planes políticas «seculares»; así como también la consideración de los contenidos que se engloban en el llamado eje angular, cuya significación política puede deducirse de la importancia medible en términos de las inversiones económicas, atribuida no solamente en la antigua Unión Soviética, sino también en las actuales primeras potencias, a la investigación de los «extraterrestres» (proyecto Ozma, proyecto Seti)".
(Tomado de Principios de una teoría filosófico política materialista).

Otro oscuro -y, yo añadiría, grotesco- concepto acuñado y desarrollado por Bueno es el de "cierre categorial", que deja a las claras su ignorancia de lo que es una emergencia (más adelante abundaré en esto). Él mismo se explica en el vídeo de abajo. Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.



En la última etapa de su vida, a Bueno le dio por teorizar acerca de España y también de la izquierda. De España llegó a decir que es un "problema filosófico que nos desborda", no definible como supuestamente sí lo serían "Suiza o Checoslovaquia" (¿?). Convertido al nacionalismo español, no ahorró críticas a la construcción política europea, que consideraba un "proyecto de la OTAN". En cuanto a la izquierda, hizo un distingo entre la supuesta izquierda definida ("definida en función del Estado") y la indefinida ("no definida por criterios políticos sino que está en otro mundo"). Esta última se correspondería con la que adopta causas como el feminismo, el ecologismo o la defensa de los derechos de los animales, que para Bueno no tendrían la categoría de "problemas políticos" (¡!). Anteriormente ya había hecho una no menos absurda clasificación de las doctrinas sobre la felicidad (en el vídeo enlazado hay un momento esperpéntico, desde el minuto 18:50 hasta el 21:20, en el que saca a colación nada menos que a la gravedad, exhibiendo un completo desconocimiento al respecto).



Bueno versus Ochoa: el "reduccionismo cientificista" sale a la palestra

Un episodio que causa intensa vergüenza ajena tuvo como protagonistas a Bueno y el bioquímico Severo Ochoa (todo un Premio Nobel de Fisiología y Medicina) al final de un acto académico de este último. Es una anécdota muy celebrada por los buenistas, que la interpretan como un zasca en toda regla del maestro al cientificismo reduccionista o reduccionismo cientificista. Pero si sabemos qué es una emergencia y en qué consiste la reducción de una ciencia a otra (no era el caso de Bueno y tampoco parece serlo de sus seguidores y de tanto analfabeto científico autoproclamado humanista), se trata de un ridículo bochornoso. ¿Qué debió pensar Ochoa al ser asaltado por un tipo esgrimiendo un libro de química para preguntarle si ese libro era química o no? "Sí, es química", le dijo el Nobel. "¿Y esta 'y' entre física y química es un enlace iónico, covalente o metálico?", le repuso, ufano, el filósofo.

En el mundo hay diversos niveles de realidad, pero todos ellos son reducibles dentro de una jerarquía. A nadie en su sano juicio se le ocurre analizar la guerra civil española atendiendo a la dinámica molecular (desde una óptica química) o al movimiento de electrones y quarks (desde una óptica física). Cada nivel de realidad tiene que ser analizado con herramientas adecuadas a ese nivel. La guerra civil española es un fenómeno social que ha de ser abordado científicamente por ramas del conocimiento como la historia o la sociología. Pero no por ello deja de ser una emergencia fruto de la acción de muchos individuos, cuya conducta es tratada por la psicología. Por su parte, los individuos son macromáquinas biológicas cuyo funcionamiento viene explicado por la biología. A su vez, la biología puede ser reducida a la química y ésta última a la física (desconocemos si hay algún otro nivel por debajo).

Ese libro de química de Bueno (le habría hecho bien leerlo, por cierto) es una entidad material, como nuestros propios cuerpos, sujeta a las leyes físico-químicas. Pero es algo más que eso, ya que es un contenedor de información expresada en un código lingüístico (cuya destrucción supondría, por supuesto, la pérdida del mensaje que porta). Es la lingüística, no la química, la que debe ser convocada para su tratamiento y análisis. La dichosa 'y' no es solo un simple borrón de tinta de imprenta (su soporte material) sino un símbolo lingüístico arbitrario cuya función es la de conjunción copulativa: no es un enlace covalente (que solo tiene significado en el ámbito de la química) ni una polla en vinagre ni nada parecido.

Devolviéndole la pelota -o sea, aplicando groseramente conceptos de un nivel subyacente a otro emergente-, Ochoa podía haberle respondido de esta guisa: "¿Y su majadería es una reacción endotérmica o exotérmica?". Esa majadería o sandez ha de ser tratada como un fenómeno psicológico, no biológico ni químico, lo que no obsta para que -como todo lo relacionado con un ser vivo, ya sea Bueno o un toro de lidia- tenga un fundamento biológico, químico y, en última instancia, físico. Puede ser una reacción fruto de la envidia, de la frustración, de alguna pulsión obsesiva o de un complejo de superioridad-inferioridad, pero el concepto "exotérmico" no procede en ese nivel de realidad. Como bien dice el psicólogo evolucionario Steven Pinker, saliendo al paso de los cansinos antirreduccionistas, hay que diferenciar siempre la causalidad próxima de la causalidad última. Los seres humanos se enamoran porque les hace felices (causa próxima), aunque en el fondo haya una inclinación genética (causa última): ello no tiene por qué quitarle valor al amor u otros sentimientos.

