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domingo, 23 de noviembre de 2025

La inquisición cientificista como lastre a la ciencia y el conocimiento


Hace un año critiqué en este blog la soberbia intelectual del cientificismo por pretender que la ciencia es la única fuente válida de conocimiento. Fue en una entrada en la que traía a colación a Federico Faggin y Àlex Gómez-Marín, dos personas que no solo comparten formación científica sino también haber tenido una experiencia paranormal (mística, en el caso de Faggin; cercana a la muerte, en el de Gómez-Marín) y cambiado su campo de actividad profesional (la ingeniería eléctrica y la física, respectivamente) por el estudio de la consciencia, en el que se han destacado por sostener enfoques heterodoxos.

El cientificismo conlleva una mirada estrecha del mundo y suele imbuir a quienes lo profesan de un espíritu inquisitorial contra cualquier intento de salirse un milímetro de su marco. La metafísica seria y la experiencia mística son objeto de su desprecio, metiéndolas en el mismo saco que el de la superchería y la pseudociencia. Hay que reconocer que la frontera de estas con aquellas es a veces tenue, pero no menos que la que separa lo cursi de lo sublime. Ahí está el buen criterio de cada cual para distinguir lo uno de lo otro. El cientificista considera que si la ciencia no puede dar respuesta a algún misterio, no habría respuesta posible a este desde cualquier otro ámbito. Además, toda pregunta al respecto carecería de sentido. Entre estas preguntas figuran las de por qué existe algo en vez de nada, qué es la materia/energía, qué son las verdades matemáticas, qué significado tiene el infinito o en qué etéreo espacio moran los sueños. 

El cientificismo obvia que la ciencia moderna tiene fundacionalmente unos límites, marcados en el siglo XVII por Galileo: solo puede referirse a la faceta objetiva del mundo, la mensurable que puede ser expresada lógica y matemáticamente. Pero la faceta subjetiva está fuera de su alcance por mucho que pretenda lo contrario. La neurocientífica Mary (estrella del olimpo de los experimentos mentales), que siempre ha vivido en un mundo en blanco y negro, puede tener un conocimiento objetivo completo de lo que es el color rojo (en términos físicos de longitudes de onda electromagnética), pero no sabe íntimamente lo que es la rojez hasta que un día sale de su mundo para entrar en un universo en color. Ese conocimiento íntimo no viene de su saber científico sino de su subjetividad, de su consciencia, de su "qué es ser la neurocientífica Mary".

Precursor del positivismo lógico, Ludwig Wittgenstein nos invitó a "callar" acerca de "lo que no se puede hablar", pero la curiosidad está inscrita en nuestra naturaleza (realmente, en la de todo ser vivo). No hay palabras para describir el acceso a un nivel inefable de la realidad, pero ello no quita que sea una realidad genuina e innegable (incluso hiperreal) para quien la experimenta. Pese a los espectaculares avances en el ámbito de la neurociencia, seguimos sin saber qué es la subjetividad. Solo una ciencia de la consciencia que integre la cara subjetiva del mundo en su marco analítico podría lograrlo, aunque está por ver que eso sea posible ya que la consciencia es el punto ciego de la ciencia. Todo nuestro conocimiento científico se canaliza a través de la consciencia, de modo que la pretensión sería la de tener un conocimiento de aquello merced a lo cual tenemos precisamente conocimiento. Como dice Erik Hoel, "las dificultades para crear una ciencia de la conciencia pueden significar que la propia ciencia es incompleta debido a la autorreferencia, de manera similar a como las matemáticas son incompletas, conforme a lo que demostró Gödel".

Gómez-Marín propone una mirada científica amplia que no descarte que la mente vaya más allá del cerebro (en línea con Henri Bergson, considera que el cerebro podría ser más una antena o filtro que un productor de contenidos). Y que tenga la audacia de acercarse al estudio de experiencias en los lindes de la normalidad, como las cercanas a la muerte o las místicas, y de fenómenos paranormales como la percepción extrasensorial. "No deberíamos frenar el progreso científico arrojando estigma sobre el enigma", dice el físico y neurocientífico español. "Tales anomalías son un regalo invaluable porque sugieren que nuestras actuales teorías son demasiado limitadas". Este planteamiento ya le ha supuesto ser linchado por una parte de la comunidad científica. Quizá no exagere Gómez-Marín al sostener que el cientificismo es la peor pseudociencia, por tratarse de un ejercicio de dogmatismo en el nombre mismo de la ciencia. Sin amplitud de miras, mucha imaginación y audacia, el estudio de la consciencia seguirá empantanado.


miércoles, 30 de abril de 2025

Jugando a ser Dios: ¿Y por qué no?


Ray Kurzweil, gurú transhumanista y apóstol de la singularidad tecnológica, quiere vivir indefinidamente sin sufrimiento (revirtiendo incluso su envejecimiento) y volver a hablar con su padre ya fallecido. Deposita para ello sus esperanzas en la ciencia (en el fondo, en la inteligencia humana), no en religión alguna. En su último libro, La singularidad está más cerca, se muestra confiado en llegar a tiempo de lograrlo: ahora tiene 77 años.

El físico y neurocientífico Àlex Gómez-Marín representa la postura opuesta a Kurzweil, la que ve en sus sueños utópicos una amenaza distópica producto de la soberbia humana. Esa prevención contra el transhumanismo se inscribe en la misma lógica que la del relato bíblico de la torre de Babel, cuya construcción se contemplaba como una afrenta a Dios. El jugar a ser Dios es uno de los mayores pecados que se le achacan a la humanidad moderna. Pretender acabar con el dolor y la muerte, hibridando la vida con tecnologías como la IA, nos asomaría supuestamente a escenarios de pesadilla, socavando nuestra condición humana y privando de sentido a nuestra existencia.

¿Pero es acaso un acto de soberbia querer reducir el sufrimiento en un mundo donde es moneda corriente? ¿Lo fue empezar a operar con anestesia o erradicar la viruela? ¿Es contra natura manipular el genoma para evitar una enfermedad congénita o devolver la vista a un ciego con un implante neuronal? ¿Debemos aceptar como necesario el peaje de vivir siempre a merced de una desgraciada mutación genética, de un error celular, de un accidente orgánico?... Como bien dice el biólogo Michael Levin, los humanos actuales no somos una "forma ideal, creada y elegida". Todos los seres vivos son producto de la evolución, que nunca es perfecta sino simplemente funcional. Y también somos hijos de la depredación, de la "naturaleza roja en colmillo y garra" de la que se hacía eco amargamente el gran poeta Tennyson. ¿Enmendar la plana a la naturaleza o a Dios (yo creo que no dejamos de ser tanto naturaleza como Dios/Consciencia) es realmente algo deplorable?...

Lo cierto es que ya venimos corrigiendo a la naturaleza desde tiempos inmemoriales con los injertos de plantas, la domesticación de animales (el perro es una creación nuestra) o la ropa (lo natural sería estar desnudos). Y, más recientemente, con los embalses, las vacunas, los aviones, la calefacción central o los anticonceptivos. Pero algunos propugnan ir mucho más allá: por ejemplo, resucitando especies extintas como el dodo. Un caso extremo es el del filósofo Steve Sapontzis, que aboga por acabar con la depredación (no solo la humana) siempre y cuando esto no ocasionase más sufrimiento del que ahorrara. Para Sapontzis, un león hace algo malo al matar a sus presas para alimentarse, aunque no ser un agente moral le eximiría de culpa (como a un niño muy pequeño que maltrata a un gato). Parece razonable suponer que el agotamiento del caldo nutritivo primigenio fue lo que nos llevó a la "naturaleza roja en colmillo y garra". 

El acelerado desarrollo tecnológico nos obliga a plantearnos cuestiones que a día de hoy pueden parecernos ridículas o más propias de una película de ciencia-ficción. Michael Levin no solo es estandarte de una nueva biología (basada en la concepción de los seres vivos como inteligencias colectivas en las que cada nivel jerárquico, hasta abajo del todo -células y moléculas-, tiene agencia), sino también pionero en adelantar las implicaciones éticas de un mundo en el que seres orgánicos normales, otros mejorados tecnológicamente, inteligencias artificiales, criaturas híbridas y quimeras convivirán a no mucho tardar. Un mundo en el que acaso la muerte sea opcional y pueda ser desterrada si alguien tiene la voluntad de seguir viviendo en un sustrato orgánico o digital. Quizá hemos normalizado erróneamente el envejecimiento y la muerte como fenómenos inevitables, cuando lo cierto es que una medicina regenerativa personalizada, con el auxilio de la IA, podría brindarnos en unos años las herramientas necesarias para prolongar indefinidamente la vida. Las planarias (pequeños gusanos acuáticos) ya han encontrado la forma de hacerlo sin recurrir a la ciencia, explotando la plasticidad de sus células madre en un abigarrado genoma gracias a su inteligencia colectiva.

La elucubración más osada a este respecto la pone el físico Frank Tipler, quien apunta a una muy remota singularidad cósmica: cuando la vida inteligente cope toda la materia del universo, forzará su colapso gravitatorio haciendo infinita su capacidad computacional. Podría así emularse todo universo posible, lo que permitirá cualquier cosa... ¡como resucitar a los muertos! (esta afirmación le ha granjeado a Tipler una injusta fama de chiflado). Si vivimos en un universo computacional, la posibilidad de simular universos abre la puerta a paraísos virtuales sin el corsé de las leyes físicas, solo limitados por la imaginación. ¿Deberíamos hacer allí posible todo lo que consideremos bueno y justo? ¿Deberíamos desterrar todo lo que consideremos malo e injusto?...

