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miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Adiós a la democracia?


La democracia peligra en Occidente. No es una sorpresa para toda persona medianamente informada. Desde hace años se vienen sucediendo señales y síntomas de que el sistema de libertades que gozamos, cuya conquista costó tanta sangre, sudor y lágrimas a nuestros antepasados, podría estar al borde del abismo. Y, por desgracia, no hay muchas razones para ser optimista. 

En su libro Síndrome 1933, el italiano de origen judeo-turco Siegmund Ginzberg constata de manera muy inquietante las semejanzas entre nuestro mundo actual y el de los primeros años 30 del siglo pasado: el deterioro de las instituciones, el desprestigio de la actividad política, la polarización ideológica, el antiintelectualismo grosero, la deshumanización del adversario, el creciente recurso a la violencia política... La memoria histórica, que había funcionado eficazmente como vacuna para conjurar siniestros fantasmas del pasado, empieza además a evaporarse: en España, no pocos veinteañeros apenas saben quién era Franco y qué hizo; en Alemania, los jóvenes vuelven a sentirse atraídos por los herederos ideológicos de quienes destruyeron su país y casi toda Europa hace 80 años.

En su ensayo Nexus, el historiador israelí Yuval Harari apunta el nocivo efecto de las redes sociales sobre la verdad, la convivencia y la propia democracia, por culpa en parte de algoritmos que priman la viralidad por encima de cualquier otra cosa. Un ejemplo terrible es el de las matanzas de la minoría rohingya en 2016 y 2017 en Birmania, instigadas involuntariamente por un algoritmo de Facebook empeñado en presentar a los usuarios birmanos vídeos muy virales incitadores del odio. Facebook y X (el Twitter rebautizado por Elon Musk) también ha sido utilizados exitosamente para interferir de manera deliberada en procesos electorales, como el que condujo el año pasado a la segunda presidencia de Trump. El propio dueño de X se ha convertido en un propagador y alentador de mentiras y discursos de odio en su plataforma.

Un elemento característico de nuestras sociedades es la desinformación generalizada. Antes de Internet y las redes sociales, la mayoría de la gente pasaba ampliamente de la política y había mucha ignorancia a ese respecto. La democracia y sus libertades se daban y se siguen dando erróneamente por sentadas, tanto como el aire que respiramos. El problema ahora no es tanto la ignorancia como la desinformación, muy relacionada con la infoxicación: la permanente exposición a un torrente no filtrado de información, buena parte de la cual es errónea o falsa. Todo el maravilloso saber humano está a nuestra disposición a golpe de clic, pero contenido en un gigantesco estercolero donde hay que saber buscar.

Las redes sociales nos han conectado mucho más, pero al precio de potenciar la desinformación, polarizarnos políticamente, promover trastornos psicológicos (como la anorexia) en los más jóvenes y empoderar a cualquier necio o ignorante que sepa al menos abrir un blog, subir un vídeo a YouTube o poner un tuit o un tiktok. La democratización de la producción de contenidos informativos, culturales y de entretenimiento (antes había que pasar el filtro de una editorial, un consejo de expertos o una productora) ha supuesto la quiebra del principio de autoridad, abriendo la puerta a una legión de influencers que antes de la era de Internet solo podían aspirar a jugar en la liga de los cuñados y ahora sientan cátedra en nutrición, epidemiología, dermatología, gestión forestal, meteorología o relaciones internacionales. Que cualquiera pueda publicar lo que le plazca sin ningún control de calidad y veracidad, compartiéndolo fácilmente sin cortapisa alguna, no podía salirnos gratis: lo vimos en la pandemia de Covid (con los movimientos antivacunas) y lo seguimos viendo con el negacionismo del cambio climático, así como en modas disparatadas como el sunburning (tomar el sol sin protección), la ingesta de carne cruda o la pigmentación del iris para cambiar el color de los ojos. Episodios políticos como el Brexit o las victorias en las urnas de ultras populistas no habrían sido posibles sin este clima de desinformación, al que también ha contribuido cierta prensa amarilla.

