Cualquier persona con criterio que haya navegado por Internet es consciente de que buena parte de los contenidos que circulan por la Red son basura e imbecilidades, lo que los angloparlantes dirían nonsense. En Internet está lo mejor y lo peor de la inteligencia humana, pero lo primero son pequeños tesoros a la deriva en el ruidoso océano de improperios, memeces, falsedades, incorrecciones y disparates de lo segundo. Para acceder a esos tesoros es imprescindible el auxilio del buen criterio, esa cosa que nunca se ha cultivado en nuestros colegios, institutos y universidades, que ahora resulta más necesario que nunca para saber separar el grano de la paja.
Todo lo que sea segar esa paja, limpiar la Red de excrementos, insultos y estupideces, debe ser bienvenido como saludable. Aunque alguno dirá que es antidemocrático. Porque ciertamente no hay nada más democrático que Internet, donde cualquiera puede poner prácticamente lo que quiera donde quiera -amparado encima por el anonimato, si así lo desea- sin ningún control de veracidad, rigurosidad o calidad. Esto se observa particularmente en los comentarios vertidos en blogs, noticias y retransmisiones en directo (sobre todo, de fútbol). Por no hablar de la sufrida Wikipedia, constantemente asediada por los trolls para desesperación de quienes se la toman en serio y pueden aportar cosas interesantes.
Afortunadamente, este vale todo empieza a ser cuestionado. Hace unas semanas, una periodista sueca comentaba en la BBC que varios diarios digitales de su país habían decidido reservarse el derecho de admisión de comentarios. Es algo que nadie ha cuestionado jamás en la prensa escrita: son los medios de comunicación los que deciden qué cartas al director se publican y cuáles no, atendiendo a su interés público y al valor de su contenido. ¿Por qué no llevar este principio a Internet? ¿Por qué tenemos que estar soportando a toda esa legión de trolls y de mentecatos? Ya tenemos bastante con aguantarlos en el mundo real, con tener que pagar peajes como los guardias muertos en las carreteras (fastidiando nuestros amortiguadores por culpa de los tontos del culo de siempre).
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
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martes, 27 de septiembre de 2011
jueves, 11 de agosto de 2011
Gamberros, multi-inculturalismo y 'siniestrona'
Los recientes sucesos en Inglaterra han permitido retratar no solo a unas hordas de jóvenes sin escrúpulos crecidos a la sombra de unos padres irresponsables y de un sistema de protección social demasiado generoso con ellos, sino también a la izquierda más simplona a la par que extrema e intolerante (la siniestrona), que quiere ver en los violentos ataques de esos chandaleros descerebrados las manos de un noble pueblo alzado contra la injusticia.
La violencia en los barrios ingleses obedece, a mi juicio, a la conjunción de cuatro factores: 1) Un salvaje consumismo alimentado desde hace décadas por los medios de comunicación de masas (desde la publicidad hasta las series para adolescentes pasando por la pura telebasura), que ha metido firmemente en la cabeza de mucha gente lo de "tanto tienes (a cualquier precio), tanto eres"; 2) Un grave deterioro de la educación y de los valores tradicionales de honradez, respeto y disciplina (algo que se garantizaba más o menos cuando la religión no era algo en retirada -¡por fortuna lo es, todo sea dicho!-, como ahora entre los occidentales); 3) Un sentimiento de humillación e inferioridad de algunos nativos pobres, perdedores de la globalización y pasto de partidos xenófobos como el British National Party (BNP) en Inglaterra o el Frente Nacional en Francia; 4) Un sentimiento de humillación e inferioridad de algunos inmigrantes o hijos de la inmigración que no han terminado de integrarse (o de ser aceptados) adecuadamente en las sociedades europeas, desgarrados internamente por el conflicto entre las leyes y costumbres de sus países de acogida y las tradiciones de sus países de origen (que suelen encadenarlos al castrante yugo del patriarcado y la religión), quienes a su vez son pasto de movimientos extremistas identitarios.
No hace falta señalar que los nativos pobres inclinados a la xenofobia y los inmigrantes humillados inclinados al extremismo identitario están llamados a colisionar más tarde o más temprano: es la tendencia natural de lo que algunos llaman multiculturalismo (término tan querido por la ya mentada siniestrona), que yo prefiero etiquetar como multi-inculturalismo para ser más exactos. Incluso los distintos grupos de inmigrantes inadaptados tienden a chocar entre sí.
