Mostrando entradas con la etiqueta OTAN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta OTAN. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de febrero de 2022

Cisnes negros y Ucrania


Mi abuelo Nicolás, fallecido en 1980, jamás podría haber imaginado un titular de la guisa de "Rusia ataca Ucrania": hace 40 años eso solo podría ser concebido por un escritor de ciencia-ficción y ucronías distópicas como Philip K. Dick. Pero el mundo es caótico e imprevisible, no deja de haber cisnes negros y sorpresas (me pregunto si hubiese considerado más disparatado el hecho de que un desconocido equipo de Tercera -el Villarreal- se quedara a un paso de la final de la Copa de Europa en 2006).

Como decía ayer en la tele el exministro de Defensa Eduardo Serra, mucha gente se ha creído que la guerra en Europa es necesariamente cosa del pasado. La paz nunca es un estado natural de los asuntos humanos o una conquista definitiva: hay que esforzarse siempre en mantenerla (como los equipos se esfuerzan por no bajar a Segunda) con las instituciones adecuadas, algunas de ellas de naturaleza coercitiva. El problema es que en Europa occidental, tras la Segunda Guerra Mundial, nos hemos acostumbrado tanto a la paz que hemos llegado a creer que esta es irreversible. Y no lo es, insisto.

Sin perder de vista el sentimiento imperante en Rusia (no del todo infundado) de que Occidente les ha acorralado y faltado al respeto tras la caída de la URSS, el principal culpable de esta guerra es el nacionalismo. Para no variar. Un nacionalismo instrumentalizado en este caso por un sátrapa sin escrúpulos, con vocación de zar, que al menos puede presumir de haber devuelto el orden y cierta prosperidad a un país destrozado moral, económica y socialmente hace 20 años.

Esta invasión ha sido perfectamente calculada por Putin (no es un agente irracional, como ha dicho nuestro ministro de Exteriores) para dar un golpe en la mesa y devolver a Rusia el rol de superpotencia a la que no se puede chulear o ningunear. Está claro que el camino de Ucrania hacia la OTAN era una línea roja para él y mucha gente en Rusia. Y esto es comprensible. Pero otra cosa es invadir el país con tamaña brutalidad para imponer su neutralidad y de paso anexionarse un buen tajo, dentro de su plan de revivir la Unión Soviética en clave nacionalista rusa y cristiano-ortodoxa.

Una enseñanza que hay que sacar de lo ocurrido es que Europa tiene que unirse políticamente y dotarse de un ejército común coordinado con la OTAN, una pieza insustituible ahora misma de nuestra defensa y de la seguridad colectiva mundial.

Otra es que no se debe partir en dos una sociedad compleja, con al menos dos almas dentro (una de ellas, rusa), con una decisión divisiva como la de acercarse a la OTAN. Eso solo alimenta nacionalismos antagónicos. El caso de Ucrania tiene ahí semejanzas con Cataluña, donde la convocatoria de un referéndum por la independencia fue el acto divisivo que alimentó nacionalismos encontrados. Por fortuna, en nuestro país la cosa no fue a mayores (amén de no tener potenciales efectos globales).

Un incierto futuro se abre ante la aterrorizada Ucrania, con las inevitables implicaciones (sobre todo en términos de refugiados y desplazados) en su vecindad. Pero mi gran temor es que el agente racional (aunque sin escrúpulos) Putin cometa el error de creer que una pequeña escaramuza intimidatoria en Finlandia o Suecia, para frenar un posible ingreso exprés en la OTAN (ya se lo plantean allí con buenas razones), no le saldría muy cara al no estar estos dos paises bajo el paraguas defensivo de la Alianza: eso sería un 1 de septiembre de 1939. Esperemos que el cisne negro de una Tercera Guerra Mundial no salga del espacio imaginario de las ucronías distópicas.


lunes, 23 de noviembre de 2015

Otanismo de izquierdas, ¿por qué no?

El 12 de marzo de 1986, con 18 años casi recién cumplidos, debuté en las urnas como votante. La cita era muy especial: el referéndum sobre la permanencia en la OTAN convocado por el Gobierno del PSOE de Felipe González (el mismo partido que en 1981 daba sonora respuesta en la calle al ingreso en la organización militar acordado por el presidente Calvo Sotelo, y en cuyo programa de 1982 proponía explícitamente su abandono). Finalmente voté no a la permanencia en la Alianza Atlántica, pero reconozco que estuve a punto de ser convencido por la intensa campaña oficial desplegada por los socialistas reconvertidos en otanistas tras su llegada al poder (por cierto, la Alianza Popular de Manuel Fraga optó irresponsablemente por la abstención en un lamentable y fallido intento de hacer descarrilar al Gobierno).

