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sábado, 3 de marzo de 2018

Así es el mundo de 2018, abuelo (pese a todo, mejor que en el 506 y que en el 2000 también)


A veces imagino que vuelvo a encontrarme con mi abuelo comunista Nicolás y le pongo al día del estado de Canarias, España y el mundo. Casi 38 años después de que él se fuera (fue el 25 de junio de 1980), ya con medio siglo a mis espaldas, esto es lo que le contaría:

Para empezar, querido AbueloYá, que sepas que a finales de 1991 se disolvió la Unión Soviética (y todas sus repúblicas se independizaron) tras derrumbarse como un castillo de naipes el sistema comunista en Europa oriental. Como ya decían algunos tachados entonces de revisionistas y fachas, el "socialismo real" era un timo insostenible: un régimen liberticida terriblemente ineficaz en lo económico -y muy dañino, por cierto, para el medio ambiente-, con una élite corrompida que se mantenía en el poder gracias exclusivamente a la fuerza bruta. La liberalización política y económica iniciada en la URSS a mediados de los años 80 por el presidente reformista Mijaíl Gorbachov fue la antesala de un final abrupto y desordenado del régimen, que en poco tiempo transitó desde el "socialismo real" al más siniestro capitalismo gangsteril (muchos exdirigentes comunistas se hicieron millonarios de la noche al día, reconvertidos en codiciosos capitalistas de una nueva Rusia independiente, merced a un saqueo estatal de proporciones épicas). El lado bueno fue el levantamiento del yugo soviético sobre el este de Europa, lo que permitiría en 1990 la reunificación de Alemania. El mundo se las prometía muy felices con el emotivo derribo en noviembre de 1989 del muro de Berlín: algún iluso historiador llegó a hablar del "fin de la historia".

Estonia, Lituania, Letonia, Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Chequia y Eslovaquia (¡separadas desde 1993!), Albania, Eslovenia, Croacia y Montenegro (estas tres últimas, segregadas de una Yugoslavia rota violentamente en los años 90 en unas guerras étnicas saldadas con decenas de miles de muertos) están ahora en la OTAN. Y casi todas, también en la Unión Europea (que ya cuenta con una moneda única: el euro), en eso que antes se llamaba popularmente el Mercado Común, al que entró España en 1986... También España está en la OTAN desde 1982. El Gobierno del PSOE convocó un referéndum en 1986 para decir que sí a lo que solo unos años antes se oponía rotundamente. Porque, ya te imaginas, el PSOE ganó las elecciones de octubre de 1982 por mayoría absoluta. Felipe González llegó a ser presidente durante 14 años. ¡Y Javier Solana fue secretario general de la OTAN! La verdad es que España cambió mucho en esos tres lustros, aunque ya había empezado a hacerlo en la etapa del no bien ponderado Adolfo Suárez (el aeropuerto de Madrid lleva ahora su nombre, un tributo del todo merecido a una persona tan vilipendiada en la Transición pese a haber desempeñado un papel clave).

Además de la independencia de las exrepúblicas soviéticas y yugoslavas, dentro de ellas hubo movimientos separatistas que llevaron a conflictos y a territorios no reconocidos internacionalmente como Kosovo (dentro de Serbia), Transnistria (dentro de Moldavia), Nagorno Karabaj (dentro de Azerbaiyán), Abjasia y Osetia del sur (ambas dentro de Georgia)... Hasta Chechenia estuvo a punto de independizarse, pero se ha convertido en un pseudoestado delincuencial feudatario de Moscú. De una nueva Rusia imperial ya no solo capitalista sino también cristiana y conservadora, que bajo el liderato del exagente del KGB Vladímir Putin se anexionó hace unos años Crimea (la enemistad con Ucrania se ha exacerbado también con el apoyo ruso a los independentistas rusófonos del este del país, un conflicto causante de algunos miles de muertos) y favoreció deliberadamente la llegada a la Casa Blanca en 2016 del magnate Donald Trump, ese multimillonario egocéntrico e ignorante sin escrúpulo alguno. Para ser justos con Rusia, el país quizá se haya sentido acorralado y ninguneado tras la caída del comunismo: hacer leña del árbol caído nunca fue una buena estrategia, como ya vimos con la Alemania de entreguerras.

