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martes, 10 de diciembre de 2024

La vida (como nadie la conoce) según Sara Imari Walker

El imaginario popular se retroalimenta con el cine de ciencia-ficción al presentarnos habitualmente a los extraterrestres como seres antropomorfos: marcianitos verdes, xenomorfos como los de Alien, hombrecillos como ET... La teoría de la evolución convergente sugiere que habría algo de verdad al respecto, ya que la naturaleza tiende a buscar soluciones similares a retos similares. Esto se observa en objetos como los ojos o las alas, seleccionados a partir de diferentes sendas evolutivas: el ojo, en la de los artrópodos, cefalópodos y vertebrados; las alas, en la de los insectos, aves y mamíferos (caso del murciélago).

No hay que pasar por alto, sin embargo, un detalle fundamental: toda la vida conocida en la Tierra tiene un origen común, desde una bacteria y un paramecio hasta un roble, una araña y un humano. La teoría del ensamblaje, propuesta por el químico Lee Cronin y la física Sara Imari Walker, apunta que la vida extraterrestre podría ser inimaginable al estar construida sobre otras bases: otro mecanismo de copia (no el ADN), otros aminoácidos, otras proteínas e incluso otros compuestos químicos desconocidos. Para Walker, que ha publicado este año su muy recomendable libro La vida como nadie la conoce, este fenómeno podría ser necesario (intrínseco a las leyes físicas del universo y su evolución), pero su manifestación sería contingente. Aquí en la Tierra, todos los seres vivos debemos nuestra existencia a procesos químicos que alumbraron el ARN (precursor del ADN que informa nuestro genoma), pero esa no sería más que una de las vías moleculares que pueden seguirse en un espacio químico de posibilidades inmenso. 

El británico y la estadounidense pretenden con su teoría unificar dos áreas científicas: el estudio del origen de la vida y la búsqueda de vida alienígena. El punto de partida es la constatación de que la vida no surge de manera espontánea, al modo de cerebros de Boltzmann que aparecen y desaparecen de súbito por una fluctuación aleatoria improbabilísima, sino que es fruto de un proceso de construcción inteligente parecido al de un Lego con sus diferentes partes. La información es un concepto fundamental: es lo que insufla ese proceso y se impone a la aleatoriedad, estructurando la materia en el espacio y el tiempo, a partir de un umbral o punto crítico. Ese umbral es anterior a la formación de aminoácidos y otras biomoléculas: se traspasa cuando moléculas más simples comienzan a organizarse de manera informacionalmente dirigida. La selección natural empieza a actuar más tarde, cuando ya han emergido las primeras entidades autorreplicantes con poder causal que interactúan de manera diferencial con su entorno. En línea con otros científicos como Michael Levin (mencionado en el libro, con quien ha trabajado) y Kevin Mitchell, Walker considera que todos los seres vivos tienen agencia y participan activamente en su propia construcción, al servicio de sus propósitos: aunque constreñidos, disfrutan de una cierta libertad para elegir.

El índice de ensamblaje y el número de copia son los dos criterios establecidos por esta teoría para determinar si un objeto ha sido creado por la vida o es mera consecuencia de una combinación aleatoria de objetos menores. El índice de ensamblaje es el número de pasos necesarios para construir secuencialmente un objeto: 15 es la cifra que, conforme a los experimentos realizados en laboratorio, marca el umbral por encima del cual no puede haber surgido de manera aleatoria. Si observáramos en un exoplaneta alguna cosa con índice 15, lo determinante sería el número de copia: si hay al menos dos objetos así, podemos afirmar sin género de dudas que ahí hay alguna forma de vida responsable de su formación. A Cronin y Walker no les preocupa mucho que no nos lleguen evidencias en ese sentido procedentes del espacio exterior, ya que albergan la esperanza de encontrar vida alienígena primero en la Tierra, en el marco de un laboratorio y con el auxilio de IA, combinando y seleccionando compuestos químicos en distintas condiciones ambientales (PH, variados entornos minerales, etc.). De esa manera podremos entender qué es la vida y cómo surge, descubriendo leyes universales que entroncarían la biología con la física y tendrían vigencia en cualquier rincón del universo.

