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sábado, 2 de marzo de 2024

Reflexiones pampsiquistas en torno al libre albedrío

Imagen: Obsidian Soul


Hay un asunto en torno al cual confieso haber dado un giro copernicano estos últimos años: el del libre albedrío. He pasado de considerar que somos meros autómatas ejecutando un guion predeterminado a creer que realmente tenemos un margen de libertad. El enfoque determinista sigue siendo mainstream en el ámbito de la ciencia y también en la filosofía seria (la ajena a la charlatanería y la solemnización de la perogrullada), aunque cada vez hay más científicos (Michael Levin y Kevin Mitchell entre ellos) y filósofos serios que apuntan con evidencias y argumentos sólidos a lo contrario: que somos libres relativamente, ya que disfrutamos de una libertad no absoluta sino constreñida.

Voy a apelar, desde una óptica pampsiquista, el modelo idealista de Donald Hoffman de agentes conscientes dispuestos en una red jerárquica. La aleatoriedad pura solo existiría a nivel basal, en los agentes que procesan un solo bit de información. La elección de esos agentes basales sería ad libitum, tan caprichosa y arbitraria como si dieran a escoger a un millar de personas entre dos opciones sin sesgo: por ejemplo, entre A y B (los resultados estarían en torno al 50-50, en conformidad con la ley de los grandes números). Los agentes que procesan dos bits están condicionados por los anteriores, pero disponen de un grado de libertad más: ahora son dos esos grados, ensanchándose el espacio de posibilidades. A partir de una cierta escala, los agentes empiezan a actuar con propósitos y ejercer una causalidad descendente: comban el espacio de posibilidades (el símil relativista es idea del biólogo Michael Levin) de los agentes que están por debajo de ellos, condicionándolos de ese modo. La red jerárquica de agentes podría no tener cúspide, por lo que la creatividad del universo sería ilimitada.

Si algo hay que está determinado es el número de opciones o escenarios posibles que se abren a un agente en cada momento: sean dos, cuatro, cien o 100 millones. Por eso la ecuación de Schrödinger es determinista, aunque expresada en términos de probabilidades asignadas a cada resultado posible (que en las elecciones binarias de las partículas elementales es 50%-50%), ya que nunca se puede saber con certeza qué va a ocurrir. Una diferencia del juego del universo con el ajedrez o un videojuego es que el espacio de posibilidades de estos dos últimos está cerrado: hay un número no infinito de posibles movimientos y partidas, conforme al estado inicial y las reglas fijadas. El tablero del ajedrez no es dinámico (como sí lo es el universo), ya que siempre cuenta con 64 escaques. Y, pese a la complejidad que puede alcanzarse en este hermoso juego, no se producen emergencias: no aparecen, fruto de la evolución de una partida, estados a un nivel superior ni fichas desconocidas al principio (un mamut o una supertorre) con poder causal sobre las de comienzo (peones, caballos, alfiles...). El ajedrez y cualquier videojuego están resguardados del puro azar.

El creador del ajedrez y el de un videojuego no pueden saber qué va a ocurrir en cada partida, ya que esto depende de las decisiones inescrutables de los jugadores. De igual modo, un supuesto creador del cosmos, una vez fijados su estado inicial y reglas, tampoco podría saber qué decisiones van a tomar los agentes conscientes... ¡salvo que fuera omnisciente! ¿Pero sería capaz un hipotético Dios de saber cómo se va a comportar cada agente del universo (incluyendo las particulas subatómicas) en todo momento?...  Eso es lo que se preguntaba el filósofo Keith Frankish en la última edicion de su podcast MindChat con su colega Philip Goff, en la que el neurocientífico Kevin Mitchell era el invitado. La aleatoriedad es completamente irreducible por definición, ya que no existe algoritmo alguno que la capture. Por tanto, ni siquiera Dios podría saberlo (eso es lo que yo me inclino a creer, identificando a Dios con una consciencia pura universal y a cada agente como una manifestación material de dicha consciencia). 

Ahora bien, Mitchell apuntaba que la alternativa a que todo vaya sucediendo aleatoriamente a cada paso (a que, según mi esquema pampsiquista, las partículas subatómicas vayan tomando decisiones binarias de manera insondable) sería que el comportamiento de todos los agentes quedara ya determinado al comienzo del juego mediante una tira gigantesca de números aleatorios establecida por su hipotético creador. Los efectos serían los mismos en ambos casos, pero el primero sería compatible con el libre albedrío y el segundo no: se trataría de un escenario superdeterminista en el que Dios se limitaría a esperar que ocurra lo que ya sabe que va a ocurrir. O sea, sabría cómo actuaría cada agente en todo momento. 

