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sábado, 7 de julio de 2018

El principio de la Purísima Concepción: o algo es perfecto o no vale para nada

En su libro La izquierda feng-shui, Mauricio Schwarz define el principio de la Purísima Concepción como la exigencia por cierta izquierda de una absoluta perfección a toda solución política propuesta (una exigencia que se extiende además a quienes pretendan ponerla en marcha). Como dice el escritor mexicano afincado en Gijón, "es un puritanismo implacable, que se puede utilizar para condenar prácticamente a cualquier persona o actividad imaginables".

Nada es suficiente bajo semejante grado de exigencia: todo tiene que ser perfecto o, de otro modo, es una mierda. Si sigue habiendo gente pobre en Chile, pues concluimos que las políticas económicas allí aplicadas por la izquierda tras la dictadura no han servido (aunque hayan sacado de la pobreza a muchas personas). Si siguen muriendo en España 50 mujeres al año manos de sus parejas, entonces es que las leyes contra la violencia de género aquí no funcionan (¿alguno de estos puristas realmente se cree que algún día será erradicada la delincuencia y dejará de haber asesinos, violadores o atracadores?). Si hay un brote puntual de salmonella o botulismo, toda la política de seguridad alimentaria es puesta en la picota (no se cuentan los casos evitados gracias a las normativas, al no salir felizmente del ámbito de lo contrafactual).

Dos ejemplos muy ilustrativos a este respecto son la Transición española y la Unión Europea (UE). Para la actual izquierda más allá de la socialdemocracia (recordemos que esta última llegó a ser etiquetada como "socialfascista" por la izquierda comunista), la Transición fue simplemente un trapicheo para perpetuar el franquismo por otras vías menos impresentables. Y la UE solo es una Europa de los mercaderes en la que únicamente importa el dinero y Alemania condena al ostracismo a los pobres países del sur. Negar los grandes logros de la Transición (establecer en España un marco civilizado de convivencia lo más integrador posible) y de la UE (asegurar la paz en Europa tras siglos de guerras continuas) apelando a todos sus vicios, limitaciones y problemas -que los tuvieron o tienen, claro está, como procesos sociopolíticos complejos- es de un sectarismo y una miopía gigantescos: solo un ignorante, un fanático o una persona de mala fe pueden hacerlo. ¿Alguien en su sano juicio pensaba que íbamos a meter en la cárcel en 1977 a criminales de guerra franquistas, con un ejército aún poblado de militares defensores del dictador, o que acaso tenía sentido arriesgar la democracia por eso? ¿Alguien cree que la UE no ha valido la pena, a pesar de todo lo malo que podamos decir de ella? ¿Esperábamos vivir en un paraíso terrenal, libres de todo mal y corrupción, por disfrutar de una democracia (tras la larga pesadilla franquista) y formar luego parte del club comunitario?...

Nada es perfecto en el mundo, ni siquiera la naturaleza (incluso la evolución es chapucera). Por eso cuando decidimos algo (en particular, cuando votamos) debemos hacerlo a sabiendas de que nuestra opción nunca surtirá propiedades mágicas ni estará libre de defectos. La presidencia de Felipe González en España o la de Barack Obama en EE.UU. no fueron perfectas, tienen sus luces y sombras como todo, pero su balance es claramente positivo para cualquier progresista medianamente sensato y con los pies en la tierra. Tampoco ha sido un dechado de perfección el desbloqueo por decreto-ley de la renovación del consejo de administración de RTVE. ¿Pero había otra solución mejor sobre la mesa? ¿Dejarán sus trabajadores de vestir de negro los viernes solo cuando esta empresa pública supere a la BBC (que, imagino, tampoco será perfecta) en financiación, credibilidad informativa y calidad de su producción audiovisual?...

sábado, 5 de mayo de 2018

El gran error de Marx acerca de la naturaleza humana


El filósofo australiano Peter Singer, principal exponente de una moral transhumanista con obras como Liberación animal y Ética práctica, acierta plenamente en un artículo reciente titulado Is Marx still relevant? (hoy mismo se cumplen 200 años del nacimiento del pensador alemán): el mayor error del marxismo fue su falsa visión de la naturaleza humana, al achacar al sistema capitalista los vicios de nuestra especie y creer que algún día, con el socialismo y el supuesto advenimiento de la sociedad comunista sin clases, se alumbraría un hombre nuevo libre de codicia, egoísmo, ansia de poder y afán de ostentación. Porque los mimbres de los que estamos hechos los hombres y las mujeres son los mismos, ya sea bajo el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo o el socialismo. Y la utopía comunista es tan disparatada como inalcanzable.

Negando la naturaleza humana nos daremos de bruces una y otra vez con la realidad y terminaremos abocados a la frustración, al constatar que nunca se erradicarán lacras como la violencia machista, la criminalidad organizada, el acoso escolar o los abusos a menores. Claro que hemos avanzado mucho al respecto, sobre todo en los países más desarrollados, pero solo desde la ingenuidad más pueril o la ignorancia de cómo somos realmente (en parte por estimar que la ciencia no es aplicable al estudio de la conducta humana) podemos llegar a creer que algún día no habrá abusos, violaciones, asesinatos (machistas o no) o cualquier otro acto bárbaro. Y que no harán falta la policía o las cárceles, como sueña cierta izquierda.