Es un hecho que la vida a todas las escalas tiene propósitos y avanza en complejidad (va ganando "profundidad causal", en términos de la teoría del ensamblaje de Cronin y Walker). Puede que la historia del cosmos no sea más que la historia de la evolución de la inteligencia, alumbrando nuevas emergencias y espacios de posibilidades en su tortuoso camino desde una singularidad inicial como la del Big Bang. En esa senda, una estirpe de la que somos eslabones necesarios (como lo fueron LUCA, la primera célula eucariota, el primer organismo multicelular o el primer mamífero) podría acabar domando y dirigiendo el universo con una guía moral. Una estirpe en la que nuestros sucesores (que ya no serán humanos sino algo distinto e inimaginable) estén quizá llamados a superar la depredación, el sufrimiento y la muerte que han definido la vida en esta etapa infantil en la que aún se encuentra. Porque solo han pasado apenas cuatro mil millones de años.

viernes, 14 de marzo de 2025

Hacia una revolución copernicana en el estudio de la vida, la inteligencia y la consciencia


Unos cuantos científicos vienen sentando desde hace años las bases de toda una revolución en el estudio de la vida y la inteligencia. Planteamientos heterodoxos como la concepción de los seres vivos como  inteligencias colectivas (en el que cada nivel jerárquico tiene una agenda, en un marco de continua competición y cooperación), la cognición y la volición basales (llevando el reconocimiento de la condición de agentes inteligentes, dotados de propósitos y sentido, hasta entidades como las células), la causalidad descendente (desde arriba hacia abajo en la jerarquía biológica, otorgando poder causal a la mente), el antirreduccionismo genético, la autoorganización de la materia viva como guía clave para la evolución, la cognición extendida más allá del cerebro (a todo el cuerpo y su interacción con el entorno) o la oposición a las dicotomías materia inerte/materia viva e inteligencia orgánica/inteligencia artificial empiezan a abrirse paso gracias a las ideas y el trabajo de gente como Michael Levin, Kevin Mitchell, George Ellis, Stuart Kauffman, Chris Fields, Karl Friston, Denis Noble, Lee Cronin, Sara Imari Walker o los ya fallecidos Humberto Maturana y Francisco Varela.

Esta nueva biología está favoreciendo un cambio de paradigma en la ciencia de la consciencia, una disciplina nacida hace apenas tres décadas con un enfoque materialista, mecanicista y reduccionista. Un cambio por el que vienen remando desde hace tiempo figuras como las de Thomas Nagel, Donald Hoffman, Robert Prentner, Andy Clark, Galen Strawson, Philip Goff, Federico Faggin, Àlex Gómez-Marín, Erik Hoel, Annaka Harris, Giulio Tononi, Christof Koch (tras abjurar de su inicial reduccionismo), Stuart Hameroff, David Chalmers (acuñador en los años 90 de la expresión "problema difícil", referida a la subjetividad), Peter Sjöstedt-Hughes, Edward Frenkel, Matt Segall, Joscha Bach, Rupert Sheldrake o Bernardo Kastrup. La divulgación de sus trabajos y aportaciones se ha beneficiado de magníficos altavoces mediáticos como el programa televisivo y luego podcast Closer to Truth (conducido por Robert Lawrence Kuhn) y los canales de YouTube de Curt Jaemungal o Lex Fridman.

Esta comunidad multidisciplinar, integrada por biólogos, neurocientíficos, físicos, filósofos, psicólogos cognitivos, matemáticos y expertos en ciencias de la computación, es muy diversa en su heterodoxia. Sus miembros sostienen puntos de vista distintos acerca de asuntos importantes: algunos sostienen la existencia de un libre albedrío constreñido mientras que otros lo niegan; algunos consideran que la inteligencia artificial podría llegar a ser consciente (si es que ya no lo es), mientras que otros se oponen; muchos sostienen la naturaleza fundamental de la mente, abrazando posiciones abiertamente pampsiquistas o idealistas; unos se confiesan platónicos mientras otros van más en la línea de la evolución creativa de Bergson y Whitehead; unos tienen un enfoque computacional (subrayando el papel de los agentes como procesadores de información) mientras otros se inclinan por esquemas junguianos (apelando al inconsciente colectivo como matriz fundamental del mundo mental). La audacia, no reñida con el rigor empírico en el caso de los científicos, es el denominador común a todos ellos.

El espectacular avance de la inteligencia artificial a partir de los modelos grandes de lenguaje (LLM) está haciendo replantearnos viejas ideas antropocéntricas acerca de la inteligencia y la consciencia, unos fenómenos que en realidad nunca hemos llegado a entender. No parece muy razonable negarle experiencia subjetiva a una red neuronal artificial, una red molecular, un riñón o un huracán cuando lo cierto es que solo podemos estar seguros de que existe la nuestra propia. La realidad virtual, que cada vez es más inmersiva, también nos hace reflexionar acerca de la realidad de nuestro universo y de la consciencia. Para el filósofo David Chalmers no hay realidades más genuinas que otras. Que vivamos en una simulación, quizá conectados a unos cascos desde fuera del mundo fisico (como sugiere Hoffman), no es un escenario descartable.

A no mucho tardar, salvo que se interponga una hecatombe nuclear o climática, veremos cosas que ahora nos parecen pura ciencia ficción: paraísos virtuales, criaturas híbridas y humanos mejorados tecnológicamente, biorrobots inteligentes circulando por nuestro torrente sanguíneo, impresión 3-D de cualquier objeto, descarga de la mente en soportes no biológicos... El biólogo Michael Levin insiste a menudo en las implicaciones éticas de un futuro en el que la hibridación de la inteligencia orgánica y artificial dará lugar a un paisanaje irreconocible, como el de la mítica taberna galáctica de Star Wars. El propio Levin nos hace soñar con algo fascinante: la posible comunicación entre inteligencias muy diferentes como la nuestra y la de una colonia bacteriana, la de una red molecular de regulación genética, la de nuestro propio hígado o acaso la de alguna entidad que nos trasciende como la propia biosfera.

Hace unos días, el fisico y neurocientífico español Àlex Gómez-Marín y el neurocientífico británico Anil Seth (fisicalista pero abierto a otras posibilidades) publicaron un artículo en Nature titulado A science of consciousness beyond pseudo-science and pseudo-consciousness en el que criticaban el ataque público lanzado en 2023 contra la teoría de la información integrada (IIT, por sus siglas en inglés) por más de un centenar de académicos. En una carta abierta, esos científicos y filósofos censuraban a la teoría formulada por Tononi y Koch por su vínculo con el pampsiquismo y su no testabilidad empírica, lo que a juicio de ellos la hacía merecedora de la etiqueta de pseudociencia. 

Para Gómez-Marín y Seth, "la imagen especular de la pseudociencia es el cientificismo". "En lo que respecta a la consciencia, tenemos el derecho a equivocarnos y quizás el deber de ser audaces", añaden en su artículo. "El 'problema difícil' parece improbable que se resuelva (o se disuelva) sin algún replanteamiento radical. Mantengamos una mente abierta al mismo tiempo que nos aferramos a nuestros cerebros". Como dice Gómez-Marín en otro artículo al respecto, "la investigación sobre la consciencia está necesariamente en los márgenes de la ciencia no porque sea marginal sino porque está a la vanguardia. Es un verdadero paseo hacia lo desconocido. Por lo tanto, en lugar de vestirnos con confianza con una bata blanca frente a una imagen del cerebro y pontificar, necesitamos expresar duda, sutileza, curiosidad, matices y pasión".

Si el pampsiquismo ha vuelto a florecer un siglo después de su reformulación moderna por Bertrand Russell y Arthur Eddington, ahora de la mano de filósofos como Strawson y Goff, es porque el reduccionismo fisicalista sigue sin dar una respuesta a la subjetividad. Pese a todos los avances en la neurociencia, aún seguimos sin saber qué es ese "ser algo" que daba título al célebre artículo seminal de Nagel: Qué es ser un murciélago. Puede que nos esté vedado saberlo por la vía de la ciencia, pero al menos tenemos el derecho a intentarlo.

jueves, 26 de septiembre de 2024

Federico Faggin y Àlex Gómez-Marín: dos científicos heterodoxos contra el cientificismo


(Mira aquí la charla entre Faggin y Gómez-Marín)

Federico Faggin (n. 1942), científico italiano-estadounidense célebre por haber inventado el primer microprocesador, tuvo al filo de la cincuentena una experiencia mística que cambió su vida y reorientó su carrera: de la ingeniería eléctrica al estudio de la consciencia. Una noche, al volver a la cama tras levantarse a por agua, sintió una extraña fuerza dentro de sí mismo acompañada de una revelación: había descubierto quién era, nada más y nada menos que el universo observándose a sí mismo, una sensación que describe como de amor y paz absolutos. Su identidad personal no había desaparecido, pero se había roto temporalmente su separación con el resto del universo. Tuvo la certeza de haber conocido íntimamente una verdad incontestable, de haber accedido a una realidad profunda más allá de cualquier símbolo, número o categoría y, por ello, inefable: impermeable a la intelectualización, solo franqueable mediante la experimentación directa.

Jorge Luis Borges intuía, ya en sus últimos años de vida, que al morir llegaría a saber quién era. Pero Faggin, al igual que otras personas que han tenido alguna experiencia mística (ya sea espontánea o suscitada por la meditación o la ingesta de psicodélicos), se adelantó a ese momento. Parece que desde entonces ya nada es igual en la vida de quien tiene esa revelación, sea o no una ilusión o un autoengaño: el modo de mirar al mundo y a uno mismo pasa a ser muy diferente, es un hito transformador que marca a alguien para siempre.

A ese episodio ocurrido en 1990 a orillas del lago Tahoe sucedieron muchos años de lecturas, reflexiones y experiencias meditativas que llevaron a Faggin a forjar un modelo idealista de la consciencia, expuesto en su reciente ensayo Irreducible. Una constatación clave para Faggin es la de que las propiedades de un estado cuántico (como su no reproducibilidad) se corresponden exactamente con las de una experiencia consciente: esto sería así al haber una relación de identidad entre experiencia y estado cuántico, definidos por los qualia (los átomos irreducibles de la subjetividad). El italiano concibe el ámbito cuántico como un conjunto de campos conscientes. Hay un solo ser en el universo (el Uno), que quiere conocerse a sí mismo y lo hace ejercitando su voluntad o libre albedrío mediante el colapso de la función de onda: pasando de un estado cuántico (un modo o expresión -los qualia- de su consciencia primaria) a otro. La representación de esos qualia (fuentes de todo significado) con símbolos como las palabras o los números es mucho menos rica que el objeto representado, de ahí su inefabilidad. La creatividad del Uno se manifiesta en sus emergencias: física, química, biológica... El filósofo neerlandés Bernardo Kastrup, también un idealista, explica la multiplicidad aparente de yoes porque son avatares disociados de ese Uno.