Una objeción planteada por Goff en esta interesante charla es la siguiente: ¿Cómo casa la supuesta libertad de agentes superiores de la red (caso de los humanos) con las distribuciones cuánticas de probabilidad, que son objetivas? ¿Cómo es posible que estas distribuciones (por ejemplo, un 50% de que una partícula exhiba spin up y un 50% de que muestre down) no resulten afectadas por las decisiones libres tomadas por agentes casuales que están por encima de las partículas elementales?... La respuesta de Mitchell es que esas decisiones emergentes no tocan los cimientos aleatorios del sistema, sino que se limitan a cambiar la configuración de este: el ya mencionado combado del espacio de posibilidades de los agentes inferiores, estrechando sus opciones. Es una hipótesis muy razonable (es la que sostiene el veterano físico sudafricano George Ellis), además de compatible con un modelo pampsiquista (no compartido por Mitchell ni por Frankish, pero sí por Goff) en el que todos los agentes conscientes del universo, empezando por las propias partículas elementales, deciden libremente. 

Lo cierto es que sin la indeterminación intrínseca en la base cuántica del universo no habría sido posible nuestra (limitada) libertad ni la asombrosa complejidad del cosmos, de la que nosotros mismos somos buenos exponentes. Nuestras vidas, pensamientos e intenciones no son, según Ellis, un mero resultado de la evolución de un estado inicial en el Big Bang conforme a unas reglas: debemos también su existencia a la indeterminación, responsable de las inhomogeneidades primordiales que condujeron a la formación de las galaxias y de las mutaciones inducidas por la radiación que dieron forma a la historia evolutiva de la vida.

Al final de un post dedicado precisamente hace dos meses a Kevin Mitchell y su libro Free Agents, expuse una duda metafísica que me tiene pensando desde entonces. Voy a reproducir ese párrafo, que viene a colación de lo comentado con anterioridad:

"Si el universo volviera a ejecutarse desde el principio (el Big Bang) con su mismo estado inicial y sus mismas leyes físicas, ¿los agentes volitivos decidirían de manera exactamente igual a como lo han hecho en nuestro universo? La aleatoriedad basal impediría que los sucesos fueran los mismos, pero si ese ruido de fondo fuera exactamente igual (en un esquema pampsiquista, si las partículas elementales que toman decisiones binarias no actuaran de forma diferente), nos toparíamos con un nuevo tipo de determinismo (¿libertarianismo compatibilista?). Mitchell habría escrito su libro porque así lo decidió conforme a sus preferencias, influencias y condicionamientos, ¿pero en las mismas circunstancias (si en otro universo con el mismo estado inicial y leyes todos sus agentes hubiesen tomado exactamente las mismas decisiones desde el Big Bang) no habría hecho exactamente lo mismo?...".

Me intriga mucho esta reciente intuición mía de que, aunque actuamos con cierto margen de libertad, quizá en el fondo nos limitamos a hacer lo que estábamos destinados a hacer... Pero, eso sí, ¡libremente!

lunes, 1 de marzo de 2021

Orden versus desorden aleatorio: la vida bajo una óptica pampsiquista



¿Cómo es posible que un fenómeno tan ordenado como la vida se sostenga y desarrolle sobre cimientos aleatorios?... Esto se planteaba Erwin Schrödinger en su libro Qué es la vida. El ilustre físico apuntaba a un mecanismo dinámico, a modo de un reloj analógico de precisión, integrado por un grupo relativamente pequeño de átomos ordenados y a salvaguarda del desorden térmico circundante. Se inclinaba en concreto por un cristal aperiódico o irregular, una molécula protegida (gracias a la estabilidad de su nivel cuántico de energía) del irrefrenable zangoloteo de partículas que impera en las escalas más pequeñas de la realidad. Las leyes físicas son la fuerza rectora que, domando ese maremágnum (que se minimiza, aunque jamás se anula, a temperaturas próximas al cero absoluto), ordena un universo de otro modo informe. A ellas se suma otra potente fuerza ordenadora de carácter emergente: la vida, que para Schrödinger no deja de tener un fundamento físico.

