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| Imagen: Obsidian Soul |
Un blog personal algo abigarrado en el que se habla de física, cosmología, metafísica, ética, política, naturaleza humana, Unión Deportiva Las Palmas, inteligencia artificial, Singularidad, complejidad y un largo etcétera. Con una sección de pequeños 'Intentos literarios' y otra de sátira humorística ('Paisanaje'). Intentando ir siempre más allá del lugar común y el buenismo. Also in English: picandovoyenglish.wordpress.com
sábado, 2 de marzo de 2024
Reflexiones pampsiquistas en torno al libre albedrío
lunes, 1 de marzo de 2021
Orden versus desorden aleatorio: la vida bajo una óptica pampsiquista
jueves, 3 de diciembre de 2020
La red de agentes conscientes de Hoffman: un convincente modelo pampsiquista
Creo que Donald Hoffman acierta con su modelo pampsiquista de agentes conscientes integrados en una red dinámica participativa, una propuesta teórica que él llama "realismo consciente". Con ello da respuesta al gran misterio de la aleatoriedad, de por qué suceden cosas sin una razón aparente: yendo a lo más básico, por qué un electrón exhibe un tipo de espín (solo hay dos opciones) al medirlo y no otro, por qué un núcleo atómico se desintegra ahora y no en otro momento cualquiera...
La mecánica cuántica nos da una respuesta extraordinariamente precisa, pero solo en términos de probabilidades: no es capaz de predecir, porque es intrínsecamente imposible, qué espín (up o down) exhibirá un determinado electrón. Por eso está vedado conocer el futuro, por mucha tecnología o información que tengamos al alcance. Einstein se negaba a aceptar esa imposibilidad, culpando a la mecánica cuántica de ser una teoría incompleta que no tenía en cuenta variables ocultas: o sea, alguna especie de programación que determina secretamente el comportamiento de las partículas elementales. Lo cierto es que el teorema de Bell descartó posteriormente toda programación oculta, al menos local: dejaba abierta la puerta a variables ocultas no locales, a una visión holística del universo en la que podría haber conexiones instantáneas como las del entrelazamiento cuántico.
Para Hoffman, un electrón "decide" su espín, ejerciendo así un libre albedrío de lo más básico (al igual que otras partículas elementales): una decisión binaria entre dos experiencias conscientes, de un bit de información, que condiciona las decisiones de entes superiores (de dos bits), que a su vez condicionan las decisiones de entes superiores (de cuatro bits)... Y así hasta llegar a nosotros, a nuestra consciencia personal emergente que tiene muchas más opciones a su alcance que un electrón, un fotón o un quark. Pero que está constreñida por las decisiones tomadas por debajo de esa pirámide jerárquica.
En el modelo de Hoffman, los agentes de un nivel influyen en los que están por encima pero también ejercen un poder causal descendente no reducible (por ejemplo, estamos muy condicionados por nuestras moléculas y células, pero asimismo somos capaces de alterarlos con decisiones/acciones como la de drogarnos o suicidarnos). Esto significa que a medida que se alumbran nuevas emergencias se obtienen nuevos grados de libertad, descartándose así una visión determinista y reduccionista conforme a la cual nuestro libre albedrío sería nulo por ser el mero resultado necesario de la evolución de las partículas elementales de acuerdo a las leyes físicas (del mismo modo que en el juego de Conway las figuras emergentes son el fruto necesario de la evolución de sus autómatas celulares).
La aleatoriedad no existiría: sería solo el nombre que le damos a nuestra ignorancia de qué va a hacer cada agente consciente cada vez que interacciona con el universo (algo inescrutable para cualquier otro agente, incluso para un hipotético Dios). Por supuesto, esa red consciente no se agota en los humanos u otros animales superiores: la generación de emergencias podría ser ilimitada, conduciéndonos a una singularidad tecnológica o, por qué no, a un ser cuasidivino.
En suma, Hoffman resuelve el misterio de la aleatoriedad y el también relacionado del libre albedrío (somos libres, pero nuestra libertad está condicionada por el resto de agentes conscientes), apuntando a la consciencia como un fenómeno fundamental del que se derivan tanto la materia como el espacio-tiempo.
