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jueves, 6 de julio de 2017

Javier Marías versus Joaquín Reyes: la popularidad de lo antiintelectual

Un reciente artículo de Javier Marías en El País alusivo a Gloria Fuertes ha tenido sorprendente réplica días más tarde en el mismo diario: en un tono medio burlón medio condescendiente, el humorista Joaquín Reyes (me confieso un admirador de sus geniales imitaciones de celebridades) le ha afeado su condición de cascarrabias y se ha ofrecido a darle un abrazo antes de invitarle a disfrutar "de las pequeñas cosas de la vida".

El artículo de Marías era tan oportuno como impopular: oportuno por denunciar el tremendo papanatismo alimentado mediáticamente en torno al cine español y la literatura femenina (porque, como en todo, no se puede negar la existencia de "bodrios y mediocridades"); e impopular por considerar, a modo de ejemplo, que la desaparecida Gloria Fuertes "no fue una grandísima poetisa". Esta opinión nada irrespetuosa, amén de respetable y puede que certera (si la obra de Fuertes se limita -lo cual ignoro- a sus graciosas rimas infantiles), se sumaba a sus recientes críticas a Podemos para poner al hijo de Julián Marías en el punto de mira de la muchachada izquierdista en Twitter. Al atacar a una persona tan entrañable y popular como Fuertes (dejemos aparte sus supuestas virtudes literarias), el escritor madrileño se exponía a un más que probable linchamiento en redes sociales. La probabilidad subía al 100% al tratarse encima de una mujer: la condena inapelable por misoginia en el tribunal popular progresista del Twitter estaba cantada.

En su réplica, Reyes juega con la baza antiintelectual para embestir a Marías: sabe que lo intelectual es impopular, que su cosecha de likes siempre será muy inferior a la de algo guay. Por eso insinúa que el escritor no conoce a Grinch, por ser "literatura menor", echándole indirectamente en cara ser un elitista (seguro que Trump, un hombre campechano del pueblo, sí conoce a Grinch y no sabe quién es Coetzee). También le llama "orfebre del despotrique", otra manera de decirle que es un puto amargado (y eso ya sabemos que no es guay, que es de fucking losers). Tan cierto es que la vida se ve diferente según el talante de cada cual como que hay cosas objetivamente desagradables, que no pueden ser negadas si se posee un mínimo de inteligencia, información y sensibilidad. Decir alegremente que en España se vive muy bien porque hay sol, paella y jamoncito, obviando la corrupción generalizada, el mamoneo, la inseguridad jurídica, el incivismo, el bajo capital social y la chapuza diaria, es propio de tontos o/e ignorantes. Aún así, quedas mejor en público esgrimiendo con una sonrisa ese ridículo tópico que sosteniendo que en este país (y no solo aquí, por supuesto) hay unos usos y costumbres bastante mejorables y un montón de cafres que dificultan el disfrute de una vida medianamente civilizada (ante los que más vale, por cierto, estar permanentemente en guardia). 

Tampoco vas a hacerte popular ni a obtener muchos aplausos si afirmas que buena parte de lo que conocemos como cultura moderna es basura comercial, que no es lo mismo Grinch o Fast and Furious que una película de Rohmer o de Hitchcock; Maluma, Pitbull o Los Gemeliers que Queen o Maurice Jarre (¡por no hablar de Mendelssohn o Schubert!); Dan Brown que Borges... Lo cual no por impopular deja de ser menos cierto. Esto ya lo abordé en su momento al comentar un interesante artículo de Elvira Lindo titulado "La cobra del pueblo". Rajoy sería todavía menos simpático si dijera que se dispone a leer a Zweig en vez de ver un partido de fútbol por la tele: si presume de esto último es porque sabe que beneficia a su imagen. ¡A ver qué político se atreve a afear la conocida querencia de las masas por la telebasura y otros tipos de mierda!

El desprestigio de lo intelectual, debido sobre todo a la democratización-mercantilización de la cultura (sin negar cierta cuota de culpa de no pocos intelectuales tan engreídos como infumables), es un símbolo de estos tiempos en los que 2 más 2 es igual a 5 si así lo decide la mayoría. Ya vengo diciendo desde hace tiempo que este desprestigio, asociado a la quiebra del principio de autoridad, es una amenaza para la democracia y la continuidad de la civilización: una democracia de burros es insostenible y solo puede empujarnos al abismo en estos tiempos en los que está en juego la propia supervivencia de la especie debido a una crisis ambiental que puede calificarse sin exagerar de existencial.

sábado, 12 de marzo de 2011

I wanna be famous!