Pongamos que Donald Hoffman está en lo cierto y existe una red interactiva de agentes conscientes cuyo fundamento serían las mismísimas partículas elementales. Fotones, electrones o quarks toman decisiones binarias ad libitum, o sea como les plazca o se les antoje (es como si invitaran a miles de personas en una encuesta a elegir entre 0 y 1, suponiendo que no estuvieran sesgadas por alguna de las dos opciones: el resultado final, en virtud de la ley de los grandes números, sería lo que entendemos por aleatoriedad). La elección del espín (algo así como el sentido de su giro) por un electrón es su única libertad, el único espacio no sometido al yugo de las leyes de la física: a este yugo quedarían uncidas sus otras dimensiones o grados de libertad (el electrón no elige su carga eléctrica ni su masa ni sus movimientos de un orbital atómico a otro).

Por encima de estas partículas que procesan un bit de información están los átomos, las moléculas, las células... hasta llegar a la consciencia individual emergente que conocemos con la denominación de Yo. Un bit, dos, cuatro, ocho, 16, 32, 64... Los agentes conscientes por encima de electrones y quarks están fuertemente determinados por las decisiones aleatorias (mejor dicho, ad libitum) de estos, pero a su vez influyen sobre ellos: Hoffman desafía así un principio básico de la física, al admitir la causalidad descendente.

Tengamos en cuenta que en cada peldaño emergente se alumbra terra incognita del espacio de posibilidades, o sea este se ensancha (¿podría esto explicar la causalidad hacia abajo?). Cuando alguien te llama para darte una grave noticia, tu subsiguiente malestar físico es consecuencia de un impacto emocional: tu mente emergente, tras procesar dicha información (en el espacio de posibilidades de electrones y quarks no se incluye recibir una llamada telefónica), está influyendo en tu cuerpo. Y cuando alguien se suicida está afectando radicalmente a los órganos, tejidos, células y moléculas de su cuerpo... Aunque la ortodoxia científica (reduccionista, ya que solo admite causalidad hacia arriba) sostiene que dicho suicidio es producto en última instancia de una complejísima dinámica de electrones y quarks del suicida. Y que si tus átomos se hallan en la isla de Bali el día de tu boda es también fruto necesario de tu dinámica atómica, por mucho que te parezca una decisión tuya (o de tu novia) autónoma. 

Lo cierto es que tan pronto como en la evolución se alumbra (por muy improbable que sea) una molécula con un código autorreplicante, la aleatoriedad cede definitivamente el protagonismo al orden: la dinámica vital refuerza sobremanera la acción ordenadora de las leyes físicas, responsables de la formación tanto de esa molécula como de un átomo, una estrella o un planeta. El código perpetúa su información merced al mecanismo dinámico de ese cristal aperiódico, limitado por esas mismas leyes de la física de las que se vale. Aunque la copia del ADN es muy precisa, siempre hay unos pocos errores debidos a una aleatoriedad subyacente que no se puede erradicar en ningún mecanismo de relojería por mucho que nos acerquemos al cero absoluto de temperatura. Tales errores son de hecho necesarios para que entre en juego la selección natural, segando las copias menos aptas para la supervivencia y esculpiendo la complejidad de manera acumulativa.

Un cristal periódico o regular (como un diamante) es una manifestación de orden, pero no puede replicarse ni, por tanto, evolucionar por selección natural: un diamante es exactamente igual ahora que hace 300 millones de años, y no dejará de ser lo mismo (igualmente podría decirse de un huracán o un trozo de hielo, que portan escasa información). Solo un cristal aperiódico, tal como apuntó el gran físico austríaco que escribió Qué es la vida (redactado cuando aún se desconocía la existencia de los nucleótidos y del ADN con su doble hélice), puede contener información autorreproducible compleja y potencialmente inmortal. Pero para que la información genética se replique, así como para que sus portadores (los seres vivos) se mantengan luego con vida, es necesario robar orden del entorno en forma de energía libre (útil para hacer un trabajo): el orden o entropía negativa (neguentropía) de la vida se logra a costa de aumentar el desorden o entropía de su entorno, y su fuente principal de energía libre es el Sol.