Esos idiotas que salen de noche para destruir sin ton ni son no pretenden cambiar el capitalismo, sino su posición en la escala social. La sociedad de consumo les encanta. Lo único que quieren es colocarse ellos arriba del todo para pisar a los demás: quieren ser como sus idolatrados raperos, vestidos con caras ropas y zapatillas de marca, luciendo cadenas de oro, joyas y los últimos gadgets tecnológicos y pisando a fondo el acelerador de coches de lujo para fardar ante sus novias, amigos y vecinos. Lo curioso es que, a diferencia de sus homólogos en España (los que más temprano que tarde saldrán a las calles de nuestro país a hacer lo mismo), estos jóvenes disfrutan de los beneficios de un sistema de protección social todavía muy generoso -mucho más que el español, desde luego- pese a los recortes de la era Thatcher.
En fin, estas son cosas que pasan lustros después de que unos energúmenos se hayan convertido en padres y madres dentro de un sistema con tanta desigualdad social que descuida la educación sin dejar de alentar la competitividad, el consumismo y la más grosera ostentación. Y cuando algunos (sobre todo en la siniestrona) siguen creyendo tanto en la supuesta bondad natural de los pobres por el simple hecho de serlo como en la intrínseca maldad de los ricos.
Hooligans, multi-inculturalism, and 'siniestrona'
Recent events in England have portrayed not only a ruthless hordes of young people raised in the shadow of some irresponsible parents and a social protection system too generous with them, but also a political left the most simplistic, extreme and intolerant (the siniestrona), pretending that those violent attacks by mindless rioters are the rising of a noble people against injustice.
Violence in the English suburbs is due, in my opinion, to the combination of four elements: 1) A wild consumerism fueled for decades by mass media (from advertising to TV series for teenagers going through pure junk TV), who has firmly stuck in the minds of many people this idea: "the more you own (at any price), the more you are", 2) A serious deterioration of education and traditional values of honesty, respect and discipline (which was guaranteed more or less when religion was not something in retreat- fortunately, I must say! - as now in the West), 3) A sense of humiliation and inferiority of some poor natives, losers of globalization and prone to xenophobic parties like the British National Party (BNP) in England or the Front National in France, 4) A sense of humiliation and inferiority of some immigrants (or people with immigration background) that have not been fully integrated (or accepted) in European societies, torn internally by the conflict between the laws and customs of their host countries and traditions of their origin countries (that often chain them to the emasculating yoke of patriarchy and religion), who in turn are prone to extremist identitarian movements.
It goes without saying that poor natives prone to xenophobia and humiliated immigrants inclined to identitarian extremism are called to collide sooner or later: the natural tendency of what some people call multiculturalism (a term so dear to the siniestrona), that I prefer to label as multi-inculturalism to be more accurate. Even the various immigrant misfit groups tend to collide one to another.
These idiots who go out at night to loot and destroy do not intend to change capitalism, but only their position in the social scale. They really do love the consumer society. All they want is to place themselves above all to step on others: they want to be like their idolized rappers, dressed in expensive clothes and branded shoes, wearing gold chains, jewelry and the latest gadgets and stepping on the accelerator of luxury cars to show off in front of their girlfriends, friends and neighbours. Curiously, unlike their counterparts in Spain (that sooner or later will hit the streets of our country to do so), these young people enjoy the benefits of a still very generous social protection system -much more than the Spanish, of course- despite the cuts of Thatcher's era.
In short, these are things that happen decades after some hooligans have become parents within a system with a high social inequality that neglects education at the same time of encouraging competition, consumerism, and the rudest ostentation. And when some (especially in the siniestrona) still believe in both the natural goodness of the poor people (for the mere fact of being so) and the intrinsic evil of the rich.
La violencia en los barrios ingleses obedece, a mi juicio, a la conjunción de cuatro factores: 1) Un salvaje consumismo alimentado desde hace décadas por los medios de comunicación de masas (desde la publicidad hasta las series para adolescentes pasando por la pura telebasura), que ha metido firmemente en la cabeza de mucha gente lo de "tanto tienes (a cualquier precio), tanto eres"; 2) Un grave deterioro de la educación y de los valores tradicionales de honradez, respeto y disciplina (algo que se garantizaba más o menos cuando la religión no era algo en retirada -¡por fortuna lo es, todo sea dicho!-, como ahora entre los occidentales); 3) Un sentimiento de humillación e inferioridad de algunos nativos pobres, perdedores de la globalización y pasto de partidos xenófobos como el British National Party (BNP) en Inglaterra o el Frente Nacional en Francia; 4) Un sentimiento de humillación e inferioridad de algunos inmigrantes o hijos de la inmigración que no han terminado de integrarse (o de ser aceptados) adecuadamente en las sociedades europeas, desgarrados internamente por el conflicto entre las leyes y costumbres de sus países de acogida y las tradiciones de sus países de origen (que suelen encadenarlos al castrante yugo del patriarcado y la religión), quienes a su vez son pasto de movimientos extremistas identitarios.