Todo esto se enmarca en un escenario socioeconómico problemático, en el que hay perdedores de la globalización que afrontan con mucha inseguridad el futuro. La creciente población inmigrante, cuya integración no suele ser fácil y que en ocasiones prospera a ojos de los nativos empobrecidos, se convierte en el chivo expiatorio propicio. El populismo se nutre de ese malestar social, de la frustración por no encontrar trabajo o tener una ocupación muy mal pagada, de no poder permitirse una vivienda digna o una sanidad de calidad, de los problemas de inseguridad en las calles asociados a una inmigración descontrolada, del rencor de algunos hombres hacia mujeres más preparadas y mejor pagadas que ellos, del sentimiento de agravio de las clases más bajas ante élites económicas y culturales que supuestamente las desprecian y ningunean. Y los populistas aprovechan las redes sociales como potentes altavoces multiplicadores de su ideología divisiva y tóxica, presumiendo de ser pueblo y hablar el lenguaje del pueblo (aunque sus líderes sean habitualmente multimillonarios).

A las redes sociales se ha sumado como potencial amenaza una IA puesta al servicio de gobernantes con vocación de autócratas. No obstante, Harari explica que un sistema democrático es más resistente a sucumbir a una IA maligna que una autocracia, al incluir en su red una oposición política, una justicia independiente y medios de comunicación libres. Si el tirano ya está establecido, si se ha deshecho de esos obstáculos (en ello están Orban, Erdogan o Trump, siguiendo la estela de Putin), el riesgo de una superinteligencia en sus manos es el de una dictadura totalitaria perfecta como la de 1984 de Orwell.

El autor de Síndrome 1933 considera que, a la vista de la experiencia de la Alemania de entreguerras, "las elecciones libres son la sal de la democracia. Sin embargo, en exceso no le hacen ningún bien. De hecho, existe el riesgo de que la maten". "El caso de Weimar representa un clamoroso ejemplo de cómo se puede llegar a la catástrofe no por el desapego, sino por una mayor implicación del electorado", añade más adelante. Otro de los parecidos con la Europa prebélica de 1933 es el sorpasso de la derecha populista a la tradicional, como ya ha ocurrido en Francia e Italia y amenaza con suceder en otros lugares como España o Alemania. La izquierda socialdemócrata también ha sido superada en varios países por la izquierda radical. El mapa político de la Europa de 2025 ya poco tiene que ver con el surgido tras la II Guerra Mundial, con democristianos, liberales y socialdemócratas como fuerzas hegemónicas moderadas en torno al centro.

La epistocracia (una democracia restringida a quienes acrediten ciertos conocimientos de lo que están votando) es la idea que plantea Contra la democracia, un provocador ensayo de 2016 del norteamericano Jason Brennan que la presenta como el posible remedio para salvar a la democracia de la ignorancia y necedad del electorado. No creo que ande muy equivocado, a la vista de muchos resultados recientes en las urnas. Aunque todo político con aspiraciones siempre dirá que el pueblo es sabio y nunca se equivoca, lo cierto es que son mayoría los que Brennan etiqueta como hobbits (totalmente indiferentes a la política) y hooligans (votantes irracionales y sesgados), muy vulnerables a la desinformación. 

Por si fuera poco, tenemos en Europa la amenaza militar de Rusia, donde un autócrata nacionalpopulista ha erigido, con el apoyo de buena parte de su pueblo, un régimen neozarista (que pone una vela a los zares y otra a Stalin) por el que suspiran todas las ultraderechas de Occidente. Ello no es incompatible con tener unas excelentes relaciones con el régimen chino, la monarquía norcoreana o sátrapas populistas de izquierda como Maduro u Ortega. La amenaza rusa coincide con una Unión Europea inane y asediada por los populismos. Y con unos EEUU en una marcada senda autoritaria e incluso guerracivilista, con Donald Trump como epítome del triunfo de la mentira, la ignorancia, la brutalidad y la grosería.

Desde luego, si perdemos la democracia será en buena medida por nuestra culpa. Los ciudadanos seremos los principales responsables porque somos los que llevamos a populistas al poder y les reímos las gracias, los que no hacemos el esfuerzo de contrastar las noticias que nos llegan por las redes sociales, los que damos pábulo a voceros magufos y conspiranoicos. Ya dijo proféticamente Carl Sagan que sin pensamiento crítico estaríamos a merced del primer charlatán que nos pasase por delante. Uno de esos charlatanes ya tiene a su alcance el botón rojo nuclear de EEUU. No es para estar precisamente tranquilos.

miércoles, 29 de mayo de 2024

Sapolsky versus Mitchell: ¿Todo está determinado?