Por supuesto, Trump se presentó bajo la bandera del Partido Republicano (te aseguro que, a su lado, Ronald Reagan es intelectualmente Kant). Sus oscuros vínculos con Rusia, que apoyó su campaña con artera propaganda subterránea contra su rival demócrata Hillary Clinton, están siendo actualmente investigados en EE.UU. y auguran un impeachment como el de Nixon. La buena noticia es que antes de Trump fue inquilino de la Casa Blanca el primer presidente negro de los Estados Unidos: un gran tipo llamado Barack Obama, obviamente no republicano sino demócrata. Un estadista que levantó muchas expectativas dentro y fuera de su país, AbueloYá, pero no hay que hacerse demasiadas ilusiones porque la naturaleza humana es la que es: para lo bueno, pero también para lo malo (hace ya tiempo que descubrí que la estupidez y la maldad son unas constantes históricas). Solo por haber sacado adelante su plan de universalización de la sanidad, frente a los intereses de las grandes compañías aseguradoras y farmacéuticas, quizá valiera la pena su presidencia.

Trump ganó, después de ocho años de Obama, porque ahora campa a sus anchas en el mundo la llamada posverdad, el desvergonzado engaño masivo a un electorado ignorante por parte de populistas y nacionalistas de la peor especie. Por eso mismo triunfó el Brexit, un referéndum para sacar al Reino Unido de la Unión Europea promovido no solo por euroescépticos del Partido Conservador sino por hooligans borrachos de un partido de extrema derecha (UKIP) que conecta con parte de la clase obrera británica. Medias verdades y falsedades que ahora se propagan viralmente gracias a lo que llamamos redes sociales e Internet, accesibles desde teléfonos móviles que no solo sirven para hablar sino también para sacar fotos, grabar audios y vídeos, mandar mensajes escritos, obtener información de todo tipo (buena parte de ella, errónea o falsa)... La manipulación televisiva es un juego de niños comparada con la de las redes e Internet.

Es cierto que hay una clase trabajadora occidental perdedora de lo que se llama la globalización, un movimiento de creciente integración económica y comercial en el mundo que también ha tenido muchos beneficiarios (aquí y, sobre todo, en países de la periferia como los asiáticos o Chile). Esos trabajadores autóctonos de baja cualificación son el granero natural de populistas y ultras, que se encargan de convencerles de que la culpa de su malestar socioeconómico es de los inmigrantes (en España, al igual que en otros países de la UE, ya son un colectivo importante) o del comercio internacional y no de la crisis de un Estado del Bienestar que no ha logrado adaptarse a los retos de un mundo cada vez más competitivo e interconectado. Esa crisis está asociada al auge del neoliberalismo y el paralelo declive de la socialdemocracia. ¿Recuerdas a Margaret Thatcher? Pues su ideología económica consistente en cargarse lo público para favorecer lo privado se ha hecho fuerte en toda Europa -también en España- coincidiendo con la ola globalizadora (que, ya digo, también tiene su cara positiva al haber sacado de la pobreza a millones de personas).

Desaparecida la amenaza comunista, los más ricos han intentado romper el pacto social vigente tras la II Guerra Mundial en perjuicio de una mayoría que ni las ha visto venir (por pillar a muchos enganchados a la telebasura -ahora hay muchos canales de TV, un bodrio la mayoría- y el fútbol). El hecho es que la sanidad y la educación públicas se han deteriorado en beneficio de empresarios privados dedicados a la sanidad y la enseñanza, a su vez muy relacionados con políticos de la derecha. Y ha aumentado la brecha entre las rentas del capital y del trabajo, generalizándose los sueldos bajos al tiempo que se reducen los impuestos a los más acomodados. La izquierda socialdemócrata no ha sido capaz de articular una respuesta coherente a la globalización, mientras que la más radical abomina con simpleza de ella a causa de sus dogmas y prejuicios. Tampoco ha encontrado la izquierda la manera de reconstruir un Estado del Bienestar que sea sostenible. Y parece más preocupada por la ultracorrección política en el lenguaje que por los vicios de un multiculturalismo mal entendido (que en algunos barrios de las grandes ciudades europeas ha degenerado en verdadero multiINculturalismo), lo que la ha alejado del sentir de las clases populares.