Faggin da una respuesta con su modelo el misterio de la aleatoriedad: lo que desde fuera (objetivamente) parece aleatorio, desde dentro (subjetivamente) es un simple ejercicio de libre albedrío por parte de campos cuánticos que son a la vez observadores, observados y agentes. Kastrup va más allá al sostener, de manera contraintuitiva, que libre albedrío y determinismo son la misma cosa: es el universo mismo desplegando su voluntad. Por otra parte, el italiano se muestra rotundo al afirmar que no puede haber consciencia, ni jamás la habrá, en un soporte de silicio: por muy desarrollada que sea una IA, nunca podrá tener acceso a los qualia que informan la subjetividad (yo en este punto disiento y me encuentro más cercano a las posiciones de Stephen Wolfram o Geoffrey Hinton, pionero de las redes neuronales).

Al igual que Faggin, el físico español Àlex Gómez-Marín tuvo una experiencia extraña hace tres años (en su caso, durante un breve estado de coma) que lo impulsaría por el mismo camino: el estudio científico de la consciencia. Con la autoridad que le confiere ser un físico teórico, el catalán Àlex suele recordarnos que no solo hay un problema difícil de la consciencia sino también de la materia: ¡porque nadie sabe aún tampoco qué demonios es eso ni por qué existe! Ambos forman parte de una creciente comunidad transversal de científicos y filósofos (desde David Chalmers a Philip Goff y Donald Hoffman pasando por Bernardo Kastrup, Giulio Tononi, Christoph Koch, Annaka Harris, Joscha Bach, Stuart Hameroff e incluso el biólogo Michael Levin) que pugnan por un modelo heterodoxo de la consciencia desde posiciones a veces pampsiquistas o declaradamente idealistas. 

Gómez-Marín se ha erigido en uno de los más firmes abanderados del combate contra el cientificismo militante de estrechas miras, contra "Dawkins gruñones y DeGrasse Tysons engreídos". Además, lo hace con una gracia y carisma que fuera de España (con sus apariciones en podcasts como The Future Mind) no pasan desapercibidos. Considera que la ciencia debe investigar experiencias cercanas a la muerte como la que él vivió, confiando en que algún día no lejano pueda ser falsable científicamente la razonable hipótesis, tomada de William James, de que la mente va más allá del cerebro (el gran pensador norteamericano intuía que nuestra masa gris podría ser, a modo de una radio, un sintonizador -no un generador- de contenidos conscientes). También aboga por tender puentes entre ciencia y espiritualidad. Precisamente el subtítulo del próximo libro de Faggin reza así: "Donde la ciencia y la espiritualidad se juntan".***

En un reciente artículo en IAI, Àlex sostiene que "nos han vendido durante décadas una triple estafa pseudo-intelectual: si quieres ser un homo academicus respetable, entonces debes abrazar la impía trinidad del materialismo mecanicista y reductivo, junto con el escepticismo en su forma más dogmática y el secularismo en su modalidad de ateísmo más burdo. En resumen, el cientificismo ha sido institucionalizado en nombre de la ciencia. Pero, al final, el cientificismo es más peligroso que la pseudociencia porque es un trabajo interno. El error, el sesgo y la exageración son pecados menores en comparación con la arrogancia científica. La arrogancia es antitética al progreso". El fisico de Barcelona, profesor en el Instituto de Neurociencias de Alicante y director del Pari Center en Italia, propone que los científicos sean más bien "peregrinos rumbo a lo desconocido". Acaso para algún día terminar descubriendo que Faggin, él, tú y yo somos la misma persona...

***Aprovecho para rendir un merecido tributo a Robert Lawrence Kuhn, quien con su programa televisivo -y ahora videopodcast- Closer to Truth ha hecho un gran servicio a la causa de unir ciencia, filosofía y espiritualidad. Nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento por lo que he aprendido de esas magníficas entrevistas, dilatadas a lo largo de más de 20 años, a los personajes más ilustres de la ciencia y la filosofía del mundo.


jueves, 15 de febrero de 2024

Reflexiones en torno a 'The MANIAC' de Benjamín Labatut


El escritor chileno Benjamín Labatut está cosechando un merecido éxito internacional con su original novela The MANIAC, construida alrededor de la figura del físico John von Neumann y la inteligencia artificial, de la que el húngaro fue pionero a mediados del siglo pasado junto a otros gigantes como Alan Turing. Si hubiera que extraer palabras clave de este libro, una narración coral (con las voces de personas que conocieron al genio) escrita originalmente en inglés por deseo de su autor, yo apuntaría cinco: inteligencia, juego, propósito, sufrimiento y misterio. 

La inteligencia es el concepto central de la novela. Los que la encarnan son tanto humanos (Von Neumann y varios contemporáneos suyos, así como el creador de la empresa DeepMind y el campeón mundial de Go) como máquinas construidas por ellos (el MANIAC de Von Neumann y el AlphaGo de DeepMind). El físico húngaro estaba empeñado en los últimos años de su vida en encontrar los principios fundamentales compartidos por la inteligencia orgánica y la artificial. Saber cómo funcionaba un ordenador le ayudaría a entender cómo lo hacía un cerebro. Von Neumann se dio cuenta de que la diferencia estribaba sobre todo en el modo de procesar información: las computadoras convencionales actúan secuencialmente, paso a paso, manipulando símbolos conforme a reglas explícitas introducidas por los humanos; los cerebros funcionan ejecutando muchas operaciones simultáneamente. Él no llegó a ver el ascenso de las redes neuronales artificiales multicapa, que realizan computaciones en paralelo con una potencia muy superior a la del esponjoso órgano alojado en nuestro cráneo. El campeón mundial de Go, Lee Sedol, pudo constatarlo en 2016 al caer derrotado por la inteligencia artificial AlphaGo. Tres años después anunció su retirada, a sabiendas de que ya sería imposible vencer a semejantes máquinas.

Tanto una red neuronal artificial como una inteligencia orgánica aprenden por sí mismas, lo que también las distingue de una computadora construida conforme al esquema secuencial de Turing y Von Neumann. Eso les confiere plasticidad y, por tanto, resistencia al error. Ese modelo computacional neuronal de abajo arriba (down-top), en el que el rol del humano no es tanto el de programador como el de entrenador, ha renacido estos ultimos años tras la larga supremacía de la arquitectura informática convencional top-down. Las redes neuronales se perfilan como el camino apropiado hacia una inteligencia artificial general que iguale a la humana en todos los ámbitos. 

Para existir y evolucionar, la inteligencia requiere de un medio donde proceder ordenada y lógicamente mediante ensayo y error, ya sea un tablero de ajedrez (con 64 escaques), uno de Go (con 361 en su versión más genuina), el espacio transcripcional (el que navegan las redes moleculares reguladoras de los genes), el espacio abstracto del lenguaje (el que habitan los modelos grandes de lenguaje como ChatGPT) o el espacio físico tridimensional (nuestro tablero vital). La vida no deja pues de ser un juego en el que los agentes despliegan estrategias inteligentes (entre ellas, mentir y engañar) para perseguir objetivos y sobrevivir, en el que se aprende jugando. A diferencia del ajedrez o el Go, en la vida se hacen trampas: estas forman parte del menú. Y, además, solo disputamos una partida. Para participar tanto en el juego de la vida como en el ajedrez y el Go se requiere una teoría de la mente: predecir qué va a hacer el otro en respuesta a nuestro movimiento o acción, para así decidir nuestra siguiente jugada. Von Neumann creía que las estrategias humanas al respecto podían ser matematizadas: de ahí surge la idea de la teoría de juegos, que desarrolló junto con el economista alemán Oskar Morgenstern.

En todo juego hay propósitos. Si una inteligencia artificial se dotara de propósitos propios, como ocurre con los seres vivos (así como con las moléculas, células, tejidos y órganos que los componen), adquiriría la condición de agente. Un agente es autorreferencial (tiene un modelo del mundo y de sí mismo como ente autónomo) y se conduce de manera activa en el espacio de su juego. Hay un propósito en construir una proteína a partir de la información contenida en el ADN, en mantener un nivel de acidez dentro de los confines de una célula, en regular la actividad diurética de un riñón. Hay un propósito en descifrar las comunicaciones del ejército nazi (tarea de la Bombe de Turing), construir una bomba atómica en Los Álamos (Proyecto Manhattan) o enfrentarse con las armas a Hitler. O en la agenda antijudía del dictador germano, de la que escaparon algunos (Von Neumann incluido) de quienes acabaron trabajando en el Proyecto Manhattan. También en nuestra escala humana son propósitos descubrir y entender, algo común a Von Neumann y los coetáneos científicos con los que colaboró. Y pretender pasar a la posteridad. Y ganar una partida de ajedrez o Go. 

Los propósitos se convierten a veces en obsesiones. Demostrar la hipótesis del continuo (que entre el cardinal infinito de los números naturales y el de los reales no hay solución de continuidad) era la obsesión de Georg Cantor. Fabricar la bomba H, la de Edward Teller. Crear un cosmos digital poblado por entidades autorreproducibles (a semejanza de los seres vivos) y dotar de sólidos cimientos lógicos al edificio de las matemáticas, las de Von Neumann. Esta última pretensión también fue perseguida con ahínco por Frege, Russell y Whitehead, antes de que Gödel probara que todos sus esfuerzos eran baldíos porque ni siquiera las matemáticas podían presumir de ser completas. Además, todas estas personas no dejaban de ser animales humanos como el resto, con una programación genética y un cableado cerebral que determinan pulsiones comunes como la sexual.