Terminé de leer Determined (traducido de manera muy discutible como Decidido en su edición española), último libro del biólogo estadounidense Robert Sapolsky, en el que pretende convencernos de que el libre albedrío es una ilusión porque todo ya estaría absolutamente predeterminado en el instante inicial del universo. Es un libro interesante y bien escrito, amén de entretenido y con el peculiar sello humorístico de su autor (el mismo de las divertidas Memorias de un primate), con algunas pinceladas inesperadas como la mención al filósofo español también determinista Jesús Zamora Bonilla (hace años tuve una interesante conversación con él en este blog en torno a la posibilidad de que nuestro universo fuera una simulación) y al maravilloso cuento breve de Borges Pierre Menard, autor de El Quijote

Sapolsky procura persuadirnos de que la física (no solo la clásica sino la cuántica) y la neurociencia no dejan resquicio alguno al mínimo atisbo de libre albedrío. Y buena parte de su libro se dedica a analizar de manera provocadora las implicaciones morales y legales de un escenario superdeterminista. Si todo está ya fijado de manera inexorable por la compleja dinámica de leyes físicas impersonales, nadie es culpable de nada (ni, por ende, merecedor de nada). Las acciones del asesino noruego de ultraderecha Anders Breivik, al igual que las de Hitler, Stalin, el afable panadero de la esquina o tú mismo, serían el resultado de una necesaria cadena de causas y efectos que se remontan al Big Bang. Por tanto, castigar a Breivik tendría tanto sentido como hacerlo con un tornado o una ola gigante. Eso sí, reconoce que al menos habría que apartarlo de la sociedad. Lo que yo ignoraba, hasta leer Determined, es que el apartamiento de la sociedad de este asesino múltiple consiste en el alojamiento en un coqueto espacio con tres habitaciones, ordenador, televisión, PlayStation, sauna, cinta de correr y cocina: es el modelo noruego de tratamiento de los criminales, alabado por Sapolsky, ubicado en las antípodas ideológicas del estadounidense (cuyo sistema penal no fue tan benévolo con el también asesino ultraderechista Timothy McVeigh, artífice en 1995 de la voladura de un edificio público en Oklahoma). 

Sapolsky insiste en que en ningún caso somos merecedores ni de reprobación ni de alabanza, aunque se contradice con su capítulo de agradecimientos al final del libro, pese a empezar con un coherente "He tenido mucha suerte en mi vida, algo que desde luego no me he ganado a pulso (véanse las cuatrocientas páginas anteriores para más detalles)". Todos seríamos fruto de unas determinadas circunstancias genéticas, psicológicas, sociales e históricas, todas ellas reducibles a la física, que en algunos casos nos han conducido a volar un edificio en Oklahoma o matar a sangre fría a un puñado de jóvenes socialistas en una isla noruega y en otras a escribir en este blog o a publicar un libro llamado Free Agents que sostiene lo contrario que Determined. Esto último es lo que ha hecho (él me ha convencido de que conforme a sus propósitos, como agente cognitivo libre aunque constreñido) el científico irlandés Kevin Mitchell. 

Hay una interesante y amistosa charla en YouTube entre Sapolsky y Mitchell en torno a esa disputa: ¿nos limitamos a ejecutar un guion o tenemos algún margen de libertad? En lo que ambos coinciden, y yo también, es en arrojar por la borda el compatibilismo: la contradictoria idea, defendida entre otros por el gran filósofo recientemente fallecido Daniel Dennet, de que todo está determinado pero al mismo tiempo podemos a todos los efectos considerarnos libres y responsables de nuestros actos. Como dice Mitchell, si todo está determinado no procede hablar de elecciones: nadie decide nada. La intención de los compatibilistas parece ser más bien la de solucionar los inquietantes dilemas sociales y éticos inherentes al determinismo.