Por eso mismo de la posverdad tenemos ahora mismo un lío en Cataluña, donde nacionalistas (de derechas y de izquierda) y unos colgados de extrema izquierda han convencido a mucha gente de que España tiene la culpa de todo, de que los catalanes son una nación oprimida y de que separarse es como ir al juzgado a divorciarse. Llegaron a proclamar el año pasado la independencia, pero esta acabó reducida a una especie de sainete (aunque el coste económico ha sido alto) con un president exiliado en una mansión en Bruselas al abrigo de independentistas flamencos de dudoso pedigrí democrático. Por cierto, curiosamente el País Vasco ya está tranquilo porque ETA (políticamente derrotada y con apoyos cada vez menores desde que optó por asesinar a políticos vascos, entre ellos del PSOE) dejó de matar hace años. Ah, ¿te acuerdas de Jorge Verstrynge, el delfín de Fraga? Ahora milita en Podemos, un partido republicano a la izquierda del PSOE. Y más de un comunista de entonces está ahora en el PP, el partido fundado por Fraga (llegué a conocer personalmente tanto a él como a Carrillo, a quienes entrevisté tal como puedes ver en los artículos enlazados) para agrupar a toda la derecha españolista. Es el partido que gobierna en España desde 2011, con Mariano Rajoy de presidente (aquí te enlazo otro artículo mío), pese a haberse acreditado judicialmente su contabilidad B y haber batido el récord de corrupción en la historia de nuestra democracia (también el PSOE se vio envuelto en jaleos de financiación ilegal hace tiempo). ¿Que por qué gana las elecciones? Porque la corrupción en España es un problema sistémico, no limitado al mundo de la política (aunque el auge de dos nuevos partidos, Podemos por la izquierda y Ciudadanos por el centro, ha supuesto un soplo de renovación).

Ya no hablemos de Canarias, de nuestra tierra. ¿Recuerdas a los insularistas tinerfeños de ATI, tan neofranquistas como antigrancanarios y españolistas?... Pues ellos fueron los artífices de la nacionalista Coalición Canaria, una fuerza que lleva gobernando Canarias desde hace muchos años, apoyándose unas veces en el PSOE y otras en el PP gracias a un sistema electoral profundamente injusto. Aunque hay que reconocer que Canarias ha avanzado mucho en lo económico, sigue habiendo unas grietas sociales y culturales (además de un problema ambiental) que causan sonrojo. Bueno, al menos ahora poca gente se avergüenza de hablar con acento canario: era mucho más frecuente antaño. Digamos que los canarios (yo me sigo considerando como tal, pese a llevar 24 años en Madrid) tenemos ahora más orgullo propio.

El mapa del mundo ha cambiado. Ya te conté lo ocurrido con la URSS, Yugoslavia y Checoslovaquia, pero otros Estados han ido apareciendo en la escena internacional: Namibia, Eritrea, Timor oriental, Sudán del Sur... En lista de espera están Groenlandia y Nueva Caledonia. Y no nos olvidemos de los kurdos, que a medio plazo podrían tener un Estado en el norte de Irak (aunque de facto ya son casi independientes). Quebec y Escocia estuvieron a punto de separarse respectivamente de Canadá y el Reino Unido en sendos referendos que inclinaron la balanza del lado de los unionistas (en el caso quebequés, por muy poco).

Como ya te dije, el comunismo ha fracasado y quedado completamente desacreditado, ya no solo por culpa de los malditos estalinistas -pioneros en los años 30 de la posverdad- sino por haber ignorado la naturaleza humana: somos ángeles pero también demonios, en buena parte a causa de nuestra herencia genética (no digo que la cultura y la educación no influyan, pero somos animales que tendemos naturalmente al egoísmo y entre nosotros siempre habrá psicópatas que ya vienen averiados de nacimiento). El hombre nuevo auspiciado por el marxismo es tan real como el hombre del saco. La izquierda más cerril se empeña en seguir negando esa naturaleza, convirtiéndose a veces en involuntaria aliada de la derecha religiosa. Lo que hay en China, convertida en segunda potencia económica mundial merced a una transformación espectacular, tiene mucho más que ver con el capitalismo salvaje que con el comunismo, aunque sus dirigentes (en el fondo unos nacionalistas) se sigan llamando oficialmente comunistas. Seguramente es lo que acabe pasando en Cuba, cuyos líderes (ahora está Raúl Castro) son también probablemente más nacionalistas que comunistas. Ya no hablemos del engendro de Corea del Norte, la primera monarquía hereditaria comunista del mundo, que ha logrado construir su bomba atómica y es una fuente de tensión permanente en la zona. Y que no se me olvide decirte que en Venezuela han ensayado desde 1999, con el apoyo en las urnas (un respaldo decreciente tras la muerte del carismático líder Hugo Chávez), una ruta democrática al socialismo que está a punto de acabar en desgracia por culpa del dogmatismo, el sectarismo, la incompetencia y la corrupción de unos dirigentes autollamados bolivarianos (desde luego, los políticos de la oposición tampoco permiten albergar muchas esperanzas).