Una vez que aparece, la vida empieza a hacerse más compleja al atesorar más información. Los objetos ensamblados ensamblan a su vez otros objetos, y así sucesivamente, generándose una torre jerárquica. Cada uno de nosotros, así como cada uno de los objetos fabricados por la humanidad, somos parte de un linaje iniciado hace 3.700 millones de años con la aparición del primer ser vivo. En nuestro cuerpo hay apilado un volumen de información muy grande, que es la que nos ha sacado del abstracto espacio de posibilidades para convertirnos en una realidad física. Sobre esa torre informativa se asientan objetos que nos rodean como un coche, una casa, una sinfonía o un idioma, que para Walker son una prolongación de la vida biológica. 

Usando el símil del Lego, nos explica en su ensayo la diferencia entre el assembly observado (todos los castillos de Lego comercializados por la compañía desde su fundación), el universo de ensamblaje (el espacio combinatorio de todas las piezas de Lego, empleando todas las posibles permutaciones según las leyes del juego y cualesquiera otras posibles, como las de pegar las piezas con pegamento), el assembly posible (el conformado solo por los objetos físicamente posibles, en este caso por las leyes del Lego que te obligan a poner una pieza encima o debajo de otra para encajarlas) y el assembly contingente (espacio de posibilidades en el que la memoria del pasado debe ser guardada, donde residen los objetos observados). Este último conjunto es muchísimo más pequeño que el penúltimo. Walker nos dice que ni siquiera con las 600 mil millones de piezas de Lego que existen sería posible agotar el vasto espacio del assembly posible.

Aunque la Tierra sea un punto muy pequeño del Universo, el entramado causal iniciado en ella con la primera criatura viva es muy denso e intrincado. Somos pues objetos profundos en el tiempo, integrantes de un linaje que persistirá (si no se produce una completa extinción) tras nuestra muerte. La contingencia histórica implica que muchos objetos, tanto biológicos (incluidos trillones y trillones de potenciales humanos) como tecnológicos, nunca verán la luz en este universo, al irse constriñendo con el paso del tiempo el espacio abstracto de todos los objetos posibles (el assembly posible). Fuera de la Tierra nunca hallaremos ni destornilladores ni zapatos ni lenguas eslavas ni seres que pudieron haber nacido si otro espermatozoide de nuestros padres (en vez del que contribuyó a crearnos) hubiera fecundado el óvulo de nuestras madres. 

La profundidad temporal (o sea, causal) de los objetos complejos tiene que ver con el gran volumen de información embebido en ellos y es lo que les abre la puerta a espacios de posibilidades emergentes (aquí es donde Sara introduce la consciencia, como nexo entre lo contrafactual y lo real que "fija los límites a lo que podemos hacer en el futuro"), inaccesibles a moléculas o células: un ejemplo que pone en su libro es el de los cohetes espaciales, que pudimos imaginar mucho antes de tener la ciencia y la tecnología necesarias para sacarlos del limbo de las posibilidades y convertirlos en realidad material. La contingencia histórica marca un orden en la aparición de los objetos: un cohete o un idioma nunca precederán a un humano, que a su vez nunca precederá a una célula o una molécula. Todo requiere de tiempo para ser construido, incluso una mente (Walker se mantiene fiel a la ortodoxia científica en este punto, negando que la consciencia sea algo fundamental sino un producto de la evolución), que no tendría que ser necesariamente biológica.

Cronin ha ideado y acuñado el concepto de chemputer, referido a una máquina capaz de navegar (a modo de un motor de búsqueda químico) y hacer computaciones en un espacio químico combinatorio inabordable: el espacio ocupado por todas las posibles proteínas de 100 aminoácidos, construidas a partir de combinaciones de los 20 que emplea la vida en la Tierra, rellenaría un volumen equivalente a 10 elevado a 23 universos. Además del chemputer, Walker menciona en su libro el constructor universal de David Deutsch, ideado por analogía a una máquina universal de Turing pero con la capacidad no de ejecutar cualquier programa computable sino de construir cualquier objeto construible: una especie de impresora en 3-D con capacidad para producir cualquier objeto posible. El chemputer, ya una realidad física con la que Cronin está trabajando en proyectos vinculados a la Universidad de Glasgow, es un puente necesario hacia ese constructor universal al digitalizar la química, abriendo un camino que en pocos lustros quizá nos permita fabricar cualquier objeto a demanda en el ámbito doméstico.