Aceptemos de una vez por todas que siempre habrá entre nosotros psicópatas, sádicos y gente malvada. Y también, por fortuna, gente buena y compasiva. Que somos cooperadores, pero también depredadores. ¡Es la variabilidad humana, con lo mejor y lo peor! Por mucha educación y buenas leyes que pongamos en el asador, lo peor de nuestra naturaleza jamás será suprimido; si acaso, minimizado, como ocurre en los Estados más civilizados del mundo (por eso me temo que en España el número de mujeres asesinadas anualmente por sus parejas nunca baje de 40 o 50; en sitios como  África, Latinoamérica, India o el mundo islámico, donde la situación es mucho peor, sí que hay un margen de mejora bastante más amplio).

Ni siquiera la ingeniería social puede alterar la pasta con la que nos ha fabricado la evolución. Mientras sigamos siendo Sapiens, nuestras motivaciones, pulsiones, temores y anhelos serán los mismos (teniendo en cuenta, por supuesto, la susodicha variabilidad en la conducta). Durante la Guerra Fría, los alemanes orientales no eran esencialmente diferentes a los occidentales. Como los rusos de hoy no son en el fondo distintos a los de 1960 o 1915. La película humana es siempre la misma, solo con pequeñas adaptaciones en el guion, pese a los cambios culturales. Aunque, como insiste machaconamente Steven Pinker, nunca la humanidad ha estado mejor que ahora: hay un progreso innegable, atribuible al fortalecimiento de la democracia (últimamente amenazada por una ola nacional-populista), las crecientes interdependencias entre Estados y la extensión de la educación y el cosmopolitismo.

martes, 17 de abril de 2018

¿Ignorante, idiota... o acaso malvado?


En mi libro R que R desde Alfa hasta Omega: Un ensayo sobre el error menciono varias veces a Kathryn Schulz, autora de En defensa del error: Un ensayo sobre el arte de equivocarse.
En un párrafo de mi obra se lee lo siguiente:

Schulz nos alerta de que estar convencido de tener la razón en algo puede ser muy peligroso. El pensar que nuestras creencias reflejan perfectamente la realidad nos lleva a chocar con los que no lo ven así. En primera instancia atribuimos esa discrepancia a la ignorancia del prójimo (sesgo cognitivo de atribución), quien supuestamente suscribiría nuestras ideas de tener acceso a la información adecuada. Aun así, puede ocurrir que este siga empeñado en disentir: entonces tendemos a etiquetarlo como un idiota. Pero si resulta que el tipo maneja la misma información que nosotros y tenemos acreditado que se trata de una persona inteligente, Schulz introduce un tercer supuesto: nos convencemos de estar lidiando con un ser malvado, que conoce la verdad pero la distorsiona deliberadamente con aviesas intenciones. De ahí a deshumanizarlo solo hay un paso. Suele ocurrir en el mundo de la política cuando nos dejamos llevar por el forofismo y el trazo grueso. 

Imputar en principio ignorancia, luego idiotez y finalmente maldad cuando alguien disiente de nuestras ideas es típico de la izquierda más dogmática e intransigente (también de la derecha, pero hablo de la izquierda porque es la que me interesa y la conozco bien: ¡yo mismo he llegado a pensar así!). Intelectuales como Albert Camus, Octavio Paz, Jorge Luis Borges o Alexander Solzhenitzyn, y más recientemente Francis Fukuyama, Samuel Huntington, Fernando Savater o Mario Vargas Llosa, se cuentan entre las personas sometidas a este proceder por la izquierda menos tolerante; además de no pocos políticos, desde Adolfo Suárez a Albert Rivera pasando por Joaquín Leguina, por centrarnos solo en España. Eso no quita que a menudo sí estemos lidiando con ignorantes (Savater, al igual que muchos otros humanistas, es un lego en ciencias), idiotas o gente realmente malévola: por ejemplo, cuando nos encontramos con muchos de los votantes de Trump, con él mismo o con compatriotas nuestros que hablan de indemnizaciones en diferido en forma de simulación.


Podemos no estar de acuerdo con muchos planteamientos de Fukuyama, pero ese tipo no es ningún botarate: es un pensador de ideas diferentes a las nuestras pero igual de legítimas y bienintencionadas (por cierto, la idea del "fin de la historia" es originariamente de Marx, aunque para él la estación final era la sociedad comunista sin clases y no la democracia liberal). Podemos disentir de Vargas Llosa, pero eso no lo convierte en un mentecato o un tipo artero que escribe con fines espurios (ya puestos, ni siquiera es un conservador sino un liberal genuino). Como tampoco eran ignorantes, necios o necesariamente malvados Solhzenitzyn (pese a profesar su peculiar nacionalismo místico ortodoxo ruso), Paz, Borges o Camus. Ya hay más dudas acerca de quienes, como Sartre, justificaban las atrocidades del régimen soviético y al mismo tiempo disfrutaban plenamente de las mieles de las democracias liberales.