No hace falta señalar que los nativos pobres inclinados a la xenofobia y los inmigrantes humillados inclinados al extremismo identitario están llamados a colisionar más tarde o más temprano: es la tendencia natural de lo que algunos llaman multiculturalismo (término tan querido por la ya mentada siniestrona), que yo prefiero etiquetar como multi-inculturalismo para ser más exactos. Incluso los distintos grupos de inmigrantes inadaptados tienden a chocar entre sí.
Esos idiotas que salen de noche para destruir sin ton ni son no pretenden cambiar el capitalismo, sino su posición en la escala social. La sociedad de consumo les encanta. Lo único que quieren es colocarse ellos arriba del todo para pisar a los demás: quieren ser como sus idolatrados raperos, vestidos con caras ropas y zapatillas de marca, luciendo cadenas de oro, joyas y los últimos gadgets tecnológicos y pisando a fondo el acelerador de coches de lujo para fardar ante sus novias, amigos y vecinos. Lo curioso es que, a diferencia de sus homólogos en España (los que más temprano que tarde saldrán a las calles de nuestro país a hacer lo mismo), estos jóvenes disfrutan de los beneficios de un sistema de protección social todavía muy generoso -mucho más que el español, desde luego- pese a los recortes de la era Thatcher.
En fin, estas son cosas que pasan lustros después de que unos energúmenos se hayan convertido en padres y madres dentro de un sistema con tanta desigualdad social que descuida la educación sin dejar de alentar la competitividad, el consumismo y la más grosera ostentación. Y cuando algunos (sobre todo en la siniestrona) siguen creyendo tanto en la supuesta bondad natural de los pobres por el simple hecho de serlo como en la intrínseca maldad de los ricos.
Hooligans, multi-inculturalism, and 'siniestrona'
Recent events in England have portrayed not only a ruthless hordes of young people raised in the shadow of some irresponsible parents and a social protection system too generous with them, but also a political left the most simplistic, extreme and intolerant (the siniestrona), pretending that those violent attacks by mindless rioters are the rising of a noble people against injustice.
Violence in the English suburbs is due, in my opinion, to the combination of four elements: 1) A wild consumerism fueled for decades by mass media (from advertising to TV series for teenagers going through pure junk TV), who has firmly stuck in the minds of many people this idea: "the more you own (at any price), the more you are", 2) A serious deterioration of education and traditional values of honesty, respect and discipline (which was guaranteed more or less when religion was not something in retreat- fortunately, I must say! - as now in the West), 3) A sense of humiliation and inferiority of some poor natives, losers of globalization and prone to xenophobic parties like the British National Party (BNP) in England or the Front National in France, 4) A sense of humiliation and inferiority of some immigrants (or people with immigration background) that have not been fully integrated (or accepted) in European societies, torn internally by the conflict between the laws and customs of their host countries and traditions of their origin countries (that often chain them to the emasculating yoke of patriarchy and religion), who in turn are prone to extremist identitarian movements.
It goes without saying that poor natives prone to xenophobia and humiliated immigrants inclined to identitarian extremism are called to collide sooner or later: the natural tendency of what some people call multiculturalism (a term so dear to the siniestrona), that I prefer to label as multi-inculturalism to be more accurate. Even the various immigrant misfit groups tend to collide one to another.
These idiots who go out at night to loot and destroy do not intend to change capitalism, but only their position in the social scale. They really do love the consumer society. All they want is to place themselves above all to step on others: they want to be like their idolized rappers, dressed in expensive clothes and branded shoes, wearing gold chains, jewelry and the latest gadgets and stepping on the accelerator of luxury cars to show off in front of their girlfriends, friends and neighbours. Curiously, unlike their counterparts in Spain (that sooner or later will hit the streets of our country to do so), these young people enjoy the benefits of a still very generous social protection system -much more than the Spanish, of course- despite the cuts of Thatcher's era.