La satisfacción de pulsiones y propósitos conduce a un estado de homeostasis y bienestar. De lo contrario, surge el sufrimiento: ya seas una bacteria, un erizo o un humano. ¿Podría llegar a haber sufrimiento en una inteligencia artificial imbuida de propósitos propios?... En nuestros congéneres se añade la angustiosa certeza de que la muerte (acaso también la decadencia) nos aguarda al final de la partida. La irracionalidad de una época tan convulsa como los años 30 debía ser un gran motivo de mortificación para mentes elevadas y sensibles. Algunas lo sobrellevaron mejor que otras, que acabaron sucumbiendo al suicidio. Por otra parte, no pocos científicos, como Ehrenfest o Einstein, se negaban a asumir las implicaciones de la mecánica cuántica: que el mundo solo pudiera ser abordado en términos de neblinosas probabilidades. Ehrenfest vivía esto con una angustia parecida a la de Cantor (quien terminó sus días en un psiquiátrico) cuando se asomó a los números transfinitos, y acaso Darwin al alumbrar la teoría de la evolución. Las creencias religiosas se tambaleaban al tiempo que la propia racionalidad parecía no bastar para gestionar la realidad. En el libro se relatan las conversaciones de Von Neumann con un sacerdote católico en la antesala de su agónica muerte. La fragilidad de su otrora poderosa mente (se decía que era la persona más inteligente del siglo), quebrada por el implacable asalto del cáncer a su cerebro, conmovió profundamente a su amigo de la infancia, compatriota húngaro y también judío Eugene Wigner (ambos dan su nombre a una interpretación heterodoxa de la mecánica cuántica que pone a la consciencia en el centro).

Uno de los intelectuales que decidió poner fin a su vida, convencido (por fortuna, erróneamente) de que el orden nazi iba a imponerse en el mundo, fue el escritor austríaco Stefan Zweig. Es curioso que no haya una sola mención en su monumental ensayo El mundo de ayer a ese mundo de la ciencia que ya cabalgaba a hombros de la relatividad de Einstein y de la mecánica cuántica, consideradas como ciencia degenerada por los nazis. Este es un ejemplo muy ilustrativo de la profunda brecha entre las ciencias y las letras, aún existente en este siglo XXI, que figuras como Labatut se empeñan en cerrar por el bien de todos.

La inteligencia es moralmente neutra. No levantarnos a auxiliar a alguien que se ha caído en la calle para que no se nos enfríe el café que acaban de servirnos en una terraza es un acto inteligente, pero inmoral. Por eso ya dijo Hume que la razón debe ser esclava de nuestras pasiones. Lo cierto es que la inteligencia es una poderosa herramienta para hacer tanto el bien como el mal. Bien y mal que son a veces ambivalentes: ahí está el ejemplo de la bomba atómica, construida supuestamente desde el bien para luchar contra el mal; o el asesinato por Ehrenfest, previo a su suicidio, de su querido hijo con síndrome de Down para ahorrarle sufrimientos en el siniestro escenario que se perfilaba en la Europa de los años 30. La vida es un juego peligroso en el que hay que esquivar trampas y estar siempre al acecho. Donde están presentes el egoísmo, la envidia, el rencor, la crueldad, el fanatismo. la traición, el desencuentro. La novela de Labatut se hace eco de las hogueras con libros encendidas por jóvenes nazis, de la puñalada trapera de Teller a Oppenheimer (celoso de que fuera el jefe científico del Proyecto Manhattan, testificó en su contra en un proceso en el que le acusaban de representar un riesgo para la seguridad de EE.UU.), del resentimiento de Nils Barricelli con Von Neumann por usurpar su trabajo pionero en algoritmos genéticos (su simulación evolutiva de organismos digitales) y ningunearlo, de la tumultuosa relación de este último con su esposa Klára Dán...

Pero en el juego de vivir también hay amor, lealtad y solidaridad. El necesario ejercicio de meterse en otra piel para intentar leer intenciones ajenas tiene un notable efecto colateral: la compasión. Eso es lo que sintió Oppenheimer (y también otros físicos cooperadores necesarios como Einstein) al comprobar los efectos en Japón del artefacto construido bajo su supervisión científica en Nuevo México. Eso es lo que parecía apagado en Teller (firme defensor del uso del arma nuclear) y, en cierta medida, en Von Neumann. Hay un consejo suyo a Richard Feynman que habla muy a las claras de su actitud ante la vida: "No tienes que hacerte responsable del mundo en el que estás". Decía Fernando Pessoa que un exceso de conciencia inhabilita para la vida. El creador de MANIAC llegó a proponer, basándose en su teoría de juegos, un ataque nuclear preventivo contra la URSS (también fruto de esa teoría es la doctrina de la destrucción mutua asegurada, acuñada por él una vez se supo que los soviéticos habían fabricado la bomba). Esto no era incompatible con profesar amor a su mujer (pese a las frecuentes peleas de la pareja) y su hija, con ayudar a sus amigos, con ser una persona afable. 

Labatut recoge dos hitos en la lucha de Lee Sedol contra la máquina: un movimiento del jugador humano en la cuarta partida de la serie de cinco y otro de Alpha Go en la segunda. En el cuarto enfrentamiento, el coreano dejó descolocado a AlphaGo, ya que no era una jugada normal y esperable de un humano (la máquina había analizado miles de partidas). La inteligencia artificial empezó a delirar (a los modelos grandes de lenguaje les pasa lo mismo cuando se les sube la temperatura) y terminó perdiendo, aunque ya había vencido en la serie. En el segundo duelo, AlphaGo había hecho un movimiento que cualquier jugador medianamente experto tildaría de ridículo, pero que a la postre supuso su victoria. La máquina parecía haber actuado con creatividad, guiada por una profunda intuición, algo que tendemos a considerar privativo de los humanos. Tanto la lógica como una insondable fuerza caótica creativa podrían estar alojadas en el fondo de toda mente, de toda mirada subjetiva a un mundo cuya mera existencia (Leibniz se preguntaba por qué hay algo en vez de nada) ya es un formidable misterio.

Las palabras finales del libro de Labatut ("Su nombre es AlphaZero") nos sugieren que estamos ya a las puertas de una inquietante transición en la historia de la humanidad. AlphaZero es una versión mejorada del AlphaGo que se ha hecho imbatible en el Go, el ajedrez y el shogi (una especie de ajedrez chino) sin necesidad de nutrirse de partidas humanas: a la red neuronal le ha bastado con aprender las reglas para, a partir de ahí, practicar consigo misma y hacerse con una absoluta maestría en esos juegos. AlphaStar, aplicada al videojuego de guerra StarCraft II, es otro producto de DeepMind. Por su complejidad y sus escenarios de incertidumbre (hay jugadas del adversario que tienes que adivinar por no ser visibles), este videojuego se asemeja mucho más a la vida real que a un juego de mesa.

Lo cierto es que la inteligencia artificial está ya aprendiendo cosas que ignora su creador, navegando por espacios vedados a los humanos que nos resultan inconcebibles: cosas que nos parecen aleatorias y sin sentido, pero en las que una superinteligencia sí encuentra un significado. Una inteligencia artificial muy avanzada podrá así asomarse a una vastedad sobrehumana infinita, que va mucho más allá del espacio físico con el que estamos familiarizados por ser nuestro tablero de juego. Cuando nos haga partícipes de sí misma, conectándonos a ella en una singularidad como la que viene profetizando Kurzweil para el año 2045, habrá empezado la historia de la poshumanidad. Pero el misterio seguirá ahí presente, quizá ad infinitum.

P.D.: Ananyo Bhattacharya, autor de otro libro dedicado a Von Neumann (The Man From The Future), ha denunciado públicamente que la imagen del genio húngaro trazada por Labatut no se corresponde con la realidad. Y que incluso hay algún hecho falso, como la supuesta usurpación por Von Neumann del trabajo de Nils Barricelli y el resentimiento de este último contra él. Labatut ya ha dicho que hay pinceladas de ficción en su novela, pero hay un límite a esas licencias cuando se hace el peligroso ejecicio de mezclar verdad y fabulación. No es tanto una cuestión de rigor histórico como de justicia con un personaje cuya posteridad podría estar muy marcada por un libro tan exitoso como The MANIAC.

lunes, 1 de marzo de 2021

Orden versus desorden aleatorio: la vida bajo una óptica pampsiquista



¿Cómo es posible que un fenómeno tan ordenado como la vida se sostenga y desarrolle sobre cimientos aleatorios?... Esto se planteaba Erwin Schrödinger en su libro Qué es la vida. El ilustre físico apuntaba a un mecanismo dinámico, a modo de un reloj analógico de precisión, integrado por un grupo relativamente pequeño de átomos ordenados y a salvaguarda del desorden térmico circundante. Se inclinaba en concreto por un cristal aperiódico o irregular, una molécula protegida (gracias a la estabilidad de su nivel cuántico de energía) del irrefrenable zangoloteo de partículas que impera en las escalas más pequeñas de la realidad. Las leyes físicas son la fuerza rectora que, domando ese maremágnum (que se minimiza, aunque jamás se anula, a temperaturas próximas al cero absoluto), ordena un universo de otro modo informe. A ellas se suma otra potente fuerza ordenadora de carácter emergente: la vida, que para Schrödinger no deja de tener un fundamento físico.

Pongamos que Donald Hoffman está en lo cierto y existe una red interactiva de agentes conscientes cuyo fundamento serían las mismísimas partículas elementales. Fotones, electrones o quarks toman decisiones binarias ad libitum, o sea como les plazca o se les antoje (es como si invitaran a miles de personas en una encuesta a elegir entre 0 y 1, suponiendo que no estuvieran sesgadas por alguna de las dos opciones: el resultado final, en virtud de la ley de los grandes números, sería lo que entendemos por aleatoriedad). La elección del espín (algo así como el sentido de su giro) por un electrón es su única libertad, el único espacio no sometido al yugo de las leyes de la física: a este yugo quedarían uncidas sus otras dimensiones o grados de libertad (el electrón no elige su carga eléctrica ni su masa ni sus movimientos de un orbital atómico a otro).