Por si alguien no ha tenido aún suficiente con Bueno, valgan aquí otras dos joyas del maestro, referidas respectivamente a su oposición al aborto y su aprobación de la tauromaquia (en la terminología de su materialismo filosófico, una "ceremonia de carácter angular, independientemente de que tenga otros componentes circulares o radiales"). Ciertamente, no podía esperarse otra cosa del maridaje de diarrea mental, analfabetismo científico y carpetovetonismo del más rancio (aunque vestido de marxismo y ateísmo).



Desconozco si Aranguren enseñó a pensar a muchos o a pocos. En lo que sí coincido con Bueno es en otra frase suya del artículo-obituario de 1996, enlazado al comienzo de esta entrada: "Es evidente que cada grupo social 'elige' a sus sabios y a sus héroes. Pero al elegirlos se define a sí mismo, tanto o más que a la persona escogida como paradigma de sabio, de filósofo o de héroe". Esto es perfectamente aplicable a los seguidores del propio Bueno.

viernes, 2 de octubre de 2015

¿Bailan los electrones? (¡A jugar!)


Hace un par de años, mi buen amigo y paisano canario José Miguel Santos me recomendó la lectura de un muy sugerente e interesante artículo: What’s the Point If We Can’t Have Fun?, del antropólogo y anarquista estadounidense David Graeber. Éste sostiene que lo que impulsa no solo a todos los seres vivos sino también a objetos inanimados autoorganizados (como un copo de nieve o un huracán) e incluso a las propias partículas elementales (como un electrón) es tan simple como jugar: se trata de un principio que regiría en todas las escalas de la realidad física, homologable al elan (o ímpetu) vital de Henri Bergson o al Wille de Schopenhauer, y que explicaría por qué un electrón gira (sencillamente, porque juega y se divierte -al igual que un copo de nieve, un gusano, un caballo o un bípedo implume-, todo un fin en sí mismo). Por eso Graeber llega a preguntarse si bailan los electrones.

Si esto fuera cierto, deberíamos tomarnos la vida de manera mucho más relajada y lúdica. Al fin y al cabo, se trata de divertirse... pero no solamente eso: sabemos que al menos en una de las escalas de ese gran juego, en el tablero donde interactuamos con nuestros congéneres humanos, los toros y los elefantes, mora la compasión. ¿Qué relación existiría entre ésta (madre de la Ética) y el elan lúdico graeberiano? Yo barrunto que la compasión debe ser, junto a la maldad, una de las hijas de este último.

domingo, 10 de mayo de 2015

Solo hay un electrón en el Universo... ¿y si solo hubiera una persona?

Patrón de difracción de un electrón obtenido con un átomo de berilio.

El gran físico John Wheeler (que acuñó el it from bit para expresar el supuesto carácter computable del Universo, además de dar nombre a los agujeros negros) llamó un día por teléfono a su colega no menos eminente Richard Feynman (artífice de la versión de las múltiples historias de la mecánica cuántica, que considera que una partícula sigue todos los caminos posibles para ir de un lugar a otro) para decirle que había llegado a la conclusión de que en el Universo solo había un electrón. No era una broma, no era una chifladura, no era una afirmación fruto de la ingesta desordenada de alcohol o de alguna sustancia alucinógena. Wheeler, uno de los físicos más originales y perspicaces -junto al propio Feynman- del siglo XX, había concebido la idea de que solo existen los campos, de que las partículas son epifenómenos de dichos campos, meros rizos, fluctuaciones o excitaciones en ellos. La audaz conclusión no se limitaba, por tanto, al electrón: en el Universo solo existiría un quark, solo existiría un fotón, solo existiría un neutrino...

En su célebre llamada telefónica, Wheeler también expresaba a Feynman su visión de las antipartículas como partículas que viajan hacia atrás en el tiempo. Un positrón es una partícula exactamente igual a un electrón salvo en su carga (positiva para el positrón; negativa para el electrón): por ello se trata de la antipartícula del electrón, con la que se aniquila en caso de encuentro (produciendo, como resultado de la colisión, rayos gamma). Según Wheeler, electrón y positrón serían la misma cosa (el rizo o excitación de un campo, como ya vimos antes), que se manifiesta como partícula o como antipartícula dependiendo de si viaja hacia el futuro o hacia el pasado. O sea, que las partículas pueden ir hacia atrás en el tiempo (las leyes de la Física son indiferentes a la flecha del tiempo: funcionan igual hacia adelante que hacia atrás, lo que desafía nuestra percepción macroscópica de que el tiempo corre siempre hacia el futuro).