Nuestras decisiones como humanos, pero también como ballenas, pangolines, abejas o bacterias, no se toman aleatoriamente: nadie se comporta (desde buscar pareja, hacer un flan o conducir un coche) en función de la cara o cruz de una moneda. Una vez que el orden vital toma las riendas, nada es ya arbitrario: hay ahora un propósito. Ahora bien, en los cimientos sigue habiendo ruido (agitación térmica y fluctuaciones cuánticas) y entes cuya conducta es imprevisible: la incertidumbre está asegurada en todos los niveles. Por eso, además de errores en la copia del código genético (causantes de mutaciones insospechadas), siempre hay algo que se rompe o estropea (¡todos acabamos muriendo!) o no sale conforme a lo planeado. Es lo que tiene vivir en un universo que tiende naturalmente al desorden (pese a permitir islotes de orden, gracias a las leyes físicas), y en el que además todos sus agentes conscientes no dejan de ejercer su reducido, amén de insondable, margen de libertad. Porque en una red interactiva de agentes conscientes tu libertad está constreñida tanto por las leyes fisicas como por la relativa libertad de aquellos.

jueves, 3 de diciembre de 2020

La red de agentes conscientes de Hoffman: un convincente modelo pampsiquista

Creo que Donald Hoffman acierta con su modelo pampsiquista de agentes conscientes integrados en una red dinámica participativa, una propuesta teórica que él llama "realismo consciente". Con ello da respuesta al gran misterio de la aleatoriedad, de por qué suceden cosas sin una razón aparente: yendo a lo más básico, por qué un electrón exhibe un tipo de espín (solo hay dos opciones) al medirlo y no otro, por qué un núcleo atómico se desintegra ahora y no en otro momento cualquiera... 

La mecánica cuántica nos da una respuesta extraordinariamente precisa, pero solo en términos de probabilidades: no es capaz de predecir, porque es intrínsecamente imposible, qué espín (up o down) exhibirá un determinado electrón. Por eso está vedado conocer el futuro, por mucha tecnología o información que tengamos al alcance. Einstein se negaba a aceptar esa imposibilidad, culpando a la mecánica cuántica de ser una teoría incompleta que no tenía en cuenta variables ocultas: o sea, alguna especie de programación que determina secretamente el comportamiento de las partículas elementales. Lo cierto es que el teorema de Bell descartó posteriormente toda programación oculta, al menos local: dejaba abierta la puerta a variables ocultas no locales, a una visión holística del universo en la que podría haber conexiones instantáneas como las del entrelazamiento cuántico. 

Para Hoffman, un electrón "decide" su espín, ejerciendo así un libre albedrío de lo más básico (al igual que otras partículas elementales): una decisión binaria entre dos experiencias conscientes, de un bit de información, que condiciona las decisiones de entes superiores (de dos bits), que a su vez condicionan las decisiones de entes superiores (de cuatro bits)... Y así hasta llegar a nosotros, a nuestra consciencia personal emergente que tiene muchas más opciones a su alcance que un electrón, un fotón o un quark. Pero que está constreñida por las decisiones tomadas por debajo de esa pirámide jerárquica. 

En el modelo de Hoffman, los agentes de un nivel influyen en los que están por encima pero también ejercen un poder causal descendente no reducible (por ejemplo, estamos muy condicionados por nuestras moléculas y células, pero asimismo somos capaces de alterarlos con decisiones/acciones como la de drogarnos o suicidarnos). Esto significa que a medida que se alumbran nuevas emergencias se obtienen nuevos grados de libertad, descartándose así una visión determinista y reduccionista conforme a la cual nuestro libre albedrío sería nulo por ser el mero resultado necesario de la evolución de las partículas elementales de acuerdo a las leyes físicas (del mismo modo que en el juego de Conway las figuras emergentes son el fruto necesario de la evolución de sus autómatas celulares). 

La aleatoriedad no existiría: sería solo el nombre que le damos a nuestra ignorancia de qué va a hacer cada agente consciente cada vez que interacciona con el universo (algo inescrutable para cualquier otro agente, incluso para un hipotético Dios). Por supuesto, esa red consciente no se agota en los humanos u otros animales superiores: la generación de emergencias podría ser ilimitada, conduciéndonos a una singularidad tecnológica o, por qué no, a un ser cuasidivino. 

En suma, Hoffman resuelve el misterio de la aleatoriedad y el también relacionado del libre albedrío (somos libres, pero nuestra libertad está condicionada por el resto de agentes conscientes), apuntando a la consciencia como un fenómeno fundamental del que se derivan tanto la materia como el espacio-tiempo.