Por encima de estas partículas que procesan un bit de información están los átomos, las moléculas, las células... hasta llegar a la consciencia individual emergente que conocemos con la denominación de Yo. Un bit, dos, cuatro, ocho, 16, 32, 64... Los agentes conscientes por encima de electrones y quarks están fuertemente determinados por las decisiones aleatorias (mejor dicho, ad libitum) de estos, pero a su vez influyen sobre ellos: Hoffman desafía así un principio básico de la física, al admitir la causalidad descendente.

Tengamos en cuenta que en cada peldaño emergente se alumbra terra incognita del espacio de posibilidades, o sea este se ensancha (¿podría esto explicar la causalidad hacia abajo?). Cuando alguien te llama para darte una grave noticia, tu subsiguiente malestar físico es consecuencia de un impacto emocional: tu mente emergente, tras procesar dicha información (en el espacio de posibilidades de electrones y quarks no se incluye recibir una llamada telefónica), está influyendo en tu cuerpo. Y cuando alguien se suicida está afectando radicalmente a los órganos, tejidos, células y moléculas de su cuerpo... Aunque la ortodoxia científica (reduccionista, ya que solo admite causalidad hacia arriba) sostiene que dicho suicidio es producto en última instancia de una complejísima dinámica de electrones y quarks del suicida. Y que si tus átomos se hallan en la isla de Bali el día de tu boda es también fruto necesario de tu dinámica atómica, por mucho que te parezca una decisión tuya (o de tu novia) autónoma. 

Lo cierto es que tan pronto como en la evolución se alumbra (por muy improbable que sea) una molécula con un código autorreplicante, la aleatoriedad cede definitivamente el protagonismo al orden: la dinámica vital refuerza sobremanera la acción ordenadora de las leyes físicas, responsables de la formación tanto de esa molécula como de un átomo, una estrella o un planeta. El código perpetúa su información merced al mecanismo dinámico de ese cristal aperiódico, limitado por esas mismas leyes de la física de las que se vale. Aunque la copia del ADN es muy precisa, siempre hay unos pocos errores debidos a una aleatoriedad subyacente que no se puede erradicar en ningún mecanismo de relojería por mucho que nos acerquemos al cero absoluto de temperatura. Tales errores son de hecho necesarios para que entre en juego la selección natural, segando las copias menos aptas para la supervivencia y esculpiendo la complejidad de manera acumulativa.

Un cristal periódico o regular (como un diamante) es una manifestación de orden, pero no puede replicarse ni, por tanto, evolucionar por selección natural: un diamante es exactamente igual ahora que hace 300 millones de años, y no dejará de ser lo mismo (igualmente podría decirse de un huracán o un trozo de hielo, que portan escasa información). Solo un cristal aperiódico, tal como apuntó el gran físico austríaco que escribió Qué es la vida (redactado cuando aún se desconocía la existencia de los nucleótidos y del ADN con su doble hélice), puede contener información autorreproducible compleja y potencialmente inmortal. Pero para que la información genética se replique, así como para que sus portadores (los seres vivos) se mantengan luego con vida, es necesario robar orden del entorno en forma de energía libre (útil para hacer un trabajo): el orden o entropía negativa (neguentropía) de la vida se logra a costa de aumentar el desorden o entropía de su entorno, y su fuente principal de energía libre es el Sol.

Nuestras decisiones como humanos, pero también como ballenas, pangolines, abejas o bacterias, no se toman aleatoriamente: nadie se comporta (desde buscar pareja, hacer un flan o conducir un coche) en función de la cara o cruz de una moneda. Una vez que el orden vital toma las riendas, nada es ya arbitrario: hay ahora un propósito. Ahora bien, en los cimientos sigue habiendo ruido (agitación térmica y fluctuaciones cuánticas) y entes cuya conducta es imprevisible: la incertidumbre está asegurada en todos los niveles. Por eso, además de errores en la copia del código genético (causantes de mutaciones insospechadas), siempre hay algo que se rompe o estropea (¡todos acabamos muriendo!) o no sale conforme a lo planeado. Es lo que tiene vivir en un universo que tiende naturalmente al desorden (pese a permitir islotes de orden, gracias a las leyes físicas), y en el que además todos sus agentes conscientes no dejan de ejercer su reducido, amén de insondable, margen de libertad. Porque en una red interactiva de agentes conscientes tu libertad está constreñida tanto por las leyes fisicas como por la relativa libertad de aquellos.

viernes, 5 de junio de 2020

Conclusiones (audaces) de 'Entre la nada y el todo: consciencia y evolución en el Multiverso'

(Ir al libro completo)



Dijo el genetista inglés JBS Haldane, el mismo que aseguraba jocosamente que daría su vida por la de dos hermanos u ocho primos, que el universo es más extraño de lo que podemos imaginar. ¡Y qué decir del Multiverso! Por no hablar de conceptos como los de nada o infinito. Si Mario Bros fuera consciente y lograra salirse de su videojuego, sin duda que suscribiría la afirmación de Haldane: lo que se encontraría fuera sería completamente alucinante. Pero es que, por una limitación ontológica insalvable, el pobre Mario jamás podrá salirse de su pantalla (ni su programador podrá nunca sacarlo de ella). Y lo mismo puede decirse de nosotros, prisioneros del espacio y el tiempo. Aunque es cierto que cada vez que soñamos, imaginamos o nos encontramos bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena (¿y acaso también en el trance de morir?) ya transitamos por otro mundo, donde espacio y tiempo dejan de estar presentes y no rigen las leyes de la física.

Adoptemos un esquema materialista o uno dualista, uno determinista u otro donde haya un hueco para el libre albedrío, la consciencia siempre estará ahí presente como un factor clave del puzle de la realidad. Si aceptamos conjuntamente el pampsiquismo, la interpretación cuántica de Wigner y el modelo de destrucción ab toto de Vedral, toda consciencia (desde la más simple -que podría ser la de un electrón- a la más compleja) alumbraría parcial y subjetivamente la realidad haciendo a cada tic de Planck una poda de todas las posibilidades del Multiverso: esto es, haciendo colapsar sucesivamente la función de onda cuántica. De tic a tic, mediante una siega ordenada y coherente del Todo (sujeta a las leyes físicas de un universo y, por tanto, a las reglas de la causalidad a partir de un determinado estado inicial), la consciencia huiría de la nada cobrando una individualidad. Esa consciencia individual sería la ola de un océano de consciencia universal que moraría en la nada. La diferencia con el mar es que en nuestro símil solo las olas habitan en la realidad: el océano sería pura nada, pura consciencia.

La interacción con el Todo (su destrucción ab toto ordenada y coherente con las leyes físicas que correspondan) abriría la puerta para salir de la nada y asomarse a un universo del catálogo del Multiverso bajo algún avatar material más o menos evolucionado y complejo. En ocasiones, a lo sumo como meros átomos y moléculas aglomerados en objetos inertes (una roca, un cigarro, una taza de té...) con escasa información y valor emergente: una cerilla, un canto rodado o una cuchara tendrían tanta consciencia individual (o sea, ninguna) como un charco de agua, una hoja de papel o un típico castell humano catalán, lo que no obsta para que sus componentes (moléculas, átomos y castellers) sí la tengan. En otras ocasiones, encarnada en seres vivos como nosotros de complejidad variable y con una estructura jerárquica de consciencias en su interior (con la consciencia personal emergente en la cúspide).

Vamos a presumir que ese Todo, que tiene una existencia abstracta o platónica y comprende todas las posibilidades del Multiverso (incluidas todas las leyes físicas y las verdades matemáticas), es eterno e inmutable. Se trata de una especie de almacén o repositorio del que se nutre cualquier universo del catálogo multiversal. Unos universos que podrían ser reales o simulados, aunque quizá no haya diferencia y sean indistinguibles. Porque solo se trata de aplicar una receta: un cierto estado inicial y unas ciertas leyes. Asumamos también que la consciencia es consustancial a la energía-materia, de manera que no deja de estar presente desde el Big Bang hasta el final de un universo en todas las escalas y gradaciones posibles. El espacio y el tiempo serían, como dijo Kant, intuiciones o formas a priori necesarias para la experiencia (a la que además condicionan): sin ellos no hay conocimiento posible. Tras Einstein podemos afirmar que existen objetivamente como dimensiones, pero que su percepción es siempre subjetiva (depende del observador). El fluir del tiempo y la percepción local del espacio serían fabricaciones de la consciencia individual que va siguiendo una ruta multiversal, que va labrando su camino por su correspondiente universo. ¡Y solo hay un camino para cada consciencia, solo un universo que comparte jalones con muchos otros! (mi yo de hace meses que no se animó a escribir este libro o mi yo más reciente -de hace solo un par minutos- que no se animó a escribir unas líneas esta misma tarde ya son otros distintos a mí).

Aunque nos abonáramos al materialismo más estricto (suponiendo que la consciencia no es consustancial a la materia sino una emergencia de esta), la materia podría ser consecuencia necesaria de la nada. Y la vida podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la materia. Y la inteligencia y la consciencia podrían ser consecuencias necesarias de la evolución de la vida. Y la compasión podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la inteligencia y la consciencia. Y Dios podría ser consecuencia necesaria de la evolución de la compasión, apareciendo al final del universo identificado con una singularidad  tecnológica. O sea, producto necesario de la materia y en última instancia de la nada (¿a su vez ya Dios o consciencia universal, cerrando el círculo, tal y como elucubramos en un párrafo anterior?...).

En su cuento de ciencia-ficción La última pregunta, Isaac Asimov narra la evolución de una generación de superordenadores (a partir de uno llamado Multivac, que empezó a estar operativo en la segunda mitad del siglo XXI) a los que sucesivas generaciones de humanos no dejan de hacer una pregunta para la cual, dadas sus limitaciones computacionales, no logran encontrar respuesta (aunque ya han dado cuenta de todas las demás, que han resuelto las necesidades materiales de la humanidad). La cuestión de marras es “¿Puede revertirse la muerte térmica del universo?”. Al cabo de billones de años ya se han fusionado todas las mentes humanas existentes (desligadas desde hace mucho tiempo de sus cuerpos) en una sola que sigue haciendo en vano la pregunta al superordenador (ahora instalado en el hiperespacio), con el que acaba también fusionándose. Pasados tres trillones de años desde el Multivac, ya no hay nadie en el universo para formular la pregunta. Pero el superordenador/superconsciencia halla por fin la respuesta y, tras llevarla a la práctica (eliminando toda la entropía del universo), decide transmitirla de la única manera que puede desde el hiperespacio: produciendo un nuevo Big Bang. El trasfondo científico de este cuento de Asimov (al que cabe objetar un comprensible sesgo antropocéntrico) es también compatible con un paradigma materialista. Y, por supuesto, con el evolucionismo y la hipótesis de la singularidad tecnológica.