No voy a explayarme en el planteamiento de Mitchell porque ya escribí un post dedicado a su magnífico libro. Solo añadiré que su oposición a Sapolsky se fundamenta en la hipótesis de que los detalles de bajo nivel (a escala de las partículas elementales) más las leyes físicas infradeterminan el futuro de todo sistema debido a la aleatoriedad cuántica: hay pues una holgura causal que permite a los agentes cognitivos del universo ejercer una causalidad de arriba hacia abajo al servicio de sus fines (fundamentalmente de su supervivencia, o sea del mantenimiento de su autonomía en un entorno cambiante, bajo la presión de la segunda ley de la termodinámica). Esto lo consiguen modificando la configuración del sistema en sus niveles más básicos (del mismo modo que lo hace un ordenador, constriñendo el movimiento de los electrones, cuando ejecuta un programa), no el comportamiento de las partículas. La susodicha infradeterminación es la que hace imposible derivar la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 o la permanencia en La Liga de la U.D. Las Palmas en mayo de 2024 del estado microscópico del universo hace 10 mil millones de años, por muy perfecto que fuera nuestro conocimiento de las leyes fisicas y del estado de cada una de las partículas.

Aunque Spolsky se empeña en convencernos de que los comportamientos emergentes o complejos pueden conducir a soluciones inteligentes e incluso óptimas de manera espontánea y descentralizada (pone ejemplos como el de los mohos mucilaginosos o el de las redes neuronales biológicas), sin necesidad de volición o de un agente controlador, resulta muy difícil conciliar la idea de la evolución biológica con la del determinismo. Sin la existencia de agentes causales con propósitos, Mitchell cree con buen criterio que la vida no habría surgido, persistido ni ganado en complejidad. No estaríamos aquí para contarlo, ya que seríamos fruto no solo de las leyes físicas sino también de las decisiones emergentes de agentes cognitivos con poder causal entre los cuales figuramos nosotros mismos. 

Pero pongamos que Sapolsky llevara razón en su planteamiento determinista. ¿Qué sentido tendría entonces hablar de progreso (o retroceso) moral? Tan exento de culpa estaría el artífice nazi de la solución final Adolf Eichmann (producto supuestamente necesario de una gigantesca cadena causal física iniciada hace 13.800 millones de años) como quienes lo condenaron a muerte en Israel en vez de apartarlo de la sociedad. Y tan exento Breivik como quien decidiera aplicarle su misma medicina, movido por un deseo de venganza, mientras juega a la Play en su coqueto hotel penitenciario noruego. Ninguno podría haber hecho otra cosa. ¿Para qué enredarse pues en consideraciones éticas cuando la voluntad es solo una quimera?...

domingo, 29 de marzo de 2015

¿Libre albedrío?

Un enigma con implicaciones muy profundas para nuestra existencia es el del libre albedrío: ¿somos realmente libres para conducir nuestras vidas conforme a una supuesta voluntad autónoma, independiente del mundo físico?, ¿nos limitamos a ejecutar inconscientemente un guion predeterminado?

A bote pronto, la respuesta razonable sería otra pregunta: ¿Y por qué habríamos de tenerlo (el susodicho libre albedrío)? ¿Acaso se trata de una propiedad emergente de los agregados de electrones y quarks más complejos (tal es nuestro caso, a diferencia de otros seres vivos como una bacteria o de objetos inertes como una bombilla), fruto precisamente de esa misma complejidad? En el juego de la vida de Conway no ocurre que, al cabo de tropecientas generaciones, un objeto complejo comience a decidir por libre: sigue la programación fijada originariamente, cuando todo era tremendamente simple (aunque pueda llegar a parecer, dado el nivel de complejidad alcanzado, que está realmente decidiendo).

Hay quienes sostienen, aun asumiendo que quizá no exista el libre albedrío, que su negación nos lleva a un indeseable fatalismo y a la consiguiente inacción. Pero hay una falla lógica en este planteamiento: conforme a un enfoque determinista, si un ser humano decide dejarse llevar por la inercia en la creencia de que todo ya está determinado, y que no vale la pena molestarse en tomar decisiones, es precisamente porque ya estaba predeterminado que así se comportase. Igualmente, ya estaría fijado que alguien le recriminara su fatalismo. Y que yo dejara constancia por escrito de ello aquí y ahora. Esto es lo que se llama superdeterminismo, cuya existencia no ha podido ser desmentida por la ciencia.*(ver apéndice al final)

