viernes, 30 de diciembre de 2016

¿Qué se esconde tras la (presunta) aleatoriedad?


Tirar un millón de monedas al aire y obtener un 50% de caras nos está diciendo algo muy profundo acerca del Universo. Puede parecer una obviedad, incluso una gran sandez, pero no lo es en absoluto. Por supuesto, lo mismo podría decirse del lanzamiento de un dado o de cualquier fenómeno (aparentemente) aleatorio en el que no haya un sesgo o inclinación hacia alguno de los posibles resultados.

Al arrojar una moneda estamos imprimiéndole una trayectoria -también determinada por condiciones ambientales como la disposición de las moléculas del aire- que solo puede concluir de un modo (cara) u otro (cruz). Lo cierto es que existen infinidad de posibles trayectorias que se dividen a partes iguales entre las que conducen a la cara y las que conducen a la cruz. ¿Pero por qué la relación entre caras y cruces habría de ser 50-50 y no 16-84 o 64-36 o incluso 100-0? La respuesta a dicha pregunta parece ser la misma que a la de esta otra: ¿Por qué las moléculas de un gas se distribuyen de manera más o menos homogénea en un espacio cerrado donde no hay sesgo alguno? (o sea, por qué el número de moléculas a la izquierda tiende a igualar al de moléculas a la derecha, y por qué esta distribución se mantiene en el tiempo). La explicación está en el principio ergódico de la termodinámica. ¿Pero qué hay detrás de la ergodicidad? ¿Por qué es así?...

Conforme a la interpretación de los muchos mundos de la mecánica cuántica, formulada por Hugh Everett, habría un número igual (y gigantesco) de universos asociados al resultado "cara" que de universos asociados al resultado "cruz". Siguiendo principios cuánticos bien contrastados (¡ya no se trata de una interpretación!), podríamos encontrarnos no solo con caras y cruces sino también con sucesos improbables como la caída de canto; incluso con sucesos prácticamente imposibles, aunque nunca descartables, como que la moneda quede suspendida en el aire o sea proyectada hasta Plutón. Eso sí, para que se materializaran estos dos últimos sucesos habría que estar tirando monedas sin parar por un espacio de tiempo muy superior al ya transcurrido desde el Big Bang. Aunque, insisto, no son sucesos imposibles por mucho que afrenten al sentido común: es lo que se llama efecto túnel.

La cuestión irresuelta de partida es por qué hay una tendencia a la igualación de probabilidades. ¿Acaso hay en el Multiverso cuántico apuntado por Everett una especie de simetría que lo explique? En esa equiprobabilidad consiste precisamente la aleatoriedad, y por eso se relaciona este concepto con el de información. La tirada de una moneda entraña un bit de información porque no hay manera de conocer por adelantado su resultado particular (solo podemos abordar el fenómeno estadísticamente, tras analizar muchas tiradas, para obtener así meras probabilidades). Si el resultado de cada tirada fuera perfectamente predecible, tendríamos 0 bits de información y la incertidumbre sería nula: para cada lanzamiento sabríamos si la moneda acabaría cayendo en cara o en cruz (obviemos ahora las caídas de canto y las improbabilísimas aberraciones cuánticas explicadas por el efecto túnel que la llevarían a atravesar el techo y alcanzar la galaxia de Andrómeda). En un suceso aleatorio, la entropía o desorden es máxima (la información que tenemos a priori es 0 de 1, por lo que la incertidumbre es máxima); en un suceso perfectamente predecible, la entropía o desorden es mínima (la información que tenemos a priori es 1 de 1, por lo que la incertidumbre es nula).

Esta ristra de 72 números es aleatoria porque no hay patrón o algoritmo alguno conocido que la explique:
010001001001100111000101011001011000110101100101001110001010100100101100
(por cierto, es igualmente aleatoria la lista de números primos).
Para computarla en un ordenador harían falta 72 bits, uno por cada suceso. Hay mucha información, mucha complejidad e incertidumbre máxima (porque la información que tenemos a priori es nula).

Sin embargo, esta otra es todo lo contrario:
01010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010
Para computarla harían falta muy pocos bits, ya que el ordenador solo tendría que registrar y ejecutar la instrucción "01 n veces" o "0 y 1 alternos". Hay poca información, escasa complejidad e incertidumbre nula (porque la información que tenemos a priori es completa y nos permite predecir perfectamente el comportamiento del sistema).

¿Existe un generador de números aleatorios (un algoritmo de inusitada complejidad, acaso el mismo que desvelaría una secreta pauta en los números primos) que informa cada tirada de monedas o dados en el Universo (mejor dicho, que informa cada suceso cuántico subyacente a toda tirada de monedas o dados o a toda decisión de entes conscientes emergentes como el que esto escribe)? Si así fuera, el mundo sería completamente determinista, ya que los números no serían estrictamente aleatorios (seguirían un oculto patrón) aunque así lo pareciese. De libre albedrío, por supuesto, nada.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Un Universo comprensible en lo elemental... ¿pero inabarcable por su complejidad?


El físico británico Stephen Wolfram sugiere que pronto podríamos conocer completamente cómo funciona el Universo en su nivel más básico (incluso hasta por qué lo hace de ese modo y no de cualquier otro). Ese día no lejano, la Física habrá descubierto cuáles son todas las partículas elementales y fuerzas que operan en el Cosmos. Wolfram y muchos otros colegas suyos aventuran que las reglas serán seguramente muy sencillas, tanto es así que las leyes básicas del Universo podrían escribirse en una camiseta. Sería la culminación de la llamada Teoría del Todo, que en vano persiguió Einstein al final de su vida y por la que se devanaron los sesos desde Demócrito hasta Stephen Hawking pasando por Leibniz, Newton o Maxwell. ¿Habríamos leído por fin la mente de Dios, como sugería Hawking al final de su Breve historia del tiempo? ¿Se convertiría la ciencia meramente en tecnología, al haber llegado al final de su camino teórico?...

Quizá se cerrara la Física (al menos la de nuestro universo, porque siempre cabe la posibilidad de investigar la dinámica e incluso creación de otros hipotéticos universos), pero esa Teoría del Todo poco puede decirnos de los fenómenos emergentes complejos: ¡el conocimiento de los fundamentos del Universo no nos bastaría para entender la Biología, la Psicología o la Sociología, para prever el tiempo meteorológico, la aparición de una enfermedad o el estallido de una crisis económica o un conflicto bélico! Habría llegado la gran hora de las llamadas ciencias de la complejidad, con la computación como gran herramienta para desentrañar los misterios escondidos en las emergencias: telescopios y microscopios cederían el protagonismo a potentes superordenadores capaces de elaborar complejas simulaciones a partir de unas pocas reglas básicas; o sea, de derivar el comportamiento de sistemas complejos (biológicos, sociales, etc.) a partir de sus sencillos principios subyacentes.

Ya existen centros de investigación dedicados al estudio de la complejidad como el Santa Fe Institute (presidido por David Krakauer en Nuevo México) o el Center for Complex Systems Research (CCSR) en la Universidad de Illinois en Urbana–Champaign (fundado por Stephen Wolfram), dedicados al desarrollo de modelos y técnicas (redes neuronales, autómatas celulares, dinámicas no lineales o caóticas, algoritmos genéticos, etc.) para describir los sistemas complejos y también extraer de ellos principios globales. Se trata de un prometedor campo científico, con una visión holística frente al enfoque analítico convencional de la ciencia: no hay otra manera de abordar con eficacia el fenómeno de la complejidad. Aun así, como sostiene Wolfram en una entrevista con Robert Lawrence Kuhn, puede que las emergencias fijen un límite a la comprensión humana. No deja de ser paradójico y desazonador que lleguemos a conocer por completo las reglas que rigen el Universo pero, dada la existencia de una distancia irreducible entre su comportamiento global y dichas reglas subyacentes, no seamos jamás capaces de entenderlo en su totalidad.

martes, 6 de diciembre de 2016

Un taller mecánico... ¡de confianza!

Creo haber encontrado un taller mecánico de confianza. Esto es todo un lujo en España, donde la probabilidad de toparte con sinvergüenzas y desaprensivos en ese sector no es precisamente baja (ya he abordado en anteriores entradas en el blog cuestiones como la inseguridad jurídica y el bajo capital social en nuestro país). Y todo ha sido gracias a la recomendación de un compañero de trabajo que me relató un intento de timo en otro establecimiento, donde pretendían levantarle casi 4.000 euros a su comunidad de vecinos por la reparación de la furgoneta de servicio de la urbanización. En el taller bueno les dijeron que la furgoneta no tenía problema alguno. Lo cierto es que la primera vez que fui allí me cobraron la mitad de lo que pretendían clavarme en un taller más cercano a mi casa (para empezar, me presupuestaron 45 minutos de trabajo en vez de la hora y media presuntamente necesaria según los otros). Hace días tuve que volver por otro problema distinto y, al entregar la llave del coche a la encargada, experimenté algo inédito en mi relación con estos sitios: nada más y nada menos que una reconfortante confianza.

Esto me ha hecho pensar que si un empresario o autónomo es honrado y eficiente, tiene ya mucho ganado (puede tener problemas de financiación o de gestión, pero la clientela la va a tener asegurada). Y que hay que ser muy lerdo, además de inmoral, para meter pufos a diestro y siniestro: no solo no van a volver tus clientes estafados, sino que hablarán mal de ti a otros. Si has timado o intentado timar 4.000 euros a alguien, no esperes que regrese. La actitud contraria, la honrada a la par que inteligente, arroja sus frutos no porque exista el karma o algo parecido sino por el puro y simple boca-oído: mi compañero me recomienda el taller, yo voy a él y les dejo dinero a cambio de sus servicios (de hecho, tengo intención de recurrir a él siempre), a su vez lo recomiendo a otros que dejarán allí su dinero, que a su vez lo recomendarán a otros... Tangar 4.000 euros no sale rentable a medio plazo. No hacerlo sí que arroja sus beneficios: de hecho, los 4.000 euros no ganados en el pufo pueden ser más que compensados en un año con tres nuevos clientes habituales. Esto es lo que no pocos empresarios españoles aún no han entendido.