Para tener una idea de lo que sería el campo del electrón o el de cualquier otra partícula, imaginémonos una gigantesca cuadrícula (el espacio-tiempo) con bombillas colocadas en cada uno de sus cuadraditos. La cuadrícula es tetradimensional (tres dimensiones espaciales y una temporal), pero tendremos que hacer el ejercicio mental en 3-D puesto que nuestro cerebro no es capaz de concebir una cuarta dimensión. En un determinado instante habría un montón de bombillas encendidas -con mayor o menor intensidad- y otro montón apagadas (en el siguiente momento, algunas seguirían encendidas -con mayor o menor intensidad-, otras se apagarían y otras antes apagadas se encenderían).

Cada bombilla encendida es un electrón que se desplaza por el espacio-tiempo hacia el futuro (o, visto de otro modo, un positrón que se desplaza por el espacio-tiempo hacia el pasado). Cada bombilla apagada indica la ausencia en ese cuadradito de un electrón (el valor nulo en ese punto del campo del electrón). Puede que allí se manifieste otra partícula, al tomar un valor no nulo algún otro campo como el electromagnético (cuya partícula es el fotón). O puede que no se manifieste ninguna, de modo que el cuadradito estaría vacío (lo pongo en cursiva porque la Física nos enseña que el vacío no es nada sino algoinestable y en permanente ebullición, que permea todo el espacio-tiempo).

Electrón y positrón seguirían pues una ruta jalonada de bombillas encendidas con distinta intensidad: cuanto más luminosa la bombilla, mayor energía (o sea, mayor impulso o momento físico, más cantidad de paquetitos energéticos de Planck) tendría la partícula en ese instante. Por cierto, cabría considerar si las partículas realmente se mueven, porque nuestras metafóricas bombillas no lo hacen: se limitan a encenderse, a crecer o decrecer en luminosidad o a apagarse. ¿Y acaso se mueven los fotogramas de una película?...

Volviendo al título de esta entrada, hay que tener cuidado para no incurrir en pseudociencia o mentecuanteces al buscar una respuesta a la pregunta de si la conciencia podría ser también un campo cuyos rizos o partículas serían las conciencias individuales: la mía, la tuya, la de un koala, la de una bacteria... ¿Y si solo hubiera una persona en el Universo?... Una metafísica seria (como la formulada por el filósofo australiano con pinta de músico heavy David Chalmers: ver este magnífico vídeo suyo) podría darnos, siempre en forma de hipótesis bien construidas, valiosas pistas al respecto.

domingo, 25 de agosto de 2013

¿Y quién soy yo? ¿Y quién es él?

Las preguntas más profundas suelen ser aquellas cuyas respuestas nos parecen aparentemente más evidentes, de tal modo que ni siquiera nos molestamos en plantearlas. Una de esas cuestiones es la de quiénes somos. Si sentimos que existimos, si nos vemos como seres individualizados, es gracias a nuestra conciencia: es ella, informada por el cerebro, la que hace que experimentemos un yo. Porque dentro de los confines de nuestro cuerpo no solo hay trillones de células trabajando en su funcionamiento y mantenimiento, sino también miles de millones de otros seres vivos (sobre todo, bacterias) con su propio ADN e intereses no necesariamente convergentes con los de nuestros ladrillos celulares. La conciencia es lo que nos confiere unidad, lo que nos hace sentir entes diferenciados del resto del Universo.

Uno de los grandes misterios de la vida es por qué existe -¿por qué habría de existir?- la conciencia. Para que un ser vivo se desempeñe por el mundo no hace falta que posea esa cosa tan difícil de definir pero con la que todos tenemos tanta intimidad. Un ordenador recibe información (inputs) del exterior y, conforme a su programación, la procesa para generar unos outputs. Un animal recibe información a través de sus sentidos y, conforme a su cerebro (una máquina orgánica plástica que no deja de aprender constantemente para corregir sus errores), la procesa para generar unos outputs en forma de acciones (atacar, huir, dirigirse en busca de comida o compañero sexual, etc.). Los animales y los propios humanos podrían ser perfectamente meras computadoras orgánicas, simples zombis sin consciencia ni vida mental. (La hipótesis filosófica del zombi ha sido desarrollada por pensadores como David Chalmers: lo más inquietante es la imposibilidad práctica de descartar con certeza que nuestro interlocutor -o el bloguero que esto escribe- sea un zombi).

Hay quienes piensan, sin embargo, que a partir de un determinado nivel de complejidad incluso los ordenadores se harían necesariamente conscientes (¿por qué el silicio habría de ser menos válido que el carbono a este respecto?). Por otro lado, hay quienes sostienen que hasta un simple termostato es consciente de algún modo. Y, ya en el extremo, las religiones orientales (hinduismo, sintoísmo, budismo...) se fundan en el pampsiquismo, en la creencia en que la conciencia mora en todo objeto del mundo aunque sea una piedra, un papel o un tornillo. 