Haya o no haya libre albedrío, lo cierto es que desconocemos lo que nos depara el futuro. Por tanto, la emoción está siempre asegurada. Si todo ya está predeterminado, no tiene sentido estar lamentándonos por decisiones o inacciones pasadas: la senda que seguimos es la única que podemos seguir, nos guste o no. Pero supongamos que existe el multiverso cuántico y hay libre albedrío, de modo que cada elección nuestra nos lleva por la senda de un universo o de otro. En este caso, también sería absurdo mortificarse por decisiones u omisiones (estas últimas son las más dolorosas: ¡ay, esa persona a la que nunca le hiciste saber lo que sentías por ella!) del pasado: queda el consuelo de saber que en otros universos acabaremos tomando (por cierto, infinitas veces) todos y cada uno de los caminos posibles. 

Así pues, tal y como acaso estaba predeterminado (no sabemos si con información originaria de algún orden subyacente o trascendente al Universo), pongo fin a esta entrada en esta hermosa mañana de primavera que ya estaba presuntamente inscrita en aquella primigenia singularidad que hizo bang hace más o menos 13.700 millones de años.

*APÉNDICE:
Muy incómodo con la incertidumbre introducida en la Física por la mecánica cuántica, que no ofrece certezas sino probabilidades, Albert Einstein llegó a afirmar que "Dios no juega a los dados" (obviamente, su idea de Dios no tenía nada que ver con la de cualquier creyente al uso). Pensaba que la mecánica cuántica era incompleta, que había variables ocultas que no contemplaba, cuyo conocimiento permitiría arrumbar las probabilidades para volver a las luminosas certezas. Además, para él el mundo existía -era real- con independencia de que fuese observado o no (de acuerdo a la interpretación de Copenhague, esgrimida por Niels Bohr, la Luna no existiría cuando nadie la estuviese contemplando). Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación del entrelazamiento cuántico (fenómeno merced al cual dos partículas conservan las mismas características físicas tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio) que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia" -considerada por ellos ilógica- era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica,

El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Por último, y es lo que viene más a cuento en esta entrada, el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo. El propio científico irlandés reconocía ante Paul Davies, en una entrevista en 1985 en la BBC:

"Hay una manera de escapar a la conclusión de las velocidades superlumínicas y de la acción fantasmal a distancia. Pero implica un absoluto determinismo en el Universo, la completa ausencia de libre albedrío. Suponiendo que el mundo es superdeterminista, no solo con una Naturaleza inanimada funcionando de acuerdo a un mecanismo de relojería entre bastidores, sino también con nuestra conducta, incluida nuestra creencia en que somos libres para elegir hacer un experimento en vez de otro, absolutamente predeterminado, incluyendo la "decisión" por el experimentador de llevar a cabo una serie de medidas en vez de otras, la dificultad desaparece". 

viernes, 8 de marzo de 2013

Los costes de pensar por libre (reflexión a cuenta de Peter Singer)

Ser un librepensador bien vale la pena, tanto por el placer de pensar por uno mismo como por la libertad de espíritu (aunque te encuentres encerrado detrás de unos barrotes o en un gulag). Sin embargo, no sale gratis. Pensar por tu cuenta supone un esfuerzo y requiere valentía, ya que trae consigo salirse del cálido espacio de confort del pensamiento convencional (de lo que te dijeron de pequeño en casa, en la escuela y en la iglesia y nunca te atreviste a cuestionar) para asomarse a caminos bacheados sin señalización y abismos vertiginosos. Por otro lado está el coste social, cuando osas transmitir tus ideas o reflexiones a tus congéneres. Porque muchas personas no te van a entender e incluso te van a tomar como un chiflado. Eso no es lo peor, ya que incluso puedes ser linchado socialmente por tanto cabestro incapaz de advertir los matices, de poner las cosas en su contexto, de diferenciar un aserto de una valoración, de comprender (en el sentido más amplio de la palabra). Steven Pinker refiere algunos ejemplos a este respecto en su libro La tabla rasa, como los ataques -en este caso, de izquierdistas biempensantes y feministas radicales- a quienes sostienen que la violación no solo es violencia sino también sexo. Estoy dando además por descontado que vivimos en una democracia: no hablemos ya de dictaduras o regímenes teocráticos, en los que te jugarías literalmente el pellejo.