Han pasado casi 30 años y creo que me equivoqué. De hecho, ahora mismo votaría "Sí" con pocas dudas. Han entendido ustedes bien: un claro sí a la OTAN, dicho por una persona que se considera progresista y de izquierda (de una izquierda democrática y con los pies en el suelo, no de izquierdas ilusas y/o liberticidas). Más si cabe en momentos de convulsión como los que vivimos en Europa, África y Oriente Medio. En los párrafos que siguen procuraré argumentar mi postura de la mejor manera que pueda. Juro que no soy un agente del imperialismo yanqui ni un fascista disfrazado de socialdemócrata ni un tipo al servicio del sionismo internacional (conforme al pensamiento izquierdista más burdo y simplón, solo queda la posibilidad de que sea un tonto del culo: serán ustedes los que juzguen si es así).

Nadie en su sano juicio -salvo anarquistas y pacifistas dogmáticos fuera de la realidad- pone en duda la necesaria existencia de la policía para asegurar una convivencia civilizada en un colectivo humano numeroso. No podemos confiar exclusivamente la paz social a la buena voluntad de los ciudadanos, ya que siempre habrá gente que incumpla las normas y pretenda hacer daño al prójimo: aquí, en Honduras o en Suecia. Es la naturaleza humana, nos guste o no. La policía es necesaria para ejercer el monopolio estatal interno de la violencia, pero para garantizar una convivencia civilizada debe estar al servicio de la legalidad democrática y no ser una partida de facinerosos a sueldo de un cacique o una rama uniformada del crimen organizado. Por eso no es lo mismo el cuerpo policial de un país centroamericano que el de uno escandinavo.

Lo dicho de la policía es igualmente aplicable al ejército. El mundo no es Disneylandia, siempre ha sido un lugar inseguro y peligroso (aunque se nos haya olvidado a las últimas generaciones de occidentales, aislados en nuestra burbuja de paz y relativo bienestar que ahora parece derrumbarse con la amenaza terrorista islamista). Por cierto, Occidente tiene una corresponsabilidad a este respecto, pero no es el único culpable: presentarlo como el malo de la película es de una simpleza extraordinaria. A lo que vamos: no es lo mismo un ejército al servicio de la legalidad democrática que otro a las órdenes de una dictadura o erigido en amo y señor de un país.

Y de los ejércitos nacionales pasamos a la esfera internacional. Tras 70 años de existencia de Naciones Unidas, sigue sin haber una policía mundial, un cuerpo internacional permanente con capacidad y legitimidad para intervenir si hace falta por la fuerza donde sea menester (los "cascos azules" no responden a esa definición): por ejemplo, en la Ruanda de 1994 para evitar el brutal genocidio ejecutado a base de machetes. Las reglas de Naciones Unidas, un club con algunos socios con derecho a veto y en el que conviven en pie de igualdad Estados democráticos, tiranías religiosas (como Arabia Saudí) y una monarquía comunista como la de Corea del Norte, hacen imposible fraguar una policía mundial plenamente operativa de consenso. A falta de ésta, tenemos en nuestra vecindad la OTAN o el músculo militar en solitario de EE.UU. No es lo ideal, pero en la vida no existe la perfección. No creo que a los kurdos de Rojava (norte de Siria) les importe mucho la procedencia del apoyo aéreo recibido para combatir al Estado Islámico: es la aviación de EE.UU. la que les está echando un cable, pero lo mismo lo agradecerían si fuera Rusia, Turquía (harto improbable), Madagascar o el mismísimo Monstruo del Spaghetti Volador.

Una organización de defensa colectiva como la OTAN (con EE.UU. dentro) es pues necesaria, llámese como se llame, en un mundo donde no hay una policía global. Por supuesto que habría que remozarla y ponerla claramente al servicio de nuestras democracias (de esas libertades tildadas de "formales" por cierta izquierda y que consisten, por ejemplo, en poder vivir tranquila y dignamente siendo opositor, ateo, mujer u homosexual): eso ya depende de nuestros Gobiernos, que a su vez dependen del voto de los ciudadanos. Renovemos la OTAN, transformémosla, ampliemos sus fronteras (incluyendo a una Rusia democrática) e incluso cambiémosle de nombre. Pongámosla bajo el paraguas legal de la Unión Europea o de alguna otra organización supranacional integrada solo por democracias. Pero no cometamos el error de suprimirla y precipitarnos al vacío, cegados por buenismos estúpidos con tanto fundamento como Papá Noël: como esa mandanga de que las flores, y no las armas, sirven para protegernos de los terroristas.
 

Archivo del blog