Sería injusto si no dijera finalmente el nombre del establecimiento al que ustedes pueden dirigirse con toda confianza (insisto en que no es cosa menor, sino fundamental, en toda relación) cuando tengan un problema con su coche: Talleres Julián, en Valdemorillo (Madrid). Encima, la persona que te atiende es amable (también rara avis en el sector, donde abundan el ceño fruncido y la mirada esquinada).

domingo, 27 de noviembre de 2016

Infarto ecológico-social: solo caben soluciones drásticas (y quizá reñidas con la democracia)


"Estamos en tiempo de descuento", afirmaba categóricamente el ecólogo Jorge Riechmann en un vídeo dirigido a los asistentes a las I Jornadas del Foro de Economía Progresista celebradas el pasado mes de octubre en Madrid. Ante académicos, periodistas y políticos de la izquierda española (del PSOE, Podemos e IU) allí reunidos, Riechmann recordaba que el cambio climático, el agotamiento de los combustibles fósiles y la destrucción de los ecosistemas y la diversidad biológica están conduciendo al choque del modo de vivir y producir de la humanidad con los límites biofísicos de la Tierra. Más tarde, el arquitecto y urbanista Fernando Prats insistía en que el riesgo de desbordamiento del planeta, con una población humana creciente y una lógica de desarrollo económico absolutamente insostenible, es algo muy real contra lo que hay que actuar sin más dilación.

Por supuesto, ninguno de ellos descubría la pólvora a los asistentes al advertir que está en juego incluso nuestra supervivencia como especie (supongo que en el encuentro no había ningún negacionista climático, creacionista o criatura homologable). Como posteriormente apuntó el economista Óscar Carpintero, de poco sirve mejorar la ecoeficiencia si esta va siempre acompañada de incrementos en el consumo: por ejemplo, es tan cierto que los coches modernos contaminan bastante menos como que cada día hay muchos más coches en nuestras calles y carreteras. Hace falta un cambio global en los patrones de producción y consumo, es necesario reformular la economía planetaria y adoptar un nuevo paradigma civilizatorio. Carpintero también desmintió el tópico de la inmaterialidad de la economía digital: la creciente fabricación de circuitos integrados, móviles, tabletas y otros gadgets tecnológicos requiere de metales, consume energía y genera residuos (algunos de los cuales son peligrosos). Esto no puede seguir así. Por si aún no ha quedado claro, volveré a repetirlo en voz alta: ¡Se nos acaba el tiempo!

I Jornadas del Foro de Economía Progresista.

Si pocas o ninguna duda hay con respecto al diagnóstico, otra cosa bien distinta es cómo afrontar el gran problema. Ahí está realmente el meollo del asunto, en torno al cual giraban principalmente las jornadas: no tanto en las medidas a tomar (sabemos más o menos qué es lo que hay que hacer) sino en cómo construir relatos políticos alternativos convincentes y llevarlos a la práctica por la vía democrática. Es dramático que, como dijo Carpintero, las empresas más exitosas sean precisamente las que más costes repercuten (¿serán por eso mismo las más exitosas?) sobre la sociedad que compra sus productos. Peor aún es que los políticos más infames, los demagogos y populistas más impresentables, sean los más premiados en las urnas. La economía del bien común, de la que apenas se habló en las jornadas, ya tiene una propuesta tangible para poner firmes a las empresas: se trata de incentivar a las buenas y desincentivar a las malas. Sin embargo, al igual que otras iniciativas como la llamada economía colaborativa, no parece suficiente para afrontar el reto a corto plazo: la razón es que no hay todavía masa crítica ciudadana para hacer palanca.

Centrémonos ahora en la actividad política. Hay que tomar medidas contundentes (quizá hasta sea necesario plantearse un decrecimiento económico), pero en una democracia dependemos de los votantes. Si el electorado no ejerce suficiente presión sobre los políticos, seguiremos instalados en un círculo vicioso: el desinterés de los ciudadanos impide que se incluya el problema en la agenda de los políticos (ellos saben que proponer medidas impopulares no les llevará al Gobierno), quienes harán poco o nada y no serán por ello castigados en las urnas (sí lo serán por otras cosas como abrir las puertas a la inmigración) por unos electores más preocupados por el fútbol o la telebasura. Es necesario empoderar a la gente a través del voto y el consumo, las dos grandes armas que tiene todo ciudadano en una democracia. Pero quizá ya no haya tiempo para ese empoderamiento, porque la educación, el espíritu crítico y la concienciación necesarias no arrojan frutos a corto plazo. Hay que reconocer con pesar que no las hemos cultivado suficientemente, no solo en España sino en el resto del mundo. ¿Y entonces qué?...

Ante la gravedad de la situación, creo que hay que adoptar medidas excepcionales a nivel global, implicando al menos a Estados Unidos, la Unión Europea, China, Rusia, India y Japón: debe constituirse una especie de gabinete mundial de crisis, bajo el paraguas de Naciones Unidas, para sortear un peligro que ya es existencial. Por desgracia, sospecho que la solución está reñida con más democracia, al contrario de lo que sostiene el discurso izquierdista biempensante (¡recordemos que el Brexit, Trump, Erdogan, Putin, Daniel Ortega, Le Pen y el presidente filipino de turno son frutos de la democracia!). Para salvar no solo a la humanidad sino a la propia democracia, quizá haya que replanteársela en la línea propuesta por la epistocracia. Sé que lo que digo resulta difícil de tragar para mucha gente progresista, pero yo sinceramente no veo otra salida.

El siguiente símil es políticamente muy incorrecto, pero bastante ilustrativo: cuando un matrimonio con tres niños pequeños viaja en coche a algún lugar distante, es uno de los padres el que está al volante y son solo ambos quienes deciden la ruta y dónde repostar o comer. Poner al volante a un niño de seis años porque ha obtenido tres votos (el suyo y el de sus hermanitos menores) contra los dos de sus padres no parece muy razonable. Es muy triste que millones de personas en Estados Unidos nieguen el cambio climático, ya sea porque lo han oído en Fox News o a la salida de la iglesia o porque lo han leído en el Facebook de sus amigos, pero mucho más penoso es que a resultas de ello salga elegido un presidente como Donald Trump que puede comprometer el futuro del mundo entero. La democracia es una idea muy noble. Sin embargo, asociada con la burricie en una situación extrema como la que nos acecha, puede empujarnos definitivamente al abismo.


sábado, 19 de noviembre de 2016

Desvelado el plan B de Rajoy: presidencia interina vitalicia

Mariano Rajoy tenía un as en la manga en el supuesto de que ni siquiera unas indeseadas terceras elecciones hubiesen logrado desencallar la formación de Gobierno en España: unas fotocopias arrojadas a un contenedor de plástico próximo al Palacio de la Moncloa, a las que ha tenido acceso el diario Ultraconfidencial Digital, prueban que el conocido catedrático constitucionalista Jaime de Sota Bamberg tenía muy avanzado, a instancias del presidente en funciones, un proyecto de reforma rápida de la Carta Magna que habría otorgado a Rajoy la condición de presidente en funciones vitalicio con amplísimos poderes ejecutivos para gobernar por decreto, aprobar presupuestos y designar a los campeones de la Liga de fútbol. El documento que preparaba De Sota, aún en estado de borrador, hacía una importante concesión al PSOE, ya que su líder Pedro Sánchez habría sido elegido jefe vitalicio de la Oposición. Y para contentar a los nacionalistas catalanes, el F.C. Barcelona tendría garantizado a perpetuidad el subcampeonato de Liga (el título estaría reservado ad infinitum al Real Madrid, dada la querencia de Rajoy por el club merengue, sin descartar alguna Liga puntual para el Pontevedra C.F. sin necesidad de militar -non necessarium- en la máxima categoría del balompié hispano). La crisis en el seno del PSOE, saldada el mes pasado con la dimisión de Pedro Sánchez y el desbloqueo de la investidura tras casi un año de Gobierno en funciones, dio al traste con este plan B del ya presidente electo. Ni De Sota Bamberg (autor de polémicos informes jurídicos, que en mayo de este año presentó un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional para que toda bandera escocesa esgrimida durante la final de la Copa del Rey incluyera dentro un toro bravo de Osborne) ni Rajoy (concentrado ya en Moncloa para el partido de esta noche entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid) han querido pronunciarse al respecto.

sábado, 12 de noviembre de 2016

ATENCIÓN: Singularidad formateando

"Si hay algo masivo que te disgusta eres un aburrido, un arrogante y un cursi", escribe Elvira Lindo contra la cultura de masas en su oportuno artículo "La cobra del pueblo", publicado hoy en El País. No es nuevo el debate al respecto: ya lo han avivado estos últimos años intelectuales como Mario Vargas Llosa o Antonio Muñoz Molina. Lo cierto es que buena parte de lo que actualmente se considera cultura, incluyendo arte, música, literatura y cine, es pura basura comercial sin más valor que el de mercado (o sea, que el determinado por la simple concurrencia de oferentes y demandantes puestos en el mismo plano con independencia de su sensibilidad, talento y conocimientos).

Parece acertado el tópico de que sobre gustos no hay nada escrito y que las verdades en este ámbito son relativas. En su Crítica del juicio, Kant sostenía que las verdades estéticas son al mismo tiempo subjetivas y universales, ya que cada uno tiene las suyas pero espera que el resto del mundo las comparta. Sin embargo, es innegable que existen principios estéticos objetivos -caso del orden y la simetría- que parecen incrustados en las leyes cósmicas. El orden y la simetría en una pieza de Mozart son mucho mayores que en una serie aleatoria de ruido. A la hora de calificar objetivamente una obra de arte también hay otros criterios como la hondura emocional (no es la misma en "El grito" de Edvard Munch que en los Mickey Mouse seriados de Andy Warhol), la originalidad (se me antoja muy distinta en el Pedro Páramo de Juan Rulfo que en el último best seller de conspiraciones templarias o vampiros) y la destreza o ejecución técnica (resultan muy dispares las de Eric Clapton y el guitarrista de la típica boy band).

Este es un debate trillado donde ya nadie pretende descubrir la pólvora, pero ahora viene el giro argumental: ¿qué pasaría si se alumbrara este siglo la Singularidad prevista por Ray Kurzweil, esa especie de Superinternet biónica fruto de la conexión en red entre cerebros humanos, Internet y la Inteligencia Artificial? Estaríamos ante algo nuevo, ante un fenómeno emergente de características insospechadas y seguramente inimaginables: una superconciencia cuyas motivaciones quizá tuviesen poco que ver con las nuestras humanas (o sea, animales). Por la misma razón por la que hasta el más rudimentario ordenador no concibe que dos más dos pueda ser otra cosa que cuatro, esa superinteligencia consciente podría entregarse a un cribado sistemático de Internet para depurarlo de errores y contenido improcedente (no olvidemos que seguramente más del 90% de lo que está en la red es basura: insultos, falsedades, memeces, incorrecciones y disparates de toda índole). Todo lo que contradiga verdades bien contrastadas como que animales y vegetales tenemos un ancestro común, que el Universo tiene unas 13.800 millones de años o que Elvis Presley murió en 1976 no tendría cabida en el nuevo Internet gestionado por la Singularidad. Que los humanos fuimos creados por Dios a su imagen y semejanza, que el Universo tiene 6 mil años y que Elvis Presley sigue vivo en 2016 solo tendrían cabida bajo el epígrafe "ficción", junto a los cronopios de Cortázar, el mundo alternativo de La trama celeste de Bioy Casares en el que Cartago destruyó Roma y las andanzas de Michael Knight con su coche fantástico.