El biólogo Richard Dawkins sugiere que la conciencia podría ser una interfaz entre el cerebro y el cuerpo que lo aloja, una especie de sistema operativo (a lo Windows, pero sin tantos fallos) para hacer un uso fácil de ese órgano tan complejo. Para Dawkins, que no deja de confesarse intrigado, la mente sería una emanación cerebral favorecida por la selección natural. El antedicho Chalmers defiende un dualismo naturalista merced al cual la conciencia emerge de la materia, pero no está sujeta a las leyes físicas tal y como las conocemos. Sería algo parecido a los genes culturales o memes de Dawkins, que emergen de seres materiales -los humanos- pero luego tienen vida propia en ámbitos inmateriales.

Una respuesta a la pregunta de ¿Quién soy yo? puede ser la que nos ofrece el célebre fisico Erwin Schrödinger en su librito ¿Qué es la vida?: "Analizándolo minuciosamente, se verá que no es más que una colección de datos aislados (experiencias y recuerdos), o sea, el marco en el cual están recogidos. En una introspección detenida, se encontrará que lo que en realidad se quiere decir con ‘Yo’ es ese material de fondo sobre el cual están coleccionados". Para Schrödinger, inspirado en el hinduismo, solo habría pues un Yo universal con multitud de avatares ilusorios (la pluralidad de conciencias).

Pese a ser un ateo confeso, el filósofo y estudioso de la mente Daniel Dennet reconoce que si nuestra conciencia fuese un software ejecutado por el cerebro, podría ser grabada de algún modo -no dejaría de ser información susceptible de registro con la adecuada tecnología- y así inmortalizada. Lo que Dennet pasa por alto es que, debido al íntimo y complejo entrelazamiento -tanto en el espacio como en el tiempo- entre las partículas del Universo, acaso nuestro registro personal no pueda ser reproducido si no es reproduciendo la totalidad del Universo. En una película se pueden ver los fotogramas hacia adelante o hacia atrás, pero no es posible -además de que no tendría sentido- ver solo los fotogramas en los que aparece un determinado protagonista. Ese registro personal podría estar inscrito de modo indeleble en el Universo, imbricado en el complejísimo entramado cósmico. Por lo que quizá tuviese razón Borges cuando escribió: "Sé que una cosa no hay: es el olvido. Sé que en la oscuridad perdura y arde lo mucho y lo precioso que he perdido: Esa fragua, esa luna, y esa tarde".

viernes, 24 de mayo de 2013

Los frutos de la ignorancia científica

Hace casi tres años, en los inicios de este blog, escribí una entrada dedicada a los humanistas incultos, esos eruditos que no solo no tienen pajolera idea de ciencia sino que incluso llegan a presumir alegremente de esa ignorancia. Más adelante me metí con la filosofía, que en buena parte se ha convertido en mera palabrería al haberse desvinculado de los saberes científicos (lo viene diciendo Stephen Hawking desde hace tiempo).

Acabo de leerme un libro estupendo: Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares. Con independencia de sus valores literarios, he reparado en dos errores de Llamazares que pasarían por alto a todo aquel que no esté algo interesado en la Física o la Cosmología: en primer lugar, las estrellas fugaces no son estrellas (como se dice varias veces en el texto) sino muy pequeños fragmentos de meteoritos que penetran en la atmósfera terrestre y se encienden a su paso; por otra parte, el tiempo no es infinito, ya que tuvo un inicio (en el big bang) y tendrá un final (presuntamente, en la muerte térmica del Universo). Obviamente, esto carece de importancia porque se trata de detalles accesorios en una hermosa novela -recomiendo mucho su lectura- que reflexiona en tono intimista acerca de la cortedad de la vida y la extrañeza ante el paso del tiempo.

Sí que es grave la ignorancia científica cuando se filosofa (o se pretende filosofar). Hace días me leí una entrevista a Adela Cortina en Babelia que me ha vuelto a presentar como acuciante la necesidad de conjugar humanidades y ciencia para hacer un buen trabajo en ese ámbito. ¿Cómo se puede ser un buen epistemólogo sin tener nociones de Neurociencia? ¿Cómo se puede escribir sobre Ética sin saber algo de Biología? (para tener una cierta comprensión de lo que es la vida -no solo la humana- y constatar, entre otras cosas, que nuestro sistema nervioso no difiere del de los cerdos u otros mamíferos) ¿Cómo se pueden aventurar hipótesis metafísicas sin la más remota noción de Cosmología moderna? Dice Cortina, especialista en Ética, que los chimpancés solo son "maximizadores racionales" (los seres humanos seríamos, a diferencia de esos simios, "fundamentalmente cooperativos y reciprocadores"). ¿De dónde se ha sacado eso? ¿Esta mujer no ha visto nunca un documental de animales de La 2 (ya no le pido que se lea a Frans de Waal)?... La entrevista está salpicada de obviedades y lugares comunes ("Hemos de construir solidariamente un mundo justo", "cambiar a mejor es posible"...) e incluso contiene algún disparate: "El individualismo es falso. Es una abstracción, una creación" (acuérdense de esta frase cada vez que se pillen un dedo en una puerta). Si leemos a Fernando Savater o a José Antonio Marina nos encontraremos con más de lo mismo, aunque por lo menos hay que agradecerles -también a Cortina- su buena sintaxis (otros ni siquiera pueden escribir un párrafo legible).