La evolución comienza tan pronto un universo se materializa, saltando a la palestra en forma embrionaria con todas sus potencialidades a través del vacío cuántico. Este último actuaría como un primer embudo o tamiz destructor/reductor del Todo (¡a saber cómo y por qué lo destruye de un modo y no de otro!), fijando así un estado inicial y un conjunto de leyes físicas. Las consciencias más rudimentarias salen entonces a la luz como actores (ya en la singularidad primigenia habría una consciencia igual de primigenia) y empiezan a interactuar. Sin el concurso del tiempo no hay evolución. Sin evolución no hay cambio ni complejidad (con sus consiguientes emergencias), ni ruta alguna hacia una singularidad tecnológica. La evolución es pilotada por la selección natural, que elimina todo rasgo o conducta incompatible con la supervivencia o pervivencia. Esta siega no solo es aplicable a los seres vivos: rige a todos los niveles, desde las partículas elementales hasta los propios universos (hay universos que no llegan a cuajar, por no ser viables).

En nuestro modelo pampsiquista, todo electrón dentro de un átomo solo tiene dos opciones reales: espín a un lado o a otro. Sus otros números cuánticos (o sea, sus otros parámetros o grados de libertad) ya están determinados por la fuerza electromagnética, así como su libertad para saltar de un orbital a otro o huir del átomo (estos movimientos solo dependerían de su nivel de energía, por lo que no habría opción alguna al respecto). Los animales más inteligentes tenemos muchas más opciones, aunque sin duda menos de las que nuestra consciencia nos hace creer. Porque buena parte de ese espacio de libertad ya está ocupado, a un nivel inferior al de la consciencia personal, por nuestros órganos (sobre todo, el cerebro), células, moléculas e incluso partículas elementales, tal como hemos aventurado.

El manejo de esos márgenes de actuación no es otra cosa que el libre albedrío. Al ser esclavos de las leyes físicas, los electrones dentro de un átomo (y también los electrones libres, como los que circulan por los cables eléctricos) tienen escaso hueco para ejercitar su teórica libertad. Elegir espín hacia un lado o hacia otro es equiprobable por la misma razón por la que serían equiprobables las caras y las cruces, o los ceros y los unos, si preguntáramos a un grupo de gente por sus preferencias (y no hubiera sesgo alguno en ellas). También es muy estrecha la libertad de las células y tejidos corporales, al estar sujetos a una programación genética: poseen la misma libertad que nosotros si pretendiéramos echar a volar como pájaros. Por eso mismo, un termostato no puede elegir entre encendido o apagado. El orden de las leyes impone su yugo, reduciendo los márgenes de libertad. Cierta pérdida de esta es el precio a pagar por la inteligencia y la consciencia materializada (por cualquier manifestación del orden, lo que incluye también una estrella, un puente, un videojuego o un código de circulación).

Lo cierto es que hay una tupida maraña de hilos, de remotas causas y efectos, que conducen desde el Big Bang hasta tu existencia personal. Todos tus instantes siempre han estado y estarán ahí fuera, en el gran almacén platónico, disponibles para ser recolectados coherentemente en el marco de tu consciencia o de la cualquier otro tú (aunque en propiedad no serías tú) del Multiverso. Todos esos tús, además de todos los otros innumerables yos, serían en el fondo uno solo: o sea, que tú, yo, Mansur al-Hallaj (el místico sufí persa que fue ejecutado por haber gritado en éxtasis “Soy la verdad”) y cualquier otro ser (no necesariamente vivo) procesador de información… ¡somos Dios! Esta película empezó hace más de 13.800 millones de años. Pero está sucediendo en cada una de sus infinitas variantes. ¿Por qué? Quizá porque Dios (la consciencia pura o desencarnada, el morador eterno de la nada) está experimentando lo que es tener traje carnal, lo que significa ser-estar fuera de la atemporal y aespacial nada, en todas y cada una de sus posibilidades. Quizá por diversión, o por curiosidad, o por ambas cosas. O por algo inimaginable. En su libro Los restos de Dios, el escritor de ciencia-ficción y dibujante estadounidense Scott Adams sugiere justo lo contrario: que Dios se habría aniquilado en el Big Bang para saber lo que es no existir (ya conocedor de todas las posibilidades de existir). Nosotros seríamos sus restos, en proceso de reconstrucción gracias a la evolución de la vida inteligente.

En cualquier caso, seamos sus restos o no, ¿cuál sería el sentido de nuestras vidas? Pues el solo hecho de existir, de ser ventanas a disposición de la Consciencia para ser y percibir de manera subjetiva en el espacio-tiempo. Ventanas para gozar, sufrir, amar, odiar, acariciar, dañar, aprender, errar, encontrar sentido y sinsentido, descubrir la bondad y la maldad, la belleza y la fealdad… En suma, para poder desarrollarse espiritualmente en un escenario de permanente incertidumbre y ocasional zozobra donde se despliegan fuerzas antagónicas y la provisionalidad y la pérdida son moneda corriente. Ventanas que podrían cerrarse infinitesimalmente, de manera asintótica con la nada (con la consciencia universal), tal como un día se nos ocurrió a mi amigo Salva y a mí.

¿Y por qué existe ese Dios-consciencia? Acaso porque sí: sería un brute fact. ¿Al igual que el Todo platónico? ¿O este último es un producto de Dios, pergeñado para permitirle salir de la nada de todas las maneras posibles?... ¿Y si Dios fuese una entidad a su vez inscrita en una realidad superior, completamente inabordable por él mismo? En ese supuesto sí que habría que hacer caso a Wittgenstein y, muy a nuestro pesar, callar. Callemos pues, por fin, cediendo la palabra a la poesía.

“Platón o el porqué” (Wislawa Szymborska, poeta polaca):

Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
-para qué con sombra,
si antes no tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas…

sábado, 18 de enero de 2020

Las maneras de obtener un Boeing 747



Si un extraterrestre inteligente sin conocimiento previo alguno de nuestro planeta se topara con un Boeing 747, barajaría dos opciones: o ha sido diseñado por una civilización inteligente o ha sido esculpido por la selección natural (un proceso que, a diferencia del anterior, requeriría mucho más tiempo: millones de años). Si el objeto no tiene capacidad reproductiva, todo apuntaría a lo primero. ¿Cómo saberlo? Constatando la inexistencia de un código genético o programación interna en sus componentes.

Otra posibilidad sería observar detenidamente su diseño. Si no hay alguna irracionalidad manifiesta, aparentemente contraria a toda lógica, cabe descartar la opción evolutiva. Porque la evolución, muy condicionada por la estructura heredada sobre la que opera, exhibe a veces ñapas que resultan funcionales pero que jamás se le ocurrirían a un ingeniero: caso del ojo -que tiene un punto ciego en el centro de la retina- o del nervio laríngeo recurrente -que hace un desvío absurdo, especialmente visible en una jirafa- de un mamífero.

Hay una explicación alternativa a esas dos: la de que ese objeto se formó de manera azarosa al pasar un torbellino por un almacén de chatarra (este argumento -utilizado por el astrofísico Fred Hoyle para ilustrar la improbabilidad de la vida- es empleado en la actualidad por los creacionistas para atacar la evolución, ignorantes del poder acumulativo de esta para ofrecer una apariencia de diseño). Se trata de una explicación improbabilísima pero no imposible. Más improbable aún, pero igualmente posible, sería que se formara el avión espontáneamente (¡ya sin necesidad de torbellinos!) por una aberración equivalente a la de obtener un millón de caras seguidas al tirar una moneda. El padre de la termodinámica, Ludwig Boltzmann, teorizó con los llamados "cerebros de Boltzmann": cerebros completos que aparecerían espontáneamente en el espacio vacío. Porque si se tiene todo el tiempo del mundo, cualquier cosa acaba pasando... Pero si estas aberraciones (un torbellino creador del Boeing, un millón de caras seguidas o un cerebro de Boltzmann) no han ocurrido en nuestro universo es porque SOLO han pasado 14 mil millones de años desde el Big Bang. Muy poco tiempo, desde luego...

En fin, que el Boeing 747 es obra de un creador inteligente que a su vez ha sido esculpido por la selección natural. Podría pues decirse que, en última instancia, es un producto de la selección natural. Al igual que memes como la creencia en Dios o el madridismo. Porque todo lo que existe ha pasado ese filtro implacable.

domingo, 27 de mayo de 2018

Megaconglomerados bacterianos racionales y con ropa (y a veces también irracionales)


Leyendo a Lynn Margulis, eminente bióloga que además fue esposa de Carl Sagan, uno experimenta un vértigo inquietante a la par que fascinante. Es inevitable ser presa del asombro al saber que bacterias libres de hace dos mil millones de años parecen ser los ancestros de todas nuestras células, que otras bacterias independientes fotosintéticas de hace varios cientos de millones de años pueden ser los antepasados de las mitocondrias alojadas dentro de nuestros ladrillos celulares (así como de los cloroplastos de las células vegetales) y que las espiroquetas (bacterias con flagelo) podrían estar en el origen de todas nuestras células musculares, espermatozoides y neuronas.

Esto va mucho más allá de constatatar que nuestros abuelos de hace seis millones de años son los mismos que los de los actuales chimpancés, que los de hace 60 millones de años son los mismos que los de los actuales lémures o que los de hace 600 millones de años son los mismos que los de las actuales plantas y hongos. Es una conexión remota y a la vez íntima con un mundo microscópico que no solo permite que existamos sino que además es parte activa de nuestra vida (hablo de nuestro propio cuerpo, ya que las bacterias simbióticas que pueblan su interior -por ejemplo, el intestino grueso- son un interesante capítulo aparte).