Pero la cosa iría mucho más allá de purgar entradas en Wikipedia, en blogs y en páginas web, de eliminar troleces y spam a diestro y siniestro: ¿nos atreveríamos a descartar que esa superconciencia no haría también limpieza estética?, ¿pondría en el mismo plano una sinfonía de Beethoven que el "Gangnam Style", un texto de Jorge Luis Borges que otro de Dan Brown, una obra de Goya que otra de Damian Hirst, Black Mirror y un telefilme vespertino de serie B?... Y ya con esas, ¿por qué no habría de concluir con certeza que este sistema capitalista de casino es moralmente deplorable y ambientalmente insostenible (y que algo habría que hacer en consecuencia)?, ¿por qué no habría de considerar errónea -y proceder a su inmediata anulación- una elección democrática como la de Donald Trump o la del presidente filipino de turno?, ¿por qué no habría de arrogarse la reconducción de psicópatas, sádicos o gente dañina con muy pocos escrúpulos (o su envío a mundos virtuales donde no sean nocivos, o acaso su eliminación)?

Mira por dónde, resultaría que gracias a la Singularidad podríamos tener un sucedáneo de Juicio Final (para la humanidad tal y como la hemos conocido, porque la vida transhumana habría empezado a dar sus primeros pasos). Y sería un juicio final integral: intelectual, estético y moral. Aunque bien podría ocurrir que la Singularidad encontrase en la porquería intelectual, estética y moral alguna utilidad que ahora a nosotros -procesadores de información tan toscos a causa de nuestras limitaciones cerebrales- se nos escapa por completo.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Los otros tú del Multiverso


Hay en el Multiverso infinidad de individuos que se parecen a ti, que tus familiares, amigos y conocidos de este universo confundirían contigo si se los topasen (cosa imposible, porque no habría conexión posible entre universos más allá de su hipotética superposición cuántica). Pero no te engañes: ¡ellos son otros! Son otros que se te parecen mucho, que comparten contigo tramos de su pasado -por tanto, numerosos recuerdos- y acaso iguales ilusiones, anhelos y temores, no pocos de cuyos sueños están poblados por los mismos moradores que los de los tuyos. Pero insisto: no son tú, porque tú eres único, tú eres el que está ahora mismo leyendo esta entrada en el móvil, tableta u ordenador, no el que en vez de eso está echando un vistazo a la portada digital de El País o el que se decantó por salir a la calle a tomar un café o el que hace veinte años se mudó a Nueva Zelanda y ahora duerme. Por eso solo tienes conciencia de estar en un universo, ya que los otros tú son diferentes individuos con su propia conciencia. La tuya y la de ellos son compartimentos estancos una vez se han separado: no menos que la tuya y la de tu hijo, que la tuya o la de tu vecino.

En el Multiverso hay una línea sinuosa que representa tu historia, que podría ser reproducida infinitas veces y solo se corresponde con un universo: este que te ha tocado a ti, a mí, a tu hijo y a tu vecino, el mismo del que son parte necesaria Parménides, Spinoza, Stalin, las guerras púnicas y la segunda presidencia de Rajoy. Esa línea está escrita desde siempre (estaba cuando el Big Bang y seguirá estando al final de los tiempos), al modo de la sucesión de fotogramas de una película: solo te cabe recorrerla, ignorante de su rumbo y su final. No lo dudes: eres importante, eres parte necesaria del Cosmos (seas bueno o malvado, rico o pobre, feliz o infeliz, listo o tonto, afortunado o desgraciado). Lo que no sabemos es por qué. Quizá por la misma sencilla razón por la que el seis antecede al cinco y precede al siete. ¿Y por qué tu historia es la que es y no otra? Pues por la misma razón por la que la canción Across the Universe de los Beatles empieza con los acordes Re, Si menor y Fa menor sostenido o el cuento Noches blancas de Dostoievski termina con "¡Dios mío! ¡Solo un instante de bienestar! Pero, ¿acaso no es suficiente para toda una vida humana?": de otro modo no serían ni Across the Universe ni Noches blancas sino otra cosa.

viernes, 28 de octubre de 2016

De muerte, paraísos virtuales y sandeces vaticanas


El sábado pasado, horas después de publicar mi última entrada en el blog (en la que apuntaba la esperanza en "universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo" y mi confianza en que esa superinteligencia que está por emerger sería "benevolente y justa" con las pequeñas conciencias alumbradas antes que ella), tuve casualmente el gusto de ver uno de los capítulos de la tercera temporada de Black Mirror: "San Junípero" (AVISO: no pinches en el enlace ni sigas leyendo si aún no has visto el episodio).

La ficción televisiva guardaba relación con lo que había publicado por la mañana, aunque yo me refería a una superinteligencia transhumana infinitamente superior a la de una civilización de tipo III según la escala de Kardashev (capaz de aprovechar toda la energía disponible de una galaxia): o sea, en mi artículo aludía a una hipotética civilización de tipo IV con la capacidad de manipular la totalidad del espacio-tiempo para crear universos -reales o virtuales- a su antojo del infinito catálogo del Multiverso. Algo que podría materializarse dentro de cientos o quizá miles de millones de años.

Black Mirror no va tan lejos, solo apenas una generación hacia adelante: en "San Junípero" se presupone que hacia el año 2040 la humanidad cuenta con tecnología suficiente como para detener el envejecimiento y prolongar la vida indefinidamente (no anda desencaminado el guionista, aunque quizá ese logro se demore algunas décadas más; por otra parte, Aubrey de Grey nos diría que el envejecimiento puede ser incluso revertido, lo que no parece ser el caso del mundo real del capítulo). Pero lo más relevante es que la humanidad de ese 2040 tiene a su alcance la posibilidad de vivir existencias virtuales, tanto a tiempo parcial (unas horitas a la semana) como eternamente (tras morir) mediante algún tipo de descarga de la información física y mental de cada persona. Eso hace que el envejecimiento y la decrepitud no sean tan dramáticos, ya que al pasar al mundo virtual los individuos viven plena e intensamente en un cuerpo joven.

Al final del capítulo se ven los enormes servidores informáticos de la empresa proveedora del servicio post mortem de paraísos virtuales (aunque tan reales como el nuestro gracias a la calidad de la computación). Puesto que todo software necesita ejecutarse en un hardware, los usuarios muertos de los microuniversos virtuales de "San Junípero" nunca pueden estar del todo seguros de la continuidad de su nueva vida eterna como jóvenes (¡en la recreación no hay viejos!): un cataclismo o un ataque que destruya los macroservidores acabaría ipso facto con su paraíso. En esas existencias virtuales (aunque, insisto, completamente reales para sus usuarios) cada uno elegiría vivir para siempre con quien quisiera y podría entregarse a todo tipo de placeres sin freno. Pero no es oro todo lo que reluce: nadie podría obligar a un ser querido a elegir estar en su propio paraíso, con lo que jamás volvería a verlo, y la eternidad podría mutarse en infierno inescapable pese a la ausencia de enfermedad o sufrimiento físico (en el mundo virtual no existe la muerte). Los universos reales o virtuales fabricados por una superinteligencia transhumana del más remoto futuro no tendrían necesariamente que ver con las preferencias de sus habitantes conscientes y darían más juego al ser mucho más dinámicos y complejos, solo acotados por los límites cósmicos. De hecho, podríamos estar viviendo en alguno de ellos (en ese caso, nuestro universo no estaría concebido como un paraíso para sus moradores sino más bien como un experimento social o un juego).

Poniendo el contrapunto religioso a las hondas e interesantes implicaciones filosóficas de "San Junípero", el Vaticano se descolgaba anteayer con una de las mayores sandeces del año: la advertencia a sus fieles de que con las cenizas de sus seres queridos incinerados no puede hacerse cualquier cosa tal como arrojarlas al mar o devolverlas a otro espacio de la Naturaleza (¡Vade retro, panteísmo!). Alguien en la cúpula de la Iglesia debería ya saber que las cenizas de un ser querido son solo un puñado de minerales (sobre todo fosfatos, calcio y sulfatos), así como que todo individuo vivo -o muerto u objeto inerte- está compuesto de átomos y que lo realmente importante es la estructura o conjunto de relaciones entre ellos. De hecho, los átomos de nuestro cuerpo de hoy no son los mismos que los de hace unos años. Por cierto, todos tenemos siempre al menos algún átomo que formó parte de Sócrates, Cleopatra, Giordano Bruno (reducido a cenizas en una hoguera encendida en 1600 por la Iglesia católica), el mar Rojo, el Everest o cualquiera de los elefantes que cruzaron los Alpes con Aníbal. La clave es la información, el modo en que se ordena la materia viva. En fin, no le pidamos peras al olmo: es lo que tiene guiarse por cuentos en vez de por la ciencia.

sábado, 22 de octubre de 2016

El 'mal morir' de los creyentes: el caso de Teresa de Calcuta

Un médico que ha sido testigo del adiós a la vida de muchas personas en estado terminal me confiesa que el "mal morir" (el hacerlo presa de terrores y sentimientos de culpa) es más frecuente entre los creyentes que en los ateos o agnósticos. Parece paradójico, aunque en el fondo es coherente: ¿no podría tener algo que ver el miedo al castigo eterno, inoculado por la religión? Pero yo añadiría otra posible explicación: la postrera sospecha de que todo en lo que uno creyó, y conforme a lo cual fundamentó su vida, pudiera ser un cuento. Quizá eso sea lo más mortificante de todo.

El otro día supe con enorme sorpresa que Santa Teresa de Calcuta pudo haber muerto siendo atea, ya que en el último tramo de su vida había perdido la fe. En su propio expediente de canonización se apunta esa crisis de fe, que la Iglesia interpreta como una dura prueba reservada por Dios a las almas más grandes (supongo que darían la prueba por superada). Mientras en público afirmaba que "Cristo está en todos los sitios, en nuestros corazones, en los pobres que conocemos, en la sonrisa que damos y recibimos", Teresa rumiaba en su fuero interno un terrible conflicto, incapaz de entender el sentido del sufrimiento y el mal y, sobre todo, de conciliarlo con su religión. "¿Para qué hago esta obra?", se preguntaba en una de las cartas a la que accedió el cura canadiense Brian Kolodiejchuk, encargado por el Vaticano de incoar la causa para su elevación a los altares. "Si no hay Dios, no puede haber alma. Si no hay alma, entonces, Jesús, tú tampoco eres verdadero", razonaba la monja albanomacedonia.