In short, these are things that happen decades after some hooligans have become parents within a system with a high social inequality that neglects education at the same time of encouraging competition, consumerism, and the rudest ostentation. And when some (especially in the siniestrona) still believe in both the natural goodness of the poor people (for the mere fact of being so) and the intrinsic evil of the rich.
miércoles, 3 de agosto de 2011
¿Destino: Reikiavik?
"A mí la política no me interesa"; "Soy totalmente apolítico"; "Todos los políticos son iguales"... ¿Quién no ha escuchado a menudo estas necedades, propias de un país con una cultura política tan baja? Con una España al borde del colapso financiero, asediada por los especuladores y las agencias de calificación, uno se pregunta qué dice ahora esa gente que se toma la política como algo tan ajeno. Algunos seguirán instalados en su sandez. Pero, seguramente, otros muchos habrán decidido ir a votar a la derecha el 20-N creyendo, en su ignorancia, que con ello se enderezarán las cosas. Exhibirán así la misma idiotez política de quienes apoyan en EE.UU. al Tea Party, un movimiento que defiende descaradamente a los más ricos pero que se sostiene gracias a tantos estúpidos de clase media y media-baja, cristianos practicantes, bien armados y lindantes con el analfabetismo funcional.
Aquí no solo se están pagando los excesos del desmedido boom inmobiliario (todavía recuerdo en 2003 al señor de la inmobiliaria que me vendió el piso negando condescendiente que hubiese una burbuja) y del gran endeudamiento de los tiempos de vacas gordas, en los que no se dio ningún paso para cambiar nuestro poco competitivo (por culpa de nuestra burricie empresarial y laboral) modelo productivo. También estamos siendo víctimas, como en otros lugares del mundo, de las dramáticas consecuencias globales de un capitalismo de casino que amenaza con saltar por los aires y llevarse consigo todas las conquistas sociales de la democracia e incluso la democracia misma.
Si alguien pensaba que se podía ser indiferente a la política sin pagar un precio, aquí tiene las consecuencias. Corresponsables del desastre son, en alguna medida, quienes solo se preocupaban del precio de la gasolina o de la última gesta de Belén Esteban, quienes votaban a políticos corruptos e impresentables que dilapidaban alegremente el patrimonio público mientras alicataban nuestro maltratado territorio, quienes presumían de no informarse o de leer solo el Marca o el As... Y, por encima de todo, esos empresarios que no apostaron por innovar, esos políticos que no se atrevieron a reformar la Administración y las empresas públicas, esos sindicalistas que impidieron lo anterior para defender los privilegios de una casta, esos curritos que dejaron sus estudios para ponerse a trabajar en la construcción y pagarse sus coches de lujo y sus cadenas de oro...
Alguien dirá ahora que siempre pagan los mismos. Desde luego, pero no es menos cierto que también son siempre los mismos -por ejemplo, ese idiotizado populacho alemán que llevó a Hitler al poder- los que lo permiten y sostienen. Lo más inquietante es cuando se constate que el señor barbado de Pontevedra no arreglará las cosas: muchos se verán entonces tentados a dar su próximo voto a movimientos populistas declaradamente xenófobos (el PP no lo es confeso). El futuro podría ser esplendoroso para esas formaciones ultraderechistas si se siguiese oscureciendo el panorama socioeconómico.
De veras que uno intenta ser optimista, pero es que hay pocas razones para serlo. El problema de España es sobre todo cultural y educativo, y eso no se soluciona a corto o medio plazo. Islandia está arruinada. Sin embargo, a diferencia de nosotros, cuenta con un capital social muy valioso: su educada y cívica población (menos propensa a la chapuza, el pufo, la telebasura, el tarot, los paseos a la Virgen y el "a mí la política no me interesa") les permitirá salir del marasmo pronto. Yo, por si acaso, aconsejaría ir haciendo las maletas...
Aquí no solo se están pagando los excesos del desmedido boom inmobiliario (todavía recuerdo en 2003 al señor de la inmobiliaria que me vendió el piso negando condescendiente que hubiese una burbuja) y del gran endeudamiento de los tiempos de vacas gordas, en los que no se dio ningún paso para cambiar nuestro poco competitivo (por culpa de nuestra burricie empresarial y laboral) modelo productivo. También estamos siendo víctimas, como en otros lugares del mundo, de las dramáticas consecuencias globales de un capitalismo de casino que amenaza con saltar por los aires y llevarse consigo todas las conquistas sociales de la democracia e incluso la democracia misma.