Si en cien años de experimentos realizados a diario no se alumbrara vida alguna en las matraces de un laboratorio terrestre, estaríamos ante un claro indicador de que el tránsito de la abiótico a lo biótico no debe ser algo frecuente. Lo que no podríamos saber en un laboratorio es cuán infrecuente sería el paso de la vida biológica a la vida tecnológica, una senda que ya hemos empezado a transitar en nuestro planeta y que se acelerará con el desarrollo de la inteligencia artificial. Walker señala que la transición hacia una tecnosfera puede ser vista como un progreso evolutivo similar al que llevó hace cientos de millones de años a la multicelularidad, un salto cuyas posibilidades para nuestro futuro son imprevisibles. Como dice al final de su libro, "presumiblemente cualquier planeta con vida llega a un precipicio crítico donde debe entender sus más profundos orígenes evolutivos para entender cómo podría ser su futuro y conducirlo". A su linaje (que es el nuestro) dedica precisamente este ameno y necesario libro, en la esperanza de que un día "lleguemos a entender quiénes somos". ¡Así sea, Sara!

viernes, 6 de noviembre de 2015

Güntürkün y la evolución convergente: aquí en la Tierra como fuera de ella


El neurocientífico germano-turco Onur Güntürkün, intrigado por las extraordinarias habilidades cognitivas de los córvidos (comparables a las de los chimpancés), se puso hace más de un decenio a investigar las diferencias entre el cerebro de las aves y el de los mamíferos. Sus conclusiones, magníficamente expuestas en el vídeo de arriba, corroboran la existencia de diversos caminos para la inteligencia y apuntalan la hipótesis más general de la evolución convergente de los seres vivos: la de que formas y estructuras diferentes conducen a resultados parecidos al dar respuesta a los mismos problemas.

En la Naturaleza, los grados de libertad son escasos: hay restricciones físicas para la organización y el desarrollo de los organismos vivos que imponen forzosamente una determinada arquitectura, descartando Dumbos, unicornios voladores y otros diseños estrambóticos del cuasinfinito arsenal platónico de las formas. Por lo tanto, solo son viables determinadas disposiciones corporales (así como ciertas conductas). La selección natural premia tener ojos: por eso es una fórmula muy común, a la que han llegado especies tan distantes genéticamente como los mamíferos y los cefalópodos. También favorece las alas como solución óptima para el vuelo: a ellas han arribado, por vías evolutivas bien diferentes, los insectos, las aves e incluso un mamífero (el murciélago). No hay mejor guía que la Naturaleza -para ser más exactos, que la implacable selección natural sobre la evolución genética- para seres inteligentes que pretendan construir objetos: los aviones, no en vano, también tienen alas.

Como dice Güntürkün, a partir de muy diversos animales "se converge hacia las mismas soluciones neuronales: no hay muchas otras soluciones para conseguir las mismas operaciones cognitivas". Esto que es válido para la cognición puede aplicarse a otros ámbitos como la locomoción. En su estudio comparativo del cerebro de aves y mamíferos, el neurocientífico nacido en Turquía constata que la gran diferencia es la existencia en los mamíferos de un córtex prefrontal laminado; en las aves, carentes de córtex prefrontal, la evolución cerebral ha llevado al desarrollo del palio dorsal. Se trata de esquemas organizativos bien distintos, pero que ofrecen altas y parecidas prestaciones cognitivas (entre ellas, la capacidad para reconocerse uno mismo frente a un espejo, que exhiben los cuervos).