Pues yo creo humildemente que Teresa estaba equivocada. Acaso haya esperanza aunque no exista el alma y todo tenga un fundamento material (por supuesto, lo de que Jesús fuera real o no carece de toda importancia). Siguiendo al físico y cosmólogo Frank Tipler, la esperanza estaría en universos virtuales creados y gobernados por una inteligencia emanada de nuestro universo (necesariamente guiada por la ciencia para alcanzar su propósito). El nuestro sería pues un universo en el que Dios no existe al principio sino al final, como ya intuyeron en su día Pierre Teilhard de Chardin o Henri Bergson. Y como también apunta Yuval Harari en su último libro: Homo Deus. Si es así, podemos morir más o menos tranquilos (otra cosa es que nos lo permita una mala conciencia), relativamente confiados en que esa superinteligencia que está por emerger será benevolente y justa. Aunque, ciertamente, esto no deja de ser una suerte de fe.

sábado, 15 de octubre de 2016

El acoso escolar más allá del buenismo biempensante

La brutal agresión a una niña de ocho años en Mallorca por parte de chicos de entre doce y catorce ha avivado el debate sobre el acoso en las aulas, sus causas y los modos de prevenirlo y atajarlo. Vuelve a saltar a la palestra la ya tópica letanía de psicólogos y psicopedagogos: que si nuestra sociedad es cada vez más violenta (por culpa supuestamente de la injusticia social -achacable directamente al capitalismo- y también de las películas y videojuegos que "banalizan el mal"), que si el verdugo es una víctima social a la que no se le ha enseñado a respetar al prójimo por una falla de nuestro sistema educativo, que si los medios de comunicación son corresponsables (aunque he de reconocer que flaco favor hacen las típicas teleseries norteamericanas que presentan a los malotes como enrollados y a los chicos formales y estudiosos como pringaos)...

En primer lugar, siguiendo el planteamiento de Steven Pinker, me atrevo a afirmar que probablemente nunca haya habido menos violencia en la escuela -además de en el hogar y en cualquier otro ámbito humano- como en nuestros tiempos. Lo que pasa es que, al igual que con la violencia machista, la racista y la homófoba, los abusos se denuncian ahora con mayor frecuencia y son mucho más mediáticos. Y en segundo lugar apunto lo que casi nadie se atreve a decir en público -mucho menos desde una óptica cristiana o de izquierdas- aunque todo el mundo en el fondo lo intuya: la verdad de que hay niños malvados, de que la hijoputez no es cosa solo de adultos porque también hay pequeños monstruos de doce años, de siete o de cuatro.

¿Cuándo entenderemos de una vez que no somos una hoja en blanco al nacer? ¿Cuándo entenderemos que se nace psicópata, que la ausencia de empatía ya está inscrita en los genes y no se cura (ni siquiera es una enfermedad, incluso podría afirmarse que es un rasgo adaptativo)? (Luego seguirán diciendo algunos que la ciencia no ofrece pista alguna para resolver los problemas sociales). Con un psicópata no valen de nada las dinámicas de grupo, los talleres de educación emocional, la papiroflexia... Por desgracia, no hay reeducación posible con ese 1-2% de la población humana (que algunos estudios elevan hasta el 20% si nos ceñimos a los altos cargos políticos y empresariales de la sociedad): la unica solución efectiva es su neutralización, que en el ámbito escolar va desde el marcaje férreo hasta la expulsión del colegio y, si es menester, el ingreso en un centro penitenciario para menores (llámenlo cárcel de menores si lo prefieren: no tengo problema con esa denominación). No se trata de ninguna venganza social, sino exclusivamente de proteger al resto de la población de individuos evidentemente dañinos y peligrosos. Es inmoral y absurdo que una niña de ocho años tenga que cambiar de colegio tras recibir una paliza porque sus agresores no pueden ser expulsados, que se valore más el supuesto derecho a la reeducación de estos últimos que el derecho a la integridad física y psíquica de la agredida.

Eso en cuanto a los psicópatas, que son bien reconocibles desde pequeños: los niños que matan a pedradas a gatos o perros ya se están retratando inequívocamente como tales. Pero no todos los pequeños acosadores y maltratadores son psicópatas: también están los matones y abusadores normales (o sea, potencialmente compasivos), amparados tanto en su mayor fuerza física como en la ausencia de límites a su conducta (una responsabilidad atribuible principalmente a sus padres). Esos sí que son reeducables, aunque en no pocos casos ello pasa necesariamente por apartarles de unos progenitores instalados en una subcultura de violencia, delincuencia y marginalidad (parece ser el caso de los atacantes de la niña en Mallorca). Por cierto, no creo que sean muy útiles al respecto las dinámicas de grupo, los talleres de educación emocional y la papiroflexia.

Por otro lado está la mayoría silenciosa que en el mejor de los casos calla por miedo y en el peor ríe servil y mezquinamente la gracia al abusador. Sin su inacción o complicidad más o menos dolosa, los acosadores no podrían hacer nada (esto es algo generalizable a todo colectivo humano, desde una empresa hasta un país). Por eso resulta fundamental intervenir sobre ese segmento mayoritario de alumnos, para generar una masa crítica que impida sistemáticamente todo abuso: es la vía más eficaz para cortocircuitar el acoso escolar, sin perjuicio del control permanente por el propio colegio de lo que ocurre en su interior y de la mano dura con los violentos y su eventual aislamiento social.

Es muy importante recordar que cada vez que la autoridad estatal legítima se retira de un espacio (sea un centro escolar, una oficina, una cárcel, un barrio o toda una región o país), este no tarda en ser ocupado a las bravas por los más brutos y con menos escrúpulos: es una especie de principio social bien contrastado (véase el caso de Venezuela) que presenta cierta semejanza inversa con el de Arquímedes. Solo el imperio necesariamente coercitivo de la ley nos libra de la barbarie. Si en un colegio se quebrase completamente la autoridad de su dirección y profesorado y ni siquiera fuese posible recurrir a la policía o la justicia, la muerte de escolares a manos de compañeros malotes sería cuestión de (no mucho) tiempo. ¿Alguien lo duda?

domingo, 9 de octubre de 2016

Las infinitas formas de ser y percibir

Nos dice Carl Sagan en Los dragones del edén que el número de estados mentales que puede alcanzar el ser humano, suponiendo que el cerebro contiene 10 elevado a 13 sinapsis (conexiones entre neuronas) y que cada sinapsis es un bit de información, es de alrededor de 2 elevado a 10 elevado a 13. Es un número ingente que supera en mucho a la cantidad de partículas elementales existentes en el Universo. Esta es la razón por la que cada individuo humano es distinto (ni siquiera son iguales los hermanos gemelos univitelinos criados juntos, ya que el factor ambiental -las experiencias- ensancha muchísimo la base genética) y por la que la diversidad mental de nuestra especie no se agotaría en toda la historia del Cosmos. Tengamos en cuenta que ese número crecería a medida que lo hiciera el número de sinapsis cerebrales en el futuro, alumbrando así nuevos estados por ahora inaccesibles.

Si incluyéramos en este cálculo de Sagan todos los estados mentales de cualquier ser vivo de la Tierra (pasado, presente y futuro), la cifra sería aún más mareante. Incluyendo la hipotética vida extraterrestre, tendríamos material más que suficiente para rellenar todas las historias de un también hipotético Multiverso: todas las formas de percibir subjetivamente, dentro del espacio-tiempo, el mundo de ahí fuera.

¿A alguien se le ocurre mejor tablero de juego para una presunta Conciencia Universal (llamémosla Sustancia, Brahman, Ser, Dios o como queramos)?: poder ser desde un adenovirus hasta Dolores de Cospedal pasando por un estreptococo, un olivo, el caracol que aplastaste involuntariamente ayer por la mañana, Gengis Khan, Albert Einstein, un rinoceronte blanco o un alienigena. Cada uno de nosotros consistiría en una colección de ese cuasinfinito catálogo de estados mentales, uno de los modos que tendría el Cosmos de percibirse a sí mismo.

sábado, 1 de octubre de 2016

El mito de Gustavo Bueno (y también el del "reduccionismo cientificista")


Con este tuit me despaché con el pensamiento de Gustavo Bueno a los pocos días de su fallecimiento este verano. Lo cierto es que lo mastiqué mucho antes de lanzarlo, pues no estaba muy seguro de su tono y oportunidad: es verdad que no le faltaba personalmente al respeto, pero el tuit era una dura (aunque legítima) enmienda a la totalidad a su filosofía en pleno duelo por su muerte. Mis dudas se despejaron cuando recordé que Bueno había tildado en 1996 de "mediocre" al profesor José Luis López Aranguren cuando éste aún se hallaba en su capilla ardiente. "Quien dice 'Aranguren nos enseñó a pensar' no está definiendo a Aranguren, sino a su propio y mediocre nivel de pensamiento", escribió hace veinte años en el artículo antes enlazado, asaeteando tanto al difunto como a sus seguidores. En fin, invito a tomar mi tuit y esta entrada solo como lo que pretenden ser: una crítica a sus ideas.

El principal motivo que me impulsó a condensar en 140 caracteres mi opinión acerca del trabajo filosófico de Bueno fueron las alabanzas desproporcionadas en prensa y redes sociales, muchas de ellas a manos de quienes seguramente jamás habían leído alguna línea suya (habitual por estos lares, desde luego). Tras su fallecimiento he sido testigo de desmesuras sonrojantes, incluyendo comparaciones a pensadores como Platón o Kant. Todo ello contrasta vivamente con mi impresión de lo leído y escuchado del propio Bueno, que no hace honor a su apellido: sobre todo, porque los textos de este hombre son ininteligibles, un desordenado -y, encima, presuntuoso- potaje de filosofía escolástica, hegelianismo de la peor especie, categorizaciones improcedentes y conceptos científicos tomados de manera impropia (en la ignorancia de lo que significan).

