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domingo, 29 de marzo de 2015

¿Libre albedrío?

Un enigma con implicaciones muy profundas para nuestra existencia es el del libre albedrío: ¿somos realmente libres para conducir nuestras vidas conforme a una supuesta voluntad autónoma, independiente del mundo físico?, ¿nos limitamos a ejecutar inconscientemente un guion predeterminado?

A bote pronto, la respuesta razonable sería otra pregunta: ¿Y por qué habríamos de tenerlo (el susodicho libre albedrío)? ¿Acaso se trata de una propiedad emergente de los agregados de electrones y quarks más complejos (tal es nuestro caso, a diferencia de otros seres vivos como una bacteria o de objetos inertes como una bombilla), fruto precisamente de esa misma complejidad? En el juego de la vida de Conway no ocurre que, al cabo de tropecientas generaciones, un objeto complejo comience a decidir por libre: sigue la programación fijada originariamente, cuando todo era tremendamente simple (aunque pueda llegar a parecer, dado el nivel de complejidad alcanzado, que está realmente decidiendo).

Hay quienes sostienen, aun asumiendo que quizá no exista el libre albedrío, que su negación nos lleva a un indeseable fatalismo y a la consiguiente inacción. Pero hay una falla lógica en este planteamiento: conforme a un enfoque determinista, si un ser humano decide dejarse llevar por la inercia en la creencia de que todo ya está determinado, y que no vale la pena molestarse en tomar decisiones, es precisamente porque ya estaba predeterminado que así se comportase. Igualmente, ya estaría fijado que alguien le recriminara su fatalismo. Y que yo dejara constancia por escrito de ello aquí y ahora. Esto es lo que se llama superdeterminismo, cuya existencia no ha podido ser desmentida por la ciencia.*(ver apéndice al final)

Haya o no haya libre albedrío, lo cierto es que desconocemos lo que nos depara el futuro. Por tanto, la emoción está siempre asegurada. Si todo ya está predeterminado, no tiene sentido estar lamentándonos por decisiones o inacciones pasadas: la senda que seguimos es la única que podemos seguir, nos guste o no. Pero supongamos que existe el multiverso cuántico y hay libre albedrío, de modo que cada elección nuestra nos lleva por la senda de un universo o de otro. En este caso, también sería absurdo mortificarse por decisiones u omisiones (estas últimas son las más dolorosas: ¡ay, esa persona a la que nunca le hiciste saber lo que sentías por ella!) del pasado: queda el consuelo de saber que en otros universos acabaremos tomando (por cierto, infinitas veces) todos y cada uno de los caminos posibles. 

Así pues, tal y como acaso estaba predeterminado (no sabemos si con información originaria de algún orden subyacente o trascendente al Universo), pongo fin a esta entrada en esta hermosa mañana de primavera que ya estaba presuntamente inscrita en aquella primigenia singularidad que hizo bang hace más o menos 13.700 millones de años.

*APÉNDICE:
Muy incómodo con la incertidumbre introducida en la Física por la mecánica cuántica, que no ofrece certezas sino probabilidades, Albert Einstein llegó a afirmar que "Dios no juega a los dados" (obviamente, su idea de Dios no tenía nada que ver con la de cualquier creyente al uso). Pensaba que la mecánica cuántica era incompleta, que había variables ocultas que no contemplaba, cuyo conocimiento permitiría arrumbar las probabilidades para volver a las luminosas certezas. Además, para él el mundo existía -era real- con independencia de que fuese observado o no (de acuerdo a la interpretación de Copenhague, esgrimida por Niels Bohr, la Luna no existiría cuando nadie la estuviese contemplando). Junto a Podolski y Rosen, Einstein apuntó en 1935 en la conocida como paradoja EPR que la única explicación del entrelazamiento cuántico (fenómeno merced al cual dos partículas conservan las mismas características físicas tras separarse y tomar direcciones opuestas a partir de un mismo punto del espacio) que permitía eludir una hipotética "acción fantasmal a distancia" -considerada por ellos ilógica- era que las dos partículas entrelazadas compartiesen una programación oculta. Con ello pretendían poner en evidencia la incompletitud de la mecánica cuántica,