viernes, 8 de marzo de 2013

Los costes de pensar por libre (reflexión a cuenta de Peter Singer)

Ser un librepensador bien vale la pena, tanto por el placer de pensar por uno mismo como por la libertad de espíritu (aunque te encuentres encerrado detrás de unos barrotes o en un gulag). Sin embargo, no sale gratis. Pensar por tu cuenta supone un esfuerzo y requiere valentía, ya que trae consigo salirse del cálido espacio de confort del pensamiento convencional (de lo que te dijeron de pequeño en casa, en la escuela y en la iglesia y nunca te atreviste a cuestionar) para asomarse a caminos bacheados sin señalización y abismos vertiginosos. Por otro lado está el coste social, cuando osas transmitir tus ideas o reflexiones a tus congéneres. Porque muchas personas no te van a entender e incluso te van a tomar como un chiflado. Eso no es lo peor, ya que incluso puedes ser linchado socialmente por tanto cabestro incapaz de advertir los matices, de poner las cosas en su contexto, de diferenciar un aserto de una valoración, de comprender (en el sentido más amplio de la palabra). Steven Pinker refiere algunos ejemplos a este respecto en su libro La tabla rasa, como los ataques -en este caso, de izquierdistas biempensantes y feministas radicales- a quienes sostienen que la violación no solo es violencia sino también sexo. Estoy dando además por descontado que vivimos en una democracia: no hablemos ya de dictaduras o regímenes teocráticos, en los que te jugarías literalmente el pellejo.

Lo cierto es que uno puede hablar con la cabeza perfectamente amueblada de cuestiones como la liberación animal, el vegetarianismo ético, el Multiverso o incluso la posibilidad de que el Cosmos sea una simulación computada (una hipótesis metafísica no desdeñable). Bien diferente es llenarse la boca de chakras, reiki, tarot, chemtrails, alimentación en función del tipo sanguíneo o majaderías conspiranoicas. Ahí es donde están el criterio y la información de cada uno para saber distinguir una audaz conjetura o un pensamiento heterodoxo bien construido de simples gilipolleces sin más fundamento que el ratón Pérez o las apariciones marianas en El Escorial.

El filósofo australiano Peter Singer es un magnífico ejemplo de librepensador contemporáneo. Con la sola armadura de la razón y la intuición (que no deja de ser un modo ultrarrápido de razonamiento), nos desmonta tópicos, plantea contradicciones e ilumina nuevos caminos para su especialidad: la Ética. No va por sendas trilladas y siempre anda un paso por delante de pensadores como Savater (quizá por haberse molestado en leer textos de Biología y Etología para hacer reflexiones de índole moral), lo que le ha granjeado toda suerte de oprobios entre los cuales el ser considerado un monstruo quizá no sea el más desagradable.

En su polémico (¡cómo si no!) libro Ética práctica, Singer tiene un capítulo llamado "¿Por qué es malo matar?". Parece algo obvio para casi todo el mundo -salvo que las víctimas no sean humanas y se sirvan en la mesa con ensalada y papas fritas-, pero no lo es tanto si indagamos en el asunto sin condicionamientos doctrinarios previos y solo auxiliados por la razón. Singer nos invita a imaginarnos un caso muy especial: una persona sin familia ni nadie que le pueda echar de menos en el mundo está durmiendo en un paraje donde no hay nadie observando; de pronto, alguien le causa la muerte, sin sufrimiento alguno para la víctima (el fallecimiento es instantáneo) y sin que esta llegue a ser consciente en ningún momento de la amenaza sobre su existencia; el cadáver de esta persona nunca aparecerá y jamás se descubrirá lo ocurrido. 

En este supuesto, la aniquilación de una vida no va aparejada a sufrimiento alguno (ni de la propia víctima, ni de sus familiares, ni de eventuales testigos del crimen ni de la sociedad en su conjunto). Se podría objetar que se le ha arrebatado a la víctima la posibilidad de seguir viviendo, que se le han truncado sus proyectos vitales, sus eventuales momentos de felicidad en el futuro... Pero esa objeción es absolutamente desacertada, porque el asesinado no echará de menos lo que podría haber hecho y ya nunca hará. Llegados a este punto, considero necesario recordar que se trata de un mero ejercicio teórico: no significa que esté bien matar a alguien en esas circunstancias ni que Singer lo justifique o aliente de algún modo. Solo es un supuesto para hacernos reflexionar acerca de las raíces de la moral.