Ver vídeo de Hoffman.
martes, 7 de julio de 2020
Aleatoriedad, libre albedrío y pampsiquismo
"Generador de números aleatorios" es un oxímoron, una contradicción tan evidente como "círculo cuadrado". No puede haber tal cosa, ya que si un número es aleatorio no puede ser generado por ningún algoritmo o regla de cálculo. Porque la aleatoriedad viene dada precisamente por la inexistencia de una pauta algorítmica, que hace que un suceso sea intrínsecamente imprevisible (no hay manera de saber de antemano su resultado, por mucha información que reúnas) y, por ende, no computable clásicamente.
Si la pauta la marca una serie empírica dada (los colores de los coches con los que nos vamos cruzando sucesivamente en un viaje por carretera, el movimiento de unas bacterias en una placa de Petri o el número anual de ahogamientos en Turkmenistán, por poner tres ejemplos), es en el fondo pseudoaleatoriedad: no es intrínsecamente imprevisible, ya que teóricamente podrías descubrir (algo casi inabordable en la práctica, salvo para un superobservador omnisciente o un superordenador que dispusiera de toda la información del Multiverso) el patrón oculto.
Para que sea aleatoriedad genuina tenemos que encomendarnos a sucesos cuánticos, como la desintegración de un neutrón en un núcleo atómico radiactivo o la elección (up o down) del espín por un electrón: no hay manera de conocer de antemano lo que ocurrirá, algo que depende del capricho de la naturaleza (como pampsiquista, lo atribuyo al ejercicio por todo agente procesador de información -electrones inclusive- de su margen de libertad). Lo único que podemos conocer con certeza son las probabilidades de cada posible resultado, ofrecidas con una exquisita exactitud por la ecuación de Schrödinger de la función de onda cuántica.
Sabemos que a la serie 0, 1, 0, 1, 0, 1 seguirá seguramente un 0 porque es una regla de cálculo muy sencilla e intuitiva. Saber qué decimal del número Pi sucederá a otro es mucho más complicado, pero no imposible porque hay un algoritmo que permite calcularlo (no hay pues aleatoriedad alguna al respecto). Es cierto que detrás de un 4 podría venir cualquier dígito (incluido el propio 4) con la misma probabilidad a priori. Dicha equiprobabilidad está demostrada, ya que al cabo de millones de decimales (y conforme a la ley de los grandes números) se constata que no hay ningún dígito privilegiado: o sea, la probabilidad de cada uno de ellos (desde el 0 al 9) es exactamente del 10%. Pero eso no es aleatoriedad en el sentido estricto de algo intrínsecamente impredecible (aplicando el algoritmo, podemos obtener cada uno de los términos de la serie ad infinitum): es pseudoaleatoriedad (alguien con un ordenador o con lápiz y papel podría lograr dicha información), suficiente para convertir los decimales de Pi en uno de los generadores de números aleatorios más conocidos y útiles.
¿Pero por qué habría de haber equiprobabilidad en la distribución de los decimales de Pi (da igual que empleemos un sistema numérico diferente al de base 10)?... La razón por la que ocurre con el lanzamiento de monedas o de dados es porque el número (gigantesco) de universos asociados a cada resultado es el mismo. Esto es igualmente aplicable a sucesos cuánticos equiprobables, como el espín de un electrón: si lo mides 100.000 veces, encontrarás un 50% up y un 50% down.
Detengámonos en los sucesos cuánticos (los aleatorios de verdad), que son los que subyacen a absolutamente todos los sucesos del mundo. ¿Y si no fueran el resultado de la más pura volición de los agentes procesadores de información (ya antes me confesé como pampsiquista) sino que siguieran mecánicamente una oculta y compleja pauta? ¿Y si esta pauta estuviera marcada por los decimales de Pi o algún otro número trascendente como e (es lo que esperaríamos del diseñador de un complejo mundo simulado, a modo de un videojuego)?... En ese caso tendríamos que abandonar el pampsiquismo activo (en el que partículas como el electrón deciden libremente), pero al precio de aceptar el más absoluto determinismo. Porque si las partículas elementales no disponen de libre albedrío, el teorema de Conway-Kochen nos dice que tampoco lo tendríamos nosotros.
viernes, 30 de diciembre de 2016
¿Qué se esconde tras la (presunta) aleatoriedad?
Tirar un millón de monedas al aire y obtener un 50% de caras nos está diciendo algo muy profundo acerca del Universo. Puede parecer una obviedad, incluso una gran sandez, pero no lo es en absoluto. Por supuesto, lo mismo podría decirse del lanzamiento de un dado o de cualquier fenómeno (aparentemente) aleatorio en el que no haya un sesgo o inclinación hacia alguno de los posibles resultados.