En el resto de Latinoamérica ya no hay, por fortuna, dictaduras militares (Pinochet acabó amargamente sus días apartado del poder, aunque a diferencia de los militares golpistas argentinos no conoció la cárcel). Pero los populistas campan a sus anchas con escasas excepciones como Chile o Uruguay. ¿Recuerdas la revolución sandinista en Nicaragua? Pues Daniel Ortega ha acabado convertido en el típico caudillo caribeño, ahora congraciado con la Iglesia oficial (por eso mete en la cárcel a las niñas violadas que quieran abortar, aunque su vida corra peligro con el indeseado parto). El problema principal en la región es de índole cultural, lo que se manifiesta en malas instituciones y escaso capital social. Al igual que en el resto del mundo menos avanzado. El populismo es una plaga que azota también África, Asia (el caso filipino es singularmente grotesco) e incluso Europa: en Hungría y Polonia gobiernan ahora líderes de esa calaña (en el segundo caso, el país de Juan Pablo II, son además ultras católicos). Más que al capitalismo o el neoliberalismo, habría que culpar de muchos de los males del mundo menos desarrollado a la tradición, en cuyo corazón está apostada la religión-superstición. Las tradiciones (muchas veces atroces), sustentadas en la ignorancia, son utilizadas como escudo e instrumento de manipulación política por élites malévolas (hay una curiosa selección negativa que hace que la gente con menos escrúpulos llegue más fácilmente arriba que las buenas, lo que explica la relativa abundancia de psicópatas en las altas esferas de la sociedad).

Juan Pablo II murió hace ya 13 años: ¡le sucedió Ratzinger (Benedicto XVI)! Este último dimitó hace unos años para dar paso al primer papa argentino de la historia: Jorge Bergoglio, el papa Francisco, un hombre con un perfil más progresista (dentro de lo progresista que puede ser un sumo pontífice). Los discursos papales de Navidad siguen la misma plantilla de siempre, en la que solo se cambia el nombre de algunos países y se hacen las tradicionales apelaciones estériles a la paz. El fanatismo religioso sigue enquistado en una parte de la sociedad de los Estados Unidos (decisiva en la victoria de Trump) y ha aumentado en el mundo musulmán y en la India (ahora gobiernan allí integristas hindúes). En 2011 se inició en Túnez una "primavera árabe" preñada de promesas: unas protestas populares que, por efecto dominó, acabaron sacudiendo casi todo el mundo árabe (cayeron Ben Alí en Túnez, Gadafi en Libia y Mubarak en Egipto) y desatando sangrientas guerras en Siria, Libia y Yemen (a las que hay que sumar la prolongada en Irak desde la invasión norteamericana en 1991 hasta el reciente fin del autoproclamado Estado Islámico, una suerte de califato que llegó a ejercer unos años su reino religioso del terror sobre buena parte de Irak y Siria). El terrorismo islámico ha irrumpido como una nueva amenaza internacional. Aquellos muyahidines a los que apoyó EE.UU. en los años 70 para echar a los soviéticos de Afganistán acabarían derribando en septiembre de 2001 las Torres Gemelas de Nueva York y sembrando el terror en medio mundo con atentados suicidas indiscriminados que continúan a día de hoy bajo distintas marcas islamistas. El irresuelto conflicto entre Israel y Palestina (ahí siguen peleados después de 70 años, aunque los palestinos -los más fastidiados con diferencia, que en algunos lugares como Hebrón viven bajo un régimen de apartheid- tienen una cierta autonomía) les ha servido de alimento propagandístico.

Como reza el tango, "el mundo es y será una porquería, ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también", aunque según el psicólogo evolucionario Steven Pinker (y estoy de acuerdo con él) nunca hemos estado tan bien como ahora. En lo que más cerca nos toca, esto tiene mucho que ver con la Unión Europea, tan denostada injustamente. Pese a todas las guerras y desgracias, la gente por lo general (hagamos la excepción de Siria y otros países azotados por la barbarie bélica) vive ahora mejor que en cualquier otro momento de la historia: hay más alimentos, medicinas, medios materiales y tecnología para hacer la vida mejor... Y los criminales de guerra ya no lo tienen tan fácil: los causantes de la barbarie en la ex Yugoslavia cumplen cadenas perpetuas en La Haya junto a genocidas de otras latitudes. Que no se me pase decirte que el apartheid se acabó en Sudáfrica: Nelson Mandela salió de la cárcel y llegó a presidir su país tras ganar unas elecciones abiertas a toda la población sudafricana. La sola existencia de ese gran tipo, un verdadero gigante moral, debe ser un motivo de esperanza para todos. Y el hecho de que cada vez hay más vegetarianos en el mundo por razones éticas. Y el creciente reconocimiento de derechos de la comunidad homosexual: ya en España pueden casarse parejas del mismo sexo. Y la cada vez mayor preocupación por la igualdad de la mujer (aunque siempre habrá bestias). La sensibilidad por el medio ambiente también se ha consolidado en los países más desarrollados e incluso en China (el país más devastador de la naturaleza salvaje) empiezan a tomárselo en serio: la amenaza ambiental quizá sea el reto más acuciante para la humanidad. La futura integración entre seres humanos y máquinas, conectados en red, puede ser una oportunidad para lograr un mundo mejor (aunque algunos presagian escenarios dantescos). Si te digo la verdad, yo soy optimista en el fondo: me encomiendo a la ciencia y la Singularidad (¿y si Dios nos aguardase al final de la historia del Universo para decirnos: "¡Hola, soy una emergencia de ustedes; es más, ¡soy ustedes!"?).