Ver un episodio de algunas series televisivas estadounidenses para preadolescentes permite tomar el pulso a los valores sociales de nuestro tiempo en Occidente y otras sociedades bajo su influjo cultural. Para empezar, los guays en estas producciones son todos guapos y ricos (de todas las razas, por la debida corrección política). Eso sí, no son necesariamente inteligentes y están poco instruidos en todo lo que va más allá del uso de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Pero ser medio burros no les importa a estos chicos y chicas: es más, se sienten a gusto en su burricie cool, porque para estudiosos ya están algunos de esos freaks (gordos, gafotas o con alguna característica física a cuál más singular) que revolotean en torno suyo empollando, haciendo el tonto y, obviamente, sin comerse un rosco. Entre los freaks siempre hay algunos adultos: un excéntrico productor discográfico, un profesor chalado o un guardaespaldas descerebrado que no dejan de hacer esas gilipolleces que tanta risa causan al norteamericano medio (romper jarrones con un bate de béisbol, vaciar un extintor en una habitación, hacer carreras con caracoles con dorsal, wow!!). Por supuesto, toda esta gente no ve un libro ni en Kindle, ni en Ipad ni en pintura, se alimenta de comida-basura, escucha música-basura y ve exclusivamente telebasura. Lo que se transmite a nuestros jóvenes es que lo importante es hacerse famoso lo antes posible, ya sea como cantante, actor, deportista, skater o cualquier otra dedicación glamurosa (no como físico, oftalmólogo, filólogo u otros muchos rollos soporíferos).

"Famous" se llama precisamente una de las canciones más conocidas de una de estas series, Big Time Rush, que también es el nombre de una banda de pop creada para hacer caja por la empresa televisiva estadounidense Nickelodeon en colaboración con el gigante discográfico Sony Music (véase entrada dedicada al grupo en la Wikipedia española, redactada por buenos exponentes del lamentable estado de nuestro sistema educativo). La letra de esta canción es muy ilustrativa, con perlas como "¿Quieres pasear en una gran limusina?", "¿Quieres ser alguien que vive la vida?", "¿Necesitas ver tu nombre iluminado como los letreros de Hollywood?", "Puedes tenerlo, es el sueño americano" o "Famoso significa que eres el mejor" (brillante colofón de la canción). ¿No debe resultarnos esto inquietante, sabedores de que la tele es un medio de socialización mucho más potente que la escuela, donde lo que se vende es supuestamente otra cosa muy distinta? ¿Somos conscientes de la presión ejercida sobre los feos, los tímidos, los diferentes, los sensibles (que no sensibleros), los estudiosos que sueñan con ser médicos, arquitectos, químicos, periodistas (para hacer lo de Enrique Meneses o Iñaki Gabilondo, no lo de Terelu o lo del Jorge Javier) o escritores (no a lo Ana Rosa Quintana)?... Es cierto que no se trata de algo nuevo, que ya desde los 80 se nos vendía a los entonces jovencitos, a través de series como Fama o películas como Footloose o Staying alive, lo maravilloso que era hacerse famoso. Pero esto no ha hecho más que exacerbarse desde los 90, cuando aparecieron productos como Sensación de vivir o Melrose Place que ya retrataban a una juventud artificial (todos guapos y ricos) sumida en la banalidad más absoluta y sin la más mínima inquietud cultural, social o política.

No es de extrañar que muchos chicos y chicas de todo el mundo quieran imitar a esos y otros jovenzuelos divinizados en la tele, colapsando aquí en España los castings de Fama ¡a bailar!, Operación Triunfo e incluso Gran Hermano (como se trata de hacerse famoso, da igual que sea por esta última vía, en la que ni siquiera se valora el talento para cantar, actuar o bailar). El drama de estos chavales es que solo poquísimos serán los elegidos, los afortunados Bisbales y Bustamantes que pasearán en limusina, vivirán la vida y verán sus nombres iluminados en todas partes: el resto tendrá que conformarse con comer mierda con cualquier trabajo-basura mileurista (si acaso llega a los mil euros) o con seguir tomando indefinidamente la sopa boba en casa de sus padres. Entonces, si han interiorizado bien el mensaje de "Famous", se darán cuenta dolorosamente de que no son los mejores, de que solo son unos fracasados (una palabra que se pronuncia a menudo y con jocosidad en estas teleseries) a un nivel incluso más bajo que el de los freaks que rodean a sus ídolos televisivos. Y quizá se sientan tentados a emprenderla un día con esos vecinos suyos inmigrantes que algunos políticos señalan como culpables de su desgracia; nunca con Botines, Villalongas, Rocas, Correas, Florentinos, Joves o Fabras que, como todos sabemos, no tienen responsabilidad alguna en su situación.

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