El caso de Huntington es especialmente sangrante, ya que se le acusa poco menos que del choque de civilizaciones adelantado en su libro de 1996 El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial: es como si alguien alertara del riesgo de las superbacterias resistentes y luego se le culpara, al confirmarse su advertencia, de los daños causados por esos microorganismos. Huntington preveía un choque de culturas, pero no le parecía que eso fuera algo bueno o deseable: todo lo contrario. Sin embargo, la marca "Huntington" es para muchos izquierdistas intransigentes de manual un sinónimo de neoconservadurismo imperialista (al igual que la marca "Adam Smith" es sinónimo injustamente de egoísmo y perversidad capitalista). Es lo que pasa cuando alguien habla de un libro sin haberlo leído, o se dedica a retuitear acríticamente, dejándose llevar por los creadores de opinión de su bandería. La izquierda, que siempre se ha preciado de ser autocrítica, deja de merecer su nombre si queda reducida a una suerte de secta o religión. Y si no es inclusiva, está condenada a la irrelevancia.

lunes, 25 de septiembre de 2017

'R que R desde Alfa hasta Omega: Un ensayo sobre el error', ya a la venta en Amazon


Una entrada en noviembre de 2015 en este blog con un nombre parecido ("Naturaleza física del error") ha sido la semilla del libro que ahora ve la luz. El ensayo también se ha alimentado de algunas otras reflexiones publicadas en este cuaderno de bitácora desde que lo abrí en septiembre de 2010. He podido terminarlo en ratos libres robados a tardes y fines de semana gracias a mi constancia y perseverancia, aunque ha sido un esfuerzo gustoso porque me interesa mucho el asunto: el error con sus profundas implicaciones, un concepto que toca palos tan diversos y fundamentales como la vida, la enfermedad, la muerte, el azar, el libre albedrío, la maldad, la evolución, la felicidad, la ignorancia, la estupidez... (pocas cosas de las realmente importantes quedan fuera de su alcance). Pero este libro no hubiera sido posible sin el aliento inicial de Samuel A. Pilar, que fue quien me sugirió la idea de escribir algún ensayo de este tipo y me transmitió su confianza en que yo podría hacerlo bien. Y también debe parte de su existencia a las conversaciones campestres en la sierra de Guadarrama con Salvador Casado (@DoctorCasado). A ellos, a Antonio Rincón Córcoles y a mi paisano canario José Miguel Santos confié la lectura del texto antes de su publicación. ¡Muchas gracias, amigos!

Este capítulo de agradecimientos estaría incompleto si no incluyera a dos científicos tuiteros que, sin saberlo, me han dado muchas pistas con su interesantísima actividad en Twitter: @BioTay (el biólogo Antonio J. Osuna Mascaró) y @pitiklinov (el psiquiatra Pablo Malo).

Puedes comprar el libro aquí por solo 2 euros

Este es el índice de contenidos del ensayo:
-Un día (como cualquier otro) en el error
-Introducción
-El error en la historia del pensamiento
-Error: actores y escalas
-Causas y manifestaciones del error
-Cometiendo errores… y evitándolos para sobrevivir
-El error social más caro: Rapa Nui como aviso
-Engaño y error: el mal sale a escena
-Error, lenguaje y realidad virtual
-Error y aprendizaje individual y social. La ciencia
-Historia humana: ¿un error para la felicidad del individuo?
-Error y azar: la estadística al rescate
-Cuando la inteligencia colectiva fracasa: el error en las organizaciones y su prevención
-Error y complejidad. Tecnología y economía
-Las razones últimas del error: ¡entramos en la Física!
-Error y perfección: ¿hacia un mundo sin error?… ¿y sin muerte?
-Verdad y error
-El error de escribir un libro sobre el error: un mundo de asombrosas emergencias
-Bibliografía
-Sobre el autor

sábado, 12 de noviembre de 2016

ATENCIÓN: Singularidad formateando



"Si hay algo masivo que te disgusta eres un aburrido, un arrogante y un cursi", escribe Elvira Lindo contra la cultura de masas en su oportuno artículo "La cobra del pueblo", publicado hoy en El País. No es nuevo el debate al respecto: ya lo han avivado estos últimos años intelectuales como Mario Vargas Llosa o Antonio Muñoz Molina. Lo cierto es que buena parte de lo que actualmente se considera cultura, incluyendo arte, música, literatura y cine, es pura basura comercial sin más valor que el de mercado (o sea, que el determinado por la simple concurrencia de oferentes y demandantes puestos en el mismo plano con independencia de su sensibilidad, talento y conocimientos).

Parece acertado el tópico de que sobre gustos no hay nada escrito y que las verdades en este ámbito son relativas. En su Crítica del juicio, Kant sostenía que las verdades estéticas son al mismo tiempo subjetivas y universales, ya que cada uno tiene las suyas pero espera que el resto del mundo las comparta. Sin embargo, es innegable que existen principios estéticos objetivos -caso del orden y la simetría- que parecen incrustados en las leyes cósmicas. El orden y la simetría en una pieza de Mozart son mucho mayores que en una serie aleatoria de ruido. A la hora de calificar objetivamente una obra de arte también hay otros criterios como la hondura emocional (no es la misma en "El grito" de Edvard Munch que en los Mickey Mouse seriados de Andy Warhol), la originalidad (se me antoja muy distinta en el Pedro Páramo de Juan Rulfo que en el último best seller de conspiraciones templarias o vampiros) y la destreza o ejecución técnica (resultan muy dispares las de Eric Clapton y el guitarrista de la típica boy band).