Una de las conclusiones principales de este libro es que el concepto de persona -cuyos intereses habrían de ser debidamente tenidos en cuenta- debe ensancharse para incluir a individuos no humanos (grandes simios y otros mamíferos inteligentes como delfines, ballenas, elefantes, etc.). Algo que filósofos católicos no dudan en despachar con esta contundencia: "Grotesca de suyo, no requiere más comentario" (sinceramente, a mí se me antoja mucho menos grotesca que la creencia en la virginidad de una madre). Desde luego, si por persona entendemos un individuo autónomo y consciente de sí mismo, que puede sufrir y gozar y se ve como una entidad diferenciada con un pasado y un futuro, no parece de recibo limitar el concepto a nuestra especie: eso sería especismo del más burdo (tan endeble de sostener como el racismo o el sexismo, hasta hace no mucho considerados como lo más natural por la mayor parte de la gente).

Esto que cuenta Singer es muy difícil de tragar para mucha gente, condicionada por sus creencias religiosas (o laicas) y los convencionalismos sociales. Intentar compartirlo entraña el riesgo ya apuntado al comienzo de este texto. En cierto modo sería como contarle a un amigo funcionario conservador con cuatro hijos que se ha casado por la Iglesia con su novia formal de toda la vida que vas a contraer nupcias por el rito balinés con tu amante bisexual de Taiwán para establecerte como corredor de apuestas en Oregón: lo más probable es que el amigo te mire con recelo (detrás del cual, por cierto, acaso se encuentre agazapada una insana envidia).

Una de las grandes ventajas de las redes sociales, tal como coincidía este lunes con mi amigo Salvador Casado en un memorable paseo-charla nada virtual por las sendas nevadas de La Barranca (al pie de La Maliciosa), es que te ofrece la oportunidad de conectar con personas de todo el mundo que están en tu misma onda. La misma ventaja que tienen, a su vez, quienes comparten afición por los chakras, el reiki, el tarot, los chemtrails o las majaderías conspiranoicas. Porque alienta mucho saberse acompañado y entendido por tanta gente de ahí fuera (aunque sean pocos relativamente).

sábado, 9 de junio de 2012

Teleportación cuántica e identidad de Rajoy

La teleportación cuántica consiste en reproducir a distancia la información de una partícula para obtener otra exactamente igual. No sería correcto hablar de copia, pues ambas serían completamente indistinguibles e intercambiables.

A modo de ejemplo muy burdo, sería como si yo escribiese con un Bic azul en un determinado lugar de un folio en blanco Guarro los caracteres 'HILILLOSH', con un determinado tamaño y forma. Una vez escrito, se lo comunicaría por teléfono (o por fax, e-mail, Skype, Facebook, etc.) a un amigo que está aguardando en Pelotas (Brasil) con su folio en blanco Guarro y el mismo Bic azul. Este colega ubicado en Rio Grande do Sul escribiría en su hoja los mismos caracteres en el mismo lugar y con la misma forma: su hoja sería indistinguible de la mía (insisto en que el ejemplo es muy burdo, porque la hoja no sería exactamente igual, ni la tinta del Bic ni el pulso de quien escribe 'HILILLOSH').

Lo cierto es que en 1997 se llevó a cabo la primera teleportación exitosa de un fotón. Aunque se teleportó a una pequeña distancia, el experimento hubiera funcionado a miles de kilómetros (incluso lo haría a miles de millones de años-luz, aunque en ese caso habría que esperar miles de millones de años -el tiempo necesario para que llegue la información transmitida de un lado a otro- para ser coetáneos de su realización).

Lo que algunos físicos se han planteado es la posibilidad de teleportar agregados de partículas, como son los átomos, las moléculas o los propios seres vivos (humanos inclusive). Si teleportar un fotón es complejo, podemos imaginarnos lo que sería intentarlo con una molécula. Y ya resulta inimaginable la complejidad técnica de teleportar toda la información de un humano, un agregado de cuatrillones de partículas. Ahora bien, se trata de una limitación tecnológica pero no física: una civilización superinteligente -la nuestra dentro de miles de años o quizá una evolucionada a partir de las bacterias terrestres actuales dentro de siete mil millones de años- podría disponer de las herramientas para llevarlo a cabo. Si así fuera, se plantearía una turbadora duda metafísica: ¿dónde está la identidad del individuo teleportado?... ¿Solo en el original?, ¿en su copia?, ¿en ambos al mismo tiempo?

Por ejemplo, imaginemos que la información que define al agregado de partículas 'Mariano Rajoy', ubicado en su despacho de Moncloa, fuese reproducida en la High Street de Gibraltar, en el desierto de Gobi y en un planeta extrasolar (o exoplaneta) ubicado a 14 años-luz de la Tierra. Si hiciéramos la teleportación esta misma tarde, un tipo exactamente igual a Rajoy (insisto: lo correcto sería decir otro Rajoy, no menos auténtico que el de Madrid) empezaría inmediatamente a andar por las calles del Peñón y por las dunas del desierto centroasiático para asombro de llanitos, mongoles y, sobre todo, del propio don Mariano. En el momento 0, los Rajoy de Gibraltar y Mongolia tendrían exactamente la misma configuración física y mental, los mismos gustos, recuerdos y complejos, que el de Moncloa. A partir de ahí, cada uno empezaría a recolectar distintas experiencias, a seguir diferentes caminos que harían que su estado físico y mental fuese divergiendo. Quizá el de Mongolia se hiciera budista tras un encuentro con un monje zen en el desierto, quizá el de Gibraltar empezase a hablar con acento andaluz al cabo de los años (si estableciera su domicilio en la colonia británica)...