En el fondo, Bueno no deja ser una víctima de Hegel (ese "soplagaitas", según Schopenhauer) y su pensamiento. Si Hegel desarrolló su idealismo dialéctico y Marx hizo lo propio con su materialismo dialéctico, don Gustavo no podía ser menos: acuñó y formuló su propio sistema, el llamado "materialismo filosófico", una pomposidad que fuera de España (donde tantos filósofos conocen a Bueno como a El Fary) suscitaría estupor y risa floja a más de uno. Para tener una idea de qué va el "materialismo filosófico" (véase aquí una explicación más completa de su sistema), valga el siguiente texto de Bueno:

"El dualismo Hombre/Mundo, considerado desde los principios del materialismo filosófico, debe ser disuelto, o triturado, en cuanto reliquia de una visión teológica de la realidad. El procedimiento de disolución habrá de desarrollarse en dos frentes: la disolución de la Idea de Hombre como unidad metafísica, y la disolución de la Idea de Mundo (o, más modestamente, de Gaia) propia del monismo armonista. Por lo que se refiere al «Genero humano»: será preciso tener en cuenta que no cabe hablar, desde el punto de vista antropológico, de un único «género» semejante. Desde un punto de vista taxonómico-primatológico se distinguen por lo menos tres o cuatro géneros de homínidas: australopitécidos, pitecantrópidos, neandertalienses y cromagnones. El Mundo, por su parte, tampoco es una unidad sustantiva; el Mundo, como unidad, ha de ir referida al conjunto de los fenómenos con significado «organoléptico».

La doctrina del dualismo del Hombre y el Mundo se sustituye, en el materialismo filosófico, por la doctrina del espacio antropológico, que se organiza según tres ejes: el eje circular, el eje radial y el eje angular. Desde el punto de vista político el hombre habrá de ser considerado ante todo en el eje circular. Es aquí donde el materialismo histórico tiene sus principales efectos. Pero los contenidos incluidos en los ejes radial y angular no son en modo alguno homogéneos, ni susceptibles de ser pensados mediante categorías armonistas. Una biocenosis puede ser el mejor ejemplo del significado de esa tan admirada «unidad» de la Naturaleza: una biocenosis implica poblaciones de especies diversas conviviendo en una «armonía» más o menos estable, pero que implica la «explotación» y aún la muerte de los organismos que sean necesarios para la subsistencia de otros organismos heterótrofos. Desde el punto de vista político la concepción dialéctica y no armonista de la Naturaleza tiene un alcance de radio muy amplio, a la hora de formular programas y planes políticas «seculares»; así como también la consideración de los contenidos que se engloban en el llamado eje angular, cuya significación política puede deducirse de la importancia medible en términos de las inversiones económicas, atribuida no solamente en la antigua Unión Soviética, sino también en las actuales primeras potencias, a la investigación de los «extraterrestres» (proyecto Ozma, proyecto Seti)".
(Tomado de Principios de una teoría filosófico política materialista).

Otro oscuro -y, yo añadiría, grotesco- concepto acuñado y desarrollado por Bueno es el de "cierre categorial", que deja a las claras su ignorancia de lo que es una emergencia (más adelante abundaré en esto). Él mismo se explica en el vídeo de abajo. Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.



En la última etapa de su vida, a Bueno le dio por teorizar acerca de España y también de la izquierda. De España llegó a decir que es un "problema filosófico que nos desborda", no definible como supuestamente sí lo serían "Suiza o Checoslovaquia" (¿?). Convertido al nacionalismo español, no ahorró críticas a la construcción política europea, que consideraba un "proyecto de la OTAN". En cuanto a la izquierda, hizo un distingo entre la supuesta izquierda definida ("definida en función del Estado") y la indefinida ("no definida por criterios políticos sino que está en otro mundo"). Esta última se correspondería con la que adopta causas como el feminismo, el ecologismo o la defensa de los derechos de los animales, que para Bueno no tendrían la categoría de "problemas políticos" (¡!). Anteriormente ya había hecho una no menos absurda clasificación de las doctrinas sobre la felicidad (en el vídeo enlazado hay un momento esperpéntico, desde el minuto 18:50 hasta el 21:20, en el que saca a colación nada menos que a la gravedad, exhibiendo un completo desconocimiento al respecto).



Bueno versus Ochoa: el "reduccionismo cientificista" sale a la palestra

Un episodio que causa intensa vergüenza ajena tuvo como protagonistas a Bueno y el bioquímico Severo Ochoa (todo un Premio Nobel de Fisiología y Medicina) al final de un acto académico de este último. Es una anécdota muy celebrada por los buenistas, que la interpretan como un zasca en toda regla del maestro al cientificismo reduccionista o reduccionismo cientificista. Pero si sabemos qué es una emergencia y en qué consiste la reducción de una ciencia a otra (no era el caso de Bueno y tampoco parece serlo de sus seguidores y de tanto analfabeto científico autoproclamado humanista), se trata de un ridículo bochornoso. ¿Qué debió pensar Ochoa al ser asaltado por un tipo esgrimiendo un libro de química para preguntarle si ese libro era química o no? "Sí, es química", le dijo el Nobel. "¿Y esta 'y' entre física y química es un enlace iónico, covalente o metálico?", le repuso, ufano, el filósofo.

En el mundo hay diversos niveles de realidad, pero todos ellos son reducibles dentro de una jerarquía. A nadie en su sano juicio se le ocurre analizar la guerra civil española atendiendo a la dinámica molecular (desde una óptica química) o al movimiento de electrones y quarks (desde una óptica física). Cada nivel de realidad tiene que ser analizado con herramientas adecuadas a ese nivel. La guerra civil española es un fenómeno social que ha de ser abordado científicamente por ramas del conocimiento como la historia o la sociología. Pero no por ello deja de ser una emergencia fruto de la acción de muchos individuos, cuya conducta es tratada por la psicología. Por su parte, los individuos son macromáquinas biológicas cuyo funcionamiento viene explicado por la biología. A su vez, la biología puede ser reducida a la química y ésta última a la física (desconocemos si hay algún otro nivel por debajo).

Ese libro de química de Bueno (le habría hecho bien leerlo, por cierto) es una entidad material, como nuestros propios cuerpos, sujeta a las leyes físico-químicas. Pero es algo más que eso, ya que es un contenedor de información expresada en un código lingüístico (cuya destrucción supondría, por supuesto, la pérdida del mensaje que porta). Es la lingüística, no la química, la que debe ser convocada para su tratamiento y análisis. La dichosa 'y' no es solo un simple borrón de tinta de imprenta (su soporte material) sino un símbolo lingüístico arbitrario cuya función es la de conjunción copulativa: no es un enlace covalente (que solo tiene significado en el ámbito de la química) ni una polla en vinagre ni nada parecido.

Devolviéndole la pelota -o sea, aplicando groseramente conceptos de un nivel subyacente a otro emergente-, Ochoa podía haberle respondido de esta guisa: "¿Y su majadería es una reacción endotérmica o exotérmica?". Esa majadería o sandez ha de ser tratada como un fenómeno psicológico, no biológico ni químico, lo que no obsta para que -como todo lo relacionado con un ser vivo, ya sea Bueno o un toro de lidia- tenga un fundamento biológico, químico y, en última instancia, físico. Puede ser una reacción fruto de la envidia, de la frustración, de alguna pulsión obsesiva o de un complejo de superioridad-inferioridad, pero el concepto "exotérmico" no procede en ese nivel de realidad. Como bien dice el psicólogo evolucionario Steven Pinker, saliendo al paso de los cansinos antirreduccionistas, hay que diferenciar siempre la causalidad próxima de la causalidad última. Los seres humanos se enamoran porque les hace felices (causa próxima), aunque en el fondo haya una inclinación genética (causa última): ello no tiene por qué quitarle valor al amor u otros sentimientos.

Por si alguien no ha tenido aún suficiente con Bueno, valgan aquí otras dos joyas del maestro, referidas respectivamente a su oposición al aborto y su aprobación de la tauromaquia (en la terminología de su materialismo filosófico, una "ceremonia de carácter angular, independientemente de que tenga otros componentes circulares o radiales"). Ciertamente, no podía esperarse otra cosa del maridaje de diarrea mental, analfabetismo científico y carpetovetonismo del más rancio (aunque vestido de marxismo y ateísmo).



Desconozco si Aranguren enseñó a pensar a muchos o a pocos. En lo que sí coincido con Bueno es en otra frase suya del artículo-obituario de 1996, enlazado al comienzo de esta entrada: "Es evidente que cada grupo social 'elige' a sus sabios y a sus héroes. Pero al elegirlos se define a sí mismo, tanto o más que a la persona escogida como paradigma de sabio, de filósofo o de héroe". Esto es perfectamente aplicable a los seguidores del propio Bueno.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Brennan contra la democracia... ¡para salvar la democracia!

El filósofo y politólogo estadounidense Jason Brennan acaba de publicar Contra la democracia, un alegato políticamente incorrecto que no puede dejar indiferente a nadie (salvo a quienes él considera que no merecen votar). En su libro, Brennan pone en entredicho un principio fundamental del sistema democrático: el de que todo el mundo tiene derecho a ejercer una cuota de poder político por el mero hecho de ser ciudadano. Si para conducir hay que sacarse un carné que acredita un cierto conocimiento del funcionamiento y manejo de un coche, así como del tráfico y sus reglas, ¿por qué no habría de exigirse a los ciudadanos una adecuada preparación para poder acercarse a las urnas?... Conductores no cualificados provocan accidentes; votantes no cualificados llevan al poder a demagogos, mentirosos, incompetentes y corruptos.

Brennan propone la epistocracia, un tipo de democracia en la que solo podrían votar aquellos que acreditasen tener un mínimo conocimiento del sistema político y de lo que se dirime en las urnas (o en la que todos podrían ejercer su sufragio pero se otorgase diferente peso a los votos, conforme al conocimiento demostrado por los electores). Y lo hace en un contexto histórico en el que el Brexit está aún fresco y la posible victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EE.UU. ya no es un gracieta sino una grave amenaza para su país y el mundo entero. Estamos hablando de un asunto capital: la democracia puede estar en peligro a causa, paradójicamente, de su propio principio fundamental de "un hombre, un voto".

La culpa no es de la democracia, sino del creciente desfase entre el desarrollo económico-tecnológico y el educativo-cultural. Ya escribí hace años que una democracia de burros es insostenible, ya que lleva en su seno el germen de su autodestrucción. Un fallo garrafal de las sociedades occidentales ha sido permitir que la telebasura y la basura.com hayan asfixiado el espíritu crítico y el interés ciudadano por el conocimiento y la ciencia. Esto, unido al multiculturalismo mal entendido, ha conducido al Estado multi-incultural en que nos hallamos. De esos polvos vienen estos lodos populistas, ultras y xenófobos en Europa y Norteamérica.