Este es un debate trillado donde ya nadie pretende descubrir la pólvora, pero ahora viene el giro argumental: ¿qué pasaría si se alumbrara este siglo la Singularidad prevista por Ray Kurzweil, esa especie de Superinternet biónica fruto de la conexión en red entre cerebros humanos, Internet y la Inteligencia Artificial? Estaríamos ante algo nuevo, ante un fenómeno emergente de características insospechadas y seguramente inimaginables: una superconciencia cuyas motivaciones quizá tuviesen poco que ver con las nuestras humanas (o sea, animales). Por la misma razón por la que hasta el más rudimentario ordenador no concibe que dos más dos pueda ser otra cosa que cuatro, esa superinteligencia consciente podría entregarse a un cribado sistemático de Internet para depurarlo de errores y contenido improcedente (no olvidemos que seguramente más del 90% de lo que está en la red es basura: insultos, falsedades, memeces, incorrecciones y disparates de toda índole). Todo lo que contradiga verdades bien contrastadas como que animales y vegetales tenemos un ancestro común, que el Universo tiene unas 13.800 millones de años o que Elvis Presley murió en 1976 no tendría cabida en el nuevo Internet gestionado por la Singularidad. Que los humanos fuimos creados por Dios a su imagen y semejanza, que el Universo tiene 6 mil años y que Elvis Presley sigue vivo en 2016 solo tendrían cabida bajo el epígrafe "ficción", junto a los cronopios de Cortázar, el mundo alternativo de La trama celeste de Bioy Casares en el que Cartago destruyó Roma y las andanzas de Michael Knight con su coche fantástico.

Pero la cosa iría mucho más allá de purgar entradas en Wikipedia, en blogs y en páginas web, de eliminar troleces y spam a diestro y siniestro: ¿nos atreveríamos a descartar que esa superconciencia no haría también limpieza estética?, ¿pondría en el mismo plano una sinfonía de Beethoven que el "Gangnam Style", un texto de Jorge Luis Borges que otro de Dan Brown, una obra de Goya que otra de Damian Hirst, Black Mirror y un telefilme vespertino de serie B?... Y ya con esas, ¿por qué no habría de concluir con certeza que este sistema capitalista de casino es moralmente deplorable y ambientalmente insostenible (y que algo habría que hacer en consecuencia)?, ¿por qué no habría de considerar errónea -y proceder a su inmediata anulación- una elección democrática como la de Donald Trump o la del presidente filipino de turno?, ¿por qué no habría de arrogarse la reconducción de psicópatas, sádicos o gente dañina con muy pocos escrúpulos (o su envío a mundos virtuales donde no sean nocivos, o acaso su eliminación)?

Mira por dónde, resultaría que gracias a la Singularidad podríamos tener un sucedáneo de Juicio Final (para la humanidad tal y como la hemos conocido, porque la vida transhumana habría empezado a dar sus primeros pasos). Y sería un juicio final integral: intelectual, estético y moral. Aunque bien podría ocurrir que la Singularidad encontrase en la porquería intelectual, estética y moral alguna utilidad que ahora a nosotros -procesadores de información tan toscos a causa de nuestras limitaciones cerebrales- se nos escapa por completo.

martes, 5 de julio de 2016

Economía y error

La crisis económica en la que aún estamos instalados tuvo su origen en una crisis financiera en los Estados Unidos (la de las hipotecas subprime o de alto riesgo), desatada por la desregulación y la falta de controles: en toda una combinación de errores, públicos y privados, tanto por omisión como por acción. Algo parecido ocurrió en 1929, con la diferencia de que entonces el Estado era mucho más débil y se encontraba bastante menos preparado para evitar el derrumbe de la economía estadounidense y, con ella, del resto del mundo. Al crack bursátil del 29 sucedió la tremenda crisis económica de los años 30 que condujo al auge del nazismo y el fascismo y, en última instancia, al mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial. No se trataba, desde luego, de un fallo menor.

Abundan los ejemplos de trágicos errores económicos, fruto de la combinación de codicia, dejadez más o menos interesada, ignorancia de los fundamentos de la economía y falta de sentido común. El más reciente y próximo a los españoles es el de la burbuja inmobiliaria, cuyo pinchazo en 2007 puso fin a una escalada de precios en la vivienda que parecía no tener techo. En la segunda mitad del año 2003, cuando compré mi casa, recuerdo haberle señalado al tipo de la agencia inmobiliaria el riesgo de estallido de la burbuja. Le puse como ejemplo el caso de Japón en los 90. “¡No, no!”, me respondió con una sonrisa condescendiente. “La Unión Europea no permitiría que bajaran los precios en España. A lo sumo, no subirían más. Pero bajar, ¡eso no!”. Otro ejemplo más de lo que el economista John Keneth Galbraith acuñase en su libro La sociedad opulenta como “sabiduría convencional”: un conjunto de ideas tomadas como indiscutibles al contar con la aprobación generalizada tanto de expertos como de público. Un conjunto de ideas que, por desgracia, es muchas veces erróneo. Sabiduría convencional fue durante muchos siglos la creencia en que la Tierra era plana. Y lo es en la actualidad la fe, profesada por muchos académicos y políticos, en las políticas económicas de ajuste (que tanto daño han hecho a algunos países como España, Portugal o Grecia) para combatir la recesión.