Si alguien pensaba que se podía ser indiferente a la política sin pagar un precio, aquí tiene las consecuencias. Corresponsables del desastre son, en alguna medida, quienes solo se preocupaban del precio de la gasolina o de la última gesta de Belén Esteban, quienes votaban a políticos corruptos e impresentables que dilapidaban alegremente el patrimonio público mientras alicataban nuestro maltratado territorio, quienes presumían de no informarse o de leer solo el Marca o el As... Y, por encima de todo, esos empresarios que no apostaron por innovar, esos políticos que no se atrevieron a reformar la Administración y las empresas públicas, esos sindicalistas que impidieron lo anterior para defender los privilegios de una casta, esos curritos que dejaron sus estudios para ponerse a trabajar en la construcción y pagarse sus coches de lujo y sus cadenas de oro...
Alguien dirá ahora que siempre pagan los mismos. Desde luego, pero no es menos cierto que también son siempre los mismos -por ejemplo, ese idiotizado populacho alemán que llevó a Hitler al poder- los que lo permiten y sostienen. Lo más inquietante es cuando se constate que el señor barbado de Pontevedra no arreglará las cosas: muchos se verán entonces tentados a dar su próximo voto a movimientos populistas declaradamente xenófobos (el PP no lo es confeso). El futuro podría ser esplendoroso para esas formaciones ultraderechistas si se siguiese oscureciendo el panorama socioeconómico.
De veras que uno intenta ser optimista, pero es que hay pocas razones para serlo. El problema de España es sobre todo cultural y educativo, y eso no se soluciona a corto o medio plazo. Islandia está arruinada. Sin embargo, a diferencia de nosotros, cuenta con un capital social muy valioso: su educada y cívica población (menos propensa a la chapuza, el pufo, la telebasura, el tarot, los paseos a la Virgen y el "a mí la política no me interesa") les permitirá salir del marasmo pronto. Yo, por si acaso, aconsejaría ir haciendo las maletas...
sábado, 25 de junio de 2011
Ciudadanos que votan a 120
El Gobierno ha decidido restablecer el máximo permitido de velocidad en autopistas y autovías a 120 km/h. El apoyo a la candidatura de Rubalcaba para las próximas elecciones generales parece haber primado sobre otras consideraciones. Que esta sea una medida electoralista, que pueda inclinar el voto de alguien a uno u otro lado, habla muy a las claras de la calidad de la ciudadanía española.
La reducción a 110 había supuesto un ahorro energético y seguramente salvado más de una vida en las carreteras. Pero desde su implantación era una de las dianas de la impresentable oposición del PP, de la prensa derechista y ultraderechista, de las asociaciones de automovilistas y de los sectores más torrentiles o sudeuracas de la sociedad española. Los mismos que se indignan por no poder fumar donde les plazca, por no poder meter su 4x4 por donde les dé la gana, por no poder torturar y matar animales a su antojo, por no construir donde quieran y como quieran. Los mismos que votan a imputados y corruptos al tiempo que echan pestes de los inmigrantes -curioso que en Cataluña suelan hacerlo hijos de inmigrantes de otras regiones españolas- y presumen de católicos y de bandera con torito.
El otro día, cruzando el embalse de Valmayor rumbo a El Escorial, una furgoneta que venía en la otra dirección me picó las luces y su conductor hizo un gesto aconsejando una aminoración de velocidad. Me extrañó mucho esta conducta, pues yo circulaba justo al máximo permitido en esa vía. ¡Qué conmovedora preocupación por la seguridad ajena! Por un momento pensé que quizá estuviese en Dinamarca atravesando alguno de los puentes sobre el Báltico. A los pocos kilómetros se esfumaron mis ensoñaciones danesas al advertir la verdadera razón del aviso: un control de la Guardia Civil. ¡Qué entrañable ejercicio de solidaridad entre energúmenos! Yo jamás habría avisado, lo juro. Porque, qué le voy a hacer, combino mi nacimiento en un archipiélago del norte de África con un espíritu nordeuraca: el que me hace ver que hay cosas mucho más importantes y prioritarias que llevar de nuevo la limitación de velocidad a los 120 por hora para dar gusto a tanto impresentable.
