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| La persistencia de la memoria (Dalí) |
Ni el ajuste fino del Universo (sus parámetros tienen los valores exactos -ni una milmillonésima más ni una menos- para hacerlo posible), ni su altamente improbable comienzo en un estado muy ordenado, ni la existencia de objetos abstractos y atemporales como los matemáticos: el indicio más convincente para apuntalar una explicación teísta o deísta del mundo podría ser la mera existencia de la consciencia.
No hay ni habrá nunca una explicación fisicalista para ese algo subjetivo, irreducible, intransferible e inefable, pero tan evidente y familiar para todo sujeto al que informa. Pero es que la física tampoco explica qué es la materia, sino lo que hace: se trata de una ciencia conductual. Ni el más acérrimo materialista sabe pues qué es siquiera la materia, por mucho que se empeñe en lo contrario. Si los idealistas llevaran razón, el mundo físico sería una manifestación de la consciencia, no al revés. Y si los pampsiquistas tuviesen razón, esa consciencia fundamental informaría todos los objetos físicos desde los más elementales: un electrón, un quark, un fotón... Consciencia y materia serían respectivamente la cara subjetiva privada y la objetiva pública de una misma cosa. Tanto para idealistas como para pampsiquistas, todo el mundo físico se levantaría sobre un océano de consciencia en el que cada sujeto consciente sería una mirada o perspectiva diferente: una ola o remolino distinguibles solo por unos instantes (por toda una vida) del mar del que forman parte y con el que comparten sustancia.
La consciencia solo se manifiesta en singular y carece de extensión (no tiene dimensiones espaciales como cualquier objeto físico), pero resulta imposible de concebir sin tiempo: solo una consciencia pura, inimaginable para agentes conscientes incrustados en el mundo físico, sería atemporal. El tiempo es otro gran misterio sin el cual no habría propósitos, metas, ilusiones, logros, fracasos, comienzos, finales, memoria y, en suma, sentido. La existencia del tiempo es otra pista para apuntar al teísmo o deísmo, pero también para respaldar la posibilidad de que el mundo físico sea producto de una gigantesca computación. Porque el tiempo es simplemente, como dice el científico Stephen Wolfram, la sucesión de pasos en una computación, un proceso para el que no hay atajos: para asistir al resultado de la computación hay que seguir necesariamente todos y cada uno de sus pasos.
Imaginemos que una hipotética consciencia pura quisiera materializarse en el mundo físico. Hay para ello un artefacto llamado función de onda cuántica: solo requiere de un observador/agente para ir decantando la realidad coherentemente a cada paso, a cada instante de tiempo, haciendo que lo potencial (el espacio compuesto por todo lo posible, un megasueño como el del dios hindú Vishnu) se convierta en real. El tiempo es lo que impide que todos los sucesos del universo ocurran a la vez. Solo así puede haber propósito y sentido. Quizá de esto vaya la película de la existencia. Otra cuestión es saber el motivo para darle al play...

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