El teorema de Bell, formulado por el físico irlandés John Bell en 1964 y confirmado empíricamente por Alain Aspect en 1981 (algunos lo consideran el experimento más profundo de la historia de la ciencia), desmentiría la existencia de variables ocultas locales: no hay una programación en las partículas entrelazadas, no hay una información impresa en ellas que se nos pase por alto, como creía Einstein. Eso sí, el teorema no descarta que existan variables ocultas no locales (que la información de una partícula a otra se transmita instantáneamente -más rápido que la luz, por tanto-, como parece ocurrir con el entrelazamiento cuántico), tal y como defendía David Bohm en su interpretación holística de la mecánica cuántica que concibe el Universo como un todo íntimamente interconectado. Por último, y es lo que viene más a cuento en esta entrada, el teorema de Bell no está reñido con el superdeterminismo. El propio científico irlandés reconocía ante Paul Davies, en una entrevista en 1985 en la BBC:

"Hay una manera de escapar a la conclusión de las velocidades superlumínicas y de la acción fantasmal a distancia. Pero implica un absoluto determinismo en el Universo, la completa ausencia de libre albedrío. Suponiendo que el mundo es superdeterminista, no solo con una Naturaleza inanimada funcionando de acuerdo a un mecanismo de relojería entre bastidores, sino también con nuestra conducta, incluida nuestra creencia en que somos libres para elegir hacer un experimento en vez de otro, absolutamente predeterminado, incluyendo la "decisión" por el experimentador de llevar a cabo una serie de medidas en vez de otras, la dificultad desaparece". 

miércoles, 11 de febrero de 2015

Endosimbiosis: de aquellos polvos, estos lodos mitocondriales

Hace unos 1.500 millones de años, aquí en la Tierra, se produjo un evento aparentemente trivial (entonces no había inteligencia alguna conocida para observarlo y juzgarlo) cuyas consecuencias se proyectan hasta nuestros días no solo felizmente (¡no estaríamos aquí para contarlo!) sino también de manera trágica. Lo que ocurrió fue que una célula eucariota (con núcleo) engulló a una bacteria con capacidad de hacer la fotosíntesis en un episodio acuñado por la bióloga Lynn Margulis (esposa de Carl Sagan) como endosimbiosis. La bacteria engullida no fue destruida y siguió viviendo dentro de la célula eucariota, con la que estableció una relación mutuamente beneficiosa al convertirse en su central energética y tener en ella una morada más segura (gracias a la muralla de las paredes celulares).

Las mitocondrias de nuestras células, que atesoran el único ADN que está fuera de los núcleos (y que heredamos de nuestras madres, al estar dentro del óvulo fecundado), son vivo testimonio de aquel remotísimo episodio endosimbiótico. La cara trágica de ese suceso son las enfermedades mitocondriales, causadas por errores en su ADN: se trata de patologías muy graves (daños cerebrales, cardíacos, hepáticos, etc.), cuyos pacientes no suelen superar el año de vida.

Hace unos días se autorizó precisamente en el Parlamento británico el uso de una técnica de manipulación genética que permitirá erradicar todas las enfermedades mitocondriales (no la curación de quienes ya las sufren, sino su evitación en futuras concepciones). Consiste en extraer el núcleo del óvulo de una mujer donante para insertar en su lugar el de un óvulo de la madre (que se fertiliza posteriormente con un espermatozoide del padre y se implanta en su útero), con lo que se elimina por completo el ADN mitocondrial defectuoso (¡las mitocondrias ya no son las de la madre principal!). Hablar de tres padres resulta muy exagerado, puesto que el ADN mitocondrial de la segunda madre representa muy poco para el futuro bebé (solo el 0,18% del total de su genoma o mapa genético) y no tiene un reflejo fenotípico: no se traduce en rasgos externos o internos como la altura, el color de los ojos, la apacibilidad de carácter, el tipo sanguíneo o la pigmentación de la piel.

Así pues, no hay objeción razonable alguna -las de religiosos ignorantes no son, por supuesto, razonables- a este avance científico que promete reducir el sufrimiento causado por las ciegas mutaciones genéticas a las que, por otra parte, también debemos nuestra existencia.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Haciendo historia al salir en coche del supermercado

Tras hacer la compra en el supermercado, abandoné el garaje del centro comercial por una salida diferente a la de siempre. Esto suponía salir a la superficie por una calle perpendicular a la habitual. Al cabo de unos 150 metros, tras haber doblado la esquina, pasé con el coche por delante de la otra salida. Pensé: si hubiera tomado ésta, mi coche estaría ahora mismo algo más adelantado, quizá ya en el paso de peatones junto a la rotonda, por donde cruzaba en ese momento una mujer.