Más desconcertante sería el caso del Rajoy de un exoplaneta, al que llamaremos Ivano-MMXII y supondremos adscrito a un sistema solar binario. Dentro de 14 años llegaría a nuestro interlocutor de allí (un extraterrestre inteligente, obviamente) la información necesaria para reproducir a nuestro presidente, de tal modo que don Mariano aparecería súbitamente en lo que para nosotros sería el año 2026 con el aspecto físico y el bagaje de experiencias del 9 de junio de 2012. Con la mente agitada por el rescate de la banca española y el inminente debut de la Roja contra Italia en la Eurocopa, Rajoy se vería a sí mismo rodeado de extraños seres en un planeta no menos extraño con dos soles en el horizonte. En el momento 0 en Ivano-MMXII estaría igual que sus homólogos en Madrid, la Roca y las arenas de Gobi el 9 de junio de 2012, pero no tardaría en empezar a recibir nuevos y sorprendentes estímulos. Advirtamos además que en ese momento 0 sería coetáneo de los Rajoy terrestres de 2026.

Volviendo a lo anterior: ¿quién es Mariano Rajoy?, ¿se trata solo de una singular disposición de partículas, de un mero paquete de información expresada en el espacio-tiempo? Si el Rajoy presidente en Madrid pereciese por la ingestión de unos chuches envenenados introducidos por Esperanza Aguirre en la cocina de Moncloa, ¿sería correcto decir que don Mariano ya no existe?... Y, olvidándonos ahora de la teleportación, ¿si existiesen infinitas copias de él -y de todos nosotros- en el multiverso, con sus correspondientes mentes?...

lunes, 12 de diciembre de 2011

¿La Filosofía ha muerto?

Esto afirma en su último libro (El gran diseño) el físico Stephen Hawking, quien sostiene que la Filosofía "no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la Física". Lo cierto es que la filosofía contemporánea -sobre todo la continental europea, no tanto la anglosajona- tampoco se ha molestado en entender demasiado de Biología, Etología, Neurociencia, Matemática, Economía o ciencias de la computación, materias que ha tendido a despreciar olímpicamente en beneficio de infumables fenomenologías, hermenéuticas, deconstrucciones, racionalidades comunicativas, metanarrativas, etc. Ese desprecio no quita que muchas veces haya recurrido, de manera impropia e incluso risible, al uso de conceptos científicos para darse aires de gravedad.

En un programa de TVE dedicado a la Filosofía, José Antonio Marina dice que "la bondad no es nada más que aquella forma de percibir con agudeza qué es la buena solución a cada problema y también tener la gallardía de ponerlo en práctica". Una frase tan resultona como impropia, porque eso no se llama bondad sino inteligencia resolutiva (nadie diría que es un ejercicio de bondad limpiarse el culo tras un apretón en el campo con las páginas de un periódico que se tiene a mano). Estas palabras son un ejemplo de que buena parte de la filosofía se ha convertido en mera verborrea, en el mejor de los casos elegante o inteligible (porque hay que reconocer la elegancia e inteligibilidad de Marina y Fernando Savater, a diferencia de otros, para sostener cosas evidentes e incluso naderías). Y bien trufada de citas y apelaciones a clásicos, que le dan un barniz de erudición absolutamente estéril.

El peor de los casos es el de la verborrea ilegible, con maestros de la oscuridad y el fárrago tan influyentes en la tradición filosófica continental como Heidegger, Deleuze, Baudrillard, Gadamer, Derrida, Lyotard y quien posiblemente sea el mayor timador intelectual de la historia reciente: Lacan. De ellos beben filósofos actuales como Jürgen Habermas (Premio Príncipe de Asturias solo por decir de manera comprensible en miles de páginas que hay que buscar consensos y que la democracia es buena), Alan Badiou (intragable filósofo de cabecera de terroristas de inspiración marxista-leninista como los etarras) o Peter Sloterdik (creador de un esperpéntico discurso poblado de esferas, burbujas, globos, espumas, "uterotopos", etc.).

Otros pensadores franceses como André Glucksmann, Bernard-Henri Levy y Alain Finkielkraut se han apartado afortunadamente de la jerga postmodernista de sus compatriotas más mayorcitos, alguno de los cuales -Deleuze- no dudó en tildarles de "bufones televisivos" por su osadía de expresarse con claridad. En realidad, estos jovenzuelos son más comentaristas políticos que filósofos.

La escuela filosófica anglosajona es, por fortuna, otra historia (¿quizá gracias a apartarse de Hegel, ese "soplagaitas" según Schopenhauer?). No es casual que gente tan valiosa como Bertrand Russell, Karl Popper o John Rawls hayan mamado de esta tradición, presidida por la claridad y la profundidad. Una escuela a la que se adscriben posiblemente los mejores filósofos actuales, como Peter Singer, Daniel Dennet o David Chalmers. Rompiendo moldes, Singer es exponente de una nueva ética transhumanista basada en la ponderación utilitarista de los intereses de todos los seres sintientes (humanos o no).