Lo cierto es que la ciencia económica ortodoxa se funda sobre premisas muy discutibles -por no decir falsas- como el comportamiento racional de los agentes económicos (muchas veces la gente actúa irracionalmente), su condición de maximizadores del beneficio o la utilidad, la información perfecta (no existe tal cosa, aparte de que hay individuos que tienen más y mejor información que otros) o la igualdad ante los mercados (solo hay que tener sentido común para darse cuenta de que no es igual el poder negociador de un trabajador que el de un empresario que lo contrata). Así no es de extrañar que la economía haya sido una de las ramas del conocimiento más proclives al error, cuyos triunfos han consistido sobre todo en predecir lo que ya ha ocurrido: para dicho viaje no hacen falta alforjas científicas.

En la segunda mitad del siglo XIX, la teoría económica neoclásica empezó a vestir a la economía de un aparato matemático que se ha ido haciendo más complejo con el tiempo. Hasta el punto de que en pleno siglo XXI hay economistas que pretenden entender el mundo solo con su arsenal de curvas y derivadas matemáticas, sin necesidad de saber nada de Historia, Geografía, Psicología y otras humanidades. Y no es posible acometer esa empresa intelectual sin otorgar la suficiente importancia a factores institucionales como la cultura y costumbres o la estructura social. Los enfoques heterodoxos de la economía atienden más a ellos que al trinomio en que se asienta la teoría neoclásica hegemónica: racionalidad-equilibrio-individualismo.

La corriente dominante de la economía ha acabado reconociendo la existencia de fallos de mercado, conforme a los cuales la búsqueda por los individuos de su propio interés lleva a ineficiencias -mercados no competitivos (oligopolios o monopolios), externalidades (como la contaminación), provisión insuficiente de bienes públicos, etc.- que solo pueden ser solventadas a escala colectiva. Pese a ello, los economistas neoliberales próximos a la influyente Escuela de Chicago consideran que los efectos de una acción gubernamental podrían ser peores que los del propio fallo de mercado. Y desde los años 80 del pasado siglo, la síntesis neoclásico-keynesiana que representa la teoría económica ortodoxa se ha enriquecido con aportes de nuevos enfoques como la neuroeconomía (que trata de arrojar luz con los descubrimientos de la neurociencia sobre el proceso humano de toma de decisiones) o la economía evolutiva (inspirada en la biología evolutiva, que pone el acento en el valor para la supervivencia de las decisiones económicas). Pero sigue siendo incapaz de explicar y predecir con solvencia esos curiosos fenómenos emergentes que nacen de la interacción de los Homo sapiens para procurarse bienes y servicios con los que satisfacer sus necesidades económicas; o sea, sus necesidades de bienes escasos (por eso el aire que respiramos continúa siendo por ahora -¡pero no lo digamos muy alto!- un bien no económico).

sábado, 18 de junio de 2016

La ignorancia y el error

Antoon Claeissens: "Marte venciendo a la Ignorancia"

Un factor explicativo del error es la ignorancia, cuyo abanico es inabarcable: desde el vegetariano que no había caído en la necesidad -tras varios años de no comer productos cárnicos- de suplementar su dieta con vitamina B12 hasta el periodista que escribe avalancha con b de burro pasando por el automovilista que pensaba que podía echar agua del grifo al radiador de su coche, la persona que compra los productos con colágeno de Ana María Lajusticia o el currito que vota al PP. Hay que diferenciar la ignorancia de la estupidez, ya que la primera es simple fruto de un desconocimiento y, por tanto, perfectamente subsanable (con conocimiento o instrucción). En la estupidez lo que falla es la inteligencia o el uso de la razón, algo que tiene difícil arreglo.

Hay varios tipos de ignorancia. No saber qué hay más allá del límite de sucesos de un agujero negro (¡nadie lo sabe!), quién ordenó el asesinato de J.F. Kennedy o qué es lo que piensa del cine de Almodóvar el vecino del quinto son ejemplos de ignorancia no equiparables a la de creer en pleno siglo XXI en Estados Unidos que el mundo tiene seis mil años de antigüedad. Las primeras son ignorancias justificadas por nuestras limitaciones (¡no somos omniscientes!), mientras que la segunda es autoimpuesta, hija del borreguismo acrítico y de la pereza intelectual. Quien cree estar en posesión de una verdad como esa raramente busca, abrigado por sus correligionarios en su confortable ignorancia, una contrastación de sus creencias con la realidad. Y, guste o no, la realidad (científica) es que la Tierra tiene una edad de alrededor de 4.500 millones de años. También tendemos, inducidos por nuestra fértil imaginación y naturales instintos paranoides, a adoptar otras verdades menos solemnes -y, muchas veces, igualmente falsas- como que el susodicho vecino del quinto nos tiene manía o que el árbitro del último partido de nuestro equipo es un canalla que nos ha robado arteramente el partido. Por estar ligadas a un desconocimiento o un conocimiento sesgado, son creencias frecuentemente erróneas que solo pueden conducir a acciones erróneas.