Lo cierto es que uno puede hablar con la cabeza perfectamente amueblada de cuestiones como la liberación animal, el vegetarianismo ético, el Multiverso o incluso la posibilidad de que el Cosmos sea una simulación computada (una hipótesis metafísica no desdeñable). Bien diferente es llenarse la boca de chakras, reiki, tarot, chemtrails, alimentación en función del tipo sanguíneo o majaderías conspiranoicas. Ahí es donde están el criterio y la información de cada uno para saber distinguir una audaz conjetura o un pensamiento heterodoxo bien construido de simples gilipolleces sin más fundamento que el ratón Pérez o las apariciones marianas en El Escorial.

El filósofo australiano Peter Singer es un magnífico ejemplo de librepensador contemporáneo. Con la sola armadura de la razón y la intuición (que no deja de ser un modo ultrarrápido de razonamiento), nos desmonta tópicos, plantea contradicciones e ilumina nuevos caminos para su especialidad: la Ética. No va por sendas trilladas y siempre anda un paso por delante de pensadores como Savater (quizá por haberse molestado en leer textos de Biología y Etología para hacer reflexiones de índole moral), lo que le ha granjeado toda suerte de oprobios entre los cuales el ser considerado un monstruo quizá no sea el más desagradable.

En su polémico (¡cómo si no!) libro Ética práctica, Singer tiene un capítulo llamado "¿Por qué es malo matar?". Parece algo obvio para casi todo el mundo -salvo que las víctimas no sean humanas y se sirvan en la mesa con ensalada y papas fritas-, pero no lo es tanto si indagamos en el asunto sin condicionamientos doctrinarios previos y solo auxiliados por la razón. Singer nos invita a imaginarnos un caso muy especial: una persona sin familia ni nadie que le pueda echar de menos en el mundo está durmiendo en un paraje donde no hay nadie observando; de pronto, alguien le causa la muerte, sin sufrimiento alguno para la víctima (el fallecimiento es instantáneo) y sin que esta llegue a ser consciente en ningún momento de la amenaza sobre su existencia; el cadáver de esta persona nunca aparecerá y jamás se descubrirá lo ocurrido. 

En este supuesto, la aniquilación de una vida no va aparejada a sufrimiento alguno (ni de la propia víctima, ni de sus familiares, ni de eventuales testigos del crimen ni de la sociedad en su conjunto). Se podría objetar que se le ha arrebatado a la víctima la posibilidad de seguir viviendo, que se le han truncado sus proyectos vitales, sus eventuales momentos de felicidad en el futuro... Pero esa objeción es absolutamente desacertada, porque el asesinado no echará de menos lo que podría haber hecho y ya nunca hará. Llegados a este punto, considero necesario recordar que se trata de un mero ejercicio teórico: no significa que esté bien matar a alguien en esas circunstancias ni que Singer lo justifique o aliente de algún modo. Solo es un supuesto para hacernos reflexionar acerca de las raíces de la moral.

Una de las conclusiones principales de este libro es que el concepto de persona -cuyos intereses habrían de ser debidamente tenidos en cuenta- debe ensancharse para incluir a individuos no humanos (grandes simios y otros mamíferos inteligentes como delfines, ballenas, elefantes, etc.). Algo que filósofos católicos no dudan en despachar con esta contundencia: "Grotesca de suyo, no requiere más comentario" (sinceramente, a mí se me antoja mucho menos grotesca que la creencia en la virginidad de una madre). Desde luego, si por persona entendemos un individuo autónomo y consciente de sí mismo, que puede sufrir y gozar y se ve como una entidad diferenciada con un pasado y un futuro, no parece de recibo limitar el concepto a nuestra especie: eso sería especismo del más burdo (tan endeble de sostener como el racismo o el sexismo, hasta hace no mucho considerados como lo más natural por la mayor parte de la gente).

Esto que cuenta Singer es muy difícil de tragar para mucha gente, condicionada por sus creencias religiosas (o laicas) y los convencionalismos sociales. Intentar compartirlo entraña el riesgo ya apuntado al comienzo de este texto. En cierto modo sería como contarle a un amigo funcionario conservador con cuatro hijos que se ha casado por la Iglesia con su novia formal de toda la vida que vas a contraer nupcias por el rito balinés con tu amante bisexual de Taiwán para establecerte como corredor de apuestas en Oregón: lo más probable es que el amigo te mire con recelo (detrás del cual, por cierto, acaso se encuentre agazapada una insana envidia).