Un abrazo muy fuerte, AbueloYá. Y muchas gracias por todo.

P.D.: Ya reina Felipe VI desde hace años porque su padre abdicó; hace poco cumplió, ya sabes que 13 días antes que yo, los 50 años. Y la Unión Deportiva descendió en 1983, llegando incluso a bajar a Segunda B en 1992. Pero hemos vuelto a esa Primera División donde estuvimos todo el tiempo que compartí contigo (los primeros doce años de mi vida), listos para ganar alguna vez la Liga (¡el Deportivo de La Coruña ya lo hizo en 2000!)... ¡Y España ganó por fin el Mundial de fútbol en 2010!

viernes, 27 de enero de 2017

Multi(IN)culturalismo: alimento y telón de fondo del populismo y el integrismo

La elección del multimillonario Donald Trump como presidente de EE.UU. ha sido un nuevo bofetón propinado a la inteligencia por la ola nacionalista-populista avivada meses antes en el Reino Unido por el Brexit. La ola amenaza con golpear este año Francia, en favor de la ultraderechista Marine Le Pen. Italia, Holanda y Alemania también pueden sufrir el azote en 2017, aunque no hasta el punto de llevar al poder a los predicadores de la simpleza y el odio. Dentro de la Unión Europea ya tenemos a los amigos de Trump instalados en los Gobiernos de Hungría y Polonia, presididos por buenos varones cristianos, mientras que en Grecia el lumpen neonazi aguarda su oportunidad. Más allá de nuestro entorno desarrollado occidental, destaca Rodrigo Duterte en Filipinas como probablemente el ejemplo más grotesco de un "hombre del pueblo" votado mayoritariamente por el "bendito pueblo" (Pablo Iglesias dixit).

Es el triunfo del populismo más zafio, y con él de la política de la posverdad (en la que la verdad se convierte en algo secundario y la mentira se vomita impunemente con la mayor desvergüenza, algo a lo que en España ya estamos acostumbrados), que se produce paradójicamente en un mundo donde nunca hubo tanta información disponible para la inmensa mayoría de la gente. Pero el deterioro de la educación, el desprestigio de la cultura y la ciencia y la omnipresencia de la telebasura han contribuido a que la mayoría de la población sea incapaz de procesar esa abundante información, de bucear con criterio en el océano de Internet para separar el grano de la paja, la verdad de la mentira (más del 90% de lo que hay en la red es pura mierda). En lugar de ello tenemos a millones de personas enchufadas a la tele, a YouTube o/y a la iglesia (sobre todo en EE.UU.), más preocupadas de reality shows, mierdas virales, eventos deportivos y telepredicadores que del calentamiento global o la salud de la democracia, un sistema que muchos -sobre todo los más jóvenes- dan ingenuamente tan por sentado como la gratuidad del aire que respiran.

Ya nos avisó Carl Sagan hace más de veinte años de que una democracia de ignorantes no es sostenible en el tiempo, ya que lleva dentro el germen de su autodestrucción. En EE.UU. muchos de esos ignorantes son exponentes de un integrismo religioso bien arraigado: es innegable que en el triunfo de Trump ha sido determinante el voto del cinturón bíblico creacionista del país (parte de ese sufragio, por cierto, es hispano). Pero detrás de este auge nacionalista-populista están también la cara B de la globalización (la de sus perdedores) y el fracaso del multiculturalismo, que para ser más rigurosos podríamos etiquetar como multi(IN)culturalismo: la mala convivencia de todo tipo de inculturas, incluida la nativa. Desorientada ideológicamente y prisionera de la corrección política, la izquierda no ha sabido dar una respuesta a ambos fenómenos (perdedores de la globalización y multiculturalismo fallido), que actúan sinérgicamente de manera negativa para, entre otras cosas, sentar en los parlamentos a tipos de la catadura de Nigel Farage o Roberto Calderoli (el que llamó orangután a una ministra italiana negra). O hacer presidente a Trump.