Por otra parte está la ignorancia negligente, que solo tiene un progenitor: la pereza intelectual. Un ejemplo sería el del ciudadano español en pleno uso de sus facultades que ignora el nombre del partido político de Alberto Garzón o que no sabe si Rusia está en la Unión Europea. Los límites de la ignorancia negligente son relativos y borrosos. No puede exigirse a un ciudadano de a pie que sepa qué es un quark (sí a un físico) o cómo funciona una central energética de ciclo combinado (sí a un ingeniero). Sí debe exigirse a un mecánico de automóvil que conozca el funcionamiento de un motor, o a un médico que sepa cuáles son las funciones del intestino delgado. También parece razonable que un ciudadano normal y corriente sepa cuál es el partido político de Pedro Sánchez o la capital de las islas Baleares. Y, por supuesto, cuál es el límite de velocidad en nuestras autopistas o cuándo termina el plazo para presentar la declaración de la renta. Recordemos que el desconocimiento de una ley no exime de su cumplimiento: es el principio jurídico de ignorantia juris non excusat.

Sin duda, lo peor de la ignorancia es que lleva al error. El próximo jueves 23 de junio están convocados los ciudadanos británicos para decidir la salida o no del Reino Unido de la Unión Europea. Dentro del electorado se incluyen tanto los politólogos más expertos en la materia como quienes no tienen la menor idea de lo que es la UE y hasta creen que Rusia forma parte del club. Y el voto desinformado de estos últimos no vale menos que el de los primeros, en virtud de un criterio político democrático ampliamente aceptado (ya nos alertó Borges de que la democracia es un “abuso de la estadística”). No es exagerado afirmar que del resultado de una votación como esa -o como la de noviembre del mismo año en EE.UU. entre Donald Trump y Hillary Clinton- depende el devenir del mundo en las próximas décadas. Es muy inquietante pensar en el enorme potencial desestabilizador del voto de los ignorantes cuando estos no son precisamente pocos.

La agnotología es el estudio de la ignorancia o la duda culturalmente inducidas. Incluye la publicación de información científica inexacta o producida deliberamente para confundir, así como la ocultación de información relevante para el público al servicio de intereses políticos o económicos. Dentro de este ámbito se encuentran las campañas que niegan el cambio climático, evidencian las supuestas contradicciones de la teoría de la evolución o relativizan los daños para la salud del uso de peligrosos pesticidas. La industria tabacalera tiene el dudoso honor de haber sido pionera al respecto, para contrarrestar las campañas en su contra por la nocividad de los cigarrillos. Cuanto más ignorante científicamente sea una sociedad, más vulnerable será a las tácticas de quienes buscan confundir y ocultar.

También fomentan la ignorancia y la duda las creaciones de un enemigo del ruido agnotológico, pero no por ello menos dañino para el conocimiento: el pensamiento magufo, destinado supuestamente a combatir intereses económicos y políticos espurios. Las dudas irracionales sembradas acerca de los productos transgénicos o la exageración de las propiedades nutricionales de la fruta y verdura ecológicas son algunas de sus expresiones. Los disparates conspiranoicos, que a veces se solapan con el magufismo, tienen la misma vocación de sacarnos de un presunto estado de ignorancia inducida. Sin embargo, lo que logran es lo contrario: hacernos creer que con las vacunas pretenden esterilizar a nuestros hijos, que hubo una siniestra conspiración contra el PP el 11-M de 2004 o que Paul McCartney está muerto y Elvis Presley aún vive.

Además de una gigantesca fuente de saber, Internet es también un gran propagador de la ignorancia debido a su naturaleza democrática: todo el mundo puede opinar o sentar cátedra acerca de cualquier tema, ya sea un experto mundial en la materia, un cuasianalfabeto funcional, un perturbado o alguien que cobra por manipular o confundir deliberadamente. “Mientras que algunas personas inteligentes se beneficiarán de toda la información a tan solo un clic, muchos serán engañados por una falsa sensación de experiencia”, nos dice David Dunning, formulador junto a su compañero en la Universidad de Cornell Justin Kruger del efecto Dunning-Kruger (sesgo cognitivo conforme al cual los incompetentes sobrestiman mucho sus capacidades mientras que los competentes subestiman las suyas).

Suponiendo la existencia del Multiverso, hay un tipo de ignorancia insalvable: la de lo que ocurre en otros universos diferentes al nuestro. Ello hace del análisis contrafactual (de lo que pudo haber sucedido “si x en vez de y”) un ejercicio necesariamente limitado a la elucubración. La ignorancia de lo que pudo haber ocurrido (de lo que, de hecho, ocurre) en otros universos nos impide muchas veces saber si hemos errado. ¿Fue un error no habernos casado con esa novia tan maja de Liechtenstein? ¿Fue un error la permanencia de Escocia en el Reino Unido (conforme a lo decidido en el referéndum de 2014)?... No hay manera de saberlo mientras no tengamos acceso -y parece que nunca será posible- a lo que ocurre en otros universos en los que contraemos nupcias con la novia del pequeño Estado centroeuropeo y en los que Escocia decidió independizarse en 2014.