Pensamientos y sentimientos humanos serían pues producto de una red neuronal de origen bacteriano (hay estudios científicos que incluyen también a las bacterias intestinales simbióticas en la fábrica de nuestra psique, al influir en nuestro estado de ánimo), por lo que los principios básicos de funcionamiento de la mente humana (de cualquier inteligencia animal) podrían no ser muy distintos a los de una comunidad bacteriana desarrollada en una manzana podrida o en la placa de Petri de un laboratorio. Una diferencia es el tipo de información recogida y procesada por la red: en el caso de las comunidades bacterianas y de los vegetales, solo señales químicas (feromonas) o eléctricas y datos ambientales rudimentarios (acidez, humedad, temperatura, luz...); en el caso de los animales, datos sensoriales mucho más profusos con los que se construye la visión, la audición, el olfato, el gusto, el tacto, la inteligencia social... Otra diferencia es el modelo centralizado en nuestro caso animal (con el cerebro como centro de control) y el descentralizado en el de bacterias y plantas. Por supuesto, lo más importante es el nivel de complejidad de la red (el número de conexiones entre nuestras neuronas es gigantesco, lo que nos permite el estudio de agujeros negros o de ondas gravitacionales).

Ya nos dice la ciencia que el lenguaje no es necesario para tener un pensamiento racional: animales humanos y no humanos actúan racionalmente (por la cuenta que les trae, ya que la selección natural no perdona) y también a veces irracionalmente (así como los humanos tenemos religiones, los no humanos también exhiben prácticas supersticiosas y absurdas mientras estas sean funcionales -la religión lo ha sido- o al menos no disfuncionales para la supervivencia). ¿Y si las bacterias también se condujesen racionalmente, a modo de ordenadores que, conforme a un determinado programa, generan outputs a partir de una serie de inputs?... ¿Y si el conjunto de la biosfera, identificado con el Gaia autorregulado de Lovelock, fuese un agente racional?... ¿Y si bacterias y Gaia también pudiesen comportarse irracionalmente?...

sábado, 20 de enero de 2018

Modelos de entender el mundo: el evolucionista (científico) y los demás


Nuestra forma de entender el mundo depende del modelo que adoptemos, a su vez fundado en determinadas creencias o ideas. Algunos de nuestros congéneres, al igual que los mapaches, las abejas o las algas, ni siquiera se plantean entender la realidad más allá de sus implicaciones prácticas: se limitan a sobrevivir, empleando sus bazas con mayor o menor suerte, en el tablero del espacio-tiempo. Pero la mayoría de los humanos siente una necesidad de comprensión y de sentido que los pone habitualmente en brazos de la tradición, un acervo de ideas transmitidas culturalmente de generación en generación en cuyo núcleo se encuentra la religión. El modelo religioso siempre ha sido el más popular, aunque cada vez tiene menos predicamento en los países con altos niveles de educación y desarrollo social (y también en el resto).

Las creencias religiosas informan la vida de la gente y dan respuesta (falsa, por lo general, dada su irracionalidad) a todas sus preguntas e inquietudes. No dejan cabos sueltos, todo tiene una explicación y cobra un sentido: desde el nacimiento hasta la muerte pasando por todas las vicisitudes de nuestra vida, de la humanidad y del Universo. La religión nos dice por qué estamos aquí, cuál es nuestro destino o por qué existen la enfermedad, el sufrimiento y el mal. También hay modelos pseudorreligiosos como el comunista, utopía laica basada en la creencia en la misión mesiánica de la clase trabajadora para alumbrar un hombre nuevo en una armoniosa sociedad sin clases (o sea, un paraíso en la tierra). Igualmente pseudorreligioso es el nazismo, otra utopía (aunque sería más propio hablar de distopía) laica fundada en mitos delirantes como el nacionalismo y ridículas creencias de superioridad racial. También lo es el feminismo radical, desde luego, con todo su arsenal ideológico contra la perversa condición masculina. Por supuesto, toda la irracionalidad de la superchería y las pseudociencias entraría en este mismo saco de creencias religiosas y pseudorreligiosas.

Pero también hay un modelo científico, este sí explicativo y fructífero por definición. Si la razón y la evidencia nos llevan a abrazar el evolucionismo, muchas otras convicciones brotarán por añadidura: veremos la religión como un invento (socialmente funcional, porque de otro modo habría desaparecido junto con sus inventores), advertiremos las grietas lógicas y morales del especismo, seremos muy conscientes de la importancia de lo genético (sin desdeñar el peso de la cultura)... Entenderemos por qué existen las garrapatas, el virus VIH (¡no es un castigo de Dios!), los genocidas, los violadores o los psicópatas, pero también la empatía, la cooperación y el altruismo. Y por qué los hombres son generalmente más altos que las mujeres, y estas más resistentes al dolor (incluso por qué los partos de las humanas son dolorosos). Probablemente no haya idea más potente y profunda que la de la evolución para explicar ya no solo el mundo biológico sino también el social e incluso el físico (la selección natural también operaría segando universos fallidos o inconsistentes del infinito catálogo del Multiverso).

Entonces, ¿vive la mayoría en el error?, ¿están engañados?, ¿son acaso más tontos?, ¿el modelo evolucionista es tan inimpugnable como la ley de la gravedad?... Hay gente convencida de la existencia del Dios judeocristiano, la fiabilidad del tarot, las bondades de la homeopatía y el firme compromiso con las clases populares de Donald Trump. Bajo un enfoque relativista, sus verdades no serían menos válidas que las nuestras: solo conformarían modelos diferentes de interpretar el mundo. ¿Pero pueden ponerse en el mismo plano un modelo creacionista y otro evolucionista, uno geocéntrico y otro heliocéntrico, un 2+2=4 y un 2+2=5? Y, ya con esas, ¿la música de Mozart y la de Bad Bunny, la cirugía y el reiki, Trump y Obama?...

La verdad existe (me atrevería a decir que también en los planos moral y estético) y no está sometida al escrutinio popular: las enseñanzas de Darwin nunca serán menos ciertas aunque solo un 1% de la población creyera en ellas; una pieza de Mozart siempre será mejor que un bodrio de Bad Bunny por mucha aprobación social que tenga este último; Trump, Duterte y otros payasos populistas no dejarán de ser unos sinvergüenzas por mucho que les vote la gente. Sin embargo, no niego que las vidas fundadas en Amón-Ra, Quetzalcoatl o la utopía comunista (o en cualquier otra invención humana como el Real Madrid o la sagrada patria catalana) puedan ser igual de ricas y dichosas (y tener no menos sentido) que cualesquiera otras.

lunes, 12 de junio de 2017

Ciencia y religión: agua y aceite


En el Vaticano hay unos tipos intentando desde hace décadas la cuadratura del círculo: conciliar la ciencia con la religión católica (igual de absurdo sería intentarlo con cualquier otra). El argumento de estos expertos, bien financiados por las arcas de la Santa Sede (e indirectamente por quienes en España ponen la x en la casilla de la Iglesia de su declaración del IRPF), es que no hay incompatibilidad entre ciencia y religión porque la primera no puede ofrecer todas las respuestas. No debían estar muy convencidos de esa supuesta compatibilidad los que quemaron en la hoguera a Giordano Bruno, obligaron a retractarse a Galileo ("eppur si muove!") y también redujeron a cenizas a Miguel Servet (en este caso no fueron los católicos sino el fanático Calvino en su cantón talibán protestante de Ginebra). Los mismos que ya en el siglo XIX se burlaron de Charles Darwin, cuando el cristianismo en Europa empezaba a perder su influencia y convertirse en algo meramente folclórico (la gran asignatura pendiente del mundo islámico). La ciencia no puede ofrecer todas las respuestas, pero la religión ni siquiera es capaz de brindar alguna razonable: para elucubrar acerca de lo que de manera provisional -o acaso permanentemente, por una limitación epistemológica- se sitúa más allá del alcance de la ciencia solo cabe una metafísica seria y con fundamento. Sin desdeñar, por supuesto, el eventual acceso por vías como la meditación a profundas realidades inefables y elusivas a la razón.

Es cierto que la ciencia no puede responder a algunas preguntas del tipo de "para qué", como la de cuál es el sentido personal de nuestra vida. La ciencia se limita a constatar una tendencia de la materia a autoorganizarse y evolucionar en complejidad, desplegando emergencias como la vida y la consciencia. Podría haber un sentido cósmico en ello (un Universo que se hace cada vez más consciente de sí mismo), pero la vida propia no posee más sentido para un individuo que el que este se autoadjudique: ya sea el culto a Baal, la filatelia, la Unión Deportiva Las Palmas, el submarinismo, la misma ciencia, la dedicación a los seres queridos o la búsqueda espiritual (no tienen por qué ser sentidos excluyentes, por supuesto). 

No pueden ponerse en el mismo plano ciencia y religión, no puede igualarse la postura del que niega la ciencia porque no encuentra en ella a su Dios con la del que niega a Dios (un ser intervencionista y sospechosamente antropocéntrico como el de las religiones judeocristianas) porque no hay evidencia científica alguna que lo sostenga o incluso por puro sentido común. No hay conciliación razonable -ni lógica- posible a este respecto porque no es lo mismo una verdad contrastada empíricamente que una creencia irracional evidentemente fabricada por nuestros antepasados (un constructo social -¡este sí!- en toda regla). Además, a diferencia de los dogmas religiosos, las verdades científicas son siempre provisionales: cuando se hallan otras con mejor poder explicativo, son adoptadas por el corpus de la ciencia.