En los países con mayor peso de la inmigración, como Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania o Suecia, muchos barrios se han convertido en guetos donde el imperio de la ley ha sido sustituido en algunos casos por el de la tradición importada, donde el patriarcado religioso es el que ordena y manda para desgracia principalmente de mujeres libres y de homosexuales. En otros casos -en España tenemos el ejemplo de la Cañada Real en Madrid-, la delincuencia organizada o las pandillas violentas son las que se han hecho con el control de territorios ante la impotencia policial y judicial. En las poblaciones nativas europeas, sobre todo en las menos beneficiadas por la globalización, hay un sentimiento de agravio ante el aprovechamiento de fondos públicos por grupos de inmigrantes cuya conducta y voluntad de integración deja a veces bastante que desear. Esas personas perciben que el Estado se preocupa más de los derechos de los inmigrantes delincuentes que de los ciudadanos que cumplen. En España constato que hay inmigrantes conflictivos con escasa intención de integrarse, lo que no obsta para que cosechen más beneficios del Estado de bienestar que colectivos locales desfavorecidos como los jubilados con pensiones mínimas. Y también certifico que hay nativos ignorantes y resentidos, llenos de prejuicios racistas y con nula tolerancia al diferente: los típicos garrulos que suelen caer en las redes del populismo y el ultranacionalismo. Unos y otros se realimentan y están llamados a chocar salvo que se interponga entre ellos con toda firmeza el Estado de Derecho. En medio de ambos se encuentra la gente buena, ya sean locales o inmigrantes (porque, de media, los inmigrantes son igual de buenos o de malos que los demás).

La reacción a la plaga nacional-populista ya está en marcha a ambos lados del Atlántico y cobra fuerza en EE.UU. tras el estupor y la desolación de los días posteriores al 8-N: las manifestaciones ciudadanas en la calle, la oposición casi unánime de intelectuales y artistas y el firme compromiso de la prensa seria por denunciar las mentiras de Trump son todo un reto a sus planes más inmorales y disparatados. Por su parte, organizaciones no gubernamentales como Greenpeace o Amnistía Internacional siguen sin achantarse en la defensa de sus respectivas causas: la ecología y los derechos humanos. La unión de los sectores progresistas de la sociedad civil resulta fundamental, pero no perdamos de vista que 60 millones de personas están detrás del éxito del magnate neoyorquino y que la sociedad civil de la América ultraconservadora -agrupada en torno al rifle, la Biblia y los libros de autoayuda para hacerse rico- es también poderosa.

Meses antes del triunfo de Trump, Jason Brennan nos invitaba a pensar en la epistocracia, concebida como posible salvadora de una democracia amenazada por la ignorancia del electorado. Desde luego, Trump jamás habría ganado con un sistema epistocrático en el que para votar, siguiendo la misma lógica que para sacarse el carné de conducir, hubiese que acreditar ciertos conocimientos políticos elementales. Y ciertamente el Brexit tampoco habría salido adelante. Por su parte, el científico y divulgador Neil deGrasse Tyson lanzaba también en 2016 su iniciativa de país virtual #Rationalia, donde toda política estaría basada en la racionalidad y la evidencia. Quizá el (único) futuro de la humanidad pase por esa unión voluntaria de ejemplares de Homo sapiens que haga verdadero honor al nombre de la especie y trascienda razas, nacionalidades y culturas.
"Hagamos que América sea inteligente de nuevo", tuiteaba Tyson cuatro días antes de la victoria de Trump. El mensaje sigue vigente pese al varapalo del 8-N y es de aplicación al resto del mundo, donde el panorama tampoco es demasiado halagüeño: populismos, nacionalismos e integrismos siguen campando a sus anchas no solo por Europa y Rusia sino por Latinoamérica, África y Asia, con una China además entregada al consumismo más salvaje y destructor de la naturaleza. En Occidente hay que luchar por un impeachment de Trump lo antes posible, por reformular unas relaciones civilizadas entre británicos y europeos continentales, dar un impulso definitivo a la construcción política de la UE y apartar del poder -o mantener alejados de él- a través de las urnas a quienes amenazan la democracia (caso de los actuales gobernantes polacos y húngaros). Pero hay que ir a lo más hondo: es necesario un profundo cambio cultural y de mentalidad para afrontar retos globales inaplazables como el del cambio climático y el de la transformación del capitalismo. El multiINculturalismo va claramente en sentido contrario, alimentando al mismo tiempo tanto al radicalismo religioso como a esas dos bestias hermanadas llamadas populismo y nacionalismo.

jueves, 11 de agosto de 2011

Gamberros, multi-inculturalismo y 'siniestrona'

Los recientes sucesos en Inglaterra han permitido retratar no solo a unas hordas de jóvenes sin escrúpulos crecidos a la sombra de unos padres irresponsables y de un sistema de protección social demasiado generoso con ellos, sino también a la izquierda más simplona a la par que extrema e intolerante (la siniestrona), que quiere ver en los violentos ataques de esos chandaleros descerebrados las manos de un noble pueblo alzado contra la injusticia.