Las implicaciones que esto tiene para una hipotética vida extraterrestre son evidentes: si hay vida ahí fuera, no debería ser muy diferente a la de aquí. La solución "aleta" no solo es óptima para desplazarse por el medio acuático de la Tierra: también lo sería, como elemento corporal que ofrece resistencia a un fluido, en un océano alienígena de metano. Las soluciones "ojo", "ala" e "inteligencia" también tenderían a imponerse, premiadas por la selección natural. Así que es probable que haya extraterrestres inteligentes parecidos a nosotros los humanos, o acaso a lo que nuestros dinosaurios serían ahora de no haberse truncado su evolución hace 65 millones de años (en el Museo Arqueológico de Madrid hay un muñeco a escala natural de lo que podría ser un reptil inteligente, descendiente de aquellos desafortunados gigantes del Cretácico). Incluso podrían seguir el modelo de inteligencia colectiva de un termitero o una colonia bacteriana, aunque a un nivel muchísimo más avanzado (una especie de superconciencia en red).

Mi agradecimiento a Antonio Osuna por darme a conocer en Twitter el vídeo de Onur Güntürkün.

martes, 20 de octubre de 2015

¿Vida inteligente a 1.500 años-luz?

Anillos de Dyson, por Arnero

En los últimos 30 años se han descubierto casi dos mil planetas fuera de nuestro Sistema Solar. Los llamados exoplanetas han podido ser detectados, pese a ser tan pequeños (en comparación con las estrellas), estar tan lejanos y no emitir luz visible, gracias a los muy pequeños cambios que producen en la luminosidad de las estrellas que orbitan al ponerse delante de ellas (y frente a los ojos del telescopio espacial Kepler).

De las cien mil millones de estrellas de la Vía Láctea (nuestra galaxia, que es una de las cien mil millones que hay en el Universo observable) hay una casi el doble de grande que nuestro Sol, a unos 1.500 años-luz de distancia, a la que hemos bautizado como KIC 8462852. En torno a ella se han detectado esos cambios de luminosidad que indican la presencia de cuerpos planetarios, pero dichas alteraciones son de tales características -carentes de regularidad y mucho más intensas, llegando a reducir el 20% del brillo de la estrella- que apuntan a otra causa.

Al tratarse de un sol adulto, está descartado que el motivo de ese oscurecimiento sean los discos protoplanetarios de materia: éstos solo existen al comienzo de la vida de la estrella, cuando sus planetas están aún en formación y son meras nubes giratorias de polvo. La explicación podría estar en los escombros producto de una gran colisión planetaria. O en un grupo de exocometas, procedentes del espacio exterior.

La hipótesis menos probable, pero sin duda más excitante, es la presencia de macroestructuras alrededor de la estrella, fabricadas por alguna civilización inteligente para captar su energía de la manera más eficiente (las "esferas de Dyson", teorizadas por el físico anglo-norteamericano Freeman Dyson). Si esto se confirmara (los radiotelescopios del SETI ya se disponen a apuntar a KIC 8462852 en busca de señales artificiales de radio), se trataría no ya del mayor hallazgo en la historia de la ciencia sino de la noticia más impactante de toda la historia de la humanidad (solo superada por una invasión alienígena inesperada, una manifestación divina explícita -a lo grande, sin complejos- o un algo menos improbable aviso parpadeante en el cielo -por ejemplo, un "Game Over"- escrito por un supuesto programador del Universo). 

Si hubiese vida inteligente en el sistema solar de KIC 8462852, ¿deberíamos comunicarnos con ellos? Ya existe un protocolo del SETI a este respecto. En cualquier caso, nuestro mensaje les llegaría dentro de 1.500 años y su eventual respuesta sería recibida -en el mejor de los casos- en el año 5015. Por cierto, si nos estuviesen observando ahora mismo (mientras escribo estas líneas) lo que verían sería el mundo del año 500: ostrogodos, vándalos, suevos y compañía (la tarjeta de presentación de la humanidad no sería, desde luego, mucho peor que la de 2015 en algunos países). Es lo que tiene estar tan lejos, aunque solo sean 1.500 años-luz en un Universo observable con un diámetro de... ¡90.000 millones de años-luz!

