viernes, 27 de julio de 2012

¡Y tan natural!

Por definición, todo lo que existe -lo percibamos o no, lo conozcamos o no- es natural. Y tan natural es una roca como un ojo, un plástico o una turbina. Estos dos últimos son producto de la acción transformadora de unos agentes naturales inteligentes autollamados seres humanos, mientras que los primeros son resultado de la compleja evolución de la materia inerte y de la viva conforme a patrones compatibles con las leyes físicas. En última instancia, la roca, el ojo, el plástico y la turbina son agregados de quarks y electrones que solo difieren en su disposición interna. Por otra parte, la maldad no es menos natural que la bondad, al igual que la destrucción no lo es menos que la creación ni la violencia que la paz.

El arraigo de la dicotomía aristotélica, después de tantos siglos, es lo que hace que sigamos distinguiendo entre cosas naturales y artificiales. Por eso no es raro que quienes solo han estudiado en el seminario catecismo, teología y filosofía escolástica, que quienes no tienen la más mínima idea de ciencia (ni ganas tienen de tenerla), prosigan con esa mandanga de la antinaturalidad. Por supuesto, una antinaturalidad estigmatizada como maligna y contraria a los planes del supuesto Creador. Como si todo lo natural (desde los huracanes hasta la Amanita phalloides pasando por los virus y las caídas libres desde una altura de doce pisos) fuera benigno, agradable, bueno, merecedor de ser protegido. Como si todo lo artificial (desde la calefacción hasta los fármacos antibióticos pasando por las lentillas, los aviones y los saxofones) fuera maligno, desagradable y despreciable.

La homosexualidad -inclinación no exclusivamente humana, singularmente frecuente entre los primates- no es antinatural. Podríamos decir que no es normal en el sentido de que no es mayoritaria. Pero la campana de Gauss es aplicable a todas las cosas: medir más de dos metros no es normal, pero no por ello antinatural; tener la inteligencia de Einstein tampoco es normal, pero a nadie se le ocurriría afirmar que está reñido con la naturalidad. Es obvio que la división sexual es consecuencia de la evolución y sirve al propósito de la reproducción de las especies (la humana inclusive, por supuesto), porque en caso contrario no hubiese pervivido. Una pareja homosexual es estéril a este respecto, y si todo el mundo fuese homosexual, si desapareciese el trato carnal entre hombres y mujeres -y no fuera reemplazado por masivas fecundaciones in vitro-, se terminaría la especie.

Pero una cosa es el origen de algo y otra bien distinta su uso posterior más o menos inteligente. Nuestro cerebro no se ha forjado en la larga historia de la evolución para que hagamos poesías o demostremos teoremas matemáticos, sino exclusivamente para permitirnos sobrevivir en un mundo de continuas y cambiantes asechanzas. Nuestras manos no se han liberado de su función locomotora para permitirnos jugar al balonmano o al dominó. Nuestro oído no se ha desarrollado para que podamos disfrutar de la música de Belle&Sebastian o aborrecer la de Madonna. Nuestros ojos no están ahí para que podamos ver diariamente en la tele a Belén Esteban. El sexo no existe para que nos solacemos estérilmente con él en sus múltiples variantes, sino solo para que nos reproduzcamos... Ahí es donde interviene la inteligencia, para servirnos de lo que tenemos -cerebro, manos, oídos, ojos, sexo- con propósitos diferentes a aquellos por los que nos ha sido legado por la Naturaleza. ¡Y tan natural!

2 comentarios:

Cristina dijo...

¡Cuánta razón tienes! Afortunadamente cada vez se oye menos eso de la antinaturalidad. Claro, que con el revival nacional-casposo que sufrimos últimamente, no me extrañaría que se resucitara el concepto

Rafael dijo...

Nicolás, eres un valiente (o un insensato, que a veces se parecen mucho). En un mundo de lo telegráfico como son los blogs, abres cada melón...

Por no enrollarme. O lo que hay (incluidos tú, tu hijo y yo) es fruto de la casualidad, como afirmaba Nietzsche, o hay una intención detrás y, por tanto un orden. En este último caso esa armonía se puede respetar y potenciar, con lo cual hay bien y mal. En el otro, todo vale porque nada vale, si se me permite el "koan". Yo creo que el mundo, por sí, es valioso.

Un abrazo.

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