Ver vídeo de Hoffman.

martes, 7 de julio de 2020

Aleatoriedad, libre albedrío y pampsiquismo


"Generador de números aleatorios" es un oxímoron, una contradicción tan evidente como "círculo cuadrado". No puede haber tal cosa, ya que si un número es aleatorio no puede ser generado por ningún algoritmo o regla de cálculo. Porque la aleatoriedad viene dada precisamente por la inexistencia de una pauta algorítmica, que hace que un suceso sea intrínsecamente imprevisible (no hay manera de saber de antemano su resultado, por mucha información que reúnas) y, por ende, no computable clásicamente.

Si la pauta la marca una serie empírica dada (los colores de los coches con los que nos vamos cruzando sucesivamente en un viaje por carretera, el movimiento de unas bacterias en una placa de Petri o el número anual de ahogamientos en Turkmenistán, por poner tres ejemplos), es en el fondo pseudoaleatoriedad: no es intrínsecamente imprevisible, ya que teóricamente podrías descubrir (algo casi inabordable en la práctica, salvo para un superobservador omnisciente o un superordenador que dispusiera de toda la información del Multiverso) el patrón oculto.

Para que sea aleatoriedad genuina tenemos que encomendarnos a sucesos cuánticos, como la desintegración de un neutrón en un núcleo atómico radiactivo o la elección (up o down) del espín por un electrón: no hay manera de conocer de antemano lo que ocurrirá, algo que depende del capricho de la naturaleza (como pampsiquista, lo atribuyo al ejercicio por todo agente procesador de información -electrones inclusive- de su margen de libertad). Lo único que podemos conocer con certeza son las probabilidades de cada posible resultado, ofrecidas con una exquisita exactitud por la ecuación de Schrödinger de la función de onda cuántica.

Sabemos que a la serie 0, 1, 0, 1, 0, 1 seguirá seguramente un 0 porque es una regla de cálculo muy sencilla e intuitiva. Saber qué decimal del número Pi sucederá a otro es mucho más complicado, pero no imposible porque hay un algoritmo que permite calcularlo (no hay pues aleatoriedad alguna al respecto). Es cierto que detrás de un 4 podría venir cualquier dígito (incluido el propio 4) con la misma probabilidad a priori. Dicha equiprobabilidad está demostrada, ya que al cabo de millones de decimales (y conforme a la ley de los grandes números) se constata que no hay ningún dígito privilegiado: o sea, la probabilidad de cada uno de ellos (desde el 0 al 9) es exactamente del 10%. Pero eso no es aleatoriedad en el sentido estricto de algo intrínsecamente impredecible (aplicando el algoritmo, podemos obtener cada uno de los términos de la serie ad infinitum): es pseudoaleatoriedad (alguien con un ordenador o con lápiz y papel podría lograr dicha información), suficiente para convertir los decimales de Pi en uno de los generadores de números aleatorios más conocidos y útiles.

¿Pero por qué habría de haber equiprobabilidad en la distribución de los decimales de Pi (da igual que empleemos un sistema numérico diferente al de base 10)?... La razón por la que ocurre con el lanzamiento de monedas o de dados es porque el número (gigantesco) de universos asociados a cada resultado es el mismo. Esto es igualmente aplicable a sucesos cuánticos equiprobables, como el espín de un electrón: si lo mides 100.000 veces, encontrarás un 50% up y un 50% down.

Detengámonos en los sucesos cuánticos (los aleatorios de verdad), que son los que subyacen a absolutamente todos los sucesos del mundo. ¿Y si no fueran el resultado de la más pura volición de los agentes procesadores de información (ya antes me confesé como pampsiquista) sino que siguieran mecánicamente una oculta y compleja pauta? ¿Y si esta pauta estuviera marcada por los decimales de Pi o algún otro número trascendente como e (es lo que esperaríamos del diseñador de un complejo mundo simulado, a modo de un videojuego)?... En ese caso tendríamos que abandonar el pampsiquismo activo (en el que partículas como el electrón deciden libremente), pero al precio de aceptar el más absoluto determinismo. Porque si las partículas elementales no disponen de libre albedrío, el teorema de Conway-Kochen nos dice que tampoco lo tendríamos nosotros.

viernes, 30 de diciembre de 2016

¿Qué se esconde tras la (presunta) aleatoriedad?


Tirar un millón de monedas al aire y obtener un 50% de caras nos está diciendo algo muy profundo acerca del Universo. Puede parecer una obviedad, incluso una gran sandez, pero no lo es en absoluto. Por supuesto, lo mismo podría decirse del lanzamiento de un dado o de cualquier fenómeno (aparentemente) aleatorio en el que no haya un sesgo o inclinación hacia alguno de los posibles resultados.

