lunes, 22 de diciembre de 2014

La política, ese arte de lo posible

¡Cuánta razón tenía Aristóteles al definir la política como "el arte de lo posible"! Es algo que deberían tener en cuenta quienes creen ingenuamente en utopías (cuya búsqueda suele conducir, paradójicamente, a las más siniestras distopías) y vías rápidas hacia ellas, sobre todo desde la izquierda. Quienes creen que es posible lograr el Cielo en la Tierra a través de la acción política, acaso con la liquidación del capitalismo, el neoliberalismo o la perversa hegemonía estadounidense, pasando por alto nuestra condición humana (con su potencial no solo para lo bueno sino también para lo malo).

Esos mismos que echan pestes de la Transición política en España, pilotada con gran habilidad y suerte por Adolfo Suárez, ignorando que las libertades y el relativo bienestar de que gozamos se fundamentan en la Constitución consensuada de 1978. Y que en aquel momento no era posible nada mejor, dado el equilibrio de fuerzas existente (el haberlo pretendido hubiese tensado tanto la cuerda que podría haberla roto -incluso no yendo más allá, tuvimos el desagradable episodio del 23-F- y llevarnos a una lamentable involución). Esto lo entendieron en su día políticos inteligentes como Santiago Carrillo o Josep Tarradellas, quizá marcados por su amarga experiencia en la Guerra Civil y el exilio.

Porque la clave de la política es intentar mejorar la vida de la gente, pero siendo consciente de limitaciones de toda índole: culturales, históricas, socioeconómicas, geopolíticas... Se trata de avanzar con firmeza, de no dar un imprudente paso en falso hacia adelante para luego tener que dar dos hacia atrás (dejando ánimo y efectivos en el camino). Y ello requiere pelear democráticamente con el adversario, pero también negociar con él (y, a veces, ceder), apostar por los consensos cuando son necesarios, mantener delicados equilibrios y manejarse con astucia y mucha mano izquierda. 

Es un suicidio pretender una transformación económica o social profunda si no se dispone de apoyos suficientes o no hay una sólida masa crítica detrás. Si los más poderosos te identifican como una amenaza existencial, no dudarán en aplastarte como a una cucaracha. Ya pasó en España en 1936 y en Chile en 1973. Claro está, siempre queda la opción de hacer las cosas a las bravas, de intentar derrocar a "los de arriba" por la fuerza como en 1917 en Rusia. La resistencia armada puede tener justificación, e incluso servir a una noble causa, como en la Sudáfrica del apartheid (con Nelson Mandela en la oposición) o en la Palestina ocupada (bajo el concepto de resistencia armada no incluyo, por supuesto, los atentados terroristas indiscriminados). ¿Pero tiene algún sentido en la España o la Europa de 2015? Porque, por imperfecta que sea nuestra democracia (corroída por la corrupción, con el modelo constitucional del 78 evidentemente agotado), es todavía la base de una convivencia relativamente civilizada. Nuestra libertad no es gratuita ni se debe dar por descontada. O sea, que tenemos bastante que perder, por mucho que algunos se empeñen en decirnos lo contrario.

Esto no es cobardía ni conformismo, sino sano e inteligente realismo. Nadie con dos dedos de frente tildaría de cobarde, por ejemplo, dejar para mejor ocasión la legalización de las bodas homosexuales en Afganistán. Lo sensato es apostar por la educación en un país estragado por el analfabetismo (y, consiguientemente, muy apegado a la tradición y la religión). Dentro de unas décadas, con una población alfabetizada y mucho más libre del yugo religioso, acaso llegue el momento de plantear esa cuestión. ¿Pragmatismo? ¡Cómo si no! ¿De qué sirve una política que no sea pragmática, reducida a un mero ejercicio intelectual de salón?

Barack Obama es otro de las bestias negras de estos esencialistas, que seguramente desconozcan estas palabras de Salvador Allende en 1971 a los jóvenes chilenos, alertándoles del infantilismo izquierdista: "Una revolución política no se puede hacer en un día. Una revolución social no la ha hecho ningún pueblo jamás en un día, ni un año, sino en muchos años". Y estas otras palabras del mismísimo Lenin en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo:  "La política se parece más al álgebra que a la aritmética y todavía más a las matemáticas superiores que a las matemáticas simples".

Se achaca a Obama no haber hecho prácticamente nada bueno, obviando que acaso se justifique su presidencia solo con sacar adelante su justa reforma sanitaria, regularizar a millones de inmigrantes ilegales y sentar las bases de la reconciliación con Cuba. Eso sin contar el enorme valor simbólico, tan importante para una población afroamericana esclavizada hace 150 años y aún segregada hace solo 50, de ser el primer ciudadano negro inquilino de la Casa Blanca. Él debía saber, al tomar posesión en enero de 2009, que no podría conseguir mucho más, habida cuenta del peso de los grupos de presión en Washington y de los inevitables peajes para llegar a la presidencia de ese país (para lo que hace falta reunir mucho dinero y apoyos, con los consiguientes compromisos). Pero quizá sus ochos años habrán valido la pena solo con lo antedicho.

En España, estos mismos izquierdistas infantilizados (junto a muchos otros ingenuos desideologizados) exigirán a Podemos, si este partido gana las elecciones en 2015, mucho más de lo que el político mejor informado e intencionado podría jamás conseguir: desde acabar con el paro y la corrupción (un fenómeno de raíces profundas que no se elimina de la noche al día) hasta hacer que todos los españoles ganen al menos 1.500 euros al mes trabajando menos horas y se jubilen a los 60 años con el 100% del sueldo. Pero eso es sencillamente imposible, más si cabe en un mundo tan interconectado como el nuestro del siglo XXI. Hay que reconocer que el propio Pablo Iglesias asegura, con muy buen tino, que solo pretende conseguir un país "un poquito más decente". Lo cual ya sería bastante, desde luego que sí. Para exigir mucho más habría que apelar a la magia o a la religión en vez de a la política.

3 comentarios:

Julio Oliva Freuding dijo...

Manual para burgueses acojonados. Prescindible.

Nicolás Fabelo dijo...

Respeta a la gente, señorita Antipetardo. Tu comentario prescindible lo mantengo, no obstante.

Julio Oliva Freuding dijo...

No te piques, Fabelo (Picando voy, jeje). Y no tengas tanto miedo. Desde la óptica que presentas en tu post, seguiríamos en el Paleolítico.

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