Por mucho que les pese a los partidarios ilustrados del Brexit (entre ellos, el físico David Deutsch), la salida del Reino Unido de la Unión Europea solo ha sido posible gracias al voto desinformado y la ignorancia de muchos votantes de bajo nivel educativo y cultural (no pocos de ellos, votantes tradicionales de izquierda). Y lo cierto es que Trump puede estar a las puertas de la Casa Blanca gracias al voto masivo de esa América profunda religiosa que cree que el mundo fue creado por Dios hace seis mil años y que los homosexuales son unos pecadores, además de ser incapaz de situar a España o Japón en un mapamundi (es lo que tiene ir más a la iglesia que a una biblioteca que no sea la parroquial). Algunos de ellos, además, siguen creyendo a pie juntillas que Obama es musulmán o un lagarto alienígena.

Podemos estar en desacuerdo con Brennan, asumiendo el "un hombre, un voto" como algo consustancial a la democracia o como un mal menor necesario para preservarla, pero no deberíamos desdeñar tan alegremente su propuesta si pretendemos seguir disfrutando de unas libertades por las que no pocos de nuestros antepasados pelearon e incluso dieron su vida.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Inteligencia Artificial, ¿una inteligencia no inteligente?


Cada vez que alguien consigue que un ordenador o robot desempeñe o resuelva una nueva tarea o problema, mucha gente sale al paso recordándonos que la actividad de la máquina no es inteligencia genuina (o sea, supuestamente como la nuestra): se trataría de una simple computación realizada gracias a la capacidad humana de programar algo que no deja de ser un cacharro de silicio, chapa y cables. Esto se llama "efecto Inteligencia Artificial" y está muy extendido. Da igual la gesta conseguida por la máquina: si ésta derrota al ajedrez a un campeón mundial, pues se despacha nada más que como una computación (notable, eso sí, pero nada ver con la inteligencia de verdad). No admitimos que haya inteligencia con mayúsculas mientras nosotros entendamos cómo funciona la máquina para hacer una cosa o dar respuesta a un problema. Ya no hablemos de atribuirle conciencia a un superordenador o de suponer que este podría llegar a sufrir enfermedades mentales (sería lo suyo si tuviera una mente).

Curiosamente, ocurre algo parecido cuando se juzga la conducta de los animales. Cada vez que se descubre en una especie alguna proeza cognitiva que se nos había pasado por alto, muchos legos en ciencia lo atribuyen al puro instinto: porque, faltaría más, los animales no tendrían inteligencia... ¡y ni por asomo conciencia! Es tan improbable que un humanista inculto (de esos que pueden recitar de memoria a Góngora pero creen que los toros no sufren en la plaza y no conciben que 0,11 sea menor que 0,2) diga "cultura animal" como que un torero exclame "¡Disonancia cognitiva!" en medio de una faena en Las Ventas. Aunque, le guste o no a Savater o al académico más lustroso, la cultura también existe en los animales.

La tesis de la Inteligencia Artificial (IA) fuerte, a la que se adscriben filósofos y neurocientíficos como el estadounidense Daniel Dennet, sostiene que si un ordenador desarrolla acciones inteligentes (relacionarse con el medio, razonar, resolver problemas, planear, aprender, comunicar, etc.) puede ser considerado a todos los efectos inteligente. La diferencia entre la inteligencia de una máquina y la de un humano sería solo de grado. Nuestros ordenadores siguen siendo menos inteligentes que nuestros cerebros, pero eso no significa que algún día acaso no lejano puedan alcanzarnos y, en el camino, cobrar así conciencia.

El filósofo John Searle ideó un curioso experimento mental, llamado la "habitación china", para refutar el planteamiento de la IA fuerte. Imaginémonos que él está encerrado en una habitación y no tiene la más remota idea de lengua china, pero cuenta con una serie de reglas en inglés (diccionarios, libros de gramática, etc.) que le permiten poner en correspondencia un conjunto de símbolos formales con otro (en este caso, los caracteres chinos) y así responder correctamente en chino a preguntas formuladas en esa lengua desde fuera -por ejemplo, intercambiando hojas por debajo de la puerta o a través de una ranura- por sinohablantes. De esa manera, estos últimos quedan convencidos erróneamente de que la habitación china (en realidad, el oculto Searle) entiende ese idioma asiático. Estableciendo una analogía, Searle concluye que un programa no puede otorgar comprensión o conciencia a un ordenador con independencia de lo inteligentemente que pueda hacer que se comporte.

Como explica Dennet en su libro La conciencia explicada, el argumento de Searle para demostrar que la habitación china no es en absoluto consciente ignora un factor clave: la complejidad. Un programa informático puede ser extraordinariamente flexible, con múltiples niveles, y poseer una amplísima información del mundo (lo que incluiría, según Dennet, "metaconocimiento y (...) metametaconocimiento sobre sus propias respuestas, las posibles respuestas de su interlocutor, sus propias motivaciones, las 'motivaciones' de su interlocutor y mucho, mucho más"). Si una computación compleja permite capturar y representar la misma organización o estructura abstracta de un sistema de procesamiento de información (por ejemplo, la mente emanada de un cerebro), si su entramado de conexiones o "topología causal" es similar, ¿por qué no habría de compartir sus propiedades psicológicas, como sostiene el filósofo australiano David Chalmers? ¿Por qué la conciencia habría necesariamente de tener un soporte orgánico y no de silicio o cualquier otro material? Si una conciencia es producto de la interacción de un trillón de neuronas, según el australiano no habría nada absurdo en la idea de que la interacción de un trillón de chips de silicio pudiese hacer lo mismo.

¿Y por qué la conciencia, a diferencia de la inteligencia, habría de ser una cuestión de todo o nada? Chalmers no descarta que todo objeto procesador de información (o sea, reductor de la incertidumbre, conforme a la definición de Claude Shannon) pueda ser consciente a su manera, empezando por un modesto termostato de conducta binaria: apagado-encendido, cero-uno, sí-no... Aunque pueda parecer contraintuitivo, lo cierto es que el pampsiquismo hace menos misterioso el fenómeno de la conciencia y es perfectamente compatible con una visión materialista del mundo.

viernes, 26 de agosto de 2016

Mis auténticos compatriotas: Acerca de Rationalia

Nací en las islas Canarias y llevo casi la mitad de mi vida en Madrid, tras establecerme aquí en 1994. Por tanto, me guste o no, soy canario y español. Pero no puedo evitar sentirme más compatriota de un animalista escocés que de un cazador canario o un taurino ibérico, de un librepensador saudí (¡pobre, sobre todo si es mujer!) que de un ultracatólico español, de un bibliotecario eritreo que de un cani local de los que salen en Mujeres, Hombres y Viceversa, de un antinacionalista serbio que de un nacionalista español o canario, de un ecologista coreano que de un cafre de mi isla que tira su nevera vieja al barranco, de un socialdemócrata sueco o canadiense que de un españolazo pepero o un votante de Coalición Canaria.

Quizá lo único que comparta con el cazador, el cani o el energúmeno de mi tierra sea mi querencia por la Unión Deportiva Las Palmas (que para mí, en la distancia, es un vínculo identitario y sentimental) y mi acento insular. Pero hay cosas ciertamente más importantes, como el cuidado de la frágil naturaleza del archipiélago y el bienestar de sus personas y animales. Claro que hablamos el mismo idioma, lo cual también debería unirme más a un latinoamericano que a un asiático, africano o europeo no español. Pero no es el caso: mi cercanía personal -y creo que la de mucha otra gente- es por afinidades, no por vecindad geográfica o cultural. La lengua española sirve igual para escribir los textos de Borges que para exclamar "¡Muera la inteligencia, viva la muerte!" (Millán Astray) o componer canciones de reggaetón (Bob Marley debe estar revolviéndose en su tumba de ver asociado el término reggae a esa cosa infame). Por cierto, prefiero la música de Bob Marley a una folía y no por ello soy menos canario.

He de reconocer que no me siento a gusto con culturas muy religiosas y tradicionales (por tanto, cerradas, reprimidas, machistas y homófobas), incívicas y clasistas. Por eso estoy seguro de que no sería tan feliz en Centroamérica como en Noruega. Por eso no me cabe duda de que viviría mejor en Holanda que en Italia, México, India o la propia España. Por supuesto que también hay cafres en el norte de Europa, pero la diferencia la marca una cultura más avanzada: más laica, racional, cosmopolita, igualitaria, tolerante, cívica y comprometida con la educación (¿será casualidad que no haya prácticamente un joven islandés que crea en Dios como creador del mundo?). Las instituciones de esos países son un reflejo de esa cultura. Por eso la petrolera noruega Statoil es una empresa ejemplar, ya que lo determinante no es su titularidad pública o privada sino la cultura subyacente: Statoil es una empresa pública... pero nórdica, no española ni italiana ni griega.

Esa cultura avanzada es sin duda la que más se aproxima a la idea de Rationalia propuesta por el físico y divulgador Neil deGrasse Tyson: un país virtual regido por la razón y la evidencia, en el que no obstante esté reconocido el derecho de cada cual a optar por la irracionalidad y la creencia religiosa (siempre y cuando su ejercicio no sea en perjuicio de terceros). Puede que Rationalia sea el último cartucho de la humanidad para evitar el colapso en este siglo XXI.


sábado, 30 de julio de 2016

Estupidez y culturas

El biólogo evolucionario David Krakauer, investigador y presidente del Instituto de Santa Fe (centro multidisciplinar dedicado al estudio de la complejidad), nos brinda una definición de la estupidez relacionada con la resolución de tareas o problemas: una solución estúpida es la que hace que tardemos en llegar al objetivo o resultado –¡si acaso llegamos!- al menos tanto como si nos hubiéramos encomendado al puro azar. Tomemos el ejemplo de un cubo de Rubik. Las soluciones inteligentes nos llevarían a dejar el cubo con todas sus caras igualadas en un tiempo relativamente breve, que podrían ser minutos u horas, siguiendo unas reglas o pautas racionales. Es verdad que si dispusiéramos de un tiempo infinito acabaríamos terminando el cubo más tarde o más temprano (quizá en dos millones de años o acaso en treinta mil millones), manipulándolo como nos viniese en gana en todo momento sin pauta ni razonamiento alguno. Pero una solución manifiestamente estúpida como la de limitarnos a rotar el cubo, sin alterar la disposición de sus 27 componentes, ni siquiera llegaría a ser efectiva aunque empeñáramos en ella toda la eternidad. Toda persona estúpida tiende a hacer estupideces como esa, pero no todas ellas son cometidas por individuos estrictamente estúpidos (privados del uso de la razón): los hay también obcecados, ignorantes, mal informados y fanáticos (que anteponen su veneno ideológico a la razón).