La violencia en los barrios ingleses obedece, a mi juicio, a la conjunción de cuatro factores: 1) Un salvaje consumismo alimentado desde hace décadas por los medios de comunicación de masas (desde la publicidad hasta las series para adolescentes pasando por la pura telebasura), que ha metido firmemente en la cabeza de mucha gente lo de "tanto tienes (a cualquier precio), tanto eres"; 2) Un grave deterioro de la educación y de los valores tradicionales de honradez, respeto y disciplina (algo que se garantizaba más o menos cuando la religión no era algo en retirada -¡por fortuna lo es, todo sea dicho!-, como ahora entre los occidentales); 3) Un sentimiento de humillación e inferioridad de algunos nativos pobres, perdedores de la globalización y pasto de partidos xenófobos como el British National Party (BNP) en Inglaterra o el Frente Nacional en Francia; 4) Un sentimiento de humillación e inferioridad de algunos inmigrantes o hijos de la inmigración que no han terminado de integrarse (o de ser aceptados) adecuadamente en las sociedades europeas, desgarrados internamente por el conflicto entre las leyes y costumbres de sus países de acogida y las tradiciones de sus países de origen (que suelen encadenarlos al castrante yugo del patriarcado y la religión), quienes a su vez son pasto de movimientos extremistas identitarios. 

No hace falta señalar que los nativos pobres inclinados a la xenofobia y los inmigrantes humillados inclinados al extremismo identitario están llamados a colisionar más tarde o más temprano: es la tendencia natural de lo que algunos llaman multiculturalismo (término tan querido por la ya mentada siniestrona), que yo prefiero etiquetar como multi-inculturalismo para ser más exactos. Incluso los distintos grupos de inmigrantes inadaptados tienden a chocar entre sí.

Esos idiotas que salen de noche para destruir sin ton ni son no pretenden cambiar el capitalismo, sino su posición en la escala social. La sociedad de consumo les encanta. Lo único que quieren es colocarse ellos arriba del todo para pisar a los demás: quieren ser como sus idolatrados raperos, vestidos con caras ropas y zapatillas de marca, luciendo cadenas de oro, joyas y los últimos gadgets tecnológicos y pisando a fondo el acelerador de coches de lujo para fardar ante sus novias, amigos y vecinos. Lo curioso es que, a diferencia de sus homólogos en España (los que más temprano que tarde saldrán a las calles de nuestro país a hacer lo mismo), estos jóvenes disfrutan de los beneficios de un sistema de protección social todavía muy generoso -mucho más que el español, desde luego- pese a los recortes de la era Thatcher. 

En fin, estas son cosas que pasan lustros después de que unos energúmenos se hayan convertido en padres y madres dentro de un sistema con tanta desigualdad social que descuida la educación sin dejar de alentar la competitividad, el consumismo y la más grosera ostentación. Y cuando algunos (sobre todo en la siniestrona) siguen creyendo tanto en la supuesta bondad natural de los pobres por el simple hecho de serlo como en la intrínseca maldad de los ricos.

Hooligans, multi-inculturalism, and 'siniestrona'

Recent events in England have portrayed not only a ruthless hordes of young people raised in the shadow of some irresponsible parents and a social protection system too generous with them, but also a political left the most simplistic, extreme and intolerant (the siniestrona), pretending that those violent attacks by mindless rioters are the rising of a noble people against injustice.
 

Violence in the English suburbs is due, in my opinion, to the combination of four elements: 1) A wild consumerism fueled for decades by mass media (from advertising to TV series for teenagers going through pure junk TV), who has firmly stuck in the minds of many people this idea: "the more you own (at any price), the more you are", 2) A serious deterioration of education and traditional values ​​of honesty, respect and discipline (which was guaranteed more or less when religion was not something in retreat- fortunately, I must say! - as now in the West), 3) A sense of humiliation and inferiority of some poor natives, losers of globalization and prone to xenophobic parties like the British National Party (BNP) in England or the Front National in France, 4) A sense of humiliation and inferiority of some immigrants (or people with immigration background) that have not been fully integrated (or accepted) in European societies, torn internally by the conflict between the laws and customs of their host countries and traditions of their origin countries (that often chain them to the emasculating yoke of patriarchy and religion), who in turn are prone to extremist identitarian movements.