Fue un acontecimiento trivial fruto de una decisión no menos trivial. Pero supe que los hilos con que se teje la historia universal no eran los mismos al salir por un lado en vez de por el otro. No era necesario haber atropellado a la mujer del paso de peatones (o haberlo evitado) como consecuencia de tomar la salida infrecuente: la diferente ruta modificaba ligeramente los movimientos de los actores desplegados en el espacio-tiempo, lo suficiente como para tener un impacto global significativo. Mi coche ya no pasaría por los distintos hitos de la carretera de vuelta a casa en el mismo instante en que lo hubiese hecho de haber tomado la otra salida, lo que necesariamente condicionaba el curso de los acontecimientos a lo largo de todo el recorrido e incluso más allá de éste a causa de innumerables ramificaciones (por ejemplo, una persona que no hubiera logrado cruzar la calle diez minutos después -por el paso de varios coches seguidos, entre ellos el mío adelantado-, podría haber decidido pararse a hacer una llamada telefónica, con lo que hubiera ejercido de correa transmisora no local al influir -¡y a saber cómo!- en los movimientos de un receptor que acaso estuviese en el baño, conduciendo o en una reunión importante).

Sentí como si hubiese empujado con mi voluntad una ficha de dominó contra una de las dos hileras enormes de piezas dispuestas en aquel momento ante mí sobre el tablero cósmico (ojo: puede que no hubiese opción y todo estuviera programado desde el big bang para que saliera del centro comercial por donde lo hice). Entonces recordé una reciente entrevista al biólogo Richard Dawkins en la que sostenía que ninguno de nosotros estaría aquí de no haber existido Hitler y de no haber habido una Segunda Guerra Mundial (ya con esas -y esto lo añado yo-, de no haber existido Alejandro Magno y no haber derrotado Roma a Cartago). ¡Y es que tenía razón! La Segunda Guerra Mundial no solo mató a 60 millones de personas sino que afectó a cientos de millones más cuyos movimientos sobre el tablero espacio-temporal hubiesen sido otros que, con absoluta certeza, no habrían conducido a nuestro nacimiento (hay que tener presente que la concepción es fruto de la llegada de solo uno de varios cientos de millones de espermatozoides).

Como decía Dawkins, si el padre de Hitler se hubiese movido ligeramente -a causa, por ejemplo, de un ladrido de perro- antes de eyacular dentro de su esposa, Adolf no hubiese nacido (lo hubiera hecho otro muy parecido, pero no él). Y si Adolf Hitler no hubiese nacido, seguramente no hubiera habido una guerra como la acaecida entre 1939 y 1945 (por mucho que el pensamiento marxista subraye la importancia de las razones socioeconómicas de fondo, de los llamados elementos infraestructurales). Porque no hay nada determinado, porque las cosas pudieron haber seguido otro camino en 1939 (incluso antes, ya que Alemania pudo haber sido un Estado comunista en 1933 sin el factor nazi): una guerra más corta y menos cruenta, un pacto de última hora que la evitase, un mantenimiento del statu quo durante unos años más para luego acabar estallando el conflicto con más violencia si cabe (incluso con armas nucleares detonadas en Europa)....

En esta misma línea, Dawkins hace que nos remontemos 195 millones de años en el tiempo para ser conscientes de un hipotético suceso no descartable: el estornudo de un dinosaurio que se disponía a matar y comerse al individuo antecesor de todos los mamíferos (del que todos los humanos, cerdos, murciélagos y ballenas procedemos); sin ese estornudo, que habría permitido la huida de su víctima, yo no estaría escribiendo esto ni tú -amable lector- leyéndolo. Piénsalo cada vez que tomes alguna decisión, por corriente que parezca.

jueves, 6 de marzo de 2014

Panero is over (en este Universo)