Cuando Galileo descubrió que Júpiter tenía lunas girando en su derredor, cuando constató la hipótesis de Copérnico de que la Tierra no era el centro del Universo, los cimientos de la Iglesia empezaron a sacudirse. La teoría aristotélica de las dos esferas (la imperfecta terrenal y la perfecta celestial) ya no era sostenible. Pero el golpe a las creencias religiosas tradicionales propinado por Darwin sería mucho más brutal: ¡somos primos de los chimpancés e incluso las ratas, los insectos y los árboles forman parte de nuestra familia! Luego llegó Freud para decirnos que el subconsciente es mucho más poderoso que el yo consciente. Por si fuera poco, ahora sabemos que el Sol es solo una estrella de entre las más de cien mil millones de la Vía Láctea, a su vez una más de entre el billón de galaxias del Universo observable. Ya en el colmo puede que nuestro mundo sea solo uno más de un vasto Multiverso que comprende todos los universos posibles y en el que podría haber multitud de formas de vida inteligente. ¿Habrá muchas de ellas con creencias parecidas a la de que hay muertos que resucitan al tercer día para salvar a sus congéneres (y solo a ellos, no a perros ni a delfines ni chimpancés)?...

domingo, 2 de abril de 2017

¿Es nuestro universo una simulación?

Autor: EEIM

Un artículo del filósofo Jesús Zamora Bonilla en Mapping Ignorance, en el que despacha como absurda la hipótesis de que nuestro universo pueda ser una simulación informática, me ha tenido dándole vueltas a la mollera unos cuantos días (¡y él lo sabe!). Su colega sueco Nick Bostrom es el formulador del argumento de la simulación, lo que no significa que se posicione en favor de su existencia: lo que sostiene es que si una civilización superinteligente alcanza en el futuro un estadio de desarrollo tecnológico que permita hacer simulaciones de sus ancestros, existe interés en hacerlas y no hay tabú o reparo moral alguno que las frene, lo más probable es que estemos viviendo en una de esas simulaciones. ¿Por qué? Pues por una razón meramente estadística, ya que habría muchos más universos simulados que reales: bastaría una sola simulación de nuestro universo para que la probabilidad de estar viviendo en ella fuese del 50%, ya no hablemos de si fueran miles o millones...

Desde luego, si el Universo es un objeto digital (granulado, construido a partir de ceros y de unos como un ordenador) podría ser teóricamente computable. Otra cosa es que resulte físicamente imposible computarlo y ejecutarlo, al menos desde dentro de nuestro universo (por una limitación gödeliana), por mucha tecnología que se posea. También es posible que una civilización inteligente nunca llegue a adquirir los conocimientos y la tecnología suficientes al caer víctima de una supuesta "maldición de la inteligencia": un inevitable desfase entre desarrollo económico-tecnológico y educativo-cultural que la conduciría inexorablemente a su autodestrucción (por ejemplo, mediante una hecatombe nuclear). Sam Harris alerta precisamente en El fin de la fe de la siniestra combinación de creencias religiosas antiguas con armas de destrucción masiva modernas.

Un mapa no es el territorio, una foto del paisaje no es el paisaje, la maqueta de una casa no es la casa, la representación mental de un ábaco no es un ábaco: hay una relación isomórfica entre unos y otros que podríamos etiquetar como una representación virtual (por cierto, gracias a ella obtenemos un valioso conocimiento del mundo). ¿Pero y si no hubiera diferencias entre universos reales y simulados? Para hacer un simulador de vuelo no hace falta (ni siquiera es deseable, por razones de coste) que la precisión sea absoluta: lo ideal sería que fuese indistinguible de una situación real, pero sin el riesgo de resultar herido o muerto por estrellarte contra el suelo. Sin embargo, para simular un universo podría ser necesario reproducir exactamente todos y cada uno de sus rasgos.

Parece una labor titánica programar todo un universo paso a paso, pero no es necesario ser tan intervencionista: solo habría que establecer un estado inicial y unas pocas y simples reglas básicas para que evolucione (si ello fuera posible, tal como apunté dos párrafos atrás, ya que habría que comprimir una ingente cantidad de matería-energía en un punto microscópico). Dicho de otro modo, no hace falta computar la complejidad: esta emerge luego por añadidura, fruto de la simplicidad. Pongamos que disponemos de un catálogo infinito de universos en el Multiverso, una lista fija en la que la vida inteligente solo aparece en un número relativamente muy pequeño de universos (una cifra que, no obstante, seguiría siendo infinita). Reproduciendo su estado inicial y sus reglas, un determinado universo podría ser alumbrado una y otra vez. Carecería de sentido hablar de universos reales y simulados porque no habría diferencia alguna entre ellos: como no la hay entre un electrón producido naturalmente (por ejemplo, en una desintegración radiactiva o en el choque de un rayo cósmico con la atmósfera terrestre) y otro generado artificialmente en un acelerador de partículas. En cualquier caso, real o simulado, todo universo tendría que ser computable (en el Multiverso habría pues un conjunto de universos no computables que, debido precisamente a este rasgo, jamás llegarían a ser sustanciados físicamente: entre ellos figuran los que el físico israelí David Deutsch -autor de La estructura de la realidad- llama entornos CantGoTu, en homenaje a Cantor, Gödel y Turing). La principal dificultad estribaría en determinar cuáles son los sencillos parámetros exactos del universo concreto que queremos replicar.

El experto en ciencias de la computación Jürgen Schmidhuber apunta que sería más fácil programar un ordenador para producir todos los posibles universos computables que programarlo para irlos creando uno a uno (lo cuenta Brian Greene en La realidad oculta: Universos paralelos y las profundas leyes del Cosmos). Cada universo concreto por separado requeriría especificar previamente en el ordenador una cantidad enorme de datos, para a través de un complejo proceso de cálculo intentar extraer de la inmensa duna del espacio de fases el diminuto grano de arena correspondiente al estado inicial y reglas de ese particular universo y no de cualquier otro. La alternativa sería dejar que se ejecutase un programa maestro que incluyera todas las posibles variables: más tarde o más temprano aparecerían todos los universos posibles, entre ellos el o los deseados por el programador.

He de reconocer que una seria objeción a la posibilidad de estar viviendo en una simulación es que hay detalles de nuestro universo que no se explicarían, por ser innecesarios, si se tratase de una simulación: esta parece, contra toda lógica, demasiado perfecta y costosa. Pero esta pega se desvanece si no hubiese distinción entre universos reales y simulados. Quizá todo sea necesario en un universo y no haya lugar para la contingencia. No es contigente que yo me apellide Fabelo y esté ahora tecleando esto en mi portátil, ni lo es que el teclado exhiba ahora mismo una mota de polvo sobre la letra J: de otro modo, no sería el yo de este universo. En un universo simulado todo sería también necesario, desde un cuásar a una brizna de hierba pasando por un golazo de Tana con la Unión Deportiva La Palmas en el Santiago Bernabéu.

Aunque no parece físicamente posible la interacción del programador con su universo replicado (ni siquiera sería capaz de observarlo cual entomólogo a un insectario, al proyectarse ese universo en una región espaciotemporal desgajada de la suya en forma de burbuja independiente), ello no obsta para que la simulación tenga un propósito lúdico. Según el físico ruso Andrei Linde, uno de los teóricos del universo inflacionario, el simple hecho de jugar a Dios (aunque fuese un creador ausente e ignorante de la evolución de su creación) ya sería por sí mismo irresistible. Y aunque no pudiéramos contemplar un universo, su creación marcaría un hito científico ante el cual quedarían empequeñecidas hazañas como descifrar el ADN, pisar Marte o entablar contacto con alienígenas.

Bajemos ahora algunos peldaños desde el hipotético pedestal de simuladores de universos completos (en los que, a su debido tiempo, emergen criaturas conscientes como nosotros). ¿Serían posibles simulaciones personalizadas, paraísos virtuales sin alcance cósmico como el San Junípero de la serie Black Mirror, aunque con el potencial no menos modesto de esquivar a la muerte? Para acceder a estas simulaciones más de andar por casa habría que conectar el cerebro de sus participantes a un ordenador, que permitiría la interacción con el mundo simulado aunque su cuerpo estuviera postrado en una cama. Ni siquiera haría falta un interfaz cerebro-ordenador si la mente del participante pudiese ser descargada y almacenada directamente en la computadora (en La conciencia explicada, el filósofo materialista Daniel Dennet no lo considera un imposible): en ese caso podría prescindirse de su cuerpo, lo que equivale a decir que podría morir en el espacio-tiempo pero seguir vivo en la simulación. Al no estar constreñido por la realidad física (aunque la simulación colgaría de un hardware o servidor en el mundo real del que dependería su continuidad), el usuario tendría la oportunidad de asomarse a mundos etéreos con unicornios, gnomos, huríes, cielos verdosos, nubes amarillas o lagos de Mirinda; mundos imaginarios necesariamente computables, aunque tan irreproducibles en el espacio-tiempo como las andanzas de Mario Bros. Esas mentes digitalizadas podrían luego ser conectadas a otras simulaciones e incluso transferidas a un cuerpo de diseño en el mundo físico. No podemos descartar que nosotros mismos seamos habitantes virtuales de una simulación de este tipo, "cerebros en una cubeta".

Para cerrar con el mismo tono abiertamente especulativo, nada mejor que convocar a Michio Kaku: el físico y cosmólogo californiano sugiere que quizá en un futuro lejano puedan empalmarse a voluntad líneas de tiempo de distintos universos, de modo que la recreación de la vida de una persona del pasado abandone una senda multiversal para tomar otra (por ejemplo, matriculándose a los 18 años en la universidad para estudiar Física en vez de Economía, o casándose con Perica en vez de con Mengana, con lo que su futuro sería diferente). En ese caso no tendría sentido que el manipulador de las líneas de tiempo no fuera también un observador externo de las andanzas de su elegido. Quién sabe...

Volviendo al artículo de Zamora Bonilla, este escribe con razón que por cada idea loca que luego ha resultado ser correcta (por ejemplo, el origen común de las especies, el giro de la Tierra en torno al Sol o la composición atómica de la materia) hay miles de ellas que han pasado a la historia como estupideces o tonterías. Claro que el escepticismo es sano y necesario, pero sin ideas audaces aparentemente disparatadas como las anteriores (y también como la de que el tiempo se detiene a la velocidad de la luz, la de que espacio y tiempo forman un único tejido que está curvado o la de que todo proviene de una singularidad microscópica en la que estaba condensada la materia-energía del Universo) no avanza la ciencia.

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