Al arrojar una moneda estamos imprimiéndole una trayectoria -también determinada por condiciones ambientales como la disposición de las moléculas del aire- que solo puede concluir de un modo (cara) u otro (cruz). Lo cierto es que existen infinidad de posibles trayectorias que se dividen a partes iguales entre las que conducen a la cara y las que conducen a la cruz. ¿Pero por qué la relación entre caras y cruces habría de ser 50-50 y no 16-84 o 64-36 o incluso 100-0? La respuesta a dicha pregunta parece ser la misma que a la de esta otra: ¿Por qué las moléculas de un gas se distribuyen de manera más o menos homogénea en un espacio cerrado donde no hay sesgo alguno? (o sea, por qué el número de moléculas a la izquierda tiende a igualar al de moléculas a la derecha, y por qué esta distribución se mantiene en el tiempo). La explicación está en el principio ergódico de la termodinámica. ¿Pero qué hay detrás de la ergodicidad? ¿Por qué es así?...
Conforme a la interpretación de los muchos mundos de la mecánica cuántica, formulada por Hugh Everett, habría un número igual (y gigantesco) de universos asociados al resultado "cara" que de universos asociados al resultado "cruz". Siguiendo principios cuánticos bien contrastados (¡ya no se trata de una interpretación!), podríamos encontrarnos no solo con caras, cruces e improbables caídas de canto sino con sucesos prácticamente imposibles, aunque nunca descartables, como que la moneda quede suspendida en el aire o sea proyectada hasta Plutón. Eso sí, para que se materializaran estos dos últimos sucesos habría que estar tirando monedas sin parar por un espacio de tiempo muy superior al ya transcurrido desde el Big Bang. Aunque, insisto, no son sucesos imposibles por mucho que afrenten al sentido común: es lo que se llama efecto túnel.
La cuestión irresuelta de partida es por qué hay una tendencia a la igualación de probabilidades. ¿Acaso hay en el Multiverso cuántico apuntado por Everett una especie de simetría que lo explique? En esa equiprobabilidad consiste precisamente la aleatoriedad, y por eso se relaciona este concepto con el de información. La tirada de una moneda entraña un bit de información porque no hay manera de conocer por adelantado su resultado particular (solo podemos abordar el fenómeno estadísticamente, tras analizar muchas tiradas, para obtener así meras probabilidades). Si el resultado de cada tirada fuera perfectamente predecible, tendríamos 0 bits de información y la incertidumbre sería nula: para cada lanzamiento sabríamos si la moneda acabaría cayendo en cara o en cruz (obviemos ahora las caídas de canto y las improbabilísimas aberraciones cuánticas explicadas por el efecto túnel que la llevarían a atravesar el techo y alcanzar la galaxia de Andrómeda). En un suceso aleatorio, la entropía o desorden es máxima (la información que tenemos a priori es 0 de 1, por lo que la incertidumbre es máxima); en un suceso perfectamente predecible, la entropía o desorden es mínima (la información que tenemos a priori es 1 de 1, por lo que la incertidumbre es nula).
Esta ristra de 72 números es aleatoria porque no hay patrón o algoritmo alguno conocido que la explique:
010001001001100111000101011001011000110101100101001110001010100100101100
Para computarla en un ordenador harían falta 72 bits, uno por cada suceso. Hay mucha información, mucha complejidad e incertidumbre máxima (porque la información que tenemos a priori es nula).
Sin embargo, esta otra es todo lo contrario:
01010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010
Para computarla harían falta muy pocos bits, ya que el ordenador solo tendría que registrar y ejecutar la instrucción "01 n veces" o "0 y 1 alternos". Hay poca información, escasa complejidad e incertidumbre nula (porque la información que tenemos a priori es completa y nos permite predecir perfectamente el comportamiento del sistema).
¿Existe un generador de números aleatorios (un algoritmo de inusitada complejidad, acaso el mismo que desvelaría una secreta pauta en los números primos) que informa cada tirada de monedas o dados en el Universo (mejor dicho, que informa cada suceso cuántico subyacente a toda tirada de monedas o dados o a toda decisión de entes conscientes emergentes como el que esto escribe)? Si así fuera, el mundo sería completamente determinista, ya que los números no serían estrictamente aleatorios (seguirían un oculto patrón) aunque así lo pareciese. De libre albedrío, por supuesto, nada.
El físico Leonard Susskind, uno de los principales exponentes de la teoría de cuerdas, reconoce no saber por qué funciona la ley de los grandes números
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