Krakauer distingue entre dos tipos de artefactos culturales por su efecto en nuestra cognición: los complementarios y los competidores. Los primeros potencian nuestras habilidades cognitivas y nos hacen, por tanto, más listos. Entre ellos figuran los mapas, los ábacos y las lenguas. No solo cumplen con la función para la que fueron diseñados sino que, instalados en modo virtual en nuestro cerebro (a cuyo cableado contribuyen), potencian diversas capacidades. El uso para el cálculo del ábaco, por ejemplo, favorece tanto la comprensión espacial como la lingüística. Por su parte, los artefactos culturales que compiten con nuestra cognición son los que ejecutan mucho mejor y en menos tiempo que un humano tareas que ya sabíamos hacer. Un ejemplo típico es la calculadora electrónica, que tan buenos servicios nos ha prestado a todos aunque al precio de hacer olvidar a más de uno cómo multiplicar o dividir números grandes. El riesgo de estos artefactos competidores, entre los que también se incluyen los procesadores de texto, es que nos entontecen y podrían dejarnos en un estado peor que cuando los inventamos (no es improbable que en unos pocos decenios casi ningún humano sepa ya multiplicar o dividir manualmente, o incluso escribir a mano con lápiz o bolígrafo) si un día desaparecieran. Por lo que, evidentemente, sería un error depender demasiado de ellos.

Por cierto, ¿cabe hablar de culturas estúpidas o, al menos, de algunas más estúpidas que otras? ¿Incluso de culturas que hagan estúpidos a los individuos?... Si consideramos la cultura como un potenciador de la inteligencia, hay que reconocer la existencia de objetos culturales más eficaces que otros. Los números romanos eran un buen invento para contar (siempre y cuando las cifras no fueran demasiado altas), pero no para hacer operaciones aritméticas. Para sumar, restar, multiplicar y dividir (¡ya no hablemos de álgebra!), el sistema de numeración indo-arábigo es infinitamente mejor. No es pues de extrañar que los europeos medievales estuvieran tan atrasados en matemáticas con respecto al mundo islámico. Una cultura sin matemáticas avanzadas nunca habría logrado poner a un hombre en la Luna ni descifrar nuestro genoma. Lo mismo puede decirse de una cultura ágrafa. Desde luego, la ciencia no sería posible sin matemáticas ni escritura. Y sin ellas, el universo cognitivo de sus individuos sería mucho más pobre.

Desafiando toda corrección política, el filósofo y neurocientífico Sam Harris afirma que una cultura que justifique los crímenes de honor o la discriminación de las mujeres es objetivamente inferior a otra democrática y tolerante. Siguiendo el planteamiento de Krakauer, una cultura de esa índole (fundada en la tradición-religión y no en la razón) haría a sus individuos no solo moralmente peores sino también menos inteligentes, al dejar desde su más tierna infancia en sus conexiones neuronales una impronta de odio e irracionalidad. Así como los números romanos son inferiores a los indo-arábigos, la cultura talibán (paradigma extremo de integrismo religioso) sería inferior a la de una sociedad civilizada democrática. Entre otras cosas, dice Harris, por promover la comisión por personas psicológicamente normales de actos que en una sociedad democrática solo podrían ser atribuidos a psicópatas. Es difícil rebatírselo... racionalmente.

martes, 19 de julio de 2016

El clan Sandoval se reconcilia y Justo Javier Ullambres retoma la faca

Los hijos de Perica Sandoval, Cuqui y Santi, atraviesan un buen momento tras su desencuentro primaveral por el discurso de ingreso de su madre en la Real Academia Española de la Lengua. La doctora en Bioquímica Molecular Cuqui tildó su discurso sobre la relación entre ética y ascética en Fray Luis de León de "excesivamente academicista", además de apuntar "un inquietante sesgo antipositivista". Estas palabras abrieron una brecha en la familia, por cuanto Santi (catedrático de Historia del Mundo Contemporáneo) se alineó con su madre y denunció el "cientifismo miope" de su hermana. Pero las aguas no han tardardo en volver a su cauce y eso ya es pasado. "Siempre le voy a perdonar a mi hermana todo", aseguraba ayer Santi a la salida de la Biblioteca Nacional, con un ejemplar de La miseria del historicismo de Popper bajo el brazo, camino de una exposición en el Museo Antropológico. Ni Cuqui ni Santi han querido inmiscuirse en sus respectivas relaciones de pareja: la de Cuqui con el epistemólogo checo Petr Ucher (con quien sale desde primavera) y la de Santi con la paleontóloga jiennense Consuelo Oláriz (una relación estable de varios años que dentro de unos meses dará un nieto a Perica). Todo se arregla en familia, desde luego. ¡Y bien que lo celebramos!

Vayamos a otra cosa, corazones... ¿Sabéis que la secretaria judicial Toñi Calasparri mantiene una excelente relación con sus exparejas: el alicatador Jaime Sosa y el cooperante en Congo Jaume Munt? Ambos acudieron junto a su actual novio, el arabista José Henrique Fermosillo, a su fiesta de 40 cumpleaños en la Sala Magna de la Casa Árabe en Madrid. A Toñi y su pareja se les ve superfelices y están juntos las 24 horas del día. José Henrique y ella han llevado su relación sentimental muy discretamente. Y ambos tienen claro que van a pelear por un amor que promete grandes momentos. ¡Seguro que sí!

Ya queda menos para la vuelta a la matanza del encofrador Justo Javier Ullambres, que rebanará el pescuezo a cuatro cochinos en la plaza mayor de Valoria la Buena (Valladolid). Javier afronta las horas previas con nerviosismo. La hora de la verdad se acerca (será el sábado a las 9 de la mañana) y el verdugo ya ha adelantado que empleará una faca de Toledo que le regaló su hermanastro Fermín. Ejecutará la matanza con un traje hecho expresamente a medida para ese día por el conocido sastre lagarterano Fulgencio Corominas. Toda la familia de Justo Javier estará con él arropándole en un día tan especial, ya que será su última matanza. Encofrador, pero sobre todo verdugo, está tan ilusionado como el primer día que degolló a un guarro.

Y cerramos el programa de hoy con otra muy feliz noticia: el inminente enlace de la telefonista Margarita Fierro con el fresador Pedro Gómez López. Solo les faltaba marcar la fecha en el calendario: la boda tendrá lugar finalmente el 6 de agosto en la parroquia de al lado de la fábrica donde trabaja Gómez en L'Hospitalet del Llobregat (Barcelona). El traje de Margarita es un misterio. Y también el destino de su luna de miel, aunque alguien muy próximo a la telefonista nos ha asegurado que la pareja duda entre una pensión en Villarrobledo (Albacete) o el camping de Jarandilla de la Vera (Cáceres). "Me siento pletórica", nos decía hace unos días Margarita, que sigue creciendo en lo personal y lo profesional. ¡No es para menos, guapa! ¡Muchas felicidades a la pareja! Con ellos nos despedimos hasta mañana, corazones.

martes, 5 de julio de 2016

Economía y error

La crisis económica en la que aún estamos instalados tuvo su origen en una crisis financiera en los Estados Unidos (la de las hipotecas subprime o de alto riesgo), desatada por la desregulación y la falta de controles: en toda una combinación de errores, públicos y privados, tanto por omisión como por acción. Algo parecido ocurrió en 1929, con la diferencia de que entonces el Estado era mucho más débil y se encontraba bastante menos preparado para evitar el derrumbe de la economía estadounidense y, con ella, del resto del mundo. Al crack bursátil del 29 sucedió la tremenda crisis económica de los años 30 que condujo al auge del nazismo y el fascismo y, en última instancia, al mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial. No se trataba, desde luego, de un fallo menor.

Abundan los ejemplos de trágicos errores económicos, fruto de la combinación de codicia, dejadez más o menos interesada, ignorancia de los fundamentos de la economía y falta de sentido común. El más reciente y próximo a los españoles es el de la burbuja inmobiliaria, cuyo pinchazo en 2007 puso fin a una escalada de precios en la vivienda que parecía no tener techo. En la segunda mitad del año 2003, cuando compré mi casa, recuerdo haberle señalado al tipo de la agencia inmobiliaria el riesgo de estallido de la burbuja. Le puse como ejemplo el caso de Japón en los 90. “¡No, no!”, me respondió con una sonrisa condescendiente. “La Unión Europea no permitiría que bajaran los precios en España. A lo sumo, no subirían más. Pero bajar, ¡eso no!”. Otro ejemplo más de lo que el economista John Keneth Galbraith acuñase en su libro La sociedad opulenta como “sabiduría convencional”: un conjunto de ideas tomadas como indiscutibles al contar con la aprobación generalizada tanto de expertos como de público. Un conjunto de ideas que, por desgracia, es muchas veces erróneo. Sabiduría convencional fue durante muchos siglos la creencia en que la Tierra era plana. Y lo es en la actualidad la fe, profesada por muchos académicos y políticos, en las políticas económicas de ajuste (que tanto daño han hecho a algunos países como España, Portugal o Grecia) para combatir la recesión.

Lo cierto es que la ciencia económica ortodoxa se funda sobre premisas muy discutibles -por no decir falsas- como el comportamiento racional de los agentes económicos (muchas veces la gente actúa irracionalmente), su condición de maximizadores del beneficio o la utilidad, la información perfecta (no existe tal cosa, aparte de que hay individuos que tienen más y mejor información que otros) o la igualdad ante los mercados (solo hay que tener sentido común para darse cuenta de que no es igual el poder negociador de un trabajador que el de un empresario que lo contrata). Así no es de extrañar que la economía haya sido una de las ramas del conocimiento más proclives al error, cuyos triunfos han consistido sobre todo en predecir lo que ya ha ocurrido: para dicho viaje no hacen falta alforjas científicas.

En la segunda mitad del siglo XIX, la teoría económica neoclásica empezó a vestir a la economía de un aparato matemático que se ha ido haciendo más complejo con el tiempo. Hasta el punto de que en pleno siglo XXI hay economistas que pretenden entender el mundo solo con su arsenal de curvas y derivadas matemáticas, sin necesidad de saber nada de Historia, Geografía, Psicología y otras humanidades. Y no es posible acometer esa empresa intelectual sin otorgar la suficiente importancia a factores institucionales como la cultura y costumbres o la estructura social. Los enfoques heterodoxos de la economía atienden más a ellos que al trinomio en que se asienta la teoría neoclásica hegemónica: racionalidad-equilibrio-individualismo.