La reducción a 110 había supuesto un ahorro energético y seguramente salvado más de una vida en las carreteras. Pero desde su implantación era una de las dianas de la impresentable oposición del PP, de la prensa derechista y ultraderechista, de las asociaciones de automovilistas y de los sectores más torrentiles o sudeuracas de la sociedad española. Los mismos que se indignan por no poder fumar donde les plazca, por no poder meter su 4x4 por donde les dé la gana, por no poder torturar y matar animales a su antojo, por no construir donde quieran y como quieran. Los mismos que votan a imputados y corruptos al tiempo que echan pestes de los inmigrantes -curioso que en Cataluña suelan hacerlo hijos de inmigrantes de otras regiones españolas- y presumen de católicos y de bandera con torito.
El otro día, cruzando el embalse de Valmayor rumbo a El Escorial, una furgoneta que venía en la otra dirección me picó las luces y su conductor hizo un gesto aconsejando una aminoración de velocidad. Me extrañó mucho esta conducta, pues yo circulaba justo al máximo permitido en esa vía. ¡Qué conmovedora preocupación por la seguridad ajena! Por un momento pensé que quizá estuviese en Dinamarca atravesando alguno de los puentes sobre el Báltico. A los pocos kilómetros se esfumaron mis ensoñaciones danesas al advertir la verdadera razón del aviso: un control de la Guardia Civil. ¡Qué entrañable ejercicio de solidaridad entre energúmenos! Yo jamás habría avisado, lo juro. Porque, qué le voy a hacer, combino mi nacimiento en un archipiélago del norte de África con un espíritu nordeuraca: el que me hace ver que hay cosas mucho más importantes y prioritarias que llevar de nuevo la limitación de velocidad a los 120 por hora para dar gusto a tanto impresentable.
martes, 21 de diciembre de 2010
Educación para una democracia sin burros... con permiso de los burros
Mi amigo Raúl me ha empujado a escribir este post al señalar repetidas veces que me limito a criticar sin proponer soluciones constructivas. Empezaré recordando que la crítica (acerba a veces) no sólo es sana para quien la practica -hay que desahogarse de vez en cuando-, sino socialmente necesaria para denunciar lo que está mal y remover las conciencias con objeto de combatirlo.
¿Soluciones?... Lo que hace falta sobre todo es educación: eso es lo más importante con diferencia. Sin una educación de calidad no hay civismo, responsabilidad social, espíritu crítico, desarrollo económico ni una democracia que se precie. Nuestro sistema educativo es muy mejorable, con planes de estudio desfasados, profesores desmotivados, desautorizados y a veces no debidamente cualificados, escasa presencia de los idiomas extranjeros, desatención de la escritura y la expresión oral, etc. Con todo, lo más grave no es eso sino el desprecio social a la educación, al esfuerzo por aprender y saber. La sociedad española actual valora más a un "periodista" de la crónica rosa que a un maestro: he aquí el drama. Por otra parte, los valores cívicos que se pretende inculcar en la escuela son desmentidos a diario por la televisión, medio de socialización mucho más fuerte, donde se vende que lo bueno es lucir un cuerpo perfecto (no aceptarse a uno mismo), tener un coche potente con el que correr mucho (no uno ecológico que gaste poco), hacerse famoso en un 'Gran Hermano' o similar (no prosperar a base de estudio y esfuerzo), resolver las desavenencias a hostias e incluso ser un poco malote/ta (no un buen chico estudioso y tímido); donde la vulgaridad, la zafiedad y el ruido tienen un espacio preferente en perjuicio del conocimiento y el análisis sosegado.
¿Y qué hacemos?... Puesto que vivimos en una democracia (afortunadamente, todo sea dicho), estamos a merced de lo que dicte la mayoría en las urnas: si ésta se desentiende de la educación y prefiere el fútbol o los Carnavales, pues habrá que fastidiarse. Si los ciudadanos consideran que no hace falta mejorar el sistema educativo porque hay cosas más importantes como la tele en alta definición, las autovías de cuatro carriles o la cobertura plena de la telefonía móvil, pues toca aguantarse. Luego no es de extrañar que esa misma mayoría no esté por la labor de afrontar decididamente la destrucción del entorno, el cambio climático, la salvaje especulación financiera o el subdesarrollo en medio mundo: lo que subyace a esa indiferencia es una enorme falla educativo-cultural, ensanchada por un egoísmo y una miopía no menos inmensas.