Ello lo sitúa muy lejos de uno de los filósofos españoles antes mentado, que hace poco tuvo la ocurrencia de presentar un libro suyo de Ética en una plaza de toros: no resulta extraño dada su condición de lego en Biología, manifiesta en entrevistas como esta (escuchar desde 10'40'' hasta 11'31'') en la que afirma que los animales son autómatas que no toman decisiones (debería leerse algún manual de la ESO o pinchar, por ejemplo, aquí). Al menos, como ya señalé antes, hay que reconocer al autor de Ética para Amador (en cuyas páginas también exhibe una enorme ignorancia sobre el mundo animal) su capacidad didáctica, su honestidad intelectual y su alejamiento de la oscuridad farragosa: no es poca cosa.

Al hilo de esta cuestión, siempre conviene recordar el hilarante escándalo Sokal, que dejó en rídiculo el pensamiento postmodernista con la publicación de un bodrio absurdo e infumable (redactado así deliberadamente) en una prestigiosa revista estadounidense de ciencias sociales. Por cierto, si alguien quiere convertirse en filósofo puede hacerlo en esta web generadora de piezas filosóficas postmodernistas. A mí me ha salido un texto muy mono llamado "Desublimación textual en los textos de Joyce".

martes, 13 de septiembre de 2011

Una explicación biológica del mal

Quienes buscan acercarse a la naturaleza del mal a través de la razón (no de la religión) cometen quizá el error de recurrir más a la Filosofía que a la Biología, una ciencia que podría aportar pistas más valiosas. Dicho de otro modo, puede ser más útil a este respecto leer a Darwin que a Savater (¡por no hablar de Santo Tomás de Aquino!).

La Biología nos dice que los seres vivos depredan en este planeta para obtener su sustento desde hace al menos unos 2.700 millones de años, cuando unas bacterias empezaron a fagocitar a otras al agotarse el caldo primigenio de moléculas que había en el mar. Hace más de 500 millones de años apareció el primer asesino macrófago: quizá un platelminto (gusano plano) marino que envenenó y digirió a alguna otra criatura marina. Así es la Naturaleza que conocemos, en la que no abunda la compasión y rige la ley del más fuerte o del más listo. O sea, el pez grande se come al pez chico. No debe ser muy diferente en otros lugares donde haya prendido la vida.

Lo que entendemos por mal es la depredación aplicada entre seres humanos, no tanto para sobrevivir como para disfrutar con el sometimiento o humillación de otros o saciar a su costa nuestro hambre de poder, sexo o dinero. Mal también sería la violencia ejercida contra los animales que hemos decidido convencionalmente excluir de nuestro círculo depredador, caso de las mascotas. Porque matar a palos a un galgo no cuenta con la misma consideración moral que decapitar a un cerdo en una matanza. Al igual que matar a un congénere no tiene la misma calificación moral que abatir a un ciervo en una montería. Esto es así puesto que la moral es una mera invención humana para su mejor autoconservación. Aunque disparar a un ciervo por entretenimiento no deja de ser un crimen monstruoso para un nivel alto de conciencia.

La raíz del mal habría que buscarla pues en nuestras profundidades genéticas, en la pasta de la que estamos hechos: el mal está ya latente en los primeros organismos vivos, programados para reproducirse a toda costa. No es culpa de la humanidad ni del resto de los seres vivos estar hechos de esa pasta, o que el agotamiento del caldo nutritivo primigenio llevase un día a las criaturas a la depredación: podríamos decir que allí radica el pecado original (justificado, por cierto, porque no les quedaba otra). Además, si la humanidad sobrevivió posteriormente como especie fue no solo por su faceta social cooperativa sino también por haber matado a diestro y siniestro a sus predadores, presas y competidores. Es innegable que la depredación siempre ha sido premiada evolutivamente.

Por tanto, detrás de un torturador, un violador o un asesino no solo hay un sádico, un estúpido, un inconsciente o un psicópata, sino millones de años de depredación y violencia. Es imposible desprenderse de ese componente depredador -¡hasta ahora tan funcional!-, incrustado en lo más profundo de nuestro ser. Que se manifieste en unos individuos más que en otros depende de su predisposición genética y de factores ambientales como el entorno familiar y social, su educación, su historia personal, etc. Por otra parte, es cierto que en nuestra herencia genética también anida el bien. Y que la compasión ha arraigado no solo en los humanos sino en otros seres vivos inteligentes. Está en nuestras manos cultivarla.

Por último, ¿por qué el mundo tendría que estar siempre regido por las leyes de la depredación? ¿Por qué no podríamos nosotros, con nuestra inteligencia, intentar cambiar sus reglas? Quizá alguna civilización extraterrestre mucho más inteligente ya lo haya hecho en su ámbito. Contra natura, por supuesto. Como debe ser.

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