Al arrojar una moneda estamos imprimiéndole una trayectoria -también determinada por condiciones ambientales como la disposición de las moléculas del aire- que solo puede concluir de un modo (cara) u otro (cruz). Lo cierto es que existen infinidad de posibles trayectorias que se dividen a partes iguales entre las que conducen a la cara y las que conducen a la cruz. ¿Pero por qué la relación entre caras y cruces habría de ser 50-50 y no 16-84 o 64-36 o incluso 100-0? La respuesta a dicha pregunta parece ser la misma que a la de esta otra: ¿Por qué las moléculas de un gas se distribuyen de manera más o menos homogénea en un espacio cerrado donde no hay sesgo alguno? (o sea, por qué el número de moléculas a la izquierda tiende a igualar al de moléculas a la derecha, y por qué esta distribución se mantiene en el tiempo). La explicación está en el principio ergódico de la termodinámica. ¿Pero qué hay detrás de la ergodicidad? ¿Por qué es así?...

Conforme a la interpretación de los muchos mundos de la mecánica cuántica, formulada por Hugh Everett, habría un número igual (y gigantesco) de universos asociados al resultado "cara" que de universos asociados al resultado "cruz". Siguiendo principios cuánticos bien contrastados (¡ya no se trata de una interpretación!), podríamos encontrarnos no solo con caras, cruces e improbables caídas de canto sino con sucesos prácticamente imposibles, aunque nunca descartables, como que la moneda quede suspendida en el aire o sea proyectada hasta Plutón. Eso sí, para que se materializaran estos dos últimos sucesos habría que estar tirando monedas sin parar por un espacio de tiempo muy superior al ya transcurrido desde el Big Bang. Aunque, insisto, no son sucesos imposibles por mucho que afrenten al sentido común: es lo que se llama efecto túnel.

La cuestión irresuelta de partida es por qué hay una tendencia a la igualación de probabilidades. ¿Acaso hay en el Multiverso cuántico apuntado por Everett una especie de simetría que lo explique? En esa equiprobabilidad consiste precisamente la aleatoriedad, y por eso se relaciona este concepto con el de información. La tirada de una moneda entraña un bit de información porque no hay manera de conocer por adelantado su resultado particular (solo podemos abordar el fenómeno estadísticamente, tras analizar muchas tiradas, para obtener así meras probabilidades). Si el resultado de cada tirada fuera perfectamente predecible, tendríamos 0 bits de información y la incertidumbre sería nula: para cada lanzamiento sabríamos si la moneda acabaría cayendo en cara o en cruz (obviemos ahora las caídas de canto y las improbabilísimas aberraciones cuánticas explicadas por el efecto túnel que la llevarían a atravesar el techo y alcanzar la galaxia de Andrómeda). En un suceso aleatorio, la entropía o desorden es máxima (la información que tenemos a priori es 0 de 1, por lo que la incertidumbre es máxima); en un suceso perfectamente predecible, la entropía o desorden es mínima (la información que tenemos a priori es 1 de 1, por lo que la incertidumbre es nula).

Esta ristra de 72 números es aleatoria porque no hay patrón o algoritmo alguno conocido que la explique:
010001001001100111000101011001011000110101100101001110001010100100101100

Para computarla en un ordenador harían falta 72 bits, uno por cada suceso. Hay mucha información, mucha complejidad e incertidumbre máxima (porque la información que tenemos a priori es nula).

Sin embargo, esta otra es todo lo contrario:
01010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010
Para computarla harían falta muy pocos bits, ya que el ordenador solo tendría que registrar y ejecutar la instrucción "01 n veces" o "0 y 1 alternos". Hay poca información, escasa complejidad e incertidumbre nula (porque la información que tenemos a priori es completa y nos permite predecir perfectamente el comportamiento del sistema).

¿Existe un generador de números aleatorios (un algoritmo de inusitada complejidad, acaso el mismo que desvelaría una secreta pauta en los números primos) que informa cada tirada de monedas o dados en el Universo (mejor dicho, que informa cada suceso cuántico subyacente a toda tirada de monedas o dados o a toda decisión de entes conscientes emergentes como el que esto escribe)? Si así fuera, el mundo sería completamente determinista, ya que los números no serían estrictamente aleatorios (seguirían un oculto patrón) aunque así lo pareciese. De libre albedrío, por supuesto, nada.

El físico Leonard Susskind, uno de los principales exponentes de la teoría de cuerdas, reconoce no saber por qué funciona la ley de los grandes números

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