La corriente dominante de la economía ha acabado reconociendo la existencia de fallos de mercado, conforme a los cuales la búsqueda por los individuos de su propio interés lleva a ineficiencias -mercados no competitivos (oligopolios o monopolios), externalidades (como la contaminación), provisión insuficiente de bienes públicos, etc.- que solo pueden ser solventadas a escala colectiva. Pese a ello, los economistas neoliberales próximos a la influyente Escuela de Chicago consideran que los efectos de una acción gubernamental podrían ser peores que los del propio fallo de mercado. Y desde los años 80 del pasado siglo, la síntesis neoclásico-keynesiana que representa la teoría económica ortodoxa se ha enriquecido con aportes de nuevos enfoques como la neuroeconomía (que trata de arrojar luz con los descubrimientos de la neurociencia sobre el proceso humano de toma de decisiones), la economía conductual (que analiza los efectos de los factores psicológicos, sociales, cognitivos y emocionales sobre las decisiones económicas de individuos e instituciones) o la economía evolutiva (inspirada en la biología evolutiva, que pone el acento en el valor para la supervivencia de las decisiones económicas). Pero sigue siendo incapaz de explicar y predecir con solvencia esos curiosos fenómenos emergentes que nacen de la interacción de los Homo sapiens para procurarse bienes y servicios con los que satisfacer sus necesidades económicas; o sea, sus necesidades de bienes escasos (por eso el aire que respiramos continúa siendo por ahora -¡pero no lo digamos muy alto!- un bien no económico).

viernes, 24 de junio de 2016

La culpa nunca es nuestra

Aumentan los accidentes de tráfico: la culpa es del mal estado de las carreteras, de la deficiente señalización, de las inclemencias meteorológicas..., nunca de la gente que conduce de manera agresiva y demencial, de quienes presumen de "controlar" a 180 kilómetros por hora y adelantan a quienes van pisando huevos a 130.

Los programas de telebasura consolidan su liderazgo en la pequeña pantalla: la culpa es de las cadenas que los emiten y no ofrecen espacios culturales alternativos, de los políticos que no dan una respuesta adecuada a la cuestión, de la pobreza cultural intrínseca al capitalismo..., nunca del espíritu chismoso y de la zafiedad de muchos integrantes de la sociedad, que ejercen apoltronados en su sofá una absoluta soberanía sobre su mando a distancia.

Se agrava el "efecto invernadero": la culpa es de las compañías transnacionales, del capitalismo depredador, del Gobierno de Estados Unidos..., nunca de quienes emplean su todoterreno para hacer la compra en el súper de al lado, de quienes ponen el termostato de la calefacción en 26º C y el del aire acondicionado en 17º.

Muchos sinvergüenzas se enriquecen destruyendo el entorno natural y sembrando el caos urbanístico a su paso: la culpa es del mundo de la política, de las deficiencias en la legislación del suelo, de la rapacidad del capitalismo..., nunca de quienes se muestran más preocupados por la política de fichajes de su equipo de fútbol que por la gestión de su municipio o comunidad.

En suma, que la culpa nunca parece ser del pueblo, sino de sus gobernantes (¡a qué político con intención de medrar se le ocurriría poner en duda la archisupuesta inteligencia y sentido común del pueblo!), de los empresarios, de los periodistas o de esa oscura abstracción llamada sistema.

Este articulo fue publicado en el diario El País el domingo 27 de mayo de 2007.

sábado, 18 de junio de 2016

La ignorancia y el error

Antoon Claeissens: "Marte venciendo a la Ignorancia"

Un factor explicativo del error es la ignorancia, cuyo abanico es inabarcable: desde el vegetariano que no había caído en la necesidad -tras varios años de no comer productos cárnicos- de suplementar su dieta con vitamina B12 hasta el periodista que escribe avalancha con b de burro pasando por el automovilista que pensaba que podía echar agua del grifo al radiador de su coche, la persona que compra los productos con colágeno de Ana María Lajusticia o el currito que vota al PP. Hay que diferenciar la ignorancia de la estupidez, ya que la primera es simple fruto de un desconocimiento y, por tanto, perfectamente subsanable (con conocimiento o instrucción). En la estupidez lo que falla es la inteligencia o el uso de la razón, algo que tiene difícil arreglo.

Hay varios tipos de ignorancia. No saber qué hay más allá del límite de sucesos de un agujero negro (¡nadie lo sabe!), quién ordenó el asesinato de J.F. Kennedy o qué es lo que piensa del cine de Almodóvar el vecino del quinto son ejemplos de ignorancia no equiparables a la de creer en pleno siglo XXI en Estados Unidos que el mundo tiene seis mil años de antigüedad. Las primeras son ignorancias justificadas por nuestras limitaciones (¡no somos omniscientes!), mientras que la segunda es autoimpuesta, hija del borreguismo acrítico y de la pereza intelectual. Quien cree estar en posesión de una verdad como esa raramente busca, abrigado por sus correligionarios en su confortable ignorancia, una contrastación de sus creencias con la realidad. Y, guste o no, la realidad (científica) es que la Tierra tiene una edad de alrededor de 4.500 millones de años. También tendemos, inducidos por nuestra fértil imaginación y naturales instintos paranoides, a adoptar otras verdades menos solemnes -y, muchas veces, igualmente falsas- como que el susodicho vecino del quinto nos tiene manía o que el árbitro del último partido de nuestro equipo es un canalla que nos ha robado arteramente el partido. Por estar ligadas a un desconocimiento o un conocimiento sesgado, son creencias frecuentemente erróneas que solo pueden conducir a acciones erróneas.

Por otra parte está la ignorancia negligente, que solo tiene un progenitor: la pereza intelectual. Un ejemplo sería el del ciudadano español en pleno uso de sus facultades que ignora el nombre del partido político de Alberto Garzón o que no sabe si Rusia está en la Unión Europea. Los límites de la ignorancia negligente son relativos y borrosos. No puede exigirse a un ciudadano de a pie que sepa qué es un quark (sí a un físico) o cómo funciona una central energética de ciclo combinado (sí a un ingeniero). Sí debe exigirse a un mecánico de automóvil que conozca el funcionamiento de un motor, o a un médico que sepa cuáles son las funciones del intestino delgado. También parece razonable que un ciudadano normal y corriente sepa cuál es el partido político de Pedro Sánchez o la capital de las islas Baleares. Y, por supuesto, cuál es el límite de velocidad en nuestras autopistas o cuándo termina el plazo para presentar la declaración de la renta. Recordemos que el desconocimiento de una ley no exime de su cumplimiento: es el principio jurídico de ignorantia juris non excusat.

Sin duda, lo peor de la ignorancia es que lleva al error. El próximo jueves 23 de junio están convocados los ciudadanos británicos para decidir la salida o no del Reino Unido de la Unión Europea. Dentro del electorado se incluyen tanto los politólogos más expertos en la materia como quienes no tienen la menor idea de lo que es la UE y hasta creen que Rusia forma parte del club. Y el voto desinformado de estos últimos no vale menos que el de los primeros, en virtud de un criterio político democrático ampliamente aceptado (ya nos alertó Borges de que la democracia es un “abuso de la estadística”). No es exagerado afirmar que del resultado de una votación como esa -o como la de noviembre del mismo año en EE.UU. entre Donald Trump y Hillary Clinton- depende el devenir del mundo en las próximas décadas. Es muy inquietante pensar en el enorme potencial desestabilizador del voto de los ignorantes cuando estos no son precisamente pocos.

La agnotología es el estudio de la ignorancia o la duda culturalmente inducidas. Incluye la publicación de información científica inexacta o producida deliberamente para confundir, así como la ocultación de información relevante para el público al servicio de intereses políticos o económicos. Dentro de este ámbito se encuentran las campañas que niegan el cambio climático, evidencian las supuestas contradicciones de la teoría de la evolución o relativizan los daños para la salud del uso de peligrosos pesticidas. La industria tabacalera tiene el dudoso honor de haber sido pionera al respecto, para contrarrestar las campañas en su contra por la nocividad de los cigarrillos. Cuanto más ignorante científicamente sea una sociedad, más vulnerable será a las tácticas de quienes buscan confundir y ocultar.

También fomentan la ignorancia y la duda las creaciones de un enemigo del ruido agnotológico, pero no por ello menos dañino para el conocimiento: el pensamiento magufo, destinado supuestamente a combatir intereses económicos y políticos espurios. Las dudas irracionales sembradas acerca de los productos transgénicos o la exageración de las propiedades nutricionales de la fruta y verdura ecológicas son algunas de sus expresiones. Los disparates conspiranoicos, que a veces se solapan con el magufismo, tienen la misma vocación de sacarnos de un presunto estado de ignorancia inducida. Sin embargo, lo que logran es lo contrario: hacernos creer que con las vacunas pretenden esterilizar a nuestros hijos, que hubo una siniestra conspiración contra el PP el 11-M de 2004 o que Paul McCartney está muerto y Elvis Presley aún vive.

Además de una gigantesca fuente de saber, Internet es también un gran propagador de la ignorancia debido a su naturaleza democrática: todo el mundo puede opinar o sentar cátedra acerca de cualquier tema, ya sea un experto mundial en la materia, un cuasianalfabeto funcional, un perturbado o alguien que cobra por manipular o confundir deliberadamente. “Mientras que algunas personas inteligentes se beneficiarán de toda la información a tan solo un clic, muchos serán engañados por una falsa sensación de experiencia”, nos dice David Dunning, formulador junto a su compañero en la Universidad de Cornell Justin Kruger del efecto Dunning-Kruger (sesgo cognitivo conforme al cual los incompetentes sobrestiman mucho sus capacidades mientras que los competentes subestiman las suyas).

Suponiendo la existencia del Multiverso, hay un tipo de ignorancia insalvable: la de lo que ocurre en otros universos diferentes al nuestro. Ello hace del análisis contrafactual (de lo que pudo haber sucedido “si x en vez de y”) un ejercicio necesariamente limitado a la elucubración. La ignorancia de lo que pudo haber ocurrido (de lo que, de hecho, ocurre) en otros universos nos impide muchas veces saber si hemos errado. ¿Fue un error no habernos casado con esa novia tan maja de Liechtenstein? ¿Fue un error la permanencia de Escocia en el Reino Unido (conforme a lo decidido en el referéndum de 2014)?... No hay manera de saberlo mientras no tengamos acceso -y parece que nunca será posible- a lo que ocurre en otros universos en los que contraemos nupcias con la novia del pequeño Estado centroeuropeo y en los que Escocia decidió independizarse en 2014.

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