Las implicaciones filosóficas y éticas de este descubrimiento serían muy profundas. ¿Qué dirían las religiones?: ¿serían hijos de Dios igual de dignos que nosotros, con un alma, hechos a su imagen y semejanza?... ¿Y si hubiesen descubierto la inexistencia de Dios (no me refiero al de Einstein, por supuesto)? ¿Y si nos trataran a nosotros, en caso de un encuentro físico, como nosotros tratamos a los cerdos o los toros de lidia? Quizá seria peor (¿o acaso mejor?) si el trato que nos dispensaran fuera la relativa indiferencia que profesamos a las hormigas o los paramecios.

lunes, 8 de junio de 2015

Imagen de un extraño mundo extraandromedano


Si una inteligencia extraterrestre viera esta imagen (suponiendo que percibiera más o menos el mismo abanico del espectro electromagnético que nosotros), no le cabría duda de que detrás de ella hay otra inteligencia: no es posible que esas formas y esa disposición sean meramente aleatorias. Si la observara una hormiga, no entendería -¡no podría entender!- nada. ¿Pero un extraterrestre listo, sin conocimientos previos de la Tierra y sus pobladores, sería capaz de extraer más información útil y relevante de esta foto que una humilde hormiga?

Supongamos que la instantánea de este extraño mundo poblado de cosas desconocidas viniera con una información añadida: la de que cada cinco minutos (traducidos a la unidad de tiempo del extraterrestre de marras), el objeto rectangular de negro del fondo emite un mismo sonido rítmico de unos pocos segundos, algo que se ha constatado siete veces seguidas.

Un observador extraterrestre inductivista concluiría que esa cosa sonaría siempre cada cinco minutos, lo que quizá -sugiere, a su vez, a modo de hipótesis- fuese producto de alguna interacción desconocida con los dos objetos también desconocidos del mismo color (mejor dicho, ausencia de color, ya que absorben toda la radiación electromagnética visible) que están, respectivamente, en el primer plano de la imagen y arriba a la derecha.

Además de columpiarse con la inexistente interacción desconocida, nuestro extraterrestre inductivista caería en el error epistemológico del pavo de Bertrand Rusell, al que un señor venía dando de comer cada día a las 9 de la mañana de manera regular durante muchos meses. El pavo inducía erróneamente esta ley: "Un señor, por razones que desconozco (seguramente por altruismo, pero da igual), me da de comer siempre a las 9". Pero un día el hombre no vino con un saco de pienso sino con un cuchillo para rebanarle el pescuezo: ¡Al día siguiente era Nochebuena, esa fiesta tan entrañable que celebran las familias cristianas!

O sea, lo que le faltaría al extraterrestre inductivista -al igual que al pavo de Russell- es información relevante y suficiente. Una información que podría ser tan vulgar -e insospechada por el alienígena- como ésta: está telefoneando un pesado de una empresa de gestión de cobros, que se ha propuesto hacerlo solo siete veces ese día a intervalos regulares de 5 minutos, para que el morador de la vivienda salde una vieja deuda con una compañía telefónica.

Explicaciones varias

Si el extraterrestre se llamara Iker Jimeandromedón, podría aventurar que las tres bolas del fondo son "microplanetas inteligentes entrelazados por inercia gravitacional": el de arriba se despega cada cierto tiempo para aterrizar en la plataforma blanca de la derecha y así impedir mediante una barrera de antimateria la expansión de lo que a todas luces es un microagujero negro rectangular que conduce a una misteriosa puerta dimensional donde morarían "visitantes de dormitorio": serían éstos quienes estarían emitiendo una señal de alarma a través del artefacto sonoro negro.

Si el alienígena fuera un miembro de la Iglesia Galáctica del Sumo Sacrificio, advertiría que el objeto circular plateado del centro es una manifestación de la divinidad SKER y que en torno a su influencia se despliegan las demás cosas. Ese objeto sagrado se alimentaría en ese mundo -como en el suyo de Andrómeda- de ofrendas que deben ser renovadas periódicamente para evitar un colapso cósmico: esos dos curiosos "cosmobáculos" (lo que vienen siendo en la Tierra bolígrafos Bic de toda la vida) habrían sido dejados por la última civilización redentora de paso. El sonido periódico del objeto negro del fondo sería un mensaje recordatorio de esa visita y una llamada constante a la conversión y el arrepentimiento por no haber practicado suficiente sexo.