martes, 26 de abril de 2016

Elogio del prejuicio

Cuando hay que decidir con rapidez algo importante, disponemos de una herramienta muy útil que tiene injustamente muy mala prensa: el prejuicio. La opinión preconcebida sobre un tipo de persona, animal o cosa es una información valiosa y contrastada sobre las personas, animales o cosas con una determinada apariencia, aunque es cierto que puede conducir al error y la injusticia. Imaginemos que el lector de este post es una persona de raza negra o un judío tocado con una kipa que va conduciendo en su coche y divisa frente a él a cuatro individuos bloqueando la carretera: unos tipos malencarados, con el pelo rapado y una esvástica tatuada en el brazo, provistos de barras de hierro. 

La mejor decisión parece ser la prejuiciosa: dar un volantazo y tomar a toda velocidad la dirección contraria. ¿Pero quién puede descartar que se trata de participantes en un congreso jainista de herreros que han salido a tomar el aire -y, de paso, a instar a los conductores a respetar hasta la más pequeña e insignificante forma de vida-, en un descanso entre sesión y sesión? Desde luego, esa suposición parece mucho menos probable que otras. ¿Alguna persona con dos dedos de frente haría algo distinto al giro de 180 grados?...

Hay que reconocer que he puesto un caso extremo, pero no por ello menos ilustrativo. Muchas veces no disponemos de demasiado tiempo para pensar y decidir, por lo que debemos ponernos en manos de la intuición e incluso del más basto prejuicio. Y, en consecuencia, cambiar preventivamente de acera si frente a nosotros se acerca un perro de presa sin bozal cuyo dueño exhibe un tatuaje que reza “I’ve got the power” y media docena de cadenas de oro colgadas al cuello. Por mucho que nos neguemos a admitirlo, siempre estamos recogiendo información sobre desconocidos y evaluándola. Y no está mal que así sea, por la cuenta que nos trae. Puede servirnos de consuelo saber que los errores por emplear un prejuicio no suelen ser tan graves como los derivados de ignorarlo.

viernes, 18 de marzo de 2016

Error y azar

Foto: Marcus Quigmire


El otro día mi hijo se quejaba de su mala racha con su equipo de baloncesto. Es un buen tirador, pero en el último partido no había conseguido anotar un solo punto y en los entrenamientos también le estaba fallando la suerte. Le dije que lo más importante es hacer bien el trabajo (encestar, estudiar o interpretar una ópera) y que la suerte es solo una pequeña parte -aunque, desde luego, puede ser determinante- del éxito o fracaso de cualquier empresa. Puedes tener mala suerte durante un tiempo, pero si haces bien las cosas el signo de la suerte acaba cambiando.

Y no hay nada especial ni esotérico detrás de esto: se trata de una simple cuestión estadística. Supongamos que para meter una canasta se requiere ejecutar un buen tiro y tener además cierta dosis de suerte (o, dicho de otro modo, no tener mala suerte). Es como si por cada tiro bien ejecutado tuvieras que depender luego del lanzamiento de un dado para asegurarte de su éxito: si sale un 6, lo que ocurre en el 16,66% de los casos, la has fastidiado (por ejemplo, la pelota choca ligerísimamente con el aro y acaba saliendo). Sabemos que en el mundo real es extremadamente improbable (aunque, ciertamente, ocurre a veces) que salga un 6 cuatro veces seguidas.

Por otra parte, también ocurre que un tiro mal ejecutado se transforma a veces en canasta en virtud de lo que llamamos un churro, o sea un golpe de buena suerte. Volviendo al símil anterior, es como si cada tiro mal ejecutado pudiera ser exitoso si en el posterior lanzamiento de dados te saliese un 1 dos veces seguidas, lo que ocurre en el 0,027% de los casos. Se puede ganar de churro un partido, pero no todo un campeonato de Liga en el que cuentan los resultados de muchos partidos.

En la conversación con mi hijo aproveché para sacar a colación la situación de la Unión Deportiva Las Palmas. Lo cierto es que mi equipo de fútbol llevaba jugando bien casi toda la temporada, pero con poca fortuna en cuanto a resultados. Pero el ciego azar, que no entiende de colores ni de sentimientos, acaba dándote lo que te ha quitado (y al revés, claro): tres victorias seguidas en solo ocho días nos habían sacado de los puestos de descenso y colocado en una muy buena situación para encarar el final de Liga y lograr la permanencia. El buen trabajo acaba siendo finalmente premiado... y los errores, severamente castigados (tal como le pasó a la Unión Deportiva en el último minuto del último partido contra el Real Madrid, que acabó con la imbatibilidad amarilla de tres jornadas).

sábado, 12 de marzo de 2016

Engaño y error

El engaño es una herramienta de la inteligencia que, para consumarse, requiere del error del agente al que va destinado: las consecuencias para éste pueden variar desde la inocuidad hasta la fatalidad. No otra cosa que ingenioso engaño es la atracción de insectos por algunas orquídeas cuyas flores semejan -e incluso huelen como- hembras de su especie. Los insectos macho intentan copular con las flores tomándolas por sus compañeras de sexo contrario, lo que hace que se llenen de sacos de polen (en caso de flores masculinas) o que los vacíen (en caso de flores femeninas). En este ejemplo, los insectos son utilizados por la planta para su reproducción y no sufren daño alguno. No corre la misma suerte el insecto atrapado por las hojas (ascidios) de una planta carnívora.