It goes without saying that poor natives prone to xenophobia and humiliated immigrants inclined to identitarian extremism are called to collide sooner or later: the natural tendency of what some people call multiculturalism (a term so dear to the siniestrona), that I prefer to label as multi-inculturalism to be more accurate. Even the various immigrant misfit groups tend to collide one to another.
 

These idiots who go out at night to loot and destroy do not intend to change capitalism, but only their position in the social scale. They really do love the consumer society. All they want is to place themselves above all to step on others: they want to be like their idolized rappers, dressed in expensive clothes and branded shoes, wearing gold chains, jewelry and the latest gadgets and stepping on the accelerator of luxury cars to show off in front of their girlfriends, friends and neighbours. Curiously, unlike their counterparts in Spain (that sooner or later will hit the streets of our country to do so), these young people enjoy the benefits of a still very generous social protection system -much more than the Spanish, of course- despite the cuts of Thatcher's era.
 

In short, these are things that happen decades after some hooligans have become parents within a system with a high social inequality that neglects education at the same time of encouraging competition, consumerism, and the rudest ostentation. And when some (especially in the siniestrona) still believe in both the natural goodness of the poor people (for the mere fact of being so) and the intrinsic evil of the rich.

domingo, 1 de mayo de 2011

¿Otra España es posible?

Uno procura ser optimista con respecto a este país. Pero, ¿qué se puede esperar cuando un burdo patán engreído que parece más español que portugués, a sueldo de un consumado pelotari (no en el frontón, sino en despachos o en caros asadores), hace creer a cientos de miles de personas que hay una conspiración internacional contra su equipo de fútbol?. O cuando otros muchos, intoxicados por una prensa canallesca, siguen creyendo que ETA tuvo algo que ver en los atentados del 11-M y enarbolan cada vez que salen a la calle en sus multimillonarias manifestaciones pancartas con la esperpéntica ecuación "ZP=ETA". O cuando tanta gente contaminada por esas mismas fuentes no dude que todo lo que tenga nombre en euskera deba ser ilegalizado por tratarse de ETA o sus amigos.

¿Se puede albergar esperanza cuando tantas personas permanecen atentas en la mayor cadena de telebasura nacional a los grititos histéricos de un marujo histriónico sudamericano comentando una boda real ("Esta temporada se va a llevar el azuuuul") en compañía de una adinerada meapilas experta en apariciones marianas, de una presentadora populista a la que se le aparecen en el Word textos de novelas ajenas, de un ridículo monarcólogo andaluz venido a menos y de otros personajillos encumbrados y forrados por obra y gracia de los millones de compatriotas que les siguen a diario?.

O cuando oyes en la peluquería del antaño pueblo vaquero madrileño convertido en urbe multi-incultural (están presentes inculturas de todo el mundo, empezando por la castiza local) al señor rancio y con pinta de especulador inmobiliario taurino fardando de palco para ver a Rafa Nadal: "Nos ha salido carito, 40.000 euros". O cuando lees en una de las sucias paredes del susodicho pueblo serrano una pintada que reza "Los inmigrantes nos quitan el trabajo", compartida por tantos locales con los que tratas.

O cuando una receptora de regalos del Sr. Bigotes Gürtel dice sin empacho que nunca ha habido tanta manipulación en TVE como ahora. O cuando se constata que tanta gente cree realmente que con la llegada al poder del partido del Gürtel se acabará por ensalmo con el paro, como si la crisis económica fuera cosa de ZP e incluso de sus supuestos amaños con terroristas y catalufos. O cuando observas que muchos ciudadanos premian a sus políticos corruptos volviendo a darles su apoyo en las urnas. Por no hablar de ese registrador de la Propiedad indeciso con pinta de tontolhaba que conseguirá ser presidente del Gobierno sin programa, al que una compañera de partido grimosa y sin escrúpulos -tan querida ella por muchos de mis vecinos, anticatalufos confesos- pretende indisimuladamente descabalgar desde hace tiempo a cualquier precio.

Con estos mimbres puede decirse que otra España es posible... ¡pero muy improbable!. Que pueda afirmarse lo mismo de otros países (¡pobre Italia, tan lejos de Dios y tan cerca del Vaticano!) o del Mundo en su conjunto no debe ser un consuelo sino un motivo añadido de desazón. No se pueden pedir peras al olmo.

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