Una de las grandes ventajas de las redes sociales, tal como coincidía este lunes con mi amigo Salvador Casado en un memorable paseo-charla nada virtual por las sendas nevadas de La Barranca (al pie de La Maliciosa), es que te ofrece la oportunidad de conectar con personas de todo el mundo que están en tu misma onda. La misma ventaja que tienen, a su vez, quienes comparten afición por los chakras, el reiki, el tarot, los chemtrails o las majaderías conspiranoicas. Porque alienta mucho saberse acompañado y entendido por tanta gente de ahí fuera (aunque sean pocos relativamente).

domingo, 12 de junio de 2011

Desmontando frases solemnes (I): "La verdad os hará libres"

Hay expresiones arraigadas pese a su vaciedad e incluso su notoria falsedad. Hoy me detengo en este pasaje del Evangelio de San Juan, convertido en todo un clásico solemne no solo para los cristianos sino también para los marxistas y otras gentes de muy variado pelaje: "La verdad os hará libres" (Jn, 8:32).

Para empezar, es muy improbable que la verdad sea lo que pensaba y expresaba Jesús de Nazaret, a quien se atribuye la frase. Pero sea cual sea la verdad, desde la más nimia a la más absoluta, no existe relación alguna entre conocerla (caso de ser accesible al entendimiento) y ser libre. Por ejemplo, el conocimiento de la verdad "No puedo volar de este tejado al otro moviendo mis brazos como las alas de un ave sin perecer de inmediato" no me hace ni más ni menos libre: solo me hace consciente de una de las muchas limitaciones a mi libertad.

Porque quien vive es siempre prisionero del espacio-tiempo y de las leyes físicas y biológicas: no puede sustraerse al influjo gravitatorio (aunque un ser humano es libre de intentar dar un salto de 18 metros hacia arriba), al electromagnetismo (también somos libres de meter los dedos mojados en un enchufe), a la dictadura de la termodinámica (la que dispone que todo decaiga y que la flecha del tiempo apunte inexorablemente hacia el futuro), a la necesidad de alimentarse periódicamente, a la pulsión sexual o al riesgo de ser víctima de la predación de una bacteria, un león o un semejante ("Matar o morir" sí que es una de las grandes verdades de la vida).

Luego están las cadenas impuestas por vivir en sociedad. Saber que te engaña el dictador que se proclama gran timonel o intérprete de la voluntad de Dios no te libera de su régimen oprobioso, aunque siempre queda el consuelo de la libertad de pensamiento (puede que ni eso en un futuro, con el avance de la tecnología). Sin ir tan lejos, saber que tienes unos hijos que mantener y unas obligaciones con quien te paga el sueldo tampoco te aporta libertad: más bien te hace consciente de tus muchas servidumbres (entre ellas, algunas bastante estúpidas y prescindibles como el consumismo). Lo que sí es muy cierto es que la falta de escrúpulos tiende a hacerte más libre, al hacer más laxas tus obligaciones sociales.

Ahora bien, ¿puede que la eventual contemplación de la verdad absoluta (la Verdad, si acaso tal cosa existiese) sí nos hiciera libres? Desde luego, no mientras tengamos puesto el traje mortal y estemos sometidos a las leyes de este mundo. La visión de esa verdad suprema incluso podría volvernos locos, como le pasó al rey del cuento El espejo y la máscara, de Borges, al contemplar la Belleza: un "don vedado a los hombres". Mientras vivamos, la verdad no nos hará libres sino simplemente más informados y conscientes (y, en algunos casos, más infelices).

En fin, que me quedo mejor con esta frase de inmensa potencia tautológica pronunciada hace meses en el salón de actos de un colegio -¡juro que fui testigo de ello!- por un alcalde de la sierra madrileña (adscrito a la derecha abertzale, como casi todos los de la zona): "La libertad os hará libres". Ahí sí que estoy con él, sin duda.

Próxima entrega de 'Desmontando frases solemnes': "El hombre es el único animal que mata por placer"

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