A través de los ventanales de mi casa en Las Palmas vi de adolescente construir, en lo más alto del risco de San Nicolás, el que sería el nuevo hospital militar de la ciudad. Reconvertido en civil desde 2002, ese era el lugar reservado por el destino para la muerte del poeta madrileño Leopoldo María Panero. Si alguien le hubiera informado de ello cuando se puso la primera piedra del hospital, hace más de treinta años, ¿cómo se lo hubiese tomado? Recuerdo ahora esta letra de Sabina: "El traje de madera que estrenaré no está siquiera plantado, (...) el cura que ha de darme la extremaunción no es todavía monaguillo". Acaso desconocer el futuro sea necesario para vivir feliz y plenamente. Mejor que no te digan dónde se plantó el pino (si ya se ha plantado) o qué monaguillo se encargará de administrar el susodicho sacramento (por cierto, no se molesten en hacerlo conmigo).

A Panero tuve ocasión de verlo varias veces a lo largo de estos últimos años, porque solía estar tumbado en un banco frente a una conocida librería (El libro técnico) ubicada en la misma calle Tomás Morales donde siguen viviendo mis padres (frente al instituto del mismo nombre). Estaba siempre en un estado lamentable: sucio, borracho, junto a un brik de vino de Don Simón. ¡Quién podría sospechar, no conociéndolo, que podían adquirirse libros suyos en esa misma librería! Una vez le preguntó a mi amigo Samuel Rodríguez Navarro, cuando éste salía de otra librería próxima (Canaima), si estaba interesado en comprarle un libro suyo por 20 euros (seguramente se trataba de uno de esos ejemplares que la editorial entrega a los autores para repartir entre familiares y amigos). Samuel le dio un billete de 20 y fueron hasta un estanco para comprar un boli Bic con el que le firmó la obra. Ya de paso, mi amigo le informó de que era uno de los personajes mencionados en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Panero no tenía ni idea de esto, ni siquiera de la existencia del escritor chileno ya convertido en mito. Otro amigo, Carlos González Artiles, tuvo cierto trato con él, ya que a veces se dejaba caer por la cercana facultad de Humanidades, entre cuyos estudiantes contaba con algunos admiradores. Quienes le conocían decían que había un tipo tierno detrás del personaje desquiciado que profesó el malditismo y no dejó una sola droga (alcohol y tabaco inclusives) sin probar.

Preguntado sobre Dios en la entrevista que le hizo Sánchez Dragó en 1999, Panero soltaba este delirante disparate sin pies ni cabeza: "Yo creo en lo que llamaban los gnósticos el hipercosmos, el cielo de las estrellas fijas, que es lo que llaman los rusos, lo que llama Isaac Asimov el antiuniverso... Un... otro espacio... energía en estado puro, fuego en estado puro... que... lo que decía Heráclito: todo volverá al fuego original... Es la energía en estado puro de la ecuación de Einstein E = m por c al cuadrado, y que es otro espacio con presente (sic) en este disimétrico que es la geometría no goulliana (sic) de Farca (sic), Boulet, Lobachevski y Taurinus, que es un universo subjetivo que no es nadie y eso es Dios". Solo puede afirmarse esto si eres un Deepak Chopra o estás drogado o como una maraca, que era el caso del bueno de Leopoldo Panero.

"Cuando el veneno entra en sangre, mi cerebro es una rosa", decía el poeta en esa misma entrevista en TVE. No puedo estar de acuerdo, pero cada uno (aparentemente) elige -si quiere y puede- su propio camino vital y creativo: en eso consiste lo que hemos dado en llamar libertad. Quizá la locura y el delirio sean otras sendas no menos válidas para acercarse al cogollo del Cosmos. ¿Por qué no? ¡Hasta la próxima función (ya verás que volverá a ser en el tablero del espacio-tiempo), Leopoldo!

martes, 7 de enero de 2014

Borges y el dudoso dictamen de la posteridad


(después de una conversación con el viejo amigo Samuel Rodríguez Navarro en el día de su cumpleaños)

En un centro escolar del año 5614 se recita este texto del escritor sudamericano del siglo XX Jorge Luis Borges, primer párrafo del único poema que se conserva de su amplia, pero desgraciadamente perdida, producción literaria:

"Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios" (leer el poema completo).

¿Habría llegado a imaginar el propio Borges tamaña pesadilla? De haberlo sabido, de haber sido informado por algún viajero del futuro, ¿cómo hubiese vivido el resto de sus días? ¿Hubiera sido posible para él -para cualquier creador- morir en paz?...