El mundo natural está lleno de ejemplos de engaños y trampas. Al igual que la vida social humana, como no podía ser menos. Hay engaños para depredar, para copular, para evitar predadores (pasando desapercibidos como los camaleones o dando una falsa apariencia temible como los sífridos, moscas con aspecto de avispas o abejas), para escaquearse de tareas comunitarias, para pagar en B a los dirigentes de un partido político...

Por supuesto, en el fondo de todo ello no hay voluntariedad alguna -algo sí en el caso de los pagos en B o en el despido en diferido de un contable- sino genuina selección natural: no es que una planta decida tener flores con forma de insecto para así embaucar a los insectos macho, sino que las plantas con esas flores (producto de sucesivas mutaciones) han pervivido precisamente por ese motivo. O sea, que el engaño -al igual que la agresividad y la psicopatía- ha sido premiado por la selección natural (no desesperemos: también la compasión y la cooperación).

Por otra parte está el autoengaño. Dice Unamuno en sus Ensayos, a mi juicio con poco tino: "Vale más el error en que se cree que no la realidad en que no se cree". Para el autor de El sentimiento trágico de la vida, la fe es un "absurdo" al que decide voluntariamente abrazarse para dar sentido a su existencia: es, por tanto, un elemento funcional en la medida en que le permite seguir viviendo. Lo cierto es que la religión no solo da consuelo personal sino que tiene una importante función social cohesiva. Pero no es una guía válida para quienes persiguen la verdad (no la que supuestamente te hace libre).

domingo, 15 de noviembre de 2015

Naturaleza física del error


Los hijos del error son muchos, desde el accidente hasta la enfermedad pasando por la derrota deportiva y la ruina personal (por quedarse sin un pavo en el casino o asociarse con la persona menos indicada). ¿Y por qué existe el error? Es una pregunta nada trivial cuya respuesta no es evidente: de hecho, podría dar pie a todo un ensayo o tesis doctoral. La RAE define "error", en su primera acepción, como "concepto equivocado o juicio falso". Y su quinta acepción reza: "Diferencia entre el valor medido o calculado y el real".

El error puede obedecer a una ignorancia elemental, como cuando nos encomendamos exclusivamente a San Pancracio para combatir una grave enfermedad, saltamos desde un avión con unas aletas en vez de con un paracaídas o decidimos enfrentarnos a un terrorista armado esgrimiendo un ejemplar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La selección natural no perdona estrategias tan estúpidas. El error también puede ser fruto de un defectuoso acopio y procesamiento de la información, a su vez consecuencia de un fallo mecánico externo -en un instrumento de medida o un ordenador, por ejemplo- o de un mal funcionamiento de la percepción (los receptores sensoriales) o la cognición.

Aunque la información sea correctamente recogida y procesada, es su incompletitud lo que nos conduce en ocasiones al error. En escenarios caóticos de mucha complejidad, como el meteorológico, resulta muy difícil acertar porque no es posible abarcar toda la información en juego ni prever ese mínimo cambio en una parte del sistema que puede afectar al conjunto: el inocente aleteo de una mariposa que puede propiciar un huracán a miles de kilómetros. Pero es que además el principio de incertidumbre de Heisenberg nos impide determinar con absoluta certeza la evolución de un sistema: es como un candado puesto en el Universo para evitar que podamos conocer su futuro con todo detalle cual perfecto mecanismo de relojería (Laplace se equivocó creyéndolo posible).

Tanto los fallos por ignorancia elemental como los mecánicos externos, los perceptivos o los cognitivos son eslabones de una cadena causal que en última instancia, yendo hacia atrás, nos traslada a lo más íntimo del Universo: al "ruido" o agitación cuántica y al segundo principio de la Termodinámica (que no es una ley al uso sino una constatación estadística). Lo primero siempre está zarandeando todo sistema y transmitiéndole (supuesta) aleatoriedad. Lo segundo es lo que hace que las cosas tiendan a desordenarse y a estropearse o romperse a medida que pasa el tiempo: los coches, los despertadores, los termómetros, los ordenadores, los ojos y oídos, los cerebros...

La perfección es pues imposible en el mundo físico. Un magnífico ejemplo lo tenemos en la genética: pese a que la copia del código genético es extraordinariamente precisa, siempre hay un pequeñísimo error (de una base nitrogenada por cada cientos de millones copiadas). Algunos de esos fallos son inocuos, muchos otros son deletéreos y unos poquitos representan una nueva oportunidad para la evolución. Y es que la información genética tampoco está libre de los embates de la agitación cuántica y de la tendencia universal a un mayor desorden o entropía. Nada escapa del influjo de estos dos factores, en cuyo origen están respectivamente el tremendo maremágnum del vacío y la asimetría que impone una flecha del tiempo desde el pasado al futuro, quizá relacionada con la asimetría de partida que dio origen al universo. Sin esta última no habría errores... ¡porque existiría nada!

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