Si el ser de otro mundo se llamara Maguforión, alertaría de los perniciosos efectos para la salud de la cosa blanca que emerge del objeto rectangular rojo y recomendaría la ingesta masiva de Basilon-3 para reforzar las defensas en caso de contacto con esa peligrosa fuente contaminante. Y si respondiera al nombre de Foroforión, le importaría un bosón de Higgs la imagen porque tiene algo más importante de lo que preocuparse: la inminente final de la Copa Intergaláctica entre el Rácing de Andrómeda y el Rayo de Antares.

Por su parte, la comunidad científica alienígena (bien purgada de inductivistas desde hace siglos) estaría dividida: algunos sostendrían que nunca podría llegar a entenderse ese extraño mundo; otros mantendrían lo contrario, aunque afirmando que necesitarían mucha más información de muy diversos ámbitos para comprenderlo plenamente. Me da que estos últimos, manejando la misma lógica y las mismas matemáticas que nosotros los humanos, son los que estarían más cerca de la verdad.

domingo, 20 de abril de 2014

Mensaje extraño

Sucesión desigual de caracteres (se identifican más de treinta) agrupados en su mayoría en segmentos de entre uno y diez (predominan los segmentos de uno o pocos caracteres, algunos de los cuales parecen tener una función conectiva). No hay evidencia de simetría, aunque se advierten claramente determinadas pautas (los caracteres detrás del carácter '.' son siempre de un tipo más alto; detrás de un '¡' y un '¿' -aunque nunca inmediatamente después- jamás se repiten dichos caracteres sino que aparecen sus aparentes inversos '!' y '?', etc.). Descartada una generación puramente aleatoria, todo parece apuntar a un mensaje codificado elaborado deliberadamente por alguna inteligencia. No puede desdeñarse la posibilidad de que se trate del registro de un Universo, pero es improbable dada su gran -e innecesaria- complejidad así como su evidente falta de elegancia matemática. El enigmático encabezamiento con caracteres de tamaño relativamente grande ("Cien años de soledad") podría dar pistas de la naturaleza del mensaje -o acaso Universo- si aquél pudiera ser descodificado.

sábado, 1 de octubre de 2011

Lomos

Observamos una pila de cinco superficies rectangulares y estriadas de color blanco, cubiertas de polvo, de diferente altura y anchura. La sonda-escáner de la nanonave confirma que tienen profundidad y constan en su interior de un número variable de láminas blancas de una sustancia identificada como un polisacárido, sobre las cuales hay inscritos caracteres negros de procedencia mineral. También hay caracteres y motivos pictóricos en las tapas más duras que encierran a las láminas. Una de las tapas está encabezada por los caracteres 'Madame Bovary', otra por 'Listín telefónico de Málaga', otra por 'Tratado de química orgánica', otra por 'Cartas a un joven español'. En otra, muy fina, pone arriba del todo 'La Verdad revelada'. Por su tamaño, microfilmamos como muestra la segunda ( 'Listín telefónico de Málaga'). Esperamos que contenga información valiosa de la vida que debió haber aquí hasta no hace mucho. Podemos prácticamente descartar que esta civilización llegase a conocer el Secreto.

martes, 25 de enero de 2011

Extraterrestres a un milímetro

Quizá haya criaturas extraterrestres tan cerca de nosotros como a un milímetro de distancia. Puede que nuestro universo comparta puntos del espacio-tiempo con otros desplegados en otras dimensiones y de los que nos separarían finísimos tabiques sólo franqueables por los gravitones (las partículas mensajeras de la gravedad). Otros cosmos pegados al nuestro, al que acompañan fantasmalmente desde quién sabe cuándo. Nuestros rostros enfrentados, casi piel con piel, a los de los habitantes de esos inimaginables universos. Seres incapaces de percibirse mutuamente, teorizando los unos sobre los otros, desconocedores de esa cercanía íntima y a la vez abismal. Acaso sufriendo por su finitud y rezando a un creador que los hizo a su imagen y semejanza.

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