Cualquier lector con criterio del genio argentino bien sabe que este texto no puede ser suyo, como cualquier lector espabilado de John M. Coetzee tendría claro que no se le puede atribuir la letra de Torito bravo de El Fary o cualquier oyente de Mahler estaría seguro de que suya no puede ser la música del baile del gorila de Melody. Pero la proporción entre lectores y no lectores de Borges (los más propensos a afirmar que ese poema es sublime) es muy baja. ¿Por qué no habría de pervivir la creencia en su autoría de ese bodrio, de modo que solo este llegase a los lectores del siglo LVII?... Imaginemos un colapso civilizatorio tal que trajera consigo la destrucción de todos los libros de la humanidad, tanto en soporte convencional (en papel) como digital. Solo se salvaría de la quema lo preservado de generación en generación por la tradición oral, entre lo cual podría incluirse esta presunta pieza de Borges (¡y no cualquier obra suya de verdad!).

No creo en ese tópico de que la posteridad pone a cada uno en su sitio. No tiene por qué haber justicia a ese respecto (por otro lado, tampoco hay que darle más importancia: nuestra suerte última y compartida -la tuya, la mía, la de Cormac McCarthy y la de Belén Esteban- es la inesquivable muerte térmica del Universo). Semejante premio a toda una vida dedicada a la literatura como la de Borges -porque su existencia no fue mucho más allá de sus libros, fantasías e inquietudes intelectuales- podría considerarse la mayor burla del destino a quien decía darse por satisfecho con acaso haber contribuido a la humanidad con "al menos una sola línea necesaria".

lunes, 18 de noviembre de 2013

Tú, yo y todos: únicos, repetibles e imborrables

Hace semanas que me asalta una profunda intuición, la de que todos nosotros (cualquier ser vivo con conciencia, por primitiva que sea) somos al mismo tiempo únicos, repetibles e imborrables. Algo así como una obra musical, pongamos que como el concierto de viola en Do menor de Johann Christian Bach.
Tengamos primero en cuenta que lo que conocemos como nuestro yo físico en cada momento (porque el yo físico de hace un segundo no es el mismo que el de dentro de un segundo) es una combinación gigantesca de partículas físicas (electrones y quarks) dispuestas en el tablero del espacio-tiempo. Los estados de conciencia están asociados a estas combinaciones. El flujo del pasado al futuro de los sucesivos estados de conciencia es lo que hemos dado en llamar el yo.

Seríamos únicos en el sentido de que la combinación que nos define solo se correspondería con nosotros (y no con cualquier otro objeto del Universo). Seríamos repetibles en la medida en que esa combinación podría ser reproducida infinitas veces en un hipotético Multiverso. Seríamos imborrables porque nuestra fórmula estaría inscrita de manera indeleble -¿y acaso necesaria?- en el tejido del Cosmos. La partitura del concierto de viola de Johann C. Bach es también única, repetible e imborrable. Aunque destruyésemos el original y todas sus copias y reproducciones, la exacta combinación de sonidos que expresan seguiría intacta en un almacén platónico más allá del espacio y el tiempo. Nada menos que el gran Richard Dawkins, el tipo menos sospechoso de ser un cantamañanas o de decir chopradas, sostiene en El relojero ciego que todas las formas biológicas posibles están ahí fuera en una especie de hiperespacio platónico a disposición de la evolución. ¿Y por qué no también, en sus respectivos hiperespacios ideales, el concierto de viola en Do menor y tu propio yo mental o conciencia?

Este guiño a Platón nos aboca a una especie de predestinación calvinista: ¿Por qué hemos tenido la suerte de ser humanos y no almejas o paramecios? ¿Por qué hemos tenido la suerte de ser nosotros y no Carlos Floriano? ¿Por qué hemos tenido la desgracia de ser nosotros y no Brad Pitt o Einstein? ¿Por qué no hemos tenido que pasar (¡toquemos madera!) por un campo de exterminio?: ¿acaso somos mejores que la guapa, encantadora e inteligente niña de tres años que Primo Levi vio en el tren camino de su bárbaro fin prematuro en Auschwitz?... Pero sería como si en el número 23.175 el dígito 2 se lamentase de ser más bajo que el 3 o anhelase estar en el puesto del 7. O como si el polo norte se planteara por qué no es el polo sur. O como si una nota del concierto de Johann C. Bach pretendiese colocarse en otro lugar de la obra o escaparse de ella. Somos irrevocablemente lo que somos, por la misma razón por la que el dígito 5 es el último del número 23.175. Y cada vez que se alumbre una conciencia con nuestra precisa fórmula en cualquier Universo, seremos nosotros los convocados, como uno de los modos que tiene el Cosmos de percibirse parcialmente a sí mismo a través del espacio y el tiempo.