El problema es que muy pocos políticos van por delante de la sociedad, de modo que no acometerán ninguna mejora que no sea demandada por la gente de cuyo voto dependen. Y si los ciudadanos no están dispuestos a comportarse como votantes y consumidores responsables, poco margen queda para actuar: los grandes poderes económicos seguirán a lo suyo (ganar cada vez más dinero a toda costa) y los políticos también (beneficiarse de las prebendas del poder y hacerse de paso con un capitalito), conchabados con los anteriores y engañando/ignorando/despreciando al electorado del que se nutren. Les basta con el periódico show electoral cada cuatro años para asegurarse de que el voto del engañado/ignorado/despreciado se meta en la urna. Y entonces, ¡hasta luego, Lucas!...
Llama la atención que la burricie social haga que muchos de los votos de los más débiles vayan precisamente a los más poderosos o a aquellos que están en nómina de éstos: una inmigrante hispana limpiadora de casas en Nueva Jersey y una mamá-oso anglosajona de clase media-baja de Montana son más proclives a votar en EE.UU. a una Sarah Palin (sus homólogos aquí en España lo harían a Esperanza Aguirre) que a un político progresista, contribuyendo así a que los ricos paguen menos impuestos y los pobres (la limpiadora y la mamá-oso inclusive) se queden más desprotegidos. Con ello, el principio político de naturaleza democrática (véase interesante artículo del jurista Javier Pérez Royo) no sólo no limita -protegiendo a los ciudadanos más débiles de los excesos de los más poderosos- al principio económico de naturaleza oligárquica sino que lo refuerza. Detrás de esta estúpida conducta electoral se encuentran el apego a la tradición, el nacionalismo-tribalismo y la religión (esto más en América que en Europa), a los que recurren groseramente los políticos para pedir el voto del electorado menos informado: para la muy católica hispana y la muy episcopaliana mamá-oso, lo importante es que no entren homosexuales en el Ejército, no salga una teta en la tele o no se pueda fumar libremente marihuana; para no pocos de nuestros curritos de extrarradio, lo importante es que no se prohíban los festejos taurinos, no se permitan las bodas de gays o no venga alguien de fuera (menos aún si es de otra religión) a quitar supuestamente un puesto de trabajo a los españoles. Una población educada y bien informada es mucho menos crédula y más resistente al abrazo del nacional-tribalismo y el fanatismo religioso. Y, por supuesto, mucho más responsable y consciente de los riesgos que corremos con este modelo de crecimiento económico disparatado y absolutamente insostenible.
En suma, ¿hay algo que se pueda hacer?... Habida cuenta de todo lo expuesto, las opciones parecen limitarse a predicar en el desierto (la alienación ciudadana es tan grande como la fuerza de la tradición y de los medios de comunicación de masas) o abandonarse al cinismo. Sin embargo, hay una tercera vía: la de intentar vivir de una manera austera y responsable en nuestro entorno, procurando depender lo menos posible del sistema (conectándose a él sólo lo necesario) y de las modas que nos impone, castigando con nuestro no-consumo/no-voto a las empresas/políticos que se comporten mal y solidarizándonos activamente (en persona y/o a través de Internet) con causas justas dentro y fuera de nuestras fronteras. Sin hacerme demasiadas ilusiones comunitarias, yo me apunto a esta tercera vía. A Albert Camus le preguntaron aviesamente una vez qué había hecho él por la humanidad, a lo que respondió con muy buen criterio: "No la he empeorado, lo cual ya es bastante".
¿Soluciones?... Lo que hace falta sobre todo es educación: eso es lo más importante con diferencia. Sin una educación de calidad no hay civismo, responsabilidad social, espíritu crítico, desarrollo económico ni una democracia que se precie. Nuestro sistema educativo es muy mejorable, con planes de estudio desfasados, profesores desmotivados, desautorizados y a veces no debidamente cualificados, escasa presencia de los idiomas extranjeros, desatención de la escritura y la expresión oral, etc. Con todo, lo más grave no es eso sino el desprecio social a la educación, al esfuerzo por aprender y saber. La sociedad española actual valora más a un "periodista" de la crónica rosa que a un maestro: he aquí el drama. Por otra parte, los valores cívicos que se pretende inculcar en la escuela son desmentidos a diario por la televisión, medio de socialización mucho más fuerte, donde se vende que lo bueno es lucir un cuerpo perfecto (no aceptarse a uno mismo), tener un coche potente con el que correr mucho (no uno ecológico que gaste poco), hacerse famoso en un 'Gran Hermano' o similar (no prosperar a base de estudio y esfuerzo), resolver las desavenencias a hostias e incluso ser un poco malote/ta (no un buen chico estudioso y tímido); donde la vulgaridad, la zafiedad y el ruido tienen un espacio preferente en perjuicio del conocimiento y el análisis sosegado.