Ahora bien, el concepto de yo se emborrona en el Multiverso cuántico porque toda alternativa (ir por un camino a la izquierda o a la derecha) se ramificaría infinitamente llevándonos a individuos parecidos pero con diferentes historias y, por tanto, yoes ligeramente distintos tras cada ramificación. Mi yo que no volvió a España en febrero de 1994, porque se quedó a vivir en Inglaterra, sería ahora, al cabo de casi 20 años, algo diferente al que vive en Madrid y esto escribe. Así pues, ese que se estableció en Londres, ¿podría ser considerado yo? Desde luego, no estaría más lejos que mi yo de 1982 en Canarias...

domingo, 19 de mayo de 2013

Bajo la misma noche

Ni rastro tuyo en el cielo plomizo de este anochecer neblinoso, ni en los árboles cuyos perfiles va disolviendo la oscuridad, ni en la constelación de luces que se va alumbrando en lontananza, ni en el fresco viento que lame las piedras frías y empuja secretamente las hojas secas que nadie ve (y, por tanto, no existen), ni sobre las aguas grisáceas del pantano ni debajo de ellas, ni en los recios mojones de granito ni en las altas torres eléctricas... Pero sé que andas no muy lejos, en algún lugar de la misma noche inmensa que nos envuelve, solo separados por tenues velos del espacio que puede derribar con facilidad la voluntad. Felizmente, dentro del mismo barco que surca sin rumbo las aguas del tiempo, acaso llamados a encontrarnos en uno de sus camarotes.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Chago el hijo de puta

El bocadillo de sardinas asciende unos segundos, impulsado por la mano malévola, antes de rendirse a la gravedad terrestre y precipitarse aceleradamente hacia el suelo empedrado. Allí queda reventado, convertido en una aceitosa masa amorfa. Una sardina ha sido desplazada a un metro del bocadillo: ella misma no lo sabe porque lleva muerta varias semanas. Chago y los de su panda se ríen. El resto de los alumnos observa la escena en silencio. Bermúdez, humillado, está poseído por una rabia impotente que enrojece su rostro. Su madre ignora en casa la suerte del bocata que ha preparado con tanto esmero. La merienda de su niño. Para que aguante hasta la hora de la cena. Porque tiene clase de tenis después del cole. Las sardinas tienen muchas proteínas, son buenas para el crecimiento. "¡Chago, eres un hijo de puta!", le grito. "Pero si es un niño", me parece oír. "¡Pues eres un niño hijo de puta!", le suelto en la cara, pero no me escucha porque se lo digo desde el futuro. "¡Y seguro que lo sigues siendo, maldita basura!". Chago se gira hacia mí, pero no debe verme: treinta años es suficiente distancia. Echa un escupitajo a ese aire húmedo ya olvidado que nos envolvió aquella tarde en Tamaraceite. Un pobre cachorro perruno le está esperando desde el comienzo del Universo para que lo lapide esa misma noche junto a un muro. Yo no puedo evitarlo, nadie puede evitarlo, está escrito en el guion cósmico que quede reducido a un amasijo sanguinolento que un tipo tirará luego a un contenedor de la basura. "Todo lo que tiene culo tiene miedo", me dice desde una distancia de veinte años un viejo carpintero de ribera de Vegueta. Su hijo adulto deficiente, su único hijo, nos observa a un lado del taller. Huele dentro a serrín. Fuera, los vivos de entonces (los muertos, no) sienten el abrazo de la brisa marina: uno de ellos se está burlando con sus amigotes del hijo del carpintero. Otra vez el hijo de puta de Chago, con su risa de hiena. Cierro el puño para darle una trompada con todas mis fuerzas, pero solo consigo agitar el aire a mi alrededor.


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