¿Y qué hacemos?... Puesto que vivimos en una democracia (afortunadamente, todo sea dicho), estamos a merced de lo que dicte la mayoría en las urnas: si ésta se desentiende de la educación y prefiere el fútbol o los Carnavales, pues habrá que fastidiarse. Si los ciudadanos consideran que no hace falta mejorar el sistema educativo porque hay cosas más importantes como la tele en alta definición, las autovías de cuatro carriles o la cobertura plena de la telefonía móvil, pues toca aguantarse. Luego no es de extrañar que esa misma mayoría no esté por la labor de afrontar decididamente la destrucción del entorno, el cambio climático, la salvaje especulación financiera o el subdesarrollo en medio mundo: lo que subyace a esa indiferencia es una enorme falla educativo-cultural, ensanchada por un egoísmo y una miopía no menos inmensas.
El problema es que muy pocos políticos van por delante de la sociedad, de modo que no acometerán ninguna mejora que no sea demandada por la gente de cuyo voto dependen. Y si los ciudadanos no están dispuestos a comportarse como votantes y consumidores responsables, poco margen queda para actuar: los grandes poderes económicos seguirán a lo suyo (ganar cada vez más dinero a toda costa) y los políticos también (beneficiarse de las prebendas del poder y hacerse de paso con un capitalito), conchabados con los anteriores y engañando/ignorando/despreciando al electorado del que se nutren. Les basta con el periódico show electoral cada cuatro años para asegurarse de que el voto del engañado/ignorado/despreciado se meta en la urna. Y entonces, ¡hasta luego, Lucas!...
Llama la atención que la burricie social haga que muchos de los votos de los más débiles vayan precisamente a los más poderosos o a aquellos que están en nómina de éstos: una inmigrante hispana limpiadora de casas en Nueva Jersey y una mamá-oso anglosajona de clase media-baja de Montana son más proclives a votar en EE.UU. a una Sarah Palin (sus homólogos aquí en España lo harían a Esperanza Aguirre) que a un político progresista, contribuyendo así a que los ricos paguen menos impuestos y los pobres (la limpiadora y la mamá-oso inclusive) se queden más desprotegidos. Con ello, el principio político de naturaleza democrática (véase interesante artículo del jurista Javier Pérez Royo) no sólo no limita -protegiendo a los ciudadanos más débiles de los excesos de los más poderosos- al principio económico de naturaleza oligárquica sino que lo refuerza. Detrás de esta estúpida conducta electoral se encuentran el apego a la tradición, el nacionalismo-tribalismo y la religión (esto más en América que en Europa), a los que recurren groseramente los políticos para pedir el voto del electorado menos informado: para la muy católica hispana y la muy episcopaliana mamá-oso, lo importante es que no entren homosexuales en el Ejército, no salga una teta en la tele o no se pueda fumar libremente marihuana; para no pocos de nuestros curritos de extrarradio, lo importante es que no se prohíban los festejos taurinos, no se permitan las bodas de gays o no venga alguien de fuera (menos aún si es de otra religión) a quitar supuestamente un puesto de trabajo a los españoles. Una población educada y bien informada es mucho menos crédula y más resistente al abrazo del nacional-tribalismo y el fanatismo religioso. Y, por supuesto, mucho más responsable y consciente de los riesgos que corremos con este modelo de crecimiento económico disparatado y absolutamente insostenible.
En suma, ¿hay algo que se pueda hacer?... Habida cuenta de todo lo expuesto, las opciones parecen limitarse a predicar en el desierto (la alienación ciudadana es tan grande como la fuerza de la tradición y de los medios de comunicación de masas) o abandonarse al cinismo. Sin embargo, hay una tercera vía: la de intentar vivir de una manera austera y responsable en nuestro entorno, procurando depender lo menos posible del sistema (conectándose a él sólo lo necesario) y de las modas que nos impone, castigando con nuestro no-consumo/no-voto a las empresas/políticos que se comporten mal y solidarizándonos activamente (en persona y/o a través de Internet) con causas justas dentro y fuera de nuestras fronteras. Sin hacerme demasiadas ilusiones comunitarias, yo me apunto a esta tercera vía. A Albert Camus le preguntaron aviesamente una vez qué había hecho él por la humanidad, a lo que respondió con muy buen criterio: "No la he empeorado, lo cual ya es bastante".
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